"LOS ODIOSOS OCHO", película de Quentin Tarantino

Siempre hago comentarios elogiosos y positivos de las películas que elijo para reseñar en el blog, pero a veces pienso que si no establezco el contraste con las que no me gustan podría parecer que todo me viene bien y no es así. Hay productos que no son literatura y también los hay que no son cine aunque utilicen los formatos y lleven encima carromatos de dinero y usen las más sofisticadas tecnologías, y me pueden gustar o desagradar con independencia de que no los atesore en el cajón de las obras de arte ya que sé lo que estoy viendo y sé lo que puedo esperar: pasar el rato distraída y contenta que no es poco. Pero como he dicho en otras ocasiones y en este mismo blog, el cine y la literatura no son para mí meros entretenimientos sino fuentes de vida y conocimiento que me transforman. Pues bien no es este el caso, Tarantino sí es un artista indiscutible aunque a mí no me guste nunca.

Ocurre que para expresar que una obra te llena hay muchos motivos, pero también los hay para la que no te agrada sin que intervenga la descalificación. Creo que con un ejemplo se entenderá mejor: no me entusiasma ver “La naranja mecánica” de Stanley Kubrick pero aprecio el revulsivo y la intención, el retrato y alegato -premonitorio en su día- contra la violencia en todas sus facetas, la privada y la pública, el terrorismo de Estado y el marginal… y Kubrick nos mostró con nitidez el caldo de cultivo que la produce, el film no puede ser más eficaz y vigente firmado además por un gran cineasta.

Valoro el estilo tan personal de Tarantino, su fina socarronería, la sátira, la elegancia de los ingeniosos diálogos a los que no les falta ni les sobra una coma, es buen escritor, no sólo de cine, también de literatura. Entiendo que se crió y desarrolló en un barrio multicultural y que él mejor que nadie puede hablar con sinceridad de reivindicaciones reales sobre segregación en contraste con otros discursos políticamente correctos y vacuos, y buena muestra de ello queda en “Django desencadenado”, el propio director dijo que necesitaba hablar del horrible pasado de su país con respecto a la esclavitud pero que deseaba hacerlo a su manera y en forma de género, concretamente el del spaghetti western.  Con “Jackie Brown” elevó un canto al poder negro y la partitura es femenina. Pero la forma es importante, tanto como el contenido, y no puedo dejar de pensar que Tarantino coge los envases de otros para rellenarlos con su elaboración que estará para chuparse los dedos pero a causa de dichos envases no puedo considerarle original -cualidad que expertos y profanos le atribuyen con grandes admiraciones en negrita.
Que él hace el cine que le da la gana y los pastiches que le apetecen, pues olé sus narices. Que no es Tarantino quien se tilda de original sino los demás quienes le proyectan y atribuyen etiquetas que él no se pone, pues de acuerdo, pero su cine sigue sin gustarme. Sé que trabajó en videoclubs –concretamente en el Manhattan Beach, junto a otros apasionados cinéfilos- y que conoció mejor que nadie el gusto del gran público, al menos el de  aquel tiempo, y que se le sale el cine por los cuatro costados y hasta por las orejas, que estudió interpretación y que por ello es buen director de actores. Pero no puedo evitar pensar que lo que veo dentro de sus largometrajes son nostalgias generacionales del chico que se dijo un día deslumbrado frente a una gran pantalla al contemplar un film de serie B: “Si alguna vez puedo haré películas como esta”. Pero es que a mí el spaghetti western, con todos mis respetos, no me fascina, me parece una caricatura llena de tics y “machadas” que alimentan las fantasías masculinas y no consigo conectar. Las artes marciales –que también apasionan a este autor- en cine son muy estéticas y al menos la serie aquella de Kung Fu se sustentaba en poderes interiores que te convertían en mejor persona, por ahí sí podría ganarme, pero me temo que ambos formatos sirven como desahogos con los que el espectador empatiza para dar rienda suelta a los bajos instintos de cruenta vendetta, y que conste que me parece lícito, pero no me interesa.
Volvamos a “Los odiosos ocho” que es el largometraje que hoy nos ocupa.
Me gusta que dos adversarios de la guerra de secesión -unionista uno y confederado el otro- armados hasta los dientes puedan dialogar sin embargo sobre los sucesos de cada bando dentro de una diligencia, esa conversación sí que la sentí casi trasladable a nuestros días y a mi país, además de envidiable ya que en España aún no se puede hablar de la nuestra –ni habiendo cambiado de siglo- sin que nos emponzoñemos.


Entiendo la mirada pesimista de Tarantino. Como el propio cineasta dice –no cito textualmente- todos los western reflejan la época a la que se refieren y también el tiempo en el  fueron filmados, y “Los odiosos ocho” no iba a ser menos, de algún modo retrata el apesadumbrado sentir actual dado que no deja títere con cabeza, nunca mejor dicho porque a alguno se la vuelan. Sentí que la carta de Abraham Lincoln, manchada de sangre arrugada y arrojada con desprecio es el grito final de Tarantino, como si exclamara ¡¡¡No hay nada ni nadie en quien creer!!!! y tampoco importa si la carta es verdadera o falsa ya que está en manos de un canalla.

El espectador a menudo necesita ponerse del lado de algún personaje y en contra de otro u otros antagónicos: Durante gran parte de la película caminamos del brazo de Marquis Warren (Samuel L. Jackson). Es negro, muy educado, aunque mate… hasta que llega el punto de inflexión en el que con cruel regodeo le cuenta a Sanford Smithers (Bruce Dern) -el general confederado que sufre porque no sabe el paradero de su hijo- cómo él, Warren, obligó al vástago a desnudarse en medio de la nieve y a que le practicase una felación antes de matarle, y el personaje pierde nuestro beneplácito. Como es natural, anteriormente hemos escuchado todas las infamias del estirado general que no tuvo escrúpulos en quemar un pabellón lleno de soldados de la unión. Así que la borrachera vengativa está servida con todo lujo de detalles.

Sí es cierto que la película rompe esquemas, porque cuando Marquis cuenta que la dueña de la mercería tenía un cartel en el que rezaba “Se admiten perros pero no mejicanos” –hablo desde la memoria, perdonad si la frase no es exacta, el sentido sí es fiel- aún no hemos visto a Minnie. En un salto hacia atrás comprobaremos que Minnie era negra y ningún espectador concibe que pudiera ser racista y xenófoba, así que la carcajada insonora de Tarantino que yace por debajo se escucha estridente en tu interior. El director parece sacar el índice desde la pantalla para señalar al público e increparle: ¿Qué creías, ingenuo? Aquí no se salva nadie, ni siquiera tú, que para bien o para mal prejuzgas sin poseer toda la información, yo si la tengo.

He de confesar que es posible que sienta que Tarantino se ríe de mí en plan gamberro. Admito que no me gusta el sarcasmo, siempre me ha parecido un subterfugio cobarde, y mucho menos el humor negro, me encanta reírme sí, pero no de otros sino con otros, y con él tengo la sensación humillante de que desde un plano de superioridad decide: “Hala vamos a asustar y a cachondearnos de la tonta esta”, disculpad la exageración, es un decir, un ejemplo explicativo para que se entienda que le considero capaz de hacer a otros víctimas de sus bromas pesadas, es mi impresión subjetiva y probablemente injusta pero yo tampoco soy políticamente correcta aunque lo parezca. Está claro que pertenezco a otro tipo de espectadores y que no le pillo el aire a Don Enfant Terrible.

Me desconcierta por completo Daisy (Jenifer Jason Leigh) una actriz como la copa de un pino, no entiendo por qué aceptó ser la excusa para recibir esa mansalva de bofetadas. Siento mucho lo que voy a decir porque no es mi intención ofender a Quentin Tarantino ni acusarle –perdón por la chulería, ya sé que él no va a leer mis palabras, cuánto me estoy excusando hoy- pero tuve la sensación de que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid pues nos ponemos morados de pegar a una tía en la ficción. No sé… comprendo que el film refleja lo odiosos y violentos que son todos y cada uno de los personajes, incluso ella, pero que sea una asesina bicharraca no justifica que la entreguen al sheriff molida a palos, ni a ella ni a ningún otro preso, y me preocupa que a alguien le pudiera parecer justificado.


Al final mi abuela paterna tenía razón cuando en los años sesenta decía que no quería ver las películas de la tele porque sólo salían zorrupias y tíos del sombrerete. Sí, quizá la famosa conquista del oeste fue eso: un albergue de oportunistas sin escrúpulos con sombrero llegados de la vieja Europa, lo mejor de cada casa incluida la nuestra, buenos cimientos ya te digo.

Da la casualidad de que ningún ingrediente del universo personal de Tarantino me gusta, y mira que me da rabia. En la mayoría de sus largometrajes llega a un punto de paroxismo en el que lo “entomata” todo, y se pasa de rosca rompiendo el ritmo, la composición y el equilibrio de su –hasta ese momento- bien contada historia: borbotones de sangre va y sangre viene, esta vez en vomitera múltiple gracias al café envenenado. Es obvio que si no me gusta la visión de la sangre, los vampiros menos todavía, no me ponían nada sus chupópteros sucedáneos de orgasmos sanguijuela camuflados, ni siquiera de cría me daban miedo los Drácula de turno sino repelús y él ¡toma ya sobredosis! Tampoco me gusta la simplicidad de Agatha Christie reuniendo a todos en una habitación y explicando en el último momento en plan profe para tontos lo que había ocurrido y Quentin Tarantino hace lo mismo, encerrar al elenco completo en la mercería, con tablas y clavos en la puerta para subrayar el secuestro y explicar con otro forzado flashback lo que ocurrió antes de que llegase la diligencia, y nos presenta de súbito detalles de la mayor relevancia para el desenlace sin haber dejado antes huellas, rastros, señales… necesarios para que el suspense funcione como un mecanismo de relojería de alta precisión.

No puedo evitar imaginarme a Quentin de crío leyendo manga sin parar –lo digo porque dichos comics o historietas suelen ser tan exagerados como él- le veo delante del televisor engullendo series de indios y vaqueros, de marcianos… -igual que yo, dicho sea de paso- y me enternece la imagen porque es una marca generacional y al observar su cine intuyes lo que le asustaba y lo que le enardecía, y es como si ahora aquel criejo que aún lleva dentro y que creía en aquellas moralinas y heroicidades exclamara defraudado: “¡¡¡¡Todo era mentira, un bluff, una mierda enorme!!!!” y también tengo la sensación de que sí necesita ser aprobado y por eso hace concesiones entregando lo que cree que se espera de él y con los cubos de sangre complace, pero en mi opinión se equivoca.
Es un escritor impresionante y no necesita estar haciendo homenajes que le restan creatividad.

Espero no haberme ganado demasiados enemigos, un abrazo y hasta el próximo encuentro con el cine o con los libros.
Pili Zori

"TRUMAN", película de Cesc Gay

Me alegro de que el Festival de San Sebastián encontrase, o mejor dicho, aplicase, la fórmula “ex aequo” –locución latina que significa “por igual”- para conceder la Concha de plata a ambos actores, Ricardo Darín (dando vida a Julián) y Javier Cámara (interpretando a Tomás), porque el tándem no es que resulte bueno ni óptimo ¡es que es superlativo!

Javier Cámara consigue que cualquier actor o actriz se sienta cómodo junto a él, y paradójicamente su grandeza es la modestia. Tiene esa capacidad camaleónica de convertirse en personajes tan dispares y tan creíbles que nunca se transparenta, e impide que el espectador pueda poner distancia. Sólo cuando ves un mal trabajo te das cuenta de quienes lo hacen bien. Es una faena porque a lo bueno te acostumbras enseguida y le restas importancia. Recuerdo las palabras de Candela Peña cuando expresó que la película Torremolinos 73 sólo podía hacerla con él.

Cesc Gay, el cineasta y gran director de actores –también en teatro- ha sabido sacarle toda la sensualidad a Javier. En el film hay una escena en la que se le ve bailando un poco a lo lejos de forma seductora, y sus viriles y sutiles movimientos preludian, sin que el espectador lo sepa aún, otra posterior de cama –única y de las más bellas que he visto en cine- con Dolores Fonzi en el papel de Paula, (la prima de Julián que lleva un año ocupándose de él y de su enfermedad). Ambos terminan llorando tras eliminar la tensión que exorciza el dolor que padecen por la inminente pérdida del amigo común. Pero la secuencia expresa mucho más: un momento de amor metido entre paréntesis que nada tiene que ver con la infidelidad ni con el simple desahogo sino con el consuelo mutuo de una experiencia que sólo a ellos les pertenece. (Aclaro que comprenderlo no significa necesariamente aprobarlo ya que le doy a la fidelidad en la pareja todo el valor de amor y compromiso que tiene, el inciso aunque sea personal no sobra, más adelante lo enlazaremos).


La cámara se enamora de Cámara. La vida a veces hace bonitos guiños para subrayar las redundancias, y el apellido del actor canta a gritos una predestinación: Javier está hecho para estar en el oficio y colocado delante del objetivo. Esta vez luce él y Cesc Gay demuestra que la belleza no es estática ni anda metida en un solo tipo de chasis o en un canon determinado, sino que emerge, especialmente desde el deseo, y él sabe verla y también extraerla.

El largometraje se cuenta desde la mirada de Tomás (Javier Cámara) punto de vista que el espectador comparte ya que ambos, Tomás y público, a diferencia de Julián, no están diagnosticados de cáncer terminal, (al menos en su mayoría, aunque doy por hecho que muchos espectadores habrán padecido la enfermedad con curación para unos y mal desenlace para otros) y se van sorprendiendo y adaptando a la situación y a las necesidades y demandas del amigo al unísono.

De Ricardo Darín qué voy a decir que no sea obvio, sus actuaciones son magistrales, y el carisma personal desbordante: Inteligente, culto, digno, valiente, concienciado, coherente, honrado… La capacidad que tiene de transmitir y facetar cada gesto hasta multiplicarlo, de empequeñecer o agrandar su físico al servicio del personaje, de transformar la voz… hace que consiga un tallado superior que brilla en cada arista en todas las interpretaciones que realiza. Y que pueda ir por la pantalla y por la vida del revés, es decir, con lo de dentro por fuera resulta tan generoso como la transparencia de esos celestes ojos que tiene y que hablan de magmas, sedimentos y posos que otros actores no han adquirido. Lo entrega todo y se vacía en cada trabajo para volver a llenarse y tener vida propia al mismo tiempo, supongo que ponerse a las ordenes de… es un ejercicio de delicado equilibrio por lo que de obediencia contiene, y conjugarlo a la vez con una personalidad contundente y con una enorme capacidad de decisión muestra una estructura emocional muy poderosa. Es probable que lleve dentro de esa mirada nítida, frontal y de embestida, el amor a su país con todas sus turbulencias incluidas, país, o mejor dicho aquellos tiranos, que maltrataron, persiguieron e incluso asesinaron a sus artistas en época no tan lejana. Tal vez por esa causa en el gremio argentino abunda la figura del intelectual que se siente en la obligación de usar el privilegio de su altavoz para hacer un servicio público de denuncia contra la injusticia. Entre los que no miran para otro lado se encuentra Darín.

Cesc Gay junto a quienes se ocuparon de elegir al dúo acertaron de lleno, no en vano decía al principio que tanto J. Cámara como Ricardo, formaron tándem, y la imagen se define por sí misma: los dos actores pedaleando a la vez, variando los ritmos al mismo tiempo, con esa clase de vínculo que en raras ocasiones se establece y cuyos invisibles hilos el espectador no ve, tampoco el público sabe cómo se cosen dichas hebras entre personas que tal vez antes del rodaje ni se conocían, es uno más de los maravillosos misterios que tiene el arte.


El largometraje habla de ternura masculina, de silencio elocuente, de contención. Y Truman –el perro- es el catalizador, el espejo mimético de esa vulnerabilidad que apenas asoma, el depositario que muestra el iceberg completo, el cono ancho y profundo que está por debajo. Buscarle familia adoptiva al perro mientras le pides una tregua a la parca nos dice lo mucho y lo poco que a la vez Julián tiene, por ello no es extraño que comparta cartel.

Troilo -así se llamaba fuera de las pantallas Truman- murió meses después del rodaje, qué cosas tiene la vida, este grandote y lustroso bullmastiff se había dedicado a ayudar a niños autistas y para Darín fue muy fácil la amistad y el adiestramiento, el actor tiene sensibilidad para los animales y eximió a Cesc Gay de la ocupación de entrenarlo, y lloró sin pudor fuera de la película y frente a los asistentes a una charla cuando le preguntaron por él. El director permitía a los actores en los ensayos que se dejasen llevar y que el llanto aflorase, y sólo cuando se les pasaba filmaba para conseguir la contención y el pudor de los que os hablaba en renglones anteriores, los ojos tenían que estar enrojecidos, a punto de, pero nunca desbordados. Es un canto a la amistad entre hombres.

Y ahora viene la parte que me toca: Cómo viví y experimenté esta historia narrada in media res que me dio tantas vueltas en la cabeza y me suscitó tantos sentimientos encontrados. No sabemos por qué Julián está tan solo en ese trance, por qué anda tan mal de dinero siendo un reconocido actor de teatro, aunque deducimos por un breve encuentro con Luis (Eduard Fernández) que en algún momento de su vida fue un crápula sin escrúpulos, detalle que demuestra que las infidelidades hacen daño, algo anda mal antes de que estas carguen con la culpa de la ruptura, a esto me refería cuando hablaba de enlazar, a que suele haber damnificados. Julián le pide perdón a Luis, por suerte éste le dice que no importa porque gracias a aquello hoy tiene un nuevo amor.

El público también contempla a través de unas cuantas pinceladas maestras cómo es el ambiente que rodea a Julián: hipócrita y miedoso en algunos casos ya que hay gente que se aparta de quienes padecen cáncer como si fuera contagioso. En el restaurante al que va a comer con Tomás entran unos “amigos” del actor y simulan que no le han visto, quizá porque no saben cómo tratarlo. Otros, como el productor del teatro (interpretado por José Luis Gómez que demuestra una vez más que existen los papeles cortos pero no pequeños, ya que su aparición es uno de los puntos más álgidos del filme), te mandan a casa a descansar con tremenda brutalidad bajo las cínicas buenas formas, sin preguntarte que planes tienes, y a continuación te informan de que ya has sido sustituido, y lo hacen después de permitirse la desfachatez de pasar facturas de amistad inexistentes para tranquilizar su conciencia si es que la tienen, la escena es tremenda, el espectador desde el patio de butacas le ve aparecer con una bandejita de pasteles (intuye que lo son por la inequívoca forma del envoltorio y el atado) e ingenuamente cree que es un obsequio para el actor, secuencias más tarde verá como el deshumanizado empresario teatral, tras soltar el jarro de agua helada se marcha de nuevo con su paquetito envuelto sin ni siquiera dar las gracias por los servicios prestados. Pocos pasajes son tan duros y poéticos al mismo tiempo: Julián lleva medio rostro desmaquillado, el otro medio es la máscara blanca del payaso que recibe las bofetadas, aunque no sabemos si antes era él quien las daba, (lamento la ignorancia, no sé cuál es la obra que Julián está representando, quizá me despisté y no vi el cartel anunciador o cualquier pequeño rastro que lo indicara, contemplar el cine en una sala es magnífico y lo suyo, pero tener la película para disfrutarla en casa yendo hacia atrás o hacia delante cada vez que lo requieras al menos para mí es un complemento necesario, porque la memoria es caprichosa y desatenta). La imagen se explica por sí misma como si sonase la estrofa de la canción “Teatro, lo tuyo es puro teatro”, en este caso no me refiero al actor, dado que no hay mayor verdad que la de quien interpreta sobre las tablas, y lo peor de todo es que quien la mira comprende que la vida es así, una carrera de relevos y que con paños calientes o sin ellos tarde o temprano te dan la boleta en el trabajo y hay que asumirlo.

Pensé mucho en quienes acompañan, no siempre son los que están disponibles para dar al enfermo cualquier cosa que necesite, es el enfermo el que elige, y ese es un dolor del que no se habla, y que nada tiene que ver con la necesidad de protagonismo, el dolor de ser excluido y rechazado cuando tanto deseabas ser útil. Las personas queridas no son sólo tuyas. Pero vuelvo a la ambivalencia que sentía. Confieso que durante toda la película estuve haciendo esfuerzos de comprensión, ya que Julián no me caía bien y me hacía sufrir con cada sablazo abusivo que le asestaba a Tomás apelando a su generosidad, pero de inmediato recordaba que Julián –no sabemos las razones- se encontraba en una situación precaria a todos los niveles, reparé en que le había preguntado a su amigo que si disponía de presupuesto y que éste le había respondido que sí y sobre todo subrayé que se iba a morir.

Tampoco comprendía a Nico (Oriol Plá), el hijo que vive en Holanda y que rehúye el encuentro, sabiendo como sabe el estado actual de su padre. Más tarde nosotros, los espectadores, conocimos por Gloria (Elvira Minguez), la ex mujer de Julián y madre de Nico, que ella ya había puesto en antecedentes al hijo antes del repentino viaje en avión de los dos amigos con visita sorpresa incluida. Su padre no se atrevió a compartir con palabras su estado de salud, y entonces no supe cómo interpretar la actitud huidiza del chico. En resumen y siendo sincera, le juzgué y le condené sin más. Después me dije que era Julián quien quería ver a su hijo por última vez quizá, y que prefirió hacerlo sin decirle que se trataba de una despedida para que no sufriera, y tras dilucidar junto a Tomás si el chico tenía derecho o no a saber que la enfermedad después de remitir había vuelto a brotar para extenderse, no fui capaz de decidir si fue un alivio o una traición para Julián que su ex mujer abriera la boca sin contar con él, y me pregunté hasta qué punto nuestra propia historia nos pertenece si va a afectar a otros.

Sólo sentí alivio cuando Paula estalló reprochándole a Julián que les dijera lo que pensaba hacer, ella no quiere saberlo, tampoco desea consentirlo, pero no puede impedirlo.  También creo que Julián tiene derecho a hacer con su vida lo que quiera y más en esas circunstancias, pero no a cargar a otros con el peso de conocer las decisiones que toma.

Pienso que saber vivir es tan difícil como saber morirse y que gracias a autores valientes como Cesc Gay iremos aprendiendo.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro con el cine o con los libros.

Pili Zori

"NADIE QUIERE LA NOCHE", película de Isabel Coixet

Comenzaré la casa por el tejado antes de hablar de la película: no conozco personalmente a Isabel Coixet, pero siento un enorme afecto por ella además de admiración por su voz y su mirada tan personales, y es probable que me duelan más que a ella algunas de las afrentas que le hacen y deseo que le resbalen, aunque intuyo que no, porque no tiene ni paraguas ni impermeable y como cada hijo de vecino –en este caso cada artista- padece de necesidad de aprobación al igual que de afecto y reconocimiento: un creativo no levanta un universo sólo para sí mismo. Lo digo porque no sé a qué ton ni a qué son viene que algunos críticos se ceben con esta gran cineasta admirada mundialmente poniéndose en ridículo que es lo más triste, porque cuando eres buen catador y sabes captar y desmenuzar los ingredientes de una obra de arte pues si la crítica es adversa vale, el artista asume y aprende rascándose el escozor de la orientación, y si dicho estudio está bien argumentado puede compartirlo o discrepar de él tras haberlo analizado, pero cuando te limitas a atacar en lo personal sin venir a cuento, el boomerang se vuelve contra ti, y tú solito o solita te pones en evidencia, porque la vida, como ya he dicho otras veces, es la mejor guionista y maneja los tiempos como nadie, estructura de maravilla y más tarde o más temprano nos coloca a todos en nuestro sitio. Dicen que la envidia es sentir tristeza por el bien ajeno, quien la siente no la sabe distinguir y la justifica patéticamente mientras quienes le escuchan y observan se dan perfecta cuenta de lo que le ocurre. Naturalmente no me excluyo, nada de lo humano me es ajeno y cuando otros ganan concursos literarios y yo no pues me reboto aunque luego se me pase. Pero lo que decía anteriormente sobre ponerse en ridículo lo subrayo por doble y paradójico motivo, dado que la efemérides de los treinta años de los Premios Goya también cayó en la tentación de: “Vamos a darle un puñetazo en el estómago a Coixet que parece que lo aguanta”. Que esta realizadora sepa dirigir en varias lenguas a los mejores actores internacionales tampoco tiene la menor importancia para ellos, por lo que se ve, que invierta su dinero en apoyar a directores noveles a lo mejor es que se trata de algo corriente poco digno de admirar… En fin, espero que se esté sobreentendiendo mi tono de ironía.

En el año 2006 Isabel salió a recibir el premio Goya al mejor guión original por “La vida secreta de las palabras” y sufrió un bloqueo, es extremadamente tímida frente a los actos multitudinarios (os recuerdo que estar allí sin duda impone, tanto que a Alfredo Landa le sobrevino un ictus, o accidente emocional o vascular sobre el escenario y no hubo un sólo espectador que no lo lamentara enormemente), la segunda vez que fue nombrada para recoger un nuevo goya en esa misma gala Isabel ya se había recuperado y pudo agradecer y expresar con fluidez. Pues bien: estamos en 2016, creo que ya ha llovido desde entonces, y vemos a Dani Rovira ante un ordenador mientras contempla las entradas de presentadores realizando la apertura de la gala en años anteriores, y tras el repaso de imágenes le escuchamos decir: ”Yo es que tengo que hacer algo diferente, aunque sea el ridículo, ¡Ah, que también se ha hecho!” y los espectadores vemos de nuevo el balbuceo de Coixet, pero al mismo tiempo observamos en el patio de butacas su educada sonrisa flanqueada por Juliette Binoche y por Tim Robbins… Unas filas más abajo o delante está Penélope Cruz, a la que también dirigió. Sobran las palabras, como sobraban sin duda las de Dany Rovira. El muchacho es un mandado, supongo, y no vamos a cargar las tintas sobre él, naturalmente no tengo nada contra “Ocho apellidos vascos”, catalanes, gallegos o cuantos tengan que venir, porque eso sí es humor,aunque opinable si de mayor o menor hondura, pero buen humor al fin y al cabo, en cambio hacer un daño gratuito a una grande del cine internacional que siempre está deseando compartir sus logros aquí pues al menos a mí no me hace ni puñetera gracia y paso vergüenza ajena frente a Juliette Binoche, ese portento de la interpretación que dice frases como “El arte es el vínculo entre lo visible y lo invisible, pero lo que me interesa de verdad es cómo se crea algo nuevo, sin copiarlo. Es el camino más fascinante, lo nuevo siempre es arriesgado porque la gente a menudo no lo entiende. Tenemos tendencia a quedarnos en cosas que sabemos porque uno se siente más cómodo. Pero la interpretación pertenece a un lugar sagrado”. No se puede decir mejor algo tan aplicable a Isabel Coixet.


Y ahora voy con la segunda parte del doble motivo: En este mismo blog he comentado en otras ocasiones que la crítica cinematográfica -que yo sepa- es una carrera universitaria y lo mínimo que se le debe pedir a esa licenciatura es que quienes la ostentan se comporten como buenos ojeadores, y no con la vagancia de hacerse eco de otro eco innecesariamente descalificador en lo personal y no en lo artístico. Pero claro el talento y la dignidad quien no los tiene no sabe distinguirlos. Compartiré algunos de los análisis que reputados críticos han hecho sobre “Nadie quiere la Noche”:

A pesar de que la película no transita caminos previsibles (…) el resultado es frío como un témpano. Le falta nervio, intensidad, es una película de aventuras introspectiva que no sabe cómo incendiarse” (Sergi Sánchez, Fotogramas).

¡¡¡Tócate los pies!!! Haz una perfecta, sobria e impecable composición sobre el frío, obviamente no sólo me refiero al hielo físico del Polo Norte, sino al anímico, al gélido corazón de quienes se sentían con derecho a colonizar cualquier pedazo de espacio aunque no estuviese formado por tierra, con su estúpido e imperialista sentimiento de superioridad sin respetar ni comprender esa clase de naturaleza inhóspita ni el carácter generoso de las únicas personas que supieron habitarla: los Inuit, o más conocidos como esquimales por aquí. Y que te suelten la perla de que no has sabido incendiarla. Vivir para ver, tiene narices el asunto.

Es extraordinario comprobar lo bien narradas -en lenguaje puramente cinematográfico- que resultan las escenas en las que vemos a la protagonista de la alta sociedad bostoniana recortando el aire rudo y rural con su silueta de suntuoso terciopelo granate, estirada y ridícula. Es tan didáctico y rotundo observarla tratando de imponer sus costumbres de cucharas, cuchillos, tenedores y copas de fino cristal inservibles allí, mientras la dulce y experta Allaka le ruega con paciencia infinita que coma carne cruda. Es tan reconfortante asistir a la lección que esta “salvaje tatuada” le entrega al demostrarle entre sonrisas que ella sí aprende inglés mientras la “superior” Josephine Peary, al igual que su esposo Robert, “el rutilante explorador”, son incapaces de comprender y estudiar la suya, la hermosa lengua que llama a un bebé Persona pequeña, ese hermoso y antiquísimo idioma que ya de por sí indica la falta de sexismo. Sin embargo en fotogramas anteriores el espectador sí contempló horrorizado como la civilizadísima Josephine mata un pequeño oso con aire triunfal y anchísima sonrisa por el puro placer de la conquista mientras en la inmaculada nieve se dibuja un granate y aterciopelado reguero de sangre tan bien pespunteado como su bien confeccionado vestido.

Más adelante veremos el incendio que según el crítico de Fotogramas falta: la lumbre se llevará la grandilocuente frase que Robert Peary clavó en la pared de la cabaña a la que no vuelve mientras esposa y amante le aguardan, y en la que dejó abandonado a un compañero sin dedos porque la nieve le iba comiendo la carne a pedazos. Ese pergamino de cuero habla de abrir nuevos caminos, ¿a costa de qué?, ¿con el sacrificio de quién?, se pregunta el espectador. En esa misma pira arderá el hermoso traje ideado y cosido por uno de los mejores modistos o diseñadores de Boston, prenda a la que Josephine tanto se aferraba para no perder el halo de distinción, ese ara incandescente irá recibiendo uno por uno todos los desprendimientos superfluos, despojando capa tras capa hasta humanizar paradójicamente a una superficial y altiva niñata de Boston, y justamente ahí es donde está el nervio, el latido que según Sánchez falta. La acción no siempre ocurre en el exterior, las verdaderas transformaciones suelen producirse precisamente en el interior de nosotros mismos y sólo entonces estamos preparados para cambiar el entorno que nos circunda. Es en ese momento cuando el film da paso a la piel humana y animal, único revestimiento capaz de generar calor verdadero. Pero el aliento helado y apocalíptico del norte hará saltar por los aires y en mil pedazos la aparentemente fuerte cabaña occidental de madera y entonces ambas mujeres contrastarán sus mundos pasando al uterino iglú.


No sé qué entendemos cada uno por largometraje de aventuras, pero sí comprendo sin embargo que no hace falta estudiar a Sófocles para saber que “Nadie quiere la noche” es una tragedia pura y dura sin recursos ni fisuras y por ello muy honrada, y tanto el guionista Miguel Barros, como la directora Isabel Coixet, como el director de fotografía Jean-Claude Larrieu, como Lucas Vidal el compositor de la música… han sido fieles al tono y al estilo elegidos sin salirse ni un ápice de las decisiones tomadas, y han trabajado a favor de obra, sin hacer ni una sola concesión. El final es brutal: la tundra implacable como una parca se lleva la vida de la “persona pequeña” porque el sueño helado de dos madres le ha dejado sin comer, y el círculo se cierra con otro abandono, el de Allaka que paga un alto precio por mezclarse con occidente. Y el espectador se vuelve de piedra, o se queda como una estatua de hielo para ser más exactos.

Puestos a hacer peticiones me habría gustado que el expresivo y hermoso rostro de Gabriel Byrne hubiese dado unos cuantos pantallazos, pero hasta eso habría sido trampa al llenar la sala con la luz que emanaría de sus ojos, ya que la película ha de mostrar cómo llega el invierno y por tanto la oscuridad, -utilizo ambas lecturas, la de la oscuridad del alma además de la climatológica-. Los diálogos entre los dos personajes, Bram Trevor y Josephine Peary, son inolvidables, deduzco que Isabel pronuncia a través de la boca del actor muchos de sus principios, además de explicar alguno de sus rasgos, sobre todo el que se refiere a estar incómodo entre otros grupos de mortales.al igual que la coherencia y santidad de su ateísmo.

La sensación de caminar dentro del film sobre nubes, de estar en el interior de una extraña eternidad sin gente, de sentir el aislamiento y casi la muerte es impagable porque roza una frontera de belleza y de tristeza equivalentes. Yo jamás viajaría hasta el Polo norte, de inmediato sentiría una sensación litúrgica de castigo por haber osado profanar el verdadero y aterrador silencio, la cegadora luz de las tinieblas.

No me extiendo más, pero sí me gustaría que después de verla me dijerais qué os parecen estos “análisis”:

“Apreciable, un sobrio ejercicio de Coixet por alejarse de sí misma, se echa en falta un final a la altura, pese a todo el resultado es una película de incuestionable belleza” (Luis Martinez, Diario El Mundo).

No sé, seguramente es un elogio, aunque en mi opinión envenenado, ¿por qué Coixet tiene que hacer esfuerzo por alejarse de sí misma?, ahí va esa bofetada sin mano ¿qué quiere decir Martinez?, ¿que no le gusta ella?, ¿que esta película no es biográfica?, pero su mirada, su enfoque sí lo son, no creo que haya nada más propio y personal que tu obra aunque no hable de ti.

Iba a seguir reseñando a otros críticos pero en resumen lo que se lee entrelíneas es el hincapié de que quede muy claro que la película se salva por los actores o por el guionista, pero no por ella. De verdad que no comprendo a qué responde esta inquina torpe y tonta, porque habría de no gustarte Mozart pero nadie en su sano juicio osaría poner su arte en cuestión. Creo sinceramente que lo que ocurre es que Coixet se sale de los parámetros y que por eso no la entienden. No hace falta decir que también se han escrito muchas críticas buenas, sobre todo después de que la refrenden los alemanes.

Es muy difícil que Isabel Coixet pasee sus gafillas y sus oscuros ojos, agudos como clavos, por este rincón de vientos mesetarios, pero si lo hiciera me gustaría ofrecerle con las dos manos, como hacen los orientales, el pequeño regalo de esta humilde escritora sin suerte que la quiere tanto.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro, librero o cinematográfico.

Pili Zori

"El olvido que seremos", de HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

El padre de Héctor Abad Faciolince murió asesinado el 25 de agosto de 1987 en pleno centro de Medellín frente a la oficina de Defensa de la igualdad social y de los derechos humanos que él mismo fundó. La vida -a menudo con tinta roja- escribe los guiones y metáforas más perfectos, la sangre no tiene otro color, los narradores tan sólo nos limitamos a imitarla con tosquedad y torpeza, ella es delicada cuando trata el amor y más fina y elegante todavía en la tragedia, otra cosa es que nosotros, pobres mortales, sepamos leer e interpretar con hondura lo que con tanta nitidez y tan claramente nos expresa:
Los asesinos paramilitares del prestigioso médico le vaciaron en el cuerpo pacifista y desarmado las balas de dos cargadores. En el bolsillo interior de su chaqueta americana -o saco como a los colombianos les gusta nombrar a la prenda- el que está pegado al corazón había una lista con los nombres de todos los amenazados entre los que se encontraba el suyo y arropándola un poema que decía así:

Ya somos el olvido que seremos
El polvo elemental que nos ignora
Y que fue el rojo Adán, y que es ahora,
Todos los hombres, y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
La obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
Al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre
Que no sabrá que fui sobre la tierra.

Bajo el indiferente azul del Cielo
Esta meditación es un consuelo.
J.L.B.

En otro de los pisos del edificio trabajaba su esposa en el despacho de la pequeña inmobiliaria que ella misma creó, tal vez para que los ideales y objetivos de su marido no se vieran entorpecidos o frenados por las obligaciones familiares ya que tenían cinco hijos, y él la desprendida costumbre de repartir el dinero que ganaba entre desfavorecidos. O por el deseo propio y legítimo de considerar su trabajo tan importante como el de su marido y compartir  así la responsabilidad de ser tan cabeza de familia como él. El autor no nos muestra la voz de su madre, ni si ella era satélite del astro, o protagonista absoluta de su vida, eran tiempos de roles con luz pública para el hombre y sombra doméstica para la mujer, pero siempre hubo resquicios por donde escapar para enmendar la plana a las imposiciones.

Cuando Cecilia Faciolince bajó para recogerle del suelo junto a su único hijo varón sacó cuidadosamente del anular de su marido la alianza y se la introdujo en el dedo femenino junto a la suya. La imagen se explica por sí sola.
Leer este in memoriam, réquiem, homenaje, testimonio, documento… me ha conmovido y removido no sólo en el territorio de lo social y en el de la historia actual de Colombia, además me ha hecho repasar mi relación con mis padres, mi comportamiento como hija y también como madre.
Las 274 páginas de esta obra son un exorcismo, una extirpación dolorosa sacados de lo más profundo de las entrañas. Un balance vital que a Faciolince le costó dos décadas de distancia para poder emprenderlo. El  leitmotiv que le empujó a hacer dicho cómputo fue el coraje y la herida que sentía al ver cómo los asesinos –el autor aún no sabe quiénes fueron en concreto los de su padre- los sicarios, los verdugos… proliferaban y aparecían protagonizando la literatura de su país, “esos pobres chicos armados hasta los dientes que han caído en esa trampa” –se sobreentiende que entrecomillo y lo expreso como ironía amarga- mientras las víctimas como este padre (cuyas únicas armas fueron la palabra, el libre pensamiento y la fe en la educación y en la cultura, en el buen reparto de la riqueza y la sed de justicia) morían a manos de la ignorancia más cruel y cerril sin que los asesinos por encargo supieran que Héctor Abad Gómez era el hombre que había propiciado que se construyeran acueductos para que el agua llegase a sus pueblos de origen y que seguramente las propias familias de esos matones pudieron así conocer la dignidad del potable y transparente líquido, de la salud y de la higiene, que ese experto en medicina preventiva y catedrático de universidad prefirió la calle a la aséptica consulta acomodada y particular, y su amado país al exilio, ese médico que eligió ser rural profería frases como éstas: “Sin alimentación ni siquiera es verdad que todos nacemos iguales pues esos niños vienen al mundo con desventajas.” O las palabras que leemos en la página 68 recordadas por su hijo y escritor de esta obra que sin ser ficción no deja de ser una hermosísima e insólita -por inclasificable- pieza literaria: “Todo el que hiciera despertar y participar a los pobres era considerado un activista peligroso que ponía en riesgo el imperturbable orden de Iglesia y sociedad. Cuando pocos años después los barrios de Medellín se convirtieron en un hervidero de matanzas y en un caldo de cultivo de matones y sicarios la Iglesia ya había perdido contacto con esos sitios, al igual que el Estado. Habían pensado que dejarlos solos era lo mejor y al abandonarlos a su suerte se convirtieron en sitios donde como maleza surgían hordas salvajes de asesinos”. Más adelante en la página 95 nos dice: “Todo fundamentalismo era para él pernicioso y no sólo el de los creyentes sino también el de los no creyentes”…
Podríamos continuar sin parar porque todo el libro es subrayable. Pero como ya he dicho en renglones anteriores no deseo que  mi análisis pueda parecer demasiado social porque la novela –me voy a permitir llamarla así- es un hermoso recorrido por un tiempo de historia reciente contada desde el ámbito doméstico que siempre es el que abre el mejor plano para conducirnos desde lo íntimo y privado hasta lo público, y dicha intimidad familiar te arranca risas y también llantos inconsolables porque el autor consigue del lector una proximidad abismal que le lanza dentro de las páginas y le hace en el paisaje junto a él, junto a todos ellos, y les oyes respirar y ves casi en lenguaje cinematográfico lo que ocurre por fuera, pero gracias al literario te adentras en el corazón de ambos protagonistas en esa trinidad tan compleja de padre, hijo y narrador, o en esa bicefalia en la que quien escribe es juez y parte.
No es fácil afrontar la tarea emocional de hablar de tu padre, el escritor quería también contrastar, ya que la literatura universal es profusa en relaciones dañinas con el progenitor, tales como “Carta al padre” de Kafka, “Las correcciones” de Jonathan Franzen, “Patrimonio” de Philip Roth… y esos desencuentros casi se han convertido en un tópico. Su relación sin embargo estuvo llena de amor. Aunque en este punto me gustaría compartir que aunque me haya encariñado con el padre a mí quien más me conmueve es Héctor Abad Faciolince, porque desde niño tuvo una mirada agradecida que otros hijos en las mismas circunstancias y recibiendo igual educación no tuvieron. Por fortuna se dieron en aquella generación de hombres y mujeres cabales, honestos y comprometidos enseñanzas parecidas que muchos hijos sin embargo tomaron como si fuera lo más natural de mundo y por tanto no las supieron apreciar del mismo modo. A veces tenemos el defecto de atribuirnos méritos que nos han legado, otras olvidamos indicar la autoría de quienes nos los han entregado, profesores, hermanos, amores, amigos… pero aunque hay menos ejemplos de padres admirables y buenos en literatura alguno queda, la figura de Héctor Abad remite a la de Atticus Finch, el padre de la escritora Harper Lee y protagonista absoluto de su novela “Matar un ruiseñor”.
Pero a diferencia de la segunda, “El olvido que seremos”, sí sabe salir de la mirada admirativa de la infancia para entrar en la pubertad, adolescencia, juventud y madurez ejerciendo esa parte psicoanalítica y de enfrentamiento con los demonios interiores de las contradicciones, juicios y prejuicios sumarísimos que a la edad de abandonar el nido se tienen. Es el tiempo de ver al padre como persona y como hombre, de sentir la evolución y desarrollo del amor que le profesas desde niño -etapa en la que se le adora sin poner nada de él en cuestión- para pasar sin apenas transición a la adolescencia, temprana o tardía, en la que se necesita crecer contra él para poder volar. Duele tanto el empujón para ambos… Es el tiempo de aprender que la admiración se puede sentir en plano de igualdad y a la misma altura de los ojos, que somos poliédricos y personas facetadas antes que padres o hijos. Y comprenderlo lleva su tiempo porque el amor tiende al imán y el amor escuece y provoca rozaduras y por ello es necesario el desprendimiento y cuesta encontrar la distancia adecuada.
Como lectora sin embargo pude apartar un poco la carga tan potente de heroicidad del padre dada su injusta muerte, y extrapolando imaginé que debía ser difícil para el hijo de un hombre tan prestigioso y relevante tener luz propia y dejar de sentirse satélite, los hijos de… Pensé que en todo comportamiento hay un yin y un yang, que en el exceso de virtud a veces se esconde el deseo de destacar, de sobresalir y que es humano, que el padre también cometió errores absolutamente perdonables en lo público y en lo privado, ya que es fácil desde la perspectiva del tiempo saber que apoyaste cosas que luego fracasaron, que te dejaste adular por necesidad de pertenencia, nadar contracorriente es agotador igual que adelantarte a tu tiempo y a veces se necesita un remanso, pero quien se implica en la vida se mancha y mientras algo está sucediendo no sabes cómo se va a desarrollar. A los librepensadores siempre se les acusa de tibios, de estar fuera de la grey, porque no son seguidores ni sectarios, tal vez por ello al doctor en medicina Héctor Abad Gómez le gustaba tanto el cineasta Luchino Visconti que padeció ataques desde el mundo aristocrático al que pertenecía y también desde el proletario al que defendía.
Imagino que el autor, al escribir, se movió en un delicadísimo terreno en el que quiso conjugar el derecho a su memoria sin manchar la de su padre, pero siendo honesto para no omitir, para no caer en el sentimentalismo, para no desequilibrar la balanza poniendo sólo lo bueno en un plato y que tendría miedo de que la novela a su padre si viviera no le gustase porque somos subjetivos, es una condena la subjetividad, y tendemos a rellenar los huecos de la información que nos falta con lo imaginado y me dije que al final tanto Kafka, como Roth, como Franzen, como Lee… al intentar hablar de sus padres terminaban hablando de sí mismos, y que en legítimas zonas oscuras escribir esta novela no le habría supuesto sólo extirparse un dolor sino quitarse también un poco la carga y el peso del enorme afecto para poder mirar desde una individualidad a la que también se tiene derecho, sin que todo el amor que sientes hacia tu padre, o hacia tu madre se menoscabe. No se trata de desmitificar por sistema, pero es necesario dividir la célula para poder tener tu propia identidad y ese desprendimiento es duro para ambas partes, padres e hijos.
Sí que me planteé sin embargo por qué sentir predilección por un hijo es algo que todos admitimos como malo y vergonzoso y en cambio que un hijo diga que prefiere a su padre o a su madre no se censura. Creo sinceramente que es un concepto revisable si después se nos llena la boca de justicia. Y sí es un reproche que le hago al autor por decir abiertamente y en cualquier parte que le quiso más que a su madre. No hace falta que nos la describa para saber que en su contexto y en el tiempo en el que le tocó vivir muchos de los méritos de su padre se sustentaron gracias a los cimientos de su mujer. A las personas idealistas siempre las acompañan y protegen los seres prácticos que a su vez tienen sueños que a menudo aparcan.
En un pasaje H. A. Faciolince se califica de cobarde, ¿por qué? ¿Porque no reaccionó para salvar a su hermana cuando estuvo a punto de ahogarse? ¡Era un niño que no comprendió lo que pasaba!, a partir de ese día estoy segura de que si alguien se cae a una piscina, lago o río y da muestras de ahogo Faciolince se tira de inmediato a por él o a por ella vestido. ¿Cobarde porque no ha ido a matar a los asesinos de su padre con una navaja?, ¿porque no ha tenido sed de venganza? Ese calificativo me enrabia porque estoy harta de que aún –se supone que hemos alcanzado un grado alto de civilización- nos movamos entre conceptos tan primitivos como el de debilidad o de fuerza, el de hacerte valer demostrando que en caso necesario exterminarías y que si no muestras los colmillos te toman por tonto y abusan de ti. Hay una clase de valentía que se ve que aún no está incluida en las enciclopedias de papel o en las virtuales y es la de que antes de matar prefieres morir. Hasta quienes se juegan la vida por ti han de tomar sus precauciones para no perderla y evitan dar muerte a otro procurando capturarle para ponerle en manos de la justicia. Hay que señalar al abusón y aplicarle la ley recordándole que los derechos precisamente son para todos y que nadie debería tener que defenderse viviendo en sociedad si las leyes se asentasen en la bondad, alcanzar la bondad conlleva mucho trabajo y está por encima de la sabiduría. Tan sólo hay un binomio para conseguir una vida en paz: perdonar y amar, y por supuesto no eliminar la tristeza.
Sólo un episodio se me quedó a medias de entender: que su padre llevara a Héctor a ver “Muerte en Venecia” tres veces. No sé si queriendo o sin querer asocié tres claves: 1- el ejemplo que pone sobre el cubo cuyas caras se ven desde distintos ángulos, pero el lado que no se puede contemplar desde ninguno es el que está apoyado a no ser que lo levantes, 2- el pasaje de las dudas sobre la orientación sexual del chico, y 3- los cajones que el hijo abrió en el despacho del padre cuando éste murió. La verdad es que no sé si es una mosca en la leche que se presta a la especulación porque el escritor no termina de desvelar, o un retorcimiento mío, lo segundo es más probable, pero sigamos con la elucubración. Una explicación podría ser que le quisiera demostrar sin decírselo que Visconti exaltaba en esa película la belleza sin más, y que era normal admirar tanto la masculina como la femenina, para que él no se armase un lío con sus tendencias. Pero no olvidemos que el cineasta era homosexual y por tanto la fascinación por el efebo aunque platónica bien podía tener esos tintes, tal vez el padre desconocía ese dato en aquel tiempo, no obstante no puedo evitar que el hecho de que le llevara tres veces a ver el film me choca, y tampoco se desvela lo que el hijo ve al levantar esa especie de tapa de Pandora a la que se refería con la cara oculta del cubo.
La verdad es que a mí me da exactamente lo mismo que cualquiera de los dos fuera heterosexual, homosexual, bisexual… su intimidad y su búsqueda de la felicidad no varían para nada el maravilloso concepto que tengo de ambos, y de sus obras, tampoco le agranda a mis ojos la heroica muerte, le habría admirado igual si siguiera vivo, tanto como admiro a su valiente y humilde hijo por el desnudo anímico que tan generosamente nos regala. Hace tiempo que sé que sólo es valiente quien consigue hacer de su vulnerabilidad su fortaleza. Hace tiempo que me enternece la gente con dudas sobre cualquier cosa porque del conflicto interno nace la luz. Y es bueno tener contradicciones, y también que te contradigan. Y hace tiempo que también sé que los ríos no fluyen rectos y que sus curvas y meandros te ofrecen mejores vistas, por ello no es retorcido quien da vueltas a sus asuntos sino menos simple.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

"Metropolitano", de DIEGO BRIS

He terminado esta extraordinaria novela que me ha acompañado durante todo el verano. Tomé el tren junto al joven protagonista Leopoldo Aguilera y  su hermano Julio, con la misma fascinación que experimentaba en mi infancia: la de quien parte hacia un deslumbrante país extranjero: ¡Oh Madrid!
El autor nos traslada a 1917 año en el que Leopoldo y Julio dejan atrás su corto pasado, las agotadas minas de plata de Hiendelaencina y a su madre en pos de la prometedora prosperidad: se disponen a trabajar en la construcción de la primera línea del metropolitano Alfonso XIII.
El autor ha construido una sorprendente simbiosis a caballo entre la crónica, la novela histórica, negra y de suspense… y lo ha hecho de una sola pieza, sin ensamblajes ni cuñas, el libro fluye desde la primera página hasta la última sin perder ni el pulso ni el tono ni la composición elegidos a los que es fiel de principio a fin sin permitirse un solo recurso, una sola trampa. El gotero de los elementos sorpresa no caen donde el lector espera, por tanto la trama no es en absoluto predecible en ningún momento.
Diego Bris conduce al lector sin hacerle concesiones para que no adivine lo que a continuación va a ocurrir y su firmeza satisface profundamente al llegar al desenlace y compensa la impaciencia y las especulaciones que le han ido surgiendo durante el recorrido.
“Metropolitano” además de su bello aspecto costumbrista tan bien ubicado en espacio y época, es una balada triste, el canto a una ciudad y a un tiempo convulso que el autor sabe retratar con nitidez, tanta que a veces su claridad escuece, (más adelante explicaré mi experiencia al surcar las páginas de esta obra, me gusta que los libros me remuevan, metan las garras en mis contradicciones, en definitiva busco que me transformen) pero sobre todo es un homenaje a los seres anónimos que osaron penetrar el útero húmedo de la tierra.

La novela me remitía a “La ciudad de los prodigios” por el espíritu de progreso, y también a “Los pilares de la tierra” aunque traten asuntos distintos, pero las tres tienen que ver con la construcción de futuro y la creatividad técnica, científica y artística añadiendo lo más importante: el factor humano. Este verano pude ver en Vitoria dichos pilares en la desnudez y el esqueleto de la catedral vieja y comprendí por qué Ken Follet se inspiró en ella para escribir la segunda que he nombrado y su secuela pasados los años. En el exterior del gran templo se encuentra una magnífica escultura de él que perdurará más allá de su vida como lo hacen las grandes obras de los hombres, quién sabe si algún día en la estación de Sol se elevará la de Diego Bris por la misma razón. De momento bastará con que la novela juegue a ser redundante dentro de los vagones y que viaje aleteando como un gorrión entre el hueco de las manos de muchos viajeros que hasta ese instante no tendrán conciencia del sacrificio y la honra que le debemos a aquellos trabajadores que vivían enterrados bajo tierra por un jornal mísero.
Por algo decía Julio Cortázar que las mejores cosas de la vida –no cito textualmente- le habían ocurrido dentro del metro, leed si podéis “Manuscrito encontrado en un bolsillo”, es una preciosidad. También yo arranqué mi novela “Hija de…” con ese viaje interior de inmersión hacia el corazón de la tierra en el que la protagonista entra siendo una y al emerger del túnel ya ha hecho su particular exorcismo convirtiéndose en otra persona muy distinta. Y es que el metro siempre es una metáfora diría que de purificación como lo fue para Lucía y Leopoldo.
A los escritores no nos agrada –aunque seamos comprensivos- que se nos valore sólo por el rigor documental ya que ese arduo trabajo se presupone. Es por la capacidad de imaginar, de colocar vida donde antes no la había por la que deseamos ser apreciados. Los historiadores nos nutren, y “Metropolitano” en el terreno de los datos es impecable, no sólo en los históricos, también en los técnicos y científicos, pero sin duda no es ése su único valor, lo difícil es crear la atmósfera, el ambiente en el que el lector pueda introducirse caminando a sus anchas… Bris tiene un oído social agudísimo, pero lo que da una vuelta de tuerca es que además esa capacidad de escucha es histórica, cuando el lector oye el modo de hablar de los personajes que en sí mismo encierra la forma de pensar de aquel tiempo concreto, sabe que el lenguaje es exacto, y que suena a referido de tan real.
Diego Bris no ha creado arquetipos ni consabidas fronteras entre el Madrid palaciego, el del norte con sus barrios obreros y el periférico con su lumpen. Las líneas de separación las dibujan los olores de tabernas pobres y los de los cafés ricos, las axilas obreras transpirando mineral oscuridad y tierra, el vino peleón tamizado por alientos pendencieros, el aroma a limpio de las casas femeninas y humildes, el de cera para el suelo y de pulimento de plata en las mansiones opulentas… esos son sus tabiques, su estructuración.
Mientras leía esperaba que los sentimientos de Leopoldo hacia Lucía, la novia de su hermano, fueran el punto álgido, deseaba escuchar el monólogo interior ambivalente y cainita, pero como os decía en renglones anteriores, no era ese el tono que el escritor había elegido ni la parte principal ni el latido de la novela, aun siendo muy importante, Diego Bris podría haber introducido en ese sentimiento triangular las emociones, pero no quiso, porque toda la carga, la potencia inesperada está en la vital, carnal, alegre y bondadosa Lola y en cómo la desfigura el Topo. Y es precisamente esa injusticia hacia el chivo expiatorio, hacia la inocencia la que arranca las lágrimas del lector, el detonante que separa los bandos y que hace cruzar el umbral de dos hombres buenos, Federico y Leopoldo.
Durante muchas páginas anduve debatiéndome en un mar de dudas, me dolía lo que consideraba ataques al sindicalismo, “la lucha obrera no es una cuestión de temperamento encendido, ni resentido” –me decía- “ni sinónimo de delincuencia, ¿de qué va el escritor?”, Julio no me disgustaba. Y entonces me di cuenta de que yo extrapolaba y trasladaba la idea desde un tiempo turbulento a otro posterior en el que quienes recibían los golpes y las refriegas eran los obreros. Cada época es resultado de la anterior y si ahora somos pacíficos es porque en el pasado no lo fuimos. También tuve que recordarme que nunca he sido partidaria de la lucha armada, y que en 1917 llevaba pistolas demasiada gente, me perturbaba tanto lo que me estaba sucediendo con la lectura que incluso lo compartí en casa de inmediato. Me recordaron que siempre habrá oportunistas que aprovechen en su beneficio los ideales o la lucha legítima de otros para lograr sus fines y de nuevo me aferré a la frase que desde tiempo inmemorial me digo a mi misma: “No es lo mismo luchar por odio al patrón que por amor a la libertad” y me sosegué, el hecho y el resultado son los mismos, pero no así el motivo, y los motivos importan y también por ellos los conoceréis aunque Jesucristo dijera que por los hechos. A veces buenos hechos ocultan muy malas razones y viceversa. De nuevo estaba siendo impaciente porque al llegar al final el autor pone en su sitio a todos y es más que justo en el reparto y devuelve la dignidad a quienes les fue usurpada. Así que concluí que el punto de vista de Leopoldo era el apropiado ya que su falta de compromiso al comienzo le da una mirada imparcial.
Diego Bris fue transgresor desde el principio concediendo un carácter liberado a Lucía, la bellísima muchacha que no pudo cumplir sus sueños de cantante y que admiraba a La Fornarina, la cupletista que coleccionó triunfos y amores y en alguna etapa de su vida ejerció la prostitución. Lucía se dedicaba a “servir” en el palacio Xifré al Duque del Infantado y amó a los dos hermanos Aguilera en una transición sin estridencias propia de los espíritus libres. Leopoldo, el chiquillo de 18 años, el antihéroe que pierde la inocencia el primer día que pisa Madrid al ser robado, tampoco responde a ningún arquetipo, delgado, enclenque, poco amigo de líos y sí de libros, muestra finalmente más fortaleza, dignidad y hombría que todos los demás. Y sin embargo cuando ya sales de la hermosa narración por la última de sus páginas comprendes lo bien elegida y a propósito que está la coral de personajes con los rasgos físicos y anímicos tan perfectamente pincelados, el padre Fermín, por ejemplo, a quien le presupones adhesiones que no tiene, no es bueno generalizar ni etiquetar ya que en un tiempo anticlerical en el que la Iglesia como institución solía posicionarse al lado del poder. Él sin embargo ayuda a los justos sin reparar en si también los considera así la ley. Otra de las gigantescas sorpresas es el inspector Adolfo Villar: quien lee –al menos así me ocurrió- no sabe si calificarle como luchador anarquista o como corrupto. En cualquier caso sus fines no justifican sus medios y la manipulación que ejerce queda patente y a la vista.
Diego Bris, al igual que Leopoldo no juzga, se limita a reflejar, y en otro de los pasajes en los que me parecía que asociaba a los indigentes con vagancia y acomodo tuve que decirme que Sócrates, el vagabundo que dormía en la parroquia del Padre Fermín, era su igual, era su amigo, así que el prejuicio era mío ya que si a mí me metieran en el barrio de las Injurias difícilmente me movería por él tranquila, cosa que ellos sí hicieron. Tampoco Leopoldo miró nunca con desdén a Horacio Santi el escritor alcoholizado por la absenta que a menudo se ponía en evidencia en medio de la taberna, y de algún modo tras mi autorreproche vi la transparencia por la que asomaba el propio autor y a través de ella su bondad, esa misma pátina de respeto que recorría a ese elenco de parias de la tierra que juntos daban una lección de humanidad al resto, del que no me excluyo. La recomendación que le hace Lucía al Duque cuando le sugiere que haga una visita al capellán del hospital de Maudes “Le pondrá al día de la vida que pasamos la gente llana. Escúchelo, se lo ruego” vuelve a reiterar la lección de respeto que nos dan, si tenemos en cuenta que devuelven un saco lleno de joyas que les habría resuelto el resto de su existencia.
El autor cierra con enorme lirismo los círculos: el protagonista llega a Madrid con 65 pesetas, caudal que le roban, y termina con 65. Nada le debe a la ciudad en la que no se quedaría ni por toda la plata del mundo. El canto como decía al comienzo es una balada triste empapada de tragedia, y las pérdidas no son sólo físicas, el lector decidirá si se trata de derrota o de una fulminante crítica social además.
Para finalizar elegiré dos pasajes de nuestros protagonistas. Uno de los fragmentos lo exclama Lucía la primera vez que ve las obras del metro por dentro:
Parece un palacio moro enterrado en una tormenta de arena”
El otro lo pronuncia Leopoldo. En mi opinión define el leitmotiv de esta gran novela cuya riqueza de lenguaje es más lujosa que las joyas de la saca que Lucía y Leopoldo devuelven incluido el toisón, nos servirá como broche para la despedida:
“La memoria sólo escoge a los triunfadores, al resto los amontona sin nombre ni respeto en las fosas comunes de los cementerios”.
Creo que a partir de esta novela cada vez que tomemos el metro agradeceremos el sudor, el sacrificio y el esfuerzo que se halla adherido a las paredes de cada túnel, de cada estación. Porque así es como se escribe nuestra verdadera historia.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.


Pili Zori

LAURA GALEY (Fotógrafa)



Laura Galey
Lo más autobiográfico que tenemos es nuestra forma de mirar los trocitos de vida que elegimos dentro del inmenso espacio que nos circunda. Y es precisamente en esos fragmentos de universo donde colocamos el foco, y dicha elección nos otorga identidad.
Escogemos las líneas que seguimos con los ojos: la de nuestro horizonte particular para obtener calma y sosiego, o por el contrario ese trazo vertical que nos repasa y eleva el espíritu, columna firme de apoyo. Después nos detenemos, encuadramos mentalmente y con ambas rayas, horizontal y vertical, dividimos nuestro lienzo de aire, luz y figuras en el paisaje, en tres trozos de lado a lado y otros tres de arriba abajo. Así es como formamos los puntos de intersección, apenas seis parpadeos bastan, uno para cada tercio. En esos cruces visuales creamos espacios con nudo fuerte, y dentro de ellos encontramos objetos, personas, ideas, y sentimientos que cobran la máxima importancia. De modo que aunque vayamos acompañados a un mismo viaje los planos de detalle, los de conjunto, los generales, los primeros, los medios, los americanos… serán distintos para cada uno de los viajeros, y sólo la certeza del objetivo de una cámara fotográfica dejará constancia de la hermosa diferencia que convierte en únicas nuestras miradas y por tanto los recuerdos. Pero no olvidemos nunca que antes de disparar ya habremos hecho la foto.
Tras repasar los renglones anteriores podría parecer que -sutilmente y con trampa- he buscado el modo de  mostrar los rudimentos básicos de la fotografía de forma análoga a la mirada. Pero resulta que no basta con elegir, enfocar y disparar porque hay una opción más de la que no he hablado, y es de esa otra vuelta de tuerca, la que permite salir y escapar de encuadres, técnicas y tercios a la creatividad, aunque se sustente bien en ellos. Con esa pasada de rosca el arte puede emprender el vuelo, y ahí es donde me propongo entrar honradamente y con mi propia herramienta: la escritura. No quiero ser una advenediza en territorio artístico ajeno. Y aunque sea con torpeza de simple espectadora y sin conocer los vericuetos y dificultades del camino, mi intención es penetrar en el mismísimo núcleo de quienes se alían con la luz.
Los artistas de la luz saben que es ella quien nos dibuja, nos crea, nos muestra y no al revés como pretenciosamente creemos al afirmar que la estamos recortando con las siluetas de nuestros perfiles, contornos, figuras... Sin luz nos hacemos invisibles.
Laura Galey lo sabe y la luz al sentirse comprendida se entrega a la artista en claro oscuro, a menudo fuerte e intensa en sus contrastes, en otras ocasiones suave y difusa, sin ella no existen los colores, las texturas, la calidez o el frío. Aunque a veces la luz también le abre su corazón de sombras.
Laura se coloca entonces para recibirla en forma de cenital lluvia o para resistir el golpe o la caricia cuando el haz acude lateral, también para que suba por los tobillos e incluso juegue donde no debe como una niña sin pudor, y la delicada fotógrafa respeta su fulgor natural sin retocarla, sin añadirle o quitarle luminosidad, y ella a cambio y en simbiosis le regala sus secretos más íntimos y todos los símbolos y bellas metáforas que posee para que con ellos componga la mejor historia.
La primera vez que pude contemplar parte de la obra de Laura Galey me impactó tanto su mirada, su capacidad para ver de una sola vez hasta los pliegues más recónditos del alma humana que tuve una sensación hipnótica. De inmediato me remitió a la fotografía de Néstor Almendros, el director que rogaba a las actrices que no tomasen el sol para que la luz tuviera huecos en los que poder agarrarse para subir, para trepar, para bajar, para envolver… Me evocó la de José Luis Alcaine, la de Seamus McGarvey… grandes cineastas retratistas del interior, y decidí que la fotografía de esta joven autora mostraba con exactitud la diferencia entre la verdadera belleza y la estética.
Galey tiene el privilegio de sabernos contemplar como si nuestra piel fuera de cristal transparente y de penetrar en lo anímico con dulzura, sin invadir… Además los textos literarios con los que acompaña las fotografías, propios y ajenos, me conmovieron por completo ya que no me agrada la separación de las artes por compartimentos estancos, la vida es una maravillosa intercontaminación y todas las disciplinas se nutren entre sí, y el arte busca caminos y le importa poco el instrumento que utilicemos para que pueda expresarse.
Otra premisa falsa es la de creer que el talento nace dentro de nosotros para darnos ese toque de sobresaliente distinción. Megalomanía no nos falta. No, el talento tiene un carácter felino, y ya se sabe que los gatos eligen a quien amar y no a la inversa aunque creamos que sí. Así que a esta joven artista debió de adoptarla una camada dado el desbordamiento de su lírica.
Su trabajo parte del origen, de la matriz, del génesis. Galey es transgresora sin pretenderlo porque la libertad es su esencia, pero sus maternidades son distintas, insumisas, felices… El voluminoso vientre desnudado por el viento que convierte en alas las sedosas ropas que lo cubrían mira con desafío y sin saberlo a generaciones que lo escondieron, y ese canto tiene voz femenina y por sí mismo se reivindica en la piel de mujer turgente y liberada.
Sólo he tenido contacto visual con ella una vez y en el azul de sus ojos a pesar de mi presbicia pude observar cómo se ponían en marcha cual multitud de facetas las estrellas con las que mira y podría decir sin riesgo a equívoco que tuve la suerte de ver como componía. Es una bella mujer que está dando una lección al romper arquetipos.
Para despedirme utilizaré sus propias palabras, las que acompañan a su impactante fotografía “Luces y sombras sobre tu cuerpo”:
“Una obsesión, una forma de vida, luces y sombras en todas partes porque la vida es una transición de momentos llenos de luz y energía y momentos oscuros en los que no ves más allá.
Al contemplar las tinieblas experimentamos el sentimiento de que el aire en esos lugares encierra una espesura de silencio, que en esa oscuridad reina una serenidad eternamente inalterable, mágica.
“Ver y apreciar la belleza natural y expresarla en forma de fotografía es uno de los objetivos principales de mi proyecto personal”.

Creo que el verdadero artista ha de ser valiente. Laura Galey se atreve a contemplar el corazón de las tinieblas sin salir huyendo, y la blanquísima luz del esplendor tampoco le produce ceguera.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori.

P.D. Podéis visitar a Laura aquí:
http://www.naturalandnaked.com/
http://lauryngoodshot.blogspot.com.es/


ooOoo

Entrevista a Laura Galey:

Buenos días Laura, es un placer tomar contigo un café virtual, y que las preguntas y respuestas viajen desde tu e-mail al mío en esta anticuada pero hermosa aventura epistolar. Las cartas son bellas e interactivas, permiten la reflexión, ir hacia atrás, hacia delante, parar... y entonces la palabra escrita adquiere una dimensión más precisa y honda en este tiempo de prisas e inmediatez impuestas. 

P.- Comenzaremos por la pregunta de rigor ¿Cómo y cuándo se inicia el idilio entre la cámara y tú?
R.- Buenos días Pilar, en primer lugar me gustaría darte las gracias por esta entrevista es un placer poder abrir mi corazón a ti y a tus lectores.
Mi aventura con la cámara comienza hace 10 años cuando mi pareja me regaló una cámara réflex, nunca antes había tenido una cámara de fotos, y la que tenían mis padres sólo se sacaba en vacaciones y fiestas y sólo la usaba mi padre. Era ese objeto que siempre quieres pero nunca te dejan y hace que sea más deseado. Así que en el momento en el que pude tener una cámara en mis manos, comencé a experimentar, a probar, y poco a poco me fui enamorando de la fotografía.

P.- ¿Cuándo y por qué eliges la fotografía como el mejor transporte para expresar tu creatividad?
R.- De pequeña era una niña a la que las actividades artísticas se le daban bastante mal, a pesar de ello, tenía un gran mundo interior. Creo que cuando pude tener una cámara entre mis manos sentí que por fin podía expresar todo lo que tenía dentro, poco a poco cuando fui conociendo mi cámara pude dejarme llevar y comenzar a expresar toda esa creatividad que había tenido guardada durante años, mostrar los universos oníricos que tenía dentro.

P.- ¿Consigues plasmar siempre lo que de forma previa ves en tu mente?, y si no es así ¿cómo resuelves la frustración cuando no lo logras?
R.-.No, no siempre lo consigo, y quizás no soy todo lo constante que debería. Cuando tengo una idea en la cabeza y cuando voy a realizar la foto y no sale como yo quería, prefiero improvisar y hacer otra cosa. Quizás no soy lo constante que debería, pero si algo no me convence prefiero buscar otro punto de vista.

P.- ¿Es cierto el tópico de que la cámara se enamora de ciertas personas y no de otras?
R.- Creo que no es la cámara quien se enamora de ciertas personas, sino el fotógrafo que conecta más con unas personas que con otras. Creo que cuando el fotografiado te abre su alma y existe conexión se nota en la fotografía.

P.- El retrato es arriesgado ya que el retratado suele tener una idea subjetiva de sí mismo -generalmente en su interior no envejece, por ejemplo- ¿te disgusta en ese caso que la persona en la que has buceado no sepa contemplarse como la miras tú?
R.- Cuando comencé Natural and Naked, lo hice porque después de trabajar con mujeres bellísimas casi todas veían defectos de sí mismas para mí imperceptibles. Con este proyecto quería que pudieran verse como las veía a través de mis ojos. No me disgusta si no lo aprecian como yo, al fin y al cabo, el arte es subjetivo. Aunque te quedas con la sensación de que podrías haberlo hecho mejor.

P.- ¿Buscas o vas al encuentro?
R.- Soy una buscadora nata, busco y a veces peco de entrometerme demasiado sin conocer del todo a las personas.

P.- Veo que habitualmente trabajas con modelos a las que visten y maquillan -desconozco si lo hacen siguiendo tus pautas- y  sin embargo en tu parcela fotográfica más íntima, más personal, por el contrario desnudas y desmaquillas. ¿Hay un punto de inflexión en tu obra relacionado también con tu vida?
R.- Durante años, me he dedicado al mundo de la moda, a veces bajo mi dirección artística y otra sólo como fotógrafa. He tenido suerte de trabajar siempre con equipos de trabajo que me han dejado dar rienda suelta a mi creatividad. Creo que un poco antes de decidir ser mamá pasé por una crisis creativa y decidí desprenderme de todo lo superfluo y le pedí a algunas amigas, que posaran para mí, que se desnudaran y me abrieran su corazón. Fue una terapia, aprendimos a vernos más bellas (me incluyo, porque comencé a autorretratarme), y más seguras de nosotras mismas. Así comenzó Natural and Naked, un proyecto, en el que me he sentido súper segura desde el principio, un regalo a las mujeres, una oda a la belleza y a la naturalidad del cuerpo humano.

P.- ¿Qué fotógrafos te inspiran?
R.- Siempre me he sentido súper atraída por los artistas surrealistas y sus universos oníricos. Man Ray y Dalí han sido mis grandes influencias desde pequeña. Cómo retratista destacaría a Imogen Cunnighan, me encanta la forma en que relacionaba las personas con la botánica e incluía a sus seres más queridos entre sus retratados.

P.- ¿Qué sueños te gustaría alcanzar en este campo?
R.- No tengo grandes sueños, simplemente que la fotografía me siga acompañando en mi vida y ver lo que nos depara el camino juntas.

Y para finalizar
P.- ¿Qué te da la fotografía a ti y qué le entregas tú a ella?

R.- Cuando tengo la cámara entre las manos siento que el tiempo se detiene, para mí es mi pequeño momento de paz y yo le entrego mi alma al completo, es por eso que nos hemos hecho inseparable desde que nos conocemos.