"La verdad sobre el caso Harry Quebert", de JOËL DICKER

Pros y contras.

No suelo hacer reseñas negativas, considero que es innecesario teniendo tantas opciones de lectura. 

Anticipo que este análisis tampoco será desfavorable pero sí va a contener algunos matices.

Antes de entrar en materia he de decir que me sumergí en esta historia viendo primero en Amazón Prime la serie homónima que se basaba en el libro del joven y exitoso autor suizo Joël Dicker.

Que la dirigiera el magnífico cineasta Jean-Jacques Annaud me pareció garantía de calidad.

Después vi que en nuestra biblioteca pública habían adquirido un lote para clubes de "La verdad sobre el caso Harry Quebert". 

comprendo que hice mal, en este caso, al empezar por el guion adaptado y no por el libro ya que aunque me sienta capaz de separar ambos lenguajes, el cinematográfico y el literario, debido a la trama de esta obra conocer el desenlace de antemano a la hora de leer sí importa. Pero cómo iba a imaginar que la tendríamos en la biblioteca. 

No quiero nombrar “La verdad sobre el caso Harry Quebert” como novela negra dado que actualmente en cuanto se produce un crimen dentro de las páginas de un libro de inmediato recibe el sello y pasa al catálogo, y a mi juicio dicho título hay que ganárselo, se trata de palabras mayores si pensamos en Dashiell Hammett, Ross McDonald, Raymond Chandler, Patricia Highsmith, Juan Madrid, Giorgio Scerbanenco… por citar a algunos de los más grandes, más de uno y más de una perseguidos por el senador Joseph McCarthy cuya sádica y paranoica caza de brujas contra intelectuales y artistas causó tanto dolor y estragos irreparables a intelectuales, cineastas, guionistas, comunicadores… en la quinta década del siglo XX. Los mencionados eran escritores llenos de lirismo que tiraban de la manta social para ver y analizar sin concesiones lo que había debajo, que se pringaban entrando a los infiernos de alcantarillas y cloacas de la corrupción en cualquier ámbito, que ahondaban en lo más recóndito del alma humana, que amaban con una dignidad fuera de códigos. Aparentes perdedores que todo lo ganaban sin embargo en decoro ético y en dignidad… por ello, en mi opinión -subjetiva naturalmente, quien lo desee que rebata- autor de novela negra es un título que hay que merecer y que requiere muchas tablas, y lo expreso con tanta contundencia porque actualmente hay un batiburrillo muy grande dentro del concepto “novela negra” en el que se mezclan suspense, misterio, investigación policial… y que nace directamente de la influencia de otras lecturas, largometrajes, series, o persigue de antemano que se conviertan en rodajes de cine o televisión sin que se produzca en muchos casos la voz propia, el estilo personal… Es como una moda invasiva que prefiero llamar Thriller. 

Y me parece bien, si hay demanda… la vida es tan inconclusa que el gran público agradece que se haga justicia al menos en el cine, en la pantalla de su televisor, o entre las tapas de un libro, y que cacen a los asesinos tras una buena investigación, o un juicio sagaz con abogados defensores y fiscales eficientes porque produce una gran satisfacción. 

En realidad me disgusta separar por géneros, ya que sólo me importa que las novelas sean literatura, y no trama, trama, trama y poca hondura, con muchas vueltas de tuerca, truculencias repentinas y sexo en los momentos convenientes, mirada exterior sin introspección y que narren los hechos como en una crónica dándole que te pego a la pizarrita para dibujar las sendas hipótesis, pues para ese plan leo el periódico por la sección de sucesos. 

Si sólo me van a dibujar personajes estereotipados sin que el lector deduzca cuáles son las causas de sus comportamientos, los motivos, el por qué… entonces no estamos hablando de literatura sino de un producto con un mecanismo muy interesante que produce mucha curiosidad y un gran interés pero que tras el entretenimiento y la evasión no deja huella, además se trata de argumentos que pueden seguir patrones fáciles de aprender. En una novela tiene que haber algo más que cale a mayor profundidad, que conmueva, que no te deje fuera como a un voyeur.

Vamos ya con las de cal, que por lo visto en el dicho "Dar una de cal y otra de  arena" la cal es la buena.

Uno de los logros de Jöel Dicker es el de haber conseguido adentrarse en la mentalidad rural y más retrógrada de cierta zona de los Estados Unidos, no señalo porque no se debe generalizar ni juzgar y en todas partes hay honrosas excepciones, y el autor consigue que su mirada no resulte extranjera, y en ese sentido logra la universalidad.

La trama es perfecta, todos los cabos se atan finalmente tras haber enredado al lector en el juego de las sospechas obligándole a seguir pistas falsas y a ponerse a sí mismo en cuestión por ser mal pensado, por sacar conclusiones anticipadas sin tener toda la información que el autor dosifica con maestría si sabe utilizar el gotero. 

El retrato social de apariencias, racismo y mentalidad machista y falso puritanismo es bastante corrosivo. Aunque un tufillo a misoginia también impregna las páginas ya que la madre de Marcus al igual que la de Jenny, Tamara, están caricaturizadas en exceso al ofrecer a los hijos como mercancía para buenos casamientos y perpetuar así un sistema de vida basado en el status y el oropel de la superficie.

Los dardos contra el mundo editorial dirigido por mercachifles sin escrúpulos, y sin pajolera idea de cómo se construye el esqueleto de una obra literaria, pero sí saben apoderarse del trabajo del escritor haciendo y deshaciendo, son bastante reconocibles. 

Y el desenlace un magnífico cierre de justicia poética que a mi criterio está mejor logrado en la serie, pero ese detalle no le resta valor a la novela dado que la idea es del autor y no del cineasta.

Y ahora vienen las de arena:

Creo sin embargo que Jöel Dicker desaprovecha personajes muy potentes por entretenerse en demasía en colocar bien los hilos para demostrarnos que lo sabe hacer, y eso en mi opinión es el trabajo de campo que se le presupone a todo escritor que se precie, pero que ha de quedar fuera ya que al lector no le hace falta conocer los detalles del making off.

A veces he tenido la sensación de que el autor reunía y colocaba muy bien los ingredientes del manjar pero que después no sabía cocinarlo y que estaba haciendo un ejercicio de escritura repleto de hipótesis y vueltas de tuerca excesivas.

Los diálogos entre Nola y Harry me parecen muy flojos y es una pena porque en esa línea fronteriza de joven con mayor, de sentimientos ambivalentes, de desasosiegos y renuncias cabe todo un mundo puesto a prueba, y un magnífico debate.


Resulta que Nola es muy virginal y de repente sí sabe hacer algo que requiere experiencia sexual, en fin… 

Los golpes de efecto llegan de súbito, sin que haya dejado rastros o huellas, sin proceso evolutivo. 

El comportamiento evasivo del padre de Nola, frente a un automaltrato, por mucha impotencia que genere también es incomprensible. Pero claro el secreto que padre e hija ocultan es enorme y muy difícil de manejar.

A veces confundimos la riqueza y la extraordinaria tecnología de los Estados Unidos con mentalidad avanzada y a las pruebas me remito, ahí tenemos a Trump multitudinariamente votado y la que se avecina en pérdida de derechos duramente conquistados. el racismo y la xenofobia latentes...

Durante la lectura ha habido momentos en los que he tenido la sensación de que en realidad el autor lo que quiso escribir fue la relación iniciática de escritor joven con otro artista literario ya maduro y consagrado, y hablar de la transmisión del conocimiento. Y me pareció original ver dos novelas en una, metaliteratura y sus mecanismos, y me dije que en el fondo esa clase de relación era la parte principal y protagonista de la historia, y la desaparición y muerte de Nola el ejercicio secundario, es decir: trama y subtrama invertidas, pero si Jöel Dicker se hubiese limitado a escribir dicha relación es un tema que en este momento tn mercantil ninguna editorial le habría comprado.

Puede parecer -dados mis argumentos hasta ahora- que la novela no me ha gustado, y no es así, precisamente lo que me ocurre es que me da lástima que Jöel Dicker no haya desarrollado cada planteamiento con más profundidad y sin embargo, como ya he dicho en renglones anteriores, a cambio se haya entretenido en pesquisas laterales, ya que la amistad y la lealtad son puestas a prueba, así como la ética y las tentaciones y esos sí que eran para mí los temas esenciales. 

Me ha encantado como comienza Marcus siendo un niñato con talento -si se me permite tildarle así- que busca el camino corto, la ley del mínimo esfuerzo, que nadie le haga sombra, el enriquecimiento rápido y como finalmente crece en honradez, dignidad y compromiso salvando todos los escollos por defender una amistad apasionada. 

Ha habido momentos en los que he creído intuir que Harry Quebert era como el amigo imaginario que Jöel Dicker habría querido tener y ese pensamiento me producía una ternura infinita, los escritores tendemos a la soledad y el ensimismamiento aunque estemos rodeados de amor y buena gente, es el precio de un tipo de sensibilidad que el oficio requiere y una manera de ser que nada tiene que ver con que seamos insociables. Símplemente nuestro lenguaje esencial es escrito y escribir requiere espacios largos de concentración absoluta frente a la pantalla o al papel. 

Si me he atrevido a decir todo lo anterior es porque sé que mis opiniones no harían daño a este autor, entre otras cosas porque mi altavoz es diminuto, y porque me consta que está curado en salud de buenas y malas críticas, pero creo que en el fondo Jöel Dicker no buscaba esa clase de fama, siento que al igual que su protagonista ansiaba el prestigio, la obra maestra, y me temo que con el camino que ha elegido o le han trazado se va a forrar, y está muy bien porque podrá vivir de su escritura, pero que no era lo que quería, por suerte es muy joven y terminará pudiendo elegir, y escribir con más sosiego.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori.

CUADERNO DE NOTAS: De nuevo Arturo Pérez Reverte

 Sigo creyendo que en el contundente artículo que os dejo debajo de mis palabras (pulsad el enlace), de nuevo Arturo Pérez Reverte tuvo y tiene toda la razón. Él descendió a los infiernos de las guerras y conoce otros códigos de honor y otras éticas que se dan cuando dicha perversión se produce y que a los demás nos pondrían a prueba, seguramente con suspenso asegurado.

No obstante subrayo que igual que existe el buen uso de la palabra y un decálogo de dignidad del reportero también dichas honestidades son aplicables a quienes utilizamos redes, ese es mi deseo al menos.

La parte buena de este abuso de navegación descontrolada es que los documentalistas de mañana tendrán un buen filón con tanta foto, y ese arsenal no es malo incluso con las imágenes de los brutos de corazón que hacen la V con los dedos, ponen morritos y levantan una pierna -como A. P. Reverte dijo en su escrito- ante la ignominia y el dolor de una catástrofe para dejar constancia de que han estado ahí.

No somos hombres o mujeres por el hecho de nacer, crecer y multiplicarnos como las setas tras la lluvia, tenemos un buen trecho para convertirnos en personas, y no es fácil lograrlo.

Hace poco en una entrevista le escuché decir refiriéndose a la amistad:

"...Son códigos que están fuera de las ideas".

Es cierto, a menudo nos sentimos muy cerca de alguien antagónico y lejos de quien se supone afín.

Mis sentimientos hacia Arturo Pérez Reverte son ambivalentes y confieso que a veces le juzgo -sin duda de forma injusta- como elitista sentencioso que se sitúa por encima y presume de grueso equipaje cultural que utiliza como arma arrojadiza, un broncas que se arroga el derecho a aleccionar como si dicho bagaje fuese la única vara de medir, el aro por el que todo el mundo ha de pasar, que cree que su canon de lecturas: "el gran saber" clásico mediterráneo, es el único y que si no lo posees corres el riesgo de recibir el castigo de su menosprecio.

En esos momentos también mis elucubraciones me dicen que se le nota como a todos nosotros, los de su misma generación, que no tuvimos enseñanza mixta de chicos y chicas juntos compartiendo pupitres, ni en primaria ni en secundaria, aquel tiempo en el que las mujeres sólo eran valoradas por su belleza estética, eran las novias de los amigos o colegas -a ellos sí había que respetarles el trofeo- sin embargo a ellas no se las consideraba como amigas o compañeras. En fin, huecos y lagunas que se rellenaron con idealizaciones a cierta distancia y que sin ser misoginia creaban mundos aparte, así venía después la desmitificación. Pero tras estas miserables evaluaciones mías -especulativas y de baja estofa- me detengo y le escucho con atención en otros encuentros y coloquios, y le contemplo cuando muestra apasionado o se le escapa lo que de verdad le conmueve y entonces la tierra tiembla sonora bajo sus pies, y es precisamente ahí donde me nace el respeto por su persona discrepe o no de lo que piensa, siente o dice, le envidie o admire, porque el aprecio genuino aparece cuando se muestran por completo los claroscuros.

Atrás quedó su beligerancia en Twitter, el insultómetro masivo, él no había medido la repercusión de ese espejo cóncavo y deformante.

En esta etapa dulce de su existencia noto que ha alcanzado la serenidad, y que su balance -con la aportación que él le ha hecho a la vida y que ella le devuelve con sobresaliente- es muy bueno profuso y fructífero y me alegro. Y de nuevo llego a la conclusión de que es un artista enorme como cuando comencé a leer sus primeros libros, y un hombre honrado y transparente con muchos más aciertos que errores, y da gusto verle sonreír con la voz acelerada y los ojos repletos de entusiasmo, palabras y reflexiones que se atropellan para salir por sus labios, tal es su infinita fluidez.

Aunque seguiré sin compartir los berrinches que pilla con los nuevos intentos de lenguaje inclusivo tales como niñes, otres... porque al menos yo no le veo ninguna intención manipuladora a la ministra de igualdad, creo que ella tan sólo desea crear o encontrar un espacio visible para un sector de la población sin que nadie tenga que rasgarse las vestiduras por ello tanto si los vocablos chirrían como si no, van vestidos de academia o de calle, y el fin me parece bueno.

Pili Zori

Éste es el enlace al artículo: https://www.zendalibros.com/turistas-la-idiotez-perez-reverte/?fbclid=IwAR3Z2T0ygXhnnr7KOu_PtLA6lwG9F19KrpPdX12i9n_ik3wYJYulbILLhNU

CUADERNO DE NOTAS: Pobres de pedir

 Continúa el síndrome del día de la marmota, la cosa no cambia, mientras haya alguien a quien echarle la culpa... pues hala, para eso están los inmigrantes. Pero si llamamos al pan pan y al vino vino en realidad lo que ocurre en los pliegues más oscuros y recónditos de los bajos instintos de quienes dicen "yo no soy racista pero..." es que desprecian al pobre, sienten una feroz fobia a la pobreza, a la penuria, a la necesidad, a la indigencia, a la carencia, a la miseria, a la estrechez... pero lo que no piensan -quienes creen ilusamente tenerlo todo resuelto- es que caer en ella es más fácil de lo que parece y entonces ¿quién te ampara si a ti te sucede?, ¿los extranjeros ricos afincados en nuestro país -también inmigrantes- a los que les haces la ola ayudando a que no paguen los impuestos correspondientes?, "pobrecitos", qué desagradecidos, qué mala educación, qué desprecio... seguro que se van a otros reinos más baratos donde no les acribillen y en los que puedan ser magnánimos? 

En fin, los derechos de la Constitución española empiezan a parecerme una novela extraordinaria de ciencia ficción peligrosa y subversiva.

En estos terrenos en los que es tan fácil que te hagan la envolvente, para orientarme y discernir bien ante cualquier conflicto social siempre me pregunto: ¿A quién le conviene? ¿Quién saca tajada? ¿A quién le interesa que continúe o que se resuelva?, el interrogante suele ser bastante clarificador y de inmediato obtienes la respuesta, otra cosa es que no la quieras ver, o saber, "Ande yo caliente..."

Lo malo es que entramos en lo más crudo del crudo invierno, como diría Shakespeare, o si te resulta más cercano Kennet Branagh, y si en las arcas no hay remanente... pues no te salva ni la caridad.

Os doy un abrazo, al menos eso de momento no se puede confiscar.

Pili Zori

CUADERNO DE NOTAS: Envidia

 Con independencia de que seas feliz con lo que tienes y de que sepas vivir sin crearte necesidades absurdas como la de sufrir por el bien ajeno -que siempre es relativo dependiendo del enfoque- bien por sentimientos de inferioridad o bien por los de superioridad, sí es obligatorio sin embargo intentar que la vida de todos mejore, al menos en igualdad de oportunidades, esa lucha en mayor o menor medida hay que ejercerla.

No estoy hablando de conformismo por ser dichoso con lo que has conseguido ni con lo que seguramente seguirás logrando, ni de falta de afán de superación y mucho menos de resignaciones, se sobreentiende.

A menudo aclaro que es diferente "pelear" por amor  a la libertad que  por odio al patrón, puede que aparentemente el resultado sea el mismo, pero la intención cuenta porque es la que de verdad transforma por dentro y por fuera.

Después siempre habrá quien comiendo un bocadillo de jamón mire con recelo al de al lado que disfruta con otro de mortadela.

Ese bajo instinto que es la envidia forma parte de todos nosotros y hace el mismo daño a quien la siente que a quienes va dirigida, y todo el que observa menos el sujeto que la padece se da cuenta de que esa animosidad, ese resquemor, esa tirria o esa rabia que está sufriendo es envidia pura y dura por mucho que la envuelva con argumentos, además de egoísmo y de falta de generosidad. 

De modo que la próxima vez que veamos que alguien ha ganado prestigio, reconocimiento, dinero, amor... si nuestra reacción es negativa y no sentimos alegría porque se nos pinza el estómago o el corazón en vez de abrir los brazos y extender una enorme y sincera sonrisa, detengámonos a discernir si el bocadillo de mortadela encima del de jamón se nos atragantaría.

Todos sumamos y somos necesarios en nuestras pequeñas o grandes exclusividades. Trataré de recordarlo.

Pili Zori

SEVEN SECONDS, serie de TV

 En los primeros episodios sientes que tal vez estás ante un tema muy manido: corrupción policial norteamericana, racismo, delitos de odio, narcotráfico… pero pones interés porque comprendes que continúa siendo necesario, sobre todo allí, en los Estados Unidos, desmenuzar y pormenorizar dichos problemas y no sobra ni estorba que analicemos las circunstancias agravantes y atenuantes desde distintos ángulos o enfoques. 

Enseguida adviertes que la falta de luz y de color -muchas  escenas son de penumbra para recalcar el estado de ánimo y la atmósfera cerrada y angustiosa- la nieve grisácea y la crudeza del despiadado invierno neoyorkino han sido elementos elegidos a propósito para subrayar la dureza. 

Que veamos la estatua de la libertad dando la espalda no puede ser más significativo, y debajo la gran mancha de sangre sobre la nieve sucia. 

Los escenarios cambian con una rotundidad hiriente, estamos en la otra cara de la lujosa Nueva York, en sus malas calles, en la lucha de gentes que quieren despojarse de la pobreza y defender la dignidad pero que viven atrapadas en invisibles callejones sin salida que no se sabe a quienes interesa conservar, tan sólo hay dos opciones, o alistarse en el ejército, o directos a la esquina para vender y comprar droga. 

“Si muero en otro país soy un héroe” -dice Seth- “si muero en las calles de mi ciudad soy un delincuente, y ninguna de las dos cosas es verdad. No son nuestras calles, éste no es nuestro país.”

Hay escenas en las que sin palabras y a través de la mirada de Seth comprendemos que no existe diferencia entre la guerra de dentro y la de fuera, y el asunto no va sólo de matarte a trabajar para apartar y sacar de ese entorno a tus hijos, la lucha no consiste sólo en abandonar el gueto de forma individual o familiar, el logro es hacer que desaparezca ese disimulado apartheid. 


El adolescente atropellado -por el conductor que no le asiste y se da a la fuga con el encubrimiento de sus compañeros policías- pasa doce horas de agonía hasta que un perro da la alarma, de nuevo el inhumano subrayado.

Ese muchacho que contemplaba los hermosos cielos desde el puente surcados por gaviotas y respiraba la libertad de su vuelo, tenía la vida por delante, qué fácil es condenar y despreciar de antemano tan sólo por ver unas botas y una bicicleta de determinadas marcas, a ese prejuicio se limita reconocer la identidad de las falsas apariencias que opacan la verdadera y singular esencia de una Persona. "Todos somos sociedad" dice una amiga mía, se ve que se nos olvida. 

Qué más da si le endiñamos el muerto a un indigente, si son la escoria, y el fallecido un pandillero, ¿qué hacía si no en ese parque, con esa bici y ese calzado? Carne de cañón.

La serie está llena de equivalencias y contrastes, adicción al alcohol en un desvalido mendigo y a su vez en una chica negra de “buena familia” que no es “de barrio” como dan por supuesto algunos al mirar su piel. 

¿Quién decide qué es una buena familia? Por desgracia la droga desbarata esas fronteras y Nadine la chiquilla del mechón  de pelo morado lo corrobora.

“Saca buena fama y échate a dormir” expresa un dicho de por aquí, y eso le pasa a los Estados Unidos, no comprendo cómo se les sigue viendo ejemplares y mira que sus artistas, en especial los cineastas señalan a grito pelado dónde están las heridas por las que supura ese país, y que conste que no me ensaño, al contrario, lo digo con mucha pena por toda la gente admirable que ha dado y sigue dando a pesar de los pesares, como decía la canción “cuando Dios hizo el edén pensó en América.” Pero para nada esa nación es tierra de oportunidades, para que el sueño americano  suceda ha de haber igualdad y en una tierra en la que se paga por la salud, la educación… por todo en definitiva, pues las oportunidades son para los de siempre, y no es “victimeo” sino realidad pura y dura.

Quizá me he convertido en una vieja anticuada, pero recuerdo a mi madre cuando, preocupada, decía mirando la pantalla del televisor -ante escenas en las que alguien abría las puertas con ganzúas para robar por ejemplo-: “Hay que ver cuánto malo enseñan las películas”, ahora pienso que en Hollywood a lo largo de décadas se han hecho tantas de acción o patrón tipo con mamporros que en la vida real serían mortales, tiros, sangres… que o bien reflejan un modo social de ser o han normalizado una violencia ficticia que de tanto verla termina por convertirse en real. Pero ahí siguen con su chauvinismo y sin pizca de autocrítica. 

A mi madre le encantaban las películas de juicios, al menos en la pantalla se hacía justicia, y en Seven Seconds también se produce un litigio magnífico con posturas perfectamente contrastadas, aunque el desenlace de esta serie no es el deseable y mi madre se habría llevado un disgusto, pero en su trascurso dicha insatisfacción fílmica nos invita a tomar conciencia, a pensar en qué habríamos hecho nosotros en las mismas circunstancias, a discernir que si quieres matar a alguien lo hagas tú, y no lo delegues ni se lo endilgues a otro, nos enseña a no ser cómplices ni encubridores ya que si amas, amas bien y apencas con las consecuencias y acompañas y esperas al cumplimiento de la condena, hay cosas que no se le pueden pedir a la pareja por mucho bebé que hayas tenido con ella o con él, no se chantajea a través de los hijos, ni los hijos son excusas que hagan que todo valga. 

De algún modo la serie deja resquicios por los que se podría salvar lo insalvable, admitiendo el daño y reparándolo ya que cada personaje acarrea sus demonios y errores, pero ese dolor no los justifica. 

Joe Fish Rinaldi es el claro ejemplo de cómo hay que ser, él también podría tener dichos fantasmas, pero los encara, y nos muestra en qué consiste exactamente la valentía, que nada tiene que ver con la chulería ni con los testículos, y rige su vida a través del sentido de la justicia, mientras palía la ansiedad masticando chicle. Por suerte hay personas así en el mundo, muchas, y es extraordinario cuando se cruzan en tu camino. 

La mancha de sangre sobre la nieve me pareció el dibujo protector  de una gaviota.

A veces pienso que si Dios existe en cualquiera de sus formas estará hasta las narices de nosotros.

Un abrazo.

Pili Zori

BORGEN, serie de TV

 He terminado de ver la serie danesa Borgen. Antes de entrar en materia confesaré que comencé a mirarla con mucha prevención, se centra, nunca mejor dicho, en la primera ministra de Dinamarca, ficticia naturalmente, que dirige un gobierno de coalición, y cuenta el día a día de la trastienda política, el espectador contempla las negociaciones y entresijos de partidos, es decir lo que los ciudadanos no vemos, y ese detalle es en sí mismo parte del atractivo.

Desde el principio sabemos que la primera ministra pertenece a "Los Moderados", formación centrista, y de entrada nos encontramos con la presentación del líder -en ese momento- de otro de los partidos, el que denominan  Obrero, que curiosamente es xenófobo, carente de ética y sin demasiados escrúpulos, entre otras lindezas que se ponen de manifiesto cuando más adelante pasa a formar parte del cuarto poder, la prensa, en su caso amarilla. Y llegados a ese punto me dije: ¡Ya estamos!, ¡la primera en la frente!, serie tendenciosa ¿y qué necesidad tengo de ver el culto a la personalidad de esta mandataria creada a propósito tan atrayente para que te identifiques y desees ser como ella en todos los sentidos, cuyos preceptos sin duda no voy a compartir?, pero  en ese instante me detuve e hice mi primera reflexión: han realizado la serie bajo este enfoque que no ocultan, me dije, quienes quieran filmar otra con distinta adscripción pues que la hagan, en cualquier caso no tengo por qué identificarme y tampoco he de ponerme a la defensiva, y una vez vistas las posiciones de todos los personajes me relajé. Hay que escuchar y observar para comprender, ¿acaso no es eso lo que me exijo siempre? Y después sacar mis propias conclusiones. 

Dentro de mis reticencias pensé también que tal vez fuera demasiado simple y didáctico el discurso de Borgen y que en la vida real las reuniones que desarrollan los políticos en despachos y salas serán más complejas, pero de inmediato recordé el nivel de zoquetismo y también de zoqueterismo –salvando enormes distancias, por supuesto- que a menudo vemos en las pantallas de los televisores de nuestro país y me alegré de que aunque el guión de Borgen fuera de trazo grueso para definir la alta política los espectadores de a pie lo agradecíamos. Y lo cierto es que la serie nos recuerda -tal vez a toda Europa- aquel tiempo en el que como sociedad tuvimos ideales, sentido ético y moral, aquella época en la que nos definíamos -cada uno en su espacio electoral- de forma diáfana, en la que la corrupción era vergonzosa e impensable en cualquier sede, la militancia algo de lo que sentirse orgulloso, y supimos convivir con todas esas cartas boca arriba y buscar y propiciar encuentros. 

Sí, existió esa época sin puertas giratorias, que ahora parece increíble. 

Mientras miraba las escenas, casi todas en interiores -Adam Price el creador es dramaturgo además de escritor y guionista- tuve que recordarme que en cada país los conceptos aunque lleven el mismo nombre cambian, hay derechas menos y más recalcitrantes, más o menos democráticas, izquierdas con mayor o menor dilema sobre si prefieren ser cabeza de ratón o cola de león, escisiones a la carta o uniones irrompibles, traiciones, lealtades, tránsfugas, cambios de nombre pero no de contenido y viceversa… y es importante conocer las diferencias. Además Dinamarca, ese país de tan sólo cinco millones de habitantes, tiene fama de ser una de las naciones más avanzadas, justas e igualitarias del mundo, y bien merecía la pena echarle un ojo a todo lo que mostrase cada capítulo en sus fondos y trasfondos sobre la forma de vivir y de afrontar las alegrías, amores, pesares y conflictos de sus gentes.

La estructura de Borgen, el ritmo, la composición y los hilos conductores son magníficos, está extraordinariamente cosida tanto en la parte pública como en la privada y en como ambas inciden entre sí. 

He estado todo el tiempo como una orate hablándole a la pantalla, debatiendo y discutiendo con los personajes sin ser consciente de la evolución o involución que cada uno de ellos junto a mí iba experimentando, en absoluto maniquea, ni estereotipada sino muy humana en sus aciertos y también en sus errores. 

Me parecía paradójico que unos políticos que luchan por la conciliación familiar no la practicasen, es ya casi un tópico aplicable al mundo entero que determinados trabajos requieran dedicación absoluta y disponibilidad las 24 horas del día, pero en mi opinión en el caso de los dirigentes es un mal ejemplo que se contrapone a la lucha de tantos años por conseguir jornadas razonables que permitan dar empleo a más gente, y a su vez acabar con las horas extras que indican dicha necesidad de aumentar plantilla, se supone que la eficacia es saber delegar y confiar en el equipo. No obstante, en algún momento la serie toca el tema de la adicción al trabajo que por muy vocacional que éste sea no está justificada. El precio no debería ser perder a la pareja, o deteriorar a la familia, ni que para las mujeres suponga una sobrecarga de culpa. 


Al parecer en Dinamarca hay tantos casamientos como divorcios, casi parece un pacto o acuerdo tácito, y tampoco termino de creerme que sea tan idílica la comodidad de que tras la separación la relación se convierta invariablemente en amistad y se ocupen, de mil amores, de los hijos –sin abogados por medio- tanto el padre como la madre y así gocen de tiempo libre una u otro, ambos con casa propia o alquilada… no sé si habrá que verlo así, el mensaje consciente o inconsciente de la serie es muy positivo y viene a decir que de todo se sale muy civilizadamente y al final se encuentra a otra pareja más apropiada, en fin, que en Copenhague no parece tan dramática la ruptura, aunque cuesta un poco creerlo, pero si es así me alegro infinitamente, comparado con el dolor de ver cada día en nuestras noticias asesinatos de mujeres pues si mirar a Dinamarca hace que cunda la emulación, bendita sea la envidia por los nórdicos… Justo es decir que también hay parejas duraderas y Borgen las señala.

Las ayudas sociales son muy dignas allí, pagan a los estudiantes una cantidad que les permite vivir con independencia, pero vuelvo a insistir en que es una población de cinco millones de habitantes, no sé si por esa causa el reparto es más fácil. Todo apunta a que se trata de una sociedad en vanguardia, aunque en todas partes cuecen habas, deseo que no se estropee.

Lo cierto es que en la serie se tocan y debaten los temas cruciales de la sociedad danesa, económicos, de integración, educación, sanidad… pero he echado de menos el Ministerio de Cultura, la cultura siempre es la gran olvidada, cuando está demostrado que el acceso a ella es precisamente lo que más transforma en justicia y equidad.

Borgen toca muy bien los medios de comunicación y avisa del peligro de convertirlos en aquella locución latina “pan y circo” tan alienante, aquí esa plaga panadera y circense desgraciadamente la tenemos desde hace mucho tiempo, y no me excluyo porque soy teleadicta, vulgar y morbosa como todo el mundo, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Hablaría sin parar de Borgen, y de ese país tan interesante, que tanta innovación ha generado: el creador de Lego, ha aportado a sendos premios nobel, al Grupo Dogma… Al ver la serie he comprendido que cada oficio requiere su talento y Birgitte Nyborg lo tiene, y aunque ahora la política está muy denostada debemos recordar que también es una ciencia importante y un don de enorme responsabilidad.

La interpretación de actores y actrices es insuperable, tan creíbles en su naturalidad, tan conmovedores al aguantar esos primeros planos invasivos, al objetivo de la cámara no se le puede engañar. 

Borgen merece muchísimo la pena. Y a su modo es auocrítica.

una década más tarde se hizo una precuela titulada Borgen, reino, poder y gloria. No os confundáis, comenzad por Borgen a secas, son tres temporadas de 10 capítulos cada una. 

Un abrazo.

Pili Zori

"Un millón de gotas", de VÍCTOR DEL ÁRBOL

 Tiempo en paño. 

Sí, no es la primera vez que digo que en el cajón de sastre de mi memoria sucede que a veces se abre paso una imagen con mucha más nitidez y brillo que las demás, y casi siempre que ocurre el hallazgo suelo quedarme perpleja preguntándome ¿por qué guardé esa nadería sin sentido aparente entre mis recuerdos?, y sin embargo se me olvida el nombre de alguien que de verdad me importa porque aunque no sea de los más cercanos, en algún momento de mi vida se ha cruzado, en mi infancia, o en mi aula, pupitre arriba… 

Un momentito, permitidme el inciso: 

Iba a decir también pupitre abajo, pero aparte de sentarme bajo él durante la clase cuando me hartaba el mundo, después de mí estaba la pared y no había más mesas puesto que por el apellido siempre ocupaba la última, cosa de monjas, ahora los críos trabajan y se ven en círculo sin tanta verticalidad ni jerarquía de primeros o de últimos, así que me saturé de ver espaldas y melenas recogidas o sueltas durante años, parece una tontería pero mirar a la gente por detrás también forma parte de las razones de por qué hoy soy tan mala fisonomista y por qué me atuso el pelo por la coronilla si alguien me sigue. Eso sí, las voces de las personas y su modo de hablar no se me despintan. 


Vale, tras la acotación retomo porque me disperso con una facilidad pasmosa, y recalco que dichas personas -de cuyo nombre no me acuerdo, aunque quiera- son importantes porque forman parte de mí paisaje o lo que es mejor: de mi alma en algún periodo corto pero arraigado de mi despistada existencia, y sin embargo recuerdo con todo detalle conversaciones y experiencias comunes. En fin, con lo mal que les sienta que se te haya volado su nombre, lo cierto es que no sé por qué reviste tanta gravedad dicho olvido, el nombre es una abstracción cómoda y de rápido vistazo, pero para nada resume o contiene la identidad, aunque creamos que sí. Parece una excusa tonta con la que intento justificarme, pero la realidad es que no hay escapatoria cuando se produce el lapsus, ni manera de repararlo, qué se le va a hacer, y pasas un rato amargo en una firma de libros, por ejemplo, en la que sería perfecto que te dijeran: 

-Hola Pili, soy Crescencia, me recuerdas ¿verdad? y entonces yo respondería feliz y sin mentir: 

-Claro, cómo no te voy a recordar -y omitiría- con nitidez fotográfica a excepción de tu nombre. 

 Os preguntaréis y ¿qué tiene que ver este enredoso preámbulo con Tiempo en paño, subtítulo que no parece estar relacionado con el libro del que voy a hablar?, pues mucho -respondo- porque la imagen pertinaz que se me presentó cuando leí “Un millón de gotas” de Víctor del Árbol se refiere a la estructura, a la composición… fue una en la que yo –siendo adolescente, anda que no ha llovido desde entonces- me encontraba en la joyería, no sé para qué había ido, si para comprar o para arreglar algo roto, el caso es que el dueño estaba atendiendo a otro señor –creo que se les llamaba representantes, o viajantes de comercio, en aquel entonces- de pronto el hombre sacó del maletín un paño que llevaba enrollado como un cilindro y lo desplegó en el mostrador despejado, la tela estaba dividida en tres partes por unos pespuntes, y una vez abierta allí aparecieron las delicadas y refulgentes cadenitas que escondía, magias cotidianas de esas que fijan y dan esplendor como la Real Academia, por ello dicen que algo está más limpio que los chorros del oro, ya que no hay nada tan puro y brillante como ese metal noble y precioso antes de fundirse… ya voy al tronco, que ando por las ramas otra vez, será por el apellido del autor. De inmediato pensé al ver el rectángulo en estas tres palabras: ¡Presente! -destacando en primer lugar el trozo del centro-. ¡Pasado! -me dije, al mover la vista hacia la pieza de la izquierda-. Y ¡Futuro! -con los ojos puestos en el lado derecho. 

El destino es así, y cuando almacena en su cuaderno de notas como buen escribiente del guion que lleva entre manos, es para algo, el azar no cabe en su literatura, y al igual que si un revolver aparece en un filme el espectador sabe que tarde o temprano alguien lo va a disparar, pues queda claro que aquel oro en paño de entonces estaba reservado en mi memoria para este momento y se dispara hoy y me contesta que para Víctor del Árbol, como para mí, el hilo conductor de la vida es como el papel continuo desplegándose como un pergamino, y por eso la imagen de aquel tríptico es tan poderosa: el pasado al doblar la tela besa al presente, y el futuro se superpone encima del pasado. El tiempo es oro, y el paño la delicada caricia que lo atesora. 

Que en esa potente imagen de mi memoria el pasado estuviera a la izquierda del presente y el futuro a la derecha, rizando el rizo bien podría parecer un guiño risible si no fuera por la tristeza de “la que se nos avecina”, pero eso ya es harina de otro costal que podemos tratar otro día. Mientras tanto seguiré devanándome los sesos para comprender las causas de los giros y bandazos que en estos momentos está dando la sociedad entera alrededor del globo. 

No es una moda que escribamos en Flashback, es que el tiempo emocional en nuestro interior es de oleaje, los recuerdos, las obsesiones, los fantasmas… van y vienen, y las expresiones de la naturaleza son simétricas y sobre todo espirales.

Y bueno pues, como dice Serrat, tras este enorme circunloquio creo que ya va siendo hora de que sí me meta en la harina de este costal, porque al menos en la literatura hallo respuestas, os pido perdón por el extenso preámbulo, pero es que en mi pequeño mundo todo se relaciona, se ve que en alguna vida anterior fui ardilla o chimpancé e iba saltando de rama en rama por los árboles de las letras y las palabras. 


Hace meses que leímos “Un millón de gotas” en el club de lectura al que pertenezco, y esta extraordinaria novela permanece a mi lado de forma inquietante, fue una experiencia fuerte recorrer sus renglones ya que el autor da voz a la generación callada de los hijos de aquellos hombres de izquierdas que pasaron la guerra civil española o sufrieron las consecuencias de la posguerra, aquellas personas, muchas consideradas públicamente heroicas, a veces en la privacidad doméstica no lo eran tanto -vuelvo a subrayar que ni el autor ni yo estamos generalizando, que cada cual salve sus distancias- y es precisamente en ese territorio de arenas movedizas en el que se desarrolla la valentía de Víctor del Árbol cuya constante vital es defender por encima de ideas y circunstancias a los niños, a las infancias robadas –uso sus palabras- y a todas las personas indefensas que sufren abusos y maltrato, y nos hace comprender que desde la perversión de las guerras, o de los campos o gulags de Siberia nadie vuelve limpio de conciencia, y es ahí, levantando y tirando de esa manta para ver lo que hay debajo donde en mi opinión este escritor hurga para encontrar la comprensión, para redimir, para perdonar y así poder amar, porque si no hacemos esa sanación la vida se vuelve un tormento, pero la catarsis ha de realizarse sin omitir, sin encubrir, sin endulzar, con todas las cartas boca arriba, incluidas las de los remordimientos y la vergüenza y las del delito cometido en tierra de nadie. No hablo del concepto ñoño que tenemos desde este lado de paz aparente y que creemos el correcto en el que jugamos a escandalizarnos con hipocresía, habría que vernos en determinadas circunstancias, y vuelvo a repetir el mantra de que comprender no es justificar, aunque en el pecado ya vaya la penitencia como se decía antiguamente, y que quien la hace tarde o temprano la paga. 

Por otra parte, sería injusto no señalar que en las mismas condiciones hay personas que antes de dañar prefieren dejarse matar o deciden tener una conducta intachable que pone a prueba su ética o moral hasta el último extremo, pero no sucumben.

Tal vez la madurez social sólo se alcance así, con la confesión y el arrepentimiento, y el debate interior que de momento sólo libros como éste recogen. 

Víctor del Árbol avisa de que en tiempo de “paz” existen los mismos canallas sin escrúpulos con iguales características y nos enseña a reconocerlos para que no seamos víctimas en sus garras puesto que en ambas fronteras se les suele hacer la ola, pertenecen al poder y lo saben usar y lo ostentan. 

Le he escuchado afirmar que el siglo XX fue el de las utopías, y no es que V. del Árbol vaya a machete para desmitificarlas todas, pero sí descubrí en mí que aunque me creía razonable y nada sectaria, mi cabeza y mi evolución caminaban por un sendero y mi corazón por otro, aquellos recuerdos de las noches junto a mi padre escuchando La Pirenaica, o Radio Moscú eran valiosos en el contexto afectivo y van asociados al desgarro de la idealización que hoy no se sostiene, nada es perfecto, pero constatarlo no impide que sigamos con la búsqueda y la obligación de crear un mundo mejor aunque sólo sea -como he dicho otras veces- intentando dejar limpito tu trozo de acera.

Este autor enorme ha sido un descubrimiento para mí. Y sin caer en el riesgo de sobrevalorarle porque después puede venir el porrazo, de momento, tanto lo que voy conociendo de su vida como de su obra me parece deslumbrante y admirable: Víctor del Árbol es un hombre de extracción social muy humilde que se ha hecho a sí mismo a pesar de tener todas las papeletas y escollos en contra para no conseguirlo, sus poderosos nutrientes le avalan: fue policía durante veinte años, profesor de historia en la universidad y tiene un baúl de lecturas inmenso gracias a la Bibliotecaria que le cobijaba hasta que llegaba la madre de trabajar cuidando a los hijos de otros. La responsable de la Biblioteca tras reñirle por haber escrito sus opiniones en el libro de la Odisea adaptada para niños, le dio un cuaderno y un lápiz y le dijo que redactara en él todo lo que pensase sobre cada novela leída, pido disculpas por si acaso no hablo con precisión, son detalles que he tomado de aquí y de allá basándome en sus entrevistas, pero si no a la letra sí creo que soy fiel al espíritu de ella.

No sé cuántos préstamos personales les hace a sus personajes que a menudo se debaten entre la reivindicación de haberse ganado con creces el espacio que ocupan sin renegar por ello de su origen, pero a su vez sienten que tienen todo el derecho de no querer volver a él, y esa disyuntiva dolorosa que parece desclasarlos es una pugna ambivalente difícil de dirimir. 

En su literatura no hay clichés, las madres también pueden ser desalmadas, y la culpa no es sólo patrimonio de los males establecidos que hoy hemos convertido en estereotipos simplones, hay otros que también pueden anidar dentro de la virtud y de las víctimas. 

La dignidad puede ser arrebatada, y ese daño es en sí mismo un asesinato vil, y entonces ¿quién se hace cargo de las consecuencias que convierten en un “monstruo” a un muchacho que fue becado para ejercer la ingeniería en Rusia y terminó en Siberia por describir ingenuamente en unas cartas algunas discrepancias sobre lo que veía?, ¿en qué se transforma alguien que ha de elegir que otro muera para poder sobrevivir, que ha de comer carne humana, que ha perdido un ojo porque el psicópata de turno necesitaba doblegarle frente al grupo sin ley?

El retrato no es un ajuste de cuentas, ni siquiera una denuncia, el autor se limita a poner palabras en donde antes no las había, y da voz al hijo del padre –novela posterior cuyo germen ya se veía en ésta. 

“Un millón de gotas” es un exorcismo y una reivindicación que abre la tapa de los sesos a la caja de Pandora, para que todos los fantasmas y los males de presente, pasado y futuro se fulminen al tomar contacto con el espacio exterior, bajo ellos, como en el mito, está la rosa de la esperanza 

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori