GAMBITO DE DAMA, serie de TV

 

Oh, hacía tiempo que no contemplaba una obra de arte de este calibre. Una maquinaria tan perfecta de principio a fin que deja en suave e inesperado jaque mate el corazón del espectador.

La belleza tiene sus reglas, invisibles en apariencia, y sólo algunos artistas privilegiados la alcanzan y saben invitarla con delicada elegancia para jugar junto a ella en su tablero.


No voy a nombrar a todo el magnífico elenco de actores y actrices, aunque merezcan ser mencionados millones de veces, tampoco me extenderé con su creador Scott Frank ni con los directores Scott Frank y Alan Scott, el guión también es de Scott Frank, y la novela homónima en la que se inspira pertenece a Walter Tevis, la envolvente música –siempre responsable de desatar la emoción- corresponde a Carlos Rafael Rivera y la fotografía a Steven Meizler. Diré que ante todos me prosterno, el generoso internet os dará las biografías completas, porque pararse en cada uno de los miembros del equipo con parsimonia merece muchísimo la pena, el mundo está lleno de glorias, aunque la maldad de los tiempos que corren nos impida verlas y otorgarles en justicia su gran valor. Pero sin desmerecer a los demás sí me gustaría destacar al director de fotografía que ya he nombrado, Meizler hace un trabajo excepcional por su manejo de la luz y de la sombra para extraer los interiores anímicos así acota, así ilumina o ensombrece para colocar a los personajes a veces a la misma altura, la de los ojos y en otras ocasiones más arriba o más abajo según la jerarquía moral. Le admiro desde mi posición de simple espectadora por cómo extrae de un pequeño parpadeo, de una leve extensión o contracción de la comisura de los labios toda la inmensidad de esos caracteres contenidos, concentrados y llenos de pasión controlada pero irrefrenable que genera el ajedrez como metáfora de la lucha por el desarrollo personal, y que va más allá de ser un juego, le valoro –dando por supuesto que sigue las pautas que le solicita el director y creador de la serie Scott Frank- por cómo captura y acaricia la poderosa sensualidad en evolución de la actriz protagonista, por recorrer como un pintor el trazo de la silueta y detenerse sin descaro en cada lugar furtivo de ese cuerpo femenino, aprecio cómo entra en la cabeza de Beth enmarcando lo que ve ella y caminando al ritmo de su mirada. Actriz principal que está constantemente frente a la cámara, siempre en escena y que sostiene como pocos profesionales de la interpretación esos primeros planos no sólo de los ojos o de sus delicados dedos al retirar en ese gesto tan personal -sin soltarla- con el anular y meñique la pieza de ajedrez conquistada mientras coloca con decisión la suya, el objetivo de la cámara atrapa la tensión de su nuca marfileña, esa feminidad no utilizada para el poder que sin embargo es absoluto en un mundo de hombres que terminan por respetar su indiscutible y asombroso talento.

La maravillosa actriz americana de la que hablo es Anya Taylor-Joy, como nota al margen diré que su infancia transcurrió en Argentina -país amado del que no quería salir, ni aprender inglés para no tener que marcharse-, también tiene orígenes españoles y escoceses, pero aunque es singular e incomparable no he podido evitar que su belleza me remita a una especie de mezcla entre la dulce e ingenua Natalie Wood y la felina Lauren Bacall, -Taylor se mueve por la pantalla como una glamorosa gata solitaria-. En aquel tiempo de rutilantes estrellatos del Hollywood clásico esta chica sería un cometa de larga y deslumbrante estela, ¡siete capítulos sosteniendo como Sansón el impresionante peso! sin dejar atrás a Isla Johnston la pequeña actriz que da vida a la terrible infancia que explica y otorga sentido al futuro de Beth Harmon, el inolvidable personaje magistralmente interpretado por ambas.

Estaría mal por mi parte considerar actores y actrices secundarios a los contrafuertes que afianzan a la protagonista, porque todos ellos brillan con luz propia sin ser satélites del astro, por tanto, llamemos coral a este insuperable conjunto. 

Asímismo hay que felicitarles por la cuidadosa ambientación que creó la atmósfera que da consistencia y realismo a la narración, hallaron hoteles que aún se conservan intactos, otros los inventaron, el diseño de interiores embelesa, los documentalistas fueron fundamentales… No hay brusquedades, el sutil transcurso del tiempo fluye como la propia vida, y si hablamos del maquillaje, del vestuario que va marcando las dos décadas -los años cincuenta y sesenta del siglo XX-  de las comidas presentadas con lujosa estética…los responsables de tanto acierto son más que dignos de alabanza. Consiguieron la asesoría y orientación del veterano Garri Kaspárov y del entrenador Bruce Pandolfini nada menos, todos estos detalles de trastienda indican no sólo una clase de sensibilidad sino la definición por antonomasia de lo que entendemos por obra maestra, puesto que para que salga así, la entrega, el conocimiento, la sensibilidad y la simbiosis de equipo antes y durante el rodaje ha de ser absoluta.

Llenaría páginas y más páginas con mi entusiasmo, he visto esta serie hipnótica dos veces, y envuelta en la música de Carlos Rafael Rivera he llorado de emoción otras tantas. Me conmueve el canto y homenaje sin estridencias dedicado al pueblo ruso de aquel tiempo al que con seguridad le importaba poco el enemigo inventado de la guerra fría, Moscú aparece bellísima en un nocturno de ojos enamorados. 

La protagonista conoce al fin un mundo en el que ella encaja con perfecto equilibrio, un lugar donde la deportividad se define por sentir respeto absoluto hacia la persona en toda su integridad no solo por el jugador, donde el equipo y el estudio cuentan, además del talento, y en el que se admira al adversario, porque el ajedrez no habla de derrotas sino de aprendizajes con cada jaque y del reconocimiento del contrincante. 

Nunca voy a olvidar la escena en la que el ruso (Marcin Dorocinski) en su precioso papel como Vasily Borgov le entrega la figura del rey mientras envuelve con la suya esa mano joven contundente pero tan necesitada de afecto, y sin soltarla atrae a Beth hacia sí y la abraza. Qué belleza. 

Es hermoso ver que a pesar de la caída de la protagonista hacia la adicción a los tranquilizantes y al alcohol nunca ha estado sola, el conserje del orfanato le entregó las pautas de la elegancia de corazón, le enseñó que la ira no es buena para el ajedrez, juego metafórico sobre la lid de la vida, y que la obsesión por ganar le traería problemas, Jolene, la compañera -huérfana como ella- le muestra lo que es ser familia y le insta a abandonar la influencia de la madre biológica muerta, porque es hora de mirar hacia adelante, y el grupo de amigos que el ajedrez le entrega le enseña que la verdadera amistad pasa por avisar y ponerle límites cuando ella va a la deriva, amigo no es quien te acompaña en la bebida hasta el exceso sino quien te aparta de ella, eso lo aprende pagando uno de los precios más elevados con la deslumbrante modelo que va a buscarla al hotel justo la noche anterior a la primera y anhelada partida contra Borgov. Quien te quiere bien no te pasa facturas de amistad en una noche decisiva, naturalmente Beth perdió. Gracias a esa derrota -tan poco respetuosa a la que llegó tarde y con resaca- al fin aprende a jugar en profundidad en el tablero y en la vida, a saber perder y a saber ganar y nunca más tendrá miedo a confundir su talento con la locura.

El broche final no puede ser más bonito, lo da su abandono del automóvil, se apea del coche haciendo caso omiso del acompañante que le han impuesto en los EE UU, justo cuando éste le entrega instrucciones escritas para que presuma de patriotismo americano en la rueda de prensa –con anterioridad también renunció al suculento dinero que una asociación religiosa anti rusa y anti comunista le entregaba con la condición de hacer proselitismo contra la Unión Soviética-. Pero la reina manda y se puede mover en cualquier dirección.

Vestida de blanco purificador y renacida se aproxima caminando hacia el parque en el que entrañables ajedrecistas mayores la rodean llenos de admiración y ternura. Se sienta con ellos y juega al ajedrez.

Como veis hay unos cuantos bofetones sin mano que también dan jaque mate, las personas del pueblo llano se aman en todas partes sin tener que renunciar a su origen ni maldecirlo.

Un abrazo

Pili Zori


"EN UN MUNDO MEJOR", película de Susanne Bier

      La violencia es un rasgo humano intrínseco, por ello no se trata de negarla hipócritamente sino de plantearnos qué hacer con ella para que no sea dañina.

No existe un blindaje de transparente cristal europeo u occidental que nos ampare o libre de ella mientras contemplamos África, por ejemplo. ¿Acaso no sabemos quiénes arman hasta los dientes a tiranos atroces contra pobres? Si aquí, en nuestro mapa acotado -como si fuera un mundo aparte y superior- la violencia es más sutil, más frívola, retorcida si quieres, el trasfondo sin embargo es el mismo, y se ve en el acoso escolar, en nuestras relaciones de convivencia... -la boca es mortífera- y también se ejerce e inflige el daño por omisión, podemos ayudar de forma altruista a quienes están lejos, pero descuidar a la familia aunque resulte paradójico, y hacerlo por evasión, aunque parezca un contrasentido, la adicción al trabajo no es ninguna novedad y más si cabe si dicha tarea es vocacional. En un empleo, incluso en el más noble, sólo tienes que seguir las reglas, en tu casa no vienen dadas, has de crearlas mientras los escollos te salen al paso, y la huida para no enfrentarlos a menudo es una conducta muy común.


¿Cómo le explicas a un niño la diferencia entre ser pacifista o cobarde cuando hasta en el cine el arquetipo es otro y siempre agresivo incluida la honda de David contra Goliat? ¿Cómo haces que comprenda que la justicia no es venganza sino reparación? ¿Cómo le devuelves la confianza en el perdón, cuando hemos corrompido el concepto convirtiéndolo en un formulismo vacío de contenido para quedar bien y seguir mirando hacia otro lado? ¿Cuántas veces pronunciamos "te pido disculpas" para salir del paso, quedar bien y continuar tirando millas con iguales comportamientos? "Anda, daos la mano, y tan amigos" Es tan manido.

En esta película se aprende y experimenta el dolor que requiere alcanzar el perdón, y la redención que proporciona.

El mundo adulto y el de los niños a menudo están separados, son incomprendidos por ambas partes y entran en colisión, este filme nos concede el privilegio de ver lo que ocurre al mismo tiempo con todos los personajes, y el peligro latente y soterrado que acecha, y desde ahí, desde la infancia como punto de partida surgen los interrogantes principales a los que debemos dar respuesta. Me temo que no es fácil.


La película es un bofetón sin mano, y nos pone delante de las narices las últimas consecuencias a las que llegan esos críos por entender la existencia con criterios de la ley del más fuerte y del ojo por ojo cocidos en el caldo de cultivo del resentimiento.

Si la vida te arrebata a tu madre, y eres un niño, alguien debe decirte que no busques culpables y enseñarte a que aflore tu pena para que discurra por el cauce de un río limpio, puesto que si todos somos capaces de amar y de odiar al mismo tiempo habrá que buscar o crear los canales que sublimen la inquina y la transformen en algo positivo, o la disipen para dejar paso al amor sin el cual no se puede vivir.

Es una película ética, por ello es admisible y lícito que las actitudes de los protagonistas estén subrayadas, o sean más o menos creíbles dado que la directora intenta trazar un camino que todavía no existe.

Confieso que me avergonzó mi comodidad, nunca me he visto en algunas de las situaciones de encrucijada por las que pasan los personajes, tampoco he tenido que poner a prueba mis principios de salón, y mi intención en ningún momento es la de pontificar, pero al menos algo es algo y compartir la sensibilidad que me despierta este largometraje reconforta.

Deseo que os guste porque abre un debate interior y también colectivo muy importante.

Pili Zori

"CAROL", película de Todd Haynes

 

Impresionante y sobrecogedor. Todd Haynes. Siempre hay que quitarse el sombrero ante él, el cineasta de "Lejos del cielo" que elige un tiempo de censura -los años cincuenta- para narrar con el mismo estilo de los maravillosos melodramas de Douglas Sirk lo que no se pudo decir entonces.

Haynes recrea, conserva y respeta todos los símbolos cinematográficos de la época para elevarlos a matrícula de honor, el clasicismo de aquel cine, su delicada estética, cada detalle de la ambientación, vestuario, peluquería, maquillaje, el modo de filmar, la composición, el ritmo, el tempo... pero lo hace con su voz contundente de artista en estado de perfección y con la mirada de hoy, y así resarce el silencio del secreto velado, atisbado apenas en películas como "La gata sobre el tejado de zinc" de otro grande, Richard Brooks, que adaptó la obra de Tennessee Williams, o "Reflejos en un ojo dorado" de John Huston, con guion inspirado en la novela de otra sureña inmortal Lila Carson McCullers.

El largometraje que nos ocupa hoy es "Carol" y se basa en la novela "El precio de la sal" de Patricia Highsmith, nada menos. Dejo como broche a Edward Lachman, el eminente director de fotografía con más de cinco décadas de profesión que requiere un monográfico por sí mismo, maestro de maestros. En fin, no os aburro con la ficha técnica porque aparece en el tráiler toda entera desde el casting, el montaje, la producción... es brillantísima.

Las historias de amor, son eso: Amor, y los heterosexuales podemos conmovernos igualmente con las que viven personas del mismo sexo, ¡¡¡¡que no contagia!!!!, todavía hay quien piensa que sí. Demasiado sufrimiento, opresión e injusticia han arrastrado, ya es hora de reparar.

Todd Haynes
No sé quien escribe el guion de la vida, pero está claro que cuando considera que es el tiempo adecuado toca con su varita a los artistas para que dirijan el capítulo que les corresponde a cada uno dentro de la estructura, no sé si tendrá decidido el desenlace, mientras tanto me temo que el desarrollo es interminable ya que seguimos tropezando pero en escollos nuevos -no son los mismos aunque creamos que sí- para seguir aprendiendo, para desagraviar.

Es apabullante la elocuencia de todo lo que dice Haynes con la cámara, sin las palabras, el filme comienza con la reja de un respiradero de suelo del metro , para indicar lo que subyace por debajo. Vemos a las protagonistas atrapadas tras ventanas llorosas de lluvia, o en recintos cerrados y desde la imagen de los pasos, de los zapatos el objetivo se eleva hasta salir a la calle, a plena luz.

Cate Blanchett, Rooney Mara y Sarah Paulson completan los procesos: el de alguien que sabe cuál es su naturaleza y vive conforme a ella, sin esconderse, el de la esposa que lo descubre tras haberse casado y decide romper la pareja para no caer en el dolor de la hipocresía -en “Lejos del cielo” la situación era inversa y acompañada además de racismo- y el de la joven que tiene la revelación por primera vez.

Pili Zori.

"El dios de las pequeñas cosas", de ARUNDHATI ROY

             En el club de lectura estamos leyendo la novela de Arundhati Roy “El dios de las pequeñas cosas”.

Pienso que a la atrocidad sólo la salva la literatura, allí encuentra el único lugar de compasión para ella porque se purga entre las páginas para servir de ejemplo a no seguir.

La autora nos hace entrega de una tragedia hermosa en forma de puzzle cuyas piezas -expuestas desde el principio- el lector aprende a colocar temblorosamente viendo al fin el invisible hilo que las encadenaba.

Nos habla de la injusticia institucionalizada, la inocencia truncada en la implacable y literal mirada limpia de los niños que no usan las crueles y corruptas normas de las castas.

Desde el infierno doméstico y privado de una familia india de clase alta pone patas arriba a toda la nación. El doloroso y valiente canto del cisne lo hace una escritora que ama a su país y por ello le duelen los pecados sociales que comete.

A través de dicho clan de clase alta en India, cuyos desprecios y desigualdades consentidos se pueden trasladar a otros estados del mundo, comprendemos mejor muchos de los por qué de esa nación.

Tal vez desde Occidente también se corrompe la identidad, la India no es un cuento de espiritualidades y exotismo, país al que muchos hippies famosos acudieron en busca de otros valores, pero lo hicieron con sus drogas y sustancias, y la música de Ravi Shankar nunca debió servir para justificar esos efluvios con el buen colchón de casa a la espera. Los intocables duermen en el suelo y no hace mucho tiempo se despedían de los tocables de rodillas arrastrándolas para alejarse. En 1949 se abolió el sistema de castas, pero la ley no sirve si la mentalidad no cambia.

La novela narrada con esos rodeos alrededor del eje, del meollo que usan los orientales para charlar, para regatear, para que la verdad se asuma despacio y se concatene, es una explosión de exuberancia, de simbolismo surreal y onírico que se une a su cultura y que finalmente explica como los sucesos de una vida influyen en las demás.

Bebé Kochamma, la tía paterna que al principio parece un personaje secundario y menos relevante, es sin embargo el brazo ejecutor, su capacidad de manipulación con la más exquisita crueldad y sin escrúpulos es espeluznante, Roy desenmascara a ese tipo de personas amparadas por la clase dirigente para que aprendamos a librarnos de su mal.

“El dios de las pequeñas cosas” es sobre todo una historia de amor y muerte, amor y sensualidad aplastados por los prejuicios y los privilegios de clase, es el quejido que sabe contar la dureza con la máxima belleza, y con una forma de narrar que no se había visto hasta este libro y que sin duda revoluciona el arte literario.

El tiempo en esta historia no es cronológico sino emocional y va y viene al ritmo de los recuerdos. El río lleno de inmundicia -en el presente de la novela- ya no fluye como antaño, está estancado a causa de una presa que le impide correr y ser libre por su camino hacia el mar, y un muro oculta las casas pobres para que no escandalicen a los clientes del lujoso hotel de Ayemenem. "Los vapores de la fábrica de encurtidos arrugaban la juventud y encurtían el futuro", nos dice Ammu con esa metáfora tan precisa que representa aquel tiempo estancado que se pudría en su propio caldo.

“El dios de las pequeñas cosas” también refleja el síndrome de Estocolmo frente a la cultura colonizadora, y el complejo de inferioridad anglófilo rodea la historia. El descubrimiento de la polilla desconocida que le fue arrebatado al abuelo, entomólogo imperial, marca como un fantasma eterno el sentimiento de fracaso que impregna a todos los miembros de la familia.

Gracias a esta bellísima novela he comprendido, o al menos me he aproximado, a la profundidad de ese país tan grande y a los agujeros que la escritora denuncia, por ello se escapan el bien, la justicia y la cordura.

Pili Zori.

"Diez mujeres", de MARCELA SERRANO

 

No había leído ningún libro de esta escritora chilena enorme, ha sido un gran descubrimiento.

Una psiquiatra decide que nueve de sus pacientes -a las que trata por separado y de forma individual- se reúnan para contar por riguroso turno a las demás su historia y las causas de los diversos diagnósticos que padecen.


Con esta herramienta sobria y sencilla en apariencia –dado que el lector tan sólo ha de escuchar la singular confesión de cada protagonista- Marcela Serrano construye un poliedro con voz femenina  e íntima que retrata entero el siglo XX de Chile y por tanto del mundo, dado que como se suele decir -no por repetido menos cierto- lo local es universal. Y en esa habitación, sin saberlo y gracias al valiente desnudo anímico, se dirimen los verdaderos males de nuestro tiempo, sobre todo los infligidos a las mujeres en un mundo que se diseñó sin contar con ellas y en el que demasiado a menudo las costumbres, reglas, normas, usos y abusos hacen que se sientan en corral ajeno y pidiendo permiso.

No faltan nada ni nadie, salvo los desaparecidos durante la dictadura de Pinochet, los efectos de su ausencia los vemos y sentimos a través de quienes los esperaban inútilmente.

Contemplamos el maravilloso paisaje de Chile de norte a sur y la exuberante y variada felicidad que transmite. 

El extraordinario logro que la novela entrega es el de que no hay diferencias, ni barreras de clase, la amistad siempre es posible cuando se comparte lo emocional y se abre el horizonte hacia lo público desde lo privado.

La gratísima sensación al salir de las páginas por la contraportada es que el resultado del trabajo terapeutico convierte en positivo el balance, porque demuestra que no hay estigma, cualquier daño recibido es superable por terrible que haya sido, compartirlo con valor sin ambages ni omisiones -siendo capaces de trasladarlo desde el inconsciente al consciente y de expresarlo- permite un nuevo comienzo, invita a seguir hacia adelante, o incluso a renacer.

No estoy hablando de nimiedades, el libro narra cómo alguien pasa de haber tenido todo lo material a convertirte en vagabunda ¿por propia elección? -el lector decide- explica que lidiar con la indiferencia afectiva de una madre deja heridas graves, habla de violaciones de guerra, de amar a un hijo de la violencia, de afrontar la vejez, de perder el salvoconducto de la belleza, de lo que se siente y padece ante la incomprensión siendo lesbiana, del miedo escénico de una prestigiosa presentadora de televisión que no sabe diferenciar si es ella misma o la identidad sólo se la otorga el trabajo, de huir de los demás porque asustan, muestra las causas de la insociabilidad, del desamparo por no poder cuidar de los tuyos, por tener que salir a trabajar cuando ellos, tus seres más queridos, tienen un diagnóstico en el que se pueden hacer daño a sí mismos, de la persecución por ser judío, o por oponerte al régimen, habla del exilio, del concepto de pareja heterosexual en distintas generaciones, de importantes mujeres intelectuales pero invisibles... en definitiva cuenta la lucha incansable por la igualdad. Ese es el compromiso de la autora, al que se entregó en cuerpo y alma desde hace ya varias décadas. 

Esta novela resarce con creces el trozo que falta en casi toda la literatura escrita por hombres: nuestra opinión, la de las mujeres en primera persona, nuestra forma de mirar, de comprender, de resolver.


El oído social que muestra la autora es agudísimo, Marcela Serrano nos comenta que en su país -elitista- según su propio criterio -el nuestro no se queda atrás tampoco- basta con oír el modo de hablar de cada persona para saber de qué parte rural o urbana de aquellas tierras proviene, para conocer de inmediato su cuna, las ideas y costumbres que ha mamado, el estatus, la capacidad adquisitiva, sus estudios o la falta de ellos...

Me conmovió profundamente la intención de la psicoterapeuta –sin duda la misma que tuvo la autora- y es que la palabra sana, cura, y Natasha, (cuya historia narrada por su ayudante  también expresa un fabuloso periplo lleno de dificultades) lo que quiso al propiciar dicha reunión fue que esas nueve mujeres, sus pacientes, se tuvieran las unas a las otras cuando ella, su psiquiatra, faltase.

Una de las protagonistas reflexiona sobre si los ancianos están solos porque nadie les quiere o porque ellos terminan por no querer a nadie. Ese aviso, como tantos otros subrayados en la novela me impactó.  

Es un libro precioso que nos une.

Pili Zori

CONVERSACIONES DE AUTOBÚS ESCUCHADAS "SIN QUERIENDO"

 

Relato.

Pili Zori.

-…Lo que ocurre es que ella no acepta que es la mujer de un obrero, de un currito, piensa que se merece más y me mira de lado, todos sus gestos y actitudes son de reproche, sé que le parezco un freno para su deseo ascendente –aleteó los dedos hacia arriba- y no consigo quitarme la pinza del estómago. –El aire del suspiro tropezó dos veces en la garganta al tragarlo.

Marco se rastrilló el frondoso y oscuro pelo desde las sienes, sin recoger la mirada de ansiedad y ternura de la compañera de trabajo sentada a su lado, el autobús frenó en el semáforo, la alianza destellaba impertinente en el anular masculino, ella también le observaba de lado, aunque de manera antagónica a la de su mujer e inadvertida para él.

El hombre del asiento de atrás levantó los ojos del libro guarecidos por la gorra negra de visera sobre el flequillo recto y deslizó el índice para ajustar el puente de las gafas rectangulares que parapetaban la mirada aguda bajo el entrecejo, las mejillas, algo descolgadas en bonachones mofletes, caían sobre la barba entrecana, ya casi no se encontraba papel en las manos de los viajeros, ni aparatosos periódicos que antaño con tanto arte desplegaba la gente apiñada en los transportes como si fueran biombos, en su lugar móviles, e-book, tablet, recogían la compulsión de los dedos, él sí pudo ver en diagonal sin embargo el delator contenido dentro de las pestañas femeninas clavadas ahora en el perfil del acompañante y comprobó cómo la tímida mano de la chica –veinteañera supuso- recogía el dudoso amago de posarse en la rodilla fosforescente de Marco para llevarla de nuevo hacia la suya, el gesto se transformó al sacudir unas briznas de polvo inexistentes desde la pernera del uniforme gemelo, fue como si lanzara al suelo la desagradable imagen de la esposa. Nuria bajó la cabeza y la rizada cola de caballo se deslizó hacia el hombro de tela ignífuga, se miró el pecho y los muslos y transparentó sin querer el malestar de no sentirse atractiva dentro de ese mono infame y de las botas mostrencas con puntapié de metal, El olor a gasolina, no había manera de quitarlo del todo, cómo habrá gente que se coloque esnifándola -sentenció- y a continuación pensó que la mujer de Marco era más engreída que guapa, pero se echaba mucho dinero encima, el suyo y todo el que él sudaba en octanos. El hombre de atrás fingió seguir leyendo.

-Creo…

A ella le tiritó un poco la voz, sabía que su compañero no se daría cuenta, todo es achacable al mundo exterior cuando no te quieres enterar -dijo una parte recóndita de su pensamiento en paralelo- la mala amortiguación del autobús encubría el nerviosismo. No, él no había oído el comienzo del credo, tampoco el cuello de la camisa de Nuria, maldita timidez -tragó saliva- cuánto ruido de fondo para no escuchar lo que importa, ¿pero de verdad quiero que oiga este aporreo de corazón? Entrometerme en medio de un matrimonio -chasqueó la lengua contra los dientes- no es lo mío, ni lo va a ser nunca, si terminara dejándola… todavía, pero con el encoñe que tiene, anda que no es lista la cabrona, sólo quiere gustar, y sabe cómo, en la cena… flipé, hasta los majos se pusieron a babear, y él tan orgulloso, como si exhibiera un trofeo, nada nuevo bajo el sol, todo es primitivo. Además, qué ilusa soy, ni que se fuera a fijar en mí en ese sentido, soy un colega, igualita que un tío para él, un tío serio y callado que le escucha. Cada día está más delgado –resbaló los ojos por la hendidura tersa que separaba la mandíbula del pómulo masculinos, seguro que le pone a dieta. Treinta y cinco o cuarenta calculó el hombre de atrás al ver las manos y el rostro de Marco reflejados en el cristal.

-Creo -repitió con una seguridad inusitada e involuntaria que no supo de dónde emergió- que nadie debería plantearse ascender a través de otro. Si no está contenta pues puede intentar remediarlo ella, no echarte a ti la culpa de su frustración, no sé, yo ando libre, no estoy ennoviada, pero siempre he creído que hay que trabajar en equipo, y no me refiero a currar en sí, eso es asunto de cada uno y de las circunstancias, y en una pareja… casada -se le atragantó el vocablo- no hay que meterse. Me refiero a remar a favor de obra en un proyecto común, además hay que enamorarse de la persona, ¿no? no de la vida que supones que tiene que ofrecerte por tu cara bonita, digo yo –se llevó el puño entrecerrado a los labios y se los mordió.

Marco esta vez sí volvió la cara para mirarla con la boca entreabierta, y Nuria maldijo la facilidad que ella tenía para ruborizarse por la piel tan blanca.

-Perdona, es que no creo que merezcas sentirte despreciado, quiero decir… no tú en particular, sino nadie en general, to…todos somos valiosos, -volvió a enrojecer al toparse con los atentos y silenciosos ojos de él-. Y… de cualquier problema se sale. Si… no eres feliz, pues díselo, di que te sientes poco valorado por ella y que te está acomplejando, y de paso a mí -bajó la voz como si fuera pensamiento y miró un instante por la ventanilla- la dignidad se la da la persona al trabajo, no el trabajo a la persona, y el nuestro es un buen curro, -elevó el hombro- hay buen rollo entre nosotros y esa suerte no es frecuente -continuó con el inusual borbotón ya que se había disparado- y si le importan más las cosas que tú...

A ver, que no digo que haya que ser conformista, está bien prosperar para tener y eso… pero la vida da vueltas y las cosas sólo son cosas. Perdona me estoy metiendo donde no me llaman y tú sólo quieres desahogarte, y… no tengo monos en la cara ¿por qué me miras así?, -extendió la palma de la mano- él se removió y soltó el aire.

-Perdóname tú, me acabo de dar cuenta de que te doy la brasa a diario, y siempre me tranquilizas con alguna broma que me hace cambiar de tema, o le quitas importancia, y soy un egoísta además de plasta porque en todo este tiempo… ¿siete meses llevas aquí?, ¿no? -Ella asintió-. Nunca te he preguntado por tus cosas más allá de lo superficial, y sí que me interesas, quiero decir que me interesan tus... asuntos, pero como estoy en bucle… y no paro de rajar.

-¡La parada!

El hombre de atrás también se precipitó hacia la puerta de salida, tenía que haber bajado en la tercera, pero iban ya seis.

 

-¿Ese tipo no estaba sentado detrás de nosotros?

-No me he fijado. Llevará el mismo camino, no seas paranoica mujer.

La sonrisa de Marco la desbarataba de cintura hacia abajo. Entraron en la boca del metro, el hombre del libro guardó la distancia de siete escalones y en la estación aguzó el oído.

-¿Te cae mal Sofía? -Uff, salvada por el fragor del tren de la otra vía. La pausa vino bien.

-Sólo la conozco por lo que cuentas, la cena que hicimos con los demás no es suficiente, no la he tratado.

-Te cae mal. –Asintió varias veces con la cabeza. Ella no se apresuró a negarlo-. La culpa es mía, soy injusto, ya te contaré las cosas buenas.

Nuria se adelantó encaminándose hacia la puerta del vagón, mientras su inconsciente pensaba de nuevo por ella a ritmo de medida cósmica: los trenes son como las oportunidades, si llegan a tiempo hay que cogerlas aunque sea por los pelos, también por los pelos se pierden, pero cómo saberlo.

El hombre del libro aferró la barra vertical y abrió de nuevo su novela, ellos volvieron a sentarse juntos.

-¿Estás molesta por algo?

-Que no, de verdad, estoy muy cansada y me duele la espalda, en cuanto llegue a casa me acuesto.

En esta ocasión la compañera no se volvió para decirle adiós con la mano, Marco ladeado apoyó la sien contra el cristal, le gustaba verla caminar, pero hoy andaba más rígida fue la primera vez que tuvo sensación de pérdida y se le anudó la garganta con un miedo extraño. El hombre del libro ocupó el asiento de ella.

-Soy un gilipollas. –Murmuró.

-Sí, un poco.

-¿Cómo dice?

El hombre extendió la mano.

-Luis, me llamo Luis, no he podido evitar escucharos -expresó con acento latino-. Sabes de sobra que tu mujer es un error, -guapa imagino- un bombón hueco, pero la que se ha ido es más que eso, dentro tiene licor. –Había retirado la mano sin que Marco perplejo la hubiese estrechado-. Arregla tus cosas y empieza a rondarla porque en la frente llevaba escrito que va a dejar el trabajo para que no le duelas más.

-Oiga y usted quién es y quién le ha dado vela en este ent…

-Soy uno que escribe novelas. Cazo historias –sonrió- y en los autobuses y en el metro se acumulan las mejores y la tuya me gustaría que terminase bien.

Guardó el libro en el bolso cruzado, A Marco le dio tiempo a leer el título sobre la colorida portada selvática, “Un viejo que leía novelas de amor”. 

Luis vestía una sudadera negra con una estrella grande estampada en el pecho y un poco recostada encima de la curva de su relajado estómago, el empleado de la gasolinera no había reparado en ella hasta ese momento, el hombre se marchó, y por alguna razón indescifrable a Marco se le metió en la cabeza aquel tema de una tal Mari Trini que a menudo tarareaba su madre: “Por qué a mí se me ha caído una estrella en el jardín.” No advirtió que se habían abierto de par en par las puertas.

***

Este es mi pequeño homenaje al gran escritor chileno Luis Sepúlveda. Se lo llevó la pandemia antes de tiempo. Con el deseo de que su maravillosa estrella siga iluminando las calles de Gijón. 

Pili Zori.

 

CUADERNO DE NOTAS: Puzzle vital

    A menudo tengo la impresión de que nuestra existencia es un puzzle infinito lleno de multitud de pequeñas piezas en cuya composición entran paisajes, personas, desiertos, montañas, bosques, vergeles, cielos y mares.

    Es importante que cada trocito encaje, encontrar tu lugar en el mundo, que no es fácil, pero ¿quién troquela?, puedes pasar toda una vida errante buscando el hueco a ratos cortos o largos para tratar de acoplarte en alguno similar a tu silueta, hasta que te echan la dueña o el dueño de ese asiento numerado cuya cifra no habías visto, y te vas rumiando equívocos, y te pones a circunvalar de nuevo rotondas y más rotondas, dando vueltas y más vueltas por plazas y  por glorietas hasta marearte sin entender las enigmáticas señales de los caminos borrados por tanto desgaste.

    ¿Engordas o enflaqueces para adaptarte mientras te prestan el sitio? ¿Te colocan o eres tú quien finalmente se asienta en el espacio legítimo, propio y genuino? ¿Son las manos o las pinzas de un gigante las que te remueven?

    Tantas y tantas piezas rodando por las ciudades sin saber que su lugar es el campo, tantos pisando terrones cuando sus pies son de asfalto, tantas amistades de choque mientras la solitaria y verdadera aguarda en la otra punta cansada de dar rodeos por la peligrosa y reluciente pista de patinaje, tantos rivales apiñados y empeñados en tareas advenedizas que no les corresponden, que no son suyas, tantas piezas despeñadas desde el tablero que sostiene el rompecabezas, perdidas o dañadas, ya inservibles, tanto borde inacabado cuando prematuramente llega la parca caminando por el alambre que sobrevuela el abismo.

    No hace mucho que siento la certeza de que ya estoy en el mío.  Mi lugar es de libros y de cine, de teclados, lapiceros y bolígrafos, de pantallas y papeles sin mecenas, pero sin colarme de rondona en ningún cercado ajeno, mi rincón es de familia y puñadito de afectos, que hasta para eso soy prudente, no vaya a ser que el de enfrente no desee sentirse amigo para no comprometerse. No adulo ni sostengo levita alguna, no conozco el mecanismo de la sociabilidad a lo grande.  Me llena mi noventera decoración rodeada de gotelé, acero, laca y cristales. Y sueño contigo lector, aunque no te vea, aunque no me pagues. Ten, por si lo quieres, aquí te dejo algo mío.

Cuaderno de notas.

Pili Zori.