"CAROL", película de Todd Haynes

 

Impresionante y sobrecogedor. Todd Haynes. Siempre hay que quitarse el sombrero ante él, el cineasta de "Lejos del cielo" que elige un tiempo de censura -los años cincuenta- para narrar con el mismo estilo de los maravillosos melodramas de Douglas Sirk lo que no se pudo decir entonces.

Haynes recrea, conserva y respeta todos los símbolos cinematográficos de la época para elevarlos a matrícula de honor, el clasicismo de aquel cine, su delicada estética, cada detalle de la ambientación, vestuario, peluquería, maquillaje, el modo de filmar, la composición, el ritmo, el tempo... pero lo hace con su voz contundente de artista en estado de perfección y con la mirada de hoy, y así resarce el silencio del secreto velado, atisbado apenas en películas como "La gata sobre el tejado de zinc" de otro grande, Richard Brooks, que adaptó la obra de Tennessee Williams, o "Reflejos en un ojo dorado" de John Huston, con guion inspirado en la novela de otra sureña inmortal Lila Carson McCullers.

El largometraje que nos ocupa hoy es "Carol" y se basa en la novela "El precio de la sal" de Patricia Highsmith, nada menos. Dejo como broche a Edward Lachman, el eminente director de fotografía con más de cinco décadas de profesión que requiere un monográfico por sí mismo, maestro de maestros. En fin, no os aburro con la ficha técnica porque aparece en el tráiler toda entera desde el casting, el montaje, la producción... es brillantísima.

Las historias de amor, son eso: Amor, y los heterosexuales podemos conmovernos igualmente con las que viven personas del mismo sexo, ¡¡¡¡que no contagia!!!!, todavía hay quien piensa que sí. Demasiado sufrimiento, opresión e injusticia han arrastrado, ya es hora de reparar.

Todd Haynes
No sé quien escribe el guion de la vida, pero está claro que cuando considera que es el tiempo adecuado toca con su varita a los artistas para que dirijan el capítulo que les corresponde a cada uno dentro de la estructura, no sé si tendrá decidido el desenlace, mientras tanto me temo que el desarrollo es interminable ya que seguimos tropezando pero en escollos nuevos -no son los mismos aunque creamos que sí- para seguir aprendiendo, para desagraviar.

Es apabullante la elocuencia de todo lo que dice Haynes con la cámara, sin las palabras, el filme comienza con la reja de un respiradero de suelo del metro , para indicar lo que subyace por debajo. Vemos a las protagonistas atrapadas tras ventanas llorosas de lluvia, o en recintos cerrados y desde la imagen de los pasos, de los zapatos el objetivo se eleva hasta salir a la calle, a plena luz.

Cate Blanchett, Rooney Mara y Sarah Paulson completan los procesos: el de alguien que sabe cuál es su naturaleza y vive conforme a ella, sin esconderse, el de la esposa que lo descubre tras haberse casado y decide romper la pareja para no caer en el dolor de la hipocresía -en “Lejos del cielo” la situación era inversa y acompañada además de racismo- y el de la joven que tiene la revelación por primera vez.

Pili Zori.

"El dios de las pequeñas cosas", de ARUNDHATI ROY

             En el club de lectura estamos leyendo la novela de Arundhati Roy “El dios de las pequeñas cosas”.

Pienso que a la atrocidad sólo la salva la literatura, allí encuentra el único lugar de compasión para ella porque se purga entre las páginas para servir de ejemplo a no seguir.

La autora nos hace entrega de una tragedia hermosa en forma de puzzle cuyas piezas -expuestas desde el principio- el lector aprende a colocar temblorosamente viendo al fin el invisible hilo que las encadenaba.

Nos habla de la injusticia institucionalizada, la inocencia truncada en la implacable y literal mirada limpia de los niños que no usan las crueles y corruptas normas de las castas.

Desde el infierno doméstico y privado de una familia india de clase alta pone patas arriba a toda la nación. El doloroso y valiente canto del cisne lo hace una escritora que ama a su país y por ello le duelen los pecados sociales que comete.

A través de dicho clan de clase alta en India, cuyos desprecios y desigualdades consentidos se pueden trasladar a otros estados del mundo, comprendemos mejor muchos de los por qué de esa nación.

Tal vez desde Occidente también se corrompe la identidad, la India no es un cuento de espiritualidades y exotismo, país al que muchos hippies famosos acudieron en busca de otros valores, pero lo hicieron con sus drogas y sustancias, y la música de Ravi Shankar nunca debió servir para justificar esos efluvios con el buen colchón de casa a la espera. Los intocables duermen en el suelo y no hace mucho tiempo se despedían de los tocables de rodillas arrastrándolas para alejarse. En 1949 se abolió el sistema de castas, pero la ley no sirve si la mentalidad no cambia.

La novela narrada con esos rodeos alrededor del eje, del meollo que usan los orientales para charlar, para regatear, para que la verdad se asuma despacio y se concatene, es una explosión de exuberancia, de simbolismo surreal y onírico que se une a su cultura y que finalmente explica como los sucesos de una vida influyen en las demás.

Bebé Kochamma, la tía paterna que al principio parece un personaje secundario y menos relevante, es sin embargo el brazo ejecutor, su capacidad de manipulación con la más exquisita crueldad y sin escrúpulos es espeluznante, Roy desenmascara a ese tipo de personas amparadas por la clase dirigente para que aprendamos a librarnos de su mal.

“El dios de las pequeñas cosas” es sobre todo una historia de amor y muerte, amor y sensualidad aplastados por los prejuicios y los privilegios de clase, es el quejido que sabe contar la dureza con la máxima belleza, y con una forma de narrar que no se había visto hasta este libro y que sin duda revoluciona el arte literario.

El tiempo en esta historia no es cronológico sino emocional y va y viene al ritmo de los recuerdos. El río lleno de inmundicia -en el presente de la novela- ya no fluye como antaño, está estancado a causa de una presa que le impide correr y ser libre por su camino hacia el mar, y un muro oculta las casas pobres para que no escandalicen a los clientes del lujoso hotel de Ayemenem. "Los vapores de la fábrica de encurtidos arrugaban la juventud y encurtían el futuro", nos dice Ammu con esa metáfora tan precisa que representa aquel tiempo estancado que se pudría en su propio caldo.

“El dios de las pequeñas cosas” también refleja el síndrome de Estocolmo frente a la cultura colonizadora, y el complejo de inferioridad anglófilo rodea la historia. El descubrimiento de la polilla desconocida que le fue arrebatado al abuelo, entomólogo imperial, marca como un fantasma eterno el sentimiento de fracaso que impregna a todos los miembros de la familia.

Gracias a esta bellísima novela he comprendido, o al menos me he aproximado, a la profundidad de ese país tan grande y a los agujeros que la escritora denuncia, por ello se escapan el bien, la justicia y la cordura.

Pili Zori.

"Diez mujeres", de MARCELA SERRANO

 

No había leído ningún libro de esta escritora chilena enorme, ha sido un gran descubrimiento.

Una psiquiatra decide que nueve de sus pacientes -a las que trata por separado y de forma individual- se reúnan para contar por riguroso turno a las demás su historia y las causas de los diversos diagnósticos que padecen.


Con esta herramienta sobria y sencilla en apariencia –dado que el lector tan sólo ha de escuchar la singular confesión de cada protagonista- Marcela Serrano construye un poliedro con voz femenina  e íntima que retrata entero el siglo XX de Chile y por tanto del mundo, dado que como se suele decir -no por repetido menos cierto- lo local es universal. Y en esa habitación, sin saberlo y gracias al valiente desnudo anímico, se dirimen los verdaderos males de nuestro tiempo, sobre todo los infligidos a las mujeres en un mundo que se diseñó sin contar con ellas y en el que demasiado a menudo las costumbres, reglas, normas, usos y abusos hacen que se sientan en corral ajeno y pidiendo permiso.

No faltan nada ni nadie, salvo los desaparecidos durante la dictadura de Pinochet, los efectos de su ausencia los vemos y sentimos a través de quienes los esperaban inútilmente.

Contemplamos el maravilloso paisaje de Chile de norte a sur y la exuberante y variada felicidad que transmite. 

El extraordinario logro que la novela entrega es el de que no hay diferencias, ni barreras de clase, la amistad siempre es posible cuando se comparte lo emocional y se abre el horizonte hacia lo público desde lo privado.

La gratísima sensación al salir de las páginas por la contraportada es que el resultado del trabajo terapeutico convierte en positivo el balance, porque demuestra que no hay estigma, cualquier daño recibido es superable por terrible que haya sido, compartirlo con valor sin ambages ni omisiones -siendo capaces de trasladarlo desde el inconsciente al consciente y de expresarlo- permite un nuevo comienzo, invita a seguir hacia adelante, o incluso a renacer.

No estoy hablando de nimiedades, el libro narra cómo alguien pasa de haber tenido todo lo material a convertirte en vagabunda ¿por propia elección? -el lector decide- explica que lidiar con la indiferencia afectiva de una madre deja heridas graves, habla de violaciones de guerra, de amar a un hijo de la violencia, de afrontar la vejez, de perder el salvoconducto de la belleza, de lo que se siente y padece ante la incomprensión siendo lesbiana, del miedo escénico de una prestigiosa presentadora de televisión que no sabe diferenciar si es ella misma o la identidad sólo se la otorga el trabajo, de huir de los demás porque asustan, muestra las causas de la insociabilidad, del desamparo por no poder cuidar de los tuyos, por tener que salir a trabajar cuando ellos, tus seres más queridos, tienen un diagnóstico en el que se pueden hacer daño a sí mismos, de la persecución por ser judío, o por oponerte al régimen, habla del exilio, del concepto de pareja heterosexual en distintas generaciones, de importantes mujeres intelectuales pero invisibles... en definitiva cuenta la lucha incansable por la igualdad. Ese es el compromiso de la autora, al que se entregó en cuerpo y alma desde hace ya varias décadas. 

Esta novela resarce con creces el trozo que falta en casi toda la literatura escrita por hombres: nuestra opinión, la de las mujeres en primera persona, nuestra forma de mirar, de comprender, de resolver.


El oído social que muestra la autora es agudísimo, Marcela Serrano nos comenta que en su país -elitista- según su propio criterio -el nuestro no se queda atrás tampoco- basta con oír el modo de hablar de cada persona para saber de qué parte rural o urbana de aquellas tierras proviene, para conocer de inmediato su cuna, las ideas y costumbres que ha mamado, el estatus, la capacidad adquisitiva, sus estudios o la falta de ellos...

Me conmovió profundamente la intención de la psicoterapeuta –sin duda la misma que tuvo la autora- y es que la palabra sana, cura, y Natasha, (cuya historia narrada por su ayudante  también expresa un fabuloso periplo lleno de dificultades) lo que quiso al propiciar dicha reunión fue que esas nueve mujeres, sus pacientes, se tuvieran las unas a las otras cuando ella, su psiquiatra, faltase.

Una de las protagonistas reflexiona sobre si los ancianos están solos porque nadie les quiere o porque ellos terminan por no querer a nadie. Ese aviso, como tantos otros subrayados en la novela me impactó.  

Es un libro precioso que nos une.

Pili Zori

CONVERSACIONES DE AUTOBÚS ESCUCHADAS "SIN QUERIENDO"

 

-…Lo que ocurre es que ella no acepta que es la mujer de un obrero, de un currito, piensa que se merece más y me mira de lado, todos sus gestos y actitudes son de reproche, sé que le parezco un freno para su deseo ascendente –aleteó los dedos hacia arriba- y no consigo quitarme la pinza del estómago. –El aire del suspiro tropezó dos veces en la garganta al tragarlo.

Marco se rastrilló el frondoso y oscuro pelo desde las sienes, sin recoger la mirada de ansiedad y ternura de la compañera de trabajo sentada a su lado, el autobús frenó en el semáforo, la alianza destellaba impertinente en el anular masculino, ella también le observaba de lado, aunque de manera antagónica a la de su mujer e inadvertida para él.

El hombre del asiento de atrás levantó los ojos del libro guarecidos por la gorra negra de visera sobre el flequillo recto y deslizó el índice para ajustar el puente de las gafas rectangulares que parapetaban la mirada aguda bajo el entrecejo, las mejillas, algo descolgadas en bonachones mofletes, caían sobre la barba entrecana, ya casi no se encontraba papel en las manos de los viajeros, ni aparatosos periódicos que antaño con tanto arte desplegaba la gente apiñada en los transportes como si fueran biombos, en su lugar móviles, e-book, tablet, recogían la compulsión de los dedos, él sí pudo ver en diagonal sin embargo el delator contenido dentro de las pestañas femeninas clavadas ahora en el perfil del acompañante y comprobó cómo la tímida mano de la chica –veinteañera supuso- recogía el dudoso amago de posarse en la rodilla fosforescente de Marco para llevarla de nuevo hacia la suya, el gesto se transformó al sacudir unas briznas de polvo inexistentes desde la pernera del uniforme gemelo, fue como si lanzara al suelo la desagradable imagen de la esposa. Nuria bajó la cabeza y la rizada cola de caballo se deslizó hacia el hombro de tela ignífuga, se miró el pecho y los muslos y transparentó sin querer el malestar de no sentirse atractiva dentro de ese mono infame y de las botas mostrencas con puntapié de metal, El olor a gasolina, no había manera de quitarlo del todo, cómo habrá gente que se coloque esnifándola -sentenció- y a continuación pensó que la mujer de Marco era más engreída que guapa, pero se echaba mucho dinero encima, el suyo y todo el que él sudaba en octanos. El hombre de atrás fingió seguir leyendo.

-Creo…

A ella le tiritó un poco la voz, sabía que su compañero no se daría cuenta, todo es achacable al mundo exterior cuando no te quieres enterar -dijo una parte recóndita de su pensamiento en paralelo- la mala amortiguación del autobús encubría el nerviosismo. No, él no había oído el comienzo del credo, tampoco el cuello de la camisa de Nuria, maldita timidez -tragó saliva- cuánto ruido de fondo para no escuchar lo que importa, ¿pero de verdad quiero que oiga este aporreo de corazón? Entrometerme en medio de un matrimonio -chasqueó la lengua contra los dientes- no es lo mío, ni lo va a ser nunca, si terminara dejándola… todavía, pero con el encoñe que tiene, anda que no es lista la cabrona, sólo quiere gustar, y sabe cómo, en la cena… flipé, hasta los majos se pusieron a babear, y él tan orgulloso, como si exhibiera un trofeo, nada nuevo bajo el sol, todo es primitivo. Además, qué ilusa soy, ni que se fuera a fijar en mí en ese sentido, soy un colega, igualita que un tío para él, un tío serio y callado que le escucha. Cada día está más delgado –resbaló los ojos por la hendidura tersa que separaba la mandíbula del pómulo masculinos, seguro que le pone a dieta. Treinta y cinco o cuarenta calculó el hombre de atrás al ver las manos y el rostro de Marco reflejados en el cristal.

-Creo -repitió con una seguridad inusitada e involuntaria que no supo de dónde emergió- que nadie debería plantearse ascender a través de otro. Si no está contenta pues puede intentar remediarlo ella, no echarte a ti la culpa de su frustración, no sé, yo ando libre, no estoy ennoviada, pero siempre he creído que hay que trabajar en equipo, y no me refiero a currar en sí, eso es asunto de cada uno y de las circunstancias, y en una pareja… casada -se le atragantó el vocablo- no hay que meterse. Me refiero a remar a favor de obra en un proyecto común, además hay que enamorarse de la persona, ¿no? no de la vida que supones que tiene que ofrecerte por tu cara bonita, digo yo –se llevó el puño entrecerrado a los labios y se los mordió.

Marco esta vez sí volvió la cara para mirarla con la boca entreabierta, y Nuria maldijo la facilidad que ella tenía para ruborizarse por la piel tan blanca.

-Perdona, es que no creo que merezcas sentirte despreciado, quiero decir… no tú en particular, sino nadie en general, to…todos somos valiosos, -volvió a enrojecer al toparse con los atentos y silenciosos ojos de él-. Y… de cualquier problema se sale. Si… no eres feliz, pues díselo, di que te sientes poco valorado por ella y que te está acomplejando, y de paso a mí -bajó la voz como si fuera pensamiento y miró un instante por la ventanilla- la dignidad se la da la persona al trabajo, no el trabajo a la persona, y el nuestro es un buen curro, -elevó el hombro- hay buen rollo entre nosotros y esa suerte no es frecuente -continuó con el inusual borbotón ya que se había disparado- y si le importan más las cosas que tú...

A ver, que no digo que haya que ser conformista, está bien prosperar para tener y eso… pero la vida da vueltas y las cosas sólo son cosas. Perdona me estoy metiendo donde no me llaman y tú sólo quieres desahogarte, y… no tengo monos en la cara ¿por qué me miras así?, -extendió la palma de la mano- él se removió y soltó el aire.

-Perdóname tú, me acabo de dar cuenta de que te doy la brasa a diario, y siempre me tranquilizas con alguna broma que me hace cambiar de tema, o le quitas importancia, y soy un egoísta además de plasta porque en todo este tiempo… ¿siete meses llevas aquí?, ¿no? -Ella asintió-. Nunca te he preguntado por tus cosas más allá de lo superficial, y sí que me interesas, quiero decir que me interesan tus... asuntos, pero como estoy en bucle… y no paro de rajar.

-¡La parada!

El hombre de atrás también se precipitó hacia la puerta de salida, tenía que haber bajado en la tercera, pero iban ya seis.

 

-¿Ese tipo no estaba sentado detrás de nosotros?

-No me he fijado. Llevará el mismo camino, no seas paranoica mujer.

La sonrisa de Marco la desbarataba de cintura hacia abajo. Entraron en la boca del metro, el hombre del libro guardó la distancia de siete escalones y en la estación aguzó el oído.

-¿Te cae mal Sofía? -Uff, salvada por el fragor del tren de la otra vía. La pausa vino bien.

-Sólo la conozco por lo que cuentas, la cena que hicimos con los demás no es suficiente, no la he tratado.

-Te cae mal. –Asintió varias veces con la cabeza. Ella no se apresuró a negarlo-. La culpa es mía, soy injusto, ya te contaré las cosas buenas.

Nuria se adelantó encaminándose hacia la puerta del vagón, mientras su inconsciente pensaba de nuevo por ella a ritmo de medida cósmica: los trenes son como las oportunidades, si llegan a tiempo hay que cogerlas aunque sea por los pelos, también por los pelos se pierden, pero cómo saberlo.

El hombre del libro aferró la barra vertical y abrió de nuevo su novela, ellos volvieron a sentarse juntos.

-¿Estás molesta por algo?

-Que no, de verdad, estoy muy cansada y me duele la espalda, en cuanto llegue a casa me acuesto.

En esta ocasión la compañera no se volvió para decirle adiós con la mano, Marco ladeado apoyó la sien contra el cristal, le gustaba verla caminar, pero hoy andaba más rígida fue la primera vez que tuvo sensación de pérdida y se le anudó la garganta con un miedo extraño. El hombre del libro ocupó el asiento de ella.

-Soy un gilipollas. –Murmuró.

-Sí, un poco.

-¿Cómo dice?

El hombre extendió la mano.

-Luis, me llamo Luis, no he podido evitar escucharos -expresó con acento latino-. Sabes de sobra que tu mujer es un error, -guapa imagino- un bombón hueco, pero la que se ha ido es más que eso, dentro tiene licor. –Había retirado la mano sin que Marco perplejo la hubiese estrechado-. Arregla tus cosas y empieza a rondarla porque en la frente llevaba escrito que va a dejar el trabajo para que no le duelas más.

-Oiga y usted quién es y quién le ha dado vela en este ent…

-Soy uno que escribe novelas. Cazo historias –sonrió- y en los autobuses y en el metro se acumulan las mejores y la tuya me gustaría que terminase bien.

Guardó el libro en el bolso cruzado, A Marco le dio tiempo a leer el título sobre la colorida portada selvática, “Un viejo que leía novelas de amor”. 

Luis vestía una sudadera negra con una estrella grande estampada en el pecho y un poco recostada encima de la curva de su relajado estómago, el empleado de la gasolinera no había reparado en ella hasta ese momento, el hombre se marchó, y por alguna razón indescifrable a Marco se le metió en la cabeza aquel tema de una tal Mari Trini que a menudo tarareaba su madre: “Por qué a mí se me ha caído una estrella en el jardín.” No advirtió que se habían abierto de par en par las puertas.

***

Este es mi pequeño homenaje al gran escritor chileno Luis Sepúlveda. Se lo llevó la pandemia antes de tiempo. Con el deseo de que su maravillosa estrella siga iluminando las calles de Gijón. 

Pili Zori.

 

CUADERNO DE NOTAS: Puzzle vital

    A menudo tengo la impresión de que nuestra existencia es un puzzle infinito lleno de multitud de pequeñas piezas en cuya composición entran paisajes, personas, desiertos, montañas, bosques, vergeles, cielos y mares.

    Es importante que cada trocito encaje, encontrar tu lugar en el mundo, que no es fácil, pero ¿quién troquela?, puedes pasar toda una vida errante buscando el hueco a ratos cortos o largos para tratar de acoplarte en alguno similar a tu silueta, hasta que te echan la dueña o el dueño de ese asiento numerado cuya cifra no habías visto, y te vas rumiando equívocos, y te pones a circunvalar de nuevo rotondas y más rotondas, dando vueltas y más vueltas por plazas y  por glorietas hasta marearte sin entender las enigmáticas señales de los caminos borrados por tanto desgaste.

    ¿Engordas o enflaqueces para adaptarte mientras te prestan el sitio? ¿Te colocan o eres tú quien finalmente se asienta en el espacio legítimo, propio y genuino? ¿Son las manos o las pinzas de un gigante las que te remueven?

    Tantas y tantas piezas rodando por las ciudades sin saber que su lugar es el campo, tantos pisando terrones cuando sus pies son de asfalto, tantas amistades de choque mientras la solitaria y verdadera aguarda en la otra punta cansada de dar rodeos por la peligrosa y reluciente pista de patinaje, tantos rivales apiñados y empeñados en tareas advenedizas que no les corresponden, que no son suyas, tantas piezas despeñadas desde el tablero que sostiene el rompecabezas, perdidas o dañadas, ya inservibles, tanto borde inacabado cuando prematuramente llega la parca caminando por el alambre que sobrevuela el abismo.

    No hace mucho que siento la certeza de que ya estoy en el mío.  Mi lugar es de libros y de cine, de teclados, lapiceros y bolígrafos, de pantallas y papeles sin mecenas, pero sin colarme de rondona en ningún cercado ajeno, mi rincón es de familia y puñadito de afectos, que hasta para eso soy prudente, no vaya a ser que el de enfrente no desee sentirse amigo para no comprometerse. No adulo ni sostengo levita alguna, no conozco el mecanismo de la sociabilidad a lo grande.  Me llena mi noventera decoración rodeada de gotelé, acero, laca y cristales. Y sueño contigo lector, aunque no te vea, aunque no me pagues. Ten, por si lo quieres, aquí te dejo algo mío.

Cuaderno de notas.

Pili Zori.


"Saber perder", de DAVID TRUEBA

    Lo inquietante e hipnótico de la novela “Saber perder” es el río subterráneo y desbocado que corre por debajo del orden cotidiano de la gente “corriente”.

    Asusta el desequilibrio que subyace en el interior de los personajes y seguramente de todos nosotros.

    ¿Qué fuerzas, inercias y frenos son entonces los que nos mantienen fuera de peligro, los que nos vuelven sensatos?

    ¿Qué conductas nos producen sensación de seguridad y qué resortes consiguen que ignoremos las fragilidades vergonzosas que también forman, o podrían formar parte de nuestras esencias?

    ¿Qué es ganar? ¿Qué es perder? ¿Acaso son premisas falsas que nos impiden por dentro vivir y que conducen sin remedio al veneno de la frustración en la sangre, al sentimiento de fracaso galopando por las venas del pensamiento como una leucemia autodestructiva? ¿En qué consiste triunfar? ¿De qué está compuesto el fracaso? ¿Quiénes inoculan el pandémico decálogo que todos seguimos con orejeras?, y ¿de qué manera y con qué fin se utilizan dichos mandamientos hasta que el sujeto enferma de pestilente amargura? ¿A quién beneficia? ¿A quién conviene? ¿Confundimos la dignidad con el orgullo? ¿echamos balones fuera para no asumir la parte de responsabilidad en lo que consideramos nuestras pérdidas? ¿Qué impedimentos nos conducen a la incomunicación? ¿Por qué preferimos ocultar, encubrir? ¿Por qué le rendimos tanto culto a la imagen laboral, al escalafón social? Esos interrogantes y muchos más son los que me ha suscitado la novela. Los miedos no dejan vivir, ese es el problema, que el temor a fracasar, a defraudar o a sentirse decepcionado, pringa la vida.

    Tal vez la respuesta sea que todos somos number one de nuestras propias existencias, seres únicos en el mundo y a esa lealtad nos debamos, o al menos a saber usar nuestro tamiz para discernir y no el de otros con sus varas de medir, de adocenar... Quizá no se trate de llenar el vacío, sino de no estar vacíos, el logro tal vez consista en transgredir una escala de valores errónea.

    David Trueba afirma que no hay nada nuevo bajo el sol, que todo está escrito, pero lo que sí añade como inédito es que tu camino aún no está hecho o acabado y en el trayecto aportas tu forma singular de mirarlo, de estrenarlo, por ello puedes coincidir en la temática, pero nunca imitar.

    En esta narración de vidas cruzadas surge un asesinato deseado, pero no buscado: ¿fortuito?, habría que preguntar al inconsciente del personaje. No es el único crimen que aparece en escena. Añado que en las guerras también se mata y después se continúa con la existencia ¿acaso el problema de conciencia es distinto dependiendo del contexto?

    La novela negra se caracteriza por tirar de la manta social para ver la podredumbre que se oculta debajo. La trama de "Saber perder" no persigue la solución externa y policiaca, es otro tipo de novela negra, ni se pregunta si hay entre nosotros -fuera de las páginas- crímenes sin resolver porque se han considerado accidentales, o atribuidos a otros, más bien señala la espada de Damocles pendiendo del hilo de crin, y se pregunta sobre el falso derecho a matar ya que decidir si alguien merece o no la muerte es un anhelo oscuro subjetivo, y no somos quién, ni siquiera dioses o jueces pueden arrogarse dicha facultad, aunque en los libros sí esté permitida la justicia poética.

    El desasosiego quizá nos lo produce precisamente saber que un ser bondadoso e injustamente tratado pueda asesinar y seguir con su día a día cotidianos, al menos en apariencia. La idea de que somos capaces de lo peor y también de lo mejor -como reitero a menudo- rompe nuestra línea de flotación extendida sobre las certezas que creemos inamovibles y que nunca se tambalearán. Pensamos que hay fronteras que jamás vamos a cruzar y que estamos situados en el lado correcto, pero todo es cuestión de decisiones, con un mismo bisturí se puede matar y también salvar vidas.

    Paco embaucó a Lorenzo, le traicionó como amigo y como socio, le robó, y le condujo hasta rodar cuesta abajo, Pilar, la mujer de Lorenzo finalmente le abandonó. Bastan pocas pinceladas para que el lector cale el tipo de impresentable que es Paco, y cuantos especímenes como él nos rodean y la corte de aduladores que consiguen, David Trueba las pinta, plasma y define en este retrato impresionista de forma certera y contundente. 

Algunas compañeras del club de literatura echaron de menos el monólogo interior, escuchar los sentimientos y zozobras de los personajes para conocerlos más, mejor quizá. Pero el autor prefirió elegir la mirada exterior posiblemente por ser cineasta, son lenguajes distintos. 

El sexo explícito y las diferentes formas de encararlo a cada edad y en cada caso nos dio un amplio espectro entre Eros y Thanatos, las fuerzas contrapuestas que marcan las vidas.     

    Sylvia es la hija de Lorenzo y decide seguir viviendo con su padre tal vez para guardar un equilibrio ecuánime en la balanza sin dejar por ello de querer a su madre.

    El día que Sylvia cumple dieciséis años se encuentra en el umbral que ha de dar paso al mundo adulto, periodo que conlleva inseguridades y toma de decisiones sobre las líneas maestras que has de trazar para el futuro, y en esa zozobra, súbitamente, sufre un atropello que le parte una pierna, -la interpretación puede ser real y metafórica al mismo tiempo- y así es como entra de forma abrupta en la madurez. Su existencia se cruza con la de Ariel recién llegado de Argentina como joven promesa del fútbol, se espera todo de su pie izquierdo.

    De nuevo el autor nos asomará a la trastienda de compra y venta de mercancía humana que a la mínima lesión queda inservible y por tanto desechable, un mundo desconocido para el espectador que idealiza la parte pública y visible, pero ignora que detrás de la idolatría hacia sus héroes y semidioses paganos a menudo las relaciones rozan el trato de mafia. Chicos muy jóvenes -arrancados de raíz antes de haber florecido, provenientes de distintas partes del globo y por tanto con problemas de aclimatación- son dirigidos hacia las turbulencias por las que después son denostados: putiferio vistoso, adicción al dinero... Eso sí, los maleados decrépitos sin embargo se van de rositas tras pervertir. “El poder consiste en que antes que tu cabeza siempre haya otras que cortar, así es el fútbol.” -Expresa el personaje.

    La paradoja es que al amor auténtico y libre no le queda otro remedio que ser clandestino.

    David Trueba se detiene en el análisis para no dejar títere con cabeza, y el veredicto tampoco excluye al público.

    La autenticidad de Sylvia, su honradez y valentía para saber que la entrega es desigual y afrontarlo, para no forzar y para renunciar si es necesario, nos sirven el contraste. La elegancia de corazón nada tiene que ver con la edad cronológica. Ella y su abuela Aurora son los personajes más limpios del elenco.

    Por suerte los caminos de Ariel y Sylvia no están cerrados, como tampoco lo están otras posibilidades, a quien lee le queda el deseo y el privilegio de poner el broche de cierre a su gusto, porque lo importante no es cómo empieza o acaba el amor sino cómo se desarrolla, y aún queda trecho para ambos, juntos o por separado, en cualquier caso el destino les ha regalado un inolvidable trozo de ambrosía.

    Leandro es el padre de Lorenzo y el abuelo de Sylvia, un prestigioso profesor de piano. A su mujer, Aurora, se le rompe la cadera en el baño y ese preliminar anuncia una grave enfermedad.

    ¿Por qué se desenfrena alguien cuya vida es feliz y de súbito comienza a frecuentar un burdel de lujo mientras su esposa está en el hospital? ¿A qué obedece la obsesión por Osembe, una prostituta nigeriana con la que se ciega sin escuchar las señales, sin reparar en que está descendiendo a los infiernos de la ruina económica? ¿Negarse a ser viejo? -“Nadie nos enseña a envejecer”, leemos en un pasaje- ¿Miedo a la muerte? ¿Desquite sucedáneo de lo no conseguido? ¿Por qué se autodestruye la gente dejándose llevar por las iras, el juego, la avaricia, la envidia, el sexo…? El quid no reside en el hecho sino en la búsqueda de la respuesta.

    Joaquín, su amigo sí logró ser un gran concertista de piano con reconocido talento. En la página 376, (magistral para mí y tal vez la esencia, el latido de la novela, la explicación profunda, el balance…) comprendemos el trasfondo del resentimiento de Leandro, ese síndrome Salieri-Amadeus, las dos Españas con sus desigualdades arrastradas, las oportunidades aprovechadas y la falta de ellas...

    La entrevista que le solicita el biógrafo de Joaquín para que Leandro hable de el famoso concertista es impresionante, y de nuevo la generosidad del supuesto “triunfador” es aleccionadora, -aunque no me gusta la palabra en este caso no admite sustitución-. Tener que agachar la cabeza, meter el rabo entre las piernas y aceptar las consecuencias que has desatado es una de las peores experiencias. Confieso que de los protagonistas quien más nerviosa me ponía era Leandro, pero en su descargo también debo reseñar que de todos los personajes es quien desde el principio muestra sus cartas boca arriba, y con las contradicciones y complejidades que subyacen bajo sus disparates y pérdidas de rumbo puedes llegar a comprender su extraña clase de inmolación.  

    Daniela es la vecina ecuatoriana por la que Lorenzo se siente
atraído, de nuevo la falta de oído ante las señales, en esta novela las mujeres siempre saben lo que en verdad buscan y necesitan ellos, ellos sin embargo resultan bastante más egocéntricos. Las cicatrices que Daniela tiene en la espalda hablan a gritos de su pasado, "mi padre tomaba mucho", -nos dice-, la reiteración sobre lo sucio y la necesidad excesiva de iglesia dejan en evidencia para cualquiera que escuche que sufrió abusos y que busca denodadamente purificarse -síndrome injusto de la víctima sin culpa alguna-, pero Lorenzo se limita a considerarla loca cuando en la cama precisamente ella le ofrece lo aprendido y lo que considera que él necesita, ella sabe que sus expectativas y objetivos son distintos y a mi juicio la ecuatoriana tenía razón.

La novela trata la religión como resorte que puede dar sentido a la vida, a través de la esposa de Amílcar, de Daniela y del Pastor, para unos lectores el tono elegido será irónico y para otros legítima salida, no voy a entrar en especulaciones sobre creencias, dado que son asuntos personales.


    Saber perder conjuga en su fidedigno retrato tres generaciones desenvolviéndose al mismo tiempo con sus dificultades, incertidumbres y falta de garantías, la vida exige valentía, y debajo no hay red; Mai y Sylvia viajan a países extranjeros sin que sus padres lo sepan, de nuevo la ceguera tranquilona que nos acuna en las confiadas certezas, pero la vida es un riesgo que hay que correr, y la de los hijos es de ellos, no nuestra.

    David Trueba nos muestra -como decía aquel anuncio que citaba a Paul Éluard- que “hay otros mundos, pero están en éste” y los analiza desde muchas ópticas: Los sin papeles, las prostitutas, el fútbol, el periodismo voraz y sin escrúpulos, los hospitales… y sobre todo subraya nuestra vulnerabilidad. Somos como ríos, estamos hechos de agua limpia y cristalina, pero también de fangos piedras y barros sedimentados en el surco, hemos de saber que cualquier corriente puede alborotarlos y enmarañar así todo lo que albergan en las orillas de su cauce.

Cuando Benita, la empleada del hogar se despide le dice en el abrazo a Leandro: "Venimos aquí" -refiriéndose al mundo- "a que nos domen". "La vida exige un grado alto de sumisión" -escuchamos el pensamiento de Leandro-, "todo lo demás es suicida".  

    Saber perder” se asoma a las partes sórdidas de las personas sin edulcorarlas, ni pulirlas, ni limarlas, y dos de los grandes logros del autor son que las arrostra extrayendo la ternura del lote completo, y el de amar sin juzgar. En esta novela hay muchas fracturas óseas, la cadera de Aurora, la pierna de Sylvia, la clavícula y fisura craneal del compañero de trabajo de Lorenzo, el pie de Ariel... y es que los personajes se rompen, también por dentro, y su delicada fragilidad nos hace pensar en la nuestra.

    Como he dicho en otras ocasiones comprender no es justificar, ni exime de pagar el precio de tus actos.

    Son cuatro protagonistas en apariencia, pero en este mecanismo de alta precisión que representa entre muchos aspectos el tiempo urbano actual brilla la polifonía de todos sus componentes, no hay secundarios, aunque sí espacio para los solos, me vale la doble acepción.

    No me extraña que le dieran a esta novela el Premio Nacional de la Crítica, seguramente el más difícil de conseguir dado que quienes valoran usan los métodos y lupas más sesudos.

    Si la comparamos con una prenda de vestir vemos que la hechura es perfecta y los remates interiores y exteriores de cada pieza confirman el lujo artístico hecho a mano que jamás se podría reproducir en serie. Obra única, aunque el lector pueda usarla como un genuino y cómodo prêt-à porter. Cada final de capítulo es rotundo, y nos deja con la miel en los labios, la intriga y las tensiones están muy bien dosificadas y las historias de los protagonistas gozan del mismo peso y comparten la misma fuerza, aunque el eje de rotación sea Leandro, la sinfonía es perfecta. 

    Después vienen los materiales elegidos, las calidades, en este caso abandonamos el símil porque el hilo, las puntadas y la simétrica combinación de telas fueron unidas con costuras de palabras, de lenguaje… de literatura, en definitiva, y la diferencia reside en cómo las engarza y coloca cada escritor.

    Tras las herramientas elegidas vienen el estilo, el ritmo, el tono y el contenido, ahí manda el lector, y el momento por el que esté pasando para leer influye, Saber perder no es complaciente y despierta filias y fobias durante el camino, el aviso queda hecho, pero como los libros una vez adquiridos no se destruyen ni se desgastan en realidad nunca son abandonados y en cualquier momento se puede retomar su lectura. Hago esta aclaración probablemente innecesaria porque no estamos frente a una novela de evasión, su música interna suena con el desgarro y la delicadeza de las paradójicas baladas de un grupo de rock duro, o de un triste pero hermoso blues.

    Recomiendo que al llegar al final para abrochar el collar volvamos al comienzo y leamos de nuevo la cita con los versos de W. H. Auden. Lullaby:

 Dejad que en mis brazos hasta el alba/ Repose la criatura viviente,/ Mortal, culpable, pero para mí/ Absolutamente hermosa.

    La novela que tratamos no es previsible y contiene muchas transgresiones necesarias.

    No voy a insistir en el currículo de David Trueba, Internet os dará buena cuenta sobre este periodista, cineasta y escritor de cine y de literatura con mayúsculas, galardonado con sendos premios, entre ellos varios Goya… pero sí destacaré que da gusto escuchar al menor de ocho hermanos, -el tercero de ellos Premio Oscar- y añadiré que ha gozado de la ventaja de almacenar las experiencias fraternales de todos, pero también ha tenido que conquistar su lugar en el mundo con nombre propio y sin ser comparado. Se agradece su cercanía entre tantos divos y divas, hay mucho estirado absurdo de cualquier tendencia, en eso nadie tiene la exclusiva, incluso dentro la gauche divine, y mira que me duele admitirlo.


    Hace pocos días la escritora Beatriz Olivenza me regalaba una cita de nuestro admirado Paul Auster, hoy la dejo a vuestros pies como un delicado obsequio de los Reyes Magos:

    “Creo que la novela es el lugar del planeta donde los verdaderos extraños se pueden encontrar en términos de absoluta intimidad”. (Paul Auster).

    Un abrazo, hasta el próximo encuentro.

    
Pili Zori

"Nubosidad variable", de CARMEN MARTÍN GAITE

    Carmen Martín Gaite perteneció a aquel grupo al que nombraron como la generación de los cincuenta, o escritores de la posguerra, aunque ella aclaraba que simplemente eran amigos a quienes les entusiasmaba hablar de literatura y de libros, pasear por Madrid, entonces menos ruidoso, sin apenas coches, con poca gente, e ir a los cafés o tascas, un tiempo sin televisores en el que cultivar la conversación era un placer de ritmo más lento que el de hoy -en el que enseguida alguien dice: ¡Al grano!-, y también quizá más brillante y fructífero.

    Ninguno sabía que todos ellos iban a ser famosos y conocidos por los libros que escribirían, obras caracterizadas por un neorrealismo español que buscaba plasmar las voces del momento como si se limitaran a colocar un micrófono o cámara delante de lo que escuchaban o miraban para dar testimonio, para ser testigos, una mirada exterior.

    Carmen Martín Gaite también plasmó su época -con las evoluciones e involuciones- hasta el fin de sus días, como muestran El balneario, Entre visillos, Ritmo lento, Retahílas, Fragmentos de interior… pero además ella incorporó la introspección, o mirada interior, el psicoanálisis, las partes oníricas, las ensoñaciones, en definitiva, el lirismo y las imágenes poéticas.

    Sus leitmotiv, es decir, sus constantes, sus preocupaciones, siempre fueron la búsqueda de interlocutor, -de hecho escribió un ensayo con dicho título-, el hallazgo de encontrar a esa persona que te comprende y a quien tú comprendes, alguien con quien estableces una conexión absoluta, y como es un logro difícil de hallar dado que nos escuchamos mal por el ruido interior que llevamos, que nos hablamos mal, como ella afirmaba, la literatura lo compensa con esa especie de amigo imaginario deseable, puesto que en una novela sucede lo que el autor decide que pase.

    Otra de las constantes de su escritura es el deseo de escapar de situaciones opresivas, o de los estrechos esquemas de una sociedad provinciana, o de un matrimonio asfixiante, espacios que restan libertad sobre todo a la mujer a quien sin duda ella dio su lugar, Nubosidad variable prácticamente es una coral femenina.


    Me permito la licencia de opinar que fue profundamente feminista, más que muchas militantes que ejercieron sólo en apariencia -ya que en todos los movimientos revolucionarios se padecen sarampiones temporales- y criticó que algunos sectores incurrieran en los mismos defectos del hombre que estaban denostando: como imponer criterios de dominio. Sobra aclarar que hay una gran mayoría de hombres que creen en la igualdad de oportunidades y luchan por ella.

    A menudo los cambios sociales tienen brusquedades necesarias que generalizan y meten a todo el mundo en el mismo saco, hoy sabemos que menospreciar el valor de aquellas que no trabajaban de forma remunerada fuera de sus casas, hace que nos preguntemos ¿qué eran las mujeres rurales, por ejemplo, que trillaban, ayudaban en el campo, lavaban en los ríos, criaban hijos y mantenían el orden y la limpieza en rudimentarias viviendas sin electrodomésticos? Paradójicamente las que hacían mucho menos, pero en hogares ajenos, cobraban sin embargo un salario por el trabajo doméstico, habría que especificar y revisar por tanto en qué lugar tendríamos que situar la independencia. ¿Acaso trabajar no va asociado a menudo a oír, ver y callar? Es decir: ¿a llevar mordaza? En la página 100 nos dice que las criadas conocen mejor que nadie esas historias familiares porque han eliminado lo superfluo y se quedan con lo esencial y porque han sido testigos sin decir nada.

    Ella pertenecía a una familia acomodada; su padre, un notario prestigioso y querido, amante de la literatura y de la historia quiso junto a su esposa que sus dos hijas realizasen estudios superiores. En la facultad de Carmen sólo había seis chicas. Estuvo becada en Portugal y también en Francia y allí sí que vio el contraste con nuestro país y comprendió que ese espíritu libre por el que durante toda su existencia se caracterizó sí tenía cabida, y se lo trajo de allí.

    En nuestro club de literatura hemos leído obras de casi todos los componentes de aquel grupo, de Ignacio Aldecoa con quien Carmen Martín Gaite estudió en Salamanca, -la ciudad en la que ella nació-, tuvimos entre las manos Gran sol; de Josefina Rodríguez leímos Historia de una maestra y El enigma, fue la mujer de Ignacio, aunque pronto enviudaría ya que él murió con tan sólo 42 años, su marcha supuso una enorme pérdida para la literatura, ella se añadiría el apellido tras quedarse sin él, Josefina R Aldecoa además creó La Institución Libre de Enseñanza.

    Carmen Martín Gaite también se casaría con Rafael Sánchez Ferlosio, de él leímos El Jarama, a su vez formaban parte del clan, -tal vez algo endogámico en sentido homógamo-, Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre, Medardo Fraile, cineastas como Berlanga, y pintores y artistas de otras disciplinas.

    De Rafael Sánchez Ferlosio se separó tras diecisiete años de matrimonio, al parecer tenía un carácter bastante maniático, escribía durante toda la noche, dormía de día... pero ella nunca habló mal de él aunque en las enigmáticas dedicatorias que Carmen Martín Gaite colocaba en las novelas y ensayos que escribía se puede resumir y pespuntear su vida, y aún dentro de la ambigüedad a buen entendedor…: “Para Rafael que me enseñó a habitar la soledad y a no ser una señora”.

    En Nubosidad variable se alberga la más dolorosa: “Para el alma que ella dejó de guardia permanente, como una lucecita encendida, en mi casa, en mi cuerpo, y en el nombre por el que me llamaba”.

    Calila, así nombraba a Carmiña Marta, su hija, cuando era niña, murió con 29 años contagiada de sida. Carmen Martín Gaite ya había perdido a su primer hijo, Miguel, cuando tenía nueve meses a causa de meningitis. A pesar de su tragedia y de su inconsolable sufrimiento siempre fue una mujer muy positiva y amable con los demás cuya literatura resultó para ella tabla de salvación. Tuvo la suerte de contar con el mecenazgo de los editores.

    “Mientras dure la vida sigamos con el cuento”. Expresó en El cuento de nunca acabar.

    “Mientras dure la vida hablemos de vida”.

   Con Caperucita en Manhattan intentó explorar los peligros que acecharon a su hija. Carmen huyó durante un tiempo a Nueva York para dar clases y no tener que deambular entre los dolorosos enseres y la ausencia de Marta.

    Nubosidad variable no sólo trata la recuperación de una amistad, también retrata un tiempo, los ochenta, y lo hace en la descripción de los interiores, la decoración clásica de torneadas patas y muebles robustos de los anteriores ricos da paso a los diseños diáfanos más ligeros y lineales de lofts amplios como naves industriales amueblados con lacas, acero y cristal de los nuevos acaudalados que hablan del dinero por kilos. Refleja el tiempo de la cultura del pelotazo, todos querían emular a Mario Conde, describe los cócteles multitudinarios de la corte de aduladores de los nuevos millonarios, fue un tiempo de recibir y reunirse en las casas, de acoger a invitados... la crisis acabaría con la comparsa y la exhibición.

    Las dos narradoras van construyendo con las epístolas y escritos -que más adelante intercambiarán- la novela en sí, y el lector asiste a dicha construcción y ve cómo poco a poco se alza el edificio desde el esqueleto, desde los cimientos. El hecho de escribir la una para la otra y de intentar ordenar lo que cuentan para que sea entendible consigue en el fondo que cada una de ellas se analice y encuentre a sí misma. En la página 197 dice con cierta ironía: “No, hombre, no te preocupes. Es que tengo un alter ego que me manda escribir. Esquizofrenia si quieres, pero controlada. Delegas en otro para que te cuente lo que te pasa, y ese otro que también eres tú, lo mira todo desde fuera, luego cuando quieres recordar se ha separado de ti y acaba existiendo”. El lector se pregunta si está contemplando a un mismo ser desdoblado compuesto por ambas protagonistas, o si la novela trata de una excusa para poder decir en las páginas lo que la autora habría deseado exponerle a otra amiga fuera de ellas.

    Nubosidad variable parece interrogar sobre qué es el éxito o el fracaso, Sofía sube por escaleras de mármol, está casada con un próspero ejecutivo, -oportunista y advenedizo dirían lectores menos benévolos, o más exactos quizá-. Y Mariana es la psiquiatra de moda entre la crème de la crème, pero ambas sienten la derrota, vemos el balance de ese inciso de tres décadas que se produce en el umbral del paso a la juventud, punto en el que la amistad se rompe, y comprendemos que las vidas de ambas prometían desarrollos diferentes, y en el reencuentro deducimos en qué se han convertido: Sofía se ha diluido en la familia y en el desamor y no siguió escribiendo a pesar de que durante su tiempo de estudiante uno de sus mejores profesores la incitase a hacerlo: “Siga escribiendo señorita Montalvo, no lo deje nunca”, y Mariana de tanto sujetar cordura y enmendar desequilibrios a pacientes también se pierde y disuelve en ellos. Como siempre el dilema eterno está servido:¿Quién cuida a quienes cuidan?


    El lector comprende que el grado de implicación de Mariana con dos de sus pacientes rompe cualquier protocolo, y deduce que es una licencia de la autora ya que fuera de las páginas, cuando algo así sucede, el psiquiatra tendría que derivarlos a otro profesional siguiendo el código deontológico. Tal vez -me permito opinar subjetivamente- bastaría con que la autora justificase la actitud de algún modo, pero en cualquier caso estoy convencida de que cruzar la línea invisible sucede más a menudo de lo que los profesionales están dispuestos a admitir, por tanto no es increíble, y me parece un acierto que se muestre la vulnerabilidad personal de Mariana aunque su método y pericia profesionales sean impecables, se nos olvida que  psicólogos y psiquiatras también necesitan ayuda terapéutica, con mayor motivo si cabe a tenor de lo que escuchan y tratan cada día.

    La autora le presta a Mariana sus ensayos sobre los usos amorosos del siglo XVIII y los de la posguerra española, en Nubosidad variable comenta que está escribiendo un estudio sobre erotismo desde la mirada de su profesión. De nuevo asistimos al reparto entre ambas de asuntos personales que provienen de fuera. 

    Las nubes son como almas que nos sobrevuelan, flotantes y por tanto estados de ánimo que fluctúan, algunas han de encogerse para no colisionar con las de los otros y viceversa, porque al igual que ellas los estados de ánimo son variables.

    Vamos a conocer a muchos personajes accesorios como las protagonistas los denominan, pero que forman parte del ambiente, porque en la vida, además de los asuntos que te ocurren, a tu alrededor también están sucediéndoles otros a los demás, Sofía insiste en los trocitos, en que todo se produce y se nos presenta en trocitos. Martín Gaite además de escribir creaba collages, ese arte que cobra unidad y sentido por la forma en la que colocas pedazos de imágenes recortadas, piezas, dibujos o frases. Así es la escritura de Carmen Martín Gaite, comienza en sus “cuadernos para todo”, en ellos puedes encontrar citas, listas, variopintas anotaciones, avisos… son pequeños almacenes cuyas piezas más tarde irá colocando para que compongan lo que con ellas ha querido decir, ha conseguido crear y en Nubosidad variable el lector tiene el privilegio de ver el making off, el cómo se hizo. Todos los escritores usamos ese tipo de cuadernos aparentemente caóticos que delatan los pormenores e inventarios de nuestras existencias, que nada tienen que ver con un diario, pero sí dan más cuenta de nosotros de la que tal vez querríamos cuando se colocan en su sitio las piezas de nuestro puzzle vital.

    Hay en la novela un pasaje precioso en el que Sofía, enseña a su hija a retener la creatividad, y que explica con precisión el sentido de la escritura como a mi parecer nunca antes se había expresado: 

    “Pero esa historia -le dije- si no se la cuentas a alguien o no la escribes, también se olvida y luego sale rota cuando la quieres recordar. O sea que todo se rompe siempre un poco y hay que pegarlo otra vez, qué se le va a hacer, un cachito de aquí, otro de allá, todo son cachitos”.

    Escucharemos y contrastaremos varios lenguajes, el culto e intelectual de las dos protagonistas, el popular de pies en tierra de las empleadas de servicio doméstico, el de los hijos, otra generación que transitó en tiempo de cambio con la alegría de haber salido de una dictadura pero tal vez confundiendo en determinados sectores la felicidad con otros sucedáneos artificiales, el equívoco de una valentía que creyó salvar los riesgos de venenos y acíbares con trampa, y el elegante hablar de los camareros con la sabiduría que concede el oficio...

    Las nubes en su movimiento a veces transparentan y en esta novela trasluce a menudo el pentimento de la autora cuando el dolor personal se le escapa sin apenas camuflaje en frases y pasajes en los que el lector puede verlo con perfecta nitidez.

    Las nubes contienen el llanto del cielo, les decimos a veces a los niños porque sólo ellos saben con certeza que las metáforas son literales, los niños son los interlocutores perfectos. Las lágrimas de Nubosidad variable están muy retenidas.

    Aquí dejo uno de esos dolores transparentes que la escritora colocó al desgaire en apariencia y que podría pasar inadvertido: “Como cuando te llaman para reconocer a un muerto y tienes que levantar la sábana”.

    Me pregunto cómo recibiría la noticia de la muerte de Marta. También de forma velada habla de abejas que clavan aguijones y de vacunas que aún no están creadas.

    “Todas las pesadillas son horribles y tratan de eso: de que te caes”.

   “Esbozaba una sonrisa dirigida al sacacorchos, pero se le quebró a medio camino como tragada hacia un pozo de sombras del que yo no sé nada. Seguramente ella sabe más del mío”.

    Menos mal que a veces la esperanza para sobrevivir dentro de ti encuentra el bálsamo: “…con una amiga de la propia edad y gustos parecidos, porque los chicos en cuanto crecen ya radian en otra onda y hablan raro y no sabes lo que piensan de ti”.

    Mi morbosa imaginación a veces juega con la idea de que Guillermo es en realidad Ignacio Aldecoa, pero no hay que tenerla en cuenta porque los profesores también me decían en clase demasiado a menudo: "Zori, está usted en las nubes".

    Carmen Martín Gaite murió abrazada a su cuaderno en el que estaba escribiendo su última novela Los parentescos. La bellísima imagen de réquiem se expresa por sí sola.

    Un abrazo y hasta el próximo encuentro en este cuaderno para todo que es mi blog, con el deseo de que no os perdáis por sus vericuetos.

Pili Zori