"Un amor", de SARA MESA

 Como dije en la entrada que le hice en el blog a su novela Una familia, hay espejos en los que no nos gusta mirarnos pero Sara Mesa nos los pone delante ¿con qué fin? Lo desconozco, aunque subjetivamente me atrevo a decir que a la autora le gusta desmitificar conceptos manidos y artificiales, ideas institucionalizadas e hipócritas que amparadas en los lugares comunes tal vez le hayan hecho daño, o simplemente duelen sin que nadie las ponga en cuestión.

La escritora no pretendía poner en solfa los ambientes rurales que suelen ser vistos de forma bucólica e idealizada, casi siempre con razón, pero no olvidemos que también tienen cara b, y ese es el subrayado que la escritora hace de pasada.

Sara Mesa se limitó a elegir un espacio árido, agreste y hostil de interior, sin mar, sin playa, sin montaña, sin encanto… que la protagonista elige como retiro temporal o huida de un episodio laboral que ¿le avergüenza?, ¿por soberbia?, ¿se va por dignidad?, ¿escapa de una cárcel invisible en la que dicha mancha con seguridad sería rebozada y cobrada a precio de vejación a cada paso? El lector decide. 

Nat, diminutivo de Natalia, ese es el nombre del personaje principal, cae allí porque ha encontrado un alquiler barato en una pedanía sin raíces a la que han ido a parar forasteros de distintos pelajes, con sus reglas comunitarias difíciles de descifrar para ella e impositivas. 

De camino hacia la “vivienda” ya la recibe una pintada insultante y antigua en otra pared que nadie ha borrado -muy significativo el linchamiento recordatorio-: allí vivió una pareja incestuosa de hermanos, no vaya a ser que se le olvide a alguien el pecado. Como es natural no veo bien ninguna relación de incesto, pero lo que no justifico es la utilización del apedreo de jauría, ya sea simbólico o real. La pincelada es anecdótica en apariencia, pero tras leer otras obras de la autora sigo comprobando que dice lo máximo en lo mínimo sin conducirte, sin mensajearte, sin opinar sobre ello, y que bajo cada apunte descansa un iceberg.

En mi opinión su estilo narrativo es el del escultor que va retirando el mármol que sobra hasta que a base de Cincel, maza, martillo, puntero y diamante aparece la vida en el corazón de la piedra. Estaba en el interior y ella la saca de ahí para mostrarla.

Por fin Nat llega a SU casa de alquiler, que está hecha una ruina, con goteras, problemas de cañerías, llena de suciedad… y un casero invasivo que entra allí a cualquier hora como Pedro por su casa con actitudes de patán prepotente, y de estafador anticuado, miserable y pesetero. Como presente le regala un perro mal cuidado que campa por sus respetos, se supone que están en el campo. El papel de Sieso, así bautiza al can, también levanta otro debate ampolla sobre la libertad y ¿sus peligros?: ¿atar, desatar, domesticar...?

En esa localidad también vive un matrimonio de ancianos, la esposa padece Alzheimer y Nat que se encuentra en un momento de bloqueo con su traducción decide ayudar a la mujer -con enfermedad de olvido- que tiene otras normas afectivas, sin convenciones, más esenciales, lavar su cuerpo en caricia, sentirse familia de alguien -sin memoria- que la mira como si lo fuera es un bálsamo.

Recordar sin dolor los posibles abusos infantiles con el estampado de la culpa y la suciedad en la piel que imprimirían los otros al saberlo... Lavar, ungir, con su significado piadoso, reconstruir, embellecer con plantas... Todo en la narración está anotado con el trazo rápido y brillante de la estela de un cometa, esa es la rúbrica, pero no juzgado por la autora. Porque tal vez lo importante no sean las respuestas estereotipadas sino las preguntas a cada ser, a cada psique, a cada alma.  


La puesta en escena me recuerda lo que a menudo me decía una persona muy querida que debido a su trabajo pululó por dichos ambientes y pensiones:

 “Los pueblos para los de los pueblos”. 

A pesar de los maravillosos ríos trucheros, amorosos paisajes, románico y demás alicientes,  pero como contrapartida también está el paisanaje, con buenos y también con mezquinos, con viejas del visillo incluidas y rencillas ancestrales. 

Claro que tienen maravillas para que un urbanita se retire a sus cuarteles de invierno y se sienta libre en los ámbitos naturales, y habitantes solidarios, buena gente, por supuesto, pero por otra parte también existe la fiscalización, la picaresca de cobrar a precio de oro las artesanías culinarias, y los alquileres de cuchitriles a precio de loft, con una clase de sentimiento de superioridad basado en la picardía, y con esto no intento ofender porque lo mismito ocurre en los barrios de las ciudades con sus maledicencias, difamaciones, cotilleos…, y también con sus personas extraordinarias y llenas de dignidad, como en cualquier grupo humano. No es bueno idealizar sino aceptar y comprender para poder adaptarte, si es que te lo permiten, incluyéndote tal y como eres, con todo el respeto por tu singularidad y diferencia, y eso es lo que nos muestra cuando escribe Sara Mesa: el equipaje completo, individual y colectivo, público y privado, su mirada social es muy potente, y como dije cuando leí Una familia, mete el escáner, el endoscopio y el estetoscopio y no queda rincón sin diagnosticar.

Pero el quid del debate sobre la novela no está sólo en la atmósfera amenazante y opresiva que lo envuelve, sino en si lo que le sucede a Nat es o no amor, o dominio y sumisión.

***

Aclaro que hablaré de forma hipotética para no desvelar, aunque la tensión no la crea la autora con el desenlace sino que impregna toda la historia plagada de malentendidos, acercamientos y desencuentros y dificultad para la comunicación. 

Cada página contiene esa vulnerabilidad latente y primitiva que recorre la novela por completo. 

En cualquier caso como digo otras veces, si aún no la habéis leído, podéis volver aquí cuando lo hayáis hecho y así me quedo tranquila por si de mis palabras se deducen o desbaratan los elementos sorpresa.

Es fácil desde fuera juzgar y exclamar: ¡Pero por qué esta chica no ha cogido el petate a la primera de cambio y se ha marchado aunque sólo sea por instinto! 

Pues porque en el intento de adaptarse surgen el desvalimiento y la soledad. Contemplamos la invasión buena de Piter (escrito como se pronuncia) al que apodan en Escapa –nombre de la pedanía- como “el Hippie” que diseña vidrieras, así nos lo presenta la escritora, es esa clase de persona que se hace la imprescindible para ayudar, pero que con la excusa de los favores que nadie le ha pedido también se apodera de ti, o lo intenta, ese deseo bienintencionado de doblegar la independencia de una mujer sola, exhibiendo protección  que en realidad es preponderancia, superioridad más educada, pero ejercicio de poder al fin y al cabo sin el respeto debido ni en el fondo ni en la superficie. 

Así mismo conocemos al casero, misógino que la trata como a una posesión que ahora vive en su casa por su beneplácito -aunque le pague, ha de ser en metálico- y que anda al acecho del escote de Nat para ver si cae pieza, y antes de que lo desprecien desprecia con el ¡pero tú qué te has creído pechiplana! -perdón por no citar con exactitud- y lindezas similares, el tosco que disfruta amedrentando y señalando su incompetencia de “niña de ciudad caprichosa como todas”

Y dejo para el final la presentación del Alemán, coprotagonista, que desata en ella sentimientos genuinos en apariencia por ambas partes, pero no vamos a hacerle responsable sólo a él de como evoluciona o involuciona la relación. 

No en vano ella es traductora y ha ido allí para dedicarse plenamente a dicho trabajo transcribiendo a su vez a una dramaturga que creaba en otro idioma diferente a su lengua de origen, y en ese símil, buscado a propósito o no por la autora, encuentro el reflejo de la dificultad que Nat está teniendo para interpretar bien a los otros, para elegir las palabras que usa y las que lee o escucha.

Sí, ante la insólita proposición del Alemán y su curiosa oferta de trueque nacen en ella sentimientos de sumisión, obsesivos, posesivos, de dependencia, de deseo de exclusividad, de celos...

Sara Mesa explora el abuso de poder sutil en todos los ámbitos y aspectos cotidianos, en mujeres, en hombres, en niños…, esos detalles que pasan inadvertidos hasta que ya te han atrapado, como cuando no te atreves a dar tu opinión mientras otro cacarea la suya con contundencia –utilizo sus propias palabras aunque no de forma literal, se las escuché en una entrevista que le hicieron- y es que una cosa es lo que debe ser y otra muy distinta la realidad.

 “¿Son tóxicas las personas, o lo son las relaciones?” -cito al escritor Francecs Miralles que inteligentemente establece dicho matiz-. ¿Acaso alguien ha sabido desmenuzarlas separando todos los ingredientes? Estamos en ello, es lo que intuyo que busca la autora.

 ¿De qué hablamos cuando nos referimos a la reciprocidad en el amor?, ¿de respeto, de pasión, de igualdad, de conexión, de certeza? 


El interior anímico de las personas con todos sus resortes y círculos todavía está inexplorado.

 Cuando alguien se ¿enamora?, o se ¿encoña?, o como queramos nombrar eso que le ocurre a Nat (continúo hablando en hipótesis, no pretendo desvelar o hacer espóiler), si no es correspondido en igual medida y el intercambio resulta desigual, pero no se da cuenta, no hay por qué abochornar a quien se equivocó e interpretó mal las señales, opino que la humillación no debería ir en el lote. 

Tampoco venimos a este mundo para que sepamos defendernos, nadie se espera bofetones sin mano, confías, hay que dar tiempo a la reacción y pensar que como dijo Publio Terencio “Nada de lo humano me resulta ajeno” así que si también los lectores nos vamos a situar por encima de Nat y juzgarla, pues apaga y vámonos.

La novela tiene varias capas de profundidad y en esas honduras de los amores cenagosos caen muchas personas. Nada hay nuevo bajo el sol. 

Sara Mesa se limita a retratar esas facetas.

La novela “Un amor” me ha generado impotencia y malestar, tal vez porque me he sentido engañada por el título. Para desengañarme le pondré interrogaciones ¿Un amor? Y así me reconcilio. 

Esperemos que ninguno de los personajes repita patrón y que los lectores y lectoras también incorporen la alerta, le deseo a Nat que en el aprendizaje encuentre un amor verdadero, duradero, lleno de confianza y comunicación y una estancia más bonita en otro pueblo de personas generosas, abiertas, avanzadas y acogedoras que no pasen facturas de amistad ni busquen provecho.

Un abrazo, hasta el próximo encuentro, cuidaos mucho. 

Gracias por vuestras visitas.

Pili Zori

"Hija de la fortuna" de ISABEL ALLENDE

 Creo que es tiempo de hacer justicia y de declarar a esta novela como el enorme monumento literario que es, ya que cuando salió a la luz la narrativa de Isabel Allende fue denostada por escritores, todos ellos hombres, muy “señoros” y muy bigotudos, no entiendo a cuento de qué ni con qué criterio, ya que como he dicho en otras ocasiones, la envidia es muy cínica y narcisista y se le da bien hacer la envolvente para que parezca que es el ofendido quien injuria, por suerte, más tarde o más temprano la veladura se cae a los pies y quien está rabioso por el bien ajeno que él o ella codiciaba queda en evidencia. Todo el mundo nota la envidia menos quien la cultiva y padece. Lo mismo ocurre con la dignidad que quienes no la poseen no la saben distinguir. 

Isabel Allende -cuando le sacan el tema de la crítica de aquel tiempo- con mucha delicadeza dice que ella se debe a sus lectores y que a ellos les envía el agradecimiento, que lo que no le perdonaban es que vendiera libros, millones de ejemplares añado yo, y enseguida zanja el asunto. 

Es cierto que cuando Carmen Balcells, la sin par, su agente literaria y mecenas se interesó por ella y por su escritura confluyeron varias circunstancias: En España apenas se podía publicar a nuestros autores debido a la censura del gabinete del dictador, y posar la mirada en Hispanoamérica  supuso abrir todas las puertas de par en par, un filón, dado que entre los propios países de América del Sur los autores no se conocían ni leían sus obras mutuamente y por tanto no compartían lectores. 


Así se produjo el llamado boom literario latinoamericano. Isabel Allende vino después -era más joven- en la hornada del post boom, es cierto que al estar en el exilio y llevar el apellido del Presidente Allende –primo hermano de su padre- también provocó cierta aureola que le proporcionó buena acogida y curiosidad por las experiencias que pudiera traer y compartir.

La casa de los espíritus fue un acontecimiento, y Carmen Balcells que la acunó en sus brazos le dijo que se puede escribir un buen primer libro, pero que cuando se comprobaba verdaderamente la valía del autor era en las novelas siguientes, también le advirtió y previno -para que no se hundiera- con el vaticinio de que le costaría mucho más que a los autores masculinos ganarse el respeto y el prestigio con el que ellos contaban de antemano y apostó por ella con todas las de la ley. 27 piezas van ya, un éxito detrás de otro.

Tanto la vida como la literatura de Isabel Angélica Allende son fascinantes, y me extendería de buen grado sin parar de hablar horas y horas llena de entusiasmo, pero acotaremos con esta maravillosa muestra de su  extensa narrativa.

Hija de la Fortuna.

Mi sensación -al sentir por debajo de las frases y los pasajes y escuchar la composición de esta preciosa banda sonora- es la de estar oyendo una música en fuga, como el bolero de Ravel, a la que se van añadiendo más instrumentos cada vez arrimados y ensamblados a la hermosa melodía de base que sostiene la poderosa estructura. 

Nada menos que cuatro culturas se dan cita en ese pentagrama: británica, chilena, china y norteamericana, reunidas en el mismo momento histórico, sin que el lector quede abrumado por la enorme erudición de iceberg que subyace por debajo, las cuatro forman los pilares en simbiosis de un nuevo mundo en el que la autora nos descubre y desmenuza el verdadero espíritu de la libertad -especialmente la de las mujeres-, libres de convencionalismos, de clases sociales, de involuciones y encorsetamientos frente a la dureza de las circunstancias que obligan a actuar en esencia y en equipo, y nos cuenta cómo la fiebre y la avaricia del oro al final importan menos que lo que rodeó a esa quimera: la intendencia que llegaba por mar, gracias a la capacidad con visión de futuro empresarial de otra mujer que huyó de la reclusión de un convento chileno -esa vida era la que la familia reservaba para ella-, material para las construcciones, utensilios, herramientas transportadas a toda velocidad por el moderno y rutilante vapor del barco…

 Y así casi de forma inadvertida el objetivo secundario de los asentamientos y sus necesidades fue pasando a ser el primero y principal, más importante que la codicia del oro, las ciudades nacerían y se consolidarían para siempre con la rúbrica inamovible, tal y como  se asentaron en ese primer momento colonizador. 

“Donde hay mujeres hay civilización” vemos escrito en una de las páginas y “La gente con ideas originales siempre termina con fama de loca” pero no allí, allí, en ese mundo nuevo y sin hacer, esa clase de cordura valiente sí cabía.

No quiero llevar a engaño con este panegírico, la autora tiene juicio para todos y señala con perfecto equilibrio las grandezas y miserias de quienes poblaron aquel territorio llamado con acierto salvaje oeste, lleno de bandidos, abusos y bestialidades y configurado con lo mejor de cada casa, dicho sea con ironía.

En Hija de la fortuna vemos con claridad las constantes vitales de Isabel que la han acompañado a través de su escritura y durante toda su existencia: sus preocupaciones por cualquier forma de esclavitud, por la erradicación de las clases sociales y el elitismo despectivo, por la trata de personas, en especial de mujeres y niños, y hasta por las tergiversaciones del cuarto poder –tan vigentes todavía hoy, es curioso: las vemos exactas en Hija de la fortuna-. Pero sobre todo contemplamos su feminismo de raíz, que desde niña enarbola y abandera en lo más profundo de su ser, de su esencia. 

Isabel Allende suele decir que las mujeres solas son vulnerables pero juntas invencibles. Siempre ilustra esa afirmación alegando que a ella a lo largo de su trayectoria la han ayudado mujeres, y no hombres, las que contribuyeron a criar a sus hijos para que pudiera trabajar fuera de casa, su madre, su suegra, C. Balcells para que siguiera escribiendo…

Su oído social de avezada periodista siempre con el radar o la parabólica bien orientados, es un magnífico magma, la capacidad de análisis individual y colectivo -bucea a profundidades abisales-, la espiritualidad que envuelve su vida y la de sus personajes protagonistas en constante evolución, y que nada tiene que ver con las religiones usadas para someter, y sobre todo el amor como antídoto la convierten en una artista grande de enorme altura moral y ética que carece de vanidad.

Me asombra la nobleza de corazón de Isabel Allende al servicio de las buenas osadías. 

La Fundación Paula en memoria de su hija -que murió de una terrible enfermedad y tal vez de negligencia médica, de la que nunca se ha quejado, ni guarda resentimiento aunque sí el dolor de la pérdida, en un hospital de Madrid-, muestra su incombustible y positiva lucha. 

"¡Qué es lo más generoso que puedes hacer en este caso?" le preguntaba siempre su hija, psicóloga en una ONG. cuando su madre dudaba sobre como establecer el reparto de la ayuda.


Y su respuesta es y será continuar con el legado demostrando cada día que los medios de comunicación no dan fe de la cantidad de personas buenas que se dedican a remendar los rotos y los desaguisados de la maldad: niños separados de sus padres en la frontera de los Estados unidos, familias que aún no han sido reunificadas, pequeños que no conocen el idioma, que no saben en qué jaula están ni por qué. 

En fin…  Isabel Allende lleva consigo a Paula, es su ángel y la guarda y junto a ella tiene una voz poderosa y la sabe usar. 

Y su prosa tan perfecta como la de los maestros rusos, (esa comparación sólo se la he hecho a Almudena Grandes y a Isabel Allende) embellece nuestro mundo.

Me gusta cómo se maneja entre los dos ambientes: “Criadas y Señoras”, el de las cocinas donde se guisa el afecto a fuego lento y el de los salones donde se cuecen en su propio caldo las apariencias.

Además me ha ocurrido algo insólito, me dispuse a ver a través de Youtube todos los vídeos de entrevistas que Isabel Allende ha concedido a lo largo de su carrera y sin darme cuenta me encontré embelesada contemplándolos de nuevo por el gusto de estar en su compañía y sin sensación pasiva, me parecía que ambas conversábamos activamente y me surgían hasta actitudes protectoras, me veía con la mirada torcida y oblicua vigilando de cerca a los entrevistadores -sobre todo a los chilenos- por si tenía que salir a defenderla aporreando el teclado para sangrar algún comentario, también me surgió el temor infundado de que su último casamiento fuese o no un acierto, ¡qué cosas! Esas alertas sólo me asaltan cuando aprecio de veras a alguien.

Con razón dijo Paul Auster: “Un libro es el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad”.

Para terminar añadiré que aunque no le deben quedar anaqueles para colocar tantos prestigiosos premios como los que ha recibido por todo el planeta me encantaría que le concediesen nuestro Princesa de Asturias. 

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

"Pastoral americana", de PHILIP ROTH

 Las primeras páginas son descriptivas y en ellas el protagonista está visto desde fuera, comienzan con una introducción que refleja una mirada exterior hacia quien fue el héroe de los deportes durante la década de los años cincuenta del siglo XX, toda la novela transcurre en la ciudad de Newark (Nueva Jersey, en el condado de Essex), y el hallazgo es ¡nada más y nada menos que Seymour Levov!, apodado el sueco por sus rasgos físicos, un adolescente rubio, guapo y alto, el orgullo del barrio. Hasta entonces la ufanía estaba garantizada con los muchachos y muchachas inteligentes de la comunidad de judíos norteamericanos que obtenían grandes logros universitarios, pero no en los deportes, y por ello el sueco fue una excepción muy celebrada. 

El destacado jugador constituyó una vanidad colectiva, paradójica porque el chico parecía un ario y quizá inconscientemente, los suyos sobrevaloraron la blancura, la estatura, la nariz pequeña y la rubicundez.

Pasadas varias décadas, Levov se pone en contacto con Nathan Zuckerman (alter ego de Philip Roth) -escritor criado en la misma zona- para que redacte un homenaje sobre su padre que acaba de morir. ¿Era eso exactamente lo que quería?

El encuentro no es como esperaban y ambos retroceden, el escritor tal vez porque su curiosidad iba buscando la imagen idolatrada de su adolescencia para tener ahora el privilegio de estar cerca ya que entonces no pudo y retratar al mito en plano de igualdad con el deseo morboso de adentrarse en esa exclusiva, pero sólo contempla al campeón de su infancia y no sabe ver al hombre, y a su vez, el antiguo atleta y hoy dueño de la empresa artesana de guantes heredada de su padre, también recula porque finalmente intuye que el escritor no sería un buen depositario de su historia, ¿por qué? el lector decide. 

¿Decepción mutua al malgastar la oportunidad de esa comida con lugares comunes, fotos de cartera familiares y anécdotas superficiales? 

Philip Roth se limita a crear la atmósfera de la escena, y en el subliminal, en lo sugerido entre las líneas, quien lee deduce que probablemente, en el fondo, el deseo de Levov por contactar con el escritor que perteneció a su barrio, a su comunidad, se debió a que no quería llevarse a la tumba su triste y complicada historia, pero al advertir que lo que su interlocutor quería satisfacer era la necesidad de conservar al ídolo idealizado desistió. 

¿Desahoga abrirte y contar a otro tus zozobras o después es peor?, la confesión no siempre alivia, y a menudo vulnera. 

En cualquier caso -pido perdón por el inciso-, como afirmo en otras ocasiones, mis conjeturas son subjetivas, cada lector hace suyas las novelas añadiendo epílogos propios. Como siempre se ha dicho: La literatura es el arte de lo ambiguo, y es en ese territorio en el que quien lee agrega sus conclusiones.    

Zuckerman que ha vivido fuera del condado durante muchos años, desconoce el declive y las desgracias que han rodeado la existencia de este hombre hasta aniquilarlo: 

Si el escritor hubiera sabido que la única hija del sueco se radicalizó con apenas 16 años convirtiéndose en la terrorista que puso una bomba en la estafeta de correos y como consecuencia del atentado murió un médico profundamente querido por la comunidad, pues... 

Tras archivar la petición del réquiem por el patriarca y olvidarla, más adelante Nathan Zuckerman conocería -de forma casual al formular las manidas preguntas de cortesía- las adversas circunstancias que truncaron la vida del “héroe” en la reunión del cincuenta aniversario de antiguos alumnos de instituto, Jerry Levov, se las transmitiría después de comunicarle que su hermano había fallecido. 

A partir de ese instante el escritor lamenta haber menospreciado la oportunidad de conocerle y se arrepiente de haber considerado que era un tipo simple y sin interés, y como compensación comienza a reconstruir -con las confidencias que Jerry le entrega- la desolada vida dedicada a la lucha constante e infatigable por comprender y recuperar a su hija, escudriñando con sentimiento de culpa cada palabra, cada acto hacia ella desde su nacimiento para buscar en sí mismo la procedencia de la causa, con la latente y eterna pregunta de muchos padres: ¿qué hemos hecho mal? 

Philip Roth eligió un punto de partida difícil, un tema incómodo para el lector: el de ¿cómo se sienten los progenitores y familiares de un terrorista?, y a su modo nos pregunta ¿qué harías si te sucediera?

Al escuchar las palabras de Jerry, más profundas y críticas, el relato cambia por completo y la mirada hacia Seymour se vuelve introspectiva, y partiendo de ese lugar anímico vamos conociendo las vicisitudes del protagonista y cómo éstas le afectaron desde el esplendor del “sueño americano cumplido” hasta convertirlo en un hombre destruido.

Roth aprovecha para abrir plano y desde la vida privada de los Levov realiza una semblanza que retrata un tiempo que no volverá y lo somete a análisis e interrogantes, veremos las conversaciones que se planteaban en las comidas familiares, en las reuniones de amigos, el papel de la televisión tan sensacionalista mostrando horrores, autoinmolaciones a lo bonzo, las manifestaciones masivas de las calles, la tristeza e inadaptación de quienes volvían de la guerra de Vietnam… Nada volvió a ser igual.

El autor usa como telón de fondo ese tiempo de turbulencias, de nuevas líneas de pensamiento, de indumentaria, de música… Toda esa revolución contracultural sobrevino en las décadas de los años sesenta y setenta del siglo XX, Occidente cambió, y se tambaleó el sentimiento de triunfo y prosperidad que hasta entonces habían tenido los norteamericanos, y como detonantes Roth nos señala el asesinato de John Fitgerald Kennedy y la guerra de Vietnam, y como no hay dos sin tres me atrevo a adjuntar el atentado catastrófico de las torres gemelas en el 2001, aunque éste no entra en el libro. Conocieron la fragilidad, se volvieron vulnerables.

A partir de esos puntos de inflexión la política exterior de los Estados Unidos fue cuestionada desde todos los ángulos y la imagen impoluta de la nación desapareció. 

Seymour Levov, el protagonista, a mi juicio era un americano medio que pertenecía a la siguiente generación que procedía de familias de inmigrantes llegados a lo que concibieron como la tierra prometida huyendo del nazismo, y en ese edén prosperaron. 

El sueco estaba tan orgulloso y agradecido por ser norteamericano que se hizo marine por patriotismo, pensaba ingenuamente que él y todos los militares iban a luchar a otros países para ayudar, para liberarlos, más tarde se supo que la CIA aupó dictaduras e intervino en derrocamientos, pero el sueco era el joven que heredó la fábrica artesana de guantes de su padre, con el concepto judío tan arraigado del trabajo bien hecho, el que jamás puso en cuestión la autoridad paterna, el que se casó con la chica más bella del Estado, Miss New Jersey, y con ella tuvo a su hija cuyo único problema -sin importancia para él- era su tartamudez y esa tendencia a engordar que la distaba de la belleza de sus progenitores. 

En resumen, era el hombre feliz que junto a su adorable esposa había creado una familia acomodada tan bonita como las que se veían en el cine y la televisión, herramientas de propaganda inigualables.

Sin embargo cuando nos adentramos en la letra pequeña podríamos decir que a diferencia de su hermano Jerry que se desentendió de los planes de su impositivo padre para ir en pos de los suyos convirtiéndose en un afamado cardiólogo en Miami, Seymour siempre fue conformista y adaptable como esas personas capaces de ser felices con lo conseguido y de pensar que todo lo que hacen es decisión propia aunque se hayan adaptado a los deseos de los demás, y se alegran de ser continuadores de la saga y de que sus trayectorias vitales coincidan con las expectativas familiares o con las del orden establecido, es decir: gentes que siempre van a hacer lo que se espera de ellos, cuidadores que buscan el bienestar de los otros olvidándose del suyo, conciliadores que evitan conflictos, que median…  

Pero el momento del tambaleo llegó y se cayeron todos los palos del sombrajo. 

De pronto vemos como las ideas de su hija confrontan con las suyas, como la esposa tras el atentado cae en depresión y él recibe de ella reproches inimaginables que soporta estoicamente. 

Cuando su mujer, Dawn levov, se recupera decide ponerse en manos de un cirujano estético para borrar así todo el sufrimiento reflejado en su rostro, y mientras Dawn rompe en su interior con su hija y da la espalda al pasado -ese tiempo que Seymour adoró- él continúa esperando a Merry, su pequeña, buscándola. 

Pienso que cuando alguien hace siempre lo que debe y no lo que quiere la persona se diluye y ya no sabe cuál es su esencia.

Todas las creencias del positivo Seymour se vienen abajo, observamos que la pareja en realidad no tiene conexión, que ya no comparten los mismos deseos como él creía, y que la triste e irónica realidad es que está construyendo una nueva casa para que su esposa y el arquitecto vivan felices y coman perdices en ella.

Me pregunto ¿por qué somos un misterio incluso para nosotros mismos?, ¿por qué no sabemos ver a las personas por dentro y en un momento determinado nos convertimos en extraños para el otro?

Philip Roth no deja títere con cabeza, en la novela son reconocibles aquellos intelectuales de salón supuestamente progres, esnobistas y despectivos que proliferaron en ese tiempo, la aprovechada Rita Cohen que se queda con el dinero de Levov -destinado a conocer el paradero de su hija- tras permitirse el lujo de juzgarle como empresario explotador… 

En fin, Roth llega hasta la caricatura en sus críticas contra los malos resultados de aquella revolución y en este punto el lector se empieza a preguntar si su actitud era reaccionaria puesto que muchos avances y cambios en honor de la verdad y la justicia se produjeron en la izquierda pacifista de aquel tiempo de terrible segregación racial. 

La novela rezuma nostalgia, pero ¿de qué?, ¿de otra realidad anterior a esa época?, ¿acaso existió?, ¿o era un espejismo ilusorio?, ¿eran vidas estereotipadas que estaban dentro de burbujas como pompas de jabón? 

¿Cuánta parte de verdad o de mentira queda tras los análisis de la historia? Es fácil juzgar aquella etapa de ideales y utopías cuando ya conoces los fallos que se produjeron y nos volvemos miopes frente a los aciertos. 

Por otro lado la novela también retrata la otra cara de la moneda: el barrio marginal que en épocas pasadas fue próspero, en el que malvive su hija. Los dos mundos de un mismo país que distorsionaba su imagen para vender la edulcorada propaganda de su cine a lo Doris Day y Rock Hudson actor y actriz que curiosamente en la trastienda también tenían vidas muy distintas a las que interpretaban, y es que el sol no se puede tapar con un dedo, y las falsas apariencias tarde o temprano caen. 

No olvidemos que aquel mundo dividido sufrió la caza de brujas del macartismo, y que la estela fue y sigue siendo feroz. 

No es bueno estar en la inopia, pero tampoco es malo sentir cariño por Seymour Levov que no hizo ningún daño al creerse el sueño americano e intentar vivir en él. 

La literatura no tiene que ser proselitista ni panfletaria, incluso cuando es social, y siempre sirve para comprender aunque no compartas. 

Que yo no esté de acuerdo con el modo de pensar político de Mario Vargas Llosa no me impide valorarle como el extraordinario escritor que es. 

Pues lo mismo me ocurre con Roth y por igual razón, que Seymour Levov adquiera una conciencia tardía sobre las desigualdades e injusticias que hay a su alrededor tampoco me imposibilita para quererle por sus rasgos de nobleza incorruptible, aunque me decepcione a ratos y por partes que aquí ninguno se va de rositas, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, ni tengo por qué identificarle con su creador. 

Philip Roth está considerado uno de los mejores escritores del siglo XX y de la primera década del XXI no sólo de Norteamérica sino del mundo, por algo será. 

Está bien discutir, discrepar con el autor y con sus personajes y mirar la vida de forma poliédrica para no dejarte ninguna faceta sin ver porque sólo así podrás generar tu propio criterio. 

Estados Unidos es una nación muy grande y compleja y no seré yo quien la juzgue a la ligera.

Sólo añadiré que el mundo marginal está tan abandonado a su mala suerte que una terrorista se puede refugiar y esconder en él sin ser encontrada y detenida jamás.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

EXPATRIADAS, serie de TV

 Triste, dramática, bella en su tragedia. 

Extraordinaria.

No sé por qué proliferan tantas series cuyo tema principal es la desaparición de un niño, tal vez la parabólica colectiva esté queriendo enviarnos un mensaje, un S.O.S. sobre nuestra vulnerabilidad como humanos sin recursos para afrontar esa clase de dolor e intenta avisar, mostrar e interrogar sobre como nos sentiríamos y cómo cada uno de nosotros afrontaría dicha desgracia que no permite cerrar el duelo por la esperanza de volver a encontrarle. 

Expatriadas despliega las vidas cruzadas de todos los implicados, los sentimientos de culpa, el por qué hice esto y no aquello en esa milésima de segundo o todo lo anterior... mientras que los otros hijos, los hermanos, también frágiles necesitan algo imposible: que como madre salgas de tu dolor para entregar vida y alegría a su desarrollo, a su derecho a la existencia, a la visibilidad, a no ser pospuestos. 

Mientras tanto los amigos también viven sus propios dolores que a veces confrontan de forma inevitable. Finalmente las piezas y las actitudes se colocan, la esperanza persiste, la ira se disipa y la vida sigue siendo vida y resurección de ave Fenix, y la búsqueda se reparte con roles que encajan entre sí y que son comprensibles: uno de la pareja cuida a los otros hijos y la otra sigue buscando a tiempo completo.


En la serie también subyace una ambivalencia de sentimientos sobre la relación "criadas y señoras", ellas que conocen las camas revueltas, todos los secretos y zozobras ¿son familia?, tal y como está repartido el mundo parece imposible cambiarlo, y la linde invisible en apariencia marca barrera, frontera... El dinero manda hasta el punto de obligarte a cuidar a los hijos de otros para poder alimentar a los tuyos desde lejos. A ellas, las cuidadoras no consanguíneas, también las expatrian.

El sentimiento de extranjería se vé con crudeza en cada capítulo, no sólo el idioma y las costumbres impiden la comunicación, también existe el rechazo ¿de ida y vuelta? La serie propone un buen tema para debate en este grano de arroz en el universo que es nuestro pequeño planeta.

Tal vez vivamos enmascarados por necesidad de supervivencia y por ello la literatura y el cine se encargan de quitarle la careta a nuestro mundo para adentrarse en el interior de cada uno de nosotros, tan perdidos a veces, tan a la deriva.

Demasiado a menudo las personas han de convivir con dolores insufribles, y aparentar que todo sigue en orden.

Admiro la generosidad de los actores que prestan alma y cuerpo con sus herramientas más delicadas: los sentimientos, pensamientos, emociones, catarsis..., no me extraña que todos ellos pasen por psicólogos y psicoterapeutas para no quedarse atrapados, abducidos, destrozados como están los seres que interpretan. 

En el caso de las actrices y actores de esta serie tuvo que ser durísimo el punto de partida tan incómodo, la dificultad para conseguir el desarrollo de todos ellos, cada uno en su papel, y la vinculación entre sí, y es que para bien y para mal no estamos solos y todo cuanto ocurre nos repercute individual y colectivamente y por ello es bueno saber, conocer, comprender.

Deseo que estéis muy bien. Y si no lo estáis decidlo porque aunque no se pueda hacer demasiado, al menos escuchar y sentirse comprendido ayuda a eliminar la soledad, y regala conocimiento del otro y eso en sí mismo ya es mucho. 

Un abrazo.

Pili Zori

IN MY SKIN, serie de TV

 O el amor incondicional de los hijos, añadiría yo como subtítulo.

Los roles invertidos, cuando los hijos ejercen de padres,

¿Quién cuida a los que cuidan?

¿Quién defiende a los seres indefensos?

A veces tengo la sensación de que mi radar o mi parabólica se orientan en una misma dirección sin que intervenga mi voluntad y como he dicho en otras ocasiones, los libros y las películas hablan entre sí, debaten, discuten, preguntan y a veces, sólo a veces, responden en esa especie de orden natural y subterráneo cuyas leyes desconozco.

En el club de literatura al que pertenezco últimamente escucho a algunos de mis compañeros decir con frecuencia -al hilo de las novelas que vamos leyendo- que si las personas han sido maltratadas durante su infancia cuando son adultas se vuelven maltratadoras, siempre me apresuro a discrepar de dicha sentencia aplastante cuando surge el tema ya que conozco muchos casos en los que precisamente por la mala experiencia vivida esos críos le enmendaron la plana al destino y se convirtieron en jóvenes sociables y bondadosos y en padres y madres llenos de amor y empatía además de ser respetuosos con los hijos y su entorno.


En nuestro país y durante nuestra generación, la de los que ya tenemos seis o siete décadas a la espalda, estaba institucionalizado sacar la mano a pasear, en las casas -salvando las dignísimas excepciones como es natural que también eran muchas- en los colegios, en las clases particulares... y hasta el presidente de la comunidad de vecinos se quitaba el cinturón por menos de un pito si te veía subido o encaramada a un árbol, o haciendo más ruido al jugar del que su siesta admitía, ya se sabe: dale una gorra de plato a un "atontao" y creerá que gobierna el mundo.  

Recuerdo una película en la que una niña que había sufrido abusos, le decía a su abogado: "No quiero declarar porque no deseo ser reconocida o señalada para el resto de mi vida por esa causa".

Por ello es importante no estigmatizar, ni sentenciar o hablar en términos absolutos para no añadir además vergüenza a la pena, y silenciar así a quienes sufren contra la tan venerada "normalidad" confundida a menudo con la uniformidad, todos somos seres diferentes y únicos y ello no nos impide encajar y ser uno más en el enriquecedor conjunto.

Las palabras que la protagonista pronuncia al final de la serie In my skin están plasmadas para enmarcarlas por liberadoras y justas y porque son la llave que abre las puertas del horizonte y del porvenir. Todos los delitos prescriben, el cielo se despeja y el sol sale por la mañana y cada día la vida vuelve a comenzar.

Por otro lado y como ya he dicho en otra entrada no basta con comprender las causas -el cine y las series de calidad se están desgañitando para avisar, para mostrarlas a voces- hay que tomar cartas en el asunto, y solucionar los problemas de familia cuando entran en ella el alcoholismo, las adicciones o la enfermedad psíquica, y hacerlo sin juzgar, sin despreciar, sin humillar y sin morbosidades, en resumen: sin maldad, sólo así los aquejados podrán curarse, o al menos mantener a raya a los demonios.

Los actores de esta serie británica -viene una calidad artística apabullante de allí- actúan con tantísima naturalidad, que es asombroso el nivel de credibilidad casi de documental que obtienen, no me extraña que se hayan llevado los premios más presigiosos.

Podéis verla en Rtve play, un cofre de tesoros para mí.

Deseo que os guste o que os sugiera ideas y reflexiones interesantes.

Un abrazo, cuidaos mucho.

Pili Zori.

RICHARD JEWELL, película de Clint Eastwood

 ¡¡¡¡¡Qué peliculón!!!!! 

Cada día estoy más convencida de que Clint Eastwood es un espíritu absolutamente libre y que su bandera no distingue colores, adscripciones o seguidismos, la que él ondea y enarbola es la que lucha contra la injusticia, y no es maniqueo ni escatima los matices,  y eso que -como he dicho en otras ocasiones- cuando era él joven, cuando lo éramos los dos, no resultaba santo de mi devoción al interpretar aquellos personajes tan machistorros, y chulescos. Pero en la madurez madurísima, tan brillante y elocuente que tiene imagino que se dice: A mi edad las explicaciones sólo me las debo a mí mismo, quien me comprenda pues adelante y quien no pues que apague y encienda otra cosa, pero no busco la aprobación de nadie ni su beneplácito ni necesito complacer. Este es mi trozo de acera y lo barro a mi modo.

¡Qué intérpretes! tan bien elegidos, sublimes todos ellos en sus cortas o más largas apariciones, qué lujo sería ver cómo les da las pautas, y el protagonista principal Paul Walter Hauser, en su papel de Jewell está para descubrirse una y mil veces. ¡Qué grande! y no me refiero a su físico que también acompaña en bondad enorme. 

En fin, no enumero al elenco porque en la carátula aparecen todos y podéis buscarlos y deleitaros de forma más pausada en internet.


El guión es de Billy Rai, Eastwood tiene un ojo clínico incomparable para rodearse de los mejores, es muy instintivo para formar equipos. Si buscáis la filmografía de Rai entenderéis por qué lo digo, aquí no me quiero extender, de Clint ya hablé largo y tendido en la entrada que le hice en mi blog comentando Gran Torino, de todas sus películas es mi favorita hoy por hoy, creo que en ella depositó su legado, es un hermoso cofre que atesora sus principios y confesiones, magistral y conmovedora a niveles de hondura profundísimos. 

Retrata tan fidedignamente el corazón de los Estados Unidos a través del paisanaje, que intuyes el iceberg de historia que lo sostiene. Me recuerda al escritor Jonathan Franzen, no por el estilo, ni por la semejanza, no se parecen en el modo de narrar, sino por la manera de comprender a su país, en especial El Medio Oeste, y de describirlo a través de las actitudes con las pinceladas justas y bien escogidas, sin caricaturizar, amando y criticando a los suyos desde dentro como sólo le está permitido hacerlo a la familia. 

Eso sí, la llorera y la rabia no hay quien os las evite, hay ciertas personas trepadoras, brutalmente egoistas que van dejándo cadáveres por el camino, y son muy difíciles de perdonar, aunque las lágrimas de la periodista traten de redimirla, al igual que el odioso agente del FBI junto a los compañeros que se prestaron a manipular, engañar y aprovecharse de ese niño grande que los admira con fe inquebrantable y sin fisuras, abusones maleados y sin escrúpulos que no tienen perdón. Por suerte en esta historia biográfica Richard Jewell se cruzó en el camino de dos ángeles de nuestro tiempo: un abogado y su secretaria -no sé  si también era pasante- que supieron ver con claridad la corrupción para ayudarle. 

Para que la veáis tranquilos os anticipo que el final es precioso y produce mucha satisfacción. 

Está en H B O por si queréis entrar a verla.

Un abrazo

"La mujer helada", de ANNIE ERNAUX

 Feliz día de la mujer.

“El coraje y la agudeza clínica con la que descubre los extrañamientos y las restricciones colectivas de la memoria personal”

Anderson Olson.


Así es como presentaron en el Premio Nobel de literatura a Annie Ernaux. La mujer octogenaria que afirma que “lo personal es político”.

La mujer helada transcurre desde la infancia de la protagonista -que en este caso es la propia Annie Ernaux escribiendo su autobiografía-, hasta que ésta tiene 35 años, y la composición y estructura, a mi juicio, es como si ella, la autora, estuviese contemplando desde una ventana a esa mujer joven del pasado que fue ella misma y la viera en esa etapa en la que cambió, para adaptarse, tras haber recibido una educación no sexista, basada en la igualdad de sus padres sin roles específicos a la hora de llevar su negocio –una tienda bar- y las tareas de la casa en un ambiente rural en el que la madre fomentaba la lectura y el desarrollo de su hija por encima de costumbres de orden y limpieza y presiones sociales y de repartos impuestos, Annie vivió una maravillosa infancia en la que la madre, cuando salían de paseo o para ir al cine, le ofrecía el regalo de los libros como objetos de deseo frente a un escaparate que bien podría parecer una pastelería ¿Cuál te gusta?, ¿qué novela quieres que te compre? 

Después vendría el despertar sexual, la entrada en la pubertad y adolescencia y la confusión entre quién eres y quien quieren los demás que seas. Si todo el mundo está de acuerdo en determinadas actitudes que se hacen institucionales es difícil ponerlas en duda, ya sabéis, por aquello de “coma caca que cien millones de moscas no pueden estar equivocadas” de manera que se llega a la juventud admitiendo que esa es la ley natural de la convivencia a falta de otros ejemplos, y se acepta en ambos sentidos, para hombre y para mujer, ya que si tienes inculcado como varón que ese es tu papel, difícilmente te vas a apear de la burra de los privilegios cuando hacerlo supone incluso la hilaridad y mofa de tus colegas. 


Annie Ernaux en mi opinión no juzga, simplemente expone, y lo hace sin escatimar la autocrítica a la joven que fue, el subrayado que traza es para recalcar las partes negativas de esa etapa en la que se casa intentando ser perfecta esposa, perfecta madre y perfecta reina del hogar. 

¿Cómo llegó hasta ahí pensando como pensaba? se pregunta el lector. 

La mirada de Annie Ernaux es honrada porque no escatima las partes en las que ella queda mal, dado que son necesarias para comprender lo que ocurre cuando vives en el deseo del otro y cómo ese deseo incondicional de satisfacer al orden establecido es imposible y por ello iba congelándose como mujer y como persona. 

La clase dirigente decide sin consultarle cuál es el sitio que le corresponde a una mujer y cuál debe ser su comportamiento a todos los niveles: como descanso del guerrero, con la postura del misionero en el amor, con métodos anticonceptivos rudimentarios como el ogino, o el interruptus…, hay que tener en cuenta que los anticonceptivos como la píldora que pudieran concederle el control de su natalidad a la mujer aún no se distribuían para todas ni se divulgaban, y más en un ambiente católico muy parecido al nuestro en aquella zona de Francia que describe el libro. 

El control de la natalidad nunca ha sido libre ni inocente ya que cuando se necesitan más nacimientos las sociedades los fomentan y cuando es a la inversa prácticamente se penalizan, lo mismo ocurría en el mundo laboral cuando así convenía en el que se incentivaba con dote la marcha y el despido de la esposa tras el casamiento y se inculcaba la idea de que la mujer que tenía que trabajar fuera del hogar era porque el marido no podía mantenerla, y aunque ese tiempo parece lejano, dentro de la historia es muy reciente. 

Trabajar en una fábrica no era femenino y sin embargo tras una guerra ellas subitamente dejaban de ser marimachos poniendo tuercas como mano de obra barata o voluntaria para sustituir a los hombres que estaban en el frente.

En apariencia podría resultar que el contenido de la novela esté superado, pero eso sería hablar desde el privilegio de la mujer que vive en occidente dado que en otros países el camino aún está por recorrer y no hay que olvidar que lo que les pasa nos pasa porque repercute y que aquí sigue quedando mucho por hacer. 

Es verdad que la mirada de Ernaux hacia aquella mujer joven que fue, es pesimista y frustrada, pero doy por supuesto que tan sólo hace hincapié en las partes injustas y que ella fue feliz a pesar de darse cuenta de la desigualdad que la cernía, y lo que me gustó de la novela –para mí sí lo es ya que el rigor de las autobiografías deja de serlo cuando tienes que elegir unas escenas y omitir otras para remarcar lo que quieres exponer- es que pormenoriza de forma muy simple alegando que el día tiene 24 horas, y si cuida de las tareas del hogar y de los hijos, acude a su trabajo de docente, aunque lo ejerciera desde casa ya que lo impartía para la universidad a distancia, prepara y corrige exámenes y demás, hace comida, va a la compra para la intendencia… ¿cuándo saca tiempo y espacio para desarrollar su carrera, prosperar o escribir? 

En otras áreas laborales se estudian las horas de duración que conlleva cada trabajo. Y que encima A. Ernaux tuviera que aguantar que el marido le recriminara que no se organizaba mientras lo decía sosteniendo con dos dedos escrupulosos y aprensivos un trapo de limpieza, pues tiene bemoles el asunto. 

Aquel alto ejecutivo junto a tantos “hombres de la casa” no debía ser molestado por el griterío de los niños ya que volvía al hogar cansado y era el rey del mambo que siempre encontraba en el armario las camisas planchadas por arte de magia. También es verdad que si no tienes otros ejemplos consideras normal esas formas de actuar, y si nunca has compartido dichas tareas pues desconoces el esfuerzo que requieren, por tanto no es que disculpe a los hombres de la época, culpo a la época en sí y a la clase dirigente que impuso ese modo de adocenar para vivir en aquel orden de cosas. Los hombres de hoy ya han experimentado que se gana mucho más humanamente compartiendo.


¿Cómo se conseguía hacer creer a las mujeres que ese modo de pensar era propio de ellas y no inculcado?, pues muy sencillo: llamando guarras a quienes se salen del redil, y digo el peyorativo en todas sus acepciones no hace falta entrar en más detalles de sobra conocidos, también si eran festivas en el amor, tenían iniciativa y reclamaban atenciones a su gusto, resultaban sospechosas. Ha sido un trabajo de pico y pala, que con pico y pala por fortuna vamos cambiando.

He reservado esta reseña para hoy 8 de marzo de 2024 porque me parece muy representativa aunque a muchas mujeres la lectura de “La mujer helada” les resulte la explosión de una madre y esposa joven insatisfecha y frustrada como ya he dicho en renglones anteriores. 

Reitero que Annie Ernaux de manera muy valiente firmó con nombre y apellidos todas las etapas de su vida y prefirió la autobiografía a la ficción, sin encubrimientos y a pecho descubierto. Es verdad que las páginas son frías, que echas de menos en ellas la calidez, los sentimientos afectuosos que sin duda tuvo y que no pongo en duda, pero quiso que el espejo reflejase esas facetas y fue fiel a dicha frialdad o frigidez de cuando una mujer no se siente querida, apreciada y tenida en cuenta y por ello no puede entregar el cuerpo en el amor no correspondido. De ahí el título elegido.

Annie Ernaux refleja en su obra el mundo obrero, a la clase trabajadora, y el enfoque completa aquel tiempo que parte de los años cincuenta del siglo XX, en el que las pocas mujeres que escribían eran de clase acomodada pero también eligieron ser reivindicativas y eso las honra.

Los padres de Annie, como tantos otros pensaban que los estudios abrirían de par en par las puertas de la libertad a sus hijas, lo que no sabían es que la grieta era y sigue siendo mucho más profunda y tanto en barrio alto como en bajo la mujer continuaría siendo supeditada y sobrecargada con la misma explotación en casa y fuera de ella.

Hoy y gracias a todas las pioneras quiero destacar que el trabajo incesante que se ha seguido haciendo en favor de la igualdad no ha conllevado agresiones físicas por parte de las mujeres, ni resentimiento, ni guerra de sexos, como algunos decimonónicos quieren hacer ver, el feminismo ha sido y es inclusivo siempre, y al menos en la calle entre las mujeres de a pie se realiza de forma cariñosa, acogedora y agradable, otra cosa es el Parlamento donde por desgracia y no hace mucho, nos han hecho asistir a vejaciones verbales muy duras en algunos casos pronunciadas por mujeres, es muy triste, no señalaré para que esta fiesta sea preciosa, pero sí recordaré, como es lo correcto en esta fecha, que se conmemora por el fallecimiento de 129 obreras de la fábrica textil Cotton que en 1857 ardió, murieron abrasadas en el incendio mientras se manifestaban en contra de las largas jornadas, de los salarios bajos y de las condiciones de inseguridad en el trabajo.

Un abrazo muy grande queridas mujeres de todo el mundo, es difícil que nosotras no sepamos entendernos y esa compenetración con nuestras distintas formas de pensar y de ser es en sí misma el mejor logro: la comprensión y la empatía, con todos sus matices, ha de ser siempre nuestro sello, así como la ausencia de agresividad que deja claro el contraste.

Feliz día

Pili Zori.