"Tan poca vida", de HANYA YANAGIHARA

Tan poca vida, de  HANYA YANAGIHARA

Spoiler
¡Aviso! este comentario es un análisis del libro ya leído. 
Voy a desvelar todas las claves.

*** 

Con esta novela hemos puesto el broche de cierre a nuestro club de literatura en la etapa de octubre de 2025 a Junio de 2026, volveremos a vernos si Dios y todos los dioses de ateos, agnósticos y creyentes quieren.

***

Tan poca vida comienza de forma luminosa y amplia para ir -a lo largo de tres décadas- hacia un cono que se estrecha en la oscuridad, en cuyo final brilla una pequeña luz que da testimonio de una vida dura y difícil, pero importante, que se completa en la trastienda de un pasado traumáico que siempre está presente.

En esta novela de profunda sensibilidad masculina escrita por una mujer, Hanya Yanagihara, conocemos la historia de un niño víctima de abusos sexuales y brutal maltrato físico y psicológico durante 15 años. 

Abandonado al nacer y recogido por una institución religiosa que se encarga de confundirle los sentimientos, de robarle la infancia, de ensuciarle y torcerle el desarrollo natural desde la máxima crueldad inquisitiva e impune, Jude crece normalizando en su interior las relaciones vejatorias a las que es sometido, él no tiene capacidad ni elementos de comparación para discernir que lo que le hacen es malo y por tanto ama incondicionalmente a quien le manipula y prostituye, el hermano Luke.

La autora eleva un réquiem y señala con dedo acusador a quienes cometen estas atrocidades contra infancias indefensas, para que los monstruos -que todavía hoy ejercen abusos destructivos contra seres desprotegidos- queden retratados y se miren en el espejo de las páginas de “Tan poca vida” aterrorizándose al verse. Esa ha sido mi subjetiva interpretación.

¡No! ¡Las víctimas nunca son culpables!, no invirtamos los términos, esta lacra no se arregla por lo fácil exigiendo al dañado que se cure sí o sí por los medios que tenga a su alcance. 

¡Él nunca fue un enfermo!, lo enfermaron que es muy distinto.

Tendemos a cometer el error de siempre: que se adapte el individuo al medio y no a la inversa.

Esta sórdida, a veces incómoda, pero magnífica y necesaria novela de primeros planos invasivos para el lector, no tiene la suavidad de los eufemismos, ni la belleza de la prosa poética, es hiperrealista al máximo y detallada hasta el escozor. Me ha remitido a “Crónica de una muerte anunciada de G. García Márquez, aunque sólo sea por el título porque desde el principio vemos la conducta autodestructiva del protagonista y las enfermedades de transmisión que le han contagiado.

“Tan poca vida” nos ha acompañado durante casi diez semanas de lectura solitaria y también compartida en nuestro club. 


En cada sesión han surgido apasionados debates en los que -como lectores- hemos añadido nuestros epílogos a esta obra poliédrica de innumerables facetas y diversos puntos de vista y enfoques. 

Los comentarios y conversaciones han atravesado un proceso lógico, de enfado y negación al comienzo -para algunas compañeras mantenido hasta el final y para otras evolutivo y alternante.

Si nos poníamos en la piel de los personajes que aman a Jude sentíamos que eran ellos los ofendidos e injustamente tratados por un desagradecido, pero si nos colocábamos en el lugar del protagonista el dictamen cambiaba. 

En nuestro grupo se escucharon los comentarios de quienes le consideraban egoísta, y alegaban que se hacía daño para llamar la atención, sin tener en cuenta que los lectores conocíamos la vida anterior de Jude con todos los entresijos, pero los demás personajes no.

¿Qué habría ocurrido si Jude hubiese compartido con ellos, cuando se conocieron, esa parte de su vida con todo detalle? ¿Le habrían mirado igual?, ¿con afecto o con desprecio?, ¿es normal que no quisiera poner en riesgo su nueva vida por temor a perderla? 

Si trasladamos lo que le ocurrió a Jude a mujeres de la Trata a las que sus proxenetas obligan a tener encuentros sexuales con 20 hombres al día, siempre habría alguna voz que como antaño clamaría: “Hay muchas escaleras para fregar antes que meterse a puta”. 

¿Acaso no tiene derecho una persona que ha sido mancillada a preservar la trastienda de su vida para no ser juzgada ni estigmatizada por ideas preconcebidas e incomprensión si ha podido salir de ello, al menos socialmente? 

Recordemos los desafortunados exabruptos que se emitían cuando apareció el Sida, o el silencio de las maltratadas, siempre hay alguien que dice “¿y por qué se aguantaba?, a mí eso no me pasa, y ¿por qué lo dice ahora y no en su momento?”, sin valorar el largo y minucioso proceso de alienación, miedo y descrédito, y la desprotección, que nos trae cada día a una muerta asesinada por su esposo o pareja. 

La autora dosificó los elementos sorpresa como si fueran las pruebas que iban apareciendo en un juicio, dichas pruebas corroboraban nuestra opinión, o nos la cambiaban como si fuéramos un jurado. 

Por fortuna el protagonista fue salvado, otros no tienen esa suerte y son destruidos por dentro sin ninguna posibilidad de recuperación.

Como he dicho en sucesivas ocasiones, son importantes las personas que se cruzan en nuestros caminos, para bien y para mal. 

La autora eligió la voz masculina y un ámbito de élite para demostrar que en todas partes cuecen habas, por arriba y por abajo, y que el dinero no siempre es la solución.  

Quiso subrayar que el daño puede ser irreparable, e hizo que nos preguntásemos: 

¿A qué nos obliga la amistad?, ¿cuál es el nivel adecuado de compromiso? ¿Basta con acompañar? ¿Hay que esperar a que nos pidan ayuda? ¿Cuándo se cruza la línea entre la intromisión y el respeto a la intimidad? ¿El amor es suficiente para reconstruirse?

Jude, lo tuvo todo, consiguió su lugar de pertenencia, una familia no consanguínea formada por amigos hallados entre el Instituto y la universidad y conservados durante más de 30 años, incluso fue adoptado siendo adulto por el profesor Harold y su mujer, Julia. Poderosa red de apoyo que todos necesitamos para sostenernos: Personas como Ana, la asistente social que conoció la verdadera y completa historia de Jude, una figura materna llena de amor y bondad para él que desgraciadamente murió.

Un hombre como Andy, su médico desde que fue rescatado, más que facultativo amigo que respeta el silencio del protagonista frente a su entorno aunque sufra profundamente por ello, puesto que “él sólo le ve cuando está mal” -comentó una compañera del club-, sin embargo Jude tiene momentos y periodos de existencia muy felices, y ama, cuida y conserva a sus amigos: 

Malcolm, destacado arquitecto que le facilita, a través de sus conocimientos, la vida cotidiana, y se anticipa discreta y delicadamente al futuro eliminando barreras en el cuarto de baño y en la transición, que da por supuesta, hacia la silla de ruedas mientras decora y prepara  la casa soñada cuando Jude –ya convertido en un prestigioso abogado, además de brillante matemático-, consigue los ahorros necesarios para comprarla, también guarda dinero para pagar a Andy todas las consultas médicas y de urgencias que le debe y que él nunca le reclama, detalles crematísticos que a veces pasan inadvertidos en las páginas, pero que sí están reseñados. 

J. B, el pintor de vanguardia que sabe captarlo en su grandeza, más adelante tendrán un enfrentamiento que suscita en los lectores un debate importante sobre el rencor, la traición y la fina línea que sustituye el cariño por el sentido del deber, ya que mientras duele no es posible perdonar, pero sí reconocer todo lo bueno que en otro tiempo han compartido. El rencor no es voluntario, la venganza sí.

Willem, actor de prestigio, el más íntimo de Jude desde la juventud y el que terminará siendo su pareja. Los cuatro destacan en sus oficios y tienen en su pasado rosas y espinas cuyos arañazos persisten y es que la procesión siempre va por dentro.

La escritora gira e invierte el foco para que veamos las sombras de sus mundos de éxito exterior que sin embargo tantas inseguridades crean en el interior. 

Se ha estudiado mucho sobre avances sociales, pero aún están pendientes los emocionales.

Los sentimientos son los que mueven el mundo y le dan cuerda para que gire.

Durante los debates algunas compañeras le reprocharon a Jude que no abriese ante sus amigos la puerta de su turbulento pasado, otras nos mostramos más que comprensivas con su reserva colocándonos en su piel, la piel de ese cuerpo roturado con cicatrices profundas y permanentes, cortes y autolesiones que se expresan y delatan su mapa vital, y nos asomamos, con vértigo abismal, a su lastimado corazón y a su maltrecha psique traumatizada de por vida, con el deseo de que no sufriera más. 

Aunque tal vez queríamos arreglar su estado físico y anímico por lo fácil, juzgándolo, como nos suele suceder con los aquejados de depresión, por ejemplo, cuando pensamos que si alguien no se cura es porque no quiere -hasta que al fin entendemos que quién habla y actúa a través de ellos es la enfermedad-, nos da rabia que el amor no le baste, y le tildamos de egoísta que no repara en el sufrimiento que genera en quienes están a su lado, sin entender que el egoísmo puede ser el nuestro, y no me excluyo, porque él no puede evitar padecerlo, qué más querría. 


Tan poca vida nos condujo durante las  conversaciones a experiencias referidas, vividas, ajenas, o más o menos cercanas: anorexias, autolesiones, pérdidas, suicidios…, y fuimos conscientes de que -sin querer- estigmatizamos, porque ni como sociedad ni como individuos sabemos abordar esas dolencias, entre otras razones porque nadie da pautas, porque todavía las tratamos como tema tabú y las escondemos en la sombra, y porque no aceptamos que algunas son crónicas. 

Como decía la canción de Joan Manuel Serrat "No es más triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. 

Hay que respetar incluso a quienes queriendo dejar de sufrir, se van de la vida por voluntad propia, es muy duro para los que se quedan con la ausencia y perplejos, pero sucede, y debemos afrontarlo, y comprender sin encubrirlo. Pongamos como ejemplo a la Reina Letizia que perdió así a su hermana, o a Mara Torres a la suya.

Siempre recuerdo a una maravillosa amiga cuya hermana padeció Ela, cuando me dijo: “Ay Pili, si a un perrito le ven sufrir tanto le ponen la inyección y que en paz descanse, para el terrible padecimiento de mi hermana no hubo esa clase de compasión”.

Disculpad el inciso, retomo:

Como decía en renglones anteriores solemos culpabilizar a la víctima, y por tanto, en el caso del protagonista de Tan poca vida lo revictimizamos. "Encima de cuernos, penitencia" se decía antaño.

Nadie quiere que le cuenten penas, pero hay que contarlas, si no lo hacemos después nos quejaremos de soledad, pero en muchos casos nos la habremos labrado a portazos y a “¡vivan la juerga, la evasión y los placebos!”. 

“Que vaya a un psicólogo” decimos delegando la responsabilidad en otros, para que nos deje en paz, como si en el caso de Jude fuera fácil, empezando porque los psiquiatras y psicoterapeutas en EE UU cuestan un dineral que mucha gente no tiene, Jude sí podría permitírselo, pero al avanzar por las páginas comprenderemos por qué tiene más que fundadas reticencias a acudir a un especialista: 

Aparece el doctor Traylor, venido del infierno, para encerrarlo, atropellarlo a propósito, machacarle las piernas y dejarlo tirado e inconsciente.

No siempre los psiquiatras son la panacea, como en todas las profesiones hay médicos nefastos cuya mala praxis destruye más que arregla, por suerte los malos sirven para destacar y distinguir a los buenos en toda la extensión de la palabra. 

Los problemas mentales y emocionales dejan a las personas vulnerables y sin protección, nuestra impaciente exigencia nos impide comprender que quienes los padecen no pretenden hacernos ningún mal, que en el caso del protagonista el terrible daño se lo infligieron a él destruyendo su infancia y adolescencia con maltratos brutales y abusos sexuales constantes, y que él sólo se daña a sí mismo simulando que está bien para no comprometer, para no avergonzar o avergonzarse mientras nosotros deseamos que se cure por decreto ley, por motivos generosos, sí, pero también por otros más oscuros: “que sane para que no nos moleste ni rompa nuestra ordenada rutina y comodidad”. 

Me coloco la primera para entonar el mea culpa. Es algo así como cuando damos una limosna deprisa sin hacer contacto visual con el mendigo, no vaya a ser que nos cuente su vida y tengamos que intervenir o comprometernos a hacer algo más. 

El amor de pareja requiere la entrega sexual mutua y alguien que ha sufrido abusos y violaciones como los que ha padecido Jude, y no ha sido tratado ni recompuesto, tiene la confianza destruida y como resultante la frigidez.

Y mira que lo intenta, aparece Caleb para terminar de rematarlo, y es que los sádicos como él huelen la "debilidad" a distancia y saben a quien pueden depredar y a quien no. 

En las sesiones del club y con este libro en concreto he tenido la impresión de que con otras novelas expresamos las opiniones y cada cual se queda con la suya, y con la suma de todas se hace el balance, en este caso creo que nos fuimos a casa con las de los demás y que esa empatía nos ha completado. 

Es cierto -como vi por redes- que a muchos lectores les pareció excesiva la concentración de malignos y maldades que se cebaron con Jude, a mí no me resultó tan increíble, en la vida real o mejor dicho, en la de fuera de las páginas, hay casos que claman al cielo, personas que pasan por más pruebas que las del Santo Job. Que se lo digan a los niños que en Gaza han visto morir a sus padres quedando huérfanos en tierra de nadie y a merced de cualquier alimaña inhumana, sin casa, sin agua y sin comida, sin ropa, desvalidos y sin el apoyo y el amor de sus familias.

Tal vez la escritora tomó la decisión de machacar a Jude en exceso y a propósito para desenmascarar a la “Mala gente que camina y va apestando la tierra” como diría Don Antonio Machado. Para subrayar la magnitud de hasta donde pueden llegar.

Hanya Yanagihara, es portentosa escribiendo, nadie te mantiene enganchada durante mil páginas sin poder parar de leer, la novela está magníficamente contrapesada y envuelta en un análisis social por compartimentos estanco ya que en una misma ciudad puedes no mezclarte nunca puesto que unos van en metro y otros en taxi, la sutileza se halla en la descripción de ambientes.

El giro del final es impactante, la vuelta de tuerca es maestra, me remitió a “La tregua” de Mario Benedetti, no siempre muere antes el enfermo o el de mayor edad.

Nos muestra la fragilidad que cae sobre quien menos lo esperas, un accidente de coche y el guión de la vida te clava el The End en medio del pecho y te deja con la boca abierta.

Y a pesar de toda su clave de tragedia la novela es un canto a la vida desde una perspectiva inusual que ha puesto palabras donde antes no las había.

Parece que la parabólica y los radares del arte han llegado al acuerdo de narrar a las claras y sin tapujos ni paños calientes esta clase de ignominia. Todo tiene su momento para los asuntos pendientes.

La vida escribe bien, lo que ocurre es que a menudo no sabemos leerla.

Hay que proteger a los niños si queremos poblar la tierra de adultos hermosos y llenos de bondad.

Hay que defender la alegría -cito de nuevo a Benedetti-, y eliminar el sufrimiento "porque morir nos tenemos que morir antes o después, pero el sufrimiento lo podemos aliviar", le he escuchado decir al Doctor Cavadas.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Cuidaos mucho, gracias por las visitas, os quiero. 

Pili Zori