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"Los pacientes del Doctor García", de ALMUDENA GRANDES (Acto de presentación y análisis)


Hasta este momento no he podido sentarme de nuevo frente a la pantalla del ordenador, pero aún me acompaña la buena sensación de haber estado junto a Almudena Grandes, autora que siempre crea una corriente de afecto a su alrededor además de ser un poderoso generador de luz.
Agradezco a Blanca Calvo que pensase en mí para acompañar en el encuentro a esta extraordinaria escritora cuyos libros tanto aprecio, a la Librería Lua por confiar en su propuesta, y al Centro Cultural de Ibercaja por dar cobijo en su acogedor espacio.
Sería bonito poder entregar la grabación de todo el acto porque como siempre Almudena Grandes estuvo sublime, pero no la hubo, de modo que compartiré en este pequeño rincón las palabras que le dediqué; como dice el refrán: quien da lo que tiene no está obligado a dar más. Y a continuación haré un comentario sobre su nueva entrega de Los episodios de una guerra interminable “Los pacientes del Doctor García”.

***
Almudena Grandes en Guadalajara. Vino con su nuevo libro bajo el brazo: "Los pacientes del Doctor García".

Almudena Grandes no necesita presentadores, su nombre es aval en sí mismo porque su honestidad, prestigio y valentía son tan grandes como su apellido; sé que caigo en un lugar común, pero no por ello menos cierto, los apellidos también cuentan peculiaridades e historias de carácter familiar además de hazañas en algunos casos.

Es un lujo poder seguir la evolución y trayectoria de la obra de una artista a la vez que éstas se van produciendo. Medir el paso del tiempo con el calendario de la literatura de la autora es impagable porque desde perspectivas pretéritas, tal vez resulte más sencillo analizar la historia puesto que los hechos ya están ahí en la luz o en la sombra, enterrados o a la vista y el escritor tiene un soporte para analizarla, para interpretarla, para corregirla o para hacer justicia con ella. Pero Almudena Grandes –aún siendo historiadora- comenzó al revés: la vivió y buceó en ella escribiéndola mientras ésta sucedía, y tras haberla mirado desde todos los enfoques y puntos de vista llegó a la conclusión de que necesitaba completarla -al fin y al cabo nacemos in media res en el guion de la vida- y fue entonces cuando sintió que a su obra no le faltaba, sino que le hacía falta la primera parte, dio media vuelta y enfocó la mirada hacia sus abuelos: el origen, y como consecuencia la derivó hacia sus padres, la generación que quedó dividida entre vencedores y vencidos; unos tuvieron voz pero ella eligió, y quiso escuchar la de los amordazados, la de los resistentes –rasgo al que la autora le concede la máxima heroicidad… 
La transición, como ella misma subraya no había llegado por generación espontánea, era el resultado de una lucha muy larga. 
Y ese fue el justo lugar donde colocó el eje: “El corazón helado” se convirtió en el centro de sus obras completas -que aún está completando-. Y allí se encontró a sí misma. Las partes silenciosas, al fin, se habían rellenado.
Pero volvamos al inicio. A. Grandes empezó a publicar al comienzo de la transición, y podemos constatar que desde ese punto de partida estudió a la mujer en todos los ángulos y roles posibles: como madre, como hija, en el trabajo, recordemos “Atlas de geografía humana”; en el traslado de los sueños desde lo rural a lo urbano, como vimos a través del precioso personaje de “Te llamaré viernes”; pero sobre todo la enfocó desde el amor, y para ello tuvo que destrozar estereotipos impuestos, y por la grieta abierta hizo que emergiera la verdad y puso palabras donde antes no las había; y contó lo que ni siquiera las mujeres compartían entre sí. Rompió esquemas en “Modelos de mujer” para demostrar que la belleza no tiene necesariamente que ver con la estética y que cabe en todas las tallas y en todas las edades, y que nace desde el deseo que es lo más personal e instintivo que tenemos y que no está sometida a ningún canon.
Trató a fondo el triángulo amoroso en “Castillos de cartón”. Exorcizó en “Malena es un nombre de tango” la maldición infligida a la sexualidad femenina para convertirla en un derecho, en una reivindicación; y ahora que lo vemos tan natural se nos olvida que Almudena Grandes fue precursora en muchos avances; hasta el momento en el que ella escribe “Las edades de Lulú” las mujeres hablábamos de la liberación sexual de forma muy técnica y eufemística y aunque intentábamos ser brutalmente descriptivas ese era paradójicamente el escondrijo.

Necesitábamos con urgencia ponerle nombre a lo que sentíamos, ya que éramos una generación a caballo de muchas contradicciones y ella encontró el lenguaje sincero y preciso, y tengo la impresión de que nunca se lo agradeceremos bastante.
Valoro a los autores que sirven de puente entre dos culturas y que por ello pueden explicar en ambos extremos de la pasarela los por qué de cada una; Almudena Grandes también es una escritora puente, pero en su caso entre dos ideologías. Narradora de intenciones y compromiso, bien definida en cuanto a su adscripción, que comparto, no es por casualidad que tenga lectores de tendencias políticas antagónicas y que sin embargo en ambos lados la adoren ya que ella se crió dentro de una familia con miembros de los dos bandos y aprendió a posicionarse sin dejar de amarlos, quizá por ello sabe explicarlos con ese sentido de humanidad que nos engloba y aglutina. Almudena Grandes mira con amorosa hondura a todo el mundo, aunque sabe de sobra que comprender no es justificar. Y tal vez por dicha consanguinidad y por su sentido de la justicia es la persona y artista idónea para hacer un viaje en el tiempo y colocarse en medio del combate; ahora es el momento, y ella la mejor voz para hacerlo.
En cuanto a su prosa, afirmo con rotundidad que es apabullante y que está repleta de lirismo, tiene la fuerza de los maestros rusos, es clásica pero de contenido moderno al mismo tiempo… La estructura de “Los aires difíciles” fue un hallazgo, una prodigiosa novela fuertemente sostenida por distintos vientos, sus brisas o huracanes separaban las partes, como veis el edificio no puede ser más poético. Si además al valioso equipaje le añadimos que esta escritora también goza del registro periodístico (que aunque ella lo niegue con modestia para especificar que sólo es columnista, puedo asegurar que lo tiene y que es una magnífica cronista, y analista de su tiempo) pues sólo queda descubrirse.
Aunque, si se me permite escoger, opino que la literatura con mayúsculas -que es la que ella realiza- tiene mayor profundidad porque añade la mirada interior, la introspección, y porque cuenta la historia desde las emociones, desde la psique, desde los pensamientos que no se pronuncian o no se escuchan.
Antes de que me propusieran el honor de presentarla, yo estaba recopilando en el estante de la G de mi biblioteca todos los libros que constituyen la serie de los episodios, con la idea de leerlos seguidos cuando pudiera para notar así el pespunte y las puntadas comunes que los unen, (aunque tuve que hacer una excepción en mis planes ya que leímos en el club de literatura “Inés y la alegría” y ahora, durante estos días previos a nuestro encuentro me he adentrado en solitario en las páginas de “Los pacientes del doctor García.” No sé si ella, tan amante de las buenas estructuras, estará de acuerdo con mi colocación de su obra, ya que en mi anaquel lucirá así cuando reúna todas las piezas: Los episodios por orden de aparición, en la zona izquierda, “El corazón helado” en el centro, y el pasado más reciente en la segunda parte a la derecha, comenzando por “Las edades de Lulú”, y para cerrar “Los besos en el pan”, como un espejo elevado en el que se reflejará la primera parte, ya que en su azogue se puede ver con absoluta claridad esta guerra fría en la que también hemos perdido las batallas, y se pueden observar con nitidez y repetidos los mismos ingredientes de los defectos y cualidades de nuestro país: la soberbia, la envidia y la ira -como enunera Arturo Pérez Reverte- pero también la generosidad y la unión, porque la gente de a pie siempre sabe distinguir qué es lo importante.
Hace muchos años en un encuentro con clubes de literatura le dije que no tenía nada que envidiar a Faulkner, escritor al que tanto admira, y aunque se burló un poco de mi pomposa afirmación hoy sigo pensando lo mismo y que Almudena Grandes es un orgullo vivo para la comunidad literaria y para nuestro país.
En mi novela inédita “Sin dioses que nos miren” aparece entre los agradecimientos uno que dice así: “A todos los personajes de los libros de Almudena Grandes, tan reales para mí”.
Y en nombre de mi padre y de sus compañeros del campo de concentración de Larache te doy las gracias por ser su voz.
Pili Zori.

P.D. Gran parte de este texto se repite en el análisis que hice sobre los Besos en el pan, deseaba compartir de forma oral y en su presencia -a un palmo de los atentos oídos de Almudena- muchas de las frases y reflexiones  exactas que dejé en este pequeño rincón. Pido disculpas de antemano por reiterarlo. 

--ooOoo--

“Los pacientes del doctor García”, novela de Almudena Grandes.

Como de costumbre, aviso de que en este espacio hablo de libros, largometrajes y series una vez que los hemos leído o visto, y aunque mis análisis tienen que ver más con lo artístico tendré cuidado por si acaso hago spoiler. Por favor volved aquí cuando hayáis terminado de leer la novela.


“Los pacientes del doctor García” tiene la grandeza de una ópera por su composición, así son su tono y su ritmo. Una epopeya en prosa.
La narración te lleva, te conduce hasta alcanzar la catarsis del majestuoso final, en el que se van cerrando círculos entrelazados con engarces de perfecta orfebrería, y describo bien al expresar majestuoso porque la entrega de la carpeta azul, es como el traspaso de deberes y poderes, ¿fallidos en este caso? –el lector decidirá-  de Manuel a Guillermo, dos personas de absoluta dignidad. He de decir que tuve una sensación invertida ante el pasaje: sentí que la carpeta, el valioso legado de la verdad se la entregaban los propios personajes a Almudena y que ella nos la traspasaba a nosotros, así de reales son ambos protagonistas para el lector habiendo sido creados por la propia autora. La carpeta para mí representó un precioso ajuste de relevos generacionales. De manera que, si alguna vez se había dudado de la realidad de la literatura y de la misión de un buen escritor, en esta magnífica y transformadora narración se halla la respuesta. No hay mejor herramienta para enmendarle la plana a la historia que la que esculpe letra a letra el arte de la ficción.
Los clímax en este libro ocupan el lugar exacto e irán aumentando de tamaño durante el desarrollo; por señalar alguno, citaré el fusilamiento situado casi en el centro de la novela, en ese punto es en el que surge el dilema ético y moral de Adrián y vemos cómo intenta dar la vuelta a su conciencia para poder aceptarse. En mi opinión en esas páginas está el latido de la novela con toda su controversia, y desde sus renglones nos lanza las preguntas clave: ¿Cuándo y por qué dejas de ser humano?, ¿qué resortes usas para dejar de ver a los otros como personas?
En las páginas 298, 299 y 300 comenzamos a escuchar el bombeo del corazón al que aludo, es muy difícil sujetar las lágrimas en dichos pasajes, yo no pude, y eso que las estaba derramando por alguien indefendible, el debate interno que la escritora provoca en el lector es un logro. Y a partir de esas escenas llegué al final teniendo que limpiar mis gafas a cada minuto.
Pero las pequeñas pinceladas que proporcionan volumen y brillos –como cuando terminas de pintar un árbol en un lienzo y salpicas con diminutos toques de blanco para rematar- también son importantes y me impactaron y conmovieron con igual fuerza. Hay muchas, a lo largo de la novela, colocadas con buen uso de gotero en los lugares precisos, elegiré sólo dos como muestra:
Con la primera me refiero a cuando Guillermo se deja bigote para mimetizarse porque se va a infiltrar como espía en la red Stauffer. Pienso que fuera del libro también les ocurrió lo mismo a todos los represaliados: camuflaron la derrota para adaptarse al medio, y lo hicieron incluso con su aspecto. Caminaban como quien esconde un secreto, como quien tiene que vivir dos vidas para que una no engulla a la otra, para que la nueva no se coma la identidad de la que fue legal, legítima; una oculta y otra pública, la secreta y reprimida que sin embargo antes del golpe de estado que causó la guerra civil fue luminosa y libre. Menos a sus parejas, los vencidos ocultaban incluso a los hijos su modo de pensar, de sentir… y la terrible paradoja fue que muchos de sus vástagos al ser adoctrinados por la dictadura llegaron a poner a sus padres en cuestión sin conocerles y sin que ellos les desmintieran debido a esa generosa entrega que es la renuncia del derecho a defenderse con la que creían evitar el sufrimiento de sus herederos. El país fue acuartelado, adocenado y encauzado en una sola dirección, y el miedo se extendió como un gas paralizante hasta el interior de los hogares, en los que quienes vivían vigilados y fichados y como en un toque de queda se sintieron derrotados y cobardes por haber sobrevivido y las lagunas opacas con las que fueron cubiertas sus historias son imperdonables.
La segunda también me afectó en sus dos lecturas, la real y la metafórica: me refiero a las escenas del viejo trenecito que Amparo y Guillermo pintaron a mano. Subir a tiempo a los trenes, bajarse a tiempo de ellos, o perderlos mientras ves como se alejan –al menos en cine- siempre simboliza las oportunidades desaprovechadas o viceversa, y Guillermo tiene que renunciar a ver crecer a su hijo, pierde su casa y le impiden ejercer su profesión condenándole a la clandestinidad, fuera de la novela también ocurrió, los estudios y títulos académicos no sirvieron ni pudieron convalidarse en el salvaje barrido del borrón y cuenta nueva, y ese trenecito recoge el vacío… pero por fortuna será un tren de ida y vuelta que a su regreso transportará la verdad, una verdad inesperada, imprevisible y feliz que dejará al lector con la boca abierta, un pasaje de libertad que paradójicamente se produce en la cárcel.
Prosigo en esa línea y añado que los trazos maestros me han impresionado: un médico para salvar vidas. De hecho, la palabra “resucitado” cuando Guillermo trasfunde sangre a sus pacientes recalca lo que intento expresar puesto que les devuelve la vida.
Después tenemos a un diplomático para representar la mediación, la convivencia, que no se dio, a un boxeador que simboliza la lucha exterior, pero también la interior, el combate contra sí mismos que sin duda tuvieron que dirimir muchos al sentirse equivocados, injustos y asesinos. Y finalmente el ajedrez para recordar que la contienda sigue. Es precioso contemplar el modo en el que Guillermo transmite las reglas del juego limpio a su primer hijo y el jaque mate que a su padre le hace Rita, hay nuevos participantes, la lucha continúa.
Almudena al mostrarnos las trastiendas de las dos vidas consigue redefinir con mayor exactitud conceptos manidos como traidor, tramposo, y héroe.
Todo el libro es subrayable, pero para no desvelar más –aunque creo que he sido cuidadosa- a quienes aún no lo han leído y se han saltado el aviso de posibles spoilers me conformaré con compartir sólo éstos:
“¿Qué hemos hecho nosotros para que nos vaya peor que a los nazis?, ¿por qué no valemos nada?, ¿por qué nunca le importamos a nadie?”.

“El mundo no cambia cuando se vive bajo una dictadura”.

“Los crímenes de guerra no han sido suficientes ¿no?, millones de muertos inocentes, centenares de asesinos impunes paseándose por el mundo como si fuera su casa gracias a la protección del asesino del Pardo y a la hospitalidad de Perón. Total, ¿qué significa eso?, nada, un pequeño inconveniente de la historia, un accidente…”

La novela da todas las respuestas a por qué los demás países aliados abandonaron al nuestro prefiriendo al dictador. Un extenso mapa de naciones que hoy se permiten mirarnos con altivez agacharía la cabeza si conociera la responsabilidad que tuvieron sus mayores al mirar con egoísmo insolidario para otro lado.
Almudena Grandes en esta ocasión ha dividido las partes con tabiques construidos con noticias reales, para que el lector pueda aceptar la ignominia de hechos increíbles que sin embargo fueron verdad. Esto sí que es un máster, o una extraordinaria tesis doctoral además de purísima y bella literatura.
Durante toda la lectura estuve recordando tres novelas de Bernhard Schlink “La justicia de Selb”, “El regreso” y “El lector”. Tres extraordinarios ejercicios de autocrítica.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

"Los besos en el pan", de ALMUDENA GRANDES

Retrato fiel de cómo esta etapa de crisis -que ya cumple una década en nuestro país- está transformando en profundidad continente y contenido.
Bajo la atenta, comprensiva, dignificante mirada de la autora contemplamos la adaptación de un barrio madrileño desde el que Almudena Grandes abre plan para hacerlo extensivo a todos los barrios de España: el injusto drama de desigualdad tan estoicamente sobrellevado por quienes lo padecen, es decir, toda la sociedad, ya que no se trata sólo de ideología sino de ser solidarios y la empatía va de que lo que te pasa a ti nos pasa a todos porque repercute, vivimos juntos y no aislados, no hay que mirar sin ver, no hay que torcer la cabeza hacia otra parte.
La novela me ha remitido al neorrealismo cinematográfico italiano. Era necesario contar literariamente el dolor que nos aqueja y reflejarlo con el hiperrealismo de hoy, las casas de hoy, los coches de hoy aparcados en la puerta por falta de gasolina que les alimente, o de dinero para revisarlos, arreglarlos, renovarles el seguro…
La mirada periodística es exterior, aunque ahonde. La literaria, en mi opinión, es más profunda y completa porque añade la interior, porque hace que la historia se cuente desde las emociones, desde la psique, desde los pensamientos que no se pronuncian o no se oyen salvo por el indiscreto tabique delator que en medio de la noche multiplica un llanto masculino de timidez e introversión desesperadas. Porque relata el rugido del hambre que no se escucha en las tripas infantiles, pero que se asoma a los ojos de una niña con abuela xenófoba que prefiere mendigar en “Sólo para españoles”, paradójico ejemplo tópico y típico de esa mentalidad absurda que envuelve en celofán de soberbia un mundo de apariencias y patetismo muy patrio: Que no salga el humo aunque te abrases en llamaradas, aunque arda Troya, actitud reprobable, pero que tanto a la autora como a mí, en el fondo, nos produce conmiseración, y explica por qué hay determinados votos electorales que de ninguna manera se comprenden. Sólo Sofía, la maestra sin tapones en los oídos sabe escuchar el calambre hambriento en los honorables ojos de los niños incapaces de traicionar a su familia confesando que no comen.
Almudena Grandes sabe mirar con amorosa hondura a todo el mundo, a las chinas del establecimiento de uñas postizas que se sitúa frente a la peluquería de Amalia, (que hasta ese momento embellecía las cabezas de todo el barrio), la magnífica pero humilde estilista sólo pierde la vergüenza cuando tiene que pedir para otros, creando así su pequeño banco de alimentos.
Por ese mismo distrito sin nombre -que todos podemos reconocer en los nuestros- transita la abogada Marita que se deja la piel y los pies para acabar con los desahucios.

Begoña se librará de la adicción a las compras y del sucedáneo insatisfecho que contienen, “no hay mal que por bien no venga” podrían pensar algunos, pero ese mal no tiene que ver con la crisis ni con la capacidad adquisitiva, sino con una mentalidad superficial que sí se extendió durante largo tiempo.
Por sus aceras camina Ahmed cuya miseria desmoralizadora nos anuncia la posible captación con profanados cánticos de minarete. Parece que tampoco queremos entender ni el cómo ni el por qué de ese peligroso aviso, comprenderlo supondría atajarlo, pero es más fácil que se vaya la fuerza por la boca en desprecios y desahogos cobardes amparados en el bulto de la chusma. Para canalizar la ira en grupo sí parece que servimos.
A Almudena Grandes la he visto unas cuantas veces a lo largo de la vida en encuentros con clubes de lectura o en presentaciones de sus libros. Su novela “Malena es un nombre de tango” llegó a mis manos en un momento crucial de mi existencia, acababa de perder mi trabajo y de comprender la diferencia entre amigos y relaciones sociales. Ella presentaba su obra en una residencia de estudiantes y al poco tiempo en la Biblioteca Pública de mi ciudad, gracias al talismán de su novela me enteré de que los marcianos como yo, engullidores de libros se daban cita allí, y a partir de ese momento encontré un lugar de pertenencia que me resarció de todo el fariseísmo.
Aquel día fui a escucharla a la residencia de estudiantes con mi hija mayor, en ese momento Sara tenía quince años, acababa de estrenar la adolescencia, cuando concluyó el encuentro y nos fuimos le pregunté que si le había gustado la autora, y me respondió “Me ha encantado, tan alta, con esos “cacho” pies, y fumando todo el tiempo…”, traduzco: “Tan ella misma, tan poderosa, con los pies tan bien puestos en el suelo y al mismo tiempo con tanta capacidad para el vuelo”.
En agosto mi hija mayor cumplirá 37, ambas hemos leído todos los libros de Almudena según han ido saliendo, a excepción de “El corazón helado” (me regalaron un ejemplar en casa y otro los compañeros del club de literatura) aún no he empezado a leerlo ya que siempre tengo que dar prioridad a los de club, y sin embargo ella, mi hija mayor, sí lo hizo con fruición y vehemencia, dibujándose un árbol genealógico que todavía estará dentro de las páginas esperándome.
Aquel día de 1994 yo tenía 38, soy cuatro años mayor que la escritora. Recuerdo palabra por palabra lo que dijo -en el corazón el tiempo no transcurre- y la manera de mirar y de embestir con esos ojos tan negros que clava como dardos cada vez que escanea los tuyos. No lo cuento como anécdota de proximidad, aunque es curioso cómo ambas  -Almudena y yo- hemos ido cambiando de talla a la vez, cómo compartimos la afición por la cocina dándole el significado artístico y de expresión cariñosa y entrega que tiene… pero es más llamativo todavía que si me descuido repito algunas de sus frases sin darme cuenta y por supuesto sin ánimo de plagio ni de emulación, y a la vez encuentro muchas de las mías en su escritura o en las entrevistas que le hacen, y no porque caigamos en lugares comunes a todo el mundo, precisamente la sincronía se produce con las opiniones más singulares. Tenemos hasta el mismo modo de cabrearnos o conmovernos ante iguales circunstancias, y es que simplemente coincidimos sin más, y eso me alegra.
Lo digo para explicar que es un lujo seguir la evolución y trayectoria de alguien al mismo tiempo que ésta se va produciendo. Ahora se olvida que A. Grandes fue precursora de muchos avances verdaderos y reales. Hasta el momento en el que escribe “Las edades de Lulú” hablábamos entonces de liberación sexual femenina de forma muy técnica y eufemística aunque intentáramos ser brutalmente descriptivas –ese era precisamente el escondrijo- faltaba sin embargo ponerle nombre a lo que sentíamos como generación a caballo de muchas contradicciones, y ella encontró las palabras sinceras para colocarlas donde antes no las había y creo que nunca se le ha agradecido bastante, como suele ocurrir con los escritores de trato amable, sencillo y cercano, porque parece que lo que hacen es fácil.
“Malena es un nombre de tango” fue la reivindicación que produjo el exorcismo que barrió de un plumazo los restos de maldición contra el sexo femenino que todavía quedaban. Si mal no recuerdo terminaba con la expresión “¡Qué coño!”.
Según ella misma explica, al hacer balance de su trayectoria y de su carrera, comenzó a mirar a su alrededor a partir del nacimiento de la transición, y yo constato que estudió a la mujer desde todos los ángulos y roles posibles, como madre, como hija, en el trabajo… Rompió esquemas en “Modelos de mujer” demostrando -como es habitual en ella- que la belleza cabe en varias tallas y en distintas edades y desmenuzó los ingredientes que provocan el deseo, bastante más profundos que el mero calentón. Trató a fondo el triángulo en “Castillos de cartón”.
Y al fin, tras ese arduo recorrido se preguntó por el origen, y se encontró a sí misma situándose cronológica y vitalmente en tiempo y espacio.
La transición no había llegado por generación espontánea, era el resultado de la lucha de nuestros abuelos, y de la resistencia callada de nuestros padres. Como ella misma dice si se hablaba delante de los hijos de ciertas cosas se corría el peligro de que en su ingenuidad lo dijeran y delataran en los colegios, el país seguía acuartelado y atesorando fichas como poseso. Y así fue pasando el tiempo que permitió que a los vástagos nos educaran con la versión “ganadora” e ignorando la otra parte de la historia. Y por temor a la involución se huyó hacia delante dejando un vacío de contenido injusto y lagunas de memoria llenas de nombres propios, se propiciaron reconciliaciones nacionales tácitas que impedían mirar hacia el pasado, se retiraron las caras molestas que lo recordaban para en su lugar poner otras con más estilo de Sorbona y estudios de piano. Y dimos por hecho que la democracia estaba consolidada. Pero una democracia no funciona sin el sostén de su pretérito, y había que refrendarlo.
Ella era la nieta y le correspondía hablar, ser la voz de quienes no la tuvieron y así llegó la novela bisagra “El corazón helado”, el eje en medio de su obra a la que le faltaba toda la primera parte. Y es que nos guste o no, todos nacemos in media res.
En sus libros anteriores la prosa era apabullante, llena de lirismo, esplendorosa, barroca, con tono alto, ritmo ascendente y vuelo de águila. “Los aires difíciles” me resultó una bellísima innovación, con estructura de aire, ya que distintos vientos separaban las partes. Sin embargo cuando hace pocos meses leí “Inés y la alegría” (como ya he dicho hacía mucho tiempo que no entraba en las páginas de sus últimas novelas) el impacto que tuve fue muy distinto, subjetivo sin duda. Encontré su escritura mucho más sobria, sucinta… y tuve la sensación de que se manejaba como si llevase un gorrión trémulo entre las manos, con el cuidado de quien ha recibido como legado una historia referida y por nada del mundo quisiera desvirtuarla. Sentí que volaba bajo y con miedo. El telón de fondo me resultó oscuro, como un fundido en negro, como si no se atreviera a dar la luz para que no le dijeran: “No, ese paisaje está mal descrito, ese cuartel, o esa casa no eran exactamente así…” Me alegraré de estar equivocada cuando me introduzca de nuevo en sus episodios nacionales con el doble homenaje a Galdós y a los republicanos.
Recuerdo que yo discutía a menudo con sus personajes y con ella cuando elevaban sus quejas de “hija”, solía decirle: “ya te crecerán los tuyos y te enterarás” porque a veces su escritura hacía que me entrasen temblores por aquello de que los hijos eran baúles de recuerdos que después se iban a convertir en duros jueces amonestadores.
Aquel día en la residencia de estudiantes le pregunté que si no había tenido escrúpulos éticos por haber transparentado en las páginas a su familia, me pareció que daba un rodeo y le dije que entendía que no quisiera responderme, fue la primera vez que le vi la clavada de ojos y esa reacción honrada ante el reto. Respondió: “Reina no es mi hermana sino alguien más importante” y asintió haciendo una pausa para ver si entendía, yo afirmé también en silencio. “Pero tengo derecho a mi memoria”, concluyó.
Las dos nos hemos enterado, ya lo creo, y por fortuna no ha habido reproches sino elogios -que me caldean el corazón- por parte de mis hijas y buen balance, y hasta tengo un nieto adorable, que ojalá un día se pasme al enterarse de que soy Andrómaca (“El amor conyugal y filial frente a la crueldad de la guerra”. Otra preciosa ruptura de esquemas de la autora: las abuelas también son mujeres capacitadas para la “vida moderna” en las redes).
Creo que medir el paso del tiempo con el calendario de la literatura de Almudena Grandes constituye un hermoso vínculo. Nunca he intentado entablar amistad con ningún escritor consagrado, enseguida se les pone cara de póker por si les quieres pedir algo si se enteran de que escribes, pero sí atesoro lo mejor que tienen: sus novelas. 
En la entrada anterior de este mismo blog valoraba a los autores puente que poseen dos culturas y pueden explicar en ambos extremos de la pasarela los por qué de cada una. Almudena Grandes también es una escritora puente pero en su caso entre dos ideologías. Es una narradora de intenciones, bien definida en cuanto a su adscripción, pero no es casualidad que tenga lectores de tendencias políticas antagónicas ya que ella se crio dentro de una familia con miembros de los dos bandos y aprendió a posicionarse sin dejar de amarles, quizá por ello sabe explicarlos. Y tal vez por esa consanguinidad y por su sentido de la justicia puede hacer un viaje en el tiempo para colocarse en medio del combate.
Como toquecillo más frívolo para distender añadiré que es muy madrileña, expresiones como “era una chica monísima” son muy de allí, los castellanos somos más adustos.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.