"LA BUENA ESPOSA", película de Björn Runge


Aviso: aunque no hay spoiler se pueden deducir algunas claves y no es mi intención destripar los elementos sorpresa. Quienes siguen el blog ya saben que es más interesante adentrarse en él después de ver las películas que comento o de haber leído las novelas de las que hablo.

Interpretación sublime como todas las de Glenn Close, nadie mejor para transparentar tras el disimulo, y por debajo de la contención y del control, los verdaderos y volcánicos sentimientos reprimidos, y el logro es que consigue transmitirlo con una milésima de pestañeo, o elevando apenas dos milímetros una comisura de los labios, y ahí está el director Bjön Runge para captarlo con la boca abierta y sin respiración al igual que el espectador; pero el resto de actores y actrices del elenco no se quedan a la zaga. Annie Starke hija de John Starke y de Glenn Close en el papel de Joan Castleman –la esposa cuando era joven- está perfecta; no sé si resultó ventaja o inconveniente ser madre e hija fuera de la ficción, al fin y al cabo son papeles que posiblemente nada tengan que ver con ellas en la vida real ni con su vínculo, pero ambas consiguieron la magia de la simbiosis para fundirse en una misma persona, en una misma mujer, ya que cada vez que tras una evocación aparece el flashback el espectador no siente que se rompa la fluidez, ni se sale de la protagonista madura para introducirse en la joven, no tiene duda de que está ante la misma mujer, el público ni siquiera nota el cambio de tiempo porque en esos momentos lo que la pantalla refleja en línea recta y directa es el origen del que parten los sentimientos de Joan en la madurez, en el presente, y la costura de esas idas y venidas va uniendo las piezas  que dan como resultado la estructu­ra del filme, y es la primera vez que contemplo esa forma de construir dado que los flashbacks en cine suelen ser incisos, ayudas para la comprensión del pasado pero no conforman el edificio en sí mismo, un inmueble sustentado en los recuerdos, y  también es la primera vez que observo que dichas invocaciones son el hilo conductor, por ello las idas y venidas hacia atrás y hacia delante en este caso no suponen un recurso.
El papel de David Castleman lo crea Max Irons, hijo de Jeremy Irons y supongo que de algún modo los sedimentos de un actor que es hijo de otro artista del mismo gremio nutren al personaje ya que bien podría ser un “hijo de…” eclipsado por la estrella, como ocurre dentro de la película, aunque dicha afirmación es una osadía por mi parte puesto que cuando eres un gran actor o una gran actriz te conviertes en el personaje que interpretas y si toca que te has enamorado del señor que tienes enfrente aunque en la vida real sea tu padre pues en la ficción no lo es, o si toca que tengas que asesinarle no es necesario que fuera de la pantalla le detestes, (sólo son ejemplos escogidos al azar que nada tienen que ver con la historia que se narra en La buena esposa, los pongo para que se sobreentienda que un actor puede interpretar cualquier papel sin que le influya su vida personal). A saber de qué magmas se nutren los actores, escritores… artistas en general, yo misma no lo sé, y perdón por la inmodestia de incluirme en el gremio, pero es lo que hay, es lo que soy en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en el fracaso y en el éxito, hasta que la muerte nos separe, porque la necesidad de escribir no se puede remediar, y aprovecho esta injerencia para enlazar y decir de paso que en la película la literatura es un veneno irrenunciable y que nadie tiene derecho a amordazar el talento.

El largometraje comienza cuando el matrimonio Castleman recibe la noticia de que a Joe (Jonathan Pryce) le han concedido el Premio Nobel y vemos en el rostro de Joan todos los sentimientos ambivalentes, agridulces y contradictorios que resumen una vida entera. Una vida que hoy con la perspectiva  del tiempo nos podemos permitir el lujo de poner en cuestión -el filme contiene un misterio y el gotero de las sorpresas va dejando los rastros de lo que finalmente es un secreto a voces- pero no hay que olvidar que cuando Joe y Joan se conocen transcurren los años cincuenta del siglo XX y en aquel tiempo todo absolutamente todo en todas y cada una de las sociedades occidentales se confabulaba para crear una línea de pensamiento en la que lo “lógico” era que las mujeres fuesen satélites del hombre y girasen alrededor de su astro, si queréis comprobarlo visitad de nuevo películas y series de aquella época y veréis como Doris Day recibía a su marido con una copa de cóctel en una mano y las zapatillas en la otra preparadas para que descansara el guerrero al llegar al hogar, eso sí, hecha un brazo de mar, la casa impoluta y los niños acostados para que el papá no fuese molestado y les depositase tan sólo el cálido beso de buenas noches. Que muchas mujeres lucharon por cambiar ese orden, totalmente cierto, ahí está por suerte la historia para contarlo, pero también es cierto que tantas otras ni siquiera tuvieron la lucidez de pensar que pudiera existir una forma de vida distinta; en un ambiente en el que estaba institucionalizada la idea de que los talentos eran potestad de los hombres pues tampoco todas ellas tenían madera de heroínas para contrariarla, mujeres premio nobel de literatura que yo sepa en los cincuenta…  Selma Laguerlof lo recibió en 1909, Gabriela Mistral en 1945, Nadine Gordimer en 1991, Toni Morrison en 1993, Doris Lessing en 2007, Herta Müller en 2009, Alice Munro en 2013 y Svetlana Alexievich en 2015… como veis no hace falta ser una lumbrera para calcular los años entre una concesión y otra y observar a partir de qué fechas comienzan a recibirlo mujeres, ¿qué pasa que no había magníficas escritoras durante esos huecos enormes, y en cada uno de los 194 países que componen nuestro mundo? ¿Asoman ahora de repente como las setas después de la lluvia? Lo que intento decir es que es fácilmente deducible el modo de pensar preponderante, por eso la protagonista de “La buena esposa” va evolucionando al paso de la vida y junto a las demás, pero para cuando toma conciencia, ella y su talento son prisioneros y la cadena y la sombra son perpetuos.
La película, basada en la novela de Meg Wollitzer, cuyo guion adaptó magistralmente Jane Anderson, suscita muchos debates en cuanto al análisis de las conductas femeninas y su orden de prioridades, amor, familia y desarrollo personal, hace que pienses en los componentes que conducen a la sumisión  elegida en apariencia… pero está bien que se desmenucen los ingredientes y nos los pongan frente a los ojos porque lo fácil es juzgar. Las mujeres no tenían sueños propios, salvo si los realizaban en el hueco que quedase después de atender las necesidades de los otros.
Jonathan Pryce está genial en un papel poco querible que sin embargo su pericia conduce a la comprensión e incluso a la compasión, también él es hijo de aquel tiempo en el que se produce la impostura, un tiempo en el que quien estaba subido en el burro de los privilegios no se iba a apear, sin embargo queda atrapado igualmente en la dependencia cuando se apagan los oropeles, el matrimonio ha formado un tandem a la inversa.
Y Christian Slater interpretando al periodista Nathaniel Bone representa el puente, la transición hacia la verdad y el deseo de que florezca, pero ella, Joan, siente que sólo le debe explicaciones a sus hijos y decide que éstas se queden para siempre en el territorio interior de lo doméstico. Salvará así la memoria de su esposo y a David de la inútil y humillante búsqueda de aprobación del padre.
El espectador tendrá que dilucidar sobre cuánta verdad y cuánta mentira alberga la impostura, reflexionará sobre si es necesario el reconocimiento o si basta con saber en la sombra que eres capaz, aunque el mérito se lo lleve otro, se preguntará hasta qué punto se mide la injusticia si renunciando a tu nombre te has beneficiado de lo crematístico… entre otros de los muchos interrogantes que la película plantea.
La buena esposa demuestra que no hacen falta las grandes superproducciones para conseguir joyas. Es verdad que no hay nada nuevo bajo el sol y que todo está escrito, pero con las mismas perlas se pueden hacer muchos collares distintos, en eso consiste el arte.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

Sin brújula por los másteres del universo

CUADERNO DE NOTAS
PILI  ZORI

Me temo que hemos perdido la brújula. El asunto es NO hacer trampas, es No beneficiarse de una posición de poder… no los másters, las tesis doctorales o las carreras universitarias en sí. Creo que lo he dicho en ocasiones anteriores, pero lo repetiré una vez más: una carrera universitaria ocupa cinco años en la vida de una persona joven –casi siempre- si ha tenido el privilegio y el mérito de poder acceder a la facultad en el espacio cronológico natural de sus días, un pequeño lustro que no le otorga el lustre para toda su existencia ni la buena fama para echarse a dormir; terminarla no es un final sino un comienzo, el inicio de la vida laboral compuesta de muchos más quinquenios, y si hay suerte podrá ejercer lo aprendido en el Oficio para el que se preparó, y si no, pues como decía mi padre “El saber no ocupa lugar” (Pedro Zori era ordenanza y ayudaba a sus compañeras y compañeros para que aprobasen exámenes de mayor rango que el suyo, se supone). Y subrayo que digo Oficio a propósito y con mayúscula, no porque quiera referirme sólo a los trabajos que requieren habilidad manual, sino a la acepción que significa dominio de la actividad que se ejerce o ejecuta. Para tener dominio o conocimiento de una labor se necesita experiencia que es el “Conjunto de conocimientos que se adquieren en la vida o en un periodo determinado de ésta”, según define el diccionario. Nadie elige a una abogada o abogado por el título que rutila prendido a la pared de su despacho, sino por la cantidad de casos ganados; por la misma razón un politólogo no tiene por qué ser un buen político aunque la erudición ayude, por ello no es paradójico que en una entidad, empresa o centro de trabajo, entre un licenciado y le tenga que preparar alguien que no lo es; el mundo está lleno de gente que no avala sus conocimientos con títulos académicos pero sí con toda una vida de estudio e investigación especializados, nadie se pregunta si Eric Clapton es músico de oído o de solfeo, grandes de la literatura o de la pintura no ingresaron en Bellas Artes o en Filología y sin embargo son estudiados en dichas facultades. Que se lo digan a Juan Marsé, maestro de maestros, o a Maruja Torres, que por no tener ni siquiera poseía estudios primarios, detalle que no impidió que fuera corresponsal de guerra en el Líbano, en Panamá, Israel... ¿Alguien se atreve a poner en duda su currículo?, sólo podría hacerlo algún ignorante que no haya leído su poderosa literatura respaldada por su inigualable veteranía, eso para mí señoras y señores define el prestigio.
Lo que intento decir, aunque parezca que me he metido en un jardín del que ya me salgo, es que el origen del descubrimiento periodístico de toda esta marabunta de méritos falsificados, engordados o adornados no es una caza de brujas sino la búsqueda de la honradez. Pero incluso de esa supuesta buena intención estoy aburrida, a mí me trae al fresco que los políticos tiren a degüello para destruirse entre sí agarrándose a cualquier clavo ardiente, si me molesta el tostón es porque me pregunto, pero ¿cuándo trabajan? Si están más tiempo de promoción que las estrellas del rock o del cine dentro de su beligerante pompa egocéntrica y jabonosa que el día que explote hará que nos resbalemos por todas las cuestas y pendientes de nuestro país, o por las cuentas pendientes y sin resolver que para el caso es lo mismo, ¿y qué hago como una idiota pagándoles las peleas? y no puedo evitar que se me venga a la cabeza la imagen de Saturno devorando a su hijo por temor a ser destronado por él, la pintura que más miedo me ha dado en esta vida. Y a la corte de tertulianos o cortesanos ya ni la nombro por la vergüenza ajena que paso, naturalmente se sobreentiende que salvo las honrosas excepciones.
Por contraste valoro a Manuela Carmena que se dedica a trabajar y no a hacer bolos y las cuentas le salen bien y hablan por sí solas, o miro hacia el oeste con alegría respirando los aires y fados del hermoso país contiguo que se está arreglando a su tran-tran, aunque el éxito no salga en los telediarios.
Eso es ganarse el pan honradamente como político, con título o sin él: trabajando “en la gestión, administración y buen reparto de los bienes y recursos públicos”.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro, os recuerdo en todo momento que la discrepancia no me molesta, en cualquier caso me enriquece, así que no os privéis.
Pili Zori

ACERCA DE LA CASA DE IGLESIAS Y MONTERO


No pensaba hablar de la casa de Pablo Iglesias e Irene Montero, pero es que el tratamiento que le están dando a este asunto en los medios de “información” creo que ya se pasa de castaño oscuro. Y lo grave en mi opinión, no es la incoherencia –que también la ha habido porque se tiene que corresponder lo que decimos con lo que hacemos- sino el trasfondo mucho más oscuro que en este momento hace las delicias del rancio abolengo (naturalmente lo ilustrísima que se crea una persona o grupo es problema suyo, bastante ridículo por cierto, aunque la feria de vanidades y el regodeo duran poco, y se ha acabado el recreo porque mientras escribo estas palabras la pobre y vilipendiada Valencia vuelve a empañarse por culpa de otro avariento consentido, porque esto no va de individuos sueltos) retomo por donde iba que me disperso como las ardillas de rama en rama, o de inciso en inciso. El feo trasfondo al que me refiero y que subyace por debajo de las palabras es el sentimiento soterrado que siempre ha tenido la derecha más recalcitrante: ¡¡¡¡Pero cómo un desarrapado advenedizo de izquierdas se permite comprar esa casa!!! Los rojos tienen que hacer la revolución en alpargatas, ¡¡¡faltaría más!!! y les permitimos venir a nuestras tertulias porque no tenemos más remedio que aceptar la cuota de imagen para cubrir el expediente, paripé en nombre de la veneradísima audiencia, bendita excusa, pero el borrico en la linde, el territorio es nuestro, para eso nos hemos molestado en marcarlo, ¿acaso no lo hueles?, y en levantar el cercado y defenderlo con uñas y dientes. Como decía la canción

Sillón de mis entretelas. (Jesús Munárriz - Luis Eduardo Aute)

Me quieren quitar el cargo
yo no me largo
Que este chollo no lo suelto
me lo he ganao
Tantos años asintiendo
y hasta aplaudiendo
y ahora vienen a decirme que me han cesao

Sillón de mis entretelas
Mi despachito oficial
Quieren dejarme a dos velas
a un director general
Me quieren echar afuera
arrojarme al arrabal
Que puñal a la trapera
el papelín oficial

Aferrao a mi butaca
como una lapa
A mí nadie me despega
de este sillón
Que es mi madre, que es mi esposa
será mi losa
ya me he untado en el trasero
Sinteticón

A mí me han nombrao a dedo
y aquí me quedo
por los siglos de los siglos
Amen Jesús
No me mueven de este trono
que tengo abono
hasta el día en que la espiche
de un patatús


Desde niña soy alérgica al tufo que exhalan algunos, el aroma de “porque yo lo valgo, me lo merezco”, y a conceptos como el de que ser de derechas es ser como es debido… y soy más alérgica todavía –pero de las de tener que prescribirme antihistamínico- a la gente que se jacta de venir de buena familia aunque ande arruinada y sin embargo muestre pecho de paloma sin asomo de humildad o agradecimiento para la mano menos linajuda -a sus ojos- que le saca del aprieto; soy alérgica a las personas que se creen superiores y dueñas del chiringuito y con derecho a que les rindan pleitesía por ser vos quien sois… es una actitud emponzoñada y a mi juicio patética que se respira ya que traspasa la pantalla y da vergüenza ajena, naturalmente sobra decir que algunos profesionales y también algunas cadenas se salvan un poco, pero sin señalar que tampoco está demás darse por aludido.
Creo que se pueden hacer muchas asambleas en una casa con patio o jardín, con tacones y pintalabios sin que te tilden de pertenecer por ello a la estiradísima gauche divine que también la hubo y seguramente la hay; nos hemos pasado la vida rompiendo etiquetas de imágenes superficiales y ahora resulta que cada uno debe ostentar las señales para que se sepa desde lejos a qué compartimento estanco pertenece, lo digo así porque se me retuercen las tripas con el sedimento de debajo en cuanto a clasismos, no a conciencia de clase que es muy distinto, y aunque disculpo a Pablo Iglesias por haber sido un boca chancla, ya que todos lo somos en algún momento, también le matizo a él y al mundo entero que se pueden generar prejuicios de tanto buscar no tenerlos, y es que no eres más de izquierdas por ir en metro, como tampoco eres más de derechas por trasladarte en coche, en todo caso serás más cuidadoso con tu planeta si usas el transporte público siempre que te sea posible. Sobra aclarar que se puede ser muy pijo con indumentarias de aspecto zarrapastroso rebuscadas a propósito y muy sencillo con otras más suntuosas compradas en un bazar asiático o nacional en rebajas, no quiero que la gente tenga que llevar un distintivo como los épsilon, alfas o betas del mundo feliz de Aldous Huxley, eso es reforzar las desigualdades con diferenciadores que nada tienen que ver con sentirte orgulloso de tus méritos y de tu origen.
Si el suelo no fuese tan caro y los arquitectos pudiesen construir para crear hogares de verdad y no espacios en los que hay que guardar los enseres con el orden de un tetrix, las viviendas con patio, taller y columpio de soga gruesa como los de antaño serían sueños asequibles para todo el mundo.
Me trae al fresco que una persona asalariada se compre con su sueldo -ganado honradamente- una esmeralda si es eso lo que le hace feliz o que se reparta las vacaciones de toda su vida para emular a Willy Fog, como es mi caso, pero eso no te impide luchar para que no se produzca ni un sólo desahucio, lo que de verdad me importa es que deseemos que todos tengamos igualdad de oportunidades para ejercer nuestra libertad, y peleemos en la medida de nuestras posibilidades para que así sea, cada uno con sus pequeñas o grandes capacidades para que todo el mundo tenga techo por derecho, atención médica, educación, trabajo y pan para llevarse a la boca, en definitiva: “Dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, ofrecer posada al peregrino…” como veis tampoco esas creencias son patrimonio monoteísta puesto que también las practican muchos ateos, creo que las expresó un palestino, parece que falla la memoria, y lo digo en muchos sentidos.
Se ve que estoy mayor, porque lo que me inquieta no parece interesarle a nadie, yo quería la unidad de la izquierda, y la quería como fusión, no como absorbencia de pez grande que se come al chico, deseaba que Izquierda Unida, Podemos, y el Partido Socialista fuesen de la mano conservando cada uno su idiosincrasia y sus principios, pero…
A veces pienso que habría sido más eficaz que Podemos continuase haciendo trabajo de calle y presión porque está visto que el poder y sus trastiendas son el voraz monstruo de las galletas, y las esponjosas y tiernas las engullen con fruición. Alberto Garzón, Pablo Iglesias, Irene, Íñigo, Echenique, Carolina, Juan Carlos… tan cultos, tan preparados, pero tan jóvenes, sin armadura, sin yelmo, sin casco. Una vez dentro del castillo el puente levadizo ya no se baja y no hay manera de cruzar el foso. Entiendo a Cayo Lara, comprendo a Gaspar Llamazares, por aquello de que más o menos somos de la misma quinta, estoy de su lado y en la mayoría de los temas sociales pensamos lo mismo, pero precisamente por ello y por todo lo que acarreamos a la espalda vamos a suavizar las regañinas, ya tenemos edad para sentir que todos son nuestros hijos, -como decía el personaje protagonista de la obra de Arthur Miller- para dar el relevo generacional, para dejar que acierten y también que se equivoquen, para que avancen y para que retrocedan, para confiar en ellos porque el mundo también es suyo, no sólo nuestro. Me quedo aquí, en mi patio, a verlos crecer, porque ya me he ganado el asiento, con el ferviente deseo de que salgamos del pernicioso bucle de la corrupción y que lo hagamos juntos.

EL REVÉS DEL UNIVERSO


El tiempo sólo le rinde sus respetos a la ropa y a los objetos sin pasar por ellos, se dijo Estela, y el arte no es más que eso: una rendición de tributos imperecederos, ¿a quién?, ¿a qué?, ¿por qué?, ¿para qué?... Yo qué sé. Pues vaya porquería de instinto de conservación que preserva lo que haces pero no quién eres, que les concede eternidad a las cosas y no a las personas, que pule las rocas, pero no la piel, acalló su mente y tuvo la fuerte convicción de que el universo giraba al revés.
Se entretuvo en pasar las hojas de los álbumes de fotos, la luminosa luz de la mañana embellecía la casa dando permiso para un ratito de pereza mientras el vaso de leche con cacao desentumecía los músculos. Las mismas chaquetas y blusas aparecían y se repetían en distintos viajes, no quiso calcular la suma de años transcurridos entre las plastificadas páginas de las diferentes vacaciones, a pesar de que la cifra anual estaba escrita en cada uno de los comienzos de los reportajes, a ella le gustaba hacer anotaciones y adherir tiques, pegar las entradas que habían sacado y comprado para ver los museos, las tarjetas de los restaurantes frecuentados, hojas y flores y toda clase de recuerdos de papel al lado de las fotos, aunque poco a poco había pasado por el aro y ya las guardaba en la galería del teléfono, en las carpetas del ordenador o en el marco digital penetrado por un pendrive, pero no era lo mismo. Cerró la tapa de color verde marmolado del último álbum sin sumar ni restar y diluyó en el cerebro la imagen de cuenta infantil con el signo a la izquierda y las prendas en pequeñito que sustituían a los números: pantalones, camisas, faldas, vestidos, bolsos, abalorios…
A continuación de forma instintiva abrió el armario para acariciar físicamente con los dedos las mismas americanas que plasmaban las instantáneas, los mismos pantalones, camisas, faldas, vestidos, bolsos, abalorios… lo cierto era que cada temporada añadía piezas nuevas a su vestuario, pero no se desprendía de las demás que ya tenía; cuando era joven sí lo hacía, los cambios eran importantísimos entonces y una década parecía un siglo y medio. Si es que están impecables, exclamó en su interior, y una nostalgia dulce se auto invitó -sin que nadie la hubiera llamado- para alumbrar la reflexión.
Cuando te haces mayor, pensó, no es que te despistes y pierdas la noción del tiempo, qué va, es que no quieres ver cómo éste pasa, por esa razón lo retienes en los armarios, para que se detenga, por ello no te parece extraño subir a las redes un retrato de hace diez años sin intención de trampa, como si fuera reciente, por eso te ponen triste los programas retrospectivos y recordatorios que te obligan a ver tu presente como un remotísimo pasado.
De pronto los especialistas médicos se vuelven ofensivos con sus fulminantes miradas cayéndote encima desde las alturas como si acaparases un tiempo inútil que sin embargo consideran que sería más útil y menos aburrido para otros o te hablan en voz más alta si tardas en asimilar su jerga o son condescendientes y burlones si consideran mentiras tus aturdimientos o hacen más elocuentes los pesados silencios entre diagnósticos escupidos, “Señora: La artrosis es una enfermedad degenerativa que no se cura, adelgace, vaya a pilates…” y a casita sin tratamiento aunque te esté mordiendo el trocánter como si tuviera clavados los dientes y colmillos de un perro rabioso; es una tómbola, un buen especialista constituye el premio gordo de la lotería, y si encima es comunicativo y empático pues ya puedes gritar bien alto que te ha tocado el euro millón.
Minutos antes de que el médico de “rango y galones” mandara a Estela a pilates, como quien envía a alguien a hacer gárgaras, ella había observado con ternura su engominado pelo esculpido a la antigua con raya al lado como lo llevaban los niños de los sesenta que parecía que el peine mojado en agua les dejaba relamidas las cabezas, el circunspecto galeno, más joven que ella, mostraba corbata dentro de la bata abierta y tenía en el rostro un aire ensimismado, la imaginación de sabueso de la paciente –nunca mejor aplicada la última palabra por lo que a paciencia se refiere- había soltado la espita y Estela se preguntó si la causa del rostro decepcionado que tenía enfrente provendría de la casa o del trabajo, en cuál de los dos territorios él creía que no daba la talla, o al contrario, tal vez pensase que la suya, su altura, no la alcanzaban los demás colegas, que se merecía más; la pátina de sentimiento de injusticia estaba servida, ¿o era envidia?, ¿o mediocridad mal asumida? El caso es que con esa misma parquedad había infiltrado las rodillas de la madre de Estela durante años, eso sí sin el pelo entrecano que en este momento lucía y con un ligero gesto de admiración conmiserada asomando en el pequeño brillo de los ojos negros como pozos ahora opacos, porque la madre de Estela nunca se quejaba al ver cómo se introducía la gigantesca aguja entre las astilladas rodillas y tampoco borraba del rostro la sonrisa estoica a pesar de que sus manos en las radiografías parecían dos bolsas llenas de huesecillos sueltos. Sí, el tiempo respetaba su corbata y su blanca bata para otorgarle la simulación de un poder precario, pero una vez que Estela se había desnudado a medias, (tal vez habría sido mejor para la imagen el despojamiento completo de la ropa y no la camisilla ceñida de licra tan mal elegida por el color verde claro, que apretaba y embuchaba donde no debía, sin ella la piel habría parecido mejor planchada), su cuerpo de mujer –ahora con forma de gran contrabajo y no de esbelta guitarra- se convirtió con descaro en un calendario de acordeón desplegado que a él no le apetecía ver. Sí, habían pasado 18 años –que ninguno de los dos había contado y acababan de sonar como una ristra de  bofetones- 18 años desde la primera vez que la vio cargada con el bastón de su madre y la silla de ruedas que se recogía a la entrada del hospital, además del abrigo de su madre y la carpeta de su madre y la discreta bolsa charolada de la que nadie habría sospechado el contenido (un pañal de incontinencia, una esponja, toallitas húmedas de las de formato grande, un gel pequeño, un frasco de colonia, unas bragas y un vestido por si acaso) que en la consulta nunca sabía dónde depositar, más tarde se añadiría también el andador verde claro como la horrible camisilla de la tienda de los chinos que había tenido la mala fortuna de colocarse hoy, a los kilos sobrantes siempre hay que ponerlos de luto, se recriminó, tanto si son pocos como si son muchos.
Ella se vistió humillada tras hacer los equilibrios de rigor por el alambre, de puntillas, de talones... como si los dolores se notaran en esos movimientos breves perfectamente aguantables. En el espejo de los ojos que más le importaban nunca había visto el reflejo que la mirada despectiva y de soslayo del médico con apellido de bolso y zapatos pijos le había devuelto, ¿o sí?, deseó más que nunca el abrazo de Sandro y las erizadas palabras de siempre rebotando en el cariñoso azote de las nalgas, lo que sí tuvo claro es que no iba a olvidar esa mirada hostil y gratuita que la había avergonzado. El pensamiento de Estela vociferó al mirar los mofletes del especialista algo descolgados ya: “Pues tú también estás de buen año hermoso, por mucho que te almidones” y el silencio fue una daga cortante, después al bajar la cuesta con los ojos empañados intentó ser justa, no todo el mundo tiene un carácter bonito, probablemente él esperaba otra cosa de la vida, pero si quería triunfar en su parcela como un nuevo Sir Marc Armand Ruffer ¿por qué leches eligió la especialidad incurable a la que acudimos fundamentalmente los vejestorios? Al fin y al cabo, Ruffer lidió con momias egipcias y ellas no hablaban ni replicaban; le imaginó siendo un precioso y prometedor niño de buenas notas y mejor comportamiento y evocó a su amiga Marcia cuando ella siendo cría escuchaba cómo su madre le decía a su hermano con idolatría machista: estudia para que seas alguien en la vida, y Marcia pensaba qué cosas tan raras dice mi madre, todos somos alguien ¿no?
Qué extraño es todo, extraño que tengas que desnudarte frente a un desconocido y que éste no te devuelva ni la reciprocidad de la palabra para que al menos puedas sentir un intercambio de intimidad que te iguale, extraño que todo cuanto dices lo escriban sin tu permiso y pases a ser la comidilla de ese barrio tan elitista que se permite malinterpretarte aplicando el patrón tipo sin saber cómo te afecta, extraño que siempre nos tengamos que adaptar nosotros a los medicamentos y no los medicamentos a nosotros siendo tan diferentes los unos de los otros, extraña la admiración que sentimos por los facultativos y que si alguna vez es correspondida ya se ocupan de que no se note y sobre todo, lo más extraño, es que de tarde en tarde aparezca algún doctor magnífico e inolvidable que saca adelante a tus hijos y entonces querrías agasajarle de por vida llenándole de abrazos y presentes, esos son los que sanan las heridas por comparación que te infligen los desagradables que se sitúan por encima de ti, ellos no necesitan defenderse, ni aparentar, ni pertenecer al club porque su carta de presentación es el talento, los ojos que tienen en los dedos, el ultrasonido de sus oídos, los rayos X de sus miradas y el radar para lo anímico y encima no sienten que contigo pierdan el tiempo. Es verdad que sin los médicos no somos nadie, pero también por culpa de ellos demasiadas veces nos sentimos nadie siendo muy alguien, tanto como mi amiga Marcia.
Estela se bañó con sales, maquilló su rostro y se peinó el cabello -menos frondoso que en las fotos de los primeros viajes- con cuidado y se fue a la tienda de ropa que le gustaba. En el probador se fotografió con el móvil apuntando al espejo y vestida con cada uno de los conjuntos que se probó, había comprobado que así sí tenía una idea más clara de lo que en su opinión le favorecía y de lo que no, y mandó a tomar por saco al tiempo, después compró ropa interior blanca de seda, esta vez con camisilla suelta cuatro dedos por debajo de la altura del ombligo, para ir al médico, sentenció tras hacer también la foto para verse hasta de espalda, y esa sí la borró de inmediato, pagó y se fue columpiando las bolsas. Los nuevos retratos le iban a rendir pleitesía per omnia saecula seculorum, ahora entendía en profundidad por qué la gente estaba llenando el mundo de fotos compartidas.

PILI ZORI

GRAFÓLOGOS Y EL "RIGOR" TELEVISIVO


Hace ya algunas semanas que llegó una carta a un programa de televisión manuscrita por la mujer que le quitó la vida al pequeño Gabriel.
(Me permito este inciso para enviar desde aquí mi abrazo a los padres del niño compartiendo su enorme sentimiento de pérdida irreparable, con el ferviente deseo de que puedan convertir los preciosos años vividos con su hijo en un generador de alegría íntima, y que los bellos recuerdos empujen cada uno de sus pasos para que puedan seguir caminando, y pido perdón de antemano por adosar este comentario, para ellos contaminante ya que como es comprensible quieren salvaguardar la memoria de su pequeño eliminando cualquier alusión a su asesina.)
Prosigo: En la tertulia de dicho programa se encontraba un psicólogo con conocimientos de grafología, la carta era de arrepentimiento; tras su lectura los contertulios especularon desde un principio con la falta de sinceridad que tenían las palabras que dicha carta contenía, y todos los participantes dieron por sentado que el fin que buscaba la protagonista, sin duda –según ellos- aconsejada por su abogado, era reducir la condena; resultó evidente que el carruaje previo con todo lo retransmitido en televisión pesaba; no voy a entrar en las evidencias entre asesinato u homicidio, que quedaron más que claras, ni siquiera en mi propia sentencia, pero vamos a imaginar por un instante que no se tratase de ella, de Ana Julia y que le entregaran al experto un texto escrito a mano por cualquier otra persona que él no conociera con antelación y que contuviese las mismas grafías, sin tener en cuenta el contenido, ¿cambiarían sus conclusiones?
Concretaré para que se entienda lo que intento decir. El grafólogo se fijó especialmente en que la carta había sido escrita por entero en letras mayúsculas, y otro de los componentes que se hallaban sentados alrededor de la mesa subrayó que estaba escrita por una sola cara y en dos folios, al parecer el detalle también refleja –a juicio del “experto”- algún desorden mental, la propia presentadora aclaró que se trataba de dos epístolas distintas, y que por ello ambos folios aparecían separados, pero les dio igual, el psicólogo con conocimientos de grafología extrajo toda una retahíla de disfunciones psicopáticas a partir del hecho de que la misiva estuviera confeccionada con mayúsculas. En ese momento pensé que yo misma, que no tengo dificultad para hablar sin mirar papeles, cuando he ido a la radio, o me han propuesto algún encuentro o evento en el que he de hablar en público, escribo lo que voy a expresar en mayúsculas de gran tamaño como si se tratara de mi cue, o teleprómpter particular, y lo hago así entre otras razones porque el papel me da seguridad y me parapeta y protege, tanto si lo uso después como si no, aclaro para los ingenuos que nadie improvisa, todo el mundo se aprende el bolo previamente escrito y lo ensaya en silencio, artistas, periodistas, conferenciantes, profesores, alumnos por si les sacan a la palestra o tarima para dar la lección… o retiene en la memoria las líneas maestras para que le sirvan como recordatorio que ayuda a tirar del hilo, porque al contrario de lo que piensa una gran mayoría de personas la palabra escrita es una muestra de respeto, que busca la precisión del lenguaje y en mi opinión es absurdo devaluar a alguien que lee sus propios textos; también preparo mis escritos por una sola cara y deslizo hacia un lado el folio dejando a la vista el siguiente porque así el micrófono no recoge el sonido que se produce al darle la vuelta al papel, ni distraes la visión de quienes están a tu lado o frente a ti con el movimiento de brazos, pero los principales motivos por los que monto esa pequeña parafernalia son que veo menos que un gato de escayola, y que si no estoy en confianza prefiero esconder la timidez entre renglones. De modo que me asusté un poco al ver y escuchar las deducciones del psicólogo La presentadora también le dijo entre risas que nunca le iba a dar nada manuscrito por ella. Hace tiempo que la artrosis en general y la rizartrosis de mis pulgares en particular me machacan y anquilosan los dedos, y mi letra ha variado, en el teclado cuesta menos, si ese detalle se desconoce vaya usted a saber qué terribles intenciones o delitos me podrían atribuir, añadiré que como deferencia, algunas personas de letra ilegible en minúscula optan por la de palo para que los demás puedan entenderla. Bromas aparte, lo que quiero indicar es que supongo que la grafología es una disciplina seria pero no autónoma y que probablemente requiere la compañía de otros estudios porque no constituye el suero de la verdad por sí misma. No estamos dentro de los demás para saber si se arrepienten sinceramente o no de los males que infligen, pero aunque en estos momentos no sea muy aplaudido mi deseo, me gustaría que la asesina de Gabriel, cumpliera con la justicia, pero también que se arrepintiera de verdad en su interior, porque la contrición acarrea el remordimiento que es tremendamente doloroso y éste conduce a la catarsis y por tanto a la purificación.
La verdad es que siempre ando perdida en las fronteras y matices, me preocupa no saber establecer la diferencia entre justicia o venganza, entre linchamiento o reivindicación, que me falten datos… y me detengo a cada paso aun siendo mujer de acción, y me invade la desconfianza, y eso no me ocurría antes, y si encima das por buenas sin comprobarlas las pequeñas cosas de este tipo porque aparecen en la pantalla de tu televisor que le da una pátina de credibilidad al "charlista" titulado de turno pues apaga y vámonos porque apañados estamos.
Con independencia de que si robas unas cremas, falsificas documentos, y colaboras en asuntos corruptos tengas que apencar con las consecuencias, (cleptomanías y neurosis aparte que ya te tratarán dentro o fuera de las rejas, si es que vas o no a prisión) no me gustaría que alguien fuera a la cárcel por los cadáveres que guardan en los frigoríficos periodistas carroñeros al servicio de… querría que fueran por la realidad palpable y demostrada del delito que han cometido, del mal que han hecho. Es muy triste pensar que si no hubiera conflicto de intereses no nos enteraríamos de casi nada, de vez en cuando nos arrojan las migajas para que calmemos la sed de conocimientos y nos damos por conformes. Desearía que la vida fuera más nítida y que no me hubiesen destruido la fe. Que la política no fuese el vehículo hacia el poder y que éste no atrajera y acogiera a personas con serios problemas psicopáticos en un lugar “oKupado” ex profeso para dar rienda suelta a la megalomanía, la soberbia, la frialdad, la indiferencia, el latrocinio… y es que se han apoderado del espacio de todos pensando que el corral es sólo suyo y no entiendo por qué hay que estar recalcandoles a cada minuto que sirven a… no que se sirven de…, nos hemos dejado arrebatar el concepto: mandamos nosotros, los electores, y no se nos puede faltar al respeto, ni al bolsillo, no está permitido meter mano en la hucha colectiva, porque robar en cualquiera de sus rudas o sofisticadas formas ¡¡¡¡es delito!!!! y paradójicamente estamos gritando de nuevo y sin saberlo ¡Vivan las cadenas!; todo está invertido, y admiro a los pocos que lo tienen claro e incansables se desgañitan, y apelo aunque parezca que me subo a un púlpito -que también está ocupado por fariseos- a la bienaventuranza que dice “Bienaventurados quienes tienen hambre y sed de justicia porque de ella serán saciados”, já, hasta a Jesús le llevan la contraria, y por ahí andan los santos ateos intentando apagar la sed mientras acarrean cubos hasta el agotamiento aguantando improperios. En fin… se trata de que esto tan raro y que está tan del revés en las cabezas abducidas cambie, no de entrar en el cercado para formar parte del chiringuito dando la espalda a quienes quedamos fuera, deseo que tenga arreglo y encontrar a quien me explique por qué pasa lo que pasa en nuestro país, eso sí, que no lo haga un grafólogo de la tele con ganas de rellenar silencios más elocuentes. Habrá que pedirle a Berlanga que baje y se los lleve a todos a la cárcel a ver si allí les entra la cordura y hacen acto de contrición, y mientras ellos están encerrados pues nosotros nos ocupamos de poner orden en cada uno de los armarios aunque sea con el método Kon Mary.
Un abrazo.
Pili Zori

SUEGRAS


Días antes de que nos invadiesen con el desencuentro familiar entre reinas, desde todas las cadenas de televisión, me habían llamado la atención dos anuncios publicitarios que asaltaron –casi seguidos- la pantalla del televisor de mi cocina. Uno de agua que viene a decir que la sed es como la suegra que aunque no la notes está, y el segundo en el que aparece otra odiosa madre política que obliga a su nuera a tomar una copiosa comida picante; a la acorralada nuera no le quedará más remedio que tomarse el antiácido después.
Me arriesgaré a que me tilden de que carezco de sentido del humor y diré que igual que poco a poco vamos consiguiendo que desaparezca la gordofobia y demás manías discriminantes pues también terminaremos con esta suegrafobia tan chistosa y recurrente (al parecer, los suegros –varones- gozan de mayor privilegio, y los mismos hechos risibles, si son protagonizados por ellos despiertan mayor ternura y comprensión).
Aclararé -como decían las antiguas- que “madre te haces tú, pero que suegra y abuela te hacen”, y que no sé dónde está escrita la bula de “Hala, vamos a darle un bofetón sin mano a la suegra que parece que lo aguanta”. Sobra aclarar que tengo dos yernos que son dos soles y ninguna queja y sí mucho orgullo por ellos.
No tengo problema en reírme de mí misma y de algunas ingeniosas ocurrencias, pero se trata de reírme contigo no de ti, y es que hay un tufillo generalizado de malicia popular despectiva, consentida y de lugar común que empieza a cansarme.
Ante todo y por encima de todo somos personas intentando aprender a relacionarnos desde la igualdad y los afectos, lo demás son apellidos o subtítulos de las tareas o roles que hemos de desempeñar en privado y en público. Estoy hastiada de otros poderes y de sus abusos, laborales, políticos, sociales… al menos intentaremos que no entren en el entorno familiar y que no se convierta en rol lo que debe ser un vínculo, por eso me ha gustado la igualada, que Leticia se baje de los tacones y que Sofía se coloque a su lado; que hay mar de fondo, ya imagino que sí, como en todas las familias, pero todos los familiares han de tener lima para pulir asperezas, quienes la componen y quienes la amplían, de eso va el asunto. Sin embargo, enseñar hipocresías a los nietos, sean Reales o reales, es más feo, para eso es preferible discutir y expresar lo verdadero.
No soy monárquica, habrían de ser los Borbones los seres más ejemplares, bondadosos y brillantes del mundo, como lo fueron y lo son en muchas ocasiones de enorme valor público, diplomático y representativo -nadie lo niega, como tampoco negamos las vergüenzas que han protagonizado- y seguiría diciendo que no han sido elegidos sino impuestos y que en este tiempo de democracia –aunque el contenido de la nuestra sea tan flojo- hay más opciones, de modo que si se quieren presentar a las elecciones tampoco tengo inconveniente. Pero me salgo del inciso y retomo. Como he dicho en renglones anteriores primero somos personas, y la familia Borbón tampoco está excluida del concepto. Y como soy realista, que no Realista, pues asumo que seguirán en el trono por mucho tiempo, y como hay tanto que hacer pues que echen una mano que todas nos vienen bien en vez de perder el tiempo con colocaciones fotográficas y protocolos obsoletos. Pero sobre todo lo que quiero destacar es que tengamos en cuenta que casi todos llegaremos a ser suegros y eso significará que estamos vivos y que es motivo de contento, así que a ver cuándo contemplo por la tele a una suegra y a una nuera compartiendo la botella de agua mientras juntas, dan un paseo, y a una suegra y a una nuera preparando la comida con picantes o sin ellos, y para rizar el rizo invierto: a ver cuándo salen en pantalla las suegras con los yernos y  las nueras con los suegros haciendo lo mismo y subrayo que digo en la tele porque en la vida ya lo veo.

Pili Zori.

"Los pacientes del Doctor García", de ALMUDENA GRANDES (Acto de presentación y análisis)


Hasta este momento no he podido sentarme de nuevo frente a la pantalla del ordenador, pero aún me acompaña la buena sensación de haber estado junto a Almudena Grandes, autora que siempre crea una corriente de afecto a su alrededor además de ser un poderoso generador de luz.
Agradezco a Blanca Calvo que pensase en mí para acompañar en el encuentro a esta extraordinaria escritora cuyos libros tanto aprecio, a la Librería Lua por confiar en su propuesta, y al Centro Cultural de Ibercaja por dar cobijo en su acogedor espacio.
Sería bonito poder entregar la grabación de todo el acto porque como siempre Almudena Grandes estuvo sublime, pero no la hubo, de modo que compartiré en este pequeño rincón las palabras que le dediqué; como dice el refrán: quien da lo que tiene no está obligado a dar más. Y a continuación haré un comentario sobre su nueva entrega de Los episodios de una guerra interminable “Los pacientes del Doctor García”.

***
Almudena Grandes en Guadalajara. Vino con su nuevo libro bajo el brazo: "Los pacientes del Doctor García".

Almudena Grandes no necesita presentadores, su nombre es aval en sí mismo porque su honestidad, prestigio y valentía son tan grandes como su apellido; sé que caigo en un lugar común, pero no por ello menos cierto, los apellidos también cuentan peculiaridades e historias de carácter familiar además de hazañas en algunos casos.

Es un lujo poder seguir la evolución y trayectoria de la obra de una artista a la vez que éstas se van produciendo. Medir el paso del tiempo con el calendario de la literatura de la autora es impagable porque desde perspectivas pretéritas, tal vez resulte más sencillo analizar la historia puesto que los hechos ya están ahí en la luz o en la sombra, enterrados o a la vista y el escritor tiene un soporte para analizarla, para interpretarla, para corregirla o para hacer justicia con ella. Pero Almudena Grandes –aún siendo historiadora- comenzó al revés: la vivió y buceó en ella escribiéndola mientras ésta sucedía, y tras haberla mirado desde todos los enfoques y puntos de vista llegó a la conclusión de que necesitaba completarla -al fin y al cabo nacemos in media res en el guion de la vida- y fue entonces cuando sintió que a su obra no le faltaba, sino que le hacía falta la primera parte, dio media vuelta y enfocó la mirada hacia sus abuelos: el origen, y como consecuencia la derivó hacia sus padres, la generación que quedó dividida entre vencedores y vencidos; unos tuvieron voz pero ella eligió, y quiso escuchar la de los amordazados, la de los resistentes –rasgo al que la autora le concede la máxima heroicidad… 
La transición, como ella misma subraya no había llegado por generación espontánea, era el resultado de una lucha muy larga. 
Y ese fue el justo lugar donde colocó el eje: “El corazón helado” se convirtió en el centro de sus obras completas -que aún está completando-. Y allí se encontró a sí misma. Las partes silenciosas, al fin, se habían rellenado.
Pero volvamos al inicio. A. Grandes empezó a publicar al comienzo de la transición, y podemos constatar que desde ese punto de partida estudió a la mujer en todos los ángulos y roles posibles: como madre, como hija, en el trabajo, recordemos “Atlas de geografía humana”; en el traslado de los sueños desde lo rural a lo urbano, como vimos a través del precioso personaje de “Te llamaré viernes”; pero sobre todo la enfocó desde el amor, y para ello tuvo que destrozar estereotipos impuestos, y por la grieta abierta hizo que emergiera la verdad y puso palabras donde antes no las había; y contó lo que ni siquiera las mujeres compartían entre sí. Rompió esquemas en “Modelos de mujer” para demostrar que la belleza no tiene necesariamente que ver con la estética y que cabe en todas las tallas y en todas las edades, y que nace desde el deseo que es lo más personal e instintivo que tenemos y que no está sometida a ningún canon.
Trató a fondo el triángulo amoroso en “Castillos de cartón”. Exorcizó en “Malena es un nombre de tango” la maldición infligida a la sexualidad femenina para convertirla en un derecho, en una reivindicación; y ahora que lo vemos tan natural se nos olvida que Almudena Grandes fue precursora en muchos avances; hasta el momento en el que ella escribe “Las edades de Lulú” las mujeres hablábamos de la liberación sexual de forma muy técnica y eufemística y aunque intentábamos ser brutalmente descriptivas ese era paradójicamente el escondrijo.

Necesitábamos con urgencia ponerle nombre a lo que sentíamos, ya que éramos una generación a caballo de muchas contradicciones y ella encontró el lenguaje sincero y preciso, y tengo la impresión de que nunca se lo agradeceremos bastante.
Valoro a los autores que sirven de puente entre dos culturas y que por ello pueden explicar en ambos extremos de la pasarela los por qué de cada una; Almudena Grandes también es una escritora puente, pero en su caso entre dos ideologías. Narradora de intenciones y compromiso, bien definida en cuanto a su adscripción, que comparto, no es por casualidad que tenga lectores de tendencias políticas antagónicas y que sin embargo en ambos lados la adoren ya que ella se crió dentro de una familia con miembros de los dos bandos y aprendió a posicionarse sin dejar de amarlos, quizá por ello sabe explicarlos con ese sentido de humanidad que nos engloba y aglutina. Almudena Grandes mira con amorosa hondura a todo el mundo, aunque sabe de sobra que comprender no es justificar. Y tal vez por dicha consanguinidad y por su sentido de la justicia es la persona y artista idónea para hacer un viaje en el tiempo y colocarse en medio del combate; ahora es el momento, y ella la mejor voz para hacerlo.
En cuanto a su prosa, afirmo con rotundidad que es apabullante y que está repleta de lirismo, tiene la fuerza de los maestros rusos, es clásica pero de contenido moderno al mismo tiempo… La estructura de “Los aires difíciles” fue un hallazgo, una prodigiosa novela fuertemente sostenida por distintos vientos, sus brisas o huracanes separaban las partes, como veis el edificio no puede ser más poético. Si además al valioso equipaje le añadimos que esta escritora también goza del registro periodístico (que aunque ella lo niegue con modestia para especificar que sólo es columnista, puedo asegurar que lo tiene y que es una magnífica cronista, y analista de su tiempo) pues sólo queda descubrirse.
Aunque, si se me permite escoger, opino que la literatura con mayúsculas -que es la que ella realiza- tiene mayor profundidad porque añade la mirada interior, la introspección, y porque cuenta la historia desde las emociones, desde la psique, desde los pensamientos que no se pronuncian o no se escuchan.
Antes de que me propusieran el honor de presentarla, yo estaba recopilando en el estante de la G de mi biblioteca todos los libros que constituyen la serie de los episodios, con la idea de leerlos seguidos cuando pudiera para notar así el pespunte y las puntadas comunes que los unen, (aunque tuve que hacer una excepción en mis planes ya que leímos en el club de literatura “Inés y la alegría” y ahora, durante estos días previos a nuestro encuentro me he adentrado en solitario en las páginas de “Los pacientes del doctor García.” No sé si ella, tan amante de las buenas estructuras, estará de acuerdo con mi colocación de su obra, ya que en mi anaquel lucirá así cuando reúna todas las piezas: Los episodios por orden de aparición, en la zona izquierda, “El corazón helado” en el centro, y el pasado más reciente en la segunda parte a la derecha, comenzando por “Las edades de Lulú”, y para cerrar “Los besos en el pan”, como un espejo elevado en el que se reflejará la primera parte, ya que en su azogue se puede ver con absoluta claridad esta guerra fría en la que también hemos perdido las batallas, y se pueden observar con nitidez y repetidos los mismos ingredientes de los defectos y cualidades de nuestro país: la soberbia, la envidia y la ira -como enunera Arturo Pérez Reverte- pero también la generosidad y la unión, porque la gente de a pie siempre sabe distinguir qué es lo importante.
Hace muchos años en un encuentro con clubes de literatura le dije que no tenía nada que envidiar a Faulkner, escritor al que tanto admira, y aunque se burló un poco de mi pomposa afirmación hoy sigo pensando lo mismo y que Almudena Grandes es un orgullo vivo para la comunidad literaria y para nuestro país.
En mi novela inédita “Sin dioses que nos miren” aparece entre los agradecimientos uno que dice así: “A todos los personajes de los libros de Almudena Grandes, tan reales para mí”.
Y en nombre de mi padre y de sus compañeros del campo de concentración de Larache te doy las gracias por ser su voz.
Pili Zori.

P.D. Gran parte de este texto se repite en el análisis que hice sobre los Besos en el pan, deseaba compartir de forma oral y en su presencia -a un palmo de los atentos oídos de Almudena- muchas de las frases y reflexiones  exactas que dejé en este pequeño rincón. Pido disculpas de antemano por reiterarlo. 

--ooOoo--

“Los pacientes del doctor García”, novela de Almudena Grandes.

Como de costumbre, aviso de que en este espacio hablo de libros, largometrajes y series una vez que los hemos leído o visto, y aunque mis análisis tienen que ver más con lo artístico tendré cuidado por si acaso hago spoiler. Por favor volved aquí cuando hayáis terminado de leer la novela.


“Los pacientes del doctor García” tiene la grandeza de una ópera por su composición, así son su tono y su ritmo. Una epopeya en prosa.
La narración te lleva, te conduce hasta alcanzar la catarsis del majestuoso final, en el que se van cerrando círculos entrelazados con engarces de perfecta orfebrería, y describo bien al expresar majestuoso porque la entrega de la carpeta azul, es como el traspaso de deberes y poderes, ¿fallidos en este caso? –el lector decidirá-  de Manuel a Guillermo, dos personas de absoluta dignidad. He de decir que tuve una sensación invertida ante el pasaje: sentí que la carpeta, el valioso legado de la verdad se la entregaban los propios personajes a Almudena y que ella nos la traspasaba a nosotros, así de reales son ambos protagonistas para el lector habiendo sido creados por la propia autora. La carpeta para mí representó un precioso ajuste de relevos generacionales. De manera que, si alguna vez se había dudado de la realidad de la literatura y de la misión de un buen escritor, en esta magnífica y transformadora narración se halla la respuesta. No hay mejor herramienta para enmendarle la plana a la historia que la que esculpe letra a letra el arte de la ficción.
Los clímax en este libro ocupan el lugar exacto e irán aumentando de tamaño durante el desarrollo; por señalar alguno, citaré el fusilamiento situado casi en el centro de la novela, en ese punto es en el que surge el dilema ético y moral de Adrián y vemos cómo intenta dar la vuelta a su conciencia para poder aceptarse. En mi opinión en esas páginas está el latido de la novela con toda su controversia, y desde sus renglones nos lanza las preguntas clave: ¿Cuándo y por qué dejas de ser humano?, ¿qué resortes usas para dejar de ver a los otros como personas?
En las páginas 298, 299 y 300 comenzamos a escuchar el bombeo del corazón al que aludo, es muy difícil sujetar las lágrimas en dichos pasajes, yo no pude, y eso que las estaba derramando por alguien indefendible, el debate interno que la escritora provoca en el lector es un logro. Y a partir de esas escenas llegué al final teniendo que limpiar mis gafas a cada minuto.
Pero las pequeñas pinceladas que proporcionan volumen y brillos –como cuando terminas de pintar un árbol en un lienzo y salpicas con diminutos toques de blanco para rematar- también son importantes y me impactaron y conmovieron con igual fuerza. Hay muchas, a lo largo de la novela, colocadas con buen uso de gotero en los lugares precisos, elegiré sólo dos como muestra:
Con la primera me refiero a cuando Guillermo se deja bigote para mimetizarse porque se va a infiltrar como espía en la red Stauffer. Pienso que fuera del libro también les ocurrió lo mismo a todos los represaliados: camuflaron la derrota para adaptarse al medio, y lo hicieron incluso con su aspecto. Caminaban como quien esconde un secreto, como quien tiene que vivir dos vidas para que una no engulla a la otra, para que la nueva no se coma la identidad de la que fue legal, legítima; una oculta y otra pública, la secreta y reprimida que sin embargo antes del golpe de estado que causó la guerra civil fue luminosa y libre. Menos a sus parejas, los vencidos ocultaban incluso a los hijos su modo de pensar, de sentir… y la terrible paradoja fue que muchos de sus vástagos al ser adoctrinados por la dictadura llegaron a poner a sus padres en cuestión sin conocerles y sin que ellos les desmintieran debido a esa generosa entrega que es la renuncia del derecho a defenderse con la que creían evitar el sufrimiento de sus herederos. El país fue acuartelado, adocenado y encauzado en una sola dirección, y el miedo se extendió como un gas paralizante hasta el interior de los hogares, en los que quienes vivían vigilados y fichados y como en un toque de queda se sintieron derrotados y cobardes por haber sobrevivido y las lagunas opacas con las que fueron cubiertas sus historias son imperdonables.
La segunda también me afectó en sus dos lecturas, la real y la metafórica: me refiero a las escenas del viejo trenecito que Amparo y Guillermo pintaron a mano. Subir a tiempo a los trenes, bajarse a tiempo de ellos, o perderlos mientras ves como se alejan –al menos en cine- siempre simboliza las oportunidades desaprovechadas o viceversa, y Guillermo tiene que renunciar a ver crecer a su hijo, pierde su casa y le impiden ejercer su profesión condenándole a la clandestinidad, fuera de la novela también ocurrió, los estudios y títulos académicos no sirvieron ni pudieron convalidarse en el salvaje barrido del borrón y cuenta nueva, y ese trenecito recoge el vacío… pero por fortuna será un tren de ida y vuelta que a su regreso transportará la verdad, una verdad inesperada, imprevisible y feliz que dejará al lector con la boca abierta, un pasaje de libertad que paradójicamente se produce en la cárcel.
Prosigo en esa línea y añado que los trazos maestros me han impresionado: un médico para salvar vidas. De hecho, la palabra “resucitado” cuando Guillermo trasfunde sangre a sus pacientes recalca lo que intento expresar puesto que les devuelve la vida.
Después tenemos a un diplomático para representar la mediación, la convivencia, que no se dio, a un boxeador que simboliza la lucha exterior, pero también la interior, el combate contra sí mismos que sin duda tuvieron que dirimir muchos al sentirse equivocados, injustos y asesinos. Y finalmente el ajedrez para recordar que la contienda sigue. Es precioso contemplar el modo en el que Guillermo transmite las reglas del juego limpio a su primer hijo y el jaque mate que a su padre le hace Rita, hay nuevos participantes, la lucha continúa.
Almudena al mostrarnos las trastiendas de las dos vidas consigue redefinir con mayor exactitud conceptos manidos como traidor, tramposo, y héroe.
Todo el libro es subrayable, pero para no desvelar más –aunque creo que he sido cuidadosa- a quienes aún no lo han leído y se han saltado el aviso de posibles spoilers me conformaré con compartir sólo éstos:
“¿Qué hemos hecho nosotros para que nos vaya peor que a los nazis?, ¿por qué no valemos nada?, ¿por qué nunca le importamos a nadie?”.

“El mundo no cambia cuando se vive bajo una dictadura”.

“Los crímenes de guerra no han sido suficientes ¿no?, millones de muertos inocentes, centenares de asesinos impunes paseándose por el mundo como si fuera su casa gracias a la protección del asesino del Pardo y a la hospitalidad de Perón. Total, ¿qué significa eso?, nada, un pequeño inconveniente de la historia, un accidente…”

La novela da todas las respuestas a por qué los demás países aliados abandonaron al nuestro prefiriendo al dictador. Un extenso mapa de naciones que hoy se permiten mirarnos con altivez agacharía la cabeza si conociera la responsabilidad que tuvieron sus mayores al mirar con egoísmo insolidario para otro lado.
Almudena Grandes en esta ocasión ha dividido las partes con tabiques construidos con noticias reales, para que el lector pueda aceptar la ignominia de hechos increíbles que sin embargo fueron verdad. Esto sí que es un máster, o una extraordinaria tesis doctoral además de purísima y bella literatura.
Durante toda la lectura estuve recordando tres novelas de Bernhard Schlink “La justicia de Selb”, “El regreso” y “El lector”. Tres extraordinarios ejercicios de autocrítica.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori