"AMERICAN BEAUTY", película de Sam Mendes


La American Beauty es una rosa de gran belleza debido a los tratamientos a los que es sometida para conseguir su aspecto de “perfección” casi artificial. Refiriéndose a ella -el gran monopolista de la industria del petróleo- John Davison Rockefeller dijo:
El crecimiento de un gran negocio es simplemente la supervivencia del más apto. La bella rosa estadounidense sólo puede lograr su máximo esplendor y el perfume que nos encantan si sacrificamos a  los capullos que crecen a su alrededor, esto no es una tendencia maligna en los negocios. Es más bien sólo la elaboración de una ley de la naturaleza y de una ley de Dios”. Y se quedó tan ancho. Pues bien, de esta visión darwiniana y ferozmente capitalista pronunciada por su máximo representante, un industrial sin escrúpulos, parte la extraordinaria crítica de la película que cosechó cinco oscar en el fin del milenio, 1999.
Sam Mendes como director junto al guionista Allan Ball, al músico Thomas Newman, al montador Tariq Amwar y al fotógrafo Conrad L. Hall (fallecido en el 2003 y considerado por el gremio de directores de fotografía internacional como uno de los más grandes cineastas de la historia) compuso esta sátira llena de desencanto y tristeza para gritar muy alto que la belleza natural nos rodea, pero que no la vemos porque estamos persiguiendo un falso y dañino sueño inventado e impuesto por quienes necesitan reclutar esclavos que llenen sus arcas. Pero sin cantos de sirenas nadie seguiría la zanahoria de los embaucadores. Como a Hansel y a Gretel la bonita casa de dulces y panes se nos muestra en todo su esplendor y anticipo de los más deliciosos sabores, esa pequeña mansión que oteamos a lo lejos, donde ondea la bandera de llegada a la meta, y descansa un buen coche aparcado en la puerta que impide ver los barrotes, ¿es la trampa?
¿Se puede salir de la jaula? Esa será una de las preguntas que plantearé para debatir en el cine fórum.
Los personajes de este largometraje de pronto sienten la necesidad de escapar. ¿Cómo se podría dejar la puerta de la pajarera abierta para recordar el vuelo si es que alguna vez lo emprendimos?
En esta ocasión no nos vamos a encontrar con la ternura del antihéroe. La película comienza con Lester (Kevin Spacey) sumido en un proceso de apatía enfermizo, es la viva imagen americana del “perdedor” por antonomasia, su mujer y su hija lo desprecian abiertamente, es el “capullo” del que Rokefeller hablaba como elemento al que es necesario eliminar. Las tijeras de jardín que hacen juego con los zuecos de Carolyn (Annette Baning) cuando corta sus rosas, nos trasladan el símil: pronto veremos pasar por la guadaña laboral a este ejecutivo publicitario, aunque para entonces él habrá encontrado un modo igual de deshonesto que sí le permita abrir la puerta de la jaula: su despido tiene un precio y él conoce muy bien las reglas del juego. Aunque salir de la celda no implique escapar de la cárcel la sensación sucedánea de respiro momentáneo supone un alivio.
El detonante para que Lester quiera recuperar la juventud perdida, aquel punto de partida con todos los sueños por delante, lo provoca la deslenguada Ángela (Mena Suvari), íntima amiga de su hija Jane (Thora Birch). Ángela y Jane son dos adolescentes típicas e inseguras, la primera encubre sus temores bajo una capa de afirmación física haciéndose la entendida en sexo, en realidad confunde la demanda de afecto con la de despertar el deseo y el mayor temor que esconde es el de ser vulgar. Jane en un principio influida por la aparente popularidad de su amiga y sintiéndose inferior en atractivo cree tener la necesidad de mejorarse físicamente y ahorra para una operación de senos -piensa que los tiene asimétricos y que eso es un defecto- hasta que la llegada de los nuevos vecinos marca  un antes y un después. La familia la componen el coronel retirado del cuerpo de marines Frank Fitts, (Chris Cooper) sospechosamente homófobo y secretamente nazi, su esposa Bárbara (Allison Janney) alienada en su estupor y sumida en la disculpa permanente, y Ricky el hijo (Wes Bentley), un muchacho de 18 años que bajo la férrea y cuartelera disciplina de su padre paradójicamente se gana la vida traficando con marihuana y otras hierbas manipuladas de forma genética por el ejército, mientras conserva la impostura y el modoso aspecto de un vendedor de biblias. Ha elegido vivir en el margen en el que se saca bastante dinero de la hipocresía.
A Ricky le gusta recoger con su cámara momentos especiales que a menudo albergan la belleza que nos pasa inadvertida, su interés por Jane cambiará la vida de ambos.
Carolyn, la esposa de Lester y madre de Jane vive atrapada en su deseo de triunfo laboral, social y económico, trabaja como agente inmobiliaria, y su necesidad de dar una imagen de éxito en todo momento frustra y anula su verdadera personalidad, la que tuvo en su juventud y que su marido le recuerda. Hay un instante en el que habría podido salvarse recuperando el amor de Lester y su verdadera esencia, pero pierde la ocasión por dar prioridad a que su sofá no se estropee con una mancha de cerveza aduciendo el precio, su esposo le recalca a voces que está rodeada de cosas y no de vida y que las cosas sólo son cosas.
Sam Mendes
En un país en donde las armas están tan presentes como símbolo y sucedáneo compensatorio de poder el diablo no da abasto a cargarlas.
Todo el elenco de actores está sublime, tanto Anette Benning (Carolyn) como Kevin Spacey  (Lester) hacen un alarde de expresión corporal y proyección anímica tan equilibrado y bien medido para dar las dosis justas de caricatura, patetismo y drama, que tras verlo en pantalla el asombro te acompaña para siempre. El de actor y actriz es un oficio tan digno de admiración… Que los ladrillos que usan para construir su trabajo estén hechos de materia emocional y con ellos sean capaces de levantar un universo requiere una generosidad incomparable a la de otras vocaciones. Creo que en otra ocasión ya dije en este mismo blog que no me explico cómo pueden salir de sí mismos y volver a entrar sin dañar su equilibrio, cómo pueden vaciarse para que se introduzca el personaje en su cuerpo y salga por su voz, por su mirada… qué resorte tocan para cerrar y abrir la compuerta de sus realidades -la de dentro y la de fuera de la pantalla- sin desorientarse ni perderse. Se trata de uno de los misterios que más me intrigan y que nadie me desvela, sobre el que ningún entrevistador pregunta.
Tanto Kevin Spacey como Chris Cooper lo arriesgaron todo, sus personajes podrían haberles estigmatizado para los restos y sin embargo se entregaron a ellos por completo, la onanista escena de la ducha, la fina frontera entre el inconfesable deseo de Kevin Spacey y la pederastia, (en este punto la labor del montaje dirigida por Tariq Amwar es fundamental para establecer la delicadeza y marcar que en realidad el espectador está viendo algo secreto que sólo ocurre en la mente del personaje -fantasía muy humana, por otro lado, ya que el pensamiento es libre- que además su anhelo no sólo tiene una connotación sexual perfectamente descrita, sino el estímulo y la necesidad de rejuvenecer por haber sido deseado), y la bestial paliza que Chris Cooper, el coronel Fitts, le propina a su hijo son escenas que sin duda podrían dejar marca en el espectador contra estos magníficos actores. Cuando ves el filo de la navaja en cine comprendes al máximo la palabra compenetración, y es que tanto cineastas como actores son equipos de personas de otra pasta, gentes que bucean y exploran a profundidad abisal para llevar la luz a zonas oceánicas del ser humano en las que el sol no penetra, gracias a ellos podemos asomarnos y ver los recovecos del alma. Eso es exactamente lo que intenta atrapar Ricky con su cámara: la verdadera belleza, que evidentemente no sólo tiene que ver con la decoración.
Y una de las bellezas verdaderas que sólo puede dar el cine es la de unificar en sí mismo todas las artes, en esta ocasión la música prácticamente crea la estructura que nos va marcando el estado de ánimo de cada personaje, cuando Lester Burnham se siente íntimamente atraído por la amiga de su hija, Ángela Hayes, escucharemos la música que da paso a sus fantasías y que de inmediato nos sitúa en ese espacio de ensoñación, los pétalos de intenso rojo también nos acotarán dichas escenas. Las melodías suaves que a la hora de la cena pone Carolyn –música de ascensor, así las define su hija Jane- también marcarán la idea que Carolyn tiene de la armonía. Las canciones que cada miembro de la pareja escuchará por separado en su automóvil nos indicarán su distinta forma de despertar. Como os adelantaba, tras el millonario y chantajista despido, Lester vuelve al punto de partida en el que fue feliz como vendedor de hamburguesas. Carolyn por su parte se enreda con el rey del inmueble, a quien considera un triunfador.
La debilidad está prohibida y hay que disimularla o paliarla con el apéndice fálico y “tranquilizador” de las armas.
Las rosas de la “perfección” se hacen presentes como gotas de sangre en todas las escenas cumbre de la casa de los Burnham destacando sobre los suaves colores pastel.
La solución no consiste en que tu hija tenga que huir con un muchacho encantador pero camello aunque sea de droga blanda. Ni en que la crisis de los cuarenta se resuelva comprándote el coche que en realidad te gustaba a los veinte y que sustituiste por otro más acorde con el status familiar, ni fumando hierba ni poniéndote cachas, ni acostándote con alguien que triunfa, porque el éxito no se contagia, ni la evasión transforma.
Al espectador como al lector le gusta estar de parte de los personajes, sentir empatía por ellos y redimirlos para que se salven, y a menudo olvida que no siempre los protagonistas son lo que el director o el escritor quiere poner de relieve y en lugar preferente, a menudo sólo son la excusa que sirve para resaltar una situación anómala. En este caso los protagonistas no son víctimas ni culpables sino síntomas, el producto de un sistema equivocado que ni ellos ni nosotros sabemos como arreglar.
De hecho la película comienza como la crónica de una muerte anunciada, la voz en off del propio protagonista proviene de un espacio indeterminado que los espectadores no vemos, -quizá de transición entre los vivos y los muertos, la cámara enfoca las nubes y desde allí la voz, situada por encima del hormiguero humano, nos narra la historia del proceso evolutivo de Lester que la muerte finalmente no le ha dejado culminar, (Mendes escoge la misma figura narrativa que eligió Isabel Coixet en “Mi vida sin mí”). Al espectador le queda la tarea de hacer suyo ese final desmenuzando el significado. ¿Hacia dónde caminaría Lester si no le hubiesen asesinado?, ¿acaso le da tiempo a comprender el misterio de la vida  en ese breve intervalo hacia la muerte?, ¿es una reconciliación que resarce?, ¿el concepto del tiempo y el espacio desaparecen?, cuando te mueras lo sabrás, nos responde.
Mientras él fallece la pequeña Ángela se está quitando la máscara de maquillaje en el cuarto de baño para ser al fin ella misma. Jane ha dejado de ser adolescente e inicia su propio camino con Ricky, y Carolyn llora con amargura al comprender su ¿fracaso?, ¿dónde está el comienzo?, ¿dónde el fin? Ahí os dejo con esa tarea.
En el club de lectura estamos leyendo “Las correcciones de Jonathan Franzen” aún nos queda un buen trecho, pero os adelanto que es un bombazo literario que me tiene obnubilada por el despliegue de sinceridad, talento y renovación de la escritura de este autor tan honesto y tan valiente. No sé con qué criterio el azar va tejiendo lo que cae en mis manos, pero el vínculo de este libro con “Martín (Hache)” y con “American Beauty” es evidente, y mucho antes de que se filmase esta película, Clara Sánchez ya orientaba su parabólica en este sentido con “Últimas noticias del paraíso” para denunciar lo mismo, desde entonces tengo los ojos abiertos a la queja de todo el siglo XX.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"MARTIN (HACHE)", película de Adolfo Aristarain


Hace mucho tiempo que creo que tanto en cine como en literatura se ofrecen demasiados placebos, drogas para la evasión, no me molesta si se presentan con sinceridad, -a menudo disfruto con series y comedias de situación que son lo que pretenden: un entretenimiento, una pequeña diversión sin más- pero sí me enoja cuando en formato de drama se entregan “películas” con trampas y estereotipos, sucedáneos que intentan equipararse a las honestas. Es precisamente la honradez lo que convierte en obra de arte una novela o una película. Tampoco estoy de acuerdo con que trabajos extraordinarios como “Martin (Hache)” se consideren crudos y despiadados, porque en mi opinión no hay nada más amado que lo que se mira con valentía. Quienes se asoman a los abismos anímicos buscan comprender y conectar con el otro en el núcleo de su verdad, y si te muestras, te muestras y si te entregas, te entregas, y en dicha entrega lo lógico es que aparezca la luz y la sombra, la grandeza y la miseria, lo patético y lo sublime, que de todo tenemos, pero como vivimos en espacios de apariencia y simulación pues esta clase de generosidad y conmiseración verdadera a menudo no se entiende. Creo que no hay que confundir lo sentimental con el sentimentalismo ni tampoco con la indulgencia, ser sentimental es tener sentimientos, buenos y malos, Aristarain no despoja de defectos a ninguno de los cuatro protagonistas, tampoco los redime, simplemente los explica, y además los quiere, eso nada tiene que ver con que cada uno apenque con las consecuencias de lo que hace.
La película no es una apología de las drogas, de hecho comienza con un susto que conduce al hospital a Hache, y sin ser la causa también es el arma en el suicidio del personaje más vulnerable, (dejaremos la identidad sin revelar para quienes aún no hayan visto el largometraje). Cierto que Dante (Eusebio Poncela) cree controlarlas, pero eso para el espectador es opinable, Dante bien puede estar sumergido en una etapa que después decida abandonar, de hecho me atrevería a decir que el nombre del personaje fue buscado a propósito por lo que tiene de divina comedia y de bajada a los infiernos. A mí personalmente las drogas siempre me dan miedo, no sólo las ilegales, duras, blandas… también me asustan los fármacos que a veces recetan los médicos psiquiatras –y perdón por quien se salve- como si fueran camellos, sin personalizarlos en cada paciente, he visto caer a muchas personas en un drama peor que el que tenían por no estar bien diagnosticados y sí sobre-dosificados tirando de receta sin que se les haya escuchado siquiera. El sistema neurológico y la fortaleza emocional son vulnerables, sobra aclarar que a otros doctores sin embargo sus pacientes les deben hasta la vida, curiosamente suelen ser muy humanos e implicados.
Cuando era cría vi un programa documental en el que se contemplaban los efectos provocados por el L.S.D. y me impactó tanto que se convirtió en un revulsivo. Y además no considero arte lo que se crea bajo las alteraciones de las drogas, incluido el alcohol. Pero, como otras veces he dicho en este mismo blog, recalco que mis impresiones son subjetivas. En los ambientes artísticos y también en los de la farándula hubo, hay y habrá mucho coqueteo con sustancias. La mayoría de los actores que habiéndolas consumido sale adelante es porque en un momento dado ha sabido apearse de ese tren, otros tristemente quedan atrapados.
Aclarado este punto pasamos a lo importante. Y lo importante en esta película es la relación entre un padre (Federico Luppi) y un hijo (Juan diego Botto) y la familia no consanguínea que gira a su alrededor. El amor busca los recovecos para manifestarse en todas sus expresiones, incluso en un padre que no ejerce como tal en apariencia, hermético, duro, con incapacidad -rayana en la mutilación- para expresar sentimientos, desagradable hasta rozar la misoginia, egoísta, de palabra ofensiva, que huye del compromiso, pero se beneficia de la compañía de Alicia (Cecilia Roth) creándole equívocos, o dejando que ella se confunda… y en ese caldo Adolfo Aristarain nos hace un retrato fidedigno de las emociones, los miedos e inseguridades… en definitiva de toda la complejidad y condicionamiento humanos.
Uno de los debates que suscita este film intemporal y universal con el que se identifica cualquier generación tanto en su etapa de adolescencia y juventud como en la de madurez es el de: “¿Qué quieren o esperan de mí los demás?, ¿qué busco y espero de los demás y de mí?”. La película habla sobre cómo plantear el propio futuro. Sobre los objetivos.
También revisa el error femenino de vivir en el deseo del otro, de ser o dejar de ser en función de si se es o no correspondida en el amor. Expresa lo que acarrea el hecho de poner el sentido de la vida y el bienestar propios en manos ajenas por muy queridas que sean.
Habla de amistad y de lo que se puede llegar a arriesgar o a perder con gusto por darle prioridad a ese íntimo y sagrado vínculo. La película define principios, describe la tristeza –iba a decir nostalgia pero no sería bastante- de quien se exilia obligado, de quien ha de irse de su lugar a la fuerza. Lugar, tu lugar… una constante en este director que escribió y dirigió “Un lugar en el mundo” y “Lugares comunes”, Argentina y España son sus lugares comunes, por eso el espectador no puede contener las lágrimas cuando Martín Echenique y Hache, su hijo, hablan de los tejados de argentina, y de que en España la gente no silba por la calle. El cierre es precioso, la mejor forma de comunicarse con su padre es en su idioma: a través de una cámara, sosteniendo un primer plano cuyo impudor, cuya timidez, encubre y protege la lente.
Hay algo enorme que el espectador desde su butaca intuye aunque no sepa descifrarlo y es la costura que une a los cinco, Adolfo Aristarain, Federico Luppi, Cecilia Roth, Juan Diego Botto y Eusebio Poncela, (los anteriores vinieron, pero éste último, Eusebio, fue allá durante un tiempo, para ser acogido, cuidado, curado, querido). Cecilia llegó a nuestro país con los suyos huyendo de la dictadura, tenía 18 años. Luppi se vio abocado a asumir un nuevo comienzo con sesenta abriles. Juan Diego es hijo del actor Diego Fernando Botto -desaparecido y asesinado durante la campaña de terror que infligió la dictadura de Videla en 1977-, y de su madre la famosa actriz y profesora de actores Cristina Rota que se vino para España con sus dos hijos, a los que después se añadiría Nur la hermana pequeña nacida de una nueva pareja (los tres son actores María Botto y Nur Levi). Me atrevería a decir sin riesgo a equivocarme que para todos ellos la interpretación además es un homenaje. Ninguno llegó aquí y besó el santo, sin embargo sus carreras son acomplejantes, hasta dos y tres trabajos en un mismo año y en los curriculums de todos ellos aparecen más de treinta largometrajes, añadiremos que se suben a las tablas del teatro, no sólo para interpretarlo también para escribirlo como en el caso de Juan Diego. A su madre le debemos el resultado de la preparación integral de muchos de nuestros mejores actores y actrices actuales.
Me quedé sin aliento cuando hace muchos años pude ver en el cineclub de la 2 “Tiempo de revancha” en un extraordinario ciclo de cine argentino. Adolfo Aristarain tiene la nacionalidad española por decreto real, el honor le fue concedido por reciprocidad, por su contribución a la cultura, y por hacer de puente entre Argentina y España. Ser cineasta sin industria es una labor de titanes y un “por amor al arte” nunca mejor aplicado.  Pocas vocaciones entregan tanto, las películas son carísimas, no sólo en dinero también en costes personales y por eso se merecen al menos la pequeña veneración que yo les rindo intentando ser una pizca consciente de su valor heroico a la hora de realizar cine.
Adolfo Aristarain escribe sus guiones dando fe de su magnífica pluma. Como buen escritor en lo único que no es permisivo es en que le cambien una sola coma de los diálogos. ¿A alguien se le ocurriría desprender una piedra preciosa de una joya para colocarla en otro sitio?, ¿cortar la mano del David para darle otro movimiento? ¿A que no? bueno pues con la escritura se le ocurre a todo el mundo, así que chapeau por su intransigencia y reivindicación señor Aristarain.
Este gran cineasta que trabajó como ayudante de dirección en más de 30 películas para muchos de los grandes directores españoles y argentinos antes de decidirse a regalarnos su propia obra, se define como artesano y alega que habría sido feliz trabajando para un estudio y que al acabar un rodaje de inmediato estuviera otro guión esperándolo. Le tiene cierto reparo al cine catalogado como de autor, sin embargo para una espectadora como yo, ese calificativo no contiene ningún ingrediente snob o peyorativo, más bien el de sello propio y voz personal, y él posee ambos, su cine no solo es reconocible, además es inolvidable.
Autor de corte clásico y contenido moderno con la humildad de los grandes directores de actores prefiere que nos fijemos en la decoración dentro de las escenas, mientras los protagonistas están en acción, porque no le gustan las postales ni que se note que hay alguien detrás que nos conduce la mirada.
“Martín (Hache)” se la dedicó a su hijo y sin saberlo y por extensión también se la dedicó a los nuestros.
He leído alguna objeción en internet al izquierdismo burgués de este director en cuyas películas sus personajes alardean de buena vida, buena comida y mejor bebida, buena lectura, buena música… y me gustaría contraponer a esa idea que no todo el mundo tiene que hacer la revolución en alpargatas, que ese concepto rezuma clasismo en sí, valga la paradoja, por ello desde aquí quiero recordar nuevamente el verso de la canción de Victor Manuel “Esto no es una canción”: …o aquí cabemos todos o no cabe ni Dios. No es burgués el que con su sueldo se compra una esmeralda, y mucho menos lo es el que lo arriesga todo, e incluso se arruina por entregarnos su arte, me parece superficial y una osadía negarle a alguien la capacidad de ser sensible por su adscripción política. Burgués, se dijo, es el que posee los medios de producción y por tanto el poder, los derivados vinieron después.
Para terminar diré que creo que hay muchas maneras no convencionales de “ser como es debido” y que está bien que nos las recuerden. Todos los miembros de este elenco incluido el director, se sacaron el corazón de la caja torácica y nos lo pusieron encima de la mesa. Aristarain, sabe mirar por dentro a los demás y a sí mismo, y sobre todo sabe escuchar el elocuente silencio que anida entre las pausas de una conversación, en las miradas, en los gestos, pero sobre todo es un maestro a la hora de diseccionar la zozobra interior.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"ROJO", película de Krzysztof Kieslowski


Continuamos con Rojo, el hermoso epílogo de la trilogía. En esta película aparecen también los conceptos de libertad e igualdad pero el que se subraya especialmente es el de fraternidad, ese sentimiento que no requiere conocer al otro para solidarizarse, para empatizar, para amarlo.
La película comienza con la comunicación telefónica, sendos cables de colores entre los que predomina el rojo corren vertiginosos y juntos a la velocidad de la voz desde Ginebra y cruzan el Canal de la Mancha hasta llegar a Inglaterra, un distorsionado coro de Babel les acompaña. Allí está Michel el novio de Valentina (Irène Jacob) controlándole la existencia a través del hilo, manipulando su ánimo, haciéndola infeliz mientras se da la gran vida de país en país sin que ella le reclame ni demande explicaciones de con quién entra o con quién sale. Era premonitorio Kieslowski, pero no creo que hasta el punto de poder imaginar la dependencia telefónica a la que hemos llegado casi veinte años después de que él nos dejara, ya no padecemos aquellas ansiedades de no llegar a tiempo a coger el teléfono, o a no saber quién nos llamaba, sin duda las hemos sustituido por otras, la angustia de Valentina por estar en su casa a la hora exacta en la que ha quedado con su novio para recibir la llamada, su impaciencia al escuchar el teléfono detrás de la puerta que no puede abrir porque le han sellado la cerradura con chicle, una broma pesada: la protagonista ha posado para el anuncio de una marca de masticable cuyo eslogan dice “En cualquier circunstancia la vida puede ser frescor.” Kieslowski no escribía en vano: Valentina -o el poder de la inocencia- es el aire fresco y regenerador en cualquier circunstancia de la vida. La pompa que se infla y se desinfla en las fotos de las pruebas para el anuncio también tiene -como de costumbre en su cine- otras lecturas, y su cabello húmedo, y el gesto de tristeza y temor que el fotógrafo escoge para una valla publicitaria de ocho metros colocada cerca del mar, más tarde cerrará el vaticinio que durante todo el metraje barrunta y planea por encima de las cabezas del patio de butacas como una corazonada. El flamear de la sedosa tela roja vuelve a dar sentido a la personal forma que Kieslowski tuvo de interpretar el contenido de los tres conceptos de la bandera francesa.
Pronto el espectador verá de nuevo las constantes de este autor: el azar, los paralelismos, las coincidencias, los vínculos entre desconocidos que están juntos sin saberlo, en una tienda de discos, en una bolera, cruzando frente a tu ventana… predestinados por la decisión del juguetón azar. Kieslowski nos va dando algunas pinceladas informativas para que sepamos más que los protagonistas y esperemos con nerviosismo a que sus vidas se crucen al fin.
Valentina es una estudiante de ballet que de vez en cuando para financiarse desfila como modelo de pasarela o posa como he dicho anteriormente para algún anuncio publicitario. Es importante para el público saber que ella considera secundarias en su vida estas actividades, si tenemos en cuenta que otras chicas matarían por estar en su lugar, el detalle nos indica muchos de los rasgos de su personalidad que a lo largo del recorrido por el film iremos viendo desarrollarse.
Augusto (Jean Pierre Lorit) vive enfrente, tiene un perro negro, un coche rojo y oposita para juez, en su casa hay un lienzo apaisado con la figura de una bailarina, enseguida veremos a la protagonista ejercitando en un ensayo ese mismo movimiento, es posible que al espectador el paralelismo le pase inadvertido, pero Kieslowski abre las emociones por la puerta del inconsciente, y el dato ya está almacenado aunque aún no sepamos para qué sirve ni qué misión tiene. Krzysztof sigue dando esas pequeñas puntadas que de forma sutil van cosiendo la trama: la alarma del automóvil de Valentina suena mientras él espera –oteando por la ventana- la llegada de Karin (Frederique Feder). Su novia. Karin trabaja a tiempo parcial, informa por teléfono, de forma personalizada, sobre las previsiones meteorológicas del tiempo que va a hacer en cualquier país del mundo.
En el café restaurante del barrio, Valentina tiene la costumbre de meter una moneda en la tragaperras. Cuando no gana levanta el puño con alegría para transmitirle al camarero que no ganar es buena suerte -otra pequeña trasgresión del director, aunque nuestro refranero también comparte lo de “afortunado en el juego desgraciado en amores”- de hecho cuando sí obtiene el premio ambos se entristecen, en ese momento de la película ella sabe por qué: en un periódico aparece la foto de su hermano consumiendo droga, naturalmente este dato lo deducimos por el comentario sobre el parecido que le hace otro vecino, y que ella se apresura a negar. Las monedas de la mala suerte van a parar a un frasco grande que ya está lleno y en lo alto de un armario fuera de la vista. Así que con el azar y la suerte invertidas cuando estemos llegando casi al final veremos en suspenso los tres dúos de cerezas a punto de caer, y es que tal vez la verdadera buena suerte de unos tenga irremediablemente que ser precedida por la mala de otros, no sé, ahí dejo estas preguntas para que les deis vueltas, ¿es posible que haya un traspaso del karma dentro y fuera de la película?, ¿acaso lo inconcluso del pasado necesite del concurso de otros para resolverse?, ¿Augusto es el alter ego del inquietante y enigmático juez Joseph Kern (Jean Louis Trintignant)?
Dos estilográficas adquirirán protagonismo fundamental en los cierres de círculo. Con una se han dictado sentencias durante tres décadas, pero para la más importante, la del dictamen final, el máximo ejercicio de responsabilidad, la tinta dejará de funcionar; esta vez el imputado es el propio juez y la auto-denuncia se escribirá a lápiz. ¿Cuál será la primera sentencia que firme Augusto con su nueva pluma todavía sin estrenar? Los objetos al igual que en Blanco y en Azul, personifican y sustituyen el alma y las emociones de los protagonistas. Pero volvamos al comienzo.
Debido a las tensiones que el novio provoca en la bailarina, ésta se distrae tratando de sintonizar bien una emisora de radio en el coche y sin querer atropella a Rita, una perra que caminaba libre y suelta, ¿accidente fortuito, o consecuencia de las normas subterráneas del destino cuyas leyes aún desconocemos? En este tramo de la película nos encontramos con otro luminoso subrayado: la responsabilidad. Valentina mira en el collar la dirección de su dueño y así conducida por la perra conocerá al juez retirado que se dedica a espiar a sus vecinos pinchándoles los teléfonos, (más adelante el amago que tiene Augusto, el joven juez recién investido, de abandonar a su perro, nos pondrá el corazón en vilo, otro de los círculos paralelos que se cierran para plantear distintas opciones, dudas o pensamientos aunque los resultados finales sean los mismos, pero eso ocurrirá más tarde, no nos adelantemos).
De nuevo nos encontramos ante una falsa apariencia, partiendo de algo ilegal –las escuchas telefónicas- Kiesloswski nos va a introducir de lleno en el núcleo de nuestras contradicciones más profundas, de nuestros sentimientos más ambiguos, para que del oscuro conflicto nazca la luz; a partir de ahí se producirá uno de los duelos éticos más hermosos que se han visto en cine, el director nos coloca como jurado, y la tarea es ardua y difícil, pero sumamente aleccionadora, porque no se trata sólo de hacer lo correcto, sino de que los motivos también sean correctos, honrados, valientes y sinceros a la hora de dictaminar.
La juventud frente a la madurez, el desencanto frente a la esperanza y la bondad se pondrán en cuestión, al igual que la culpabilidad y la inocencia.
El juez nos recibe de espaldas, está situado de espaldas al mundo exterior, en un ambiente de descuidada guarida, sin embargo tiene la puerta abierta. El proceso evolutivo de los dos protagonistas al entrar en contacto es maravilloso, la luz nos irá indicando los turnos, ambos recibirán una iluminación drástica, mitad del rostro iluminado, la otra mitad en sombra -para señalar el lado oscuro que todos tenemos, el ying dentro del yang- cada uno estará a intervalos dentro de la luz y también en la oscuridad, Krzysztof Kieslowski les colocara a distintos niveles para que el espectador vaya comprendiendo la alternancia de la altura moral, unas veces la detentará el juez, otras la joven Valentina. Lentamente iremos comprendiendo que el juez es una figura mística y que quizá esté representando, por deseo del director, a una deidad profana, entonces una luz reveladora y cenital se derramará sobre ellos.
Pero antes Rita, la perra, habrá conducido a Valentina hasta una iglesia semivacía (la lectura para cada espectador será distinta. Como ya dije en Azul, el autor establece una relación íntima y confidencial con cada uno de nosotros y todas las subjetividades surgidas de esa experiencia son válidas y genuinas, para mí la entrada de la perra en la iglesia con Valentina preguntando por ella representa el “aquí no está necesariamente la verdad sino los preceptos de una religión”), la perra sale de inmediato para llevarla de nuevo a la casa del juez, ¿tal vez un templo más acorde con la vida actual en el que se hace necesario el examen de conciencia? Y tras esa pregunta, el film nos plantea otras como: ¿Es lícito intervenir en otras vidas?, ¿inevitable?, ¿es un acto de vanidad extrema erigirse en juez? (Curiosamente y como nota al margen diré que como las obras de arte se hablan entre sí fue inevitable para mí recordar la película “La vida de los otros”, en la que las escuchas y el Este también estaban presentes).
La protagonista ayuda por fin a la señora reumática que no alcanza a introducir la botella en el contenedor de reciclaje, en Azul la ensimismada Julie no lo hace, en Blanco Karol además se ríe y tampoco la socorre.
Estéticamente la película es preciosa, y repite las constantes de Kieslowski, un desfile alrededor de lámparas de cristal colocadas a la altura de las modelos vuelve a inundarnos de destellos diamantinos desde todas las facetas, tantas como puntos de vista y enfoques tiene la vida, también la trasgresión es bonita porque no siempre hemos de ser iluminados desde arriba, la luz también puede estar situada en plano de igualdad con nosotros y a nuestro lado. Los cristales rotos se repiten, en esta ocasión son de vasos y vasijas, el líquido que se desborda, a veces en connotación fálica y onanista como el de la tetera, otras como fragmentos de alma rota sobre una mesa de billar… de nuevo el juego, la suerte y el azar con significado kieslowskiano marcando el paso de nuestras vidas, los vidrios transparentes, de ventana de casa o de coche aparecen como barreras parecidas a la lente por la que el director contemplaba y estudiaba la existencia. Y de nuevo la vida y sus paralelismos: al igual que en Azul y la rata con sus crías, Rita que ha estado a punto de morir espera siete cachorros, uno será para Valentina.
El Juez sale de su ratonera y en un teatro, el gran teatro del mundo, él abajo y ella arriba con los brazos extendidos y las manos enlazadas –al igual que en Azul y en la alberca lo hicieron Julie y su vecina- se confabulará el destino para enmendarle la plana a lo que se estropeó treinta y cinco años atrás. Aquel muchacho al que le hicieron en el examen la pregunta que “casualmente” apareció en la página que quedó a la vista al caer el libro desde una de las gradas de ese mismo teatro, resolverá hoy y ¿reencarnado? en otro, tres décadas después, el amor inconcluso que ahora envuelto en rojo ha traído Valentina. Como os decía en las dos entregas anteriores el director creía en las segundas oportunidades y en este caso llega a romper las barreras temporales para que dicha oportunidad se produzca (también en esta parte me resultó inevitable recordar la preciosa novela de Elia BarcelóEl secreto del orfebre” sería tan hermoso que ningún amor fuera imposible).
La mujer infiel que ambos jueces encontraron con un hombre en medio de sus piernas abiertas morirá en el yate de recreo junto a su nuevo amante, porque las razones importan y también los motivos. Kieslowski condenó la avaricia y el deseo de consumo, del triunfo económico y de apariencias, tan occidental, y a cambio premió la honradez de Valentina que al responsabilizarse de la perra y devolverle el dinero del veterinario resucitó en el juez la fe en el género humano. Todos nuestros actos tienen consecuencias, por ello es importante no efectuarlos a la ligera. La protagonista tropieza cada vez que se equivoca, la imagen es muy explícita.
El final, como ya anuncié en la entrada de Azul, es precioso: el autor salva del naufragio a los protagonistas de las tres películas. Los pronósticos meteorológicos fueron mentira.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"BLANCO", película de Krzysztof Kieslowski


Kieslowski aprovechó el color blanco de la bandera francesa para reflexionar junto a nosotros sobre el concepto de igualdad, en este caso su crítica fue bastante atroz, y su triste carcajada, ciertamente sardónica, como ya os anunciaba en Azul al presentar la trilogía. El planteamiento de igualdad le pareció imposible entre el Este y occidente, la hegemonía la detenta el que más tiene, y el capitalismo exacerbado, deshumanizador y “cosificante” se ha extendido como una gran tela de araña que obnubila el pensamiento, el arácnido de enormes patas ha inoculado en nuestras mentes el veneno que sólo nos permite pensar que el triunfo económico es el que sirve, poder adquisitivo para consumir de forma adictiva y enfermiza cosas y más cosas que nos siguen dejando frustrados porque no sustituyen la tan ansiada felicidad que en ninguna escuela nos enseñan a conseguir; ni siquiera lo comprado, lo adquirido son sucedáneos de satisfacción inmediata, y lo efímero de su vigencia vuelve a crear la inseguridad y la necesidad de nuevas dosis cada vez en frecuencias más cortas. Tampoco el sentimiento europeo es el mismo, y si Kieslowski viviera derramaría en su cine lágrimas muy amargas: países de su cultura troceados y vendidos, una generación joven desarrollada en unas tierras sin ley, azules ojos, pieles blancas y labios rojos de mujer vendidos al peso para el capricho insaciable del poder hegemónico y sin escrúpulos de los que exclaman “porque me lo puedo permitir”, todo se vende y se compra en la Europa de hoy y la mercancía humana cada vez es más barata. ¡Pobre Krzysztof! Qué corto te quedaste con el amor rencoroso, vengativo e imposible entre Karol y Dominique, dos corazones, uno polaco y otro francés, sin posibilidad de enlace.
Cuando cayó el muro seguramente para muchos supondría una liberación, pero también para otros muchos una nueva decepción, ni en el Este ni en el Oeste se ataban los perros con longanizas, desgraciadamente nunca se fusionan las cosas buenas de cada lado, el que más puede invade, impone sus normas y sanseacabó. Pero retomemos la trama.
Karol (Zbigniev Zamachowski), un gran peluquero polaco de prestigio, en un concurso de Budapest se enamora perdidamente de Dominique (Julie Delpy) una avariciosa y materialista modelo; también en Francia Karol obtiene sendos premios por su talento y regenta una glamurosa peluquería, más adelante veremos cómo se desprende de sus diplomas tirándolos a las vías del metro, toda su vida y sus anhelos cayendo por la borda, aunque estos datos que estoy desvelando y desbaratando el director nos los entregó con sutileza y cuenta gotas para mantener la intriga, me atrevo a desentrañarlos porque aunque la trama es importante, siempre os recuerdo que en este blog lo que pretendo es que el encuentro se produzca con el libro leído o con la película vista, aún así procuraré guardarme algunos detalles reveladores. Nada más casarse Karol se vuelve impotente y no puede satisfacer a su esposa –el autor asocia a propósito la virilidad con el poder para que el espectador obtenga las dos lecturas sobre el concepto de impotencia-. El protagonista no domina la lengua y eso le coloca en desventaja, al no quedar satisfecha sexualmente Dominique, resentida solicita el divorcio, el obstáculo del desconocimiento del idioma ya queda patente en el juicio y pronto Karol pasa a ser un inmigrante sin derechos para la justicia francesa. Tras el divorcio llega la pérdida de bienes, de tarjetas, de pasaporte… y Karol queda en situación de ilegal. Él aún conserva la llave de la peluquería y pasa la noche allí, Dominique con todas las circunstancias a su favor incendia el local denunciando que ha sido él para perderle de vista. A Karol no le quedará otro remedio que plantearse el huir a su país.
En el metro se dispone a mendigar haciendo música con un peine sobre el que pone un pañuelo de papel, la pieza es una conocida melodía polaca y al oírla un compatriota, Mikolaj (Janusz Gajos) se detiene a su lado, pasan la noche juntos en los bancos de la estación, él le muestra fuera de la boca del metro el balcón de la que ha dejado de ser su casa, unas sombras sospechosas le hacen comprender a Mikolaj que la ex esposa no está sola y así se lo sugiere al ingenuo Karol. Con su última moneda llama desde una cabina y Dominique, en el colmo del paroxismo vengativo, le retransmite un apoteósico orgasmo, la cabina se traga sus últimos dos francos que él le reclamará al taquillero con agresividad verbal desesperada. Mikolaj es jugador profesional, de nuevo los juegos de azar determinan la partida crucial y la apuesta es alta, Mikolaj aprovechando la lamentable situación de Karol le propone un trabajo: por una gran suma de dinero debe quitarle la vida a alguien que está cansado de sufrir y de vivir, hay una conversación en la que se comparan las situaciones y Karol manifiesta su incomprensión y desacuerdo ante un hombre que lo tiene todo y sin embargo quiere morir, es posible que también en este punto del metraje se produzcan otras lecturas, (el anónimo polaco que desea acabar con su vida bien pudo representar para el cineasta a la vieja y moribunda Europa del Este, desilusionada por la pérdida de objetivos e ideales). Por si acaso no os desvelo los resultados de dicho plan, sólo diré que de nuevo la frontera entre lo ético y lo delictivo queda difuminada y de estar a punto de morir, la situación pasa a convertirse en un hermoso canto a la vida gracias a la fraternidad, al cariño y la amistad hacia otro ser humano, el contacto físico, el abrazo, el estrechamiento de mano sellan el vínculo, al igual que Julie lo selló con su vecina, con Olivier y con la señora que cuidaba de su antigua casa, lo mismo que en Rojo en el teatro lo lacraron el juez y Valentine, en ese único contacto físico en el que ambos extienden sus manos.
Al comienzo de la película vemos una gran maleta que da vueltas en un aeropuerto, es un salto hacia delante, flashforward, que más tarde se desarrollará, la entrada y salida de ambos países no se produce por vías legales ni naturales. De nuevo en Polonia Karol sólo vive para su obsesión: recuperar el amor de su ex esposa, hasta allí se ha llevado una escultura que se la recuerda -otra vez vemos la reconstrucción a partir de los pedazos- la figura se rompió en el viaje como su reciente pasado, pero él la recompone, reconstruir a partir de la pérdida es una constante de la trilogía, renacer de los pedazos como el Fénix renació de sus cenizas. También entran en Polonia los dos francos que en un momento dado quiere arrojar al agua pero se le pegan a la palma de la mano, la mentalidad de un país se introduce en el otro, en ese instante Karol comienza a urdir su plan de amor y venganza, estudia por las noches el idioma francés hasta quedar exhausto –son interesantes las frases que escuchamos, palabras de amor y de deseo que de nuevo proponen otras interpretaciones interiores- busca el dinero sin escrúpulos, y los nuevos aires de especulación entran en Polonia, dos grandes almacenes, Ikea y Harnic, están interesados en unas tierras concretas en las que asentarse y él aprovecha la oportunidad de un macutazo para adelantarse y llevarse el gato al agua.
Creo que una de las pautas para el debate sería en qué bases ha de sostenerse la igualdad, imagino que contestaremos al unísono: que en la dignidad humana y no en el poder adquisitivo.
La película está llena de los símbolos y las constantes de Kieslowski: las cartas, Mikolaj le pide a Karol en la estación de metro que escoja 13 cartas -el 13 es número de mala suerte, por Judas supongo- de nuevo el autor pone en entredicho cuál es la buena o la mala suerte, las cartas la dan y la quitan. En esta ocasión se añaden además las palomas, una de ellas antes de entrar en los juzgados le dispara su gran plasta sobre la solapa de la chaqueta como un mal augurio, si esos pájaros representan la liberté, mal asunto, (allí vemos como Julie, (Juliette Binoche) la protagonista de Azul, abre la puerta en el mismo instante en el que ella estaba buscando a la amante de su marido, acabamos de completar el otro lado de la puntada, la aguja sale, el final del pespunte se cerrará en Rojo con un precioso remate). Las palomas volverán a hacerse presentes en los recuerdos de la boda, la pantalla se llena de resplandor blanco con texturas de gasa y tul, su zureo acompañará a Karol y a Mikolaj en el metro, y también aparecerán en un vertedero polaco al que es arrojado de una brutal paliza Karol, el símil es de enorme dureza, esas aves urbanas tal vez representen los deseos de libertad y los sueños de desarrollo con los que ambos compatriotas llegaron a Francia.
El color blanco en este largometraje siempre es helador y va representado por la nieve, sólo en una ocasión, tal vez la más hermosa, se vuelve cálido, cuando los dos amigos completamente liberados por la amistad más profunda patinan por el hielo gritando y riendo pletóricos. Cuando nos aproximemos al final, al igual que ocurrió con Azul en la que el color blanco empezaba a hacerse presente, el rojo comenzará a aparecer, Dominique va envuelta en una colcha roja, la que ha cubierto el lecho en el que ha vuelto a sentir el placer que le proporciona el nuevo y poderoso Karol, ahora en Polonia, la débil es ella.
Nuestro cine-fórum camina a buen paso, supongo que no será casualidad que esté situado en donde se encontraba la Terraza Imperio, aquel cine de verano que tantos y gratos recuerdos nos trae, yo no me había dado cuenta, una de las compañeras nos lo recordó, creo que estar sobre sus cimientos sin duda nos estará ayudando. Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"AZUL", película de Krzysztof Kieslowski


¿Qué puede hacer un cineasta para que el espectador comprenda lo intangible, es decir, sentimientos, pensamientos, ideas, obsesiones, miedos, liberación, resurgimiento, amor… cuando su herramienta para expresarse es fundamentalmente la imagen? ¿Cómo puede plasmar todo lo que ocurre en el interior de un ser humano si además quiere reflejarlo en clave introspectiva y desde la soledad individual? Pues muy sencillo: puede hacer que veamos las reacciones y conductas que tiene el personaje. El protagonista elegido no va a ir por la vida hablando solo para que el espectador se entere de lo que le ocurre, resultaría forzado, y escuchar su monólogo interior tampoco sirve, -aunque sea lícito y en el cine clásico se usara a menudo la voz en off- pero no deja de ser lenguaje literario y el séptimo arte a lo largo de décadas ha explorado y abierto caminos que actualmente permiten que el cineasta pueda manifestarse con la menor contaminación posible.
El director materializará todo el proceso anímico de su personaje principal mediante comportamientos que el espectador comprenderá por empatía -cuando nadie nos ve, cuando no somos observados, nuestro modo de actuar es distinto-  así lo invisible pasará a ser visible al ser trasladado y proyectado sobre objetos concretos que en esa circunstancia adquieren otro significado, otra lectura, otro uso. Cuando vemos a Julie, la protagonista, arrancar con brusquedad los cristales azules de una lámpara entendemos que los fragmentos transparentes y sus destellos nos dicen sin palabras que su vida está rota, que ella quiere destruir, borrar su pasado, pero no puede y entre sus manos contemplamos su alma azul y traslúcida hecha pedazos. Cuando se topa con una de las piruletas igualmente azules que comía su hija, (exacta a la que envolvía el plateado papel que asomaba por la ventanilla sujeto a su pequeña mano infantil mientras jugaba con el sonido del aire y su caricia justo antes del terrible accidente), y la lame y luego mastica con voracidad inusitada, sabemos sin lugar a dudas que está engullendo el último instante de la vida de su niña, y luego cuando nos asustamos junto a ella al encontrarnos de frente con la rata que ha tenido crías, de inmediato percibimos con claridad el remordido y subjetivo sentimiento de Julie por no haber sabido proteger y defender a la suya en ese trágico accidente del que de algún modo se culpa, de hecho se llega a plantear cambiar de casa otra vez para no tener que exterminarlas. En esa y en otras muchas escenas estallan los sentimientos de ambivalencia, de pérdida, de negación y rabia, de bloqueo, de rebeldía… de profunda tristeza en definitiva. La muerte de un ser querido es la mayor decepción insuperable que sufrimos y el proceso de aceptarla es uno de los más arduos. Un director sólo puede describir esas emociones privadas, si consigue darles forma, crearles cuerpo y eso es lo que Kieslowski hizo.
El pasaje en el que Julie (Juliet Binoche) se destroza inmutable la mano arrastrándola por una pared de puntiagudas rugosidades de cemento para que ese dolor menor amortigüe el otro mucho mayor e insoportable que anida en su interior nos servirá, no sólo para comprender cómo se siente, también para saber que ha transcurrido el tiempo porque en una escena posterior la veremos en la cafetería de su actual barrio, el camarero le preguntará: “¿lo de siempre?”, y la mano -que sostiene inmóvil un azucarillo mientras la música que ella quiso destruir sale como un milagro de la flauta de un mendigo- estará curada.
La forma que Julie tiene de renacer es bellísima, y la declaración de amor de Olivier (Benoit Regent), el músico ayudante de su esposo, una de las más hermosas que se han visto en cine: se lleva el colchón en el que ella, -en su antigua casa, y en pleno duelo, tal vez para que la dejase en paz o para saldar la demanda y el deseo que siempre intuyó en él- quiso entregarle sin amor su cuerpo, se dejó usar como recipiente para luego poder marcharse enterrándose en vida sin deber nada a nadie, creyó haber dado todo lo que se le pedía, pero los objetivos no siempre salen como uno los plantea y la vida manda y se encarga de enmendarles la plana y los desvíos volviéndolos a encaminar de nuevo. Es un desencuentro duro y triste para él, en el que sin embargo ambos dan y reciben de forma distinta a la esperada, pero dan y reciben. Cuando al final se cierra el círculo y el público de la sala comprende que él se llevó ese lecho a su casa para dormir sobre el recuerdo una satisfacción plena se extiende por el patio de butacas al comprender que la esperanza estaba ahí aguardando agazapada.
Kieslowsky cree en las segundas oportunidades y en la capacidad redentora y curativa del amor –sobra aclarar que no hablo del enamoramiento estereotipado y de flechazo que caracteriza la comedia romántica, sino de ese sentimiento profundo y trascendente que une, funde y entraña a dos personas.
No quiero desvelar como ella resuelve y deja a buen recaudo el pasado para darle la más generosa y legítima utilidad antes de cerrarlo. Pero sí diré que con el dulce portazo y sin cabos sueltos al fin, termina por recuperar la libertad pudiendo emprender el nuevo comienzo sin lastres.
Kieslowski quiso conmemorar la revolución francesa creando una trilogía compuesta por tres películas que contuvieran los tres colores de la bandera, pero no deseaba darle un carácter social y colectivo, pretendía partir de la conciencia individual, -aunque finalmente desde lo privado siempre se conecte con lo público- por eso Azul trata sobre la dolorosa conquista de la libertad personal, así mismo también lleva los ingredientes de la igualdad y de la fraternidad reflejados en la relación que la protagonista establece con la nueva vecina, Lucille (Charlotte Véry) haciendo caso omiso de la “comunidad” de vecinos que d dedica a recoger firmas para que la echen del inmueble por trabajar en un espectáculo porno.
El movimiento de las tres películas cuando el metraje va a llegar al final es el de una bandera flameante. En Azul poco a poco aparece y ondea el blanco, y en Blanco el rojo comienza a abrirse paso en los últimos minutos. Los niños que saltan al agua de la piscina diurna, (antes solitaria y nocturna, cuando Julie empieza a vencer su aislamiento, a tener medio cuerpo fuera durante más tiempo, a salir a flote y a volver a conectarse con los demás), también lucen los tres colores en sus trajes de baño.
Los tres films se enlazan a través de sus personajes que los abrochan o cosen al entrar en la película siguiente y se cruzan sin conocerse. Mientras se celebra el juicio de los protagonistas de Blanco, Julie abre la puerta buscando a Sandrine (Florence Pernel), acaba de enterarse de que era la amante de su marido y esperaba descendencia Y es que a Krzysztof Kieslowski le interesaban los encuentros casuales, le preocupaba el azar y lo que desencadena. Rojo finaliza con muchos de los personajes de la trilogía juntos en un barco, saliendo indemnes de un naufragio, creo que la imagen se explica por sí sola y es preciosa.
Blanco pone en cuestión la igualdad, al menos el concepto que de ella tenemos por estos lares, y para ello Kieslowski hizo que la impotencia sexual de un inmigrante tuviese un doble sentido.
Rojo nos plantea la duda a la hora de enjuiciar: un juez retirado no puede vivir con el dilema de no saber si ha sido justo o no en sus sentencias, para ello espía a sus vecinos pinchando sus teléfonos. Poseer la información completa es importante y saber cómo utilizarla y qué hacer con ella lo es todavía más.
 En las tres palículas aparece una anciana con artrosis en su vencida espalda que intenta meter una botella en el contenedor del vidrio, sólo la protagonista de Rojo la ayudará a introducirla, -fraternidad.
“Me gustan los encuentros casuales, la vida está llena de ellos, en este momento, en este café, estamos sentados al lado de extraños. Todo el mundo se levantará, se marchará y seguirá su camino. Y entonces, nunca más se volverán a encontrar, y si lo hacen no se darán cuenta de que no es la primera vez”, Kieslowski, en Kieslowski on Kieslowski, Ed. Faber and Faber, Londres, 1993.
Cada una de ellas se merece un monográfico, hoy estamos hablando de Azul. Una de las mejores películas que sobre música se han realizado, los escalofríos te recorren la espalda al ver como dicha música que ya no podrá emerger suena en la cabeza de la protagonista, cómo intenta ahogarla y ni sumergiéndose en el agua consigue destruirla, oímos como el contenedor de basura la distorsiona y cuando ya la creemos extinguida volvemos a escucharla en la flauta del vagabundo como ya os anticipaba. Y el mensaje poderoso es que esa hermosa música pugna por vivir y el destino se las arregla para que encuentre el modo.
Es extraordinario cómo el director nos hace entender el proceso de la creación, cómo los protagonistas van leyendo la melodía, cómo la piensan, la ralentizan, la rectifican, cómo se detienen en cada corchea, en cada silencio… Para que pudiéramos comprenderlo, Krzysztof compró una cámara microscópica que pudo hacer grande lo pequeño, la misma que usó para que el médico se reflejase en la pupila de Juliet Binoche mientras por ella entraba la terrible noticia.
Se puede escribir poesía con distintas herramientas; este director las multiplicó, el color tan transparente como una acuarela nos inunda de dolor y de inocencia, las palomas de Blanco dentro del metro, en el porche de la iglesia… tal vez nos hablen de una libertad prisionera, del deseo que desde Polonia trajeron a Francia los protagonistas, ellas van con ellos, su zureo les acompaña. El carcelero es el poder y la potencia. Se pueden hacer muchas lecturas en las múltiples facetas de estas tres joyas que como transparentes zafiros cuelgan del fino collar que las abrocha cerrando el círculo, Kiesloswki las talló para que sus prismas reflejasen la luz por donde él quería que lo hicieran.
Que el director criticara la deshumanización del sistema actual no significa que no creyera sin embargo en las personas a título individual, en los tres films el contacto con otro ser humano, el compromiso con los demás, es lo que redime, lo que salva del pesimismo y la incredulidad, lo que libera, lo que iguala, lo que hermana, por ello el juez Joseph Kern (Jean Louis Trintignant) termina por salir de su guarida cuando ya había perdido toda esperanza en la gente. Conocer a la estudiante suiza –no sé si la procedencia está elegida a propósito para que la bondad provenga de fuera de Francia- que ha atropellado sin querer a su perro le resucita. Rojo habla sobre todo de la responsabilidad, finalmente el teatro se llena de luz porque en él está ella, Valentine Dussaut (Irène Jacob), cómo se ilumina la casa del juez cada vez que ella llega. En toda la trilogía hay un constante abrir y cerrar de puertas que hablan de prisión y libertad. En Blanco el poder se invierte y finalmente Dominique (Julie Delpy) queda prisionera justo cuando acaba de comprender el amor de Karol (Zbigniev Zamachowski), ahora él tiene dinero, ha desaparecido la impotencia y puede provocarle un orgasmo más apoteósico que el vengativo que ella le arrojó como un tremendo y humillante reproche por teléfono: Igualdad –en este caso Kiesloswki se permitió la carcajada sardónica- el poder cambia de manos y paradójicamente es ella quien ha de reclamarle la libertad que en otro tiempo le negó. Karol encuentra la fraternidad en el compatriota Mikolaj (Janusz Gajos) cuando éste le hace una singular proposición.
De las tres, Blanco es la que a más distancia me queda, la que menos me conmueve, la que menos me llega, tal vez porque nunca me he visto en la situación de emigrar y no he experimentado el sentimiento de estar extraviada en un país de acogida que en el fondo no te acoge, -entono el mea culpa- aunque puedo entender dichos sentimientos y creo haber captado todo el simbolismo intercultural y la dolorosa ironía: el mundo de la especulación urbana entra en Polonia y de algún modo proviene de Karol que la trae de Francia. Mikolaj no tiene interés por vivir, el espectador desconoce sus razones, curiosamente de nuevo la situación se invierte y la misma persona a la que le propone que por una cantidad de dinero acabe con su vida se convierte en el aliciente para seguir viviendo. No sé si Mikolaj representa a la vieja y moribunda Europa del Este, desposeída de sus antiguos ideales y defraudada de la política anterior y también de la posterior, en cualquier caso con abstracción o sin ella, ese hombre a esa tierra pertenece, igual que Kieslowski pertenecía a su cultura polaca y ese fluido fue el que decantó siempre aunque lo vertiera en Francia. Sé que es una frase manida: lo local es universal, pero no por ello menos real, y que abrir plano desde ahí es más honrado y sincero.
Kzrysztof Kieslowski quiso hallar la verdad en los documentales que realizó en Varsovia, pero pronto comprendió que en cuanto ponía una cámara frente a la persona gran parte de su verdad desaparecía, intentó hacerlo sin que el filmado lo supiera, grabando a escondidas, en lugares como una estación de tren… pero seguían faltándole las respuestas que sólo el arte le podía proporcionar.
Sus películas son de alto contenido moral. Desengañado de la política y de la iglesia (la cadenita con la cruz que Antoine -el joven que presenció el accidente de coche (Yann Tregouet)- le devuelve a Julie y que finalmente ella desdeña demuestra el doloroso debate entre la creencia y el agnosticismo del autor. Kieslowski tal vez dudara de Dios sin volverse del todo contra Él, pero sí creía en el hombre, esa evidencia la dejó bien clara en toda su obra. En Blanco hay un dinero sucio que va a parar a la iglesia y que el protagonista vuelve a retirar de ella, son guiños que sin duda puso a propósito y que me refuerzan en esta impresión). Defendió al ser humano y buscó su felicidad hurgando en su conciencia y halló más verdad en sus contradicciones miedos y dudas, que en los inamovibles preceptos de políticas y religiones.
“Todos mis filmes desde el primero hasta el último son acerca de individuos que no pueden encontrar un sentido absoluto a sus actos, que no saben del todo cómo vivir, que no saben realmente dónde está el bien y el mal, que están buscando desesperadamente. Buscando respuestas a preguntas tan elementales como ¿para qué es todo esto?, ¿para qué levantarse por la mañana?, ¿para qué acostarse por la noche?, ¿para qué volverse a levantar?”. K. Kieslowski.
Después de “Tres colores, Azul, Blanco y Rojo” había abandonado el cine, porque era físicamente agotador, se ve que ya no se encontraba bien de salud, sin embargo cuando murió se supo que estaba escribiendo un guión sobre la Divina Comedia que agrupaba de nuevo en una trilogía: purgatorio, cielo e infierno.
Fue el cineasta que cerró el siglo XX, para mí el gran poeta que dio identidad al sentimiento europeo, al menos yo sólo me siento europea cuando veo su cine y comparto con él y con otros artistas de la Unión su preocupación existencial. Murió con 54 años en 1996 dejando un legado de obras maestras y de respeto y dignidad irrepetibles, lo sentí mucho porque estar viendo su cine era como estar compartiendo con él intimidad y confidencias. Visconti, Sidney Polack, Kieslowski e Isabel Coixet son mis directores más queridos.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro con el cine o con los libros.
Pili Zori

"El gran Gatsby", de F. SCOTT FITZGERALD


Quienes siguen este blog, saben que hablo de los libros tras haberlos leído compartiendo el efecto que producen en mi interior y también en el de mis compañeras de club de literatura. De vez en cuando lo advierto porque si alguien nuevo se acerca esperando una sinopsis, un ordenado resumen o un sesudo estudio es posible que se lleve una decepción. El generoso internet regala a manos llenas “el de qué va”. En mi caso trato de poner en común las reflexiones y sentimientos que nos ha suscitado la novela, por ello anuncio tras cada entrada la siguiente que leeremos juntas, es una forma de extender y prolongar el club para las personas que no pueden acudir a él físicamente cada miércoles, la idea es que te enganches si lo deseas a ese epílogo colectivo que entre todas añadimos al salir de las páginas por la contraportada. Allí, en la sala multiusos de la Biblioteca Pública, se vierte durante varias sesiones -en las que ponemos en común cien páginas- la parte que el autor no suele ver, que es nada más y nada menos que la impresión que su obra ha causado en sus lectores. En este caso propuse como temas de debate:
Las diferencias sociales. Los mundos endogámicos y cerrados. El deseo de evasión y olvido del pasado tras la contienda. El crack y el sonido de jazz entre dos guerras. La repetición histórica. Lo ilegal y lo moral. La ambición o la decadencia. El descreimiento. La desesperanza. ¿El fracaso, en definitiva, del modelo occidental en el que seguimos persistiendo?

***

Ya ha llovido desde 1925, fecha en la que Scott Fitzgerald publicó “El Gran Gatsby”, pronto habrá transcurrido un siglo y sin embargo el planteamiento y contenidos del libro son tan esenciales y siguen siendo tan aplicables que su vigencia es intemporal, de hecho volvemos a verlos en novelas, películas y series de nuevo cuño cuyos autores posiblemente ni siquiera sepan que en los sedimentos de sus creencias y de su forma de sentir se encuentra el magma de “El Gran Gatsby” incluso sin haberlo leído.
Que su contenido sea vigente da que pensar: que siga existiendo el concepto de clase social resulta triste, es una pena que no hayamos encontrado otra forma más horizontal de mirarnos. No quiero caer en el pesimismo, pero me temo que el deseo de predominar es inherente al ser humano, la necesidad de destacarse sobre el otro, no de que su obra o su trabajo sobresalgan junto a las de los demás y por tanto se complementen, no, el asunto va de colocarse por encima. Todavía sigue dándose el caso de que si alguien sabe utilizar una técnica que tú desconoces pero que necesitas pronto caerá en la tentación de darte en la cabeza con ella para “rebajarte”, (que nos lo digan si no a los que nos hemos quedado en el jurásico con la informática y apenas controlamos cuatro cosas rudimentarias). Como veis, de entrada habría que cambiar nuestro lenguaje que en su escala de valores siempre está manejando conceptos de arriba y abajo, de caer o subir, se ve que tenemos alma de ascensor y todas esas imágenes y símbolos con los que juega el idioma están constantemente agrandándonos o empequeñeciéndonos, y puede que ese sea uno de los orígenes de nuestros problemas, la lengua encarrila nos guste o no, ¿quién la decide?, ¿quién manda en ella? Si hasta para soltar un mitin sobre la igualdad hay que subirse a tarimas o escaños, mal vamos con la paradoja. Es un enfoque equivocado esto nuestro, porque lo que decimos entra en contradicción con lo que hacemos y así nos va. Seguimos empantanados en los mismos sufrimientos y comportamientos sociales que ya retrataba en 1925 Francis Scott Fitzgerald. Tenemos la obligación de buscar palabras que transformen, significados más precisos, porque el lenguaje no es una ristra de ajos sino la herramienta que explica la vida con todo lo que ésta contiene dentro, y algunas de sus partes aún no las hemos definido. Creo que no es la primera vez que menciono “La comunicación no verbal” de Flora Davis, leyendo ese pequeño gran libro te das cuenta de cómo hasta los espacios empresariales, -esas nuevas catedrales de cemento, hormigón, aluminio y cristales- los despachos y oficinas están estudiados para fomentar esas escalas emuladoras de las deidades que expanden su luz cenital desde el último piso para hacernos creer en el poder y venerarlo. Más a menudo de lo que pensamos el problema no está en el contenido sino en el diseño del continente que se explica por sí solo, y los que conocen los entresijos del lenguaje no verbal tienen ventaja para envolverte con espacios y palabras mentirosas que ayudan a  crear el manipulador ambiente que te da o te quita importancia.
Aunque en justicia he de decir que la gente más joven de mi club no lo ve igual, no se les ocurre pensar que quien tienen enfrente sea más o sea menos que ellos, algo está cambiando por suerte, y muchas compañeras de mi edad también hacen la reflexión de que gran parte de la culpa la tiene quien se sitúa como inferior o se deja tratar como tal. No me estoy desviando de las páginas de “El Gran Gatsby” que con tanta maestría imperecedera nos regaló Fitzgerald, enseguida veréis por qué este preámbulo nos mete de lleno en ellas:

ORGULLOS Y PREJUICIOS
Se han dado diversas opiniones sobre el trasfondo de esta novela, pero tal vez no se hayan mencionado algunos  de los motivos, de los ingredientes que a mi parecer también tiene: la humillación y el orgullo, por ejemplo. El despecho, de Jay Gatsby por haber sido despreciado cuando era un chico pobre es un componente tan importante como el amor que le mueve, aunque es probable que ni siquiera Fitzgerald fuese consciente de que estaba reflejando ese resentimiento. Por ello y sin ánimo de restarle romanticismo a la novela creo que no sólo hay oscuridad en la procedencia del dinero del protagonista, tampoco todos sus sentimientos son limpios y diáfanos como aparentan, ni responden sólo al deseo honesto de construir un mundo de “cosas” digno de ella para ponerlo a sus pies. En el regreso de Gatsby, tras cinco años de ausencia, veo un toque de venganza del que no excluye a su amada. El sentimiento de ¡os vais a enterar!, ¡mira lo que te perdiste!, ¡contempla lo que has despreciado! está latente y es legítimo. La escena de las camisas que Jay le va lanzando a Daisy, -a mi manera de ver, naturalmente subjetiva- tiene esa ambivalencia de ofrenda y desagravio al mismo tiempo. Me atrevería a decir que Jack Clayton –el cineasta que en 1974 rodó la tercera versión inspirada en la novela que tan fielmente adaptó Francis Ford Coppola- coincide conmigo porque en ese pasaje Mía Farrow está sentada en un canapé bajo -casi parece prosternada- mientras Robert Redford le lanza las camisas. Ella rompe a llorar llevándose una de ellas a la mejilla y, al preguntarle que por qué se ha emocionado, Daisy responde que “porque nunca había visto unas camisas tan bonitas.” El espectador –lo expreso subjetivamente, claro está- escucha por debajo de las palabras, y comprende que en ese momento ambos acaban de reconciliarse con el pasado, y lo sabe porque las camisas se han tirado desde una posición más alta y dominante como si fueran acusaciones veladas y ella las ha recibido pidiendo perdón. Así ella le concede el podium que él tanto busca: el mensaje cifrado de “No hay otras camisas más bonitas” equivale a decir “nadie puede ni podría darme jamás tanto como tú”.

¿REPETICIÓN DE LA HISTORIA? (¿La humanidad atrapada en la rueda de un hámster?, ¿vueltas y vueltas para que todo siga igual?)
Resultaría muy pobre resumir la novela a una de tantas historias de chico pobre y deslumbrado por los oropeles de una jet set endogámica, frívola, superficial y altiva que no le deja entrar en su exclusivo mundo. “El Gran Gatsby” es mucho más, narra la decadencia de un tiempo y nos muestra por qué se produjo, y es perfectamente trasladable a la actualidad, aquellos 20 podrían ser los 80, y el crack del 29, por desgracia, nuestro crack actual, (crucemos los dedos para que no estalle el combate). Muestra un retrato sociológico fidedigno, valiente y sincero, aunque como una de mis compañeras apuntó, sólo muestre un fragmento de la sociedad de entonces ¿representativo o irrelevante?, la respuesta se la dejo a cada lector. Fitzgerald fue juez y parte de ese estrato social, y su escritura hacía simbiosis con su vida, la frontera se diluía sin que el préstamo biográfico le hiciera perder valor artístico a su obra ni le eliminase la creatividad porque la literatura no sólo fue su talento, por encima de todo fue su razón de ser, su obsesión, su realidad.

AMBICIÓN, AVARICIA. (¿Cuál era o sigue siendo la composición del sueño americano?)
El gran Gatsby” habla de ambición, de avaricia, (el matiz semántico importa, la ambición como meta u objetivo a conseguir, la avaricia como acumulación), de ansiar y amar un tipo de vida pero no a quien te la proporciona, de sentimientos encontrados, universales, colectivos e individuales y sobre todo tira de la manta del tan traído y llevado sueño americano para que veamos el bluff que hubo debajo, de cuya participación el autor no se excluyó. La novela de Fitzgerald habla del concepto del triunfo americano tan a menudo confundido con el éxito, la moda y la notoriedad. Pero sobre todo  muestra una exquisita sensibilidad y honradez poco habituales en la prosa de ayer y de hoy, hay mucho vende mantas que disimula los trucos floreando, es muy difícil escribir con sencillez porque requiere eliminar las tentaciones de impactar con efectismos embaucadores.

EL AMOR (y sus complejos ingredientes)
Jay Gatsby es consciente de las características de la mujer a la que ama, gata de lujo decorativa, doméstica y cobarde, aún así cree en ella y en su amor correspondido e ingenuamente se propone rescatarla como caballero andante de un matrimonio fallido, por eso, cuando Carraway  intenta definir el encanto de la voz de Daisy, él afirma con contundencia: -Su voz está llena de dinero. Y es que toda la vida he pensado que lo que más le duele a un ser humano es el menosprecio con todas las derivaciones que conlleva, ese dolor permanece y sólo cicatriza y desaparece cuando al afrentado le piden perdón por el daño. Tal vez él ya haya perdonado de antemano mostrando comprensión por la debilidad ajena, al fin y al cabo no se puede luchar contra los sentimientos y es frecuente amar a quien no se lo merece, pero para resarcir de verdad y que se haga justicia es necesario que esa confirmación sea pronunciada en voz alta, dando la cara, afrontando. Y esa es la belleza de esta novela que coloca a todo el mundo en su sitio sin eliminar las sombras y mezquindades de todos ellos, subrayando a la vez las razones de por qué son así, víctimas y presos de la forma de vida que ellos mismos han creado desencantados, frustrados en busca de evasiones que les dejan insatisfechos porque aunque parezca una perogrullada y un tópico sigue siendo cierto que las cosas no sustituyen a las personas, ni la soledad la disipa el tumulto, al contrario la subraya.
El Gran Gatsby” comienza con un consejo que el narrador –Nick Carraway- recibió de su padre: “Siempre que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti.”
Fitzgerald escarba para encontrar la grandeza en quien se supone que no la tiene porque delinque, ya que el lector intuye desde el principio que Gatsby es contrabandista y trabaja fuera de la ley, -la novela está situada en el tiempo de la ley seca, pelotazo oportunista para quienes sacaron tajada de la clandestina situación-, en cambio se la quita a los “bien vistos” que refugiados en su dinero y sus privilegios encubren sus veleidades jugando con los sentimientos y la integridad de quienes han dado hasta la vida por ellos. Los Buchanan, “los niños bien”, no van en serio. La cruel Mirtle y Gatsby, sí. Para encamarse no se hacen ascos a andar revueltos, pero a la hora de desayunar cada mochuelo a su olivo y el borrico en la linde que mezclar no es bueno y éstos eran de ginebra sin cesar, eso sí, servida en copa de cóctel.

ADVENEDIZO (¡fuera de mis dominios!)
Hay una peliaguda pregunta que surge de esta novela, Gatsby llega a superar con creces cualquier posesión que pudiera ostentar la gente que lo deslumbró y sin embargo jamás será aceptado, ¿cuáles son los ingredientes endogámicos de esas personas que expulsan y tildan de advenediza a gente que bien podría alimentarles?, y ya saliéndome del libro mi interrogación es ¿por qué aún estando en las últimas esa “clase” de personas sigue mostrando altanería aunque no tenga inconveniente en chupar del plebeyo frasco?, ¿qué demonios es un aristócrata?, ¿qué puñetero invento es la alta sociedad?, ¿quién coloca en esas pompas de jabonosa vanidad a tanto ególatra inflamado? Que yo sepa nadie sabe caminar en vertical. ¿Quién ha dicho que admirar a otro implique necesariamente que haya que rendirle pleitesía?, tú tienes algo apreciable yo tengo algo notable, para eso estamos, para valorarnos en plano de igualdad, que alguien diga que tus ojos son hermosos no significa que los suyos sean feos, ya sé que son matices tontos pero de vez en cuando hay que leer la cartilla empezando por la A, y vuelvo a reiterar: no hay que situarse ante nadie en condición de inferioridad o seremos tratados como inferiores y la culpa será nuestra. La humildad no equivale a ser acomplejado, para eso está el intercambio de saberes, tú necesitas lo que sé, yo necesito lo que tú sabes.

FICCIÓN Y REALIDAD (a vertiginoso ritmo de jazz)
Durante muchos años al igual que los protagonistas de su novela vivió junto a su mujer Zelda por encima de sus posibilidades, de fiesta en fiesta, pidiendo anticipos a su agente literario y malvendiendo su talento por entregas a revistas que no sabían valorarlo. Se ganó a pulso pertenecer a la generación perdida a ritmo de jazz -el sonido desasosegado que de algún modo expresaba la zozobra intuida de un tiempo entre dos guerras-. Quienes han salido de una contienda necesitan esparcirse, tal vez por ello vivan como si fueran a morir al día siguiente, o quieran ahuyentar a los fantasmas con alcohol y desenfreno para desquitarse. Scott Fitzgerald cayó finalmente en el alcoholismo y Zelda, su esposa, en la locura, aunque es más que posible que un tercero en discordia precipitase el declive.

EL TERCERO EN DISCORDIA (es decir Hemingway)
Scott Fitgerald sentía devoción por Ernest Hemingway, siempre se comportó con él como un discreto y gran amigo al que nunca quiso hacer sombra. Escritos de otros observadores de aquel tiempo no dejan muy bien parado al premio nobel, que, a diferencia de Scott, no perdía ocasión para desprestigiarle a sus espaldas aludiendo a su falta de aguante con el alcohol, atacando su virilidad con burlas soeces primitivas y simplonas, culpando a Zelda por su caída, fanfarroneando de macho, aireando sus conquistas, aumentando el valor de sus hazañas... Nunca agradeció públicamente la ayuda prestada por Scott incluso en la corrección de sus primeros manuscritos, tampoco que le pusiera en contacto con el ambiente literario y con su editor Max Perkins, un hombre que por suerte entendía de literatura pero no era vanidoso, no pretendía ser el escritor, como les ocurre a algunos que debido a ese deseo frustrado machacan, se sentía orgulloso de su papel, de ser la parte necesaria e imprescindible para la divulgación, y aunque todo es opinable y depende del biógrafo que escojas es más que posible que Hemingway envidiara en secreto a Fitzgerald porque sus descalificaciones fueron despiadadas, desmedidas, incluso hasta después de muerto lo despellejó o eso pretendía. Gertrude Stein le paró los pies en una ocasión durante un encuentro en su casa de París estando ambos escritores presentes, en aquella sala le vaticinó que sin la parafernalia que desplegaba alrededor, su literatura no perduraría y sin embargo la de Fitzgerald sí, y que cuando muriera y desapareciera la aureola de engreimiento que se había creado su obra no se sostendría. Tal vez supo venderse como escritor de moda representante de su tiempo, como un innovador aguerrido y patriótico convenciendo hasta al mismo Fitzgerald en su peor momento personal de que era un modelo a seguir como hombre y como artista. Lo cierto es que yo coincido con Stein, hasta su literatura me parece fanfarrona y fácil, y siempre le veo y le oigo a él,  mientras que la de Fitzgerald me resulta bella, profunda y sutil, guarda las proporciones perfectas en la composición, en el ritmo… y sobre todo en la esencia de lo que quiere decir. Late. En una novela de Fitzgerald entras porque el universo está construido, lo ves, paseas por él, y el autor desaparece, en una de Hemingway escuchas a un contador, le oyes a él quedándote fuera. En cualquier caso va en gustos, no soy original ni la única que lo dice, hay más gente de su tiempo y del mío que opina lo mismo y lo expresa con mayor brillantez, y que conste que no desmerezco su toma de posición como periodista, sus adscripciones políticas, la solidaridad hacia los republicanos de nuestro país durante la guerra civil, su amor por Cuba… posturas que sin duda comparto, simplemente las separo de la obra de un autor. La vida es curiosa, siempre termina por hacer justicia, lo que ocurre es que a nosotros, tan efímeros, nos parece que la imparte a destiempo, en cualquier caso no se me ocurriría restarle valor a Hemingway como escritor, pero sí me molesta, si es que es verdad lo que dijeron sus coetáneos, que fuera tan dañino en lo personal con alguien que lo amó con lealtad durante toda su corta vida y lo consideró siempre un amigo.

INMORTALIDAD
Zelda y Scott murieron sin conocer la gran trascendencia de esta novela que ha traspasado las fronteras temporales convirtiéndose en un testimonio de desesperanza, desencanto y pérdida de fe universales e identificable en todo el planeta, pero en su día tuvo un éxito relativo ya que los norteamericanos querían dejar atrás la década que trajo la gran depresión y corrieron un tupido velo para ocultar cualquier detalle que les recordase los orígenes de la tremenda crisis económica, y tildaron de caducas sus páginas, no sabían entonces que el libro sería un referente para las jóvenes generaciones de los años cincuenta (otra vez “canciones para después de una guerra”).

LA DESESPERANZA
Scott Fitzgerald con Zelda, su esposa.
Cuando en la novela George Wilson, el marido de Mirtle, le dice a su esposa “a mí me puedes engañar pero a Dios no, Él te ve” –perdón por citar de memoria y no textualmente- señalando el cartel de un oculista en el que tras unas gafas aparece la inquisitiva mirada, y ella le responde: “eso es un anuncio”, el sarcasmo es significativo y me aventuro a opinar que probablemente proviene de Fitzgerald, un muchacho descreído que sin embargo seguía siendo respetuoso desde el sedimento de su moral y educación cristianas del que no supo o no quiso desprenderse. Scott se educó en internados católicos –digo muchacho porque nació en 1896 y escribió “El gran Gatsby” en 1925, así que joven era, y en estos tiempos añadiríamos que precoz porque ya en 1920 había publicado “A este lado del paraíso”.

PARALELISMOS.
De status considerado “inferior” al de su esposa Zelda, la belleza sureña, la hija de una “familia bien” de Alabama  es más que posible que, como Gatsby, quisiera darle todo aquello a lo que estaba acostumbrada. Ella al igual que Daisy le rechazó en un principio y Francis Scott Key Fitzgerald también abandonó los estudios –igual que su personaje- para incorporarse al ejército. Su vida real como ya he dicho siempre estableció paralelismos con sus novelas. La pareja se unió definitivamente cuando él volvió. Ella también era escritora, tal vez con peor suerte, o con menos deseos de “triunfar”. Se podría pensar en un principio que su disipada vida les condujo al alcoholismo y a la locura. Zelda finalmente desarrolló una esquizofrenia que le obligó a peregrinar por distintos y carísimos hospitales psiquiátricos hasta el fin de sus días, (por tanto es más que posible que la fama de la lapidación de fortuna se contradiga con este dato ya que Scott pagó religiosamente todos sus internamientos aún teniendo nueva pareja). Zelda murió en el incendio del último psiquiátrico en Asheville, Carolina del Norte. Ocho años antes un fulminante ataque al corazón acababa con la vida de Scott. Sus relaciones fueron turbulentas y ambos tuvieron amantes. Visto desde fuera podría parecer que ella le arrastró a esa vorágine festiva dada su ascendencia, sin embargo gracias a la recuperación de algunas cartas y diarios sabemos que a esta joven esposa desde el principio de su relación le asustaba que el mundo de la fama pudiera estropear el talento de su marido. Acusaba a la madre de Scott por haberle inculcado esos aires de grandeza, actitud y sentimiento quizá discutibles por pertenecer a intereses encontrados ya que la disputa territorial entre suegras y nueras es muy común desde que el mundo es mundo, pero sus palabras arrojan luz sobre las falsas apariencias.
Zelda también odiaba el concepto yankee del éxito. Y detestaba a Hemingway. Ella no compartía la capa de deslumbramiento que cegaba a Scott, La inquina era mútua, ambos se tenían calados, con Zelda no servía la seducción de Ernest, nunca formó parte de su público, ni de su séquito de aduladores. Hemingway la culpaba del derrumbe de su “amigo” y ella le servía como excusa para despotricar y de paso ponerle en evidencia.
¿Qué arrastró al alcoholismo a Fitzgerald?, ¿la esquizofrenia de Zelda por la que se sintió tan culpable?, ¿la inseguridad propia de los escritores complejos que saben asomarse al lado oscuro y a las múltiples facetas del alma? No lo sé. Quizá ambos fueron enfermos desde un principio y sólo en la proximidad de sus locuras se comprendieron por la ley de la atracción, pero ya se sabe que ese imán es un incendio en el que pereces, son las brasas, los rescoldos del ni contigo ni sin ti, hasta su muerte fue una metáfora de fuego y de consumo.

REQUIEM
A su modo se amaron siempre; en 1974 los enterraron al fin en la misma tumba de Rockville, Maryland; el epitafio es el final de “El Gran Gatsby”: “Y seguimos adelante botes contra corriente empujados incesantemente hacia el pasado”.

CINE Y RESURECCIÓN (vivos para siempre)
A lo largo de décadas, desde que fue editada, ha inspirado cuatro películas, la más conocida para nosotros es la que dirigió Jack Clayton en 1974, cuyo guión realizó Francis Ford Coppola, -es impresionante la milagrosa capacidad que tuvo para trasladar el libro a imágenes prácticamente al pie de la letra, y  toda la majestuosa puesta en escena, vestuario, interiores y exteriores… fue protagonizada por Robert Redford y Mia Farrow. Hasta que se llegó a estos actores hubo un complicado casting del que otro día hablaremos, la crítica fue dura con los silencios forzados entre Redford y Mía Farow, a ella la vieron sobreactuada, en mi opinión se limitó a entender el personaje y Daisy era así: postiza. Precisamente en este momento esperamos para mayo de 2013  el estreno de la cuarta, la nueva versión dirigida por Bard Luhrmann e interpretada por Leonardo DiCaprio. Sería bonito que los dos, Zelda y Scott, pudieran verla un siglo después.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que habremos leído “Las correcciones” de Jonathan Franzen y entre medias habremos visto unas cuantas películas que os iré anunciando.
Pili Zori