"EN EL ESTANQUE DORADO", película de Mark Rydell


Hace algunos años me preguntaron mis hijas, al azar que en qué lugar del mundo me gustaría vivir si pudiera, y sin vacilación les respondí: “En el estanque dorado.” Me compraron el dvd para que viajase hasta allí siempre que quisiera, naturalmente no hablo del lago Squam de New Hampshire, el maravilloso paraje en el que fue rodada, hablo de entrar y salir de la película, algo parecido a lo que hacían los personajes de la “Rosa púrpura del Cairo” de Woody Allen, pero en otra clave.
El cine para mí, entre otras muchas cosas de las que luego hablaré, siempre ha sido cruzar al otro lado del espejo, algo así como manejarte en la cuarta o la quinta dimensión, qué feliz sería Lewis Carroll sabiendo que lo vaticinó y que hoy podemos ver a su Alicia detrás del cristal y en alta definición.
Sólo en esa dimensión, al otro lado del espejo pudieron hacer las paces Henry Fonda y su hija Jane, suplantados por sus personajes Norman Thayer y Chelsea, con la ayuda del mejor intermediario: el cineasta Mark Rydell a quien probablemente dio voz -en este caso y ocupando su lugar- la sublime Ethel, (Kathharine Hepburn) perfecta y ecuánime mediadora con quien a cualquier hombre le gustaría llegar hasta el final de sus días y sus noches.
Esa extraordinaria dualidad en la que el espectador contempla cómo ambas realidades entran y salen constantemente de la pantalla es algo absolutamente inusual que sólo se produjo en aquella ocasión multiplicando la potencia del film. Pocos meses después de su estreno moría Henry Fonda dejando al mundo como testigo de ese abrazo que padre e hija se dieron, el abrazo era de fuera aunque lo viéramos dentro. Quizá se trate de eso, de llegar al final sin dejar asuntos pendientes.
Lo que más admiro de Mark Rydell, este director que comenzó como actor, es la humildad de no situarse en medio, de diluirse como si no estuviese presente, no le notas… entregaría mi reino por ver como daba las pautas, sin manipular, dejando fluir a este poderoso cuarteto, imagino que lo hizo como un eficiente, afectuoso, elegante y discreto psicoterapeuta.
En la escena en la que Chelsea se aferra a Ethel, escondiendo la cabeza en su pecho y cogiéndole la ropa entre los puños para que no se aparte, hay algo tan desgarrador y hondo que aunque el espectador desconozca la raíz intuye que trasciende de la mera interpretación porque lo que está viendo es la desesperada necesidad real de que Katharine Hepburn-Ethel sea su madre y que siga siendo su madre a ambos lados de la pantalla.
Los Fonda tuvieron siempre muchas terapias pendientes, la esposa de Henry, madre de Jane y Peter Fonda se suicidó. Para suavizar la desgracia Henry les dijo a sus hijos que había muerto de un infarto, más adelante al enterarse de la verdad ambos hermanos la encajarían de forma traumática. Peter Fonda, el hermano de Jane –actor a su vez y padre de la actriz Bridget Fonda- también intentó quitarse la vida. Jane arrastró una bulimia perniciosa durante décadas, de ahí que el detalle de que en la película Norman llame gordita a Chelsea como cuando era niña adquiera un valor distinto. Aunque fuera del ambiente familiar -en la película- sea una mujer cuyos valores son reconocidos, alguien que pisa fuerte, sin embargo vive pendiente del pasado y de la aprobación del padre, con la sensación de que haga lo que haga nunca estará a la altura de sus expectativas. A causa de ese sentimiento no ha terminado de hacerse, de desarrollarse, de tener criterio propio para pensar por sí misma. La madre le insta a que camine del lado de la existencia y hacia el futuro y se olvide de responsabilizar al pasado y a su padre de sus inseguridades, le exige que tome sus riendas.
Imagino que ser hijo de actores tan estelares, produce un eclipse contra el que hay que luchar con uñas y dientes si quieres seguir la misma carrera. A Henry Fonda se le apodaba el actor de la toma única, porque a la primera se escuchaba al director exclamar ¡Buena!. Con más de 120 películas en su haber en cierta ocasión durante una entrevista le preguntaron a John Ford que qué era el cine para él, respondió de inmediato con otra pregunta: “¿Usted ha visto caminar a Henry Fonda?” pues eso es el cine. Peter Bogdanovich manifestó: “Cuando Henry Fonda dice algo lo crees”. Y yo añado, es cierto, tanto que los jurados populares todavía hoy tienen la tentación de emularle con la duda razonable tras haber visto su interpretación en “12 hombres sin piedad”.
En Hollywood tuvo gran predicamento. Si su imagen privada fue distinta, es una intimidad que le pertenece a la familia. El escritor John Steinbeck dijo que su rostro era un cuadro de opuestos en conflicto y el propio Henry Fonda afirmó: “Actuar, para mí, es como ponerme una máscara y cuando no interpreto mi mayor tragedia es no tener una máscara tras la que ocultarme”. También esa frase tiene enjundia, y de algún modo refleja un enorme sufrimiento almacenado y contenido.
No es mi intención poner como eje principal a Henry Fonda porque la película la sostiene el trío, el chiquillo de 13 años, (Doug Mackeon) hijo del dentista, -el nuevo amor de Chelsea- a quien dejan con Norman y Ethel durante un tiempo mientras la pareja realiza un viaje por Europa. Chelsea tanto en ausencia como en presencia compone el contrafuerte de sujeción que explica pasado y presente.
Esa relación iniciática de joven con mayor, de Billy con Norman y con Ethel nos da la clave de que hay puntos de encuentro entre todas las generaciones, al fin y al cabo caminamos juntos en el mismo espacio y en el mismo tiempo, y la vejez al igual que la adolescencia son umbrales en los que todo el mundo anda desorientado, se trata de hallar el respeto mutuo en la relación, que tiene que ver con la actitud y no con guardar las formas.
La película fue primero una obra de teatro que el propio autor Ernest Thomson adaptó para el cine; obtuvo un oscar por el trabajo, un honor si tenemos en cuenta que fue unido a otros dos: el de mejor actriz para Katharine Hepbrurn, la única de la historia del cine que consiguió cuatro y el de mejor actor para Henry Fonda, que ya había recibido el honorífico por toda una vida.
Marck Rydell nació en Nueva York en 1934, tiene una larga carrera que os invito investigar; entre su extensa e impecable filmografía se encuentran largometrajes como “La zorra”, “Permiso para amar hasta media noche”, “Harry y Walter van a Nueva York”, “La rosa” (otra de mis favoritas, en ella Bette Midler recrea la vida y muerte de la cantante de rock y blues Janis Joplin; fue nominada a los oscar por su impresionante actuación como actriz y cantante), “Cuando el río crece”, “Ayer hoy y siempre”, “Entre dos mujeres”… Todas sus películas son apuestas fuertes que indagan en los vericuetos y espirales interiores del alma y en todas ellas los actores brillan bajo la luz de su mirada. Rydell sabe iluminar la parte digna de la zona oscura extrayendo las grandezas que también hay en ella, por esa razón recalcaba al principio que este director comenzó como actor y obtuvo un gran reconocimiento en papeles como el del violento mafioso Marty Augustine en el largometraje de Robert Altman, o en “Hollywood Ending” película en la que hacía de agente del hipocondriaco Woody Allen, papel interpretado por el propio Allen… Tal vez por haber estado bajo las órdenes de otros cineastas y delante de la cámara sea un gran director de actores y es a ellos a quienes les da la prioridad.
Mark Rydell
Decía al comienzo que iba a hablar de lo que busco en el cine, creo que hay dos clases de películas: las que te sacan de ti mismo para evadirte, en ellas por empatía puedes realizar aventuras que jamás emprenderías… suelen estar muy bien realizadas, te distraen, te seducen, te atrapan, están bien documentadas, y sin duda podemos estar hablando de arte con mayúsculas en cuanto a imaginación, ingenio y espectacularidad, pero curiosamente no suelen dejar en mí ninguna huella. Y luego están las otras, las que van hacia dentro. No te proponen viajes fáciles, a menudo las pérdidas y la muerte están presentes, los dilemas, las encrucijadas, la toma de posiciones, las decisiones difíciles, los conflictos interpersonales, la soledad, las obsesiones y los miedos, también la superación de los mismos, la esperanza, el amor y la búsqueda de soluciones, de nuevas vías y salidas. Este tipo de cine suele sacudirte, te remueve y vapulea las entrañas, los principios… te pone el espejo en las narices para que te veas los granos de las pieles interiores, te provoca la catarsis y te trasforma. Esos son los largometrajes que me importan, los que me llenan, los que sí dejan huella en mí, los aplicables a la vida. En esas películas encuentro consuelo, no porque cubran una carencia, sino porque me consuela la certeza de saber que estoy conectando con otra intimidad que me explica lo que me ocurre, o lo que me podría pasar, y me regala la experiencia y me permite ensayarla y tenerla aprendida para cuando se presente y a su vez me abre hacia los otros y me enseña a comprenderles y a saber qué necesitan de mí y si soy capaz de dárselo en el momento oportuno y apropiado.
Cuando comencé el club de cine y proyectamos la película de Isabel CoixetMi vida sin mí”, una señora se salió de la sala, alegando que no podía verla porque su hijo había muerto hacía poco, me quedé muy compungida y, quizá por mi expresión, otra se apresuró a decir: “la película tiene más vida que muerte”, y otra expresó que le habría gustado verla antes de que muriera su marido porque habría tenido otra actitud ya que no pudo evitar llorar ante él a veces y añadió que había comprendido el punto de vista de él a través de la protagonista, que le había gustado mucho verla y que le había proporcionado sosiego. Creo que a Isabel Coixet le habría agradado escucharlo. Sobra explicar que no siempre encuentro lo que me remueve en el drama, muy a menudo lo que aprendo proviene de la comedia. No menosprecio el cine que entendemos por “comercial”, por “entretenido”, si es de calidad, si entrega arte: importa el envase, pero también el contenido.
Lo que sí sé es que la ciencia no lo explica todo, la historia tampoco ni la filosofía, ni la sociología… sin embargo el arte sí, porque se ocupa de la estructura emocional e indaga en los misterios y sobre todo bucea y saca afuera lo que atesora el interior y crea la mejor forma de exponerlo. El arte es un rastreador imparable de nuevos caminos y en ese afán termina encontrando las conexiones que le dan unidad al mundo y a los mecanismos que lo mueven.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro con el cine o con los libros.
Pili Zori

"CONFIDENCIAS", película de Luchino Visconti


Tenía ganas de compartir con mis compañeros del club de  cine “Confidencias” de Luchino Visconti, una de mis películas más queridas. Desde que la vi por vez primera me ha acompañado –han pasado casi cuatro décadas, y ha llovido, ya lo creo que ha llovido, doy fe de que me han caído unos cuantos chaparrones-. Siempre que vuelvo a contemplarla me sorprende tanto como aquella primera vez y me refrenda en las bases de muchas de mis creencias sociales, y ratifica mi amor enorme por Visconti con quien no me relacioné en persona -como es natural- pero sí tuve el lujo de conocerle por su obra imperecedera.
No sabía cómo iba a funcionar el film, porque el paso del tiempo podría haberle afectado alejándolo del espectador, pero la respuesta fue brillantísima, sentí un orgullo enorme por cada una de las frases con las que me sorprendieron mis nuevos compañeros y la delicadeza y cuidado con que supieron acoger la película, sazonándola incluso y enriqueciéndola con aportaciones técnicas, nuevos enfoques y miradas que añadieron más luz a la luz.
Confidencias” es una película especial que vino envuelta en la turbulencia del tiempo en el que fue filmada y se salió de la pantalla para trascenderse por todo lo que acontecía en Italia en ese momento, y por lo que le estaba ocurriendo a su vez al propio Visconti.
El largometraje se estrenó en 1974, Italia vivía sobresaltada por los terribles atentados terroristas infligidos en su mapa. El terrorismo no tiene signo, es terrorismo puro y duro sin más, pero para que se entienda mejor os diré que en teoría los crímenes provinieron de ambos extremos: por un lado de Ordine Nuovo, una organización neofascista, -también se habló en aquel tiempo de la implicación de la liga anticomunista-,  y por otro de las Brigadas Rojas. En 1970 ya hubo un intento de golpe de estado, Junio Valerio Borghese, oficial de marina condecorado, fundó la organización de extrema derecha Fronte Nazionale y tras la fallida tentativa se refugió en España.
Ante la desoladora tristeza de asistir a los entierros de jueces y de víctimas abatidas en trenes, manifestaciones y plazas, los dos hombres más representativos de Italia, Aldo Moro -perteneciente a la democracia cristiana y dos veces primer ministro- y Enrico Berlingüer -líder de la segunda fuerza mayoritaria: el partido comunista italiano- intentaron por todos los medios crear un gobierno de concentración llamado Solidaridad Nacional. Enrico Berlingüer presentaba su proyecto eurocomunista, dando así prioridad a la singular idiosincrasia de los italianos y al entendimiento entre personas, pero intereses subterráneos atribuidos entonces por un lado a la CIA (obsesionada por frenar la llegada al poder de los partidos marxistas en cualquier parte del mundo y empeñada en que no emergiera otro Salvador Allende) y por otro a la mafia y a su capacidad para comprar abogados y jueces, dieron como resultado el secuestro y posterior asesinato de Aldo Moro a manos de militantes o comandos de Las Brigadas Rojas. No sirvieron los ruegos de Pablo VI, durante el secuestro, ni el resto del clamor mundial, su cuerpo exánime apareció en un maletero, justo a mitad de camino entre ambas sedes, la de Democracia Cristiana y la del PCI, las sospechas soterradas sobre quienes estaban implicados en la trama llegaron a señalar incluso al futuro primer ministro Andreotti. Las largas sombras, todavía hoy, siguen ocultando los pormenores de aquella desgracia llena de extraños misterios.
Si Italia ha involucionado o evolucionado desde entonces será cuestión de enfoques, lo que tengo más claro cada día es que a las pobres gentes de a pie, entre las que me encuentro, no nos cabe en la comprensión la capacidad manipuladora de quienes mueven los hilos por los inframundos de Hades, es decir los infiernos de los que se venden al diablo y a sus malditos becerros de oro con armas. Nos resistimos a creer que nuestra capacidad de decisión esté de adorno, y es bueno resistirse, es nuestro deber y además no nos queda otro remedio, aunque no puedo evitar pensar, dadas las circunstancias, que las pobres gentes de a pie pintamos poco.
Decía en renglones anteriores que además de estar envuelta en esa atmósfera, “Confidencias” contiene muchos préstamos personales del propio Visconti: cuando la realizó se encontraba muy enfermo, acababa de sufrir una trombosis que le dejó paralizado el lado izquierdo de su cuerpo; una de sus guionistas, Suso Cecchi D’Amico y él, esperaban en una cafetería la llegada de dos productores cuando Luchino Visconti se derrumbó estrepitosamente en la silla. Tuvieron que enviarle a Suiza porque a diferencia del protagonista de la película al que tanto le gusta estar solo, en el hospital de Roma no cesaban las visitas, allí se sometió a un arduo y espartano tratamiento de ejercicios de rehabilitación que le devolvió bastante movilidad apoyado en sus muletas. No podía vivir sin trabajar y pidió a gritos a los médicos que se lo permitieran alegando que no tenía la más mínima intención de morirse en la cama de un hospital.
Acondicionó las caballerizas de uno de sus palacios (Luchino Visconti di Modrone era aristócrata como estaréis intuyendo ya quienes no lo supierais, Conde de Lonate Pozzolo, además de criador de caballos pura sangre, decorador, escenógrafo, director de teatro, de ópera, de cine…) y terminó en ellas el montaje de “Ludwig”. Le prepararon una obra de teatro de Harold Pinter que requería pocos actores y sencillez de escenario y la experiencia le sirvió para que en su interior se germinara “Confidencias”.
Lo conmovedor de la película es que aunque el espectador no conozca los pormenores de trastienda que estoy contando si capta sin embargo que en ella depositó su legado, ese testamento repleto de vida, que rezuma impaciencia por querer decir todo lo que no había dicho todavía, por querer darnos tanto como aún le faltaba por entregar; en ella condensa pensamientos, sentimientos, aclaraciones, desahogos, planes… tanto deseo de completar la obra, de pedir prórroga… Porque Visconti sabía que iba a morir pronto aunque no quisiera irse. Aún tuvo tiempo de dirigir, después de “Confidencias”, “El inocente” ya postrado en silla de ruedas. Pero en 1976 nos dejaba irremediablemente, y con él, -tal y como dijo su fiel director de fotografía Pascualino de Santis-  “desaparecía para siempre una forma de hacer cine que sólo él sabía realizar”.
Yo desconocía todo lo que le ocurrió la primera vez que en la sala Imperio vi esta película, pero sí recuerdo con perfecta nitidez lo que sentí: noté como su mano se salía de la pantalla y tomaba la mía para ayudarme a entrar y una vez dentro me susurró al oído para no molestar al impresionante elenco de protagonistas: Observa Pili, todo esto que ves es mío, pero quiero compartirlo contigo, y para que puedas tenerlo sólo se me ocurre mostrártelo, donártelo con mi cámara. Esa cámara que acariciaba con parsimonia, muebles, cuadros, lámparas, joyas, rostros, cuerpos, miradas, bocas.
Podría entrecomillar esas palabras que con certeza sentí como verdaderas y no estaría haciendo trampa, porque sé que me las dijo, igual que te las dice a ti.
Visconti filmaba en sus palacios, y si en una de sus películas aparecía un corsé era sin duda el que vistieron su abuela o su madre, si exigía un jarrón de cristal de murano y en su lugar le colocaban otro, desde lejos exclamaba, ¡os dije murano! Todo en su cine rezuma verdad.
No le dejaban en paz en aquel tiempo que tanta definición sectaria necesitaba. No encajaba entre los “suyos”: ¡un aristócrata con inquietudes sociales!, y entre los que quería estar tampoco, le miraban con lupa el color de los autores que escogía para adaptar. Le acusaron de decadente, contradictorio y sospechoso, ¡un humanista marxista!, ¡dónde se ha visto! Sin comprender que estaba devolviendo al pueblo todo su “caduco y decadente” mundo, del único modo en el que sabía hacerlo: con su cine, el arte más popular, el que llegaba hasta el último estrato social. Estaba dando acceso, abriendo sus puertas de par en par, pero al igual que la familia de “Confidencias” unos y otros entraron al asalto en sus intenciones, en sus interiores sin sensibilidad para apreciar siglos de historia, sin respeto.
La alta burguesía emparentada con poderosos capitalistas industriales, recibió a través de esta película sus justos bofetones, retrato fidedigno de nuevos ricos maleducados, sin principios pero con voracidad de horda para enredarse y asociarse con los sucios contubernios del mal que sólo responde a la avara acumulación de riqueza y borrachera del poder por el poder. Displicentes que crean leyes represivas para que las cumplan otros. Adocenadores de doble moral cuyas normas diseñadas por ellos mismos e impuestas con embudo no se aplican para sí abusando de bula y exención.
La película está llena de matices que dejan claro quién es quién y cómo piensa, siente y actúa y qué posición ocupa y a qué parcela social está representando. Hay que destapar los frascos para oler los contenidos, no vale con mirar las etiquetas si queremos tener criterio propio, como ya he dicho otras veces en este mismo blog, porque aunque los contenidos del frasco se llamen lo mismo y parezcan a simple vista del mismo color no siempre son lo mismo, ni huelen a lo mismo, ni saben a lo mismo.
El análisis que propone “Confidencias” parte de lo privado para llegar a lo público y consigue retratar a Italia y al mundo en sus esencias y de forma intemporal entre cuatro paredes. Cada uno de los protagonistas representa un estatus –reitero- y en los reproches mutuos vemos como los compartimentos estanco son inamovibles, nadie se mezcla, esa es la crítica de la que el propio Visconti no se excluye. Burt Lancaster, alter ego en este caso de Visconti, ocupa el espacio del intelectual, de hecho durante todo el metraje es nombrado como profesor, desconocemos su nombre.
El planteamiento de escoger entre los hombres o sus obras está latente en cada escena y en mi opinión, el profesor se flagela en exceso por la parte que le toca. Queda claro en la película que no se trata de encerrarse a mirar cuadros mientras la vida te exige implicación, y ese recordatorio y bronca los traslado a mí misma. Pero me duele que él, Visconti, se reflejara en el profesor pidiéndose cuentas sobre la responsabilidad del intelectual, y que hasta la muerte se estuviera haciendo reproches, porque no se dedicó a lo que hace el protagonista, no se quedó mirando naturalezas muertas desde una atalaya  ni se escondió en sótano alguno para coleccionar y limpiar lienzos (la figura del intelectual es necesaria y hoy más que nunca, aunque sólo sea para acallar a los charlistas de la tele que se creen la voz de su amo, aunque sólo sea para redefinir los códigos deontológicos y en esta película esa figura también recibe lo suyo, hay leña para todos).
Se pueden entregar muchas cosas en la vida a los demás, pero una de las más valiosas es el conocimiento y todavía es mayor regalo el arte, y él, Luchino Visconti, nos llenó el plato, aunque tuviéramos que desbrozarlo de las pavesas de envidia con las que salpicaron todas las mesas a las que nos invitó a cenar.
Debió sufrir mucho por la incomprensión de sus coetáneos, también por sus errores sentimentales, dicen que Helmut Berger se apresuró a vender todas sus cartas en cuanto murió. Si esa impudicia es cierta, ¡cómo me indigna!, porque entonces el paso por su vida, el caminar a su lado no le sirvió de nada.
Si miramos con detenimiento el personaje que interpreta Helmut Berger en “Confidencias” y vemos cómo el director lo salva, con qué ecuanimidad lo juzga incluso siendo un gigoló de doble vida que podría además estar metido en líos de drogas y juego, o ser un activista comprometido con ideales o un delator o un terrorista…; si observamos cómo en cualquiera de las circunstancias lo considera víctima de ambos mundos o submundos que presumen de estar juntos pero jamás revueltos, cómo entiende y justifica la fascinación que Conrad siente por la vida de los ricos -que pueden acceder a la cultura aunque sea para luego despreciarla sin haberla usado; si escuchamos que a ese mundo se le permite entrar por la puerta del dormitorio pero sólo si se comporta como un perrito faldero y no de pelea, que accede a esos espacios pero no puede aspirar a ellos porque le están vedados por falta de cuna y pedigrí; si Visconti nos lo presenta con su mejor imagen, diciéndonos que dicho ambiente lo prostituye y ni se le ocurre considerar que Conrad también haya elegido prostituirse, y en todo momento lo defiende como víctima o producto del capricho y del poder; si comprendemos que el director deja abierta a la dignidad cualquiera de las posibilidades y escucha su voz y admite sus denuncias y demandas y erige a Conrad en juez de los demás…; si además sabemos que la película guarda paralelismos entre el actor y su personaje y después de todo el delicadísimo trato nos enteramos de la venta de esa intimidad, ¡sus cartas!, algo privado entre los dos, pues el enfurecimiento que nos entra es enorme.
Pero las personas de corazón elegante a veces confunden juventud y descaro con belleza creyendo que son lo mismo.
Está muy bien que alguien nos diga, al igual que el profesor en la película, que moral y política deben de ir juntas, y que ser rico no equivale a ser distinguido.
No se debe sentir tanta culpa cuando tu único mal ha sido trabajar hasta la muerte para entregar siglos de historia de la que encima eres testigo directo. Pero me duele que al final el profesor se mire esas manos vacías, porque las de Visconti no lo estuvieron jamás.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro
Pili Zori

"MEJOR... IMPOSIBLE", película de James L. Brooks


El martes pasado vimos en el club de cine, “Mejor...imposible” de James L Brooks. A veces los temas se encadenan cosidos por ese hilo invisible que el guión de la vida sabrá por qué pespuntea en esa especie de predestinación suya cuyas claves nunca nos desvela. Lo cierto es que no escogí al mismo tiempo “El curioso incidente del perro a media noche” y “Mejor...imposible” para que fuera a continuación, ya me gustaría ser tan previsora, pero las dos obras se juntaron sin mi intervención como si se hablaran entre sí. El libro de Mark Haddon cayó en mis manos justo cuando llegaba el momento de escoger la primera lectura de esta nueva etapa en nuestro club de literatura. De algún modo involuntario y casi al dictado se me introdujo el interés por debatir sobre la relación con personas “diferentes” y especialmente sobre su integración social, creo que la elección de ambos artistas para explicarlo no podía ser más adecuada: Haddon, en clave de empatía extrema, consiguió introducirse en la mente y el corazón de una persona con síndrome de asperger, y James L. Brooks creando junto a Mark Andrus en clave de comedia a Melvin Udall, un escritor de éxito con un trastorno obsesivo compulsivo también.
En ambos casos los protagonistas consiguen salir de sí mismos por la fuerza del cariño, y no es un juego de palabras sino otro de esos pespuntes invisibles y mágicos que enlazan unas obras de arte con otras, porque “La fuerza del cariño” es una más de las inolvidables películas de James L Brooks, el creador de los Simpson.
Como ya he dicho otras veces el humor es el ascenso de un peldaño más, justo el que te proporciona la perspectiva adecuada para poder relativizar las vicisitudes y amarguras inevitables que contiene la vida, y quien es capaz de subirlo gana en sabiduría, comprensión y bondad, y ninguna de esas tres palabras es objetivo fácil de alcanzar si las medimos en su exacta magnitud. Intuyo que esos son precisamente los objetivos que James L Brooks se propuso en la vida, y a tenor de los resultados que obtiene es evidente que consiguió culminar esas tres cimas y brinda en sus cumbres con champán.
El cine de Brooks bucea y explora como un catéter en los miedos humanos, los pequeños y los grandes, y todos ellos surgen de las relaciones personales y afectivas. Este director sabe adentrarse en el meollo de la “resolución de conflictos” y espera a que reacciones, y es en ese preciso instante -cuando ya ha conseguido atenazarte la garganta y ponerte al borde de las lágrimas- en el que de pronto te arranca la carcajada, y esos cambios drásticos en tu ánimo sorprendido sólo los saben provocar los grandes como ya he dicho otras veces en este mismo blog.
Además no le vale cualquier cosa, no, Brooks ya que se pone se reta al máximo. La película al principio debería titularse “Peor imposible” porque paradójicamente a Melvin Udall, no hay por donde cogerlo: insociable, machista, homófobo, egocéntrico, xenófobo, obsesivo, maniático, boca chancla, cobardica… y sin embargo Brooks fuerza la maquinaria a propósito para escoger ese punto de partida: Nos va presentando al protagonista y sólo cuando llega al momento exacto en el que el espectador decide que el señor Udall es insalvable comienza a dar el giro, a evolucionarlo hasta llegar al “mejor imposible” y por tanto a la redención.
La generosidad de Brooks es enorme porque tiene la sutileza y la artimaña de mostrarnos, envuelta en celofán, la parte más dura y dramática del problema que de otro modo no nos molestaríamos en mirar, y así habiendo vencido nuestras defensas a base de hacernos reír nos demuestra que el miedo y el sufrimiento prolongados crean corazas opresivas que hacen daño y aprisionan. Los trastornos obsesivos compulsivos se están extendiendo como una plaga, y nadie está libre de padecerlos, además todos los que vamos de “normales” y equilibrados por la vida si fuésemos diagnosticados a saber lo que saldría.
Para enviar ese mansaje Brooks se documentó hasta en los detalles mínimos sobre las obsesiones, no eludió ni dulcificó, construyó a un personaje con muchos toques de asperger y su montón de manías y se empeñó en sacarlo de ahí, o al menos adaptarlo y lo que para otros sería imposible y utópico él lo volvió realidad y posible.
Con su película nos enseña a observar más detenidamente, a ahondar, y así, tras escuchar a Udall soltando improperios de amargado cascarrabias a diestro y siniestro caemos en la cuenta de que al pasear la vista por su casa estamos descubriendo unas cuantas contradicciones: en ella se ven cuadros de negros cuando en la escena anterior acaba de dejar perplejo con sus alusiones racistas a Frank Sachs (Cuba Gooding Jr) el marchante negro y pareja sentimental de su vecino el pintor Simon Bishop (Greg Kinnear); nada sale por azar en esta preciosa película que dulcemente va forzando a la tolerancia hasta al espectador más reacio. Prosiguiendo con el recorrido visual por ese salón en el que se prolonga su historia personal contemplamos el retrato de un escritor judío cuando momentos antes en el único bar al que acude, para espantar a una pareja que ocupaba la mesa que considera suya, ha proferido insultos y exabruptos antisemitas tan inesperados que han hecho que se levanten para huir despavoridos de la escandalosa boca y de su loca mirada. Así, poco a poco, vamos comprendiendo que su forma de zaherir es un recurso para buscar los puntos vulnerables de los demás, que tan sólo es un truco para salirse con la suya o quitarse a la gente de encima, pero que no siente lo que dice.
En fin, no voy a contar la película, sólo diré que es el film que más veces he visto en mi vida, jamás me canso de mirarlo fotograma a fotograma, también es el canto de un neoyorquino a su ciudad que de noche te hace elevar la vista para que te pierdas embelesado por su encendido collar de brillantes que pende de las antenas y cúpulas de sus rascacielos de espejo, y de día te sitúa la mirada a la altura de los ojos de tus semejantes y se convierte en barriada para que vivas en ella sin sentirte extranjero. Pero dentro de la balada “Mejor...imposible” también denuncia a gritos lo inhumano de la falta de seguridad social en un país de diferencias tan acusadas: si tienes dinero te salvas, si no podrías morir por un simple ataque de asma, o arruinarte porque te han asaltado y dado una paliza tan grande que te ha llevado al hospital y de la paliza sales, pero de la factura no te recuperarás jamás. Contrasta con mano maestra los barrios altos con los humildes sin caer en lo marginal, detallando hasta las necesidades de intimidad apenas salvadas por unas cortinas.
Tres protagonistas principales conducen esta maravilla: Melvin Udall interpretado por Jack Nicholson, es el personaje más entrañable, amado, rico y enriquecedor de toda su carrera; Carol Connelly representada por Helen Hunt, que entrega la réplica más brillante e ingeniosa que jamás le han dado a Nicholson en ese duelo de titanes en el que ambos sujetan el primer plano con tanta vehemencia que saltan chispas de ternura y de verdad, los diálogos, tanto los verbales como los callados, saturan la pantalla de ingenio,  Simon Bishop encarnado por Greg Kinnear que compuso su personaje tan bien medido, con tanta elegancia y tan lejos del arquetipo en el terreno de la comedia que casi sin pretenderlo constituye en sí mismo un homenaje para los gay digno de agradecer, naturalmente no es ese el rasgo principal de su papel, es en su pérdida y en ese viaje en el que rompe con su pasado y se reencuentra como artista y como persona donde alcanza la máxima dignidad.
Las características comunes del trío son la ingenuidad -esa inocencia que cada uno de ellos escuda y defiende como puede- la soledad en compañía, propia de las urbes que hierven como hormigueros llenos de extraños que no conversan, que se esquivan para no rozarse aunque vayan en el metro, y el desvalimiento que se encubre con estoicidad.
Y cinco “secundarios” tan poderosos como los contrafuertes de una catedral apoyan al trío. Sin ellos la estructura no se sostendría: Cuba Gooding Junior, Skeet Ulrich, Shirley Knight, Yeardley Smith y Lupe Ontiveros.
No se me había olvidado Verdell, le he dejado para el final a propósito porque es la estrella, y su misión la más importante, él marca el antes y el después, el punto de inflexión en Melvin. Gracias a su contacto bajará las defensas y emergerá a la superficie toda la parte afectiva que una vez abierta propiciará la implicación con los otros y por tanto el compromiso. Pero sería injusto omitir que al igual que a los protagonistas humanos, a Verdell, (Jill fuera de la pantalla), le ayudaron a brillar otros secundarios, cinco perritos de la misma raza –grifón de Bruxelas- llamados Timer, Sprout, Debbie, Billy, y Parfait, ellos también tuvieron dirección a cargo de la famosa adiestradora Matilda de Cagny, justo es decirlo.
Hay tantos detalles inolvidables, tantas escenas, tantos pasajes… que estaría hablando de la película días enteros, pero me conformaré con decir que tres soledades aparentemente inconjugables unidas terminan por derribar sus murallas y comerse el mundo.
Creo que “Mejor...imposible” es una obra maestra del cine que cerró con broche de oro la última década del siglo XX
La formación de James L Brooks, nacido el 9 de mayo de 1940 en Nueva Jersey, comenzó desde abajo y se forjó en televisión: como aprendiz en el telediario de la CBS siendo ayudante de documentales hasta llegar en 1969 a realizar la serie “Habitación 222”. Entre 1970 y 1977 junto al escritor Allen Burns produjo “El Sow de Mary Tyler Moore”. Ejecutó comedias como “Cheers” y “Taxi”, también fue guionista y productor de “Tres no hacen pareja”. En 1983, como os adelantaba en renglones anteriores, emprendió el largometraje “La fuerza del cariño” por el que obtuvo cinco oscar. En su larga carrera ha escrito y dirigido muchas más como “Aprendiendo a vivir”, “Los chicos de mi vida”, “Spanglish”, “¿Cómo sabes si…?” Pero como siempre os dejo a vosotros el placer de recopilar su biografía y su obra, hoy se trataba de compartir la experiencia de “Mejor...imposible” subrayando que lo más difícil de resolver en la vida si te lo expresan en clave de comedia lo comprendes y afrontas mejor. Si aún queda algún espectador que no la haya visto, que lo dudo, pues ¡venga!, ¿a qué esperas?
Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que habremos visto “Confidencias” de Luchino Visconti y leído “Las ciegas hormigas” de Ramiro Pinilla.

Pili Zori

"El curioso incidente del perro a medianoche", de MARK HADDON


“Y sé que puedo hacer eso porque fui a Londres yo solo y porque resolví el misterio de quién mató a Wellington y encontré a mi madre y fui valiente y escribí un libro y eso significa que puedo hacer cualquier cosa”.
Eso nos dice Christopher Boone, el adolescente con síndrome de asperger, detalle que el autor Mark Hadonn no menciona expresamente con intención integradora.
Una noche, Christopher encuentra muerto a Wellington, el perro de la señora Shears, ese incidente marcará un punto de inflexión en su ordenada vida. Teniendo en cuenta que puede entrar en crisis si alguno de los muebles del salón se cambia de lugar o si los diferentes alimentos de distintos colores se tocan en el plato, el viaje iniciático –tanto físico como anímico- que dará comienzo a partir de ese suceso adquirirá una relevancia inusitada.
Agradezco a Mark Haddon la capacidad para introducirse en la mente y el corazón de alguien “distinto” para abrirle la cremallera y mostrarnos cómo siente, de qué manera sufre o qué le hace feliz y por qué tiene reacciones “incomprensibles” en apariencia, porque lo más extraordinario del caso es que al mirarnos a través de los ojos de Christopher comprendemos al fin que lo paradójico del asunto es que es nuestro mundo, con sus torpes y adocenadas normas inamovibles, el que padece de un autismo ciego, inmovilista y encorsetado que excluye de la cinta fabril a todo producto que se sale del patrón, porque no sabe leerlo, porque no entiende sus códigos y no puede descifrarlo. Si supiéramos que es muy posible que Leonardo Da Vinci y Albert Einstein tuvieran este síndrome o rasgo puede que bajásemos la cabeza avergonzados por nuestra ignorante, despectiva y absurda actitud. Las personas con discapacidades en alguna zona seguramente desarrollan otras que encajan a la perfección en cualquier sociedad y como idiotas nos estamos perdiendo sus beneficios que ciertamente podríamos obtener con cuatro adaptaciones sencillas.
Agradezco a cambio que la paciencia del autor cubra la ausencia de la nuestra. Además de ser profesor de escritura creativa en la universidad de Oxford, pintor, de dedicarse también a la ilustración, de escribir numerosos libros para niños y ser guionista de televisión (obteniendo en dichos campos sendos y prestigiosos premios como el Bafta, el de mejor libro del año Withbread, el de mejor escritor de la Commonwealth, entre otros) trabajó con personas que padecían discapacidades físicas y mentales.
“El curioso incidente del perro a medianoche” me parece un homenaje y un legado. La novela es brillante, el lector llega a creer que la ha escrito el niño, además incluye una lección impagable sobre cómo realizar una novela policíaca honrando a Conan Doyle por su obra “El perro de los Baskerville” que tanto le gusta a Christopher, de hecho dicen que el título “El curioso incidente del perro a medianoche” es una alusión a una frase que hace Sherlock Holmes en el relato “Silver Blaze” -no lo he leído así que tampoco lo puedo asegurar- y lo que más impresiona es que Mark Haddon haya sabido impregnar de aliento poético toda la novela haciéndonos creer que no lo hacía puesto que Christopher no comprende las metáforas -aunque sí los símiles- ni el doble sentido de los chistes ni la ironía y en apariencia sólo responde a la lógica. La sensibilidad conmovedora y el lenguaje literario los ha escondido entre las líneas moviéndose en la sugerencia buscando las palabras para no decirlas y que el lector crea que las pone en esos huecos tan bien medidos en los que como en un crucigrama no nos caben otras letras u otras sílabas que él no haya pensado de antemano.
Este muchacho que tiene miedo de los extraños y de los lugares desconocidos, que no comprende bien el comportamiento humano. Este adolescente al que se le supone incapacidad para las relaciones personales, falta de sociabilidad, ensimismamiento, egocentrismo… nos da una lección de generosidad rompiendo sus barreras y dejándose guiar por el instinto, el mismo instinto que nos lleva a los demás a poner en primer lugar el afecto por los nuestros. Él arriesga mucho más que cualquiera de nosotros para encontrar a su madre, para ser fiel a sus principios: odia la mentira y luchará por esclarecer la verdad aunque para ello tenga que llegar hasta el final de las consecuencias. Y sin saberlo volverá a reordenar la vida de los suyos dejando todos los sentimientos en su sitio, ya veis que recalco sentimientos en alguien a quien no se le suponían por tener un modo distinto de expresarlos.
Oliver Sacks, famoso neurólogo londinense que obtuvo el doctorado en neurología en la Universidad de California y que tras impartir clases en la Escuela de Medicina Albert Einstein y trabajar como adjunto en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York pasa consulta en el hospital neoyorquino de las Hermanas de los Pobres, ha elogiado el libro de Haddon diciendo que es una novela conmovedora, verosímil y muy divertida. En el club leímos hace algunos años de Sacks “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” y la experiencia fue fascinante, es un regalo que personas tan enriquecedoras sepan divulgar de forma tan artística su ciencia y como en su libro “Despertares” nos espabilen sacando del sueño esa parte de nuestra conciencia adormecida.
Creo en la bondad esencial de la gente y doy por hecho que no comprender a personas con estos rasgos de personalidad, con estas supuestas discapacidades se debe a que nadie nos ha dicho cómo llegar hasta ellos y estoy convencida de que el éxito de los libros, tanto de Haddon como de Sacks, lo demuestra, sus páginas no habrían traspasado fronteras si no tuviéramos interés por entenderles y entendernos a través de sus ojos, si no considerásemos que forman parte de nosotros. En realidad lo que nos da miedo no es cómo afrontar el problema cuando sobreviene sino que por él los demás nos humillen, nos desprecien, nos aparten, nos abandonen, nos dejen desfallecer sin crear ayudas, infraestructuras que nos proporcionen un respiro… Lo que aterroriza es el ahí te quedas y con tu pan te lo comas, no es mi problema.
En el club la empatía e indulgencia se extendió a todos los personajes, supimos ponernos en la posición del chaval, pero también en la impotencia ocasional del padre y en la de la madre.
Hablamos de la importancia y necesidad de la educación especial, si era integradora o excluyente, de las relaciones de pareja y cómo estas se pueden resentir o por el contrario afianzarse ante las absorbentes necesidades de un hijo así. Algunas compañeras compartieron testimonios y experiencias con familiares que padecen o padecieron alguna discapacidad, comentamos sobre la relación con los amigos, si estos se apartan o por el contrario incorporan de forma natural la circunstancia adaptándola al entorno...
Al ver como la novela va abriendo plano en su magnífica descripción paralela física y anímica en la que también el niño crece en ese viaje interior y su mundo se amplía desde la casa al barrio, a la escuela, a la estación hasta llegar a la gran ciudad y hablamos de las complicaciones urbanas que nos gustaría resolver, algunas compañeras han tenido que ir con sus madres o padres en silla de ruedas y se han encontrado con pasos de cebra ocupados por coches, o han tenido que recorrer medio mundo para encontrar rampa en los bordillos.
Los espacios e inmuebles urbanos deberían ser más fáciles de entender, menos uniformados, con más referencias para que nadie se pueda perder en un mastodóntico hospital de plantas, habitaciones y salas clónicas, o en una estación de tren, o en un aeropuerto.
Es necesario que siga habiendo alternativas a la tecnología, aún queda mucha población que no la maneja y no hay por qué llamarla analfabeta como le ocurrió a una de mis compañeras –que de analfabeta no tiene un pelo- por no saber realizar una cita a través de internet. Es la nueva arma arrojadiza de algunos mediocres de ventanilla que no tenían otro elemento mejor con el que sobresalir o humillar a gente afectuosa y digna que procura molestar lo menos posible y que ni siquiera se atreve a pedir ayuda por si no sabe formularla bien.
Son el desprecio y las miradas prejuiciosas las que nos envejecen.
Muchas gracias señor Haddon por su hermosa novela; al contrario que Christopher tengo una enorme discapacidad para los números y usted ha conseguido con su libro que me interesen, o que al menos lamente haberme perdido su parte mágica y lúdica.
Y para vosotros un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

MI VIDA SIN MI, película de Isabel Coixet


Descubrí a Isabel Coixet a través de mi hija Sara que me recomendó en 1996 “Cosas que nunca te dije”. No soy de temperamento avaricioso ni coleccionista salvo con una sola excepción: ¡el cine!
Cuando ¡el cine! se volvió del tamaño de un libro no me lo podía creer, ¡poder comprármelo y llevármelo para mí, guardarlo en mi casa y ponerlo todas las veces que me diera la gana y pararlo y avanzar y retroceder creando mis propios y personales flash back o flash forward…! –disculpad la pedantería, me refiero al que voy que vengo por la peli- me sentí multimillonaria. Hasta juraría que la rizo-artrosis de mis manos comenzó en un todo a cien en el que habían puesto un cajón enorme tipo jaula con películas de vhs desechadas por un videoclub tras muchos alquileres. El sistema de selección es arduo cuando tienes medio cuerpo dentro del cajón y vas haciendo torres para “estas sí” y “estas no” y aún no te has parado a pensar en cómo transportarlas si vas a ir caminando hasta tu casa sin haber cogido el carro, porque allí no se van a quedar si no te las guardan.
Mucho antes de esa compulsión posesiva nuestro vídeo beta ya llevaba años echando humo con todos los ciclos de cine de La 2, después fundiríamos dos reproductores de vhs, el dueño del videoclub del barrio en el que vivíamos entonces exclamaba ¡pero si hay más películas en tu casa que en mi local! Ya ha llovido hasta llegar a los dvd, los pendrive... Naturalmente no dejamos de ir al cine, la explicación sobra, por la misma razón no he dejado de leer en papel teniendo e-book, para la gente como yo es un debate absurdo, si te gusta el arte lo disfrutas cuando se manifiesta en su elemento natural, pero también lo rescatas en todas las demás formas, o si no que me lo digan a mí que cuando era cría llegué a ver las películas que no eran “toleradas” a través de las rendijas del Cine La Prensa que estaba cerca de mi calle, ¿quién le pondría ese nombre?, o subida en una tapia de uno de los de verano. Bueno pues en todos los modos de ver cine se me sigue poniendo la cara de avaricia ante ese “oscuro objeto de deseo” y cuando contemplé “Cosas que nunca te dije” alquilada en vhs me quedé sin aire ante la voz y el estilo tan personales y sobre todo ante su apabullante verdad. Es evidente que después me la compré. La conmoción se fue repitiendo con cada una de las nuevas entregas de Isabel Coixet: “A los que aman” (1998), “Mi vida sin mí” (2003), “La vida secreta de las palabras” (2005), su colaboración (junto a Win Wenders, Fernando León de Aranoa, Mariano Barroso y Javier Corcuera) para “Invisibles” con “Cartas a Nora”, “Tus cartas son un vino” en el dvd que comparte con otros cineastas y artistas dentro del hermoso libro Miguel Hernández-Juan Manuel Serrat –me lo regalaron mis hijas-. Me faltan algunas, que o bien no vi porque no pude ir al cine en ese tiempo o no las trajeron aquí, pero las estoy buscando: El cortometraje de “Mira y verás”, el film “Demasiado viejo para morir joven” (1989), “¡Hay motivo!” estrenada en 2004, “París je t´aime”, “Elegy” de 2008, “Mapa de los sonidos de Tokio” (2009), “Aral, el mar perdido” corto del 2010 y el documental “Escuchando al juez Garzón” de 2011.
Mi vida sin mí”, propone un debate sobre nuestro paso por aquí, la huella que habríamos querido dejar y la que dejamos, la forma de afrontar un diagnóstico irreversible y la criba que ese hecho -impensable a la edad de la protagonista- nos entrega. Esta bellísima película sopesa la relatividad de los asuntos que nos preocupan y nos enseña a eliminar lo superfluo, y el ejercicio y la sacudida de alfombra son impecables. El modo en que lo afronta y la decisión que la protagonista toma intentando dejar arreglado un futuro para sus pequeñas hijas y para su joven marido que nada tiene que ver con herencias materiales, nos muestra a una mujer generosa y nos especifica en qué consiste exactamente dicha generosidad. La mirada de Coixet sobre esa pequeña gran vida de personas con pocos recursos rezuma tanto respeto que redefine la dignidad.
No conozco a Isabel Coixet en persona, pero sí siento que me ha entregado lo mejor de sí misma: su obra, e imagino que lo de “por sus obras los conoceréis” seguirá valiendo, y pronuncio esta frase con toda intención, porque sobra decir que siento un profundo afecto por ella y agradezco que me deje entrar en los pliegues de su alma por los resquicios que seguramente sin proponérselo deja en sus películas e intuyo los préstamos sutiles que de sí misma regala a los personajes y es ahí, en esas transparencias donde se deja querer mucho, pero no sé si lo sabe, y lo digo porque he leído que a veces le han hecho daño con críticas superficiales a las que sólo una persona bien pensada y bondadosa como ella prestaría atención. La elegancia de corazón sólo la distingue quien la tiene y la envidia es la única pasión baja que le hace más daño a quien la siente que a quien va dedicada, pero esa abyecta pasión contiene una eficiente especialidad: la del rastreo, y para hallar el punto exacto de cada vulnerabilidad posee olfato de sabueso y cuando lo encuentra horada con saña. Es cierto que Isabel Coixet se pone nerviosa en las entregas de premios y que intenta dar una imagen suelta, simpática y menos sesuda, y es verdad que se equivoca al hacer eso, porque parece impostura y ella es perfecta como es y no necesita la aprobación de “los colegas”, porque la de los espectadores ya la tiene. Pero aún así se sobreentiende que en esas ocasiones se siente fuera de su elemento y en cualquier caso a mí y a muchos de los que intentamos ver más allá de nuestras narices las razones de su timidez nos enternecen. En cierta ocasión estaba yo sentada en la playa y delante de mí vi a un crío muy pequeño que durante mucho tiempo, demasiado para la concentración de un niño, se afanó en levantar y sujetar un precioso castillo de arena, tras su concienzudo esfuerzo lo consiguió y cuando al fin lo contemplaba satisfecho se acercó otro chavalillo un poquito mayor, el instante de su mirada llena de asombro amargado no se me olvidará jamás, a continuación se lo pisoteó por completo destruyéndolo a patada limpia. El pequeño le sujetó los ojos durante unos instantes, la expresión de su carilla era de serena indignación, se levantó, recogió su cubo y dejando los diminutos talones clavados en cada una de sus poderosas y enfadadas huellas se fue hasta el agua lo llenó y sin prestarle atención comenzó de nuevo a construir otro castillo. Él sabía hacerlos, el otro no.
Me gusta Isabel Coixet porque me agrada la valentía de la gente que lleva lo de dentro por fuera, y eso es lo que hace en su cine: mostrar los interiores con precisión de cirujana. Su mirada es femenina, y lo digo con todo el subrayado reivindicativo de la importancia que tiene, al igual que recalco también la sensibilidad masculina cuando la encuentro, que por suerte ocurre con frecuencia y también tiene que ver, reitero, con el desnudo anímico.
Los actores -hombres- de sus películas en ninguna otra vuelven a ser tan bellos, tan deseables, tan queribles, la cámara enamorada en manos de Isabel les extrae de sus límites lo mejor de su capacidad para querer, para sentir incluso lo que aún no saben que poseen, como es el caso de Scott Speedman que supo hacer de padre joven sin haberlo sido fuera de la realidad del cine (no me gusta decir en la vida real puesto que el cine pertenece a lo real, porque también es real lo que quieres representar. ¿Quién podría ver los pensamientos, ideas, imaginaciones… si el artista no las explorase para extraerlas y plasmarlas, si en literatura no existiera el monólogo interior, las metáforas, las alegorías, los símbolos, si en pintura no se hubiese encontrado el surrealismo, el arte abstracto?... perdón por el inciso). Ese pudor de voyeurismo respetuoso de Coixet, tan sugestivo, tiene una potencia inusitada que va mucho más allá del erotismo, que trasciende incluso las relaciones personales, que se lo digan si no a Mark Ruffalo, a Andrew McCarthy o a Patxi Freytez, el efecto de sus conmovedoras bellezas es devastador, ningún otro director les ha favorecido tanto, esa sensación sólo la he tenido con otros dos directores: Visconti y Jane Campion. Para no extenderme diré que con las actrices que escoge ocurre exactamente lo mismo, los primeros planos de Sara Polley son dignos de estudio, no me extraña que Isabel Coixet esté maravillada con ella y con su total ausencia de artificio o de recursos, la autenticidad que transpira sólo es propia de los niños, que como ya he dicho en otras ocasiones en este mismo blog no hacen el personaje, ¡son el personaje!
Verla dirigir debe ser una pasada, dando instrucciones en varios idiomas y filmando en cualquier parte del mundo. Además es una de los grandes en el campo de la publicidad, fue directora creativa de la agencia JNT, fundó y dirigió la agencia Target y la productora Eddie Saeta. Se ha llevado los más prestigiosos premios otorgados a este negocio y entre sus clientes están British Telecom, Ford, Danone, BMW, IKEA, Evax, Renault, Peugeot, Winston, Kronembuourg, Pepsi, Kellogg, MCI, Helene Curtis, Procter & Gamble, AT & T, y Estrella Daum entre otros. En el 2000 creó la productora Miss Wasabi Films, con ella ha realizado además de cine, documentales y video clips para músicos que van desde Sexy Sadie hasta Alejandro Sanz.
Creo que dominar esos cambios de registro, ser además una mujer de negocios que jamás pierde el norte ni su necesidad de compromiso con el país en el que vive y las vicisitudes por las que éste pasa, que tiene tiempo de pertenecer a CIMA, la asociación de mujeres cineastas y de medios audiovisuales, como Inés París, Chus Gutierrez o Icíar Bollaín, -no está mal el cuarteto, ya hablaremos de cada una de ellas en otras entregas- pues qué queréis que os diga, si toda esa grandeza no os enorgullece, es que no sabéis hacer castillos.
Por eso querida Isabel, ya es hora de que la dedicatoria sea para ti, y desde este humilde blog yo te la mando con un abrazo:
‘A los que aman’.
Pili Zori.


P. D. Pronto hablaré de “El curioso incidente del perro a media noche” la magnífica y singular novela de Mark Haddon. Lo aclaro para que no desorientar en prevención de que pudierais pensar que de pronto he decidido dedicar el blog a entradas de cine en exclusiva. Como ya os dije, en esta nueva etapa coordino dos clubes, el de literatura de la Biblioteca Pública y el de cine en el centro de mayores de Ibercaja. Una de las entregas es semanal y la otra cuando finaliza la lectura dependiendo de sus páginas, leemos cien por semana y los miércoles las ponemos en común añadiéndoles las reflexiones y experiencias que nos han proporcionado. Hasta el próximo encuentro.

LA VIDA DE LOS OTROS, película de Florian Henckel Von Donnersmack


Mañana martes 16 proyectaremos en el club de cine, “La vida de los otros” uno de los largometrajes más líricos de nuestro tiempo que sin duda marcará el arte cinematográfico del siglo XXI Extraordinaria ópera prima del director de cine Florian Henckel Von Donnersmarck.
El elenco es para descubrirse -demostrando una vez más que con poco presupuesto y con una trepidante trama, que se desarrolla en apenas cuatro interiores- los actores son las columnas capaces de sostener uno de los capítulos más importantes y decisivos de la historia reciente: la caída del muro de Berlín. Algunos de estos actores se criaron y vivieron en la RDA.  Esta película escarba bajo los escombros y recupera los fragmentos para construir la unificación. Y lo hace para que no ocurra nunca lo que dice el poeta y escritor Juan Gelman: “Desaparecen los dictadores de la escena y aparecen de inmediato los organizadores del olvido.”
El capitán Gerd Wiesler encarnado por Ulrich Müe deja clavado en la butaca y sin aliento al espectador y marca un antes y un después en la creación de personajes contenidos, interiorizados, introspectivos… Cualquiera de sus miradas volcánicas, de sus silencios tensos, arrasarían como lava candente al cine más espectacular y sonoro. Uno sólo de sus pestañeos equivale al diálogo más elaborado y brillante que se pueda concebir, lástima que ya no esté entre nosotros, murió al año siguiente del estreno sabiendo eso sí que “La vida de los otros” había recibido el Oscar al mejor largometraje de habla no inglesa, El Globo de Oro, el César, el David de Donatello, el premio a la mejor película europea, el Guldbagge de Suecia, los Lolas alemanes… Al menos ese prestigioso broche se lo llevó consigo en el último mutis, la pena es que nosotros nos quedamos sin el regalo de los magníficos trabajos que habría seguido entregándonos.
Crista María Fielland, es una actriz que deja fascinado a este capitán de la policía secreta, no es para menos, si tenemos en cuenta que la interpreta Martina Gedeck, quienes la hayan disfrutado en la película “Deliciosa Marta” sabrán por qué lo digo: se come la pantalla y es un foco de luz incandescente. Su variedad de registros y matices es inimitable. Cuando un actor o actriz no resulta fácilmente reconocible en pantalla o sobre el escenario es porque se convierte en el personaje, y ese diluirse en otro, quedarse vacío de sí mismo para prestarse como recipiente es la máxima grandeza y a la vez la máxima humildad de un actor. La mayoría de las estrellas americanas hacen de sí mismas sin ningún pudor.
Georg Dreyman es el prestigioso escritor de la obra que se está representando, y pareja de Crista, la actriz. Al intelectual e ingénuo Dreyman, fiel creyente al principio de las bondades del sistema de gobierno en el que vive, lo interpreta Sebastian Koch en un hermoso papel que sin duda agradecerá de por vida al director.
Dreyman también es un personaje en evolución, los paralelismos y vínculos que el director crea entre ambos –el escritor y el capitán de la Stasi- alcanzan la belleza poética más pura. Escenas como la que se produce cuando Dreyman interpreta la “Sonata para un buen hombre” en la que se engloba a los dos –al capitán de la Stasi y al escritor- son sublimes y no estoy exagerando sino buscando la descripción exacta. El espectador no sabría decidir en ese momento a cuál de los dos protagonistas  masculinos y antagónicos va dedicada la composición, las lágrimas del capitán al escucharla diluyen la frontera: es mucho más lo que les une que lo que les separa… Hay pasajes para hincarse de rodillas como el de las palabras del informe que está escribiendo Wiesler: las frases discurren y bajan por la pantalla en una cortina transparente, tras ella la pareja hace el amor, es una escena delicadamente portentosa, el homenaje a la palabra escrita en el filme es constante y la coherencia es que ésta se muestre en imágenes que es el lenguaje del cine. Otra impresionante es la del libro amarillo de Bertolt Brecht que el capitán ha hurtado para leerlo con el fervor apasionado de quien descubre la vida en plenitud, la que nos entrega el arte, sin él no se puede vivir, los suicidios por causa de dicha mutilación dan fe. Nunca había visto una metáfora más hermosa ni un mensaje más claro que el de los dedos manchados de tinta roja en la escena en la que los clandestinos esconden la máquina de escribir: Escribir cuesta sangre. Para mí ahí está el resumen del film.
Cuando ahora escucho como se apela de forma frívola a la libertad de expresión en cualquier tertulia casposa me llevan los demonios.
En fin, no pararía de enumerar escenas, pero retomo el trabajo de Koch, otro actorazo con una capacidad de transmitir enorme, le recordaréis por su actuación en la película “El libro negro”, una más entre las muchas piezas de su brillante filmografía.
Los demás actores tienen apariciones más cortas que no les convierten en secundarios, en este caso me apetece matizarlo, nunca me ha gustado esa calificación, porque no secundan, protagonizan en su espacio y son tan importantes como los últimos brillos y toques que le das a un cuadro para terminarlo, si las pequeñas pinceladas no están bien puestas el acabado será imperfecto. El generoso internet como siempre os dará buena cuenta de sus nombres y biografías.
No sé si el director escogería a propósito la libélula de alas abiertas que está en el vestíbulo, en la entrada a la casa reflejándose en el espejo, me gusta pensar que representa la libertad, el delicado vuelo de la creatividad. Sé que tenía mucho interés en que la decoración no distrajera al espectador, y quiso crear la atmósfera, el ambiente de aquellos años en la RDA utilizando sólo los colores que más abundaban, así, con marrones, beiges, naranjas, verdes y grises logró no sólo el telón de fondo sino el estado anímico que une de forma emocional al espectador con los protagonistas.
La música de Gabriel Yared contribuyó a crear dicho ambiente. El compositor necesitó ir creándola sobre el guión para que formase parte de él, de modo que no está hecha después, y el espectador no la siente superpuesta sino como materia y esencia fundamental que se encuentra dentro de la propia estructura.
Los niños perciben por instinto, sin la contaminación de las palabras, las tensiones, las alegrías, los miedos… los padres del director y guionista Florian Henckel von Donnersmarkd se habían criado en Berlín oriental, y tenían familiares allí aunque después vivieron en occidente, y cuando iban a visitarles en aquellos años él siempre notaba ese miedo indefinido. Intuyo que uno de los grandes objetivos, puede que inconsciente, del director fue el de especificar los ingredientes de ese temor arraigado e injusto que sentían incluso aún viviendo fuera.
Confieso que durante algún tiempo de mi infancia y adolescencia me resultó difícil admitir su falta de libertad, creía que países que garantizaban las necesidades básicas gratuitamente como calefacción, transporte, educación… que eliminaban la pobreza con un reparto equitativo no podían ser dañinos. Sufriendo una dictadura como la que nosotros padecíamos me resultaba imposible pensar que fuera equivalente, que ellos tuvieran otra, y me decía que seguro que se trataba de propaganda mala e interesada que sin duda provenía de occidente y de la rivalidad entre potencias. Después viajé, vi, escuché, crecí… Ahora sé que nada es la panacea y desmenuzo mejor los pros y los contras de todos los Estados, pero sigo soñando con sociedades mejores que no dejen a la intemperie a familias por desahucios tras haber trabajado honradamente. Y procuro no presumir de ejemplaridad patriotera en ningún sentido, ni española, ni europea, ni occidental, porque el poder siempre aprende a cercenar, la diferencia es que ahora lo disimula mejor, y quien paga el pato de su avaricia y embriaguez en cualquier época es la pobre gente. Lo que en todo momento supe sin embargo al igual que el director es que las personas deben estar siempre por delante y que hay que luchar sin descanso para que no cambie de sitio dicha prioridad.
No obstante cuando vi la película me sentí orgullosa por vez primera de ser europea y de que uno de los míos hubiese hecho algo con lo que me podía identificar y que fuese tan hermoso, a menudo siento que estamos espalda contra espalda, que no nos conocemos, que no nos parecemos, que solidaridad poquita y que el que venga detrás que arree y que se joda quien no pueda, perdón por la expresión, es la más explícita y la que todo el mundo entiende. A todos los poderosos europeos se les olvida que tras la segunda guerra mundial les ayudaron y que a nosotros no, y que por eso andamos mal de industria y nos cuesta prosperar, pero no importa, a pesar de los pesares nos vamos arreglando, “el sur también existe” decía Benedetti y aquí estamos. 
Desconozco el estado del cine alemán actual, tampoco sé sobre las escuelas de interpretación que hay allí, si tienen un método… pero a tenor de lo visto éste debe ser uno de sus mejores momentos. La gente de mi edad recuerda a Fassbinder, a Werner Herzog a Win Wenders, porque los cinéfilos de mi quinta tenemos mucho que agradecerle al cineclub de La 2, que se esmeraba en poner ciclos con filmografía de todos los países, y también al cineclub de mi ciudad que hacía otro tanto, pero, al menos yo, desde entonces y hasta este largometraje tenía una carencia, un hueco sin rellenar, con alguna salpicadura que otra pero pocas, muy pocas noticias sobre el cine alemán, supongo que como el mundo se ha vuelto un mercado, si los distribuidores no se interesan pues sus cineastas no han salido del círculo de los premios, festivales o certámenes, y el gran público no ha visto sus obras, o me he descuidado y entono el mea culpa. Lo que sí sé es que no conozco a nadie que cuando le nombras “La vida de los otros” no exclame ¡Ah, sí!, ¡es muy buena!
Toda mi vida he valorado mucho la capacidad de llegada aunque haya quien confunda esa cualidad de conseguir y destilar la esencia y la universalidad con populismo, sólo es una suerte, un talento envidiable para quien no lo tiene, que Florian Henckel Von Donnersmarck avala con una enorme mochila de lectura y cultura cosmopolitas. Nació en Colonia en 1973. Estudió ruso en el Instituto Nacional de Leningrado, hoy San Petersburgo, con el deseo de poder leer a los maestros rusos, que tanto admiraba, en su propio idioma. Vivió con sus padres en Berlín, Francfort, Bruselas, Nueva York… Se matriculó en la universidad de Oxford en ciencias políticas, filosofía y economía. Ayudó a Richard Attemboroug en “El amor y en la guerra” en 1996 tras haber destacado en su aula de guión y le admitieron en las acreditadísimas clases de dirección que impartía la academia de cine y televisión de Munich… En fin, creo que es coctelera suficiente para comprender la madurez, la dimensión y el alcance de “La vida de los otros”.
Casi tengo la certeza de que se necesita que transcurra una generación para contar bien la historia -referida por tus mayores- del país en el que naces. Si has sido protagonista o testigo directo -con todo el derecho que te otorga el dolor- hay perspectivas o enfoques que nunca vas a tomar. Sólo Florian Henckel von Donnersmarck que nació como ya he dicho en renglones anteriores en 1973 puede abordar la evolución de un personaje que las víctimas a las que persiguió y acosó no podrían ni querrían redimir. Él lo hace mostrándolo sin condescendencia y con todas y cada una de sus aristas.
Sentir comprensión y ternura por quien se la merece, por la víctima, no es difícil; hallarla para el perseguidor, el déspota, el verdugo… es entrar en una dimensión más evolucionada, subir un peldaño más en la escala del doloroso pero necesario compromiso, porque ninguna reconciliación nacional es posible sin ese alcance.
Comprender no significa justificar, Donnersmarck expone y dibuja al personaje tal cual, sin dulcificar suavizar o esconder ni uno sólo de los rasgos de su carácter, ni una sola de las pautas de su comportamiento, de hecho elige a un competente capitán del servicio de inteligencia y espionaje de la Stasi la temible policía secreta de la R.D.A. de 1984.
Gerd Wiesler, el capitán pero también el hombre que detenta tanto poder, sufrirá una evolución que le hará asumir las consecuencias de su pasado. Un día acude a un estreno de teatro al que asisten autoridades y de inmediato queda fascinado al contemplar a la popular actriz Crista María Fielland sobre las tablas. Ella está interpretando a la protagonista de una obra del prestigioso escritor Georg Dreyman, su pareja. Minutos después de que finalice la observará besándose con él. Y valiéndose de su cargo decide espiarles, -los artistas eran paranoicamente perseguidos hasta la destrucción por supuestos delitos contra el régimen que hoy nos harían sonreír de puro ingenuos-. El contraste de sus vidas con la del militar, tan espartana y vacía, las inquietudes artísticas, emocionales e intelectuales del círculo de amigos de la pareja, el sentido crítico, la lucha… pondrán en cuestión todas sus creencias y tomará conciencia hasta el extremo de decidir que aún en las circunstancias más arriesgadas y adversas hay que hacer lo correcto y que la lealtad abyecta es un malentendido manipulador.
La decisión, el punto de partida o el enfoque que tomó el director es dificilísima: nos muestra a un hombre equivocado que no sabe que lo está y que cree estar entregando lo mejor de sí mismo al sistema de gobierno en el que cree. Tenía que extraer desde lo más odioso del personaje la dignidad de la transformación, es decir tenía que meterse dentro del sistema y que la fuerza de lo perseguido le diese la vuelta. Siempre ha habido personajes que ejercieron la transición desde dentro poco valorados por la historia, pero tan necesarios sin embargo como los de fuera, sin ellos las dictaduras no se habrían derrumbado, pero es difícil concederles homenaje porque están muy manchados.
Como os dije en entregas anteriores el arte que no te transforma no es arte.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

CRASH, película de Paul Haggis


El próximo martes día nueve de octubre comenzaré a coordinar y a compartir un nuevo club de cine en el centro de mayores de Ibercaja de mi ciudad.
Aunque son malos tiempos para la lírica es bonito comprobar cómo entre todos intentamos que la llama que ilumina el arte y la cultura no se apague para que se sigan propagando, el cálido aliento de todos nosotros es el que la mantiene protegida de los fríos y por tanto encendida. Los miércoles naturalmente continuaré con el de literatura en la Biblioteca Pública que mantenemos vivo desde hace diecisiete años.
Espero que resulte una preciosa andadura porque el cine compartido se vuelve inolvidable y las reflexiones, sentimientos y experiencias que suscita le añaden epílogos que lo enriquecen y acrecientan, y ese es el máximo homenaje que se le puede devolver a una obra de arte para la que ha trabajado tanta gente. Escogeremos singulares maravillas de calidad enorme.
“Crash” reúne los mejores ingredientes para que después de verla surja un interesante coloquio, la película es de altísimo contenido ético, y su análisis sociológico bucea y explora a gran profundidad.
Crash significa colisión, choque, pero admite otras lecturas, otras interpretaciones: la de un ser humano que entra en colisión con otro, la de esa misma persona cuando hace ¡crash! y estalla porque no puede más, o la de toda una sociedad que se resquebraja enferma de miedo.
Paul Haggis, el director, nos propone un análisis sobre la deshumanización, -esa pegajosa pandemia que se extiende por las grandes urbes- y la sitúa en la ciudad de Los Ángeles, paradigma del aislamiento envuelto en hormigón, metal y cristales. Nos cuenta cómo el miedo a los demás se instala y nos vuelve desconfiados, susceptibles, reticentes… y cómo la falta de comunicación, el desconocimiento del otro desencadena el prejuicio, la hostilidad y la ira en un tiempo en el que la persona ha pasado a valer menos que las cosas, a ser dominada y poseída por ellas y no a la inversa.
El film lo realiza después del 11-S, y en esa atmósfera, en ese caldo de cultivo se germina.
En principio podría parecer que el discurso es manido, mil veces contado, mil veces visto: los prejuicios raciales, las diferencias de clase… pero lo que hace diferente a esta película de otras es que nos narra cómo comienza ese efecto dominó. El director lo consigue especificando, buscando la precisión, deteniéndose en los detalles, y nos pide que tengamos en cuenta que cualquiera de nuestros actos por pequeños que nos parezcan tienen importancia y por tanto consecuencias: un mal gesto, un apenas perceptible ademán de desprecio pueden generar un efecto mariposa que produzca en las antípodas un huracán, y una vez mostrado el desencadenante nos conduce con maestría desde lo individual a lo colectivo peinando, a partir de un hecho aparentemente fortuito, un hermoso trenzado de vidas cruzadas sin permitir que de esa coleta se escape ni uno sólo de sus cabellos.
El director de algún modo saca el dedo de la pantalla para recordarnos que todos somos capaces de lo peor y lo mejor, de caer en la vileza más abyecta, y al mismo tiempo de protagonizar la máxima heroicidad, no permite que huyamos por la trampa del maniqueísmo y nos recalca que a veces somos las víctimas pero igual de a menudo los agresores y que saberlo, conocer nuestras contradicciones, mirarnos por dentro sin engañarnos, sin autocomplacernos hace que nos anticipemos para sopesar las consecuencias de nuestras conductas. Estudiarnos a fondo la zona transparente y también la oscura, las aristas y facetas que la vida nos va tallando es lo único que nos puede mejorar.
Justicia no tiene porque ser siempre una palabra grandilocuente, con frecuencia camina en zapatillas de andar por casa y comienza por una pequeña falta de consideración hacia el otro. Naturalmente seguiremos siendo injustos, pero la diferencia radica en que sepamos advertirlo, en no negar la mayor para salir del paso, en al menos darnos cuenta. Si nos confesamos a nosotros mismos los ramalazos racistas, xenófobos o clasistas que sin duda albergamos, en lugar de envolverlos en eufemismos podremos dejar de tenerlos, al fin y al cabo uno no es racista por herencia genética, -los niños no lo son- uno se vuelve racista, clasista o xenófobo que es muy distinto, y en definitiva de lo que hablamos en esencia es de desprecio.
Esta película se dedica a desarmar estereotipos, los prejuicios que en ella aparecen son de ida y vuelta, los de todos contra todos, blancos, negros, sudamericanos, árabes, persas, chinos, vietnamitas… parapetos absurdos que no nos sirven de escudo, porque como decía al principio paradójicamente el miedo no nos protege por muchas cerraduras que pongamos.
“Crash” fue la primera película que dirigió Paul Haggis, pero con el aval de una brillantísima y larga carrera como guionista, que además se ha curtido en televisión –no en vano a uno de los protagonistas le hace ese préstamo personal-. Un guionista es un escritor de cine, (sí, no es una perogrullada, de vez en cuando conviene repasar los componentes de un arte o de un oficio para no darlos por sabidos sólo por haber mirado la etiqueta), un escritor de cine escribe con imágenes; para crearlas usa palabras que no se van a escuchar pero que sostienen, que sustentan dicha imagen que a su vez coloca una conclusión en el espectador: Así vemos a Matt Dillon en uno de los papeles más brillantes de su carrera, sentirse impotente ante el sufrimiento de su padre en el baño, desatendido por el inhumano seguro que no soluciona, que no se hace cargo, que no cubre su enfermedad hasta el final, y ya tenemos la viva imagen de la desesperación, la ira latente que acto seguido se desencadenará explica las palabras no pronunciadas y que buscadas sin embargo por el guionista creemos haber puesto nosotros. Pero en este caso los diálogos que sí se escuchan tienen la potencia inaudita de un subrayado fosforescente. Y es que la inter-contaminación, el mestizaje de las artes las enriquece a todas nutriéndolas entre sí, el cine contiene literatura, teatro, música, pintura… y viceversa.
La película es una extraordinaria obra de arte, que algunos internautas han tildado de manipuladora y demagógica, me han sorprendido esas conclusiones que he leído atentamente pero que no comparto, en mi opinión, el cine de intenciones y de compromiso social es necesario y su vocación de servicio no le resta ni un ápice a su deseo de estilo. Si nos paramos a pensarlo plantar la cámara en plan aséptico y mirar sin más no deja de ser un parapeto para quien no se quiere mojar, además es imposible no pronunciarse: en cuanto eliges plano ya has escogido el enfoque y has tomado posición. Otra cosa es que el arte a veces nos ponga espejos delante en los que no nos guste mirarnos, y este es uno de esos ejemplos, cualquiera que contemple de frente esta película se verá reflejado en ella y en su fuero interno lo admitirá.
Me gustaría pensar que sólo se manipula a quien es manipulable.
Me ha maravillado la extraordinaria manera en que Haggis  ha cerrado todos los círculos sin saltarse ni uno, como ha colocado el centro, el  corazón, el latido de la película en esa bellísima escena redentora del incendio del coche. Pocas veces me han explicado con tanta hondura en qué consiste la pérdida de la dignidad y cómo puedes y sobre todo cómo debes recuperarla.
Crash es una advertencia contra el aislamiento y la incomunicación, pero también un canto, sólo quien ama a sus semejantes es capaz de abroncarlos por sus equivocaciones y de ensalzar sus aciertos. La hija del tendero persa y el cerrajero son la esperanza y llave de la comprensión y el entendimiento.
El film se llevó tres oscars, a mi juicio los tres más importantes, los que engloban y prestigian el resultado final de la labor: a la mejor película, al mejor guión original y al mejor montaje, el de montaje es el del hilo y la aguja que cose las piezas consiguiendo con la costura el diseño y la hechura buscados.
Paul Haggis escribió “Million dollar baby”, guión valiente por el que apostó Clint Eastwood, le ha escrito muchas más, -como por ejemplo “Cartas desde Iwo Jima”-, a él y a otros muchos directores, todas ellas brillantes e inolvidables, pero no quería decirlo al principio para no influir. Así que teniendo tanta trastienda y tanto equipaje detrás, es fácil deducir que el proyecto de “Crash”, su ópera prima como director guionista y productor, era su tesoro personal y quería rubricarlo en todas sus facetas.
Todos y cada uno de los componentes del elenco realizan interpretaciones magistrales, son papeles muy golosos por sus ambivalencias, la dirección de actores ha sido enormemente generosa porque todos ellos tienen una escena cumbre de protagonismo absoluto en la que sacan de las entrañas lo más recóndito del personaje, auténticas joyas para el currículo.  
Una película es un milagro en el que se conjugan muchas especialidades artísticas, realizadas por un ejército de empleados que funcionan como un mecanismo de relojería, del director depende que la sinfonía suene con la unidad y la armonía de una orquesta filarmónica.
Paul Haggis es de origen canadiense, no es la primera vez que proveniente de allí contemplo una sensibilidad exquisita y distinta, me gustaría conocer mejor el magma de su cultura. “Crash” te remueve por dentro y su poso te transforma, te hace mejor, y al menos yo al arte siempre le pido esa clase de belleza.
Un fuerte abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori