"El curioso incidente del perro a medianoche", de MARK HADDON


“Y sé que puedo hacer eso porque fui a Londres yo solo y porque resolví el misterio de quién mató a Wellington y encontré a mi madre y fui valiente y escribí un libro y eso significa que puedo hacer cualquier cosa”.
Eso nos dice Christopher Boone, el adolescente con síndrome de asperger, detalle que el autor Mark Hadonn no menciona expresamente con intención integradora.
Una noche, Christopher encuentra muerto a Wellington, el perro de la señora Shears, ese incidente marcará un punto de inflexión en su ordenada vida. Teniendo en cuenta que puede entrar en crisis si alguno de los muebles del salón se cambia de lugar o si los diferentes alimentos de distintos colores se tocan en el plato, el viaje iniciático –tanto físico como anímico- que dará comienzo a partir de ese suceso adquirirá una relevancia inusitada.
Agradezco a Mark Haddon la capacidad para introducirse en la mente y el corazón de alguien “distinto” para abrirle la cremallera y mostrarnos cómo siente, de qué manera sufre o qué le hace feliz y por qué tiene reacciones “incomprensibles” en apariencia, porque lo más extraordinario del caso es que al mirarnos a través de los ojos de Christopher comprendemos al fin que lo paradójico del asunto es que es nuestro mundo, con sus torpes y adocenadas normas inamovibles, el que padece de un autismo ciego, inmovilista y encorsetado que excluye de la cinta fabril a todo producto que se sale del patrón, porque no sabe leerlo, porque no entiende sus códigos y no puede descifrarlo. Si supiéramos que es muy posible que Leonardo Da Vinci y Albert Einstein tuvieran este síndrome o rasgo puede que bajásemos la cabeza avergonzados por nuestra ignorante, despectiva y absurda actitud. Las personas con discapacidades en alguna zona seguramente desarrollan otras que encajan a la perfección en cualquier sociedad y como idiotas nos estamos perdiendo sus beneficios que ciertamente podríamos obtener con cuatro adaptaciones sencillas.
Agradezco a cambio que la paciencia del autor cubra la ausencia de la nuestra. Además de ser profesor de escritura creativa en la universidad de Oxford, pintor, de dedicarse también a la ilustración, de escribir numerosos libros para niños y ser guionista de televisión (obteniendo en dichos campos sendos y prestigiosos premios como el Bafta, el de mejor libro del año Withbread, el de mejor escritor de la Commonwealth, entre otros) trabajó con personas que padecían discapacidades físicas y mentales.
“El curioso incidente del perro a medianoche” me parece un homenaje y un legado. La novela es brillante, el lector llega a creer que la ha escrito el niño, además incluye una lección impagable sobre cómo realizar una novela policíaca honrando a Conan Doyle por su obra “El perro de los Baskerville” que tanto le gusta a Christopher, de hecho dicen que el título “El curioso incidente del perro a medianoche” es una alusión a una frase que hace Sherlock Holmes en el relato “Silver Blaze” -no lo he leído así que tampoco lo puedo asegurar- y lo que más impresiona es que Mark Haddon haya sabido impregnar de aliento poético toda la novela haciéndonos creer que no lo hacía puesto que Christopher no comprende las metáforas -aunque sí los símiles- ni el doble sentido de los chistes ni la ironía y en apariencia sólo responde a la lógica. La sensibilidad conmovedora y el lenguaje literario los ha escondido entre las líneas moviéndose en la sugerencia buscando las palabras para no decirlas y que el lector crea que las pone en esos huecos tan bien medidos en los que como en un crucigrama no nos caben otras letras u otras sílabas que él no haya pensado de antemano.
Este muchacho que tiene miedo de los extraños y de los lugares desconocidos, que no comprende bien el comportamiento humano. Este adolescente al que se le supone incapacidad para las relaciones personales, falta de sociabilidad, ensimismamiento, egocentrismo… nos da una lección de generosidad rompiendo sus barreras y dejándose guiar por el instinto, el mismo instinto que nos lleva a los demás a poner en primer lugar el afecto por los nuestros. Él arriesga mucho más que cualquiera de nosotros para encontrar a su madre, para ser fiel a sus principios: odia la mentira y luchará por esclarecer la verdad aunque para ello tenga que llegar hasta el final de las consecuencias. Y sin saberlo volverá a reordenar la vida de los suyos dejando todos los sentimientos en su sitio, ya veis que recalco sentimientos en alguien a quien no se le suponían por tener un modo distinto de expresarlos.
Oliver Sacks, famoso neurólogo londinense que obtuvo el doctorado en neurología en la Universidad de California y que tras impartir clases en la Escuela de Medicina Albert Einstein y trabajar como adjunto en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York pasa consulta en el hospital neoyorquino de las Hermanas de los Pobres, ha elogiado el libro de Haddon diciendo que es una novela conmovedora, verosímil y muy divertida. En el club leímos hace algunos años de Sacks “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” y la experiencia fue fascinante, es un regalo que personas tan enriquecedoras sepan divulgar de forma tan artística su ciencia y como en su libro “Despertares” nos espabilen sacando del sueño esa parte de nuestra conciencia adormecida.
Creo en la bondad esencial de la gente y doy por hecho que no comprender a personas con estos rasgos de personalidad, con estas supuestas discapacidades se debe a que nadie nos ha dicho cómo llegar hasta ellos y estoy convencida de que el éxito de los libros, tanto de Haddon como de Sacks, lo demuestra, sus páginas no habrían traspasado fronteras si no tuviéramos interés por entenderles y entendernos a través de sus ojos, si no considerásemos que forman parte de nosotros. En realidad lo que nos da miedo no es cómo afrontar el problema cuando sobreviene sino que por él los demás nos humillen, nos desprecien, nos aparten, nos abandonen, nos dejen desfallecer sin crear ayudas, infraestructuras que nos proporcionen un respiro… Lo que aterroriza es el ahí te quedas y con tu pan te lo comas, no es mi problema.
En el club la empatía e indulgencia se extendió a todos los personajes, supimos ponernos en la posición del chaval, pero también en la impotencia ocasional del padre y en la de la madre.
Hablamos de la importancia y necesidad de la educación especial, si era integradora o excluyente, de las relaciones de pareja y cómo estas se pueden resentir o por el contrario afianzarse ante las absorbentes necesidades de un hijo así. Algunas compañeras compartieron testimonios y experiencias con familiares que padecen o padecieron alguna discapacidad, comentamos sobre la relación con los amigos, si estos se apartan o por el contrario incorporan de forma natural la circunstancia adaptándola al entorno...
Al ver como la novela va abriendo plano en su magnífica descripción paralela física y anímica en la que también el niño crece en ese viaje interior y su mundo se amplía desde la casa al barrio, a la escuela, a la estación hasta llegar a la gran ciudad y hablamos de las complicaciones urbanas que nos gustaría resolver, algunas compañeras han tenido que ir con sus madres o padres en silla de ruedas y se han encontrado con pasos de cebra ocupados por coches, o han tenido que recorrer medio mundo para encontrar rampa en los bordillos.
Los espacios e inmuebles urbanos deberían ser más fáciles de entender, menos uniformados, con más referencias para que nadie se pueda perder en un mastodóntico hospital de plantas, habitaciones y salas clónicas, o en una estación de tren, o en un aeropuerto.
Es necesario que siga habiendo alternativas a la tecnología, aún queda mucha población que no la maneja y no hay por qué llamarla analfabeta como le ocurrió a una de mis compañeras –que de analfabeta no tiene un pelo- por no saber realizar una cita a través de internet. Es la nueva arma arrojadiza de algunos mediocres de ventanilla que no tenían otro elemento mejor con el que sobresalir o humillar a gente afectuosa y digna que procura molestar lo menos posible y que ni siquiera se atreve a pedir ayuda por si no sabe formularla bien.
Son el desprecio y las miradas prejuiciosas las que nos envejecen.
Muchas gracias señor Haddon por su hermosa novela; al contrario que Christopher tengo una enorme discapacidad para los números y usted ha conseguido con su libro que me interesen, o que al menos lamente haberme perdido su parte mágica y lúdica.
Y para vosotros un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

MI VIDA SIN MI, película de Isabel Coixet


Descubrí a Isabel Coixet a través de mi hija Sara que me recomendó en 1996 “Cosas que nunca te dije”. No soy de temperamento avaricioso ni coleccionista salvo con una sola excepción: ¡el cine!
Cuando ¡el cine! se volvió del tamaño de un libro no me lo podía creer, ¡poder comprármelo y llevármelo para mí, guardarlo en mi casa y ponerlo todas las veces que me diera la gana y pararlo y avanzar y retroceder creando mis propios y personales flash back o flash forward…! –disculpad la pedantería, me refiero al que voy que vengo por la peli- me sentí multimillonaria. Hasta juraría que la rizo-artrosis de mis manos comenzó en un todo a cien en el que habían puesto un cajón enorme tipo jaula con películas de vhs desechadas por un videoclub tras muchos alquileres. El sistema de selección es arduo cuando tienes medio cuerpo dentro del cajón y vas haciendo torres para “estas sí” y “estas no” y aún no te has parado a pensar en cómo transportarlas si vas a ir caminando hasta tu casa sin haber cogido el carro, porque allí no se van a quedar si no te las guardan.
Mucho antes de esa compulsión posesiva nuestro vídeo beta ya llevaba años echando humo con todos los ciclos de cine de La 2, después fundiríamos dos reproductores de vhs, el dueño del videoclub del barrio en el que vivíamos entonces exclamaba ¡pero si hay más películas en tu casa que en mi local! Ya ha llovido hasta llegar a los dvd, los pendrive... Naturalmente no dejamos de ir al cine, la explicación sobra, por la misma razón no he dejado de leer en papel teniendo e-book, para la gente como yo es un debate absurdo, si te gusta el arte lo disfrutas cuando se manifiesta en su elemento natural, pero también lo rescatas en todas las demás formas, o si no que me lo digan a mí que cuando era cría llegué a ver las películas que no eran “toleradas” a través de las rendijas del Cine La Prensa que estaba cerca de mi calle, ¿quién le pondría ese nombre?, o subida en una tapia de uno de los de verano. Bueno pues en todos los modos de ver cine se me sigue poniendo la cara de avaricia ante ese “oscuro objeto de deseo” y cuando contemplé “Cosas que nunca te dije” alquilada en vhs me quedé sin aire ante la voz y el estilo tan personales y sobre todo ante su apabullante verdad. Es evidente que después me la compré. La conmoción se fue repitiendo con cada una de las nuevas entregas de Isabel Coixet: “A los que aman” (1998), “Mi vida sin mí” (2003), “La vida secreta de las palabras” (2005), su colaboración (junto a Win Wenders, Fernando León de Aranoa, Mariano Barroso y Javier Corcuera) para “Invisibles” con “Cartas a Nora”, “Tus cartas son un vino” en el dvd que comparte con otros cineastas y artistas dentro del hermoso libro Miguel Hernández-Juan Manuel Serrat –me lo regalaron mis hijas-. Me faltan algunas, que o bien no vi porque no pude ir al cine en ese tiempo o no las trajeron aquí, pero las estoy buscando: El cortometraje de “Mira y verás”, el film “Demasiado viejo para morir joven” (1989), “¡Hay motivo!” estrenada en 2004, “París je t´aime”, “Elegy” de 2008, “Mapa de los sonidos de Tokio” (2009), “Aral, el mar perdido” corto del 2010 y el documental “Escuchando al juez Garzón” de 2011.
Mi vida sin mí”, propone un debate sobre nuestro paso por aquí, la huella que habríamos querido dejar y la que dejamos, la forma de afrontar un diagnóstico irreversible y la criba que ese hecho -impensable a la edad de la protagonista- nos entrega. Esta bellísima película sopesa la relatividad de los asuntos que nos preocupan y nos enseña a eliminar lo superfluo, y el ejercicio y la sacudida de alfombra son impecables. El modo en que lo afronta y la decisión que la protagonista toma intentando dejar arreglado un futuro para sus pequeñas hijas y para su joven marido que nada tiene que ver con herencias materiales, nos muestra a una mujer generosa y nos especifica en qué consiste exactamente dicha generosidad. La mirada de Coixet sobre esa pequeña gran vida de personas con pocos recursos rezuma tanto respeto que redefine la dignidad.
No conozco a Isabel Coixet en persona, pero sí siento que me ha entregado lo mejor de sí misma: su obra, e imagino que lo de “por sus obras los conoceréis” seguirá valiendo, y pronuncio esta frase con toda intención, porque sobra decir que siento un profundo afecto por ella y agradezco que me deje entrar en los pliegues de su alma por los resquicios que seguramente sin proponérselo deja en sus películas e intuyo los préstamos sutiles que de sí misma regala a los personajes y es ahí, en esas transparencias donde se deja querer mucho, pero no sé si lo sabe, y lo digo porque he leído que a veces le han hecho daño con críticas superficiales a las que sólo una persona bien pensada y bondadosa como ella prestaría atención. La elegancia de corazón sólo la distingue quien la tiene y la envidia es la única pasión baja que le hace más daño a quien la siente que a quien va dedicada, pero esa abyecta pasión contiene una eficiente especialidad: la del rastreo, y para hallar el punto exacto de cada vulnerabilidad posee olfato de sabueso y cuando lo encuentra horada con saña. Es cierto que Isabel Coixet se pone nerviosa en las entregas de premios y que intenta dar una imagen suelta, simpática y menos sesuda, y es verdad que se equivoca al hacer eso, porque parece impostura y ella es perfecta como es y no necesita la aprobación de “los colegas”, porque la de los espectadores ya la tiene. Pero aún así se sobreentiende que en esas ocasiones se siente fuera de su elemento y en cualquier caso a mí y a muchos de los que intentamos ver más allá de nuestras narices las razones de su timidez nos enternecen. En cierta ocasión estaba yo sentada en la playa y delante de mí vi a un crío muy pequeño que durante mucho tiempo, demasiado para la concentración de un niño, se afanó en levantar y sujetar un precioso castillo de arena, tras su concienzudo esfuerzo lo consiguió y cuando al fin lo contemplaba satisfecho se acercó otro chavalillo un poquito mayor, el instante de su mirada llena de asombro amargado no se me olvidará jamás, a continuación se lo pisoteó por completo destruyéndolo a patada limpia. El pequeño le sujetó los ojos durante unos instantes, la expresión de su carilla era de serena indignación, se levantó, recogió su cubo y dejando los diminutos talones clavados en cada una de sus poderosas y enfadadas huellas se fue hasta el agua lo llenó y sin prestarle atención comenzó de nuevo a construir otro castillo. Él sabía hacerlos, el otro no.
Me gusta Isabel Coixet porque me agrada la valentía de la gente que lleva lo de dentro por fuera, y eso es lo que hace en su cine: mostrar los interiores con precisión de cirujana. Su mirada es femenina, y lo digo con todo el subrayado reivindicativo de la importancia que tiene, al igual que recalco también la sensibilidad masculina cuando la encuentro, que por suerte ocurre con frecuencia y también tiene que ver, reitero, con el desnudo anímico.
Los actores -hombres- de sus películas en ninguna otra vuelven a ser tan bellos, tan deseables, tan queribles, la cámara enamorada en manos de Isabel les extrae de sus límites lo mejor de su capacidad para querer, para sentir incluso lo que aún no saben que poseen, como es el caso de Scott Speedman que supo hacer de padre joven sin haberlo sido fuera de la realidad del cine (no me gusta decir en la vida real puesto que el cine pertenece a lo real, porque también es real lo que quieres representar. ¿Quién podría ver los pensamientos, ideas, imaginaciones… si el artista no las explorase para extraerlas y plasmarlas, si en literatura no existiera el monólogo interior, las metáforas, las alegorías, los símbolos, si en pintura no se hubiese encontrado el surrealismo, el arte abstracto?... perdón por el inciso). Ese pudor de voyeurismo respetuoso de Coixet, tan sugestivo, tiene una potencia inusitada que va mucho más allá del erotismo, que trasciende incluso las relaciones personales, que se lo digan si no a Mark Ruffalo, a Andrew McCarthy o a Patxi Freytez, el efecto de sus conmovedoras bellezas es devastador, ningún otro director les ha favorecido tanto, esa sensación sólo la he tenido con otros dos directores: Visconti y Jane Campion. Para no extenderme diré que con las actrices que escoge ocurre exactamente lo mismo, los primeros planos de Sara Polley son dignos de estudio, no me extraña que Isabel Coixet esté maravillada con ella y con su total ausencia de artificio o de recursos, la autenticidad que transpira sólo es propia de los niños, que como ya he dicho en otras ocasiones en este mismo blog no hacen el personaje, ¡son el personaje!
Verla dirigir debe ser una pasada, dando instrucciones en varios idiomas y filmando en cualquier parte del mundo. Además es una de los grandes en el campo de la publicidad, fue directora creativa de la agencia JNT, fundó y dirigió la agencia Target y la productora Eddie Saeta. Se ha llevado los más prestigiosos premios otorgados a este negocio y entre sus clientes están British Telecom, Ford, Danone, BMW, IKEA, Evax, Renault, Peugeot, Winston, Kronembuourg, Pepsi, Kellogg, MCI, Helene Curtis, Procter & Gamble, AT & T, y Estrella Daum entre otros. En el 2000 creó la productora Miss Wasabi Films, con ella ha realizado además de cine, documentales y video clips para músicos que van desde Sexy Sadie hasta Alejandro Sanz.
Creo que dominar esos cambios de registro, ser además una mujer de negocios que jamás pierde el norte ni su necesidad de compromiso con el país en el que vive y las vicisitudes por las que éste pasa, que tiene tiempo de pertenecer a CIMA, la asociación de mujeres cineastas y de medios audiovisuales, como Inés París, Chus Gutierrez o Icíar Bollaín, -no está mal el cuarteto, ya hablaremos de cada una de ellas en otras entregas- pues qué queréis que os diga, si toda esa grandeza no os enorgullece, es que no sabéis hacer castillos.
Por eso querida Isabel, ya es hora de que la dedicatoria sea para ti, y desde este humilde blog yo te la mando con un abrazo:
‘A los que aman’.
Pili Zori.


P. D. Pronto hablaré de “El curioso incidente del perro a media noche” la magnífica y singular novela de Mark Haddon. Lo aclaro para que no desorientar en prevención de que pudierais pensar que de pronto he decidido dedicar el blog a entradas de cine en exclusiva. Como ya os dije, en esta nueva etapa coordino dos clubes, el de literatura de la Biblioteca Pública y el de cine en el centro de mayores de Ibercaja. Una de las entregas es semanal y la otra cuando finaliza la lectura dependiendo de sus páginas, leemos cien por semana y los miércoles las ponemos en común añadiéndoles las reflexiones y experiencias que nos han proporcionado. Hasta el próximo encuentro.

LA VIDA DE LOS OTROS, película de Florian Henckel Von Donnersmack


Mañana martes 16 proyectaremos en el club de cine, “La vida de los otros” uno de los largometrajes más líricos de nuestro tiempo que sin duda marcará el arte cinematográfico del siglo XXI Extraordinaria ópera prima del director de cine Florian Henckel Von Donnersmarck.
El elenco es para descubrirse -demostrando una vez más que con poco presupuesto y con una trepidante trama, que se desarrolla en apenas cuatro interiores- los actores son las columnas capaces de sostener uno de los capítulos más importantes y decisivos de la historia reciente: la caída del muro de Berlín. Algunos de estos actores se criaron y vivieron en la RDA.  Esta película escarba bajo los escombros y recupera los fragmentos para construir la unificación. Y lo hace para que no ocurra nunca lo que dice el poeta y escritor Juan Gelman: “Desaparecen los dictadores de la escena y aparecen de inmediato los organizadores del olvido.”
El capitán Gerd Wiesler encarnado por Ulrich Müe deja clavado en la butaca y sin aliento al espectador y marca un antes y un después en la creación de personajes contenidos, interiorizados, introspectivos… Cualquiera de sus miradas volcánicas, de sus silencios tensos, arrasarían como lava candente al cine más espectacular y sonoro. Uno sólo de sus pestañeos equivale al diálogo más elaborado y brillante que se pueda concebir, lástima que ya no esté entre nosotros, murió al año siguiente del estreno sabiendo eso sí que “La vida de los otros” había recibido el Oscar al mejor largometraje de habla no inglesa, El Globo de Oro, el César, el David de Donatello, el premio a la mejor película europea, el Guldbagge de Suecia, los Lolas alemanes… Al menos ese prestigioso broche se lo llevó consigo en el último mutis, la pena es que nosotros nos quedamos sin el regalo de los magníficos trabajos que habría seguido entregándonos.
Crista María Fielland, es una actriz que deja fascinado a este capitán de la policía secreta, no es para menos, si tenemos en cuenta que la interpreta Martina Gedeck, quienes la hayan disfrutado en la película “Deliciosa Marta” sabrán por qué lo digo: se come la pantalla y es un foco de luz incandescente. Su variedad de registros y matices es inimitable. Cuando un actor o actriz no resulta fácilmente reconocible en pantalla o sobre el escenario es porque se convierte en el personaje, y ese diluirse en otro, quedarse vacío de sí mismo para prestarse como recipiente es la máxima grandeza y a la vez la máxima humildad de un actor. La mayoría de las estrellas americanas hacen de sí mismas sin ningún pudor.
Georg Dreyman es el prestigioso escritor de la obra que se está representando, y pareja de Crista, la actriz. Al intelectual e ingénuo Dreyman, fiel creyente al principio de las bondades del sistema de gobierno en el que vive, lo interpreta Sebastian Koch en un hermoso papel que sin duda agradecerá de por vida al director.
Dreyman también es un personaje en evolución, los paralelismos y vínculos que el director crea entre ambos –el escritor y el capitán de la Stasi- alcanzan la belleza poética más pura. Escenas como la que se produce cuando Dreyman interpreta la “Sonata para un buen hombre” en la que se engloba a los dos –al capitán de la Stasi y al escritor- son sublimes y no estoy exagerando sino buscando la descripción exacta. El espectador no sabría decidir en ese momento a cuál de los dos protagonistas  masculinos y antagónicos va dedicada la composición, las lágrimas del capitán al escucharla diluyen la frontera: es mucho más lo que les une que lo que les separa… Hay pasajes para hincarse de rodillas como el de las palabras del informe que está escribiendo Wiesler: las frases discurren y bajan por la pantalla en una cortina transparente, tras ella la pareja hace el amor, es una escena delicadamente portentosa, el homenaje a la palabra escrita en el filme es constante y la coherencia es que ésta se muestre en imágenes que es el lenguaje del cine. Otra impresionante es la del libro amarillo de Bertolt Brecht que el capitán ha hurtado para leerlo con el fervor apasionado de quien descubre la vida en plenitud, la que nos entrega el arte, sin él no se puede vivir, los suicidios por causa de dicha mutilación dan fe. Nunca había visto una metáfora más hermosa ni un mensaje más claro que el de los dedos manchados de tinta roja en la escena en la que los clandestinos esconden la máquina de escribir: Escribir cuesta sangre. Para mí ahí está el resumen del film.
Cuando ahora escucho como se apela de forma frívola a la libertad de expresión en cualquier tertulia casposa me llevan los demonios.
En fin, no pararía de enumerar escenas, pero retomo el trabajo de Koch, otro actorazo con una capacidad de transmitir enorme, le recordaréis por su actuación en la película “El libro negro”, una más entre las muchas piezas de su brillante filmografía.
Los demás actores tienen apariciones más cortas que no les convierten en secundarios, en este caso me apetece matizarlo, nunca me ha gustado esa calificación, porque no secundan, protagonizan en su espacio y son tan importantes como los últimos brillos y toques que le das a un cuadro para terminarlo, si las pequeñas pinceladas no están bien puestas el acabado será imperfecto. El generoso internet como siempre os dará buena cuenta de sus nombres y biografías.
No sé si el director escogería a propósito la libélula de alas abiertas que está en el vestíbulo, en la entrada a la casa reflejándose en el espejo, me gusta pensar que representa la libertad, el delicado vuelo de la creatividad. Sé que tenía mucho interés en que la decoración no distrajera al espectador, y quiso crear la atmósfera, el ambiente de aquellos años en la RDA utilizando sólo los colores que más abundaban, así, con marrones, beiges, naranjas, verdes y grises logró no sólo el telón de fondo sino el estado anímico que une de forma emocional al espectador con los protagonistas.
La música de Gabriel Yared contribuyó a crear dicho ambiente. El compositor necesitó ir creándola sobre el guión para que formase parte de él, de modo que no está hecha después, y el espectador no la siente superpuesta sino como materia y esencia fundamental que se encuentra dentro de la propia estructura.
Los niños perciben por instinto, sin la contaminación de las palabras, las tensiones, las alegrías, los miedos… los padres del director y guionista Florian Henckel von Donnersmarkd se habían criado en Berlín oriental, y tenían familiares allí aunque después vivieron en occidente, y cuando iban a visitarles en aquellos años él siempre notaba ese miedo indefinido. Intuyo que uno de los grandes objetivos, puede que inconsciente, del director fue el de especificar los ingredientes de ese temor arraigado e injusto que sentían incluso aún viviendo fuera.
Confieso que durante algún tiempo de mi infancia y adolescencia me resultó difícil admitir su falta de libertad, creía que países que garantizaban las necesidades básicas gratuitamente como calefacción, transporte, educación… que eliminaban la pobreza con un reparto equitativo no podían ser dañinos. Sufriendo una dictadura como la que nosotros padecíamos me resultaba imposible pensar que fuera equivalente, que ellos tuvieran otra, y me decía que seguro que se trataba de propaganda mala e interesada que sin duda provenía de occidente y de la rivalidad entre potencias. Después viajé, vi, escuché, crecí… Ahora sé que nada es la panacea y desmenuzo mejor los pros y los contras de todos los Estados, pero sigo soñando con sociedades mejores que no dejen a la intemperie a familias por desahucios tras haber trabajado honradamente. Y procuro no presumir de ejemplaridad patriotera en ningún sentido, ni española, ni europea, ni occidental, porque el poder siempre aprende a cercenar, la diferencia es que ahora lo disimula mejor, y quien paga el pato de su avaricia y embriaguez en cualquier época es la pobre gente. Lo que en todo momento supe sin embargo al igual que el director es que las personas deben estar siempre por delante y que hay que luchar sin descanso para que no cambie de sitio dicha prioridad.
No obstante cuando vi la película me sentí orgullosa por vez primera de ser europea y de que uno de los míos hubiese hecho algo con lo que me podía identificar y que fuese tan hermoso, a menudo siento que estamos espalda contra espalda, que no nos conocemos, que no nos parecemos, que solidaridad poquita y que el que venga detrás que arree y que se joda quien no pueda, perdón por la expresión, es la más explícita y la que todo el mundo entiende. A todos los poderosos europeos se les olvida que tras la segunda guerra mundial les ayudaron y que a nosotros no, y que por eso andamos mal de industria y nos cuesta prosperar, pero no importa, a pesar de los pesares nos vamos arreglando, “el sur también existe” decía Benedetti y aquí estamos. 
Desconozco el estado del cine alemán actual, tampoco sé sobre las escuelas de interpretación que hay allí, si tienen un método… pero a tenor de lo visto éste debe ser uno de sus mejores momentos. La gente de mi edad recuerda a Fassbinder, a Werner Herzog a Win Wenders, porque los cinéfilos de mi quinta tenemos mucho que agradecerle al cineclub de La 2, que se esmeraba en poner ciclos con filmografía de todos los países, y también al cineclub de mi ciudad que hacía otro tanto, pero, al menos yo, desde entonces y hasta este largometraje tenía una carencia, un hueco sin rellenar, con alguna salpicadura que otra pero pocas, muy pocas noticias sobre el cine alemán, supongo que como el mundo se ha vuelto un mercado, si los distribuidores no se interesan pues sus cineastas no han salido del círculo de los premios, festivales o certámenes, y el gran público no ha visto sus obras, o me he descuidado y entono el mea culpa. Lo que sí sé es que no conozco a nadie que cuando le nombras “La vida de los otros” no exclame ¡Ah, sí!, ¡es muy buena!
Toda mi vida he valorado mucho la capacidad de llegada aunque haya quien confunda esa cualidad de conseguir y destilar la esencia y la universalidad con populismo, sólo es una suerte, un talento envidiable para quien no lo tiene, que Florian Henckel Von Donnersmarck avala con una enorme mochila de lectura y cultura cosmopolitas. Nació en Colonia en 1973. Estudió ruso en el Instituto Nacional de Leningrado, hoy San Petersburgo, con el deseo de poder leer a los maestros rusos, que tanto admiraba, en su propio idioma. Vivió con sus padres en Berlín, Francfort, Bruselas, Nueva York… Se matriculó en la universidad de Oxford en ciencias políticas, filosofía y economía. Ayudó a Richard Attemboroug en “El amor y en la guerra” en 1996 tras haber destacado en su aula de guión y le admitieron en las acreditadísimas clases de dirección que impartía la academia de cine y televisión de Munich… En fin, creo que es coctelera suficiente para comprender la madurez, la dimensión y el alcance de “La vida de los otros”.
Casi tengo la certeza de que se necesita que transcurra una generación para contar bien la historia -referida por tus mayores- del país en el que naces. Si has sido protagonista o testigo directo -con todo el derecho que te otorga el dolor- hay perspectivas o enfoques que nunca vas a tomar. Sólo Florian Henckel von Donnersmarck que nació como ya he dicho en renglones anteriores en 1973 puede abordar la evolución de un personaje que las víctimas a las que persiguió y acosó no podrían ni querrían redimir. Él lo hace mostrándolo sin condescendencia y con todas y cada una de sus aristas.
Sentir comprensión y ternura por quien se la merece, por la víctima, no es difícil; hallarla para el perseguidor, el déspota, el verdugo… es entrar en una dimensión más evolucionada, subir un peldaño más en la escala del doloroso pero necesario compromiso, porque ninguna reconciliación nacional es posible sin ese alcance.
Comprender no significa justificar, Donnersmarck expone y dibuja al personaje tal cual, sin dulcificar suavizar o esconder ni uno sólo de los rasgos de su carácter, ni una sola de las pautas de su comportamiento, de hecho elige a un competente capitán del servicio de inteligencia y espionaje de la Stasi la temible policía secreta de la R.D.A. de 1984.
Gerd Wiesler, el capitán pero también el hombre que detenta tanto poder, sufrirá una evolución que le hará asumir las consecuencias de su pasado. Un día acude a un estreno de teatro al que asisten autoridades y de inmediato queda fascinado al contemplar a la popular actriz Crista María Fielland sobre las tablas. Ella está interpretando a la protagonista de una obra del prestigioso escritor Georg Dreyman, su pareja. Minutos después de que finalice la observará besándose con él. Y valiéndose de su cargo decide espiarles, -los artistas eran paranoicamente perseguidos hasta la destrucción por supuestos delitos contra el régimen que hoy nos harían sonreír de puro ingenuos-. El contraste de sus vidas con la del militar, tan espartana y vacía, las inquietudes artísticas, emocionales e intelectuales del círculo de amigos de la pareja, el sentido crítico, la lucha… pondrán en cuestión todas sus creencias y tomará conciencia hasta el extremo de decidir que aún en las circunstancias más arriesgadas y adversas hay que hacer lo correcto y que la lealtad abyecta es un malentendido manipulador.
La decisión, el punto de partida o el enfoque que tomó el director es dificilísima: nos muestra a un hombre equivocado que no sabe que lo está y que cree estar entregando lo mejor de sí mismo al sistema de gobierno en el que cree. Tenía que extraer desde lo más odioso del personaje la dignidad de la transformación, es decir tenía que meterse dentro del sistema y que la fuerza de lo perseguido le diese la vuelta. Siempre ha habido personajes que ejercieron la transición desde dentro poco valorados por la historia, pero tan necesarios sin embargo como los de fuera, sin ellos las dictaduras no se habrían derrumbado, pero es difícil concederles homenaje porque están muy manchados.
Como os dije en entregas anteriores el arte que no te transforma no es arte.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

CRASH, película de Paul Haggis


El próximo martes día nueve de octubre comenzaré a coordinar y a compartir un nuevo club de cine en el centro de mayores de Ibercaja de mi ciudad.
Aunque son malos tiempos para la lírica es bonito comprobar cómo entre todos intentamos que la llama que ilumina el arte y la cultura no se apague para que se sigan propagando, el cálido aliento de todos nosotros es el que la mantiene protegida de los fríos y por tanto encendida. Los miércoles naturalmente continuaré con el de literatura en la Biblioteca Pública que mantenemos vivo desde hace diecisiete años.
Espero que resulte una preciosa andadura porque el cine compartido se vuelve inolvidable y las reflexiones, sentimientos y experiencias que suscita le añaden epílogos que lo enriquecen y acrecientan, y ese es el máximo homenaje que se le puede devolver a una obra de arte para la que ha trabajado tanta gente. Escogeremos singulares maravillas de calidad enorme.
“Crash” reúne los mejores ingredientes para que después de verla surja un interesante coloquio, la película es de altísimo contenido ético, y su análisis sociológico bucea y explora a gran profundidad.
Crash significa colisión, choque, pero admite otras lecturas, otras interpretaciones: la de un ser humano que entra en colisión con otro, la de esa misma persona cuando hace ¡crash! y estalla porque no puede más, o la de toda una sociedad que se resquebraja enferma de miedo.
Paul Haggis, el director, nos propone un análisis sobre la deshumanización, -esa pegajosa pandemia que se extiende por las grandes urbes- y la sitúa en la ciudad de Los Ángeles, paradigma del aislamiento envuelto en hormigón, metal y cristales. Nos cuenta cómo el miedo a los demás se instala y nos vuelve desconfiados, susceptibles, reticentes… y cómo la falta de comunicación, el desconocimiento del otro desencadena el prejuicio, la hostilidad y la ira en un tiempo en el que la persona ha pasado a valer menos que las cosas, a ser dominada y poseída por ellas y no a la inversa.
El film lo realiza después del 11-S, y en esa atmósfera, en ese caldo de cultivo se germina.
En principio podría parecer que el discurso es manido, mil veces contado, mil veces visto: los prejuicios raciales, las diferencias de clase… pero lo que hace diferente a esta película de otras es que nos narra cómo comienza ese efecto dominó. El director lo consigue especificando, buscando la precisión, deteniéndose en los detalles, y nos pide que tengamos en cuenta que cualquiera de nuestros actos por pequeños que nos parezcan tienen importancia y por tanto consecuencias: un mal gesto, un apenas perceptible ademán de desprecio pueden generar un efecto mariposa que produzca en las antípodas un huracán, y una vez mostrado el desencadenante nos conduce con maestría desde lo individual a lo colectivo peinando, a partir de un hecho aparentemente fortuito, un hermoso trenzado de vidas cruzadas sin permitir que de esa coleta se escape ni uno sólo de sus cabellos.
El director de algún modo saca el dedo de la pantalla para recordarnos que todos somos capaces de lo peor y lo mejor, de caer en la vileza más abyecta, y al mismo tiempo de protagonizar la máxima heroicidad, no permite que huyamos por la trampa del maniqueísmo y nos recalca que a veces somos las víctimas pero igual de a menudo los agresores y que saberlo, conocer nuestras contradicciones, mirarnos por dentro sin engañarnos, sin autocomplacernos hace que nos anticipemos para sopesar las consecuencias de nuestras conductas. Estudiarnos a fondo la zona transparente y también la oscura, las aristas y facetas que la vida nos va tallando es lo único que nos puede mejorar.
Justicia no tiene porque ser siempre una palabra grandilocuente, con frecuencia camina en zapatillas de andar por casa y comienza por una pequeña falta de consideración hacia el otro. Naturalmente seguiremos siendo injustos, pero la diferencia radica en que sepamos advertirlo, en no negar la mayor para salir del paso, en al menos darnos cuenta. Si nos confesamos a nosotros mismos los ramalazos racistas, xenófobos o clasistas que sin duda albergamos, en lugar de envolverlos en eufemismos podremos dejar de tenerlos, al fin y al cabo uno no es racista por herencia genética, -los niños no lo son- uno se vuelve racista, clasista o xenófobo que es muy distinto, y en definitiva de lo que hablamos en esencia es de desprecio.
Esta película se dedica a desarmar estereotipos, los prejuicios que en ella aparecen son de ida y vuelta, los de todos contra todos, blancos, negros, sudamericanos, árabes, persas, chinos, vietnamitas… parapetos absurdos que no nos sirven de escudo, porque como decía al principio paradójicamente el miedo no nos protege por muchas cerraduras que pongamos.
“Crash” fue la primera película que dirigió Paul Haggis, pero con el aval de una brillantísima y larga carrera como guionista, que además se ha curtido en televisión –no en vano a uno de los protagonistas le hace ese préstamo personal-. Un guionista es un escritor de cine, (sí, no es una perogrullada, de vez en cuando conviene repasar los componentes de un arte o de un oficio para no darlos por sabidos sólo por haber mirado la etiqueta), un escritor de cine escribe con imágenes; para crearlas usa palabras que no se van a escuchar pero que sostienen, que sustentan dicha imagen que a su vez coloca una conclusión en el espectador: Así vemos a Matt Dillon en uno de los papeles más brillantes de su carrera, sentirse impotente ante el sufrimiento de su padre en el baño, desatendido por el inhumano seguro que no soluciona, que no se hace cargo, que no cubre su enfermedad hasta el final, y ya tenemos la viva imagen de la desesperación, la ira latente que acto seguido se desencadenará explica las palabras no pronunciadas y que buscadas sin embargo por el guionista creemos haber puesto nosotros. Pero en este caso los diálogos que sí se escuchan tienen la potencia inaudita de un subrayado fosforescente. Y es que la inter-contaminación, el mestizaje de las artes las enriquece a todas nutriéndolas entre sí, el cine contiene literatura, teatro, música, pintura… y viceversa.
La película es una extraordinaria obra de arte, que algunos internautas han tildado de manipuladora y demagógica, me han sorprendido esas conclusiones que he leído atentamente pero que no comparto, en mi opinión, el cine de intenciones y de compromiso social es necesario y su vocación de servicio no le resta ni un ápice a su deseo de estilo. Si nos paramos a pensarlo plantar la cámara en plan aséptico y mirar sin más no deja de ser un parapeto para quien no se quiere mojar, además es imposible no pronunciarse: en cuanto eliges plano ya has escogido el enfoque y has tomado posición. Otra cosa es que el arte a veces nos ponga espejos delante en los que no nos guste mirarnos, y este es uno de esos ejemplos, cualquiera que contemple de frente esta película se verá reflejado en ella y en su fuero interno lo admitirá.
Me gustaría pensar que sólo se manipula a quien es manipulable.
Me ha maravillado la extraordinaria manera en que Haggis  ha cerrado todos los círculos sin saltarse ni uno, como ha colocado el centro, el  corazón, el latido de la película en esa bellísima escena redentora del incendio del coche. Pocas veces me han explicado con tanta hondura en qué consiste la pérdida de la dignidad y cómo puedes y sobre todo cómo debes recuperarla.
Crash es una advertencia contra el aislamiento y la incomunicación, pero también un canto, sólo quien ama a sus semejantes es capaz de abroncarlos por sus equivocaciones y de ensalzar sus aciertos. La hija del tendero persa y el cerrajero son la esperanza y llave de la comprensión y el entendimiento.
El film se llevó tres oscars, a mi juicio los tres más importantes, los que engloban y prestigian el resultado final de la labor: a la mejor película, al mejor guión original y al mejor montaje, el de montaje es el del hilo y la aguja que cose las piezas consiguiendo con la costura el diseño y la hechura buscados.
Paul Haggis escribió “Million dollar baby”, guión valiente por el que apostó Clint Eastwood, le ha escrito muchas más, -como por ejemplo “Cartas desde Iwo Jima”-, a él y a otros muchos directores, todas ellas brillantes e inolvidables, pero no quería decirlo al principio para no influir. Así que teniendo tanta trastienda y tanto equipaje detrás, es fácil deducir que el proyecto de “Crash”, su ópera prima como director guionista y productor, era su tesoro personal y quería rubricarlo en todas sus facetas.
Todos y cada uno de los componentes del elenco realizan interpretaciones magistrales, son papeles muy golosos por sus ambivalencias, la dirección de actores ha sido enormemente generosa porque todos ellos tienen una escena cumbre de protagonismo absoluto en la que sacan de las entrañas lo más recóndito del personaje, auténticas joyas para el currículo.  
Una película es un milagro en el que se conjugan muchas especialidades artísticas, realizadas por un ejército de empleados que funcionan como un mecanismo de relojería, del director depende que la sinfonía suene con la unidad y la armonía de una orquesta filarmónica.
Paul Haggis es de origen canadiense, no es la primera vez que proveniente de allí contemplo una sensibilidad exquisita y distinta, me gustaría conocer mejor el magma de su cultura. “Crash” te remueve por dentro y su poso te transforma, te hace mejor, y al menos yo al arte siempre le pido esa clase de belleza.
Un fuerte abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"Tal vez la noche me redima", de JUANA PINÉS MAESO


Juana Pinés Maeso, gran poeta y novelista, hija y nieta de escritores, cuenta en su haber con más de 120 premios de poesía a los que podéis hacer un seguimiento en el generoso internet. Sus logros parpadean entre las exclamaciones de numerosas páginas encabezadas con su nombre y ha obtenido además sendos galardones en narrativa, el último lo consiguió en 2011 en Guadalajara (España) con su extraordinaria novela “Tal vez la noche me redima”. Le fue otorgado por la Diputación provincial.
La espera de su publicación me impacienta y por ello he decidido hoy entregaros un pequeño bocado de la escritura tan potente y honesta de esta autora, así calmamos un poco el hambre anímica hasta que podamos tener el libro en el cuenco de los dedos para saciarnos.
Ante su poesía me limitaré a prosternarme y a compartir con vosotros cualquiera de sus poemas cuya estela de luz ilumina el camino del lector. Frente al estilo abstruso y pedregoso, a la oscuridad deliberada detrás de la que se esconden muchos “bardos snobs” actuales, cuya poesía es un parapeto tras el que realizan sus exorcismos asomándose pero sin entregarse, ella, mujer de puertas abiertas tanto en lo público como en lo privado nos permite entrar hasta la herida aceptando que hurguemos y  horademos en ella a pesar del dolor. Ese es el riesgo de ser poeta, la exposición a la que te sometes al compartir de verdad tu verdad. Pero no quisiera confundir, no estoy hablando de clasicismos u ortodoxias, sólo trato de esclarecer que la vanguardia es otra cosa que no está reñida con ser esencial y por tanto universal ni con hacerse entender. Hablo de autenticidad en cualquiera de las vocaciones de estilo.
Como novelista Juana Pinés es un prodigio que se maneja bien en diferentes registros: el humorístico -que nada tiene que ver con la comicidad- desde el que te conduce a la carcajada y una vez allí, en la altura de ese clímax, te arranca las lágrimas. El del drama en el que mira de frente y con valentía llamando a los sentimientos por su nombre y poniendo palabras donde otros las esquivan. El policiaco o de suspense con el que alcanza ese toque hipnótico e inquietante que a veces remite a Narciso Ibáñez Serrador, con la risa aterradora incluida que el lector escucha por encima o por debajo de las páginas... y el infantil en el que controla a la perfección las franjas de las distintas edades y sabe dirigirse a los niños con absoluto respeto y total ausencia de ñoñería condescendiente.
Su ojo crítico es penetrante, ama la realidad tal y como es, y sin necesidad de adornarla sabe encontrar en ella la belleza que le otorga el simple hecho de existir. Lo milagroso es que ante la valentía de su mirada que sabe adentrarse en los altos y los bajos fondos aún le quede intacta la ternura con la que reviste de auténtica compasión al mundo.
Lamento la osadía de hablar de “Tal vez la noche me redima” desde la distancia de casi un año. Sólo pude leerla esa vez en la que en competición con otras se abrió paso hasta alcanzar el primer puesto, cuando aún no se sabía si era hombre o mujer quien la escribía. Sus páginas me acompañan desde entonces y sé que la retomaré con detalle en cuanto se publique y pueda subrayarla y recorrer sus renglones cuantas veces se me antoje, de momento pondré aquí el pequeño poso que me dejó esa historia familiar o de interiores por cuyas ventanas abiertas se asoma el lector desde fuera hacia dentro. La escritora le conduce hasta la introspección más profunda y abismal dándole la mano para que no sienta vértigo y una vez que le ha dejado tocar fondo, bajar hasta el núcleo del desamor, le enseña cómo el ave fénix ha de remontar el vuelo, para que desde las nubes consiga la perspectiva exacta que le haga comprender que todos los infiernos son relativos.
La historia que cuenta Juana Pinés Maeso es sencilla en apariencia, nos habla de amor, desamor y muerte, y de cómo la protagonista asume, afronta y finalmente aprende a volar sin necesidad de salir de sus cuatro paredes, habla del ajuste de cuentas que en su propio balance la vida nos da, y deja un regusto a venganza blanca y buena que el lector sin duda agradece.
En cuanto a su prosa -nutriéndose como se nutre de su poesía- sólo queda por decir que es majestuosa por la disciplina del ritmo, la precisión y la armonía. “Tal vez la noche me redima” es una novela construida con cimientos fuertes y rematada con buenos materiales, duraderos y consistentes. Muy bien estructurada y perfectamente medida y compensada en sus tres partes.  
Esta mujer de corazón elegante, que abre sus puertas de par en par hasta casi provocar el abuso, tiene otro don: el del cultivo de la amistad verdadera. Con su actitud hacia los demás establece un canon de confianza que se convierte en la muestra o el decálogo de cómo hay que comportarse para conservar a los otros cerca de ti. No en vano dirige el grupo literario Guadiana en el que ha formado a jóvenes poetas y recibe constantemente en su casa a todo el que quiere llamar aún en detrimento de su horario de trabajo, como veis quedan claras sus prioridades ya le robará horas al sueño para poder escribir o sacará algún hueco entre lavadora y puchero.
Viuda desde hace ocho años ha conseguido convertir su vulnerabilidad en fortaleza, sus tres hijos le hacen un obsequio el día del padre y otro en el de la madre, el elenco familiar lo completan dos preciosos perros y otros dos gatos que de vez en cuando le conceden el regalo de otras vidas a cuyo nacimiento asiste, porque según ella misma dice, “quienes conviven con gatos necesitan dar afecto y quienes lo hacen con perros necesitan recibirlo, yo tengo de los dos”.
Ninguna otra frase la definiría mejor.
Y como broche para finalizar, aquí os dejo un poema extraído de su libro “Manual de los miedos”.

En los dientes del hambre
tu saciedad pernocta,
y yo pordioseando entre tanto una hogaza
de ese calor voluble
que me das y me niegas.
Estoy atrincherada bajo oscuros dinteles
en esas noches lúgubres
de insondables vigilias,
esperando el retorno de un amor quebrantado,
mientras sangro tu ausencia
y presiento tu boca de otras hambres cautiva.
Cuando llegas, acaso
por hastío o por lástima,
a asaltar mis murallas desconchadas de herrumbre,
del corazón las puertas
encuentras sin pestillo,
y es cuando, vengativa de esas horas sin fondo,
quiero besarte el alma a través de los labios.
Pero huele tu aliento
A miel de otras colmenas,
Y tus voraces dedos dibujan en el aire
Un hueco de cinturas
Que no son mi cintura.


Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

Va por ti, Concha


Llevo muchos meses sin asomarme por aquí. Es como si sintiera una especie de pudor irracional e impreciso, como si de pronto me pareciera frívolo tener tiempo para hablar de cine, de series o libros. Con la que está cayendo, -me digo-, pero entonces se me mete en el oído la preciosa voz de Mercedes Sosa y escucho:
Si se calla el cantor calla la vida, porque la vida misma es todo un canto…
Y aún a riesgo de parecer pretenciosa por atribuirme capacidades de juglar que no poseo, descubro que lo que me ocurre es eso: que tengo atravesada una espina en la garganta que no me deja cantar ni siquiera escribiendo, y no quiero callarme, pero lo que me amedrenta es precisamente no saber qué decir, no encontrar lo que puedo hacer para arreglar este desaguisado en el que han convertido a mi país.
Aún así y con toda la torpeza intentaré describir los sentimientos que me tienen acribillado el estómago.
Hace unos días escuché a un experto en economía, que refiriéndose al aumento del paro y a los sangrantes recortes, dijo: “Lo que está sucediendo empieza a tener visos de crimen contra la humanidad.” La frase definió con precisión lo que yo sentía. Porque es un crimen que a la gente se le quite el sagrado derecho al trabajo, a poder ocuparse de su familia. Es un crimen que tiene consecuencias gravísimas, que se traducen en depresión y ruina. Y se me vinieron a la cabeza varias frases de Bertolt Brecht:
Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime”.
“Cuando la verdad sea demasiado débil para defenderse tendrá que pasar al ataque”.
“Cuando el delito se multiplica nadie quiere verlo”.
Soy persona de paz, así que no estoy llamando a las barricadas, como comprenderéis, sólo aviso de que las situaciones insostenibles se desatan, nada más. Los recortes no están solicitando a los ciudadanos que saquen las huchas y entreguen algo de sus ahorrillos para que entre todos salgamos del paso, no. Los recortes están destruyendo puestos de trabajo y el trabajo lo realizan personas dejándose la piel, eficientes y sobradamente preparadas, con hijos pequeños que comen y visten a diario y con techo que pagar. Personas que no están siendo absorbidas en otros lugares, despachos o tajos a los que se adaptarían de buen grado y en donde volverían a dejar el pabellón muy alto con su buen hacer. No. Se van a la calle y en la calle no hay trabajo.
En la Biblioteca Pública de Guadalajara había una mujer hermosa, lo expreso así porque quiero ponerle el rostro para comprobar si mirándola a la cara se sostiene la injusticia,  quiero coger de la barbilla a los responsables para que la contemplen y observen en concreto y no en abstracto, y lo haré sin ni siquiera nombrarlos para no herir las susceptibilidades de nadie, pero ser político no es más que eso: estar al tanto de cómo funciona el sector social y laboral que te ha sido encomendado, conocer el making of desde el primer peldaño hasta el último. Esa joven mujer trabajadora, esposa y madre, de pelo negro ondulado, de ojos muy penetrantes por el hábito de estar atentos, de agradable sonrisa y cuerpo esbelto y ligero por recorrerse al día 90 veces los tres pisos de la biblioteca, es quien recibía a los colegios, preparaba los eventos, se ocupaba de los encuentros con autores,  hacía malabares imposibles para proyectar una película que tenía que ver con lo que estábamos leyendo, disponía espacios para que los niños pudieran recibir clases… controlaba los horarios con la precisión de un reloj suizo, y sincronizaba todo lo que a la vez se estaba produciendo con batuta de directora de orquesta, y milagrosamente conseguía darle unidad al caos.
Esa mujer conocía uno por uno a todos los miembros de los clubes, que son dos centenares, trataba a cada coordinador voluntario como si fuéramos estrellas, y en su tiempo “libre”, que rara vez lo tenía, preparaba el suyo, también era coordinadora de un club de literatura que enriquecía con equipaje cultural brillante, característica común a todo el equipo de esta biblioteca que durante años estuvo en el ranking como la segunda mejor de España. Comprenderá usted, señor político, que la distinción no se debía sólo al número de libros que se sacan prestados, el ranking lo tenía por la diversidad de sus actividades.
Naturalmente Concha, así se llama, recogió el testigo de otras compañeras también eficaces que como ella fueron la cara amable de esta empresa pública, el rostro que te da la bienvenida junto a los compañeros de los mostradores, la jefa o responsable, como usted quiera, de actividades de la biblioteca. Además y fuera de horario controlaba el protocolo de todas las autoridades que venían invitadas, es posible que a usted, en alguna ocasión le haya preparado la silla en el lugar apropiado para que se sintiera cómodo. En fin… Concha es alguien por cuyos servicios se darían tortas en otros ámbitos, si no fuéramos un país desconsiderado que no defiende los cimientos, los pilares que lo sostienen, y deja en último lugar a sus ciudadanos.
Conozco a alguien que ha trabajado cuatro meses en una tienda sin cobrar, los estimados señores de la franquicia se dedican felices -desde su sede en otra comunidad remota y sin dar la cara- a contratar muchachas cada trimestre a las que pagan doscientos euros alegando después que no hay más y a la calle. En el escaparate reza un rutilante cartel, “liquidación hasta fin de existencias”, en el cristal no pone por cierre de negocio, ni por ERE ni por quiebra. No hace falta estudiar derecho en Harvard para saber que dicho delito se llama estafa y que debería ser juzgado por lo penal, pero a esa clase de bandidos nadie les persigue, nadie les echa cuentas, y añado, aunque no haga falta porque ya se sobreentiende, que son los nuevos tratantes de esclavos, agrego que en este país con tanto agujero legal se cuelan los capos de nuevo cuño y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid excavan por debajo y con su labor de zapa hacen trizas la carpintería de tantos años de construcción de un estado de deberes y derechos. Esa muchacha de la que hablo, además de estar sobradísimamente preparada como Concha, con estudios superiores y talentos que ahora no valen nada, se ha matado a cuidar la tienda con horarios leoninos, a limpiarla, a abrirla y a cerrarla, a descargar camiones, a colocar la entrega, a ver todo lo que se vende, todo lo que sale, todo lo que entra, a llenar la caja todos los días repleta… y a esperar esmerándose para que por ella no quede, pues a la calle y no rechistes que el mundo tiene dos bandos, los que llaman y los que salen a abrir, los que piden y los que dan trabajo… tras los puntos suspensivos espero que se trasluzca la larga hilera de personas de bien, cada una con su rostro con su mente con sus brazos y sus piernas bien dispuestos para laborar, con su historia de amor, de alegría, de sueños y esperanzas de futuro que no quieren ver truncados… Esa procesión que cada día acoge a nuevos miembros, que cada vez es más larga, se está desesperando y es el momento de declamar el poema que todos atribuíamos a Bertolt Brech, pero que en realidad era el texto de un sermón que el pastor luterano Friedich Gustav Emil Martin NieMöller  pronunció en 1946 dirigiéndose a sus feligreses:       
“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a buscar a los judíos, no protesté porque yo no era judío.
Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar.”
Lloré mucho el otro día cuando vi a los antidisturbios quitarse el casco y guardar respeto frente a los manifestantes, y no me importa que la razón haya sido porque ellos también son funcionarios y ya se les empieza a tocar. Tengo el defecto de la empatía que me impide ser drástica y leo en el interior de muchos policías -o intuyo, para ser más exacta- y puedo escuchar con nitidez sus preguntas y lamentos tales como: “¿A quién defendemos?, ¿a quién protegemos?, ¿para quién trabajamos?... Tal vez ellos, muchachos sobradamente preparados también, se estén preguntando ¿es esto lo que nos piden?, ¿que nos convirtamos en apedreadores de gentes que defienden sus puestos de trabajo, de personas que sin culpa se han quedado sin él?
¿Qué orgullo vamos a sentir por un país que se somete a la dictadura económica de invisibles poderosos que están rebajándole el precio a nuestro mapa para someterlo a subasta y repartirse los trozos? ¿Para esto teníamos que estar en la Unión? ¡Qué unión ni qué narices!, si no nos tratamos, si no nos conocemos, si esto como siempre es el dominio de los señores del norte sobre los pueblos del sur, si se mastica el desprecio.
Esto es mi país: Un coladero de mafias, en el que patriotas evasores se exhiben en la tele, lo mismo da una tonadillera que el yerno del Rey, un lavadero en el que se enseñorean las blanquísimas mansiones deshabitadas de los dueños de los paraísos fiscales que además también salen en pantalla, (se muestran las viviendas sin inquilinos, no los dueños, esos señores encubiertos ya se ocupan de que nadie las okupe, no vaya a ser que por dentro descubran el zulo) para que pasmados exclamemos al unísono al contemplarlas en el televisor ¡Vaya casas! Sí, así de estúpidos somos, sobre todo yo que se me hace la boca agua con la decoración y los interiores, el que quiera que se salga. Casas construidas con ladrillos de droga y de armamento, con el semen, las babas, el sudor y las lágrimas de bellas mujeres engañadas. Para ellos las alfombras, pegadas al suelo con la crema de untar.
Y mientras tanto la plebe tratada a latigazos, esquilmada en sus sencillos enseres para que esos señores invisibles del poder tácito que entienden tanto de números y de primas peligrosas sigan alimentando su hambre insaciable.
Sé que lo de antes no sirve, aquellos sueños por los que luchamos, las herramientas que utilizábamos para lograr un país más digno... Sé que el 15M está bien, y que recuperar el movimiento asambleario y vecinal siempre es muy bueno y luchar contra los desahucios, pero tengo miedo de que se quede en una ristra de slogans, de que se convierta en una romería periódica a ojos de los gobernantes que al parecer tienen el arte de pasárselo todo por el arco del triunfo, y un oído selectivo. Sé que hay un espacio entre las dos espaldas –la del gobierno y la de los ciudadanos-, que no sé cómo coser ni cómo llenar y me encuentro en ese pasillo. Y no hay cosa que más odie que no conocer a dónde voy o en qué dirección me quieren llevar.
Estoy harta de soberbios, a los que me gustaría decir que quiénes se han creído que son, que por qué se les olvida que juraron o prometieron como servidores. “¿Te gusta el aeropuerto del abuelo?”… ese es el señor Fabra. “Que se jodan”… y esa su consentidísima vástago. Mal asunto si van al trabajo en taxi, si viven en compartimentos estanco, en guetos que nunca se mezclan.
Estoy harta de borrachos que en su lujuria de poder se creen faraones. No sé si tendremos que volver al campo, no sé como reencontrar nuestra idiosincrasia, no sé cómo nos las podríamos apañar entre nosotros, ni siquiera sé manejarme en trueque, si aún no he aprendido a pensar en euros. Sólo sé que el miedo se ha instalado y que los trabajos son campos de minas en los que los empleados piensan que le va a tocar a otro ser despedido, olvidando que cuando tocan a otro siempre te están mutilando a ti porque todo salpica, somos seres sociales y el efecto dominó en la colmena es fulminante. Y tengo mucha tristeza y sólo se me ocurre cantar y cantar por dentro aunque no tenga dotes de juglar como decía antes y lo haga con las palabras de otro, porque a mí se me han descompuesto el tono y el ritmo y ya no me sale esta poesía tan fea y tan dura y la emborrono con llanto:

España camisa blanca de mi esperanza
reseca historia que nos abraza
por acercarse sólo a mirarla.
Paloma buscando cielos más estrellados
donde entendernos sin destrozarnos
donde sentarnos y conversar.

España camisa blanca de mi esperanza
la negra pena nos amenaza
la pena deja plomo en las alas.
Quisiera poner el hombro y pongo palabras
que casi siempre acaban en nada
cuando se enfrentan al ancho mar.

España camisa blanca de mi esperanza
a veces madre y siempre madastra;
navaja, barro, clavel, espada.
Nos haces siempre a tu imagen y semejanza
lo bueno y malo que hay en tu estampa
de peregrina a ningún lugar.

España camisa blanca de mi esperanza
de fuera a adentro, dulce o amarga
de olor a incienso, de cal y caña.
Quién puso el desasosiego en nuestras entrañas
nos hizo libres pero sin alas
nos dejo el hambre y se llevó el pan.

España camisa blanca de mi esperanza
aquí me tienes nadie me manda
quererte tanto me cuesta nada.
Nos haces siempre a tu imagen y semejanza
lo bueno y malo que hay en tu estampa
de peregrina a ningún lugar

(Blas de Otero)

Aquí me tienes, claro que sí, nadie me manda, quererte tanto me cuesta nada.
Al menos en la biblioteca hay gentes valientes, empezando por la dirección, que levantan su voz indignada cuando otros consideran que pueden quitarle un peón.
Pues no se olviden señores de que también los peones dan jaque mate y tienen mucha importancia.
Al menos ahí, en ese maravilloso entorno lleno de libros, en esa meca, en ese punto de encuentro va para Concha una enorme corriente de afectividad a la que me sumo. Y todo el amor y el apoyo para los otros, todos los “sin trabajo” a los que se han atrevido a insultar diciendo que se espabilen para encontrarlo. Se me ocurre que estaría bien llenar muros y paredes con las fotos de todos los parados, retratos que se puedan despegar cuando aparezca un contrato, es bueno plantarle cara a los problemas, y llevarla muy alta junto a todos los demás.
No soy una persona ofensiva, pero me están pisando el rabo y en mi propia casa, como tantas familias también tengo hijos en paro, pero no quería parecer interesada, porque dentro o fuera y a mi modo siempre he peleado.
Para terminar con el deseo de que esta entrada no desvirtúe el objetivo literario de este blog usaré de nuevo las frases de Bertolt Brecht, si es que lo son, en cualquier caso siempre es un ejercicio de humildad saber que la importancia reside en la obra y no en el autor:
“Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que estos olvidan que tales métodos se aplican también en sus propios países.

El arte no es un espejo para reflejar la realidad sino un martillo para darle forma.

La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer.

Un abrazo, queridos amigos, Hasta el próximo encuentro.
Pili Zori 

"Desgracia", de J.M. COETZEE

Leer “Desgracia” de John Maxwel Coetzee ha supuesto una batalla campal conmigo misma, de hecho he necesitado una segunda lectura, volver a empezar el libro porque en la primera las vísceras no me dejaban reflexionar, experimentaba una devastadora reacción en cadena de filias, fobias, rechazos, prejuicios… Me ha puesto patas arriba muchos de mis esquemas preconcebidos así que creo haber sufrido una catarsis que junto al protagonista me ha liberado de la hibrys, -no os asustéis, no utilizo la palabra por pedantería, ahora os explico por qué la uso-, considero que el autor ha escrito con rigor una tragedia de contenido moderno, pero tragedia griega de punta a “Cabo” –lo de las comillas es un guiño por el lugar en el que se desarrolla, Ciudad del Cabo-, en ellas sus autores siempre se referían a la caída de un personaje importante que había ejercido un desprecio temerario hacia el espacio ajeno,  que no sabía controlar los sentimientos inspirados por las pasiones desmedidas, la furia o el orgullo, eso es la hibrys según los diccionarios y creo que cuadra a la perfección con el planteamiento de la novela. Y digo planteamiento porque también creo que “Desgracia” plantea, pero no tiene intención de cerrar, de resolver, el libro se publica en 1999, y me atrevo a pensar que en ese momento para J.M. Coetzee, Sudáfrica no tenía solución. La mirada es desalentadora, pesimista y necesaria.
Creo que al igual que la ópera que escribe el profesor Lurie sobre Byron y su exilio en Italia tras el escándalo, “Desgracia” es una balada llena de tristeza, un canto muy amargo por su país, al que deduzco que ama profundamente. Coetzee actualmente vive en Australia, desconozco las razones de su doble nacionalidad y el desdoblamiento que tuvo que producirle, no eligió los Estados Unidos donde estudió y ejerció durante mucho tiempo, tampoco Inglaterra donde también vivió. Escogió Australia y me gustaría saber por qué.
De entrada el título admite varias interpretaciones, tengo entendido que en inglés Disgrace también tendría que ver con deshonra, deshonor, con la reputación perdida, de hecho el propio protagonista se lamenta de que el idioma inglés tal vez no sirva para explicar Sudáfrica. “Cada vez está más convencido de que el inglés es un medio inadecuado para plasmar la verdad de Sudáfrica.” Cuando leímos en el club “Historia de mi hijo” de Nadine Gordimer, nos ocurrió lo mismo, el título bien podía referirse a la historia que habla sobre mi hijo, o bien a la historia que ha escrito mi hijo… en fin, si te mueves con las palabras, buscas el respeto de la precisión y no siempre es fácil en nuestra torre de babel en la que hay que agradecer los puentes que los buenos traductores nos extienden. Pero toda la novela es así. A “Desgracia” le caben muchísimos matices, y puedes entrar a ella por varias puertas, todas ellas te llevarán a la misma conclusión final y lo pequeño abrirá plano para que se vea lo grande, los personajes en este caso no son los protagonistas sino el transporte de la alegoría que el autor nos quiere transmitir. En la linde de ese diminuto huerto estará representada Sudáfrica. Y en la perrera que también se ha escogido como parábola el enfrentamiento con la vejez y la extinción de una generación y de un tiempo: David Lurie es un profesor de universidad especializado en los poetas románticos.
He intentado imaginar el abordaje que tuvo que hacer Coetzee como autor para escribir esta novela, ¡vaya decisión dura!, y me he permitido la osadía de especular con la idea de que para transmitir lo que quería expresar se preguntara ¿qué sentiría yo si dañaran a mi hija, a la carne de mi carne de la peor de las maneras? Así debieron sentirse los negros de este país durante siglos y décadas. ¿Cómo puedo aproximarme, cómo puedo bucear en ese germen soterrado? Pues experimentándolo, detentando mi parte de poder, como hombre, como blanco, como figura de autoridad cultural, un profesor, un intelectual con predicamento. Pero no quiero una inmolación racial, deseo decir algo tan fuerte y tan simple como que la humanidad gira en torno a una cuestión: el abuso de poder en todas sus variantes y dicho poder se comporta del mismo modo cuando cambia de manos, que sean blancas o negras, da igual.
Soy sudafricano y tengo derecho a señalar los defectos de mi país con todas las personas que tiene dentro. Eso supuse que pensó. Y seguí imaginando: esa sería la ubicación de la novela, su entorno, sus intenciones, pero a Coetzee no le servía sólo la mirada externa y documental, él iba a hablar de lo colectivo desde lo individual, se metería en la piel, y le prestaría a su novela, a sus personajes, terrenos personales y laborales conocidos, sólo así podría ser juez y parte.
El lector iba a ver el punto de inflexión, contemplaría con el quiebro cómo al protagonista le cambia la vida y sabría lo que siente y piensa durante el proceso, mientras está sucediendo. David Lurie es quien enfoca, quien tiene el punto de vista desde el que se narra, aunque la novela no esté escrita en primera persona y el narrador omnisciente pudiera mostrar, desvelar lo que piensan y sienten los demás personajes, no lo hace.
El lector espera que le expliquen las partes que faltan, pero se queda con las ganas de saber qué ha dicho Melanie, la alumna, en esa especie de denuncia, en ese juicio sumarísimo en el que se le acusa de haber atentado contra las formas y no contra el fondo, aunque se aleguen otras razones de índole moral. El lector quiere conocer qué siente, qué piensa ella, de qué le acusa… qué le llevó a tomar somníferos si es que así fue. Pero Coetzee no quiere dárselo. Al igual que en la vida quien lee tendrá que ejercer de jurado con las pruebas que le muestran.
Veremos reaccionar a su hija pero tampoco escucharemos su interior, tendremos que deducir las razones que la empujan a elegir, si es que tiene elección, las decisiones que toma. Creo que ese es otro de los ingredientes importantes que contiene la novela: Lurie se relaciona con las mujeres sin comunicación, sin reciprocidad, invade la vida privada de Soraya, la prostituta de alto standing, contratando a un detective, David Lurie marca el paso sin preguntar. Y con su alumna abusa de su privilegio para favorecer su examen y encubrir sus faltas de asistencia. No escucha, no capta las señales de desagrado, cosifica, decide por los demás. Hasta que la vida da un giro inhumano y cruel que derrumba sus pilares.
Y ahora doy comienzo a mis discusiones con el libro, y como estas iban evolucionando a la vez que la historia del protagonista también se transformaba.
La novela nos muestra los contrastes: el mundo urbano y de cultura, frente al rural y primitivo, mis preguntas eran ¿por qué han de ser antagónicos?, ¿qué ha pasado para que eso suceda?, ¿dónde está la ruptura?, ¿cuál es la grieta?
Nos pone como ejemplo la naturaleza instintiva de un perro en celo, y lo indigno que resulta que sus dueños a base de palos hagan que vaya en contra de su propia esencia, de manera que al final cuando veía a una perra huía con el rabo entre las patas y me dije: vale, tiene razón, pero aún trasladándolo a los humanos como metáfora y admitiendo que no hay que crear sociedades puritanas, represivas o castradoras, en mi opinión el deseo ha de conllevar una franja de consentimiento mutuo a todos los niveles que no tiene por qué restarle su parte salvaje ni su alegría, pero el respeto a la hora de la transacción aunque sea implícita es lo que nos diferencia, hasta en los animales hay cortejo y elección aunque sea para los machos y hembras alfa, algo es algo, (aunque a veces pienso que la naturaleza es un poco nazi, con sus escogidos y sus selecciones, se supone que nosotros aunque formemos parte de ella trabajamos para evolucionar). Perdonad la tontería, intentaba distender pero no me alejo del libro aunque lo parezca, el protagonista ama la poesía de Wordsworth, y Wordsworth está considerado el poeta de la naturaleza que introdujo en su poesía el lenguaje popular, y a personajes marginales, como locos y mendigos, creando un escándalo para la época, pero logró que la arcaica sociedad británica se interesase por las desigualdades. Wordsworth tiene un libro titulado “Poemas de Lucy”, como veis en esta novela nada está traído por azar, el nombre de la hija de David Lurie es Lucy. Pero sigamos hablando del instinto y la fidelidad hacia la propia naturaleza: El profesor le pide a Melanie que pase la noche con él:
-¿Por qué? -pregunta la joven.
 -Porque la belleza de una mujer no le pertenece sólo a ella. Es parte de la riqueza que trae consigo al mundo y su deber es compartirla”.
            -¿Y si ya la compartiera?
            -Entonces deberías compartirla más aún”.
Ese sentimiento masculino, que el profesor Lurie tiene antes de caer en desgracia, sobre  adueñarse de la belleza física a través del sexo me hizo preguntarme ¿para qué?, es una falacia, la belleza física no se vampiriza que yo sepa y tampoco es de transmisión sexual, lo que hace la belleza física es atraer y cada uno se siente atraído de forma distinta si es que sabe mirar y no se deja dirigir la vista con cánones impuestos. Es una pena no saber ver la belleza fuera de la juventud, me dije, aunque suene resentido por mi edad, pero doy fe con las compañeras de mi club, con mis hijas y con amigas muy  jóvenes, que las mujeres miramos distinto. Este tipo de situaciones como la anteriormente descrita se da mucho entre profesores de letras, será porque siempre están con gente joven, así es fácil ser una figura de autoridad, no trabajas bajo las órdenes de nadie, siempre las das, puede que el entorno produzca algo de inmadurez, hay mucho docente rijoso, salvando a quien se salve naturalmente que por suerte son más.
Como os decía, estos eran los sentimientos que yo albergaba hacia el protagonista, que al principio me atacaba los nervios, un tío pijo que arruga la nariz ante la hospitalidad de quien le ofrece su casa porque el sofá huele a gato, que menosprecia a las mujeres que descuidan su atractivo, según él, que va por ahí con la báscula y el metro como si alguien le hubiera otorgado el privilegiado papel de puntuar y aprobar o suspender fuera de clase como si la vida fuera su aula o su facultad… y ahí estaba yo soltándole improperios: ¡habrá que verte a ti, quién te habrás creído que eres! Pero en esos arrebatos de furia míos comprendí que el personaje estaba construido a la perfección porque ese era el efecto buscado, sin concesiones, tenía que partir de la prepotencia para alcanzar la humildad. Más adelante le querría profundamente por su desorientación, por su crisis de identidad, por la búsqueda de sí mismo, por el trato injusto que recibe, por su autoinmolación.
En la página 118 le escucharemos pensar “Ha de haber un hueco en el sistema, un hueco para las mujeres y lo que les sucede”. Y en la 128 leeremos “Por vez primera prueba a que sabe el hecho de ser un viejo, estar cansado hasta los huesos, no tener esperanzas, carecer de deseos, ser indiferente al futuro”. Igualmente tuve que bajar mis humos para aprender junto a David Lurie que también es una falacia que demos por hecho cómo reaccionaríamos ante lo que les ocurre a él y a su hija. Ese esquema nos lo rompe poniéndonos delante de la nariz la indefensión. Él como yo, como cualquiera, habría querido protegerla más que a nadie en este mundo, habría querido pronunciar las palabras apropiadas después, y evitar la insoportable vergüenza infligida para ambos. ¿Cómo abordar esa terrible conversación para un padre, para una hija?, ¿cómo soportar que no has podido defenderla, que mientras estabas tan campante en la urbe ella corría peligro?
Tal vez Coetzee decidió encerrar al padre en el baño porque ni siquiera por escrito se podría soportar la ignominia de esa visión.
¿Por qué se somete Lucy después?, esa es una de las preguntas, ¿por qué se sometían los negros siendo mayoría sin rechistar durante el apartheid?
Hay muchas formas de violar, os emplazo a que leáis las leyes que hasta 1992 prohibían a los negros tener casa en zonas destinadas a los blancos obligándoles a emigrar, leyes que permitían autobuses segregados, playas y hasta bancos de la calle, escuelas y hospitales para negros con inferioridad de recursos… os aseguro que no podréis terminar la lectura sin llorar de rabia. Pero es necesario que nos pongan el ejemplo tan gráfico de una mujer forzada por varios para que nuestra cerrazón desarrolle la capacidad de empatía, de indignación.
Esa pregunta sobre el sometimiento ni la historia ni la política saben responderla; al menos la literatura trata de ahondar y escarbar en los motivos y los sentimientos soterrados. Las leyes se pueden cambiar pero el corazón de las personas ha de estar preparado para dicho cambio, sin ser un albergue ocupado por los rencores. El corazón y la memoria de las personas deben estar dispuestos a perdonar una vez admitido el daño. Dicha amnistía es el esfuerzo y el regalo más heroico que se le puede hacer al futuro, pero la clemencia de la que estamos hablando incluye indultar salvajadas como la que les ocurre a Lucy y a su padre, y no es fácil. Lucy no puede evitar sentirse chivo expiatorio, justa por pecador, cabeza de turco, y lo asume. Tampoco es fácil resarcir ni diferenciar la justicia de la venganza, como ya he dicho en otras ocasiones en este mismo blog. Juntos, blancos y negros, habrían llegado lejos y no sólo Sudáfrica sería otra cosa, todo el continente sería distinto, un ejemplo de prosperidad, pero el legítimo resentimiento es pegajoso y se barre mal. Ahora han cambiado las tornas y esa frase suena horrible, pero para muchos por debajo late.
En este trozo de campo manda Petrus y ¿qué desea?: ser propietario, hectárea a hectárea, del continente y del contenido, ahora Lucy también le pertenece. En la ciudad te defiendes con tus armas, pero en el campo no te sirven por muy naturalista que sea Wordsworth. Si no sabes trabajar la tierra, si no has hecho simbiosis y en su lugar has creado dos bandos, mal asunto. “Si el campo puede emitir su veredicto sobre la ciudad también la ciudad puede enjuiciar al campo”, nos dice en la página 149.
En el viaje a Ciudad del Cabo, cuando va a postrarse de rodillas ante la madre de Melodie para ofrecerle su arrepentimiento sincero que nada tiene que ver con la humillación pública que el tribunal académico le exigía, vemos: “El campo va llegando a las puertas de la ciudad, pronto habrá ganado paciendo otra vez por el parque de Rondebosch, pronto la historia habrá trazado otra vez un círculo completo.”
Y antes refiriéndose al robo con violación leemos: “No es un robo normal y corriente, más bien fruto de un grupo organizado que entra limpia la casa y se retira cargado de bolsas, cajas, maletas. Botín de guerra, reparaciones. Un incidente más en la gran campaña de redistribución. ¿Quién llevará puestos en estos momentos sus zapatos?”.
Estos dos potentísimos pasajes son para mí el latido de la novela, y contienen todo el dolor y el quejido poético de lo que el gran premio nobel quiso decir.
He intentado caminar con sus zapatos por todas las páginas y me he hecho daño con los escollos y las piedras pero creo haber conseguido con ellos que Sudáfrica no me quede tan lejos y que todo el continente africano no me resulte tan difícil de entender, voy poco a poco y doy las gracias al Sr. Coetzee por el desgarrón y por toda la piel de las entrañas que se ha dejado para que mi duro oído se entere.
Un abrazo queridísimos amigos y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori