EL FILO


Relato
Pili Zori

El destello de la navaja recorrió el filo, el pasaje escaso –ya no era hora punta- y somnoliento del vagón quedó inmóvil, una sensación de anchura y largura apenas perceptible amplió el espacio que el pánico empujó con invisibles y bruscas manos, las barras y asideros parecieron inclinarse a la vez a izquierda y derecha; los ojos oscuros del hombre joven y alto se clavaron bajo el lacio flequillo moreno como dardos en los de la mujer mayor; el silencio fue ocupado por los habituales y subterráneos sonidos del metro un poco más despejado.
-¿Y ahora? –bramó masticando las palabras- ¿mantiene usted que a las personas hay que quererlas más precisamente cuando menos lo merecen?
Desde los ojos de la mujer a los del hombre se hizo visible  -como un haz de láser- la línea recta, las pupilas de ella absorbieron la ira de él -un muchacho, pensó- hasta que al desbrozarla atisbó la tristeza; en apenas segundos sintió los alfileres que dentro de la piel del chico pugnaban por atravesarle la cuadrada y tensa mandíbula y los poros de los pómulos, también contempló los pequeños ríos y afluentes desbordándose imparables hacia un mar rojo en el blanco esclerótico de los ojos, y escuchó la avalancha de lágrimas retenidas en la garganta, al tiempo sólo lo expande el miedo y los momentos parecen horas; la mano de la abuela oprimía el hombro de la pequeña con la misma presión con la que ese hombre apretaba el mango del arma con la brillante hoja hacia abajo y con el puño cercano al muslo, había dejado de mostrarla en amenaza, tampoco advirtió nadie -concentrados en el hombre- el discreto movimiento de las pequeñas y lustrosas deportivas de la niña, y el abrigo sobre el párvulo babi deslizándose sin ruido y con sigilo por el asiento para que la yaya no la sujetase y poder zafarse así de esos dedos dulces convertidos ahora en garra, manos que limpian mocos, pelan fruta con un cuchillito como el del señor, y lavan la carita y aprietan las coletas.
En sincronía, de la espalda oculta tras la cazadora iba a surgir rauda y silenciosa la pistola del policía vestido de paisano que ocupaba el octavo asiento de enfrente, pero desistió a tiempo en las primeras décimas del instante. Las respiraciones de los viajeros más cercanos a la escena desaparecieron porque de pronto la trasera de los muslos aterrados respingó al notar las pequeñas manos. El haz que sujetaba los ojos de la abuela a los de él se trianguló en el vértice infantil: la nena abrazaba al hombre con la nuca rubia inclinada para mirarle con sus ojos de mar tranquilo.
-¿No tienes papás? ¿Ni yayos?
Sujetó la mirada en el desconcierto de ese señor que había sido mandón con su abuela, al que ahora se le hacían hoyos muy pequeños y temblones en la barbilla y seguro que tenía frío porque le tiritaban las piernas.
-Yo llevo dos sándwiches en mi mochila. Si quieres te doy uno. Y una barriguitas nueva como las que tenía mi mamá cuando era pequeña. Te la dejo.
Acercó la mano con olor a colonia reciente e intentó rodear la muñeca del hombre sin abarcarla. Y le susurró como si guardara un secreto:
-No debes coger el cuchillo pequeño de las patatas porque se te puede clavar si te tropiezas y te tienen que llevar en ambulancia con la sangre, yo una vez me clavé un cristal, y mi yaya no me deja ir descalza, ni coger cosas que pinchan.
La mujer hizo un leve gesto de stop al policía por instinto, sólo ella en parabólica había advertido el amago y negó con la cabeza para restar importancia y que la escena no se complicase más. Mi niña, por Dios, mi niña -le susurró el pensamiento ahogándole la garganta mientras la imaginación multiplicaba tragedias a velocidad de vértigo y la sangre se bajaba a los pies para quedarse allí detenida. El joven guardó con temblor avergonzado en el bolsillo la automática ya cerrada y la otra mano sin voluntad depositó una caricia leve en la cabecita dorada de la cría.
Las cuatro figuras salieron en la parada sin nadie que las escoltase hacia el andén, ya retomarían en la siguiente estación, y milagrosamente Laura Romero convenció al policía -otro muchacho a sus ojos- con la mentira piadosa de que el amenazante y novato navajero era un vecino intachable que estaba pasando por dificultades, y que no volvería a hacer algo semejante en la vida, ¿verdad tesoro?, que ella se ocupaba. El policía le confiscó el arma en un punto ciego extendiendo la palma de la mano en toda la expresión de generosidad clandestina mientras se alegraba de no ir con compañero en el transporte, estaban repartidos por los vagones a la busca y captura de una presa mayor. Sin peligro de cámaras -se cercioró- tampoco había visto móviles grabando. Falsa alarma -diría segundos después para curarse en salud- un capullo desesperado sin antecedentes, era su primera vez, no se ha atrevido.
-Quítate de mi vista, anda, y no hagas más el pringao, y recuerda que no se me olvida tu cara.
Los pasajeros que con una normalidad enfermiza, volvieron a incrustar los cascos en sus orejas, y a pasar páginas del libro, o a retomar el duermevela matutino, no habían escuchado el bisbiseo de la conversación entre la abuela y la niña que al quejarse de que uno de los amiguitos había sido malo recibió la sugerencia de que el mérito era quererle incluso cuando no lo mereciese, eso sí, sin aguantar que se portara mal con su nieta, porque entonces no sería un buen amigo, pero el hombre que iba de pie frente a ellas sí lo escuchó. Tampoco se preguntaron cuál sería el vínculo, y dieron por supuesto que se trataría de suegra contra padre separado o historias similares tan manidas, para ensimismarse -tras la interrupción- en sus propias zozobras hasta llegar a la parada correspondiente y encaminarse por inercia hacia el laberinto de callejones sin salida que conducen hasta los corrales de la nueva esclavitud. Pasarelas y pasillos de metal, hormigón y cristales con plantas ejecutivas y también con las de limpiar, y alrededor los parques repletos de parados y ociosos prejubilados sorteando cagadas de palomas y cotorras invasoras.
Nadie supo después que Armando Alcalde sí esperó en la cafetería a que ella llegase tras dejar a la niña en el colegio tal y como habían quedado. El resto de la conversación entre la mujer y el hombre hasta ese momento desconocidos también fue -por la fuerza de la costumbre- anormalmente asumido, cotidiano, desnaturalizado: despidos injustos, trabajos a salto de mata, paro, bajas por tristeza y nerviosismo, por incapacidad para respirar, dificultades para pagar el alquiler, el agua, la luz, la ropa… y envidia de los carteles y músicas que invitan a una igualdad mentirosa de consumo cruel que otros restriegan queriendo o sin querer como sucedáneo de la felicidad. Y la navaja una mala tentación que parecía más eficiente que las cuchillas de afeitar o más segura que las vías del metropolitano, o una desesperación carterista para la que sabía de sobra que no iba a valer.
-Ahora comprendo que te hayas incendiado al escucharme decir a mi nieta que tenemos que amarnos más precisamente cuando menos lo merecemos. Nos has puesto a todos los viajeros del vagón a prueba, chico de poca fe -sonrió dando vueltas con la cucharilla a su humeante infusión- pero no a ella –aspiró el suspiro-. Se nos olvida que los niños son el pie de la letra.
Armando se derramó al fin en lágrimas.
-¿Cómo se llama la nena?
-Lucía. Vaya nombre que le fue a poner mi hija. Aunque la verdad es que cada día me gusta más por lo que significa.
-¿Qué significa?
-Aquella que lleva la luz. –El joven asintió con la frente baja mirándose las manos que rodearon la taza de café por un instante.
- ¿Y tú?
-Laura. -Se produjo una pequeña pausa que ella se apresuró a rellenar-. Victoriosa, eso quiere decir.
Acarició con la mirada el rostro del chico. El hombre sonrió por primera vez en mucho tiempo, y su cabello liso y negro se iluminó, al igual que el destello inadvertido hasta ese momento en sus ojos.
-¿Siempre vences?
-Convences sería la pregunta. –Laura sonrió ladeando la cabeza- Algunas veces.
Armando significa Luchador ¿lo sabías?
Se llevó la taza a los labios, él pensó que todos los gestos resultaban afectuosos en ella, y en cuál habría sido su aspecto de joven. No tan sereno –imaginó al escudriñar por un momento la escritura roturada de ese rostro- y quiso contagiarse del presente sosegado que lucía tras muchas y arduas batallas.
-Me gusta la onomástica, me entretengo para no perder la memoria, los nombres son los primeros en escapar y si sé lo que significan puedo retenerlos. Hoy has ganado la contienda más dura. Puedes bajar la guardia.
No hablaron de sus vidas personales, coincidieron al pensar que habría sido una injerencia dentro de la burbuja creada para los dos, tampoco prolongaron el momento, ella tenía quehaceres.
Se abrazaron sabiendo que no se volverían a ver porque al destino ya no le gusta cruzarse en el camino de las vidas anónimas por la peligrosa, confusa y caótica circulación de hoy, y sólo se atraviesa en alguno para convencer cuando es estrictamente oportuno.

PILI ZORI

"La mujer de mi hermano", de JAIME BAYLY


Ha sido una experiencia fascinante entrar en esta novela y a la vez rastrear la vida del autor Jaime Bayly, afamado, galardonado, ­­polifacético y controvertido comunicador peruano que actualmente vive en Miami y desde allí transmite su programa diario de televisión.
Al menos a mí me ocurre: siempre que me adentro en muchas novelas que provienen de escritores y escritoras latinoamericanos tengo la sensación de que el formato es de culebrón -aclaro que no lo digo en términos peyorativos­­­- ya que se puede llenar un hermoso cofre de contenidos mejores o peores, para muestra “El amor en los tiempos del cólera” un monumento literario de Gabriel García Márquez que en mi opinión tiene dicha estructura narrativa. Recuerdo también que llegó un momento en el que sin desmitificar me dije que todas aquellas descripciones tan deslumbrantes -dentro de la literatura sudamericana- que llegaron a España con el boom no siempre respondían al talento o a la magia de su realidad, sino simplemente a la atmósfera, ambientación y paisajes naturales de por allí, y pensé que estaban rodeados de dicha exuberancia y que como es lógico bastaba con mirar alrededor para reflejar en las páginas el telón de fondo. Esta conclusión –errónea o acertada, o en cualquier caso subjetiva- de nuevo me llevó a diferenciar el envoltorio del contenido, y del matraz salió la esencia destilada independiente del adorno, y entonces sólo se quedaron conmigo los mejores. Después cuando comenzaron a llegar muchas personas de allá a nuestro país para vivir con nosotros confirmé una vez más que dicha belleza en el lenguaje cotidiano tan metafórico y su aparente extraversión apasionada formaban parte de su carácter, y que esa era su forma natural de ser y de expresarse. En resumen: el factor común o de vecindad que todos compartían aun teniendo en cuenta los matices diferenciadores de cada país con sus distintos paisajes, costumbres y paisanajes.
Una vez hecho el preámbulo, para enlazar me meteré en harina diciendo que cuando vi ya en las las primeras páginas de “La mujer de mi hermano” que trataban sobre triángulo amoroso, vidas acomodadas, lujo, y que el autor iba dejando rastros y pistas para sugerir secretos familiares y demás… me previne prejuiciosamente: ¡Culebrón clásico!, exclamé, pero enseguida Jaime Bayly me ganó por la mano porque al leer la novela de la que hablo escuchamos el monólogo interior de cada protagonista, la dualidad de lo que sale de sus bocas hacia afuera y las pequeñas hipocresías que paralela y simultáneamente albergan sus pensamientos, vemos toda la grandeza y la miseria de cada uno de los tres, y ese modo de ver al personaje por fuera y por dentro al mismo tiempo me pareció un logro, al igual que la forma de engarzar escenas, el estilo directo, el ritmo dinámico, la frase corta y contundente… De manera que de culebrón clásico nada: Estoy ante un diseño novedoso muy distinto, -rectifiqué.
La novela está escrita en presente con la potencia que otorga usar dicho tiempo, ya que así consigue que el lector acompañe a Ignacio, a Gonzalo y a Zoe en los momentos exactos en los que se produce la acción. Quien lee se siente privilegiado puesto que conoce los pensamientos y el estado de ánimo de cada uno de la terna, sabe todo lo que ellos ignoran y así es como el lector deja de ser pasivo para convertirse en narrador omnisciente, el diosecillo que todo lo ve, sin que el escritor necesite usar la tercera persona. Aunque el lector no se conforma con sólo mirar, acostumbrado a tomar partido defendiendo a un personaje y denostando a otro cree que ha de elegir, pero no lo consigue, porque el juego del autor no es maniqueo, ninguno de los componentes del triángulo es completamente malvado, ni enteramente bueno, ninguno posee la razón sino sus razones, y la ironía de Bayly no está exenta de humanidad porque trasluce que ama y comprende a cada uno de los miembros del terceto con sus luces y sus sombras y de paso retrata a una clase social acomodaticia -a la que el propio autor pertenece- clase que a pesar de su aburrimiento, superficialidad, falta de compromiso… no tiene ningún deseo de apearse de sus privilegios para cambiar realmente de vida, ni de complicarse saliendo fuera de cualquier armario, y no hablo sólo de los que ocultan la orientación sexual.
Ignacio hereda el Banco de su padre, Gonzalo juega a ser bohemio, pero no renuncia a estar bien acolchado con la asignación de su hermano, y Zoe se dedica a esculpir su cuerpo y a conservar su belleza para amortiguar la insatisfacción sexual, sólo el deseo de ser madre redime un poco su anodina vida en jaula de oro con puerta abierta. Zoe no es consciente de que es utilizada por los dos hermanos como una pelota de ping pong en medio de una inquina cainita para uno y también como tapadera para el otro, (hasta ahí puedo decir sin desvelar). Sin embargo, hay un punto de inflexión para todos en el que habrían podido ser libres, pero elegirán “el arreglo” en vez de dar la campanada.
Me ha gustado -vuelvo a reiterar- la forma directa, realista, casi documental de contar la historia, naturalista diría yo, hablando en términos literarios.
El Escáner psicológico tan pormenorizado y exhaustivo, y el buceo interior tan terapéutico me han resultado asombrosos. Considero que es un libro honrado, de desnudez física y anímica, sin trucos ni eufemismos, que se desarrolla en espacios interiores, urbanos, residenciales, sin ayudas descriptivas. Es una novela moderna y actual, hija de su tiempo, un tiempo tal vez desesperanzado y conformista.

***

Y ahora vamos con el escritor Jaime Bayly: a diferencia de sus personajes a él siempre le ha acompañado el “escándalo” y la transparencia –aparentemente al menos-. Coqueteó con las drogas, su vida se ha retransmitido como un reality show durante 25 años… y repasando esos cinco lustros me pregunto ¿sus actitudes corresponden a una postura desinteresada?, o ¿es un exhibicionista?, ¿estamos ante un megalómano o tan sólo es generoso?, ¿valiente?, ¿rompedor?, ¿esnobista?, ¿excéntrico?, ¿un enfant terrible?, ¿hizo el intento de construirse una leyenda o simplemente es un ser solitario, amigo de sus teleespectadores que comparte por entero su persona con ellos por mera necesidad?
Se casó joven, tuvo dos hijas, y después se divorció para declararse bisexual, y mantuvo una relación de ocho años con un hombre con el que también fue feliz -al menos eso es lo que caballerosamente dice-. Más tarde aparecería su actual esposa 23 años más joven que él y con el añadido –para él devastador- de su aspecto aniñado como el de una Lolita. La relación entre su ex-esposa, sus hijas y su ex-pareja masculina transcurría bien hasta que se casó con la joven y con ella tuvo a su tercera hija que curiosamente se llama Zoe, como la protagonista de la historia que nos ocupa, a partir de ese momento -así lo cuenta él- su ex mujer y sus hijas dejaron de hablarle. Me tomo la libertad de especular: ¿problemas de herencia?, ¿pensaban que el papá no iba en serio?, ¿que aquella jovencita era una más de sus veleidades?... Creo que todavía hoy siguen sin dirigirse la palabra, aunque doy por hecho que habría que escuchar a todas las partes. Siguiendo en su línea él mismo confesó que su nueva esposa –paradójicamente un alma vieja como ella se define- le salvó la vida apartándolo de las pastillas y exigiendo un diagnóstico que al parecer resultó bipolaridad, enfermedad que también compartió públicamente sin sentir vértigo al igual que su temporal impotencia sexual hoy superada. ¿Por qué nos lo cuenta todo? -me pregunté- ¿es incontinente verbal?, ¿lo hace para adelantarse a la maledicencia de sus enemigos?, ¿para no tener secretos que se puedan volver contra él?, ¿es acaso hijo de este tiempo de impudicia en el que la cámara psicoanaliza en programas de tanta audiencia en los que se venden miserias al peso? Ignoro las respuestas, pero creo en su verdad. Sólo sé que Jaime Bayly se sale de cualquier canon, que ha crecido frente a las cámaras, o contra ellas, y de algún modo me hace pensar que ha superado la sobreexposición, que ha convertido su vulnerabilidad en fortaleza y que por todo ello es un hombre auténtico.
Sus encuentros con lectores son dignos de ver, arranca más carcajadas que si fuera un monologuista de El Club de la Comedia, sale de cualquier atolladero con un sentido del humor que supera cualquier situación embarazosa.

Sin embargo, sintió un dolor enorme cuando quedó finalista en el Premio Planeta el año en el que Juan Marsé decidió declarar en plena ceremonia de entrega que las obras de los dos premiados no tenían calidad literaria. Recuerdo con nitidez el exabrupto de Marsé, pensé en aquel momento que debería haber expresado su malestar en la privacidad de las deliberaciones y de paso haber dimitido antes de la fiesta de entrega, el “gremio” que era quien tenía que tomar nota habría comprendido perfectamente sus escrúpulos. No entendí su gesto ya que el dardo lo recibieron los escritores y no los causantes de los supuestos o presuntos oscuros entresijos de la editorial. No sé si fue el propio Marsé quien le dijo a Bayly que sus novelas eran subterráneas como sinónimo de malas, de estar por debajo del nivel de calidad en la superficie, (al menos así lo interpretó él, nos queda la duda de si quien se lo dijo tan sólo pretendió situarlas en el concepto underground) en cualquier caso él respondió que el metro también es subterráneo y que en él viaja mucha gente. Interpreto que la elegante respuesta de Bayly viene a significar lo mismo que dijo en su día el escritor José Ángel Mañas: “Hay mucha vaca sagrada sin lectores. Yo sí los tengo”. Vaya por delante que Marsé me parece un maestro como escritor, pero no comparto lo que hizo ese día y comprendo el dolor de Jaime Bayly ante la humillación pública. No volvió a presentarse a ningún concurso, al fin y al cabo es un escritor traducido a veinte idiomas y su carrera está más que trazada, de modo que los sin nombre agradeceríamos que los concursos se quedasen para nosotros ya que en teoría sirven para descubrir voces nuevas. Tengo entendido que en una novela más que irónica se vengó de J. Marsé -entre otros- colocándole como personaje de ficción. Y también sublimó con grandes dosis de humor otro daño que le llevó por la calle de la amargura: el beso en la boca espontáneo que le dio Boris Izaguirre en una emisión pública y que en Perú levantó ampollas. Le acabo de conocer a través de "La mujer de mi hermano", leeré encantada las demás piezas de su obra.
El caso es que Jaime Bayly en sus programas es capaz de entrevistar al presidente de un país, a la nana que ayudaba en los cuidados de Zoe, y a su madre Doris Mary Letts en una entrevista inolvidable en la que públicamente él le pidió perdón a esa mujer encantadora por haberle infligido tantos disgustos. Ella respondió amorosa que no había nada que perdonar y que en todo caso también ella debería pedírselo.
Su adscripción política me supuso un hueso duro de roer con el que tuve que hacer examen de conciencia para no pecar de sectarismo, ya que Bayly se declara de derechas, refrendó a George W. Bush, apoyó la campaña de la hija de Alberto Fujimori, Keiko… También en su día postuló la candidatura de Mario Vargas Llosa, y él mismo quiso ser presidente de Perú.  Considero que sí importa la ideología puesto que se defienden planes distintos si eres de izquierdas o si eres de derechas, pero me recordé que no es lo mismo una derecha democrática que una recalcitrante. Cuando se llega al gobierno se trabaja para todos sin exclusión, eso sí, lógica y necesariamente desde programas distintos si perteneces a un ideario o a otro. Se supone que no somos enemigos sino adversarios y que ante un mismo problema ofrecemos soluciones diferentes. También me dije que el contenido de los conceptos cambia según en qué país nos situemos, y que tampoco es garantía haber sido elegido democráticamente si luego se cambian leyes de la Constitución para acomodarlas al gusto de quienes llegan al poder, y no porque dichas leyes sean injustas.
Escuchando sus programas de análisis político me sentí muy distanciada de él, pero en ningún momento puse en cuestión su valía aunque a menudo J. Bayly pecaba de visceralidad con sus filias y sus fobias, incluso arremetía contra los invitados y tuve serias sospechas de que al vivir actualmente en Miami, consciente o inconscientemente, tal vez se sintiera en la obligación de compartir “enemigos” comunes, y que de algún modo eso era ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, porque quien más quien menos tenemos nuestro trozo de acera que barrer, pero para entonces ya le había cogido mucho afecto y me dije que si fuéramos amigos habría temas que no podríamos tocar debido a las profundas discrepancias, a no ser que ambos alcanzáramos un mayor crecimiento para la argumentación y el diálogo. Deseé con fuerza que sus posturas no respondieran a la defensa a ultranza de los privilegios de clase por la que tal vez él tendría sentimientos ambivalentes y a la que en el fondo deseaba pertenecer no sólo por cuna sino por decisión propia  -no en vano es hijo y nieto de los dueños del banco más importante de Perú- aunque yo pensara en determinados momentos escuchándole y leyéndole que quizá había nacido en una familia equivocada dadas sus características de personalidad: una madre perteneciente al Opus Dei, once hermanos, un padre homófobo que le maltrató y al que sólo perdonó en el lecho de muerte, y un colegio con pedigrí en el que sufrió abusos.
En mi país hay periodistas vocingleros que presumen de ser críticos con todos, simulando independencia, y piensan que esa actitud les sitúa por encima del bien y del mal, a la vez los hay resentidos que deseaban entrar en política para detentar algún cargo relevante y que por despecho al no haberlo obtenido se dedican a incendiar. Siempre he pensado que lo que subyace bajo esa toma de posiciones es falta de compromiso y una actitud mercenaria. La independencia no es criticar a diestro y siniestro por sistema, sino señalar las injusticias, y tu voto se deposita en las urnas y no pasa nada porque se note cual es. Perdón por el mitin.
Leeré con fruición la obra de Jaime Bayly y seguiré discutiendo con su escritura como disienten los amigos de verdad, me ha gustado conocerle.
Pili Zori

NORMAN, película de Joseph Cedar


He estado viendo esta tarde la película “Norman” escrita y dirigida por Joseph Cedar.
La crítica en su momento no fue magnánima con ella, salvo por la interpretación de Richard Gere, siempre impecable y brillante, su nombre -sinónimo de prestigio, garantía y versatilidad- es el aval y la carta de presentación que abre todas las puertas a cualquier cineasta. Creo sin embargo que Cedar eligió a propósito la sencillez y se mantuvo fiel sin hacer concesiones de vistosos oropoles, tal vez por esa razón Gere acogió un relato que da luz al mecanismo de los entresijos que se cuecen en las relaciones de esa especie de jet set de dirigentes, a veces los asuntos complejos y oscuros en apariencia son más simples de lo que imaginamos.
Muchos críticos enfocaron el filme como un alegato irónico-patético-tierno sobre el tráfico de influencias y las cadenas de favores que se producen en clave judía; desconozco si es tópico o no, pero lo cierto es que siempre se ha dicho que los judíos se ayudan entre sí, y en muchas películas americanas vemos la parte negativa y también positiva que esa actitud de pertenencia tan comunitaria tiene (por la seguridad y protección que otorga, pero también por la asfixia prisionera que al igual hace sentir debido a la fiscalización e injerencia), y más en el ámbito de Nueva York cuya élite de magnates de origen hebreo es de sobra conocida.
Norman es ¿perdedor?, ¿antihéroe?, ¿pícaro?, ¿un oportunista desesperado?, ¿un pelmazo recalcitrante e insistente? o ¿un hombre bueno con capacidades de anfitrión, asesor, mediador, vinculador? Las preguntas se quedan en el aire y sólo el espectador tiene la potestad de calificar a alguien tal vez inclasificable.

En el largometraje se juega con la ambigüedad de Norman, un hombre que todos conocen, pero que sin embargo nada saben de él, ignoran dónde vive, si tiene familia, cuál es su trabajo en realidad, si tiene patrimonio, si alberga sueños de grandeza para ser influyente, o si sólo busca un lugar social en el que poder ejercer vínculos y relaciones para mejorar el mundo con su pequeña o gran aportación, o si por vanidad pretende el beneficio para sí mismo tan sólo por el deseo de codearse con los más destacados para figurar, ¿roza la corrupción? de nuevo el espectador decide.
Lo cierto es que Norman me ha dejado muy pensativa con un tema que me trae mártir desde siempre: ¿Importan los motivos, las intenciones, o sólo cuentan los hechos? ¿Cómo estableces una especie de decálogo para especificar lo que está bien o mal en cuestiones más sutiles, menos toscas, de esas que no saltan a la vista?, ¿cómo distingues una conducta social equivocada movida por la buena intención?, habría que definir de forma más específica y a priori la clase de líos en los que una “buena” persona puede meterse, aunque ser bondadoso no exima de pagar el mal causado, las mil maneras de embaucar en las que se puede ver envuelta dicha persona. Termino desembocando de forma irremediable en que hay que “odiar el delito y compadecer al delincuente” y agradezco a Concepción Arenal que fuera tan diáfana en sus sentencias, pero por desgracia no hay demasiados asideros como ése.
La frase “A veces los árboles no te dejan ver el bosque” me ha puesto nerviosa desde que era niña porque pienso que expresado a la inversa quizá el bosque no te deje ver los árboles, y que lo colectivo se forma con lo individual, y no sé qué es lo prioritario. Corrijo, en el fondo sí lo sé: creo que hay que mirar primero cada uno de los árboles y luego el conjunto de todos ellos, pero es tarea trabajosa y resulta más sencillo adocenar.
Todos tenemos miedos no sólo a los males que nos puedan infligir desde el exterior, también nos aterran los daños que podemos ocasionar nosotros, yo por ejemplo temo ser convencida fácilmente, me da miedo no saber discernir, es decir me aterra ser injusta, aunque lo soy a menudo, por la boca muere el pez, tengo un enojo feo, pero eso sí lo sé, como también sé que no quiero deber favores, ni pagar facturas de amistad, aunque parezca orgullosa, un amigo es otra cosa.
¿Quién o qué define la diferencia entre justo e injusto?
Joseph Cedar
Caminamos por la vida como si fuera innato distinguirlo y no lo es. Y sin saberlo mos las tenemos que arreglar para educar a los hijos, para defender y defendernos, para no avasallar ni que nos esclavicen.
Las metáforas de la película tal vez sean demasiado evidentes como el espejo de ese otro hombre con aspecto de mendigo en el que Norman se reconoce con dolor al verse y escuchar sus mismas frases en la boca de él, o la escena en la que cae encima de las bolsas de basura que contribuye a arrojar el rabino, o la humillación que recibe por ¿colarse de rondón? en la casa de un prócer... ¿Cómo entiende el éxito un judío?, ¿cómo se,  relaciona con el dinero?, ¿acaso la película cae en el malicioso tópico que dice así: “Para el dinero todos somos judíos”? pero si quieres ser didáctico hay que ser simple sin que por ello el arte se resienta y la película no deja de ser un cuento para adultos, con moraleja por voluntad de su director.
Como broche y al final se enumeran los logros anónimos que gracias a Norman se consiguieron y el espectador se pregunta ¿por qué el talento florece si viene de cuna, pero si tiene la mala suerte de aparecer dentro de un “mindundi” de un “don nadie” es condenado al ostracismo? Que no tomen a alguien en serio, que no le dejen ocupar su espacio y encontrar su sitio en “sociedad” no significa que no lo tenga, a veces la vida parece ese cruel juego de sillas en el que hay muchos para pocas.
Hace casi treinta años alguien me dijo: “Tú pareces poco y luego eres mucho”. Ni se imagina el daño tan enorme que me hizo al definir mi realidad.
Nunca he sabido lo que hay que hacer para “parecer mucho”, pero tampoco he querido medrar como a veces parece que le ocurre al protagonista, esa es la incógnita, yo la resuelvo pensando que Norman sólo es un hombre bueno y con talento que simplemente desea hacer méritos para sentirse perteneciente a su grey.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro con libros, cine, relatos, opiniones o artículos.
Pili Zori

CUADERNO DE NOTAS: TRAS LAS ELECCIONES


Dice Rosa Montero que “Somos gilipollas” tras ver el resultado de la izquierda en las elecciones de Madrid.
Sus opiniones me importan, aunque soy chica de provincia, pero me valen también para mi ciudad tan próxima a la suya. Y al hilo de su dolorida exclamación pienso que tal vez -aunque peque de simplista y parezca que me voy por una de las muchas tangentes- el problema resida en que se han dejado las tertulias televisivas como sucedáneo del alimento político y el gran público es lo único que consume y da por bueno.
Quizá sea necesario que quienes podéis, por poseer las herramientas y el conocimiento, seáis didácticos –y subrayo el concepto pedagógico y descarto el proselitista- para que vuelvan a funcionar las redes como ágoras y se potencien de nuevo las asambleas en todas partes, y que cada espacio: Sanidad, educación, vivienda… sean expresados y explicados por quienes cada día abren el tajo y viven y padecen sus problemas, puesto que está demostrado que hablar entre nosotros no sirve.
Estaría bien eliminar la ironía inteligente de las opiniones de izquierdas porque no todo el mundo la pilla, y a menudo coloca a quien la usa como a alguien que se sitúa por encima, y esa actitud siempre acompleja, aparta y cierra, y en mi opinión se deduce que las broncas también sobran por completo, al menos las que se emiten hacia afuera, la autocrítica interna nunca estorba.
Deseo que se infiera de mis palabras que los contenidos de carácter intelectual sólo sirven si gozan de ambas lecturas: la más avezada y también la universal que pueda entender cualquier recién llegado, y si me apuras hasta un niño. Todos somos sociedad y aportamos cada uno nuestro equipaje por pequeño que parezca.
La figura del intelectual no puede ser oscura, ni elitista ni endogámica. Entender la política es el primer paso para poder ejercerla desde el voto y honestamente pienso que hoy por hoy hace falta explicarla comenzando por el significado de los términos más sencillos hasta llegar a su máxima complejidad, y a ser posible hacer que resulte amena y comprensible en toda su amplitud, tal vez de ese modo desaparecerían los sectarismos, seguidismos de orejeras, las actitudes de cliente en busca de la mejor oferta… y sabríamos que la política no es un mundo aparte y excluyente y todos encontraríamos la manera de aportar.
Confieso sin ambages que soy torpe para la comprensión de los entresijos del juego político, para echar cuentas que se salgan de los votos emitidos uno por uno, para entender repercusiones, pero otras cosas podré dar a cambio, al menos siempre tengo la antena parabólica y el radar encendidos y no suelo ser el eco de lo que escucho en la radio, en las cadenas de televisión o leo en la prensa sin antes haber intentado al menos digerirlo aunque me cueste rumiarlo durante más tiempo que a otros.
Desconozco las razones que un buen analista o sociólogo me podría dar, pero lo cierto es que siento que estamos en una sociedad bastante idiotizada en general que me recuerda a la que criticaba Gustav Flaubert a través de los personajes y protagonistas de su novela Madame Bovary lamentando que hubiesen hecho una revolución en Francia contra la aristocracia para que después la burguesía sólo pensase en imitarla, y la única explicación que se me ocurre es la de que nos falta cultura política, o tal vez cultura en general, (se sobreentiende desde el primer renglón que no me excluyo de la carencia) tal vez soy mayor, del jurásico -palabra que le robé en su día a Rosa Montero- pero echo de menos revistas como Triunfo, Tiempo de historia, periódicos como El Sol… libritos como ¿Qué es la democracia?, ¿Qué son los sindicatos? Y hasta la altura moral de los políticos de entonces, los que poblaron los últimos años de la dictadura en clandestinidad y los primeros de la transición.
Y luego está la parafernalia de cómo los políticos exponen desde las alturas los planes que nos atañen. Al igual que cuando un cirujano o cirujana terminan una magnífica y eficiente operación que salva o mejora la vida de otro y no reciben aplausos, ni se los llevan los docentes, ni los arquitectos o los obreros de la construcción, tampoco es bueno que demos palmas en los mítines puesto que los ponentes no son estrellas del rock. Naturalmente lo digo en sentido figurado, el aplauso espontáneo siempre es una muestra de gratitud. Lo que intento expresar con el ejemplo es que los políticos no tienen que llevar palmeros ni corte de aduladores ni estamos bajo sus púlpitos para engordarles el ego, la altura de los ojos está mejor. Y ya puestos quienes nos encontramos al otro lado del televisor deberíamos ser nombrados como televidentes o usuarios y no como espectadores en el caso de dichas tertulias porque se supone que los que las dirigen no están haciendo política show, hay demasiados maestros de ceremonias.
Esta vez, aunque entiendo el disgusto de Rosa Montero discrepo porque los votantes de izquierdas no somos gilipollas en todo caso lo han sido los dirigentes por no representarnos ya que desde el minuto uno nos hemos desgañitado pidiendo la unidad.
Un abrazo 
Pili Zori

CUADERNO DE NOTAS: DÍA DE REFLEXIÓN

Estamos en el periodo de reflexión y a ello me dispongo antes de que se emita nuestro voto.
A mi modo, intento atisbar el trasfondo y el porqué de alguna tendencia en concreto que en el presente me parece incomprensible y desearía ser capaz de desgranar al menos algunos de los posibles motivos que llevan a votar un discurso tan trasnochado y casposo pero no por ello exento de peligro:
Hay mucha gente que no siente orgullo por ser nombrada como clase obrera o trabajadora, quizá porque en su escala de valores se halla incrustada la falsa premisa que considera dicho título como inferior, y la palabra “clase” no como conciencia de ella sino como la definición del status superior al que quiere parecerse, “fulano es un tío con clase”, de manera que tal vez -y debido a que tienen esa convicción- intenten exhibir los signos y señales económicos que emulan e identifican la apariencia de quienes ellos creen que están situados por encima en la escala social para así sentirse igualados: un “buen” coche, es decir un automóvil caro, una “buena” casa: “unifamiliar o pisazo”, un modo de vestir con firmas o marcas y “niquelao”, la fachada ya está lista. Ahora falta la manera de “pensar como es debido” afluente del largo río que ha recorrido décadas de dictadura unidireccional y que sin duda -en el interior de muchos hogares- se ha seguido regando casi a escondidas hasta que la planta estuviera frondosa para sacarla al exterior con aplomo y sin sentir ni un ápice de vergüenza, porque el momento ha llegado, vuelve el tiempo de los monopolios (como veis evito decir de los fascismos porque últimamente están más indefinidos, de nuevo exaltan a la patria o a la raza, se sobreentiende que si hay extranjeros pobres llamando a la puerta pues ya tenemos enemigos, ¡hala!, a armarse como dijo Charlton Heston presidiendo la asociación nacional del rifle, ya se sabe que todo lo que viene de los EE UU es de calidad inigualable puesto que lo propugna la potencia del país más “adelantado” del mundo, ¡preparados!, ¡listos!, ¡apunten! ¡fuego!).
“Educar en valores” lo llaman ahora, idea que proviene de ese mismo estanque de más de cuarenta años y que contiene una sola religión, el clamor de “lo que aquí hace falta es mano dura”, “esto no es libertad sino libertinaje”, “es que según va vestida lo está pidiendo a gritos”, "Usted no sabe con quién está hablando", “juntos pero no revueltos”.
Eso sí, si toca divorciarse “viva la incoherencia”, y el dinerillo negro fuera del mapa, si la nena se desliza… “ahora no, que tiene que terminar la carrera, y con ese pelagatos menos.” Pues a beneficiarse de lo conseguido por los plebeyos, con alguna salvedad por supuesto: "lo de éstos a oscuras no vayan a casarse los dos maromos por toda la cara y a plena luz del día buscándonos el deshonor y la ruina", "una mujer vistosa y tradicional hijo, que sepa estar, y luego a hacer de tu capa un sayo si es que la manía no se te pasa, que la vida si uno quiere es un amplio y hermoso armario.” “Y Hacienda vosotros, que eso de que somos todos… Bien me lo he sudao para que vengan a llevárselo crudo quienes nos quieren inflar a impuestos”.
Ah, amigo, pero para incordiar y desconcertar surgen como setas profesores con coleta, economistas con rastas, ingenieros agrícolas que cuidan ovejas para resucitar la España vacía…"¿para qué les hemos dado estudios? ¡ay qué sofocón!, ¡qué disgusto!", y esa colección de incongruencias que promueven hijos y nietos que visten sin traje pero que saben llevar corbata cuando corresponde, y que tienen coche grande y casa ancha –eso sí, con hipoteca- para transportar y criar a los niños, para meter la compra en el maletero profundo, aunque usen más la bicicleta, tan diversos tan dispares… "¡qué tremendo despropósito!, ¡esos descamisaos no tienen derecho a vivir como nosotros!, una merienda de negros, es lo que es este batiburrillo de gamberros y sospechosos del demonio que a saber lo que hay detrás, que nadie da duros a pesetas…, a dónde vamos a llegar. ¡¡¡Esto es el acabose!!!”. 

Y lo de “Libertad, igualdad, fraternidad… cosa de los franceses, que siempre la están liando…”

¿Qué? ¿verdad que como decía al principio suena antiguo y casposo? pues es lo que hay. Ah y se me olvidaba, ¡que viva la pena de muerte!

No conciben la entrega sin obtener beneficio, la solidaridad cercana, el voluntariado social laico. Y entonces ofenden sin miramiento a esa persona tan generosa y tan maja que tienen tan próxima y con la que siempre pueden contar, pero que no saben a quién vota, y se permiten la ofensa de comparar a Vox con los izquierdosos... y afirman sin cautela en sus narices: “porque los extremos se tocan”. 

El pensamiento único es lo que tiene que se cree con derecho a privilegios que no otorga.

Y llegados a este punto quien escribe estos renglones se inunda de pena mientras clama en el desierto con impotencia ¿a esos quieres parecerte? porque siente que el problema de su país tan amado tal vez sea la falta de identidad, no saber poner nombre a la pluralidad y ese miedo tan enorme a ser libre por no haber practicado durante tantos años.

P. D. Espero que se sobrentienda el tono irónico de mi pobre soliloquio.

Un abrazo.
Pili Zori

CUADERNO DE NOTAS: VOTAR Y SEGUIR LUCHANDO


Mientras las empresas privadas se comporten como dictaduras que castigan subrepticiamente a las mujeres que deciden tener hijos y criarlos, y les corten de raíz ascensos o desarrollo aunque su eficacia en el trabajo sea brillante, mientras se penalice sin decirlo a quienes no se quedan a trabajar fuera de su horario laboral, mientras no se vigile el mobbing, mientras no se paguen salarios dignos que permitan mantener en pie a tu familia y a tu casa, vestir, dar de comer a tus hijos, enderezar sus dientes y ponerles gafas, escolarizarlos para que lleguen a la universidad o a las escuelas especializadas en la vocación de oficios… ya podemos hacer maravillosos debates televisivos al estilo yanqui y vestidos como John Fitzgerald Kennedy, y presentar preciosos programas de partido globales que hagan juego con los demás Parlamentos Europeos que mientras no se vaya al detalle, ni se trabaje a pie de calle ni se inspeccione dentro de todos y cada uno de los departamentos de empresas privadas o públicas que garanticen los derechos porque mientras no se cumplan o se apliquen uno por uno todos los artículos de La Constitución ya nos podemos desgañitar masticando y escupiendo por la boca pedazos de democracia que la felicidad social –aspiración legítima y posible- jamás llegará.
Es necesario luchar, pero hay que luchar bien comenzando desde el primer peldaño en cada uno de los oficios de vivir, si no lo hacemos así todo lo demás se convertirá en esclavitud, traición y avaricia.

"RUMBOS", película de Manuela Burló Moreno


Extraordinaria de principio a fin. Un nocturno poético de vidas cruzadas que desconocen su conexión entre sí, las aparentes soledades viajan en distintos transportes hasta el amanecer; la voz persuasiva, psicoterapéutica y dulce de la locutora Julia Otero, (que interpretó para esa noche el registro más íntimo que requiere el formato de los programas de esa franja horaria en los que se invita a la confidencia) es el pespunte que une dichas existencias.
Con diálogos hondos y brillantes, el magnífico elenco de actores aguanta el primer plano sobre el rostro, en el que resulta imposible mentir o utilizar trucos de interpretación sólo física, no queda otra opción, hay que transparentar bajo la piel y subir a los diminutos gestos de la cara el sentimiento, el pensamiento… para asomarlos a los ojos, para encontrar el tono y matiz exactos en el quiebro de la voz, de la inflexión, de las decisiones, del cambio y que todo ese mundo que se remueve en el interior de la actriz o del actor aparezca en la garganta y salga por los labios, y el logro consiste en hacerlo dentro del constreñido habitáculo de un automóvil: un coche particular, un taxi, un camión, una ambulancia, un descapotable, un autobús… son los vehículos que transportan por una ciudad refulgente como una joya que -como diría o titularía Javier Marías contiene a “Todas las almas”- a unos cuantos ejemplos del pulso, del latido unísono y urbano; esos automóviles llevan dentro las zozobras, decepciones, y también esperanzas de sus conductores, copilotos y pasajeros.
Al entrar en la película asistimos a la entrega del testigo o de la antorcha en la que la frase de amor "Prometo que nunca te faltarán los besos" y que conquistó a la esposa de un taxista (Karra Elejalde) -que trabaja de noche para estar más tiempo junto a su mujer (Nora Navas) durante el día- finalmente no sirve, y sin embargo sí vale para otros: Para el camionero (Fernando Albizu) que no sabe cómo declararse a la mujer (Carmen Machi) con trágico pasado que le ha enamorado por primera vez en su vida.
Observamos expectantes y con preocupación el tumulto interior de dos adolescentes (Emilio Palacios, y Christopher Torres) que trasladan a toda velocidad -dentro del descapotable tomado sin permiso- la necesidad de estampar el vértigo y el miedo que sienten ante el umbral de la transición, del salto hacia la vida adulta sin protección ni paracaídas.
Nos introducimos en la ambulancia para escuchar los merecidos sueños cumplidos del conductor (Ernesto Alterio) y la decisión que -gracias a sus sutiles y respetuosos consejos- toma su compañero (Rafa Ordorika), pero un giro temido y a la vez inesperado  tras ese canto a la amistad nos cortará la respiración: tendrán que acudir a un desenlace -no necesariamente triste- que jamás habrían querido atender. La vida es frágil, muy frágil.
Y por supuesto falta el broche de oro que curiosamente se produjo en el arranque del filme, en el comienzo y para desencadenar, y no es contrasentido en este caso que utilice el infinitivo desencadenar unido al del verbo abrochar porque el largometraje está lleno de enlaces y desenlaces, de amor y desamor, de esperanza y desesperanza…  puesto que todo pasa, todo queda, y también se acaba para volver a comenzar.
Así empieza la película, con la chica (Pilar López de Ayala) que el día de la boda de su hermana y a punto de ir a vivir con su novio es abandonada por él (Miki Esparbé) que tiene la desfachatez de romper con ella manipulando e invirtiendo los términos para que se sienta culpable de lo que en realidad le ocurre a él por su falta de compromiso. Ella, tras bajarse del coche, tomará el taxi de Karra Elejalde y ahí se producirá uno de los primeros espejos en esa especie de boomerang que va y viene de unos a otros.
No es de menor importancia el paisaje y paisanaje urbano que el espectador va contemplando a través de las ventanillas porque también define con sensibilidad y potencia a la ciudad, véase si no a la mujer que le lleva comida al perro de un mendigo sin dignarse a mirar el rostro del propio indigente hambriento. 
“Rumbos” es una bellísima obra de arte escrita y dirigida por la cineasta Manuela Burló Moreno, tiene una composición, sincronía, tono y ritmo perfectos por la medida exacta de sus ingredientes. No me importa su clasificación como melodrama, o drama con pinceladas de comedia… ni que sea tan tierna y dulce como los bombones derretidos que se come Carmen Machi porque reitero una vez más que distingo las buenas comedias porque cuando las desenvuelvo comprendo que sin el celofán, el papel dorado o el de plata, podrían ser tragedias o dramas de la misma calidad, y viceversa, esa es para mí la prueba del nueve.
Manuela Burló Moreno
Pero como toda naranja en su punto de aroma, color, belleza y jugosidad es inevitable que atraiga a los mosquitos: algunos críticos son moscardas que confunden tener criterio con amargar, y lo amargo va incluso después de lo ácido. No son mejores ni peores la suavidad de las líneas en una escultura que las requiere, como tampoco los ángulos en otra que los precisa, los estilos están para algo, y siempre son cofres cuya calidad depende de con qué los llenes.
Ahora que estamos en tiempo de elecciones me atrevo a decir que el arte siempre va por delante y que lo que encierra cada fotograma de esta película es el retrato de lo que somos, de lo que verdaderamente nos importa, de lo que sentimos y pensamos, de lo que nos unifica, esa nítida fotografía que nunca miran los políticos.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori