EL PORTAZO


Relato
Pili Zori

Luz empujaba los puños contra el interior de sus bolsillos, la barbilla distaba apenas unos centímetros de su pecho, desde la frente iban cayendo los pensamientos oscuros y aturdidos, y las interrogaciones creaban el espejismo sonoro de estrellarse contra la acera como herraduras cojas:
¿Por qué todo el mundo confunde ser servicial con servilismo?, –se preguntó con impotencia- ¿ser colérico con tener fuerza de carácter?, ¿la ira con el arrojo y la valentía?, ¿la prudencia con la cobardía?
La nariz exhaló vientos de dragón hervido.
Se detuvo de súbito con el ceño fruncido y el amplio bolso le golpeó la espalda ante el brusco giro, las costuras de los bolsillos interiores del abrigo estaban a punto de estallar. Tenía el rostro encendido. Separó la aldaba de bronce durante unos segundos de indecisión y llamó a la puerta, tres golpes secos por la costumbre de santiguar que la doña impuso. Cuando chirrió la hoja al abrirse se reprochó de forma inconsciente que hacía tiempo que no le echaba el tres en uno a los goznes.
Los oscuros ojos de la mujer encubrieron el instante de sorpresa anhelada para rasgarse y estrecharse de inmediato empequeñecidos, el miedo se vistió de orgullo tirando del pelo hacia arriba y la mujer embistió con la frente interrogante contra la glauca mirada de Luz. Antes de que la dueña de la casa abriera la boca al otro lado del umbral ella tomó la palabra de forma atropellada.
-Sabe lo que le digo: que me he dado la vuelta porque no quiero irme como un perrillo asustado y sumiso que no ha hecho nada malo, así que limpie usted su porquería, vacíe su inodoro con la esponja y el trapito y no con la escobilla, no olvide fregar los charcos de su precioso vástago sin puntería, compre un puntero laser para señalarle a otra las telarañas, pásese el dedo por donde más le guste que se le va a estropear la laca indeleble de las uñas de tanto sobar los marcos de los cuadros buscando el polvo inexistente, y no lo digo con segundas, y dígale a su nene que meta su pulido pito en un enchufe porque ésta –clavó los dedos en garra en el canal de sus senos- está harta de hacerle regates, la lástima es no haberle apuntalado la aspiradora a ver si se le quita el estreñimiento heredado, y sabe lo que le digo: pues que le pele los garbanzos Rita la Cantaora, y guarra e inútil será usted doña frustrada.
Gloria miró en shock la espalda erguida y voluntariosa de Luz y la coleta morena que como un látigo sacudía los improperios que aún se habían quedado mordidos y sin pronunciar dentro de la estilizada nuca. Permaneció sin reaccionar durante unos instantes interminables, pero como si un destino corpulento la empujase se colocó el abrigo cual capa enfurecida y dejó detrás del portazo el eco de ¿Están ya las tostadas? proferido por el NiNi.
Corrió en pos de ella y al alcanzarla caminó ladeada para verle el perfil. El mechón rubio y cardado cayó sobre la sien izquierda.
-¡Yo no te he echado! ¡Te has ido tú porque eres una soberbia y no reconoces ninguno de tus errores!
-No señora, me voy porque es usted muy tóxica y desagradable.
-¿Acaso tienes quejas del sueldo? Porque si querías un aumento no tenías más que decirlo.
-No se entera usted de nada. No sabe separar las cosas.
Gloria tragó saliva. Por primera vez en su vida estaba aprendiendo a concretar sin las frases patrón tipo, por primera vez en su vida estaba dejándose llevar, por primera vez en su vida supo lo que le pasaba, pero para lo que le ocurría no tenía palabras manidas. Guardó unos momentos de embarazoso silencio. Tiritó antes de estrenar la desnudez del nuevo lenguaje y balbuceó como corresponde en el inicio del aprendizaje.
-Sí sé separar.
Luz se detuvo en seco, con la fuerza de un tropiezo, para mirarla desafiante y a la espera.
-No quiero que te vayas porque… al menos para mí eres mi mejor amiga. –El sonrojo se elevó desde el cuello-. Quién si no va a comprenderme más, si conoces mi ropa sucia en todos los sentidos, y esa confianza si no es correspondida también hiere. Yo no veo tu cama revuelta, ni huelo tu cocina, ni sé si está limpio o sucio tu retrete, y para tus asuntos eres muy reservada.
Luz esquivó los ojos oscuros que en ese momento se clavaban en los suyos como dardos.
-Entonces ¿por qué no se le cae la cara a pedazos de vergüenza cuando me humilla?, sólo sabe sacarme defectos, jamás un elogio, nunca se disculpa porque piensa “ya se le pasará” –elevó los brazos y se golpeó los muslos al dejarlos caer- como es tonta y todo lo aguanta porque no tiene donde caerse muerta según usted…
Los ojos de Gloria, llenos ahora de rojos relámpagos en derrame se anegaron.
-¡Porque tú también eres una chula! –vociferó- ¡que me arranca el sueldo de las manos como si fuera una barrera espinosa entre nosotras!
La saliva subió y bajó por la garganta de la auto-desempleada.
-Pues ¡hale! –Luz cruzó los brazos con fuerza- ya no hay sueldo y ahora qué.
Gloria tomó aire para serenarse tras el respingo.
-Ahora me gustaría que entrásemos en esa pastelería y nos tomáramos un café.
La señora cruzó más el abrigo contra el pecho pinzando las solapas con la mano cerca del corazón. También era la primera vez que mostraba su vulnerabilidad voluntariamente. No sólo la daba a entender o la transparentaba como en otras ocasiones.
-Y… que todas las semanas fuésemos al cine porque a Arturo no le gusta, ya lo sabes, el día que te viniera bien en… el otro trabajo que encuentres. Y no creas que la casa va a ser un desastre sin ti, porque me he fijado en como lo haces, aunque hayas creído que no y en el fondo te he pagado por enseñarme, un master en limpieza y orden ya ves. Y digo yo que algo bueno habrás aprendido tú también de mí durante este lustro.
Luz boqueó unos momentos hinchada como un pez globo, pero se desinfló en segundos recogiendo el quid pro quo, al fin admitía que ella también se defendía atacando y que no era plan. Carraspeó trazando pequeñas curvas con la punta del pie.
-Sí, Gloria -admitió- he aprendido de ti que ser bueno o ser malo no es un rasgo fijo del carácter sino una decisión y lo que estás haciendo con tu declaración nadie hasta hoy lo había hecho por mí. Tienes una forma de enfadarte fea y altanera, pero yo no me quedo atrás, así que si me lo pides te perdono, pero me lo tienes que pedir, y también te pido perdón a ti.
Se produjo un silencio torpe, esencial, infantil. Luz volvió a rellenarlo.
-Todavía ponen en el cine Criadas y señoras.
Se miraron, inflaron al unísono las mejillas y explotaron a reír.
-O madres e hijas… bueno ya encontraremos una de amigas que no sea Thelma y Louise.
Los ojos de ambas se besaron
Luz pensó que le irritaba no advertir el comienzo de los hechos, porque tenía muy claro que su amistad no era de hoy, pero tampoco recordaba de cuándo.

Pili Zori.

Cuaderno de notas: Sentada frente a un hermoso edificio.


Sentada frente a un hermoso edificio de mi ciudad reflexiono sobre los protagonismos ¿Quiénes lo construirían? Gentes sin firma –me respondo- el monumento no las tiene por ningún sitio.
Lo primero que miro es la fachada, espléndida, acapara toda la atención, pero los contrafuertes son los que la sujetan.
Hay tantas pequeñas cosas anónimas que no se mencionan, en las que apenas reparas… pero una olla a presión no funciona sin su diminuta válvula, una gran mansión no se abre sin su pequeña llave, un cochazo imponente no anda sin una pequeña tuerca imprescindible en su interior.
No sé quiénes comenzaron a inculcar la idea de sobresalir, de ser el mejor, de destacar, de competir… Es una falsa premisa que produce demasiada frustración y unos enormes cólicos de ombligo que nos inflaman el ego.
Somos parte de… y sin los contrafuertes no nos sostenemos. Cuando vemos una fachada suelta o una columna aislada es que estamos contemplando una ruina. Formamos parte del ensamblaje de un todo y saberlo es lo que nos vuelve importantes.
Hace muy poco tiempo que estoy usando Facebook, puede que pronto le vea los inconvenientes, pero en este momento me parece una metáfora de lo anteriormente dicho: hay tanta gente interesante en cualquier campo que estoy deslumbrada y la mejor medicina contra los ataques de ombligo es la humildad.


Pili Zori

¡Vete a la cocina!, ¡a fregar!, ¡guarra!



Estos y otros exabruptos, (por no decir malolientes eructos imperativos con vocación fallida de insultos), lanzaron unos jugadores veteranos a un equipo de futbol juvenil femenino, no reseño el nombre porque desgraciadamente son intercambiables y se repiten con demasiada frecuencia en otros partidos y también en ámbitos diversos. Las mujeres los hemos aguantado estoicamente durante décadas en el trabajo, nos hemos sentido en corral ajeno al entrar en un bar… pero yo creía que esos ecos de “Tambores lejanos” habían quedado en el pasado remoto, aunque sólo fuera por vergüenza, pero no, siguen cercanos y muy presentes con su ensordecedor aporreo.
En el fondo lo que de verdad me ofende y al mismo tiempo me hace reír es la ignorancia de quien te envía a la cocina con la estúpida pretensión de agraviarte, de relegarte, su absurda bravata demuestra que desconocen lo que en ese paraíso se desarrolla, quienes así actúan son personas que viven en la superficie de la vida sin poder contemplar al “dios de las pequeñas cosas” –como diría Arundhati Roy- y por eso blasfeman contra él. Son seres que cuando alguien les pone un plato lleno de comida casera bajo la nariz se muestran incapaces de comprender o imaginar todos los pasos o ingredientes que lleva su elaboración, gentes que se dejan cuidar sin apreciarlo, sin merecerlo y que jamás podrán ser ni mutuos ni recíprocos, por ello están condenados a la soledad en compañía que es la peor y eso en el mejor de los casos.
La pena es que han conseguido que se extienda la creencia de que ejercer determinadas tareas –casualmente las más necesarias para que el mundo siga girando- devalúa, y que éstas son humillantes, o carecen de importancia, tanto si son remuneradas como si no.
Pues bien: una mujer puede estar en su casa y metida en la cocina por muchas razones: decisión propia o no, por fuerza mayor, por paro laboral, por acoso, por renuncia debido a enfermedad familiar, de hijos, de pareja o de padres mayores –chollo invisible para el Estado-, por no haber sabido defender sus derechos, porque señores esto es el salvaje Oeste y el territorio se gana a patadas y a codazos y quien llega primero se queda con el mejor trozo de tierra cultivable.
-Ah, que usted creía que le anunciarían y avisarían de los derechos que le corresponden. No hija no, si no reclama… pues a la buchaca. Para otra vez espabile. Hay que buscarse la vida.
-Me enseñaron que los buscavidas no son buenos. Si todos estamos censados y en los lugares correspondientes figuran nuestras situaciones laborales y familiares, de salud y de hacienda… pensé que. No he podido informarme, apenas salgo de casa, como estoy cuidando de mis padres, tienen alzheimer.
-Creíque y penseque son hijos de don tonteque. ¿No se licenció en triquiñuelas y picaresca?, ¿Acaso no sabe en qué país vive?
Cada casa es un mundo con cocina, fregadero y lavavajillas, y habitaciones amorosamente recogidas y “plumerizadas” en las que se puede trabajar, leer, ver cine, recibir a los amigos y sobre todo escuchar a las hijas a las que no disuadiste del sueño de ser futbolistas.
-¿Qué tal cariño?, ¿Cómo ha ido el partido?
-Muy bien, he marcado dos goles.
-¿Y en las gradas? ¿Se han metido con vosotras?
-Bah. Los frustrados de siempre.
Se dirige a la cocina para coger el plato con los sandwiches calentitos recién sacados de la plancha cronometrada con exactitud de reloj suizo, y el vaso, en las mejillas de los abuelos se pinta un beso de cacao templadito mientras su madre mira esa cola de caballo que se balancea sobre un perfecto y esbelto cuerpo atlético de mujer de hoy y sonríe orgullosa por la parte que le toca.
Más tarde, después del aseo de los yayos y de haberlos dejado en la cama, las dos saldrán a tirar la basura con los pañales adultos, se ducharán, no vaya a ser que desde algún graderío alguien las llame guarras, a continuación harán la cena y ambas se irán a fregar y a secar mientras el agua purifica las impurezas del día y se las lleva por el sumidero.

Pili Zori

CUADERNO DE NOTAS: DONALD TRUMP


(Escribí este artículo cuando Donald Trump fue elegido presidente de los Estados Unidos. Sigo pensando lo mismo).

A Calígula y a Nerón también les reían las gracias, pero yo tengo poco sentido del humor y Donald Trump no me hace ninguna.
Quien maneja el miedo y lo institucionaliza obtiene el poder, la fórmula para lograrlo es sencilla:
Primero se asusta de forma apocalíptica ¡Que vienen los bárbaros a quitarte tu puesto y tu pan! Como ocurría en la magnífica novela de Coetzee.
Después se busca al culpable, a ser posible un numeroso grupo étnico pobre, antes fueron los negros, ahora los mejicanos inmigrantes, para qué ir más lejos, ya daremos cuenta de los musulmanes (deseo que se sobreentienda mi tono irónico y triste). Tras sazonar con la amenaza te convenzo de que sin mí no eres nadie; a continuación hago unos cuantos alardes de poder, destituciones o ceses fulminantes aquí y allá y tu salvador ya está servido. Ahora puedo ser magnánimo para construirte la nueva fortaleza de defensa, un precioso castillo: barreras, muros, fronteras… No te preocupes, yo te protejo, eres uno de los míos. Y sin que te des cuenta a quien estoy aislando es a ti porque ya estás metido en mi “Ok Corral”.
Inventar enemigos para controlar, adocenar, acuartelar… es más viejo que el mundo. Y mientras Trump nos distrae con sus circenses y aparentemente inofensivos trucos yo recuerdo a McCarthy y todos los estragos que hizo.
Siempre empiezan con los periodistas, luego siguen con los cineastas, y a continuación con los escritores y los artistas que son quienes plantan cara.
Por mí que no quede, ya está dado el aviso.

Pili Zori

MI PEQUEÑO TALLER RUDIMENTARIO


A menudo, cuando tengo un libro entre las manos, presentado como novela, murmuro en mi interior: Esto no es literatura. No pongo en duda que probablemente su contenido resulte incluso mejor para el lector, pero pienso que encajaría más adecuadamente en una crónica, en un artículo largo, en un reportaje… Continúo con la lectura, y mientras recorro las páginas tengo la sensación de quedarme fuera, porque escucho a alguien que me cuenta pero no me introduce, dichas páginas no tienen creada la atmósfera por la que poder deambular, falta el espacio para acompañar a los personajes, sólo describen, no consigues experimentar la acción, no sientes lo que sienten, lo que piensan, lo que les aqueja, lo que les ocurre; esas hojas no te introducen en su interior anímico, eso sí, te dicen qué sucede como lo haría un magnífico guía turístico ameno y seductor. Y decido que la novela que me pesa entre las manos es una transcripción de todo lo investigado, el trabajo de campo que se supone que ha de realizar el autor o la autora antes de disponerse a escribir, en realidad -me digo cuando ya salgo por la última página- ahora es cuando debería comenzar la narración, he paseado los ojos por un “corta y pega”, por un collage de piezas colocadas con más o menos gracia, pero no por una creación. Este malestar me sobreviene, paradójicamente, con libros de autores de gran tirada y adorados por el gran público, y llegado a este punto, mi pensamiento, como es solitario y ninguna persona lo está escuchando, se permite soltar una maldad: ¿por qué tantos lectores piensan que aprenden más con estos libros, creen que reciben un barniz erudito y con la literatura no notan el crecimiento? Y me parece injusto y me “reboto” como si tuviera derecho y me fuera la vida en ello, con la impresión de que con esa actitud relegan a la literatura a un lugar inferior; y me ocurre lo mismo cuando veo que se aprecia más la lectura si lo relatado se considera real, y veo que se exclama con admiración: “¡Es biográfico, le pasó de verdad al autor!”, como si hacer literatura saliese de algún lugar tramposo que proviniese de la mentira.
Un arquitecto imagina un edificio que no existe y después lo levanta, no se parece a ningún otro anterior y para crearlo ha utilizado herramientas y métodos que antes no se habían visto, ¿entonces?, ¿cuándo comenzó a ser real el proyecto si nació dentro de la imaginación de un artista? ¿Qué es más importante?, ¿levantar una catedral o que te la describan?
En fin, queda claro que este amor mío por las novelas y los novelistas es un poco obsesivo y algo tóxico, aunque no es ningún secreto que soy pasional para todo, y así de marimandona sueno, qué se le va a hacer.
A veces comparto el pensamiento en voz alta con mis compañeros del club, (avezados, sagaces y con buen criterio literario), pero lo hago con el horrible temor de parecer pedante, sobrada, snob… y nada más lejos, Dios me libre, porque nadie es quien para pontificar y yo menos que nadie; si algo respeto es el gusto personal de cada lector, y doy por supuesto que la relación que éste mantiene con el libro elegido es cosa suya, al fin y al cabo es uno de los pocos actos completamente libres que tiene el ser humano, o casi -dentro de las posibilidades que hay para escoger en una biblioteca o librería, que no son pocas.
Mi manía de ordenar mi cabeza –puede que sin ser consciente- al estilo Marie Kondo, -un cajón para cada tema- es posible que se deba a una extraña necesidad de defender lo que a mi juicio –completamente subjetivo- es la literatura, que si lo piensas detenidamente pues me puedes decir: y a ti qué más te da, lee lo que te salga de las narices, ponle la etiqueta que quieras, móntate tu canon personal y punto. Pero lo cierto es que no trato de imponer mi punto de vista, sino compartir lo que siento. Nunca pongo ejemplos que aclararían mejor lo que intento expresar y hoy voy a hacerlo, aunque sea con alguna ocurrencia traída por los pelos. Procuraré mostrar una misma escena escrita de dos maneras distintas, después la analizaremos, un poquillo de taller rudimentario y de paso nos entretenemos:

1. María subió con prisa al caballo sin montura, de color marrón canela; el camisón se elevó sobre los muslos desnudos debido a la horcajada, galopó, el viento hizo vaivén en la melena suelta y oscura, los cascos de los perseguidores se escucharon a lo lejos. Las luces de las antorchas anunciaron la ciudad a la que quería llegar para ponerse a salvo, no iba a desfallecer teniéndola tan cerca.
Análisis:
En este primer pasaje describo una huida en la que el lector no participa de forma activa puesto que le doy todos los detalles masticados, tan sólo tiene que mirar.

2. Los pequeños guijarros rebotaban con furia contra los flancos desde los ávidos cascos, la piel del alazán se adhirió a los muslos de María, el viento curvaba ahora la horizontal de la seda del camisón que la subida a horcajadas había elevado hasta las caderas, los dedos se crisparon anillados a las crines, el largo cabello castaño rebanaba el aire en cada giro del cuello ante el mandato brusco del rostro femenino vuelto hacia la espalda, los latidos sonoros resquebrajaban las paredes del pecho sin aire; entre los golpes del corazón que martilleaban sus oídos pudo escuchar aterrorizada los relinchos cada vez más cercanos. Las luces de las antorchas perfilaron la ciudad que como una frontera la mantendría a salvo si lograba alcanzarla, clavó los talones  en su leal caballo que en ese instante se fundía con ella en la misma zozobra.
Análisis:
El segundo pasaje es el mismo pero contado de distinta manera. Dejo que el lector vaya descubriendo lo que ocurre, le permito entrar en la acción, no digo que María monta en su caballo, hago que quien lee lo deduzca, jinete y animal van al galope, quien lee lo sabe porque las pequeñas piedras del suelo rebotan contra el abdomen del alazán, tampoco explico que huye semidesnuda y descalza porque ha salido abruptamente de la cama, el lector llega a la conclusión, consigo que sienta el estado de ánimo de la protagonista -asustado y nervioso- para lograr la empatía y que se pregunte ¿de qué huye?, ¿de quién? y ¿por qué? Por las antorchas comprende que María se encuentra en una época anterior a la actual. A partir de ese momento sí querrá seguir leyendo.

Crear la atmósfera no es sencillo, pero sí imprescindible para hacer literatura, hay que saber insinuar, pedirle al lector que intuya, que lea entre las líneas… Escribes con lo que se dice, pero también con las palabras no pronunciadas, las que decides no decir pero que están, el lenguaje es el cargamento de ladrillos que necesitas para la construcción del edificio, pero en las paredes hay que dejar huecos para las ventanas por donde quieres que quien lee se asome para ver más allá, y ese más allá tienes que tenerlo pensado para que el ventanal lo enmarque. Éstas y otras muchas son las reglas del juego, si no las sabes usar la lectura se aplana, se vuelve previsible, no hay gotero para distribuir las sorpresas, los golpes de efecto… Antes de comenzar a narrar debo crear primero el esqueleto, los planos, la estructura, el continente… y éste bien puede tener un estilo nuevo o uno clásico, pertenecer a un género determinado o a otro, después el contenido puede ser de mayor o menor calidad -porque como repito a menudo, con las mismas perlas se engarzan collares distintos- ahondar o quedarse en la superficie, ser intimista, introspectivo, o de mirada únicamente exterior, de carácter social… o todo junto, pero he de quedarme a la sombra incluso cuando hablo de mí para que el lector sienta que interactúa y decida que la novela ya es suya. La precisión la pone el verbo, la belleza el adjetivo; el tono, el ritmo y la composición forman parte del misterio hasta para quienes escribimos. Las novelas han de ser hipnóticas e inquietantes, aunque nos hablen de la lista de la compra si en ella se incluye el cianuro.
Un abrazo.
Pili Zori

"Ordesa", de MANUEL VILAS


He pasado el fin de semana junto a él, el autor, Manuel Vilas, los dos sentados, él en un cómodo sillón frente a mí y yo en el sofá con la manta sobre las piernas estiradas, escuchando su bonita y sosegada voz grave, me refiero a la exterior y pública, la que he usurpado de los vídeos que generosamente proporciona YouTube –como veis no hablo de una imagen literal, no le conozco en persona- y la he superpuesto a la íntima e interior que emerge de las páginas, y la sensación ha sido dulce; me ha gustado escucharle atentamente, sentir la conexión, quizá se trate de ese vínculo que te hace exclamar ¡es uno de los nuestros!, ¡y no reniega!; porque en el endogámico mundo de los escritores, el origen humilde crea una artificiosa aureola de leyenda debido al cambio de estatus que se produce gracias al mérito de la rutilante prosa que al parecer les rebautiza y eleva a ese olimpo de dioses con trato y jerga propia, pero Vilas no se inviste con esa corona, el chico de Barbastro va por libre y en su hermosa composición de fragmentos espirales y engarzados como una bella joya (hablo de la cíclica y megalítica espiral de la vida: nacimiento, muerte, renacimiento… la línea que se aleja del punto del centro para regresar a él, el dibujo que la naturaleza repite con insistencia en millones de criaturas y galaxias infinitas queriéndonos decir lo que sólo pocos pueden captar, que no hay origen ni final sino la reiteración constante de la energía) pues bien, en ese collar de arabescos destella el lirismo de lo cotidiano y su orfebre cuenta en el labrado que ha de mirar los precios, que el dinero sí tiene importancia, que compra en Día, que limpia y ordena su casa de alquiler -la que tuvo que contratar con bastante sacrificio económico tras su divorcio- que cocina para sus hijos cuando le visitan parapetados en los cascos y en el móvil, la vida cotidiana de clase media que contempla en el escaparate prohibitivo a quienes viven mejor y se pregunta por qué… Pero la novela no va sólo de eso, aunque me apetecía introducir el prolegómeno para explicar por qué he celebrado la valentía y sinceridad de un escritor que aún se siente de provincias aunque viva en Iowa gran parte del año, mientras otros se sacuden el olor de la dehesa como si fuera una caspa inmunda carente de pedigrí. Tal vez como justicia poética por dicha lealtad, la vida le ha regalado dieciséis ediciones sin más promoción que el boca a oreja.
Ordesa habla de la pérdida, del luto anímico, de la orfandad adulta, de la culpa, de la necesidad de amor, habla de tropiezos y caídas sin eufemismos, de abusos en la infancia, de infidelidades, de alcohol, de dolorosos desapegos, pero también de volver a ponerse en pie. Es una catarsis, una terapia, pero a la vez es omisión porque evita con elegancia y por respeto a quienes posiblemente no les guste estar en las páginas; intuyo su dilema, tiene derecho a su memoria aunque roce la de los otros y por ello hay varios atisbos en neblina -por los que asoma lo impronunciable- que dejan constancia al buen entendedor. Pero he de confesar que mientras el autor me lo contaba a través de su libro y yo le escuchaba conmovida me preocupé por las consecuencias que su exorcismo pudiese acarrearle con sus hijos, deseo que en la actualidad le hayan arropado con una capa de admiración y cariño porque aunque rima con armiño abriga más que dicha piel, y Manuel Vilas se merece ese calor dado que cualquier penitencia ya va incluida en esta confesión.
Tal vez Ordesa sea el afán imposible de reconstruir -con todas las piezas que faltan- las vidas de nuestros padres con su árbol completo, con las ramas y con cada una de las hojas para así poder sentir el fluido y la suma de esa savia consanguínea que al circular por los comunicantes vasos ¿nos da la identidad? ¿o nos entrega la vida?
La dolorosa perplejidad sobreviene cuando comprobamos que desconocemos muchos de los motivos que movían, que empujaban los actos, los hechos de nuestros progenitores, que ignoramos multitud de detalles, los de antes de que nosotros fuéramos concebidos, y también los de durante junto a ellos, y los de después cuando la célula se divide y cada mochuelo se va a su olivo para anidar, no sabemos lo que sentían, nos damos cuenta de repente de que el retrato es incompleto y esa certeza nos impulsa a precipitarnos al vacío, pero quizá no se trate de conocer pormenorizadamente a la persona querida sino de sentirla y vivirla en esencia, de respetar su misterio y de amar su compañía.
Los árboles se podan, algunas ramas se pierden y no importa porque regeneran y dan nuevos frutos.
Hay que aceptar que no podemos rellenar los huecos ni los silencios, que no podemos especular con la información que no poseemos, que no conocemos el final en el guion de la existencia en el que toda la humanidad participa y que tampoco sabemos si nuestro papel en el libreto es protagonista o secundario, pero sobre todo hay que admitir que cuando hacemos un réquiem en el fondo hablamos de nosotros mismos y no de los muertos, así de duro es el hueso que tenemos que roer: el ego, por tanto reconozcamos que dicho homenaje tan subjetivo también incluye el "ego te absolvo" hacia ellos y la demanda de su absolución para nosotros, asumir el reproche -sea merecido o no- garantiza el amor. Hijos y padres somos espejos, y hay que contar con que a veces sus reflejos no nos devolverán nuestro mejor aspecto, pero sí el cariño profundo e incondicional. Como ejemplos sirven Héctor Abad Faciolince con su novela "El olvido que seremos", "Carta al padre" de Franz Kafka, "Patrimonio" de Philip Roth, "La invención de la soledad" de Paul Auster... y así podríamos seguir con el bondadoso ajuste de cuentas que también dichos autores se hicieron a sí mismos cuando murieron sus padres. 
Sé que Ordesa no gustará a quienes no han pasado por el trance, a quienes todavía no han tenido que hacer el duelo, que la verán deprimente, y sin embargo es el canto primigenio al sol, a la esencia destilada en el matraz de la vida.

He echado de menos en la novela la reproducción de las conversaciones del protagonista con sus padres, juntos o por separado, aunque constata que las había, esa ausencia hace que en ocasiones los trazos sueltos resulten anecdóticos o excéntricos, que el relato peque de incomunicación, pero es una opinión personal naturalmente, porque la autobiografía es un desnudo anímico al que el autor debe ser fiel, y transmite el modo en el que el protagonista rumia sus zozobras en soledad.
Escribí una novela que todavía es inédita “Sin dioses que nos miren” que se hermanaría con la de Manuel y entonces sí que mantendríamos una conversación completa. De momento me conformaré con compartir algunas de las condensadas, sinceras, y vividas frases que contiene Ordesa, destilar belleza es el trabajo más desgarrado y difícil de un escritor, Vilas la alcanza incluso rasgándose vivo con zarpazos contra sí mismo.

"La pobreza te acaba envenenando con el sueño de la riqueza".
"El dolor no es en absoluto un impedimento para la alegría".
"De la amabilidad y la cortesía nace siempre la elegancia".
"Cuando más miedo tienes más sobrevives".
"Todos somos vulgares"·
"Te desvaneces con paz si dejas todo resuelto a los hijos".
"Hablar con mi madre muerta ¿es lo mismo?".
"Mi madre sí está porque yo soy ella".
"Me di cuenta de que valía la pena vivir aunque sólo fuese para estar en silencio".
"Mi padre no vio la casa de mi soledad".
"Mi madre no entendía el tiempo".
Y por último una frase fuera de la novela que le escuché: "Busca que lo recordado sea verdad".

Ha sido un placer conocerle a través de su escritura, Señor Vilas.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori.

"En la orilla", de RAFAEL CHIRBES


Rafael Chirbes murió en 2015: cáncer de pulmón; de manera que me resulta imposible no imaginar que cuando escribió esta descarnada novela ya era conocedor del diagnóstico, deduzco que no reveló la noticia a juzgar por la sorpresa que su fallecimiento suscitó en el gremio, en la prensa y en los medios. Durante toda su vida permaneció soltero y solitario pero no por ello carente de amigos, entre ellos el señor Herralde, su prestigioso editor; y me conmueve profundamente que tomase la decisión de dejar En la orilla como su última entrega, su legado, su declaración de principios, al menos esa es mi sensación ya que entre las líneas y en pequeñas salpicaduras irónicas se trasparenta la preocupación sobre cómo sería su marcha, su despedida. Un legado que me remite a Steinbeck y una intención que me lleva hasta Gabriel Celaya y su poema “La poesía es un arma cargada de futuro” y que de algún modo suscribe la novela verso a verso:

Cuando ya nada se espera
personalmente exaltante
mas se palpita y se sigue
más allá de la conciencia
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas.
Cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros
De la muerte,
Se dicen las verdades:
Las bárbaras, terribles, amorosas crueldades…

Continuadla vosotros si lo deseáis porque es monumental y hermosa.
“En la orilla” es una novela valiente de forma superlativa, necesariamente dura, desgarradora y atroz; Chirbes no le hizo concesiones al lector para que la comprendiera con más facilidad, decisión difícil como todas las que tomó al crearla y que finalmente agradecemos. El autor se mantuvo fiel a la herramienta que escogió y que fue la de introducir a quien la leyera dentro de la cabeza de los protagonistas y así, siguiendo el hilo de los pensamientos sin apenas descripciones físicas o de espacios, salvo los estrictamente necesarios como el pantano porque también se ensamblan y relacionan con los personajes, y comparten igual protagonismo), consigue que habitemos en su interior y que experimentemos, sintamos, y desentrañemos -como si fuéramos ellos- no sólo los motivos de la crisis y la burbuja inmobiliaria que la produjo, eso sería reducirla a una crónica de nuestro tiempo sin más, sino el desmoronamiento de los sueños, de las aspiraciones y de una época –la de la transición y la que sobrevino después- en la que se confundió la idea de prosperidad con la de ganar dinero, y el deseo de construir sociedades más felices fue destruido por arribistas horteras y políticos corruptos. Rafael Chirbes tuvo bronca para todos sin excluirse, y aunque a muchos lectores la novela les parezca desesperanzada pienso sin embargo que el pesimismo real es el de quienes consideran que las situaciones no tienen arreglo, no el de los que dan un grito para exclamar ¡Esto es lo que está ocurriendo! ¿Acaso no vamos a hacer nada para resolverlo? Bajo ese bramido sin duda se agazapa la esperanza posible.
La novela no deja títere con cabeza dado que -precisamente por ser introspectiva y hacernos partícipes- asistimos a la intimidad mental en la que conviven por igual grandeza y miseria, pensamientos ambivalentes, contradictorios, encontrados… amor y odio, envidia y admiración, crueldad y ternura y todas las zozobras. En la orilla rezuma la nostalgia de lo que quisimos ser, pero nos muestra lo que somos, y el repaso y rapapolvo se lo lleva mi generación; también analiza la condición humana cuando llega la adversidad, R. Chirbes no juzga en particular, bien es cierto que visto desde fuera el protagonista es víctima y verdugo al mismo tiempo, pero a Esteban lo engañaron como a tantos otros pequeños y medianos empresarios que creyeron en la bonanza derivada de la construcción a destajo, y carpinterías como la suya aceptaron proyectos más ambiciosos (ofrecidos por estafadores sin escrúpulos que dejaron a su paso ficción y solares desiertos, o inmuebles inacabados, o avaricias que hacían estallar los sacos) creyeron en la seriedad de quienes proponían y promovían y en la garantía del poder de ayuntamientos, juntas, comunidades… Recuerdo aquellos tiempos y el recorrido que hacíamos en coche hasta Alicante para ver a mis padres que tras la jubilación pasaban allí gran parte del año, y cómo a ambos lados de la carretera se alineaban empresas de muebles y de todo lo necesario para vestir una casa, después contemplé como se iban desmantelando y más adelante como desaparecieron.
"En la orilla" es una novela de escombros en la que la turbia y opaca laguna con sus sedimentos va contando las distintas etapas de nuestro país porque dentro de sus aguas se encuentran cadáveres de maquis, telas asfálticas, las armas de los capos de la mafia y finalmente los desechos y cascotes del pelotazo.

Atrás queda el amor por el trabajo bien hecho con las maderas nobles sustituidas por la rapidez del aglomerado en esa tierra de ebanistas magistrales que llenaron Hollywood y su cine de precioso mobiliario que también deslumbró a los rusos ricos y turbios como esas aguas estancadas tras quedar patas arriba la Unión Soviética.
En su trabajo anterior “Crematorio” Chirbes colocaba el objetivo de la cámara en las construcciones de primera línea de playa mientras enfocaba a una familia enriquecida por el ladrillo, en esta entrega, “En la orilla”, quiso ver la trastienda y las consecuencias que como ocurre habitualmente arrasan con los más desprotegidos, trabajadores españoles e inmigrantes. El punto de vista siempre es muy importante, no es lo mismo que la historia te la cuenten los ejecutivos de un edificio que quienes lo limpian, las puertas por las que entran y los horarios son distintos. Naturalmente en ambas novelas se salvan de la quema en los paraísos fiscales el dinero y quienes lo poseen y ahí se las arreglen los parias de la tierra. Pero como decía en renglones anteriores, este escritor que detestaba el poder por aquello de que corrompe, que se marchó a sus cuarteles de invierno al ver como muchos de los que consideraba afines treparon en política para forrarse, que desconfiaba de los intelectuales sin excluirse porque el poder los requiere y engatusa para ponerlos a su servicio por sus envolventes capacidades de manipulación tiene zascas para todos, a Liliana, la joven que le ayuda con el cuidado de su padre aquejado de enfermedad terminal, le hace ver que de su Colombia añorada, que tanto idealiza en comparación con España, la desterró la pobreza. Al heroico padre le reprocha veladamente que fuera tan despegado, tan poco cariñoso con su hijo, a la madre que se limitase a llorar, a los hermanos las mezquindades económicas, a Leonor que se fuera con el sol que más calentaba, a Esteban su indefinición y su falta de empuje, y sin embargo al mismo tiempo que les señala los fallos consigue con maestría dotarles de lo contrario: de nobleza y renuncia, de heroicidad y también de cobardía porque el yin y el yang conviven dentro de nosotros que somos capaces de lo peor y de lo mejor, los resultados dependen de las decisiones que tomamos.
No era un escritor maniqueo, los personajes que pueblan la novela tienen claroscuros y para el lector no es fácil tomar partido, porque cada uno de ellos alberga motivos y razones para ser como es y el elenco completo compone el espejo en el que nos reflejamos aunque a veces no nos guste mirarnos en él. Tal vez la novela recalque y subraye nuestros defectos, pero la decisión del autor no constituye un desequilibrio sino una llamada de atención; es cierto que para el protagonista la vida ha sido una acumulación de decepciones, pero la vida se compone de aciertos y errores y sólo es decepcionante a ratos, en el caso que nos ocupa Chirbes quiso destacar las lacras. Fue un artista con un oído social imponente y con una capacidad de escucha profundísima.
Hay en la novela un guiño que me hace gracia, Rafael Chirbes fue además de escritor un extraordinario crítico gastronómico y le prestó al personaje de Francisco dichos conocimientos y se burló de él y de la parafernalia que rodea ese mundo como si se estuviera riendo de sí mismo. También vivió durante unos años en Marruecos, allí daba clases de castellano, por ello tuvo sobrada autoridad para hablar de quienes vienen desde ese país al nuestro y dejó muy claro quiénes son fundamentalistas y quienes no en un brillante diálogo que establece el contraste entre ellos.
En mi opinión la novela refleja ese sentimiento de desorientación que padecemos actualmente, cuando fuimos jóvenes resultó más sencilla la lucha aunque fuera peligrosa: acabar con una dictadura, alcanzar la democracia y defender a los trabajadores, ahora el capitalismo financiero se mueve sin que veamos los rostros de quienes lo manejan con primas de riesgo y toboganes de sube y baja en las bolsas... Aún no sabemos cómo se ensamblan los movimientos de calle como el feminismo, el de los pensionistas, el de los desahucios, la inmigración, el cuidado del planeta… de momento parece que caminan por separado, todavía están sin coser. Hemos perdido la identidad que nos daba el trabajo bien hecho porque tan sólo una minoría ejerce su vocación, los demás se las arreglan como pueden por las logísticas y a salto de mata en lo que sale a tiro y así poco a poco se va perdiendo la especialización, y nadie está a salvo porque incluso los vocacionales se ven obligados a salir a la calle para luchar en contra de los recortes que impiden atender a pacientes o clientes en las mejores condiciones, todo salpica con su efecto dominó.
He sentido infinitamente que Rafael Chirbes haya muerto, tenía tantas cosas que decir todavía…
Confieso que mi fuerte no es entender los vericuetos de la economía ni de la política, creo además que se me nota la falta de pericia en dichas lides, cuando intento seguir programas, prensa, noticias… se me ensombrece el entendimiento porque las voces de sus amos se transparentan y me pierdo en el laberinto de sus intereses creados; sin embargo la literatura me explica la vida, y en esta ocasión tengo un enorme agradecimiento por esta novela que no es panfletaria y que por primera vez incluye las razones emocionales de lo que nos ha pasado como sociedad, y lo hace sin juicios ni prejuicios, y analiza al milímetro tanto lo público como lo privado.
En cuanto a la parte artística, Chirbes creó una nueva forma de narrar y eso siempre es un hallazgo.

P. D. Una persona allegada al escritor tuvo la gentileza de decirme por escrito en el apartado de comentarios de este blog que Rafael Chirbes no tuvo conocimiento de la enfermedad que padecía hasta poco antes de un mes de su marcha, de su fallecimiento. Agradecí muchísimo que corrigiera mi conjetura, y me reconfortó la noticia porque -aún siendo una pérdida enorme- al menos el Señor Chirbes no tuvo que sufrir además la preocupación.
 Pensé en cambiar el texto de mi entrada, pero decidí que las pinceladas de zozobra que el autor había prestado al protagonista me seguían pareciendo reales, y me dije que yo las había interpretado bien dado que tanto a la edad del personaje, como a la del escritor y como a la mía a veces todos pensamos en la muerte, y en cómo se producirá nuestra despedida, y en mi experiencia subjetiva con la novela eso fue lo que sentí hasta con el título: que Rafael Chirbes nos había situado en la orilla, en el borde de un importante balance vital individual y colectivo. 
Deseo que mi humilde aportación pueda ser considerada como un Requiem, un homenaje.   
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori.