"Terra alta", de JAVIER CERCAS
Una composición de espejos. En el primero aparece el terrible asesinato de la madre del protagonista Melchor Marín, una prostituta que pierde seguridad cuando va cumpliendo años y ya no ejerce dentro de su casa y ha de hacerlo en la calle, en los aledaños del camp Nou.
La descripción del nacimiento de su hijo -a quien puso de nombre Melchor porque consideró su llegada como la de un rey mago- entre sangre, sufrimiento y alegría infinitos ya contiene cómo va a ser el ambivalente y dual destino del muchacho.
En ese mismo azogue se refleja y engarza el segundo espejo, con el brutal crimen de los dueños de Gráficas Adell, y más adelante aparecerá el tercero que ha latido durante siete décadas bajo la alfombra del pasado. Ese es el verdadero eje alrededor del que gira esta historia y en ese punto aparentemente desplazado se halla el corazón de la novela, en un entorno en el que se produjo una de las batallas más cruentas de la guerra civil, la del Ebro.
Para el autor presente y pasado siempre caminan juntos, y los asuntos sin resolver tarde o temprano emergen, o alguien tira de dicha alfombra para ver lo que se esconde debajo.
A Javier Cercas le gusta el yin y el yang es decir: las partes buenas que hay en lo malo y a la inversa, de hecho en uno de los diálogos que mantendrá con Olga -la mujer que le salvará del resentimiento - él dirá que hay falsos malos y ella que también existen los falsos buenos.
Cuando la ira se apodera del corazón te convierte en un blanco fácil y captable por capos y seres que se manejan bien en las sombras, Melchor cae en las drogas y también las vende y la hermosa paradoja es que en la cárcel encontrará el salvavidas: su modelo a seguir -por falta de otros- será un libro que lo contiene todo: "Los miserables" y en él verá que la redención es posible.
Tras leerlo decide ser policía y en ese punto comenzará su dilema: ¿Es lícita la venganza cuando la justicia no nos hace justicia?
En todas las novelas de J. Cercas surge una pregunta que el lector ha de contestar. El autor considera que toda pieza literaria ha de tener su cuota de ambigüedad, para que en el esfuerzo de su debate interior quien lee salga transformado, y para que la pugna consigo mismo con respecto a discernir lo que está bien de lo que está mal le proporcione crecimiento.
Son importantes las personas que se cruzan en tu camino, en Terra alta hay dos seres puros: Domingo Vivales, el humilde abogado y amigo de su madre que le pinta la casa, le compra muebles y hasta le borra los antecedentes para que pueda optar a su nueva vida perteneciendo al cuerpo de policía, y Olga la bibliotecaria un compendio de amor y libros.
Tanto Melchor como los lectores nos preguntamos si Domingo Vivales es su progenitor, y descubrimos que tras el ferviente anhelo de que lo sea al final no importa si llevan la misma sangre o no, porque es el mejor padre que un hijo adulto podría soñar.
Por mucho que apetezca como bajo instinto el escarmiento que Melchor, siendo policía, da a los maltratadores de mujeres nadie debe tomarse la justicia por su mano, en una sociedad cuyas leyes se supone que la garantizan ya que lo contradictorio es que la novela va de segundas oportunidades y a Melchor lo reinsertaron, y la bondad o la equidad no se ejercen ni a disparos ni a puñetazos por mucho que en Los miserables se diga: "Es un hombre que hace el bien a tiros". El autor no juzga al protagonista, simplemente lo muestra en la luz y en la oscuridad.
Cambiando de tercio vamos a un detalle biográfico: La familia de J. Cercas era falangista y tengo la sensación de que en todas sus novelas desearía conjugar en un punto de encuentro humano lo inconjugable en el ideológico.
En alguna ocasión le he oído expresar que tener la razón política no es tener la razón moral, y es cierto.
Me gustaría decirle que tampoco hay que acarrear los errores de los padres o de generaciones anteriores, está bien estudiarlos individualmente y también en conjunto, pero sobre todo me gustaría recalcarle que allá cada cual con su conciencia.
"Nadie nos pidió perdón ni nos dio las gracias" dice el soldado de Salamina -disculpadme por citar de memoria- por defender la legalidad de La República, y con ese hermoso final en el que el periodista va citando uno a uno los nombres de los anónimos que no fueron resarcidos Javier Cercas ya ha cumplido más que de sobra.
Su novela "Soldados de Salamina" se extendió como la pólvora por el mundo puesto que conocía la misión de su réquiem, pedir perdón es más importante de lo que parece incluso a quienes ya no están.
Si algo me ha enseñado esta novela es que buscamos dar una buena imagen de nosotros, queremos alcanzar la bondad, y la sabiduría, pero sabemos de sobra que hacemos cosas malas también, por tanto lo mejor es admitirlo y comprender que lo único que nos salva es amarnos y hay que rogar perdón cuando toca, aunque el daño infligido te parezca imperdonable.
Terra Alta es compasiva, incluso con los traidores, el protagonista sabe ponerse en el lugar del otro porque él ya ha estado ahí. Como he dicho en otras ocasiones comprender no es justificar y hay que pagar las consecuencias de lo que hayas hecho, pero es muy diferente a juzgar, y a que nos convirtamos en linchadores como si nosotros y los nuestros siempre fuéramos a a estar en el lado bueno.
Es una pena que cuando los casos llegan a la policía ya no tengan arreglo, invertir en la prevención siempre será ganancia y no pérdida.
Terra Alta suscita un gran debate. Pero ya me he extendido bastante.
Sí añadiré a mi pesar que artísticamente le he visto pros y contras, algunas pegas que en otras obras del autor no he encontrado. La novela está muy bien armada, los enlaces en los saltos de tiempo me han parecido perfectos, el hilo cronológico y el de la evocación han sincronizado, pero me habría gustado que muchos pasajes pasaran a la acción para verlos, vivirlos y sentirlos, en su lugar sólo han sido descritos, contados.
Me habría encantado que dejase rastros o huellas sobre Armengol, el tercer espejo, que lo saque de repente aunque intuyéramos que en Méjico se cocía algo, me pareció una solución fácil.
Me ha estorbado la cita de "Una novela es mitad de quien la lee y mitad de quien la escribe" es un lugar común que yo misma uso a menudo y que queda bien fuera de una obra literaria por coloquial empática y manida pero no dentro, y si tenemos en cuenta que la frase "Los libros nos leen" es genuina del autor y mucho más significativa y bella pues a qué viene la anterior que la dice todo el mundo y sin citar a su autor encima, que según tengo entendido fue Juan Gonzalo Rose refiriéndose a la poesía "La poesía es la unidad perfecta Mitad de quien la lee y mitad de quien la escribe".
En fin, J. Cercas en otras piezas es más sutil, en ésta he tenido la sensación de que explica lo sobrentendido, como si alguien le pidiera que rebajase planteamientos en favor de lectores más sencillos, y además le apremiase, eso en sí mismo ya resulta ofensivo, pero bueno, son conjeturas mías.
Pili Zori
RECURSOS INHUMANOS, serie de TV
A menudo digo que no es lo mismo luchar -sindical y socialmente- por amor a la libertad que por odio al patrón.
En la segunda opción lo que puede ocurrir es que el poder cambie de manos, y que quien antes fue explotado se convierta en explotador si accede a los puestos dirigentes o de poder, dicho de modo más sencillo: que quien fue pobre sólo aspire a ser rico, y para ello se troque en imitador.
En la primera elección -aunque pierdas en el intento- el objetivo deseable habrá sido crear una vida más justa en la que las personas no valgan menos que la mercancía con la que trabajan, y la dignidad vital esté garantizada hasta su muerte como mínimo en las necesidades básicas: un salario y una pensión posterior dignos que proporcionen, techo, comida, educación, cuidados sanitarios, respeto...
Puesto que en el pacto social cumplimos de sobra y con creces: educándonos desde la infancia para entregar nuestra fuerza de trabajo en el futuro, y acatamos las normas para participar en el bien común tal y como cuenta la serie en el brillantísimo alegato final del juicio -que es para descubrirse-. ¿Por qué se desprecia al trabajador, tenga la cualificación que tenga, enviándole al paro cuando alcanza una edad avanzada, sumiéndole en la precariedad o directamente en la pobreza? ¿Quiénes incumplen dicho pacto entonces? ¿Quiénes delinquen? ¿A quiénes habría que juzgar?
Sin embargo a quienes se está procesando en "Recursos inhumanos" es a todos los parados y no al liberalismo económico occidental, voraz, brutal, egoísta y despectivo, ese espacio sin ley en el que apenas tiene licencia el Estado para opinar, para intervenir y en el que quien más grande la tiene gana -perdón por por la vulgaridad, pero es la que mejor cuadra en este caso-. Ese es el elenco de los que de verdad son influyentes, de la élite que quita y pone, de quienes dan permiso para respirar, "...a la derecha mi amo contabilizando el aire" decía la canción, y no hay nadie que les tosa. Es así de triste. Os pido disculpas por el argumento tan simple.
No es la primera vez que afirmo que de poco sirve cultivar sistemas democráticos si las empresas no lo son, ya te puedes dar cabezazos contra la pared de tus derechos humanos que el muro sigue siendo feudal, con amos y vasallos de corte muy moderna, eso sí. Y es por ello que la vida ambivalente -gobiernos por un lado predicando y empresarios por otro decidiendo- se vuelve una enfermiza paradoja en la que nadie cree.
Un tren no puede llevar vagones a distinto ritmo porque descarrila y además ¿Quién conduce en realidad nuestro ferrocarril?
Es lo que va a ocurrir en una de estas crisis periódicas de efecto dominó que genera el capitalismo por propia idiosincrasia: un descarrilamiento masivo, y no es que quiera ponerme apocalíptica. Es lo que hay.
Pero el magnífico cineasta de origen libanés Ziad Dourey (tuve la suerte de ver su largometraje "El insulto" y comprobé que se mueve como nadie en el análisis y origen de los conflictos tanto bélicos como sociales) no se conforma con la denuncia tan bien expresada en el colofón final del juicio, no, da otra vuelta de tuerca, y nos lleva a la segunda opción de la que he hablado en renglones anteriores: luchar por odio al patrón y no por amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad que en este caso nos canta un marsellés.
El protagonista interpretado por Eric Cantona, (un extraordinario descubrimiento, fue futbolista y tras terminar su andadura deportiva se recicló como actor, y ¡chapeau! hace un trabajo asombroso y de mucho peso), consigue que queramos estar de su parte, que veamos su deseo de venganza como legítimo, pero no lo es en absoluto, dado que aunque su jugada es maestra pierde los principios éticos y antepone el dinero a todo lo demás, incluso a su familia con la justificación de que le corresponde por derecho, que se lo debe el mundo laboral y que cuando todo salga bien resarcirá los daños colaterales.
Llegado a ese punto el espectador se siente mal al verse reflejado en el espejo y se pregunta si no seríamos igual de manipuladores si tuviésemos la ocasión y las circunstancias, (espero que no) de modo que nadie se va de rositas en esta historia, o así lo he visto, si el sistema te atrapa y pretendes jugar con las mismas armas para defenderte, mal asunto, la rueda del hámster girará hacia atrás o hacia delante pero entre barrotes, y nada cambiará en la jaula.
Aunque los miembros de su familia sí son salvables y honestos, rectifico, incluida la esposa que lleva años soportando y comprendiendo estoica la deprimente relación y los cambios de humor de su marido dadas las circunstancias, finalmente tiene un desliz con un compañero de trabajo -se intuye que el amante aprovecha la situación de debilidad.
La mujer le confiesa la infidelidad al esposo dando la cara, y también abandona la nueva pero efímera relación. Él sin embargo no comparte con ella sus trapicheos, planes y andanzas, en teoría para protegerla pero también para que no le haga de pepito grillo, de conciencia -mis conclusiones naturalmente son subjetivas, cada espectador extraerá las suyas.
La serie es hipnótica, te bebes los seis capítulos sin pestañear, lo tiene todo: entramado empresarial, social, carcelario y marginal, familiar, personal... incluso la balanza del juicio con fiscal y defensora que tanto clarifica el debate en cine, y con todos esos géneros juntos Ziad Dourei y su equipo componen un poliedro al que no le sobra una arista. El retrato panorámico es nítido y perfecto. Se trata de una serie más que recomendable.
***
Hace unos días vimos "El buen patrón" de Fernando León de Aranoa, otro autor de cine que me entusiasma, y curiosamente parece que la antena parabólica de muchos artistas se está moviendo hacia la dirección del mundo del trabajo, aunque León de Aranoa ya lo tocó de manera magistral en "Los lunes al sol", y el tema envuelve toda su obra.
"El buen patrón" es otra maravilla, un contundente sarcasmo que retrata de forma pesimista el ámbito laboral, a pesar de las carcajadas que arranca Javier Bardem en un trabajo brillantísimo lleno de matices que sólo él es capaz de sacar del aparente y paternal empresario cuyo cinismo queda bien definido, y clarifica -por si alguien todavía albergaba dudas- el comportamiento y la caricatura de ese estereotipo engañoso y desalmado que abunda y pulula por nuestro país con ínfulas inmerecidas ya que tan sólo es un heredero de la fábrica o empresa familiar que otros en marcha pusieron.
En fin, no me gustaría que dicho pesimismo nos impregnara el alma de derrota haciéndonos creer que no hay nada que hacer para que el panorama mejore.
Al menos tanto la serie de Dourei como la película de Aranoa lanzan un serio aviso del peligro que supone exprimir y pisotear de esa manera a las personas que contribuyen a transformar los bienes y a generar la riqueza de todo un país para que ésta se distribuya con equidad, porque no se trata de la riqueza y los bienes de una élite sin escrúpulos que cree que el mundo les pertenece y que de forma magnánima te deja vivir en él si obedeces. Llegará un momento en el que hasta el más sumiso se revuelva para defenderse.
Un abrazo.
Pili Zori.
EL JUEGO DEL CALAMAR, serie de TV
Puede que me excomulguen del olimpo del cine y de la literatura por lo que voy a decir, pero no importa, las experiencias personales son eso, personales y seguramente intransferibles.
La serie "El juego del calamar" me ha remitido a "Ensayo sobre la ceguera", ¡nada menos!, así de importante me ha parecido, y no creo que a Saramago le molestara la comparación ni mis impresiones salvo por el exceso de gore-sangriento y por su menor sutileza, pero estoy segura de que habría aplaudido el trasfondo.
Quizá tengo una mirada demasiado seria y sesuda para las expresiones artísticas, pero esta inquietante parábola ética y el magnífico modo de narrarla -incluso con sus pequeños fallos de raccord sin importancia- me han impactado para bien por las numerosas ocasiones en las que el director o creador en cada capítulo ha sacado el índice atravesando la pantalla para interrogarme y embestirme con la frente: ¿Y ahora qué?¿Qué harías ante la irreversible tesitura de supervivencia si tuvieras que elegir?, ¿tu vida por la mía?, ¿eso dirías en nombre de los oropeles, de los cantos de sirena, tras haber tragado el señuelo?
Todos los palos del sombrajo se caían por mis suelos de madera burguesa y acomodada mientras yo no sabía honestamente qué responder.
En mi opinión -subjetiva naturalmente- la serie coreana es un aviso para quien quiera escucharlo, verlo, prevenirlo... La compraventa de almas, los sacrificios humanos depositados a los pies del becerro de oro en esta locura capitalista abismal hay que frenarlos.
Es una urgencia cambiar un mundo enfermo de avaricia, soberbia y sadismo en el que alguien sin dinero, desesperado pero embaucado y mentalizado para obtenerlo a cualquier precio, incluso el de perder su propia vida o la de los demás queda sumido en el desamparo.
Al parecer ese juego macabro divierte a los aburridos poderosos que ya no saben qué hacer con la riqueza. El problema es que con tantos eufemismos nadie llama a la maldad por su nombre, y cuando la vemos en pantalla bien nombrada creemos que es un cuento oriental. Iba a decir cuento chino, según nuestra peyorativa costumbre, pero en todo caso es coreano y habría que rectificar.
Aunque al final sí parece que hay esperanza, la serie da un respiro real y por supuesto posible, y ese ser agonizante que nos representa y que yace tirado en una acera congelada sí merece el rescate. (No os preocupéis, no acabo de hacer spoiler, además según tengo entendido la serie continúa e intuyo que habrá reacción).
P. D. Damos por supuesto que no es una serie apta para niños.
Pili Zori
LA ASISTENTA, serie de TV
Serie magnífica, os adelanto que tiene final feliz.
El tema es duro, pero está tratado con mirada generosa, compasiva y llena de comprensión para cada uno de los personajes, ya que todos son salvables y consiguen que aflore su dignidad sin dejar por ello de marcar en qué lugar y en qué situaciones hay que poner los límites.
En la serie no hay caballeros andantes, ni príncipes que salven a la protagonista del aprieto, incluso el que lo parece al final saca la pata y muestra el precio.
Se podría decir que quizá sin pretender ser didáctica la serie da pautas y enseña los pasos a seguir.
Los capítulos no sólo cuentan la autobiografía de Alaska, la protagonista -a la que nombran con el diminutivo de Alex-. Al mismo tiempo -como para subsistir ella ha de limpiar casas- vemos el minucioso retrato de las diferencias sociales y económicas, de la explotación laboral, de los prejuicios, de los horarios inhumanos... y también de las partes emotivas en las que la situación de las mujeres se iguala y la ayuda es mutua, aunque tengan distintos status. No hay nada mejor que los interiores domésticos para analizar la vida con verdadero sentido de la realidad.
En la serie se suceden las renuncias duras que Alex tiene que hacer para alcanzar el respeto hacia sí misma, en soledad dentro de la pareja, en el conjunto de la familia -rota y más carga que ayuda durante mucho tiempo- y también individualmente, pero sobre todo subrayo que los personajes alcanzan los logros admitiendo con humildad que necesitan la ayuda apropiada.
En cada episodio salen ejemplos fáciles de comprender para que los espectadores y las espectadoras vean con claridad las consecuencias que tienen las decisiones que los personajes toman.
Los matices son importantísimos porque una vez más en los detalles de cada caso particular se encuentran las claves para poder estudiar cómo salir adelante.
Deberíamos comenzar siempre por escuchar y comprender los pormenores individuales, sólo con la suma de todos ellos se podrán establecer las ayudas generales y no a la inversa, ya que cada persona, cada pareja y cada familia son un mundo, aunque los problemas sean comunes.
Es un lujo ver a Andie MacDowell y a Margaret Qualley -madre e hija en la vida real- hacer de madre e hija también en la ficción, personajes bellos dentro y fuera de la pantalla.
Todo el elenco compuso una maravillosa coral. Pero deseo destacar sobre todo a esa pequeña de dos años que siempre sonríe, y que les echa los brazos a los actores como si de verdad fueran familia, una dulzura asombrosa, y la razón por la que esta joven madre lucha, felicito a los responsables del casting por elegirla.
Os gustará, merece muchísimo la pena.
Pili Zori.
NAVILLERA, serie de TV
AVISO.
Os animo a que veáis primero Navillera, después si lo deseáis volved a esta entrada, ya que, aunque no es mi intención desvelar las sorpresas, tal vez se podrían deducir de mis palabras algunas claves.
¡Qué preciosidad!
Un canto a la vida en sus cuatro estaciones representadas por todos los miembros de una familia consanguínea y la que se formará y sumará con otros lazos que sin ser de sangre resultan igual de poderosos. El nexo: el señor Sin.
La serie -cinematográfica para mí- es el triunfo de la bondad, real, no ilusorio ni idealizado. Más a menudo de lo que parece la vida es hermosa, con todas y cada una de sus dificultades, sólo al comprenderlas se abre el regalo.
Navillera es sentimental, sí, pero sin trampa, absolutamente verdadera. Las interpretaciones de ambos actores principales son impresionantes, dos personajes en evolución, y los dos para Premio Oscar si el cine no tuviera que constreñirse a dos horas como máximo.
SPOILER (sólo en este párrafo)
Como no quiero desvelar demasiado sólo diré que no había visto algo igual a la transformación de los gestos en el rostro de Park In-hwan -el actor maduro que interpreta al señor Sin- salvo en mi vida real y en los dulces y asustados semblantes de mis padres cuando saltaban a la otra parte, cuando aún entraban y salían de esos mundos alternos. Doy fe de que la interpretación es magistral -FIN DE ESPOILER.
Song Kang -el actor joven- no se queda atrás, creo que la relación de afecto entre ambos intérpretes trascendió para salirse de la pantalla. Qué criatura tan bella, parece esculpido por Miguel Ángel, y qué artista tan completo, tan magnífico.
Los demás actores y actrices del elenco no son menos sujetando como contrafuertes a los protagonistas, todos brillan, cada uno en su parcela y también en conjunto, consiguen ser una familia real.
Sin conocer demasiado la historia de Corea del Sur, creo sin riesgo a equivocarme que en esta serie está su esencia.
Me tiene impactada la forma de filmar de los cineastas de allí, de los directores de fotografía, tanto si el presupuesto es de gran producción o más modesto e intimista, me enamora la estética, la delicadeza... pero sobre todo la simbiosis de la avanzadísima tecnología con su legado ancestral.
La música que envuelve esta joya te lleva, y te arranca de forma irremediable ese llanto purificante y liberador. No he conseguido saber quién o quiénes crearon la partitura, pido disculpas.
El compositor naturalmente no es Ennio Morricone, eso serían palabras más que mayores, además se nos fue y nos dejó sumidos en tristeza, pero por alguna conexión que desconozco la banda sonora de la serie me conducía hasta él, y la forma de narrar del director Dong-Hwa Han me remitía al estilo de Guiuseppe Tornatore en Cinema Paradiso, hay algo similar en ese tipo de ternura que ensalza y dulcifica la dureza dejándola debajo tan sólo como un subrayado que sostiene la superación. Ahora ya sé para qué sirve el dolor: para sujetar el aprendizaje, para saber distinguir a quienes te aman realmente, y a quienes debes amar tú sin confundirte. la vida está llena de falsos brillos y de oropeles huecos y dañinos.
La amistad iniciática de joven con mayor es de las más conmovedoras que he visto en toda mi existencia, dos maestros y alumnos a la par, cuyos destinos se cruzan el día en el que el señor Sin decide aprender ballet para volar sobre un escenario -aunque sólo sea una vez- con el aleteo efímero de la mariposa, y al fin antepone su sueño a todos los deberes de familia y de trabajo ya realizados.
El señor Sin en su séptima década, cerca del invierno y de la nieve -la serie está llena de bellísimas imágenes simbólicas- cuando el sendero parece acabado, retoma el deslumbrante sueño de ser bailarín, de niño quedó profundamente marcado al ver a través del ventanuco de la puerta del teatro la representación de El lago de los cisnes, y al fin el círculo se cierra cuando se acerca a la academia y siente la misma fascinación al contemplar la danza de Lee Chae Rock y lo que transmite con toda la sublime armonía de sus movimientos.
El joven Lee está en la segunda de sus décadas, apenas veinte primaveras repletas de talento a la deriva por su orfandad -la madre murió- y el padre, entrenador de futbol, ha estado preso durante cuatro años -más adelante sabremos qué le llevó a la cárcel, tal vez un dolor mal desahogado e injustamente infligido a otros. Ahí lo dejo ya que es otra de las incógnitas que nos será desvelada.
Junto a Sin, Lee Chae Rock, aprenderá a dar y también a recibir.
El señor Sin (Park Inhwan) dulce y abnegado padre de familia y trabajador incansable nunca pudo realizar el sueño de ser bailarín pero al fin el círculo se
cierra:
¿Podrá elevar el canto del cisne? Lo sabréis cuando veáis los doce episodios -tampoco está elegida al azar la obra, en esta historia cada gesto tiene sentido, cada palabra, cada acción.
Resulta asombroso ver al joven actor elevar su 1,83 de estatura hasta el vuelo, no era bailarín y se estuvo preparando durante seis meses para parecerlo.
Es tanto y tan bueno lo que da y encierra este "largometraje", la huella y el legado que deja a su paso dentro y fuera de la pantalla, sobre el esfuerzo, sobre la persecución de los sueños, sobre averiguar qué te hace feliz, sobre el amor cosido con ese hilo anímico transparente e irrompible que todo lo recompone, sobre pedir perdón, sobre la esperanza, sobre el respeto... Que sólo nos queda agradecer -como hace esta maravillosa coral de personajes- y no olvidar la "película" aunque ella se olvide de nosotros, aunque no nos conozca el equipo al completo que la hizo posible, nosotros a ellos sí los recordaremos -es un guiño que comprenderéis cuando la contempléis-. Nunca los olvidaremos.
La mejor embajada de un país son sus artistas. Ahora y gracias a sus series me interesa saber todo de Corea, de las dos, de la del norte y de la del sur.
Por mucho que nos empeñemos ya no hay fronteras, en este momento escribo estas líneas desde un ordenador coreano, y dentro de unas horas hablaré con mis hijas a través de la eficaz ayuda de un teléfono móvil de la misma procedencia.
Deseo que os guste tanto como a mí, y que al salir del último capítulo sintáis que algo se os ha transformado por dentro para bien.
Un abrazo tan grande como la tierra..
Pili Zori
GAMBITO DE DAMA, serie de TV
Oh,
hacía tiempo que no contemplaba una obra de arte de este calibre. Una
maquinaria tan perfecta de principio a fin que deja en suave e inesperado jaque
mate el corazón del espectador.
La belleza tiene sus reglas, invisibles en apariencia, y sólo algunos artistas privilegiados la alcanzan y saben invitarla con delicada elegancia para jugar junto a ella en su tablero.
No
voy a nombrar a todo el magnífico elenco de actores y actrices, aunque merezcan
ser mencionados millones de veces, tampoco me extenderé con su creador Scott Frank ni con los directores Scott Frank y Alan Scott, el guión también es de Scott Frank,
y la novela homónima en la que se inspira pertenece a Walter Tevis, la envolvente música –siempre responsable de desatar
la emoción- corresponde a Carlos Rafael Rivera
y la fotografía a Steven Meizler. Diré que ante todos me
prosterno, el generoso internet os dará las biografías completas, porque
pararse en cada uno de los miembros del equipo con parsimonia merece muchísimo la
pena, el mundo está lleno de glorias, aunque la maldad de los tiempos que corren nos
impida verlas y otorgarles en justicia su gran valor. Pero sin desmerecer a los
demás sí me gustaría destacar al director de fotografía que ya he nombrado, Meizler hace un trabajo excepcional por su
manejo de la luz y de la sombra para extraer los interiores anímicos así acota, así ilumina o ensombrece para colocar a los personajes a veces a la misma altura, la de los ojos y en
otras ocasiones más arriba o más abajo según la jerarquía moral. Le admiro
desde mi posición de simple espectadora por cómo extrae de un pequeño parpadeo,
de una leve extensión o contracción de la comisura de los labios toda la
inmensidad de esos caracteres contenidos, concentrados y llenos de pasión
controlada pero irrefrenable que genera el ajedrez como metáfora de la lucha por
el desarrollo personal, y que va más allá de ser un juego, le
valoro –dando por supuesto que sigue las pautas que le solicita el director y creador de la serie Scott Frank- por
cómo captura y acaricia la poderosa sensualidad en evolución de la actriz protagonista, por recorrer como un pintor el trazo de la silueta y detenerse sin descaro en cada lugar furtivo de ese
cuerpo femenino, aprecio cómo entra en la cabeza de Beth enmarcando lo que ve ella y caminando al ritmo de su mirada. Actriz principal que está
constantemente frente a la cámara, siempre en escena y que sostiene como pocos
profesionales de la interpretación esos primeros planos no sólo de los ojos o de
sus delicados dedos al retirar en ese gesto tan personal -sin soltarla- con el anular y meñique la pieza de ajedrez conquistada mientras coloca con decisión la suya, el objetivo de la cámara atrapa la tensión de su nuca
marfileña, esa feminidad no utilizada para el poder que sin
embargo es absoluto en un mundo de hombres que terminan por respetar su indiscutible y asombroso talento.
La
maravillosa actriz americana de la que hablo es Anya
Taylor-Joy, como nota al margen diré que su infancia transcurrió en Argentina -país amado del que no
quería salir, ni aprender inglés para no tener que marcharse-, también tiene orígenes españoles y escoceses, pero aunque es singular e incomparable no he podido evitar que su belleza me
remita a una especie de mezcla entre la dulce e ingenua Natalie
Wood y la felina Lauren Bacall, -Taylor
se mueve por la pantalla como una glamorosa gata solitaria-. En aquel tiempo de
rutilantes estrellatos del Hollywood clásico esta chica sería un cometa de larga
y deslumbrante estela, ¡siete capítulos sosteniendo como Sansón el
impresionante peso! sin dejar atrás a Isla
Johnston la pequeña actriz que da vida a la terrible infancia que explica y otorga sentido al futuro de Beth Harmon, el inolvidable personaje
magistralmente interpretado por ambas.
Estaría mal por mi parte considerar actores y actrices secundarios a los contrafuertes que afianzan a la protagonista, porque todos ellos brillan con luz propia sin ser satélites del astro, por tanto, llamemos coral a este insuperable conjunto.
Asímismo hay que felicitarles por la cuidadosa ambientación que creó la atmósfera que da consistencia y realismo a la narración, hallaron hoteles que aún se conservan intactos, otros los inventaron, el diseño de interiores embelesa, los documentalistas fueron fundamentales… No hay brusquedades, el sutil transcurso del tiempo fluye como la propia vida, y si hablamos del
maquillaje, del vestuario que va marcando las dos décadas -los años cincuenta y sesenta del siglo XX- de las comidas
presentadas con lujosa estética…los responsables de tanto acierto son más que dignos de alabanza. Consiguieron la asesoría y orientación del veterano Garri Kaspárov y
del entrenador Bruce Pandolfini nada menos, todos estos detalles de trastienda indican no sólo una clase de sensibilidad sino la definición por antonomasia de lo que
entendemos por obra maestra, puesto que para que salga así, la entrega, el
conocimiento, la sensibilidad y la simbiosis de equipo antes y durante el rodaje ha de ser absoluta.
Llenaría páginas y más páginas con mi entusiasmo, he visto esta serie hipnótica dos veces, y envuelta en la música de Carlos Rafael Rivera he llorado de emoción otras tantas. Me conmueve el canto y homenaje sin estridencias dedicado al pueblo ruso de aquel tiempo al que con seguridad le importaba poco el enemigo inventado de la guerra fría, Moscú aparece bellísima en un nocturno de ojos enamorados.
La protagonista conoce al fin un mundo en el que ella encaja con perfecto equilibrio, un lugar donde la deportividad se define por sentir respeto absoluto hacia la persona en toda su integridad no solo por el jugador, donde el equipo y el estudio cuentan, además del talento, y en el que se admira al adversario, porque el ajedrez no habla de derrotas sino de aprendizajes con cada jaque y del reconocimiento del contrincante.
Nunca voy a olvidar la escena en la que el
ruso (Marcin Dorocinski) en su
precioso papel como Vasily Borgov le entrega la figura del rey mientras
envuelve con la suya esa mano joven contundente pero tan necesitada de afecto,
y sin soltarla atrae a Beth hacia sí y la abraza. Qué belleza.
Es
hermoso ver que a pesar de la caída de la protagonista hacia la adicción a los tranquilizantes y al
alcohol nunca ha estado sola, el conserje del orfanato le entregó las pautas de
la elegancia de corazón, le enseñó que la ira no es buena para el ajedrez,
juego metafórico sobre la lid de la vida, y que la obsesión por ganar le
traería problemas, Jolene, la compañera -huérfana como ella- le muestra lo que
es ser familia y le insta a abandonar la influencia de la madre biológica muerta, porque es hora de mirar hacia adelante, y el grupo de amigos que el ajedrez le entrega le enseña que la
verdadera amistad pasa por avisar y ponerle límites cuando ella va a la deriva,
amigo no es quien te acompaña en la bebida hasta el exceso sino quien te aparta de ella, eso lo
aprende pagando uno de los precios más elevados con la deslumbrante modelo que va a buscarla
al hotel justo la noche anterior a la primera y anhelada partida contra Borgov. Quien te quiere bien no te pasa facturas de amistad en una noche decisiva,
naturalmente Beth perdió. Gracias a esa derrota -tan poco respetuosa a la que
llegó tarde y con resaca- al fin aprende a jugar en profundidad en el tablero y en la vida, a saber perder y a saber ganar y nunca más
tendrá miedo a confundir su talento con la locura.
El broche
final no puede ser más bonito, lo da su abandono del automóvil, se apea del coche haciendo caso
omiso del acompañante que le han impuesto en los EE UU, justo cuando éste le entrega instrucciones escritas para que presuma de patriotismo americano en la rueda de prensa –con anterioridad
también renunció al suculento dinero que una asociación religiosa anti rusa y
anti comunista le entregaba con la condición de hacer proselitismo contra la Unión Soviética-. Pero la reina manda y se puede mover en cualquier dirección.
Vestida
de blanco purificador y renacida se aproxima caminando hacia el parque en el que
entrañables ajedrecistas mayores la rodean llenos de admiración y ternura. Se sienta con
ellos y juega al ajedrez.
Como
veis hay unos cuantos bofetones sin mano que también dan jaque mate, las
personas del pueblo llano se aman en todas partes sin tener que renunciar a su
origen ni maldecirlo.
Un
abrazo
Pili Zori







