GAMBITO DE DAMA, serie de TV

 

Oh, hacía tiempo que no contemplaba una obra de arte de este calibre. Una maquinaria tan perfecta de principio a fin que deja en suave e inesperado jaque mate el corazón del espectador.

La belleza tiene sus reglas, invisibles en apariencia, y sólo algunos artistas privilegiados la alcanzan y saben invitarla con delicada elegancia para jugar junto a ella en su tablero.


No voy a nombrar a todo el magnífico elenco de actores y actrices, aunque merezcan ser mencionados millones de veces, tampoco me extenderé con su creador Scott Frank ni con los directores Scott Frank y Alan Scott, el guión también es de Scott Frank, y la novela homónima en la que se inspira pertenece a Walter Tevis, la envolvente música –siempre responsable de desatar la emoción- corresponde a Carlos Rafael Rivera y la fotografía a Steven Meizler. Diré que ante todos me prosterno, el generoso internet os dará las biografías completas, porque pararse en cada uno de los miembros del equipo con parsimonia merece muchísimo la pena, el mundo está lleno de glorias, aunque la maldad de los tiempos que corren nos impida verlas y otorgarles en justicia su gran valor. Pero sin desmerecer a los demás sí me gustaría destacar al director de fotografía que ya he nombrado, Meizler hace un trabajo excepcional por su manejo de la luz y de la sombra para extraer los interiores anímicos así acota, así ilumina o ensombrece para colocar a los personajes a veces a la misma altura, la de los ojos y en otras ocasiones más arriba o más abajo según la jerarquía moral. Le admiro desde mi posición de simple espectadora por cómo extrae de un pequeño parpadeo, de una leve extensión o contracción de la comisura de los labios toda la inmensidad de esos caracteres contenidos, concentrados y llenos de pasión controlada pero irrefrenable que genera el ajedrez como metáfora de la lucha por el desarrollo personal, y que va más allá de ser un juego, le valoro –dando por supuesto que sigue las pautas que le solicita el director y creador de la serie Scott Frank- por cómo captura y acaricia la poderosa sensualidad en evolución de la actriz protagonista, por recorrer como un pintor el trazo de la silueta y detenerse sin descaro en cada lugar furtivo de ese cuerpo femenino, aprecio cómo entra en la cabeza de Beth enmarcando lo que ve ella y caminando al ritmo de su mirada. Actriz principal que está constantemente frente a la cámara, siempre en escena y que sostiene como pocos profesionales de la interpretación esos primeros planos no sólo de los ojos o de sus delicados dedos al retirar en ese gesto tan personal -sin soltarla- con el anular y meñique la pieza de ajedrez conquistada mientras coloca con decisión la suya, el objetivo de la cámara atrapa la tensión de su nuca marfileña, esa feminidad no utilizada para el poder que sin embargo es absoluto en un mundo de hombres que terminan por respetar su indiscutible y asombroso talento.

La maravillosa actriz americana de la que hablo es Anya Taylor-Joy, como nota al margen diré que su infancia transcurrió en Argentina -país amado del que no quería salir, ni aprender inglés para no tener que marcharse-, también tiene orígenes españoles y escoceses, pero aunque es singular e incomparable no he podido evitar que su belleza me remita a una especie de mezcla entre la dulce e ingenua Natalie Wood y la felina Lauren Bacall, -Taylor se mueve por la pantalla como una glamorosa gata solitaria-. En aquel tiempo de rutilantes estrellatos del Hollywood clásico esta chica sería un cometa de larga y deslumbrante estela, ¡siete capítulos sosteniendo como Sansón el impresionante peso! sin dejar atrás a Isla Johnston la pequeña actriz que da vida a la terrible infancia que explica y otorga sentido al futuro de Beth Harmon, el inolvidable personaje magistralmente interpretado por ambas.

Estaría mal por mi parte considerar actores y actrices secundarios a los contrafuertes que afianzan a la protagonista, porque todos ellos brillan con luz propia sin ser satélites del astro, por tanto, llamemos coral a este insuperable conjunto. 

Asímismo hay que felicitarles por la cuidadosa ambientación que creó la atmósfera que da consistencia y realismo a la narración, hallaron hoteles que aún se conservan intactos, otros los inventaron, el diseño de interiores embelesa, los documentalistas fueron fundamentales… No hay brusquedades, el sutil transcurso del tiempo fluye como la propia vida, y si hablamos del maquillaje, del vestuario que va marcando las dos décadas -los años cincuenta y sesenta del siglo XX-  de las comidas presentadas con lujosa estética…los responsables de tanto acierto son más que dignos de alabanza. Consiguieron la asesoría y orientación del veterano Garri Kaspárov y del entrenador Bruce Pandolfini nada menos, todos estos detalles de trastienda indican no sólo una clase de sensibilidad sino la definición por antonomasia de lo que entendemos por obra maestra, puesto que para que salga así, la entrega, el conocimiento, la sensibilidad y la simbiosis de equipo antes y durante el rodaje ha de ser absoluta.

Llenaría páginas y más páginas con mi entusiasmo, he visto esta serie hipnótica dos veces, y envuelta en la música de Carlos Rafael Rivera he llorado de emoción otras tantas. Me conmueve el canto y homenaje sin estridencias dedicado al pueblo ruso de aquel tiempo al que con seguridad le importaba poco el enemigo inventado de la guerra fría, Moscú aparece bellísima en un nocturno de ojos enamorados. 

La protagonista conoce al fin un mundo en el que ella encaja con perfecto equilibrio, un lugar donde la deportividad se define por sentir respeto absoluto hacia la persona en toda su integridad no solo por el jugador, donde el equipo y el estudio cuentan, además del talento, y en el que se admira al adversario, porque el ajedrez no habla de derrotas sino de aprendizajes con cada jaque y del reconocimiento del contrincante. 

Nunca voy a olvidar la escena en la que el ruso (Marcin Dorocinski) en su precioso papel como Vasily Borgov le entrega la figura del rey mientras envuelve con la suya esa mano joven contundente pero tan necesitada de afecto, y sin soltarla atrae a Beth hacia sí y la abraza. Qué belleza. 

Es hermoso ver que a pesar de la caída de la protagonista hacia la adicción a los tranquilizantes y al alcohol nunca ha estado sola, el conserje del orfanato le entregó las pautas de la elegancia de corazón, le enseñó que la ira no es buena para el ajedrez, juego metafórico sobre la lid de la vida, y que la obsesión por ganar le traería problemas, Jolene, la compañera -huérfana como ella- le muestra lo que es ser familia y le insta a abandonar la influencia de la madre biológica muerta, porque es hora de mirar hacia adelante, y el grupo de amigos que el ajedrez le entrega le enseña que la verdadera amistad pasa por avisar y ponerle límites cuando ella va a la deriva, amigo no es quien te acompaña en la bebida hasta el exceso sino quien te aparta de ella, eso lo aprende pagando uno de los precios más elevados con la deslumbrante modelo que va a buscarla al hotel justo la noche anterior a la primera y anhelada partida contra Borgov. Quien te quiere bien no te pasa facturas de amistad en una noche decisiva, naturalmente Beth perdió. Gracias a esa derrota -tan poco respetuosa a la que llegó tarde y con resaca- al fin aprende a jugar en profundidad en el tablero y en la vida, a saber perder y a saber ganar y nunca más tendrá miedo a confundir su talento con la locura.

El broche final no puede ser más bonito, lo da su abandono del automóvil, se apea del coche haciendo caso omiso del acompañante que le han impuesto en los EE UU, justo cuando éste le entrega instrucciones escritas para que presuma de patriotismo americano en la rueda de prensa –con anterioridad también renunció al suculento dinero que una asociación religiosa anti rusa y anti comunista le entregaba con la condición de hacer proselitismo contra la Unión Soviética-. Pero la reina manda y se puede mover en cualquier dirección.

Vestida de blanco purificador y renacida se aproxima caminando hacia el parque en el que entrañables ajedrecistas mayores la rodean llenos de admiración y ternura. Se sienta con ellos y juega al ajedrez.

Como veis hay unos cuantos bofetones sin mano que también dan jaque mate, las personas del pueblo llano se aman en todas partes sin tener que renunciar a su origen ni maldecirlo.

Un abrazo

Pili Zori


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