"La buena suerte", de ROSA MONTERO

 O el triunfo de la bondad. 

"El mal posee recursos que el bien desconoce".

"Hay buenas personas que a veces se comportan como si fueran malas". Dice Raluca refiriéndose a Carmencita, a la que no volverá a nombrar con el cariñoso diminutivo.

"La belleza ayuda a curar el dolor del mundo".

"El mal siempre está ahí, como también está el dolor".

"La alegría es un hábito".

Estas joyas están dentro de "La buena suerte" y el engarce es perfecto.

¿Por qué se baja de un tren Pablo, y compra una casa situada frente a las vías en penoso estado y sin verla por dentro? ¿Acaso va a encontrarse?, ¿o a perderse?, ¿huye?, ¿se esconde? ¿de qué?, ¿de quién?

Los trenes, símbolos de la pérdida o ganancia de las oportunidades que ofrece la vida, muy presentes en la literatura de Rosa Montero.

Es un alivio: he recuperado aquel placer que sentía al adentrarme  en una novela dejándome llevar, para exclamar al final y también durante ¡Qué bonita! ¡Qué bonita! ¡Qué preciosidad!, ya no sé entrar en la literatura sin analizar al mismo tiempo, y a veces es un tostón, pero con las novelas de R. Montero me traslado a aquella pureza que me hacía leer debajo del pupitre los libros de casa y que invariablemente me quitaban las monjas de las rodillas y no me los devolvían jamás, y eso que por apellidarme Zori siempre estaba en la última mesa, pero me pillaban de todas maneras. Pobrecillo mi padre que los atesoraba, y pobrecica mi madre que se mataba a coser para la calle mientras él se los leía en voz alta, los libros digan lo que digan siempre han sido caros aunque valgan mucho más, incluso los del Círculo de lectores que se paraban en tu puerta y a ver quién les decía que no después de ver aquellas maravillosas portadas, algunas tan turbadoras y de títulos tan sugerentes. 

En la obra de Rosa Montero siempre hay protagonistas con alguna carencia física, como ocurre en la de Buero Vallejo, y en ambas escrituras el subrayado, el supuesto estigma es positivo, suelen ser personajes conciencia, salvadores... la monstruosidad, la discapacidad a menudo se halla en los otros, en los aparentemente bien encajados, y con el canon de belleza convencional e impuesto.


Sé que es un atrevimiento por mi parte hacer de psicóloga barata, y encima sin pedir permiso a alguien que estudió esa disciplina, pero como lectora que sigue a Rosa no puedo evitar a veces sacar conclusiones por debajo de las líneas, tal vez un poco peregrinas, y me tomo la licencia de dar un pespunte a vida y obra, y busco, queriendo o sin querer, a aquella niña, que esperaba sentadita en el alfeizar de la ventana a que llegara su padre, -banderillero-, con el traje manchado de sangre, creo que ese vínculo entre belleza y miedo tan característico de la obra de la escritora nació en aquellas esperas, el horror anticipado (por las cornadas y las partes del cuerpo que éstas pudieran herir y también por el daño infligido al majestuoso animal) junto al afecto pudo marcar a aquella chiqueja con tuberculosis cuyo escape del encierro al que le obligó la enfermedad fue su "loca de la casa": una imaginación desbordada e inteligentísima pero sin desorden de desván sino con mecanismo y precisión de reloj suizo. 

En lo que sí sé que no me equivoco ni especulo es en afirmar que Rosa Montero es superdotada, basta con escucharla, así, a quemarropa, en directo, su agilidad mental, su hondura, la capacidad de penetrar en el otro y comprenderle, la dilatada sensibilidad para quien tiene enfrente y la gestión que hace de cuanto recibe y capta dan como resultado ese torbellino instintivo, transparente y lleno de confianza hacia los demás que nunca le ha fallado, ella cree en las personas porque sabe que somos bueno y malo, pero también es consciente de que el hecho de amarnos nos protege, si alguien te quiere estás a salvo

porque cuidaréis el uno del otro y esa fuerza es implacable, y no me refiero sólo a la pareja. 

Como no puedo hablar de la trama para no desvelar compartiré detalles que me encantan, como el de que el barrio de la novela, esa calle en concreto, se llame Resurrección en una localidad que a su vez lleva el nombre de Pozo negro, y que cuando Pablo conoce a Raluca ella esté limpiando un cubo comunitario de basura. 

Algunas personas nos limpian, nos resucitan y los símbolos urbanos y aparentemente cotidianos que utiliza Rosa Montero me remiten a las esencias míticas de los griegos más clásicos, por eso es tan atemporal, y tiene un calado tan universal. 

De nuevo la autora afronta con valentía las difíciles vicisitudes que arrastra Pablo deslizándonos por tres hipótesis, una la expresa él frente a Raluca, otra la comparte con el banquero y la última con Felipe ¿más deseables quizá que la propia realidad insoportable? Ya lo descubrirás lector. 

Una de dichas hipótesis, me remitió a la película "Gente corriente" dirigida por Robert Redford, también se desarrolla en el agua y alguien suelta la mano de otro para salir a flote. Consciente o no es un bonito homenaje que la autora le hace al extraordinario filme, en él los platos rotos no se pueden pegar, y el hijo menor los paga. En la novela de Rosa sí, "El arte Kinsugi dota de belleza a lo fallido" -nos dice- las cicatrices soldadas con oro u otros metales preciosos añaden valor a la pieza, y agrego: y permiten nueva vida y oportunidades. Pido disculpas por escribir todo el tiempo en clave, pero es porque no quiero desbaratar la narración siendo una bocazas, la intriga es delicada y está servida con un gotero perfecto y cada sobresalto aparece en el momento justo. 

La escritora dota a los personajes de pasado y de presente y perfila sus interiores anímicos y después genera la relación entre ellos y consigue así la simbiosis y la corriente afectiva mientras se van descubriendo entre los tres, porque Felipe también comparte protagonismo aun que su papel sea más corto. Esto que parece una verdad de Perogrullo no es simple, hacer que un personaje evolucione es crear un ser vivo, lo demás es descripción inamovible, el protagonista actúa, ocurren acontecimientos a su alrededor pero él no cambia. 

Me agradó que Pablo se dirigiera a Clara haciendo un repaso de la relación, es una parte llena de bellísimas reflexiones, también parece una forma de pedir permiso para emprender una nueva vida, me gusta pensar que es así por parte de Rosa, y que el nombre, Pablo, no es casual, prestárselo al protagonista parece un homenaje velado -para quienes aún no lo sepan el marido de Rosa Montero se llamaba así- pero no dejan de ser conjeturas mías. Lo cierto es que los deseos, pesares, arrepentimientos y explicaciones podrían ser intercambiables y provenir también por parte de Clara. Ante las pérdidas rellenamos los silencios, y tal vez nos decimos lo que querríamos haber escuchado del otro y nos revestimos de él o de ella. "Le habría gustado quererla a la altura de lo que de verdad la quería". Estoy segura de que a Clara también le hubiese gustado estar a esa altura. Pero la vida y también la muerte son como son y no hay otras.

Una de las constantes de la autora es su preocupación por los infiernos domésticos especialmente si estos se ceban con los niños, las truculentas historias extraídas de la realidad que comparte, me sacaban de la novela por dolorosas, pero es importante mantener los ojos en los renglones porque son preámbulos que explican lo que más adelante sucederá, así como esos mantras de supervivencia a los que se agarra Pablo cuando está a punto de entrar en pánico.


Ambos, Pablo y Raluca son parecidos y se merecen, y los dos intervienen en la vida para que sea más bella. 

"El consuelo del orden", "La geometría del mundo se archiva en su cabeza". Adoro y admiro la profesión de Pablo por todo lo que significa construir en un mundo habitado por una especie destructiva.

Sí, los cielos pueden ser verdes, lo confirma la aurora boreal, y los caballos que pinta Raluca muy hermosos porque nadie puede decidir quiénes son los buenos o los malos artistas para abrasarse o no en la llama de la belleza, se necesitó un siglo nuevo para comprender el arte de Van Gogh. 

Cuando leáis la novela entenderéis mi enigmática forma de contarla, ahora no puedo romper el suspense por respeto a quienes se incorporen a esta historia, pero lo que cabalga a lomos de esos caballos pictóricos de grandes cabezas es el origen de la protagonista y tiene mucha importancia.

Los tres, Pablo, Raluca y Felipe son inolvidables, cuando a un lector le apetece abrazar y querer profundamente a los personajes es que están vivos, no son ideas, ni vehículos para que el escritor se exprese, Rosa Montero les ha creado el universo perfecto en el que podrán vivir, a ser posible eternamente.

Todos, absolutamente todos podemos aprender Tagalo incluso sin tener muestra en la que fijarnos. Y todos absolutamente todos podemos embellecer con oro nuestras cicatrices.

***

Tan sólo tengo una pequeña objeción que hacerle a esta novela impecable: no me gusta que Rosa Montero le conceda tanta importancia a esa leyenda del naufrago que esperaba que Dios le salvara de ahogarse y por eso rechazó subirse a tres barcos y al llegar al cielo ofendido porque Él no le había ayudado, San Pedro o el mismo Hacedor le respondió. ¡Cómo que no!, ¡si te envié tres barcos! 

Rosa Montero no necesita con su capacidad creativa utilizar el relato o las palabras de otro y como dije en la entrada anterior de "Terra Alta", de nuevo estamos ante un lugar común que usa todo el mundo, hasta yo lo tengo en una novela inédita titulada "Sin Dioses que nos miren" y que acabé en el 2010, naturalmente eliminaré dicho episodio o alusión, y utilizaré mis propias palabras. Ahora entiendo por qué Carmen Martín Gaite ponía fecha al terminar de escribir sus obras, imagino que por si había coincidencias. 

En cualquier caso celebro conectar con Rosa Montero aunque sea en esa pequeñez, pero el consejo para ambas es bueno: no hay necesidad de caer en lugares manidos que todo el mundo nombra.

Pili Zori.

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