"El gran Gatsby", de F. SCOTT FITZGERALD


Quienes siguen este blog, saben que hablo de los libros tras haberlos leído compartiendo el efecto que producen en mi interior y también en el de mis compañeras de club de literatura. De vez en cuando lo advierto porque si alguien nuevo se acerca esperando una sinopsis, un ordenado resumen o un sesudo estudio es posible que se lleve una decepción. El generoso internet regala a manos llenas “el de qué va”. En mi caso trato de poner en común las reflexiones y sentimientos que nos ha suscitado la novela, por ello anuncio tras cada entrada la siguiente que leeremos juntas, es una forma de extender y prolongar el club para las personas que no pueden acudir a él físicamente cada miércoles, la idea es que te enganches si lo deseas a ese epílogo colectivo que entre todas añadimos al salir de las páginas por la contraportada. Allí, en la sala multiusos de la Biblioteca Pública, se vierte durante varias sesiones -en las que ponemos en común cien páginas- la parte que el autor no suele ver, que es nada más y nada menos que la impresión que su obra ha causado en sus lectores. En este caso propuse como temas de debate:
Las diferencias sociales. Los mundos endogámicos y cerrados. El deseo de evasión y olvido del pasado tras la contienda. El crack y el sonido de jazz entre dos guerras. La repetición histórica. Lo ilegal y lo moral. La ambición o la decadencia. El descreimiento. La desesperanza. ¿El fracaso, en definitiva, del modelo occidental en el que seguimos persistiendo?

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Ya ha llovido desde 1925, fecha en la que Scott Fitzgerald publicó “El Gran Gatsby”, pronto habrá transcurrido un siglo y sin embargo el planteamiento y contenidos del libro son tan esenciales y siguen siendo tan aplicables que su vigencia es intemporal, de hecho volvemos a verlos en novelas, películas y series de nuevo cuño cuyos autores posiblemente ni siquiera sepan que en los sedimentos de sus creencias y de su forma de sentir se encuentra el magma de “El Gran Gatsby” incluso sin haberlo leído.
Que su contenido sea vigente da que pensar: que siga existiendo el concepto de clase social resulta triste, es una pena que no hayamos encontrado otra forma más horizontal de mirarnos. No quiero caer en el pesimismo, pero me temo que el deseo de predominar es inherente al ser humano, la necesidad de destacarse sobre el otro, no de que su obra o su trabajo sobresalgan junto a las de los demás y por tanto se complementen, no, el asunto va de colocarse por encima. Todavía sigue dándose el caso de que si alguien sabe utilizar una técnica que tú desconoces pero que necesitas pronto caerá en la tentación de darte en la cabeza con ella para “rebajarte”, (que nos lo digan si no a los que nos hemos quedado en el jurásico con la informática y apenas controlamos cuatro cosas rudimentarias). Como veis, de entrada habría que cambiar nuestro lenguaje que en su escala de valores siempre está manejando conceptos de arriba y abajo, de caer o subir, se ve que tenemos alma de ascensor y todas esas imágenes y símbolos con los que juega el idioma están constantemente agrandándonos o empequeñeciéndonos, y puede que ese sea uno de los orígenes de nuestros problemas, la lengua encarrila nos guste o no, ¿quién la decide?, ¿quién manda en ella? Si hasta para soltar un mitin sobre la igualdad hay que subirse a tarimas o escaños, mal vamos con la paradoja. Es un enfoque equivocado esto nuestro, porque lo que decimos entra en contradicción con lo que hacemos y así nos va. Seguimos empantanados en los mismos sufrimientos y comportamientos sociales que ya retrataba en 1925 Francis Scott Fitzgerald. Tenemos la obligación de buscar palabras que transformen, significados más precisos, porque el lenguaje no es una ristra de ajos sino la herramienta que explica la vida con todo lo que ésta contiene dentro, y algunas de sus partes aún no las hemos definido. Creo que no es la primera vez que menciono “La comunicación no verbal” de Flora Davis, leyendo ese pequeño gran libro te das cuenta de cómo hasta los espacios empresariales, -esas nuevas catedrales de cemento, hormigón, aluminio y cristales- los despachos y oficinas están estudiados para fomentar esas escalas emuladoras de las deidades que expanden su luz cenital desde el último piso para hacernos creer en el poder y venerarlo. Más a menudo de lo que pensamos el problema no está en el contenido sino en el diseño del continente que se explica por sí solo, y los que conocen los entresijos del lenguaje no verbal tienen ventaja para envolverte con espacios y palabras mentirosas que ayudan a  crear el manipulador ambiente que te da o te quita importancia.
Aunque en justicia he de decir que la gente más joven de mi club no lo ve igual, no se les ocurre pensar que quien tienen enfrente sea más o sea menos que ellos, algo está cambiando por suerte, y muchas compañeras de mi edad también hacen la reflexión de que gran parte de la culpa la tiene quien se sitúa como inferior o se deja tratar como tal. No me estoy desviando de las páginas de “El Gran Gatsby” que con tanta maestría imperecedera nos regaló Fitzgerald, enseguida veréis por qué este preámbulo nos mete de lleno en ellas:

ORGULLOS Y PREJUICIOS
Se han dado diversas opiniones sobre el trasfondo de esta novela, pero tal vez no se hayan mencionado algunos  de los motivos, de los ingredientes que a mi parecer también tiene: la humillación y el orgullo, por ejemplo. El despecho, de Jay Gatsby por haber sido despreciado cuando era un chico pobre es un componente tan importante como el amor que le mueve, aunque es probable que ni siquiera Fitzgerald fuese consciente de que estaba reflejando ese resentimiento. Por ello y sin ánimo de restarle romanticismo a la novela creo que no sólo hay oscuridad en la procedencia del dinero del protagonista, tampoco todos sus sentimientos son limpios y diáfanos como aparentan, ni responden sólo al deseo honesto de construir un mundo de “cosas” digno de ella para ponerlo a sus pies. En el regreso de Gatsby, tras cinco años de ausencia, veo un toque de venganza del que no excluye a su amada. El sentimiento de ¡os vais a enterar!, ¡mira lo que te perdiste!, ¡contempla lo que has despreciado! está latente y es legítimo. La escena de las camisas que Jay le va lanzando a Daisy, -a mi manera de ver, naturalmente subjetiva- tiene esa ambivalencia de ofrenda y desagravio al mismo tiempo. Me atrevería a decir que Jack Clayton –el cineasta que en 1974 rodó la tercera versión inspirada en la novela que tan fielmente adaptó Francis Ford Coppola- coincide conmigo porque en ese pasaje Mía Farrow está sentada en un canapé bajo -casi parece prosternada- mientras Robert Redford le lanza las camisas. Ella rompe a llorar llevándose una de ellas a la mejilla y, al preguntarle que por qué se ha emocionado, Daisy responde que “porque nunca había visto unas camisas tan bonitas.” El espectador –lo expreso subjetivamente, claro está- escucha por debajo de las palabras, y comprende que en ese momento ambos acaban de reconciliarse con el pasado, y lo sabe porque las camisas se han tirado desde una posición más alta y dominante como si fueran acusaciones veladas y ella las ha recibido pidiendo perdón. Así ella le concede el podium que él tanto busca: el mensaje cifrado de “No hay otras camisas más bonitas” equivale a decir “nadie puede ni podría darme jamás tanto como tú”.

¿REPETICIÓN DE LA HISTORIA? (¿La humanidad atrapada en la rueda de un hámster?, ¿vueltas y vueltas para que todo siga igual?)
Resultaría muy pobre resumir la novela a una de tantas historias de chico pobre y deslumbrado por los oropeles de una jet set endogámica, frívola, superficial y altiva que no le deja entrar en su exclusivo mundo. “El Gran Gatsby” es mucho más, narra la decadencia de un tiempo y nos muestra por qué se produjo, y es perfectamente trasladable a la actualidad, aquellos 20 podrían ser los 80, y el crack del 29, por desgracia, nuestro crack actual, (crucemos los dedos para que no estalle el combate). Muestra un retrato sociológico fidedigno, valiente y sincero, aunque como una de mis compañeras apuntó, sólo muestre un fragmento de la sociedad de entonces ¿representativo o irrelevante?, la respuesta se la dejo a cada lector. Fitzgerald fue juez y parte de ese estrato social, y su escritura hacía simbiosis con su vida, la frontera se diluía sin que el préstamo biográfico le hiciera perder valor artístico a su obra ni le eliminase la creatividad porque la literatura no sólo fue su talento, por encima de todo fue su razón de ser, su obsesión, su realidad.

AMBICIÓN, AVARICIA. (¿Cuál era o sigue siendo la composición del sueño americano?)
El gran Gatsby” habla de ambición, de avaricia, (el matiz semántico importa, la ambición como meta u objetivo a conseguir, la avaricia como acumulación), de ansiar y amar un tipo de vida pero no a quien te la proporciona, de sentimientos encontrados, universales, colectivos e individuales y sobre todo tira de la manta del tan traído y llevado sueño americano para que veamos el bluff que hubo debajo, de cuya participación el autor no se excluyó. La novela de Fitzgerald habla del concepto del triunfo americano tan a menudo confundido con el éxito, la moda y la notoriedad. Pero sobre todo  muestra una exquisita sensibilidad y honradez poco habituales en la prosa de ayer y de hoy, hay mucho vende mantas que disimula los trucos floreando, es muy difícil escribir con sencillez porque requiere eliminar las tentaciones de impactar con efectismos embaucadores.

EL AMOR (y sus complejos ingredientes)
Jay Gatsby es consciente de las características de la mujer a la que ama, gata de lujo decorativa, doméstica y cobarde, aún así cree en ella y en su amor correspondido e ingenuamente se propone rescatarla como caballero andante de un matrimonio fallido, por eso, cuando Carraway  intenta definir el encanto de la voz de Daisy, él afirma con contundencia: -Su voz está llena de dinero. Y es que toda la vida he pensado que lo que más le duele a un ser humano es el menosprecio con todas las derivaciones que conlleva, ese dolor permanece y sólo cicatriza y desaparece cuando al afrentado le piden perdón por el daño. Tal vez él ya haya perdonado de antemano mostrando comprensión por la debilidad ajena, al fin y al cabo no se puede luchar contra los sentimientos y es frecuente amar a quien no se lo merece, pero para resarcir de verdad y que se haga justicia es necesario que esa confirmación sea pronunciada en voz alta, dando la cara, afrontando. Y esa es la belleza de esta novela que coloca a todo el mundo en su sitio sin eliminar las sombras y mezquindades de todos ellos, subrayando a la vez las razones de por qué son así, víctimas y presos de la forma de vida que ellos mismos han creado desencantados, frustrados en busca de evasiones que les dejan insatisfechos porque aunque parezca una perogrullada y un tópico sigue siendo cierto que las cosas no sustituyen a las personas, ni la soledad la disipa el tumulto, al contrario la subraya.
El Gran Gatsby” comienza con un consejo que el narrador –Nick Carraway- recibió de su padre: “Siempre que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti.”
Fitzgerald escarba para encontrar la grandeza en quien se supone que no la tiene porque delinque, ya que el lector intuye desde el principio que Gatsby es contrabandista y trabaja fuera de la ley, -la novela está situada en el tiempo de la ley seca, pelotazo oportunista para quienes sacaron tajada de la clandestina situación-, en cambio se la quita a los “bien vistos” que refugiados en su dinero y sus privilegios encubren sus veleidades jugando con los sentimientos y la integridad de quienes han dado hasta la vida por ellos. Los Buchanan, “los niños bien”, no van en serio. La cruel Mirtle y Gatsby, sí. Para encamarse no se hacen ascos a andar revueltos, pero a la hora de desayunar cada mochuelo a su olivo y el borrico en la linde que mezclar no es bueno y éstos eran de ginebra sin cesar, eso sí, servida en copa de cóctel.

ADVENEDIZO (¡fuera de mis dominios!)
Hay una peliaguda pregunta que surge de esta novela, Gatsby llega a superar con creces cualquier posesión que pudiera ostentar la gente que lo deslumbró y sin embargo jamás será aceptado, ¿cuáles son los ingredientes endogámicos de esas personas que expulsan y tildan de advenediza a gente que bien podría alimentarles?, y ya saliéndome del libro mi interrogación es ¿por qué aún estando en las últimas esa “clase” de personas sigue mostrando altanería aunque no tenga inconveniente en chupar del plebeyo frasco?, ¿qué demonios es un aristócrata?, ¿qué puñetero invento es la alta sociedad?, ¿quién coloca en esas pompas de jabonosa vanidad a tanto ególatra inflamado? Que yo sepa nadie sabe caminar en vertical. ¿Quién ha dicho que admirar a otro implique necesariamente que haya que rendirle pleitesía?, tú tienes algo apreciable yo tengo algo notable, para eso estamos, para valorarnos en plano de igualdad, que alguien diga que tus ojos son hermosos no significa que los suyos sean feos, ya sé que son matices tontos pero de vez en cuando hay que leer la cartilla empezando por la A, y vuelvo a reiterar: no hay que situarse ante nadie en condición de inferioridad o seremos tratados como inferiores y la culpa será nuestra. La humildad no equivale a ser acomplejado, para eso está el intercambio de saberes, tú necesitas lo que sé, yo necesito lo que tú sabes.

FICCIÓN Y REALIDAD (a vertiginoso ritmo de jazz)
Durante muchos años al igual que los protagonistas de su novela vivió junto a su mujer Zelda por encima de sus posibilidades, de fiesta en fiesta, pidiendo anticipos a su agente literario y malvendiendo su talento por entregas a revistas que no sabían valorarlo. Se ganó a pulso pertenecer a la generación perdida a ritmo de jazz -el sonido desasosegado que de algún modo expresaba la zozobra intuida de un tiempo entre dos guerras-. Quienes han salido de una contienda necesitan esparcirse, tal vez por ello vivan como si fueran a morir al día siguiente, o quieran ahuyentar a los fantasmas con alcohol y desenfreno para desquitarse. Scott Fitzgerald cayó finalmente en el alcoholismo y Zelda, su esposa, en la locura, aunque es más que posible que un tercero en discordia precipitase el declive.

EL TERCERO EN DISCORDIA (es decir Hemingway)
Scott Fitgerald sentía devoción por Ernest Hemingway, siempre se comportó con él como un discreto y gran amigo al que nunca quiso hacer sombra. Escritos de otros observadores de aquel tiempo no dejan muy bien parado al premio nobel, que, a diferencia de Scott, no perdía ocasión para desprestigiarle a sus espaldas aludiendo a su falta de aguante con el alcohol, atacando su virilidad con burlas soeces primitivas y simplonas, culpando a Zelda por su caída, fanfarroneando de macho, aireando sus conquistas, aumentando el valor de sus hazañas... Nunca agradeció públicamente la ayuda prestada por Scott incluso en la corrección de sus primeros manuscritos, tampoco que le pusiera en contacto con el ambiente literario y con su editor Max Perkins, un hombre que por suerte entendía de literatura pero no era vanidoso, no pretendía ser el escritor, como les ocurre a algunos que debido a ese deseo frustrado machacan, se sentía orgulloso de su papel, de ser la parte necesaria e imprescindible para la divulgación, y aunque todo es opinable y depende del biógrafo que escojas es más que posible que Hemingway envidiara en secreto a Fitzgerald porque sus descalificaciones fueron despiadadas, desmedidas, incluso hasta después de muerto lo despellejó o eso pretendía. Gertrude Stein le paró los pies en una ocasión durante un encuentro en su casa de París estando ambos escritores presentes, en aquella sala le vaticinó que sin la parafernalia que desplegaba alrededor, su literatura no perduraría y sin embargo la de Fitzgerald sí, y que cuando muriera y desapareciera la aureola de engreimiento que se había creado su obra no se sostendría. Tal vez supo venderse como escritor de moda representante de su tiempo, como un innovador aguerrido y patriótico convenciendo hasta al mismo Fitzgerald en su peor momento personal de que era un modelo a seguir como hombre y como artista. Lo cierto es que yo coincido con Stein, hasta su literatura me parece fanfarrona y fácil, y siempre le veo y le oigo a él,  mientras que la de Fitzgerald me resulta bella, profunda y sutil, guarda las proporciones perfectas en la composición, en el ritmo… y sobre todo en la esencia de lo que quiere decir. Late. En una novela de Fitzgerald entras porque el universo está construido, lo ves, paseas por él, y el autor desaparece, en una de Hemingway escuchas a un contador, le oyes a él quedándote fuera. En cualquier caso va en gustos, no soy original ni la única que lo dice, hay más gente de su tiempo y del mío que opina lo mismo y lo expresa con mayor brillantez, y que conste que no desmerezco su toma de posición como periodista, sus adscripciones políticas, la solidaridad hacia los republicanos de nuestro país durante la guerra civil, su amor por Cuba… posturas que sin duda comparto, simplemente las separo de la obra de un autor. La vida es curiosa, siempre termina por hacer justicia, lo que ocurre es que a nosotros, tan efímeros, nos parece que la imparte a destiempo, en cualquier caso no se me ocurriría restarle valor a Hemingway como escritor, pero sí me molesta, si es que es verdad lo que dijeron sus coetáneos, que fuera tan dañino en lo personal con alguien que lo amó con lealtad durante toda su corta vida y lo consideró siempre un amigo.

INMORTALIDAD
Zelda y Scott murieron sin conocer la gran trascendencia de esta novela que ha traspasado las fronteras temporales convirtiéndose en un testimonio de desesperanza, desencanto y pérdida de fe universales e identificable en todo el planeta, pero en su día tuvo un éxito relativo ya que los norteamericanos querían dejar atrás la década que trajo la gran depresión y corrieron un tupido velo para ocultar cualquier detalle que les recordase los orígenes de la tremenda crisis económica, y tildaron de caducas sus páginas, no sabían entonces que el libro sería un referente para las jóvenes generaciones de los años cincuenta (otra vez “canciones para después de una guerra”).

LA DESESPERANZA
Scott Fitzgerald con Zelda, su esposa.
Cuando en la novela George Wilson, el marido de Mirtle, le dice a su esposa “a mí me puedes engañar pero a Dios no, Él te ve” –perdón por citar de memoria y no textualmente- señalando el cartel de un oculista en el que tras unas gafas aparece la inquisitiva mirada, y ella le responde: “eso es un anuncio”, el sarcasmo es significativo y me aventuro a opinar que probablemente proviene de Fitzgerald, un muchacho descreído que sin embargo seguía siendo respetuoso desde el sedimento de su moral y educación cristianas del que no supo o no quiso desprenderse. Scott se educó en internados católicos –digo muchacho porque nació en 1896 y escribió “El gran Gatsby” en 1925, así que joven era, y en estos tiempos añadiríamos que precoz porque ya en 1920 había publicado “A este lado del paraíso”.

PARALELISMOS.
De status considerado “inferior” al de su esposa Zelda, la belleza sureña, la hija de una “familia bien” de Alabama  es más que posible que, como Gatsby, quisiera darle todo aquello a lo que estaba acostumbrada. Ella al igual que Daisy le rechazó en un principio y Francis Scott Key Fitzgerald también abandonó los estudios –igual que su personaje- para incorporarse al ejército. Su vida real como ya he dicho siempre estableció paralelismos con sus novelas. La pareja se unió definitivamente cuando él volvió. Ella también era escritora, tal vez con peor suerte, o con menos deseos de “triunfar”. Se podría pensar en un principio que su disipada vida les condujo al alcoholismo y a la locura. Zelda finalmente desarrolló una esquizofrenia que le obligó a peregrinar por distintos y carísimos hospitales psiquiátricos hasta el fin de sus días, (por tanto es más que posible que la fama de la lapidación de fortuna se contradiga con este dato ya que Scott pagó religiosamente todos sus internamientos aún teniendo nueva pareja). Zelda murió en el incendio del último psiquiátrico en Asheville, Carolina del Norte. Ocho años antes un fulminante ataque al corazón acababa con la vida de Scott. Sus relaciones fueron turbulentas y ambos tuvieron amantes. Visto desde fuera podría parecer que ella le arrastró a esa vorágine festiva dada su ascendencia, sin embargo gracias a la recuperación de algunas cartas y diarios sabemos que a esta joven esposa desde el principio de su relación le asustaba que el mundo de la fama pudiera estropear el talento de su marido. Acusaba a la madre de Scott por haberle inculcado esos aires de grandeza, actitud y sentimiento quizá discutibles por pertenecer a intereses encontrados ya que la disputa territorial entre suegras y nueras es muy común desde que el mundo es mundo, pero sus palabras arrojan luz sobre las falsas apariencias.
Zelda también odiaba el concepto yankee del éxito. Y detestaba a Hemingway. Ella no compartía la capa de deslumbramiento que cegaba a Scott, La inquina era mútua, ambos se tenían calados, con Zelda no servía la seducción de Ernest, nunca formó parte de su público, ni de su séquito de aduladores. Hemingway la culpaba del derrumbe de su “amigo” y ella le servía como excusa para despotricar y de paso ponerle en evidencia.
¿Qué arrastró al alcoholismo a Fitzgerald?, ¿la esquizofrenia de Zelda por la que se sintió tan culpable?, ¿la inseguridad propia de los escritores complejos que saben asomarse al lado oscuro y a las múltiples facetas del alma? No lo sé. Quizá ambos fueron enfermos desde un principio y sólo en la proximidad de sus locuras se comprendieron por la ley de la atracción, pero ya se sabe que ese imán es un incendio en el que pereces, son las brasas, los rescoldos del ni contigo ni sin ti, hasta su muerte fue una metáfora de fuego y de consumo.

REQUIEM
A su modo se amaron siempre; en 1974 los enterraron al fin en la misma tumba de Rockville, Maryland; el epitafio es el final de “El Gran Gatsby”: “Y seguimos adelante botes contra corriente empujados incesantemente hacia el pasado”.

CINE Y RESURECCIÓN (vivos para siempre)
A lo largo de décadas, desde que fue editada, ha inspirado cuatro películas, la más conocida para nosotros es la que dirigió Jack Clayton en 1974, cuyo guión realizó Francis Ford Coppola, -es impresionante la milagrosa capacidad que tuvo para trasladar el libro a imágenes prácticamente al pie de la letra, y  toda la majestuosa puesta en escena, vestuario, interiores y exteriores… fue protagonizada por Robert Redford y Mia Farrow. Hasta que se llegó a estos actores hubo un complicado casting del que otro día hablaremos, la crítica fue dura con los silencios forzados entre Redford y Mía Farow, a ella la vieron sobreactuada, en mi opinión se limitó a entender el personaje y Daisy era así: postiza. Precisamente en este momento esperamos para mayo de 2013  el estreno de la cuarta, la nueva versión dirigida por Bard Luhrmann e interpretada por Leonardo DiCaprio. Sería bonito que los dos, Zelda y Scott, pudieran verla un siglo después.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que habremos leído “Las correcciones” de Jonathan Franzen y entre medias habremos visto unas cuantas películas que os iré anunciando.
Pili Zori

"CINEMA PARADISO", película de Giuseppe Tornatore


La declaración de amor al cine más hermosa que un cineasta haya escrito jamás. Y para muestra el final: Tornatore se lo come a besos, literalmente.
“Cinema Paradiso” es una marca generacional. Tengo exactamente la misma edad de Giuseppe Tornatore, y asistí al antes y al después de que las maravillosas y enormes salas de cine fueran convertidas en aparcamientos o macro discotecas. Más tarde vinieron los videoclubs, los multicines… Otros tiempos, no mejores ni peores, distintos (todo tiene ventajas e inconvenientes, gracias al dvd podemos poseer joyas de incalculable valor como ésta, sin tener que confiarlas sólo a la memoria). En aquel tiempo las largas filas para comprar la entrada ya constituían en sí mismas parte del ritual, del punto de encuentro, el cine era un centro neurálgico que propiciaba la relación social -colectiva y pública- durante la espera; luego en el interior y protegidos por la oscuridad oscilante de la sala se desarrollaba la parte privada e íntima, la experiencia personal apenas rota por algún que otro comentario en voz baja con el acompañante de al lado; quienes iban en cuadrilla solían ser más notorios y molestos, -nunca terminaré de entender por qué en grupo se desarrolla la necesidad de ser más ruidoso, de hacerse notar- pero el cine también propiciaba la relación de pareja atenuando cómplice con sus cobijos en sombra la timidez; allí se aventuraba para algunos la primera caricia en la mano, el avance por el respaldo hacia el hombro, el primer beso… y para los más osados y bajo gabardinas o abrigos otros preliminares o escarceos más clandestinos. El cine enseñaba a sentir, invitaba a viajar, ampliaba “horizontes lejanos” y también cercanos –matizo lo de cercanos, con permiso de Mr. Anthony Mann, para que no sean siempre los americanos quienes marquen la línea del confín.
No soy nostálgica, tal vez porque tengo una memoria hostil que al lado de lo bueno siempre me adosa lo malo y por ello mirar hacia atrás a menudo me produce tortícolis, pero en este caso Tornatore me presta su voz y el sentimiento y la actitud selectivos que me gustaría tener para recordar, por aquello de que “La melancolía es la felicidad de estar triste” que diría Monsieur Hugo.
Es posible que para mirar hacia atrás nuestro cine sea más escabroso y árido, y que los italianos sepan sufrir y asumir mejor que nosotros su pasado. Lo cierto es que también tuve la suerte de ver “El hombre de las estrellas” y recuerdo haber exclamado lo mismo, “¡Qué bien sabe contar Tornatore la dureza a través de la ternura!” Pero dejo la cháchara que ya ha sonado el timbre y vamos a entrar.

Vemos el esplendor del Mediterráneo desde la terraza de una casa, el color turquesa del oleaje inunda las retinas de los espectadores y la cálida brisa topa con los rostros y los acaricia. La cámara retrocede hacia el interior de la vivienda y sobre una mesa contemplamos un centro con frutas, otro frutero similar descansará en otro tablero más humilde del pasado para crear el enlace entre los dos extremos del enorme flashback que nos hará trasladarnos cuarenta años atrás. Por la esquina de la pantalla aparece una señora mayor, casi anciana, con el cabello gris recogido en un moño, viste ropa oscura y sencilla de andar por casa, está haciendo una llamada telefónica a su hijo para comunicarle que Alfredo ha muerto; su hija, una mujer también madura intenta disuadirla diciendo algo así como “no te molestes mamá, si en treinta años no ha venido…” -perdonad la falta de exactitud- pero de nuevo las palabras sólo sirven de apoyo, lo relevante es que el personaje de la hermana sólo sirve de excusa en este caso para entregarnos el dato cronológico, la explicación de la ausencia se desarrollará más tarde, pero  el espectador en ese momento se pregunta ¿por qué lleva treinta años sin ir a ver a su madre y a su hermana, sin volver a su lugar de origen? El primer elemento de intriga está servido y además nos sitúa en el tiempo y en el espacio. La noticia la recibe en Roma otra mujer joven y por la forma de transmitir más tarde el mensaje al hombre enseguida intuimos que no se trata de una pareja de larga duración. Al introducirse en la cama de la suntuosa alcoba, Salvatore (Jacques Perrin), que ya peina canas, comienza a evocar.
Sus recuerdos nos llevan a una pequeña villa bastante derruida de Sicilia, Giancaldo, pronto sabremos gracias a la extraordinaria capacidad descriptiva del director que nos hemos trasladado a finales de la década de los cuarenta del s. XX, aún vemos en la aldea los estragos y ruinas: la segunda guerra mundial acabó hace apenas unos años (el pueblecito en el que se filmó “Cinema Paradiso” en realidad se llama Palazzo Adriano, los decorados ya no están pero la fuente es inconfundible, las escenas de playa se rodaron en otro llamado Cefalu, lo comento por si queréis recrear los lugares). Prosigo. La plaza nos mostrará la vida de la aldea, en ella se encuentran los edificios más emblemáticos: el ayuntamiento, la escuela, la iglesia… en su centro se montará el mercado un día a la semana, se producirán las contrataciones de los jornaleros, de ella partirán los autobuses... los cambios que a lo largo de la película veremos nos harán notar el paso del tiempo.
Entramos en  la iglesia en la que el pequeño Totó (Salvatore Cascio) hace de monaguillo. A menudo se duerme por la hora tan temprana y porque en su casa se come poco, lo sabemos porque se lo dice al cura -es la primera misa que se celebra por la mañana con el templo vacío- sus cabezadas provocarán que el padre Adelfio (Leopoldo Trieste) pierda el hilo porque si no escucha el sonido de la campanilla no sabe continuar. Más adelante nos adentraremos en la escuela gobernada por la rigurosa maestra que armada con generosa regla para dar palmetazos y mano firme para amoratar las infantiles frentes a base de coscorrones contra el encerado no consigue, por fortuna, atormentar a los chiquillos. Totó es inteligente como una ardilla y se libra del martirio. Las críticas implícitas que contienen las imágenes no demuestran rencor, sólo enseñan las malas costumbres de un tiempo que aquellos críos se tomaron con grandes dosis de humor que les sirvieron de impermeable. Pero el edificio que preside la gran plaza sin duda es el Cinema Paradiso y dentro de él se encuentra la cabina desde la que Alfredo (Philippe Noiret, en uno de los papeles más brillantes y entrañables de su carrera) proyecta las películas. Al pequeño Salvatore, a quien todos llaman por el diminutivo, le interesa más el trabajo del proyeccionista que lo que ocurre en la pantalla. Así nacerá una relación paterno-filial en la que ambos, tutor y niño, se darán apoyo mutuo tanto a nivel afectivo como profesional, para muestra están las escenas en las que los dos han de hacer el examen que les permita obtener el graduado escolar. Alfredo no sabe algunas respuestas y Totó aprovecha la situación para proponerle el trato a través de gestos: le apuntará las soluciones si él accede a enseñarle el oficio.
Entre ellos se establece un amor inconmensurable que incluye la heroicidad: Totó le salva la vida, la escena es épica, como un pequeño David que esta vez salva a su amado Goliat arrastrándole por las escaleras; mientras todos corren huyendo del incendio el pequeño se adentra en él, pero me estoy adelantando, el incendio se producirá en el centro de la película y marcará el punto de inflexión y el salto adelante con un Salvatore ya adolescente interpretado por Marco Leonardi cuyo bellísimo rostro es recorrido por los amorosos dedos del invidente Alfredo. No sé exactamente cuál fue el nexo de unión que a mi juicio nada tiene que ver con lo físico, pero algo especial e interior cosió la interpretación del trío de actores, lo cierto es que consiguieron parecer el mismo sin la ayuda de rasgos, marcas o gestos comunes, hubo algo anímico que supieron unificar y que hizo la simbiosis absolutamente verosímil. Pero volvamos a la infancia de Totó, en esa parte el tiempo transcurre lento, contemplativo como corresponde a la vida sin responsabilidades.
La mañana anterior al “estreno”, el cura armado de campanilla entra en la sala vacía dispuesto a censurar como un poseso a base de campanillazos. La película es mutilada beso a beso, porque la sutileza del pobre hombre no da para más. Por la tarde Giuseppe Tornatore nos presentará a todo el pueblo de Giancaldo sentado en la sala, la gente acomodada y trajeada arriba, en el anfiteatro y la humilde abajo, en platea, con vestimentas más sencillas (imagino que el director lo dispuso así para facilitar la idea de estrato social alto o bajo, en mi ciudad si no recuerdo mal creo que la platea o patio de butacas era la parte cara y anfiteatro o zona de gradas la más barata. Allí veremos enamorarse a un espectador de los de abajo de una muchacha de las de arriba, durante un tiempo él pasará a ocupar la parte alta junto a ella, más adelante y ya con niños nos encontraremos con los dos abajo y deduciremos que ella al casarse se trasladó al mundo de él, “el hombre mandaba, traía el dinero a casa y a él se le seguía”. A estos detalles me refería al decir que la narración es descriptiva, y que los diálogos aún siendo muy importantes pasan a un segundo plano de refuerzo, las imágenes llevan las riendas y comprendemos la película a través de ellas.
En la segunda etapa en la que el generoso Nunzio dedica su premio de la lotería a reconstruir el edificio del Cinema Paradiso tras el incendio la iglesia pierde ya su poder, y las películas al fin son proyectadas sin cortes ni censuras, y hasta el cura en la inauguración -ya no a solas sino junto a todos los demás habitantes del pueblo- se deja llevar por el sensual baile de Silvana Mangano. La situación es ambigua porque el pobre hombre hace amago de usar la ya inexistente campanilla para censurar y al mismo tiempo está fascinado. En otras sesiones veremos cómo cerca de la puerta de salida una prostituta ejerce el viejo oficio sin apenas disimulo, el color llena la pantalla.
Es inolvidable el personaje que va contando los diálogos de los actores que aparecen en pantalla en voz alta como un eco simultáneo y con las mejillas llenas de lágrimas, los sabe de memoria por todas las veces que ha visto la cinta. Esa devoción que le hace entrar en las vidas de los personajes, transmutar para convertirse en ellos es la mejor definición de los efectos primarios y secundarios que produce el cine cuando penetra en nosotros, cuando nos lo tomamos.
Hay una escena muy importante, tanto que fue colocada en la carátula, se trata de la secuencia en la que Totó elige el camino de Alfredo que va en dirección contraria al del cura fingiendo que se ha hecho daño en un pie, es crucial y significativa. La imagen tan perfectamente empastada del pequeño casi envuelto por la gran figura de Noiret sobre la bicicleta está llena de felicidad real por estar juntos. A partir de ella quedan unidos para siempre.
En una emotiva sucesión de secuencias veremos a Alfredo transmitiéndole el conocimiento en esa preciosa relación iniciática de mayor con joven o joven con mayor porque el enriquecimiento es mutuo. Sentados en el escalón de una puerta cuando Salvatore ya es adolescente y el proyeccionista le cuenta el relato de los cien días para que aprenda a luchar por el amor y ejercite la paciencia… Dándole el estímulo y el empuje necesarios para que el joven salga del pueblo, para que no desperdicie su talento y pueda desarrollarlo, sentiremos la renuncia de un padre que echa al gorrión del nido para que vuele, no tenían la misma sangre pero los dos se eligieron como adoptivos.
En la película se produjeron complicidades que no se dan sólo por las pautas de un director, algo más importante trascendió desde el ambiente del ensayo y el rodaje, y esa es la clase de atmósfera cómplice que si la sabe crear un cineasta convierte al largometraje en una obra de arte imperecedera.
Tampoco olvidaremos la casa de Totó con esa habitación única en la que las camas están a la vista, se nos grabará para siempre la imagen del niño jugando en la mesa con los fotogramas cortados mientras inventa la trama y los diálogos que su madre escucha embelesada al mismo tiempo que cose, es imposible no recordar a mi hermano y a los chicos del barrio ganando y perdiendo en los juegos de chapas o canicas aquellos trocitos que se vendían sueltos y que ellos llamaban películas. Las chicas coleccionábamos postales de artistas, que comprábamos en los puestos verdes de San Gil, ya no lo recordaba.
Parece mentira que seamos tan parecidos: sentí un escalofrío cuando vi a los niños del Cinema Paradiso darse golpecitos en la boca para imitar el ruido de los indios, aquí hacíamos lo mismo en las sesiones infantiles.
Contemplar este film propone un juego de prolongación y de matrioska infinita, de cine dentro de cine: cuando la pongamos en la sala del centro de mayores de Ibercaja observaremos desde nuestras butacas a otras personas que a su vez y dentro de la pantalla mirarán una película, la misma que veíamos nosotros en aquellos años, y la sensación será bonita: la imagen de ellos iluminados desde atrás por el brillante polvo de estrellas que sale de la cabina -por la boca amenazante y abierta del león de madera- en un haz cónico y la de frente recibiendo la luz que proviene de la pantalla, (a mí que no entiendo de recursos cinematográficos me parece un logro extraordinario del director de fotografía Blasco Giurato si tenemos en cuenta que al principio los largometrajes que se reflejan en las caras son en blanco y negro y hay que crear la misma gama cromática) esa pantalla que ellos miran y que no vemos alumbrará sus rostros encendidos de emociones que irán creando un vínculo intemporal con los nuestros por la empatía y el contagio de ver los suyos, dicho con palabras parece un galimatías pero el engranaje mágico de focos rebotará y se multiplicará como en un juego de espejos.
Cuando Giuseppe Tornatore realizó esta película en 1988 tenía 32 años, creo que el dato es más que importante por el grado de madurez que demostró no sólo para recordar y moverse con maestría en flashback sino para intuir el flashforward que no había vivido, tuvo que inventar un futuro para los protagonistas cuarenta años más tarde, ese futuro en cuanto a cambios físicos era su presente en ese momento, por tanto apenas necesitaría labor documental, le bastó con retratar la Sicilia de finales de los 80, salir en tren de joven y volver en avión de mayor, pero lo que no podía conocer es lo que sentiría alguien cuarenta años después porque él aún no los tenía.
El Cinema Paradiso antes y después
La película era más larga, he podido rescatar a través de internet las escenas eliminadas, creo sinceramente que sí le sobraban, pero lo menciono por hacer justicia a la actriz que desaparece. En ellas hay un encuentro con Elena -ya madura, casada y con una hija- que explica las razones de su desaparición. Alfredo queda peor parado en cuanto a la manipulación que ejerció sobre ambos jóvenes: con el fin de que Salvatore pudiera desarrollarse en Roma sin obstáculos le ocultó que ella fue a buscarle a la cabina y dejó una nota con la nueva dirección. Elena, el primer y único amor verdadero y truncado de Totó del que se engancha para toda la vida.
También el actor Jacques Perrin vio mermado su trabajo, pero lo cierto es que esa parte habría desorientado porque rompe el estilo, el ritmo, el equilibrio y la poesía, redunda y explica lo innecesario y el resultado habría sido una película dentro de otra, sin embargo creo sinceramente que en esos trozos eliminados está el germen, el punto de partida para otro largometraje igual de hermoso. Supongo que cuando ocurre algo así resulta duro comunicar el tijeretazo, desconozco esas trastiendas. Pero en este caso menos fue más y la decisión de acortar muy correcta.
Confieso que me puse a especular sobre las escenas eliminadas e imaginé que tal vez esa parte desechada fuera un préstamo autobiográfico y que por esa razón se habría emperrado el director en editarlo de todas maneras aunque fuera de forma anexa. Me dije que quizá pudo querer dejar para una mujer real esa especie de mensaje cifrado sobre lo que pudo ser y no fue por falta de datos o indecisión.
No sé, hay algo en esa declaración de amor tardía que no cuadra, la tierra no se traga a las personas y tampoco es difícil buscar a alguien en un mismo país, si Salvatore hubiera querido habría podido encontrar a Elena antes, así que de nuevo recordé los treinta y dos años que el autor tenía cuando realizó esta película y que el concepto del tiempo es relativo y según la edad que se tenga se acorta o se alarga y me reproché que si a mí no me gusta que me atribuyan como autobiográfico lo que les ocurre a los personajes de mis libros ¿por qué estaba elucubrando sobre Tornatore y faltando a su imaginación y a su capacidad creativa?, las historias pueden ser referidas, imaginadas, soñadas, basadas en... o un cóctel de todo junto. No es necesario que lo que el espectador ve haya sucedido para que sea o no real. Lo real se nutre de lo imaginario y viceversa. Real es la forma de crear, de sentir, de mirar y esa es la esencia que un maestro como él destila en su cine.
Hacía tiempo que nadie me recordaba que el buen cine no sólo me gusta, también me hace muy feliz. Así que gracias señor Tornatore.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro con el cine o con los libros.
Pili Zori

"La elegancia del erizo", de MURIEL BARBERY


Mi experiencia con esta novela es curiosa, la primera vez la dejé a medias, tuve una sensación extraña de trampa. Me pareció que la autora caía en los mismos defectos elitistas y despectivos que criticaba con la única diferencia de que los cambiaba de clase social, queriendo decir algo así como “son ricos pero incultos” y de nuevo ante mí se presentaba el afán de sobresalir de algún modo y el uso de la cultura como arma arrojadiza, otra vez los deseos verticales: si luchas por odio al patrón en vez de por amor a la libertad, si lo haces por envidia y por deseo de ocupar su sitio de privilegio, cuando ganes el combate el poder sólo habrá cambiado de manos y todo seguirá igual como veíamos en Desgracia de Coetzee, y sentencié de un plumazo superficial e injusto que el argumento trataba de una cenicienta madurita rescatada por un moderno príncipe oriental adineradísimo. ¿Por qué no?, me  pregunté. Habría admitido el formato y el argumento de buen grado si no se camuflase en una pretenciosa y aleccionadora actitud moral con ingredientes sociológicos, hondura filosófica, introspección psicológica etc, etc. Pero no me encontraba a gusto con esa reacción de pataleta mía desabrida y maleducada sabiendo además que había dejado al libro con la palabra en la boca.
En esta segunda oportunidad he sido más comprensiva y he conseguido el ritmo y el tono justos para comprenderla mejor. La autora ha querido reflejar a la sociedad francesa actual en la que la diferencia entre clases sociales es notoria, una fractura, según sus propias palabras, el elitismo de pose es fuerte allí y la integración intercultural y física con inmigrantes no se ha logrado. Por ello que Muriel Barbery situara en el mismo inmueble a la alta burguesía (ya sea de derechas o de izquierdas, clase dirigente al fin y al cabo, “la gauche du caviar” como nombran peyorativamente a ciertos grupos de socialistas franceses desde la década de los 80 del s. XX) fue un acierto, con el ascensor de subida y bajada para subrayar la estructura escalonada. Otro logro fue que eligiera tres puntos de vista, uno externo, el de René, (la portera que limpia y recoge las “basuras” de todos los vecinos cuya verdadera esencia permanece camuflada y escondida en el tópico de inculta, fisgona y adocenada que de ella se espera, porque quienes clasifican nunca huelen el frasco, se fían de la etiqueta que ellos mismos pegan en él). Otro interno, el de Paloma, la hija menor de los Josse, criatura superdotada en plena pubertad y por tanto en tierra de nadie, y el tercero, el de Kakuro Ozu una mirada oriental y por ello externa a la que la escritora concede, en mi opinión, un valor excesivamente idealizado porque el sistema japonés también tiene sus escalafones que sin duda antepone al ser humano, al individuo, y espacios en los que abandona y desprotege a sus semejantes con mendicidad incluida… En fin, que la injusticia y los desfavorecidos alcanzan a todo el planeta. Imagino que ahora que Muriel Barbery ha realizado el sueño de irse a vivir a Japón junto a su esposo también verá esas distancias. Pero agradezco el análisis de la autora y su deseo de explorar en otras culturas que coloquen en primer lugar a la persona y sepan mirarla sin el rótulo de alfa, beta o épsilon que ya vaticinaba Aldoux Huxley en su “feliz mundo.” Todos observamos a otros países para ver si en ellos se convive mejor, si hay un reparto más equitativo de los bienes, y si el desarrollo personal y colectivo va a la par y no están reñidos. Pero nos ha tocado la decadencia y de momento que yo sepa no hay atisbos de solución.
La novela finalmente me ha parecido muy hermosa, los personajes protagonistas se ocupan de colocar lo importante en su sitio y lo sustancial sin duda es la elegancia de corazón y no las apariencias, la lástima es que haya que criar púas y escondites para defenderla.
La escena en la que René va bellamente vestida y peinada junto a Kakuro para celebrar el cumpleaños de él y los vecinos no la reconocen se explica por sí sola aunque en la página 136 nos lo refuerce con frases de Ana Karenina:cuán rápido sacamos conclusiones por la apariencia y la posición sobre la inteligencia de los seres”; pero antes, en la página 133 durante una conversación con el clochard Gegene, -el mendigo con el que René charla a menudo y responsable del altruista desenlace final-, vemos como tampoco ella se libra de sacar conclusiones equivocadas, aunque sean para bien, porque a veces hasta la buena intención crea prejuicios de los antiprejuicios, si se me permite el juego de palabras. En esa escena René le cuenta a Gegene que uno de los vecinos, el señor Arthens ha muerto y de inmediato queda sorprendida por las alabanzas que el mendigo hace sobre él cuando el encopetado gastrónomo jamás se había dignado a mirarle. “Nunca creí que los pobres tuvieran grandeza de alma por el simple hecho de ser pobres y por las injusticias de la vida, pero al menos sí los creía unidos en el odio por los grandes propietarios, Gegene me saca de mi error y me enseña lo siguiente: Si hay algo que los pobres detestan es a los otros pobres”, ¡ahí queda eso! ya os advertía que en la novela, Barbery no excluye a nadie de su ración de rapapolvo y que escarba para romper estereotipos, y nos enseña a mirar a los demás sin ideas preconcebidas, tampoco por ser pobre eres mejor.
La elegancia del erizo” es un libro valiente creado por una francesa con todo el derecho a señalar dónde tiene las heridas su país, y qué órganos se le enferman. Páginas llenas de intenciones inmejorables, sarcástico–tiernas, pero nada complacientes, no deja títere con cabeza. Los personajes son inolvidables, por ello me gusta que sea una comedia romántica con final triste, se trata de que el lector no salga satisfecho de sus páginas porque a pesar de los bellos momentos que toda vida alberga siguen quedando los problemas que tenemos obligación de intentar resolver, cada uno de nosotros aportando lo que pueda.
Al menos, le pese a quien le pese, la cultura es accesible y como ya he dicho otras veces está al alcance de cualquiera sea portera o sea rey. Esta portera que lee a Tolstoy, escucha a Mozart y al rapero Eminem, que ama el cine japonés de Ozu, que lee filosofía… en cualquier momento de su vida podría haber avalado con títulos los conocimientos que tiene, pero elige seguir siendo conserje. A ver si de una puñetera vez y “gracias a la crisis” entendemos que no eres más por cinco años de carrera, a ver si al fin comprendemos que tener cultura es independiente del oficio. Asunto distinto es la especialización que también puede adquirirse por diferentes caminos de aprendizaje. Intento decir que sin excluir la universidad que no tiene culpa, la pobre, de los atontados que le confieren pedigrí -qué palabra tan ridícula y odiosa- es que sería interesante abrirse a los demás sin menospreciar de antemano su inteligencia, sin que las condiciones sociales nos separasen ni dificultaran nuestra capacidad para entablar relaciones, que supiéramos ver la belleza de quienes nos rodean para que nadie tuviera que criar púas de erizo para defenderse.
En cuanto a Paloma, el pegamento de unión, es extraordinario que de vez en cuando nos recuerden la seriedad y el respeto con el que veíamos el mundo a los trece años, y lo difícil que nos resultaba estar en él. Es precioso que buscando un referente ella de adulta quiera ser portera como René, porque los demás ejemplos en los que tanto se fija no le han servido.
Es un libro de subrayado constante que también a mí me ha eliminado prejuicios, entre ellos el que tenía contra él y su clamoroso éxito.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que hablaremos de cine, “Cinema paradiso” de Giuseppe Tornatore  o de libros “El gran Gatsby” de F. Scott Fitgerald.

"EL DIABLO SE VISTE DE PRADA", película de David Frankel


A menudo consideramos con ligereza a las comedias ligeras. “El diablo se viste de Prada” en mi opinión no lo es. Que lleve el azúcar glass que espolvoreamos sobre una naranja ácida para poder comerla no le quita ni jugo ni peso. Escogí esta dulcísima sátira para que la viéramos en el club de cine por razones estéticas pero también éticas, comenzaré por las últimas sin olvidarme de las artísticas que con sumo gusto detallaré después.
La película refleja las nuevas tiranías laborales, a las jerarquías empresariales a menudo encabezadas por caprichosos y sádicos directivos que no saben controlar la melopea de poder absoluto. Al menos sobre los políticos tenemos un mínimo control con la urna y el voto, pero sobre los voraces nuevos patrones y sus séquitos -que transitan hoy por un desierto sindical cada vez más extenso- no, y la rienda suelta de sus antojos nos pone en peligro de llegar a creer que esa clase de dictadura representa el orden natural de las relaciones de trabajo, y me apetece subrayar ese rasgo que sugiere la película en primer lugar porque el espectador sin darse cuenta podría olvidar el mensaje que contiene al contemplar las texturas y colores de las suntuosas telas y la maravillosa arquitectura que se puede hacer con ellas sobre un cuerpo humano; podría deslumbrarse ante todas las artes aplicadas en peluquería, maquillaje, zapatería, cinturones, bolsos, joyería y complementos y seguramente se quedará boquiabierto al comprobar hasta qué punto todos esos talentos conjugados pueden transformar el aspecto de una persona y mover a la vez una de las industrias más poderosas desde que abandonamos las pieles y el taparrabos.
Al público –que se siente invitado en primera fila a esa pasarela exclusiva, a ese desfile de glamour y lujo- podría pasarle inadvertido -aunque lo diga el título del film- que Miranda Priestly (Meril Streep) es el mismísimo Lucifer tentando con toda su artillería a Andy Sachs (Anne Hathaway) la novata que no la conocía ni tenía interés especial por el mundo de la moda y sus sacerdotisas, la chica que soñaba con ser redactora del New Yorker y consideraba un mal menor resistir un año en Runway como asistente personal de la pedigüeña de lunas imposibles.
-Todo esto será tuyo si ante mí te postras- Susurra el demonio. Y la seducción es muy fuerte y obnubila.
Metáforas aparte, el diablo ya no hace falta, nos las arreglamos muy bien solitos para la compra y venta de almas y para caldear el averno echando leña sin parar.
            Pero el rodaje lejos de ser un infierno logró encontrar el tono perfecto para hacer justicia y mostrar respeto por el mundo de la moda y sus grandes profesionales y artistas sin dejar de señalar que la esclavitud no va incluida en el contrato, ni pasar hambre poniendo en peligro la salud por alcanzar una talla 36 por mucho que presionen. La película nos dice que es necesario conciliar trabajo con vida personal y que siempre te puedes bajar del taxi como hizo Andrea Sachs. Yo añadiría además que el trabajador tiene que volver a ganarse el respeto como persona y no como mercancía o vehículo disponible a cualquier hora, creo que las tareas estarían mejor repartidas, naturalmente doy por hecho que en horario laboral el empleado debería entregarse al cien por cien, pero fuera de ese horario le espera la vida y ese tiempo es privado y sólo le pertenece a él.
El director David Frankel y su guionista Aline Bros McKenna, buscaron en todo momento el equilibrio huyendo de la polémica. La película se inspiró en la novela de Lauren Weisberger, no la he leído, al parecer la autora reflejó en las páginas a Anna Wintour la directora de la revista Vogue en los Estados Unidos, muchos modistos no quisieron salir en el largometraje por si la ofendían, el cineasta no tenía intención de personalizar y sí de centrarse sin embargo en el mundo de las revistas especializadas que gracias al gran material que proporcionó la novela de Lauren Weisberger pudieron recrear.
Patricia Field, la famosa diseñadora de moda considerada en el mundillo como una visionaria de lo que a la gente le gustará llevar se ocupó del vestuario del film, -el que se ve en las perchas y el que visten actores y actrices-; su amistad con grandes de la alta costura como ella, le abrió las puertas al cineasta que gracias a Field pudo filmar un desfile de Valentino en París, el encuentro entre el creador y la gran actriz Meryl Streep resultó un gran hallazgo para ambos que se sale del guión en la escena en la que son presentados: a los dos se les nota en la mirada la devoción.
El vuelo de la ropa sobre la pasarela es irrepetible, no hace falta conocer que a Frankel le gusta ese mundo y que sabe cómo ha de mirarse: con el embeleso de quien contempla una obra de arte etéreo, no en vano dirigió varios capítulos de “Sexo en Nueva Cork” (Sex and the city), serie en la que la vestimenta elegida expresa a quien la lleva.
La amistad entre Sarah Jessica Parker y la diseñadora Patricia Field nació en 1992 durante el rodaje de “Miami Rhapsody” (Rapsodia en Miami) película que la actriz co-protagonizó con Antonio Banderas, largometraje dirigido también por David Frankel. A Sarah le gustó tanto la ropa que realizó la diseñadora que desde entonces comenzó a pedirle vestidos exclusivos para ella, mucho antes de protagonizar la serie ”Sexo en Nueva York”.
En los comentarios que añaden los extras del dvd podemos escuchar a  Patricia Field diciendo que no sólo diseñó para las actrices de “El diablo se viste de Prada” también buscó las marcas que en la película se nombran, muchos colegas prestaron ropa para el film con el vestuario más caro de la historia del cine, las joyas que luce Meryl Streep son autenticas, usaron vintage para que Miranda no fuera en todo momento un cartel de firmas sino alguien que sabe adaptar la moda a su cuerpo con criterio y personalidad.
Los interioristas supieron darle a la redacción de Runway el cosmético aspecto de una “polvera”, -cito sus propias palabras-. Escuchar el sonido de los tacones es una característica de curiosa imagen corporativa; debido al soniquete las empleadas recibieron el apodo de clakers, por los clak, clak, clak de sus apresurados pasitos, el apelativo forma un juego de palabras con la empresa: la compañía editorial de Elías Clark a la que pertenece la revista.
Todo lo que aparece en la película rezuma autenticidad, hay un canto constante a Nueva York, los actores la transitan y el espectador nota que conocen la ciudad de día, que viven allí y van a gusto por el recorrido de sus calles y rincones sin necesidad de comprobar, y que la aman cuando iluminada se muestra como una joya de brillantes en la noche. La gran manzana se ve tras los cristales de las oficinas, de los restaurantes… en sus calles se escucha el bullir de su particular sonido rebotando entre paredes como si jugase en patios interiores; quienes han paseado por Nueva York alguna vez conocen la sensación de hallarse en el interior de un inmueble sin techo, la verticalidad acristalada de sus muros protege, me aventuro a decir que los neoyorkinos tienen la impresión de hacer vida de barrio, y a la vez un sentimiento de orgullo cosmopolita y un espíritu de diversidad que sin embargo unifica, nada que ver con Los Ángeles… Los artistas de todos los tiempos afincados en esa ciudad o que lo estuvieron la adoraron y la adoran, es algo que rezuma en sus obras, escuchamos a Woody Allen, lo leemos en la literatura de Paul Auster, en la de Arthur Miller... Pero tal vez David Frankel sea el cineasta que más puertas nos ha abierto para entrar en sus acotados ambientes, sería una ingenua si obviara a los desfavorecidos, en esta ocasión el director no los retrata, pero veremos películas de otros autores también neoyorkinos que sí lo hacen. Hay una transición casi al final que me gusta mucho y es la que refleja a gente corriente con vestimentas normales cruzando la calle, de algún modo David Frankel nos indica que Nueva York es de todos y a todos pertenece.
La forma de filmar en vertical desde los zapatos hasta la cabeza y viceversa también le confiere identidad al largometraje. Me encantó el modo en el que establece la cronología con los abrigos, chaquetas y bolsos que despectivamente tira Miranda Priestly sobre las mesas de sus dos asistentes Emily y Andrea, para que se los recojan, así podemos ver de forma sutil el paso del tiempo, cómo van transcurriendo los meses, las prendas van cayendo como si de hojas de calendario se tratase. Utilizar a alguien de perchero es un detalle muy significativo de altivez humilladora que he observado personalmente fuera de la película y no me refiero a cuando alguien te pide con amabilidad que le sostengas algo, quienes trabajan en el comercio de ropa saben de lo que hablo. También el recorrido de la directora desde la calle hasta las oficinas es una maravillosa excusa para presentar a los espectadores despachos y tareas en ese paroxismo desenfrenado del ¡Todos a sus puestos, que viene!
A Miranda Priestley la salva de las sombras ese discurso que dirige a Andrea cuando ésta se ríe tontamente por el dilema de la elección entre dos cinturones en apariencia iguales, el rapapolvo también lo recibe el espectador que desde su butaca comprende en qué consiste la diferencia. Andrea termina por captar la importancia y se pone en manos de Nigel (Stanley Tucci), el resultado de la transformación habla por sí solo. Tucci es uno de los actores que más admiro porque se convierte en cada uno de los personajes que interpreta y jamás se transparenta bajo ellos, tal vez por eso no obtiene, en mi opinión, el reconocimiento que se merece porque no se le “reconoce”, se diluye humildemente en el papel, os invito a que rastreéis su filmografía, con que le veáis en “Shall we dance” (¿Bailamos?) película del director Peter Chelsom, comprenderéis a qué clase de versatilidad me refiero.
David Frankel
En cuanto a las actitudes y comportamientos hay un mensaje de madurez y buen encaje muy positivo: a pesar de los menosprecios que Andrea sufre no se viene abajo y rentabiliza las críticas a su favor convirtiéndolas en un reto que consigue vencer.
Creo que tener un temperamento feo y atemorizante debería avergonzar, no es síntoma de poder, reitero, sino de tiranía y arbitrariedad, pero sobre todo es una muestra de flaqueza de carácter: la debilidad de quienes se dejan llevar por la ira -desatada o contenida, da igual, hablamos de mala leche al fin y al cabo-. Las rabietas, el resentimiento y el empeño por salirte con la tuya nada tienen que ver con las cualidades de un buen jefe. La verdadera potestad, el respeto y el liderazgo te los otorgan los demás. Cuando tienes autoridad no necesitas imponerla. Las relaciones sadomasoquistas no son sanas y por lo tanto no deberían institucionalizarse. Las personas de trato desagradable no son más fuertes y tampoco honorables, creo que la costumbre de acatar está enturbiando los conceptos.
Pero Meryl Streep es tan grande y está tan llena de matices que hasta haciendo de déspota la adoras, le basta con un levantamiento de ceja para definir todo lo que a su personaje se le está pasando por la cabeza y el director no podía condenarla, todo el mundo tiene yin y yan, y las pinceladas certeras y redentoras que le regala son las justas y con ellas logra humanizarla, lo que viene a demostrarnos que la comedia como decía al principio de ligera no tiene nada. Cuando comenzaron a ofrecerle papeles de registro cómico comprendimos el gran peso de esta actriz y hasta donde podía llegar en su ya larga carrera con su talento. Desde “La decisión de Sophie (Sophie’s choice, del director Alan J Pakula) no deja de sorprenderme y ya ha llovido.
Os dejo la ficha técnica:
El diablo se viste de Prada, año 2006. Dr.: David Frankel, Guión: Aline Bros McKenna, basado en la novela homónima de Lauren Weisberger, música: Theodore Shapiro, fotografía: Florian Ballhaus. Reparto: anne Hathaway, Meryl Streep, Stanley Tucci, Simón Baker, Emily Blunt, Alexie Gilmore, Adrian Grenier, Rebecca Mader, Tracie Thoms, Heidi Klum, Rich Sommer, Daniel Sunjata, Gisele Bündchen, Jimena Hoyos.
No sé por qué derroteros para el debate nos llevará la película en nuestro club de cine. ¿Moda como expresión?, ¿como signo de ostentación?, ¿necesidad real o impuesta?, ¿esclavitud?, ¿libertad?... Tengo muchas ganas de escuchar a mis compañeros.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que hablaremos de cine o de libros.
Pili Zori.

"EL PRECIO DE LA VERDAD", película de Billy Ray


Elegí esta película para el Club de Cine porque el debate que suscita si siempre ha sido interesante, en el momento actual todavía lo es mucho más por necesario. Trata de la defensa de la verdad en el periodismo, en este caso el largometraje se centra en la prensa escrita, aunque el discurso se puede extender a los demás medios de información. Billy Ray logra recuperar el código deontológico de este oficio. Y lo hace con las herramientas del cineasta pero poniéndose totalmente al servicio de la historia que narra, y como si fuera un periodista cuenta los hechos con la asepsia, la objetividad y la distancia necesarias. No nos muestra al personaje ni como víctima ni como culpable porque el planteamiento ético no se va a centrar en Stephen Glass como individuo sino en el medio informativo que es el verdadero protagonista -en este caso la redacción del semanal New Republic, actualmente su publicación es quincenal- y para hacerlo se basa en un hecho real acaecido en la década de los 90 del siglo XX, el reto aún es más delicado puesto que el autor de aquel enorme fraude está vivo, y el escándalo fue tan notorio en los Estados Unidos que para cuando Billy Ray estrenó “El precio de la verdad” el público que acudió a ver la proyección seguramente ya habría conjeturado y sacado múltiples conclusiones sobre “por qué” Stepehen Glass se inventó prácticamente todos los artículos o crónicas que escribió y una vez descubierto se empecinó en encubrir y mantener como verdad su impostura. Pero ese “por qué” es lo único que Billy Ray no nos entrega: hacerlo supondría entrar precisamente en lo especulativo y habría caído en la paradoja de la subjetividad;  como es lógico eligió la distancia exacta para la búsqueda de la objetividad y para crear con ella la atmósfera adecuada a lo que quería contar y cómo deseaba transmitirlo.
El director va a mostrarnos la lucha de egos, la rivalidad, la premura por la entrega, las comprobaciones o la falta de ellas… Nos hará ver la diferencia entre información y opinión, pero sobre todo entre literatura y periodismo. No me canso de repetir en muchas de las entradas de este blog que son artes distintas, y que meter una en otra es advenedizo porque ambas merecen su espacio adecuado, corresponden a registros distintos, y aprovecharse de una para camuflarla en la otra no está bien, la cualidad de un novelista es la invención, la de un periodista la veracidad, y ambos pueden ejercer los dos oficios si tienen talento para ellos, pero cuando lo hagan han de saber que están utilizando mecanismos distintos, una novela no es un artículo extenso, ni un reportaje… por la misma razón una novela tampoco es un estudio periodístico aunque los personajes que la habiten ejerzan dicho oficio (para hacer una colada usamos la lavadora y para planchar, la plancha, son tareas diferentes aunque en ambos casos estemos hablando de ropa, pues con la escritura ocurre igual, aunque nos valgamos de las mismas palabras sus funciones son distintas, perdonad el ejemplo tan peregrino).
Para volver a colocar en su sitio los principios del periodismo, Ray nos habla de la falta de escrúpulos, de quien los tiene y quien no, de la irresponsabilidad y de sus consecuencias… y lo hace valiéndose de un elenco de actores magnífico y joven, como era la plantilla de New Republic en aquel tiempo cuya media de edad no alcanzaba los 30 años. Hayden Christensen interpreta a Stephen Glass, el actor arriesgó mucho porque el personaje cuando es descubierto no es querible y por tanto resulta poco carismático y sin embargo un buen intérprete corre el riesgo de quedar estigmatizado por él en el inconsciente del espectador porque el personaje tiene mucha fuerza: el agradable aspecto de un Urdangarín cualquiera de apariencia fiable, angelical, aplicado, pulcro, informal y a la vez protocolario, detallista, caballero, adulador en la medida justa, vestimenta conservadora, pijo-clásica, anfitrión ameno, divertido, con sentido de equipo, bien integrado…
Tuvo que ser muy difícil para este joven actor decidirse por el papel y prestarse como envase siendo tan antagónico, por lo visto Christensen no soporta la mentira y al final del rodaje tenía muchas ganas de desprenderse de Glass porque esa lucha interior le dejaba exhausto. Como espectadores tendemos a valorar mejor las actuaciones de rasgos heroicos aunque provengan de “perdedores”, nos gusta redimir, perdonar, buscar las justificaciones, o por el contrario condenar al villano si es que no tiene aristas ni fisuras, pero buscamos que sea un malo que fascine, un antagónico a la altura, es decir alguien con dignidad aunque sea equivocada y se manifieste fuera de la ley, pero que tenga sus particulares códigos de honor intactos, por ello no nos duelen prendas al sentir afecto por Toni Soprano, o incluso por Aníbal Lecter a pesar de su depravación, sin embargo volvemos la cara ante los comportamientos patéticos y sentimos vergüenza ajena por quien los exhibe, un desagrado enorme frente a la decepción de quienes creíamos admirables, porque en nuestro interior nos culpamos de haber dejado que nos estafen, y puede que al mismo tiempo estemos más cerca que nunca de ser conscientes de que podríamos caer en lo que cayó Glass y no soportamos la idea del aparatoso ridículo, de que en el fondo nos dolería el deterioro de imagen, el haber sido pillados en falta y no la falta en sí, por ello debemos pararnos un instante a apreciar la dificultad añadida que tiene para un actor esa entrega, la generosidad enorme de ir a favor de todo el conjunto, de la historia que se cuenta aunque el personaje no favorezca porque produce rechazo en el público, sólo entonces comprenderemos el lucimiento del intérprete. El director lo ha usado como espejo para que nos miremos en él y ese es el dedo que Billy Ray nos introduce en la llaga, sólo si comprendemos nuestras debilidades sabremos acotarlas y estaremos libres de caer en tentaciones y crearemos códigos deontológicos para todos los oficios, pautas de comportamiento e incluso leyes que nos sepan defender hasta de nosotros mismos y una vez aplicado lo que acabo de decir tanto a periodistas como a usuarios llegaremos a la conclusión de que lo que nos recuerda esta película es que:
“Hay que respetar la VERDAD y la libertad de prensa, condenar la falsificación de documentos, hay que usar métodos justos para conseguir noticias...”
“El periodista está obligado a rectificar y desmentir la información que resulte falsa y actuar en consecuencia, también debe recordar que existe el derecho al honor y a la intimidad. El redactor y su periódico o su empresa de información han de recoger y difundir la noticia con veracidad y exactitud evitando la difusión de falsos rumores. Los informadores investigarán desde el interés público movidos por el bien común de la sociedad, defenderán los derechos personales y colectivos y asimismo cumplirán con sus deberes y mirarán con independencia a los poderes del estado, del mercado y de la sociedad civil”.
De nuevo os pido disculpas por no citar textualmente, he parafraseado los artículos emitidos por la Federación Internacional de Periodistas, espero, al menos, haberme ceñido al espíritu de la letra, creo sinceramente que aunque no estoy obligada a conocerlos porque el periodismo no es mi oficio, los periodistas sí que deberían tener sin embargo como libros de cabecera “El informe Hutchins” por ejemplo, o todo lo que la OIP recogió en 1971 sobre “Deberes y derechos del periodista”, “El código mundial de 1983 sobre principios internacionales de ética profesional del periodismo”… y leerse varios renglones cada día antes de salir de casa porque está visto que lo del cuarto poder embriaga y se olvidan del lugar que ocupan para convertirse en estrellas que se anteponen a la noticia o al entrevistado convirtiéndole en excusa para brillar o en un recortable.
Rosario Dawson, una de las actrices de esta película, en una entrevista dijo algo como que a los políticos los escogemos con el voto pero que a los periodistas no. No sé si mis comentarios están sonando a animadversión contra los trabajadores de este oficio, porque si es así nada más lejos de mi intención, realizan una labor que venero y actualmente a pesar de los sensacionalismos, las pedradas de cadena a cadena, los dardos envenenados y toda la invasión amarillista, hay profesionales como la copa de un pino y ante ellos me descubro, pero a cada cual lo suyo -como diría Leonardo Sciascia-, y Stephen Glass hizo lo que hizo y su grave falta o se consintió o pasó inadvertida, y por omisión también se peca.
Peter Sarsgaard, al igual que Hayden Christensen, está magistral en el papel de Chuk Lane el nuevo director del semanal, el duelo es perfecto, y ambos actores en su dueto han sido capaces de mostrar ambivalencia y una gama de registros amplia e impecable; en mi opinión los dos merecían el Globo de Oro que sólo recibió Sarsgaard, es posible que por las razones que comentaba anteriormente: los miembros de un jurado no dejan de ser espectadores a la vez y puede que no lograran abstraerse de la empatía por “el bueno” aunque sólo es una sensación que se vuelve acusación infundada por mi parte y al fin y al cabo ellos son los entendidos y doy por supuesto que echarían en la balanza todos los ingredientes hasta alcanzar la valoración más justa.
El precio de la verdad” en mi opinión es como esos muebles de líneas limpias conseguidas de un solo trazo, de corte recto y de una sola pieza, elaborados con materiales nobles, brillantes, transparentes y diáfanos que invaden con una impresión de sencillez al cliente que es profano, pero al avezado le hablan de la precisión, de la dificultad de su perfecto acabado, y le producen el mismo orgullo que al artista que por primera vez curvó la madera. Intento decir, aunque sea con torpeza, que este largometraje no tiene trampas ni adornos superpuestos, no va por trozos ni piezas ensambladas o cosidas que mejoran con el montaje, es tan simple como la línea del horizonte en el mar mientras el sol comienza a ocultarse, tan simple y a la vez tan inmenso: una raya y un punto, pero la raya y el punto de un único atardecer irrepetible. Ray es fiel a la historia que cuenta, el tono elegido no es grandilocuente ni pretencioso y todo el conjunto guarda el mismo estilo conciso y por esa perfecta armonía en la que no sobra ni falta un fotograma “El precio de la verdad” es una obra de arte contemporáneo.
Como ya he dicho otras veces cuando un director es guionista se nota, y Billy Ray ha escrito y trabajado para muchos cineastas, saber captar las líneas maestras de cada uno de ellos con sus diferentes enfoques y estilos dice mucho sobre la capacidad de adaptación y la solvencia para manejar lenguajes diversos sin perder la voz propia ni el sello personal, prueba de ello son guiones como “La sombra del poder”, “Los juegos del hambre”, “Plan de vuelo: desaparecida”, “Sospechoso”, “La guerra de Hart”, “Desafío final” y “El color de la noche”. Como director además de “El precio de la verdad” ha realizado “El espía”. A juzgar por la poca información que hay sobre él también se deduce que se dedica a trabajar y que la parafernalia de alrededor le seduce poco.
Me encantó que huyera de los estereotipos, no se ven redactores corriendo de acá para allá como posesos, el ritmo es el de una redacción real como la de cualquiera de nuestras ciudades, con sus momentos monótonos y sus vacíos, y el dilema se dirime en la intimidad de los despachos. Me gusta que la película sea tajante y didáctica en cuanto a mostrar de forma contundente y sin ambages lo que es correcto y lo que no lo es. Viéndola he aprendido mucho sobre la humildad de la vocación, si es verdadera va por delante de ti.
Podríamos desgranar más, pero prefiero que la veáis porque “El precio de la verdad” da para muchas reflexiones e invita a interesantes coloquios.
Me gustaría terminar con unas palabras de Riszard Kapuscinski, periodista, historiador, escritor, ensayista y poeta que entre otros de sus muchos y prestigiosos galardones cuenta con el Príncipe de Asturias en comunicación y humanidades otorgado en el año 2003:
“Los periodistas deben ser personas abiertas a otros semejantes, a otras razones, a otras culturas, tolerantes y humanitarios. No debería haber sitio en los medios para seres que los utilizan para sembrar el odio y la hostilidad y para hacer propaganda. El problema de nuestra profesión es ético”.
Un abrazo y hasta que volvamos a encontrarnos para hablar de cine o de libros.
Pili Zori