"LA FLAQUEZA DEL BOLCHEVIQUE", película de Manuel Martín Cuenca

Pablo, un desencantado ejecutivo financiero de una empresa de inversiones, un lunes gris como  tantos otros, se desplaza en su coche por el habitual atasco de hora punta que se forma al comienzo de su jornada laboral –su automóvil es el único cubículo en el que se siente libre o, al menos, desinhibido para dar rienda suelta a sus frustraciones- en un momento de impaciencia se distrae intentando poner en su equipo de música “Yo, minoría absoluta” el octavo álbum del grupo Extremoduro: los temas que se escuchan reflejan su estado de ánimo. El descuido provoca que colisione con el flamante coche de delante, el daño es prácticamente invisible puesto que circulaban a cuarenta. Del ostentoso auto de color azul cobalto se apea Sonsoles, una pija con lengua viperina que le insulta y más adelante le denuncia (me resultó inevitable enlazar esta película con “Crash” largometraje del que también hablé en este blog, y que comparte la misma crispación y aislamiento urbanos envueltos en aceros, cristales y brillos metalizados de este deshumanizado tiempo nuestro). A partir de ese momento Pablo encuentra el canal de toda la ira contenida que acumula, y se dedica a averiguar la dirección del domicilio donde vive la mujer y el número de teléfono para acosarla de día y de noche y urdir así una venganza cobarde y encubierta. Pero al perseguirla aparecerá María, la hermana adolescente de Sonsoles, y el fogonazo de luz iluminará el vacío eclipsando por completo la furia.
Esta bellísima película, está basada en la novela homónima de Lorenzo Silva (premio Nadal 1997). Silva colaboró a su vez en el guión- tan difícil de escribir y de dirigir, por su delicadeza-. Sólo la mano maestra de un cineasta con pulso y sentido del equilibrio como Manuel Martín Cuenca fue capaz de conducirla, ya que el film se mueve en esos angostos y fronterizos recovecos emocionales que el ojo superficial podría confundir con morbosidad o pederastia, y nada más lejos. En cuanto vemos a una adolescente en relación con un adulto solemos denominar a la niña como “Lolita” y la pena para el gran Nabokov es que manoseamos el concepto vulgarizándolo y simplificándolo para rellenarlo con los maliciosos prejuicios que nos da la gana sin tener en cuenta la individualidad de aquella Lolita que por mucho que nos empeñemos no se puede universalizar, pero hay que ser valiente para conseguir que no quepa la menor duda de que esta historia en ningún momento va a contener el más mínimo desliz rijoso. El trazo de acuarela es limpio y certero porque toda la composición exige transparencia: dos soledades que se atraen y se encuentran en el agreste terreno de la inadaptación. Ella, María, con quince años de edad aún no ha traspasado el umbral hacia el mundo adulto,  pero ha visto unas cuantas muestras bastante sucias en la franja oscura e hipócrita en la que muchos de quienes lo habitan se mueven, naturalmente tiene sueños, y como cualquier joven espera ser distinta y encontrar el modo de triunfar con honradez. Pablo, en cambio, viene de vuelta, perdió las ilusiones y sanos objetivos por el camino y se dejó engullir. María representa el punto de partida del que él salió, el espejismo de la recuperación del tiempo perdido, el encuentro a deshora con el amor esencial y puro al que una vez aspiró.
No creo que se vuelva a dar en cine un hallazgo como el que protagonizaron María Valverde y Luis Tosar, (salvo el excepcional dueto de Scarlett Johansson y Colin Firth en “La joven de la perla” del que también dejé reseña en este mismo blog, eso sí, imbuido en otro contexto y con distinto  tratamiento del deseo y de la compenetración, que en aquel caso trataba de sensibilidades artísticas y de transmisión de conocimientos en una relación iniciática también de joven con mayor que incluía además un abismo insalvable por diferencia de clase). De Tosar era esperable. Afirmo sin caer en la exageración que pocos actores del cine mundial se le pueden equiparar, a ver si no quién sería capaz de extraer los matices que le regaló a Icíar Bollaín en “Te doy mis ojos” sin quedarse estigmatizado de por vida.
María Valverde obtuvo por “La flaqueza del bolchevique” el premio Goya a la actriz revelación, la entrega fue absoluta y su belleza conmueve por el instinto que transmite, por la fuerza de la inercia que a esa edad incontaminada te lleva hacia lo esencial, hasta lo verdadero, después el radar pierde precisión.
Al espectador, cuando asiste a interpretaciones tan magistrales ejecutadas con tan pocos años le da miedo que luego esos actores o actrices no puedan remontarlas; por fortuna después de ver a Juan Diego Botto en “Ovejas negras” parecía imposible que aquellos ojos abismales y apabullantemente oscuros que devoraban la pantalla pudieran volver a entregar tanta verdad, pero siguen haciéndolo. No he vuelto a ver trabajos de María Valverde aunque tengo entendido que su carrera también continúa imparable.
El elenco es extraordinario de principio a fin, se intuye que cada actor fue escogido con lupa para su papel, incluyendo la corta pero magistral intervención de los que han de llevar a cabo el triste desenlace de esta relación ¿imposible?
La mirada que Manuel Martín Cuenca hace de Madrid es bellamente forastera porque contiene el asombro de los que vamos a ver la ciudad llegando de otra, es una forma de mirar distinta a la de quienes viven en ella porque conserva el asombro, la sensación de descubrimiento y estreno, y aporta una comprensión más global.

Alfonso Parra, el director de fotografía, reflejó el alfombrado otoño madrileño del 2002 con una galería de paisajes que parecen una caricia de dorados, ocres y granates en la hojarasca mullida y crujiente a la vez que se depositó a los pies. Qué preciosidad, cada encuadre es único e irrepetible por la captura del instante, de la hora: las cinco de la tarde en el banco del parque, con esa luz brumosa y suave. Retrató los interiores lujosamente opresivos dejando que el espectador entrase en el vacío de las personas que dirigen las finanzas, en la crueldad de los fríos despidos, en las ataduras del dinero… Entre los tres, Manuel Martín Cuenca, Lorenzo Silva, y Alfonso Parra, metieron el dedo en la llaga social como vaticinio depredador de la devastación voraz que ahora, una década después, padecemos.
Y Roque Baños completó el cuarteto envolviendo con su música todas las piezas de visual narrativa poética, su composición –al servicio de la historia- subraya y enaltece la elegancia de los sentimientos. Para hablar de este gran compositor y de su talento reconocido en todo el mundo tendría que utilizar muchas páginas, os sugiero mejor que escuchéis cualquiera de sus bandas sonoras para cine, se os olvidará respirar.
Cada día me descubro ante un país que sin industria cinematográfica consigue estos milagros, y siento orgullo prestado por estas gentes tan altruistas, que con frecuencia engullimos entre palomitas, sin saber hacer la digestión.
La película comienza con el sonido estridente de la vorágine urbana; el rostro de Tosar muestra en todo momento la crispación contenida como un iceberg de enorme profundidad, la tristeza honda suele convertirse en ira que va in crescendo, por fortuna la de él alcanza su vértice cuando ve por primera vez a María y comienza el descenso hasta llegar a la escena de la piscina en la que al fin, y en las tumbonas, encuentra el sosiego anhelado junto a María, la dueña del detonante que le rescata y le extrae la ternura, la pena es que por el otro lado del triángulo asciende la cólera de la ya casi olvidada Sonsoles. Qué lástima que en este caso no se pueda cambiar el dicho de “lo que mal empieza mal acaba”.
Cuando vemos en esa mesa “santuario”, libros sobre la revolución de octubre, matrioskas con la imagen de personajes rusos y a Pablo pasar las satinadas hojas con parsimonia hasta detenerse en las fotografías de las hijas del último zar ruso Nicolás II y cómo sus ojos se prenden especialmente al retrato de la bellísima princesa Olga, de inmediato intuimos que el título de la película y esas imágenes encierran un secreto que tiene que ver con el momento de flaqueza que debió sentir el bolchevique que recibió la orden de asesinarla. Hay un anticipo velado de inmolación, de derramamiento de sangre inocente en esas páginas que el espectador aún desconoce porque no puede seguir hojeando. Esta presentación corresponde al principio del largometraje pero la he dejado para el final porque la película cierra en círculo.
Me despido con pena porque es un film que no me canso de contemplar y me apetece mucho compartirlo con el club de cine, para escuchar el inteligente epílogo que le añadirán mis compañeros prolongándola un poco más. Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

"MADRES E HIJAS", película de Rodrigo García

El martes día 5 de Noviembre arrancamos en el club de cine del centro de mayores de Ibercaja  de Guadalajara con “Madres e hijas” una conmocionante película del gran cineasta Rodrigo García.
No hace falta licenciarse en Harvard –aunque tengo entendido que él sí lo hizo- para saber que a Rodrigo García no le gusta ser conocido como “hijo de” y no por una cuestión de eclipse sino porque los lenguajes que dominan ambos artistas, Gabriel García Márquez y Rodrigo García, son diferentes: la literatura construye imágenes con las palabras y el cine crea palabras con las imágenes, -perdón por la forma de simplificar-, en ese sentido padre e hijo están a la par en disciplinas diferentes, y tienen voces, sensibilidades y radares distintos. En cualquier caso y en su casa un hijo ve a su padre en un plano íntimo y privado distinto al de su proyección pública, le contempla durmiendo, tomando sopa, contento, triste, enfadado, presente en los momentos clave de sus vástagos, o ausente, o indiferente… amado por delegación a través de su esposa o a la inversa, comprendido o incomprendido en determinados periodos y viceversa, comprensivo o inflexible en otros, con sus luces, con sus sombras… como le pasará al propio Rodrigo García con su mujer y con sus hijas, y a ello vamos: a los mundos íntimos y privados que este gran cineasta explora.

Sobre “Madres e hijas” se han dicho muchas cosas distintas en esa especie de epílogo que todos añadimos a las obras, es natural porque cada espectador la hace suya y la película abre varios debates inagotables, así que me limitaré a añadir mi aportación que sin duda enriquecerán en el club mis compañeros.
El propio director planteó el film partiendo de la idea de una separación involuntaria entre dos personas y las consecuencias que conlleva y pensó que la forma más primigenia de comenzar a indagar en ese dolor y a explicarlo sería buscando la matriz, el origen, el vínculo más poderoso y decidió arrancarle un hijo a una madre adolescente, a partir de ahí irá tallando para obtener las facetas de las distintas caras y aristas de una misma gema: la maternidad. En todo momento dentro de la pantalla veremos a madres con hijas, incluso a las tres generaciones juntas: abuela, madre y nieta, todas ellas con sus peripecias vitales y sus conflictos personales intentando afrontarlos conjugarlos y resolverlos.
La película comienza con la escena de dos adolescentes haciendo el amor, porque eso es lo que tienen: no un despertar al sexo sino una historia de amor y el director así nos hace comprenderlo con cuatro pinceladas certeras. Una elipsis de 37 años nos llevará hasta una mujer madura, Karen (interpretada por Annette Bening en uno de los mejores papeles de su carrera). Karen es aquella adolescente de catorce años que presionada por su madre entregó en adopción a su hija, Elizabeth (la hipnótica Naomi Wats), ambas se echan de menos sin haberse conocido nunca. Karen ha vivido acorazada desde entonces, cuidando de su madre ya anciana en su casa (tengo la impresión de que ese detalle refleja un modo de vida familiar más español y latino que norteamericano y que es importado por parte del director, aunque puedo estar equivocada ya que nunca he vivido en los Estados Unidos y por tanto desconozco el modelo y las costumbres y sin querer puedo estar cayendo en algún cliché ficticio, además los estados de la unión son muchos: unos más adinerados, otros más deprimidos, urbanos, rurales… como en todas partes).
La hija de Karen, Elizabeth, es una brillante abogada de 37 años que vaga sola y nómada por el mundo laboral en un radio siempre cercano al lugar donde nació. La adopción no salió bien y para no comprometerse en ninguna relación a Elizabeth le gusta llevar el control y las riendas en las relaciones porque no quiere deberle nada a nadie, sin embargo presenta a los nuevos vecinos a Paul -su jefe y amante- como su padre (a Paul le da vida el actor Samuel L. Jackson en un papel tan diferente a los que nos tiene acostumbrados que casi es una bella trasgresión ya que los personajes masculinos de esta película tienen caracteres preciosos y la ternura le ha venido muy bien a su habitual roll de hombre duro), bajo el aparente cinismo de Elizabeth se transparenta la vulnerabilidad y el mensaje sutil sobre sus carencias. La vecina está embarazada y más adelante veremos cómo la rutilante abogada, por envidia, intenta tambalear el idílico estado de la joven pareja llevándose a la cama al marido. La película muestra los sentimientos contradictorios, ambivalentes de estas mujeres complejas. El trabajo de las actrices es para descubrirse: en mínimos gestos apenas perceptibles asoma todo el iceberg que va debajo, estad atentos a las escenas de hospital en las que Karen siente celos de la hija de Sofía, la empleada doméstica (Elpidia Carrillo, el director cuenta con esta excelente y bella actriz en muchos de sus trabajos, de algún modo su sola presencia representa un puente entre las dos Américas, el enlace entre las dos culturas) porque la anciana madre (a cargo de la actriz Eileen Rayan, que borda el papel) está volcando en la niña toda la dulzura que a ella le negó y todavía le niega. En pasajes posteriores contemplaremos en un primer plano y un prolongado silencio una de las muestras de evolución más grande que se puede producir en una persona, sin una sola palabra el rostro de Annette Bening-Karem se va transformando mientras mira a la pequeña que duerme sobre su sofá, y toda una existencia de resentimiento se diluye. Salvo la honrosísima excepción de Liv Ullman trabajando a las órdenes de Bergman yo no he visto en cine tamaña elocuencia. Muchos de los estados anímicos son trasladados a los objetos: mientras Karem peina a su madre, el cepillado cambia de ritmos según va afectando la conversación, la anciana a su vez manifiesta el arrepentimiento arrastrado durante toda su vida con significativas miradas, ese arrepentimiento amargo que no se pronuncia porque no admite la redención de quien ya no puede cambiar los hechos y se lleva encima como una penitencia.
Otra pareja de afroamericanos aparecerá en pantalla, en este caso Lucy (Kerry Washington, desplegando todo el esplendor de su talento) desea adoptar. Ambas historias están perfectamente equilibradas en su juego de espejos, y las decisiones de Rodrigo García para los pespuntes y la composición no pueden ser más acertadas. La película exhala el aliento poético de su creador -si entendemos como poesía el desgarro lírico- que alcanza la emoción y la belleza con sentido, todo el sentido de la elegancia de corazón expresado de forma comedida y sin alharacas.
Las partes están muy equilibradas y antes de que se crucen las historias mantienes el mismo interés por cada pieza hasta llegar a la desembocadura. En esta parte el espectador, gracias al buen trabajo de los actores, intuye que Joseph, el marido, (encarnado por el magnífico actor David Ramsey, como veis el elenco fue escogido a conciencia) complace pero no termina de tener clara la decisión, hay un detalle significativo que se produce en el coche -cuando ya han salido de la entrevista y Lucy desata su nerviosismo- en el que acaricia a su marido para afirmarle la virilidad, al menos así lo interpreté, más adelante sabremos que es Lucy quien no puede concebir. Ella regenta una pastelería, hay gestos que pueden pasar inadvertidos a la consciencia del espectador pero que sí entran sin embargo en su inconsciente como el del adorno que madre e hija están colocando en una tarta, Lucy vuelve a cambiar la posición subrayando que las decisiones son suyas y de nuevo asistimos a otro traslado de los estados de ánimo hacia los objetos.
En nuestro país tenemos el escándalo de los niños robados con monjas implicadas. En esta película en la que no existe papel pequeño aparece una monja (personaje a cargo de la actriz Cherry Jones quien está considerada una de las mejores actrices de teatro americanas y bajo sus pies tiemblan todas las tablas de Broadway) haciendo los trámites como es debido y sirviendo de mediadora entre las partes de forma honrada.
La entrada de Paco (Jimmy Smits) en la vida de Karen le devuelve la luz, resulta conmovedora la ruptura de coraza con barrena. Tengo una predilección especial por este actor tan comprometido con su obra y con su vida desde la mítica serie “La ley de Los Ángeles” que tanto debate proponía y suscitaba, Víctor Cifuentes se llamaba el personaje, en “Madres e hijas” resulta especialmente atractivo, tan grande y acogedor, le sientan muy bien los años y los kilos repartidos por su gran estatura y lo digo en las dos acepciones: altura física y moral. También los actores hombres se merecen que otros hombres y en clave masculina les regalen personajes inolvidables que parten de la sencillez de la vida cotidiana, hay hombres buenos y atrayentes con grandes aspiraciones “pequeñas” como la de remontar al lado de una mujer  madura; creo sinceramente que tanto en el cine como en la literatura hemos abusado de personajes descerebrados que huyen de las responsabilidades con eternas crisis y complejos de Peter Pan, maltratadores, drogadictos y colgados sin remedio, por desgracia haberlos haylos y habrá que seguir combatiendo sus abusos con todo el peso de la ley, pero en cierto modo y frente a su misoginia puede que haya surgido una misandria un poco injusta para varones de extraordinario comportamiento que se han quedado en la sombra, por eso creo que la propuesta de Rodrigo García, al menos para mí, es una reivindicación muy merecida, todos los hombres que aparecen en la película enamoran y lo hacen desde un planteamiento respetuoso, sincero y realista: tienen personalidad, escuchan, no imponen, no se dejan avasallar y tampoco se amoldan, simplemente se comparten con las mujeres que quieren. La única excepción es Joseph, pero incluso en ese caso el planteamiento puede doler porque no coloca como prioridad en su vida a su esposa, pero él desea un hijo de su sangre, lo plantea con sinceridad y se sale del proyecto sin discordias. Es duro que te repudien por no poder concebir, pero la situación queda clara y ella sigue adelante sola con la adopción, nadie te puede obligar a ser madre o a dejar de serlo, como tampoco a ser padre o a dejar de serlo y mucho menos a renunciar a tus deseos.

***

Y ahora con vuestro permiso me voy a permitir un desahogo:
Ciertos críticos cinematográficos, pocos por suerte, en mi opinión -subjetiva naturalmente- no han captado el proyecto ni las intenciones de García, cuyo análisis es bastante más intelectual y mucho menos emocional de lo que algunos y algunas han querido ver, y subrayo el “algunas” porque me duele que hayan rebajado la hondura del contenido por el hecho de que los pilares sociales de nuestro tiempo se miren ¡por una vez! desde el prisma femenino. ¿En qué quedamos?, ¿las mujeres somos estereotipos con un rol impuesto?, ¿o parte decisiva en la resolución de los conflictos privados y públicos? Hay quien se ha atrevido a tildar de folletín la película y, peor aún, de melodrama en velado término peyorativo; me parece mentira la falta de precisión en el lenguaje de quien se supone que domina el significado de los términos. Según el diccionario melodrama es: “Obra teatral dramática en la que se resaltan los pasajes sentimentales mediante la incorporación de la música instrumental”. Que yo sepa los sentimientos mueven el mundo, o decidme si no a qué se debe que las consultas de psicólogos y psiquiatras rebosen de pacientes, y el melodrama es un formato o género que será bueno o malo dependiendo de con qué lo rellenes, digo yo. En cualquier caso, creo honestamente que Rodrigo García es una voz nueva e inclasificable, pero bueno, a quien le guste poner pegatinas que las siga poniendo. Que realices algo tan digno y que vengan los cuatro superficiales de turno que se supone que son entendidos –la crítica cinematográfica es una carrera universitaria según creo- a rellenar el silencio con su corta entrega, que mira tú por dónde eso sí que sirve como definición de folletín, diminutivo de feuillet (hoja): “Género dramático de ficción caracterizado por su intenso ritmo de producción, de argumento poco verosímil y simplicidad psicológica”. Pues eso son algunas entrevistas y otras reseñas que he visto y leído: folletines malos, poco verosímiles e insultantemente simples. Tiene narices. Así que a veces entiende una la cara de aburrimiento y de paciencia que en las promociones ponen los artistas. Menos mal que el espectador del cine de autor sí suele estar a la altura de la obra, y la agradece, pero los creadores no tienen la suerte de ponerse en contacto con sus espectadores.
Reconozco a Rodrigo García sin necesidad de ver su nombre en cualquier capítulo que escriba o dirija en series como “A dos metros bajo tierra”, “Los Soprano”… él siempre marca una frontera de humildad para acotar el trabajo y entregarle a cada miembro del equipo su mérito y es loable, para eso se especifica guión y dirección cuando ambas actividades las realizan personas distintas, pero su sello se nota porque tiene que ver con su forma de mirar. Algún día me tomaré mi tiempo para hablar de “En terapia”, serie que me removió los cimientos y que me llevó hasta el final con la dolorosa pregunta de ¿entonces cuáles son las certezas? Quienes sigan este blog ya sabrán que una de mis preocupaciones constantes es la subjetividad entre otras derivadas de la anterior tales como la percepción de la realidad y la pérdida de la confianza. Es difícil llegar a conclusiones sabiendo que nunca posees toda la información y esa convicción me produce una inseguridad enorme, así que cuando el propio psicoanalista de la serie pone en cuestión toda su labor porque entre otras cosas ha perdido la confianza en sus pacientes porque no sabe si le mienten y por tanto le manipulan, me quedé descompuesta y desolada mirando a la pantalla a la espera de algún capítulo más, porque también yo en esa serie buscaba con avidez las repuestas.  Al cabo de un rato buceé en lo que sentía: un profundo amor por el personaje y un deseo enorme de abrazarle y cobijarle, y aunque parezca una verdad de Perogrullo creo que no hay otra certeza más demostrable que la de sentir amor por alguien –se sobreentiende que no hablo sólo del de pareja- el amor es el único vínculo real de compenetración, el único nexo en el que dejamos de ser soledades. Y ese sentimiento lo tuve tanto por el actor Gabriel Byrne como por el personaje Paul Weston, a esas alturas formaban una simbiosis. Creo que Rodrigo García sin pedirlo consigue de los actores un grado mayor de compromiso que no pueden dejar en el perchero cuando terminan la actuación, porque lo que diferencia a la obra de arte del mero entretenimiento o la evasión es que ésta te transforma y por fortuna lo hace también con el espectador que experimenta un enorme crecimiento, (me encantaría preguntar a los actores de ese calibre cómo resuelven el desprendimiento, pero esa es otra historia que me gustaría poder desarrollar algún día en una novela: la trastienda). Pocos directores y también actores se atreverían con ese formato de tremenda desnudez anímica que obliga a dos personas en una consulta terapéutica a sujetar el primer plano sin que haya un mínimo resquicio para engañar al objetivo de la cámara con algún recurso, no había nada más que sus rostros y sus cuerpos y sin embargo a través de sus gestos y palabras podías ver con nitidez todo lo que quedaba fuera de esa consulta. Nadie se arrima hasta el punto de volcarse en el interior del otro como lo hizo él, Rodrigo García. La elocuencia como ya he dicho en renglones anteriores no es sólo patrimonio de las palabras, el lenguaje no verbal es mucho más poderoso, pero capturarlo en los diminutos gestos requiere una pericia que lleva detrás una capacidad de escucha a través de los sentidos mucho más grande que la de los demás mortales y construir con dichas imágenes el poema y entregarlo en cine es tan generoso… la única forma en la que el espectador puede recibir el milagro de ver el pantallazo de un solo ojo, o de la comisura izquierda en unos labios despectivos, o el temblor de un solo dedo… es como si nos abrieran un boquete agrandado con cristal de aumento para dejarnos entrar en los pliegues más recónditos del alma humana, y las llaves de las puertas para adentrarse sólo las tienen artistas como García Barcha, y en este caso sí da lo mismo que la idea de la consulta y de un paciente por semana se le ocurriera a un director israelí, Agair Levi, -a Rodrigo García nunca se le olvida mencionar a su creador- en otras ocasiones me ha dolido que en su afán de superioridad los norteamericanos cojan una película extranjera que les gusta y en lugar de darla a conocer en su país, como hacemos los demás, la rehagan como suya enviando el mensaje de que son capaces de mejorarla, pero no me quiero repetir, en este caso excepcional, como decía, se toma prestado el continente, es decir el recipiente, y es factible variar el contenido según cada cultura requiera, aunque al final las líneas maestras sean universales y comunes a toda la humanidad.
En alguna entrevista le he oído decir que él escribe y realiza historias para adultos que actualmente están recogiendo cadenas como la HBO, y si te paras a pensar en la dimensión de la palabra te das cuenta de que alcanzar una edad adulta, a menudo, no tiene que ver con la cronología; ser adulto requiere un bagaje y legado de experiencia y desgraciadamente a muchos adultos les están entregando un cine de pubertad que les impide el desarrollo personal cuyo proceso ha de durar toda la vida hasta que te despides.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro con el cine o con los libros.

Pili Zori

"Patrimonio", de PHILIP ROTH

No sé si comenzar a conocer la obra de Philip Roth a través de su libro “Patrimonio” es muy ortodoxo puesto que trata de un fragmento biográfico del propio autor: el periodo que transcurre  entre el diagnostico y el desarrollo de la enfermedad terminal de su padre. En ese mismo tiempo, de los años ochenta del s. XX y puede que agravado por dicho proceso, el propio Roth sufrió un infarto.  Lo que sí sé es que a mis compañeros y a mí nos ha quedado un enorme deseo de conocer las otras grandes obras que ha escrito a lo largo de la vida en su registro de ficción, no en vano ganó el premio Príncipe de Asturias y desde hace años se le considera candidato al Nobel. No enumeraré todos los premios que ha cosechado durante su larga carrera tales como el Pulitzer, el Faulkner, el Book Award, el Hemingway, el Nabocov… además de sendas medallas como la nacional de las artes americanas, y la de oro por ficción… porque prolongaríamos innecesariamente este comentario y prefiero compartir la experiencia de la lectura colectiva. Como siempre, os invito a que buceéis en su obra y en su vida a través del generoso internet.

Tenía mis dudas sobre si mis compañeros iban a considerar esta novela una obra menor y si por afinidad les resultaría entristecedora, pero si a menudo hemos dicho que un club de literatura tiene como objetivos alcanzar el desarrollo personal y el literario, en este caso ha rebasado con creces dicha meta. Nos ha conmocionado. La cantidad de testimonios diversos que añadimos como epílogo fue dando forma al gran poliedro que somos.
Casi siempre doy en nuestro club pautas sencillas para que susciten el debate. En esta ocasión lancé una ristra de preguntas e impresiones en batería por si servían como sugerencia:

-¿Creéis que es un balance vital? En caso afirmativo ¿de quién?, ¿del padre?, ¿del hijo?, ¿o de ambos y de la relación que comparten en esa etapa?
-¿Qué opinión tenéis sobre el periodo en el que los hijos no se sienten preparados para cuidar de sus padres porque temen que estos no se dejen ayudar?
-¿Acaso es una transición en la que aún no se ha invertido el orden de la iniciativa sobre quién debe tomar las decisiones?
-¿Consideráis que es difícil delimitar y precisar, en ese tiempo, el espacio de respeto mutuo?
-¿Pensáis que la jubilación supone una pérdida de identidad?, ¿o esa sensación era un rasgo generacional de aquellos hombres nacidos antes de la segunda guerra mundial, en el caso americano, o de la civil en el nuestro?
-¿Os parece un testimonio generoso?, ¿Philip Roth tiene derecho a su memoria y a compartir con todos los lectores del mundo la visión personal sobre sus padres y por tanto subjetiva y parcial? Podría haber encubierto con nombres ficticios, pero ha preferido hacerlo a cara descubierta.
-¿Qué diferencias o similitudes encontráis con “La balada de Iza” de la autora Magda Szabó? (Esta última en clave femenina y europea y “Patrimonio” en masculina y dentro de la comunidad judío-americana).
-¿Qué opináis sobre la escena de brutal sinceridad en la que el médico del padre de Philip enfrenta con la verdad de la situación a su hijo? Esa verdad de hijo que es la de querer evitar a toda costa que el padre sufra o muera pero ¿por quién quiere evitarlo?, ¿por él?, ¿por el padre?, ¿por ambos?

Vemos a través de los recuerdos de Philip que Roth padre tenía rasgos autoritarios, que era intransigente con las mujeres, inflexible y dominante, es decir: que hacía alarde de un carácter no muy bonito en determinadas facetas. Contemplamos -no impasibles, puesto que en el club molestó mucho- cómo humilla a una mujer por su sobrepeso, -su amiga, su pareja actual- y cómo en un flashback entre lágrimas la madre de Philip Roth, la esposa anterior, le confesaba a su hijo que se sentía excluida por su marido en presencia de amigos o familiares ante los que a menudo la trataba con desprecio y cajas destempladas. Sin embargo cuando murió la añoraba constantemente, por mucho que queramos juzgar siempre nos faltará información.
En la página 79 para mostrarnos que era un hombre controlador nos dice: “…su juego predilecto es doblegarle la voluntad a alguien, dejarlo aturdido a base de advertencias, órdenes y quejas, resumiendo: usar las palabras a modo de barrena para abrirle a uno un agujero en la cabeza”.
Si consideramos que esto no sólo lo dice como escritor sino como hijo es fácil suponer que el exorcismo tuvo que costarle esfuerzo. Sin embargo no deseo que parezca una queja a quienes no hayan leído aún el libro porque Roth lo que pretende es reflejar el equilibrio con ecuanimidad y sobre todo siendo honesto, a través de paralelismos, unas escenas irán dando paso a otras que si bien no justifican algunas conductas sin embargo sí las explican y el autor al mismo tiempo nos muestra otras facetas que convierten al libro en un acto de amor mutuo, y es que la vida es larga y como es lógico salpica, mancha… y por ello de vez en cuando hay que lavarla.
La novela tiene un sutil juego de espejos enfrentados, así el lector puede ver la ropa del padre meticulosamente enjabonada y aclarada colgando de perchas sobre la bañera, y páginas más adelante observará cómo ese mismo baño sufre una transformación opuesta y pierde por completo la higiene tras un desolador episodio del anciano que requerirá la ayuda del hijo, mientras en el comedor se celebra una comida familiar en la que los comensales permanecen ajenos a la causa de la ausencia y la demora del patriarca porque Philip guarda el secreto, pero paradójicamente el pasaje queda reflejado sin embargo en el libro para la posteridad.
En este punto pregunté a mis amigos ¿por qué creéis que quienes hemos tenido estos episodios higiénicos –por decirlo de forma eufemística- con los padres -y en algunos casos muchas de nosotras a diario- tenemos la necesidad de pregonárselo al mundo?, ¿tal vez para hacernos los héroes?, ¿para colgarnos la medalla de buenos hijos, cuando sabemos de sobra que si nos ocurriera a nosotros por nada del mundo desearíamos que alguien más lo supiera?
En esta parte se produjo un debate interesante en el que una de las compañeras puntualizó que al fin y al cabo él protagonista se encarga de ayudar a su padre una sola vez, y que se limita a meter el desaguisado en una funda de almohada para llevarlo a la lavandería, añadió que además tenía una enfermera para atenderle, dijo que las mujeres se ocupan de esas tareas a diario y nadie lo resalta y que por qué era más destacable si lo hacía un hombre, que lo sea en ambos casos y que si es normal, obligatorio, o lo esperable cuando lo hace una mujer pues que también sea algo normal, esperable y obligatorio para un hombre. Nos entretuvimos en esa parte llegando hasta la sonrisa porque nos dimos cuenta de que las compañeras que sólo tenían hijos varones consideraban a Philip Roth un hijo diez, otra de nosotras para rematar añadió, por lo menos no ha mandado a su mujer, la nuera, para que limpie al suegro.
El pasaje del taxista vuelve a subrayar que el libro va de padres e hijos –hombres- y el contraste está servido, en el caso de Roth había afecto y proximidad hacia su padre, en el del taxista una desastrosa relación. La misma compañera que había suscitado el tema de la desigualdad en la valoración de la limpieza si la hacía un hombre o una mujer, volvió a matizar diciendo: -cito desde el recuerdo espero ser fiel a la idea que quiso plasmar sin tergiversarla- “Cómo maquillamos y justificamos cuando se trata de los nuestros, pero bien que metemos el dedo en la llaga cuando nos referimos a los demás, las peleas del taxista con su padre sí que el autor las cuenta sin endulzarlas”, de ahí surgieron comentarios muy interesantes y llenos de saludable ironía, porque otra de nosotros añadió: “mucha gente a la que has conocido durante toda la vida cuando se hace mayor y cuenta sus batallitas y la escuchas dices: pero si nada de lo que dice fue así.” La memoria es tramposa, añadí. Y ahí dejamos ese hueco para la reflexión sobre la subjetividad, llegamos a la conclusión de que hay personas que siempre recuerdan lo malo y optan por el resentimiento mientras que otras lo minimizan, y que ambas opciones son un derecho. En cualquier caso no es lo mismo ver los hechos desde fuera sin conocer los motivos que los provocan. Hay matices interiores que el que mira desde el exterior desconoce porque todo es parcial, y fragmentado, las discusiones se oyen, las reconciliaciones son silenciosas. Pero volvamos al taxi porque nos sirve para ilustrar lo que estoy diciendo: el interior del vehículo se convierte en una especie de diván de psicoanalista, mientras que desde el exterior tan sólo es un coche transportando a un pasajero, en ese mismo instante en cada taxi se está produciendo un acontecimiento distinto. En este caso los dos -conductor y viajero- alternan el oficio intercambiando la terapia. Durante la conversación que los dos ciudadanos mantienen mientras se dirigen al hospital en el que está ingresado el padre de Roth, el autor nos ofrece el contraste, en él Philip como hijo sí sale bien parado, pero sin embargo no se va de rositas como esposo en cuanto a la infidelidad, así que hay leña para todos, de hecho tengo entendido que su primera mujer escribió un libro en el que el escritor quedaba de cualquier manera.
Pero frivolidades aparte el gran valor del libro en el club se lo dimos a lo bien que supo reflejar ese trozo de la vida al que todos llegamos y que nos viene sin libro de instrucciones, esa etapa de la que hasta ahora la literatura no se ocupaba dejando en territorio invisible tanto al cuidador como al cuidado.
Nos propusimos aprender a envejecer sin terquedad, a adaptarnos sin mangonear a los hijos y sin ser fiscalizados por ellos tampoco. Concluimos que era importante saber recibir su ayuda y disfrutarla sabiéndola pedir, sabiendo especificarla, en definitiva sabiendo comunicarnos sin confundir el miedo a la soledad y al desamparo con la amargura. Dijimos que nos gustaría no caer en la caricatura del cascarrabias con absorbentes ataques de ombligo. Y decidimos que el antídoto sin duda es encontrar la utilidad de nuestra existencia en cualquier momento de la vida y más en éste, ese “algo que hacer” que no sólo sirva para entretener sino para dejar huella, bonitos recuerdos aunque sólo sean fragmentos de sencilla amabilidad. Con el deseo de encontrar el lenguaje de respeto mutuo en la familia, el acoplamiento territorial, la búsqueda del espacio emocional común para que no haya conflicto de intereses entre la vida laboral ajetreada de los vástagos y la “desocupación” de los progenitores fuimos llegando al final de una sesión fructífera.
Tal vez así, con ese espíritu podremos ir trasladando el testigo para que la sociedad entera se impregne y comprenda las verdaderas y humanas necesidades sin pasar susto ni cruzar los dedos por la que se le avecina con nuestra indómita generación de viejos roqueros.

El latido de la novela es la búsqueda del verdadero patrimonio, que va más allá de los bienes materiales. Si aprendemos a entender en qué consiste la verdadera herencia tal vez vayamos acumulándola como hormiguitas para poderla legar.
Una de las compañeras más jóvenes cuya característica más destacada es su capacidad de empatía y su tendencia a la bondad, estaba muy callada, cuando participó fue para decir muy conmovida que leyendo el libro se había acordado mucho de nosotras y de lo que habíamos ido hablando -durante los años que ella lleva en el club- sobre el cuidado de nuestros familiares al hilo de los temas que suscitaban los libros leídos. Se sentía compungida porque hasta ahora toda esa peripecia parecía que les ocurría a los demás y no a sus padres, y gracias a este libro había podido comprender, concretar, visualizar… Lamenté en mi interior que le hubiéramos instalado esa congoja pero al mismo tiempo me sentí tranquila por saber que en nuestro mapa genético están escritas por instinto las soluciones y la capacidad de reacción y que por ello nuestra obligación primordial es la de aprender a vivir cada día con renovada pasión mientras estemos aquí, y que hasta el último minuto se le puede enmendar la plana a tu historia porque otorgar o pedir el perdón es una maravillosa forma de borrar los errores cometidos. Y esa goma Milán con olor a nata siempre va en el bolsillo.
Para finalizar lo haré con el broche que puso un compañero que se ha unido al grupo este año y que tímidamente dijo que “Patrimonio” era un libro de obligada lectura para jóvenes, y que le había gustado mucho, tanto a nivel literario como testimonial porque preparaba para estar preparado.
Así que hoy más que nunca dedico este comienzo de blog y de etapa a todas las compañeras que no pueden acudir físicamente a la reunión semanal porque se están ocupando de algún familiar que las requiere, vaya desde aquí todo nuestro cariño para ellas y el deseo de que desde este rinconcillo salga un hermoso puente por el que puedan cruzar para que sigamos estando juntos.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que habremos leído “El baile de Irène Némirovsky.

"Libertad", de JONATHAN FRANZEN

De vuelta al cole. Estaba este pobre blog mío muy abandonado: el verano lo aprovecho para otros menesteres más personales pero también literarios. Es decir: lo empleo para escribir.
Cuando nos despedimos en Junio me quedó pendiente la tarea de comentar el último libro que compartimos en el club de literatura, “Libertad” de Jonathan Franzen. Si no recuerdo mal abríamos la temporada anterior con “Las correcciones” novela del mismo autor, -de nuevo la vida se expresa en círculos-. Como ya le dedicamos a Franzen y a “Las correcciones” toda nuestra atención en este espacio, no redundaré en su biografía, sólo aportaré que el autor norteamericano vuelve a situarnos ante una galería de retratos nítidos y sin retoques, valientes y autocríticos, porque no se excluye ni se limita a mirar desde la barrera, es parte absolutamente implicada.
El autor tiene buena parabólica y agudísimo oído de sociólogo. De algún modo “Libertad” nos pareció continuación, eso sí, el escritor en esta ocasión abre plano para a través de otra familia y su entorno abarcar más: las líneas de pensamiento americano actuales, -tiempos de Obama- pero no las de la apariencia sino las que subyacen dentro de los senos familiares, y con esa excusa da un repaso a su sociedad sin dejar títere con cabeza ya que pone en cuestión hasta el icono rebelde y generacional de la música que finalmente el sistema supo absorber, de hecho (perdón por citar desde el recuerdo y sin exactitud, puesto que han pasado meses desde que lo leímos, aunque la selección natural de mi memoria se ha ocupado de destilar la esencia, y su poso me acompaña metabolizado por las células) el escritor se atreve a afirmar que los usuarios de dicha música llegaron a consumir las canciones de Bob Dylan por ejemplo como si fuesen chicles de menta mascándolos hasta que la goma perdía su sabor y en ese punto la escupían. Tampoco se quedó corto con los movimientos ecologistas, ni con el poder manipulador que subyace en algunas familias de judíos americanos actuales e hizo un paralelismo paradójico de inversión de términos entre víctimas y verdugos, pero esta vez nos mostró el caldo de cultivo. Nuestro tiempo es tácito, está lleno de sutilezas y hay que hacer un esfuerzo ímprobo para escarbar y ahondar más que en las décadas de los sesenta, setenta o incluso ochenta del s. XX en las que todos los cambios que teníamos que realizar eran simples y saltaban a la vista, ahora la clase dirigente es más astuta y nos obliga a cribar con cuidado para entender las trampas. Franzen con su dedo didáctico nos señala “aquí está el quid, y allí, y más allá…” Aunque en el  aspecto judío americano sí matizó para establecer las diferencias: Patty también era de origen hebreo y sin embargo no compartía el mismo modo de pensar conservador y sectario de la poderosa familia que tanto deslumbró a su hijo en el periodo de universidad,  la de ella, tan “progre” pero tan preocupada por su imagen exterior también queda en entredicho.
Lo más interesante para el lector son las vivencias de los protagonistas –es decir, la acción y lo que de ella se deduce- aunque aprecie que el telón de fondo se funda con ellas, y protagonice en sí mismo. De nuevo el autor con maestría disecciona sentimientos en evolución y sabe conducirlos durante toda una vida. Es dolorosa y demoledora la crítica que hace al conducir hasta el naufragio a toda mi generación preguntándonos a voces y sin excluirse: ¿Qué hemos hecho con nuestra libertad?, ¿En qué nos hemos convertido? ¿En aquello que abominábamos? Sin embargo en mi opinión a la libertad individual sí la salva a través del amor, y su alegato es muy serio y remueve muchas vísceras y pliegues de nuestra alma (o psiquismo como prefiráis).

El matrimonio Berglund comienza su andadura integrado y feliz en la comunidad en la que vive y contribuye a transformar. El primer punto de inflexión lo marcará el abandono del hijo que con apenas quince años prefiere convivir con su novia Connie y con sus “suegros” -los vecinos, republicanos y poco respetuosos con el medio ambiente que tanto sacan de quicio a sus padres,  en el pequeño y estrecho  mundo bipartidista que impregna a toda la enorme sociedad norteamericana que parece no saber que es diversa y plural. Pronto sabremos que, bajo el semblante amable, Patty vive estigmatizada por un abuso que sufrió en la adolescencia del que sus padres “tan progres” no quisieron defenderla porque su prestigio era prioritario y corría más peligro que la estabilidad emocional de su hija. Con un simulacro de juicio sumarísimo, su padre -abogado de pro- le hizo ver que el testimonio de la infamia sería puesto en cuestión de inmediato y que la perjudicada sería ella y no el niño bien, puesto que ella había bebido y dado pie. Tampoco Patty era valorada por sus dotes como deportista en el ambiente familiar de corte “intelectual”. Así que desde la adolescencia tuvo que lidiar consigo misma sin apoyos y con la doble moral de cualquier ámbito social que la rodease y se forjó su independencia a base de tropiezos.
En ese tiempo de instituto y universidad, además, se añade el sentimiento de trío sentimental: atraída y rechazada por Richard Katz, el incipiente músico de rock, y amada hasta el infinito por Walter Berglund, el abnegado buen hijo de padre alcohólico, se casa con éste último y la duda latente planeará sobre las tres cabezas durante largos años. En todo ese tiempo una corriente de equivocados y sexistas pactos de honor hacia la amistad enturbia la línea de definición y la capacidad de elegir. Los tres sufren y ninguno sabe en realidad quien gana y quien pierde en la renuncia o la adquisición. Serán necesarias varias y dolorosas rupturas para que el inconsciente trío se desgaje y recupere su individual esencia.
Pocas escenas se han visto en literatura tan conmovedoras: la prueba de amor de Patty sentada en el porche de Walter tras varios años de separación, dispuesta a morir congelada si él no le abre la puerta adquiere una potencia incandescente, al igual que el símil en sí mismo, no puede ser más explícito: romper el hielo transmitiendo el calor, resucitarla y resucitarse tras un periodo de hibernación. Un Walter amargado por la tristeza y el resentimiento se ve obligado a salir de la armadura para redimirse y reencontrarse con ella, tras acariciarla palmo a palmo, piel con piel devolviéndole el calor que sólo el amor convierte en vida. La única combustión por la que merece la pena existir.
Después se cierra el círculo, y el bello carácter de Walter vuelve a emerger y Patty es el elemento integrador de la nueva comunidad y la novela acaba como comienza. Pero antes de llegar a esa meta los hijos han tenido que volar y en el doloroso despegue han dejado infectados arazazos que tardan en curar. El amor de pareja ha pasado por las peores pruebas hasta volver a encontrar la identidad tras haberlo sacudido como una alfombra. Y después de que el elefante haya pasado por la cacharrería Franzen hace limpieza y sólo salva lo que cree que es salvable, en este caso comparto con él la hermosísima esencia.
Es una extraordinaria novela, la voz del 2000, tiempo americano a partir de las consecuencias del 11-S.
Para nosotros los lectores europeos, “los del sur” –especifico: los pig de la siesta y el “buen vivir”, analfabetos, derrochadores, palmeros de castañuela y panderetón… no hace falta que aclare que es ironía- es bueno que además de Faulkner, Steinbeck, Capote, Miller… nos hablen nuevos escritores que le estén tomando el pulso a su país a niveles individual y colectivo. Los del sur procuramos no ser xenófobos, ni prejuiciosos e intentamos no caer en los tópicos y por eso miramos con respeto hacia todas partes y leemos lo que otros escriben en todas partes. También nosotros tenemos voces nuevas que gritan en el s. XXI.
En cualquier caso en mi club tuve la sensación de que a mis compañeras les gustó más “Las correcciones”.
Que tengáis alegría que como decía Benedetti a la alegría hay que defenderla.
Un abrazo.
          Pili Zori

"Los enamoramientos", de JAVIER MARÍAS


Acabamos de terminar en el club de literatura esta singular novela. Siempre que llevamos un libro de Javier Marías se produce una catarsis, mis compañeras comparten los pensamientos y deseos más recónditos, esos que no se muestran a nadie, o cuentan las experiencias más duras e íntimas de sus vidas, confiesan los instintos a los que en determinados momentos habrían dado rienda suelta... Y llenas de asombro exclaman “Este hombre te lee la mente, cómo es posible que tenga ese grado tan enorme de empatía sin haber pasado por las vivencias que relata”.
Todavía recordamos “Un corazón tan blanco” y “Mañana en la batalla piensa en mí” y eso que ha llovido desde entonces. Hubo un antes y un después de esos dos libros. Estábamos aún en el comienzo de nuestra andadura, o más bien entrando en la meseta -llevamos diecisiete años juntas en ese doble objetivo de desarrollo personal y literario- y fue entonces cuando noté de forma palpable que el grupo se cohesionó. De algún modo supe que después de aquellas sesiones se establecieron acuerdos tácitos que significaron: lo que en club se habla en club se queda, y esos vínculos se produjeron tras aquellas frases que nunca olvido. Una de mis compañeras dijo: “cuando mi marido murió y llegó el amanecer me pregunté con rabia ¿por qué siguen cantando los pájaros, por qué siguen pasando los coches si él ya no está?, y tengo mucha envidia de mis amigas porque ellas tienen a sus maridos y yo no”. Como veis aquel desahogo de entonces tiene mucho que ver con parte del leitmotiv de “Los Enamoramientos” de hoy y de las constantes de la obra del autor. Noté visiblemente cómo le rodeó el círculo de energía con el que la circundamos. Otra, al hilo de los debates en los que intentábamos evitar el dogmatismo y valorar en la misma medida  a las compañeras creyentes y a las que no lo eran, exclamó “¡A mí no me digáis que Dios no existe porque yo tengo que volver a ver a mi hijo!”. Si en algún momento habíamos utilizado la creencia o el ateísmo como armas arrojadizas es evidente que dejamos de hacerlo y le dimos el verdadero significado a la palabra respeto. En “Los enamoramientos” se plantea en hipótesis el regreso de los que murieron y cómo sería el reencuentro, ¿molesto ante una nueva vida construida ya sin él o sin ella? llegamos a la conclusión de que las parejas o los padres quizá no fueran del todo bienvenidos según el caso, los progenitores por ejemplo, si cuando se fueron no eran jóvenes y estaban deteriorados, porque volver a luchar por un padre o una madre con alzheimer o enfermedad terminal es muy duro, o si la pareja fue o no buena, o aún siendo perfecta el vivo podría haber comenzado otro idilio sin que ello ofendiese a la memoria del fallecido, -en el club hay viudas, divorciadas, con nueva pareja o sin ella, solteras…- pero añadimos sin embargo que un hijo siempre sería bien recibido, en cualquier tiempo a cualquier edad y en las condiciones que estuviera. El autor habla de roles sustituibles, no de personas, las personas somos únicas y un hijo no es un rol y, aunque tengamos más, ninguno de los otros podría ocupar su lugar. En aquella especie de premonición que hacía nuestro club ya estaba el germen, porque como he dicho esos comentarios o reflexiones surgieron por las novelas “Un corazón tan blanco” publicada en 1992 y por “Mañana en la batalla piensa en mí” editada en 1994, -aunque las leímos un poquito después de que salieran a la venta, en 1996 creo recordar-. No hay ningún escritor que explore la pérdida y lo que se siente ante ella -con lo bueno y con lo malo, sin omitir ninguna etapa del duelo- mejor que Javier Marías.

Sus constantes siempre giran en torno a la información y a su manejo, al poder que da saber, y al dilema que supone haber obtenido dicho conocimiento por escuchar lo que no querías puesto que los oídos no tienen párpados que puedan cerrarse, como ocurre en la escena de “Un corazón tan blanco” en la que a través de la pared de la habitación de un hotel el protagonista escucha algo que nunca habría querido oír, mientras cuida de Luisa ligeramente indispuesta en su viaje de novios, (me gustaría preguntarle por ese nombre con el que reiteradamente bautiza a sus personajes femeninos, en “Los enamoramientos” vuelve a aparecer, siento curiosidad) o en otro pasaje del mismo libro, el que se produce durante la traducción entre dos políticos –supusimos que Margaret Thatcher y Felipe González aunque no les nombrara-: en ese fragmento el intérprete simultáneo decide cambiar una frase por una pregunta detentando así el poder que dará un giro a la relación entre los mandatarios y también a los acontecimientos internacionales.
Es cierto que Javier Marías además de escritor es traductor, en 1979 obtuvo el premio nacional en esa disciplina por “La vida y las opiniones del caballero Tristan Shandy”. Para traducir literatura no basta con conocer el idioma, como mínimo hay que ser escritor, el escritor comprende en global la armonía de las partes, y cada parte en sí, -la composición, el tono, el sonido y su música- como si estuviera frente a una partitura, en este caso ajena, como si fuera un actor que ha de saber pensar y sobre todo sentir como el escritor al que está interpretando y serle fiel y guardarle la debida consideración para que sus palabras y deseos no se distorsionen. Sólo los narradores saben que sí pasa mucho cuando les descolocan una coma o les cambian una frase pensando que significa lo mismo, porque ya no mide lo que él o ella querían, ni termina con la sonoridad que buscaban y que sin duda reforzaba lo que deseaban decir. Escribir no es sólo poner palabras para que cuenten una historia, hay que engarzarlas para que signifiquen por sí mismas y también en su conjunto y para que dentro de la obra cada pieza tenga sentido y encaje como un puzzle en el diseño. No es redactar bien ni elaborar un artículo largo y meterlo entre dos tapas, como ya he dicho otras veces. Si el traductor no es escritor, al menos debería ser un avezado lector con esa clase de sensibilidad que permite ver la estructura y sus materiales. En las novelas que hemos leído de él siempre aparece la inquietud por el lenguaje como arma, vuelvo a subrayar, por cómo lo interpretamos, por cómo lo traducimos, por cómo lo recibimos y por lo que hacemos con él, tanto por expresión como por omisión. Quería reseñar esta faceta de Javier Marías porque intuyo que en aquel esfuerzo de traducción fue consciente de que tuvo en sus manos un arma poderosísima con la que podía eliminar partes escritas, o darles otro giro, o convertirse en impostor velando el estilo del autor con el suyo, y aquella responsabilidad de la que se hizo cargo sin duda forjó la honradez que para mí tiene al crear y también como persona, sus últimos gestos de no recoger premios provenientes de dinero estatal lo avalan, deduzco que no se presenta a ningún certamen porque considera que la suerte es pertenecer a una editorial. Ser publicado y ganarse la vida con su oficio es en sí el premio. En cualquier caso es un honor enorme que hasta los “colegas” le galardonen cubriéndole de prestigio. Pero volvamos a “Los enamoramientos”. En esta novela pone patas arriba la confianza, tan frágil, y saca el dedo índice de las páginas para preguntar al lector ¿seguirías amando a tu pareja si supieras que ha instigado un crimen? Estoy convencida de que a J. Marías le habría encantado estar presente en nuestros coloquios para ver cómo desmenuzábamos las diferentes respuestas a esa pregunta y comprobar que todas eran sinceras y honradas, ninguna de nosotras cayó en las frases hechas, nos hurgamos el alma incluso para confesar que en algún momento le habíamos deseado la muerte a alguien, y curiosamente -aunque suene contradictorio- pudimos comprender la parte noble de ese maligno deseo por lo que tenía de justicia y no de trampa y por saber de antemano que sólo era un crimen imaginario, momentáneo e irrealizable, pero que haber pensado en la posibilidad servía para saber hasta dónde podríamos llegar y establecer ahí el límite.
El paseíllo final de María Dolz hasta la mesa en la que estaban sentados Javier y Luisa, convertidos en nueva pareja, en mi opinión subjetiva fue el resultado del intenso recorrido vital que ella tuvo que hacer interiormente tras los descubrimientos. En ese punto de la historia la protagonista ya sabe que tiene el poder y que puede usarlo o no, elegir o no que con sus palabras cambie el destino de esas dos personas, finalmente decide guardar silencio, ¿es un silencio cómplice?, ¿debería haberle denunciado a la policía?, ¿acaso está segura de que sus conclusiones no son conjeturas? al fin y al cabo la información proviene siempre de él, Ruibérriz le cree basandose en la confianza, o eso le dice a María, pero ¿inventa Javier la coartada en la que el amigo Miguel Desvern, marido de Luisa, le pidió el alivio de su cáncer con la muerte? Al lector le quedan dudas de si ese planteamiento es abierto o cerrado. En esta parte del libro en el club nos dividimos, unas le llamaron canalla, ante la evidencia de los análisis médicos en los que no aparece la metástasis por ningún lado, otras dijeron que fuera verdad o mentira nadie tiene derecho a planear la muerte de alguien dejando viuda a una mujer que era feliz y huerfanos a unos hijos que adoraban a su padre -la pareja perfecta según María Dolz- sólo por el capricho de querer para sí a una mujer enamorada de otro, también nos pronunciamos en cuanto a la crueldad de pedir a otro tu propia muerte, naturalmente salvamos las situaciones de compasiva eutanasia y nos atrevimos a hablar del suicidio y de que este hace tanto daño a los de alrededor, porque produce un sentimiento de fracaso, que preferimos pensar que se debe a la locura o a la desesperación, pero tras dilucidar sobre si era cobardía, egoísmo o valentía concluimos que también es un acto respetable por muy tabú que nos resulte y que nadie tiene culpa ni responsabilidad si quien decide quitarse la vida es adulto.
Pero volviendo a la inquietante llegada de María Dolz a la mesa en la que estaban Luisa y Javier, reitero que las verdaderas transformaciones se producen en nuestro interior que es donde verdaderamente importan y la que hace y procesa María es una de las más elaboradas porque es importante conocer la medida de tu fuerza y sopesar las consecuencias antes de desatarla.
Durante todo el desarrollo de las páginas el autor se ha mantenido fiel a ese difícil ejercicio que permite que el lector pueda contemplar lo que ocurre en la mente de María, y ha conseguido de forma extraordinaria que veamos las imágenes como si éstas estuvieran sucediendo fuera de la cabeza de la protagonista, cuando ella piensa algo así como “ahora habrá echado su abrigo sobre el brazo…” -perdonad que no cite textualmente- o “Desvern haría tal o cual cosa…”, resuelve de un plumazo lo que habríamos visto y oído a través del narrador omnisciente y en tercera persona valiéndose unicamente de la primera. Sólo por ello esta novela merece la pena. Además es la primera vez que escribe con voz de mujer. Si encima le añadimos lo que defino como narrativa en forma de “escalera de caracol” pues es el súmmun, enseguida explico lo que quiero expresar con la imagen. En una escalera de caracol si miras desde arriba o desde abajo puedes ver no sólo el cilindro central que forma el hueco, también contemplas los círculos que van en espiral, y por tanto lo que sucede en ellos, la perspectiva es total. La mayoría de los escritores, comienzan con un bombazo en síntesis para después desarrollar en detalle. Él lo hace como digo en forma de escalera de caracol por eso parece que da vueltas y reitera, pero en realidad avanza mientras va subiendo o bajando, y sus flash back o sus flash forward siempre se hacen en espiral. Es dificilísimo escribir así, con todo el material a la vista y sin embargo manteniendo la intriga y haciéndo comprender al lector que lo oculto era visible aunque no se haya dado cuenta. Personalmente me descubro ante él y comprendo que su nombre suene incluso para el Nobel porque su modo de escribir es nuevo, no sólo en la forma, también en el fondo. Mi sensación es la de que coge un sentimiento, pensamiento o idea y le pasa la resonancia magnética y a continuación el escáner para que podamos verlo por el exterior y por el interior al mismo tiempo, pero diseccionado capa por capa. Sé que ese modo de narrar impacienta a algunas personas y lo comprendo, no hay nada más íntimo que la experiencia en solitario con un libro y cada cual tiene la suya, pero si él no lo hiciera así nos perderíamos el maravilloso tallado transparente de las multiples facetas de de sus joyas. Sé además que es un gran filósofo contemporáneo que ha conseguido al fin añadirle la narrativa a esa maravillosa asignatura de búsqueda. Sólo la literatura da una visión completa del ser humano porque añade los sentimientos que son los motores que mueven el mundo.
Cuando comencé a leer sus libros confieso que algunas expresiones me parecían elitistas e innecesarias, como las de que alguien llevara zapatos de Prada o un perfume barato ¿Qué describe eso? me preguntaba ¿Un status? Más adelante pensé que tal vez el prejuicio fuera mío, él al fin y al cabo muestra el mundo en el que se mueve, igual que si alguien te habla de que tiene caballos o fabrica quesos, la diferencia está en que lo haga por situarse por encima o simplemente te cuente con sencillez que los caballos o los quesos forman parte de su vida, quien estaba estableciendo distancias era yo tal vez por mi afán obrerista y por mi quizá malentendida lucha de clases, el mundo hemos de mejorarlo todos y Javier Marías lo hace.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"GENTE CORRIENTE", película de Robert Redford


De vez en cuando y en este mismo blog os recuerdo que en los comentarios que subo sobre las novelas que leemos en el Club de Literatura y las películas que vemos en el de cine no suelo hacer sinopsis a propósito, porque considero que este espacio es una prolongación de dichos encuentros y que el pacto, el acuerdo tácito, consiste en asomarse aquí a posteriori, una vez que ya hemos leído el libro o hemos visto la película. Creo que el encuentro así es más nutritivo. Si colocase el resumen al principio, es decir el “de qué va” muchos visitantes leerían ese trozo pero no compartirían la experiencia. Internet, como siempre digo, es generoso y ofrece muchas páginas publicitarias y de divulgación en revistas especializadas. Aquí intento que hagamos análisis, que compartamos sentimientos, reflexiones y conclusiones personales en definitiva.
Gente corriente” es un psicodrama que nos habla sobre un fragmento vital de una familia acomodada, como tantas de su comunidad, que reside en Illinois -padre, madre y dos hijos varones-. En un desgraciado accidente, cuyos detalles los protagonistas nos irán desvelando poco a poco en un perfecto y bien medido goteo, muere el primogénito. Pero el punto de partida del film se producirá tras el regreso del hospital del hijo menor. Pronto sabremos que a su vez ha estado a punto de perder la vida por un intento fallido de suicidio.

Del sentimiento de culpa, de la elaboración de la pérdida, de la forma de enfrentarla, del tiempo necesario para hacer el duelo, del modo de enfocarlo -diferente para cada uno de los miembros- de las reacciones, facetas y rasgos de carácter que los protagonistas jamás habrían desarrollado o  conocido del otro, -como pareja, como padre, como madre, como hijo- si la desgracia no se hubiese cernido sobre ellos… de todo ese dolor inconmensurable nos habla esta ópera prima de Robert Redford como director, en su bondadoso intento de aproximarnos a vivencias que la gran mayoría de nosotros no ha experimentado. Y lo hace con la ayuda de un maravilloso árbitro, el inolvidable psiquiatra interpretado por Judd Hirch.
El arte nos regala el ensayo de lo que nos podría ocurrir, nos enseña a elegir pautas, nos amplía la comprensión, nos hace más compasivos, más sabios… En resumen: nos añade vida.
A menudo me pregunto qué es lo que siento por la literatura y por el cine, y de inmediato me respondo: un enorme agradecimiento. Por ello a veces me sorprendo siendo inflexible e intolerante cuando escucho que otros leen para distraerse o evadirse puesto que en mi caso lo hago por lo contrario, para enfrentarme a la existencia, para seguir aprendiendo a vivirla. La reacción, como es natural, apenas me dura unos segundos y nunca la manifiesto abiertamente puesto que entiendo que el lector o el espectador es soberano y dueño de sus legítimas razones y deseos para acercarse al cine o a la literatura, sin embargo considero que matizar es importante porque como ya he dicho otras veces no todo lo que va entre dos tapas y con forma de novela es literatura, ni todo lo que aparece en pantalla ha sido realizado por verdaderos cineastas. En mi caso creo sinceramente que ni la literatura ni el cine de verdad son placebos, aunque con ellos obtengas una enorme sensación de plenitud, y menos que ninguno la comedia, que bajo la elegancia y la altura de perspectiva que proporciona el humor nos entrega extraordinarias lecciones vitales.
En “Gente corriente” confluyeron fuerzas tan poderosas que era inevitable que desembocaran en el mismo mar como caudalosos afluentes. No sé si dichas energías fueron buscadas a propósito o halladas al azar por esas razones instintivas que aún no sabemos descifrar, el caso es que Mary Tyler Moore había perdido a su único hijo en 1980 -el año en el que se realizó y estrenó esta película- por jugar a la ruleta rusa con una pistola, pero anteriormente la hermana de Mary también había muerto por una sobredosis de droga, y un hermano de cáncer. En esas circunstancias anímicas tan duras afrontó, esta gran actriz, el que a mi juicio sería el gran papel de su vida. Donald Sutherland había sufrido dos divorcios y el comienzo y posterior ruptura de un romance con Jane Fonda, que germinó durante el rodaje de “Klute”, y Timothy Hutton asistió a la separación de sus padres y a la posterior muerte de su progenitor a causa del cáncer. Al igual que el protagonista pasó un tiempo difícil, y como al director, Robert Redford, cuando tenía su misma edad, le atraía Europa y la vida bohemia. Como veis los paralelismos estaban servidos porque el propio Redford de algún modo aglutinaba en sí mismo muchos de esos trágicos episodios: su madre muere de cáncer a los 42 años, él pasa por una etapa rebelde en la que abandona estudios y decide partir para Europa en busca de vida artística -ya entonces era un consumado dibujante además de gran narrador- vuelve defraudado del viejo continente y coquetea con el alcohol, pero entonces conoce a Lola Wagenem con quien mantendrá uno de los matrimonios más estables de Hollywood hasta que muchísimos años más tarde entre en acción la actriz brasileña Sonia Braga, aunque esa es otra historia posterior que bien podría remontarse a los posos de su niñez y adolescencia porque Robert Redford se crió en el barrio latino del oeste de Los Ángeles, y mi ensoñadora cabeza añade con osadía la información que le falta dando por hecho que sin duda tuvo que despertar a la sensualidad y al deseo en aquel ambiente y por lógica se sentiría atraído y marcado por mujeres de las características físicas de Sonia. Perdón por el inciso. Regresamos a la universitaria Lola. Con ella como pareja y empujado por su estímulo, Robert decide retomar los estudios y se matricula en el Prat Institute de Nueva York para cursar arte porque en ese punto de su vida ya se ha definido y quiere dedicarse al diseño de escenarios. Un profesor le aconseja que también aprenda interpretación para completar sus conocimientos de teatro y obtener de ese modo una idea global y así es como se convierte en actor sin haberlo pretendido en un principio.
En 1959 cuando más feliz era la pareja nació su hijo Scott que fallecería a los pocos meses de vida por muerte súbita, no obstante Lola y Robert remontaron la tristeza y en 1960 tuvieron a su hija Sabana; en 1962 llegaría David y en 1970 vendría al mundo Amy.
Siguiendo con las coincidencias y paralelismos diría que Judith Guest, la autora de la novela en la que se basó el guión adaptado por Alvin Sargent, no en vano además de escritora era psicóloga y profesora de educación especial. Como veis los profundos cimientos de esta película aparentemente sencilla estaban construidos con fuerte hormigón armado. No suelo relacionar las biografías personales con las artísticas porque a menudo la obra supera al autor y sus peripecias diarias, privadas o públicas nada añaden a su valor. Pero en este caso y como excepción sí que me parecía necesario vincularlas.
A lo largo de su vida hemos conocido a Redford como gran actor de prestigio -ganado a pulso- que ha sabido escoger papeles que tenían que ver siempre con algún compromiso social o de defensa de la naturaleza… y elegir buenos amigos, en nuestra memoria permanece Paul Newman (aún se siente la oquedad que su reciente pérdida nos ha dejado) con quien coincidió tantas veces. Amistad que habla por sí sola de una casta de actores que define la ética de la profesión y el buen uso de la belleza exterior para ponerla al servicio de la historia que interpretan más allá de la carcasa física y lejos de toda frivolidad, ambos fueron -Redford todavía lo es- auténticos adonis que jamás se recrearon frente al espejo porque sintieron sus cualidades estéticas como una herramienta de trabajo y como un privilegio que les vino dado y no como un mérito. Newman en sus papeles más extravertidos y Redford en los suyos más contenidos se compenetraron a la perfección cada vez que trabajaron juntos dándose apoyo mutuo y entregando una lección a nuevas generaciones de actores a las que demuestran que sólo se sobresale si luchas a favor del equipo y te olvidas de ti como individuo, sólo así podrás lucir como una estrella que es muy distinto a ir de astro.
Pero hoy nos toca destacarle como director, y al enumerar sus películas de inmediato le encontramos sus constantes. En “El río de la vida” muestra el canto a la naturaleza que envuelve la dificultad para la comunicación familiar; en “El hombre que susurraba a los caballos” volverán a aparecer en simbiosis la armonía y el entendimiento con el paisaje y por contraste la dificultad para las relaciones familiares. Su amor por ese fabuloso animal, el caballo, queda patente, compañero de viaje al que demostró con creces que comprende a mucha hondura, ya habíamos contemplado esa empatía en “Las aventuras de Jeremiah Johnson” y en “El jinete eléctrico” dos magníficas e inolvidables interpretaciones que realizó a las órdenes de Sidney Pollack, pero posiblemente necesitara expresarlo con su voz, abundar más en ello: esos primeros planos de los ojos del caballo fueron tan elocuentes que apabullaron al patio de butacas. Robert Redford, como director, nos prestó su mirada para que con ella pudiéramos adentrarnos en el alma del mítico animal herido y eso no lo había hecho nadie.
En “Quiz Show” surge el planteamiento de la honestidad –otra de sus preocupaciones- en un tiempo de trampa y corrupción en el que es fundamental volver a perfilar la honradez.

Además hay que añadir que en 1980, el mismo año en el que rodó “Gente corriente” como ya he dicho, levantó Sundance –era el nombre que tenía su personaje en “Dos hombres y un destino”, Sundance Kid- un centro para jóvenes cineastas que financia de su propio bolsillo. Durante un mes acoge, con todos los gastos pagados, a becarios de talento. Al contemplar la calidad de los trabajos de esas nuevas promesas de inmediato quiso darlos a conocer y decidió crear, con el mismo nombre, el festival de cine independiente que en poco tiempo sería considerado el mejor del mundo.
En la actualidad Robert Redford está casado con Sibylle Szaggars, una pintora alemana. Deduzco que finalmente conjugó en una sola todas las vidas que de joven se propuso llevar. Me alegro mucho por él y por todos los sueños cumplidos.
Gente corriente” fue galardonada con cuatro óscars a la mejor película, al mejor director, al mejor guión adaptado y al mejor actor de reparto. Supongo que en cuanto a los actores la Academia distribuyó así las categorías para que no se hicieran competencia entre ellos, porque la interpretación del trío fue bestial y es evidente que Timothy Hutton en realidad y moralmente se llevó el de mejor actor principal aunque le pusieran como apellido “secundario” y lo obtuvo con todos los honores puesto que era el eje sobre el que giraban los demás. Se comió la pantalla. Asombra su capacidad interpretativa, apenas era un muchacho... tal vez por ello, por ser tan joven, y por lo cerca que le quedaba el personaje, pudo diluirse en él. Pero los tres habrían merecido el galardón de mejores actores protagonistas en esa coral tan perfectamente sincronizada. Se dejaron la piel y no es una frase hecha porque prestaron tanto de sí mismos que espero y deseo que el resultado para sus vidas fuera enormemente terapéutico y beneficioso. La parte más difícil la tuvo Mary, su papel era el menos querible para el público.
Ese mismo año competían como mejor película, “Toro salvaje” de Scorsese y “El hombre elefante” de David Lynch, algunos críticos se echaron las manos a la cabeza por lo que entendieron como injusta derrota, por alguna superficial razón pensaron que el largometraje de Redford era una obra menor y de bajo presupuesto pero en mi opinión, sobre boxeo ya había grandes películas y la aportación de Martín Scorsese aún resultando magnífica no dejaba de ser un añadido más al género, una nostalgia, una melodía muy buena pero muchas veces cantada, cada cual tiene su momento y ya vendría “The Departed” en el 2006 aunque para mí “La edad de la inocencia” es la pieza cumbre de la maravillosa obra del director. Con “El hombre elefante” ocurría algo similar, biografías por discriminación debida a la carencia o enfermedad física también se habían hecho muchas, el planteamiento de la dignidad humana dentro de un aspecto agraciado o desgraciado era abundante en cine y aunque David Lynch tiene un estilo muy personal, enormemente onírico y creativo que explora zonas mentales vírgenes, en esa ocasión creo que aportaba más “Gente corriente”, esa obra sencilla de corte clásico en la que no se transparenta el director que al ser actor supo dar a su elenco la prioridad y colocar en sus manos todo el peso. Lynch en Europa ha sido y es venerado en los mejores festivales, personalmente adoro “Dune”. Sin embargo la película de Redford marcaba un hito del que todavía se nutren hoy series tan extraordinarias como “En terapia” y no estoy diciendo con ello que Rodrigo García, al que tantísimo admiro y del que reconozco el estilo en cuanto sale el primer fotograma, plagie nada, contemplas “A dos metros bajo tierra” y enseguida sabes, sin ver los títulos de crédito, qué capítulo ha sido dirigido por él. No. Intento decir que el film sentó un precedente, que fue una escuela de actores que pudieron comprobar que menos era más: la película se desarrolla en apenas tres o cuatro espacios cerrados e íntimos donde se dirime el duelo, el enfrentamiento con uno mismo. Escenas de comunicación no verbal de una fuerza inusitada, como la de las tostadas francesas, donde lo que se expresa con palabras lo contradicen los gestos que hacen que el espectador vea el iceberg reprimido, el detalle de llamar al chico por delegación, haciendo que sea el padre quien le pida que baje a desayunar, el cuidado al apoyarse en los muebles, hábito adquirido bajo la mirada reprobatoria de ella, la madre, el recorrido en el coche hacia el instituto en el que vemos el cementerio sin necesidad de palabras, la fuerza arrolladora del tren al pasar, símbolos sencillos utilizados en el tiempo exacto y con el ritmo adecuado para mostrar la emoción buscada, la atmósfera opresiva. La mesa, idéntica colocación que en la de “American Beauty” para representar lo mismo: una forma de ser y de estar encorsetada, envarada y circunspecta que atrapa a la persona en la telaraña de las costumbres, convencionalismos y buenas formas, es decir en el afán por guardar las apariencias aunque el suelo se hunda bajo los pies. Esa mesa es la misma que aparecía en la novela “Las correcciones” en la famosa cena con hígado que ilustra la portada. Vemos la fiesta que muestra cómo ella, la madre, vive en paralelo con el dolor y al mismo tiempo con el piloto automático de la vida social encendido para comportarse como lo que allí se entiende por saber estar. Vemos los zapatos y su significado. La piscina, como en “Azul”, el magnífico largometraje de Kieslowsky del que ya hablé en este mismo blog, la natación es la mejor muestra de la batalla librada con uno mismo contra la tristeza y la desesperación, en este caso además sirve para subrayar que el chico es un gran nadador, detalle que nos hará comprender al final los ingredientes de su zozobra. Oímos el plato partido y a ella diciendo que se puede pegar, que de algún modo su vida rota por la mitad se puede recomponer en ese esfuerzo imposible de que vuelva a ser como era. Observamos los puños cerrados, la forma de sujetarse contra una puerta en busca de apoyo para no derrumbarse… Para mostrar todo lo que subyace de presente y de pasado hay que ser un director de mucho peso forjado en la interiorización de múltiples personajes y tener una capacidad esponjosa de atención inigualable.
Entre las varias lecturas que se producen en los diálogos, tan sucintos, pero a la vez tan cargados, hay una bellísima frase que pronuncia el protagonista “No se rompe nada en una bolera, por eso me gustan” y otra del psiquiatra “Aunque se tenga cuidado, en la vida pasan cosas graves”.
Para quienes aún no la hayáis visto creo que como a mí os servirá para preguntaros en qué consiste en realidad ser fuerte. Pero antes de despedirme no quiero dejar pasar la hermosa interpretación de Elizabeth McGovern, ni la magnífica fotografía de John Bailey.       
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

Día del Libro con la Cadena SER y El Corte Inglés

La emisora de radio SER Guadalajara quiso celebrar el Día del Libro realizando su programa diario en directo en las instalaciones de El Corte Inglés de esta ciudad, para lo que, entre otros invitados,  pidió contar con mi colaboración cosa que hice en forma de homenaje al recientemente fallecido José Luis Sampedro y que consistió en la lectura de un pasaje de su obra "El río que nos lleva" por su relación con nuestra provincia. Os dejo unas fotos del evento.







Entre los asistentes estaban algunas compañeras del Club de Lectura (Loli y Encarni), que aportaron su opinión sobre la celebración del Día del Libro