Sobre los certámenes literarios

Nunca me decido a expresar mi opinión sobre los concursos literarios nacionales por temor a que esta pueda ser juzgada como un ataque de resentimiento, pero hoy lo voy a hacer porque sé que mi pataleta le da voz a muchos escritores desconocidos que también callan por el mismo pudor y las mismas razones. Naturalmente no me refiero a los honrados certámenes que convocan las Diputaciones de muchas de nuestras provincias, sino a los que te sacan del anonimato y te consolidan en el oficio además de proporcionarte un buen espaldarazo económico que te haga olvidar el gasto de tóner y el destrozo arbóreo que se produce con el millón de fotocopias y encuadernaciones en espiral que te piden, cinco ejemplares, hala… multiplica por 250 páginas, sin contar con los gastos de correo. No sé yo si las hermanas Bronté podrían publicar en nuestro informatizadísimo 2009, eran muy pobres, las pobres.

Resulta como mínimo curioso que durante dos largas décadas no se haya producido el relevo y que se siga considerando generación joven a escritores que rondan la cincuentena. ¿Cuál es la apuesta? Literaria no, desde luego. No estaría de más reflexionar sobre ello.
Como se suele decir, el periodismo es el arte de lo concreto, y la literatura el de lo ambiguo, salvo raras y maravillosas excepciones no es corriente que en una misma persona se den ambos registros. Entonces ¿por qué es tan frecuente que los premios literarios los acaparen periodistas?, ¿qué criterios siguen los que tendrían en su mano el mecenazgo y el orgullo de dar a conocer la literatura de su tiempo?, ¿cuál va a ser su legado?, ¿a quién habrá que pedir responsabilidades de lo que quede?

Al lector apasionado le importan poco los oráculos semanales de las columnas periodísticas, y mucho menos el ranking en metros cuadrados de las grandes superficies, al lector apasionado le gusta más indagar por sí mismo, rescatar, descubrir… y sólo presta oído a otros lectores tras la consumación compartida de de su mismo “vicio”. Al lector apasionado se la repampinfla estar en la onda para darse el barniz porque sabe que la cultura es un caudal al que te puedes incorporar por el principio, por el medio o por el final, en el que puedes nadar a lo ancho o a lo largo, deslizarte en la superficie o bucear, porque el lector apasionado sabe que el caudaloso río siempre, siempre terminará desembocando en el mar, así que sobran métodos, cánones, élites o populismos. Un libro es lo más democrático del mundo, lo puede leer un rey pero también un mendigo.

El lector apasionado en su lista de la compra tachará el solomillo, se comerá un bocata y arrasará con lo que sobra en la Cuesta de Moyano o similares para sentarse en el banco de enfrente y zamparse cien páginas mientras el resto del mundo sestea abducido por su televisor. ¿Puede alguien explicarme entonces qué relación tiene ser visto en la pequeña pantalla con la creación literaria?¿acaso salen todos los televidentes corriendo bajo efecto hipnótico a comprarse el libro de las Quintanas o las Campos del mundo de la comunicación audiovisual. La industria haría bien en preguntar a los profesionales de las bibliotecas públicas qué libros se les quedan muertos de risa en los estantes y cuáles son los más demandados. El lector avezado busca al mismo novelista cuando ya ha leído algo suyo, por tanto le acaba de conocer. ¿Podría seguir aclarándome alguien en qué se fundamenta el miedo del editor al desconocido? Preséntaselo a los lectores y verás como él solito se lanza. Además le pese a quien le pese el lector suele recordar la novela que le ha gustado siempre, le cuesta algún tiempo asociarla con su autor y eso sí que lo digo con conocimiento de causa, no en vano coordino un club de lectura, es la primera lección de humildad que un escritor ha de aprender: que está al servicio de su obra y no al revés. Mal asunto amigo editor si le impones tus criterios al cliente.

Claro que lloro por la herida, ¿y qué…? Por una herida doble: como lectora empedernida y como escritora desconocida que no tiene acceso a las agentes literarias que en su marasmo idólatra confunden a sus pupilos con las estrellas del rock y se dedican a contabilizar bolos como posesas despreciando lectores, -pero ya se sabe que los actos en bibliotecas públicas son gratis y se devalúa el caché.
No, hoy no me callo porque aún no me he recuperado del último tufo, casualmente la periodista ganadora de la novela histórica hace algún tiempo salía en la tele, el feminismo me impide tildarla de “señora de”, ella no tiene la culpa de que los que han escogido su novela consideren ingrediente imprescindible de la estructura a su partenaire y por supuesto, cómo no se iba a considerar el relevante detalle de que ella haya nacido en la comunidad de la editorial que patrocina el premio aunque el dinero provenga del sur, - que el chauvinismo está por encima de la vocación de estilo, de la renovación formal, del compromiso histórico y cultural y sobre todo de la deontología, faltaría más-. Un amigo mío dice que si no eres nadie es que eres de algún sitio.

- ¿Deonqué?

Leeré tu novela, claro que sí, y puede que sea buena, ¿por qué no vas a ser tú una de esas escasas artistas que maneja el arte de lo ambiguo que es la literatura y también el de lo concreto que es el periodismo?, pero lo haré cuando se pase la vaharada de hedor connivente que han anillado a su alrededor porque al final siempre quedará la obra y no el autor, que como ya he escrito antes no hay que confundir los protagonismos.

Con respecto a la novela histórica me gustaría decir que el novelista no ha de ser valorado por su erudición, para eso están los historiadores de los que se nutre, a mi parecer la novela histórica no existe porque o ninguna lo es o todas lo son, lo que hablamos hoy mañana será historia, otra cosa es que los libros haya que clasificarlos de algún modo para facilitar el camino al usuario o comprador, pero ese detalle es asunto de la editorial, de la librería o de la biblioteca. Lo que intento decir es que al autor ha de valorársele por la creatividad, por levantar un mundo en la ficción, da igual si lo coloca en el siglo XIII o en el XXIII, - necesitará saber, eso sí, lo que en la época se comía, como se vestía, la corriente o corrientes de pensamiento que había , su política, su economía…,- pero el conocimiento de esos datos sólo le sirve para ambientar, para crear la atmósfera…, al lector le importa un bledo si el escritor posee dichos conocimientos o ha necesitado buscarlos, lo que quiere es entrar en la novela y creérsela aunque los elefantes vuelen, y ese edificio no se construye con currículo, por mucho que te hayas doctorado en la Sorbona, sino con lenguaje, con ritmo, con música interna, con sus espejos, sus simetrías, enfoques, intenciones… Ese edificio se levanta dando vida a personas que no existen, dibujándoles los rasgos físicos y anímicos, concediéndoles personalidad, conducta, reacciones, evolución, involución… Incluso cuando usamos biografía (seres humanos que existieron o existen en la realidad) estamos convirtiéndolos en personajes porque nadie estuvo o está en su interior para saber lo que sienten o sentían.

¿Que por qué especifico todo esto? Pues porque estamos hablando de arte, y no todo lo que lleva tapas y formato de libro lo es. Igual que unos nacen con los ojos negros, marrones, azules o verdes, con capacidad para las matemáticas, los negocios o la arquitectura… otros tenemos en nuestra estructura interna esa parte imaginativa que te hace saber a qué huelen los personajes que inventas, de qué colores son los paisajes por donde los pones a caminar y lo que siente el protagonista al clavarle un puñal al antagónico entre las costillas y el diafragma. Seguramente es lo único que sabemos hacer y lo único que tenemos para ofrecer. Pues vamos a solicitar, a dejar un espacio libre al menos, para poder exponer y exponernos, tal vez sea tan sólo una cuestión de sillas, no quiero tildar de advenedizo a nadie, –y utilizo la palabra en su estricto sentido: advenedizo es el que ocupa un lugar que no le corresponde-, porque hay sitio para todos, pero por favor, que el responsable de emitir el dictamen sienta la trascendencia de su cometido y entregue su reputación en ello.

Tan sólo me lamento del cierre de puertas y de oportunidades, porque los concursos literarios deberían reservarse en exclusiva para los sin nombre, los que ya lo tienen gozan de su cómodo lugar en las editoriales y optan a premios de prestigio sin necesidad de presentarse porque ya son llamados y también son escogidos.

La literatura no entiende de élites, pero tampoco de populismos. A la literatura te acercas tú, no ella a ti, no rebaja planteamientos para ser cercana, ni tampoco los eleva para estimularte, la literatura tan sólo es arte.
Ahora comprendo por qué el coordinador del premio literario que concede la Diputación de Guadalajara hace tanto hincapié en la honestidad del mismo, pero claro la dotación es ínfima comparada con la del certamen del que he hablado y no he nombrado. Al menos aquí nos queda la honra y el disfrute de descubrir a nuevos talentos nacionales y extranjeros, y doy fe de que lo hacemos cada año.

Pili Zori

"La ciudad de los prodigios", de EDUARDO MENDOZA

Hemos estado un mes paseando por Barcelona, -literariamente, se entiende, aunque una compañera de club, que en la actualidad reside en Segovia, siempre decía que leer es viajar gratis-, y además nos hemos trasladado en el tiempo a una época mágica: la que comienza en la exposición universal de 1888, y allí hemos permanecido durante 41 años sin querer volver a casa, hasta llegar a la siguiente exposición de 1929 en la que ya se nos ha cerrado el libro y no nos ha quedado otro remedio que regresar.

"La ciudad de los prodigios" no es una novela histórica al uso como ya nos advierte el propio autor, sino la memoria colectiva de una generación de barceloneses y de un tiempo irrepetibles. Tiempo de transición: el del paso de las velas a la luz eléctrica, de la quietud al movimiento...
La narración nos habla del comienzo de esa época en la que la medida de los días la marcaba la propia naturaleza y el clima, todo cambió de golpe y entonces el horario lo marcó la fábrica… ¡Llega la industria, el progreso, el modernismo, la transformación, la lucha de clases… la fe en los inventos, el ansia de prodigios!

Onofre Bouvila dará un portazo a su mundo rural tras la decepción y vergüenza que siente por su padre que vuelve de Cuba arruinado.
El punto de inflexión se producirá en Basora, el padre se acercará a saludar a los comensales de una mesa contigua en el mismo restaurante al que ha llevado a comer a su hijo y este verá como esos hombres de alcurnia se burlan de su progenitor a su espalda, el autor no nos dice lo que siente el protagonista, sólo nos muestra el hecho, y el lector deduce y elige.
Onofre Bouvila será el hilo conductor de este relato, él nos llevará de la mano durante todo el trayecto de su periplo vital. Quienes le acompañamos tampoco sabemos si su maldad nace o se hace, por tanto entramos al juego para especular con las motivaciones.
Mientras esa evolución se va produciendo el gran logro de Eduardo Mendoza es conseguir que veamos la fina línea que separa lo lícito del lumpen. Al principio casi estás del lado de Onofre, completamente de su parte, ves que tiene rasgos de muchacho valiente y emprendedor, arte y olfato para el negocio, y sana ambición, hasta que de pronto caes en la cuenta de que a ti también te ha camelado porque en realidad es frío, manipulador y arribista. Como dice la contraportada del libro: “Un escalador social nato.”
Los lectores tenemos tendencia a redimir y siempre buscamos fisuras por las que salvar al personaje, pero se debe a que contamos con la empatía, esa capacidad que poseemos las personas de participar afectivamente en la realidad del otro, Onofre Bouvila carece de sentimientos, al menos a esa rotunda conclusión se llega cuando tras muchos años de ausencia vemos como vuelve a su casa del pueblo para hipotecarla pasándose por el arco del triunfo a sus padres.
Si hasta ese momento el lector albergaba dudas de si el protagonista había puesto tierra en medio para romper con su pasado, y esperanzas de que, tal vez, se había desarraigado a propósito para resarcir en su propia persona a su padre logrando lo que él no consiguió: hacerse rico para volver a él y colocar la fortuna a sus pies, viendo su comportamiento durante todo ese pasaje se desengaña de golpe y comprende la magnitud de su maldad.
Como en el club no nos caben en la cabeza seres de ese calibre, -detalle que dice mucho en favor de mis compañeras-, utilizamos bastante tiempo de la primera sesión, (hasta el capítulo cuatro exactamente), en dilucidar sobre si esa conducta era inevitable en algunos individuos y consecuencia, por tanto, de enfermedad mental, porque en ese caso el juicio cambiaba, y derivamos incluso hacia considerar si la avaricia y la envidia podrían ser también trastornos mentales. Unas compañeras zanjaron en maldad y otras dejaron esa ventana abierta al futuro neurológico.
En capítulos posteriores contemplamos la ascensión social de Onofre Bouvila urdida ya en mafia, y ahí apreciamos otro gran acierto de Eduardo Mendoza: su capacidad de análisis sociológico para tirar de la manta y de ese modo mostrarnos la podredumbre que hay debajo y que sustenta a muchos hombres de pro –dicho sea con toda la ironía- y sobre todo el gran logro yo lo encuentro en la dureza implícita de su pregunta: ¿Quién es más culpable el que corrompe o el que se deja corromper? De hecho el protagonista nos dirá en su defensa: “-Yo soy malo, pero el mundo es peor que yo.” Ahí creo que está situado el corazón de la novela, su núcleo de intenciones, su enfoque pesimista, su mirada de tristeza hacia el hombre, siempre más efímero que su ambición, pero de alegría hacia la obra que le sobrevive y que no guarda memoria de su pequeñez.

Asistimos a la venganza de la propia vida: Onofre Bouvila consiguió una de las fortunas más grandes del mundo, pero siempre fue considerado un advenedizo en los círculos sociales de aristocracia y alta burguesía a los que siempre quiso pertenecer y en los que su dinero fue bien recibido, sin ascos, pero no así su persona. El único toque de ternura que yo sentí hacia él se produjo al verle empeñado en reconstruir fidedignamente una antigua mansión que una vez terminada daba frío a su familia porque parecía un mausoleo: los frutos de Onofre Bouvila nacían muertos.
En el club nos preguntamos si Onofre Bouvila encubría en la ficción a alguien que existió en la realidad. Con la duda nos quedamos.

En la rueda de conclusiones mis compañeras brillaron especialmente. Intentaré al menos transmitir algunas de sus opiniones aunque lo que más me ilusionaría es que se atreviesen a dar el salto y ellas mismas las compartieran en la red (a cierta edad, Internet nos da calambre, una lástima, es un tren veloz y da vértigo cogerlo en marcha cuando la mayoría de los familiares subieron a los vagones en la estación, en fin, por el momento habréis de conformaros con esta mala portavoz).

-Leer esta novela es como abrir el periódico de ayer. -Dijo una compañera refiriéndose en concreto a lo que narra sobre la especulación del suelo y los chanchullos de la construcción-, es exacto a lo que nos está ocurriendo ahora, -prosiguió- y las soluciones que se dieron entonces a la crisis son las mismas que se buscan hoy: invertir en obras públicas. Todo es cíclico…
Nos quedamos pensativas ante su reflexión y las de otras que también coincidían, durante unos instantes nos embargó un pensamiento pesimista que nos dejaba sin saber si podemos transformar el mundo o éste va a su bola. De ese pensamiento nos sacó otra opinión:
-La mujer es la que en este tiempo se ha transformado, ese ha sido el gran cambio. -De inmediato nos dibujó esa sonrisa cuyo contenido común fue el de: no todo se repite, no todo sigue igual.
También se expresaron pequeñas objeciones al libro. Conocíamos la literatura de Eduardo Mendoza a través de su registro de humor en “El misterio de la cripta embrujada”, que leímos en común hace años y que nos dejó un grato sabor, quizá por ello a algunas de nosotras, en La ciudad de los prodigios, nos parecieron descontextualizadas escenas de toque cómico que dentro de un texto más dramático quedaban, tal vez, exageradas. De inmediato hubo pareceres contrarios: a ellas esos toques anecdóticos no sólo no las sacaban de la trama sino que gracias a dichos toques la recordaban y entendían mejor.
Para las amantes de la historia se echaba de menos un desarrollo mayor de los datos históricos, la novela había encantado de principio a fin aunque en ese terreno el autor trazase a brocha gorda –así dijeron.
A unas les sobraron páginas y a otras no. Les gustaba que tocase tantos temas, -el anarquismo, la revolución, el mundo rural y el urbano, las logias, la mafia, el cine… Rasputín, Sissí emperatriz, Matahari…- no sólo para situar cronológicamente a los personajes de la época y crear la atmósfera, al contrario que las compañeras anteriormente citadas creían que el autor había dado las pinceladas justas, y que decía lo necesario de cada personaje relevante.
En cuanto a los sentimientos que producía el libro otra de nosotras compartió que al principio habría asesinado a Efrén y a Onofre. Nos reímos, como es lógico, por la paradoja, puesto que los habría matado por asesinos.
También se dijo:
-El libro me ha dado cultura pero no me ha conmovido ni involucrado, ni he querido matar, ni salvar al protagonista…
Con esta muestra terminamos hoy, no quedan reflejados todos los comentarios porque tendría que extenderme, pero procuro ser ecuánime en cada ocasión y por eso escojo al azar.

En cualquier caso todas las reacciones que he plasmado ocurren cuando el libro gusta y en el afán de hacerlo tuyo tratas de quitarle o ponerle detalles, pero no en un sentido crítico, al menos en este caso, sino de ese otro modo más afectuoso en el que le dices a una amiga: “¿Y si pusieras el cuadro más a la derecha, o una colcha roja allí...?”, la amiga, escucha atentamente (lo de atentamente lo digo en sus dos acepciones) y luego dice: “No, a mí me gusta más como yo lo he colocado.” Con esta simpleza quiero decir que no estamos hablando de fondo, ni siquiera de forma, estamos apropiándonos de la novela, que como es sabido una vez terminada es mitad de quien la lee y mitad de quien la escribe.
El escritor toma sus decisiones y no las nuestras.

Eduardo Mendoza es un novelista de indiscutible talento y genialidad, (no suelen ir juntos ambos dones, pero a él le agradeceremos por siempre el abuso), cosecha los mejores premios nacionales e internacionales, como el de La crítica, El ciudad de Barcelona, Premio al mejor libro del año en Francia, finalista del Grinzane Cavour en Italia… y un largo etcétera. Perdonad que elimine hoy su currículo ya que tenéis acceso y mucha información, en cuanto escribáis su nombre, aquí mismo en Internet. No quiero prolongar más el encuentro para que permanezcan las ganas de leerla en quienes aún no lo han hecho y las de añadir más impresiones para seguir paladeando en quienes ya la han leído.
Gracias Sr. Mendoza por los buenos ratos.
Hasta la próxima cita en la que habremos disfrutado y debatido “Muerte en la Fenice” de Donna Leon.
Un abrazo
Pili Zori

Homenaje a FERNANDO BORLAN

(Click en la foto para ver a tamaño normal)

Hace ya un año que Fernando Borlán no está físicamente entre nosotros, es una obviedad decir que su obra y su recuerdo sí, que permanecerán para siempre, entre otras cosas porque su huella se te queda cincelada, o mejor dicho tatuada, -él era muy de piel- en el corazón y en el pensamiento.
Aunque nunca la vimos, este año también volaremos desde el club hasta su preciosa bodega de Galleguillos, -ese cálido refugio, que de inmediato ofrecía en cuanto notaba que le brotaba el cariño-, y brindaremos de nuevo con vino dulce y bollos caseros, para que entre el paréntesis de sus muros resuenen con voz femenina los versos de su último libro, el que por derecho más nos pertenece.
Al final, tras la ovación larga y cerrada la suya se escuchará en lo alto para pronunciar con gratitud de declamación inimitable, esa expresión posesiva e individual que a cada una de nosotras nos convertía en únicas y especiales:
¡Oh! Amiga mía

Siempre he imaginado esa bodega como el retrato anímico fiel de su interior, hermoso lugar que su esposa, a la que tampoco tuvimos la suerte de conocer, decoró y cuidó con mimo de anfitriona experta y mejor intérprete sabiendo que el alma de Fernando era una enorme pensión de amigos singulares que en singular llegaban y que sólo en ese acogedor recipiente se convertían en plurales.
Con nosotras fue feliz, y lo digo a boca llena, tan llena como cuando él sustituyó el café por chocolate caliente y nos poníamos ciegos de bizcochos en el Manhatan todos los miércoles por la tarde tras celebrar las sesiones de nuestro club en el salón de actos de la Biblioteca Pública de Guadalajara

¡Oh! Amigo mío,
amigo nuestro,
sonrisa de bizcocho con bigote de chocolate.
¡Cuánto te echamos de menos!

El día 20 de enero a las 19h 30’ la Fundación Club Siglo Futuro inaugurará en su sede un espacio, en la biblioteca de poesía española dedicado a Fernando Borlán, ese rincón estará presidido por el retrato al óleo que podéis ver aquí del pintor Sergio del Amo; en ese merecido escaparate descansarán sus libros y efectos personales que su hija Lídia ha donado: su sombrero, sus gafas, su pipa, su taza de café, las servilletas de papel en las que escribía poemas a vuela pluma… Obras de juventud, publicadas unas, otras inéditas… Resultará un lugar magnético, entrañable y significativo que transmitirá esa corriente de afectividad, (así denominaba él a nuestro club de literatura: Un lugar en el que cada miércoles se establece una extraordinaria corriente de afectividad). Ese remanso tendrá el imán que siempre provocó su delgada figura bohemia rodeada de alumnos estigmatizados por su causa y de por vida con su misma esclavitud: la búsqueda de la belleza.
Él, que habitaba en la patria de la palabra y de los libros más que en la tierra, fue el único ser mágico que he conocido capaz de borrar esa frontera. Cuando se fue tuve el espejismo o la certeza de que sus pies recorrían un sendero de grafías empinadas que se perdía en el mar.
A las ocho y al ladito, en la sala Tragaluz, en el Teatro Buero Vallejo (D. Antonio, el Señor Buero, amigo personal de Fernando) se le brindará un homenaje.
El sábado pasado asistí al ensayo, Carlos Alba, su gran amigo y biógrafo, había preparado un guión magnífico con poemas, música e imágenes en simbiosis, sólo cuando ves la trastienda de un oficio valoras el trabajo enorme de ritmo y simetría que lleva debajo.
Siempre que me hacen el honor de dejarme participar en algo suyo tengo la sensación de estar frente a su calendario vital, sus amigos marcan épocas, como las de Picasso, todos los que vi el pasado sábado me parecieron azules: actores, actrices, bardos, rapsodas…
La timidez a mi edad es imperdonable y siempre hace que los ojos se me cieguen y que el corazón se me ponga borde y contable y que no encuentre la silla que con cariño se me reserva hasta que pasado un ratito la vista se me ‘desnubla’ y encuentro mi sitio: el dignísimo lugar de la prosa en el que él me colocó casi a empujones.

Soy escritora

Cuando ya empezaba a estar más pachucho, una mañana le llevé para que se entretuviera relatos míos antiguos y una novela corta que acababa de terminar, “Sin dioses que nos miren” la titulé, corresponde a un verso de un poema de León Felipe.
En los relatos escribió poesías por detrás, <<para estar más unidos >> me dijo, tengo que pedírselos a su hija, y “Sin dioses que nos miren” le gustó mucho. Cuando volví a verle, tras muchas lecturas telefónicas de ambos, me entregó este poema suyo manuscrito con letra de pulso dolorido, -que nadie se atreva a pensar que me aprovecho y presumo porque le tiro el guante-. Os lo voy a regalar porque es mío, y con él era inevitable no hacer alarde de propiedad, porque tenía ese don, ese halo de popularidad que te despertaba la envidia y te hacía codiciarlo en exclusiva aunque te aguantases.


"Sin dioses que nos miren, Pilar Zori"
¡Cómo resuena el grito!de verme siempre expuesto a una mirada
¿Dónde podemos ir amiga mía?
¿a qué rincón del alma o del cerebro?
Todo va a ser inútil
Tu mirada estará / siempre con mi silencio
¡Oh mirada fatal de estos dioses crueles!
Que nos dejen en paz. Que no nos miren
¿Para qué este dolor inconsecuente?
Este dolor oculto que nos quema
Mirándole a los ojos sólo vemos el fuego
-Ese fuego que abrasa- que nos hace ser tiempo
los dioses que nos miran Pilar Zori
¿no seremos nosotros?
Por eso la blasfemia, nuestro grito de rabia
Por el hecho fatal de ser humanos


FERNANDO BORLÁN


Hasta mañana, nos vemos a las ocho de la tarde en la sala Tragaluz
Un beso
Pili Zori

P.D. En los comentarios aparece un poema anónimo dedicado a F. Borlán. "Muérete muerte" No creo que hoy se enfade porque desvele la autoría: es de Luis Fernando Delgado, que también le quería.

"Donde las mujeres", de ALVARO POMBO

Álvaro Pombo siempre resulta gratamente controvertido, como persona y como escritor.
Su novela “Donde las mujeres” nos ha hecho reflexionar una barbaridad, no sólo por su contenido, también por su forma. Así que intentaré plasmar lo mejor que pueda la esencia que fue destilando cada compañera del club en sus intervenciones, y lamento no poder ir como los gatos al veterinario para que en su consulta me incrusten en vez de un chip de identificación una grabadora en mi maltrecha memoria, porque cada día me da más rabia no saber transcribir con exactitud el pasmo que me producen sus opiniones, todas sin excepción.

En apariencia “Donde las mujeres” es una novela que nos habla de la historia de los miembros de una familia del norte de España, elitistas, aislados y con inconfesables secretos. Pero eso es sólo la punta del iceberg.
Dicha familia la componen madre y tía, Tom, el compañero sentimental de esta última, un padre ausente, tres hijos y Frau Hannah mujer todo terreno que lo mismo sirve para el roto de ser la nany, que para el descosido de educadora, ama de llaves… -en definitiva personaje anexo a la familia que recicla su cometido adaptándolo a las necesidades del paso del tiempo y envejece junto a las personas que cuida viviendo de prestado una vida ajena-, y la fuerte presencia de un recuerdo: el de Gabriel amante de la madre en su juventud. Personaje que desenlazará con un ¿triste estropicio?, (depende porque si es verdad que la verdad nos hace libres, su estropicio de cenizas elevará al Fénix para un nuevo comienzo, vosotros mismos decidiréis al final).


El recorrido cronológico de la novela va desde los años cuarenta hasta los setenta del siglo xx con el añadido de otros recuerdos que nos trasladan a etapas anteriores a la guerra civil española y que explicarán muchas de las razones del ‘enquistamiento’ de este curioso e insólito grupo familiar, etapas en las que el círculo social en el que madre y tía se movían era menos convencional en cuanto a la forma de entender las relaciones sexuales y amorosas. Después el mundo cambió dejando atrás ciertos modos de pensar, el lector juzgará por si mismo si la dura mirada del autor es o no ajustada. “Creímos que podía hacerse” -dice uno de los personajes- “ver y vivirse la idealidad en la realidad, y no se puede.”

La historia nos la cuenta en primera persona la hija mayor, en un alarde de introspección subjetiva, de modo que el lector advierte enseguida que lee bajo su enfoque, si el autor hubiese escogido el punto de vista de cualquier otro personaje del elenco la novela sería completamente distinta, parece una perogrullada pero hago hincapié en el detalle precisamente porque la decisión conmueve, ya que acompañaremos a este personaje en evolución hasta la pérdida de su inocencia y contemplaremos impotentes como se le caen todos los palos del sombrajo.

Como una de mis compañeras especificó, la novela está dividida en dos partes. Hasta la aparición de Fernando, “el padre”, la narración refleja el tiempo de la inocencia que recorre los mundos infantiles en los que la confianza hacia los seres queridos no se pone en cuestión y supone un valor seguro e incondicional además de un cálido refugio interior. El padre representa el exterior y una versión distinta. Tras la llegada de Fernando, comienza el doloroso proceso de ruptura de crisálida, es decir: en el mundo adulto la confianza ya hay que ganársela porque además es frágil y quebradiza y se puede perder fácilmente. “… En el fondo nadie sabe si es digno de amor o de odio” escucharemos decir en la conversación que la protagonista mantiene con Tom en la página 267. “… La atención que un ser humano presta a otro vale mucho” continuará en la 268.
Al hilo de estos pasajes en el club hablamos de que la identidad no nos la da el dinero que tenemos, el lugar en el que vivimos, la profesión que ejercemos ni la gente con la que nos relacionamos, ingredientes todos ellos que tienen que ver con la imagen. La identidad pertenece más a los terrenos intangibles de los sentimientos, las creencias y las emociones, (y si no que se lo digan a los psicoterapeutas que siempre andan los pobres desenterrando las frases maternas o paternas de las que sus pacientes se han quedado colgados). Y ese, precisamente, es el terreno que la protagonista explora. Durante toda la novela camina sin nombre, sólo al final nos será revelado, -creo que se llamaba Clara, (ya no tengo el libro entre las manos) significativo ¿a que sí? –supongo que el autor decidió que fuera innombrable para reforzar la idea de exclusión que en la segunda parte sentiremos con fuerza.

Todas pudimos reflejarnos en esa zona de nuestras vidas en la que comenzamos a pensar por nosotras mismas, en la que nos atrevemos a ver a nuestros padres como personas, a ponerlos en cuestión sin dejar por ello de quererlos. “Así es la juventud esa que dicen, -expresa Clara- la primavera de la vida: inseguridad, mal humor, y el peso de la culpa.” La libertad tiene su precio y dejar de pensar por cabeza ajena es costoso.
Pero no todas las familias son buenas, hay padres que odian a los hijos o hijos que odian a sus padres por motivos sin grandeza, mezquinos, y a Clara la familia que le toca le usurpa su verdad dejándola a la intemperie y una vez que el secreto pierde su utilidad la protagonista es despedida con la misiva de que puede permitirse ser diferente pero lejos.

En el club hubo frases como estas: “Son todos unos egoístas superficiales y pedantes que alardean de independencia chupando del bote, gente con una vida absurda y estéril… cuánta crueldad innecesaria…” Nos detuvimos un buen rato en tratar de explicarnos las razones de tía Lucía para desvelarle a la muchacha de forma tan abrupta y dañina el misterio. “Celos” -dijeron algunas compañeras, por la intimidad anímica que Clara y Tom estaban alcanzando-. “Se sintió traicionada por su hermana y se vengó en la hija” -añadieron otras- “cuando ésta, en la madurez, se avino a vivir de un modo más convencional con Fernando rompiendo así la actitud altiva hacia los hombres, y por tanto la ‘independencia’ emocional. De hecho, y no en vano el autor coloca a la tía Lucía en una atalaya de la isla, su vivienda es un torreón, y para reforzar la imagen simbólica sitúa a la familia en dicha isla y cuando el pueblo llano comienza a aparecer por la playa que jamás fue de su propiedad, con sus bocadillos y bebidas el clan se siente invadido.

Se llegó a la conclusión de que la mirada del autor era dura y pesimista, que su novela era una critica, rayana en el exorcismo, a esa familia demasiado concreta aunque haya otras parecidas.
En ese ambiente íntimo y afectuoso que se genera en nuestro club me atreví a pensar en voz alta y me permití ciertas especulaciones -sin ninguna base naturalmente- y con la misma confianza aquí os las transcribo:
Compartí que durante toda la lectura yo no había podido evitar ver por debajo al propio Álvaro Pombo camuflado en el personaje femenino, por ello cuando una compañera dijo que la novela estaba llena de contradicciones, y otra que se quedaban algunos cabos sueltos a mí se me reforzó más la idea autobiográfica: sabemos que muchos autores a veces se permiten hacer ajustes de cuentas en clave para que sólo los interesados las reciban sin detrimento para el lector, ni siquiera es trampa, pero a su vez sabemos que cuando esos camuflajes pueden herir demasiado, también se quedan a medias sin descargarse del todo por conflicto ético. No sé que partes personales ha podido prestar al personaje Álvaro Pombo, pero lo que sí sé es que si los hechos están envueltos en ficción los sentimientos en cambio son reales y de carne viva, y yo lloré por él entre las líneas, por ese hombre que dice en alguna entrevista que sólo a una edad muy avanzada ha podido ser feliz, por ese hombre que a una edad avanzada ha convertido su desesperanzada prosa anterior en novelas llenas de optimismo y esperanza, y sobre todo por ese hombre que a una edad avanzada, pero no por ello menos joven, ha contribuido a que el futuro de los homosexuales jamás vuelva a ser clandestino. Esta novela en concreto no habla de forma explícita sobre la homosexualidad, pero yo si he querido ver las equivalencias en esa especie de expulsión del paraíso si no encajas.

En el club nos preguntamos qué le ocurriría después a la protagonista y una compañera dijo: “Escribirá en una novela todo lo que le ha ocurrido, escribirá la novela que acabamos de leer y por eso sobrevivirá, por eso se salvará.
Creo que es un hermosísimo broche para cerrar este encuentro: La literatura como redención y salvavidas.

Hasta el próximo en el que leeremos “La ciudad de los prodigios” de Eduardo Mendoza.
Un fuerte abrazo y gracias por vuestras visitas.


Pili Zori

"Brooklyn Follies", de Paul Auster

No sabía como iba a funcionar Brooklyn Follies en el club, hará un par de años que leímos “La noche del oráculo” y resultó un gran éxito, pero Brooklyn Follyes, sin dejar de pertenecer al universo Austeriano es otra cosa: marca diferencias con su obra anterior en la que abundan los finales abiertos para que el lector sea cómplice y juegue y se implique con el autor y sus personajes y prolongue y trascienda la narración para continuarla fuera de las páginas añadiéndole así su particular epílogo.

Brooklyn Follies es el homenaje de este neoyorkino de corazón bondadoso y elegante a ese “barrio” tan amado y emblemático, y por ello en esta ocasión tenía que escribir una novela redonda y cerrada.
Hay un antes y un después del 11-S y Paul Auster quiso dejar ese antes guardado con papel de seda en este bello cofre.

En la novela, como es natural, siguen apareciendo sus constantes:
·Ese afán por levantarle la tapa al azar para descubrir sus leyes y así dejar, quizá, de temerle.
·La amistad entre mayor y joven, (que ya veíamos en “La música del azar”) resguardada también aquí en el cobijo interior de un coche mimado con esmero, amistad que Auster desarrolla a través de la conversación, siempre en carretera, símbolo universal del camino de la vida.
·la paternidad llevada a examen, en sus novelas suele aparecer la pequeña hija abandonada durante algún tiempo pero a buen recaudo de un familiar.
·El miedo a los accidentes, a las muertes repentinas… tengo entendido que el fallecimiento de su padre le dejó asustado de por vida.
En fin, todas las preocupaciones que siempre le descubres entre los renglones de su literatura, Paul Auster ya es para mí como la persona transparente y querida a la que le notas en cuanto le miras lo que ocurre en su interior aunque no te lo diga.

La novela arranca con un elenco de personajes “perdedores” en apariencia, que al autor le sirve para pespuntear y confeccionar una gran familia no consanguínea (aunque Tom Aurora y la niña si lo sean) que a pesar de, o precisamente por sus comportamientos políticamente incorrectos nos da una lección de dignidad y de verdadera ley.
Así el hombre que creía volver a sus orígenes para morir, en realidad lo hace para vivir y ser, como dijo una compañera del club, un comodín para todos, un repartidor de esperanza, (definió otra), porque si algo le gusta a Paul Auster es sacar a la luz la gran categoría de la gente anónima.
Con su capacidad tan singular de transgredir, y digo singular porque lo consigue desde la ternura, vemos a un norteamericano bañar a una niña que no es su hija sin que se derrumben las murallas de Jericó, para nosotros, los latinos, es algo natural, somos más de piel, pero ya sabéis que ellos por menos de nada ven pederastia donde sólo hay cuidados necesarios y cariño.
Seguimos observando a Nathan y vemos como escucha a través de la pared los jadeos y sofocos de su sobrino Tom, y sin sentir la menor turbación nos alegramos con él de que Tom se estrene con una mujer tan especial y conveniente (no cito el nombre de la dama porque otra de las gracias del libro es la especulación que el lector se hace con respecto a las parejas que se van a formar y que de nuevo el azar se ocupa de desbaratarle). Comprobamos su bien medido sentido del humor cuando contemplamos el entierro (tampoco desvelo de quien) y el esparcimiento prohibido de cenizas por Central Park y al entrañable Rufus con sus mejores galas cantando en playback y sentimos que la escena no pierde ni un ápice de seriedad, sólo los grandes son capaces de llevarte hasta la carcajada y desde ahí arrancarte una lágrima, o viceversa.
Paul Auster también nos muestra que no es necesaria la afinidad de ideas para estar enamorado: la madre de “la perfecta madre” tiene conceptos antagónicos a los de Nathan además de un hermoso culo fuera de todo canon rayano en la anorexia, y no le gusta mucho leer.
La novela nos habla con la mayor naturalidad de amor sin consideraciones de género, y de la resurrección de los que por suerte o desgracia han dado tumbos en etapas de la vida difíciles o desorientadas.
Los protagonistas repasan y ponen a caldo a la administración Bush, y nos dejan claro que la cultura no es patrimonio de una elite snob que sólo te mide por la universidad en la que has estudiado y por el dinero que ganas, Tom demuestra a su tío que es taxista por elección y no por derrota -en este pasaje una compañera hizo una interesante crítica, no todo va a ser bueno, y afeó la actitud que Nathan manifiesta hacia los taxistas de Nueva York considerándolos pertenecientes al estrato social más bajo. Otra compañera tampoco le perdonó al personaje la torpeza de regalarle el collar a Marina, (así se llama, creo. Disculpadme porque hablo sin tener el libro delante), la camarera hispana del Cosmo Diner detalle que la coloca en una situación embarazosa frente al marido energúmeno con la consiguiente pérdida del puesto de trabajo por el escándalo que se arma en el restaurante, pero tal vez el propio Paul Auster quiso subrayar esos errores en su bien construido personaje para humanizarlo y evolucionarlo con el paso de las páginas, no en vano Nathan arrastra un pasado de enormes equivocaciones para que las decisiones de su presente cobren sentido.

Así que por todo lo dicho no es extraño que a mi club le haya encantado esta novela en la que el verdadero protagonismo lo tienen los habitantes de la “barriada” de Brooklyn, tampoco es extraño que muchas de mis compañeras a las que me sumo se hayan enamorado perdidamente de Nathan sin apenas conocer su descripción física.

Como decía al principio tenía miedo de que al club, exigente y buen catador de prosas, Brooklyn Follies le pareciese un cuento de hadas, pero no, todas entendimos y sentimos en profundidad ese homenaje que Paul Auster rindió a su ciudad, y todas nos dejamos trasladar hasta ese barrio lleno de luz que un once de septiembre quedó cubierto de espeso humo y se impregnó para siempre de un olor que debería estar descatalogado de todos los idiomas, de todos los lenguajes.

Hasta el próximo encuentro en el que habremos leído “El eco de las bodas” de Luis Mateo Díez.
Un abrazo,
Pili Zori

“Los alcaldes republicanos de Guadalajara”, de Paulino Aparicio Ortega

La presentación de este hermoso libro se efectuó en la Biblioteca Pública de Guadalajara. Paulino Aparicio Ortega siempre atrae a un enorme número de lectores. Es un valorado y queridísimo autor local, y ya sabéis, como decimos siempre: no hay nada más universal que lo local, o para muestra Macondo, de G. García Márquez.
El patio interior de la Biblioteca se llenó hasta el último rincón circundado por numerosas personas a las que no les importó permanecer de pie durante todo el encuentro. Hasta su cúpula de cenitales claraboyas se elevaron voces tan importantes como las de los hijos y nietos de aquellos alcaldes. Algunos de nosotros lloramos mansamente al escuchar sus palabras, incluido el autor cuya timidez comprime y contiene a menudo sus emociones.

En nuestro club de lectura sentimos un orgullo de propiedad por él: Paulino fue compañero nuestro durante muchos años. Por ello esa tarde tan especial -además de agasajarle con el típico estuche de estilográfica y una planta por aquello de masculinizar la flor- tras la intervención de sus presentadores le dijimos:

“Gracias por reescribir los ‘Caminos borrados por la Hierba’ y por rescatar ‘La memoria de un vacío’. Sólo un autor limpio de corazón como tú podría abordar la memoria histórica con la valentía de ubicarla en una provincia todavía tan pequeña como la nuestra en la que cada generación conoce a todos y a cada uno de sus componentes.
Sólo Aparicio Ortega podía separar la cizaña del grano y trasladarse a ese pasado tan presente para devolvérnoslo sin maleza y rebrotado”.

Caminos borrados por la hierba” fue su primer libro, acogido en nuestra ciudad con deseo y buenas críticas. Y “Cerro de Pimiento (memoria de un vacío)” el segundo, con una trastienda detrás aún mayor: se lo encargó la asociación de un barrio emblemático de nuestra ciudad que ya no existe, así que la sala de plenos de la Diputación también se llenó hasta la bandera, fue una tarde memorable, ya que hablamos de bellas memorias.

Recuerdo que un miércoles de hace tiempo, a la salida del club, Paulino comentó: “A mí me habría hecho falta pasar la guerra para escribir.” En ese instante supe con certeza hacia donde se encaminaban y le conducían sus libros anteriores. Ya en los títulos se contenía la síntesis que estaba definiendo su obra e implícitamente también en ellos se anunciaba la ampliación del flashback. Pero también noté que el tono de sus palabras rezumaba pudor y respeto, el pudor y el respeto de quien no osa hablar a la ligera de algo no experimentado e intuyo que tampoco querría ser uno más en la avalancha de literatura sobre el tema.
Estoy convencida de que a los deseos honorables, si han sido pronunciados en voz alta, el aire los traslada hasta su hacedor para que este los convierta en realidad. Y eso fue lo que sucedió, según creo: “Quiero que hables de mi abuelo” le solicitó el nieto de un alcalde republicano.

Sé como trabaja: Recorre los lugares, asalta archivos, bucea en el tiempo, conversa con todas las partes implicadas… hasta que consigue sentirse dentro. Por eso en algunas de las páginas de este libro notas el vértigo. Se aprecia que hasta que no sintió en el pecho las balas no se dispuso a escribir.

Dicho lo anterior, este comentario se quedaría cojo si en él no se reflejasen muchas de las constantes de su narrativa, pero para verlas es necesario haber leído más títulos del mismo autor. Como ocurre con todos.
Tuve el honor de colaborar en la presentación de “Cerro de Pimiento (memoria de un vacío)” y me gustaría plasmar en este pequeño espacio de animación a la lectura las palabras que utilicé. Pero no sin antes adelantar que Aparicio Ortega para cada trabajo que afronta establece una renovación formal sin perder por ello su vocación de estilo, su voz personal. “Los alcaldes republicanos de Guadalajara”, por ejemplo, es una crónica que sin embargo nada tiene que ver con lo que hasta este libro entendemos por crónica, y al mismo tiempo una novela que cumple con las pautas y normas de arquitectura que la novela requiere. ¿Que cómo lo conjuga? Pues habrá que preguntárselo en el próximo encuentro.
El autor siempre parte de un núcleo y desde él, como los rayos del sol, irradia. Hasta que su calor, al igual que el del astro, alcanza todo el amplio espectro de la historia. Aparicio en este caso parte de ese hecho pequeño en apariencia: un nacimiento, en los umbrales del s. XX (1890) y local como os decía en renglones anteriores, y lo extiende en el espacio y en el tiempo hasta nuestros días. Escoge con exactitud y acierto la efemérides colocándole alrededor todo lo que acontecía, para establecer los contrastes y anunciar sin que el lector lo advierta todas las claves del devenir: El lector contempla el episodio de la partera elegido a propósito para que la vida estalle, en un alarde de luz y de belleza literaria que nos va a llevar, -con el ritmo, el tono y la medida también exactos en el desarrollo-, hasta el otro estallido: el de la vida arrebatada por las sombras asesinas de la muerte injusta.
No es extraño por tanto que en las páginas de este libro tan honesto y bien documentado quepa de sobra el homenaje a aquellos que cerca o lejos de nuestra tierra también cayeron, o tuvieron que sobrevivir sumidos en la represalia.

Gracias.

Y ahora sí. Transcribiré en este blog la reseña que le hice a su novela “Cerro de Pimiento”, para que lectores de otros lugares puedan conocer los distintos registros de este escritor que sin duda ya debería estar divulgado fuera de nuestro pequeño mapa:

Es un honor para mí presentar este libro y deseo estar a la altura de la concesión.
Al abrir este estuche nos encontraremos con una pequeña gran joya, de diseño singular e insólito. En “Cerro de Pimiento (memoria de un vacío)”, se conjugan varias disciplinas que se ensamblan suaves creando así una novedad narrativa potentísima. Al lector le resulta fácil ver el círculo mágico de la conversación. Escucha. Oye la narración oral y se sienta cómodo al lado de Pilar, Jesús, Manuel, Chinchi, Ángel… Nunca antes la cursiva escrita había sido tan sonora, ni la figura del narrador un coro de voces tan armonizado. Y para dar otra vuelta de tuerca y como transgresión: el narrador omnisciente que es el que siempre habla, sin embargo en esta ocasión y durante toda la cursiva permanecerá callado empapándose del testimonio directo de quienes vivieron en aquel barrio, sin duda el de mayor entidad. Y finalmente y para rematar con el último clavo esta carpintería que se sujeta sobre el suelo firme de aquel cerro emocional: ambos narradores, el colectivo y el singular, se asomarán a la vez y sin reparos como protagonistas dentro del relato, en ese afán honesto y comprometido de dar la cara. Así que Paulino Aparicio Ortega no se va a quedar en off, le veremos aparecer por la feria (metáfora constante de su escritura), y por otros recovecos con aquel aspecto que debió tener en la década de los prodigios cuando aún no existía la piscina municipal y el frescor se tomaba en terraza con nombre de imperio escuchando los remotos ecos de West Side Store y el sonido de las aguas separadas de Los diez Mandamientos.

Mientras el lector va recorriendo las páginas tiene la sensación de que contempla sobre un escenario lo que está leyendo, y no es extraño porque el autor es actor de teatro, (ya veis que no digo teatral sino de teatro, el matiz importa), y esa aportación, sin duda enriquece la estructura de esta pequeña gran obra que como decía al principio conjuga con acierto y osadía una nueva manera de contar escribiendo, ( renovación formal que dirían los expertos).

La prosa de Aparicio Ortega es apabullante, condensada, poética… pero a mí lo que más me asombra es su mirada, todo lo que es capaz de captar de una sola vez. Esa mirada impresionista, por los golpes de sorpresa y los ‘repentes’, y también barroca por la cantidad de detalles en movimiento que puede llegar a captar en un solo instante. Supongo que Paulino tiene varios sentidos juntos, sin desabrochar o descoser, como él diría, y por eso su escritura está llena de preciosas sinestesias: en sus novelas los sabores son de colores y los colores olorosos.

Pero si analizamos lo que más importa, es decir, su intención, el lector descubrirá conmovido que el autor ha encontrado el corazón de la ciudad en ese cerro. Justo debajo de la piel y del ropaje lujosos que hoy lo recubren: la universidad y el instituto y entre ambos ese recinto teatral con interior de balandro en el que habita a sus anchas D. Antonio, El Señor Buero. (Nada ocurre por casualidad, está claro. D. Antonio siempre estuvo con el pueblo al que provocó; espoleó y arengó desde las tablas para que no se estuviese quieto). Si os fijáis bien ese corazón está en su sitio un poco a la izquierda de la ciudad, y desde su latido Paulino Aparicio ha recorrido todas las arterias y vasos sanguíneos de la urbe con sus ojos magnánimos; aglutinantes; reconciliadores… plurales.
Y el resultado es este nítido retrato en el que todos nos reconocemos, espejo en el que nos gusta mirarnos. Porque el autor ha conseguido otro tono. El tono. Ese más dulce y nostálgico que recuerda al italiano, al que usa el director cinematográfico Giuseppe Tornatore en ‘Cinema Paradiso’ o Federico Fellini en ‘Amarcord’ y es que todas las postguerras se parecen y siempre forman los cimientos de ese futuro que a veces pierde la memoria para poder adocenar a sus subditos.
Ahora mi ciudad ya tiene un libro que nos identifica. Un libro que nació y palpitó por primera vez en nuestro club, privilegiado foro de sensibilidad literaria donde el autor pone a prueba con su voz ‘barítona’ sus creaciones. En vivo. Con la respiración de sus compañeros siempre próxima, cercana. Con nuestra complicidad; nuestras lágrimas, nuestra risa… y la irrupción de los aplausos que siempre debería llevar la palabra escrita dicha en voz alta que es como mejor sabe.

Y ahora quisiera despedirme con una frase de ‘El Adversario’ novela de enorme profundidad que escribió Emmanuel Carrère:

Un amigo, un verdadero amigo, es también un testigo, alguien cuya mirada permite evaluar mejor la propia vida

Eso es lo que has hecho tú, Paulino, con este libro: prestarnos tu mirada para evaluar mejor nuestra vida colectiva. Y sólo nos queda agradecértelo a la espera de tu nueva entrega.

Y así cerramos en círculo. Su nueva entrega fue “Los Alcaldes Republicanos de Guadalajara.”


Hasta el próximo encuentro, si os apetece que leamos juntos, hemos elegido para el arranque de esta nueva temporada “Brooklyn Follies”, de Paul Auster.
Un abrazo



Pili Zori

"Mad Men", más que una serie de TV

Hombres de-mentes, así se les llamaba a los ejecutivos de publicidad en los años sesenta del siglo XX. Bello juego de palabras para definir el doble sentido de la frase y el torbellino de ideas que debían generar las mentes de dichos ‘hombres’ –y recalco el masculino porque la veda para las mujeres marcaba otro rol- en un tiempo en el que se creía que todo, absolutamente todo podía ser vendible, desde un producto para el estreñimiento hasta la aspiración y consiguiente asunción de un candidato a los cielos de la presidencia estadounidense.

Tras salir de la hipnosis puedo exclamar: ¡Por fin! el séptimo arte consigue romper la barrera temporal que le obligaba a constreñirse en el limitado espacio del que disponía para contar una historia: -dos horas como máximo-, y volar hasta las dignas y hermosísimas pantallas que hoy pueblan nuestras casas. Frente a una de ellas he venerado al creador de este impresionante hallazgo sin atreverme a respirar por si en esa milésima de segundo me perdía el mínimo parpadeo de cualquiera de los actores de ese elenco apabullante.

Matthew Weiner es el responsable de este listón inalcanzable para las demás series, y no estoy cayendo en el error de las comparaciones, porque para eso están los géneros y cada uno se rige por sus propios códigos y normas, y busca y pretende objetivos distintos, y tan lícito es el drama como el entretenimiento y en ambos se puede llegar a cotas muy altas de profundidad.
Lo que intento decir es que va a haber un antes y un después de Weiner, que estamos presenciando una renovación de forma y contenido que bebe, sin embargo, de las mejores fuentes del cine clásico. Es sorprendente el magma, el denso poso que sostiene esta obra de arte, si no hubiese visto la foto de Weiner creería que es un superviviente de aquel grupo de “magníficos” que tuvo que exiliarse tras la caza de brujas del Mcarthismo, Guionistas –lo escribo con mayúsculas- de la talla de Hammet o la de Dalton Trumbo… por citar algunos, pero no, M. Weiner es un hombre joven que hace algunos años, según tengo entendido, escribió el piloto de "Mad Men", el trabajo pasó inadvertido tras rodar por algunos despachos hasta que Matthew decidió enviárselo a David Chase, que impactado por la lectura le llamó de inmediato solicitándole que trabajase en la construcción de “Los Soprano” y a ello se dedicó con denuedo durante cuatro años y medio. Ahí están los resultados.

De noche, robándole horas al sueño, y lo digo en sus dos acepciones, continuó con el desarrollo de "Mad Men" hasta que por fin pudo producirla, hoy el globo de oro a la mejor serie dramática y las dieciséis nominaciones a los Emy compensan la entrega y el ímprobo esfuerzo.
Parecía que el vacío que había dejado la serie “Los Soprano” sería irrellenable. Mientras escribo esto es posible que el equipo ya esté recibiendo los codiciados galardones. Imagino que ahora se estarán mordiendo las uñas todas las grandes cadenas de la televisión americana que no apostaron por “Mad Men” como sucedió con “Los Soprano” mientras que al estudio Radial Media le arderán los sabañones de tanto frotarse las manos.

Si “Los Soprano” servía para fotografiar la América actual bajo el prisma metafórico de la mafia, en “Mad Men” el traslado hasta la década de los años sesenta crea un espectro más amplio aún porque el espectador comprende como si le pusieran un espejo delante toda su historia anímica, el caldo de cultivo en el que se fomentaron sus líneas de pensamiento, y la posterior rebeldía, evolución para algunos o involución para otros, según se mire, la perspectiva del tiempo concede esa ventaja. Pero es evidente que aquel sueño americano se exportó y también nos alcanzó.

¿Qué había bajo aquellos valores familiares tradicionales de la década?
Ese es uno de los peliagudos asuntos que el film explora.

En esta película, -nombraré así a la serie porque ya he dicho que para mí es una cinta de larga duración (dejad que me detenga un instante, “cinta”, qué palabra tan bonita, la decían mis padres cuando se acercaban a mirar la cartelera: “¿qué cinta ponen?”- bueno, incisos nostálgicos aparte, decía que en esta película el espectador se asoma a Sterling Cooper Advertising, la agencia publicitaria situada en el corazón de Madison Avenue, allí late el arte de la venta,
-¿De almas? -Se pregunta enseguida el espectador.

La mirada del autor trasciende a varios niveles, empezaré citando a las mujeres en el trabajo, por ejemplo: floreros de eficacia invisible, que sólo se volvían visibles para el acoso y la explotación mientras ellas mismas creían, bajo la presión general, que así era el orden de las cosas, que esa era la conducta que se esperaba de ellas: acatar la supremacía del varón, y la de ellos disfrutar de sus privilegios sin ponerlos jamás en tela de juicio.
Luego están las esposas de los ejecutivos, amas de casa perfectas, anfitrionas impecables bellamente vestidas representando al marido bajo códigos no siempre fáciles de asumir: las dobles vidas, los distintos raseros, amantes fijas o esporádicas… pero tras la fachada de esa jactancia de éxito Weiner y su equipo nos muestran toda la inseguridad que fibrilaba por debajo de la caja torácica de esa América edulcorada como la CocaCola un producto de autobombo y propaganda como la propia bebida.
Y bajo esa invisibilidad de sentimientos y aspiraciones las mujeres iban analizando en silencio la estafa mientras buscaban su camino por los sinuosos resquicios que iba dejando el gran bluf.

La película es perfecta en todos los aspectos:
La ambientación, sin ir más lejos. Se te llenan los ojos de elegancia tanto externa como interior. Detalles tan simples en apariencia como el de diferenciar el vestuario femenino: el de la oficina ajustado y provocativo, (pauta naturalmente marcada por los propios ejecutivos, que las mujeres aplican y acatan como una orden,) y el de las esposas: recatadas faldas de vuelo como delicadas corolas invertidas... consiguen la máxima eficacia en el mensaje.
La atmósfera, siempre cargada, envuelta en humo de cigarrillo y vapores de alcohol, marca fecha. Apenas hay exteriores, todo se desarrolla en espacios cerrados donde los techos están muy cerca de las cabezas de los hombres. Otra sutileza de extraordinario valor que nos transmite el miedo de Driper a perder la hegemonía arrasado por el ambicioso Pete representante de la juventud arrolladora, de ahí la imagen de estar tocando techo.
La dirección de actores: otro logro inusitado. Daría mi reino por estar en los ensayos para escuchar las instrucciones, para ver como se transmite el “ahora tienes que sentir esta ambivalencia y que se entienda que la estás conteniendo, que bajo tu sonrisa el televidente oiga tu sufrimiento” (me disculpo de antemano por mi explicación tan tosca, pero útil para aproximar a quienes todavía no la han visto). En fin, seguiría enumerando y pormenorizándolo todo dejándome llevar como os pasará a vosotros cuando contempléis la maravilla.

No salgo de mi asombro por el profundo conocimiento que el autor tiene de la mujer, no creo que baste una buena documentación, se intuye que ha sabido mirar desde la infancia, supongo que a madre, hermanas, amigas… Dice que leyó libros como “El sexo y la mujer soltera” de Helen Gourley Browns y “La mística femenina” de Betty Friedan, pero por mucho que se rentabilice la información es imposible sin una aguda sensibilidad llegar hasta el meollo más íntimo, ese que ni siquiera las mujeres comparten con otras. M. Weiner ha querido resarcir y hacer justicia hasta en detalles en los que las propias mujeres habríamos sido condescendientes. Y quiero agradecérselo, pero sería injusto por mi parte que "Mad Men" se quedase limitada en este espacio a un alegato feminista, aunque lo sea, porque profundiza de igual modo en el hombre, si algo queda patente es el enorme padecer de ambos por ese mundo superficial y lleno de sucedáneos sustitutivos de lo que realmente importa.
M. Weiner explica también en una entrevista que "Mad Men" surgió de preguntarse a sí mismo quién era él como persona, y para qué servía su carrera, y esa entrega se nota.

Aunque en este caso me cuesta despedirme, cerraré en círculo mi humilde y pequeño homenaje a algo tan grande, y lo haré abrochando el final de este comentario a la cabecera de presentación, porque en ella está escrita toda la poesía que resume el contenido de la serie: vemos como un hombre va cayendo desde gran altura por un pozo construido con fachadas de edificio cuyas vallas y carteles explican por sí mismas todo lo que la publicidad dice de un país, de su sociedad y de su época. Los suelos se derrumban, los muebles caen…

Hasta el próximo encuentro.
Un abrazo.

Pili Zori