"Americanah", de CHIMAMANDA NGOZI ADICHIE

 De nuevo reitero que me gustan mucho los autores puente entre dos culturas, entre dos o más países porque son quienes mejor pueden explicarnos el “Así nos ven” y “Así los vemos”. 

Americanah es una novela poliédrica que suscita un gran debate lleno de componentes sobre el amor, su búsqueda o renuncia, sobre el racismo, sobre los contrastes culturales, la identidad, el poder, el machismo como añadidura -el obvio que salta a la vista y el enmascarado-, habla de los sentimientos ambivalentes y en evolución dado que los personajes van aprendiendo durante el recorrido, con sus luces, con sus sombras, con sus humanas contradicciones, miedos y valentías, sueños y expectativas de desarrollo en los EE.UU. truncados si la beca no cubre los gastos necesarios para malvivir allí, describe las dificultades para encontrar trabajo, cualquier trabajo con independencia de la alta preparación o especialidad de quienes lo solicitan, se fija en las decepciones y penurias que de inmediato colocan la etiqueta de inmigrante -con o sin papeles- que despierta la xenofobia irracional.

Ifemelu, la protagonista nigeriana, se sintió negra por primera vez nada más bajar del avión en el aeropuerto estadounidense, la novela cierra en círculo y ella dejará de sentirse negra nada más subir al avión de regreso a su país, tras una década.  

Una historia en la que la autora utiliza espejos enfrentados no para comparar sino para establecer el contraste entre Nigeria y Norteamérica, y ninguna de las dos naciones se librará del retrato fidedigno con lo bueno y con lo malo. 

Comienza en una peluquería en la que la protagonista tendrá que pasar seis horas para volver a lucir en su cabello las trencitas, podría parecer un detalle simplemente descriptivo sobre estética, pero sin embargo en este caso el dato es más profundo ya que tiene que ver con la identidad, de paso los lectores comprendemos la enorme dificultad que conllevan los alisados del cabello afro, tal vez –al menos en el tiempo en el que se desarrolla la novela, al comienzo de su llegada a Norteamérica, finales de la década de los 90 del siglo XX- por la imposición tácita de peinarse y vestir como las mujeres blancas para encajar allí. De nuevo nos encontramos frente a la preponderancia de la imagen, sin mirar en primer lugar si la persona puede ejercer o no con eficiencia el trabajo lleve la indumentaria y el aspecto que quiera o que sienta que se le adapta mejor o le identifica. Nunca me ha gustado la máxima de “Donde fueres haz lo que vieres”, porque quizá lo que estás viendo no tiene por qué ser bueno. En España también pasa con el pañuelo de las musulmanas o las rastas, pendientes y tatuajes, a menudo no se sabe mirar a la persona que los lleva ni su capacidad o cualificación, tanto si la tiene como si no, el potencial siempre está presente y cada persona vale y sirve para algo y lo puede demostrar si no la adocenan.

Acompañaremos el amor entre Obinze -hijo de una profesora de universidad nigeriana- e Ifemelu, hija de unos padres acomodados también nigerianos, dos familias africanas cultas, en un país del gran continente sin grandes esperanzas de prosperidad entre dictaduras y conflictos, que ven marchar a sus hijos al “extranjero” en busca de una existencia mejor, o de los conocimientos necesarios para alcanzarla. La hija se dirige hacia el “sueño americano” y Obinze que era quien más deseo y admiración tenía por la cultura estadounidense, no obtiene el visado. Para colmo de desdichas un mal día Ifemelu desde allí deja de tener contacto con él, no le escribe y tampoco le llama, sin mediar palabra ni explicación, el lector sí conoce la causa, él no. Y ese es uno de los ejes principales alrededor del que gira la novela.  

La madre de Obinze finalmente al ver la congoja y desesperanza del hijo, y la falta de oportunidades en el país de nacimiento, rompe con sus principios y miente llevándolo como ayudante para los cursos que ella va a impartir en Londres, lo que vendrá después para él será buscarse la vida, y en los periplos de ambos jóvenes iremos viendo las andanzas de los dos protagonistas por separado. 

La autora alterna sus existencias de manera magistral intercalando los saltos en el tiempo hacia atrás y hacia delante a través de la cronología emocional que como sabemos no respeta fechas sino evocaciones que traen y llevan los recuerdos al presente a través de los sentidos: un olor, un sabor, una añoranza…, de esa manera contemplamos exteriores ambientales e interiores anímicos y sentimos cómo estos se trenzan y entrelazan. 


LA VIDA MANCHA.

Asistiremos en el camino a la venta del alma, a la pérdida de la inocencia en más de una ocasión, y en más de un personaje, no en vano conocemos desde el principio que Obinze, casado con Kosi en el presente del libro y con dos hijos, adquirió su fortuna como testaferro en su país en el que dichos tejemanejes no se consideran corruptos ¿claudicación?, ¿oportunismo? De nuevo la lectora o el lector deciden. Desconocemos como llegó hasta ahí y por qué. La intriga está servida.


LOS MATICES DEL AMOR.

¿Hasta qué punto tienes derecho al compromiso, incluso del casamiento si en tu cabeza y en tu corazón sigues enamorado de otra? Ahí dejo otro de los debates que la novela suscita, al menos para mí: ¿sabemos distinguir la diferencia entre cubrir necesidades o amar?, ¿entre elegir una vida regalada -tras enormes penurias- o esperar? En esta parte surge el dilema: ¿Está bien emparejarte o casarte si aún no has zanjado el sentimiento por la relación anterior?, y la pareja cuando sabe que no es querida plenamente y que no ocupa el primer lugar en los sentimientos de esa persona ¿qué debe hacer?,¿dejar que se vaya, o presionar para que se quede, aun siendo consciente del desamor? Eso que tal vez mal llamamos, conquistar: ¿luchar por él o por ella? ¿Tener objetivos comunes? De nuevo quienes recorren las páginas deciden, pero ya anticipo que es fácil juzgar desde vidas más lineales, y muy difícil ponerse en la piel de los demás, nunca mejor dicho en el caso de la novela. 

INDEPENDENCIA Y AMOR PROPIO.

A menudo opinamos como si la independencia económica fuera la panacea para la liberación, véase la vida de Tina Turner para demostrar que no, la grandísima cantante poseía el talento inconmensurable y era la generadora del dinero, y sin embargo vivió durante mucho tiempo con Ike a tortazo limpio y menosprecio, por tanto la dependencia es algo más profundo incrustado o inculcado en la psique, una cárcel del alma que todavía hay que estudiar en todas sus aristas, así que en mi opinión éste es otro de los temas más concretos que plantea el argumento de Americanah, además de los globales como el racismo, la violencia, la discriminación, la identidad, el género y la historia, el desprecio al pobre, el sentimiento de superioridad y el de inferioridad…

Por supuesto que la independencia que proporciona el trabajo remunerado es muy importante, pero el dinero del otro también puede estar siendo controlado con descaro o sutilmente. En el caso de Uju -uno de los personajes femeninos primordiales de este entramado- hay que considerar más elementos, la tía Uju es doctora en medicina en Estados Unidos, sin embargo, tuvo que salir de Nigeria por pies, con una mano delante y otra detrás y un hijo en su seno, cuando su amante, un alto mandatario del país muere, y ella es acosada y amenazada por la familia de él. Uju vivía lujosamente aunque nunca tuvo ni bienes ni inmuebles a su nombre, ni siquiera dinero en efectivo, tenía que pedírselo a él si daba su beneplácito, y sin preguntarse de dónde salía, podemos interpretar que en cierto modo se prostituye o que es considerada desde fuera una mantenida, lo que en nuestro país hace muchísimo tiempo se etiquetaba como “tener una querida” fuera del matrimonio, pero más adelante comprenderemos, al menos así lo he interpretado, hasta qué punto se hallaba incrustada en su ciudad natal y en las mentes femeninas la idea del matrimonio como muestra de triunfo, y la falta de él como fracaso para las mujeres, o la de tener un hombre al lado como protector, como única forma de ser respetada, en resumen: el casamiento como destino o prioridad, ella se crio en un ambiente en el que el lector puede pensar que también influye el deseo de juntar dos economías para vivir mejor, ahí late otro tema para debatir: las relaciones por conveniencia. Lo cierto es que también Uju está en proceso de evolución, y no siempre le resulta fácil discernir cómo quiere que se desarrolle su vida en un país con otros códigos, cuando se ciega incluso por un botarate que es una rémora para ella. ¿Funciona la búsqueda de un buen partido? Ahí os dejo el interrogante.                

La novela toca absolutamente todos los temas cruciales y en cada uno de ellos mete el dedo en la llaga, como el de que en EE.UU. los hijos se vuelven extraños y desconocidos para sus padres debido a la distancia que establece el sistema educativo y a la voracidad del mundo laboral para que todo el prestigio se traduzca en dinero como único triunfo, y sin considerarlo avaricia. ¡Viva el deslumbrante becerro de oro!, ¡único dios al que adorar!  

El recorrido que hace la escritora para presentar a las ciudades que habita tiene que ver con los cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Y no siempre lo que ves, lo que oyes, lo que hueles y lo que tocas sabe bien. Desmitificar, desbrozar lo propagandístico y bajar al suelo lo idealizado si no es real es un ejercicio necesario para hacer honor a la verdad desde todos los enfoques, en ese sentido la novela escuece y nos apela a todos. No es bueno ver el mundo a través de la pantalla del televisor, por ahí nos colonizaron con su cultura barnizada y atractiva. Hoy sabemos que el sueño americano fue un bluff y es que en todas partes cuecen habas. 

ESTILO

La vocación de estilo en la narrativa de esta autora es realista, muy americana y cinematográfica, el tono resulta triste, más agrio que dulce, amargo, irónico, crítico…, pero por algo Chimamanda N. Adichie es licenciada en Comunicación y también en Ciencias políticas, la capacidad de llegada que tiene es muy grande, no puedes parar de leer, con buena distribución de los elementos sorpresa, la novela es preciosa aunque afecte personalmente y atrapa y seduce al lector sea hombre o mujer.  


AMBIENTES

Los recursos que utiliza son sencillos: reuniones en distintos ámbitos como el universitario o el laboral, en las que se limita a dar un paseo -semejante al que se realiza con una cámara- para presentar a cada uno de los miembros del grupo, en dichos encuentros surge el postureo esnobista muy similar en todos los países, seas negro, blanco o verde: los universitarios resultan teóricos y a veces recalcitrantes en contraste con las reuniones laborales que suelen ser más pragmáticas, pertenecen a realidades distintas, pero complementarias y siempre necesarias. Ifemelu escucha las conversaciones y contempla el lenguaje de los gestos, lo que ocultan, lo que aparentan, sus frustraciones, en qué mienten…, quienes leemos dichas páginas deducimos la línea de pensamiento predominante que subyace o a la que se entregan.

VAMOS A DISECCIONAR

La novela trata el racismo, sí, pero a veces parece más bien un eufemismo que minimiza los verdaderos ingredientes que lo alimentan, y siempre son el sentimiento de superioridad por el poder que otorga el dinero obtenido -¡qué paradoja!- por usurpación y robo precisamente a los países que desprecian, a los que arrancaron sus bienes y riquezas en una tierra que se construyó con inmigrantes europeos tras el exterminio de quienes habían nacido en ella.

Americanah también muestra la otra cara, la de la condescendencia. Ifemelu lamenta en su interior no pertenecer al país que da, sino al que pide, la caridad mal entendida es humillante, y que te consideren inferior sin serlo resulta doloroso. 

Sabemos desde el principio del relato que la protagonista se mueve en medio de una balanza emocional que hace difícil el equilibrio, Ifemelu es un corazón dividido, desarraigado, decepcionado, ella nota por debajo como subyace en los estadounidenses con los que se relaciona el sentimiento de que debería estar profundamente agradecida, sin embargo, piensa que no tiene por qué felicitarles por disminuir el racismo ya que esa lacra criminal nunca debería haber existido. 

Añado que es un derecho caminar por todo el planeta hermanados, puesto que el intercambio de saberes es lo que de verdad enriquece el mundo. 

En un mapa físico no hay rayas, sólo cordilleras, ríos, montañas, mares y océanos, con un sol y una luna que salen cada día para todos, al igual que las estrellas para nómadas y sedentarios, hay que elevar la mirada a los cielos surcados por las aves que se trasladan, y bajarla hacia los mares navegados por los peces que no pasan por aduanas. 

Sé que nos extinguiremos como especie porque somos imbéciles, crueles sin radar para el raciocinio. Cuando las personas tienen miedo se deshumanizan y buscan a alguien con mano dura al que arrimarse ¡vivan las cadenas! sin saber en qué lío de nueva esclavitud se meten. 

Como feminista la autora muestra el abuso y la desigualdad porque dentro de dichos atropellos a ellas se les añade el sexual, dando por hecho tal vez que al ser negras son más ardientes y tragan con todo. En fin…

A veces Americanah parece una confesión en la que la protagonista no se escabulle ni escatima quedar mal.

En una historia tan viva como la que nos cuenta Chimamanda es lógico discutir con los personajes. Hay detalles que me molestan, he sentido -quizá sin razón- que tampoco ella respeta a su madre, se respira entre las líneas la adoración por el padre, a la madre no la conocemos, queda mostrada como una caricatura metida en el rol: ama de casa beata, la hija sólo echa de menos su comida, sin embargo es una mujer, de la que no conocemos más que la cáscara, una mujer que busca –equivocada o no- en las distintas religiones, y en ese escarbado se trasluce su ansiedad, y un afán de pertenencia, y es que de machirulos y machirulas pecamos todos en muchos momentos, en especial cuando somos hijos desconsiderados y egoístas, por supuesto hablo por mí, no por mis hijas, algo sí hemos avanzado, y no estorbaría elaborar una especie de decálogo que enumerase todos los micro-machismos, y micro-racismos que descargamos sin pensar, al menos yo lo agradecería, para darme cuenta en primer lugar, y sobre todo para no hacer daño ni siquiera justificándome en el desconocimiento o en la buena intención.  

En otro pasaje vemos como Ifemelu se avergüenza de sus padres cuando van a verla, eso también nos ha ocurrido a casi todos, y el arrepentimiento posterior por ser niñata en un mundo que te desclasa es muy triste puesto que gracias a ellos has estudiado, comido y vestido hasta estar donde estás y posees un carácter seguro que no sólo proviene de ti. Me molestó que confiara más en la madre de Obinze que en la suya, esos deslumbramientos suceden, así que le echo esta bronca con conocimiento de causa porque también va por mí. 

Ifemelu en su búsqueda del amor siempre se adapta, hay muchas formas de dominio que no reflejan maldad, pero que tampoco son atribuibles a simples rasgos de temperamento o carácter, Blaine tal vez sin darse cuenta hace que ella se sienta inferior intelectualmente, y la adoración que él siente por su hermana es más que tóxica, una estirada insufrible. 

En su relación con Kurt, un hombre joven rico y encantador de padres republicanos -la derecha de allí- que no se privan de soltar sus perlas de rancio abolengo, conservador y altivo, él parece un coleccionista de mujeres exóticas, e Ifemelu con él una cenicienta con príncipe, pero es humano y tentador dejarse agasajar. 

Sólo con Obinze se sentía valiosa y tampoco es bueno porque vale por sí misma, no por vivir en el deseo del otro o bajo su punto de vista. 

El amor propio es fundamental, y ella lo busca, con sus equivocaciones, contradicciones y auto-boicot. Como siempre digo: comprender no es justificar, pero nos pasamos la vida aprendiendo a base de tropezones en el terreno sentimental. 

A veces confundimos la dignidad con el orgullo ¿cómo es posible que deje a un hombre que le pone el mundo a sus pies? se preguntan muchos. 

Todos necesitamos que nos echen un mano para salir adelante, Kurt parece un hada madrina, pero su mérito es el dinero y la ascensión de Ifemelu en esa etapa es que se ha arrimado a él, aunque ninguno de los dos sea consciente, como es natural se pueden dar ambas circunstancias, amor y vida cómoda, pero siempre que se coloque en primer lugar a la persona.

“Se sentía en la periferia de su propia vida”, nos dice en una de las págins la figura del narrador, y esa para mí es la clave de todo el libro.

Tal vez en toda la década en la que Ifemelu vive en los Estados Unidos no consigue encajar porque ella lo que busca es la autenticidad. Y no es fácil de encontrar. No se trata de adaptarse, de acatar normas sin ponerlas en cuestión.


REINO UNIDO

Mientras tanto Obinze en Londres pasa las de Caín, todos mienten a las familias para no preocupar ni defraudar, ante la necesidad surgen los aprovechados como los propios compañeros y compatriotas que te cobran la mitad del escaso sueldo por dejarte la tarjeta sanitaria para que puedas trabajar con su nombre. La falsificación de documentos es moneda de cambio para sobrevivir en el abandono. Y el máximo desprecio hacia un ser humano invisible es el de quien deja los excrementos pegados en la tapa de un retrete público o en el dormitorio de un hotel sabiendo que alguien tendrá que limpiarlo después con sus manos por muy enguantadas que estén. Hasta los gatos entierran sus evacuaciones. El narcisismo no tiene perdón. 

Podría hablar sin parar porque todas y cada una de las tramas y subtramas son subrayables. La novela ha sido un éxito universal, tal vez porque logra concretar con grandes dosis de humor y de ternura una crítica social serena, afable y pacífica sin dejar nada por decir ni a títere con cabeza.

Los libros nos reflejan y nos sueltan verdades que cara a cara nadie se atreve a decirnos y con esa indiscreción tan discreta establecemos las relaciones más íntimas y sinceras entre desconocidos que al salir por la contraportada nunca más lo son.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro. Cuidaos mucho.

Pili Zori

"Lo demás es aire", de JUAN GÓMEZ BÁRCENA

Se abre un camino nuevo para la literatura, un modo innovador de narrar como lo fue en su día "Rayuela" de Julio Cortázar, que se puede leer en distintas direcciones y con diferente orden, o más próxima está "Feliz final", novela de Isaac Rosa que comienza por el desenlace de una ruptura y con esa excusa la perspectiva cambia llevándonos hasta el nacimiento de ese amor truncado, un análisis invertido que sería bueno poner en práctica, recuerdo que en dicha renovación formal, en las páginas los diálogos y soliloquios mutuos surgían en columnas enfrentadas, como veis no se trata de la forma por la forma sino de que ésta amplíe el contenido y pueda cambiar por tanto el sentido.  

En cine, el filme "Dogville" del grupo Dogma, tira todas las paredes para que veamos al mismo tiempo lo que ocurre en la comunidad al completo. O en la película española "La soledad" en la que se disecciona la vida paralela de dos mujeres y la de sus hijas con la técnica de la polivisión que divide la pantalla para mostrar puntos diferentes de la misma escena.   

En todas estas piezas se transgreden imágenes y cronologías para contemplar a la vez y desde distintas perspectivas el tiempo.

Resultó curioso que cuando comenzamos a leer en el club "Lo demás es aire", en el cine estaban poniendo "Here", que llegó a las pantallas en 2024. Tras el escalofrío de la coincidencia en la idea y casi en el formato, habría pensado que estaba ante un plagio de la novela de Juan Gómez Bárcena si no fuera porque el director de "Here" (Aquí) es Robert Zemeckis, el mismo que en 1985 nos trajo “Regreso al futuro”, se ve que es una constante de su filmografía con distintas variaciones. En el largometraje "Here" la historia se desarrolla en un mismo terreno y en la casa que se construye sobre él, y vemos pasar por dicho espacio a los dinosaurios y los primeros hombres y mujeres primitivos y por ese hogar a las distintas parejas y familias que lo habitan a lo largo de todos los tiempos. En "Lo demás es aire" contemplamos del mismo modo Toñanes, el pequeño pueblo cántabro, como si fuera una bombonera de cristal transparente o un poliedro que contuviese todos los acontecimientos ocurridos a lo largo de siglos y a sus gentes.  


 J. G. Bárcena en su novela crea una especie de presente continuo en el que el lector puede mirar en horizontal –emulando “La teoría de la relatividad” de Albert Einstein- lo que sucede desde cualquier tramo en todo momento, dado que el orden no es necesariamente cronográfico y toda la acción la ves al mismo tiempo. La sensación del lector, o al menos la mía, también es como la de ir taladrando los estratos de tierra desde un mismo punto para perforar y profundizar en cada etapa de la historia del lugar sin movernos del sitio, o por abundar con otro ejemplo: sería como si examináramos en el tronco cortado de un árbol la edad que tiene y que vamos calculando por los anillos o círculos que lo han robustecido durante años.

Lo demás es aire es un trabajo a caballo entre la crónica y el documental sin dejar por ello de ser una novela plena de lírica. A veces la lectura me remitía al neorrealismo y sin embargo en otras escenas o pasajes me llevaba al romanticismo por sus personajes temperamentales, enamorados, melancólicos, por la mirada al pasado, por la naturaleza lúgubre, por el misterio, por la justicia social…

El protagonista principal es Toñanes que se expresa a través de sus habitantes convertidos en personajes. El autor consigue desde ese diminuto territorio abrir plano para demostrar una vez más que lo local es universal y que somos muy similares porque en todas partes lo que les pasa nos pasa, creando así una historia de la humanidad que nos identifica en lo emocional aunque los paisajes acentos y lenguajes sean distintos. Nuestro club se llenó de recuerdos y nostalgias y eso que somos de interior y nada tenemos que ver con el norte en apariencia, pero la diferencia reside en que el armazón lo forma el contenido sentimental en un intencionado deseo por parte de Juan Gómez Bárcena de crear amor por la historia vista a través de las personas anónimas que la han sustentado y al margen de los “grandes” acontecimientos, o de los personajes “relevantes” y con poder de cada época. Tampoco son importantes las fechas que el escritor colocó en los márgenes a modo de orientación, salvo por el anhelo de dejar constancia, al menos, de cada uno de los que vivieron y murieron en Toñanes, personas -todas ellas- imprescindibles para marcar el rastro de su paso por la tierra y trasladar así el relevo para entregárselo a las generaciones venideras. Para lograrlo el escritor usó el recurso de investigar en los libros parroquiales ya que son los que reflejan el “vivió y murió” de todos los moradores de la localidad, y con algunas pequeñas anotaciones, y buceando en otra clase de registros y asido a su personal hilo de Ariadna pudo completar las historias y recrearlas con la ayuda de la ficción inspirada por los recuerdos de los entrevistados que aún viven allí y por los testimonios escritos.

La novela tiene hermosos contrapuntos, adultos-niños, juventud-vejez, los de quienes miran siempre hacia el futuro, y los de quienes se ubican mejor en el pasado…

La música y el tono de las páginas suenan como un canto en fusión antiguo y moderno, con ecos y estribillos, dado que las equivalencias van y vuelven puesto que la historia se repite, y por ello la prosa es poética y está escrita con la hebra conductora de las hilanderas, que en mitología tienen la misión de hilar, medir y cortar el hilo de la existencia humana, la de todos y cada uno, y aquí en el círculo mágico las narradoras cántabras nos van tejiendo las leyendas y creencias que desde que el mundo es mundo -tan sólo con ligeras variantes- nos explican o justifican los misterios de la vida.

En una misma página, o incluso entre renglones seguidos vemos lo que en todo tiempo se reitera: se hace el amor en uno de los días de uno de los años del siglo XVII, y en el aseo de una discoteca en el final del siglo XX también. 

Embarazo y muerte, embarazo y vida… Parto de mujer y matanza del cerdo. Los símiles a veces son tiernos, otras brutales. Porque la vida por dentro continúa siendo salvaje a la vez que civilizada.

En el duelo de refranes o dichos de las hilanderas yo veo similitud con las batallas de gallos de los raperos…, tal vez cambien las formas, pero no los contenidos, aunque en la novela si vemos evolucionar la medicina y una manera de pensar y de sentir la diversidad de las discapacidades más humana, inclusiva e igualitaria.

Me gustaría poder eliminar la palabra "discapacidad" dado que no la entiendo porque todos somos capaces en algunos asuntos e incapaces para muchos otros, y no creo que haya que reseñarlo porque para ello vivimos en sociedad y entre todos nos completamos en el hermoso trueque, pero comprendo que es un modo de compartimentar -al menos en medicina- para poder ayudar de forma más concreta, en cualquier caso pido perdón por mi ignorancia con el deseo de escuchar y aprender, y aclaro por si sirve que a pesar de mis torpezas me mueve la buena intención. 

Los pasajes más duros para mí son los de esa criatura a la que llaman monstruo, para compensar el mal trago y por compensación me remitieron a nuestro Don Antonio Buero Vallejo que tenía la bellísima costumbre de depositar en los “personajes conciencia” ceguera para que vieran mejor con los ojos anímicos, o sordera para que escuchasen lo que verdaderamente importaba desde el interior del alma, mudez para pronunciar lo más profundo… Esa delicada criatura cuando tuvo la oportunidad de tocar acarició, no agredió, y cuando intentó hablar pronunció ma sin poder terminar de decir madre, y es que no sólo hablamos con la boca, y en mi opinión lo que nos ciega es la maldad y lo que nos enmudece es la cobardía por no atrevernos a hacer justicia.

Hay en la novela impresionantes teorías sobre Dios a través del dibujo espiral de los ammonites, la espiral aparece en toda la naturaleza al igual que la simetría y simboliza el cambio constante por el que pasa el universo y junto con él los seres humanos, como es natural el autor no reseña este significado, pero muestra de forma consciente o inconsciente el gran iceberg de su amplia cultura. Todo lo que sucede dentro del libro es sencillo y fácil de comprender, lo único que puede descolocar en algún caso es la envoltura porque provoca la extrañeza del lector acostumbrado a acompañar durante largos trechos a los personajes, en este caso, como ya he mencionado en renglones anteriores, el protagonista es el pueblo que en todo momento va a nuestro lado por eso mira de otra forma su calendario. 

El autor utiliza distintas formas de ordenar: a través de los sentidos, volviendo a generar hermosos contrapuntos con las manos que acarician o matan, que firman sí en una boda y escriben no en un divorcio, con los gestos que muestran altivez o humildad, con los olores, los colores,  los sabores…, los ingredientes que en definitiva construyen la identidad.

Doy un salto sin reseñar todo lo que va ocurriendo en las páginas para no desvelar ni desbaratar y llegamos a la imagen de Juan tumbado en la cama boca arriba mientras observa el pliego en el que su padre había comenzado el árbol genealógico por la rama paterna, esos nombres sobre su cabeza titilando como estrellas en el firmamento -lugar eterno en el que todos querríamos que se hallaran nuestras personas queridas-, reclaman su atención. 

El hijo continúa así el rastreo de su padre  mientras le dibuja una tímida sonrisa a ese progenitor que tanta importancia se quita y que esconde los sentimientos detrás de los cigarros. Desde el comienzo de la novela vemos como el padre se adentra en el pasado y la madre en el futuro y las posibles reformas cuando ven la casa del tío Mino para comprarla. Él ve los recuerdos, ella la transformación. Tal vez por ello, el padre abandonó el proyecto genealógico. Pero el chico lo retoma. 


Ese chico que ya en la infancia investigaba sobre los dinosaurios sin ser consciente de que lo estaba haciendo, que a los dieciséis años simuló avergonzado ante la mala cara de la bibliotecaria que el trabajo de su personal búsqueda era un encargo de instituto, sin darse cuenta de que dicha inercia constituía desde siempre su genuina vocación, y en este punto pasamos el pespunte con la puntada hacia atrás para retomar aquella conmovedora carta que con once años envió a la universidad de Santander y que con tanta ternura le respondieron. Nadie le había enseñado a buscar, pero él indagaba, nadie le había enseñado a comparar, a cotejar pero podía hacerlo. Ya entonces era historiador sin saberlo, además de licenciado en teoría de la literatura como también lo fue después y en literatura comparada y filosofía, todas esas disciplinas se transparentan como un palimpsesto en las páginas, ya estaban en su interior en aquel entonces, y es que cuando el destino decide te va marcando sin que lo sepas y te conduce hacia donde quiere que vayas.

La novela lo contiene todo: la memoria, lo que queremos o no queremos recordar, pero gracias a lo escrito en los archivos se constata y permanece, también trata la evolución y la involución, la pérdida de la prosperidad, cuando no te compran la lana o te obligan a no producir leche, cuando te roban la tierra, el vaciado de la población y las causas. Pero sobre todo Lo demás es aire constituye un maravilloso homenaje a la escritura y Francisca es la depositaria, la encargada de entregar dicho tributo, me conmovió profundamente cuando vi que ella se lamentaba exclamando: “Si yo tuviera el don de la escritura”, en esa frase -en mi opinión- se encuentra el latido de la novela el leit motiv, su palpitar, el eje desde el que gira. 

Ella quiere aprender a escribir como quien borda un pensamiento, y practica hasta con la harina de hacer sus hogazas de pan, para escribirle a su hijo sin ayuda, para que nadie hable por ella, y se asombra de que en la cabeza quepan tantos pensamientos y que en el papel sólo ocupen una cuartilla. Es precioso el contrate entre su sensibilidad y su analfabetismo. 

Estaría comentando sin parar porque no hay escena pequeña que no sea grande en este libro, que no se abroche con otra para dar sentido, porque es bello leer expresiones como: “Cuando el mundo tenía cuatro esquinas y Dios lo enrollaba cada noche como un pergamino”, o ver que no hay rencilla irreconciliable y menos las heredadas, las dos mujeres cuyos carros cambian de casa los mozos cada fin de año para burlarse, en realidad siempre han estado juntas bajo el rencor e interesándose la una por la otra hasta que al fin y escarbando en los caracoles al igual que escarban en los pensamientos comprenden que el resentimiento estaba más que diluido y lo sellan, con la salsa del guiso, un fin de año en el que por la ventana se tira lo viejo para dar paso a lo nuevo. 

Los árboles genealógicos nunca se terminan porque nos perderíamos en la noche de los tiempos, pero con éste hemos jugado a ser Dios que todo lo ve, y eso es imposible para nosotros.

En este momento todos los oficios, todas las especialidades están dejando constancia por escrito de cuanto acontece, pero nunca se podrán unir todas las piezas del puzzle porque son infinitas, si se terminara el rompecabezas significaría que nuestra especie se habría extinguido como los dinosaurios y los ammonites.   

Que nadie tache el cartel de Toñanes, ese precioso confín desconocido.

Hasta el próximo encuentro con el cine o con los libros, cuidaos mucho.

Pili Zori.

"Recóndita armonía", de MARINA MAYORAL

Aviso que con mis palabras puedo desvelar algunas claves, podéis volver a este rinconcito cuando hayáis leído el libro.

Una novela extraordinaria e innovadora, que incluso ha crecido con el paso del tiempo. Se publicó por primera vez en 1994, no en vano después ha sido llevada a la colección de Clásicos Castalia, para que la arropen escritores inmortales de todas las épocas en esa eternidad conjunta, lugar más que merecido.

Magnífica por el espacio y las décadas en los que se desarrolla, por el punto de vista elegido, por la composición -la música interna suena a ópera, no sólo por el título: un área de Tosca muy significativa-, también por el tono suave que sin embargo no deja detalle o hecho sin reflejar, y eso que fui leyendo cada página con cierta prevención latente por si la autora blanqueaba de algún modo las atrocidades de la guerra civil equiparándolas, dado que para mí sigue siendo importante subrayar que la República era el Estado legal, lo elegido con los votos en las urnas por los españoles de entonces, y que la posguerra fue una dictadura con cárceles y campos de concentración hacinados donde fueron a parar los llamados paradójicamente subversivos que se quedaron aquí sin ir al exilio.
 
Sí, también en nuestro mapa y en el noroeste de África hubo campos de concentración, como el de Larache sin ir más lejos. No bastaba con vencer y derrotar. Torturas, palizas y hambre fueron la vida cotidiana para muchos. Pero enseguida comprendí que Marina Mayoral con su modo de narrar esa parte de nuestra historia, desde esta otra faceta del poliedro social, había conseguido completar precisamente el logro soñado: romper la barrera de las dos Españas, que todavía subyace, con un recurso honesto tan simple como es el de dar prioridad a la persona, situar por encima de cualquier credo al ser humano de ambos bandos contendientes, y decir la verdad de su comportamiento en cada caso.

 
A su vez, me interesaba conocer cómo vivieron ese tiempo las clases altas, aristocracia y burguesía, cuáles eran sus líneas de pensamiento, sus principios…, me resultaba una variante que al menos yo no había visto muy tratada en literatura.

Contado así podría parecer que lo importante de Recóndita armonía es el acontecimiento histórico, pero tan sólo sirve como telón de fondo, naturalmente dicha tela es de una calidad indiscutible en el minucioso bordado, al igual que la atmósfera y el ambiente recreados, pero la potencia de la autora y su herramienta más infalible reside en la capacidad que tiene para crear personajes, para darles el soplo de la vida y que su existencia transcurra en los universos que para ellos crea. Es impresionante.

De hecho Brétema en gallego significa niebla, término repleto de ancestros, de poesía, del modo de ser y del misterio que envuelve a los nacidos allí donde quiera que estén, del sentido tan fuerte de pertenencia, de arraigo, de paraíso al que volver, de saudade, de nostalgia…,  y que tiene mucho que ver con lo que significa ser gallego y con los lazos afectivos e irrompibles a pesar de los pesares, puesto que si entras en su corazón ya no te sales de él aunque la relación no sea estrecha, o cercana, aunque transcurran años y distancias. Por ello el famoso “Depende” con el que responden no se debe a la ambigüedad, ni a la falta de definición o de compromiso, es que la vida está llena de matices que hacen que varíen las respuestas, y es más serio y reflexivo pararse a pensar antes de emitir juicios o tomar decisiones, así que es cierto, como dice la canción, “Depende, ¿de qué depende?, de según como se mire todo depende”. Y no sabría explicar por qué he sentido que -tras ir caminando por las páginas de esta novela tan honda que recorre a gran profundidad muchos pliegues recónditos del alma-, he tenido la certeza de haber comprendido por vez primera ese modo de ser colectivo en el que influye tanto su paisaje.

Brétema es el mundo que Marina Mayoral creó para todos los habitantes de sus libros, y que se regaló a sí misma, y no es extraño que protagonistas y secundarios aparezcan en otras obras suyas para que en ellas puedan decir, sentir y vivir lo que les quedó por expresar en libros anteriores, así ella puede reencontrarse con amigos a los que conoce tal vez más y mejor que a sí misma, porque están tan vivos y son tan reales que puedes oler su piel, tocar su ropa y experimentar todo lo que sienten.
 
Me encantaría saber cuántos préstamos personales les hace, por qué tuvo necesidad de contar esta historia de ese modo, cuáles fueron los gérmenes…

La novela es –al menos para mí- una búsqueda constante de la armonía entre lo antagónico, sin que los opuestos tengan que cambiar para complacer al otro.

La decisión de la escritora como veis fue difícil. Y el punto de partida más todavía ya que el libro es un canto a la amistad tal y como se siente por dentro, sin censuras, y esa amistad de Blanca y Helena que nace en la adolescencia tiene por delante toda la evolución y desarrollo que estas amigas han de recorrer. Están aprendiendo a sentir y a saber ubicar las emociones, impulsivas y espontáneas a veces, reflexivas y meditadas otras, con tropezones, errores, meteduras de pata y también grandes logros una vez que cada sentimiento se coloca en su lugar, o bien otros personajes ponen a las protagonistas en su sitio. Nos pasamos la vida aprendiendo, y no es lo mismo mirar hacia el pasado con la perspectiva que da la experiencia que el momento presente en el que todo está por suceder.

Dos mujeres que se conocen con quince años, en un internado, Helena pertenece a una familia aristocrática y Blanca a su vez ha sido criada, protegida y cuidada en un entorno de clase equivalente -la cúpula más alta de la Iglesia-, por un tío abuelo, sacerdote y por el obispo de Brétema, con su corte de amas y servicio, un contraste naturalista que le proporcionará el equilibrio a Blanca en esa especie de “Arriba y abajo”. 

Blanca, que perdió a sus padres será la criatura de todos, colmada de besos y atenciones que le proporcionarán fortaleza emocional en esa familia no consanguínea más real que si lo fuera. ¿Por qué elige ese estado la autora?, el lector decide, la novela está llena de contrasentidos buscados a propósito, quizá para romper esquemas o ideas preconcebidas, porque a veces la orfandad puede sentirse con más fuerza teniendo padres vivos pero ausentes aunque estén al lado. 
En el caso de Helena, su madre Cristina se refugia en la iglesia, tal vez para sobrellevar las infidelidades de su esposo, y él está imbuido en su vida social de librepensadores. De modo que Helena es querida pero no atendida, aunque esa es mi impresión, la escritora sólo expone, no juzga, ni conduce al lector. 

El libro fue publicado en 1994 como ya he dicho al comienzo, año perteneciente a una década, a mi juicio, audaz y creativa, y provoca sendos debates y posicionamientos muy interesantes.

La historia nos la cuenta Blanca, por tanto vemos a Helena a través de los ojos de su amiga ya desde el enfoque de la madurez y en clave autobiográfica.

Si me dan a elegir prefiero al narrador omnisciente, ese diosecillo que todo lo ve. Con la primera persona me suele ocurrir que no puedo evitar imaginarme al escritor o escritora como protagonista y además me parece que limita, que es subjetivo y me aparta, pero es un problema tonto mío, una preferencia, enseguida me adentro, me adapto y no me molesta. Perdón por el inciso innecesario.


La autora no etiqueta como bisexuales, lésbicas o heterosexuales las relaciones de ambas en los periodos de adolescencia y juventud, las dos se conocen con quince años, reitero, personalmente consideré que ellas buscaban la propia identidad, algunos chicos y chicas de esa edad en internados, albergues y espacios compartidos, con tanta hormona desconocida y desatada y la fuerza del despertar sexual se buscan -en ciertos casos, vuelvo a matizar, no en todos-, pero en realidad están ensayando  con compañeros o compañeras del mismo sexo siendo heterosexuales, y no siempre significa que ya estén definidos, otros tendrán perfectamente clara su tendencia sin necesidad de probar, las protagonistas sí lo hicieron, al conocerse se sintieron deslumbradas físicamente la una por la otra, ¿enamoramiento mutuo?, ¿amistad apasionada?, de nuevo el lector decide, la escritora muestra sin más, y a partir de ahí surge en la novela un buceo psicológico a enorme profundidad que explora los ingredientes que componen las relaciones de amistad, las de amor, las de sexo ¿abiertas? En la novela se ve lo que sienten en su interior sin censura, no lo que deberían sentir según los cánones de la época, lo que se reprime o aflora..., de modo que contemplaremos rasgos masoquistas a veces, dominios y sumisiones, voyeurismo, trío…, y nos haremos muchas preguntas que nada tienen que ver con el etiquetaje.

En nuestro club de literatura algunas compañeras consideraron tóxica la relación, y no por el carácter sexual, dado que en apariencia Helena dirige -acostumbrada a salirse con la suya-, y Blanca se deja llevar, ¿por qué? en ese punto dilucidamos si se pueden distinguir los rasgos de dominio como aspectos del temperamento, o si estos son de clase, y otra vez la paradoja está servida: Helena a pesar de su arrojo y toma de la iniciativa sin embargo tiene tintes masoquistas mientras cree estar buscando el amor ¿Acaso busca en otros hombres a alguien admirable que se encuentre a la altura de su padre? 

En cualquier caso en tiempos de guerra los conceptos del amor cambian, porque puedes morir de un momento a otro y las relaciones se aceleran y cobran una importancia mayor.

No sé si dicha actitud era producto de la época que tal vez inculcaba a las mujeres que lo ideal consistía en ser satélite del astro, es decir: del hombre, y por tanto para realizarse como mujer había que enamorarse de un personaje notable, en resumen: un buen partido económico e intelectual de prestigio sin que ellas se plantearan todavía que los logros podían realizarlos por sí mismas. 

La admiración, el endiosamiento o la idealización al enamorarse o en la amistad a menudo conducen a la decepción, y de nuevo vuelve a surgir la pregunta desde las páginas ¿qué es el amor verdadero?, ¿en qué consiste la amistad? Uno sabe lo que siente, el por qué lo siente tal vez sea otro cantar. 

¿Cómo veis la diferencia entre amar a alguien o querer una vida con él, o con ella? Hago la pregunta partiendo de la base de que todo está bien si la decisión es propia y no impuesta.  

El dilema entre hacer lo que debes y no lo que quieres tal vez siempre esté presente, en la novela y fuera de ella, ¿qué os parece?, ¿es fácil distinguir la diferencia?

En un pasaje Helena dice: “No sé cómo puedes querer a alguien sin saber cómo ha sido su vida”. ¿Qué opináis? ¿Es necesario conocer todo del otro para amarle? 

En otra escena vuelve a sentenciar: “La falta de ambición y el deseo de tranquilidad esconden a menudo egoísmo y miedo” ¿Estáis de acuerdo?, yo no, puesto que se puede ambicionar la tranquilidad y querer alcanzar el sosiego es un síntoma de valentía. 

La novela como he dicho en renglones anteriores suscita mucho debate e interrogantes.

Me permito añadir que en mi opinión hay personas adineradas que sin embargo piensan que su actitud vida y origen son humildes y no le dan al dinero un valor de ostentación sino de trueque, y sin embargo otros menos acomodados se sienten de clase alta o superior por cuna aunque estén arruinados ¿a qué creéis que se debe? 

Pienso que la cultura es lo único que iguala, y que da lo mismo adquirirla de forma autodidacta durante toda la vida o acumulando títulos, como en otras ocasiones he dicho nadie le pregunta a Eric Clapton si es músico de oído o de conservatorio, pero ahí queda su portentosa creatividad.

Recordemos que los protagonistas de esta historia pertenecen a la élite, es decir a la clase dirigente, y dentro de ello está bien reseñar, como lo hace la autora, que en todas partes cuecen habas y se sufren injusticias. Y también los de clase “privilegiada” se pueden preguntar: ¿soy lo que quiero ser o lo que se espera de mí? Sin dejar de tener en cuenta las cárceles del alma y también las sociales, el lugar en el que has nacido, las oportunidades que has tenido, si las has aprovechado o malgastado…, y sobre todo es importante constatar que hay destinos sin salida. Ellas hasta en guerra están bien protegidas.

En la página 265 tal vez quede clara la diferencia, habla Blanca:
 “Yo podía pedir la intervención de Alonso de Andrade, pero era más eficaz la de Eduardo Resende por aquello que siempre habían dicho las amas de que los ricos son todos iguales y se entienden bien entre ellos. A mí el coronel me hacía un favor a fondo perdido mientras que el padre de Helena se lo podía devolver de mil formas”.

En Recóndita armonía vemos cómo las protagonistas van encontrando su lugar en el mundo, por tanto en el aprendizaje los errores son perdonables a tenor del resultado. Helena termina siendo profundamente feminista y dedicándose a defender en cuerpo y alma a las personas desprotegidas, y Blanca consigue ejercer su verdadera vocación de boticaria entre ungüentos y plantas con las que crea nuevas medicinas.

También contemplamos algunos dardos certeros contra la figura de aquellos catedráticos ególatras que explotaban a estudiantes arrebatándoles firma y méritos y más siendo mujeres, aunque Arozamena finalmente es redimido con un desenlace heroico, la autora mira con amor compasivo a todos, y sentencia con justicia a quienes fueron injustos. 

En el libro se respira ese realismo mágico que sólo atribuimos a los escritores del boom latinoamericano, pero que también se daba en Galicia.

Marina Mayoral es experta en Rosalía de Castro y en Emilia Pardo Bazán y de algún modo he querido ver similitudes entre ambas dualidades, ya que también Rosalía era más de interiores al igual que Blanca, y Pardo Bazán se movía como pez en el agua en sociedad, como Helena. Rosalía era introvertida y Emilia extravertida.

En fin, la novela tiene tantos recovecos…, que estaría hablando de ella tardes enteras, y ya me he extendido en exceso. 

Queda como broche final preguntar si podemos encontrar la armonía entre opuestos, o en medio del caos, según la idea griega. Siempre se ha dicho que del conflicto nace la luz. Y si consideráis que sí ¿con qué ingredientes o elementos creéis que se consigue alcanzar la armonía en cualquier situación o estado?

Feliz día de La Constitución. 
Hasta el próximo encuentro, con el cine, los libros, la gastronomía, tan parecida a la literatura, o con la vida en general.
Un abrazo, cuidaos mucho.         
Pili Zori 

MARCO, película de Aitor Arregi y Jon Garaño

 La historia ya la conocemos, pero la potencia, la fuerza del largometraje reside en la interpretación de Eduard Fernández, superlativa, magistral..., y la de todo el elenco que gira en torno al personaje de Marco.

La atmósfera, el tono, el color de la luz y de la sombra..., que no hace concesiones a la emotividad facilona, es sobria y respetuosa.

¿Cómo sales indemne después de dar vida a ese protagonista?

Si el espectador lo pasa mal imaginad al actor que ha de vivir su patetismo dentro de ese cuerpo y esa mente, de la vergüenza insalvable. A todos nos gusta rescatar al perdedor por algún requicio incluso por un detalle mínimo, por alguna razón digna, y no nos importa identificarnos con el antihéroe si éste tiene tintes nobles por pequeños que sean, pero por nada del mundo queremos reflejarnos en Marco, porque como expresó Terencio "Nada de lo humano nos es ajeno" y nos entra pánico por si podríamos caer en alguna circunstancia que no fuera una simple mentira venial sino una bola cada vez más gorda y abocada sin remedio al abismo. No, no querríamos ser recordados por una bajeza, por una impostura tan indigna y vernos desde fuera como le estamos viendo a él desde el otro lado de la pantalla sabiendo que fue un hecho real. 

Como soy de tendencia redentora y no de jauría linchante, tal vez gracias a una frase que le escuchaba a menudo a mi madre y que se me incrustó en la piel intenté absolverle: "Del árbol caído todo el mundo hace leña" (más tarde supe que dichas palabras eran atribuidas al comediógrafo Menandro y que también aparecían en la Biblia, mi madre era sorprendente -ya que apenas fue a la escuela-, pero se hizo esponja de mar para absorber la cultura del oleaje con oído de caracola, porque el conocimiento va y viene, y no sólo está guardado en la universidad). De modo que por fin y gracias a esas palabras pude encontrarle al protgonista una salida digna: La enfermedad. 

Se trastornó, me dije, él habría querido con toda su alma ser el personaje que inventó para sí, tal vez porque se sentía cobarde, traidor, y colaboracionista. 

La película es muy importante en estos tiempos de no dar la cara, y deja cada acto en su lugar, tal vez haya que desmitificar, no idealizar para que no perdamos el norte ni la brújula en busca de la admiración, ya que hay que dar por sentado que no siempre vamos a estar a la altura en mayor o menor medida, por eso las leyes han de porotegernos hasta de nosotros mismos. 

Una vez más repito que la bondad no es fácil porque requiere valentía y no sé si ese rasgo es nuestra inclinación natural, o tendemos más a ser cobardes, a no saber afrontar. 

Lo que hizo Marco no tiene nombre, sobre todo porque le movió la vanidad, pero todos los delitos prescriben, hasta los asesinatos y él no mató a nadie.

Un abrazo, cuidaos mucho.

Pili Zori

JURADO Nº 2, película de Clint Eastwood

 Sólo hay un camino: entregarse, y no admite parches, justificaciones ni componendas. Doloroso, sí, terrible, también, pero no queda otra opción, hay que desenterrar la conciencia, la individual y la colectiva porque en este momento yace embriagada de intereses personales, es decir: de egoísmo, y no pontifico porque no me excluyo de cometer mezquindades.

Clint Eastwood vuelve a desmenuzar los ingredientes de la ética y los de la justicia. Es importante en este momento reaprender a discernir. 

La película no va de la duda razonable, como ocurría en Doce hombres sin piedad, sino de aceptar la responabilidad, de cargar con las consecuencias, la de cada individuo y también la colectiva representada en el jurado, y sobre todo la del poder ejercida por la brillante fiscal en alza social con carrera meteórica. 

Hay que hacer lo que hay que hacer sin que esté reñido con la conmiseración: "odiar el delito y compadecer al delincuente." Se supone que la cárcel sirve para reinsertar, no para vengar.

Dicen que a lo bueno te acostumbras, y Clint Eastwood nos tiene tan habitudos a la belleza y a la poesía de su cine que ya no hacemos aspavientos, y sin embargo hasta la "menor" de sus obras contiene la lírica de la más hermosa y profunda tragedia griega, la catarsis se la deja al espectador para que la experimente, es el único modo de entender en carne propia porque nadie escarmienta en cabeza ajena.

De toda su obra Mi favorita es Gran Torino, ese legado unido al de Confidencias de Luchino Viconti no tienen parangón.

Un abrazo.

Pili Zori

CUADERNO DE NOTAS: Cubitos de hielo para el Mediterráneo

 La mujer del micrófono se acerca con pasitos suaves y lentos, las botas de agua amortiguan el sonido mientras la melena rubia pincela el aire, los ojos se estrechan espectantes: 

En la orilla, al lado de la espuma del oleaje que mece la brisa -ahora más tranquila- se acuclilla un chavalillo, nueve o diez años, calcula la reportera que se acerca un poco más ya que no termina de concretar qué objeto tiene el pequeño entre las manos. 

Se inclina hacia él y le pregunta con ternura y aprensión al mismo tiempo: Acaba de ver lo que manipula el nene, de menos edad de la que ella le había calculado.

-¿Por qué estás echando al agua cubitos de hielo, tú solito aquí?

El crío retrocede la espalda, la periodista se apresura a tranquilizarlo con el gesto acariciante de la otra mano en la tersa barbilla mientras piensa en el ratón Pérez al ver el hueco tras los labios  

-Porque el mar tiene fiebre -expresa paciente el niño mientras hace una bola con el plástico vacío y se la mete en el bolsillo-, está muy caliente y las nubes no tienen brazos, por eso, para que no venga otra vez la lluvia fría -asevera con la palma de la pequeña mano hacia arriba.

-¡Ah! -El asombro de la chica se come las palabras-, ¿saben tus papás que estás aquí? -La lágrima resbala por ese moflete de porcelana y niega con la cabeza-, ¿quién te ha dado los hielos? 

La mano diminuta se cobija confiada en la de la joven, ya no importa que sea una extraña, ni si a él le han dado la bolsa de cubitos o la ha cogido. Se encaminan en silencio hasta el puesto en el que se apuntan las direcciones y los desaparecidos.

-Cuando sea mayor construiré palafitos. -Ella le observa sin comprender, el pequeño explica de nuevo con paciencia invirtiendo los papeles-. Sí, son esas casitas que se sujetan sobre palos y que están en el agua, las he visto en la tele, yo les pondré estacas -que puedan subir y bajar- a todas las casas, bracea en el aire abarcando la ciudad. 

Ahora es Marina, así se llama la enviada, quien llora mientras aprieta el micrófono que no ha usado sin ser consciente de que ha extraviado al cámara, el compañero que la sigue a respetuosa distancia.

No todo hay que filmarlo.

Pili Zori

EN TERAPIA, serie de TV

 En terapia

Serie de culto, por no decir categóricamente que es mi favorita para dejar así margen a que otras compartan el mismo podium, pero fue un impacto sin precedentes cuando se emitió por primera vez en 2008, y más todavía contemplarla ahora, tan vigente, con las cuatro temporadas reunidas.

Un psicoterapeuta y su paciente, no tiene más, una misma estancia inamovible cuyo único cambio cada día de la semana se produce por las distintas personas que acuden a recibir la terapia, esas son las herramientas aparentemente sencillas, ¡nada más y nada menos!, el lucimiento bestial para los actores está servido, y en especial para Gabriel Byrne que siempre permanece en escena, tuvo que ser agotador por la exigencia del papel y la entrega más allá de lo absoluto, dado que estamos hablando del material más sensible que poseemos: los recónditos pliegues de nuestra psique, de nuestra alma.

La delicadeza del guión (Rodrigo García, aunque la serie original pertenece a una producción de Israel, de la que luego se han hecho distintas versiones en otros países), y la dirección -a cargo también de R. García en algunos capítulos y de otros cineastas a favor de obra en cada episodio-, fue insólita y magistral, y la compenetración de todo el equipo para captar y capturar sincronizadamente en el plano contraplano la intensidad de los diálogos, y los leves gestos, pestañeos, y pequeños movimientos en las comisuras de los labios y en la piel del rostro atento del terapeuta, expresiones que le delatan bajo su contención, ya que mientras sus pacientes se desmadran con sus faltas de respeto o de educación, retan, huyen, niegan, rechazan..., él se mantiene impertérrito, sin desvelar desvelando, ahí radica la dificultad del actor, por suerte la serie nos sirve el contraste, puesto que el terapeuta los viernes necesita a otro profesional para que supervise su labor, y es en dicha consulta donde Paul estalla frente a su colega, allí expresa todo lo que siente y padece, y los espectadores podemos ver cómo le afectan las personas a las que atiende al igual que las demás facetas de su vida familiar y personal. 


El viaje más duro y turbulento hacia nuestro interior y hacia el de los demás, sin excepción, está entregado, porque todos somos humanos, y enternece ver cómo Paul, el terapeuta, cae en la tentación de estar al otro lado comportándose a menudo como lo hacen ellos, los personajes que van a recibir el tratamiento, queda claro que necesitamos otros ojos, que nos cuesta toparnos con nuestros errores, que nos ciegan los sentimientos. 

Los terapeutas no son seres infalibles, tienen -imagino, porque no he consultado a ninguno, aunque sí he investigado cuando me ha hecho falta para construir algún personaje para una novela-, métodos y disciplinas que ponen luz en el camino de quienes buscan su ayuda, y dichos profesionales favorecen y acompañan para que las personas que tratan sepan quienes son y lo que quieren, además de poder descifrar los por qué de sus comportamientos que no entienden, desbrozan y limpian de malezas anímicas la zona de la que parten -casi siempre es la infancia si son psicoanalistas- y conducen para que sus pacientes descubran a dónde desean llegar conociéndose y aprendiendo a paliar el dolor de los tropiezos, los desencuentros, los celos, las envidias, las injusticias -de los otros y las propias- el deseo de aprobación...

Doy por hecho que la labor documental para realizar esta serie tuvo que ser enorme y minuciosa, era la primera vez que los espectadores veíamos todas las caras y facetas del poliedro, los distintos puntos de vista, los enfoques, los ángulos, un lujo impagable, sentías que estabas con cada uno de los personajes en ese habitáculo en el que se respira autenticidad, una verdad que traspasa la pantalla y que te implica y hace que experimentes en carne propia el abismo al que ellos se exponen, quedarte en cueros, con todas las vergüenzas al aire, las meteduras de pata, las maldades..., no es fácil, y nos planteábamos no sólo la vulnerabilidad de los pacientes, también la de quienes los tratan.

Ese tipo de relación conlleva una clase de fe muy frágil, dado que te pueden mentir, e incluso manipularte, era la primera vez que, al menos yo, me planteé esa inversión de términos para comprender que ambas partes son vulnerables y que no es ni debe ser una relación de poder, tampoco desigual, que no hay juicio ni prejuicio, sino necesidad de llegar al conocimiento sincero y valiente del otro y que la demanda mutua de afecto puede nublar el entendimiento y provocar que se difuminen las fronteras, los límites, comprendí que no es un quid pro quo, por mucho que la sensación de igualdad alivie, y que no resulta fácil poner tu intimidad en manos de otro, y que ese otro no decide por ti ni va a decirte cuál ha de ser tú conducta.

La serie deja muy claro el efecto de transferencia y lo que el profesional tiene que hacer si se produce.

Este mundo y esta forma de vida no los hemos creado ni inventado nosotros, los de a pie, y es muy difícil remendar y reparar todos los descosidos si sólo tocamos lo individual cuando lo que está enfermo es el sistema colectivo.

Da una pena infinita asistir a la crisis de Paul en la que se pone en cuestión a sí mismo y también se pregunta si sirve para algo su profesión, el espectador tiene la respuesta.

Podría parecer que un formato dramaturgico puede resultar monótono, pero os aseguro que contiene el misterio que cada personaje ha de descubrir sobre sí mismo, al igual que la intriga y el suspense que te incitan al verle desde el sofá de casa paralelo al de la pantalla, quieres saber más, estás impaciente y el suelo y la tierra se mueven bajo tus pies y el corazón y la respiración se detienen.  

La serie es fascinante, si te gustan la introspección y los entresijos de las emociones que acarreas, no hay capítulo con el que no te sientas identificado en alguna parte.

 Ver cine también es como leer ya que alguien lo ha escrito transformando las palabras en imágenes. Ya sabéis, hasta la Biblia lo dice: En el principio era el verbo...", y éste es un extraordinario cine adulto.  

No tengo nada en contra de los zambombazos y disparos detectivescos, crímenes, persecuciones, juegos adolescentes, acción..., pero agrdezco obras como ésta porque su análisis nos hace mucha falta y creo firmemente que la verdadera acción se desarrolla en nuestro interior porque somos como un iceberg, lo importante siempre está por debajo de la superficie.

Un abrazo, cuidaos mucho.

Pili Zori