"Los besos en el pan", de ALMUDENA GRANDES

Retrato fiel de cómo esta etapa de crisis -que ya cumple una década en nuestro país- está transformando en profundidad continente y contenido.
Bajo la atenta, comprensiva, dignificante mirada de la autora contemplamos la adaptación de un barrio madrileño desde el que Almudena Grandes abre plan para hacerlo extensivo a todos los barrios de España: el injusto drama de desigualdad tan estoicamente sobrellevado por quienes lo padecen, es decir, toda la sociedad, ya que no se trata sólo de ideología sino de ser solidarios y la empatía va de que lo que te pasa a ti nos pasa a todos porque repercute, vivimos juntos y no aislados, no hay que mirar sin ver, no hay que torcer la cabeza hacia otra parte.
La novela me ha remitido al neorrealismo cinematográfico italiano. Era necesario contar literariamente el dolor que nos aqueja y reflejarlo con el hiperrealismo de hoy, las casas de hoy, los coches de hoy aparcados en la puerta por falta de gasolina que les alimente, o de dinero para revisarlos, arreglarlos, renovarles el seguro…
La mirada periodística es exterior, aunque ahonde. La literaria, en mi opinión, es más profunda y completa porque añade la interior, porque hace que la historia se cuente desde las emociones, desde la psique, desde los pensamientos que no se pronuncian o no se oyen salvo por el indiscreto tabique delator que en medio de la noche multiplica un llanto masculino de timidez e introversión desesperadas. Porque relata el rugido del hambre que no se escucha en las tripas infantiles, pero que se asoma a los ojos de una niña con abuela xenófoba que prefiere mendigar en “Sólo para españoles”, paradójico ejemplo tópico y típico de esa mentalidad absurda que envuelve en celofán de soberbia un mundo de apariencias y patetismo muy patrio: Que no salga el humo aunque te abrases en llamaradas, aunque arda Troya, actitud reprobable, pero que tanto a la autora como a mí, en el fondo, nos produce conmiseración, y explica por qué hay determinados votos electorales que de ninguna manera se comprenden. Sólo Sofía, la maestra sin tapones en los oídos sabe escuchar el calambre hambriento en los honorables ojos de los niños incapaces de traicionar a su familia confesando que no comen.
Almudena Grandes sabe mirar con amorosa hondura a todo el mundo, a las chinas del establecimiento de uñas postizas que se sitúa frente a la peluquería de Amalia, (que hasta ese momento embellecía las cabezas de todo el barrio), la magnífica pero humilde estilista sólo pierde la vergüenza cuando tiene que pedir para otros, creando así su pequeño banco de alimentos.
Por ese mismo distrito sin nombre -que todos podemos reconocer en los nuestros- transita la abogada Marita que se deja la piel y los pies para acabar con los desahucios.

Begoña se librará de la adicción a las compras y del sucedáneo insatisfecho que contienen, “no hay mal que por bien no venga” podrían pensar algunos, pero ese mal no tiene que ver con la crisis ni con la capacidad adquisitiva, sino con una mentalidad superficial que sí se extendió durante largo tiempo.
Por sus aceras camina Ahmed cuya miseria desmoralizadora nos anuncia la posible captación con profanados cánticos de minarete. Parece que tampoco queremos entender ni el cómo ni el por qué de ese peligroso aviso, comprenderlo supondría atajarlo, pero es más fácil que se vaya la fuerza por la boca en desprecios y desahogos cobardes amparados en el bulto de la chusma. Para canalizar la ira en grupo sí parece que servimos.
A Almudena Grandes la he visto unas cuantas veces a lo largo de la vida en encuentros con clubes de lectura o en presentaciones de sus libros. Su novela “Malena es un nombre de tango” llegó a mis manos en un momento crucial de mi existencia, acababa de perder mi trabajo y de comprender la diferencia entre amigos y relaciones sociales. Ella presentaba su obra en una residencia de estudiantes y al poco tiempo en la Biblioteca Pública de mi ciudad, gracias al talismán de su novela me enteré de que los marcianos como yo, engullidores de libros se daban cita allí, y a partir de ese momento encontré un lugar de pertenencia que me resarció de todo el fariseísmo.
Aquel día fui a escucharla a la residencia de estudiantes con mi hija mayor, en ese momento Sara tenía quince años, acababa de estrenar la adolescencia, cuando concluyó el encuentro y nos fuimos le pregunté que si le había gustado la autora, y me respondió “Me ha encantado, tan alta, con esos “cacho” pies, y fumando todo el tiempo…”, traduzco: “Tan ella misma, tan poderosa, con los pies tan bien puestos en el suelo y al mismo tiempo con tanta capacidad para el vuelo”.
En agosto mi hija mayor cumplirá 37, ambas hemos leído todos los libros de Almudena según han ido saliendo, a excepción de “El corazón helado” (me regalaron un ejemplar en casa y otro los compañeros del club de literatura) aún no he empezado a leerlo ya que siempre tengo que dar prioridad a los de club, y sin embargo ella, mi hija mayor, sí lo hizo con fruición y vehemencia, dibujándose un árbol genealógico que todavía estará dentro de las páginas esperándome.
Aquel día de 1994 yo tenía 38, soy cuatro años mayor que la escritora. Recuerdo palabra por palabra lo que dijo -en el corazón el tiempo no transcurre- y la manera de mirar y de embestir con esos ojos tan negros que clava como dardos cada vez que escanea los tuyos. No lo cuento como anécdota de proximidad, aunque es curioso cómo ambas  -Almudena y yo- hemos ido cambiando de talla a la vez, cómo compartimos la afición por la cocina dándole el significado artístico y de expresión cariñosa y entrega que tiene… pero es más llamativo todavía que si me descuido repito algunas de sus frases sin darme cuenta y por supuesto sin ánimo de plagio ni de emulación, y a la vez encuentro muchas de las mías en su escritura o en las entrevistas que le hacen, y no porque caigamos en lugares comunes a todo el mundo, precisamente la sincronía se produce con las opiniones más singulares. Tenemos hasta el mismo modo de cabrearnos o conmovernos ante iguales circunstancias, y es que simplemente coincidimos sin más, y eso me alegra.
Lo digo para explicar que es un lujo seguir la evolución y trayectoria de alguien al mismo tiempo que ésta se va produciendo. Ahora se olvida que A. Grandes fue precursora de muchos avances verdaderos y reales. Hasta el momento en el que escribe “Las edades de Lulú” hablábamos entonces de liberación sexual femenina de forma muy técnica y eufemística aunque intentáramos ser brutalmente descriptivas –ese era precisamente el escondrijo- faltaba sin embargo ponerle nombre a lo que sentíamos como generación a caballo de muchas contradicciones, y ella encontró las palabras sinceras para colocarlas donde antes no las había y creo que nunca se le ha agradecido bastante, como suele ocurrir con los escritores de trato amable, sencillo y cercano, porque parece que lo que hacen es fácil.
“Malena es un nombre de tango” fue la reivindicación que produjo el exorcismo que barrió de un plumazo los restos de maldición contra el sexo femenino que todavía quedaban. Si mal no recuerdo terminaba con la expresión “¡Qué coño!”.
Según ella misma explica, al hacer balance de su trayectoria y de su carrera, comenzó a mirar a su alrededor a partir del nacimiento de la transición, y yo constato que estudió a la mujer desde todos los ángulos y roles posibles, como madre, como hija, en el trabajo… Rompió esquemas en “Modelos de mujer” demostrando -como es habitual en ella- que la belleza cabe en varias tallas y en distintas edades y desmenuzó los ingredientes que provocan el deseo, bastante más profundos que el mero calentón. Trató a fondo el triángulo en “Castillos de cartón”.
Y al fin, tras ese arduo recorrido se preguntó por el origen, y se encontró a sí misma situándose cronológica y vitalmente en tiempo y espacio.
La transición no había llegado por generación espontánea, era el resultado de la lucha de nuestros abuelos, y de la resistencia callada de nuestros padres. Como ella misma dice si se hablaba delante de los hijos de ciertas cosas se corría el peligro de que en su ingenuidad lo dijeran y delataran en los colegios, el país seguía acuartelado y atesorando fichas como poseso. Y así fue pasando el tiempo que permitió que a los vástagos nos educaran con la versión “ganadora” e ignorando la otra parte de la historia. Y por temor a la involución se huyó hacia delante dejando un vacío de contenido injusto y lagunas de memoria llenas de nombres propios, se propiciaron reconciliaciones nacionales tácitas que impedían mirar hacia el pasado, se retiraron las caras molestas que lo recordaban para en su lugar poner otras con más estilo de Sorbona y estudios de piano. Y dimos por hecho que la democracia estaba consolidada. Pero una democracia no funciona sin el sostén de su pretérito, y había que refrendarlo.
Ella era la nieta y le correspondía hablar, ser la voz de quienes no la tuvieron y así llegó la novela bisagra “El corazón helado”, el eje en medio de su obra a la que le faltaba toda la primera parte. Y es que nos guste o no, todos nacemos in media res.
En sus libros anteriores la prosa era apabullante, llena de lirismo, esplendorosa, barroca, con tono alto, ritmo ascendente y vuelo de águila. “Los aires difíciles” me resultó una bellísima innovación, con estructura de aire, ya que distintos vientos separaban las partes. Sin embargo cuando hace pocos meses leí “Inés y la alegría” (como ya he dicho hacía mucho tiempo que no entraba en las páginas de sus últimas novelas) el impacto que tuve fue muy distinto, subjetivo sin duda. Encontré su escritura mucho más sobria, sucinta… y tuve la sensación de que se manejaba como si llevase un gorrión trémulo entre las manos, con el cuidado de quien ha recibido como legado una historia referida y por nada del mundo quisiera desvirtuarla. Sentí que volaba bajo y con miedo. El telón de fondo me resultó oscuro, como un fundido en negro, como si no se atreviera a dar la luz para que no le dijeran: “No, ese paisaje está mal descrito, ese cuartel, o esa casa no eran exactamente así…” Me alegraré de estar equivocada cuando me introduzca de nuevo en sus episodios nacionales con el doble homenaje a Galdós y a los republicanos.
Recuerdo que yo discutía a menudo con sus personajes y con ella cuando elevaban sus quejas de “hija”, solía decirle: “ya te crecerán los tuyos y te enterarás” porque a veces su escritura hacía que me entrasen temblores por aquello de que los hijos eran baúles de recuerdos que después se iban a convertir en duros jueces amonestadores.
Aquel día en la residencia de estudiantes le pregunté que si no había tenido escrúpulos éticos por haber transparentado en las páginas a su familia, me pareció que daba un rodeo y le dije que entendía que no quisiera responderme, fue la primera vez que le vi la clavada de ojos y esa reacción honrada ante el reto. Respondió: “Reina no es mi hermana sino alguien más importante” y asintió haciendo una pausa para ver si entendía, yo afirmé también en silencio. “Pero tengo derecho a mi memoria”, concluyó.
Las dos nos hemos enterado, ya lo creo, y por fortuna no ha habido reproches sino elogios -que me caldean el corazón- por parte de mis hijas y buen balance, y hasta tengo un nieto adorable, que ojalá un día se pasme al enterarse de que soy Andrómaca (“El amor conyugal y filial frente a la crueldad de la guerra”. Otra preciosa ruptura de esquemas de la autora: las abuelas también son mujeres capacitadas para la “vida moderna” en las redes).
Creo que medir el paso del tiempo con el calendario de la literatura de Almudena Grandes constituye un hermoso vínculo. Nunca he intentado entablar amistad con ningún escritor consagrado, enseguida se les pone cara de póker por si les quieres pedir algo si se enteran de que escribes, pero sí atesoro lo mejor que tienen: sus novelas. 
En la entrada anterior de este mismo blog valoraba a los autores puente que poseen dos culturas y pueden explicar en ambos extremos de la pasarela los por qué de cada una. Almudena Grandes también es una escritora puente pero en su caso entre dos ideologías. Es una narradora de intenciones, bien definida en cuanto a su adscripción, pero no es casualidad que tenga lectores de tendencias políticas antagónicas ya que ella se crio dentro de una familia con miembros de los dos bandos y aprendió a posicionarse sin dejar de amarles, quizá por ello sabe explicarlos. Y tal vez por esa consanguinidad y por su sentido de la justicia puede hacer un viaje en el tiempo para colocarse en medio del combate.
Como toquecillo más frívolo para distender añadiré que es muy madrileña, expresiones como “era una chica monísima” son muy de allí, los castellanos somos más adustos.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

"Los desorientados", de AMIN MAALOUF

Adam, un profesor árabe de historia que vive exiliado en París, recibe desde su ciudad natal la llamada de un “antiguo amigo” que va a morir y quiere verlo. No había vuelto a su país desde que estalló la guerra 25 años atrás dispersando a todos los miembros del grupo universitario al que llamaron “Los bizantinos” por el alto nivel que alcanzaban sus disertaciones. En el intento de reunirlos sabremos qué les sucedió en la diáspora, y qué clase de vida llevan en la actualidad diseminados por distintos países del mundo. Con esa excusa el autor busca una especie de “cumbre” de encuentros que sirvan para que el lector se aproxime y empatice con la diversidad cultural y de sentimientos del grupo protagonista y que al mismo tiempo participe en el debate que el contraste suscita. La sinceridad y el desgarro -que sólo la literatura consigue- logra que nos sumemos a este desnudo anímico.
Aprecio mucho a los escritores que nos sirven de puente, que los construyen para eliminar separaciones, porque como el propio autor nos dice “Sin el conocimiento del otro no puede haber comprensión”, ya que no se trata de ocupar un mismo espacio sin relacionarnos, sino de convivir, intercambiar, y compartir.
Los escritores-puente tienen la ventaja de vivir o de haber habitado en dos o más países distintos, piensan en diferentes idiomas y por tanto conocen en profundidad las culturas y costumbres a ambos lados de la pasarela pudiendo explicar en cada extremo los acontecimientos que ocurren en el otro y por qué. Amin Maalouf, (el prestigioso autor, miembro de la academia de la lengua francesa, que se define a sí mismo como ”Libanés y francófono, greco-católico por parte de madre pero defensor de los valores laicos y democráticos, árabe y europeísta, mediterráneo y ciudadano del mundo…”) entre otros muchos premios como el Goncourt, también recibió el Príncipe de Asturias por acercar a Oriente y Occidente. Su combate personal, dicho por él mismo, es y será por siempre “contra la discriminación, la exclusión, y el oscurantismo”.
En 1975 estalló la guerra del Líbano y él se exilió a Francia junto a su familia.
Esta preciosa novela cargada de aliento poético y sutileza lírica que de entrada nos especifica que se puede ser árabe y cristiano, árabe y católico, árabe y musulmán, árabe y judío, árabe y ateo, árabe y agnóstico… nos sitúa en el mapa, nos muestra la convivencia pacífica que en los años setenta del siglo XX existía en esa perla de oriente que era Beirut (aunque dentro de las páginas el autor no haya querido pronunciar, a propósito, el nombre de la ciudad para obtener así un concepto más universal) cuna de la intelectualidad del mundo árabe cuya riqueza le provenía del intercambio, del “mestizaje” y fusión de las ideas. La hermosa urbe de la montaña blanca convivía con todos los credos al igual que sucedió en nuestro país muchos siglos atrás. Maalouf nos dice que “hemos desaprendido a vivir juntos”, y eleva el canto del cisne por la triste derrota de una cultura, delicada, sensible y brillante. Siente que su mundo se desdibuja y desaparece mientras él continúa vivo, y que asistimos a un conflicto de civilizaciones. Considera que nuestro siglo está teniendo un retroceso ético, y se mantiene firme en la creencia de que para construir hay que hacerlo en primer lugar con la cultura. En cuanto a lo que piensa sobre su también amada Europa es que no se puede comenzar por la unificación de la moneda diciendo que después aunaremos la economía y luego la política, sin tener en cuenta que, hoy por hoy, los países tienen políticas económicas y fiscales diferentes y por ello desiguales.
Contado así podría parecer que estoy hablando de un sesudo estudio sociológico, y aunque la novela lo contiene, la literatura cuando lo es con mayúsculas, como en este caso, se convierte en un altavoz mucho más potente y transformador ya que proporciona la catarsis que el diccionario define como “purificación de las pasiones del ánimo mediante las emociones que provoca la contemplación de una situación trágica”. La enciclopedia también añade que catarsis es “la liberación o eliminación de los recuerdos que alteran la mente o el equilibrio nervioso”. Es indudable que quienes han sufrido una guerra o han tenido que huir de ella necesitan más que nadie el exorcismo, y el lector -que no ha pasado por estos desarraigos y desgracias- tiene la obligación de abrazarlos y acompañarlos por los caminos y recovecos que ha surcado la tinta derramada en las páginas de esta bellísima narración. Es lo mínimo que se nos pide: que escuchemos, que nos acerquemos.
Amin Maalouf se acostumbró a valorar la pluralidad de opiniones y creencias desde la infancia. Estudió economía política y sociología y proviene de una larga tradición familiar periodística, con un abuelo anticlerical, una madre archicatólica y un padre musulmán, pintor y poeta de gran predicamento era lógico que saliese reflexivo, tolerante y con criterio propio. Trabajó como corresponsal de guerra en India, Bangladesh, Etiopía, Somalia, Kenya, Yemen, Argelia… y fue testigo en Vietnam de la batalla de Saigón. Naturalmente todo ese sedimento es el lujo impagable que nutre sus novelas, pero no es sólo un cronista, como ya he dicho cambia perfectamente de registro y de herramienta y domina de forma magistral el arte literario.
“Los desorientados” es quizá la obra a la que entregó más jirones personales, la que -según él mismo compartió en alguna entrevista que le hicieron- se alimentó de sus sueños, fantasmas, remordimientos y recuerdos. Para escribir combina fantasía con historia y filosofía en un ensamblaje vital, sutil, fluido, sensitivo y sensual que los lectores agradecen. Este libro no sólo es un canto a la amistad que nace y se desarrolla en el periodo universitario, etapa en la que se desea transformar y mejorar el mundo, también es una balada triste de nostalgia de quienes tuvieron que irse. La novela nos habla del exilio y de los sentimientos ambivalentes que dicha expatriación genera: de los de quienes se quedan y también de los de quienes se van. Los primeros, a menudo albergan el reproche velado ya que a veces piensan en su interior que quienes se fueron huyeron de las dificultades y volvieron cuando éstas habían concluido, y quienes se marchan sienten a su vez que tienen el legítimo derecho de ponerse a salvo a sí mismos y a los suyos sacándolos del peligro de muerte aunque dejen atrás vida y bienes, y guardan resentimiento y amor al mismo tiempo hacia un país que no supo cuidarlos ni protegerlos para que se quedaran.
Maalouf nos muestra que la guerra es la aberración en sí misma y que dentro de ella hombres y mujeres que en tiempo de paz habrían llevado una vida intachable se corrompen y pervierten. El planteamiento ético está servido, y el debate interno de Adam, el protagonista, es sangrante de tan doloroso. Él no quiere juzgar al amigo que se quedó y que acaba de morir, pero ¿acaso la muerte redime de todo mal?, ¿es perdonable el rastro de injusticia que dejas porque fallezcas?, ¿puedes elegir?
 El dedo señalador sale de las páginas para preguntarnos desde los labios de Tania, la esposa y ahora viuda de Mourad, perteneciente también a aquel grupo universitario “los bizantinos”, ¿qué habrías hecho tú? Personalmente le respondo que en las mismas circunstancias no todos se apuntaron al sol que más calienta y muchos padecieron persecución y muerte por no hacerlo, no siempre se antepone la supervivencia, y tal vez en la contienda sea donde la honradez cobre su máximo valor. ¿Se puede amar sin compartir o aprobar una conducta que te coloca en lados antagónicos? Casi estoy segura de que sí. Por ello Adam, un objetor de conciencia para mí, cuando habla de Mourad se refiere a él con el eufemismo de un “antiguo” amigo, no dice “viejo” amigo, ni “fuimos” amigos, el detalle expresa que mantiene el vínculo de amor aunque le sangre el corazón.

La novela nos habla de las traiciones a los principios, a nosotros mismos, a los demás... Es posible que Tania busque la aprobación del comportamiento de su esposo -para recuperar el buen nombre que de joven tenía- ante los ojos del personaje conciencia representado por Adam. Es probable que se reproche a sí misma en su interior haberse convertido en satélite del astro sin estar de acuerdo con él, y que por ese malestar interno se muestre al mismo tiempo beligerante y a la defensiva. ¿Por qué permaneció con Mourad?, ¿por decisión propia?, ¿por amor?, ¿por comodidad?, ¿tuvo elección? El lector decidirá. Pero lo importante es que  esos planteamientos importaban en un tiempo que quizá se haya diluido y hombres con la altura moral de Amín Maalouf lamentan profundamente la pérdida.
“Los desorientados” explora en los ingredientes de la identidad, haciendo que nos preguntemos, ¿a qué país pertenezco?, ¿al de nacimiento?, ¿al de acogida? ¿Qué seríamos y qué pensaríamos si hubiésemos nacido en otros lugares del mundo? El autor nos cuenta -dentro y fuera de las páginas- que hay naciones que acogen mejor al inmigrante que otras, y también a quienes regresan. Un compañero sociólogo del escritor, le comentó, en cierta ocasión, que el tiempo de las sociedades no es el mismo que el de la vida humana, que las sociedades necesitan más, para que germine, crezca y se desarrolle el cambio, años, siglos quizá. Aunque nosotros deseemos que las transformaciones se produzcan durante nuestro paso por la tierra, y añadió que ese deseo distorsiona la visión objetiva de la historia.
Parece obvia la reflexión, pero a mí me devolvió la esperanza, y me vino a la mente la imagen de esos extraordinarios profesores que cada año cambian de alumnos y los pierden de vista sin saber si sus enseñanzas han arraigado, si su semilla ha germinado. Dichos docentes hacen lo que tienen que hacer en su paso por la existencia para que otros puedan beneficiarse, como quienes luchan contra el calentamiento global, la conservación de las especies, o el amor a sus semejantes sin que les importe ver resultados inmediatos. Y es que es importante explorar en cualquier parcela para averiguar en qué consiste lo correcto y así poder ponerlo en práctica. Tal vez hoy más que nunca, cada uno de nosotros tenga que aplicarlo en su pequeño trocito ya que es notorio que la batalla la ha ganado el dinero que constituye un trofeo en sí mismo y no un trueque. Ha vencido y deslumbrado el brillo de los oropeles, la embriaguez del poder.
“Los desorientados”, además de ser una hermosa partitura en fuga que va añadiendo voces que incrementan la emoción, es también un juego de espejos en los que se reflejan temas candentes como por ejemplo la pareja. Lleva a debate la monogamia y la poligamia para contrastar cuáles serían las sutiles diferencias entre el o la occidental que tiene un o una amante secreta o echa sus canas al aire con consentimiento tácito y aprobación social soterrada pero hipócrita y sin embargo presume en el exterior de monogamia. O la poligamia oriental permitida y a la vista. El lector se pregunta si el reencuentro amoroso entre la independiente Semiramis –miembro del grupo universitario de Los bizantinos- dueña del samaritano hotel en el que se refugia Adam es o no reprobable, o por el contrario si el paréntesis de aquel tiempo les pertenece. Los pasajes entre los dos suscitan mucha reflexión. ¿Qué es lo que desean demostrar Semiramis y Dolores al pedir permiso? ¿Se está analizando la fidelidad? ¿Sabrá si en realidad su pareja vuelve por amor o por el compromiso? ¿Es lícito tener parcelas individuales dentro de la pareja?, ¿Está bien conservar la carpeta de asuntos pendientes con amores del pasado? Imagino que la diferencia radicará en si hay o no peligro de enamoramiento y que la respuesta se hallará en cada caso. Para mí que me relaciono de forma posesiva con marido, hijos, familia, amigos... y que me encelo fácilmente me resultaría difícil recuperar la confianza y tal vez prefiriese no saber, pero cada pareja es un misterio, y por supuesto dueña de sus razones.
En la novela, Semiramis sólo se debe las explicaciones a sí misma porque no tiene compromiso, pero se las da a Dolores, la pareja de Adam. ¿Qué buscan con ese riesgo ambas? ¿Una pidiendo prestado y otra consintiendo? ¿respetar parcelas?, ¿poner a prueba? Se supone que el encuentro amoroso entre Semiramis y Adam es algo que debieron realizar en su juventud y no se atrevieron, y que tan sólo durará esos días, como así sucede dentro de las páginas, pero ¿y fuera de ellas?, ¿qué ocurriría? Supongo que entre hipótesis y realidad cabrán muchas respuestas.
Seguimos con el mismo juego de espejos y el autor nos va presentando sucesivamente a los demás amigos, en este caso a dos que se asociaron, arquitectos que consiguieron enorme fortuna al construir importantes edificios. En esta ocasión el escritor nos hará reflexionar sobre la utilidad de la riqueza ya que uno de ellos se pregunta para qué sirven y a quiénes sirven los edificios que construye, (de nuevo surge el debate ético que nos hace pensar que el arte ha de tener la función que el artista desea darle y constituir además un bien social). También contemplamos a ambas parejas, la mujer de uno es avarienta y envidia la vida del otro socio aunque repartan a partes iguales, quizá el autor quiera decirnos que las bajas pasiones se dan en cualquier ámbito y que no dependen del tamaño del patrimonio adquirido, finalmente uno de ellos elegirá el retiro en un convento, la decisión sirve al mismo tiempo para mostrar distintas opciones de vida y espiritualidad. Nada está escrito al azar, (ni siquiera que Adam en París esté escribiendo desde hace años la biografía de Atila). La escena en la que el amigo que opta por disfrutar de su capital degusta junto a Adam unos frutos que sólo aparecen en una temporada y lugar concretos, es preciosa, el amigo que pone a su disposición el avión privado, que podría proporcionarle cualquier capricho es feliz junto a él compartiendo el único antojo: paladear esa deliciosa fruta en su compañía.
Entre todos esos colegas de antaño veremos a un fundamentalista, la grandeza consiste en que Adam no lo vetará ya que confía en que la palabra y la capacidad de escuchar, debatir y rebatir es la posesión más valiosa. Otro trabaja en la Nasa o en el Pentágono, (disculpad la imprecisión, hablo de memoria) acudirá al encuentro teniendo que mentir en su empresa, detalle importante que también dará que pensar al lector. El siguiente vendrá desde Brasil... Aquellos muchachos que en los años setenta leyeron los mismos libros que todos los jóvenes devoraban al mismo tiempo en cualquier parte del mundo regresarán al núcleo del sol naciente como rayos luminoos.
El sorprendente final abierto de la novela es un aviso de que todo está en suspensión, un anuncio del peligro que la incomunicación y el egoísmo conllevan, pero también contiene la esperanza que siempre encierra la frase no escrita que el lector deduce “Tenemos que hablar”, ese es el mensaje enviado a los cuatro vientos: "Hemos de juntarnos y hablar", el precio de este primer intento resulta muy caro, pero por ello mismo hay que seguir insistiendo. 
Aquellos muchachos que hoy rondan los sesenta años siguen deseando realizar la cumbre mundial que paralice el doloroso desencuentro entre Levante y Poniente, y eso es lo que verdaderamente importa.
Esta vez no voy a pedir perdón por haberme extendido, la novela, que también es larga, requería mi modesto análisis. En Oriente siempre hubo menos prisa.
Por poner alguna pega, y lo cierto es que he de rebuscarla, diré que habría agradecido como lectora más pinceladas descriptivas sobre el físico de los personajes, y algunas sobre los espacios, pero de sobra sé que el escritor quería recalcar que la acción se produce en el interior de todos los personajes y por ello forzó la desnudez y despojó de distracciones. La novela está resuelta en espacios íntimos, distancias cortas y con diálogos a dúo. Un acierto enorme es el de utilizar el lenguaje escrito en forma epistolar o de diario para reflejar la intimidad del conductor, Adam habla en primera persona, pero al salirnos de la cursiva encontramos al narrador omnisciente en tercera para completar, de ese modo consigue el enfoque subjetivo y también el objetivo, la construcción es sencilla pero eficaz..
Terminaré con los extraordinarios titulares que como buen periodista el autor sabe subrayar:
“Nacer es venir al mundo y no en tal o cual país, ni en tal o cual casa”.
“Nací en un planeta no en un país”.
“Me prometía en mi fuero interno con una pizca de orgullo que no regresaría a vivir a mi país hasta que fuera otra vez el que yo había conocido. Sabía que era imposible, pero aquella exigencia no era negociable y sigue sin serlo”.
“Es mi forma de ser fiel y nunca he tenido otra”.
“Todo hombre tiene derecho a irse, es su país quien tiene que convencerlo para que se quede”.
“Las religiones ya no son religiones sino facciones, partidos, milicias”.
“Es fácil reponerse de la desaparición del pasado, de lo que no puede uno reponerse es de la desaparición del porvenir”.
“Las leyes de la sociedad no son las de la gravedad, con frecuencia te caes hacia arriba y no hacia abajo”.
Ha sido una experiencia conmovedora, confieso que he llorado en muchos tramos, que siento un gran cariño por el corazón elegante de este escritor que aún nota malas caras cuando le escuchan hablar en árabe, este autor que comenzó su discurso de agradecimiento por el Premio Príncipe de Asturias pidiendo disculpas por no hablar nuestro idioma, recalcando que lo entendía en gran parte pero que no lo hablaba, ¡un francés con esa deferencia hacia nosotros!, no sé si soy injusta al decir con ironía que no es habitual.
Regalaré el libro a mis hijas, a mi hermano, a mis personas queridas...
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"El hombre inquieto", de HENNING MANKELL

He caminado por las páginas sobrecogida. Henning Mankell murió en octubre de 2015 a los 66 años. Fue en enero de 2013 cuando tras un accidente de coche descubrió que su dolor cervical no era debido a tortícolis o contractura sino que provenía de un tumor cuyo foco se encontraba en el pulmón y que la enfermedad estaba extendida. En el 2014 decidió compartir con su público lector la lucha y la zozobra ante la inminente despedida.
Su novela “El hombre inquieto” fue publicada en 2009, pero no es la única vez que veo premoniciones en otros autores, en la primera obra de Delibes “La sombra del ciprés es alargada”, aparecía en el personaje de ficción gran parte de la historia clínica futura del propio autor y también de la emocional. Creo que hay algo automático en nuestra memoria que nos hace ir sin recordarlo a donde nos hemos dejado olvidadas las llaves o ese objeto que creíamos extraviado, una especie de inventario en el que una parcela de nosotros mismos anota todo lo que nos ocurre por fuera y por dentro mientras a la vez realizamos otras tareas o vivimos diversas experiencias. Recibimos todo lo que acontece y en algún lugar de nuestro ser se almacena. En realidad estamos interconectados, nos alumbra el mismo sol y nos velan las mismas estrellas, repercutimos en los demás y los demás nos repercuten. De modo que sabemos sin saber. ¿Dicho conocimiento corresponde al instinto?, ¿a lo escrito en el ADN?, ¿a la zona ancestral…? Pues no lo sé, pero lo que sí sé es que nuestra sangre es la tinta, y que tiene ojos y oídos, y que escribe claro y bien antes de que el tintero definitivamente se derrame. Los pájaros saben hacia donde van sin tener que decidirlo, nosotros también.
Kurt Wallander, el alter ego de Mankell, sí sabía y por ello se despidió marchándose al país del olvido al que con tanto acierto bautizó el doctor Alois Alzheimer, se escapó por esa escalera de incendios -de la que hablaba Manuel Rivas- que es la locura, una nueva y prematura a la que a veces llaman demencia senil. Y noté al recorrer cada renglón que este intuitivo policía en el fondo estaba al tanto de lo que le ocurría a su creador, por ello me conmovió el trasvase de los sentimientos, de la preocupación real pero inconsciente que el autor traslada al personaje de Baiba, la amiga que se acerca para despedirse de Kurt Wallander, el gran amor apasionado pero inconcluso del policía, la mujer que renunció a casarse con él. Que ella se salga de la carretera a propósito o no es una incógnita, pero lo que no es un enigma es que a menudo entre las líneas se leen con nitidez los verdaderos impulsos de los escritores, las secretas y difíciles preguntas que a veces se hacen, los íntimos deseos que se les escapan, sin querer o queriendo, en mensajes cifrados y dirigidos a lectores concretos y próximos desde las zonas más recónditas de su psique o de su alma. Y un enfermo terminal perfectamente se podría plantear en hipótesis arrebatos que luego no realizaría por las consecuencias que les podrían acarrear a los seres queridos, son sombras que les pueblan la cabeza de forma momentánea y que la avariciosa musa de la literatura atrapa como si le perteneciesen para proclamarlas con su habitual indiscreción, espesas nubes que después se despejan porque finalmente triunfa el poderoso deseo que el aquejado tiene de permanecer entre los suyos, de estar con ellos hasta el último suspiro si la medicina le garantiza que paliará su dolor y que no será una carga para nadie, y creo con certeza haber visto en esa transparencia, voluntaria o involuntaria, a Henning Mankell, al igual que en otras ocasiones de menor relevancia pero que también dibujan los rasgos anímicos de este escritor, como cuando Kurt Wallander, sin ir más lejos, tiene un sueño erótico con una mujer negra, se trata quizá de una pequeña pincelada, aparentemente inconexa, que se cuela desde el exterior de la narración y que en mi opinión –por supuesto subjetiva- el autor le prestó a Kurt. Mi explicación es que Mankell pasaba medio año en Mozambique potenciando como dramaturgo el Teatro de Maputo y otro medio en Suecia, así que experimentar durante el sueño deseo por alguna hermosa mozambiqueña no resulta extraño. Pero estas “grandes pequeñeces” pertenecen a la subtrama, a los trazos del carácter del protagonista, que en este caso desvelan más que la propia trama sobre los rasgos y el temperamento de este autor que consigue como Velázquez crear la atmósfera, el clima y el aire perfectos por los que el lector penetra y respira para quedar envuelto alcanzando así un nivel de empatía con el protagonista que le convierte en él. Crear la atmósfera no es lo mismo que ambientar, es entregar el soplo de vida a ese nuevo mundo que antes no existía y que el autor levanta. Y conseguir que un personaje evolucione en el tiempo, hacer que pasen los años por él requiere enorme maestría y la serie Wallander, si mal no recuerdo, tiene doce entregas.

H. Mankell era un hombre comprometido que en diversas ocasiones participó en escuadrillas que quisieron romper el bloqueo al pueblo palestino... Pronunció frases como “Escribir es iluminar con una linterna los rincones de penumbra”, o “La historia no es sólo lo que queda a nuestra espalda, también nos acompaña”, “Si algo he aprendido es que uno nunca debe creer que sabe mucho sobre los pensamientos e ideas de los demás”. Mankell pensaba que el escritor tenía la obligación de mirar a su alrededor para ser la voz de quienes no la tienen. Y como buen creador de novela negra cumplió con la característica propia del género: tirar de la manta para que aparezca lo que las sociedades esconden. Desgraciadamente le tocó nuestro tiempo tan enrevesado y difícil de entender. El autor diferenciaba entre los narradores que escriben para escarbar y sacar a la luz y los que lo hacen para ocultar, él pertenecía a los primeros. En la página 205 Kurt Wallander dice: “A mí me asusta la oscuridad de un denso bosque, este paisaje abierto impide esconderse y eso está bien”.
Así que estoy segura de que “El hombre inquieto” a su modo fue un balance personal y literario, una despedida de la ficción, dado que después escribió “Arenas movedizas” y en dicho libro biográfico plasmó esa etapa de la enfermedad y del debate y reconciliación consigo mismo dando por bueno todo lo vivido.
No había leído ningún libro de la serie Wallander, pero me alegro de haber comenzado por el último, sólo la literatura te proporciona esa maravillosa perspectiva, puesto que no vivimos hacia atrás ella le enmienda la plana a la historia y nos permite el flashback montándonos en su precisa máquina del tiempo para poder viajar en pretérito.


“El hombre inquieto” reúne en sí misma varios géneros, aunque me gusta poco clasificar, la colocación se la dejo a los estantes de las tiendas de libros o a los de las Bibliotecas públicas porque agrupar en ese orden orienta al lector, pero sólo distingo entre literatura y lo que no lo es, y esta novela es purísima y está llena de un lirismo que como decía cala hondo en nuestro tiempo. Dejémoslo entonces en que contiene espionaje, se la puede considerar además policíaca, thriller político, documento histórico, reflexión filosófica, balance personal… y Mankell conjuga todas las claves, todos los registros consiguiendo la unidad a través de la mirada y el pensamiento íntimos de un Hombre, no de un héroe ni tampoco de un antihéroe, sino de un policía que se sale del estereotipo. Por ello es más importante, para mí, lo que la narración rezuma que la propia trama en sí aunque también hablaré de ella.
La novela no da gritos, no echa broncas, no saca el dedo para señalar, tampoco zarandea al lector para que despierte, pero en ese tono suave de sordina no deja nada por decir, y que Kurt Wallander prefiera la solidaridad a la ideología, se fije en la política que hacen los políticos y no en los políticos en sí (es una llamada de atención que el escritor dejó caer tímidamente y con respeto porque no se sentía quién para decirle al lector lo que tiene que pensar o hacer. Recogemos la delicada sugerencia). Me gusta que cuando Kurt piensa que el mundo es una porquería se le desborde el wc, o se atasquen los contenedores de basura, porque no son imágenes puestas en las páginas por azar, como tampoco lo son el espejo resquebrajado por una grieta cuando él se encuentra dividido, ni el olvido freudiano de la pistola en el bar ni la posterior rotura de la muñeca, se trata de alguien que no quiere disparar, broche que se cierra con el recuerdo de cuando, años atrás, tuvo que hacerlo, dichas imágenes contienen varias lecturas y son profundamente bellas, como la de estar sentado en un banco del parque junto a otro hombre y reconocer con naturalidad y sin aspavientos que años atrás le había metido en prisión, o llevar en autostop, sin saberlo, a una parricida de aspecto dulce e inofensivo, o ser atacado a la salida del teatro y que a una señora de enorme fundamentalismo ecológico le importe más el tiempo en el que el protagonista ha tenido los faros y el motor encendidos que si se encuentra bien, ya que está sangrando por la nuca (de nuevo una escalofriante mención premonitoria al accidente de automóvil que el autor tendría y al dolor cervical que encubría un mal latente y de mayor envergadura). El inspector piensa que el delito es el miedo y nos invita a abrir un debate sobre a quienes favorece que se instale el temor en nuestras existencias. Y no olvida recalcar que hace su trabajo por sentido del deber, no porque crea en las resoluciones de los juzgados y por tanto en el sistema judicial que a menudo desbarata su trabajo. También en este punto podemos preguntarnos qué es el sentido del deber. Resulta obvio que el ex presidiario que está sentado en el banco, y la chica que coge en autostop son toques inquietantes que subrayan que no hay pericia ni experiencia suficientes para conocer, comprender y saber quiénes somos y lo que llevamos dentro. Como es natural en el retrato sociológico aparecen al paso los prejuicios xenófobos contra inmigrantes y refugiados mientras el lector se entretiene en no perder el hilo de la trama dejando que el subliminal penetre en su interior. Kurt Wallander es un policía intuitivo en apariencia que resuelve a veces por golpes de sangre, creo que aún no se han desgranado los componentes de lo que llamamos de manera abstracta intuición y retomo con lo que en renglones anteriores ya he dicho, conocemos muchos datos sin saber por qué, al radar nos llega todo, y es más que probable que la intuición sea un archivo fidedigno y eficaz que guarda su propio orden y sus propias normas. Aunque pensemos que estamos solos o aislados en la protección de nuestros hogares, en nuestras pequeñas vidas acotadas en otras casas, oficinas, pueblos y ciudades, ocurren hechos y acontecimientos que se interrelacionan y nos afectan y dibujan todo el panorama mundial que nos explicaría con nitidez las respuestas si supiéramos leerlas, creo que era lo que Mankell intentaba a través de Kurt Wllander: dar respuestas mundiales desde su pequeño pueblo sueco, y por ello me parece más honrado que observemos al protagonista con todos los ingredientes de su día a día y no sólo parcelado en su trabajo. En la vida vamos a cualquier parte con todo junto: nuestros pensamientos, la carga de las preocupaciones, las alegrías, los sinsabores, el pasado… sin que ello nos impida trabajar o resolver las tareas cotidianas con eficacia, y ese es otro de los logros de esta gran novela sin compartimentos estanco: que el protagonista transite por las páginas en paralelo con todo el equipaje que configura a este gran ser humano sencillo y con “defectos” que arrastra y acarrea situaciones sin arreglo, como la de su ex-mujer, Mona, que padece un serio problema de alcoholismo del que Wallander no se puede zafar cuando ella necesita ayuda porque es la madre de su hija, tema que también abre una deliberación sobre cómo gestionar adecuadamente los irrompibles vínculos de los padres divorciados. Me conmovió la relación entre padre e hija, Linda. Kurt se muestra ante ella sin encubrimientos, con toda la humildad de quien ha sido cogido en falta al dejarse el arma en un restaurante. Nos encontramos ante dos colegas de profesión que sin aparcar los roles filiales consiguen lazos sinceros en los que se distinguen bien las finas e invisibles líneas del respeto que no traspasan, y que dejan ver claro cuando se incordian mutuamente y cuando se necesitan. Conmueve la sensación que Kurt tiene de no conocer a su hija una vez que lleva vida independiente, y de nuevo propone un análisis sobre cómo es y cómo debería ser el vínculo con los hijos cuando éstos ya no viven contigo.
Hay en “El hombre inquieto” pequeños detalles que muestran la diferencia entre ser o no ser un escritor grande, como por ejemplo cuando K. Wallander se da cuenta de que Linda sabe de memoria el teléfono de sus suegros, y el lector ve en la lacerante observación cada uno de los sentimientos encontrados de celos, de exclusión, inferioridad o desventaja, de usurpación y de culpa que sin embargo no ponen en cuestión el enorme grado de intimidad y de amor que padre e hija se profesan hasta en los enfados. Al mismo tiempo vemos como la relación de Kurt con su hermana es distante y como ambos hijos ven distinta la convivencia que mantuvieron con su progenitor porque conservan recuerdos diferentes de las mismas situaciones. El protagonista es justo con todos y cada uno de los personajes, ya que admite de su padre la crítica generacional a los que como Kurt hoy tienen sesenta años, por la falta de interés político y social, la escena es un recuerdo, en ella el padre –artista que siempre repetía la misma obra, de nuevo el dato nos ofrece varias interpretaciones- le lanza un pincel a la cabeza para recriminarle que no haya votado. Wallander descubre tardíamente que su hija sin embargo sí muestra interés por la política y eso supone una nueva esperanza generacional.
En términos artísticos la novela es hermosa por detalles como el de que al rememorar en su oficina la conversación mantenida con Linda sobre Alemania Oriental y los viajes de Louise, su suegra, a Berlín, escuchemos a lo lejos cómo se abre una puerta para después cerrarse, el símbolo sonoro es significativo. O cuando investiga con parsimonia y minuciosidad en el despacho de su consuegro y comprendemos cómo las cosas hablan de nosotros, nos describen, nos delatan… Los barcos dentro de las botellas, el tren en funcionamiento en el interior de un acuario… no creo que se pueda expresar mejor la idea claustrofóbica del mundo con submundos que se creen libres estando presos dentro de otros. Los comienzos de los capítulos, tan informadores en metáfora del contenido posterior… En fin, esos pequeños toques de brillo me parecieron una preciosidad, al final la belleza profunda, no sólo la estética, la componen los pequeños toques llenos de sentido.
Resulta muy interesante que el autor eligiese un caso a investigar que al protagonista le toca tan de cerca: la desaparición de sus consuegros, porque todo lo que ocurre a nuestro alrededor nos toca aunque creamos que no va con nosotros, o no nos incumbe, y por ello es bueno que nos coloquen en la tesitura de pensar y preguntarnos ¿y si me ocurriese a mí o afectase a los míos?, y debido a esa toma de postura llegamos en esta ocasión -como en tantas otras en literatura- a entender que los personajes de la novela no son en sí mismos los protagonistas sino el vehículo, el recipiente que transporta las ideas que el escritor quiso transmitir, por tanto y desde lo local, Ystad, una pequeña población de Suecia, la novela irradia hacia el Este y también hacia el Oeste, el investigador tendrá que remontarse a los años de la guerra fría, pero antes el lector ha recibido una perspectiva histórica en un magnífico prólogo que se hará más comprensible en páginas posteriores al personificarse en el matrimonio Van Enke.
Todos los países tienen un dolor, una herida incurable que marca un antes y un después, que tambalea la confianza de sus habitantes, en Suecia fue el asesinato de Olof Palme. Personalmente mientras leía me daba igual si había pistas falsas para intrigar y hacer que el lector especulase, que los cabos estuvieran mejor o peor atados, me parecía secundario aunque imprescindible el hallazgo del aparato del submarino ruso encontrado, si la piedra americana simbolizaba la piedra de toque, si los zapatos y los calcetines de la esposa de Van Enke que aparecieron al lado del cadáver tenían una interpretación espiritual, litúrgica, o ninguna, el extraño bosque en el que fue encontrada… sin embargo lo que si me asustaba era la extremista manera de pensar de aquellos militares y poderes fácticos armados hasta los dientes que tenían en sus manos tantísimo poder, y me sobrevino una imagen del mundo en 3D como las de esas estadísticas que reflejan en forma de rascacielos que suben o bajan los contenidos de lo que informan, y de pronto vi en dicha imagen a Chile elevándose, destacándose en el tiempo de Salvador Allende con un modo de pensar y de hacer distintos, y súbitamente atisbé a esos seres invisibles que son quienes en realidad mueven los hilos del globo terráqueo diciendo: “Quita, quita, a ver si el ejemplo va a cundir y nos fastidian el tinglado” y comprendí que no les resultase difícil buscar coartadas en el tablero mientras creaban falsos enemigos locales, propiciaban enfrentamientos entre potencias… y disponían de sicarios individuales a quienes echarles la culpa, y perdimos a Allende. Lo mismo debió ocurrir con Suecia, todos mirábamos con esperanza hacia aquel nuevo modelo que funcionaba, y el señor Palme se convirtió en un estorbo. Y el último ejemplo ha sido Grecia, así que mientras no cundan los nuevos patrones y nos mantengamos entretenidos en nuestros pequeños reinos de taifas sin que el rascacielos chivato de que un nuevo orden prospera crezca, nos dejarán en paz en nuestro pequeño cubículo, y como dice mi hija, “casi mejor que no tengamos petróleo ni nada que les interese para que al menos dentro de nuestra pequeña parcela podamos sentir algunos soplos de libertad”.
Ya sé que estoy cayendo en la teoría fácil de la conspiración, pero a veces lo más sencillo es lo que somos incapaces de ver aunque lo tengamos delante de las narices. A lo mejor hay que girar el foco hacia los crueles abusones, minoría oculta y sin rostro que acapara riquezas y se divierte a costa de la pobreza de medio mundo mientras azuza cada hormiguero para que nos sacudamos entre nosotros. Llevamos demasiado tiempo haciendo el imbécil.
Me gustaría que este torpe in memoriam a Hening Mankell reconfortase a los suyos si es que he sido capaz de acercarme aunque sólo sea un poco a sus valientes y admirables intenciones.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

SHOW ME A HERO, serie de TV

En la ciudad de Yonkers (Nueva York) Nick Wasicko (Oscar Isaacs) el alcalde demócrata más joven de los Estados Unidos (27 años) recibe una orden judicial que le obliga a permitir que se construyan –repartidas- en barrios habitados por blancos doscientas viviendas sociales para familias con pocos recursos provenientes del “conflictivo” distrito de Schlobohm. Con dicha resolución se busca como objetivo integrar y eliminar así los guetos y focos marginales pero la ciudad no recibe bien el proyecto.
El título Show me a hero surge de una frase de Francis Scott Fitzgerald: “Muestrame un héroe y escribiré una tragedia.” La serie se inspiró en el libro de la ex periodista de The New York Times Lisa Belkin, y su artífice fue David Simon el creador de The corner, The wire, Generation Kill, Treme… La adaptación del guión corrió a cargo de David Simon, Lisa Belkin y William F. Zorzi. La fotografía es de Andrij Parekh y la música de Bruce Springsteen. Los seis capítulos están basados en hechos reales que sucedieron entre 1989 y 1995.
Antes de comentarlos pondré mis cartas boca arriba: la calidad de las series de las que hablo en este blog es indiscutible y partiendo de esa base, es decir, de que Show me a hero es una obra magnífica, usaré las palabras que una vez le escuché a Rosa Montero y que ya he dicho con anterioridad en alguna ocasión en este mismo espacio: “La literatura es el arte de lo ambiguo y el periodismo el de lo concreto” no sé si es suya la frase o ella misma a su vez parafraseaba a alguien. Lo cierto es que salvo la propia Rosa Montero, Gabriel García Márquez… y pocos más, no conozco a muchos autores que sean capaces de reunir ambos registros. Los dos talentos son más que loables, y probablemente el periodístico consiga mayor capacidad de llegada y por tanto mejor eficacia en la toma de conciencia con los problemas sociales, pero en mi opinión se remite a los hechos y la mirada es externa, y yo como espectadora tengo mis preferencias (no es necesario aclarar que hago el traslado de la escritura literaria a la escritura cinematográfica, la herramienta en este caso es lo de menos ya que hablamos de la creatividad o de la falta de ella) y con todos los trabajos del cineasta David Simon que he contemplado hasta ahora siempre he tenido la misma sensación: reportaje periodístico, documental dramatizado por extraordinarios actores. En sus entregas me falta el aliento poético que no es un adorno superfluo e innecesario que se superpone como un celofán con lazo encima de la trama y tan sólo embellece, sino una fina sensibilidad que no todo el que se coloca detrás de una cámara o pone sus dedos sobre un teclado o empuña un micrófono posee, me refiero a la sensibilidad que permite bucear, explorar a mayor profundidad y por tanto taladra el alma y penetra entre sus pliegues para llegar más lejos. Por ello y con todo el dolor de mi corazón digo que el tan aclamado David Simon, en mi opinión –subjetiva por supuesto- no es un artista. Que al gran público eso le da igual, vale. Pero Jordi Ébole que es un sagaz e inteligentísimo periodista que logra que se le abran en canal los entrevistados aún a riesgo de perjudicarse a sí mismos sin embargo no tiene por qué ser un escritor literario ni cinematográfico por muy bien entramados y filmados que estén sus reportajes, al igual que un cineasta no tiene por qué ser un buen cronista, y la huella que ambos dejen tampoco tiene por qué ser la misma. Deseo que se entienda que no pretendo comparar, ni dar o restar importancia a una u otra disciplina, sólo estoy diferenciándolas.
Añadir leyenda
Una vez aclarado que a mi juicio Show me a hero es un buen documental sin más, perfecta y minuciosamente ambientado, hablaré de los grandes logros que le encuentro y también de lo que no me gusta de esta fábula, y utilizo bien el término y su significado a pesar de que no esté protagonizada por animales –aunque si así hubiera sido sin duda habría resultado menos cruel- y reitero que defino como fábula a esta serie porque como tal tiene sus moralejas que son diáfanas y contundentes y porque las fábulas son de corta duración y en este caso estamos ante una miniserie.
Paul Haggis (el autor de Crash, esa hermosa y honda parábola) dirigió los seis capítulos, pero en esta ocasión queda claro que se puso a las órdenes porque dichas entregas son puro y duro David Simon de principio a fin: evidentes, con sus titulares bien subrayados, didácticas y sin sutilezas y me atrevo a decir que previsibles aunque se agradece que lo sean ya que al estar basadas en hechos reales lo que importa no es el cómo sino el por qué. Pero del estilo de Haggis no hay ni rastro y es una pena.
En la serie que nos ocupa queda bien recalcado que querer ser alcalde a toda costa, y conseguirlo de carambola sin saber en qué consiste el oficio ni a qué compromete, trae consecuencias, trágicas en este caso. Si tienes la necesidad de complacer para mantener el puesto, para seguir en la cresta de la ola, es fácil que el entendimiento se te enturbie y olvides que siempre hay que hacer lo correcto, de esa clase de valor debería ir el tema de dirigir nada menos que una alcaldía. También es duro y desmoralizador que las personas a las que has ayudado ni siquiera te conozcan. El escupitajo que recibe Wasicsko y los portazos resultan difíciles de mirar aunque comprendas que son el resultado lógico. “¿Y a usted, le ha merecido la pena?” le devuelve la pregunta Norma O’Neal (Latanya Richardson) cuando finalmente Nick Wasicsko decide hacer el puerta a puerta para ver si los nuevos vecinos están contentos con sus casas recién estrenadas.
En Show me a hero queda extraordinariamente bien explicado que es instintivo que no quieras juntarte con quien te desprecia, y también se comprende que te asuste lo desconocido sobre todo si la mala fama lo precede y que no desees que esté cerca de tu casa, aunque de sobra sepas en tu interior que con esa actitud contribuyes a que paguen justos por pecadores, y que nadie te garantiza que tú vayas a ser siempre el justo y que nunca te vas a convertir en pecador. Para salir del bucle tan sólo hace falta que alguien decida darse a conocer y salude y estire la mano para que sea estrechada dejando atrás el prurito de a quién le correspondería hacerlo en primer lugar, o que un niño se agache para acariciar a los caniches de la señora altiva que pasa a diario por delante de su casa sin dirigirle la palabra ni a él ni a su familia y que el repetido gesto de inocencia y de ternura del pequeño rompa un día en mil pedazos la placa de hielo prejuicioso que les separaba… y por fin que una vez transcurrido el tiempo dos amigas, una blanca y otra negra, tomen café en el porche en un día soleado y a la vista de todos para que la imagen se vuelva cotidiana y se normalice, pero sobre todo lo que está magníficamente explicado es que los ciudadanos pueden pasar de sus políticos y seguir con su lucha cuando éstos les dan la espalda, tergiversan, manipulan y utilizan cualquier causa como excusa para seguir encumbrándose por ese placer que sólo el poder otorga y que crea una rápida y dañina adicción. Y es que cuando las personas se tratan y conviven terminan entendiéndose y aunque sea una verdad de Perogrullo es necesario que nos la recuerden, pero para que eso suceda sí es cierto que se necesita que haya personas puente que pongan los puntos sobre las íes entre ambas partes, la figura del mediador es importante.
David Simon
Ahora bien, con Simon, aunque cuenta de maravilla todas estas reivindicaciones, siempre tengo la impresión de que de modo inconsciente, sin darse cuenta, presenta a los blancos de clase media como la forma ordenada, limpia y correcta de vivir y que el acercamiento ha de ser de los negros: el asesor vecinal, el hombre puente y mediador del que hablaba en renglones anteriores Robert Mayhawk (Clarke Peters) se gana la confianza de Mary Dorman (Katherine Keener) al aparecer ante ella con traje y corbata, pero sobre todo cuando recoge con cuidado de la mesa y de forma automática las migas del bizcocho que Mary le ha servido mientras siguen conversando, el detalle indica que es un hombre educado y que al igual que ella proviene de un hogar limpio y tiene buenos hábitos. Sé que simplifico en exceso y que lo que está en cuestión en esta serie no es el racismo sino el pequeño clasismo de la pequeña clase media, y que Simon se limita a retratarlo, pero él fue periodista y sigue ejerciendo y los periodistas van, dan la noticia y se desentienden de ella para de inmediato ir en busca de otra, esa distancia forma parte del oficio, y es de agradecer el testimonio, sea más frío o más cálido, pero él también –a mi parecer- les mira a distancia ya que quien asusta a la clase media o acomodada es la gente pobre, que en Estados Unidos casualmente es negra y ha estado apartada y sin mezclarse por aquello de “juntos pero no revueltos.” Sé que el discurso de David Simon resulta incómodo, que mete el dedo en la llaga y da vueltas en ella para que sangre y lo veamos, pero aun entendiendo y compartiendo su admirable y legítima intención me molesta que resalte tanto que viven en la calle como en un vertedero sentados en viejos sofás abandonados, o trasladando sus sucios colchones a sus pisos de paredes cochambrosas en el barrio de Schlobohm, que a la mínima te hacen una peineta, que el machismo impera y que las mujeres jóvenes lo extienden… Por supuesto que será verdad pero para mí hay demasiado entretenimiento y regodeo humillante y aleccionador en esas imágenes, en esa mirada y desde la distancia a la que Simon se coloca y que parece exclamar: ¡Mira como vivís!, ¡si da miedo acercarse a vosotros!, ¡normal que nadie quiera entrar aquí! Y diréis, no llevas razón porque Simon no generaliza ya que personas como Norma O’Neal (Latanya Richardson) es digna e intachable al igual que su hijo, y Carmen Febles (Ilfenesh Hadera) la dominicana que expresa que es más duro ser pobre en Norte América que en su país, tiene un comportamiento impecable… pero insisto en que siempre aprueban si se acercan o se aproximan a lo que entendemos por la única forma suprema y correcta de vivir y si no lo hacen suspenden.
En fin, es posible que me esté contradiciendo y que David Simon se limite a decir como Serrat que “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.”  Pero creo que en la lucha por la igualdad y la justicia aún nos quedan muchos caminos interiores que debemos desbrozar, ramalazos de sentimientos de superioridad de lo más idiota que se nos escapan por poros inesperados. Hemos de mirarnos más de cerca y a la altura de los ojos y entender que en el intercambio damos y recibimos, porque todavía hay mucha gente que hace caridad para sobresalir y si te subes a más peldaños para relacionarte con los demás te van a doler las cervicales cuando te agaches. Caer en la pobreza es más fácil de lo que parece, y desarrollarte si tienes las oportunidades también.
En cualquier caso a David Simon hay mucho que agradecerle, aunque a mí no me llegue al corazón tanto como otros de sus coetáneos, poco a poco como nuestro Galdós está escribiendo sus episodios nacionales, el desamparo tras el huracán Katrina en Treme, el de los abandonados a su suerte en The Wire… y sus retratos sociales son hiperrealistas pero sobre todo muy necesarios.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

AMERICAN CRIME, serie de TV

“¡¡¿Qué estamos haciendo?!!” Ese es el grito que con tanta potencia profiere John Ridley a la sociedad en la que vive y que nos golpea de igual modo también en la nuestra. Un cineasta enorme que acabo de descubrir y que me mantiene aún boquiabierta tras haber contemplado la primera temporada de American Crime (se puede ver con independencia ya que desenlaza y cierra) y parte de la segunda que elige otros aspectos del mismo cuerpo social para aplicar el minucioso escáner, además de la resonancia magnética que se detiene -con sonidos de lamento y de quejido- en cada uno de los ocultos y profundos nódulos que contienen el dolor y los males, individuales y colectivos, que nos aquejan. Tal vez con el pormenorizado diagnóstico de este autor consigamos poner remedio.
John Ridley no sólo escribe y hace cine con maestría, también crea literatura, y en esta ocasión justo es decir que el guión lo realizaron junto a él David Pérez y Julie Hébert. La música está a cargo de Mark Isham y la fotografía la dirige Ramsey Nickell.
Dicen que el pesimismo siempre es reaccionario porque tira la toalla y no cree en que las malas situaciones puedan mejorar. Sin embargo cuando alguien como John Ridley se empeña en mostrar historias tan tristes y nos espolea con tanta fuerza es porque tiene fe en que si tomamos conciencia podremos transformarnos y por tanto transformar.
La serie redefine el racismo, el de aquí y ahora, y por supuesto deja claro que lo hay de ida y vuelta, el repaso es para todos, también para quienes se escudan en la discriminación sin que ésta se haya producido. Especifica y detalla la xenofobia. Desmenuza los ingredientes del clasismo actual y también muestra a quienes se desclasan en pro de una cultura más avanzada en apariencia despreciándose a sí mismos por su origen con tal de sentirse integrados en el país de “acogida”. Y es que no basta con los hechos, es importante conocer qué los motiva y Ridley nos enseña las verdaderas razones llegando con eficacia a zonas inexploradas. Sólo haciendo ese ejercicio podremos crecer y avanzar. Pero sobre todo tira de la manta del sistema legal, y lo hace para que conozcamos que existe la discriminación económica encubierta en una nación que encumbra el dinero vendiendo con hipocresía la falsa idea de que lo que se valora en las personas son sus méritos, o al menos –deseo dar un margen- digamos que dicho aprecio no se aplica en todos los casos por igual, si partimos de la base de que ellos mismos admiten que hay universidades mejores y que sólo se accede a ellas con poder adquisitivo pues ya está marcada la diferencia. Tampoco nosotros nos libramos de elitismos soterrados, dicho sea de paso.

La serie televisiva nos muestra un claro ejemplo: Todos los ciudadanos tienen derecho a ser defendidos, a tener un buen abogado que no esté saturado de casos y que pueda dedicarse en cuerpo y alma a la causa de su cliente. Vemos un padre que para demostrar la inocencia de su hijo tiene que vender y perder su pequeño taller de coches, única fuente de ingresos para la familia, y tirar por la borda el esfuerzo y el sueño de toda su vida. Benito Martínez hace un trabajo extraordinario y profundamente conmovedor en el papel de Alonzo Gutierrez junto a Johnny Ortiz (Tony Gutierrez) y Gleendylis Inoa (Jennifer Gutierrez) que interpretan a los hijos de Alonzo en actuaciones más que sobresalientes. Nos encontramos frente a una buena cantera de jóvenes actores.
En cuanto a los muchos temas que trata American Crime y que giran y resbalan formando bucle dentro del gran embudo para desembocar en el vértice principal que saca a la palestra todos los estamentos de la sociedad norteamericana -tras haberla estudiado en cada una de sus aristas- la familia ocupa el primer lugar. Entornos familiares muy distintos que forzosamente quedan relacionados a causa del crimen y de los sospechosos.
El debate que suscita el cineasta no tiene desperdicio, los hijos increpan a los padres, igual que los padres a los hijos como en el caso de Alonzo a quien su primogénita Jennifer le reprocha –disculpadme por no citar textualmente- que lo que le ocurre es que se avergüenza de ser mejicano, que lo que en el fondo quiere es ser norteamericano y mirar del mismo modo altivo y distante a los demás inmigrantes, alegando siempre que él no fue ilegal. El comportamiento del padre es modélico pero como veis sí está bien que revise las verdaderas razones de su modo de actuar. Como os decía, también para los hijos habrá recriminaciones: ocultar, incomunicarse, esconder, seguir cánones de conductas inculcadas por pandilleros… acarrea consecuencias, y paradójicamente no afrontar los problemas o tratar de eludirlos genera otros más grandes. Las reglas del lumpen parece que consolidan lazos no consanguíneos más protectores que los de tu propia familia y un adolescente en plena rebeldía contra el nido, no entiende el largo plazo si no se lo explican, la calle va siempre más deprisa.
A Barbara (Felicity Huffman) sólo le queda una fantasía a la que aferrarse, su hijo asesinado no respondía a la idea de héroe que ella se empeña en mantener y digo se empeña porque más adelante en el metraje descubrimos que era traficante de drogas y que Barbara lo sabía. La guerra no es un correccional y esa madre lo envía allí para lavar su imagen en vez de enfrentarse realmente a los problemas que su hijo tenía. Me pregunto qué significa, qué es exactamente la idea abstracta de “la comunidad”, esa diosa voraz a la que hay que someterse porque si no lo haces te expulsa de su olimpo y cuando te despoja de la última brizna de humanidad sólo te quedan las apariencias para vestirte con ellas. Barbara es eso: el temor tan terrible a sentirse juzgada por no dar la talla como madre coraje que ha criado a sus hijos sin la ayuda del padre, representa la soberbia y el resentimiento de quien creía haber hecho bien su papel de cara a la galería. Es la mujer que compra un arma para defenderse de sus propios miedos en vez de acudir a la policía cuando el cristal de su coche recibe una pedrada con ella dentro. Excusa perfecta para su particular cruzada. Pero llega el día en el que se queda sin argumentos y se topa de frente con la cruda realidad, entonces se asusta de sí misma y en vez de deshacerse de la pistola se la entrega a ese ex-marido regenerado que se aferra a un clavo ardiendo con tal de recuperar el rol de hombre de familia que defiende a su esposa y a su prole, de inmediato sabemos lo que va a ocurrir. Al menos él sí afronta las consecuencias. Pero aunque Barbara es un personaje de quien se diría que “no la salva ni la caridad” lo cierto es que Ridley la levanta del suelo con profunda compasión ya que ella –tan víctima como culpable- no es más que el resultado de una serie de nefastas creencias sobre supremacía y derecho al desprecio que desde tiempo inmemorial han permanecido latentes en el interior de muchos norteamericanos. Véase Donald Trump.
Para el hijo de ambos –el hermano del asesinado- también hay recriminaciones justas, él juzga con dureza a sus progenitores, vive con su novia asiática que sabe que no será aceptada por su madre, y también tiene la excusa perfecta y completamente legítima para romper con su familia, pero su padre le matiza que tal vez lo haga no para alejarse sino para huir de responsabilidades.
A la tiranía no le importa cambiar de manos y le da lo mismo el color, como vemos en la segunda temporada. Lo explico porque el autor hace un estudio profundo no de razas –que no existen- sino de personas.
American Crime es una obra de arte en todos sus aspectos, esas escenas hipnóticas en las que se oyen las palabras de alguien que está fuera de plano -el espectador sin embargo ve la reacción de quien escucha y no la de quien habla- tienen un estilo y sello muy personales y consiguen el efecto buscado, el público que contempla el film, (porque para mí es un largometraje de mayor duración que debería verse en pantalla de cine y desde el patio de butacas) entra en la pantalla, se trasvasa y se convierte en el personaje porque el director le coge por el cogote y le inclina la cabeza para que observe y sienta como si viese a través de un microscopio de innumerables aumentos, y el nivel de empatía alcanzado es mayor que en cualquier otra obra cinematográfica que yo haya visto jamás. Sólo así comprendemos el lenguaje interno, lo que subyace, y lo vemos en los detalles: primeros planos de la crispación de unos dedos, el leve pestañeo de unos ojos que se llenan de ira, rebeldía, impotencia, decepción, arrepentimiento… el mal trago de una garganta…
La innovación del flashforward y el flashback instantáneos, sin transición, es sorprendente ya que en la misma escena se producen dos tiempos distintos en los que vemos cómo los personajes reflexionan después de haber recibido las palabras del interlocutor –apenas son instantes que van y vienen- pero sin embargo oímos las palabras del otro personaje cuando se están pronunciando, abundan las escenas con dos actores como máximo que se dan el relevo en la aparición, es como si el autor recalcase que se trata de una suma de soledades. No sé si se ha hecho en otras ocasiones esta clase de simbiosis física y anímica, es la primera vez que la veo y estoy pasmada: el uso tan peculiar del tiempo, y esa interactuación irrompible que nos dice en todo momento que no somos sin los otros ni cuando estamos a solas…
El peso que llevan los actores y las actries trabajando a milímetros del objetivo teniendo que usar siempre la verdad del personaje al que interpretan, tan dolorosa y difícil en todos los casos es enorme. Vi la serie exclamando por dentro a cada paso ¡Madre mía!, Madre mía, en todos los tonos y sentidos posibles. El director ha dado muchas vueltas de tuerca a la profesión y a grandes profesionales y el resultado sin duda produce un infinito agradecimiento mutuo, al que se suma el del público porque ya sabemos desde que era un crío qué clase de actor sublime es Timothy Hutton, (Russ), para muestra sólo hay que ver Gente Corriente, pero es que con Felicity Huffman hay que descubrirse. Comienzo por lel dúo ya que ambos conducen esta historia, ellos son los parámetros, pero sin embargo no me atrevo a decir que son los protagonistas principales porque la serie es coral y todo el elenco está perfecto y vertebrado en un magnífico ensamblaje. Lo que daría yo por haber visto los ensayos y las pautas que Ridley les fue dando a los intérpretes.
Siguiendo con los detalles tan singulares diré que me maravilla el ruido creciente que manifiesta la tensión interna que acosa a cada personaje cuando entra en conflicto. Me gusta que John Ridley haga visibles a los trabajadores de la limpieza o de servicios que suelen pasar inadvertidos como si formaran parte del decorado y se fundieran en él, el director les da un protagonismo intencionado, una mirada corta y exclusiva para ellos a toda pantalla y con esas pinceladas comprendemos o recordamos que todos somos sociedad, personas atendiendo a personas.
American Crime habla de deshumanización y derriba la falsa idea de que en las sociedades occidentales se concedan segundas oportunidades, como se demuestra con Richard Cabral (Héctor Tonz). Destruye las ideas abstractas a las que nos rendimos sin ponerlas en cuestión para que no nos auto-engañemos tal y como hace Barbara, madre de Matt Skokie, el veterano de guerra asesinado en su propia casa en un allanamiento de morada. Cuando Barbara se topa con quienes escuchan las frases que ella pronuncia en los medios de comunicación para reclamar justicia contra quienes cree que mataron a su hijo –el señalado es negro y los otros dos sospechosos uno latinoamericano y otro chicano- y una asociación claramente segregacionista le ofrece colaborar con ella, Barb alega que no comparte ese modo de pensar, puesto que no es racista, pero el espejo que le acaban de poner delante le asegura que sí.
Tampoco el autor quiere que pensemos que por contraste nuestra sociedad es decadente y por tanto hay que mirar hacia el Islam, Aliyah (Regina King) también está defendiendo intereses y creencias por encima de las personas sin tener en cuenta la realidad y las necesidades de su propio hermano Carter (Elvis Nolasco).
Nadie escucha a nadie, todo el mundo se instala en las ideas preconcebidas, etiqueta, prejuzga y se atiene a la línea de pensamiento imperante. Por fortuna se salvan sin embargo quienes a ojos de los demás han cometido errores imperdonables.
Pero el cineasta también nos dice que no todos son víctimas ni personas reinsertables como en el caso de Aubry (Caitlin Gerard), ella abusa de las drogas y de las personas y no desea cambiar, Aubry es quien desvela finalmente quién protagonizó el crimen y de qué modo se produjo y aunque impacta, no sorprende.
Para finalizar dejaré como broche a los padres de Gwen (la esposa de Matt que a causa del allanamiento también sufrió un brutal ataque que la dejó inconsciente). Es duro enterarte en esas circunstancias -el asesinato de tu yerno, y tu hija en estado de coma- de que tu dulce heredera tenía relaciones promiscuas y de carácter sadomasoquista. Su padre Tom Carlin (William Earl Brown) lee los informes de la policía y se pregunta completamente roto cuál es la verdad de su hija, ¿la que ellos conocen o la que arrojan esos papeles? Eve Carlin (Penelope Ann Miller), su esposa, le obliga a mirar a Gwen en la foto que él lleva en la pantalla del teléfono móvil y le recuerda que lo que ha ocurrido nada tiene que ver con él, ni tampoco la decepción que pueda estar sintiendo, porque por encima de todo Gwen es su hija haya hecho lo que haya hecho. Cuando sale del coma no recuerda nada.
Es un buen punto de partida.
En todo el mundo estamos viendo crecientes brotes de racismo, asesinatos de mujeres, homofobia, desamparo y crueldad para con los refugiados y lo único que proponen nuestros mandtarios es levantar muros y alambradas... Creo que John Ridley se sentirá tan impotente como yo, porque no tiene en sus manos la solución pero al menos como os decía al principio él se ha molestado en diagnosticar y tal vez con suerte su ojo clínico forme parte de la curación.
No tengo el gusto de conocerle pero de pocas cosas estoy tan segura como de que John Ridley es un ser lleno de luz.
Sobra decir que todo lo dicho anteriormente no es más que mi opinión subjetiva de la que podéis perfectamente discrepar.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori