"LAS ACACIAS", Película de Pablo Giorgelli

Esta tarde he contemplado embelesada la película argentina “Las Acacias” del cineasta Pablo Giornelli. Y digo bien la palabra contemplar porque esa es la forma de verla: mirando hacia fuera y también hacia dentro -tal y como lo haces- cuando vas de viaje; además tiene el ritmo exacto de la road movie que te permite absorber el paisaje en movimiento mientras tú vas quieto y meditas, o te adormeces con el ronroneo acunado del vehículo que te adentra -al igual que  a los personajes- en la confianza del inevitable sueño. Ese es otro de los grandes temas que propone esta obra: cómo se genera y desarrolla la confianza entre extraños.
Si transcribiese aquí los premios que el largometraje recibió os aseguro que ocuparían más espacio que el propio film, así que no os abrumo; resumiré diciendo que en todos los bordes del mapa y también en las tierras interiores fue comprendido en su lenguaje universal, y galardonado en los festivales de cine más importantes del mundo desde Cannes a el Film Fra Sør de Oslo, pasando por los de Londres, Bombay, San Sebastián, Bratislava, Kiev, La Habana, Asunción de Paraguay…
Los primeros fotogramas que aparecen en pantalla son bellísimos: un racimo de haces de luz cenital, casi sobrenatural, se filtra desde el cielo entretejiéndose por las ramas de un bosque de altas y robustas acacias. El espectador ve una especie de humo que se adentra por la esquina de la pantalla y un ruido difuso que va en aumento y que aún no sabe descifrar; pronto verá caer un majestuoso tronco de árbol, el sonido provenía de la sierra eléctrica, y la humareda era el polvillo de la madera; la sensación es de muerte. Y desde esa metáfora parte la película, enseguida trasladaremos la imagen al estado de ánimo del protagonista, así se siente: como un tronco derribado y muerto dentro de ese bosque cerrado en sí mismo; aunque el público desde su butaca de la sala de cine ignora aún si el personaje es consciente o no de ese sentir que quizá confunde con vida, con su modo de estar en ella.
La preciosa y -en apariencia- sencilla filmación trata de un camionero, Rubén (interpretado de forma magistral por German da Silva) y su pasajera. Rubén es un hombre solitario que desde hace años transporta madera de acacia en la ruta entre Asunción y Buenos Aires. “Un amigo” le pide al transportista que lleve a una joven mujer hasta Buenos Aires, después sabremos que el amigo es el jefe de Rubén, y que la madre de la joven es la empleada doméstica del patrón, detalle vinculante que nos explica el status social y subalterno de ambos protagonistas. Jacinta (Hebe Duarte) llega tarde y además lleva en brazos a su hija Anahí (Nayra Calle Mamani) una bebé de cinco meses de la que no le habían hablado al conductor y como añadido sendos bolsos que hacen que parezca un perchero. Todo indica un mal comienzo de viaje, (mensaje y señales que el espectador recibe a través de los gestos y movimientos hostiles del camionero que no hace amago de ayudarla), y la actitud cohibida de Jacinta. Más tarde la escucharemos decir resuelta ante los guardias de la frontera que la niña no tiene padre, y que va con ella a Buenos Aires a visitar a una prima; la cámara captura en ese instante uno de los primeros sentimientos encontrados y contrapuestos de Rubén, más adelante se agregarán otros al oír como Jacinta llora cuando cree que  está dormido, al verla reír mientras cambia de pañal y de ropa a la niña en los puntos de descanso sin saber que está siendo observada; comprobaremos como se encela cuando ella charla amigablemente con un compatriota, escucharemos todo el bullicio interior del transportista y cómo él se pregunta sin palabras qué le está ocurriendo… Rubén empieza a romper el escudo, y sin temor a exagerar aseguro que oímos el deslizar de la cremallera, escuchamos como se abre la grieta. Para entonces los espectadores hemos hecho especulaciones, algunas incluso preocupadas, ya que de forma sutil en una escena anterior hemos comprendido la mirada que él baja hasta su propia entrepierna. Pero poco a poco y con un buen uso del gotero de las sorpresas el director a través de sus intérpretes nos va desvelando más detalles: ella va a buscar trabajo. Algo le ha pasado con su madre a juzgar por los ademanes que hace al hablar por teléfono. ¿Se fue sin despedirse?, ¿salió huyendo?, ¿es con ella con quien habla en realidad?... Rubén tiene un hijo al que no ve desde hace ocho años –de nuevo los sentimientos de paternidad vistos desde las dos partes, desde ambas versiones- Jacinta no quiere saber nada del progenitor y la madre del hijo de Rubén se fue con el niño y otro hombre a los Estados Unidos, en un instante en el que él baja del camión para fumar y serenarse Jacinta descubre en la guantera un pequeño álbum de fotos en el que aparece el hijo junto a él y la bicicleta que le obsequió, la cámara confirma así que la confidencia compartida es real, pero pronto sabremos que conocer esas respuestas no es lo importante.
Aunque caiga en tópicos manidos es curioso que el largometraje muestre a personas tan silenciosas, con la fama de incontinentes verbales que tienen los argentinos, y en general los latinoamericanos, pero lo cierto es que estamos ante una pequeña gran pieza de puro cine, ya que son las imágenes y los elocuentes silencios los que se explican por sí mismos, y el tema principal trata de lo que no se sabe expresar, comunicar, exteriorizar... Es como si al director y a su coguionista (Salvador Roselli) les hubiesen pedido que usaran las palabras exactas, sin derrocharlas, guardándolas para que sean bien usadas en el momento preciso, en el instante oportuno, las justas, ni una más ni una menos, y que con esa escasez de recursos se las arreglaran para construir una pequeña y delicada pieza de orfebrería. Serán las miradas tímidas y alternas, las reacciones, las actitudes, los cambios de luz, la colocación de los personajes en escena al aproximarse o alejarse con movimientos leves en ese cubículo inevitablemente cercano los que irán desgranando y exprimiendo el jugo de cada una de las semillas dulces, sensuales y carnosas de dicha granada ocultos tras la dura y protectora piel.

Como era de esperar, (aunque no por ello la película es previsible ya que en esa pequeña cabina de camión se respira una atmósfera inquietante), la relación poco a poco se va suavizando y el espectador asiste con placer al resquebrajamiento final de la armadura del hombre; y entonces comienza a fluir toda esa ternura masculina que un día quedó encerrada en el interior hermético de ese cuerpo con cicatriz que vemos cuando se asea en los baños de las gasolineras en las que paran para mostrarnos su desnudez física y anímica en ese momento de intimidad.
La historia no nos resulta desconocida, es tan antigua como el mundo: se trata de alguien que se encerró en sí mismo a causa del dolor. A menudo esas personas nunca vuelven a abrirse, pero él mirándose en el espejo de ella y tomando en brazos a la pequeña –encantadora excusa para la catarsis- vuelve a sentir, a reencontrarse a sí mismo y no le queda más remedio que buscar las palabras que le vulneran en ese largo y doloroso viaje que va desde el corazón a la boca, y finalmente las pronuncia. Son tan simples y sencillas como pedir una cita pero el universo entero cabe en ellas porque reviven, redimen, resucitan… aunque den miedo, el final es conmovedor y todo el público se libera con una sonrisa enorme.
Fue difícil desarrollar el rodaje en el diminuto espacio de la cabina, los actores lo sostuvieron sin más recursos que la fuerza de los gestos fundamentalmente en primeros planos y medios, las paradas del gran vehículo unidas a los paisajes distendieron. Pero la filmación tuvo el agravante de que los ritmos -como es lógico- los marcaba la pequeña con sus horarios de biberones, higiene y sueño. Impresiona ver cómo la actriz parece su madre real y cómo la nena también la mira como hija propia, una beba -como dicen ellos- bonita y expresiva hasta extremos con los que seguramente no contaban, un regalo que produjo una corriente de afectividad que se salió de la pantalla.
La película es bellísima, rezuma respeto, y sobre todo verdad.
Una vez más queda demostrado que no son necesarios disparos, persecuciones entre malvados ni grandilocuencias épicas para provocar el interés, la conexión del público y de la crítica; la vida cotidiana suscita el mejor suspense y está llena de historias de héroes anónimos con la difícil misión de resurgir de las cenizas para enamorarse por primera vez, o de nuevo, corriendo todos los riesgos.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

En el Ensanche de Vallecas hay más niños que escuelas

El Ensanche de Vallecas, visto por unos ojos forasteros, huele a vida y a futuro, notas esos aromas al aproximarte porque cada uno de los edificios es distinto al colindante, por tamaño, silueta o color… ningún anciano podría perderse en toda la zona ya que el tono verde hierba de una de las construcciones es un faro de orientación sobre el asfalto, al igual que otro naranja… tampoco los niños se extraviarían.
No hace falta ser entendido en arquitectura para comprender que el diseño fue pensado por y para el bienestar y la convivencia (os remito a una interesante película titulada “El arquitecto” en la que ocurría todo lo contrario dado que la construcción creaba infelicidad, hasta ese punto es responsable el constructor de moradas que sólo se implica en la estética).
El inmueble que mejor conozco para mí tiene forma de gran crucero, con sus ojos de buey señalando camarotes, en realidad pequeñas viviendas o grandes apartamentos, según se mire; el enorme barco anclado, o varado -como más os guste- tiene su alberca en el medio y un alrededor en forma de plaza, con columpios, bancos, baños comunes, soportales, una especie de local social -con gran mesa y sillas- que previo aviso -para no solapar- permite la celebración de cumpleaños o eventos… De modo que resulta inevitable que en ese rodeo interior diario flanqueado por los pisos terminen conociéndose todos los vecinos.
El primer sentido que se activa es el oído y el sonido de los niños, con pelotas, carritos de bebé, motos y bicis sin pedales… lo llena. En otros barrios más antiguos ya sólo escuchas el eco del recuerdo, salvo por la llegada de nietos irrumpiendo en el aire para hacerle agujeros con los gritillos agudos y desinhibidos en lengua de trapo. Pero lo más sorprendente son los retazos de conversaciones que atrapas al vuelo: “No cojas el cubito de Javi, debes pedirle permiso primero”. Los juguetes yacen libres y seguros por todas las zonas de arena y columpios o descansan sobre la hierba, como mucho se teme que los nenes extravíen alguno porque luego lo echarán de menos convirtiendo la cena y el baño en una serenata, pero ninguno se lleva los que no son suyos aunque sí los comparten.
Sus padres son jóvenes, altamente cualificados con independencia de que hayan podido ejercer o no sus profesiones. La mayoría trabaja hasta la extenuación -en lo que puede- por sueldos precarios, y con los dos salarios apenas consiguen lo que antaño se consideraba una paga digna.
Compraron su hogar cuando más caro estaba, pensando que los empleos serían estables y ubicados en el mismo lugar de por vida, y así quedaron atrapados por la hipoteca, ella se comerá los viajes de juventud a los que sin duda tenían legítimo derecho, cenas de aniversario que no obstante celebrarán dentro de casa -como es natural no hablo de todos, pero sí de muchos-. Cultivarán la amistad y las relaciones por wasapp porque entre pañales, biberones, papillas, y transiciones, metros, autobuses y trenes ¿dónde queda el hueco si no?, y encima los que andamos a ritmo cómodo tendremos la desfachatez de tildar de adicción el tecleo.
Cerca de la casa un generoso trozo de campo, que inmensamente compasivo cubre de amarillo y malva lo que iba a ser jardín, les da la bienvenida al salir de la boca metropolitana. Pero aunque lo del parterre fue otra promesa que no se ha cumplido, no importa porque las flores silvestres siempre son muy celebradas en Madrid.
El problema viene ahora. tras este bucólico canto habréis notado un olvido: ¡El colegio!
No es un descuido, había dejado la puñalada trapera para colocarla en el centro de esta historia, pequeña e irrelevante para otros, de suma importancia para ellos:
Frente al edificio con forma de crucero hay un flamante colegio público diminuto que paradójicamente los vecinos han visto construir hasta hace relativamente poco tiempo, y lo mismo ocurre con los demás, escasos y atascados en lo que ya constituye una ciudad: -El ensanche es una gran urbe dentro de otra- incluso los concertados rebosan niños casi superpuestos. Aproximadamente mil criaturas necesitan escolarización, chiquillos y chiquillas que figuran en el censo, ¿por qué no se ha previsto  ni asociado a las plazas de colegio dicha lista de padrón?, no lo sé, pero han tenido tiempo de sobra para añadir o ampliar incluso sobre la marcha.
Los nacidos en el 2014 son pequeñetes, algunos cumplirán los tres años a punto de entrar en el cole; y ¿qué van a hacer con ellos esos padres, hipotecados, teletransportados, y extremamente atareados, por decirlo de forma eufemistica? Hablamos de Madrid y salirse del área a la que se tiene derecho y prioridad supone levantar a los hijos de madrugada, cuando bastaría con cruzar la calle. No se trata sólo de habilitar un viejo inmueble, ya he dicho en renglones anteriores que son padres altamente cualificados, no “aparcaniños” como a veces tienen que oír; y saben lo que quieren y lo que sus hijos necesitan; los trabajos les han llevado hasta allí, y no todos los abuelos viven en la misma ciudad, tampoco los sueldos dan para nurse… y por ello desean a priori conocer el sistema educativo, la hora del comedor...  para saber a qué atenerse -todos tenemos la certeza, a estas alturas, de que la conciliación familiar es una milonga- algunos tendrán que reducirse el horario de sus jornadas laborales y aun así llegarán a la salida de la escuela echando el bofe.
Tengo la sensación de que ante las reivindicaciones o reclamación de los derechos, o simplemente del sentido común, los estamentos o instituciones interpelados de inmediato se ponen a la defensiva y se acorazan como un bunker sordo que se limita a amontonarlas frente a la puerta en burocráticos paquetes y por orden de caída, y cuando se llama a dicho portal para ver cómo va el asunto, la respuesta suele ir revestida de orgullo o de soberbia como si la legítima demanda constituyera en sí misma una afrenta. Y es que no escuchan: ¡¡¡¡Símplemente en El Ensanche de Vallecas hay más niños que escuelas, y hay que solucionarlo sí o sí !!!!
Yo puedo aportar poco, por ello me limitaré a invitar a quien corresponda, a que se aleje del despacho y sus inquinas y le daré un empujoncillo cantando por Gabriel Celaya “¡A la calle que ya es hora de pasearnos a cuerpo!” y le pediré que vaya en metro desde el centro para comprobar cuanto se tarda, y que al apearse, por fin, vea el atardecer de El Ensanche que sin duda es único e inigualable, y que en cualquiera de sus placitas o patios interiores, pregunte, escuche, anote, o simplemente transcriba -porque el trabajo sin duda se lo darán elaborado- que vea esos rostros tan jóvenes y tan angustiados, heroicos y con tanta ausencia de vanidad, mientras los nenes juegan, y que extienda la cinta métrica para seguir ensanchando El Ensanche con la enseñanza y los buenos enseñantes y entonces la satisfacción por lo bien hecho estará garantizada. Sólo añado que no busque colores concretos porque allí están todos, hasta dentro de las familias los hay distintos. Y que trabaje para la gente, para toda la gente unida por el cordón de las mismas ilusiones y las mismas penas. Porque no se merecen el miedo y la incertidumbre que están pasando en una población que tanto y tan bien huele a futuro.

Pili Zori

RECTIFY, serie de TV

Nunca creí que pudiera decir algo tan categórico: ¡Es lo mejor que he visto en mi vida! Y os puedo asegurar que ya llevo un gran trecho vital llenándome de buen cine.
Rectify es una serie, pero creo que desde que hicieron su primera aparición Los Soprano para continuar con Mad Men, En terapia, A dos metros bajo tierra…, todo el mundo tiene claro que los films se volvieron más largos y que se consumen por entregas en toda clase de pantallas caseras, la mía es grande para no traicionar demasiado a la liturgia, ya sabéis: acicalarte para salir de casa y dirigirte hacia la taquilla a comprar la entrada, introducirte en una de las salas y acomodarte en la butaca compartiendo la oscuridad en comunión con los demás espectadores para crear esa energía especial subjetiva y potente junto a la suma de todas las intimidades que allí se respiran.
Aunque es justo decir que el ritual también tiene sus inconvenientes: palomitas, toses, ruidos, cabezas que tapan… e ir y volver por la película es una ventaja enorme, parar si es necesario para tomar nota de un diálogo, de una frase, de alguna reflexión… mejor todavía. Así que Rectify la estoy viendo en casa, concretamente en la sección de vídeo gratuita de Ono Vodafone, tres temporadas completas y parte de la cuarta y última que disfruto a cuentagotas muriéndome de impaciencia. La emite el canal SundanceTV.
Voy al meollo, que tengo la mala costumbre de “preambular” en exceso, se ve que me cuesta decidirme a efectuar el abordaje, os pido disculpas por ello.
Daniel Holden (Aden Young), fue condenado por violar y asesinar a su novia de dieciséis años, él tenía 18, y en el corredor de la muerte pasa dos décadas preparándose para morir en la silla eléctrica. Recluido en una celda blanca y aséptica, de la que no sale nunca, sobrevive gracias a la lectura de libros y al amigo que escucha a través de la rejilla, de quien sólo conoce la voz. La literatura siempre salva. El lenguaje de Daniel inevitablemente es literario, no por rebuscado sino por hondo, como es lógico no ha podido adquirir el coloquial, el de las bromas y lugares comunes que refleja el paso del tiempo, la jerga generacional. En otra de las celdas también está el compañero antagónico, “el malvado” -en apariencia- para hacer contrapunto, el buen y el mal ladrón como en la imagen cristiana de la crucifixión. Pero Ray McKinnon, creador de la serie, encuentra siempre el resquicio para redimir, y es que todos somos capaces de lo peor y lo mejor, la diferencia está en las decisiones que tomamos, aunque hay que considerar que no siempre tenemos la posibilidad de decidir.
A veces experimentaremos junto al protagonista sensaciones de pérdida de la realidad por falta de referencias espaciales que hasta nos harán preguntarnos si el amigo será de verdad o imaginario. El autor redefine el concepto de soledad, de verdadero aislamiento. Y entretanto a aguantar las terribles, humillantes e impunes violaciones de rigor y en grupo infligidas por sus carceleros, ese es el único contacto físico con otro ser humano que Daniel Holden obtiene, no se puede crear mayor confusión en el alma de un muchacho que apenas comenzaba a vivir, a despegar de la adolescencia cuando le recluyeron.
En esos 20 años ha comido solo, no ha visto los cambios de estaciones, ni el del día o la noche, ni la luna o el sol. Y nosotros los espectadores entendemos al fin una realidad nunca antes contada, algo que jamás hemos padecido, con lo que antes no podríamos empatizar, y sentimos que nuestro pequeño mundo se agranda, que la sensibilidad se expande hacia un conocimiento nuevo, que Ray McKinnon ha extendido un puente para salvar esa brecha de incomprensión.
Un buen día, en el exterior, comienza a aplicarse la prueba del ADN y se descubre que el de Daniel Holden no estaba en el cuerpo de Hanna.
¿Qué fue lo que pasó en realidad?, ¿por qué se declaró culpable entonces?, ¿cómo se llevó la investigación por parte del senador, del juez, del sheriff y de las autoridades de aquel tiempo?, ¿cuántas horas duró el interrogatorio?, ¿se trataba de atribuirse méritos?, ¿de presentar un escabroso caso resuelto con rapidez y pericia?, ¿o de descubrir la verdad?
Contado así podría parecer una serie más de género carcelario, pero nada que ver, ni nada más lejos. La mirada sutil de Ray McKinnon retrata la ciudad de Paulie (Georgia) al igual que a los personajes; y lo hace sin prejuicios ni inclinaciones, pero con nitidez, e intenta comprender, como cuando perdonamos y amamos a nuestros seres queridos, a nuestro lugar de nacimiento, de crianza, a nuestro país… pero sin dejar por ello de ser justos a pesar del dolor, de la presión, de los intereses, de la tendencia a la cobardía. Pero precisamente de la cobardía nace la valentía, porque queramos o no, tarde o temprano no nos queda otra que enfrentar la vida y los errores cometidos, y en este caso McKinnon nos coge la barbilla para que no miremos hacia otro lado.
Al espectador no le importa si Daniel Holden fue culpable o no, aunque haya dudas razonables, y no le importa porque los delitos prescriben, hasta los más abyectos, y la penitencia justa o injusta está de sobra pagada con la muerte en vida que es la peor. Y no hay vuelta atrás que pueda cambiar los hechos ni recuperar los años de clausura. Por ello la historia se centra en la dificultosa inserción, Daniel ya no encaja como una pieza más del puzle, el espacio en el que debería haber evolucionado lo pasó en su celda, y al principio estorba en todas partes se admita o no, y su presencia es inquietante. Tampoco, aunque lo intente, puede subir al desván para partir desde donde lo dejó, desde el radio cassette, o los videojuegos. Tiene 38 años, fue del instituto a la cárcel, nunca ha trabajado... No es difícil acostumbrarse al funcionamiento de un cajero automático, a llevar teléfono móvil, a conducir, a guardar horarios, no, eso se aprende. Lo duro es recuperar el sentido de pertenencia, mirar desde el exterior la cárcel sin sentirte parte de ella sin querer volver a tu celda porque lo de fuera es peor: tomar decisiones, convivir con todo lo que para él es imprevisible; soportar el dolor que la circunstancia infligió a su familia, sentir, palpar el estigma que todos los suyos llevan… Por tanto su vuelta es una catarsis obligada para todos. Amantha, su hermana, a quien le debe la salida gracias a su denodada lucha tras conseguir para él cinco apelaciones, tampoco sabe qué hacer ahora sin su cruzada. Sentimientos de Caín y Abel embargan a Teddy (Claine Crawford) el hermanastro que con su llegada siente que le han usurpado el territorio familiar y laboral con su mujer incluida, puesto que la delicadeza del cuñado la deslumbra y crea en su existencia un punto de inflexión. Más tarde veremos la potencia de esa pareja, sin referencias maternas, formada por Tawney (Adelaide Clemens) y Teddy.
Daniel, sin pretenderlo, es la criba para que todos ellos dejen lo esencial y eliminen lo superfluo. Sufriremos con Teddy el dolor de la renuncia, la búsqueda de la propia identidad, de los verdaderos objetivos, sin refugios ni escondites. Creíamos conocerle, le habíamos juzgado como conservador y reaccionario, como fiel representante de los prejuicios sureños, pero nos encontraremos llorando con él y por él, ya que todos y cada uno de los personajes sin excepción son hermosos y  profundos, porque hasta con los puramente dañinos como el senador, McKinnon sabe utilizar la justicia poética.
Daniel es la piedra de toque que obliga a distinguir la plata y el oro de otros minerales desechables. En todos y cada uno de los miembros de su familia se va a producir un balance necesario, una mirada hacia el interior que ponga en orden, y dé cuentas del pasado de lo vivido, para que la purificación permita un futuro emocional honesto.
Pero el autor no se conforma con dejarnos mirar desde la barrera, así que también nos incluye y busca el tiempo, el ritmo y los tonos para ajustarlos a los nuestros, para dejarnos respirar, y así nos vemos dentro de las pausas escuchando los pensamientos, reaccionando a la vez, pensando lo mismo, siendo ellos, soportando lo que sienten en el tiempo exacto que necesitaríamos para hacerlo. Y desde el principio somos parte ya que a cada uno de los personajes les reserva espacios propios, compartimentos estanco, para que nos dé tiempo a visitarlos, a estar a su lado.
Pero por mucho que intente explicar, no sirven las palabras.Esta historia hay que verla. Desde que me he sentado a escribir y compartir mis impresiones tengo la desagradable sensación de que la desvirtúo. Así que me limitaré a hablar con pinceladas de los detalles técnicos, diré que los encuadres con los personajes al lado de ventanas, de puertas…, están ofreciendo los paralelismos del encarcelamiento. Que la serie contiene todas las pautas para la purificación, que nos habla de la complejidad de lo simple… Que la iluminación y la banda sonora crean la atmósfera melancólica de lo que podría haber sido la vida, años irrecuperables, pero sobre todo diré que Rectify también habla de redención, de dejar volar aunque duela el despegue, de que a todos los componentes de esa familia les queda mucha vida que no se contabiliza en tiempo sino en claridad. Han de aceptar humildemente quienes son sin las capas, con todo el desgarro que el esfuerzo conlleva. Sólo así llegará finalmente la esperanza y el esplendor deslizándose con tal suavidad por la pantalla que hasta el mismo espectador se dará cuenta de repente de que está mirando el mar, que ya hace rato que el nuevo día le baña e ilumina junto a ellos.
Hay imágenes imborrables como la de Daniel y su madre sentados frente al océano, es la primera vez que él lo ve.
Por afinidad, Janet (J. Smith-Cameron), en su papel contenido de madre y también de mujer con todo su tumulto interior me remueve enormemente, ya en la escena en la que van a esperar a Daniel a la salida de la cárcel y ella permanece expectante como si tuviera que pedirle permiso para abrazarle nos dice todo sobre la culpa indefinida que sufre, y ese es uno de los silencios más elocuentes que he visto en cine. Otra de sus escenas clave se desarrolla cuando recupera los cachivaches que su hijo pródigo ha tirado a la basura intentando desprenderse de un pasado que ya no le sirve; posteriormente se producirá la contraria: cuando ella misma decide vender a través de internet -ayudada por Jarret (Jake Austin Walker), el hijo menor- su bicicleta, y otros enseres antiguos. Hay muchos estados de ánimo que se trasladan a los objetos: Daniel adquiere una cocina de gas para regalársela a su madre sin captar que hace tiempo que sólo usan electricidad. Es Ted, el padrastro, quien comparte y comprende el valor de la cocina en sí -no todo lo moderno es mejor, tampoco le gusta el microondas- y quien también entiende el gesto de Daniel que intenta colaborar, tener algo que hacer por su familia aunque sus referencias se hayan quedado anticuadas.
Pasajes como el del baile con Cloe (Caitlin FitzGerald) son tan hermosos, que aún a riesgo de reiterarme no me cansaré de decir que la verdadera belleza no es sólo estética.
En fin, la han dirigido 18 directores, nunca saldré de mi asombro por cómo consiguen ensamblarse tantos artistas con voces distintas jugando a favor de una historia, dándole unidad, respetando el estilo que el autor desea y conseguir la magia.
La labor de los actores es imponente, no hay papeles secundarios, ni menores por poco tiempo que dure su presencia en escena, es una coral que se mueve con precisión por un perfecto engranaje, y el espectador sabe, con certeza, que cuando no los ve siguen estando, viviendo ahí, y hasta se preguntas que harán cuando la cámara pasa por delante de sus casas.
El sheriff Carl Daggett (J.D. Evermore) por ejemplo, tiene un papel de apariciones cortas pero de enorme importancia que sin embargo es el pespunte que va cosiendo la trama, con esa capacidad para transparentar en silencio, o con su laconismo, todo lo que lleva latente con el caso que hereda y que está lleno de irregularidades en un lugar en el que todos los vecinos se conocen… A nadie le gustan los enfrentamientos, pero poco a poco con cada pequeño descubrimiento vemos cómo se mantiene con prudencia en segundo plano, pero recabando información y cómo no ya el sentido del deber sino su propia ética, su propia humanidad le inclinan a abominar de la maloliente injusticia.
El papel de Amantha (Abigail Spencer) que luchó por su hermano pero se olvidó de sí misma, tampoco para ella es tarde, su interpretación es superlativa.
La fuerza de Tawny convirtiendo su vulnerabilidad en fortaleza, dificilísima interpretación llena de ambivalencias.
Ted, el padrastro (Bruce McKinnon): la contención, la bondad…
Y como es natural el trabajo de más peso: Daniel Holden (Aden Young). Se me va a desencajar la mandíbula con tanto asombro, tiene tantísimos registros en ese bellísimo rostro… y de todos ellos salen brillos porque es tan facetado como un zafiro.
Rectify posee muchas connotaciones espirituales que aunque probablemente se nutren de la religión en cuanto al imaginario colectivo nada tienen que ver con ella.

Concluyo, cuando la veáis comprenderéis que cada capítulo da para un fórum trepidante y lleno de epílogos subjetivos que unidos agrandan más, si cabe, esta obra de arte enorme a la que le estoy tan agradecida.

"Tú y yo", de NICCOLÒ AMMANITI

Lorenzo, un callado e introvertido muchacho de catorce años se encierra en un sótano durante una semana para mantener una mentira y así poder cumplir su mayor deseo: estar solo sin tener que fingir que es uno más en el zoológico depredador del instituto y de la vida. Ha dicho a sus padres que una compañera de curso le ha invitado a esquiar junto a otros chicos de clase.
¿Deseaba en su interior que así hubiera sido?
A menudo creemos que el punto de partida es la infancia, bien como lugar nostálgico al que volver o bien como huida, dependiendo en cada caso de lo que haya tocado vivir. Durante la niñez eres un amplio receptor sin filtros, pero tal vez sean la pubertad y la adolescencia -etapas en las que ya reflexionas- los elevados y aterradores trampolines desde los que has de saltar, has llegado al umbral, no hay retroceso y debes tirarte sin remedio a las turbulentas, caóticas y abisales aguas adultas de absurdas reglas y adocenamientos que sin duda entran en colisión con lo que en esencia eres.
La adolescencia es la radiografía que muestra nuestro esqueleto anímico, el armazón que en realidad nos sostiene.
Ammaniti esculpió a la perfección el desnudo que requerían los rayos X. La prosa es tratada a martillo y cincel como el mármol de una escultura. El autor ha desprendido, quitado y no añadido los pedazos sobrantes, las adherencias exteriores y erosionadoras que acumulamos después, y que a veces como un cáncer se comen nuestra verdadera estructura. El autor consiguió que la obra de arte saliera del núcleo en el que estaba oculta, encerrada, escondida.
Tú y yo nos invita a recordar nuestra pubertad, nuestra adolescencia, y la metáfora de la novela es preciosa y precisa, porque el interior de una casa tanto en literatura como en psicología suele representar al ser humano por dentro, y bajar al sótano significa que viajas hasta el fondo de ti mismo.
Cada lector hará interpretaciones diferentes porque es inevitable proyectar sobre las páginas de la novela recuerdos personales de dicha etapa, al menos yo sí tuve algún que otro escondrijo, y uno en concreto también fue un sótano al lado del gimnasio en el colegio de monjas en el que me sentí fuera de lugar durante tantos cursos de bachillerato.
A veces, (aparte de provocar que me echaran de clase por charlatana, o por tener en el regazo novelas de Herman Hesse, o de la biblioteca de mi padre -que después no me devolvían- mientras simulaba estudiar y aunque más tarde me avergonzara) me sentaba en el suelo bajo la silla o el pupitre. Estaba convencida de que dado mi apellido, la proximidad del armario de los abrigos, y la superpoblación de cada aula nadie notaría que el último lugar del orden alfabético se quedaba vacío. Unos ojos adultos -probablemente tanto entonces como hoy-  interpretarían la conducta como una llamada de atención bajo un mismo prisma esquemático, pero no era así, realmente me escapaba pensando que la ausencia pasaba por completo inadvertida. Nuestro idioma es acertado y la frase de “no sabía dónde meterme” define perfectamente lo que estoy compartiendo. Me mataban de aburrimiento, sufría un cansancio feroz y no podía retener dentro de mí tanta energía echada a perder. Ya me habría gustado que los estudios convencionales fueran mi escondite, y no los autodidactas o clandestinos en los que podría atesorar varias licenciaturas, pero en aquel tiempo aún no entendía de disfraces ni de reglas sociales incomprensibles al igual que le ocurre a Lorenzo.
El padre de Niccolò Ammaniti es un prestigioso psiquiatra especializado en adolescentes, ambos han escrito a cuatro manos algunos libros.
Al menos a mí me resulta un contrasentido que la adorada diosa llamada “normalidad social” a la que tanto se venera se empeñe en imponer revestimientos que luego los profesionales tienen que andar arrancando con enorme esfuerzo, entonces ¿en qué quedamos?, ¿por qué esta novela de apariencia tan sencilla ha provocado tanta empatía en el mundo entero? De algún modo habrá que conjugar para que el individuo no sea engullido en favor del clan.
Lorenzo en una de las páginas del libro escucha a sus progenitores hablar sobre él y oye cómo su padre le dice a la madre: “Me parece muy reductiva esa necesidad de algunos psicólogos de pacotilla de catalogar y catalogar continuamente” , y sin embargo es curioso que la propia contraportada del libro incurra en ese mismo error al definir a Lorenzo como introvertido y un tanto neurótico.
Siempre tendemos a arreglar por el camino fácil, primero se crea e impone un sistema. Si es bueno o no, no se discute, y después ahí te las apañes, tanto si lo disfrutas como si lo padeces y que el individuo se adapte a lo colectivo y no a la inversa. Se ve que hacer hueco para ampliar no está contemplado, será que la variedad de colores rompe la armonía de lo monocorde. “Coma caca que cien millones de moscas no pueden estar equivocadas”, decíamos algunos en el tiempo de mi juventud. Todo sea en favor de “La Mayoría” otra diosa déspota a la que hay que rendir pleitesía. Recemos entonces para que la ilustrísima  mayoría no decida aprobar barbaridades.
Agradezco que la novela vuelva a poner en cuestión quiénes son en realidad los inadaptados, que aborde por qué se inculca con tanto ahínco que si no eres sociable resultas un fracasado y ahí anda todo el mundo como loco vestido de avispa para que no le piquen simulando un aguijón postizo (cuando leáis la novela quienes aún no lo hayáis hecho comprenderéis el extraordinario ejemplo real que el protagonista escoge con una mosca que se hace pasar por avispa para poder formar parte del avispero sin ser atacada. Ammaniti cursó estudios de biología, aunque no se licenció, por suerte para los lectores fue secuestrado por la literatura).
Tú y yo, esta pequeña gran joya, entre otras muchas también suscita la disertación sobre el sentido de pertenencia, y sobre la necesidad de aprobación y nos invita a visitar de nuevo nuestra adolescencia para que nos comprendamos mejor.
Olivia, la bella hermana de Lorenzo por parte de padre, nueve años mayor que él y que apenas ha visto, sirve de contrapunto al irrumpir en el refugio. Aparece desmejorada, menos hermosa de lo que él la recordaba, ha ido a buscar una caja con su nombre en la que están guardadas sus cosas. Tras el incómodo forcejeo de quien se siente invadido aparecerá la conciencia que reside en el amor instintivo y el chico le prestará toda su ayuda sin juicios ni prejuicios y correrá todos los riesgos.

Antes de entrar en el síndrome de abstinencia, Olivia le recrimina entre exclamaciones “que sepas que porque te escondas y vayas a lo tuyo no eres una buena persona, demasiado fácil pensar eso”.
Los tiempos para la reflexión, es decir los silencios, están muy bien medidos y cargados con la potencia de lo que no se dice pero que sin embargo el lector lee con completa exactitud. Ya he dicho en otras ocasiones que un buen escritor lo es también por lo que calla para que lo añada el lector extrayéndolo de entre las líneas, moverse bien en la sugerencia requiere maestría.
Mientras Olivia duerme Lorenzo lee la carta que estaba guardada en la caja y que explica por sí sola algunas razones de su hermana. El autor no juzga ni culpa ni responsabiliza sólo muestra y establece el contraste, quien lee decide qué hacer con el retrato:
“Querido papá:
Te escribo para darte las gracias por el dinero. Cada vez que me sacas de un apuro tirando de tu cartera me pregunto: y si en el mundo no existiera el dinero, ¿cómo podría ayudarme mi padre? Y luego me pregunto si lo haces porque te sientes culpable o porque me quieres. ¿Y sabes qué? Que no quiero saberlo”.
La carta continúa, tendréis que entrar en el libro para completarla.
Al mismo tiempo hemos visto cómo mira a su padre Lorenzo y la diferencia también está servida así como el sutil deseo de equidad: “…Una de esas personas serias que parece que han de sostener el mundo solos”.
Cuando Olivia se encuentra mal Lorenzo la contempla y define su aspecto de este modo: “…Como si la hubiese masticado y escupido un monstruo al que le hubiera sabido amarga”. Qué belleza.
Este niño que era y es cariñosísimo con sus padres y su abuela escuchó en la sala de profesores cómo la maestra  le decía a su madre: “Es como si estuviera en la estación esperando el tren para volver a casa”.
Ese crío al que “le gustaban aquellas enormes fotografías de gente comiendo sola en restaurantes llenos” era feliz a su modo. No sé por qué hay que dar tanto la tabarra con la sobrevaloración del grupo si tarde o temprano te integras con más o menos gusto ya que no hay otra, si tarde o temprano te emparejas felizmente, y tienes hijos a los que amas y por los que también te preocupas en igual medida, y encuentras un trabajo que encaja en el orden social establecido, que se lo digan si no a este escritor que ejerce el oficio más solitario del mundo: La literatura, y la enorme y paradójica necesidad que ésta tiene de comunicarse y compartirse al mismo tiempo. Dejemos entonces vivir en paz a los gregarios y también a los solitarios porque más tarde o más temprano todo encuentra su lugar, la vida te va guiando.
Pasajes como el original relato que Lorenzo le cuenta a su convaleciente abuela no tienen precio, así como el momento exacto en el que en ese cuarto -aprovisionado de cocacolas, latas de atún, libros de terror y la play- el chico mata al monstruo Soul Reaver en el videojuego. El engarce no puede ser más lírico.
Insisto en que volver de vez en cuando a la adolescencia permite saber si de algún modo te has traicionado o si te has mantenido fiel a tu propia esencia. En aquel tiempo se veía más claro quiénes eran limpios de corazón y quiénes en su lugar tenían piedras.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

"Juego de espías" de MICHAEL FRAYN

“Juego de espías” de Michael Frayn o la evocación de un verano en la infancia de Stephen Wheatley en las calles de un barrio londinense situado en las afueras de la ciudad mientras la segunda guerra mundial devastaba Europa.
Dos niños varones, Stephen y Keith deciden “jugar” a vigilar a los vecinos. Keith, quien habitualmente toma la iniciativa, un buen día asegura que su madre es una espía que trabaja para los alemanes, a partir de dicha conjetura ambos irán anotando cada uno de los movimientos, entradas y salidas que la sencilla ama de casa hace, y sin pretenderlo se adentrarán en el mundo de los adultos cargado de silencios, tensiones y secretos que la imaginación de los chicos rellena intentando completar así la información que les falta. Pero, ¿van bien encaminados?, ¿acaso el instinto infantil que respira los ambientes en los que vive no es el más certero?
Los niños atraviesan con facilidad envolturas y oscurantismos y hacen diana con sus dardos en el núcleo y en la esencia de los mayores. Pero aún desconocen las consecuencias de sus actos ¿inocentes?, ¿reflejo de nuestra imagen y semejanza?

Comprendemos sin saber, porque como ya he dicho en otras ocasiones en este mismo blog hay percepciones conscientes y también inconscientes, pero en el fondo siempre sabemos lo que ocurre aunque no nos atrevamos a mirarlo de frente.
Cincuenta años después Stephen regresará a la calle de su infancia y podrá mirar a los ojos al niño que fue.
Tras un arranque largo en apariencia el lector deduce hacia la mitad de la novela -en el eje- que la extensa presentación ha sido necesaria para crear la atmósfera hipnótica que la historia requiere. Porque atreverse a hacer algo o retroceder para no hacerlo lleva su tiempo y en esa tensa disyuntiva de vaivén se moverá el niño protagonista de esta historia.
El recuerdo, la dura remembranza, proviene de un olor: el aroma que desprende el arbusto de la alheña, una mezcla dulce, acre y de marcaje felino. El olfato siempre es el sentido que se ocupa de la memoria, de los recuerdos a los que a menudo llama sin permiso, y de los cinco, es el más rápido en viajar vertiginosamente hacia el pasado.
Esta novela iniciática nos habla de la fascinación que ejercen los tiranos ya desde la infancia, de cómo paralizan los seres dominantes, de cómo anulan la iniciativa, la capacidad de respuesta... En ese punto me pregunté de nuevo por la valentía y por la cobardía que tan en serio se toman los niños dado que en la elección implican su honor, que no por infantil es menos grande, y decidí que habría que redefinir sus significados ya que a menudo exigimos a quien ha sido apabullado que se defienda, porque eso es lo fácil, pero lo correcto en mi opinión es trasladar la exigencia a quien abusa y no reprochar encima al damnificado, lo mismo haría con la fortaleza volviendo a desmenuzar su concepto, porque no es más fuerte quien se sale con la suya, grita o reacciona con amenazas para conseguir lo que quiere, sino quien en las peores circunstancias opta por lo que considera más justo y lo mantiene. El lenguaje sólo es un reflejo de los sentimientos e ideas, y algunos sin duda llevan demasiado tiempo siendo preponderantes, erróneos e impuestos, la Real Academia debería estar más atenta al contenido, al fin y al cabo de eso trata el oficio, de eso va la semántica.
Juego de espías da una inteligentísima vuelta de tuerca que nos hace replantearnos -bajo la mirada de la infancia- demasiadas ideas preconcebidas que damos por supuestas como la de que ser alemán en tiempos de Hitler no fue sinónimo de nazi, parece una verdad de Perogrullo, pero no está de más recordarlo.
La crueldad anida en nosotros y se practica en cualquier parte del planeta y en cualquier tiempo, saberlo nos permite elegir ejercerla o no. Hemos conseguido convertir el nazismo en eufemismo y apartándolo hacia ese compartimento estanco del mapa y en ese trozo de la historia nos quedamos tranquilos pensando que la atrocidad no va con nosotros, que aquella ignominia, aquel holocausto lo hicieron y protagonizaron otros, pero muchos alemanes se oponían, y también fueron perseguidos y asesinados sin que necesariamente fueran de religión judía o de origen israelita, a menudo lo olvidamos. Mientras otros muchos europeos celebraban la llegada de aquellas juventudes hitlerianas tan rubias y tan altas. Con respecto a estas últimas frases Michael Frayn se guarda una hermosa sorpresa invirtiendo los comportamientos que no voy a desvelar.
El padre de Stephen mientras cura y desinfecta con inmensa ternura la herida que le han hecho a su hijo en el cuello le dice que hay personas que disfrutan con la crueldad y que él ya ha visto demasiadas, (perdón por no citar textualmente), en ese momento le devuelve a su hijo la dignidad enviándole el mensaje correcto: nunca, jamás hay que ser como quien te ha causado esa herida. Le devuelve la fortaleza haciéndole comprender que ésta radica en dicha decisión, y yo añado que es bueno saber que tienes fuerza precisamente para no alardear de ella, para no tener que usarla.
“Juego de espías” analiza la zanja que separa el mundo adulto del de la infancia, todavía no sé si es inevitable esa brecha en la etapa -quizá más íntima de nuestra historia personal- en la que todavía buscamos las palabras para ponerlas en donde aún no las hay, las nuestras, las propias. En ese periodo en el que sólo sentimos y reaccionamos, el pensamiento aún está colocado en las emociones y en la intuición.
En la novela hay una imagen hermosísima que define con exactitud dicha zanja: Stephen, tras padecer una pesadilla se mete en la cama de sus padres en medio de las paredes que forman las dos espaldas. No puede ser más explícita.
“Juego de espías” se adentra en el origen de los miedos con una eficacia que hasta ahora yo no había contemplado ni en literatura ni en ninguna otra parte. Me sigo preguntando ¿por qué cuando somos niños no comunicamos la angustia?, ¿qué componentes de humillación y vergüenza hacen que ocultemos el dolor que nos infligen? Ahí está el acoso escolar para demostrarlo. Sin embargo paradójicamente esa zanja insalvable en apariencia como un cañón esculpido por un río se vuelve navegable cuando los miedos adultos y los infantiles son compartidos: la madre de Keith conecta con Stephen en el momento en el que los dos olfatean sus temores sintiéndose de la misma especie, y lo mismo sucede cuando el aviador escondido pronuncia en voz alta ante Steephen lo que sintió desde el cielo.
Una historia de amor se despliega ante los ojos del niño sobre un mapa de seda que ha de entregar junto a la frase “Para siempre”. Pañuelos, fulares que tapan o destapan, que ocultan o muestran en gargantas grandes o pequeñas…  Responsabilidad inmensa para un menor asustado e imaginativo. Encomienda que no cumple a causa del terror que le atenaza, por no haber sabido encontrar o aprovechar el momento adecuado, por sopesar la encrucijada de sus lealtades. El remordimiento que se instala en sus pequeñas entrañas por no saber a quién ser fiel con la palabra dada. Los niños no distinguen los niveles de importancia en los errores, en las faltas, en las equivocaciones y por ello no se otorgan el perdón y se limitan a acarrearlos.
Pero será la solidaridad innata cuando dejan de inducirle, cuando piensa por sí mismo la que salve y resarza a Stephen de toda confusión. Su padre le tranquiliza aunque el hijo no le responda, diciéndole que no ha hecho nada malo si le ha llevado comida y medicamentos al hombre escondido. Pero el hombre cruza las vías del tren.
“¡Qué cosas nos hicimos los unos a los otros en aquellos años de locos! ¡Qué nos hicimos a nosotros mismos!”  
Nos dice el protagonista en la madurez al llegar a las últimas páginas. 
La casa del niño no deslumbra tanto como la de Keith, pero el padre de Stephen en lugar de opulencia y oropeles sí le proporciona sin embargo cimientos para que en el futuro sea un hombre, un hombre bueno. Y puestos a seguir redefiniendo creo que a nadie se le escapa que la verdadera fuerza es la bondad.
“Juego de espías” es un libro que remueve, que transforma, que conmueve, que emociona. Pero sobre todo “Juego de espías” nos recuerda que los niños se miran en nosotros, intentemos al menos no estar sucios o limpiemos el espejo frente a ellos, para que sepan que todos nos equivocamos pero que los errores se pueden remediar. Toda mi vida he pensado que a los críos se les puede decir la verdad buscando la manera apropiada de hacerlo, es la muestra de respeto que más agradecen. Es posible que sea después cuando no queramos verla.
Agradezco esta joya literaria que mereció el premio Whitbread de novela en el 2002, pero a quienes de verdad quiero dar las gracias es a Stefan Weitzler, (cuando lleguéis a las últimas páginas entenderéis la sorpresa de este nombre que ni el escritor ni yo os habíamos anunciado) nunca antes había sentido con tanta hondura la verdad de la ficción, y me alegro de haber conocido a Michael Frayn, el autor, a través de esta bellísima novela llena de lirismo y voz tan singular que no se parece a ninguna otra, gracias a él, he navegado por el interior de mí misma. Frayn es la mano que te saca del abismo tras introducirte en él sin soltarte para que pierdas el miedo.
Es una novela preciosa que me regaló un reciente amigo vinculado con la biblioteca pública de mi ciudad.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

"Los besos en el pan", de ALMUDENA GRANDES

Retrato fiel de cómo esta etapa de crisis -que ya cumple una década en nuestro país- está transformando en profundidad continente y contenido.
Bajo la atenta, comprensiva, dignificante mirada de la autora contemplamos la adaptación de un barrio madrileño desde el que Almudena Grandes abre plan para hacerlo extensivo a todos los barrios de España: el injusto drama de desigualdad tan estoicamente sobrellevado por quienes lo padecen, es decir, toda la sociedad, ya que no se trata sólo de ideología sino de ser solidarios y la empatía va de que lo que te pasa a ti nos pasa a todos porque repercute, vivimos juntos y no aislados, no hay que mirar sin ver, no hay que torcer la cabeza hacia otra parte.
La novela me ha remitido al neorrealismo cinematográfico italiano. Era necesario contar literariamente el dolor que nos aqueja y reflejarlo con el hiperrealismo de hoy, las casas de hoy, los coches de hoy aparcados en la puerta por falta de gasolina que les alimente, o de dinero para revisarlos, arreglarlos, renovarles el seguro…
La mirada periodística es exterior, aunque ahonde. La literaria, en mi opinión, es más profunda y completa porque añade la interior, porque hace que la historia se cuente desde las emociones, desde la psique, desde los pensamientos que no se pronuncian o no se oyen salvo por el indiscreto tabique delator que en medio de la noche multiplica un llanto masculino de timidez e introversión desesperadas. Porque relata el rugido del hambre que no se escucha en las tripas infantiles, pero que se asoma a los ojos de una niña con abuela xenófoba que prefiere mendigar en “Sólo para españoles”, paradójico ejemplo tópico y típico de esa mentalidad absurda que envuelve en celofán de soberbia un mundo de apariencias y patetismo muy patrio: Que no salga el humo aunque te abrases en llamaradas, aunque arda Troya, actitud reprobable, pero que tanto a la autora como a mí, en el fondo, nos produce conmiseración, y explica por qué hay determinados votos electorales que de ninguna manera se comprenden. Sólo Sofía, la maestra sin tapones en los oídos sabe escuchar el calambre hambriento en los honorables ojos de los niños incapaces de traicionar a su familia confesando que no comen.
Almudena Grandes sabe mirar con amorosa hondura a todo el mundo, a las chinas del establecimiento de uñas postizas que se sitúa frente a la peluquería de Amalia, (que hasta ese momento embellecía las cabezas de todo el barrio), la magnífica pero humilde estilista sólo pierde la vergüenza cuando tiene que pedir para otros, creando así su pequeño banco de alimentos.
Por ese mismo distrito sin nombre -que todos podemos reconocer en los nuestros- transita la abogada Marita que se deja la piel y los pies para acabar con los desahucios.

Begoña se librará de la adicción a las compras y del sucedáneo insatisfecho que contienen, “no hay mal que por bien no venga” podrían pensar algunos, pero ese mal no tiene que ver con la crisis ni con la capacidad adquisitiva, sino con una mentalidad superficial que sí se extendió durante largo tiempo.
Por sus aceras camina Ahmed cuya miseria desmoralizadora nos anuncia la posible captación con profanados cánticos de minarete. Parece que tampoco queremos entender ni el cómo ni el por qué de ese peligroso aviso, comprenderlo supondría atajarlo, pero es más fácil que se vaya la fuerza por la boca en desprecios y desahogos cobardes amparados en el bulto de la chusma. Para canalizar la ira en grupo sí parece que servimos.
A Almudena Grandes la he visto unas cuantas veces a lo largo de la vida en encuentros con clubes de lectura o en presentaciones de sus libros. Su novela “Malena es un nombre de tango” llegó a mis manos en un momento crucial de mi existencia, acababa de perder mi trabajo y de comprender la diferencia entre amigos y relaciones sociales. Ella presentaba su obra en una residencia de estudiantes y al poco tiempo en la Biblioteca Pública de mi ciudad, gracias al talismán de su novela me enteré de que los marcianos como yo, engullidores de libros se daban cita allí, y a partir de ese momento encontré un lugar de pertenencia que me resarció de todo el fariseísmo.
Aquel día fui a escucharla a la residencia de estudiantes con mi hija mayor, en ese momento Sara tenía quince años, acababa de estrenar la adolescencia, cuando concluyó el encuentro y nos fuimos le pregunté que si le había gustado la autora, y me respondió “Me ha encantado, tan alta, con esos “cacho” pies, y fumando todo el tiempo…”, traduzco: “Tan ella misma, tan poderosa, con los pies tan bien puestos en el suelo y al mismo tiempo con tanta capacidad para el vuelo”.
En agosto mi hija mayor cumplirá 37, ambas hemos leído todos los libros de Almudena según han ido saliendo, a excepción de “El corazón helado” (me regalaron un ejemplar en casa y otro los compañeros del club de literatura) aún no he empezado a leerlo ya que siempre tengo que dar prioridad a los de club, y sin embargo ella, mi hija mayor, sí lo hizo con fruición y vehemencia, dibujándose un árbol genealógico que todavía estará dentro de las páginas esperándome.
Aquel día de 1994 yo tenía 38, soy cuatro años mayor que la escritora. Recuerdo palabra por palabra lo que dijo -en el corazón el tiempo no transcurre- y la manera de mirar y de embestir con esos ojos tan negros que clava como dardos cada vez que escanea los tuyos. No lo cuento como anécdota de proximidad, aunque es curioso cómo ambas  -Almudena y yo- hemos ido cambiando de talla a la vez, cómo compartimos la afición por la cocina dándole el significado artístico y de expresión cariñosa y entrega que tiene… pero es más llamativo todavía que si me descuido repito algunas de sus frases sin darme cuenta y por supuesto sin ánimo de plagio ni de emulación, y a la vez encuentro muchas de las mías en su escritura o en las entrevistas que le hacen, y no porque caigamos en lugares comunes a todo el mundo, precisamente la sincronía se produce con las opiniones más singulares. Tenemos hasta el mismo modo de cabrearnos o conmovernos ante iguales circunstancias, y es que simplemente coincidimos sin más, y eso me alegra.
Lo digo para explicar que es un lujo seguir la evolución y trayectoria de alguien al mismo tiempo que ésta se va produciendo. Ahora se olvida que A. Grandes fue precursora de muchos avances verdaderos y reales. Hasta el momento en el que escribe “Las edades de Lulú” hablábamos entonces de liberación sexual femenina de forma muy técnica y eufemística aunque intentáramos ser brutalmente descriptivas –ese era precisamente el escondrijo- faltaba sin embargo ponerle nombre a lo que sentíamos como generación a caballo de muchas contradicciones, y ella encontró las palabras sinceras para colocarlas donde antes no las había y creo que nunca se le ha agradecido bastante, como suele ocurrir con los escritores de trato amable, sencillo y cercano, porque parece que lo que hacen es fácil.
“Malena es un nombre de tango” fue la reivindicación que produjo el exorcismo que barrió de un plumazo los restos de maldición contra el sexo femenino que todavía quedaban. Si mal no recuerdo terminaba con la expresión “¡Qué coño!”.
Según ella misma explica, al hacer balance de su trayectoria y de su carrera, comenzó a mirar a su alrededor a partir del nacimiento de la transición, y yo constato que estudió a la mujer desde todos los ángulos y roles posibles, como madre, como hija, en el trabajo… Rompió esquemas en “Modelos de mujer” demostrando -como es habitual en ella- que la belleza cabe en varias tallas y en distintas edades y desmenuzó los ingredientes que provocan el deseo, bastante más profundos que el mero calentón. Trató a fondo el triángulo en “Castillos de cartón”.
Y al fin, tras ese arduo recorrido se preguntó por el origen, y se encontró a sí misma situándose cronológica y vitalmente en tiempo y espacio.
La transición no había llegado por generación espontánea, era el resultado de la lucha de nuestros abuelos, y de la resistencia callada de nuestros padres. Como ella misma dice si se hablaba delante de los hijos de ciertas cosas se corría el peligro de que en su ingenuidad lo dijeran y delataran en los colegios, el país seguía acuartelado y atesorando fichas como poseso. Y así fue pasando el tiempo que permitió que a los vástagos nos educaran con la versión “ganadora” e ignorando la otra parte de la historia. Y por temor a la involución se huyó hacia delante dejando un vacío de contenido injusto y lagunas de memoria llenas de nombres propios, se propiciaron reconciliaciones nacionales tácitas que impedían mirar hacia el pasado, se retiraron las caras molestas que lo recordaban para en su lugar poner otras con más estilo de Sorbona y estudios de piano. Y dimos por hecho que la democracia estaba consolidada. Pero una democracia no funciona sin el sostén de su pretérito, y había que refrendarlo.
Ella era la nieta y le correspondía hablar, ser la voz de quienes no la tuvieron y así llegó la novela bisagra “El corazón helado”, el eje en medio de su obra a la que le faltaba toda la primera parte. Y es que nos guste o no, todos nacemos in media res.
En sus libros anteriores la prosa era apabullante, llena de lirismo, esplendorosa, barroca, con tono alto, ritmo ascendente y vuelo de águila. “Los aires difíciles” me resultó una bellísima innovación, con estructura de aire, ya que distintos vientos separaban las partes. Sin embargo cuando hace pocos meses leí “Inés y la alegría” (como ya he dicho hacía mucho tiempo que no entraba en las páginas de sus últimas novelas) el impacto que tuve fue muy distinto, subjetivo sin duda. Encontré su escritura mucho más sobria, sucinta… y tuve la sensación de que se manejaba como si llevase un gorrión trémulo entre las manos, con el cuidado de quien ha recibido como legado una historia referida y por nada del mundo quisiera desvirtuarla. Sentí que volaba bajo y con miedo. El telón de fondo me resultó oscuro, como un fundido en negro, como si no se atreviera a dar la luz para que no le dijeran: “No, ese paisaje está mal descrito, ese cuartel, o esa casa no eran exactamente así…” Me alegraré de estar equivocada cuando me introduzca de nuevo en sus episodios nacionales con el doble homenaje a Galdós y a los republicanos.
Recuerdo que yo discutía a menudo con sus personajes y con ella cuando elevaban sus quejas de “hija”, solía decirle: “ya te crecerán los tuyos y te enterarás” porque a veces su escritura hacía que me entrasen temblores por aquello de que los hijos eran baúles de recuerdos que después se iban a convertir en duros jueces amonestadores.
Aquel día en la residencia de estudiantes le pregunté que si no había tenido escrúpulos éticos por haber transparentado en las páginas a su familia, me pareció que daba un rodeo y le dije que entendía que no quisiera responderme, fue la primera vez que le vi la clavada de ojos y esa reacción honrada ante el reto. Respondió: “Reina no es mi hermana sino alguien más importante” y asintió haciendo una pausa para ver si entendía, yo afirmé también en silencio. “Pero tengo derecho a mi memoria”, concluyó.
Las dos nos hemos enterado, ya lo creo, y por fortuna no ha habido reproches sino elogios -que me caldean el corazón- por parte de mis hijas y buen balance, y hasta tengo un nieto adorable, que ojalá un día se pasme al enterarse de que soy Andrómaca (“El amor conyugal y filial frente a la crueldad de la guerra”. Otra preciosa ruptura de esquemas de la autora: las abuelas también son mujeres capacitadas para la “vida moderna” en las redes).
Creo que medir el paso del tiempo con el calendario de la literatura de Almudena Grandes constituye un hermoso vínculo. Nunca he intentado entablar amistad con ningún escritor consagrado, enseguida se les pone cara de póker por si les quieres pedir algo si se enteran de que escribes, pero sí atesoro lo mejor que tienen: sus novelas. 
En la entrada anterior de este mismo blog valoraba a los autores puente que poseen dos culturas y pueden explicar en ambos extremos de la pasarela los por qué de cada una. Almudena Grandes también es una escritora puente pero en su caso entre dos ideologías. Es una narradora de intenciones, bien definida en cuanto a su adscripción, pero no es casualidad que tenga lectores de tendencias políticas antagónicas ya que ella se crio dentro de una familia con miembros de los dos bandos y aprendió a posicionarse sin dejar de amarles, quizá por ello sabe explicarlos. Y tal vez por esa consanguinidad y por su sentido de la justicia puede hacer un viaje en el tiempo para colocarse en medio del combate.
Como toquecillo más frívolo para distender añadiré que es muy madrileña, expresiones como “era una chica monísima” son muy de allí, los castellanos somos más adustos.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.