"El pintor de batallas", de ARTURO PÉREZ REVERTE

 Acabamos de terminar en el club de literatura este magnífico legado y como siempre intentaré compartir con vosotros la experiencia personal de la lectura en solitario y también la colectiva, con las compañeras, en la puesta en común.
El primer libro que leí de A. P. Reverte fue “Territorio comanche”, sucedió hace muchos años y todavía me acompaña. Entremedias he disfrutado de unos cuantos más del autor, aún me faltan varios títulos de su extensa obra, pero me alegro de haber tenido entre las manos y en este momento de nuestra historia este… desgarrador cierre de circulo; deseo buscar la precisión porque me gustaría atinar con cada una de las palabras que como epílogo le añadiré a mi lectura; por nada del mundo querría que resultasen manidas, y desgarrarte a zarpazo limpio es exactamente  lo que hace esta novela.
Como ya he dicho otras veces, a ningún escritor nos gusta que nos atribuyan como biográfico lo que les ocurre a los personajes que creamos, que inventamos. Es biográfica la mirada, la forma de enfocar, de sentir…, el modo de elegir, de imaginar, de tomar posición… pero podemos dar vida a un asesino sin serlo, dibujar a un alcohólico sin conocer a ninguno y siendo abstemio o encarnar a un maltratador abominando de ello, (perdón por la perogrullada, pero está bien recordarlo para que nadie confunda al autor con su obra),  y aunque les hagamos préstamos personales a dichos personajes, son sólo eso: préstamos a su servicio y al servicio de la historia que narramos y que ellos viven, no nosotros, porque no son marionetas que nos sirvan para que opinemos a través de ellas, así que con ese respeto me referiré a Faulques y no a Arturo, aunque durante todo el doloroso trayecto por las páginas he caído a menudo en la tentación de asomarme por los resquicios, de entrar por la grieta de su torre para abrazarle.
Una de mis manías es la de mirar la foto del autor en los libros, no al principio sino de cuando en cuando, supongo que para aproximarme, y me da rabia no verla en algunas ediciones de bolsillo. En esta ocasión mi voyeurismo estaba de sobra justificado: el protagonista es un fotógrafo de guerra, que nos muestra minuciosamente en qué consiste, cómo afecta y para qué sirve su oficio, y me aproveché de su visor para mirar el retrato de Pérez Reverte con mayor detenimiento, y en ese juego de imaginación inocente quise atribuir el pequeño hoyo de su mejilla al repetido gesto de enfocar, y quise ver en los diminutos rayos de alrededor de sus ojos el guiño cómplice que aún espera. Pero debajo de esa mirada escrutadora la sonrisa triste contradice la esperanza porque refleja la decepción anticipada. La duda de esa sonrisa a medias le prepara con un “tal vez no halles al interlocutor que buscas, alguien que comprenda, que experimente, que al menos intente colocarse en el lugar”.
La novela es un grito y también un llanto, el llanto de los que han estado en lugares de los que nunca se vuelve, el grito de los que piensan que hay reglas ocultas para determinar las casualidades y se dejan las uñas al escarbar. “Quiero que usted comprenda”, dice Ivo Marcovic, el personaje conciencia, atravesando la página con el dedo y empujando con él el centro de nuestro pecho para que sepamos que no se dirige sólo a Faulques, único ser con el que puede compartir la misma herida.
 “La comprensión”, nos grita más adelante, “incluso el esfuerzo por comprender nos salva”. Ese es, en mi opinión, el corazón de la novela, comprender, ahí está el latido.
“Que no lo vea no significa que no esté”, le explica a Carmen Elsken, la carnal intérprete de origen holandés que huele a “sudor limpio de mar y sol”, a vida, a redención -añado yo- si Faulques hubiera querido salvarse, si hubiese decidido perdonarse.
“Una vez oí decir o leí que el excesivo análisis de los hechos termina por destruir el concepto… ¿o es al revés? Los conceptos destruyen los hechos”. En esas frases nos deja la novela una de las muchas  preguntas que creíamos insondables, y nos mueve la barbilla con brusquedad pero con afecto para que miremos de frente. “El pintor de batallas” es una bronca de la que el autor no se excluye. Testimonio, confesión, remordimientos… sólo quienes han estado en el corazón de las tinieblas pueden pedir cuentas y ponerle medida y significado concreto a la palabra transgresión.
En el club nos preguntamos por el sentido y la importancia que damos a los fotógrafos de guerra mientras comemos el postre. Por lo que estos buscan con su arriesgada profesión, ¿tal vez las leyes ocultas que rigen la existencia y la esencia de los comportamientos humanos? Y si es así, ¿qué esperan obtener de las respuestas?, ¿el sosiego tras haberlas comprendido?, ¿el modo de cambiarlas?
Llegamos a la conclusión, ya reiterada en otras sesiones y con otros libros, de que saber que somos capaces de lo peor y lo mejor es bueno porque nos hace buscar mejores normas y leyes para la convivencia y nos enseña a conocer los límites, el respeto, a especificar qué es la cultura y a utilizar el conocimiento como salvación de nosotros mismos que es muy diferente a ir de oráculo por la vida o de salvapatrias usando la cultura con una honda para darnos sopas, no olvidemos que los nazis del holocausto eran refinados eruditos.
Reflexionamos sobre si se puede volver a encontrar el equilibrio tras regresar de una guerra, si se levanta una frontera insalvable, si es posible la adaptación. Hablamos de la adicción al miedo deseando que si ese resorte se desata pueda volver a atarse. Comentamos sobre lo que atrapan las fotos instantáneas, elementos que si no fueran capturados así nos quedarían ocultos. Hablamos de la diferencia entre la mirada del fotógrafo y la del pintor, la instantánea frente a lo observado con más tiempo.
Ante la hermosa figura de la torre -casi un faro simbolizando el último confín- una de mis compañeras dijo que la pintura era circular porque ni empieza ni acaba, las guerras siempre están. Otra preguntó a su vez, “¿y si no hubiera sido Olvido la que muere, se habría producido en él la transformación? Tal vez todo nos sea indiferente hasta que nos tocan lo nuestro”.
Meditamos sobre la valentía con la que se pregunta Faulques por ese instante de ‘indecisión’ o de ‘decisión’ –en ese matiz nos paramos durante un buen rato- en el que no avisa a Olvido sabiendo que está de espaldas y a un paso de una mina porque la hierba está intacta. El buceo por esos pliegues oscuros del alma es tremendamente doloroso para Faulques y también para el lector que de pronto comprende por qué el pintor de batallas se quedó muerto en vida. También en “El último encuentro”, de Sándor Márai, se produce un instante similar en una cacería. Como hemos dicho tantas veces, da escalofríos ver como los libros de hablan entre sí.
Repasamos el maligno azar del francotirador: ¿era consciente, puesto que maneja el arma y decide?, ¿elige o no elige a quien dispara? y le comparamos -como la novela propone- con la falta de sentimientos de la naturaleza o el universo, ¿es acaso el universo consciente?, ¿a qué leyes obedece? Cuando pisamos un hormiguero no contamos las hormigas, unas se salvan aleatoriamente por estar fuera del pie, otras mueren aplastadas sin que la suela ni ellas sepan por qué.
Otra de mis compañeras se preguntaba con cierta indignación cómo se puede fotografiar el sufrimiento y después marcharse. Qué clase de asepsia es esa. Su planteamiento nos dio pie a hablar de la implicación de la Cruz Roja Internacional, de Amnistía… pero concluimos finalmente que el fotógrafo de guerra antepone la fotografía para entregársela al mundo, da testimonio, coloca las pruebas encima de la mesa para que todos sepamos, esa es su prioridad y al igual que un médico come después de abrir un estómago o un cerebro, el fotógrafo también se tiene que preservar para seguir mirando a través de su visor.
 “El pintor de batallas” nos enseña a distinguir las mentiras, nos muestra la clase de ética que unos guardan y otros no: llegar a pagar para fotografiar impasible un asesinato, es algo que él jamás haría. Que dispare la cámara sin parar no significa que entregue todas las fotos. La novela tiene en todo momento un planteamiento ético para el lector y el interrogante aparece implícito y explícito ¿qué crees que harías tú si te despojasen de todo tu bienestar?
Hay un juego de espejos que me afectó mucho: la mujer que se desangra por las piernas abiertas mientras su hijo la mira, y Olvido con su sedoso vestido alzado hasta la cintura para seducir a Faulques con desafío y a la vez con sumisión. Los mismos resortes para lo antagónico. Qué magnífica simbiosis de los dos mundos conviviendo dentro de nosotros, el refinamiento más sutil junto a lo más primitivo y la línea que lo separa, ¿frágil?, ¿ficticia?
¿Creéis que cuando van a matarte, suplicar por la vida es indigno?, ¿instintivo?  -Les pregunté.
Respondieron que por la vida de otro, tus hijos, tu familia, sí suplicarían. Desgraciadamente esa imagen nos condujo a la película “La decisión de Sophie” en la que un nazi hace que una madre escoja entre sus hijos.
La novela ha sido altamente valorada en el club, pero no todo fueron parabienes con respecto a “El pintor de batallas”, hubo quejas sobre las citas pictóricas, a muchas de nosotras nos sacaban del universo de sus páginas y aunque puedes apuntar los cuadros a los que se refiere el protagonista para luego buscarlos en enciclopedias o en internet habríamos agradecido que con cuatro pinceladas el autor mostrase las imágenes que quería subrayar, así se habrían conseguido las dos lecturas: la más avezada y la profana. Pero bueno, es un mal menor en el que todos incurrimos, en muchos libros aparece música desconocida que no podemos tararear y en justicia he de decir, como en otras ocasiones con respecto a otros libros, que quien cita suele hacerlo por honradez, para no quedarse con nada que no sea suyo, o por identidad generacional, gremial… en fin, es un modo de señalar iconos que nos aglutinan y que no son producto de la vanidad, pero está bien que los lectores puntualicen lo que les molesta o la forma que tienen de recibir el regalo de la escritura.
Otra compañera, compartió que se había negado en redondo a leer nada de Pérez Reverte, a partir del artículo que escribió sobre el entonces ministro de Asuntos Exteriores Miguel Ángel Moratinos, añadiendo que le había regalado a su hijo una por una todas sus novelas hasta ese momento, algunas de ellas firmadas por el autor. Aclaró que su enojo no fue por Moratinos ni por su adscripción política, -le habría dado igual que fuese cualquier otro, así lo expresó- sino porque A. P. Reverte se burló de alguien por el hecho de haberse emocionado en público.
Confieso que sólo conozco a Pérez Reverte como escritor y que no estoy pendiente de la rabiosa actualidad periodística. Espero no ser expulsada, por ello, del Olimpo de las letras, me las arreglo bien tratando de entender la vida a través de la literatura. Con todo lo demás -artículos de opinión, debates, tertulias, etcétera-, siempre me parece que entro in media res, podría ocultarlo, pero para qué, las 24 horas me cunden poco y elijo. Así que desconozco dicho artículo -que prometo buscar- pero tal y como lo contó mi compañera  estoy de acuerdo en que Arturo. P. Reverte es brillante y tiene herramientas y argumentos de sobra para criticar la actitud y la mala o buena  labor de alguien utilizando toda la artillería pero sin caer en la descalificación fácil. En cualquier caso todos tenemos nuestro temperamento. Me dejo como asignaturas pendientes para el verano leer “Patente de corso” y “Con ánimo de ofender” pero sé de antemano que ninguna de las dos recopilaciones variará mi inolvidable experiencia con este libro al que hay que dejar reposar en el interior.
Me ha conmovido que Faulques utilice la figura de Caronte para despedirse, ya sé que el barquero es una imagen común, pero en una novela mía tiene un papel importante y me ha ilusionado la coincidencia de que ambos nos hayamos asomado al inframundo en el reino de Hades.
Gracias señor Pérez Reverte, su novela “El pintor de batallas” me ha dado la vuelta como un calcetín, ha sido un honor caminar con usted por los círculos del mal, Dante no lo habría hecho mejor. Deseo que en el exorcismo, Faulques se llevase consigo todo el dolor.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro, en el que habremos leído “Cometas en el cielo” de Khaled Hosseini.
Pili Zori

"Sinuhé el egipcio", de MIKA WALTARI

Durante más de siete semanas hemos estado leyendo en el club de literatura Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari. Como complemento y broche final pudimos contemplar la película que el director Michael Curtiz adaptó hace seis décadas -a través de sus guionistas Philip Dunne y Casey Robinson- para el cine. La Biblioteca pública tuvo el detallazo de adquirirla en formato dvd y nos la proyectó para que pudiéramos disfrutarla, y ahí queda para que otros usuarios la saquen prestada. Naturalmente el cine es un lenguaje distinto y reinterpreta lo escrito condensándolo, es inevitable que el director extraiga de su alambique los subrayados que previamente colocó en el interior –adaptar una novela al cine no es una cuestión de síntesis ni de tijera sino de esencia- y en este caso la esencia que se destiló sí es digna de la novela.
En nuestro club, la lectura de este libro ha estado envuelta en un halo misterioso de coincidencias no buscadas: ya estaba elegido antes de que el pueblo egipcio actual hiciese dimitir a Mubarak, después el efecto dominó desgraciadamente no tuvo los mismos resultados en Libia. Así que inevitablemente  el periplo vital y anímico de Sinuhé se superponía como un calco por las mismas tierras de las que a diario recibimos noticias. De modo que la novela nos hizo la función de espejo comparativo. Lo mismo ocurrió cuando la publicó Waltari  en 1945 tras la segunda guerra mundial: tuvo un efecto enorme y extensivo de empatía entre los lectores de todo el mundo que compartían con el escritor finés los mismos sentimientos pesimistas y desolados que surgen tras las postguerras.
Como de costumbre, no rellenaré renglones con el resumen o reseña de la novela que vosotros mismos podréis comprobar, si bien la adquirís o la pedís prestada  en vuestra biblioteca pública más cercana, o a través del generoso internet. A cambio compartiré la experiencia de la lectura en solitario y la puesta en común de todas las opiniones y reflexiones que en el club han suscitado sus páginas. 

La potencia de la novela en mi opinión reside en su valor documental más que en el literario. El autor nos traslada al mundo antiguo y sitúa a Sinuhé muy cerca del faraón Akenatón del que se cuenta que intentó una reforma monoteísta que fracasó. Aunque tiene una trama interesante de personajes y vidas cruzadas,  Waltari se sirve del viaje para mostrarnos los aspectos cotidianos de aquella época en tierras mediterráneas; la diversidad de costumbres entre egipcios, babilonios, hititas, cretenses… Con minuciosidad nos describe modas, comidas, ritos…  La mirada del autor, es la mirada antropológica del reportero de guerra trasladada a la antigüedad para poner distancia y tras ese parapeto poder expresar, a través de los protagonistas, su filosofía y su pesimista visión del mundo. Con sutil ironía y un agnosticismo respetuoso hace una crítica exhaustiva sobre la corrupción del clero y del poder trasladable a cualquier tiempo. Y lo hace sin pontificar ni excluirse; para Sinuhé, Mika Waltari tiene una mirada filial y compasiva que sin embargo no le exime de sus faltas. El protagonista alcanza el máximo prestigio como médico real y también como médico de pobres, y en sus manos se dirime la vida y la muerte que no distingue cunas ni alcurnias. En su propia piel sentirá el contacto del oro y también el del harapo, su alma experimentará la luz del amor y la negrura de la venganza más abyecta, le veremos elevarse hasta los lúcidos cielos de la ciencia y descender a los peores infiernos etílicos, y a su lado siempre su fiel escudero Kaptab, su esclavo, personaje pragmático que Waltari escoge como la voz del pueblo. Kaptab es quien  sabe moverse en ambos mundos, quien vive una vida prestada, -la que le depara su amo-, el que allana el terreno a la “aristocracia” representada por el médico que aún sin dinero sigue siendo venerado por su poder de dar vida y quitarla; Kaptab es el “siervo” que se o
cupa de resolver todos los asuntos prácticos y vitales que el amo obvia. Este esclavo es el equivalente al ayudante de dirección de hoy, el administrador eficaz, el manager, el relaciones públicas, el minucioso gerente… Waltari convierte las sisas del servidor en sueldo que éste sabe multiplicar para él y para su señor, el leal sirviente tiene el don de los negocios, y con ese guiño irónico el autor vuelve a subrayar la arbitrariedad de nacer en unas circunstancias o en otras, no en vano el propio Sinuhé es adoptado tras haber sido abandonado en el río metido en una cesta-cuna elaborada con nudos de pajarero. El lector desde el principio intuye su origen.
Mika Waltari nos muestra que los signos religiosos han sido traspasados de unas doctrinas a otras -ya sean politeístas o monoteístas- hasta nuestros días, y con suavidad desmitifica dogmatismos y exclusividades. En cualquier caso y con enorme respeto, ya que en el club hay maravillosas compañeras de fe y adscripción católicas y también bellísimas personas ateas, me permitiré decir que el ser humano tal vez necesite concretar y canalizar su espiritualidad en factores comunes que le hagan sentirse unido a los demás y por ello busque liturgias que le permitan la identificación colectiva, pero lo importante es la esencia de dicha espiritualidad y no el nombre y los apellidos que lleve el canal. Nunca jamás una religión debe situar a las personas por encima, ni despreciar, ni servir como arma arrojadiza que enarbola la verdad absoluta si su base es el amor. Siempre he creído, incluso en los tiempos de imposición, que el tema de las creencias pertenece al territorio de lo íntimo, y que de poco sirven proselitismos y guerras santas.
Cuando vamos a comenzar una novela siempre indago un poquito sobre el autor y su obra, para hacer una breve presentación en el club a modo de apertura. En esta ocasión lo he pasado mal con los datos biográficos, enseguida os explico por qué: Hay veces que los biógrafos ponen el acento en lo peor de los autores, pero el acento está. Cuando me topo con ello vuelvo a preguntarme si no sería mejor separar la obra del escritor, porque a lo largo de toda una vida a ver quién es el guapo que se salva de la quema, yo misma que a veces me subo al púlpito ético me he pillado en renuncios vergonzantes de palabra, obra u omisión y no sé hasta qué punto debo ser recordada por ello, si me arrepiento. El caso es que los que han estudiado a Waltari dicen que tras la segunda guerra mundial se volvió ultraconservador, eufemismo que encubre un significado bastante feo. Conocer ese dato me ha hecho leer la novela con lupa y en guardia, así que no la he disfrutado, de forma que cuando me topaba con frases como “…su cuerpo también era desagradable de ver porque se parecía mucho a un rostro de negro a pesar de que no era completamente negro”, me preguntaba de inmediato: ¿el autor está reflejando el pensamiento de la época, o el suyo? Otra de las perlas que no apunté y que lamento no poder citar textualmente se desarrolla en una escena con Minea en la que Sinuhé dice algo así como que sintió más placer estando a su lado sin tocarla que si la hubiera violado. ¿Cómo os quedáis? Las relaciones de Sinuhé con las mujeres atufan a misoginia o como mínimo a las de alguien con dificultad de relación, pero por otro lado, ya os he dicho que el personaje es mostrado con luces y sombras y al final de sus días la evolución es positiva y el lector se queda con el haber de su balance.  En fin… juzgad por vosotros mismos.
En el club muchas de mis compañeras leyendo las atrocidades de las guerras que describe llegaban a la conclusión de que el mundo desde que es mundo se mueve como la rueda de un hámster, que el ser humano sólo da vueltas sobre lo mismo, que ni aprende ni escarmienta, que se ha evolucionado en algunos sentidos técnicos pero no en la manera de manejar los sentimientos y los instintos. Escucharlo me entristecía. En mi interior les daba la razón porque la evidencia es clara, pero también me rebelaba, ¿por qué? pues porque el pesimismo es peligroso y a veces sirve de escondrijo para no hacer nada. Y sigo creyendo que aunque sea en pequeños granitos debemos llevar incrustado en el ADN la necesidad de cambiar las injusticias, aunque tengamos que empezar por aprender a distinguirlas. Hace unos días escuchando la necesaria voz de intelectuales de distintos países –como vi el reportaje empezado no cito nombres para no dejarme ninguno fuera- me gustó escuchar que hay que seguir indignándose ante lo injusto, y no confundir la indignación con la ira, la venganza o el afán de poder.
Con respecto a la utilidad del club, como coordinadora a veces tengo altibajos, hace muchos años que el trabajo está hecho: el ambiente democrático y de respeto fluye; la diversidad es valorada, la corriente de afectividad enorme, el desarrollo personal está a la vista y el literario también. Pero a pesar de los objetivos cumplidos no puedo evitar preguntarme si lo que hacemos vale o es toreo de salón, mero entretenimiento o algo que transforma nuestras vidas y como efecto dominó las de nuestro alrededor. También me recrimino mi falta de generosidad puesto que sé de sobra que el club hace tiempo que marcha sólo, que no necesita coordinación y que por egoísmo o prurito de vanidad no he sabido delegar para que dicha coordinación rote y me convierta en una más. En estas estaba un miércoles cuando subiendo hacia casa con una de las compañeras tras terminar la sesión le transmití:
- No sé si esto del club tiene fuste, si lo que hago sirve, porque no quiero que sólo sea una distracción- ella me dijo:
- Mira Pili, yo antes de pertenecer al club apenas leía y si paseaba miraba los escaparates de ropa pero no las librerías, ahora esté donde esté vaya donde vaya no me salto ni una, y no puedo pasar sin un libro, así que creo que tiene bastante fuste. Agradecí mucho sus palabras.
Sinuhé cometió muchos errores como hombre, pero fue un buen médico que buscaba la verdad y siempre se la decía a los demás y a sí mismo sin distinguir al rico del pobre. Como médico tuvo el poder de ver sin ropa lo mismo al faraón que al mendigo, y al final de sus días lo único que quiso salvar para la posteridad fueron los libros, los pergaminos en los que describió su vida sin adornarla.
Creo que transmitir el arte y el conocimiento es algo bueno, y en el club lo hacemos. Incluso saber a través de sus biógrafos que Mika Waltari sufrió de alcoholismo tampoco sobra, ni es maldad gratuita -la novela está llena de resacas y de sus funestas consecuencias- pero ese mensaje externo al libro también es positivo porque el autor se sometió a tratamientos para recuperarse y no le importó que se supiera siendo una celebridad internacional y miembro de la real academia de su país.
Así que está bien que leamos con criterio y que nos suene la alarma y nos indignemos cuando leamos frases injustas aunque pertenezcan a otro tiempo y aunque fueran escritas por la célebre pluma de Mika Toimi Waltari.
Como también es adecuado decir, tras haberle dado todo su valor a la novela, que a muchas de nosotras se nos hizo costoso llegar al final, sin embargo a otras no les sobró ni una coma. La lectura de una novela es una experiencia personal, y lo que conmueve y emociona no tiene por qué coincidir.
Me gustaría cerrar este pequeño encuentro con la frase del poeta de origen libio Publio Terencio: “Humano soy y nada de lo humano me es ajeno”.
Un abrazo y hasta que volvamos a vernos.
Pili Zori

THE GOOD WIFE, otra buena serie de TV

Estoy entusiasmada con esta serie que hace que el espectador distinga la diferencia entre lo bueno y lo óptimo y espero que la avaricia no haga que los capítulos se prolonguen innecesariamente.
  Me maravilla el planteamiento que hace sobre el poder político y el laboral, ambos inevitablemente entretejidos. En “The good Wife” se desmenuzan en paralelo las estrategias del poderoso bufete y también las luchas intestinas por salvar la carrera de obstáculos -si es necesario incluso a zancadillas y a codazos- que supone colocar una candidatura y que el candidato llegue a la meta.
El discurso se narra en clave bipartidista, ese concepto tan americano que todos entendemos porque se ha exportado (he de decir, sin embargo, intentando ser justa, que aunque la serie subraya  ese aspecto conviene matizar que no hay nada más plural y variado que ese país tan grande y tan lleno de norteamericanos tan diferentes entre sí y tan singulares).
Podría parecer que la serie es una más de abogados e intrigas políticas y peleas intestinas entre magnates y poderosos, pero lo curioso por insólito, es que el interés se ha invertido: el espectador se entretiene con los casos, pero estos quedan como telón de fondo, el debate se dilucida en lo anímico; lo que al espectador le intriga en realidad es lo que está ocurriendo en el interior de los personajes. Así que lo secundario en otras series pasa aquí a ser principal.
A la protagonista, Alicia Florrick, interpretada por la extraordinaria actriz Julianna Margulies  su marido, Peter Florrick le inflige el máximo daño que se le puede hacer a una esposa: el dolor y la humillación privados y la vergüenza y el escarnio públicos. Un buen día, su marido -que ejerce como flamante político el cargo de procurador del condado- es destituido y encarcelado por malversación de fondos y escándalo sexual. Y ella se entera al mismo tiempo que el resto del mundo y a través de todos los medios, especialmente internet. Alicia tiene que ver y oír las escenas pornográficas que “el hombre de su vida” protagoniza con una joven prostituta a la que es asiduo sin haber considerado las consecuencias: aunque ella, su mujer, intenta mantener al margen del feo asunto a sus hijos,  tratar de tapar internet es como querer cubrir el sol con un dedo; precisamente son ellos, los jóvenes adolescentes quienes mejor manejan las nuevas tecnologías y es imposible impedir que se asomen a esa ventana.
La señora Florrick tiene que abandonar junto a sus hijos su lujoso barrio, para trasladarse a un apartamento más económico y poder hacer así frente a las deudas. Mientras Jackie, la suegra deseosa de que se reconcilie con su hijo, se ocupa de los nietos y le echa una mano en la casa, ella retoma su oficio de abogada en un importante bufete jurídico. Hill, su antiguo amigo y compañero de estudios, socio principal de la firma, la ayuda. Entrará a prueba compitiendo por un periodo de seis meses contra Gari, un joven abogado recién licenciado en Harvard. Diane Lockhart , otra socia principal interpretada por la carismática actriz Christine Barauski, le mostrará en principio su apoyo hasta que Alicia comprenda que dicho apoyo conlleva condiciones y que tendrá que luchar contra prejuicios, derribar barreras de desconfianza y delimitar su pequeño territorio para que nadie la sitúe en conflicto de intereses con su vida y su trabajo y no le pida información privilegiada o tráfico de influencias. Y en medio del maremagnum la presión natural e inconsciente de los hijos que adoran a su padre y creen en su palabra. Pero lo más logrado es que todo lo que acabo de decir el espectador lo escucha bajo su silencio. El silencio de una mujer comedida. Que pase lo que pase incluso en medio de un juicio antepone a sus hijos, jamás les dice luego te llamo, siempre interrumpe lo que esté haciendo para atenderlos. La serie, sin grandes mítines, muestra de forma sencilla como se concilia vida laboral absorbente con el cuidado de hijos.
Casi todas las obras de arte narrativo y visual se la juegan en el arranque. El de esta serie es inmejorable. Me quedé sin aliento al contemplar la ebullición contenida de la mezcla de sentimientos ambivalentes que esa mujer soporta subida en el estrado; está al lado de su marido y recibe la agresividad de focos y micrófonos como si fuese ella la castigada; ajena y al mismo tiempo tan presente, parece haber sido llevada a la fuerza a ese cadalso. Por nada del mundo quiere que se note que a duras penas se sujeta en pie. Hay un detalle en dicha escena que se te graba para siempre por la fuerza expresiva que contiene sin que se pronuncie una sola palabra: mientras él habla y pide disculpas a sus ciudadanos, ella no parece que le escuche, no es partícipe, sólo está ahí; de pronto ve un pequeño hilo en la manga de la chaqueta de Peter y comienza a elevar la mano muy lentamente para quitárselo, ese gesto mecánico, seguramente repetido tantas veces, subraya y se explica por sí solo; nos habla de una mujer que ha renunciado a todo para ser la sombra de un hombre y cuidar de él, de alguien a quien le pasa inadvertido ese cuidado, que da por hecho ese orden de cosas. Antes de que llegue a coger ese hilo de su manga, el marido toma la mano de su mujer -también mecánicamente, con un movimiento posesivo y de costumbre- interpretando que Alicia se la está dando. Cuando salen al pasillo y sin perder el gesto enajenado, la buena esposa le estampa un bofetón con esa misma mano y el espectador comparte la catarsis. Así comienza “The good wife”, la buena esposa.  
La potencia se focaliza en la interpretación de Julianna Margulis que compone un personaje contenido cuya carga emocional ha de asomar con sutileza a los gestos, puesto que si no guardase con cautela la fuerza de todos sus sentimientos encontrados se derrumbaría en público más de una vez. Leer en su rostro es un hallazgo de credibilidad, tanto que a veces llegas a pensar que Zack y Grace son sus hijos en la vida real, y que la complicidad entre su hermano y ella se remonta a la infancia compartida, que la relación suegra y nuera en tales circunstancias es a veces tensa. Naturalmente su buen hacer contagia y recibe a cambio la réplica de los grandes actores que le ponen enfrente, puesto que, aunque los guionistas Michelle King y Robert King la mantengan en primer lugar, finalmente la serie es una coral magnifica que el director Charles McDougall sabe sujetar en las dosis exactas, y con un plantel de estrellas tan luminosas imagino que no es fácil.
Sé que el personaje cuenta con la empatía de las mujeres de su edad que atesoran en su haber lo bueno y lo malo de un matrimonio largo y acusan el desgaste, y secretamente paladean la venganza blanca de que Alicia se pueda realizar de nuevo y además partiendo de cero y que rentabilice contra todo pronóstico el dolor, y que gracias a ese revés se abra paso como el ave Fénix hacia una vida libre, que vuelva a enamorarse, que pueda elegir, y que logre hacerlo sin alardes, sopesando, con reflexión; Alicia traza un camino de dignidad que podrían seguir mujeres aparentemente corrientes, cuando no saben qué hacer. Y sé que no es trampa, que el equipo no ha buscado complacer, aunque se lo haya encontrado.
No en vano guionistas y director se inspiraron en un hecho real como punto de partida: el del gobernador de Nueva York Elliot Spitzer que fue depuesto por sus infidelidades. Su esposa, como Alicia, también era abogada.
La serie me gusta porque rompe muchos clichés. Kalinda, la preciosa y delicada actriz Archie Panjabi, es la investigadora. Estábamos acostumbrados a que ese papel fuera siempre masculino y a que requiriese fuerza física, Kalinda puede hacer muchos estragos con un bate de béisbol y un rodillazo certero, pero sobre todo lo que Kalinda da a una serie de planteamiento ético es la mirada descreída y otro código de honor que sin estar fuera de la ley tiene sus propias leyes, Kalinda es un enlace entre dos mundos, conoce los barrios altos y los bajos fondos y sabe que dependiendo de las circunstancias el comportamiento cambia, conoce al ser humano y mira bajo la fachada; es un personaje fronterizo que dará mucho de sí porque la ternura de quien se desliza por el filo de la navaja conmueve más que la de los resguardados. Espero que los guionistas no caigan en el tópico de convertirla en un personaje perdedor, porque merece algo bueno para sí misma ya que aunque parece que va a lo suyo en realidad siempre sirve a los demás y encaja las injusticias que se le infligen sin quejas; es la testigo desagradable que conoce los lados oscuros que hay que deshollinar.

Sin embargo lamento que a Josh Charles, Will Gardner en la serie, no se le esté sacando todo el jugo y el juego que puede dar, supongo que lo reservan para más adelante; quienes le hemos visto en “En Terapia” dirigido por Rodrigo García Márquez, sabemos cómo aguanta el objetivo de la cámara y lo que puede salir de sus ojos, de las comisuras de su boca… transparenta por la piel pensamientos y sentimientos de autenticidad como pocos. No estoy diciendo que su interpretación sea mala, todo lo contrario, estoy pidiendo más papel para él, al fin y al cabo es el antagónico de Chris Noth, e imagino que se producirá el duelo entre ambos.
En cuanto a Cristine Barauski, en el papel de Diane Lockart, sólo puedo decir que me encanta que se enrolle con el experto en balística y ese juego fálico que se traen con las armas y el poder que le produce a ella tanta contradicción. Se define y se define bien cuando le hacen la jugarreta para que no sea juez porque no traga, siempre se ha dicho que todo el mundo tiene su precio, yo siempre he pensado en contrapartida que no todo el que puede comprar compra lo que se vende.
Diane es una mujer hermosa, no en sentido convencional pero llena la pantalla en cuanto sale, y me gusta que tenga la edad que tiene y que los guionistas la hayan imaginado tan visible e independiente y que se vea natural que la pasión surja entre ellos con arrebato carnal y adolescente, (me refiero en pantalla, porque en la vida ya sabemos lo evidente: la gente se enamora a cualquier edad y cuando lo hace no está para sopas y buen vino, como algún mojigato cree todavía, ¡vamos!, que ejerce). En fin, que  me compraría todo su guardarropa y sus abalorios si tuviera su tipo. Es una mujer refulgente.
Pero volviendo a las transgresiones que la serie hace, me gustó mucho que el abogado de pobres no fuese tan honrado como parecía; me encanta que no nos dejen caer en la tentación del arquetipo, y que nos recuerden que las apariencias engañan para que nos desprejuiciemos y sepamos escarbar y dilucidar por nosotros mismos; que nos digan que no debemos depositar los datos más personales y toda la confianza en un teléfono móvil cuyos mensajes de voz te puede borrar un desaprensivo o que dicho móvil puede caerse bajo las ruedas de un coche y hacerse añicos. Las cosas importantes no son para las máquinas.
 No sé si habré animado a quienes aún no la hayáis visto, como siempre diré que lo que a cada uno le emociona es muy subjetivo, pero sí estoy segura de que asistiréis a un trabajo magnífico.
Un abrazo y hasta que nos encontremos aquí de nuevo.
Pili Zori

TREME, una magnífica serie de TV

Hace algún tiempo tuve la suerte de ver la primera temporada de la serie americana de televisión Treme y desde entonces no se me ha despegado de la memoria. Los buenos guionistas tienen el talento de cerrar con broche de oro y en círculo, y a la vez saben dejar el ovillo del rico hilo sin cortar saliendo desde el engarce para que pase bajo la rendija de la puerta y siga conduciendo, basta con que los destellos de ese dorado hilo se abracen a la cintura de cualquiera de los personajes de su coral para que nos de nuevas entregas, finalmente el collar será una hermosa pieza de joyería donde el conjunto de abalorios circulares esté equilibrado, haga juego y resulte estético y aunque tenga varias vueltas sabemos que al terminar guardará la unidad. Así que espero impaciente dichas vueltas en forma de nuevas temporadas. Sin duda la habilidad de un guionista es un don de unos pocos y si además ojeas –otro talento difícil de encontrar- como hace la cadena HBO a varios de esos escasos ‘imaginadores’ privilegiados y los pones a trabajar en equipo y ves como ensamblan el ingenio mutuo siempre a favor de la historia para que suene con la belleza afinada y precisa de una orquesta pues ya no queda otra que descubrirte ante David Simon, Eric Overmyer y Agnieszka Holland. Sin olvidar la enorme importancia de la fotografía de Irek Hartowicz.
Treme nos cuenta la historia de varias personas de Nueva Orleans afectadas de diversas formas por el paso del huracán Katrina. Treme es el nombre de un barrio bohemio de esta ciudad llena de músicos.
Pocas veces he visto un homenaje a un lugar, tan veraz, tan sentido y tan poético. Recomiendo subrayar con especial atención la escena de la chef, que necesita irremediablemente marcharse a Nueva York para poder desarrollar sus capacidades como artista culinaria, junto a su enamorado músico que la lleva por todos los rincones anímicos y emblemáticos de la ciudad hasta terminar tumbados en la hierba para esperar la llegada del amanecer reflejándose en el Mississippi. Es un obsequio precioso para ella, para retenerla o para despedirla, o un recordatorio de pertenencia, es el regalo de un lugar al que volver, el suyo, pero sobre todo es un retrato verdadero y sin retoques con la mejor dedicatoria que se le puede escribir a un espectador: la belleza emergiendo desde la devastación para decir lo que fue, es, y será, esa ciudad que huele, respira y escucha jazz y blues por todos los costados, hasta en los funerales.   
Estamos acostumbrados a la América del cine, pero Américas hay muchas y variadas y americanos más. Pues bien, esta película es una ventana y por ella vemos la verdad que corresponde a este trocito del sur en el estado de Louisiana.
Creighton, el personaje que interpreta John Goodman, es el profesor de literatura que aglutina el espíritu y el sentimiento de dolor por su querida ciudad, él nos entrega la parte intelectual y crítica, su grito se oye con claridad, todas las noches graba en internet el canto y la queja. Creo que es el papel más bonito que le han dado en su vida de actor y naturalmente lo borda, me maravillo ante esa construcción del personaje, el espectador intuye en tensión que le va a ocurrir algo grave, y que ese algo está latente y proviene de su interior mientras su arrolladora vitalidad lo encubre ante su familia y ante nosotros. La depresión se va apoderando de él pero nos la muestra con una evolución sutil  que se refleja y aflora capítulo a capítulo en unas ojeras paulatinas, en una mirada de tristeza apenas perceptible, o puede que tal vez esa profunda derrota esté soterrada desde los primeros fotogramas y termine por transparentarse ya sin remedio, o ambas cosas, el caso es que una no se explica cómo se consigue transmitir toda esa ambivalencia llena de matices y elegancia, naturalmente hay que ser Actor. Así que le rindo pleitesía desde aquí, Señor Goodman, a usted y quien habla y lega a través de su personaje: el Señor Simon.
Si mal no recuerdo, Creighton intenta escribir una novela sobre la ciudad de Nueva Orleans, pero trasladándose a un tiempo pasado, cae en el dique seco -y no va con segundas- de la página en blanco y todos los espectadores vemos lo que supone esa pérdida para un escritor, es una de las mutilaciones más dolorosas. Lo curioso es que no se está dando cuenta, mientras va penando por todos los rincones, de que en realidad la novela la está escribiendo en su blog,  y lo está haciendo con herramientas nuevas para la literatura que además de la escritura incluyen la grabación de la voz y de la imagen y que eso en sí mismo es un hallazgo de inmediatez y difusión. Para mí este fue el regalo personal que de la extraordinaria película me llevé (película de larga duración, ya dije en la entrada de Mad Men o en la de Los Soprano, que el buen y gran cine se había trasladado a la pantalla casera, que ha dejado de ser pequeña).
A veces los que escribimos y tenemos un blog sentimos que este nos roba energía y nos vacía para la fabulación, pero la psique va a su aire, es innovadora y sabe donde ha de dejar los vertidos. No os diré lo que ocurre con el personaje que interpreta John Goodman, pero sí que le grité ¡No hombre, no, no hagas eso! ¡¿No comprendes que tu blog es la novela?!

Todos los personajes de esta maravillosa serie se dejan la piel en su amor por ella, su ciudad. La esposa de Goodman una eminente abogada que, a diferencia de las que vemos en las series convencionales, viste sin atildamiento y con comodidad cotidiana, muestra un cutis de su edad y sin maquillar y un cabello sin peluquería y busca a los desaparecidos con denuedo, pelea y se implica sin descanso y devuelve el verdadero sentido a esa labor de entrega que debería ser siempre la abogacía.
La película rezuma música, esa amante exigente a la que se le entrega todo en detrimento, a veces, de los queridos. Y es muy bonito ver el contraste entre la verdadera música de Nueva Orleans y las ´turistadas´ que solicitamos los visitantes. Me gustó mucho ver como se echa las manos a la cabeza una amiga de la violinista cuando le oye decir que va a dejar a su pareja, pero no creáis que se las echa porque decida abandonar a su novio como amor sino porque le va a dejar como dúo musical, eso es lo que le parece imperdonable, creo que el detalle explica por sí mismo lo que es esa pasión que define a los flipados de la música. Los músicos que aparecen en esta serie van siempre a dos velas, me refiero a lo económico, tocan en garitos o en la calle pero jamás se plantean dejar de tocar porque eso también sería una mutilación. Nunca olvidaré las escenas de la película Azul, en la que la esposa le escribía en secreto al marido las partituras, cuando este muere y ella está nadando en una piscina cubierta la sinfonía se le sale de la cabeza aunque se empeñe en sumergirla para dejar de escucharla, y cuando tira dicha sinfonía inacabada al contenedor se oye la distorsión de la rotura, la impostura no se puede desvelar y ella ya no podrá compartirla. No tengo el don de la música aunque vivo con un músico que durante muchos años la mantuvo en Guadiana, pero ella siempre, siempre emerge, sólo se disfrutarla de forma pasiva, pero tanto Azul como Treme me hicieron entender o al menos aproximarme a lo que se siente.

Si podéis ver esta serie espero que os guste por su singularidad y por lo que de testimonial tiene. Os dejo un trailer aunque sea en inglés.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori


Encuentro con el escritor ALVARO OTERO

Parecía que la relación epistolar, que tantos tesoros literarios nos ha regalado, se había perdido y mira por donde el maravilloso e-mail vuelve a ser el vehículo que viaja con las preguntas y nos entrega las respuestas a vuelta de correo como antaño, y es que a la palabra escrita le gusta el viaje y siempre que puede busca vehículo para emprenderlo.
Así es como se ha producido esta pequeña entrevista con el escritor Álvaro Otero, desde mi escritorio al suyo, entre Guadalajara y Vigo, en una carta sin vestir enviada por un correo más lujoso y rápido que el de los zares, que el del avión (en el que ella habría viajado ufana embutida en su flamante y distinguido sobre de ribete azul y granate) y más veloz que el del AVE en el que ella, la carta, habría sentido la nostalgia del traqueteo. La única pena es la ausencia del sello, pero ya inventarán algo que confiera apostura a los sobres de e-mails para que puedan ser coleccionables.
Antes de entrar en el juego de las preguntas y las respuestas lo correcto es hacer las presentaciones:

Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967 mientras por la puerta de mi casa entraba un televisor Taunus que imantó mis ojos a la pantalla con sus poderes hipnóticos y me pegó el trasero a la silla con sinteticón para alegría de mi madre porque la niña ya nunca más volvería a dar la tabarra mendigando por las casas de los vecinos las películas de la “Sesión de tarde” de los sábados, silla de la que no me levantaría hasta que terminaran los episodios de series como “La saga de los Forsythe”, “Valle de pasiones” o “Historias de la frivolidad” de Chicho Ibáñez.
Mientras Álvaro ensayaba sus primeros pasitos, Luis Eduardo Aute cantaba Aleluya y los Beatles grababan Sargento Pepper´s; Gabriel García Márquez publicaba Cien años de soledad; en San Francisco se llenaban la cabeza de flores los primeros hippies y Ernesto Ché Guevara moría asesinado en Bolivia. Entre Israelitas y palestinos estallaba la guerra de los seis días. Y Jesús Fernández Santos presentaba  en la pequeña pantalla -la de las 625 líneas, culona y tripudilla- La víspera de nuestro tiempo.
El pequeño Otero aún no sabía que 22 años más tarde, ya en presente y no en víspera, recorrería los mundos de ahora en los que sucedieron aquellos acontecimientos de antes para darnos, en primera persona, cuenta de los actuales en sus novelas y reportajes.
Otero estudió periodismo en la universidad Complutense de Madrid, y actualmente publica en distintos medios como El Faro de Vigo y El País Semanal. En 1995 sale a la luz gallega “Waelrad” (editorial Nigra, colección Relatos dunha hora), dos años después, en colaboración con el fotógrafo Lalo R. Villar “Mambrúes a la guerra” (Edicións Xerais, doble publicación en gallego y en castellano). En el 2000 gana el premio Nostromo con la novela “Días de agua” (Editorial juventud), en el 2006 edita con Ellago “De mar y de muerte” y en el 2008 gana el Premio nacional de narrativa de Guadalajara con “El Esplendor” que publica y distribuye Ediciones Irreverentes.

Gracias por prestarte generosamente a llenar el pequeño espacio de este blog con tu experiencia y sobre todo por compartirla. Deseo de corazón que esta singular forma de entrevistar haya sido de tu agrado -en esta época nuestra de velocidades contra reloj- ya que concede posibilidad de reflexión en las respuestas. Tal vez la oralidad, la inmediatez de la palabra hablada se sobrevalore en exceso, y es curioso que así ocurra porque paradójicamente para lograr que la prosa de un autor como tú se deslice con la precisión milimétrica de una bola de billar sobre el tapete, se necesita un largo y arduo trabajo de pulido. La agilidad y la fluidez del escritor llevan detrás muchas horas de vuelo así que vamos a darle hoy el valor que se merece a la palabra escrita. Empezaremos por la pregunta de rigor:

P. ¿Qué significado tiene para ti ser escritor? y ¿cuándo te atreviste a decir en voz alta que lo eras?
R. Para mí, escribir es connatural al mismo hecho de existir. Escribir forma parte de mi vida desde que tengo conciencia, así que, desde ese punto de vista, preguntarme qué significado tiene ser escritor es como preguntarme qué significado tiene para mí ser un humano que habita la Tierra. Y, respondiendo a la segunda pregunta, que está formulada como si ser escritor fuese un trágico secreto, te diré que ahí las cosas funcionan con pareja naturalidad. En realidad, que me consideren o no escritor me importa un bledo. A mí me importa escribir, y a todo lo que rodea a ese hecho –la publicación, la promoción, la aceptación, la repercusión mediática o económica- le doy una importancia relativa

P. ¿Qué recibes de la literatura? y ¿qué le entregas de ti a ella?
R. Te diré, primero, lo que le entrego: le entrego largos años de trabajo firme, tenaz. Le entrego tardes y mañanas y noches y madrugadas de invierno, otoño, de verano, de primavera, en las que podía estar jugando con mi hijo, tan real, en lugar de estar dando vida a personajes que no existen. Le entrego mi vida y todos mis sueños, y me entrego a ella tal como soy. El papel en blanco es como una taiga inmensa que recorro una y otra vez como un lobo solitario. ¿Y qué recibo? Pues creo que, como en la vida misma, en la mayor parte de las ocasiones en literatura recibes en proporción a lo que entregas. Y no hablo de fama, ni de dinero. Quien piense en eso partirá de un punto equivocado o se entregará a un tipo de literatura que no me interesa.

P. Tus novelas me parecen de altísimo contenido ético con código deontológico implícito, (sin que ello menoscabe, claro está, el interés que despiertan por su trama, inquietante y magnética). ¿Te consideras un escritor de intenciones?
R. No, en absoluto. No parto de ninguna intención moralizante concreta. Otra cosa es que el desarrollo de los acontecimientos que ahí se relatan lleven a cada uno a ciertas conclusiones, pero ahí, como decía Cortázar, la novela ya no te pertenece, es como una flecha que has disparado y dará o no en su diana.

P. ¿Escoges los temas sobre los que escribes o ellos te eligen a ti?, ¿cómo se produce el flechazo?
R. Para mí, qué da origen a una novela sigue siendo un misterio insondable. Es más: me llama la atención que exista tan poca literatura al respecto, y me refiero a ensayos o estudios que traten al menos de tantear ese territorio. Ahora acabo de terminar una larga novela tras cinco años de intenso trabajo y, si me preguntas cuál es su origen tendré que contestarte: no tengo ni idea. Así que, lo dicho: un misterio insondable.

P. Dicen que la literatura es el arte de lo ambiguo y el periodismo el de lo concreto. ¿Te resulta difícil cambiar de registro?
R. No, nada. Es más: al menos en mi caso, se produce una retroalimentación muy enriquecedora entre ambas disciplinas.  El periodismo me ha enseñado tanto como la literatura sobre el arte de narrar.

P. En tu novela “De mar y de muerte” el protagonista nos dice que, llevado por una vieja querencia, hace algún tiempo se vio tentado de escribir un libro sobre formas de suicidio, “El esplendor” comienza por uno ¿Por qué elegiste ese punto de partida?
R. El suicidio me parece la muerte romántica por naturaleza. Una muerte, contra lo que trata de inculcarnos la moral católica, valiente. Creo, además, que las formas de la muerte elegidas por las personas dicen mucho de ellas, encierran profundas lecciones antropológicas. Hace sólo una semanas, un gran diseñador gráfico con el que trabajé en un libro hace años, de mi misma edad, salió de casa como todos los días, cogió un autobús de largo recorrido, se paró en algún lugar del norte, tomó un taxi, pidió que lo llevasen a su acantilado favorito y, cuando el taxi se fue, se arrojó al vacío. Eligió su acantilado favorito para su vuelo final sobre el mundo. Era un artista, y su forma de morir fue su última, acaso su gran obra.

P. En “De mar y de muerte” consigues esa atmósfera de balanceo acunado, ese ritmo marcado por el vaivén del mar que trae y lleva recuerdos y devuelve a la tierra a los vivos y se traga a los muertos. Se me viene a la mente la imagen de la ola enarbolada, gigantesca e implacable de “El esplendor” que le arrebata la primera novia a Julián Andrade, una ola aterradora y a la vez majestuosa, en esa y en otras escenas como aquella haces que el lector sienta el mar como una deidad con leyes propias y misteriosas, justiciera a veces, vengativa otras... ¿Cuál es tu relación con el mar?, ¿O con los caudales de agua?, el día de la boda de Andrade el río que de nuevo vuelve a marcar la tragedia se llama Verdugo, creo recordar.
R. A grandes rasgos, y con algunas desviaciones, mi proyecto literario responde a una cuádruple vertiente que tiene que ver con los elementos esenciales: el agua, la tierra, el fuego y el aire. Para cada uno de estos elementos tengo tres obras, con lo cual este corpus, digámoslo así a riesgo de quedar un poco pretenciosos, se compondrá de doce novelas. La primera parte, el agua, ya está publicada: Waelrad, Días de agua y De mar y de muerte. El esplendor forma parte del ciclo de la tierra, pero efectivamente contiene ese elemento aunque de manera más tangencial. ¿Por qué? El agua es vida, hasta los 18 años dormí arrullado por las olas del mar y, por si fuera poco, soy Acuario. Supongo, pues, que es inevitable.

P. Tu prosa se desliza como una embarcación, no quisiera caer en el tópico, pero la pregunta es obligada aunque la respuesta sea afirmativa o negativa ¿consideras que haber nacido frente al mar marca el rumor y el ritmo de tu escritura?, ¿crees que hay una narrativa gallega?
R. El ritmo de mi escritura, que para mí es fundamental, no parte del mar sino de la música. La música es lo más importante de mi formación literaria, más incluso que la literatura  en sí misma, es decir, la lectura. La cultura musical, desde mi punto de vista, es clave a la hora de escribir. Yo concibo la página en blanco como papel pautado, como una partitura.
Por otra parte, en la actualidad la concepción de una narrativa gallega viene marcada por la utilización, o no, del gallego. Lo escritores gallegos, en su casi totalidad, no consideran literatura gallega a la escrita en castellano. Yo no estoy muy de acuerdo con esa definición, pero es un asunto que me aburre profundamente, y en el que no invierto ni un minuto de pensamiento.

P. ¿Cómo resuelves los préstamos personales que le das a tu literatura y que tienen que ver con los que te rodean?, ¿a los tuyos les gusta verse dentro de las páginas aunque el lector no los reconozca?, ¿cómo decides lo que callas y lo que cuentas sin que se te vaya el pulso?
R. Me gustan los pequeños homenajes entre líneas, pero nada más. La ficción, ficción es. Lo importante no es tanto que te preocupe lo que digas sobre los demás, si es que lo dices –que no es mi caso- como tener la osadía de desnudarte tú. Saber desnudarse: hete aquí lo que importa.

"Los muertos, los vivos", de BEATRIZ OLIVENZA

Acabo de cerrar esta extraordinaria novela de la escritora Beatriz Olivenza. Y subrayo el concepto de novela porque aunque la contraportada nos indique que se trata de nueve relatos yo los veo como episodios distintos que sin embargo guardan unidad, la unidad no proviene de los protagonistas, que son diferentes para cada episodio, sino del espacio en el que  se desarrolla lo que les ocurre.
“Los muertos, los vivos” transcurre en dicho espacio ´surreal´ en el que vivos y muertos conviven. La autora nos dice, dentro de su novela, que no hay frontera y que estamos todos juntos, que no existen dos lados, y que en ocasiones nos vemos los unos a los ‘otros’. Y nos lo dice sin güija y sin adornarlo con los sobresaltos y aspavientos fantasmales a los que nos ha acostumbrado el cine. Los protagonistas de esta narración no poseen poderes sobrenaturales, no sirven de intermediarios ante litigios sin resolver, ni han de acompañar a nadie hasta la luz, simplemente aceptan a los ´otros´ sin necesidad de ser comprendidos por quienes no los ven.
La hermosa composición de Olivenza está expuesta en tres grupos de tres y colocada en un orden aparentemente ´invertido´: comienza por i. “Vejez” y es más que posible que fuera de la novela también ése sea el inicio. En “Vejez” están los capítulos “Reunidos”, “Un pupitre al fondo del aula” y “Acompañantes”.
El segundo grupo pertenece a ii. “Madurez” que contiene “Ángulo muerto”, “El hombre de piedra” y “Érase un niño que jugaba”.
Y por último llegamos al iii. “Infancia” con “Sueños simétricos”, “Olvido tras el cristal” y “Hay alguien en la habitación del niño”.
En “Ángulo muerto” –y precisamente por ese resquicio- he creído encontrarla a ella, a la autora, entregándonos su leitmotiv, y en este capítulo he hallado el latido. Para mí el corazón de la novela está ahí: durante un momento la delicada y discreta escritora se sale del ángulo muerto para dejarse ver trasfundiendo así su sangre y embelleciendo su literatura con la generosidad de sus préstamos personales para que ésta bombee (no importa si el lector hace o no estos descubrimientos, lo que sí importa es que la novela los lleve, los contenga, que en ella se haya quedado esa sangre y esa piel, porque si no, no hay entrega y lo escrito no trasciende).
“Era mi turno; el del hombre que nunca hablaba de sí mismo”.
En renglones posteriores el personaje nos dice:
“-No sé qué edad tenía cuando descubrí que a la gente que quiero se la tiene que tragar la tierra. ¿Dos, tres añitos?”
Y más adelante afirma: “-Ese día empezó mi condena”.
Nos habla del miedo a las noticias que trae el teléfono –el teléfono… y la voz al otro lado- ese objeto simbólico e inquietante que desencadena cambios drásticos aparece también en “La voz de los extraños”.

“…No os riáis”, -exclama el personaje en esa reunión en la que todos los presentes están confesando sus temores- “ese miedo me lo causan unos instantes, apenas un segundo; ese segundo en el que el coche que adelanta al mío desaparece en mi espejo retrovisor y, antes de aparecer junto a mí se refugia en el ángulo muerto”.
Al lector le aguarda una sorpresa, que no desvelo, por la cual ese ángulo muerto cobra tanta fuerza y adquiere significados que dan para grandes e interesantes debates.
“…Claudio soltó un bufido de hombre lógico carente de imaginación. Rubén se reía y decía: -Ya está aquí el escritor, ya está aquí el escritor”.
Me encanta esa reivindicación implícita en la frase “hombre lógico carente de imaginación”. La carencia de imaginación suele oponerse, por desgracia, a las evidencias sutiles, y ganarles injustamente la batalla, lástima teniendo en cuenta que es la imaginación la que conduce al descubrimiento, imaginar no es mentir, como tampoco lo es inventar, o si no que se lo digan a Édison.
Beatriz Olivenza además de escribir se dedica a la enseñanza vocacional y en ella a la etapa de la pubertad, uno de los umbrales más cruciales de nuestras vidas. A sus chicos, cada año distintos, les entrega su valiosa arma: el lenguaje, y como eficiente samurái les enseña a usarlo. El respeto profundo que siente por niños y adolescentes, y la conexión anímica que mantiene con ellos, se trasluce en las dos novelas que de ella he leído. Además es actriz y también pinta y la unión de todas esas expresiones y disciplinas se vierte con riqueza en su narrativa.

Si observáis atentamente su escritura encontraréis en ella alguna de sus constantes como la de la pasión que por el arte tienen algunos de sus protagonistas, obsesión que les arrastra y no deja espacio, cuando los elige, para otros amores. En “La voz de los extraños” asistiréis a cómo un hombre gris en apariencia despierta a la pintura por emulación y por ferviente deseo de impostura. Quiere convertirse, a toda costa y sin saberlo, en ese padre pintor que la niña aún no sabe que ha perdido, veremos cómo es capaz de desprenderse de todos los muebles, enseres y hasta tabiques que ´sostenían´ su vida para dejarle espacio a sus nuevas pinturas, el arte cobra aquí el valor de denodada búsqueda, la búsqueda de la belleza que ponga orden y armonía en sus vidas y halle las piezas que faltan. Como veis  las razones lúdicas tienen poco que ver en este asunto.
De igual modo en “Los muertos, los vivos” otro personaje renunciará a su propia boda por recuperar los juguetes y cochecitos antiguos, -auténticas obras de arte contemporáneo- que el hijo de su novia ha destrozado y que él había conseguido, cuidado y conservado con mimo durante toda su vida. El hombre no sabe a qué obedece esa obcecación que le hace eliminar finalmente lo que el resto del mundo considera imprescindible para vivir. El espacio que lo convencional ocupaba queda libre ahora para esos niños de distintas décadas que juegan felices por los pasillos y las habitaciones de su casa con los juguetes que a cada uno les corresponden y que para ellos no son antigüedades… En ese momento el lector comprende el significado que el protagonista da a su colección: busca en el pasado para devolverles su presente.

Os contaría muchas cosas sobre Beatriz Olivenza y su obra, porque todas ellas están condensadas en sus páginas y sobre todo, os hablaría de lo que asoma por debajo y por encima de lo escrito: gérmenes de otras novelas e incipientes protagonistas que con sus burlones espíritus saltan de un libro a otro para buscar sitio y desarrollarse más, mientras ella prepara con denuedo espacios y huecos nuevos que den cobijo y hospitalidad a todos los personajes que bullen en su imaginación prolífica.
Cuando la conocí acababa de leer “La voz de los extraños”, yo ya estaba en el restaurante cuando ella entró por la puerta y en su rostro se superpuso la carita de la pequeña protagonista, que tan bien había descrito en la novela. Supe de inmediato, pero de forma inconsciente, que ese semblante era el suyo, el de la niña que lleva debajo, ese día se le salió durante un buen rato y ocupó su cara para mostrase un poquito, como en el retrato inacabado que aparece en la novela, en el que se escondían abuela, madre y niña (no he leído su trabajo “Lo que esconde el cuadro” pero a estas alturas creo que para el lector habrá quedado claro que los libros de Beatriz andan cosidos entre sí, aunque sean distintos, como corresponde a la Buena Obra de un Buen Autor). Retomo, que no quiero dispersarme, como os decía, sólo obtuve esa certeza horas más tarde cuando volví a ver la imagen quieta en el recuerdo reciente y la invoqué varias veces, sin embargo mientras en el restaurante sucedía el pequeño eclipse de superposición de rostros tuve esa sensación equívoca de que la conocía de algo pero no sabía de qué. Después, tras el esfuerzo, la niña volvió a esconderse bajo el rostro adulto cerrando puertas con el hermetismo coqueto de la timidez, pero a pesar del excluyente repliegue y de unos cuantos instantes incómodos, por la apenas perceptible pérdida de la proximidad, seguí escuchando su risa y su alegría que me llegaba desde detrás de la puerta de ese armario, igual que en la habitación de Miguel, se escuchaba la risilla de otro de los habitantes okupa de “Los muertos, los vivos”. Los escritores tenemos radar ultrasónico, ¿cómo si no podríamos escribir?
Beatriz Olivenza es de esas escritoras que te hacen robarle horas al sueño, y que desde la primera a la última página impide que te crezcan las uñas. “Los muertos, los vivos” es un maravilloso deseo, y no hay deseo de amor más grande que el de querer prolongarle la vida a los demás.
Beatriz Olivenza busca la Belleza y la alcanza con su prosa.
Así que desde aquí y con su permiso, os invito a descubrirla. El precioso y cuidado estuche que contiene este regalo lo ha realizado la editorial Torremozas y corresponde a su colección ETC 
Un abrazo y hasta el próximo encuentro
Pili Zori

"De mar y de muerte", de ÁLVARO OTERO

Entre los regalos que me han traído las navidades, me he encontrado con estos dos tesoros:“De mar y de muerte” de Álvaro Otero y “Los muertos, los vivos” de Beatriz Olivenza.
Dos autores de enorme talento por los que siento un orgullo añadido, aunque ambos habían  publicado y ganado con anterioridad sendos galardones yo los hago más propios, más nuestros, porque obtuvieron, el de aquí, el premio de narrativa de Guadalajara: Álvaro Otero con su novela “El esplendor” y Beatriz Olivenza con la suya más reciente “La voz de los extraños”.
Comenzaré por “De mar y de muerte” de Álvaro –de “El esplendor” ya dejé comentario en este mismo blog- y en la próxima entrega hablaré de “Los muertos los vivos”, de Beatriz.
“De mar y de muerte” ha sido una experiencia apabullante. Recupero el aliento y comienzo sabiendo que debería leerlo de nuevo ya sin estar en vilo y sin la dolorosa tenaza en el estómago, y que una segunda lectura, sin duda, enriquecería esta entrada, pero me apetece compartir las primeras impresiones aquí, sin reposarlas aún, porque son quizá las que percibes a través de los sentidos, del sentimiento y la emoción. Después dejaré que la novela me acompañe en el tiempo y produzca sus efectos tras una reflexión más pausada.
Pero ahora me acabo de bajar del Borna, el hermoso barco de recreo con “inquebrantable” panza de acero y “robusto” mástil de abeto, la ilusión que hizo revivir a Taquio tras una dura convalecencia anímica y física, y por contagio y afinidad también a su amigo Álvaro. Revivir, pobre Taquio, qué contrasentido conociendo su triste final.
Taquio, fotógrafo, y Álvaro, periodista y escritor, se disponen a pasar un largo y mágico fin de semana navegando tras largos meses de preparación y ensueño, pero a última hora se añaden, Marta Werner, (afamada arquitecta y cliente asidua de Taquio que a menudo le fotografía sus maquetas y proyectos) y su “flamante” novio Marcos Valcarce, nieto e hijo de abogados que dirige con eficacia de tiburón el heredado bufete.
Hermosa, provocativa, guerrera y procaz como una walkiria segura de sí misma por su físico de sirena y por su poderío de clase, ‘la Werner’ pondrá en jaque hormonal a los tres compañeros de viaje, la distracción y otros imponderables nos recordarán a que alto precio se cobra el océano las faltas de respeto.
De nuevo aparece en la escritura de Álvaro Otero el deseo del protagonista por la novia pija de otro y las distancias entre la clase media y la alta. Desde las primeras páginas se establece la diferencia entre el amor por la navegación representado por Álvaro y Taquio y la indumentaria absurda de los pijos que se plantean navegar por ostentación representada por Marcos. 
Pero antes de subirme al Borna me había bajado del carguero liberiano en cuyas oscuras tripas repletas de lujosos troncos de madera de caoba se agazapaban cinco polizones, jóvenes pasajeros africanos, bellos como Adonis, llenos de esperanza hacia la prosperidad europea y alcanzados por el dardo de las hermosas nbruni (así llaman a los blancos) de piel transparente y ojos de un azul imposible.
Estos dos barcos zarpan en años distintos, pero el autor, con maestría, consigue que durante muchas páginas el lector sienta que navegan a la vez como en planos superpuestos, así con ese paralelismo obtiene los contrastes: la oscuridad del vientre del carguero con los africanos por un lado, y  la soleada cubierta del Borna rodeada de azul con su ocioso pasaje por otro. El contexto y el concepto están servidos: Los dos mundos, pobreza y opulencia colocados en un espacio de agua que se rige por otras normas, sólo la caída del enhiesto y orgulloso mástil de abeto simbolizará el derribo de la frágil frontera que los separaba, sin teléfono móvil, sin emisora, sin comida y a la deriva, qué otra cosa nos queda sino ser náufragos.
Otero va intercalando las historias de Sam -el único superviviente de los polizones- y las de Marta sin que el lector sepa todavía que en un momento del pasado sus vidas se cruzaron. Ese secreto que se conserva latente hasta casi el final de la novela fue un detonante interno que Marta se llevará hasta el Borna en un recóndito pliegue de odio contra Marcos, su novio. Tras una larga conversación entre Marta y Álvaro fragmentada en varias noches de guardia en la cubierta del Borna, el lector, al igual que Álvaro, no pondrá en duda la veracidad de la versión que tan malparado deja a Marcos, pero falta un dato que sólo Sito conoce, -Sito es el compañero de hospital que ayuda incondicionalmente a Sam cuando éste es desembarcado en estado muy grave y el personaje enlace que conoce y guarda para la última página una clave importante- el lector, al descubrir esa omisión crucial en el último momento, no redimirá a Marcos, pero sí especulará sobre si dicho odio debería dirigirlo Marta contra sí misma y su cobarde y acomodaticio corazón, porque el conocimiento de ese dato marcará la fina línea que separa lo digno de lo indigno que nada tiene que ver con lo legal o lo ilegal, y una vez desvelado ese importante detalle, que Álvaro sea o no inducido al asesinato pierde por completo la relevancia dado el contexto y la situación, pero sí se vuelve, para el lector, sin embargo un boomerang contra ella. Si Marta había conmovido a quien lee, en ese primer contacto que mantiene con Sam en la intimidad de su estudio mostrándose verdadera ante él, cuando más adelante se entera de lo que calla y de cómo manipula se defrauda. Aquí en el centro decimos que no se puede querer ‘chocolomo’ cuando alguien te pregunta para que elijas entre chocolate y lomo: ¿Qué quieres chocolate o lomo? o ‘chocotajas’ por chocolate o tajadas.
He padecido mucho sumida en la contradicción corporativa de querer defender lo indefendible con respecto a las mujeres de esta novela, a las que el autor pone nombre, Yoya, Susana, Estela… seguro que para particularizar en ellas, caprichosas niñas bien de familia acomodada, la nueva crème, y no en otras. Y de vez en cuando caía en la injusta tentación de acusar al escritor de misoginia, pero dicha tentación al llegar a la punta de mi lengua se volvía de inmediato hacia mi garganta para ser tragada como un sapo porque el poder económico paradójicamente no es sexista y en “De mar y de muerte” las preciosas e idealizadas nbrunis (de entre las que Sam habría escogido esposa cuando en la adolescencia soñaba con ellas en su pequeña barca sobre el Volta) tiran de monedero para el comercio sexual y el posterior desprecio con la misma eficacia y displicencia que los hombres. Quienes leen asisten estupefactos al intercambio de información sexual clandestina entre madre e hija, ambas se “benefician” al superdotado ‘mandingo’ y después lo hará el grupito de amigas, eso sí, insistiendo en el secretismo y pactando el nuevo encuentro tras volver de la India habiendo colaborado con una oenegé y a continuación irse a las Maldivas para quitarse el stress de tanta miseria, -y es que cuando Álvaro Otero acentúa, rotula y aprieta la tilde con contundencia para que no queden dudas- :”¿Hablarle sobre África, sobre Ghana?,-piensa Sam cuando Marta le pregunta- ¿describirle los atardeceres sobre el Volta, las calles embarradas de Kpong durante la época de lluvias, el olor de las alcantarillas al aire? A los nbruni no les interesaba eso, sino los paisajes bonitos, los animales exóticos, los rituales misteriosos, las áfricas de documental en horas de siesta”.       
Otero coge a un inmigrante centra la historia en él y la despoja de toda abstracción. Concreta en un ser humano y nos dice todo lo que le sucede y como le afecta y como lo siente. Lo hace en singular particularizando, nos entrega el proceso y nos da los nombres de sus amigos, uno por uno, y los lugares de dónde provienen para que en ningún momento caigamos en la tentación de generalizar, para crear conciencia.
Lloré junto a Sam en la escena en la que el muchacho se derrumba cuando llama por teléfono a su padre, cuando de pronto es consciente de cómo está siendo utilizado, y de que ‘eso’ tiene un nombre, cuando le es arrebatado hasta el mérito de haber conseguido el trabajo de vendedor de enciclopedias por sí mismo, cuando escupen a su paso, cuando le roban la inocencia… y aún así desea tener una mujer a su lado a quien amar y a quien poder contárselo. Claro que lloré, lloré mucho por Sam. Y es que el escritor nos habla de varias clases de antropofagia y yo no sabría escoger la peor.
Durante toda la lectura he estado recordando otra novela que también me afectó mucho, “La velocidad de la luz”, de Javier Cercás, (podéis encontrar el comentario en este blog). En ambos libros los escritores nos invitan no a asomarnos sino a tirarnos de cabeza en el abismo porque sólo así podremos recibir la experiencia de algo que con suerte no viviremos, en “La velocidad de la luz” experimentábamos el horror de la guerra, una guerra moderna, la del Vietnam, y de cómo ya no vuelves a ser el mismo después de lo que con tu miedo has hecho. Con “De mar y de muerte” Otero nos aproxima al degradante proceso de inanición y a la necesidad de comerte a un semejante, pero no se conforma con que te comas a alguien que ha muerto, ¡lo que muestra es a alguien que mata a otro ser humano para después comérselo!, habla de la muerte sin gloria y de sobrevivir con culpa, de todos los espeluznantes secretos que el mar con su efecto borrador esconde, secretos a los que no tiene acceso un forense y para que lo entendamos lo ilustra con ejemplos como el de aquel pobre hombre muerto de enfermedad pulmonar tan parecida al ahogamiento y arrojado al mar por los alemanes para que apareciera en la costa española, con documentación falsa.
A bordo del Borna sentiremos al principio las civilizadas fragancias del perfume, de las cremas bronceadoras, del buen rioja, de las comidas deliciosas… para pasar gradualmente al aliento fétido, a la carne cruda y descompuesta, y a la vida y a la muerte echadas a suertes.
No sé qué motivos llevaron a Otero a asomarse al mismísimo borde del remolino exponiéndose a ser engullido, tal vez todos tengamos nuestro particular Maelstrom y debamos conjurarlo, tal vez no sólo el fuego defina el infierno, los hombres de mar como él deben saberlo. Pero como os decía coincide con Javier Cercás en incluirse en el relato prestándole al personaje en la ficción su propio nombre y oficio. Ambos, Cercás y Otero, son periodistas y escritores y creo que los dos lo hacen por honestidad, una clase de honradez que no necesita explicarse, es la de la implicación, la del compromiso. Todos somos capaces de lo mejor y lo peor, saberlo y anticiparnos nos proporciona el antídoto.

En cuanto a los subtemas el libro plantea muchos y muy interesantes. Debates como el de por qué se sigue con alguien si no se le ama, como en el caso de Marta y Marcos, o el de por qué no te retiras de alguien que no te ama, como en el caso de Marcos y Marta. La novela habla del clasismo y sus ataduras, de la doble moral. De que no hay racismo si hay dinero a no ser que la pobreza sea en sí misma una raza, lo digo con ironía, claro. Habla de la solidaridad entre pobres y pone en cuestión de manera muy clara nuestra forma de vida occidental, la soledad y el miedo que hay tras las puertas que se abren para escuchar o rechazar al hermoso joven negro que vende enciclopedias. ¿Qué estamos haciendo con nuestra forma de relacionarnos?, ¿cuáles son nuestras cárceles?, ¿y por qué no sabemos salir de ellas?
En fin, espero no estar cayendo en lugares comunes porque el autor no lo hace. La novela de Álvaro Otero da para muchas conversaciones transformadoras y de eso va la literatura, que si lo es de verdad nos trasforma. José María de Pereda dijo que “La experiencia no es lo vivido sino lo reflexionado”.
“De mar y de muerte” me ha gustado muchísimo, la prosa de este escritor es magnífica, su voz y su estilo son nuevos aunque emerjan de sedimentos clásicos, me interesan los temas que elige y desde dónde los enfoca y a qué profundidad los lleva.
Sé que este rincón en el que hablo es pequeño y que no tiene altavoces, pero me gustaría convertirlo en un referente de independencia que disipase la ceguera del  gran trust editorial y la de toda la parafernalia que le orbita, porque aunque parezca que sus empresas van por separado en realidad todas están cosidas con el mismo pespunte. No sé quien les ha dado esos aires de púlpito que se atribuyen situándose por encima del trabajo ajeno que en la mayoría de los casos no entienden y  jamás realizarán.
 Y dicho lo anterior y sin menoscabar las alabanzas ahora me gustaría hacer un par de observaciones:
1ª. A lo largo de la novela se van intercalando los informes sobre muerte por inanición que el Dr. Concheiro, -médico forense- le entrega a Álvaro Otero. Como el escritor real y el ficticio tienen el mismo nombre no me quedó claro cuándo se produjo el encuentro con el médico, ni si dicho encuentro sucedió dentro de la novela o fuera de ella.

Concluí que todo pertenecía a la ficción y que Álvaro, el personaje, decide escribir lo ocurrido en el Borna mucho tiempo después de la tragedia y que es entonces cuando se pone en contacto con el doctor –también personaje de ficción- para entender a posteriori lo que allí sucedió. Porque no tendría sentido que el autor parase en medio del relato para hacer un inciso y decirnos en un aparte: “Como quería escribir una novela sobre náufragos y sobre muerte por inanición me fui a ver a un forense para que me proporcionase documentación sobre el tema” y a continuación seguir con la escena en donde la había dejado. Claro que también –me dije-  es una forma de no anunciar desde el principio de qué va la novela pero sí de ir dejando pistas y rastros a lo largo de ella para que luego todo nos cuadre.

Pero a pesar de los pesares a veces me parecía que después de muchas páginas estaba leyendo los preliminares, y no me cuadraba que el escritor metiera dentro lo que era de fuera, es decir, lo que se cuenta en el prólogo o en el epílogo o en los agradecimientos, pero que no pertenece a la ficción aunque sirva para crearla, y sentía que la realidad se colaba en mi lectura y me sacaba bruscamente del universo de la novela como una injerencia, (también me sucedió lo mismo con “La velocidad de la luz” como ya he dicho, a lo mejor es un recurso que desconozco y que le concede una mayor veracidad a la historia). Sobra decir que estoy compartiendo, como en el club de lectura, mis sensaciones, no sacando defectos puesto que la novela no los tiene. Tampoco la de Cercás los tenía. De cualquier modo con la literatura hay que ser abiertos y las leyes que la rigen son otras que nada tienen que ver con adaptarse a los patrones conocidos. Un zapato puede ser de punta afilada o redonda, de cordones o de hebillas pero lo que tiene que albergar es un pie. No sé si el ejemplo es peregrino. 

Lo cierto es que al margen de mis entendederas más claras o más espesas, las escenas que a continuación de los informes se suceden cobran una fuerza tremebunda, la imagen de la muerte del delfín sabiendo como sé el sentimiento protector que el autor –el de la vida real- tiene por estos maravillosos mamíferos me produjo un gran dolor, aún tengo en los oídos los gritos de la madre enloquecida tras la estela de la sangre de su hijo… Tampoco puedo sacarme de la cabeza el depredador rostro de Marta embadurnado con la sangre del delfín.
 A veces el mucho amor hace que te aproximes peligrosamente a lo que serías capaz de hacer incluso con los seres más queridos y lo experimentes en tu imaginación para así recordarte que debes evitarlo. Supongo que ese es el exorcismo que se planteó Álvaro al escribirlo, el mismo que se impuso Javier Cercás.

2ª. La otra  observación pertenece al terreno de la forma, enseguida os lo explico, imagino que es cosa de la editorial, a veces por ahorrar papel, e incluso los propios escritores, para que nos entre el número de páginas en las bases de los concursos eliminamos espacios en blanco que son absolutamente necesarios para diferenciar las entradas y salidas de las distintas escenas… En esta novela en concreto, a mi parecer, son muy necesarios esos renglones en blanco porque toda ella está construida con flashback, es decir saltos hacia atrás en el tiempo, y en flashforward, saltos hacia delante, pero bueno, el lector se adapta y lo pilla perfectamente. Si me fijo en detalles como esos es porque como lectora soy un poco maniática y tiquismiquis aunque más me valdría callarme porque luego en mis libros, como escritora meto la gamba setenta veces siete y tengo descuidos imperdonables incluso de los ortográficos que dan tanto calambre y tanto yuyu a los comités de lectura a los que yo misma pertenezco, aprendizaje y curas de humildad que nos hace la literatura al mismo tiempo, supongo, para bajarnos de la nube o para quitarnos los humos.
En cualquier caso la edición de “De mar y de muerte” es preciosa. El rótulo con el título y el autor es azul como el mar y el mar sin embargo está en blanco y negro, en la esquina derecha de la portada aparece la cubierta de un barco, en ella yace una chica. Hay que dar valor a los artistas –en este caso un fotógrafo - que tras la obra leída saben concretar, resumir e insinuar con otro lenguaje lo que bajo la tapa de ese cofre te vas a encontrar. Los libros son hermosos objetos de deseo que durante muchos días acaricias y sostienes en el hueco de las manos. El ejemplar que yo tengo fue editado por Ellago Ediciones.   
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori