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EL SER QUERIDO, película de Rodrigo Sorogoyen

Esteban Martínez, cineasta de prestigio que lleva 13 años sin tener contacto con su hija Emilia -actriz todavía en desarrollo y que alimenta su supervivencia como camarera en un bar restaurante-, decide ponerse en contacto con ella para que participe como protagonista en la película que va a rodar.

En principio el deseo del padre -rehabilitado de su antigua vida marcada por las adicciones y con nueva y hermosa  familia-, es compensar la ausencia infligida y ayudarla en el presente con lo mejor que tiene para dar: las herramientas del cine, dado que ella aspira a ser una buena actriz.

Pronto veremos cómo el pasado pesa, y si no se establece la igualdad, desde la atalaya de su poder como director cinematográfico no puede producirse un verdadero acercamiento, la humildad es dolorosa, pero sin ella no hay catarsis que valga.

El inicio es potentísimo y arriesgado puesto que parte de una situación álgida, y honesto porque el primer impacto en la vida real habría sido así, y mantener después esa cúspide -artísticamente hablando- no es fácil. 

De hecho Sorogoyen colocó alrededor de la mesa de un restaurante real a ambos intérpretes, Javier Bardem y Victoria Luengo, ocultó las cámaras y les dejó que improvisaran sobre esa parte de cuyo guion apenas poseían unos cuantos folios previos.

De ese modo a la tensión de fuera de la pantalla -puesto que ambos, Javier Bardem y Victoria Luengo se estaban conociendo en persona en ese momento-, se añadía de forma calcada el encuentro en la ficción, y por ello todo en la secuencia huele a genuino. 

Los protagonistas, padre e hija, volvían a verse tras más de una década de ausencia, años cruciales para el desarrollo personal de Emilia, los sentimientos ambivalentes estaban servidos.


Invasivos planos y contraplanos muy cerrados van descuartizándoles el alma. Los microgestos de la comunicación no verbal muestran el miedo de Esteban a recibir el reproche enquistado que empieza a intuir, y notamos su pensamiento diciéndole que no va a ser tan fácil retomar la relación como se había propuesto, la esperanza y la decepción se alternan como vasos comunicantes, y al mismo tiempo los espectadores observamos el deseo que ella tiene de ser resarcida del abandono, arropada, querida... 

Ambos guardan las formas, pero el dolor subyace en ella que en el fondo y a pesar de las reticencias desea amarlo sin fisuras, pertenecer a su mundo, entrar en su vida, pero desconfía.

El duelo y el alarde interpretativo de Bardem y Luengo dejan sin aliento, el espectador lee y escucha el fuego por debajo de las palabras reprimidas, e intuye que los asuntos pendientes no se van a resolver desde esa posición paterna de poder, magnánima en apariencia, necesitarían estar al mismo nivel emocional, sin que se mezclase el trabajo como limosna o regalo de consolación, más humillante todavía por estar otorgado desde una actitud de superioridad.

Las pocas veces que Esteban trata de aproximarse a su hija le sale el ramalazo de juzgarla desde una fuerza moral que no se puede permitir y a la que no tiene derecho. 

La sensación, en mi caso, fue como si escuchase el pensamiento de Emilia exclamando:

-“Me parece genial que ya no seas aquel colérico dañino, me alegro por ti y por quienes ahora te rodean, pero a mí me destrozaste la infancia, la adolescencia y la vida y ¿quién me las devuelve?”

Quienes contemplamos la escena nos preguntamos con impaciencia ¿Tan difícil es pedir perdón? ¿Tan complicado es expresar el sufrimiento acarreado?, ¿hacer las reclamaciones?, ¿elaborar la reconciliación? 

Y es justamente ahí cuando comprendes que estás frente a un proceso real como la vida misma, porque estropear las relaciones sabemos todos, arreglarlas ya es otro cantar, dado que lo que asusta es enfrentarse a la respuesta, ¿y si en verdad no me quiere? ¿Y si es tarde y ya no tiene remedio? 

El padre, tiende a justificarse diciendo que fueron tiempos difíciles que ella desconoce, y lanza la indirecta egocéntrica de que tal vez han malmetido contra él, y ahí los sentimientos estallan por dentro y empieza a desatarse el nudo que sujetaba el borbotón, la hija le pone límites con respecto a su madre, cuya relación con ella no puede ser más respetuosa, delicada y llena de cariño y comprensión:

 -¡Por ahí no vayas!, ¿me oyes? -asoma la fiereza-. Y es cierto, el problema es exclusivo de ellos dos, con independencia de la ex pareja.

Esteban ha buscado también -para retomar el vínculo- el recuerdo común de cierta ocasión en la que fueron juntos al cine, y Emilia se encoleriza ya sin remedio al comprobar que él no recuerda o no quiere admitir que ese día la lio parda contra unos chicos a los que agredió, y que la devolvió a su casa en un táxi y sola, porque iba puesto hasta las orejas de alcohol y otras sustancias.

La memoria ante las cosas vergonzantes o bien olvida por completo, o bien tergiversa en beneficio propio.

Hay una escena impresionante: cuando ella mira -sin ser vista- el afecto y la ternura con la que él atiende a sus hijos pequeños, los nacidos en la nueva familia. El rostro de Emilia transparenta los celos por eso que también ella debería haber recibido, se dibuja en sus rasgos el rencor emponzoñado porque él rompió y destruyó la suya para formar otra mucho mejor de preciosos niños rubios de anuncio y de una madre norteamericana de revista, y la frustración al saber ya sin ninguna duda que podría haberse comportado con ella de la misma manera que lo hace con sus niños, pero no lo hizo, no porque no fuera capaz sino simplemente porque no quiso. 

¿Por qué le había negado a ella lo que también por derecho le pertenecía?, ¿quién le estaba usurpando la existencia que habría tenido con él? Y es que aunque seamos adultos el niño o la niña que emocionalmente somos sigue dentro.


Poco a poco e in crescendo llegaremos a la secuencia del reventón: 

Durante las escenas de la comida que tienen que grabar para el largometraje se produce un momento de distensión y el elenco al completo rompe a reír de forma contagiosa, compulsiva y liberadora, y Esteban sale de la carpa furibundo arremetiendo contra César (Raúl Arévalo) de forma cruel e innecesaria, su hija le llama la atención a gritos por su trato agresivo hacia los actores y le afea la actitud desautorizándole frente a todo el equipo, quizá el atrevimiento se deba a que se siente amparada por ellos y aprovecha la protección de estar en público para descargarse. 

Llegados a ese punto y tras tanta tensión acumulada entre los dos a él le sale el ramalazo que por mucho que en la actualidad se esfuerce por ocultarlo, por mostrar trato educado y conciliador, la costumbre de maltratar de palabra y el rugido, siempre han permanecido latentes en su interior, y es que aguantarse y disimularlo no es lo mismo que superar, y una vez desbordado, el gran y prestigioso cineasta suelta perlas humillantes tan bonitas como: 

-¡He dicho que comas bien!, ¡come!, ¡no sabes comer!, ¡la protagonista es una señorita elegante y no vulgar y de barrio como tú!

Pido perdón por no citar textualmente y estropear, quizá, una escritura de guion tan magnífica, espero no hacerlo con su esencia.

Los bramidos son tan fuertes que los niños que están en la mesa terminan llorando asustados y hay que sacarlos de allí, y el paroxismo desencadena que gran parte del equipo dimita y se vaya del rodaje. Algo insólito que a él nunca antes le había sucedido.

En ese punto de inflexión, creo que es Bárbara, la más veterana de su equipo, quien le dice a Esteban que los tiempos han cambiado.

Es cierto que muchos directores cinematográficos fueron auténticos energúmenos que llevaban al límite a los intérpretes, alguno incluso propinando un bofetón para que el actor o la actriz llorasen y así poder grabar con más rapidez. Se endiosaban hasta el punto de explotar a estrellas cosificadas como Judi Garland, a quien levantaban con estimulantes y dormían con somníferos, siendo una niña, por poner uno de tantos ejemplos. 

Algunos hombres tienen invalidez emocional, a causa de su educación basada en privilegios y concesión de caprichos, no saben manejar bien los sentimientos ni descifrarlos y mucho menos expresarlos, pero ello no les exime de responsabilidad. 

Podría parecer que mientras veía la película en todo momento me puse de parte de Emilia, y no es así, porque ninguno de los dos se salva y al mismo tiempo ambos son redimibles y conmovedoramente humanos. 

Tras el encontronazo del que he hablado, la hija, después permanece cariacontecida, avergonzada y cabizbaja, de pronto es consciente de lo que ha provocado por una cuestión personal, por no saber separarlo de forma más profesional involucrando así a todos los demás, por no haber trabajado a favor de obra, por la pérdida económica que el parón supone… 

Hay una escena de la que nadie habla y que sin embargo para mí es escalofriante, tanto a nivel interpretativo como dentro de la historia: en la intimidad de su habitación ella se transforma en él, el parecido inquieta, es casi una suplantación, Emilia se coloca en la frente el mechón como el de su padre y emula los gestos de Esteban y el tono de su voz para repetir una y otra vez una de las pocas frases afectuosas que él le dedicó, al igual que la mano en la espalda que evoca una y otra vez como tímida caricia camuflada. Se me saltaron las lágrimas, me conmovió a mucha hondura.

Contemplamos las miradas llenas de ternura de él hacia su balcón, o esa especie de espionaje cuando ella está en grupo, risueña, desinhibida y extravertida sin sentirse observada. Él también quiere conocerla, comprenderla, formar parte ahora de su vida, pero no sabe cómo.

Al fin, bajo la carpa los dos solos consiguen decirse lo que ambos necesitan de verdad, por primera vez le llama papá y por primera vez él sí responde que es consciente del daño que le hizo, y del dolor que a ella, su hija, le produjo que la arrancara de su lado durante trece años.

No sé si, si continuara la película ellos volverían a verse, libres de pesadumbres y con el corazón limpio de residuos. Me gustaría pensar que sí, en cualquier caso y aun siendo de gran relevancia, “hay cosas más importantes que el cine” nos dice Emilia.

Nos despedimos de la hija viéndola trabajar en el bar, y parece feliz. 

***

En cuanto a los asuntos técnicos se leen y escuchan muchos comentarios, yo soy profana en esa materia, pero entiendo también que para crear la atmósfera, la mirada de un cineasta reposa sobre sedimentos de mucho cine visto y realizado por él y por otros, por ello me resulta un acierto que según sean las tomas Esteban, al igual que Rodrigo Sorogoyen, las vea en su mente con distintos sistemas de filmación, clásicos y modernos y también me parece adecuado que acote con el blanco y negro para colocar los espacios y reflexiones íntimos de ellos dos creando burbuja dentro del color, el exterior y el interior. 

Contemplamos cine que habla de cine y ese juego de muñecas rusas lo requiere, al igual que un chef verá la tierra removida como bizcocho desmigado, o cacao amontonado.

La figura del padre ausente, incluso estando presente, tanto en literatura, como en cine siempre tiene recovecos que conviene seguir explorando.

Me ha parecido una película magnífica, y eso que mi preferencia siempre es la prosa poética tanto en literatura como en imágenes, y el cine de Sorogoyen, es a mi juicio, descarnado, duro y seco en su forma de exponer, pero ese modo de mirar no le resta profundidad. Creo que comprende bien la sensibilidad masculina de cualquier tiempo y eso que es un hombre muy joven.

Hago extensivos los elogios a Isabel Peña la gran guionista que siempre le acompaña.

Un abrazo, hasta el próximo encuentro, cuidaos mucho. Gracias por las visitas. Os quiero.

Pili Zori