"Suite francesa", de Irène Némirovsky

Me he planteado diferentes maneras de afrontar esta novela, desearía separar toda la carga emocional y el peso que conlleva el trágico fin de la escritora, la potencia de su biografía y el tiempo histórico en el que le tocó vivir y morir, para que no influyan en el análisis, pero es difícil sustraerse.
De entrada he pensado que debería leer alguna obra anterior de Irène Némirovsky puesto que “Suite francesa” no pudo acabarla, pero después me he dicho que para comentar los libros de otros escritores no he sentido la necesidad de conocer sus narraciones precedentes, así que aunque todo se me mezcle en este caso, intentaré matizar con el ánimo de ser justa y no parecer ambigua ni contradictoria, y confío en que vosotros me ayudéis a colocar las piezas para que todo quede en su lugar.
Esta vez sí que es verdadero, y no recurso literario, el hallazgo del manuscrito encontrado. Gracias a Julie Dumot podemos leer esta novela. Dumot fue la extraordinaria mujer que puso a salvo de la persecución nazi a Denise y Babe, -las hijas de Irène Némirovski y Michel Epstein-, y conservó el grueso cuaderno que años más tarde Denise, la mayor, mecanografiaría con ayuda de una lupa porque su madre tuvo que escribir su borrador con letra diminuta para ahorrar papel y tinta por razones obvias de escasez y dificultades-. Tras la transcripción, Denise donó el trabajo de Irène al Instituto de la memoria de la edición contemporánea. Por suerte, el ordenador lo rescata, y en 2004 ve la luz “Suite francesa”, la novela que iba a constar de cinco partes, si su malograda autora hubiese sobrevivido.


Tanto el prólogo de Myriam Anissimov, como el epílogo resultan escalofriantes. El epílogo lo forman las anotaciones de Irène, y un epistolario. Es un privilegio poder leer sus métodos, su forma de componer, de estructurar…, el ritmo y el tono que buscaba, el trasfondo de lo que quería transmitir, todo lo que tenía pensado para sus personajes protagonistas… el magma de grandes autores rusos, maestros bajo su piel. Y después viene el conjunto de cartas con las desesperadas súplicas que Michel Epstein, el esposo de Irène, lanzaba a amigos y personas influyentes para que le ayudasen a encontrar a su mujer, sin saber que había sido enviada a Auschwitz. Es tan doloroso leer y ver en esas misivas cómo Michel Epstein se siente obligado a justificar que su familia se convirtiera al catolicismo, como explica, sin tener por qué, que Irène tuvo que huir con los suyos tras la revolución bolchevique dejando atrás bienes y fortuna; es tan duro ver cómo indica que se pongan en contacto con una amiga que es probadamente aria para que dé referencias; tan penoso mirar como escarba en retrospectiva la obra de su mujer, una escritora de enorme prestigio, para buscar posibles párrafos que pudieran parecer sospechosos de adhesión bolchevique; es tan triste su desesperación por salvarle la vida, por intercambiarse por ella… sabiendo como hoy sabemos que el enemigo ni siquiera iba a reparar en el examen de sus trayectorias y que le bastaba con que los perseguidos fuesen de origen judío para amontonarlos sin escalafones ni categorías; es tan horrible contemplar su autovejación sabiendo como sabemos desde el prólogo que tres meses más tarde también él sería asesinado, que el respeto me bloquea y en cierto modo me silencia y me amordaza. Pero debo remontarlo y dicho respeto no puede impedirme expresar mi opinión sobre el libro hoy, con toda la perspectiva que me da el tiempo, aun a riesgo de pecar de insensibilidad y ligereza.


Al parecer, Irène era muy crítica no sólo con la clase social a la que pertenecía, -la alta burguesía ilustrada-. Acotando con otros datos de su biografía vemos que dentro de dicha clase era todavía más afilada con los judíos europeos, “los suyos” como ella misma los nombraba, pero entre la autocrítica y el desprecio hay un espacio grande, además de antagónico. Así que prefiero pensar que las observaciones de Irène Nemirovsky tenían que ver más con la autocrítica constructiva que con un incipiente antisemitismo, porque tendría narices el asunto, y la trágica paradoja estaría servida.
En este punto conviene recalcar que nosotros sabemos lo que ocurrió después, pero ellos, los invadidos, desconocían las atrocidades que se iban a producir, así que no es extraño que nos asombremos si captamos entre líneas atmósferas y actitudes favorables hacia aquel taimado enemigo, tomar partido a posteriori es más sencillo. Y no estoy justificando, sólo explico, puesto que hubo resistencia francesa, y aunque no fue tanta como la historia nos cuenta, la poca o mucha merece su lugar de honor. Pero sí confieso, aunque sea políticamente incorrecta, y que ella me perdone, que he leído la novela poniendo a la autora bajo sospecha en muchos tramos. Todavía nos queda como asignatura pendiente entender por qué tantas personas se dejaron subyugar por una moral y una estética que creyeron superiores a las suyas y no escarbaron debajo.


Estamos acostumbrados a los iconos del cine, y a que nos cuenten la segunda guerra mundial casi a vista de pájaro, en global, y la autora hace todo lo contrario: detalla y baja la mirada hasta colocar la lente en el hormiguero social y escoge, -en la primera parte titulada “Tempestad en junio”-, el éxodo de tres familias de la alta burguesía parisina, con la de los Pericand, compuesta por la madre, sus cinco hijos y el abuelo, nos muestra como la señora Pericand practica “la caridad”, aunque en el transcurso del periplo irémos viendo la parte endeble de sus convicciones. También están los Michaud, padres de Jean Maríe el muchacho que lucha en el frente. El Sr. Michaud sale de París con su mujer porque ha de abandonar el puesto de trabajo que tenía en el banco. Y después viene la pareja formada por Corte y Florence, Corte es un escritor ególatra y trasnochado que vive de las reminiscencias de sus éxitos pasados, a la autora le dará mucho juego para establecer el contraste entre un mundo que se acaba, con su corriente de pensamiento y otro que comienza. Así es como la escritora va creando masas compactas de estratos sociales para unificarlos, y las coloca en un mismo camino para poder compararlos, ricos y pobres en definitiva, de ese modo nos hace entrega de la crónica, detallada a pincel fino, de sus luces y sus sombras, de sus grandezas, pocas, y sus miserias mucho más abundantes. En este tramo el enemigo es una presencia latente que todavía no ha aparecido en escena.
En la segunda parte, “Dolche”, ya vemos como los Laboire, Las Angellier, Lucille y su suegra, los Benoît, los vizcondes… conviven y alojan, por obligación, en sus casas a soldados y oficiales alemanes, que son presentados como gente amable y refinada de la que es lógico enamorarse, la única resistencia la opone Benoît y más por celos y rencilla personal que por ideas, qué casualidad que el único personaje que mata a un enemigo sea alguien con pasado político de izquierdas, y qué casualidad también que la suegra de Lucille sea presentada como una mujer rencorosa y cerrada, parece, y lo digo irónicamente, que el detalle de tener a su hijo preso se mitiga con el de que éste le era infiel a Lucille, y digo yo, ¿qué tendrán que ver las churras con las merinas? De verdad que me esfuerzo por ser justa, pero reitero de nuevo, sabiendo lo que hoy sabemos, es lógico, que a veces la novela me parezca tendenciosa, y que sin poderlo evitar me ponga en la postura de esa madre preocupada por su hijo que ve como su nuera tontea con el ocupa alemán delante de sus narices y en su propia casaen su propia casa, como si de un romance de verano se tratase, mientras su hijo podría estar pudriéndose en un campo de exterminio. Naturalmente entiendo que en esa parte en concreto la novela está contada bajo el punto de vista de Lucille, la esposa desengañada que sabe que su marido antes de que fuera apresado tenía amante fija en otra ciudad, y por tanto puedo comprender a esos dos personajes femeninos en todos sus roles: a la señora Angellier como mujer, madre y suegra, y a Lucille también como mujer, en primer lugar, como nuera despechada y despreciada, y como esposa con derecho a ser amada. Sin embargo, y sin querer entrar en contradicciones como os decía al principio, en otros momentos de mi debate interno con el libro, elimino reservas y suspicacias y pienso que la autora símplemente se limitaba a plasmar la atmósfera real que se respiraba sin tomar partido y entonces he de recordarme otra vez con fuerza que ella aún no sabía que existían lugares como Auschwitz ni las barbaridades que allí se cometían, y que su intención fue la de mirar a seres humanos frente a otros seres humanos obviando la guerra.

Los verdugos que acabaron con la vida de Irène nunca leyeron sus obras, ni pusieron lupa como ella sobre el hormiguero social para particularizar, se limitaron a crear el suyo buscando judíos para pegarles estrellas sin distintivo y a así poder reunirlos, meterlos en el agujero y aplastarlos con certero pisotón. De poco sirvieron entonces adaptaciones y colaboracionismos.
Me temo que la resistencia francesa no fue tanta como nos han querido contar, Se produjeron denuncias con nombres y apellidos sin que quienes delataban tuvieran la vida en peligro, y sin que nadie les hubiese invitado a cantar.
La novela nos relata los comportamientos concretos de una clase social en una situación transgredida para que veamos en qué trasfondo hipócrita se sostenían sus débiles principios morales, pero desenfoca, olvidándose de quien era el verdadero enemigo, nosotros con la perspectiva del tiempo y con el conocimiento de las crueldades e ignominias que luego acontecieron apuntamos bien. ¿Fue la confianza natural de las personas?, ¿la ingenuidad?, ¿la falta de interés por el debate social y político? No lo sé, cómo iba nadie a suponer… Pero esa es precisamente la advertencia que debemos recalcar: “Siempre hay que mirar debajo” como decíamos en la novela anterior “Lo que esconde tu nombre” de Clara Sánchez, y la alusión me sirve para que una vez más volvamos a confirmar que los libros se hablan entre sí, y sé que no es casualidad que ambos libros hayan caído en nuestras manos y en ese orden, primero el presente y después el pasado.
El gran valor testimonial de “Suite francesa” es el de que quien la escribía lo hacía en tiempo real y siendo testigo directo, y por muy buen oído social que se tenga nadie es adivino, y ese es mi escalofrío al leerla, porque en el soterrado de sus páginas se nota lo embaucados que estaban.

En el club debatimos mucho sobre el límite de la patria: ¿dónde está?, ¿cuál es su frontera? Reflexionamos sobre el peligro del fanatismo, y por encima de todo hicimos hincapié en el riesgo que conlleva dejar que otros piensen por ti. Los tiempos de crisis son caldo de cultivo para que se anhelen oráculos, (una compañera recordó que si vamos a la fuentes que nos narran la historia veremos los ciclos de repetición y cómo estos se nutren de situaciones y motivos similares). También tratamos de establecer la diferencia entre líderes, dirigentes, seguidores… matizando al máximo los significados de dichos conceptos; nos prometimos que no nos dejaríamos acuartelar ni adocenar, y que pasaríamos sistemáticamente todo lo que se nos ofreciera en el debate político y social por el tamiz de nuestra evaluación y nuestro propio criterio.
A la salida otra compañera me recordó la canción de Víctor Manuel que decía en una de sus estrofas: “…O aquí cabemos todos o no cabe ni Dios”. Su elección fue muy acertada.
Haber sobrevivido a un holocausto tampoco da bula para los abusos, y nadie debe convertirse en intocable por haber sufrido si después su conducta es abusiva con otros semejantes, pero esta es la otra historia que vino después, y ni estoy ni me siento cualificada para hablar del conflicto entre israelitas y palestinos, así que perdón por el inciso. Pero como si de un estribillo machacón se tratase me gustaría repetir hasta la saciedad “O aquí cabemos todos o no cabe ni Dios”, y así iría recorriendo las guerras de una en una con ese grito.

Irène y su esposo se convirtieron al catolicismo, ignoro las razones de por que lo hicieron, no sé si abrazaron dicha religión por fe o por conveniencia, en cualquier caso no seré yo quien entre a juzgar, en un tiempo tan convulso, la cobardía o la valentía bajo presión.
Sé que es difícil lo que intento expresar. Pero compartirlo aquí me ayuda a comprender. A menudo la vida me parece un submarino del que yo sólo veo el periscopio, el periscopio contempla la superficie del mar, sólo la superficie, pero el mar es muy hondo.
Suite francesa”, en mi opinión, y también en la de otros, tiene poca agilidad narrativa, no crea tensión, y le falta ritmo, no creo que mejorara si la novela estuviese acabada como la autora quería, su gran valor reside en la magnífica construcción de personajes, en la potencia de la prosa, en la visualidad cinematográfica y en la fuerza descriptiva, pero en este caso, ¿a quién le importan esas nimiedades cuando la novela ha trascendido haciéndonos viajar en el túnel del tiempo a la velocidad de la luz hasta el 17 de agosto de 1942, el año en el que fue asesinada Irène en el sórdido Auschwitz y con ella su voz. A veces se nos olvida que los libros se escriben con una misión, y esta está cumplida: es bueno que de vez en cuando hagamos un viaje de retroceso para poder avanzar. La pena es que la portadora del mensaje tuvo que pagar la entrega con su vida.
A mis compañeras la novela les ha encantado, la han considerado una obra de arte, y han quedado asombradas ante un trabajo que estando todavía sin pulir por la escritora es tan magnífico, muchas de ellas van a buscar otros títulos para conocerla mejor.
Está siendo un año extraordinario, no hay miércoles que no me vuelva a casa admirada de las sesiones de club y de el nivelazo que alcanzan, mi única pena es que mis compañeras no aprovechen este espacio para plasmar en él sus comentarios, qué le vamos a hacer, no todo el mundo sabe utilizar el ordenador, pero sería bonito que quienes se hayan quedado con las ganas de opinar o añadir algo más pudieran hacerlo aquí y de paso compartirlo con vosotros.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.


Pili Zori

"Piedras preciosas" y "Lo que esconde tu nombre", de CLARA SANCHEZ

Para Pilar Zori esta historia de sueños reales y realidad incierta
Con un beso muy grande, Clara Sánchez
.”

Así me dedicó “Presentimientos” esta magnífica autora, tras haber mantenido un rifirrafe de preguntas y respuestas en un interesantísimo encuentro, y con esas palabras dejó plasmada una de las constantes de su obra: la preocupación por como percibimos la realidad, y otro de sus rasgos: Clara conserva la seriedad de los niños a la hora de escoger las frases para lograr con ellas expresar la exactitud: “con un beso muy grande” y ahí está ese beso resguardado tras la portada luciendo sincero y enorme.
Ha sido extraordinario tener entre las manos su primera novela “Piedras preciosas” y a continuación la última “Lo que esconde tu nombre” –naturalmente, última, está mal expresado porque a Clara le queda mucho por escribir, pero para lo que quiero explicar sirve la imprecisión-.

Me habría gustado tener el cuádruple de tiempo antes de que nos encontremos con ella el día 13; con sus libros siempre me apetece rebobinar por puro deleite, por acallar la sensación de que me pierdo detalles de trama, belleza o emoción, en el consciente, claro, porque en el inconsciente todos esos detalles que creo perder entran a saco sin que se escape ni uno y se quedan para siempre.
A lo largo de estos años y sin seguir un orden cronológico cayeron en mis manos otras novelas de la autora que deberían de haber estado entremedias: “Ultimas noticias del paraíso”, “Un millón de luces”… Y cuando ya se ha leído gran parte de la obra de un escritor, al lector le gusta fantasear con la idea de que empieza a tener una estrecha relación con él y que de algún modo conoce, comprende y comparte algunas de sus inquietudes, también reconoce muchas de sus peculiaridades, como por ejemplo la de resolver los problemas o descubrir la verdad durante el sueño como le ocurre a Natalia en "Piedras preciosas": “Sólo recordaba que había visto a Raúl y a Matilde juntos en el centro de una pesadilla”. En el fondo sabe, el inconsciente avisa aunque no queramos admitirlo, y ahí ya está el germen que Clara Sánchez desarrollará más adelante en Presentimientos, (en este mismo blog hay una entrada en la que podéis ver las impresiones que nos produjo su lectura)



Continuaré con este juego, si me lo permitís a pesar de que si algo recalcan los personajes de las novelas de Clara es que nadie es lo que parece, que la mente es engañosa, que te puedes hacer ilusiones infundadas, como le ocurre a Natalia, que es difícil mirar y ver lo que hay debajo de una sonrisa, y que estamos limitados por la subjetividad, y por ello, con toda mi subjetividad osaré decir que también aparecen en varias de sus novelas, como un guiño lateral que comunica a sus libros entre sí, la alusión a padres, -me refiero a la figura del padre y a la de la madre- enzarzados en discusiones y peleas verbales constantes, dichas peleas, -también lo sabemos por alusión, no porque aparezcan en escena-, marcan invariablemente a alguno de los protagonistas concediéndole una base de infancia que ha predeterminado algunas de sus actitudes o conductas, sin que por ello se ponga en cuestión el profundo cariño que padres e hijos se profesan, el lector sobreentiende que es mal de forma, pero no de fondo, y en cualquier caso el modo en el que ellos se comunican. La autora le da este tipo de padres a Félix en "Presentimientos", creo recordar, y también se los pone a Sandra en "Lo que esconde tu nombre". Curiosidades, ya digo.
Otro elemento muy presente son las joyas, utilizadas como trueque de libertad o de salvación: el anillo de "Presentimientos", los diamantes de "Piedras preciosas"…, la caja de Karin con las alhajas robadas a los presos del campo de concentración; los talismanes, como el saquito de arena de "Lo que esconde tu nombre"…, el pañuelo de seda de "Presentimientos"… Otra de sus constantes es el efecto que la ropa de los desconocidos produce en los protagonistas: “Olía a ella, a su perfume, lo que me produjo una sensación ligeramente desagradable porque no era como cuando me ponía un jersey de mi madre.” Este pasaje aparece en "Lo que esconde tu nombre".

Julia había traído sábanas desde Madrid para la cama del niño, quería evitarle el contacto con ropa usada por otras personas aunque estuviese limpia.” Y este otro pertenece a "Presentimientos".

Si tenéis un poco de paciencia os aclararé enseguida por qué me entretengo en estas pequeñas observaciones, en apariencia irrelevantes porque ni le quitan ni le añaden a la trama ni al argumento, no se trata de un juego frívolo, ni de un alarde de sagacidad, -ya he dicho que a menudo tengo que leer varias veces para fijar-, se debe a que creo que la obra completa de un autor necesita llevar algunos pespuntes que le vayan dando unidad y la eslabonen como si fuera un collar, y ello no significa que el tema se repita, o el escritor se reitere, precisamente si por algo se distingue Clara Sánchez es porque en cada novela que emprende cambia por completo de trama y de ejercicio y nada tienen que ver sus libros entre sí. La cuestión es que buscado a propósito o no el pespunte está, y a todos los autores que te gustan se lo descubres como un hilo conductor que continúa y se sale de la contraportada para coserse a la portada siguiente. Por ejemplo, cuando lees la obra de Paul Auster también descubres la costura o los engarces, como lo queramos nombrar, los suyos son las muertes repentinas a causa de accidentes, casi siempre de coche, la obsesión por mirarle las tripas al azar para ver de qué ingredientes está compuesto… Almudena Grandes, sin ir más lejos, introduce madres castradoras, personajes con síndrome de Dawm, parálisis… A Rosa Montero le acompañan en las páginas enanos, o seres pequeños, y Buero Vallejo creaba personajes ciegos, daltónicos, o dañados con cualquier otro estigma físico para que sirvieran como conciencia viendo más adentro y mirando más allá. En fin, no hace falta seguir porque cualquier autor que se precie plasmará determinados leitmotiv, salpicados por todos sus libros. Los de Clara hablan de manipulación, de hipocresía, de ser un blanco fácil para el grupo, hablan de la pérdida de la inocencia y también de la redención, de los verdaderos códigos de honor aunque pertenezcan al lumpen, de los ángeles caídos…

Los protagonistas de Clara, siempre urbanos, suelen estar dentro del círculo de la alta burguesía, como testigos muy próximos, pero sin pertenecer a él, la mirada de la autora es dura y pesimista, hay quien dice que más bien irónica, pero yo discrepo, la ironía es subterfugio y Clara es directa y se limita a subrayar las paradojas, como la de que Constantino prefiera que su mujer esté loca a preguntarse qué le ocurre realmente, que esté loca no le desbarata su mundo aunque ella muera de soledad y caiga en manos de desaprensivos por falta de amor, el de su marido en concreto.
A veces, viendo los grupos a los que la autora retrata me permito divagar especulando un poco: siempre se dice que los escritores vivimos en un mundo aparte aunque tengamos buen oído social, y si ya hablamos de los que tienen éxito y prestigio como es el caso de Clara podemos llegar a la conclusión de que inevitablemente terminan relacionándose con personas de elevado status que tienen que ver con el mundo editorial, los medios de comunicación, con los estamentos culturales apoyados por políticos, entes financieros… en definitiva, los mecenazgos de hoy, pero ellos, los escritores, han llegado hasta ese espacio a menudo elitista y excluyente por la vía del talento y yo no sé cómo se las arreglarán para adaptarse sin atraparse, y aclaro que hablo del sentido de pertenencia, porque independientemente de la cuna en la que se nazca el escritor ante todo es escritor y su vía de reconocimiento es como ya he dicho el talento, y la economía no te lo da, tampoco los títulos académicos. Las oportunidades que tenga para darse a conocer son otro asunto, ahí sí puede influir “el con quién andas.” Pero dejando atrás el inciso y la divagación lo que quiero decir es que aunque no sean préstamos personales de Clara Sánchez, sí que ella retrata en primer plano y con nitidez los infiernos que se esconden tras las geométricas y floreadas urbanizaciones de chalets de lujo, o tras las ventanas de los modernos rascacielos habitados por los flamantes ejecutivos que cortan el bacalao manejando los contratos y ceses a golpe de caprichos de poder, y entre todos los temas esenciales que la autora toca, tales como el Bien y el Mal con mayúsculas, el aislamiento y la inadaptación también son constantes principales de su literatura, deseo que ella los denuncie, pero espero que no los padezca.
En cuanto a su estilo, prescindiré de tecnicismos porque cuando te encuentras con vanguardia todavía no están los estudios hechos, como decía el slogan “marcando estilo”, y Clara lo marca. Es una escritora moderna, que a veces puede desconcertar, has de recurrir al poso que te deja para comprender lo que ha hecho contigo.

Hace unos días una compañera hablaba en el club de por qué agradan tanto los libros de corte clásico aunque el contenido sea actual “porque son muy descriptivos y eso gusta” nos decía. La conversación salió comparando el peso de "Suite Francesa" de Irène Némirovsky con "Piedras preciosas", (estábamos leyendo las primeras cien páginas de "Suite Francesa" cuando supimos que La Biblioteca había invitado a Clara, así que pospusimos la lectura durante una sesión para darle paso a un libro de ella que no hubiésemos leído juntas, y escogimos entre todas "Piedras preciosas" y nos lo compramos para hacerle el honor a la autora y de paso celebrar la fiesta del día del libro, Lo que esconde tu nombre ya está rotando por los clubes así que había que esperar turno). No solemos hacer comparaciones, porque si un escritor es bueno no se parece a nadie, pero es lícito que en el club se manifiesten las preferencias de todo tipo y a alguna compañera le pareció mejor "Suite Francesa", y así lo expresó. Y entonces me dio pié para explicar sin imponer por qué a mi juicio "Piedras preciosas", una novela aparentemente más sencilla también tenía mucho peso y comencé con el extraordinario arranque:
Ya en la primera página el lector ve lo que la autora le deja añadir habiendo buscado a propósito las palabras no expresadas, observamos como a Natalia la coge por el hombro su marido, Constantino, y como ella se siente conmovida. Ahí ya nos muestra que no es habitual el gesto, Natalia mira las baldosas pulidas y brillantes del aeropuerto y comprendemos que lleva una actitud recogida, ensimismada, no mira al frente. Despiden a sus hijas adolescentes que se van a estudiar a Inglaterra… el narrador omnisciente o la propia Natalia si hablase en primera persona podrían haber dicho que hacía tiempo que su marido no la cogía por el hombro y que se conmovió, pero eso sería contar el hecho sin más, la forma que la autora escoge además de ser más artística crea emoción y empatía en el lector, el lector se involucra y por lo tanto experimenta, está dentro.
En la segunda página leemos otro estado de ánimo sugerido por las actitudes, el lector observa la conducta de la protagonista y deduce, pero para que deduzca la escritora ha tenido que llevarle y escoger el lenguaje que le conduzca hasta ahí.
Todos estos sonidos más el crepitar del fuego en la chimenea y ligeros estremecimientos de los cristales y de los muebles estallaron dentro de Natalia como un llanto y sintió lágrimas en su rostro.
Este contacto le hizo pensar en ella misma en sus manos en cada parte de su cuerpo en la urgente necesidad que tenía de ir a la peluquería y a la manicura

Nos entrega la imagen, no nos dice que de pronto es consciente de su edad, de su descuidado aspecto, de su nido vacío, nos hace comprenderlo y prosigue: “Observó la chimenea, las ventanas, los muebles, las fotografías encima de la repisa. La única sombra humana de la sala era la suya. Estaba sola.” Y lo subraya con contundencia, entre dos puntos. Estaba sola. No físicamente, sino sola.
Subió a las habitaciones superiores con un llanto rítmico que le ayudaba a superar los escalones con rapidez. No quiso contener las lágrimas: dejó que la acompañaran en su detenido paseo entre los muebles de las habitaciones.” Cuando nadie te ve el llanto es distinto, más abierto y desbordado. “Dejó que la contemplación de objetos queridos la hiciera descender a lo más profundo de su sentimiento de abandono, incluso abrió el trastero para ver las cunas de las niñas y el cajón de los juguetes. El llanto fluía ya incontrolable y desesperado. Bajó la escalera de manera desigual y tropezó con los muebles hasta caer en la otomana situada junto al ventanal, frente al fuego que le enviaba chispas encendidas, soñó que unos labios se posaban sobre los suyos. Fue un contacto cálido y estremecedor que deseaba ardientemente recuperar” Qué forma tan suya, tan artística de definir el encierro, la soledad y el aislamiento con la precisión visual del story book del cine. ¡Chapeau!
Para recuperarlo tenía a Constantino, que regresaría por la noche, y lo esperó impaciente. Cuando lo tuvo ante ella cerró los ojos y buscó su boca, pero no fue beso, sólo la presión de la boca de Constantino contra la suya”. Qué bien definido un beso indiferente, cotidiano, de costumbre, que ha perdido el sentido de la voluntad de dar.
Como ya hemos dicho otras veces, que una novela sea fácil de leer no significa que resulte fácil de escribir, la aparente sencillez en literatura a veces se usa para lograr complejidad y mayor impacto.

"Piedras preciosas" se publica en 1989, han pasado 21 años, Clara Sánchez era una muchacha, como nosotras lo éramos entonces, y no podemos olvidar qué nos preocupaba e interesaba a esa edad y qué nos preocupa e interesa ahora. Intento expresar que no debemos confundir calidad literaria con lo que nos hace identificarnos con un libro. Estoy segura de que "Piedras preciosas" sigue vigente para cualquier lector, pero en especial para una mujer de treinta y tantos, está claro que lo que deslumbra y embauca a los treinta o cuarenta años no es lo mismo que a los cincuenta y tres o a los sesenta.
En cualquier caso es una novela de vidas cruzadas muy bien construida, y de una belleza extraordinaria, intuyo que le gusta mucho a Clara el cruce de caminos, o el punto en el que dos trenes con direcciones opuestas paran para hacer un alto y se encuentran.
Como tengo todo el libro subrayado, para sufrimiento de los que lo leen tras de mí, os escojo otro ejemplo que me sirve para lo que intento decir: “Buscó la navaja de afeitar por encima de la cómoda entre las botellas vacías.” ¿Veis qué modo tan sutil de mostrarnos sin decir que el policía Buendía es alcohólico?
Cuando se casaron no poseían casi nada. Constantino trabajaba día y noche en P.P. y a su regreso a casa dejaba resbalar un beso por las mejillas tersas y brillantes de Natalia que planchaba de pie ante la mesa de la cocina. Años duros que a los dos les gustaba recordar en las frías tardes de invierno mientras contemplaban todo lo que ahora les rodeaba. Poco a poco consiguió ser alguien. Invitaban a los jefazos de P.P., y Natalia comenzó a fumar. Constantino recordó con rencor este dato.” En realidad nos dice que Natalia comenzó a dejar de ser feliz. En ambos párrafos conviene leer los renglones anteriores, pero he troceado para buscar la síntesis.
Pondría muchos más de los subrayados que mi libro tiene, pero creo que con esta pequeña muestra se comprende en qué sentido estoy valorando su prosa, su composición y todo su contenido.

Por hoy lo dejamos para no saturar. Deseo que os haya gustado el bocado. En otro encuentro hablaremos en exclusiva de "Lo que esconde tu nombre", porque se merece espacio propio. Ya os anticipo que aparte de lo interesante de la trama por el tema escogido: los nazis que se refugiaron en la costa de Levante y que hoy son ancianos aparentemente inofensivos hay una preciosa relación, de joven con mayor, viaje iniciático en cuyo cruce de caminos –de nuevo el cruce- la joven pierde la inocencia y gana la valentía de la madurez y el compromiso, y el vínculo de ambos redime a la venganza, y el círculo vital se cierra.
Tal vez la novela crea en el lector expectativas que, finalmente y por fortuna, no se producen, porque lo que el lector esperaba quedaría encerrado en el libro sin más, viviendo en el mundo de la ficción y formando los manidos iconos a los que estamos tan acostumbrados, por el contrario lo que en ella sucede la trasciende y sale fuera.
Al principio sólo pensaba en la venganza, ahora pienso en el futuro de gente como Sandra” Nos dice Julián en la página 396.
“¿Habría vuelto a matar alguno de ellos después de la guerra o se habrían saciado para siempre?, ¿sería capaz alguno de ellos de matar con su propia mano o tenían que estar organizados?” Esta reflexión de Julián que a mí me parece el corazón de la novela, su núcleo, aparece en páginas anteriores, concretamente en la 168.
Y no me importaba lo que pensaran de mí sino lo que pensaba yo de la vida.” Esta autoafirmación la hace Sandra en la página 420, y el lector al fin respira hondo y satisfecho porque ha asistido a la profunda transformación de la protagonista. En realidad, como en todos los viajes introspectivos la acción y toda la turbulencia se producen en el interior de la persona.
Esta frase de Sandra es el regalo con el que yo me quedo junto con la bellísima imagen, casi litúrgica que para mí sintetiza y resume toda la novela: las tres piedras tras el banco en el que Julián y Sandra se encontraban parecen decir: Mira siempre lo que hay debajo. Y el mar y el faro al frente como luz de guía en la oscuridad.
También en las novelas de Clara Sánchez hay que mirar siempre lo que hay debajo por el poderoso contenido subliminal.

La música de "Lo que esconde tu nombre" es un blues, y eso lo he dicho de muy pocos libros, de hecho podría subtitularse crossroad con el diablo incluido como la leyenda reza. Y la melodía de ese cruce de caminos del que tanto estoy hablando, encrucijada de la que ambos protagonistas salen transformados sin haber vendido el alma, me gustaría que se cantase y escuchase por todos los confines del mundo.
Nunca voy a olvidar la ternura de Julián preocupado por su imagen íntima frente a Sandra de “tío meón, sin lentillas, con gafas de culo de vaso, un arsenal de medicamentos y delgadez extrema” cuando tuvieron que compartir habitación. Es curioso, pero esa escena que aparentemente no es álgida fue sin embargo la que más me conmovió. Lloré. Y lo hice por el magnífico contrapunto que busca Clara, por el contraste: si tenemos en cuenta que en el campo de concentración Julián vivió compartiendo el olor de los orines de los otros, y su desnudez…, la escena cobra un valor de dignidad muy importante. Clara sabe colocar muy bien esos espejos.
Y el cierre de la novela es perfecto: el niño, la vida abriéndose paso, se llama Julián, “Cuando nos miraba parecía que buscaba la verdad dentro de nosotros o que sabía que detrás de cualquier cosa había algo más”. Rotundo

Mi padre también estuvo cuatro años en un campo de concentración de los de Franco, en Larache, y como Julián hace con su hija nos contó muy poco a mi hermano y a mí, sólo bajó la guardia una noche, cuando ya empezaba a estar muy enfermo, en el hospital de Alicante, para decirme ¡Qué malos fueron, hija! ¡Qué malos! Diecinueve años tenía cuando se lo llevaron, desde allí en días claros veía el perfil de su país.
Me habría gustado ayudarle como Sandra hace con Julián, al menos cuando los malos recuerdos del pasado le rondaban con mayor virulencia. Pero aunque ya lo intuía, a través del libro de Clara he confirmado que quiso sentirse normal frente a nosotros, sin estar estigmatizado, pero a pesar de las tiritas, como las que se pone Julián en el tatuaje de su número, los estigmas “invisibles” siempre se le trasparentaron.
Espero que el mundo esté lleno de los buenos pensamientos de mi madre, como Julián deseaba: “Raquel tenía el don de hacer lo malo bueno, y me tomé como otro castigo el que ella muriese antes que yo, y que sus buenos pensamientos desapareciesen del mundo.” Los de mi madre Juana (Magdalena) Campos Guadalajara tampoco desaparecerán.

P. D. Y ya para despedirme después de todo el elogio sólo añadiré una pequeña objeción: Me gustó muchísimo lo bien que guardaste el elemento sorpresa, querida Clara, con respecto a Alberto, la anguila, de hecho lo sentí como un pescozón en la cabeza dirigido expresamente al lector que venía a decir así: ¿No te he explicado ya que no hay que juzgar ni fiarse de las apariencias? Pues entonces ¿por qué has dado por hecho? Pero no comparto que Julián no le desvele a Sandra en la carta la verdadera identidad de Alberto, aunque comprenda sus razones, porque si toda la novela en sí misma es una rebeldía contra la manipulación creo que Sandra tenía derecho a saber la verdad, y Alberto a ser reivindicado en la novela, la sobreprotección es otra cara de la misma moneda.
Tengo muchas ganas de volver a leer Lo que esconde tu nombre con mis compañeras.


Hasta el próximo encuentro. Un fuerte abrazo.

Pili Zori

“La letra de los ríos”, de MANUEL LEGUINECHE, FRANCISCO GARCIA MARQUINA, ANTONIO PEREZ HENARES y PEDRO AGUILAR

Leímos, durante las vacaciones de navidad, “La letra de los ríos”, un precioso obsequio del Servicio de Cultura de la Diputación de Guadalajara, magnífica edición de insólito contenido escrito a cuatro voces.
Por circunstancias familiares muy tristes, no había vuelto a asomarme por aquí, pero a pesar de que ha pasado más tiempo del acostumbrado me parecería injusto no reflejar, aunque sea muy someramente, la grata experiencia que con su lectura vivió el club.

Cuando recibí “La letra de los ríos”, mantuve el libro con incertidumbre en el cuenco de mis manos durante un buen rato, hojeaba, leía un poquito en transversal, hacia delante, hacia atrás, me detenía en las fotos… No sabía cómo iba a funcionar, -el club está acostumbrado a la literatura-, y pensé que tal vez un libro de viaje… Pero de inmediato corregí el vicio de la clasificación que tanto critico en otros porque nada más comenzar con la lectura comprendí la obviedad: que los cuatro autores se desenvolvían de maravilla, por arte y por oficio, en varios registros de comunicación, pero también, y especialmente, como novelistas. El que alguno de ellos haya sido viajero de riesgo además, para esta novela en concreto era un valor de añadidura, pero no el principal.

A priori podría parecer que lo apropiado sería hablar y destacar a los autores de uno en uno, por separado. Medité sobre ello, pero, al menos para mi, colocar ese involuntario podium de extensos y destacables curriculums sería como cometer un sacrilegio contra el espíritu del libro, porque si algo rezuma desde sus páginas es esa envidiable simbiosis de amistad que desde fuera se respira, –tan difícil de encontrar en este solitario oficio-, esa amistad que el lector intuye con fuerza unifica toda la obra como un pegamento indeleble e intemporal. Quien lee no se pregunta por la fecha en la que fue escrita cada narración.

Antes del abordaje de la lectura yo tenía otro hándicap secreto, aunque no inconfesable: la que escribe es una urbanita irremediable que ha viajado hasta recónditas ciudades remotas, pero que sin embargo, por tenerlos tan a mano, desconoce los bellísimos parajes de su provincia, una vergüenza, ya digo. Tal es la paradoja, que un buen día se encontró, (la que escribe, vuelvo a repetir, porque así en tercera persona me da menos apuro admitirlo), en un palacio de Guimaraes cinco réplicas, únicas, de tapices elaborados y expuestos en Pastrana. Como veis la penitencia ya va en el pecado.
Por tanto, dado mi desconocimiento, supe que por mucho que me documentara la impostura iba a ser evidente, así que decidí con humildad colocarme un paso atrás para escuchar y aprender de mis compañeras, y la sorpresa fue que el libro satisfizo por completo tanto a las amantes del viaje y de la historia como a las de la literatura, y tanto a las nacidas y criadas aquí como a las que provenían de otros lugares del país.

Todas supieron captar los matices de las cuatro voces, hasta el punto de descubrir bajo la vocación de estilo de cada uno de los autores también los rasgos de su personalidad.
Conozco a mis amigas de club desde hace 14 o 15 años, y como en otras ocasiones he dicho en este mismo blog, en cada sesión vampirizo lo mejor de ellas: sus opiniones. Pero en ésta recibí otro regalo más entrañable aún si cabe: el de sus raíces. Casi todas, como ya he anunciado en renglones anteriores, nacieron en pueblos de Guadalajara de los que se sienten profundamente orgullosas.
Gracias a este libro cada una habló de su lugar de origen; reconocieron, emocionadas, a muchos de los personajes citados, tan allegados que algunos resultaron ser familia, tíos, primos…
Hicieron la novela suya ampliando información, y crearon un pormenorizado epílogo que la crecía en detalles y precisiones.

Las que siempre tienen la mochila preparada propusieron con entusiasmo recorrer juntas esos caminos. Guante que desde aquí le lanzo a María Antonia Pérez León, Presidenta de la Diputación de Guadalajara, que dispuso amablemente el Castillo de Torija para el encuentro con los escritores. No estaría mal propiciar visitas de un día, o medio, según las distancias, a los distintos lugares y monumentos que describe el libro. Perdón por la osadía, pero por solicitar que no quede.

Como os contaba al principio no pude asistir, pero Plácido, Paloma y Rosa, los responsables del Departamento de Cultura se volcaron con mis chicas, como ellos las nombran, además de con los otros tres clubes invitados que también acudieron a la cita en sendos autobuses. Era una experiencia piloto en la que los tres pusieron enorme ilusión cuidando con celo los detalles, (cuando acudimos a eventos culturales tanto de la Biblioteca Pública, como del Ayuntamiento, Fundación Siglo Futuro, Diputación… a menudo se nos olvida la gran labor en sombra de los anfitriones), -no resulta fácil hacer coincidir a cuatro escritores el mismo día-, sobre todo si además andas con los dedos cruzados y mirando a un cielo plomizo que en esas fechas no paraba de escupir hielo. Ni adelantarse a los caprichos de la megafonía. Para que Manu Leguineche pudiera estar cómodo se cambió de sala y se eliminó la tarima, finalmente muy a su pesar no pudo acudir.
Por todos los esfuerzos, gracias.

Imagino que el club transmitiría a los autores que nos parecieron preciosas imágenes como la del río corriendo paralelo al tren. Esa líquida eternidad frente a la efímera y mortal sucesión de acontecimientos y personas a lo largo de su lecho y de la historia.
La fluidez de la prosa de todo el libro deslizándose como seda sobre agua. La enorme recopilación de poesía sobre “Su majestad el Tajo” (el título se lo otorgo yo con vuestro permiso).
La forma tan hermosa, en la que los cuatro describen la personalidad de cada río, sus edades e incluso su sexo…
El descubrimiento de la fábrica de chocolate que nació en un tiempo de fascinación por el progreso, las máquinas y la magia de los inventos.
En fin, seguiría enumerando las virtudes de este extraordinario escáner anímico que cada uno de los escritores con su particular interpretación y enfoque le hace a la provincia. Pero me limitaré a decir que el recorrido de catéter por sus venas de agua merece muchísimo la pena.
Con razón Mary Paz, una antigua compañera que tuvo que trasladarse a otra ciudad, siempre decía “leer es viajar gratis”.

Pero no quisiera terminar este encuentro sin decir que los cuatro escritores fueron muy valientes a la hora de elevar su personal y particular canto a esta provincia si tenemos en cuenta que “El viaje a la Alcarria” de Cela aquí pesa mucho, y aún a riesgo de que me excomulguen, lo de “pesa” lo digo en sus dos acepciones, no hay cosa peor que una lectura obligada en la infancia para que un niño se desapasione, lo siento mucho pero a mí y a esa edad no me gustaba la imagen que el posteriormente nóbel daba de nosotros, lo de valorar la prosa llegaría más tarde, pero el tufillo elitista de la trama me desagradaba. Subjetivo o no, es mi recuerdo.
No sé si alguno de los cuatro escritores buscaba la emulación o por el contrario enmendarle la plana a Cela. En cualquier caso me alegro por contraste de estas miradas nuevas, de la frescura de este viaje que ha conseguido impregnarnos de la atmósfera, los olores, la sensualidad, el cansancio, los mosquitos… y sobre todo me alegro del contagio del profundo amor por nuestro sitio, incluyendo la ironía, esa clase de autocrítica que sólo se admite si proviene de alguien de la familia, de uno de los nuestros, por sangre o por adopción, pero de nadie más y perdón por el chauvinismo, como suele decirse, de mi hijo o de mi hermana hablo mal yo, pero tú no.

Esta bellísima provincia tan invisible y a menudo tan olvidada ya tiene sus cantores, y por si alguna vez ellos se ponen tristes por la falta de reconocimiento a sus batallas hoy quiero regalarles este himno de Mercedes Sosa y Horacio Guarany para que no olviden nunca que su oficio tiene enorme importancia.


”Si se calla el cantor calla la vida
Porque la vida misma es todo un canto
Si se calla el cantor mueren de espanto
la esperanza la luz y la alegría
Si se calla el cantor se quedan solos
los humildes gorriones de los diarios
Los obreros del pueblo se persignan
Quién habrá de luchar por sus salarios
Qué ha de ser la vida si el que canta
no levanta su voz en las tribunas
Por el que sufre,
Por el que no hay ninguna razón que lo condene
a andar sin manta
Si se calla el cantor muere la rosa,
De qué sirve la rosa sin el canto
Debe el canto ser sobre los campos
Iluminando siempre a los de abajo
Que no calle el cantor porque el silencio
cobarde apaña la maldad que oprime
No saben los cantores de agachadas
No callarán jamás de frente al crimen
Que se levanten todas las banderas
cuando el cantor se plante con su grito
Que mil guitarras desgranen en la noche
una inmortal canción al infinito
Si se calla el cantor…
Calla la vida




Y ahora que terminen ellos este encuentro con sus propias palabras, hay muchos pasajes hermosos y llenos de significado para escoger, que cada lector subraye los que quiera hacer suyos, aquí dejo esta pequeña muestra:

Comen lo que se come allí por donde pasan, se guarecen de la lluvia bajo árboles copudos. Escuchan el latido de la naturaleza”.
Manuel Leguineche

Voy paseando hasta la estación, que aparece recortada y limpia al fondo de la ancha calle. Limpia, eso sí, pero también pintada a medias de color mortadela y de color panzaburra muy poco agradable. En esto del diseño, a veces te sale un creativo desahogado que te arruina un paisaje”.
Francisco García Marquina

Cada vez que desde La Alcarria miro hacia la Sierra y mi vista alcanza el Ocejón, este año tan cuajado de nieves, siento la misma y renovada emoción de pertenencia. Esa es mi tierra y mi horizonte. Pero no porque la sienta mía, sino porque yo me siento suyo, parte de su ser de su esencia, de su paisaje y de su raíz. Yo soy su hijo".
Antonio Pérez Henares.

Según baja el Jarama de la sierra va horadando el paisaje. Su látigo azul y blanco parte la tersa y negra pizarra en multitud de fragmentos que se esparcen por las laderas de los viejos picos de la sierra de Ayllón”.
Pedro Aguilar

Gracias
Hasta el próximo encuentro

Pili Zori

"Nasmiya", de ADELAIDA GARCIA MORALES

Hemos estado un mes conviviendo con Nadra, Khaled y sus hijos y también con Nasmiya, la segunda esposa de Khaled. Españoles, todos ellos, convertidos al islamismo.
Como siempre, os recomiendo el atajo de internet para la búsqueda de la interesante biografía de Adelaida García Morales, (esta singularísima autora licenciada en filosofía y letras que además estudió escritura de guiones en la Escuela de Cinematografía, que fue modelo y actriz de teatro en el grupo Esperpento, que trabajó como traductora en Argelia y dio clases de lenguaje y literatura en un instituto de enseñanza media…, que vivió durante cinco años en Las Alpujarras, que arrasó con su novela “El sur y Bene” tras “El silencio de las sirenas” y que goza del respeto de crítica y lectores con cada nueva novela que escribe siendo una de las autoras españolas más estudiadas fuera de nuestro país). Y así me puedo dedicar de lleno a condensar en este pequeño rincón de lectura todas las reflexiones que a lo largo de cuatro semanas hemos ido haciendo.
Una de las compañeras del club dijo que la novela debería titularse Nadra y no Nasmiya porque Nadra es quien nos cuenta su historia en primera persona.
El libro plantea el triángulo amoroso desde un enfoque que nunca habíamos visto en literatura, con total ausencia de morbosidad y sin remitir a lo prohibido. La autora escoge con gran acierto el ambiente y la atmósfera adecuados para preguntarse y preguntarnos, qué pasaría si tu marido, del que sigues profundamente enamorada, trajera a casa a una segunda esposa de gran belleza externa e interna a la que doblas en edad, amparándose en que tu religión lo permite y en que tu aceptaste esa posibilidad con todas sus consecuencias. Y asegurase al mismo tiempo que a ti también te ama.
Como veis el debate estaba servido:
¿Se puede trascender la monogamia?, ¿es posible amar a dos mujeres a la vez y bajo el mismo techo, viendo los arrumacos, oyendo e imaginando caricias, aunque no quieras, tras la pared del dormitorio contiguo?, ¿y si se tratara de un segundo esposo escogido por la mujer?, ¿se producirían las mismas situaciones?, ¿cuánto hay de cultural o de instintivo en los celos y de qué están compuestos?, ¿surgen con el menosprecio o la exclusión?, ¿se deben al destronamiento?...
Podríamos continuar, como así lo hicimos, con toda la infinidad de preguntas y matices que nos propone el libro.
Lo cierto es que la autora, con enorme maestría, a lo largo de las páginas va desarrollando la situación como insostenible, pero sin embargo, y tras hacernos conjeturar sobre todos los desenlaces posibles, la evoluciona sin que apenas notemos cuando se produce el punto de inflexión. Para ello no utiliza recursos drásticos ni impactantes que justifiquen el cambio de actitudes de los protagonistas, simplemente nos deja asistir a la transformación de sentimientos que se va produciendo y que en ningún instante es arbitraria o interesada, ni de acomodaticia necesidad de adaptación, sino producto de reflexiones y exploración profundas.
La autora se encarga de subrayar que en todo momento, Nadra y sus hijos tendrían manutención y techo asegurado.

Adelaida García Morales también se ocupa, a través de los amigos de ambas culturas, de contrastar, para que el lector vea con claridad lo que Nadra busca y el proceso interior en el que está sumida. De hecho entre la comunidad musulmana que la protagonista frecuenta hay matrimonios que eligen la monogamia y comprenden el sufrimiento de la primera esposa de Khaled.
Y al lado y al mismo tiempo, también la escritora coloca a Antonio que no es musulmán y sin embargo ansía y envidia esa tolerancia ya que perdió a esposa y amante por no querer elegir, de esa manera García Morales descontextualiza aislando sentimientos e instintos para que el lector no pueda achacarlos a elementos culturales, costumbres o presión social.
A algunas de mis compañeras la novela les pareció reiterativa y le habrían quitado páginas. Es cierto que la historia se podría haber acortado, pero también es evidente que lo importante no era el fin sino el proceso, como ya he dicho en renglones anteriores, y que para conseguir el marco cerrado y obsesivo había que situarla dentro de la casa, para recalcar el mundo interior, tanto espacial como anímico, y poder crear así la espiral de pensamientos que van y vienen desde el centro hacia afuera.
En ese ir y venir se van añadiendo pequeños trozos con cada ingrediente nuevo, que todavía el lector no advierte, pero que están, que ya han ido apareciendo. La autora aún no quiere perder el aparente círculo vicioso y sin salida porque está creando atmósfera.

Os aseguro que esta clase de ejercicio de enorme introspección entraña una gran dificultad para un escritor, y que siempre que se aborda una sabe perfectamente donde se mete: el monólogo interior, la turbulencia mental, los sentimientos y sensaciones ambivalentes... En fin, para mí, como escritora ha sido un hallazgo escarbar en la carpintería de esta magnífica novela, si difícil es describir sentimientos, -recalco que no digo expresar, sino describir-, más complicado todavía es definir los pensamientos, y si damos otra vuelta de tuerca que es la de mostrarle al lector la actividad mental como si la estuviera viendo, ya es el súmmum. Y eso es exactamente lo que ha logrado Adelaida García Morales: diseccionar el alma y la mente de Nadra y servírnoslas en bandeja.
Para quien está metido en un atolladero no pasan las horas ni los días, y la autora consigue a la perfección, y doy por hecho que a propósito, la sensación de estancamiento, pero no se olvida del lector y para que él sí sepa de forma sencilla y en todo momento dónde está le muestra la entrada y salida de escena con los horarios de comidas, así, aunque Nadra ha perdido la noción, él sí ve que el tiempo global en el que se desarrolla la novela, transcurre en unos meses, y el detallado día a día.
Llegados a este punto conviene que ahora diga que la autora reescribió “Nasmiya” cuatro veces, detalle que remarca la intención, como vengo repitiendo, y que tanto “El Sur y Bene” como “La lógica del vampiro” son libros de pocas páginas donde Adelaida muestra gran capacidad de síntesis y el arte de decir lo máximo en lo mínimo, por tanto nos queda claro que compuso y eligió a propósito, ambiente, tono, música y ritmo para este libro de mayor duración. De hecho, creo recordar que en alguna entrevista leí que Nasmiya era su obra más querida, no sé si tras las posteriores seguirá prefiriéndola, pero sí que fue muy cuidadosa con las intenciones que quiso plasmar.

En el club hemos pasado por distintos estados de ánimo mientras la leíamos: nos hemos enfadado a ratos con la protagonista, con Khaled el marido, con Nasmiya, les hemos justificado a veces, en otros momentos empujábamos a Nadra para que tomase diversas decisiones, y cuando las tomaba entrábamos en contradicción para sujetarla… Nos hemos preocupado por su dolor de estómago y por su posible entrada en la depresión, por su porvenir…
Dado que los personajes viven en Madrid, una de nosotras preguntó “y si quedaran viudas ¿para quién sería la pensión bajo la ley española?” Gracias a las compañeras que tenían cerca a mujeres musulmanas dedujimos que se repartiría. También les pidieron el contraste de pareceres y por lo visto en algunos detalles distaba bastante del libro, como en el de que una mujer musulmana saliera sola de noche y volviese a casa acompañada de un amigo, pero enseguida otra de nosotras matizó que el sufismo es un movimiento más heterodoxo, -dicho en términos coloquiales: una rama del Islam más suave con el cumplimiento de los preceptos, que se trata más bien la búsqueda de una experiencia espiritual que de una doctrina-, ella nos contó que había conocido una comunidad sufí afincada en una aldea cercana a su pueblo, y que dichas comunidades proliferaron durante los años setenta y ochenta del s. XX, se acomodaron en las Alpujarras y en algunos otros pueblos de España “tal vez como reminiscencia de las antiguas comunas hippies”, añadió. En cualquier caso, y no sólo por curiosidad sino también por respeto, nos emplazamos a averiguar más datos sobre el sufismo.
Por la calle al ver a dos mujeres juntas y con el cabello cubierto ya no pensábamos en que pudieran ser madre e hija, o hermanas, o dos amigas sin más, por primera vez nos planteábamos que podrían ser esposas de un mismo hombre, y nuestra recién estrenada indagación nos daba la medida de lo poco que nos conocemos aún viviendo en la misma calle.
Han sido unos coloquios muy bonitos y llenos de consideración hacia el Islam y las personas pertenecientes o practicantes de esa fé. No obstante, algunas opinamos sobre lo bueno que es tener por separado Estado y Religión.
A mí el personaje de Nadra me ha enseñado mucho, podremos compartir o no su decisión final, pero el comportamiento reflexivo que mantiene en una situación desbordada, el saber contar hasta cien sin estallar, colocarse en el lugar de los otros, no caer jamás en la tentación deshonesta de usar armas de manipulación que sin duda poseía, su búsqueda de la verdad sobre sí misma y los demás me ha permitido trasladar a otras parcelas mi conducta.
Los celos y el sentimiento de propiedad sobre la pareja es desplazable a otros terrenos: al de los hijos, los amigos, los seres queridos… Afrontar la incorporación de otras personas en las vidas de todos ellos no es fácil porque en un principio parecen descolocar las nuestras hasta que aprendes a verlo como ganancia y no como pérdida.
No sé si a Adelaida García Morales yo le agradaría, es posible que me viese como a Antonio el amigo de Nadra: una incontinente verbal. Pero en mí se ha establecido un vínculo entrañable con ella porque me transmite sosiego y agradable parsimonia y el deseo de que se encuentre bien.
Muchas gracias por el regalo.

Pili Zori

"84 Charing Cross Road", de HELENE HANFF

En el comentario anterior os anuncié que nos adentraríamos en el libro titulado “Un viejo que leía novelas de amor” de Luis Sepúlveda, pero cuando fui a recoger los ejemplares para el club me dijeron que habían sido enviados a Turquía.
Me quedé un poco contrariada, porque había solicitado y preparado su lectura y la de dos novelas más con antelación, para ganar tiempo y poder compaginar otro compromiso también literario para el que tenía fecha de entrega. Pero dicha contrariedad se disipó enseguida: me gustó el destino, adoro Estambul, y me dije que, sin duda, allí comprenderían de maravilla el universal lenguaje del tigrillo y la dignidad de los shuar.
Así que no nos queda otro remedio que practicar la selvática paciencia del protagonista y esperar con anhelo a que la novela de Sepúlveda regrese a nosotros impregnada de Bósforo y Mármara, de la misma forma que Antonio José Bolívar Proaño cada seis meses aguardaba ilusionado en El Idilio la llegada del dentista Rubicundo Loachamín con las nuevas entregas.
Allí, en su mesa de largas patas -construida a propósito para comer y leer de pie y evitar de ese modo el dolor de espalda- Antonio José se evadirá del desconocimiento y la desfachatez de los forasteros que creen dominar la selva por el hecho de portar un arma, y devorará ávido página a página las novelas que tratan de amores difíciles y sufrientes que son sus preferidos. Pero en esta ocasión el compromiso vital con la selva amazónica y con los indios shuar pospondrá su apasionada lectura. Gracias a dicho compromiso que protagonista y autor comparten, comprenderemos el único duelo digno que la naturaleza admite, y el desconcierto del tigrillo nos pinzará el corazón remitiéndonos sin remedio a otra gran joya, la de Heminway : “El viejo y el mar”.

Y ahora, para compensar la espera, os quiero regalar este bellísimo pasaje con la intención de que os provoque el deseo inaplazable de tener entre las manos “Un viejo que leía novelas de amor” de Luis Sepúlveda:
El viejo la acarició, ignorando el dolor del pie herido, y lloró avergonzado, sintiéndose indigno, envilecido, en ningún caso vencedor de esa batalla.
Con los ojos nublados de lágrimas y lluvia, empujó el cuerpo del animal hasta la orilla del río, y las aguas se lo llevaron selva adentro, hasta los territorios jamás profanados por el hombre blanco, hasta el encuentro con el Amazonas, hacia los rápidos donde sería destrozado por puñales de piedra, a salvo para siempre de las indignas alimañas.
Enseguida arrojó con furia la escopeta y la vio hundirse sin gloria. Bestia de metal indeseada por todas las criaturas.
Antonio José Bolívar Proaño se quitó la dentadura postiza, la guardó envuelta en el pañuelo y, sin dejar de maldecir al gringo inaugurador de la tragedia, al alcalde, a los buscadores de oro, a todos los que emputecían la virginidad de su amazonia, cortó de un machetazo una gruesa rama, y apoyado en ella se echó a andar en pos de El Idilio, de su choza y de sus novelas que hablaban del amor con palabras tan hermosas que a veces le hacían olvidar la barbarie humana
” .

Como no hay mal que por bien no venga con la ayuda de un compañero de la biblioteca encontré “84 Charing Cross Road”.
¡Qué preciosidad!, y cuánto nos hemos alegrado de haberla leído en el club.
Este pequeño libro de culto es un epistolario, la recopilación de las cartas que durante más de 20 años cruzaron el océano de Nueva York a Londres y de Londres a Nueva York.
Helene Hanff , tuvo un sentimiento agridulce al saber que su clamoroso éxito lo conseguían unas cartas atesoradas en un cajón y no una de sus obras de ficción tras haber escrito decenas de piezas de teatro soñadas para Broadway que jamás fueron estrenadas.
Para entonces Helene apenas sobrevivía como freelance escribiendo guiones de televisión, cuentos infantiles, documentales… (En fin, no quiero extenderme con su biografía que sin duda hallareis pormenorizada por muchos rincones de internet, y la labor del club no es redundar sino entregar su singular enfoque una vez tamizado el libro con los ingredientes de todas las opiniones). Pero no saquéis conclusiones adelantadas: tampoco después de “84 Charing Cross Road” se acabaría la precariedad que desde siempre acompañó a esta chica de Filadelfia nacida en el 18 del siglo XX. Y es que en ningún momento estamos hablando de fama ni de éxito o dinero, sino de prestigio, y este afloró, por suerte, gracias a su editor o a su agente (no estoy segura) que lo halló en la humanidad de esas cartas y la obligó a compartirlo.
Si pudiera decirle a Helenne, -la gran dama que murió en una residencia de ancianos, con la misma escasez de bienes con la que había vivido- que no siempre se escribe con pluma, bolígrafo o teclado, que también se crea y se trama mentalmente; que escribimos con la huella de nuestros pasos y que esa grafología es más indeleble, que llega más lejos, que alcanza más alto, que se oye más fuerte, sin duda se alegraría y el sentimiento agridulce desaparecería.
Si pudiera decírselo, ella sabría de inmediato que fue un honor para nosotras entrar en su salón; que nos dejó deslumbradas la flamante librería formada por cajas de fruta lujosamente rellenas de ejemplares únicos encuadernados con hermosas tapas de suntuosas telas gastadas. Libros que persisten en abrirse por donde más insistía el dueño anterior, novelas que se empeñan en compartir la caricia de anónimos dedos imperecederos… “de segunda mano” mal llamadas, o “de viejo” que aún es peor. Si pudiéramos decirle lo que sentimos al entrar por la puerta del libro en su aposento, al instante sabría que el pellizco colectivo, empático y unísono nos encogió el corazón.

Sabría que derramé lágrimas, sobre esa alfombra que nunca tuvo, al ver su entusiasmo desparramado en catálogos de comida en conserva y medias de seda con destino a la posguerra del nº 84 de Charing Cross Road.
Esa poderosa imagen nos dio la medida exacta de la generosidad: Helene y su escasa ropa, Helene y su frugal comida para hacer acopio por no saber si habrá cheque para el último escrito…, pero fiel a la vocación y al oficio. Siempre tuvo para dar y antes que comer prefirió los libros.
Esa mujer que un buen día de 1949 descubre los ansiados tesoros a precio asequible en un anuncio de Marks & Co., y que por no perder tiempo en la larga fila de la oficina de correos prefiere enviar en un sobre el dinero adelantado para su pedido, transportará sin embargo, más adelante y sin ninguna pereza, paquetes enormes de víveres para que lleguen sanos y salvos al otro lado del mar.
Helene nunca conoció en persona a los protagonistas de su hermosa composición ejecutada a varias manos, cantada a varias voces…, para cuando pudo viajar hasta Londres la librería ya no estaba y Frank Doel había fallecido. Tal vez esta escritora de ferviente imaginación tampoco supo que a veces a la realidad le da por inspirarse para echarle una mano a la vida y superar a la ficción.
Esta mujer que se crió entre tablas de teatro porque su padre era sastre de las compañías merecía sin duda y por derecho propio ver sobre el escenario sus creaciones.
Pero a esta chica sin picardía yo le diría que sólo hay una palabra que nunca debió nombrar, esa que no se perdona, y que produce alergia urticante a las “intelectualidades” de cualquier tiempo. Ese terrible vocablo se silabea así: au-to-di-dac-ta , y en el mismísimo instante en el que es pronunciado empuja escaleras abajo el currículum de toda una vida con vertiginosa precipitación.
A esa chica sin argucia le gritaría con énfasis para que me entendiera: "No importa si has masticado el polvo del teatro desde antes de tener dientes, no se considera relevante que hayas escudriñado a griegos y romanos, ni que te hayas bebido el cáliz sajón y también el anglo además del teutón, porque se trata del barniz, ¿me escuchas? no interesa la buena madera sino el brillo del barniz, se trata de avalar con títulos, de contraponer cinco años de juventud a toda una vida de estudio y preparación. Así que nunca, nunca jamás, ¿me oyes? vuelvas a definirte como autodidacta, porque ese “estigma” quedará impreso en la solapa de un libro único y no publicarás más. Eso sí, trabajo de campo no te ha de faltar, todo el que quieras: ¡Escribe!, ¡adapta!, ¡busca para la tele!…, pero sabiendo que nadie te nombrará" .

Estoy segura de que mi club está lleno de mujeres sin título que con sus lecturas llenarían paredes de inmensos palacios, pero allí nos mezclamos sin preguntar, sin que ese efímero detalle se sepa o importe ya a nuestra edad de egos pulidos, hay en el aire una especie de acuerdo tácito que convierte en mal gusto la exhibición, y al igual que los años que cumples o los kilos que pesas, hay cosas que no se preguntan. Así que no seré yo quien haga la ficha.
Pero a veces la vida busca sinuosos recovecos para ser justa, y Mel Brooks a través de su compañía Brooks Film adquirió los derechos del libro de Hanff para regalarle a su esposa Anne Bancroft en el 21 aniversario de su matrimonio uno de los papeles más bellos de su carrera, Anthony Hopkins le daría réplica interpretando a Frank Doel, el delicado y culto encargado de la librería. Hugh Whitemore la adaptó y David Jones la dirigió, ambos provenían del mundo televisivo, con razón digo que el destino, a veces, escribe en justicia su propio guión y sin dejar cabo suelto.
El film en España se tituló “La carta final”. Creo que escogieron sin saberlo un emblema que encierra de algún modo un testamento que todos hemos heredado. Dicen que es la mejor película, sobre libros y librerías, jamás filmada, pero yo sólo estoy dispuesta a admitirlo si va cogida de la mano de “Fahrenheit 451”, de François Truffaut.
No me extraña que a Isabel Coixet le atrapara el libro, Isabel ama lo escrito entre las líneas, ese espacio es como un inconsciente que nos da información espontánea sin saberlo, ella se mueve bien en el terreno subliminal y consigue que el espectador vea lo sugerido en primer plano. Títulos como “Las cosas que nunca se dicen”, “La vida secreta de las palabras”… hablan por sí mismos y es que “84 Charing Cross Road” contiene LA HISTORIA, no sólo la de un tiempo concreto, sino LA HISTORIA, mira debajo y sabrás de qué te hablo.
A Helen Hanff le habría gustado ver el sobre el escenario a Carmen Elías y a Joseph Minguell.

Un fuerte abrazo y hasta el próximo encuentro en el que hablaremos de Nadra, Khaled y Nasmiya los protagonistas principales de la magnífica novela de Adelaida García Morales.

Pili Zori

"Chesil Beach", de IAN McEWAN

Tengo muchos deseos de compartir con vosotros y con mi Club de Lectura las impresiones que me ha suscitado esta bellísima y arriesgada novela.
Tras el clamoroso éxito de Expiación, (extraordinaria epopeya, del mismo autor, que fue adaptada al cine con fidelidad minuciosa y obtuvo muy buena acogida por la crítica y los espectadores y que ya comenté en otra entrada de este blog), McEwan cambia por completo de registro y se atreve a condensarse en un pequeño espacio de intimidad para el que, hasta esta novela, no se habían encontrado las palabras.
Florence y Edward, dos jóvenes de apenas 20 años se conocen en una manifestación en contra de las armas nucleares. Ambos provienen de mundos distintos: ella, urbana y perteneciente a una familia acomodada de clase media alta, con padre de gran éxito en los negocios y madre de prestigiosa docencia en la facultad. Y él, rural y de clase media baja. Su padre es maestro y su madre, tras un inesperado accidente vive sumida en su pequeña nube de creatividad caótica.
En casa de Florence se desayuna yogourt y se degustan comidas exóticas, en la de Edward rara vez se hacen las camas o se limpian los baños.
Ambos mundos confluyen en la universidad, espejismo de territorio igualador. Violinista ella y estudiante de historia él.
Vírgenes e inocentes llegan al matrimonio tras un razonable cortejo de pequeños escarceos amorosos que nunca han culminado en una relación sexual completa.
Estamos en la Inglaterra de 1962. Y de ahí parte la novela.

Todos los segundos, minutos y largas horas que contiene una sola noche, la noche de bodas; toda la tensión, toda la zozobra, transcurren en la habitación de un hotel situado en la playa de Chesil Beach, ése es el escenario. Todo un mundo invisible se concentra para destilarse en un acto fallido.
Lo que allí sucede dibuja la frontera entre un tiempo de reminiscencias todavía victorianas que se acaba frente al nuevo y rompedor que necesariamente adviene.
Como el libro nos anuncia en su contraportada aún no había aparecido el primer LP de los Beatles y “El amante de Lady Chatterley” todavía estaba prohibido.

Decía en renglones anteriores que es un libro muy audaz porque la profundidad a la que bucea para extraer los pensamientos y palabras secretos de un tiempo en el que hablar de intimidad y sexualidad era impensable, choca con la incontinencia verbal, en algunos casos, de hoy; de hecho enseguida se pone de manifiesto la edad de los lectores, y es muy significativo lo lejos que les queda esta historia a los nacidos en los años setenta y ochenta del siglo xx.
El autor es valiente porque hay que tomarle la medida exacta al tono para no caer por la pendiente de comicidad con la que en aquellos años se paliaba en España, sin ir más lejos, el desconocimiento, la inexperiencia y falta de comunicación que aterrorizaron a más de una novia, que por decreto ley y en una sola noche había de pasar de casta y pura a tener licencia para todo lo que anteriormente se le había vendido como indecencia. Pero en todos esos chistes gruesos y anecdóticos se mencionaban los hechos, pero nunca los sentimientos, pensamientos y consecuencias futuras de esas parejas de cuerpos sin confianza.
Al igual que en Expiación en Chesil Beach hay constantes alrededor de las que giran nubes oscuras: como la madre ausente por las migrañas y al mismo tiempo tan presente, o como la insinuación de abuso que como una sombra se cierne en ambas novelas para dar atisbos de explicación: esos “quizá” que el autor le deja al lector por si quiere recogerlos, pero que nunca suponen una salida clara y justificadora. Así la frigidez puntual de Florence, no tiene por qué ser necesariamente atribuible a una patología basada en el trauma. Sería una solución sencilla que el autor no quiere, por eso lo deja en velada añadidura, y ya se ocupa muy bien McEwan de abrirnos el abanico de complejidad con todos sus ingredientes, y le da la palabra a Edward para que sea él, el propio protagonista, pasados los años el que nos diga con sus pensamientos que habría sido fácil resolver de haber sabido:
Ahora, por supuesto, veía que la propuesta retraída de Florence era totalmente intrascendente. Lo único que ella había necesitado era la certeza de que él la amaba y la tranquilidad de que él le hubiera dicho que no había prisa porque tenían toda la vida por delante. Con amor y paciencia -ojalá hubiera él tenido las dos cosas a un tiempo- sin duda los dos habrían salido adelante”.

La novela está escrita con una maestría inusitada en clave de contrapunto, con todas las evocaciones que en forma de melodía nos van dando cuenta de las vidas de los protagonistas y de sus leit motiv, dejándonos un regusto de ternura y conmiseración por ellos y por tantos amores truncados por cadenas invisibles, por falta de pericia, por cerrazón impuesta… que más adelante mirarían con envidia la apertura de candados de la generación posterior.
Esperemos que el mal uso de la libertad conquistada no dé como resultado el efecto contrario: que bajo el sexo libre se enmascare el miedo al compromiso y que los cuerpos técnicamente experimentados no se conviertan en un muro infranqueable que no deje paso hacia el alma.
Y es que como el autor nos indica, nunca fue fácil mostrar la intimidad.
Tengo muchas ganas de ver a mis compañeros para que me regalen sus opiniones.
Comenzamos la temporada con Chesil Beach, de Ian McEwan, seguiremos con El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda, y ya con los motores calientes nos adentraremos en Nasmiya, de Adelaida García Morales para explorar cómo afronta los celos y la poligamia una occidental convertida en musulmana.
Si te animas… la propuesta es atractiva.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro

Pili Zori

"No siempre ganan los buenos", de NACHO GUIRADO

En literatura es arriesgado clasificar por géneros, porque en esta vida de prisas y etiquetas se puede ahuyentar al lector, excluyéndole de unos lugares o embaucándole para que elija otros, y en esta aventura, que tanto tiene de descubrimiento, es contraproducente que al lector se le quiera marcar el paso.
Como en alguna otra ocasión ya he dicho en este mismo blog, definir a las novelas como históricas, románticas, policiacas…, sólo es una forma de colocar el producto en los anaqueles para facilitar la labor de editores, libreros y bibliotecarios. Pero la buena literatura es eso: buena literatura. Y “No siempre ganan los buenos” lo es con mayúsculas.
Una vez hecha la aclaración os diré que podéis encontrarla en el sector de novela negra, junto a las de otros grandes como Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Chester Himes, Jim Thompson, Ross McDonald, Patricia Highsmith, Georgio Scerbanenco, Juan Madrid
La estantería que alberga novelas negras siempre es un espacio de respeto, respeto ganado a pulso por método y por intención. Así que ahora sí, ahora ya podemos decir “género de novela negra” sabiendo lo que decimos y descubriéndonos al hacerlo.
Este género es valiente y un espejo en el que no nos gusta mirarnos porque fotografía las enfermedades sociales y nos pide cuentas.
Más que un género yo diría que es una especialidad que requiere tener preparados antes de comenzar planes, pautas y mucha documentación, porque tan importante es el contenido como el continente.
La novela negra siempre ha sido un tirón de manta que llegó a poner nerviosos a los gobernantes y a los poderes fácticos estadounidenses de las primeras décadas del siglo XX. Bajo la manta se esconde la podredumbre y el autor que emprende un ejercicio de estas características sabe que la va a levantar.
Este tipo de novela, a diferencia de otros tiene que estar sometido a normas precisas, tan exactas como un mecanismo de relojería y Nacho Guirado las cumple a la perfección, pero podría darse el caso de que Guirado fuera impecable con el método pero mediocre con el arte, nada más lejos.
Este joven escritor tiene una voz muy personal e inconfundible que sella su estilo. Su extraordinaria prosa y su riquísimo lenguaje caminan siempre al servicio de la historia, frase corta y contundente, adjetivo exacto, ritmo fluido…, no hace alardes, ni es pretencioso, -rasgo que no hay que confundir con la simplicidad-, que un libro sea fácil de leer significa que ha sido muy difícil de escribir porque el autor ha cribado hasta dejar sólo lo valioso y brillante y después ha probado a engarzar esas magníficas pepitas de diversas maneras hasta hallar la composición más hermosa que encaje y armonice con el tipo de historia que quiere contar.
La fuerza visual de la novela es cinematográfica, sin que ello signifique que el autor abandone en ningún momento el lenguaje literario, hay permiso para la contaminación, pero no es el caso. Los personajes están muy bien construidos, con las pinceladas exactas: el arte de decir lo máximo en lo mínimo. La mirada que el autor vierte sobre ellos es dura y pesimista, no salva a nadie. Porque Villalba es honesto en su trabajo, pero no en su vida privada.
El aislamiento y la incomunicación son la música de fondo de esta truculenta historia.
La banalidad, la avaricia y los bajos instintos crean monstruos y Amparo es la consecuencia.
Entre las líneas se adivina la preocupación del autor, y la valentía de su mirada frontal está sostenida por la conmiseración.
No siempre ganan los buenos” es un grito de advertencia.

La novela gustó mucho, y a pesar de su crudeza todos los compañeros del club recordaron que la realidad supera con creces a la ficción y que Amparo es un resultado similar a los de las noticias y sucesos que sufrimos a diario, al menos este libro indaga en los motivos y completa la información que nos falta.
El club se va de vacaciones hasta octubre, pero yo seguiré dejando cosillas por aquí. Adoro vuestra compañía.

Pili Zori