“La letra de los ríos”, de MANUEL LEGUINECHE, FRANCISCO GARCIA MARQUINA, ANTONIO PEREZ HENARES y PEDRO AGUILAR

Leímos, durante las vacaciones de navidad, “La letra de los ríos”, un precioso obsequio del Servicio de Cultura de la Diputación de Guadalajara, magnífica edición de insólito contenido escrito a cuatro voces.
Por circunstancias familiares muy tristes, no había vuelto a asomarme por aquí, pero a pesar de que ha pasado más tiempo del acostumbrado me parecería injusto no reflejar, aunque sea muy someramente, la grata experiencia que con su lectura vivió el club.

Cuando recibí “La letra de los ríos”, mantuve el libro con incertidumbre en el cuenco de mis manos durante un buen rato, hojeaba, leía un poquito en transversal, hacia delante, hacia atrás, me detenía en las fotos… No sabía cómo iba a funcionar, -el club está acostumbrado a la literatura-, y pensé que tal vez un libro de viaje… Pero de inmediato corregí el vicio de la clasificación que tanto critico en otros porque nada más comenzar con la lectura comprendí la obviedad: que los cuatro autores se desenvolvían de maravilla, por arte y por oficio, en varios registros de comunicación, pero también, y especialmente, como novelistas. El que alguno de ellos haya sido viajero de riesgo además, para esta novela en concreto era un valor de añadidura, pero no el principal.

A priori podría parecer que lo apropiado sería hablar y destacar a los autores de uno en uno, por separado. Medité sobre ello, pero, al menos para mi, colocar ese involuntario podium de extensos y destacables curriculums sería como cometer un sacrilegio contra el espíritu del libro, porque si algo rezuma desde sus páginas es esa envidiable simbiosis de amistad que desde fuera se respira, –tan difícil de encontrar en este solitario oficio-, esa amistad que el lector intuye con fuerza unifica toda la obra como un pegamento indeleble e intemporal. Quien lee no se pregunta por la fecha en la que fue escrita cada narración.

Antes del abordaje de la lectura yo tenía otro hándicap secreto, aunque no inconfesable: la que escribe es una urbanita irremediable que ha viajado hasta recónditas ciudades remotas, pero que sin embargo, por tenerlos tan a mano, desconoce los bellísimos parajes de su provincia, una vergüenza, ya digo. Tal es la paradoja, que un buen día se encontró, (la que escribe, vuelvo a repetir, porque así en tercera persona me da menos apuro admitirlo), en un palacio de Guimaraes cinco réplicas, únicas, de tapices elaborados y expuestos en Pastrana. Como veis la penitencia ya va en el pecado.
Por tanto, dado mi desconocimiento, supe que por mucho que me documentara la impostura iba a ser evidente, así que decidí con humildad colocarme un paso atrás para escuchar y aprender de mis compañeras, y la sorpresa fue que el libro satisfizo por completo tanto a las amantes del viaje y de la historia como a las de la literatura, y tanto a las nacidas y criadas aquí como a las que provenían de otros lugares del país.

Todas supieron captar los matices de las cuatro voces, hasta el punto de descubrir bajo la vocación de estilo de cada uno de los autores también los rasgos de su personalidad.
Conozco a mis amigas de club desde hace 14 o 15 años, y como en otras ocasiones he dicho en este mismo blog, en cada sesión vampirizo lo mejor de ellas: sus opiniones. Pero en ésta recibí otro regalo más entrañable aún si cabe: el de sus raíces. Casi todas, como ya he anunciado en renglones anteriores, nacieron en pueblos de Guadalajara de los que se sienten profundamente orgullosas.
Gracias a este libro cada una habló de su lugar de origen; reconocieron, emocionadas, a muchos de los personajes citados, tan allegados que algunos resultaron ser familia, tíos, primos…
Hicieron la novela suya ampliando información, y crearon un pormenorizado epílogo que la crecía en detalles y precisiones.

Las que siempre tienen la mochila preparada propusieron con entusiasmo recorrer juntas esos caminos. Guante que desde aquí le lanzo a María Antonia Pérez León, Presidenta de la Diputación de Guadalajara, que dispuso amablemente el Castillo de Torija para el encuentro con los escritores. No estaría mal propiciar visitas de un día, o medio, según las distancias, a los distintos lugares y monumentos que describe el libro. Perdón por la osadía, pero por solicitar que no quede.

Como os contaba al principio no pude asistir, pero Plácido, Paloma y Rosa, los responsables del Departamento de Cultura se volcaron con mis chicas, como ellos las nombran, además de con los otros tres clubes invitados que también acudieron a la cita en sendos autobuses. Era una experiencia piloto en la que los tres pusieron enorme ilusión cuidando con celo los detalles, (cuando acudimos a eventos culturales tanto de la Biblioteca Pública, como del Ayuntamiento, Fundación Siglo Futuro, Diputación… a menudo se nos olvida la gran labor en sombra de los anfitriones), -no resulta fácil hacer coincidir a cuatro escritores el mismo día-, sobre todo si además andas con los dedos cruzados y mirando a un cielo plomizo que en esas fechas no paraba de escupir hielo. Ni adelantarse a los caprichos de la megafonía. Para que Manu Leguineche pudiera estar cómodo se cambió de sala y se eliminó la tarima, finalmente muy a su pesar no pudo acudir.
Por todos los esfuerzos, gracias.

Imagino que el club transmitiría a los autores que nos parecieron preciosas imágenes como la del río corriendo paralelo al tren. Esa líquida eternidad frente a la efímera y mortal sucesión de acontecimientos y personas a lo largo de su lecho y de la historia.
La fluidez de la prosa de todo el libro deslizándose como seda sobre agua. La enorme recopilación de poesía sobre “Su majestad el Tajo” (el título se lo otorgo yo con vuestro permiso).
La forma tan hermosa, en la que los cuatro describen la personalidad de cada río, sus edades e incluso su sexo…
El descubrimiento de la fábrica de chocolate que nació en un tiempo de fascinación por el progreso, las máquinas y la magia de los inventos.
En fin, seguiría enumerando las virtudes de este extraordinario escáner anímico que cada uno de los escritores con su particular interpretación y enfoque le hace a la provincia. Pero me limitaré a decir que el recorrido de catéter por sus venas de agua merece muchísimo la pena.
Con razón Mary Paz, una antigua compañera que tuvo que trasladarse a otra ciudad, siempre decía “leer es viajar gratis”.

Pero no quisiera terminar este encuentro sin decir que los cuatro escritores fueron muy valientes a la hora de elevar su personal y particular canto a esta provincia si tenemos en cuenta que “El viaje a la Alcarria” de Cela aquí pesa mucho, y aún a riesgo de que me excomulguen, lo de “pesa” lo digo en sus dos acepciones, no hay cosa peor que una lectura obligada en la infancia para que un niño se desapasione, lo siento mucho pero a mí y a esa edad no me gustaba la imagen que el posteriormente nóbel daba de nosotros, lo de valorar la prosa llegaría más tarde, pero el tufillo elitista de la trama me desagradaba. Subjetivo o no, es mi recuerdo.
No sé si alguno de los cuatro escritores buscaba la emulación o por el contrario enmendarle la plana a Cela. En cualquier caso me alegro por contraste de estas miradas nuevas, de la frescura de este viaje que ha conseguido impregnarnos de la atmósfera, los olores, la sensualidad, el cansancio, los mosquitos… y sobre todo me alegro del contagio del profundo amor por nuestro sitio, incluyendo la ironía, esa clase de autocrítica que sólo se admite si proviene de alguien de la familia, de uno de los nuestros, por sangre o por adopción, pero de nadie más y perdón por el chauvinismo, como suele decirse, de mi hijo o de mi hermana hablo mal yo, pero tú no.

Esta bellísima provincia tan invisible y a menudo tan olvidada ya tiene sus cantores, y por si alguna vez ellos se ponen tristes por la falta de reconocimiento a sus batallas hoy quiero regalarles este himno de Mercedes Sosa y Horacio Guarany para que no olviden nunca que su oficio tiene enorme importancia.


”Si se calla el cantor calla la vida
Porque la vida misma es todo un canto
Si se calla el cantor mueren de espanto
la esperanza la luz y la alegría
Si se calla el cantor se quedan solos
los humildes gorriones de los diarios
Los obreros del pueblo se persignan
Quién habrá de luchar por sus salarios
Qué ha de ser la vida si el que canta
no levanta su voz en las tribunas
Por el que sufre,
Por el que no hay ninguna razón que lo condene
a andar sin manta
Si se calla el cantor muere la rosa,
De qué sirve la rosa sin el canto
Debe el canto ser sobre los campos
Iluminando siempre a los de abajo
Que no calle el cantor porque el silencio
cobarde apaña la maldad que oprime
No saben los cantores de agachadas
No callarán jamás de frente al crimen
Que se levanten todas las banderas
cuando el cantor se plante con su grito
Que mil guitarras desgranen en la noche
una inmortal canción al infinito
Si se calla el cantor…
Calla la vida




Y ahora que terminen ellos este encuentro con sus propias palabras, hay muchos pasajes hermosos y llenos de significado para escoger, que cada lector subraye los que quiera hacer suyos, aquí dejo esta pequeña muestra:

Comen lo que se come allí por donde pasan, se guarecen de la lluvia bajo árboles copudos. Escuchan el latido de la naturaleza”.
Manuel Leguineche

Voy paseando hasta la estación, que aparece recortada y limpia al fondo de la ancha calle. Limpia, eso sí, pero también pintada a medias de color mortadela y de color panzaburra muy poco agradable. En esto del diseño, a veces te sale un creativo desahogado que te arruina un paisaje”.
Francisco García Marquina

Cada vez que desde La Alcarria miro hacia la Sierra y mi vista alcanza el Ocejón, este año tan cuajado de nieves, siento la misma y renovada emoción de pertenencia. Esa es mi tierra y mi horizonte. Pero no porque la sienta mía, sino porque yo me siento suyo, parte de su ser de su esencia, de su paisaje y de su raíz. Yo soy su hijo".
Antonio Pérez Henares.

Según baja el Jarama de la sierra va horadando el paisaje. Su látigo azul y blanco parte la tersa y negra pizarra en multitud de fragmentos que se esparcen por las laderas de los viejos picos de la sierra de Ayllón”.
Pedro Aguilar

Gracias
Hasta el próximo encuentro

Pili Zori

"Nasmiya", de ADELAIDA GARCIA MORALES

Hemos estado un mes conviviendo con Nadra, Khaled y sus hijos y también con Nasmiya, la segunda esposa de Khaled. Españoles, todos ellos, convertidos al islamismo.
Como siempre, os recomiendo el atajo de internet para la búsqueda de la interesante biografía de Adelaida García Morales, (esta singularísima autora licenciada en filosofía y letras que además estudió escritura de guiones en la Escuela de Cinematografía, que fue modelo y actriz de teatro en el grupo Esperpento, que trabajó como traductora en Argelia y dio clases de lenguaje y literatura en un instituto de enseñanza media…, que vivió durante cinco años en Las Alpujarras, que arrasó con su novela “El sur y Bene” tras “El silencio de las sirenas” y que goza del respeto de crítica y lectores con cada nueva novela que escribe siendo una de las autoras españolas más estudiadas fuera de nuestro país). Y así me puedo dedicar de lleno a condensar en este pequeño rincón de lectura todas las reflexiones que a lo largo de cuatro semanas hemos ido haciendo.
Una de las compañeras del club dijo que la novela debería titularse Nadra y no Nasmiya porque Nadra es quien nos cuenta su historia en primera persona.
El libro plantea el triángulo amoroso desde un enfoque que nunca habíamos visto en literatura, con total ausencia de morbosidad y sin remitir a lo prohibido. La autora escoge con gran acierto el ambiente y la atmósfera adecuados para preguntarse y preguntarnos, qué pasaría si tu marido, del que sigues profundamente enamorada, trajera a casa a una segunda esposa de gran belleza externa e interna a la que doblas en edad, amparándose en que tu religión lo permite y en que tu aceptaste esa posibilidad con todas sus consecuencias. Y asegurase al mismo tiempo que a ti también te ama.
Como veis el debate estaba servido:
¿Se puede trascender la monogamia?, ¿es posible amar a dos mujeres a la vez y bajo el mismo techo, viendo los arrumacos, oyendo e imaginando caricias, aunque no quieras, tras la pared del dormitorio contiguo?, ¿y si se tratara de un segundo esposo escogido por la mujer?, ¿se producirían las mismas situaciones?, ¿cuánto hay de cultural o de instintivo en los celos y de qué están compuestos?, ¿surgen con el menosprecio o la exclusión?, ¿se deben al destronamiento?...
Podríamos continuar, como así lo hicimos, con toda la infinidad de preguntas y matices que nos propone el libro.
Lo cierto es que la autora, con enorme maestría, a lo largo de las páginas va desarrollando la situación como insostenible, pero sin embargo, y tras hacernos conjeturar sobre todos los desenlaces posibles, la evoluciona sin que apenas notemos cuando se produce el punto de inflexión. Para ello no utiliza recursos drásticos ni impactantes que justifiquen el cambio de actitudes de los protagonistas, simplemente nos deja asistir a la transformación de sentimientos que se va produciendo y que en ningún instante es arbitraria o interesada, ni de acomodaticia necesidad de adaptación, sino producto de reflexiones y exploración profundas.
La autora se encarga de subrayar que en todo momento, Nadra y sus hijos tendrían manutención y techo asegurado.

Adelaida García Morales también se ocupa, a través de los amigos de ambas culturas, de contrastar, para que el lector vea con claridad lo que Nadra busca y el proceso interior en el que está sumida. De hecho entre la comunidad musulmana que la protagonista frecuenta hay matrimonios que eligen la monogamia y comprenden el sufrimiento de la primera esposa de Khaled.
Y al lado y al mismo tiempo, también la escritora coloca a Antonio que no es musulmán y sin embargo ansía y envidia esa tolerancia ya que perdió a esposa y amante por no querer elegir, de esa manera García Morales descontextualiza aislando sentimientos e instintos para que el lector no pueda achacarlos a elementos culturales, costumbres o presión social.
A algunas de mis compañeras la novela les pareció reiterativa y le habrían quitado páginas. Es cierto que la historia se podría haber acortado, pero también es evidente que lo importante no era el fin sino el proceso, como ya he dicho en renglones anteriores, y que para conseguir el marco cerrado y obsesivo había que situarla dentro de la casa, para recalcar el mundo interior, tanto espacial como anímico, y poder crear así la espiral de pensamientos que van y vienen desde el centro hacia afuera.
En ese ir y venir se van añadiendo pequeños trozos con cada ingrediente nuevo, que todavía el lector no advierte, pero que están, que ya han ido apareciendo. La autora aún no quiere perder el aparente círculo vicioso y sin salida porque está creando atmósfera.

Os aseguro que esta clase de ejercicio de enorme introspección entraña una gran dificultad para un escritor, y que siempre que se aborda una sabe perfectamente donde se mete: el monólogo interior, la turbulencia mental, los sentimientos y sensaciones ambivalentes... En fin, para mí, como escritora ha sido un hallazgo escarbar en la carpintería de esta magnífica novela, si difícil es describir sentimientos, -recalco que no digo expresar, sino describir-, más complicado todavía es definir los pensamientos, y si damos otra vuelta de tuerca que es la de mostrarle al lector la actividad mental como si la estuviera viendo, ya es el súmmum. Y eso es exactamente lo que ha logrado Adelaida García Morales: diseccionar el alma y la mente de Nadra y servírnoslas en bandeja.
Para quien está metido en un atolladero no pasan las horas ni los días, y la autora consigue a la perfección, y doy por hecho que a propósito, la sensación de estancamiento, pero no se olvida del lector y para que él sí sepa de forma sencilla y en todo momento dónde está le muestra la entrada y salida de escena con los horarios de comidas, así, aunque Nadra ha perdido la noción, él sí ve que el tiempo global en el que se desarrolla la novela, transcurre en unos meses, y el detallado día a día.
Llegados a este punto conviene que ahora diga que la autora reescribió “Nasmiya” cuatro veces, detalle que remarca la intención, como vengo repitiendo, y que tanto “El Sur y Bene” como “La lógica del vampiro” son libros de pocas páginas donde Adelaida muestra gran capacidad de síntesis y el arte de decir lo máximo en lo mínimo, por tanto nos queda claro que compuso y eligió a propósito, ambiente, tono, música y ritmo para este libro de mayor duración. De hecho, creo recordar que en alguna entrevista leí que Nasmiya era su obra más querida, no sé si tras las posteriores seguirá prefiriéndola, pero sí que fue muy cuidadosa con las intenciones que quiso plasmar.

En el club hemos pasado por distintos estados de ánimo mientras la leíamos: nos hemos enfadado a ratos con la protagonista, con Khaled el marido, con Nasmiya, les hemos justificado a veces, en otros momentos empujábamos a Nadra para que tomase diversas decisiones, y cuando las tomaba entrábamos en contradicción para sujetarla… Nos hemos preocupado por su dolor de estómago y por su posible entrada en la depresión, por su porvenir…
Dado que los personajes viven en Madrid, una de nosotras preguntó “y si quedaran viudas ¿para quién sería la pensión bajo la ley española?” Gracias a las compañeras que tenían cerca a mujeres musulmanas dedujimos que se repartiría. También les pidieron el contraste de pareceres y por lo visto en algunos detalles distaba bastante del libro, como en el de que una mujer musulmana saliera sola de noche y volviese a casa acompañada de un amigo, pero enseguida otra de nosotras matizó que el sufismo es un movimiento más heterodoxo, -dicho en términos coloquiales: una rama del Islam más suave con el cumplimiento de los preceptos, que se trata más bien la búsqueda de una experiencia espiritual que de una doctrina-, ella nos contó que había conocido una comunidad sufí afincada en una aldea cercana a su pueblo, y que dichas comunidades proliferaron durante los años setenta y ochenta del s. XX, se acomodaron en las Alpujarras y en algunos otros pueblos de España “tal vez como reminiscencia de las antiguas comunas hippies”, añadió. En cualquier caso, y no sólo por curiosidad sino también por respeto, nos emplazamos a averiguar más datos sobre el sufismo.
Por la calle al ver a dos mujeres juntas y con el cabello cubierto ya no pensábamos en que pudieran ser madre e hija, o hermanas, o dos amigas sin más, por primera vez nos planteábamos que podrían ser esposas de un mismo hombre, y nuestra recién estrenada indagación nos daba la medida de lo poco que nos conocemos aún viviendo en la misma calle.
Han sido unos coloquios muy bonitos y llenos de consideración hacia el Islam y las personas pertenecientes o practicantes de esa fé. No obstante, algunas opinamos sobre lo bueno que es tener por separado Estado y Religión.
A mí el personaje de Nadra me ha enseñado mucho, podremos compartir o no su decisión final, pero el comportamiento reflexivo que mantiene en una situación desbordada, el saber contar hasta cien sin estallar, colocarse en el lugar de los otros, no caer jamás en la tentación deshonesta de usar armas de manipulación que sin duda poseía, su búsqueda de la verdad sobre sí misma y los demás me ha permitido trasladar a otras parcelas mi conducta.
Los celos y el sentimiento de propiedad sobre la pareja es desplazable a otros terrenos: al de los hijos, los amigos, los seres queridos… Afrontar la incorporación de otras personas en las vidas de todos ellos no es fácil porque en un principio parecen descolocar las nuestras hasta que aprendes a verlo como ganancia y no como pérdida.
No sé si a Adelaida García Morales yo le agradaría, es posible que me viese como a Antonio el amigo de Nadra: una incontinente verbal. Pero en mí se ha establecido un vínculo entrañable con ella porque me transmite sosiego y agradable parsimonia y el deseo de que se encuentre bien.
Muchas gracias por el regalo.

Pili Zori

"84 Charing Cross Road", de HELENE HANFF

En el comentario anterior os anuncié que nos adentraríamos en el libro titulado “Un viejo que leía novelas de amor” de Luis Sepúlveda, pero cuando fui a recoger los ejemplares para el club me dijeron que habían sido enviados a Turquía.
Me quedé un poco contrariada, porque había solicitado y preparado su lectura y la de dos novelas más con antelación, para ganar tiempo y poder compaginar otro compromiso también literario para el que tenía fecha de entrega. Pero dicha contrariedad se disipó enseguida: me gustó el destino, adoro Estambul, y me dije que, sin duda, allí comprenderían de maravilla el universal lenguaje del tigrillo y la dignidad de los shuar.
Así que no nos queda otro remedio que practicar la selvática paciencia del protagonista y esperar con anhelo a que la novela de Sepúlveda regrese a nosotros impregnada de Bósforo y Mármara, de la misma forma que Antonio José Bolívar Proaño cada seis meses aguardaba ilusionado en El Idilio la llegada del dentista Rubicundo Loachamín con las nuevas entregas.
Allí, en su mesa de largas patas -construida a propósito para comer y leer de pie y evitar de ese modo el dolor de espalda- Antonio José se evadirá del desconocimiento y la desfachatez de los forasteros que creen dominar la selva por el hecho de portar un arma, y devorará ávido página a página las novelas que tratan de amores difíciles y sufrientes que son sus preferidos. Pero en esta ocasión el compromiso vital con la selva amazónica y con los indios shuar pospondrá su apasionada lectura. Gracias a dicho compromiso que protagonista y autor comparten, comprenderemos el único duelo digno que la naturaleza admite, y el desconcierto del tigrillo nos pinzará el corazón remitiéndonos sin remedio a otra gran joya, la de Heminway : “El viejo y el mar”.

Y ahora, para compensar la espera, os quiero regalar este bellísimo pasaje con la intención de que os provoque el deseo inaplazable de tener entre las manos “Un viejo que leía novelas de amor” de Luis Sepúlveda:
El viejo la acarició, ignorando el dolor del pie herido, y lloró avergonzado, sintiéndose indigno, envilecido, en ningún caso vencedor de esa batalla.
Con los ojos nublados de lágrimas y lluvia, empujó el cuerpo del animal hasta la orilla del río, y las aguas se lo llevaron selva adentro, hasta los territorios jamás profanados por el hombre blanco, hasta el encuentro con el Amazonas, hacia los rápidos donde sería destrozado por puñales de piedra, a salvo para siempre de las indignas alimañas.
Enseguida arrojó con furia la escopeta y la vio hundirse sin gloria. Bestia de metal indeseada por todas las criaturas.
Antonio José Bolívar Proaño se quitó la dentadura postiza, la guardó envuelta en el pañuelo y, sin dejar de maldecir al gringo inaugurador de la tragedia, al alcalde, a los buscadores de oro, a todos los que emputecían la virginidad de su amazonia, cortó de un machetazo una gruesa rama, y apoyado en ella se echó a andar en pos de El Idilio, de su choza y de sus novelas que hablaban del amor con palabras tan hermosas que a veces le hacían olvidar la barbarie humana
” .

Como no hay mal que por bien no venga con la ayuda de un compañero de la biblioteca encontré “84 Charing Cross Road”.
¡Qué preciosidad!, y cuánto nos hemos alegrado de haberla leído en el club.
Este pequeño libro de culto es un epistolario, la recopilación de las cartas que durante más de 20 años cruzaron el océano de Nueva York a Londres y de Londres a Nueva York.
Helene Hanff , tuvo un sentimiento agridulce al saber que su clamoroso éxito lo conseguían unas cartas atesoradas en un cajón y no una de sus obras de ficción tras haber escrito decenas de piezas de teatro soñadas para Broadway que jamás fueron estrenadas.
Para entonces Helene apenas sobrevivía como freelance escribiendo guiones de televisión, cuentos infantiles, documentales… (En fin, no quiero extenderme con su biografía que sin duda hallareis pormenorizada por muchos rincones de internet, y la labor del club no es redundar sino entregar su singular enfoque una vez tamizado el libro con los ingredientes de todas las opiniones). Pero no saquéis conclusiones adelantadas: tampoco después de “84 Charing Cross Road” se acabaría la precariedad que desde siempre acompañó a esta chica de Filadelfia nacida en el 18 del siglo XX. Y es que en ningún momento estamos hablando de fama ni de éxito o dinero, sino de prestigio, y este afloró, por suerte, gracias a su editor o a su agente (no estoy segura) que lo halló en la humanidad de esas cartas y la obligó a compartirlo.
Si pudiera decirle a Helenne, -la gran dama que murió en una residencia de ancianos, con la misma escasez de bienes con la que había vivido- que no siempre se escribe con pluma, bolígrafo o teclado, que también se crea y se trama mentalmente; que escribimos con la huella de nuestros pasos y que esa grafología es más indeleble, que llega más lejos, que alcanza más alto, que se oye más fuerte, sin duda se alegraría y el sentimiento agridulce desaparecería.
Si pudiera decírselo, ella sabría de inmediato que fue un honor para nosotras entrar en su salón; que nos dejó deslumbradas la flamante librería formada por cajas de fruta lujosamente rellenas de ejemplares únicos encuadernados con hermosas tapas de suntuosas telas gastadas. Libros que persisten en abrirse por donde más insistía el dueño anterior, novelas que se empeñan en compartir la caricia de anónimos dedos imperecederos… “de segunda mano” mal llamadas, o “de viejo” que aún es peor. Si pudiéramos decirle lo que sentimos al entrar por la puerta del libro en su aposento, al instante sabría que el pellizco colectivo, empático y unísono nos encogió el corazón.

Sabría que derramé lágrimas, sobre esa alfombra que nunca tuvo, al ver su entusiasmo desparramado en catálogos de comida en conserva y medias de seda con destino a la posguerra del nº 84 de Charing Cross Road.
Esa poderosa imagen nos dio la medida exacta de la generosidad: Helene y su escasa ropa, Helene y su frugal comida para hacer acopio por no saber si habrá cheque para el último escrito…, pero fiel a la vocación y al oficio. Siempre tuvo para dar y antes que comer prefirió los libros.
Esa mujer que un buen día de 1949 descubre los ansiados tesoros a precio asequible en un anuncio de Marks & Co., y que por no perder tiempo en la larga fila de la oficina de correos prefiere enviar en un sobre el dinero adelantado para su pedido, transportará sin embargo, más adelante y sin ninguna pereza, paquetes enormes de víveres para que lleguen sanos y salvos al otro lado del mar.
Helene nunca conoció en persona a los protagonistas de su hermosa composición ejecutada a varias manos, cantada a varias voces…, para cuando pudo viajar hasta Londres la librería ya no estaba y Frank Doel había fallecido. Tal vez esta escritora de ferviente imaginación tampoco supo que a veces a la realidad le da por inspirarse para echarle una mano a la vida y superar a la ficción.
Esta mujer que se crió entre tablas de teatro porque su padre era sastre de las compañías merecía sin duda y por derecho propio ver sobre el escenario sus creaciones.
Pero a esta chica sin picardía yo le diría que sólo hay una palabra que nunca debió nombrar, esa que no se perdona, y que produce alergia urticante a las “intelectualidades” de cualquier tiempo. Ese terrible vocablo se silabea así: au-to-di-dac-ta , y en el mismísimo instante en el que es pronunciado empuja escaleras abajo el currículum de toda una vida con vertiginosa precipitación.
A esa chica sin argucia le gritaría con énfasis para que me entendiera: "No importa si has masticado el polvo del teatro desde antes de tener dientes, no se considera relevante que hayas escudriñado a griegos y romanos, ni que te hayas bebido el cáliz sajón y también el anglo además del teutón, porque se trata del barniz, ¿me escuchas? no interesa la buena madera sino el brillo del barniz, se trata de avalar con títulos, de contraponer cinco años de juventud a toda una vida de estudio y preparación. Así que nunca, nunca jamás, ¿me oyes? vuelvas a definirte como autodidacta, porque ese “estigma” quedará impreso en la solapa de un libro único y no publicarás más. Eso sí, trabajo de campo no te ha de faltar, todo el que quieras: ¡Escribe!, ¡adapta!, ¡busca para la tele!…, pero sabiendo que nadie te nombrará" .

Estoy segura de que mi club está lleno de mujeres sin título que con sus lecturas llenarían paredes de inmensos palacios, pero allí nos mezclamos sin preguntar, sin que ese efímero detalle se sepa o importe ya a nuestra edad de egos pulidos, hay en el aire una especie de acuerdo tácito que convierte en mal gusto la exhibición, y al igual que los años que cumples o los kilos que pesas, hay cosas que no se preguntan. Así que no seré yo quien haga la ficha.
Pero a veces la vida busca sinuosos recovecos para ser justa, y Mel Brooks a través de su compañía Brooks Film adquirió los derechos del libro de Hanff para regalarle a su esposa Anne Bancroft en el 21 aniversario de su matrimonio uno de los papeles más bellos de su carrera, Anthony Hopkins le daría réplica interpretando a Frank Doel, el delicado y culto encargado de la librería. Hugh Whitemore la adaptó y David Jones la dirigió, ambos provenían del mundo televisivo, con razón digo que el destino, a veces, escribe en justicia su propio guión y sin dejar cabo suelto.
El film en España se tituló “La carta final”. Creo que escogieron sin saberlo un emblema que encierra de algún modo un testamento que todos hemos heredado. Dicen que es la mejor película, sobre libros y librerías, jamás filmada, pero yo sólo estoy dispuesta a admitirlo si va cogida de la mano de “Fahrenheit 451”, de François Truffaut.
No me extraña que a Isabel Coixet le atrapara el libro, Isabel ama lo escrito entre las líneas, ese espacio es como un inconsciente que nos da información espontánea sin saberlo, ella se mueve bien en el terreno subliminal y consigue que el espectador vea lo sugerido en primer plano. Títulos como “Las cosas que nunca se dicen”, “La vida secreta de las palabras”… hablan por sí mismos y es que “84 Charing Cross Road” contiene LA HISTORIA, no sólo la de un tiempo concreto, sino LA HISTORIA, mira debajo y sabrás de qué te hablo.
A Helen Hanff le habría gustado ver el sobre el escenario a Carmen Elías y a Joseph Minguell.

Un fuerte abrazo y hasta el próximo encuentro en el que hablaremos de Nadra, Khaled y Nasmiya los protagonistas principales de la magnífica novela de Adelaida García Morales.

Pili Zori

"Chesil Beach", de IAN McEWAN

Tengo muchos deseos de compartir con vosotros y con mi Club de Lectura las impresiones que me ha suscitado esta bellísima y arriesgada novela.
Tras el clamoroso éxito de Expiación, (extraordinaria epopeya, del mismo autor, que fue adaptada al cine con fidelidad minuciosa y obtuvo muy buena acogida por la crítica y los espectadores y que ya comenté en otra entrada de este blog), McEwan cambia por completo de registro y se atreve a condensarse en un pequeño espacio de intimidad para el que, hasta esta novela, no se habían encontrado las palabras.
Florence y Edward, dos jóvenes de apenas 20 años se conocen en una manifestación en contra de las armas nucleares. Ambos provienen de mundos distintos: ella, urbana y perteneciente a una familia acomodada de clase media alta, con padre de gran éxito en los negocios y madre de prestigiosa docencia en la facultad. Y él, rural y de clase media baja. Su padre es maestro y su madre, tras un inesperado accidente vive sumida en su pequeña nube de creatividad caótica.
En casa de Florence se desayuna yogourt y se degustan comidas exóticas, en la de Edward rara vez se hacen las camas o se limpian los baños.
Ambos mundos confluyen en la universidad, espejismo de territorio igualador. Violinista ella y estudiante de historia él.
Vírgenes e inocentes llegan al matrimonio tras un razonable cortejo de pequeños escarceos amorosos que nunca han culminado en una relación sexual completa.
Estamos en la Inglaterra de 1962. Y de ahí parte la novela.

Todos los segundos, minutos y largas horas que contiene una sola noche, la noche de bodas; toda la tensión, toda la zozobra, transcurren en la habitación de un hotel situado en la playa de Chesil Beach, ése es el escenario. Todo un mundo invisible se concentra para destilarse en un acto fallido.
Lo que allí sucede dibuja la frontera entre un tiempo de reminiscencias todavía victorianas que se acaba frente al nuevo y rompedor que necesariamente adviene.
Como el libro nos anuncia en su contraportada aún no había aparecido el primer LP de los Beatles y “El amante de Lady Chatterley” todavía estaba prohibido.

Decía en renglones anteriores que es un libro muy audaz porque la profundidad a la que bucea para extraer los pensamientos y palabras secretos de un tiempo en el que hablar de intimidad y sexualidad era impensable, choca con la incontinencia verbal, en algunos casos, de hoy; de hecho enseguida se pone de manifiesto la edad de los lectores, y es muy significativo lo lejos que les queda esta historia a los nacidos en los años setenta y ochenta del siglo xx.
El autor es valiente porque hay que tomarle la medida exacta al tono para no caer por la pendiente de comicidad con la que en aquellos años se paliaba en España, sin ir más lejos, el desconocimiento, la inexperiencia y falta de comunicación que aterrorizaron a más de una novia, que por decreto ley y en una sola noche había de pasar de casta y pura a tener licencia para todo lo que anteriormente se le había vendido como indecencia. Pero en todos esos chistes gruesos y anecdóticos se mencionaban los hechos, pero nunca los sentimientos, pensamientos y consecuencias futuras de esas parejas de cuerpos sin confianza.
Al igual que en Expiación en Chesil Beach hay constantes alrededor de las que giran nubes oscuras: como la madre ausente por las migrañas y al mismo tiempo tan presente, o como la insinuación de abuso que como una sombra se cierne en ambas novelas para dar atisbos de explicación: esos “quizá” que el autor le deja al lector por si quiere recogerlos, pero que nunca suponen una salida clara y justificadora. Así la frigidez puntual de Florence, no tiene por qué ser necesariamente atribuible a una patología basada en el trauma. Sería una solución sencilla que el autor no quiere, por eso lo deja en velada añadidura, y ya se ocupa muy bien McEwan de abrirnos el abanico de complejidad con todos sus ingredientes, y le da la palabra a Edward para que sea él, el propio protagonista, pasados los años el que nos diga con sus pensamientos que habría sido fácil resolver de haber sabido:
Ahora, por supuesto, veía que la propuesta retraída de Florence era totalmente intrascendente. Lo único que ella había necesitado era la certeza de que él la amaba y la tranquilidad de que él le hubiera dicho que no había prisa porque tenían toda la vida por delante. Con amor y paciencia -ojalá hubiera él tenido las dos cosas a un tiempo- sin duda los dos habrían salido adelante”.

La novela está escrita con una maestría inusitada en clave de contrapunto, con todas las evocaciones que en forma de melodía nos van dando cuenta de las vidas de los protagonistas y de sus leit motiv, dejándonos un regusto de ternura y conmiseración por ellos y por tantos amores truncados por cadenas invisibles, por falta de pericia, por cerrazón impuesta… que más adelante mirarían con envidia la apertura de candados de la generación posterior.
Esperemos que el mal uso de la libertad conquistada no dé como resultado el efecto contrario: que bajo el sexo libre se enmascare el miedo al compromiso y que los cuerpos técnicamente experimentados no se conviertan en un muro infranqueable que no deje paso hacia el alma.
Y es que como el autor nos indica, nunca fue fácil mostrar la intimidad.
Tengo muchas ganas de ver a mis compañeros para que me regalen sus opiniones.
Comenzamos la temporada con Chesil Beach, de Ian McEwan, seguiremos con El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda, y ya con los motores calientes nos adentraremos en Nasmiya, de Adelaida García Morales para explorar cómo afronta los celos y la poligamia una occidental convertida en musulmana.
Si te animas… la propuesta es atractiva.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro

Pili Zori

"No siempre ganan los buenos", de NACHO GUIRADO

En literatura es arriesgado clasificar por géneros, porque en esta vida de prisas y etiquetas se puede ahuyentar al lector, excluyéndole de unos lugares o embaucándole para que elija otros, y en esta aventura, que tanto tiene de descubrimiento, es contraproducente que al lector se le quiera marcar el paso.
Como en alguna otra ocasión ya he dicho en este mismo blog, definir a las novelas como históricas, románticas, policiacas…, sólo es una forma de colocar el producto en los anaqueles para facilitar la labor de editores, libreros y bibliotecarios. Pero la buena literatura es eso: buena literatura. Y “No siempre ganan los buenos” lo es con mayúsculas.
Una vez hecha la aclaración os diré que podéis encontrarla en el sector de novela negra, junto a las de otros grandes como Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Chester Himes, Jim Thompson, Ross McDonald, Patricia Highsmith, Georgio Scerbanenco, Juan Madrid
La estantería que alberga novelas negras siempre es un espacio de respeto, respeto ganado a pulso por método y por intención. Así que ahora sí, ahora ya podemos decir “género de novela negra” sabiendo lo que decimos y descubriéndonos al hacerlo.
Este género es valiente y un espejo en el que no nos gusta mirarnos porque fotografía las enfermedades sociales y nos pide cuentas.
Más que un género yo diría que es una especialidad que requiere tener preparados antes de comenzar planes, pautas y mucha documentación, porque tan importante es el contenido como el continente.
La novela negra siempre ha sido un tirón de manta que llegó a poner nerviosos a los gobernantes y a los poderes fácticos estadounidenses de las primeras décadas del siglo XX. Bajo la manta se esconde la podredumbre y el autor que emprende un ejercicio de estas características sabe que la va a levantar.
Este tipo de novela, a diferencia de otros tiene que estar sometido a normas precisas, tan exactas como un mecanismo de relojería y Nacho Guirado las cumple a la perfección, pero podría darse el caso de que Guirado fuera impecable con el método pero mediocre con el arte, nada más lejos.
Este joven escritor tiene una voz muy personal e inconfundible que sella su estilo. Su extraordinaria prosa y su riquísimo lenguaje caminan siempre al servicio de la historia, frase corta y contundente, adjetivo exacto, ritmo fluido…, no hace alardes, ni es pretencioso, -rasgo que no hay que confundir con la simplicidad-, que un libro sea fácil de leer significa que ha sido muy difícil de escribir porque el autor ha cribado hasta dejar sólo lo valioso y brillante y después ha probado a engarzar esas magníficas pepitas de diversas maneras hasta hallar la composición más hermosa que encaje y armonice con el tipo de historia que quiere contar.
La fuerza visual de la novela es cinematográfica, sin que ello signifique que el autor abandone en ningún momento el lenguaje literario, hay permiso para la contaminación, pero no es el caso. Los personajes están muy bien construidos, con las pinceladas exactas: el arte de decir lo máximo en lo mínimo. La mirada que el autor vierte sobre ellos es dura y pesimista, no salva a nadie. Porque Villalba es honesto en su trabajo, pero no en su vida privada.
El aislamiento y la incomunicación son la música de fondo de esta truculenta historia.
La banalidad, la avaricia y los bajos instintos crean monstruos y Amparo es la consecuencia.
Entre las líneas se adivina la preocupación del autor, y la valentía de su mirada frontal está sostenida por la conmiseración.
No siempre ganan los buenos” es un grito de advertencia.

La novela gustó mucho, y a pesar de su crudeza todos los compañeros del club recordaron que la realidad supera con creces a la ficción y que Amparo es un resultado similar a los de las noticias y sucesos que sufrimos a diario, al menos este libro indaga en los motivos y completa la información que nos falta.
El club se va de vacaciones hasta octubre, pero yo seguiré dejando cosillas por aquí. Adoro vuestra compañía.

Pili Zori

"El enigma", de JOSEFINA ALDECOA

Josefina Rodríguez Álvarez, ése es el verdadero nombre de esta escritora que formó parte de la generación literaria de los 50 del siglo XX y que al enviudar quiso imprimir para siempre el apellido de su esposo, el escritor Ignacio Aldecoa, en su obra, tal vez para eternizar así el vínculo y la compañía durante todo su periplo literario y vital. Así fue como Álvarez se sustituyó por Aldecoa en la firma y rúbrica de Josefina. Cuando él murió la autora dejó de escribir durante diez años.
En El enigma, novela contemporánea de contenido amoroso, nos plantea, una vez más, cómo nos marca la educación, -en nuestro país hace muy pocos años que chicos y chicas estudian juntos desde la infancia-, y para la autora la coeducación es importante, no en vano ha sido y será por siempre su compromiso: Josefina proviene de familia de maestros, su abuela y su madre lo fueron, y ella creó y dirigió el colegio Estilo, un extraordinario experimento humanista basado en las teorías krausistas que nutrieron la Institución Libre de Enseñanza en España, de hecho, Josefina se doctoró en pedagogía con la tesis “El arte y el niño” que se publicaría en 1960.
La novela El enigma es una historia de amor, y es precisamente ahí donde Josefina Aldecoa hace mayor hincapié con respecto a la educación recibida: como en un juego de muñecas rusas, la autora emprende la novela para someter a estudio a la pareja, y a su vez, Teresa, la protagonista, está trabajando en un ensayo sobre las relaciones entre hombres y mujeres.
Daniel Rivera vive atrapado en un matrimonio sin amor: relación convencional, como tantas, sumida en el engaño y la costumbre. El “caprichoso” destino hará que un contrato temporal, para dar clases en una universidad de los EE UU, le conduzca hasta Teresa.
Daniel se crió y desarrolló en España durante el franquismo, Teresa, hija de exiliados, creció en los Estados Unidos, el contraste está servido.
A Berta, la esposa la conocemos a través de las llamadas telefónicas.

Entramos en el debate:
Uno de los compañeros del club, hizo una drástica crítica en su primera intervención, “La buena, el cobarde y la mala” –exclamó-, “no me gusta el planteamiento tan maniqueo y tan de vodevil.”
Observé a través de las opiniones que había elementos dentro del libro que suscitaban rechazo, eso siempre es buena señal porque indica que sus páginas no te dejan fuera, trascienden y nos remueven.
Otras compañeras intentaron defender y justificar, con bastante pasión, parcelas del personaje de Berta… A todos les pedí, incluyéndome, naturalmente, que intentásemos no proyectarnos, estábamos viendo enfoques diferentes al de costumbre en literatura: el de el personaje que forma el vértice triangular, en este caso “la de fuera”, “la que se mete en medio”, y el del “infiel”. Lo explico con cierto tono de sorna autocrítico, porque es la expresión de alerta que nos hace sacar y afilar las uñas del instinto conservador, ya que en el club abundan las parejas de larga duración, y entre los muchos temas importantes que plantea el libro también se encuentra el mensaje subliminal de que no hay que tumbarse a la bartola, que la alfombra del amor hay que sacudirla de vez en cuando para quitarle las pelusas, que los sentimientos evolucionan.
A partir de ahí otra compañera matizó: “Pero ¿Berta quiere a Daniel? Es que ese es el quid”. Llevaba razón: No se trata estar jugando a las casitas y a ver quién la tiene más grande y lujosa para ganar en la exhibición, está bien y es lícito luchar por un patrimonio en común y hasta enorgullecerse de ello, pero sin olvidar que no es el fin sino una de sus consecuencias.
Proseguimos y estuvimos debatiendo durante un buen rato sobre qué era estar enamorado, y puntualizamos acerca de la diferencia que se establecía entre amar a alguien en concreto, o a la vida que nos proporciona.

Exploramos en las razones que hacen que una pareja sin amor se mantenga, hubo testimonios al respecto muy generosos de compañeros separados y divorciados. También invertimos bastante tiempo en calibrar quién sufría más ¿el que abandona, o el abandonado?, ahí el club subió de temperatura porque el argumento de la compañera que hablaba tenía el añadido doloroso de que se estaba refiriendo a su hijo, y ya se sabe que esos daños los hijos los superan, pero a los padres se les queda una herida de impotente resentimiento, agradecimos el valioso y confidencial regalo.
En cuanto a si era necesaria la afinidad cultural e intelectual para emparejarse y quererse se llegó a la rotunda conclusión de que no, ya que si fuera así también estaríamos hablando de búsqueda de conveniencias tan peyorativas y prosaicas como las económicas, y de algo todavía peor: el pretencioso elitismo y el barniz social malentendido como prestigio, y ninguno de esos ingredientes sirve para darle cuerda al amor que pertenece al terreno de lo íntimo y de lo íntegro.
En la novela se reitera la expresión “superior” refiriéndose a personas, y aunque la autora, en alguna entrevista, aclara que la superioridad de la que habla se dirige a la categoría humana y por lo tanto a su dignidad, en el club no gustó. Nadie es superior a nadie, ni siquiera por el equipaje cultural. La educación y la cultura sirven para comprender mejor la vida no para situarte por encima de los demás.

En otro apartado, tratamos de no confundir llevarse bien con amarse, e intentamos averiguar hasta dónde las discusiones son comunicación, malas formas, o maltrato, ya que los temperamentos y escalas de valores son variados, y las fronteras difíciles de establecer.
También le dimos vueltas a la dignidad, tan presente en todas las páginas como música de fondo, y a cómo no hay que perderla aunque se ame mucho, pero nada de lo humano nos es ajeno y todos comprendíamos el patetismo al que se puede llegar en un periodo de transición hasta que se asume que lo que no tiene arreglo no lo tiene y que no se retiene al ser amado a la fuerza, ni se debe usar el chantaje emocional ni ninguna otra forma de presión ya sea burda o sutil.
Concluimos que seguía siendo un enigma el por qué unas parejas funcionaban y otras no. “Quizá porque hay un yo interior genuino y sincero que sí se conoce hasta el último fondo y sabe con certeza lo que siente y lo que quiere, pero ese yo no se comparte.” Ese fue el broche con el que cerró la última sesión una de las compañeras más reflexivas de nuestro club.

No sé qué le parecería a la autora esta prolongación en forma de epílogo que un sector de sus lectores hicimos, también es un enigma la literatura como herramienta. En cualquier caso creo que le resultaría grato el uso que le hemos dado a su hermoso trabajo.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que habremos leído “No siempre ganan los buenos”, de Nacho Guirado el ganador del Premio de literatura de Guadalajara del 2005.

Pili Zori

"Espejo roto", de Mercè Rodoreda

A veces sucede en el club que el libro que acabamos de leer, en nuestro interior no se cierra, y entonces el nuevo queda bajo su estela. Con algunas novelas necesitaríamos un tiempo de reposo para el sedimento anímico, y eso es lo que me sucedió tras leer con mis compañeros y por segunda vez Tokio Blues.
Desde hace ya algún tiempo me resulta imposible realizar una lectura previa, solicito a la Biblioteca Pública de Guadalajara unos cuantos títulos del depósito de ejemplares múltiples -ya que hay muchos clubes y puede dar la casualidad de que el que pido esté prestado- y comienzo a leerlo a la vez que mis compañeros. En otras épocas probaba y adelantaba lecturas durante el verano.
Espejo roto, una vez leído, ha gustado mucho, aunque como ya sabéis cada semana ponemos en común cien páginas, y en las dos primeras sesiones hubo diversidad de criterios: excesivamente descriptivo- decían unos- otros se quejaron de sus compartimentos y de la sensación de novela por entregas heredada del XIX…, pero una vez que llegamos al final en el debate de la última sesión y con la visión global de la lectura completa sintieron su unidad y como encajaban todas las piezas.
Los debates como siempre fueron apasionados, los hechos iban y venían trasladándose desde el universo de la novela al de la “realidad”, mis compañeros buscaban equivalencias y también diferencias. Les gustó el retrato fidedigno de ese tiempo que comienza a principios del siglo XX y que llega hasta la guerra civil española, y se analizó en profundidad la forma de vida de la alta burguesía barcelonesa de entonces, clase dominante que imponía sus valores y encubría bajo insondables capas de hipocresía sus “deslices” anteponiendo el status a los sentimientos. De inmediato enlazamos con otras novelas leídas en club, que quedaron reseñadas en este blog y que podéis buscar si os apetece, como Los niños, de Edith Warton, y La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Comparamos a Teresa Goday, de Espejo roto, con Onofre Bouvila, de La ciudad de los prodigios, por la similitud de sus conductas arribistas -ambos son escaladores sociales natos sin muchos escrúpulos- y quisimos subrayar la semejanza para no caer en la tentación de dar un tratamiento distinto a Teresa por ser mujer, alegando la supervivencia como eximente.
Las novelas de Mercè Rodoreda siempre son narradas en torno a un personaje femenino de forma autobiográfica, como el de Colometa en La plaza del diamante. Para Espejo roto –libro escrito por la autora en la madurez- cambió de estilo y construyó un relato coral que está contado bajo puntos de vista muy distintos, y optó por los compartimentos para que el lector encontrase, dentro del mismo universo, los distintos mundos que habitan en él, así vemos el “arriba y abajo” de señores y criados, y el complejo y singular espacio de los niños en el que confluirán sin remedio y de forma trágica las consecuencias y resultados de las decisiones adultas.
La potencia de la novela para mí se encuentra en la inquietante atmósfera que la autora logra crear: durante la primera parte nos va presentando a los personajes en el exterior, desde las deslumbrantes luces y los oropeles de la superficie social -los conocemos por fuera y observamos como son vistos en su contexto- en la segunda, cuando los Valldaura adquieren la mansión, la luz se va oscureciendo en forma de embudo hasta llegar a la penumbra. Contemplamos durante unos instantes la imagen estática del matrimonio frente al porche con columnas de mármol rosa y junto a ellos nos adentramos en la casa para conocer los entresijos de sus almas y los de su endogámico mundo: la casa es un ser vivo que la autora utiliza para que de forma simbólica y a través de sus transformaciones entendamos el ‘esplendor’ y el declive de toda una clase social con su escala de valores incluida.
No en vano Mercè Rodoreda fue comparada con Virginia Woolf por su capacidad descriptiva y por el simbolismo, así vemos cómo una rata anuncia el fin; cómo una tórtola de garganta pintada se coloca en el alfeizar de la ventana portando el mal agüero de la tragedia; cómo la perla que rueda nos indica la muerte... Si además añadimos la multitud de poderosas imágenes que traslada a los objetos el significado de los sentimientos, para que estos los expliquen -la plata enterrada bajo las basuras; la biblioteca descendiendo al sótano; las joyas cosidas en la ropa interior para que huyan junto a su dueña; la criada enseñoreándose con los suntuosos vestidos de Sofía durante su larga ausencia; el cheque arrugado en el bolsillo del hijo a cambio del amor no recibido…- nos encontramos con una magnífica simbiosis en la que objetos personas y ambiente nos envían y conducen hacia un mismo mensaje.
La novela, a mi juicio, es una novela ideológica y de intenciones, en la que nadie se salva porque lo que se pone en cuestión es una forma de vida ociosa e improductiva y por lo tanto parásita. En ese punto muchos compañeros discreparon, ellos sí redimían a Armanda, el personaje al que Rodoreda le encarga el desenlace: la fiel ama de llaves intenta en vano salvar los restos del naufragio, no para ella sino para sus señores. Creo que es una imagen de servidumbre continuista que se explica por sí misma.
En los coloquios repasamos personaje a personaje, como hacemos siempre, y es lógico que Armanda obtenga el cariño del lector, porque su ausencia de resentimiento y su nobleza comparados con los rasgos egoístas y mezquinos de los otros la hacen más salvable, pero sinceramente pienso que la escritora no deja títere con cabeza y arrasa con todo en un intento de demostrar la caducidad de lo superfluo.
No suelo poner al principio de estas entradas la sinopsis del libro porque lo que quiero entregar no es un atajo, sino la prolongación de los debates del club tras la lectura de las novelas, el contagio. Pero conociendo un poco la biografía de la autora podemos escarbar en su magma para descubrir todo lo que consciente o inconscientemente ha prestado de sí misma a la novela. Mercè Rodoreda fue hija única, su infancia estuvo marcada por la fascinación que sentía hacia su abuelo materno, él fue quien le inculcó el ferviente catalanismo del que siempre hizo gala, con su muerte también murieron las expectativas culturales de la nieta, Mercè tuvo que ponerse a coser para la calle, como se decía entonces. A los 13 años fue prometida a un tío suyo que se había enriquecido en Argentina y la pidió a cambio del apoyo económico a la familia. Para que su enlace fuera posible se solicitó la dispensa al Papa, y a los 20 años Mercè Rodoreda contraía matrimonio con un hombre mayor al que no amaba, con él tuvo un único hijo que más adelante padecería una grave enfermedad mental.
A diferencia de sus personajes, en 1937 Mercè rompe abiertamente su matrimonio y se separa de su marido, pero al igual que las protagonistas de sus novelas, tuvo que sortear muchos prejuicios e imposiciones sociales, porque más adelante se enamoraría de un hombre casado, Armand Obiols, un crítico literario más conocido por el sobrenombre de Joan Prat.
Rodoreda es un ejemplo de superación: a pesar de todas las dificultades y durante ellas, incluido el tiempo en el que estuvo con su marido, estudia hasta llegar a colaborar en diversas publicaciones, y crea sendas novelas que después destruiría por considerarlas trabajos de principiante. De esa época de su vida sólo salva Aloma aunque la reescribirá de punta a cabo. En el inicio de la guerra civil trabaja para el comisariado de propaganda de la Generalitat. Creyendo que el exilio duraría poco deja a su hijo con el padre, pero en París tiene que volver a huir por la llegada del nazismo así que desde Burdeos se traslada a Ginebra y ahí se instala con su compañero sentimental. En esa estancia nace La plaza del diamante.

Tras expresar lo anteriormente escrito, van a resultar extrañas mis objeciones finales, pero os puedo asegurar que no entran en contradicción.
Si consideramos que todas las novelas que el equipo de dirección de la Biblioteca Pública de Guadalajara escoge para los clubes ya llevan garantizado un sello de calidad literaria, daremos por hecho que ninguna va a ser descalificada, pero sí diremos que hay diferentes gustos, sensibilidades y niveles de exigencia. Y en el derecho de hacer mía la experiencia diré que Espejo roto no me ha llenado del todo, y siempre me siento mal cuando me sucede con autores tan estudiados como Mercè Rodoreda, de tanto prestigio personal y literario. Pero la traducción deja mucho que desear, aunque aclaro que no conozco el original, y vuelvo a repetir como en otras ocasiones ya he hecho, que un traductor debería ser escritor, o como mínimo un lector avezado, no hace falta ir a Harvard para evitar soniquetes y repeticiones que el autor jamás pondría en un mismo renglón, como: tenía ganas de beber una bebida -y a continuación- y se bebió el champán, (es un ejemplo aproximado porque no tengo el libro delante, pero hay bastantes frases parecidas), y sé que va a sonar a barbaridad lo que voy a exponer, pero mucha gente confunde las faltas de ortografía con lo que estoy diciendo, una falta de ortografía es absolutamente perdonable, se le pasa el corrector y listo, todas las personas que escriben muchísimo las tienen, son lapsus debidos a la cantidad de veces que transformas o pules una frase, pensando a la vez en la palabra 'desechar' o en la de 'deshacer' se te puede trastocar la h y quedarse tan ancha en 'deshechar' -tal vez sea un poco exagerado, pero así se entiende mejor lo que intento decir- y eso ocurre aunque se conozcan las reglas ortográficas a la perfección, precisamente porque dejas en piloto automático la lectura. Cuando creas, oyes y ves, no lees, eso viene luego. Lo que es imperdonable sin embargo es que con el rico lenguaje que tenemos un traductor le destroce la musicalidad y el ritmo a un relato.
Pero con independencia de la traducción, la novela me ha parecido superficial, un buen documento, eso sí, pero a mí me ha sonado más a los ecos de sociedad de cualquier época con chismorreo incluido que a literatura en sí. Además le faltan huellas y rastros que indiquen lo que va a venir, a veces resuelve de pronto sin haber anunciado, como cuando Sofía le dice a su hijo Ramón que ha estado buscándolo y el lector se pregunta cuándo y cómo. El lenguaje coloquial está bien para los diálogos y la forma de hablar de cada personaje, pero el del narrador omnisciente ha de ser impecable, (ya sabéis que el narrador omnisciente es una herramienta, una entidad dentro de la historia, diferente del escritor –persona física y real- que le crea). E impecable no significa rebuscado ni está reñido con elegir un lenguaje sencillo. En fin, como ya he dicho lo paso mal, pero el club de lectura se creó para el desarrollo personal y literario y está bien que de vez en cuando pasemos la criba aún a riesgo de caer en manías personales y subjetivas. Pero al igual que en música no es lo mismo Mozart que otros, o Eric Clapton que otros, en literatura también ocurre.

Hasta el próximo encuentro en el que habremos leído El enigma, de Josefina Aldecoa. A ver qué tal.

Un abrazo

Pili Zori.