La lucha del ser humano por ganarle territorio al mar, y cómo dicha lid incansable, y el liso y diáfano paisaje, dibujado por los humedales, ejercen gran influencia sensual y algo salvaje sobre el carácter de sus habitantes a menudo avasallados e inundados por el agua y la inversión de términos, como el de tener el mar por encima de la tierra.
La obra se desarrolla en los Fens, que según nos cuentan los geógrafos, a quienes no los conocemos, pertenecen a un territorio bajo, pantanoso y muy fértil, apodado “El granero de Inglaterra”.
Gracias a la intervención de hombres y mujeres mediante el drenaje, la construcción de canales, diques, bombas, esclusas…, ingeniería en definitiva, es una de las zonas agrícolas más potentes y productivas del país, y se asienta sobre turba.
La novela tiene ambas lecturas la “real” y la metafórica, y la localidad en la que se desenvuelve es en sí misma un personaje principal.
Dentro de dicha atmósfera se desarrolla esta novela de enorme hondura que se plantea –entre muchos otros dilemas-: ¿Para qué sirve el estudio de la historia?, ¿qué buscamos al plasmarla?, ¿quiénes la hacen y protagonizan?, ¿los políticos?, ¿la economía?, ¿la gente común? Y ¿desde qué lugar se cuenta?, ya que no es igual lo que sucede al mismo tiempo en un barrio alto que en otro obrero, o lo que ocurre a la vez en los Fens o en Nueva York.
Por tanto la historia sin ser mentirosa sí es parcial, dado que hasta en lo que contamos sobre nosotros mismos eludimos detalles relevantes y disimulamos muchos de nuestros episodios.
El temperamento influye para el progreso o para la decadencia, véase en la actualidad a Donald Trump, los motivos y el pasado importan ya que este mal hombre fue criado y proyectado para lo que hoy es.
Deduzco que al autor le interesaron las razones de los acontecimientos y las quiso desentrañar con ejemplos locales fácilmente entendibles para quienes vivieron allí, y como lo local es universal también podemos comprenderlos nosotros, los mesetarios de interior.
Puesto que los hechos ocurren en pocos instantes y lo que los hace más largos y duraderos es la indagación y la búsqueda de las razones, el autor utilizó a su personaje, el señor Crick, profesor de historia, para que nos contase que tras el escándalo de que su esposa secuestrara a un bebé, e intuyendo que será retirado de la enseñanza, aunque sus colegas aleguen eufemismos de jubilación, decidió saltarse el plan de estudios de su asignatura y contarles -a modo de confesión- a sus alumnos y alumnas de instituto la historia de ellos, habitantes de los Fens, a través de la suya propia: la de los Atkinsons por parte de madre, y los Crick por la rama paterna, pero ¿por qué su esposa roba un niño? Se pregunta el lector. Esa es una respuesta que nos irá trayendo de forma fragmentada el vaivén del agua hasta la orilla del río y de la exclusa.
“Lo difícil es saber qué es lo real”, nos dice el Señor Crick.
“De las deducciones se obtienen conclusiones que no sirven para aplacar el miedo”.
Tal vez necesitamos admirar y la historia real también tiene sus mezquindades, más pequeñas o más grandes, que son el motor que mueve el mundo por mucho que lo queramos idealizar.
La composición de la novela –como ya he adelantado en renglones anteriores- suena como el vaivén del agua que trae y lleva objetos y recuerdos de pasado, presente y deseos de futuro, y así es como Graham Swift nos hace el relato, no necesariamente con flash back, sino con el oleaje.
Con la voz de su protagonista el Señor Crick, nos cuenta que a menudo pensamos que los ríos avanzan siempre, pero no es cierto, se llevan y también traen cosas en el empuje de la desembocadura contra el mar, animales muertos que devuelven las olas, muebles, objetos delatores y significativos…
Nosotros tampoco caminamos siempre hacia delante, también volvemos sobre nuestros pasos hacia atrás y desandamos el camino, o nos movemos hacia los lados o en círculos. Pues bien, la historia hace lo mismo: avanza, retrocede, evoluciona, involuciona, se repite…
Y el drenaje de los Fens es como remover el pasado y el presente juntos, como una memoria sin resolver que vomita crímenes, pero incluso en dichos asesinatos, como el que en las páginas acontece, aunque salgas inocente y se declare y dictamine que la muerte de Fredie, fue accidental, lo que importa es la forma en la que el fallecimiento fue inducido, cómo se tejieron y pespuntearon los ingredientes de la instigación, aunque no hubiera malas intenciones.
La novela en mi opinión -subjetiva, naturalmente-, es de alto contenido religioso y condenatorio, ya que la fábrica de cerveza arde como un infierno, y las doce botellas que el incestuoso padre elaboró con su hija y amante con aquel potente brebaje que se preparó para celebrar la Coronación es un legado maldito frente al sacrílego deseo de concebir en el vientre de su hija -creyéndose Dios-, un vástago que sería el salvador del mundo.
Dicho sentimiento apocalíptico se desarrolla entre el paréntesis de las dos guerras mundiales, detalle más que significativo.
La ingesta de alcohol está condenada en muchas de las páginas, y el sentimiento de culpa pulula en cada una de ellas. De hecho el arma del crimen es la botella con la que Fredie es golpeado, el agua la delata devolviéndola a la esclusa.
Todos los males del pasado en las generaciones anteriores de la familia se van entrelazando con el presente como una maldición en la siniestra carrera de relevos.
Dick nace discapacitado, pero sí con altísimas capacidades para la mecánica que en aquel tiempo se consideraban conocimientos inferiores, la madre de él y de Tom, su hermano menor muere cuando Tom apenas tiene diez años y Dick catorce.
Una llave abrirá el luciferino legado que se halla escrito dentro de ese cofre de Pandora que su abuelo-padre le entregó a la madre-hija.
Llegados a este punto añado mi maldición hacia la ignorancia: no quisieron enseñar a Dick ni a leer ni a escribir, y nadie educó en la sexualidad a Tom y a Mary, jóvenes de dieciséis años, para que en pleno desarrollo y efervescencia hormonal pudieran descubrir sus cuerpos y su amor sin el riesgo de tener un hijo no deseado.
Ninguno de los tres tenía madre y a los tres les vino grande la vida, también a Fredie que halló la muerte -envuelta en paradoja- en un país de agua por no saber nadar y por beber en demasía con el mal ejemplo paterno que trapicheaba en el tren con bebidas alcohólicas mientras su esposa le encubría como guardagujas cuando él dormía la mona.
Sí, esa también es la historia, como lo es la de la sórdida abortera en un mundo hipócrita y sin asepsia que quiere mirar para otro lado como si sus hijos fueran angelicales criaturas sin sexo.
El posterior trauma, sin tratar ni resolver, será la llave de la cárcel del alma en la que Tom y Mary vivirán como reos sintiéndose cómplices sin derecho a redención, y recluidos a pesar de la profundidad de su amor.
Ella busca el perdón y la absolución en Dios, pero no los halla.
El profesor se despide exclamando que a esa edad, la misma que tienen sus alumnos en ese momento, él fue a la guerra y que los niños muertos y tantísimos inocentes sin nombre, que vio horrorizado, sepultados en el barro, también forman parte de la Historia y que esa fue la razón por la que él se dedicó a la enseñanza de ella.
Para no olvidar a los olvidados -añado.
En el desenlace vemos cómo la casa de los Crick está anegada por el agua, hundida prácticamente hasta la mitad de su construcción, el símbolo está servido.
***
Por ponerle alguna pega a este hallazgo de Literatura innovadora con mayúsculas, y a este tratado de filosofía y documentación histórica, diré que los pasajes de las anguilas para que entendamos su invisible aparato reproductor son demasiado extensos, aunque comprendo el enlace y cómo Graham Swift equipara el proceso de maduración en esa significativa mirada de Mary al pene de Dick, cuatro años mayor que los demás, pero un niño grande, al fin y al cabo, más infantil que ellos.
Las anguilas en este caso son un elemento fálico. De hecho Fredie mete una en la ropa interior de Mary.
Al igual que con el ejemplo de las anguilas -en la exhibición sobre el puente del río, con los chicos y chicas semidesnudos-, están representadas las distintas fases del desarrollo sexual, Dick ya tiene vello en pecho y axilas y Mary está completamente hecha en su magnífico aspecto de mujer cuyo cuerpo reclama -sin saberlo todavía- esa llamada de deseo urgente que la naturaleza no doma.
Para finalizar sólo me queda dar las gracias a Graham Swift por haberme invitado a estar en su clase de historia, tal vez impúdica en algunos tramos, y dura, desagradable y triste en otros, pero sólo así dos adolescentes enamorados ven lo que les puede ocurrir si no utilizan medidas anticonceptivas. Con poner cara de escándalo no arreglamos nada.
La novela no es de lectura fácil ni placentera, pero como dijo recientemente una compañera del club de literatura al que pertenezco:
“Los libros son como las personas, hay que conocerlos y con algunos se tarda más”.
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P.D.
En nuestro grupo vimos junt@s la película basada en la novela. Nos la proporcionó nuestra Biblioteca.
Está también en Youtube en inglés, pero podéis activar los subtítulos.
El filme coloca de forma distinta las piezas, tiene otro lenguaje visual, como es lógico, pero sirve muy bien de complemeto. Dirección y elenco magníficos, buena fotografía y pasiaje muy bello.
Un abrazo, cuidaos mucho, gracias por las visitas, me producen mucha ilusión.
Pili Zori


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