¡INDIGNAOS!

Cuando comenzó el llamamiento a la insurrección pacífica y vi que partía de un libro me emocioné profundamente. Nada más sonar la alarma del despertador en mis oídos me puse en pie de un salto como cuando te dispones a emprender un viaje apasionante. No sé si lo que pienso y siento coincide y sintoniza en su totalidad con todo lo que se está hablando en las asambleas, con los acuerdos a los que este movimiento ciudadano va llegando, (muchas mujeres de mi edad nos manejamos mal por las redes sociales y nos cuesta acampar porque somos de hueso artrósico, aún así estuve todo lo que pude en la plaza del Ayuntamiento de mi ciudad) pero sí supe de inmediato, que se cuenta conmigo, que no estoy excluida, y aquí está mi rinconcito para que quien quiera pueda disponer de él.
 El agua alborotada de mi Guadiana, repleta de neuronas de ilusión adormecidas desde hace lustros, borboteó con júbilo al contemplar la luz del nuevo día que ya no esperaba. Me alegro hasta el infinito de que  Stéphane Hessel, y José Luis Sampedro todavía estén aquí para poder verlo, (generosos nonagenarios que nos han entregado en vida su legado, y ésta, la hermosa vida,-a cambio de su lúcida hondura y de su larga juventud anímica-, les concede una merecidísima prórroga  para devolverles  todos los años de sufrimiento que las guerras fratricidas les robaron). Me hace muy feliz que puedan ver el buen uso que de su valiosa herencia hacemos. Me enorgullece el elenco de intelectuales que está recogiendo el testigo, pero por quienes más me alegro es por todos nosotros entre los que incluyo a los que aún no comprenden, temerosos debido a una pérdida de confianza, más que lógica.
Lo que está ocurriendo vuelve a colocar en su sitio el desbarajuste de mucho tiempo y eso siempre es bueno, especialmente beneficioso para los gobernantes, sean del signo que sean, porque les orienta y les recuerda que:
No se trata de gobernar para el pueblo pero sin el pueblo, por muy ilustrados e ilustres que se sientan. Y les recalca que las prioridades van por este orden: primero están los ciudadanos, que han de transmitirles sus necesidades e inquietudes, y son ellos, los ciudadanos quienes eligen a sus representantes para que  escuchen, evalúen, hagan trabajo de calle… porque acercándose a pie, se obtiene mayor sentido de la realidad y mejor perspectiva.
Un gobernante es un administrador de justicia, y sirve a... no se sirve de…
 Es probable que todo lo que estoy diciendo suene muy simple, pero hemos de recuperar, precisamente dicha simplicidad. Hay que rescatar los conceptos originales que hoy se encuentran desvirtuados por estar presos en viejas carcasas de eufemismos herrumbrosos. La pobreza  es pobreza,  la injusticia, injusticia, el egoísmo, la avaricia… y todos sabemos entender esos conceptos y desmenuzar sus ingredientes en mayor o menor escala. Y eso es lo que se está haciendo en este momento en las principales ágoras de nuestro país: comunicar, tomar concepto por concepto y desbrozarlos hasta que de ellos emerja su esencia, y después echar tres en uno para que  brillen y sus goznes no chirríen ni se les desvíe el eje que podría arrojarlos fuera de su órbita, sólo así se alcanza la precisión, la capacidad de llegada, la universalidad necesaria puesto que de un problema mundial estamos tratando.
Cuando  Mafalda, la de Quino, tomaba entre las manitas su bola terráquea  y nos decía compungida “Al mundo le duele el Asia” y a continuación llenaba el continente de tiritas nos estaba enviando el mensaje, sms si preferís, de que el mundo, -ese ser repleto de vida- al igual que el cuerpo es sólo uno, y si se le enferma o se le daña en alguna parte todo el organismo se resiente. Y eso es lo que se está haciendo desde estas plazas, centros neurálgicos, virtuales o físicos: desinfectar, suturar y poner vendas y esparadrapo a todos los males que nos aquejan.
Me gusta aprender de los que saben, confío y creo en las especialidades porque somos seres comunitarios que nos complementamos y completamos con el conocimiento y la sabiduría de los demás y durante todos estos días esperaba ilusionada los programas de debates con la intención de comprender, de aprender del periodismo, actividad vocacional, casi sagrada en otro tiempo por su compromiso con la búsqueda de la verdad y la valentía para transmitirla. La decepción ha sido enorme: me ha dado pena contemplar a cortesanos haciendo flaco favor a quienes sirven siendo más papistas que el Papa, creyéndose dirigentes, no ya de opinión sino del país, eso sí, sin correr riesgos. En fin…toreo de salón. Les he oído hablar para ellos mismos, para lucirse entre sí en su endogámico mundo de filias y fobias personales, de prebendas y castigos. Les he visto arengar desde sus atalayas de atrezo, olvidando por completo al espectador, incluso la puesta en escena de los platós es de teatro, -a la cámara, es decir a nosotros, sólo nos mira el moderador-,y digo teatro con todos los respetos para el grandísimo arte de la dramaturgia que en vivo y desde las tablas sí que cuenta con el público y escucha su respiración y se enfrenta a sus aplausos o a sus abucheos con valor.
Creo que al cuarto poder también habría que colocarlo en su sitio.
Evito citar nombres por las honrosas excepciones, entre las que abundan, curiosamente, periodistas con menos edad, y no soy de las que adoran a la juventud por el hecho de serlo, en este caso subrayo el detalle por la frescura, por la bondad, por el empuje, y sobre todo por la ecuanimidad. Por fortuna no se está produciendo una ruptura generacional como sucedió en otras épocas, pero son  muchos los jóvenes que nos están dando un repaso que nos hace caer en la cuenta de lo maleados que estamos anclados en la poltrona de nuestra pequeña e ilusoria burguesía que creemos tan estable.
He pasado vergüenza ajena durante estos días tan intensos cuando a altas horas de la madrugada podíamos ver en televisión a representantes de “Democracia real ya”, siendo abrumados por las exigencias de respuestas; exigencias paradójicamente proferidas por especialistas de la información y desde sus sueldazos, ¡manda narices!, cuando son ellos, los muchachos sobradamente preparados en paro o del mileurismo congelado quienes  tienen el derecho a preguntar. De nuevo señalo la inversión de los términos. Daba la impresión de que si los chicos no llevaban un programa que incluyera soluciones, incluso para poner colorados los rostros anónimos de las agencias de calificación de mercados o dar una colleja a todo el gobierno europeo, pormenorizando y ubicando los fallos, no iban a pasar el examen de reválida. Me he quedado estupefacta al ver que estas vacas sagradas del periodismo no se molestaban en disimular el gesto de cínica decepción que transmitía “¿Eso es todo?” No hay cosa más vulnerable que la vanidad, y en la historia está David para demostrar que con una honda centrífuga y expansiva se puede vencer a Goliat.
Tras esta hostilidad mal encubierta porque se transparentaba, venía la contraria, la de la condescendencia: esa postura de: “deja a los chicos que jueguen un poco a la revolución, que se reinventen el 68, ya se cansarán estos neohippies que tienen asegurado el cocido de mami en su casa”. No sé cuál de las dos posiciones ofende más.
Lloré de rabia cuando vi los golpes propinados en los riñones a las chicas y chicos desarmados e indefensos de Barcelona. Tampoco se me va de las retinas el desconcierto de la señora tan asustada y a punto de la desorientación irreversible preguntándose desde cuándo los que están para defendernos se vuelven para atacarnos. Sueldos pagados por contribuyentes catalanes para que se vuelvan palos. Y lloro al escribirlo ahora. Deseé con toda mi alma que el maltratador acorazado y sin identificar al levantar el brazo para asestar el golpe certero con más furia descubriera que la muchacha que desde el terror volvía la cara para mirarle fuera su hermana. Y anhelé con todas mis fuerzas que la voz de Arthur Miller gritara ¡¡Todos eran mis hijos!!
Han de cambiar muchas cosas en nuestro país empezando por el sectarismo. Siempre me he sentido inculta en política, soy incapaz de recordar caras y nombres y menos de asociarlos a sus adscripciones, a no ser que les vea o trate a menudo, pero cuando escucho a alguien antes de saber a qué se dedica o a qué partido pertenece sí sé sin embargo si estoy o no de acuerdo con él, esas observaciones siempre me llevan a confirmar mis ideas y a coincidir con los mismos, pero eso sucede después de escuchar, nunca a priori.
“¡Coma caca que diez millones de moscas no pueden estar equivocadas!” Nunca he compartido la frase. La política no es un juego de mesa, ni un animal depredador que se zampa a las minorías, ni un simulacro de guerra con dos ejércitos en el que uno pierde y otro gana. La vida cotidiana continúa y en ella estamos todos, seres sociales, diversos y plurales, y por ella luchamos mientras otros malgastan las fuerzas en rencillas. No queremos que nos consideren sus clientes ávidos de chollos a los que hay que ofrecer en slogan la mejor oferta.
Un poco de respeto.
Me gustaría que los chicos abandonasen ya las plazas, para no dar pie a que la fuerza de la imagen se destruya, y no lo digo porque haga feo, (aunque he de confesar, si soy honesta, que mi aburguesada alma de interiorista frustrada les coloca mentalmente preciosas sillas y simétricas tiendas tipo castra romana, o estilosos bungalows de diseño danés. Espero que podáis perdonarme mis pecados de frívola impenitente algún día). Tampoco me gusta que los comerciantes sean perjudicados. Pero que la manifestación no cese. Que los auditorios dejen de estar vacíos, que los inmuebles de uso público se llenen. Deseo que el movimiento asambleario sea permanente, que a él se unan los trabajadores para aportar la experiencia de cada sector. Y sobre todo quiero que seamos capaces de recordar a Ghandi  cada vez que el avasallamiento nos empuje a ser agresivos.
Gracias por vuestra maravillosa lección de civismo.
 Y ahora para terminar con mejores palabras que las mías y para no desvirtuar este blog que siempre os habla de libros  os leeré la contraportada de “Indignaos” y lo haré con orgullo porque pocas veces las frases de los libros se salen de las páginas para hacer una llamada tan hermosa y tan sencilla hacia la conquista de un mundo mejor.  
                Cuando alguien como Stéphane Hessel llama a la ”insurrección pacífica”, a desperezarse, a rebelarse, hay que escucharlo. Porque Hessel, a sus 93 años, sabe de lo que habla: miembro de la Resistencia francesa, superviviente de Buchenwald, militante a favor de la independencia argelina y defensor de la causa palestina, este eterno luchador es, además, el único redactor aún vivo de la Declaración Universal de los derechos humanos de 1948. Por eso, cuando reclama “un motivo de indignación” para todos hay que hacerle caso. Porque “las razones para indignarse pueden parecer hoy menos nítidas o el mundo demasiado complejo”, pero siguen ahí, en la dictadura de los mercados, en el trato a los inmigrantes, a las minorías étnicas. “Buscad y encontraréis”, nos dice, “coged el relevo, ¡indignaos!”, porque “la peor actitud es la indiferencia. Si os comportáis así, perderéis uno de los componentes esenciales que forman al hombre: la facultad de indignación y el compromiso que la sigue”. S. Hessel
“¡Indignaos! Hoy se trata de no sucumbir bajo el huracán destructor del consumismo voraz y de la distracción mediática mientras nos aplican los recortes.
¡Indignaos! Sin violencia. Como cantara Raimon contra la dictadura: Digamos NO. Actuad. Para empezar, ¡Indignaos!” José Luis Sampedro.
Hoy más que nunca un fuerte abrazo
Pili Zori

"El pintor de batallas", de ARTURO PÉREZ REVERTE

 Acabamos de terminar en el club de literatura este magnífico legado y como siempre intentaré compartir con vosotros la experiencia personal de la lectura en solitario y también la colectiva, con las compañeras, en la puesta en común.
El primer libro que leí de A. P. Reverte fue “Territorio comanche”, sucedió hace muchos años y todavía me acompaña. Entremedias he disfrutado de unos cuantos más del autor, aún me faltan varios títulos de su extensa obra, pero me alegro de haber tenido entre las manos y en este momento de nuestra historia este… desgarrador cierre de circulo; deseo buscar la precisión porque me gustaría atinar con cada una de las palabras que como epílogo le añadiré a mi lectura; por nada del mundo querría que resultasen manidas, y desgarrarte a zarpazo limpio es exactamente  lo que hace esta novela.
Como ya he dicho otras veces, a ningún escritor nos gusta que nos atribuyan como biográfico lo que les ocurre a los personajes que creamos, que inventamos. Es biográfica la mirada, la forma de enfocar, de sentir…, el modo de elegir, de imaginar, de tomar posición… pero podemos dar vida a un asesino sin serlo, dibujar a un alcohólico sin conocer a ninguno y siendo abstemio o encarnar a un maltratador abominando de ello, (perdón por la perogrullada, pero está bien recordarlo para que nadie confunda al autor con su obra),  y aunque les hagamos préstamos personales a dichos personajes, son sólo eso: préstamos a su servicio y al servicio de la historia que narramos y que ellos viven, no nosotros, porque no son marionetas que nos sirvan para que opinemos a través de ellas, así que con ese respeto me referiré a Faulques y no a Arturo, aunque durante todo el doloroso trayecto por las páginas he caído a menudo en la tentación de asomarme por los resquicios, de entrar por la grieta de su torre para abrazarle.
Una de mis manías es la de mirar la foto del autor en los libros, no al principio sino de cuando en cuando, supongo que para aproximarme, y me da rabia no verla en algunas ediciones de bolsillo. En esta ocasión mi voyeurismo estaba de sobra justificado: el protagonista es un fotógrafo de guerra, que nos muestra minuciosamente en qué consiste, cómo afecta y para qué sirve su oficio, y me aproveché de su visor para mirar el retrato de Pérez Reverte con mayor detenimiento, y en ese juego de imaginación inocente quise atribuir el pequeño hoyo de su mejilla al repetido gesto de enfocar, y quise ver en los diminutos rayos de alrededor de sus ojos el guiño cómplice que aún espera. Pero debajo de esa mirada escrutadora la sonrisa triste contradice la esperanza porque refleja la decepción anticipada. La duda de esa sonrisa a medias le prepara con un “tal vez no halles al interlocutor que buscas, alguien que comprenda, que experimente, que al menos intente colocarse en el lugar”.
La novela es un grito y también un llanto, el llanto de los que han estado en lugares de los que nunca se vuelve, el grito de los que piensan que hay reglas ocultas para determinar las casualidades y se dejan las uñas al escarbar. “Quiero que usted comprenda”, dice Ivo Marcovic, el personaje conciencia, atravesando la página con el dedo y empujando con él el centro de nuestro pecho para que sepamos que no se dirige sólo a Faulques, único ser con el que puede compartir la misma herida.
 “La comprensión”, nos grita más adelante, “incluso el esfuerzo por comprender nos salva”. Ese es, en mi opinión, el corazón de la novela, comprender, ahí está el latido.
“Que no lo vea no significa que no esté”, le explica a Carmen Elsken, la carnal intérprete de origen holandés que huele a “sudor limpio de mar y sol”, a vida, a redención -añado yo- si Faulques hubiera querido salvarse, si hubiese decidido perdonarse.
“Una vez oí decir o leí que el excesivo análisis de los hechos termina por destruir el concepto… ¿o es al revés? Los conceptos destruyen los hechos”. En esas frases nos deja la novela una de las muchas  preguntas que creíamos insondables, y nos mueve la barbilla con brusquedad pero con afecto para que miremos de frente. “El pintor de batallas” es una bronca de la que el autor no se excluye. Testimonio, confesión, remordimientos… sólo quienes han estado en el corazón de las tinieblas pueden pedir cuentas y ponerle medida y significado concreto a la palabra transgresión.
En el club nos preguntamos por el sentido y la importancia que damos a los fotógrafos de guerra mientras comemos el postre. Por lo que estos buscan con su arriesgada profesión, ¿tal vez las leyes ocultas que rigen la existencia y la esencia de los comportamientos humanos? Y si es así, ¿qué esperan obtener de las respuestas?, ¿el sosiego tras haberlas comprendido?, ¿el modo de cambiarlas?
Llegamos a la conclusión, ya reiterada en otras sesiones y con otros libros, de que saber que somos capaces de lo peor y lo mejor es bueno porque nos hace buscar mejores normas y leyes para la convivencia y nos enseña a conocer los límites, el respeto, a especificar qué es la cultura y a utilizar el conocimiento como salvación de nosotros mismos que es muy diferente a ir de oráculo por la vida o de salvapatrias usando la cultura con una honda para darnos sopas, no olvidemos que los nazis del holocausto eran refinados eruditos.
Reflexionamos sobre si se puede volver a encontrar el equilibrio tras regresar de una guerra, si se levanta una frontera insalvable, si es posible la adaptación. Hablamos de la adicción al miedo deseando que si ese resorte se desata pueda volver a atarse. Comentamos sobre lo que atrapan las fotos instantáneas, elementos que si no fueran capturados así nos quedarían ocultos. Hablamos de la diferencia entre la mirada del fotógrafo y la del pintor, la instantánea frente a lo observado con más tiempo.
Ante la hermosa figura de la torre -casi un faro simbolizando el último confín- una de mis compañeras dijo que la pintura era circular porque ni empieza ni acaba, las guerras siempre están. Otra preguntó a su vez, “¿y si no hubiera sido Olvido la que muere, se habría producido en él la transformación? Tal vez todo nos sea indiferente hasta que nos tocan lo nuestro”.
Meditamos sobre la valentía con la que se pregunta Faulques por ese instante de ‘indecisión’ o de ‘decisión’ –en ese matiz nos paramos durante un buen rato- en el que no avisa a Olvido sabiendo que está de espaldas y a un paso de una mina porque la hierba está intacta. El buceo por esos pliegues oscuros del alma es tremendamente doloroso para Faulques y también para el lector que de pronto comprende por qué el pintor de batallas se quedó muerto en vida. También en “El último encuentro”, de Sándor Márai, se produce un instante similar en una cacería. Como hemos dicho tantas veces, da escalofríos ver como los libros de hablan entre sí.
Repasamos el maligno azar del francotirador: ¿era consciente, puesto que maneja el arma y decide?, ¿elige o no elige a quien dispara? y le comparamos -como la novela propone- con la falta de sentimientos de la naturaleza o el universo, ¿es acaso el universo consciente?, ¿a qué leyes obedece? Cuando pisamos un hormiguero no contamos las hormigas, unas se salvan aleatoriamente por estar fuera del pie, otras mueren aplastadas sin que la suela ni ellas sepan por qué.
Otra de mis compañeras se preguntaba con cierta indignación cómo se puede fotografiar el sufrimiento y después marcharse. Qué clase de asepsia es esa. Su planteamiento nos dio pie a hablar de la implicación de la Cruz Roja Internacional, de Amnistía… pero concluimos finalmente que el fotógrafo de guerra antepone la fotografía para entregársela al mundo, da testimonio, coloca las pruebas encima de la mesa para que todos sepamos, esa es su prioridad y al igual que un médico come después de abrir un estómago o un cerebro, el fotógrafo también se tiene que preservar para seguir mirando a través de su visor.
 El pintor de batallas” nos enseña a distinguir las mentiras, nos muestra la clase de ética que unos guardan y otros no: llegar a pagar para fotografiar impasible un asesinato, es algo que él jamás haría. Que dispare la cámara sin parar no significa que entregue todas las fotos. La novela tiene en todo momento un planteamiento ético para el lector y el interrogante aparece implícito y explícito ¿qué crees que harías tú si te despojasen de todo tu bienestar?
Hay un juego de espejos que me afectó mucho: la mujer que se desangra por las piernas abiertas mientras su hijo la mira, y Olvido con su sedoso vestido alzado hasta la cintura para seducir a Faulques con desafío y a la vez con sumisión. Los mismos resortes para lo antagónico. Qué magnífica simbiosis de los dos mundos conviviendo dentro de nosotros, el refinamiento más sutil junto a lo más primitivo y la línea que lo separa, ¿frágil?, ¿ficticia?
¿Creéis que cuando van a matarte, suplicar por la vida es indigno?, ¿instintivo?  -Les pregunté.
Respondieron que por la vida de otro, tus hijos, tu familia, sí suplicarían. Desgraciadamente esa imagen nos condujo a la película “La decisión de Sophie” en la que un nazi hace que una madre escoja entre sus hijos.
La novela ha sido altamente valorada en el club, pero no todo fueron parabienes con respecto a “El pintor de batallas”, hubo quejas sobre las citas pictóricas, a muchas de nosotras nos sacaban del universo de sus páginas y aunque puedes apuntar los cuadros a los que se refiere el protagonista para luego buscarlos en enciclopedias o en internet habríamos agradecido que con cuatro pinceladas el autor mostrase las imágenes que quería subrayar, así se habrían conseguido las dos lecturas: la más avezada y la profana. Pero bueno, es un mal menor en el que todos incurrimos, en muchos libros aparece música desconocida que no podemos tararear y en justicia he de decir, como en otras ocasiones con respecto a otros libros, que quien cita suele hacerlo por honradez, para no quedarse con nada que no sea suyo, o por identidad generacional, gremial… en fin, es un modo de señalar iconos que nos aglutinan y que no son producto de la vanidad, pero está bien que los lectores puntualicen lo que les molesta o la forma que tienen de recibir el regalo de la escritura.
Otra compañera, compartió que se había negado en redondo a leer nada de Pérez Reverte, a partir del artículo que escribió sobre el entonces ministro de Asuntos Exteriores Miguel Ángel Moratinos, añadiendo que le había regalado a su hijo una por una todas sus novelas hasta ese momento, algunas de ellas firmadas por el autor. Aclaró que su enojo no fue por Moratinos ni por su adscripción política, -le habría dado igual que fuese cualquier otro, así lo expresó- sino porque A. P. Reverte se burló de alguien por el hecho de haberse emocionado en público.
Confieso que sólo conozco a Pérez Reverte como escritor y que no estoy pendiente de la rabiosa actualidad periodística. Espero no ser expulsada, por ello, del Olimpo de las letras, me las arreglo bien tratando de entender la vida a través de la literatura. Con todo lo demás -artículos de opinión, debates, tertulias, etcétera-, siempre me parece que entro in media res, podría ocultarlo, pero para qué, las 24 horas me cunden poco y elijo. Así que desconozco dicho artículo -que prometo buscar- pero tal y como lo contó mi compañera  estoy de acuerdo en que Arturo. P. Reverte es brillante y tiene herramientas y argumentos de sobra para criticar la actitud y la mala o buena  labor de alguien utilizando toda la artillería pero sin caer en la descalificación fácil. En cualquier caso todos tenemos nuestro temperamento. Me dejo como asignaturas pendientes para el verano leer “Patente de corso” y “Con ánimo de ofender” pero sé de antemano que ninguna de las dos recopilaciones variará mi inolvidable experiencia con este libro al que hay que dejar reposar en el interior.
Me ha conmovido que Faulques utilice la figura de Caronte para despedirse, ya sé que el barquero es una imagen común, pero en una novela mía tiene un papel importante y me ha ilusionado la coincidencia de que ambos nos hayamos asomado al inframundo en el reino de Hades.
Gracias señor Pérez Reverte, su novela “El pintor de batallas” me ha dado la vuelta como un calcetín, ha sido un honor caminar con usted por los círculos del mal, Dante no lo habría hecho mejor. Deseo que en el exorcismo, Faulques se llevase consigo todo el dolor.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro, en el que habremos leído “Cometas en el cielo” de Khaled Hosseini.
Pili Zori

"Sinuhé el egipcio", de MIKA WALTARI

Durante más de siete semanas hemos estado leyendo en el club de literatura Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari. Como complemento y broche final pudimos contemplar la película que el director Michael Curtiz adaptó hace seis décadas -a través de sus guionistas Philip Dunne y Casey Robinson- para el cine. La Biblioteca pública tuvo el detallazo de adquirirla en formato dvd y nos la proyectó para que pudiéramos disfrutarla, y ahí queda para que otros usuarios la saquen prestada. Naturalmente el cine es un lenguaje distinto y reinterpreta lo escrito condensándolo, es inevitable que el director extraiga de su alambique los subrayados que previamente colocó en el interior –adaptar una novela al cine no es una cuestión de síntesis ni de tijera sino de esencia- y en este caso la esencia que se destiló sí es digna de la novela.
En nuestro club, la lectura de este libro ha estado envuelta en un halo misterioso de coincidencias no buscadas: ya estaba elegido antes de que el pueblo egipcio actual hiciese dimitir a Mubarak, después el efecto dominó desgraciadamente no tuvo los mismos resultados en Libia. Así que inevitablemente  el periplo vital y anímico de Sinuhé se superponía como un calco por las mismas tierras de las que a diario recibimos noticias. De modo que la novela nos hizo la función de espejo comparativo. Lo mismo ocurrió cuando la publicó Waltari  en 1945 tras la segunda guerra mundial: tuvo un efecto enorme y extensivo de empatía entre los lectores de todo el mundo que compartían con el escritor finés los mismos sentimientos pesimistas y desolados que surgen tras las postguerras.
Como de costumbre, no rellenaré renglones con el resumen o reseña de la novela que vosotros mismos podréis comprobar, si bien la adquirís o la pedís prestada  en vuestra biblioteca pública más cercana, o a través del generoso internet. A cambio compartiré la experiencia de la lectura en solitario y la puesta en común de todas las opiniones y reflexiones que en el club han suscitado sus páginas. 

La potencia de la novela en mi opinión reside en su valor documental más que en el literario. El autor nos traslada al mundo antiguo y sitúa a Sinuhé muy cerca del faraón Akenatón del que se cuenta que intentó una reforma monoteísta que fracasó. Aunque tiene una trama interesante de personajes y vidas cruzadas,  Waltari se sirve del viaje para mostrarnos los aspectos cotidianos de aquella época en tierras mediterráneas; la diversidad de costumbres entre egipcios, babilonios, hititas, cretenses… Con minuciosidad nos describe modas, comidas, ritos…  La mirada del autor, es la mirada antropológica del reportero de guerra trasladada a la antigüedad para poner distancia y tras ese parapeto poder expresar, a través de los protagonistas, su filosofía y su pesimista visión del mundo. Con sutil ironía y un agnosticismo respetuoso hace una crítica exhaustiva sobre la corrupción del clero y del poder trasladable a cualquier tiempo. Y lo hace sin pontificar ni excluirse; para Sinuhé, Mika Waltari tiene una mirada filial y compasiva que sin embargo no le exime de sus faltas. El protagonista alcanza el máximo prestigio como médico real y también como médico de pobres, y en sus manos se dirime la vida y la muerte que no distingue cunas ni alcurnias. En su propia piel sentirá el contacto del oro y también el del harapo, su alma experimentará la luz del amor y la negrura de la venganza más abyecta, le veremos elevarse hasta los lúcidos cielos de la ciencia y descender a los peores infiernos etílicos, y a su lado siempre su fiel escudero Kaptab, su esclavo, personaje pragmático que Waltari escoge como la voz del pueblo. Kaptab es quien  sabe moverse en ambos mundos, quien vive una vida prestada, -la que le depara su amo-, el que allana el terreno a la “aristocracia” representada por el médico que aún sin dinero sigue siendo venerado por su poder de dar vida y quitarla; Kaptab es el “siervo” que se o
cupa de resolver todos los asuntos prácticos y vitales que el amo obvia. Este esclavo es el equivalente al ayudante de dirección de hoy, el administrador eficaz, el manager, el relaciones públicas, el minucioso gerente… Waltari convierte las sisas del servidor en sueldo que éste sabe multiplicar para él y para su señor, el leal sirviente tiene el don de los negocios, y con ese guiño irónico el autor vuelve a subrayar la arbitrariedad de nacer en unas circunstancias o en otras, no en vano el propio Sinuhé es adoptado tras haber sido abandonado en el río metido en una cesta-cuna elaborada con nudos de pajarero. El lector desde el principio intuye su origen.
Mika Waltari nos muestra que los signos religiosos han sido traspasados de unas doctrinas a otras -ya sean politeístas o monoteístas- hasta nuestros días, y con suavidad desmitifica dogmatismos y exclusividades. En cualquier caso y con enorme respeto, ya que en el club hay maravillosas compañeras de fe y adscripción católicas y también bellísimas personas ateas, me permitiré decir que el ser humano tal vez necesite concretar y canalizar su espiritualidad en factores comunes que le hagan sentirse unido a los demás y por ello busque liturgias que le permitan la identificación colectiva, pero lo importante es la esencia de dicha espiritualidad y no el nombre y los apellidos que lleve el canal. Nunca jamás una religión debe situar a las personas por encima, ni despreciar, ni servir como arma arrojadiza que enarbola la verdad absoluta si su base es el amor. Siempre he creído, incluso en los tiempos de imposición, que el tema de las creencias pertenece al territorio de lo íntimo, y que de poco sirven proselitismos y guerras santas.
Cuando vamos a comenzar una novela siempre indago un poquito sobre el autor y su obra, para hacer una breve presentación en el club a modo de apertura. En esta ocasión lo he pasado mal con los datos biográficos, enseguida os explico por qué: Hay veces que los biógrafos ponen el acento en lo peor de los autores, pero el acento está. Cuando me topo con ello vuelvo a preguntarme si no sería mejor separar la obra del escritor, porque a lo largo de toda una vida a ver quién es el guapo que se salva de la quema, yo misma que a veces me subo al púlpito ético me he pillado en renuncios vergonzantes de palabra, obra u omisión y no sé hasta qué punto debo ser recordada por ello, si me arrepiento. El caso es que los que han estudiado a Waltari dicen que tras la segunda guerra mundial se volvió ultraconservador, eufemismo que encubre un significado bastante feo. Conocer ese dato me ha hecho leer la novela con lupa y en guardia, así que no la he disfrutado, de forma que cuando me topaba con frases como “…su cuerpo también era desagradable de ver porque se parecía mucho a un rostro de negro a pesar de que no era completamente negro”, me preguntaba de inmediato: ¿el autor está reflejando el pensamiento de la época, o el suyo? Otra de las perlas que no apunté y que lamento no poder citar textualmente se desarrolla en una escena con Minea en la que Sinuhé dice algo así como que sintió más placer estando a su lado sin tocarla que si la hubiera violado. ¿Cómo os quedáis? Las relaciones de Sinuhé con las mujeres atufan a misoginia o como mínimo a las de alguien con dificultad de relación, pero por otro lado, ya os he dicho que el personaje es mostrado con luces y sombras y al final de sus días la evolución es positiva y el lector se queda con el haber de su balance.  En fin… juzgad por vosotros mismos.
En el club muchas de mis compañeras leyendo las atrocidades de las guerras que describe llegaban a la conclusión de que el mundo desde que es mundo se mueve como la rueda de un hámster, que el ser humano sólo da vueltas sobre lo mismo, que ni aprende ni escarmienta, que se ha evolucionado en algunos sentidos técnicos pero no en la manera de manejar los sentimientos y los instintos. Escucharlo me entristecía. En mi interior les daba la razón porque la evidencia es clara, pero también me rebelaba, ¿por qué? pues porque el pesimismo es peligroso y a veces sirve de escondrijo para no hacer nada. Y sigo creyendo que aunque sea en pequeños granitos debemos llevar incrustado en el ADN la necesidad de cambiar las injusticias, aunque tengamos que empezar por aprender a distinguirlas. Hace unos días escuchando la necesaria voz de intelectuales de distintos países –como vi el reportaje empezado no cito nombres para no dejarme ninguno fuera- me gustó escuchar que hay que seguir indignándose ante lo injusto, y no confundir la indignación con la ira, la venganza o el afán de poder.
Con respecto a la utilidad del club, como coordinadora a veces tengo altibajos, hace muchos años que el trabajo está hecho: el ambiente democrático y de respeto fluye; la diversidad es valorada, la corriente de afectividad enorme, el desarrollo personal está a la vista y el literario también. Pero a pesar de los objetivos cumplidos no puedo evitar preguntarme si lo que hacemos vale o es toreo de salón, mero entretenimiento o algo que transforma nuestras vidas y como efecto dominó las de nuestro alrededor. También me recrimino mi falta de generosidad puesto que sé de sobra que el club hace tiempo que marcha sólo, que no necesita coordinación y que por egoísmo o prurito de vanidad no he sabido delegar para que dicha coordinación rote y me convierta en una más. En estas estaba un miércoles cuando subiendo hacia casa con una de las compañeras tras terminar la sesión le transmití:
- No sé si esto del club tiene fuste, si lo que hago sirve, porque no quiero que sólo sea una distracción- ella me dijo:
- Mira Pili, yo antes de pertenecer al club apenas leía y si paseaba miraba los escaparates de ropa pero no las librerías, ahora esté donde esté vaya donde vaya no me salto ni una, y no puedo pasar sin un libro, así que creo que tiene bastante fuste. Agradecí mucho sus palabras.
Sinuhé cometió muchos errores como hombre, pero fue un buen médico que buscaba la verdad y siempre se la decía a los demás y a sí mismo sin distinguir al rico del pobre. Como médico tuvo el poder de ver sin ropa lo mismo al faraón que al mendigo, y al final de sus días lo único que quiso salvar para la posteridad fueron los libros, los pergaminos en los que describió su vida sin adornarla.
Creo que transmitir el arte y el conocimiento es algo bueno, y en el club lo hacemos. Incluso saber a través de sus biógrafos que Mika Waltari sufrió de alcoholismo tampoco sobra, ni es maldad gratuita -la novela está llena de resacas y de sus funestas consecuencias- pero ese mensaje externo al libro también es positivo porque el autor se sometió a tratamientos para recuperarse y no le importó que se supiera siendo una celebridad internacional y miembro de la real academia de su país.
Así que está bien que leamos con criterio y que nos suene la alarma y nos indignemos cuando leamos frases injustas aunque pertenezcan a otro tiempo y aunque fueran escritas por la célebre pluma de Mika Toimi Waltari.
Como también es adecuado decir, tras haberle dado todo su valor a la novela, que a muchas de nosotras se nos hizo costoso llegar al final, sin embargo a otras no les sobró ni una coma. La lectura de una novela es una experiencia personal, y lo que conmueve y emociona no tiene por qué coincidir.
Me gustaría cerrar este pequeño encuentro con la frase del poeta de origen libio Publio Terencio: “Humano soy y nada de lo humano me es ajeno”.
Un abrazo y hasta que volvamos a vernos.
Pili Zori

THE GOOD WIFE, otra buena serie de TV

Estoy entusiasmada con esta serie que hace que el espectador distinga la diferencia entre lo bueno y lo óptimo y espero que la avaricia no haga que los capítulos se prolonguen innecesariamente.
  Me maravilla el planteamiento que hace sobre el poder político y el laboral, ambos inevitablemente entretejidos. En “The good Wife” se desmenuzan en paralelo las estrategias del poderoso bufete y también las luchas intestinas por salvar la carrera de obstáculos -si es necesario incluso a zancadillas y a codazos- que supone colocar una candidatura y que el candidato llegue a la meta.
El discurso se narra en clave bipartidista, ese concepto tan americano que todos entendemos porque se ha exportado (he de decir, sin embargo, intentando ser justa, que aunque la serie subraya  ese aspecto conviene matizar que no hay nada más plural y variado que ese país tan grande y tan lleno de norteamericanos tan diferentes entre sí y tan singulares).
Podría parecer que la serie es una más de abogados e intrigas políticas y peleas intestinas entre magnates y poderosos, pero lo curioso por insólito, es que el interés se ha invertido: el espectador se entretiene con los casos, pero estos quedan como telón de fondo, el debate se dilucida en lo anímico; lo que al espectador le intriga en realidad es lo que está ocurriendo en el interior de los personajes. Así que lo secundario en otras series pasa aquí a ser principal.
A la protagonista, Alicia Florrick, interpretada por la extraordinaria actriz Julianna Margulies  su marido, Peter Florrick le inflige el máximo daño que se le puede hacer a una esposa: el dolor y la humillación privados y la vergüenza y el escarnio públicos. Un buen día, su marido -que ejerce como flamante político el cargo de procurador del condado- es destituido y encarcelado por malversación de fondos y escándalo sexual. Y ella se entera al mismo tiempo que el resto del mundo y a través de todos los medios, especialmente internet. Alicia tiene que ver y oír las escenas pornográficas que “el hombre de su vida” protagoniza con una joven prostituta a la que es asiduo sin haber considerado las consecuencias: aunque ella, su mujer, intenta mantener al margen del feo asunto a sus hijos,  tratar de tapar internet es como querer cubrir el sol con un dedo; precisamente son ellos, los jóvenes adolescentes quienes mejor manejan las nuevas tecnologías y es imposible impedir que se asomen a esa ventana.
La señora Florrick tiene que abandonar junto a sus hijos su lujoso barrio, para trasladarse a un apartamento más económico y poder hacer así frente a las deudas. Mientras Jackie, la suegra deseosa de que se reconcilie con su hijo, se ocupa de los nietos y le echa una mano en la casa, ella retoma su oficio de abogada en un importante bufete jurídico. Hill, su antiguo amigo y compañero de estudios, socio principal de la firma, la ayuda. Entrará a prueba compitiendo por un periodo de seis meses contra Gari, un joven abogado recién licenciado en Harvard. Diane Lockhart , otra socia principal interpretada por la carismática actriz Christine Barauski, le mostrará en principio su apoyo hasta que Alicia comprenda que dicho apoyo conlleva condiciones y que tendrá que luchar contra prejuicios, derribar barreras de desconfianza y delimitar su pequeño territorio para que nadie la sitúe en conflicto de intereses con su vida y su trabajo y no le pida información privilegiada o tráfico de influencias. Y en medio del maremagnum la presión natural e inconsciente de los hijos que adoran a su padre y creen en su palabra. Pero lo más logrado es que todo lo que acabo de decir el espectador lo escucha bajo su silencio. El silencio de una mujer comedida. Que pase lo que pase incluso en medio de un juicio antepone a sus hijos, jamás les dice luego te llamo, siempre interrumpe lo que esté haciendo para atenderlos. La serie, sin grandes mítines, muestra de forma sencilla como se concilia vida laboral absorbente con el cuidado de hijos.
Casi todas las obras de arte narrativo y visual se la juegan en el arranque. El de esta serie es inmejorable. Me quedé sin aliento al contemplar la ebullición contenida de la mezcla de sentimientos ambivalentes que esa mujer soporta subida en el estrado; está al lado de su marido y recibe la agresividad de focos y micrófonos como si fuese ella la castigada; ajena y al mismo tiempo tan presente, parece haber sido llevada a la fuerza a ese cadalso. Por nada del mundo quiere que se note que a duras penas se sujeta en pie. Hay un detalle en dicha escena que se te graba para siempre por la fuerza expresiva que contiene sin que se pronuncie una sola palabra: mientras él habla y pide disculpas a sus ciudadanos, ella no parece que le escuche, no es partícipe, sólo está ahí; de pronto ve un pequeño hilo en la manga de la chaqueta de Peter y comienza a elevar la mano muy lentamente para quitárselo, ese gesto mecánico, seguramente repetido tantas veces, subraya y se explica por sí solo; nos habla de una mujer que ha renunciado a todo para ser la sombra de un hombre y cuidar de él, de alguien a quien le pasa inadvertido ese cuidado, que da por hecho ese orden de cosas. Antes de que llegue a coger ese hilo de su manga, el marido toma la mano de su mujer -también mecánicamente, con un movimiento posesivo y de costumbre- interpretando que Alicia se la está dando. Cuando salen al pasillo y sin perder el gesto enajenado, la buena esposa le estampa un bofetón con esa misma mano y el espectador comparte la catarsis. Así comienza “The good wife”, la buena esposa.  
La potencia se focaliza en la interpretación de Julianna Margulis que compone un personaje contenido cuya carga emocional ha de asomar con sutileza a los gestos, puesto que si no guardase con cautela la fuerza de todos sus sentimientos encontrados se derrumbaría en público más de una vez. Leer en su rostro es un hallazgo de credibilidad, tanto que a veces llegas a pensar que Zack y Grace son sus hijos en la vida real, y que la complicidad entre su hermano y ella se remonta a la infancia compartida, que la relación suegra y nuera en tales circunstancias es a veces tensa. Naturalmente su buen hacer contagia y recibe a cambio la réplica de los grandes actores que le ponen enfrente, puesto que, aunque los guionistas Michelle King y Robert King la mantengan en primer lugar, finalmente la serie es una coral magnifica que el director Charles McDougall sabe sujetar en las dosis exactas, y con un plantel de estrellas tan luminosas imagino que no es fácil.
Sé que el personaje cuenta con la empatía de las mujeres de su edad que atesoran en su haber lo bueno y lo malo de un matrimonio largo y acusan el desgaste, y secretamente paladean la venganza blanca de que Alicia se pueda realizar de nuevo y además partiendo de cero y que rentabilice contra todo pronóstico el dolor, y que gracias a ese revés se abra paso como el ave Fénix hacia una vida libre, que vuelva a enamorarse, que pueda elegir, y que logre hacerlo sin alardes, sopesando, con reflexión; Alicia traza un camino de dignidad que podrían seguir mujeres aparentemente corrientes, cuando no saben qué hacer. Y sé que no es trampa, que el equipo no ha buscado complacer, aunque se lo haya encontrado.
No en vano guionistas y director se inspiraron en un hecho real como punto de partida: el del gobernador de Nueva York Elliot Spitzer que fue depuesto por sus infidelidades. Su esposa, como Alicia, también era abogada.
La serie me gusta porque rompe muchos clichés. Kalinda, la preciosa y delicada actriz Archie Panjabi, es la investigadora. Estábamos acostumbrados a que ese papel fuera siempre masculino y a que requiriese fuerza física, Kalinda puede hacer muchos estragos con un bate de béisbol y un rodillazo certero, pero sobre todo lo que Kalinda da a una serie de planteamiento ético es la mirada descreída y otro código de honor que sin estar fuera de la ley tiene sus propias leyes, Kalinda es un enlace entre dos mundos, conoce los barrios altos y los bajos fondos y sabe que dependiendo de las circunstancias el comportamiento cambia, conoce al ser humano y mira bajo la fachada; es un personaje fronterizo que dará mucho de sí porque la ternura de quien se desliza por el filo de la navaja conmueve más que la de los resguardados. Espero que los guionistas no caigan en el tópico de convertirla en un personaje perdedor, porque merece algo bueno para sí misma ya que aunque parece que va a lo suyo en realidad siempre sirve a los demás y encaja las injusticias que se le infligen sin quejas; es la testigo desagradable que conoce los lados oscuros que hay que deshollinar.

Sin embargo lamento que a Josh Charles, Will Gardner en la serie, no se le esté sacando todo el jugo y el juego que puede dar, supongo que lo reservan para más adelante; quienes le hemos visto en “En Terapia” dirigido por Rodrigo García Márquez, sabemos cómo aguanta el objetivo de la cámara y lo que puede salir de sus ojos, de las comisuras de su boca… transparenta por la piel pensamientos y sentimientos de autenticidad como pocos. No estoy diciendo que su interpretación sea mala, todo lo contrario, estoy pidiendo más papel para él, al fin y al cabo es el antagónico de Chris Noth, e imagino que se producirá el duelo entre ambos.
En cuanto a Cristine Barauski, en el papel de Diane Lockart, sólo puedo decir que me encanta que se enrolle con el experto en balística y ese juego fálico que se traen con las armas y el poder que le produce a ella tanta contradicción. Se define y se define bien cuando le hacen la jugarreta para que no sea juez porque no traga, siempre se ha dicho que todo el mundo tiene su precio, yo siempre he pensado en contrapartida que no todo el que puede comprar compra lo que se vende.
Diane es una mujer hermosa, no en sentido convencional pero llena la pantalla en cuanto sale, y me gusta que tenga la edad que tiene y que los guionistas la hayan imaginado tan visible e independiente y que se vea natural que la pasión surja entre ellos con arrebato carnal y adolescente, (me refiero en pantalla, porque en la vida ya sabemos lo evidente: la gente se enamora a cualquier edad y cuando lo hace no está para sopas y buen vino, como algún mojigato cree todavía, ¡vamos!, que ejerce). En fin, que  me compraría todo su guardarropa y sus abalorios si tuviera su tipo. Es una mujer refulgente.
Pero volviendo a las transgresiones que la serie hace, me gustó mucho que el abogado de pobres no fuese tan honrado como parecía; me encanta que no nos dejen caer en la tentación del arquetipo, y que nos recuerden que las apariencias engañan para que nos desprejuiciemos y sepamos escarbar y dilucidar por nosotros mismos; que nos digan que no debemos depositar los datos más personales y toda la confianza en un teléfono móvil cuyos mensajes de voz te puede borrar un desaprensivo o que dicho móvil puede caerse bajo las ruedas de un coche y hacerse añicos. Las cosas importantes no son para las máquinas.
 No sé si habré animado a quienes aún no la hayáis visto, como siempre diré que lo que a cada uno le emociona es muy subjetivo, pero sí estoy segura de que asistiréis a un trabajo magnífico.
Un abrazo y hasta que nos encontremos aquí de nuevo.
Pili Zori

TREME, una magnífica serie de TV

Hace algún tiempo tuve la suerte de ver la primera temporada de la serie americana de televisión Treme y desde entonces no se me ha despegado de la memoria. Los buenos guionistas tienen el talento de cerrar con broche de oro y en círculo, y a la vez saben dejar el ovillo del rico hilo sin cortar saliendo desde el engarce para que pase bajo la rendija de la puerta y siga conduciendo, basta con que los destellos de ese dorado hilo se abracen a la cintura de cualquiera de los personajes de su coral para que nos de nuevas entregas, finalmente el collar será una hermosa pieza de joyería donde el conjunto de abalorios circulares esté equilibrado, haga juego y resulte estético y aunque tenga varias vueltas sabemos que al terminar guardará la unidad. Así que espero impaciente dichas vueltas en forma de nuevas temporadas. Sin duda la habilidad de un guionista es un don de unos pocos y si además ojeas –otro talento difícil de encontrar- como hace la cadena HBO a varios de esos escasos ‘imaginadores’ privilegiados y los pones a trabajar en equipo y ves como ensamblan el ingenio mutuo siempre a favor de la historia para que suene con la belleza afinada y precisa de una orquesta pues ya no queda otra que descubrirte ante David Simon, Eric Overmyer y Agnieszka Holland. Sin olvidar la enorme importancia de la fotografía de Irek Hartowicz.
Treme nos cuenta la historia de varias personas de Nueva Orleans afectadas de diversas formas por el paso del huracán Katrina. Treme es el nombre de un barrio bohemio de esta ciudad llena de músicos.
Pocas veces he visto un homenaje a un lugar, tan veraz, tan sentido y tan poético. Recomiendo subrayar con especial atención la escena de la chef, que necesita irremediablemente marcharse a Nueva York para poder desarrollar sus capacidades como artista culinaria, junto a su enamorado músico que la lleva por todos los rincones anímicos y emblemáticos de la ciudad hasta terminar tumbados en la hierba para esperar la llegada del amanecer reflejándose en el Mississippi. Es un obsequio precioso para ella, para retenerla o para despedirla, o un recordatorio de pertenencia, es el regalo de un lugar al que volver, el suyo, pero sobre todo es un retrato verdadero y sin retoques con la mejor dedicatoria que se le puede escribir a un espectador: la belleza emergiendo desde la devastación para decir lo que fue, es, y será, esa ciudad que huele, respira y escucha jazz y blues por todos los costados, hasta en los funerales.   
Estamos acostumbrados a la América del cine, pero Américas hay muchas y variadas y americanos más. Pues bien, esta película es una ventana y por ella vemos la verdad que corresponde a este trocito del sur en el estado de Louisiana.
Creighton, el personaje que interpreta John Goodman, es el profesor de literatura que aglutina el espíritu y el sentimiento de dolor por su querida ciudad, él nos entrega la parte intelectual y crítica, su grito se oye con claridad, todas las noches graba en internet el canto y la queja. Creo que es el papel más bonito que le han dado en su vida de actor y naturalmente lo borda, me maravillo ante esa construcción del personaje, el espectador intuye en tensión que le va a ocurrir algo grave, y que ese algo está latente y proviene de su interior mientras su arrolladora vitalidad lo encubre ante su familia y ante nosotros. La depresión se va apoderando de él pero nos la muestra con una evolución sutil  que se refleja y aflora capítulo a capítulo en unas ojeras paulatinas, en una mirada de tristeza apenas perceptible, o puede que tal vez esa profunda derrota esté soterrada desde los primeros fotogramas y termine por transparentarse ya sin remedio, o ambas cosas, el caso es que una no se explica cómo se consigue transmitir toda esa ambivalencia llena de matices y elegancia, naturalmente hay que ser Actor. Así que le rindo pleitesía desde aquí, Señor Goodman, a usted y quien habla y lega a través de su personaje: el Señor Simon.
Si mal no recuerdo, Creighton intenta escribir una novela sobre la ciudad de Nueva Orleans, pero trasladándose a un tiempo pasado, cae en el dique seco -y no va con segundas- de la página en blanco y todos los espectadores vemos lo que supone esa pérdida para un escritor, es una de las mutilaciones más dolorosas. Lo curioso es que no se está dando cuenta, mientras va penando por todos los rincones, de que en realidad la novela la está escribiendo en su blog,  y lo está haciendo con herramientas nuevas para la literatura que además de la escritura incluyen la grabación de la voz y de la imagen y que eso en sí mismo es un hallazgo de inmediatez y difusión. Para mí este fue el regalo personal que de la extraordinaria película me llevé (película de larga duración, ya dije en la entrada de Mad Men o en la de Los Soprano, que el buen y gran cine se había trasladado a la pantalla casera, que ha dejado de ser pequeña).
A veces los que escribimos y tenemos un blog sentimos que este nos roba energía y nos vacía para la fabulación, pero la psique va a su aire, es innovadora y sabe donde ha de dejar los vertidos. No os diré lo que ocurre con el personaje que interpreta John Goodman, pero sí que le grité ¡No hombre, no, no hagas eso! ¡¿No comprendes que tu blog es la novela?!

Todos los personajes de esta maravillosa serie se dejan la piel en su amor por ella, su ciudad. La esposa de Goodman una eminente abogada que, a diferencia de las que vemos en las series convencionales, viste sin atildamiento y con comodidad cotidiana, muestra un cutis de su edad y sin maquillar y un cabello sin peluquería y busca a los desaparecidos con denuedo, pelea y se implica sin descanso y devuelve el verdadero sentido a esa labor de entrega que debería ser siempre la abogacía.
La película rezuma música, esa amante exigente a la que se le entrega todo en detrimento, a veces, de los queridos. Y es muy bonito ver el contraste entre la verdadera música de Nueva Orleans y las ´turistadas´ que solicitamos los visitantes. Me gustó mucho ver como se echa las manos a la cabeza una amiga de la violinista cuando le oye decir que va a dejar a su pareja, pero no creáis que se las echa porque decida abandonar a su novio como amor sino porque le va a dejar como dúo musical, eso es lo que le parece imperdonable, creo que el detalle explica por sí mismo lo que es esa pasión que define a los flipados de la música. Los músicos que aparecen en esta serie van siempre a dos velas, me refiero a lo económico, tocan en garitos o en la calle pero jamás se plantean dejar de tocar porque eso también sería una mutilación. Nunca olvidaré las escenas de la película Azul, en la que la esposa le escribía en secreto al marido las partituras, cuando este muere y ella está nadando en una piscina cubierta la sinfonía se le sale de la cabeza aunque se empeñe en sumergirla para dejar de escucharla, y cuando tira dicha sinfonía inacabada al contenedor se oye la distorsión de la rotura, la impostura no se puede desvelar y ella ya no podrá compartirla. No tengo el don de la música aunque vivo con un músico que durante muchos años la mantuvo en Guadiana, pero ella siempre, siempre emerge, sólo se disfrutarla de forma pasiva, pero tanto Azul como Treme me hicieron entender o al menos aproximarme a lo que se siente.

Si podéis ver esta serie espero que os guste por su singularidad y por lo que de testimonial tiene. Os dejo un trailer aunque sea en inglés.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori


Encuentro con el escritor ALVARO OTERO

Parecía que la relación epistolar, que tantos tesoros literarios nos ha regalado, se había perdido y mira por donde el maravilloso e-mail vuelve a ser el vehículo que viaja con las preguntas y nos entrega las respuestas a vuelta de correo como antaño, y es que a la palabra escrita le gusta el viaje y siempre que puede busca vehículo para emprenderlo.
Así es como se ha producido esta pequeña entrevista con el escritor Álvaro Otero, desde mi escritorio al suyo, entre Guadalajara y Vigo, en una carta sin vestir enviada por un correo más lujoso y rápido que el de los zares, que el del avión (en el que ella habría viajado ufana embutida en su flamante y distinguido sobre de ribete azul y granate) y más veloz que el del AVE en el que ella, la carta, habría sentido la nostalgia del traqueteo. La única pena es la ausencia del sello, pero ya inventarán algo que confiera apostura a los sobres de e-mails para que puedan ser coleccionables.
Antes de entrar en el juego de las preguntas y las respuestas lo correcto es hacer las presentaciones:

Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967 mientras por la puerta de mi casa entraba un televisor Taunus que imantó mis ojos a la pantalla con sus poderes hipnóticos y me pegó el trasero a la silla con sinteticón para alegría de mi madre porque la niña ya nunca más volvería a dar la tabarra mendigando por las casas de los vecinos las películas de la “Sesión de tarde” de los sábados, silla de la que no me levantaría hasta que terminaran los episodios de series como “La saga de los Forsythe”, “Valle de pasiones” o “Historias de la frivolidad” de Chicho Ibáñez.
Mientras Álvaro ensayaba sus primeros pasitos, Luis Eduardo Aute cantaba Aleluya y los Beatles grababan Sargento Pepper´s; Gabriel García Márquez publicaba Cien años de soledad; en San Francisco se llenaban la cabeza de flores los primeros hippies y Ernesto Ché Guevara moría asesinado en Bolivia. Entre Israelitas y palestinos estallaba la guerra de los seis días. Y Jesús Fernández Santos presentaba  en la pequeña pantalla -la de las 625 líneas, culona y tripudilla- La víspera de nuestro tiempo.
El pequeño Otero aún no sabía que 22 años más tarde, ya en presente y no en víspera, recorrería los mundos de ahora en los que sucedieron aquellos acontecimientos de antes para darnos, en primera persona, cuenta de los actuales en sus novelas y reportajes.
Otero estudió periodismo en la universidad Complutense de Madrid, y actualmente publica en distintos medios como El Faro de Vigo y El País Semanal. En 1995 sale a la luz gallega “Waelrad” (editorial Nigra, colección Relatos dunha hora), dos años después, en colaboración con el fotógrafo Lalo R. Villar “Mambrúes a la guerra” (Edicións Xerais, doble publicación en gallego y en castellano). En el 2000 gana el premio Nostromo con la novela “Días de agua” (Editorial juventud), en el 2006 edita con Ellago “De mar y de muerte” y en el 2008 gana el Premio nacional de narrativa de Guadalajara con “El Esplendor” que publica y distribuye Ediciones Irreverentes.

Gracias por prestarte generosamente a llenar el pequeño espacio de este blog con tu experiencia y sobre todo por compartirla. Deseo de corazón que esta singular forma de entrevistar haya sido de tu agrado -en esta época nuestra de velocidades contra reloj- ya que concede posibilidad de reflexión en las respuestas. Tal vez la oralidad, la inmediatez de la palabra hablada se sobrevalore en exceso, y es curioso que así ocurra porque paradójicamente para lograr que la prosa de un autor como tú se deslice con la precisión milimétrica de una bola de billar sobre el tapete, se necesita un largo y arduo trabajo de pulido. La agilidad y la fluidez del escritor llevan detrás muchas horas de vuelo así que vamos a darle hoy el valor que se merece a la palabra escrita. Empezaremos por la pregunta de rigor:

P. ¿Qué significado tiene para ti ser escritor? y ¿cuándo te atreviste a decir en voz alta que lo eras?
R. Para mí, escribir es connatural al mismo hecho de existir. Escribir forma parte de mi vida desde que tengo conciencia, así que, desde ese punto de vista, preguntarme qué significado tiene ser escritor es como preguntarme qué significado tiene para mí ser un humano que habita la Tierra. Y, respondiendo a la segunda pregunta, que está formulada como si ser escritor fuese un trágico secreto, te diré que ahí las cosas funcionan con pareja naturalidad. En realidad, que me consideren o no escritor me importa un bledo. A mí me importa escribir, y a todo lo que rodea a ese hecho –la publicación, la promoción, la aceptación, la repercusión mediática o económica- le doy una importancia relativa

P. ¿Qué recibes de la literatura? y ¿qué le entregas de ti a ella?
R. Te diré, primero, lo que le entrego: le entrego largos años de trabajo firme, tenaz. Le entrego tardes y mañanas y noches y madrugadas de invierno, otoño, de verano, de primavera, en las que podía estar jugando con mi hijo, tan real, en lugar de estar dando vida a personajes que no existen. Le entrego mi vida y todos mis sueños, y me entrego a ella tal como soy. El papel en blanco es como una taiga inmensa que recorro una y otra vez como un lobo solitario. ¿Y qué recibo? Pues creo que, como en la vida misma, en la mayor parte de las ocasiones en literatura recibes en proporción a lo que entregas. Y no hablo de fama, ni de dinero. Quien piense en eso partirá de un punto equivocado o se entregará a un tipo de literatura que no me interesa.

P. Tus novelas me parecen de altísimo contenido ético con código deontológico implícito, (sin que ello menoscabe, claro está, el interés que despiertan por su trama, inquietante y magnética). ¿Te consideras un escritor de intenciones?
R. No, en absoluto. No parto de ninguna intención moralizante concreta. Otra cosa es que el desarrollo de los acontecimientos que ahí se relatan lleven a cada uno a ciertas conclusiones, pero ahí, como decía Cortázar, la novela ya no te pertenece, es como una flecha que has disparado y dará o no en su diana.

P. ¿Escoges los temas sobre los que escribes o ellos te eligen a ti?, ¿cómo se produce el flechazo?
R. Para mí, qué da origen a una novela sigue siendo un misterio insondable. Es más: me llama la atención que exista tan poca literatura al respecto, y me refiero a ensayos o estudios que traten al menos de tantear ese territorio. Ahora acabo de terminar una larga novela tras cinco años de intenso trabajo y, si me preguntas cuál es su origen tendré que contestarte: no tengo ni idea. Así que, lo dicho: un misterio insondable.

P. Dicen que la literatura es el arte de lo ambiguo y el periodismo el de lo concreto. ¿Te resulta difícil cambiar de registro?
R. No, nada. Es más: al menos en mi caso, se produce una retroalimentación muy enriquecedora entre ambas disciplinas.  El periodismo me ha enseñado tanto como la literatura sobre el arte de narrar.

P. En tu novela “De mar y de muerte” el protagonista nos dice que, llevado por una vieja querencia, hace algún tiempo se vio tentado de escribir un libro sobre formas de suicidio, “El esplendor” comienza por uno ¿Por qué elegiste ese punto de partida?
R. El suicidio me parece la muerte romántica por naturaleza. Una muerte, contra lo que trata de inculcarnos la moral católica, valiente. Creo, además, que las formas de la muerte elegidas por las personas dicen mucho de ellas, encierran profundas lecciones antropológicas. Hace sólo una semanas, un gran diseñador gráfico con el que trabajé en un libro hace años, de mi misma edad, salió de casa como todos los días, cogió un autobús de largo recorrido, se paró en algún lugar del norte, tomó un taxi, pidió que lo llevasen a su acantilado favorito y, cuando el taxi se fue, se arrojó al vacío. Eligió su acantilado favorito para su vuelo final sobre el mundo. Era un artista, y su forma de morir fue su última, acaso su gran obra.

P. En “De mar y de muerte” consigues esa atmósfera de balanceo acunado, ese ritmo marcado por el vaivén del mar que trae y lleva recuerdos y devuelve a la tierra a los vivos y se traga a los muertos. Se me viene a la mente la imagen de la ola enarbolada, gigantesca e implacable de “El esplendor” que le arrebata la primera novia a Julián Andrade, una ola aterradora y a la vez majestuosa, en esa y en otras escenas como aquella haces que el lector sienta el mar como una deidad con leyes propias y misteriosas, justiciera a veces, vengativa otras... ¿Cuál es tu relación con el mar?, ¿O con los caudales de agua?, el día de la boda de Andrade el río que de nuevo vuelve a marcar la tragedia se llama Verdugo, creo recordar.
R. A grandes rasgos, y con algunas desviaciones, mi proyecto literario responde a una cuádruple vertiente que tiene que ver con los elementos esenciales: el agua, la tierra, el fuego y el aire. Para cada uno de estos elementos tengo tres obras, con lo cual este corpus, digámoslo así a riesgo de quedar un poco pretenciosos, se compondrá de doce novelas. La primera parte, el agua, ya está publicada: Waelrad, Días de agua y De mar y de muerte. El esplendor forma parte del ciclo de la tierra, pero efectivamente contiene ese elemento aunque de manera más tangencial. ¿Por qué? El agua es vida, hasta los 18 años dormí arrullado por las olas del mar y, por si fuera poco, soy Acuario. Supongo, pues, que es inevitable.

P. Tu prosa se desliza como una embarcación, no quisiera caer en el tópico, pero la pregunta es obligada aunque la respuesta sea afirmativa o negativa ¿consideras que haber nacido frente al mar marca el rumor y el ritmo de tu escritura?, ¿crees que hay una narrativa gallega?
R. El ritmo de mi escritura, que para mí es fundamental, no parte del mar sino de la música. La música es lo más importante de mi formación literaria, más incluso que la literatura  en sí misma, es decir, la lectura. La cultura musical, desde mi punto de vista, es clave a la hora de escribir. Yo concibo la página en blanco como papel pautado, como una partitura.
Por otra parte, en la actualidad la concepción de una narrativa gallega viene marcada por la utilización, o no, del gallego. Lo escritores gallegos, en su casi totalidad, no consideran literatura gallega a la escrita en castellano. Yo no estoy muy de acuerdo con esa definición, pero es un asunto que me aburre profundamente, y en el que no invierto ni un minuto de pensamiento.

P. ¿Cómo resuelves los préstamos personales que le das a tu literatura y que tienen que ver con los que te rodean?, ¿a los tuyos les gusta verse dentro de las páginas aunque el lector no los reconozca?, ¿cómo decides lo que callas y lo que cuentas sin que se te vaya el pulso?
R. Me gustan los pequeños homenajes entre líneas, pero nada más. La ficción, ficción es. Lo importante no es tanto que te preocupe lo que digas sobre los demás, si es que lo dices –que no es mi caso- como tener la osadía de desnudarte tú. Saber desnudarse: hete aquí lo que importa.