"Donde las mujeres", de ALVARO POMBO

Álvaro Pombo siempre resulta gratamente controvertido, como persona y como escritor.
Su novela “Donde las mujeres” nos ha hecho reflexionar una barbaridad, no sólo por su contenido, también por su forma. Así que intentaré plasmar lo mejor que pueda la esencia que fue destilando cada compañera del club en sus intervenciones, y lamento no poder ir como los gatos al veterinario para que en su consulta me incrusten en vez de un chip de identificación una grabadora en mi maltrecha memoria, porque cada día me da más rabia no saber transcribir con exactitud el pasmo que me producen sus opiniones, todas sin excepción.

En apariencia “Donde las mujeres” es una novela que nos habla de la historia de los miembros de una familia del norte de España, elitistas, aislados y con inconfesables secretos. Pero eso es sólo la punta del iceberg.
Dicha familia la componen madre y tía, Tom, el compañero sentimental de esta última, un padre ausente, tres hijos y Frau Hannah mujer todo terreno que lo mismo sirve para el roto de ser la nany, que para el descosido de educadora, ama de llaves… -en definitiva personaje anexo a la familia que recicla su cometido adaptándolo a las necesidades del paso del tiempo y envejece junto a las personas que cuida viviendo de prestado una vida ajena-, y la fuerte presencia de un recuerdo: el de Gabriel amante de la madre en su juventud. Personaje que desenlazará con un ¿triste estropicio?, (depende porque si es verdad que la verdad nos hace libres, su estropicio de cenizas elevará al Fénix para un nuevo comienzo, vosotros mismos decidiréis al final).


El recorrido cronológico de la novela va desde los años cuarenta hasta los setenta del siglo xx con el añadido de otros recuerdos que nos trasladan a etapas anteriores a la guerra civil española y que explicarán muchas de las razones del ‘enquistamiento’ de este curioso e insólito grupo familiar, etapas en las que el círculo social en el que madre y tía se movían era menos convencional en cuanto a la forma de entender las relaciones sexuales y amorosas. Después el mundo cambió dejando atrás ciertos modos de pensar, el lector juzgará por si mismo si la dura mirada del autor es o no ajustada. “Creímos que podía hacerse” -dice uno de los personajes- “ver y vivirse la idealidad en la realidad, y no se puede.”

La historia nos la cuenta en primera persona la hija mayor, en un alarde de introspección subjetiva, de modo que el lector advierte enseguida que lee bajo su enfoque, si el autor hubiese escogido el punto de vista de cualquier otro personaje del elenco la novela sería completamente distinta, parece una perogrullada pero hago hincapié en el detalle precisamente porque la decisión conmueve, ya que acompañaremos a este personaje en evolución hasta la pérdida de su inocencia y contemplaremos impotentes como se le caen todos los palos del sombrajo.

Como una de mis compañeras especificó, la novela está dividida en dos partes. Hasta la aparición de Fernando, “el padre”, la narración refleja el tiempo de la inocencia que recorre los mundos infantiles en los que la confianza hacia los seres queridos no se pone en cuestión y supone un valor seguro e incondicional además de un cálido refugio interior. El padre representa el exterior y una versión distinta. Tras la llegada de Fernando, comienza el doloroso proceso de ruptura de crisálida, es decir: en el mundo adulto la confianza ya hay que ganársela porque además es frágil y quebradiza y se puede perder fácilmente. “… En el fondo nadie sabe si es digno de amor o de odio” escucharemos decir en la conversación que la protagonista mantiene con Tom en la página 267. “… La atención que un ser humano presta a otro vale mucho” continuará en la 268.
Al hilo de estos pasajes en el club hablamos de que la identidad no nos la da el dinero que tenemos, el lugar en el que vivimos, la profesión que ejercemos ni la gente con la que nos relacionamos, ingredientes todos ellos que tienen que ver con la imagen. La identidad pertenece más a los terrenos intangibles de los sentimientos, las creencias y las emociones, (y si no que se lo digan a los psicoterapeutas que siempre andan los pobres desenterrando las frases maternas o paternas de las que sus pacientes se han quedado colgados). Y ese, precisamente, es el terreno que la protagonista explora. Durante toda la novela camina sin nombre, sólo al final nos será revelado, -creo que se llamaba Clara, (ya no tengo el libro entre las manos) significativo ¿a que sí? –supongo que el autor decidió que fuera innombrable para reforzar la idea de exclusión que en la segunda parte sentiremos con fuerza.

Todas pudimos reflejarnos en esa zona de nuestras vidas en la que comenzamos a pensar por nosotras mismas, en la que nos atrevemos a ver a nuestros padres como personas, a ponerlos en cuestión sin dejar por ello de quererlos. “Así es la juventud esa que dicen, -expresa Clara- la primavera de la vida: inseguridad, mal humor, y el peso de la culpa.” La libertad tiene su precio y dejar de pensar por cabeza ajena es costoso.
Pero no todas las familias son buenas, hay padres que odian a los hijos o hijos que odian a sus padres por motivos sin grandeza, mezquinos, y a Clara la familia que le toca le usurpa su verdad dejándola a la intemperie y una vez que el secreto pierde su utilidad la protagonista es despedida con la misiva de que puede permitirse ser diferente pero lejos.

En el club hubo frases como estas: “Son todos unos egoístas superficiales y pedantes que alardean de independencia chupando del bote, gente con una vida absurda y estéril… cuánta crueldad innecesaria…” Nos detuvimos un buen rato en tratar de explicarnos las razones de tía Lucía para desvelarle a la muchacha de forma tan abrupta y dañina el misterio. “Celos” -dijeron algunas compañeras, por la intimidad anímica que Clara y Tom estaban alcanzando-. “Se sintió traicionada por su hermana y se vengó en la hija” -añadieron otras- “cuando ésta, en la madurez, se avino a vivir de un modo más convencional con Fernando rompiendo así la actitud altiva hacia los hombres, y por tanto la ‘independencia’ emocional. De hecho, y no en vano el autor coloca a la tía Lucía en una atalaya de la isla, su vivienda es un torreón, y para reforzar la imagen simbólica sitúa a la familia en dicha isla y cuando el pueblo llano comienza a aparecer por la playa que jamás fue de su propiedad, con sus bocadillos y bebidas el clan se siente invadido.

Se llegó a la conclusión de que la mirada del autor era dura y pesimista, que su novela era una critica, rayana en el exorcismo, a esa familia demasiado concreta aunque haya otras parecidas.
En ese ambiente íntimo y afectuoso que se genera en nuestro club me atreví a pensar en voz alta y me permití ciertas especulaciones -sin ninguna base naturalmente- y con la misma confianza aquí os las transcribo:
Compartí que durante toda la lectura yo no había podido evitar ver por debajo al propio Álvaro Pombo camuflado en el personaje femenino, por ello cuando una compañera dijo que la novela estaba llena de contradicciones, y otra que se quedaban algunos cabos sueltos a mí se me reforzó más la idea autobiográfica: sabemos que muchos autores a veces se permiten hacer ajustes de cuentas en clave para que sólo los interesados las reciban sin detrimento para el lector, ni siquiera es trampa, pero también sabemos que cuando esos camuflajes pueden herir demasiado, también se quedan a medias sin descargarse del todo por conflicto ético. No sé que partes personales ha podido prestar al personaje Álvaro Pombo, pero lo que sí sé es que si los hechos están envueltos en ficción los sentimientos en cambio son reales y de carne viva, y yo lloré por él entre las líneas, por ese hombre que dice en alguna entrevista que sólo a una edad muy avanzada ha podido ser feliz, por ese hombre que a una edad avanzada ha convertido su desesperanzada prosa anterior en novelas llenas de optimismo y esperanza, y sobre todo por ese hombre que a una edad avanzada, pero no por ello menos joven, ha contribuido a que el futuro de los homosexuales jamás vuelva a ser clandestino. Esta novela en concreto no habla de forma explícita sobre la homosexualidad, pero yo si he querido ver las equivalencias en esa especie de expulsión del paraíso si no encajas.

En el club nos preguntamos qué le ocurriría después a la protagonista y una compañera dijo: “Escribirá en una novela todo lo que le ha ocurrido, escribirá la novela que acabamos de leer y por eso sobrevivirá, por eso se salvará.
Creo que es un hermosísimo broche para cerrar este encuentro: La literatura como redención y salvavidas.

Hasta el próximo en el que leeremos “La ciudad de los prodigios” de Eduardo Mendoza.
Un fuerte abrazo y gracias por vuestras visitas.


Pili Zori

"Brooklyn Follies", de Paul Auster

No sabía como iba a funcionar Brooklyn Follies en el club, hará un par de años que leímos “La noche del oráculo” y resultó un gran éxito, pero Brooklyn Follyes, sin dejar de pertenecer al universo Austeriano es otra cosa: marca diferencias con su obra anterior en la que abundan los finales abiertos para que el lector sea cómplice y juegue y se implique con el autor y sus personajes y prolongue y trascienda la narración para continuarla fuera de las páginas añadiéndole así su particular epílogo.

Brooklyn Follies es el homenaje de este neoyorkino de corazón bondadoso y elegante a ese “barrio” tan amado y emblemático, y por ello en esta ocasión tenía que escribir una novela redonda y cerrada.
Hay un antes y un después del 11-S y Paul Auster quiso dejar ese antes guardado con papel de seda en este bello cofre.

En la novela, como es natural, siguen apareciendo sus constantes:
·Ese afán por levantarle la tapa al azar para descubrir sus leyes y así dejar, quizá, de temerle.
·La amistad entre mayor y joven, (que ya veíamos en “La música del azar”) resguardada también aquí en el cobijo interior de un coche mimado con esmero, amistad que Auster desarrolla a través de la conversación, siempre en carretera, símbolo universal del camino de la vida.
·la paternidad llevada a examen, en sus novelas suele aparecer la pequeña hija abandonada durante algún tiempo pero a buen recaudo de un familiar.
·El miedo a los accidentes, a las muertes repentinas… tengo entendido que el fallecimiento de su padre le dejó asustado de por vida.
En fin, todas las preocupaciones que siempre le descubres entre los renglones de su literatura, Paul Auster ya es para mí como la persona transparente y querida a la que le notas en cuanto le miras lo que ocurre en su interior aunque no te lo diga.

La novela arranca con un elenco de personajes “perdedores” en apariencia, que al autor le sirve para pespuntear y confeccionar una gran familia no consanguínea (aunque Tom Aurora y la niña si lo sean) que a pesar de, o precisamente por sus comportamientos políticamente incorrectos nos da una lección de dignidad y de verdadera ley.
Así el hombre que creía volver a sus orígenes para morir, en realidad lo hace para vivir y ser, como dijo una compañera del club, un comodín para todos, un repartidor de esperanza, (definió otra), porque si algo le gusta a Paul Auster es sacar a la luz la gran categoría de la gente anónima.
Con su capacidad tan singular de transgredir, y digo singular porque lo consigue desde la ternura, vemos a un norteamericano bañar a una niña que no es su hija sin que se derrumben las murallas de Jericó, para nosotros, los latinos, es algo natural, somos más de piel, pero ya sabéis que ellos por menos de nada ven pederastia donde sólo hay cuidados necesarios y cariño.
Seguimos observando a Nathan y vemos como escucha a través de la pared los jadeos y sofocos de su sobrino Tom, y sin sentir la menor turbación nos alegramos con él de que Tom se estrene con una mujer tan especial y conveniente (no cito el nombre de la dama porque otra de las gracias del libro es la especulación que el lector se hace con respecto a las parejas que se van a formar y que de nuevo el azar se ocupa de desbaratarle). Comprobamos su bien medido sentido del humor cuando contemplamos el entierro (tampoco desvelo de quien) y el esparcimiento prohibido de cenizas por Central Park y al entrañable Rufus con sus mejores galas cantando en playback y sentimos que la escena no pierde ni un ápice de seriedad, sólo los grandes son capaces de llevarte hasta la carcajada y desde ahí arrancarte una lágrima, o viceversa.
Paul Auster también nos muestra que no es necesaria la afinidad de ideas para estar enamorado: la madre de “la perfecta madre” tiene conceptos antagónicos a los de Nathan además de un hermoso culo fuera de todo canon rayano en la anorexia, y no le gusta mucho leer.
La novela nos habla con la mayor naturalidad de amor sin consideraciones de género, y de la resurrección de los que por suerte o desgracia han dado tumbos en etapas de la vida difíciles o desorientadas.
Los protagonistas repasan y ponen a caldo a la administración Bush, y nos dejan claro que la cultura no es patrimonio de una elite snob que sólo te mide por la universidad en la que has estudiado y por el dinero que ganas, Tom demuestra a su tío que es taxista por elección y no por derrota -en este pasaje una compañera hizo una interesante crítica, no todo va a ser bueno, y afeó la actitud que Nathan manifiesta hacia los taxistas de Nueva York considerándolos pertenecientes al estrato social más bajo. Otra compañera tampoco le perdonó al personaje la torpeza de regalarle el collar a Marina, (así se llama, creo. Disculpadme porque hablo sin tener el libro delante), la camarera hispana del Cosmo Diner detalle que la coloca en una situación embarazosa frente al marido energúmeno con la consiguiente pérdida del puesto de trabajo por el escándalo que se arma en el restaurante, pero tal vez el propio Paul Auster quiso subrayar esos errores en su bien construido personaje para humanizarlo y evolucionarlo con el paso de las páginas, no en vano Nathan arrastra un pasado de enormes equivocaciones para que las decisiones de su presente cobren sentido.

Así que por todo lo dicho no es extraño que a mi club le haya encantado esta novela en la que el verdadero protagonismo lo tienen los habitantes de la “barriada” de Brooklyn, tampoco es extraño que muchas de mis compañeras a las que me sumo se hayan enamorado perdidamente de Nathan sin apenas conocer su descripción física.

Como decía al principio tenía miedo de que al club, exigente y buen catador de prosas, Brooklyn Follies le pareciese un cuento de hadas, pero no, todas entendimos y sentimos en profundidad ese homenaje que Paul Auster rindió a su ciudad, y todas nos dejamos trasladar hasta ese barrio lleno de luz que un once de septiembre quedó cubierto de espeso humo y se impregnó para siempre de un olor que debería estar descatalogado de todos los idiomas, de todos los lenguajes.

Hasta el próximo encuentro en el que habremos leído “El eco de las bodas” de Luis Mateo Díez.
Un abrazo,
Pili Zori

“Los alcaldes republicanos de Guadalajara”, de Paulino Aparicio Ortega

La presentación de este hermoso libro se efectuó en la Biblioteca Pública de Guadalajara. Paulino Aparicio Ortega siempre atrae a un enorme número de lectores. Es un valorado y queridísimo autor local, y ya sabéis, como decimos siempre: no hay nada más universal que lo local, o para muestra Macondo, de G. García Márquez.
El patio interior de la Biblioteca se llenó hasta el último rincón circundado por numerosas personas a las que no les importó permanecer de pie durante todo el encuentro. Hasta su cúpula de cenitales claraboyas se elevaron voces tan importantes como las de los hijos y nietos de aquellos alcaldes. Algunos de nosotros lloramos mansamente al escuchar sus palabras, incluido el autor cuya timidez comprime y contiene a menudo sus emociones.

En nuestro club de lectura sentimos un orgullo de propiedad por él: Paulino fue compañero nuestro durante muchos años. Por ello esa tarde tan especial -además de agasajarle con el típico estuche de estilográfica y una planta por aquello de masculinizar la flor- tras la intervención de sus presentadores le dijimos:

“Gracias por reescribir los ‘Caminos borrados por la Hierba’ y por rescatar ‘La memoria de un vacío’. Sólo un autor limpio de corazón como tú podría abordar la memoria histórica con la valentía de ubicarla en una provincia todavía tan pequeña como la nuestra en la que cada generación conoce a todos y a cada uno de sus componentes.
Sólo Aparicio Ortega podía separar la cizaña del grano y trasladarse a ese pasado tan presente para devolvérnoslo sin maleza y rebrotado”.

Caminos borrados por la hierba” fue su primer libro, acogido en nuestra ciudad con deseo y buenas críticas. Y “Cerro de Pimiento (memoria de un vacío)” el segundo, con una trastienda detrás aún mayor: se lo encargó la asociación de un barrio emblemático de nuestra ciudad que ya no existe, así que la sala de plenos de la Diputación también se llenó hasta la bandera, fue una tarde memorable, ya que hablamos de bellas memorias.

Recuerdo que un miércoles de hace tiempo, a la salida del club, Paulino comentó: “A mí me habría hecho falta pasar la guerra para escribir.” En ese instante supe con certeza hacia donde se encaminaban y le conducían sus libros anteriores. Ya en los títulos se contenía la síntesis que estaba definiendo su obra e implícitamente también en ellos se anunciaba la ampliación del flashback. Pero también noté que el tono de sus palabras rezumaba pudor y respeto, el pudor y el respeto de quien no osa hablar a la ligera de algo no experimentado e intuyo que tampoco querría ser uno más en la avalancha de literatura sobre el tema.
Estoy convencida de que a los deseos honorables, si han sido pronunciados en voz alta, el aire los traslada hasta su hacedor para que este los convierta en realidad. Y eso fue lo que sucedió, según creo: “Quiero que hables de mi abuelo” le solicitó el nieto de un alcalde republicano.

Sé como trabaja: Recorre los lugares, asalta archivos, bucea en el tiempo, conversa con todas las partes implicadas… hasta que consigue sentirse dentro. Por eso en algunas de las páginas de este libro notas el vértigo. Se aprecia que hasta que no sintió en el pecho las balas no se dispuso a escribir.

Dicho lo anterior, este comentario se quedaría cojo si en él no se reflejasen muchas de las constantes de su narrativa, pero para verlas es necesario haber leído más títulos del mismo autor. Como ocurre con todos.
Tuve el honor de colaborar en la presentación de “Cerro de Pimiento (memoria de un vacío)” y me gustaría plasmar en este pequeño espacio de animación a la lectura las palabras que utilicé. Pero no sin antes adelantar que Aparicio Ortega para cada trabajo que afronta establece una renovación formal sin perder por ello su vocación de estilo, su voz personal. “Los alcaldes republicanos de Guadalajara”, por ejemplo, es una crónica que sin embargo nada tiene que ver con lo que hasta este libro entendemos por crónica, y al mismo tiempo una novela que cumple con las pautas y normas de arquitectura que la novela requiere. ¿Que cómo lo conjuga? Pues habrá que preguntárselo en el próximo encuentro.
El autor siempre parte de un núcleo y desde él, como los rayos del sol, irradia. Hasta que su calor, al igual que el del astro, alcanza todo el amplio espectro de la historia. Aparicio en este caso parte de ese hecho pequeño en apariencia: un nacimiento, en los umbrales del s. XX (1890) y local como os decía en renglones anteriores, y lo extiende en el espacio y en el tiempo hasta nuestros días. Escoge con exactitud y acierto la efemérides colocándole alrededor todo lo que acontecía, para establecer los contrastes y anunciar sin que el lector lo advierta todas las claves del devenir: El lector contempla el episodio de la partera elegido a propósito para que la vida estalle, en un alarde de luz y de belleza literaria que nos va a llevar, -con el ritmo, el tono y la medida también exactos en el desarrollo-, hasta el otro estallido: el de la vida arrebatada por las sombras asesinas de la muerte injusta.
No es extraño por tanto que en las páginas de este libro tan honesto y bien documentado quepa de sobra el homenaje a aquellos que cerca o lejos de nuestra tierra también cayeron, o tuvieron que sobrevivir sumidos en la represalia.

Gracias.

Y ahora sí. Transcribiré en este blog la reseña que le hice a su novela “Cerro de Pimiento”, para que lectores de otros lugares puedan conocer los distintos registros de este escritor que sin duda ya debería estar divulgado fuera de nuestro pequeño mapa:

Es un honor para mí presentar este libro y deseo estar a la altura de la concesión.
Al abrir este estuche nos encontraremos con una pequeña gran joya, de diseño singular e insólito. En “Cerro de Pimiento (memoria de un vacío)”, se conjugan varias disciplinas que se ensamblan suaves creando así una novedad narrativa potentísima. Al lector le resulta fácil ver el círculo mágico de la conversación. Escucha. Oye la narración oral y se sienta cómodo al lado de Pilar, Jesús, Manuel, Chinchi, Ángel… Nunca antes la cursiva escrita había sido tan sonora, ni la figura del narrador un coro de voces tan armonizado. Y para dar otra vuelta de tuerca y como transgresión: el narrador omnisciente que es el que siempre habla, sin embargo en esta ocasión y durante toda la cursiva permanecerá callado empapándose del testimonio directo de quienes vivieron en aquel barrio, sin duda el de mayor entidad. Y finalmente y para rematar con el último clavo esta carpintería que se sujeta sobre el suelo firme de aquel cerro emocional: ambos narradores, el colectivo y el singular, se asomarán a la vez y sin reparos como protagonistas dentro del relato, en ese afán honesto y comprometido de dar la cara. Así que Paulino Aparicio Ortega no se va a quedar en off, le veremos aparecer por la feria (metáfora constante de su escritura), y por otros recovecos con aquel aspecto que debió tener en la década de los prodigios cuando aún no existía la piscina municipal y el frescor se tomaba en terraza con nombre de imperio escuchando los remotos ecos de West Side Store y el sonido de las aguas separadas de Los diez Mandamientos.

Mientras el lector va recorriendo las páginas tiene la sensación de que contempla sobre un escenario lo que está leyendo, y no es extraño porque el autor es actor de teatro, (ya veis que no digo teatral sino de teatro, el matiz importa), y esa aportación, sin duda enriquece la estructura de esta pequeña gran obra que como decía al principio conjuga con acierto y osadía una nueva manera de contar escribiendo, ( renovación formal que dirían los expertos).

La prosa de Aparicio Ortega es apabullante, condensada, poética… pero a mí lo que más me asombra es su mirada, todo lo que es capaz de captar de una sola vez. Esa mirada impresionista, por los golpes de sorpresa y los ‘repentes’, y también barroca por la cantidad de detalles en movimiento que puede llegar a captar en un solo instante. Supongo que Paulino tiene varios sentidos juntos, sin desabrochar o descoser, como él diría, y por eso su escritura está llena de preciosas sinestesias: en sus novelas los sabores son de colores y los colores olorosos.

Pero si analizamos lo que más importa, es decir, su intención, el lector descubrirá conmovido que el autor ha encontrado el corazón de la ciudad en ese cerro. Justo debajo de la piel y del ropaje lujosos que hoy lo recubren: la universidad y el instituto y entre ambos ese recinto teatral con interior de balandro en el que habita a sus anchas D. Antonio, El Señor Buero. (Nada ocurre por casualidad, está claro. D. Antonio siempre estuvo con el pueblo al que provocó; espoleó y arengó desde las tablas para que no se estuviese quieto). Si os fijáis bien ese corazón está en su sitio un poco a la izquierda de la ciudad, y desde su latido Paulino Aparicio ha recorrido todas las arterias y vasos sanguíneos de la urbe con sus ojos magnánimos; aglutinantes; reconciliadores… plurales.
Y el resultado es este nítido retrato en el que todos nos reconocemos, espejo en el que nos gusta mirarnos. Porque el autor ha conseguido otro tono. El tono. Ese más dulce y nostálgico que recuerda al italiano, al que usa el director cinematográfico Giuseppe Tornatore en ‘Cinema Paradiso’ o Federico Fellini en ‘Amarcord’ y es que todas las postguerras se parecen y siempre forman los cimientos de ese futuro que a veces pierde la memoria para poder adocenar a sus subditos.
Ahora mi ciudad ya tiene un libro que nos identifica. Un libro que nació y palpitó por primera vez en nuestro club, privilegiado foro de sensibilidad literaria donde el autor pone a prueba con su voz ‘barítona’ sus creaciones. En vivo. Con la respiración de sus compañeros siempre próxima, cercana. Con nuestra complicidad; nuestras lágrimas, nuestra risa… y la irrupción de los aplausos que siempre debería llevar la palabra escrita dicha en voz alta que es como mejor sabe.

Y ahora quisiera despedirme con una frase de ‘El Adversario’ novela de enorme profundidad que escribió Emmanuel Carrère:

Un amigo, un verdadero amigo, es también un testigo, alguien cuya mirada permite evaluar mejor la propia vida

Eso es lo que has hecho tú, Paulino, con este libro: prestarnos tu mirada para evaluar mejor nuestra vida colectiva. Y sólo nos queda agradecértelo a la espera de tu nueva entrega.

Y así cerramos en círculo. Su nueva entrega fue “Los Alcaldes Republicanos de Guadalajara.”


Hasta el próximo encuentro, si os apetece que leamos juntos, hemos elegido para el arranque de esta nueva temporada “Brooklyn Follies”, de Paul Auster.
Un abrazo



Pili Zori

"Mad Men", más que una serie de TV

Hombres de-mentes, así se les llamaba a los ejecutivos de publicidad en los años sesenta del siglo XX. Bello juego de palabras para definir el doble sentido de la frase y el torbellino de ideas que debían generar las mentes de dichos ‘hombres’ –y recalco el masculino porque la veda para las mujeres marcaba otro rol- en un tiempo en el que se creía que todo, absolutamente todo podía ser vendible, desde un producto para el estreñimiento hasta la aspiración y consiguiente asunción de un candidato a los cielos de la presidencia estadounidense.

Tras salir de la hipnosis puedo exclamar: ¡Por fin! el séptimo arte consigue romper la barrera temporal que le obligaba a constreñirse en el limitado espacio del que disponía para contar una historia: -dos horas como máximo-, y volar hasta las dignas y hermosísimas pantallas que hoy pueblan nuestras casas. Frente a una de ellas he venerado al creador de este impresionante hallazgo sin atreverme a respirar por si en esa milésima de segundo me perdía el mínimo parpadeo de cualquiera de los actores de ese elenco apabullante.

Matthew Weiner es el responsable de este listón inalcanzable para las demás series, y no estoy cayendo en el error de las comparaciones, porque para eso están los géneros y cada uno se rige por sus propios códigos y normas, y busca y pretende objetivos distintos, y tan lícito es el drama como el entretenimiento y en ambos se puede llegar a cotas muy altas de profundidad.
Lo que intento decir es que va a haber un antes y un después de Weiner, que estamos presenciando una renovación de forma y contenido que bebe, sin embargo, de las mejores fuentes del cine clásico. Es sorprendente el magma, el denso poso que sostiene esta obra de arte, si no hubiese visto la foto de Weiner creería que es un superviviente de aquel grupo de “magníficos” que tuvo que exiliarse tras la caza de brujas del Mcarthismo, Guionistas –lo escribo con mayúsculas- de la talla de Hammet o la de Dalton Trumbo… por citar algunos, pero no, M. Weiner es un hombre joven que hace algunos años, según tengo entendido, escribió el piloto de "Mad Men", el trabajo pasó inadvertido tras rodar por algunos despachos hasta que Matthew decidió enviárselo a David Chase, que impactado por la lectura le llamó de inmediato solicitándole que trabajase en la construcción de “Los Soprano” y a ello se dedicó con denuedo durante cuatro años y medio. Ahí están los resultados.

De noche, robándole horas al sueño, y lo digo en sus dos acepciones, continuó con el desarrollo de "Mad Men" hasta que por fin pudo producirla, hoy el globo de oro a la mejor serie dramática y las dieciséis nominaciones a los Emy compensan la entrega y el ímprobo esfuerzo.
Parecía que el vacío que había dejado la serie “Los Soprano” sería irrellenable. Mientras escribo esto es posible que el equipo ya esté recibiendo los codiciados galardones. Imagino que ahora se estarán mordiendo las uñas todas las grandes cadenas de la televisión americana que no apostaron por “Mad Men” como sucedió con “Los Soprano” mientras que al estudio Radial Media le arderán los sabañones de tanto frotarse las manos.

Si “Los Soprano” servía para fotografiar la América actual bajo el prisma metafórico de la mafia, en “Mad Men” el traslado hasta la década de los años sesenta crea un espectro más amplio aún porque el espectador comprende como si le pusieran un espejo delante toda su historia anímica, el caldo de cultivo en el que se fomentaron sus líneas de pensamiento, y la posterior rebeldía, evolución para algunos o involución para otros, según se mire, la perspectiva del tiempo concede esa ventaja. Pero es evidente que aquel sueño americano se exportó y también nos alcanzó.

¿Qué había bajo aquellos valores familiares tradicionales de la década?
Ese es uno de los peliagudos asuntos que el film explora.

En esta película, -nombraré así a la serie porque ya he dicho que para mí es una cinta de larga duración (dejad que me detenga un instante, “cinta”, qué palabra tan bonita, la decían mis padres cuando se acercaban a mirar la cartelera: “¿qué cinta ponen?”- bueno, incisos nostálgicos aparte, decía que en esta película el espectador se asoma a Sterling Cooper Advertising, la agencia publicitaria situada en el corazón de Madison Avenue, allí late el arte de la venta,
-¿De almas? -Se pregunta enseguida el espectador.

La mirada del autor trasciende a varios niveles, empezaré citando a las mujeres en el trabajo, por ejemplo: floreros de eficacia invisible, que sólo se volvían visibles para el acoso y la explotación mientras ellas mismas creían, bajo la presión general, que así era el orden de las cosas, que esa era la conducta que se esperaba de ellas: acatar la supremacía del varón, y la de ellos disfrutar de sus privilegios sin ponerlos jamás en tela de juicio.
Luego están las esposas de los ejecutivos, amas de casa perfectas, anfitrionas impecables bellamente vestidas representando al marido bajo códigos no siempre fáciles de asumir: las dobles vidas, los distintos raseros, amantes fijas o esporádicas… pero tras la fachada de esa jactancia de éxito Weiner y su equipo nos muestran toda la inseguridad que fibrilaba por debajo de la caja torácica de esa América edulcorada como la CocaCola un producto de autobombo y propaganda como la propia bebida.
Y bajo esa invisibilidad de sentimientos y aspiraciones las mujeres iban analizando en silencio la estafa mientras buscaban su camino por los sinuosos resquicios que iba dejando el gran bluf.

La película es perfecta en todos los aspectos:
La ambientación, sin ir más lejos. Se te llenan los ojos de elegancia tanto externa como interior. Detalles tan simples en apariencia como el de diferenciar el vestuario femenino: el de la oficina ajustado y provocativo, (pauta naturalmente marcada por los propios ejecutivos, que las mujeres aplican y acatan como una orden,) y el de las esposas: recatadas faldas de vuelo como delicadas corolas invertidas... consiguen la máxima eficacia en el mensaje.
La atmósfera, siempre cargada, envuelta en humo de cigarrillo y vapores de alcohol, marca fecha. Apenas hay exteriores, todo se desarrolla en espacios cerrados donde los techos están muy cerca de las cabezas de los hombres. Otra sutileza de extraordinario valor que nos transmite el miedo de Driper a perder la hegemonía arrasado por el ambicioso Pete representante de la juventud arrolladora, de ahí la imagen de estar tocando techo.
La dirección de actores: otro logro inusitado. Daría mi reino por estar en los ensayos para escuchar las instrucciones, para ver como se transmite el “ahora tienes que sentir esta ambivalencia y que se entienda que la estás conteniendo, que bajo tu sonrisa el televidente oiga tu sufrimiento” (me disculpo de antemano por mi explicación tan tosca, pero útil para aproximar a quienes todavía no la han visto). En fin, seguiría enumerando y pormenorizándolo todo dejándome llevar como os pasará a vosotros cuando contempléis la maravilla.

No salgo de mi asombro por el profundo conocimiento que el autor tiene de la mujer, no creo que baste una buena documentación, se intuye que ha sabido mirar desde la infancia, supongo que a madre, hermanas, amigas… Dice que leyó libros como “El sexo y la mujer soltera” de Helen Gourley Browns y “La mística femenina” de Betty Friedan, pero por mucho que se rentabilice la información es imposible sin una aguda sensibilidad llegar hasta el meollo más íntimo, ese que ni siquiera las mujeres comparten con otras. M. Weiner ha querido resarcir y hacer justicia hasta en detalles en los que las propias mujeres habríamos sido condescendientes. Y quiero agradecérselo, pero sería injusto por mi parte que "Mad Men" se quedase limitada en este espacio a un alegato feminista, aunque lo sea, porque profundiza de igual modo en el hombre, si algo queda patente es el enorme padecer de ambos por ese mundo superficial y lleno de sucedáneos sustitutivos de lo que realmente importa.
M. Weiner explica también en una entrevista que "Mad Men" surgió de preguntarse a sí mismo quién era él como persona, y para qué servía su carrera, y esa entrega se nota.

Aunque en este caso me cuesta despedirme, cerraré en círculo mi humilde y pequeño homenaje a algo tan grande, y lo haré abrochando el final de este comentario a la cabecera de presentación, porque en ella está escrita toda la poesía que resume el contenido de la serie: vemos como un hombre va cayendo desde gran altura por un pozo construido con fachadas de edificio cuyas vallas y carteles explican por sí mismas todo lo que la publicidad dice de un país, de su sociedad y de su época. Los suelos se derrumban, los muebles caen…

Hasta el próximo encuentro.
Un abrazo.

Pili Zori

"CARTA A D. HISTORIA DE UN AMOR", de André Gorz

Mis queridos amigos Carmen y Uge me dejaron este mensaje en el correo:
Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, sólo pesas cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Te escribo para comprender lo que he vivido, lo que hemos vivido juntos.”
El impactante pasaje que de inmediato me puso un nudo en la garganta pertenece a “Carta a D. Historia de un amor.” Es una extensa carta de amor que el filósofo André Gorz le escribió a su esposa poco después de descubrir que estaba enferma. La comenzó el 21 de marzo, concluía el 6 de junio de 2006 conmoviendo a Francia entera.

En 2007 André Gorz se suicidó junto a Dorine, su esposa, en su casa de Vosnon. La conmoción saltó fronteras.
A la mañana siguiente de recibir el e-mail de mis amigos marqué el teléfono de la Biblioteca Pública y con la amabilidad que caracteriza a todos los empleados sin excepción fueron a buscármelo y me lo dejaron en el mostrador, saben que en la actualidad dispongo de menos tiempo y me conceden esas atenciones, todas ellas regalos impagables para mí.
Esta pequeña joya de la editorial Paidós pertenece a la colección El arco de Ulises. Abulta justo el tamaño de la palma de mi mano y enseguida te hace segregar el fluido posesivo que provocan los objetos de deseo. Hermosos cofres, los libros, que puedes abrir o cerrar por cualquiera de sus dos tapas, en la de debajo de este hipnótico ejemplar que tengo entre los dedos ilustrado con las ramas negras de la copa de un árbol sin hojas, un árbol de invierno, en la solapa, tras leer la última página con los ojos empañados, te encuentras, como broche de cierre, esta hermosa inscripción: “Hay libros cortos que, para entenderlos como se merecen, se necesita una vida muy larga.” Francisco de Quevedo

Sé que me va a acompañar durante mucho tiempo.

En el generoso Internet podréis encontrar infinitas páginas que os hablarán sobre este gran pensador y filósofo, icono intelectual de la nueva izquierda francesa que ha dejado huella profunda en toda la mitad del siglo XX, me limitaré a hacer una breve reseña que os invite a buscar su obra para conocerle mejor.

André Gorz, (su verdadero nombre era Gérard Horst). Nació en Viena en 1923. Hijo de un judío vendedor de sellos y de una secretaria católica. Fue internado en Lausana para evitar el reclutamiento, y allí cursó estudios de ingeniería química, que después completó con las carreras de filosofía y psicología. De formación marxista, a partir de los años 70 Gorz se convirtió en uno de los principales teóricos de la ecología política.
La gran preocupación de su vida se concentró en el trabajo y en los efectos enajenantes que éste producía, todos sus libros fueron considerados obras de referencia para el movimiento obrero y sindical: “Historia y enajenación”, “Estrategia obrera y neocapitalismo”, “El Socialismo difícil”, “Reforma y revolución”, “Metamorfosis del proletariado” su libro más polémico y peor entendido en Francia, bien acogido sin embargo en Alemania actitud que le reconcilió con ese país al que había vuelto la espalda tras las aberraciones del nazismo, “Capitalismo, socialismo y ecología”, “Miseria del presente, riqueza de lo posible”…

Mi querido amigo Uge anda siempre buscando las respuestas en los libros de ensayo, de filosofía y de historia, queda muy poca gente que atesore libros con tanta devoción como lo hace él, de hecho su carácter pasional le lleva a comprarse toda la obra de un autor a veces tan sólo por la simple referencia que de él hace otro escritor. Después tras tamizarlos anímica y racionalmente, con la misma compulsión necesita compartirlos. Él no se imagina cuánto lamento no poder seguirle aunque de algún modo nuestra necesidad detectivesca acabe llevándonos a las mismas conclusiones pero por caminos distintos. Si he de escoger siempre elijo la literatura, en ella lo encuentro absolutamente todo con la ventaja añadida de experimentarlo. Por eso, y a pesar de que esta hermosa epístola no es literatura, estoy tan contenta de poder corresponderle hoy con una lectura común, que a ambos nos ha conmovido.

Es cierto que no tiene la música, ni el ritmo ni el aliento poético y creativo de las obras literarias, pero a cambio “Carta a D.” nos entrega la potencia del testimonio, del balance de un tiempo real de utopías e ideales que por fortuna sigue con vida en los libros. Es un homenaje a Dorine, su esposa, que también saca de la injusta sombra a tantas y tantas mujeres intelectuales de su generación condenadas a ser satélites. Es un desgarrado acto de contrición y una de las confesiones más honradas que yo he visto. En el recorrido de las páginas, a veces se me venía a la cabeza aquella frase tan manida de “Paren el mundo que yo me bajo” y recordaba con ellas a mi padre y a tantos como él, como ellas, que dejaron de entender su mundo, que se sintieron expulsados de él después de haberle entregado tantos jirones de alma y vida. Es una lástima que las nuevas generaciones no comprenderán ni conocerán ya esa clase de dolor social. Ahora es fácil apuntar los fallos, acusar de dogmatismos, sucedáneos religiosos… Pero para mí hay una casta de hombres y mujeres invencibles que por fortuna sobrevive en los libros.

Entre todas las emociones que la carta me ha producido voy a escoger una de las que más me han removido por dentro, dicen que las palabras vuelan y que lo escrito queda, y yo añado que para bien y para mal lo escrito queda.
Lo que más me ha afectado es el dolor de André por corregir lo que en su día escribió en “El traidor” refiriéndose a Dorine con otro nombre, tal vez debido a esa estúpida concesión que en aquel tiempo hacía que el amor se ocultase para que no fuera tildado de sentimiento pequeño burgués. En esos párrafos, casi puedes escuchar el quiebro de su voz, el llanto arrepentido y culpable de haberla negado que es el más fuerte, y compruebas como André Gorz se asoma a ese tiempo que la mayoría de las parejas habría olvidado y desmenuza una por una cada vivencia para examinar cada palabra, cada comportamiento y resarcir así frente al mundo, porque frente al mundo lo escribió y frente al mundo quiere gritarlo para hacerlo público, para que todos lean, todos escuchen su demanda de perdón como quien pone la luna a los pies de la amada o el amado.
Pero por si acaso pudiera parecer que utiliza a su esposa como excusa o se vale de ella para escribir de nuevo deja muy claro que es a ella a quien se dirige aun a riesgo de que pueda resultar forzado que le recuerde lo que sin duda ella jamás habrá olvidado.
Pero el inmenso valor de ese perdón se lo da la edad en la que lo pide, no es lo mismo mirar hacia atrás que hacerlo hacia delante, para mirar hacia atrás sin permitir que lo que ves te convierta en estatua de sal hay que tener arrestos.
Hacía tiempo que no me descubría ante nadie, hacía tiempo que no honraba a mis mayores. Hacía tiempo que no presentaba mis respetos.
Bon soir André, Bon soir Dorine. ¡Ojalá exista un umbral! Y ojalá que vosotros lo hayáis traspasado.
Un abrazo

Pili Zori

"RESPONDEME", de Susana Tamaro

"Respóndeme" es una novela contemporánea que nos habla de dónde y cómo se origina el odio, nos describe la crueldad, la violencia y el desamparo en nuestro mundo de hoy, y nos ofrece un nuevo enfoque del compromiso. La esperanza emerge desde el mismísimo núcleo de la desesperación.

Utilizo el verano para escribir con mayor intensidad y también para dedicarme a mis lecturas pendientes: ya sabéis que de octubre a junio me dedico en exclusiva a los libros escogidos para leer en el club con mis compañeras. Así que desde el 2002, nada menos, junto a muchas otras novelas, aún me estaba esperando “Respóndeme” de Susana Tamaro.

Hará ya 13 o 14 años ¡qué barbaridad! que leí “Donde el corazón te lleve” de esta misma autora. Una amiga a cuyos criterios literarios les presto mucha atención comentó dolida en aquel entonces que “Donde el corazón te lleve” no le había gustado porque le parecía injusto que de la saga femenina que protagonizaba esta novela: abuela, madre y nieta, fuera precisamente la madre, es decir, la representante de la generación del 68, a la que la autora dejase en peor lugar y la que más palos recibiera, cuando es sabido el alto precio que las mujeres de ese tiempo pagaron en afectos, desprendimientos e incomprensión por intentar cambiar el mundo y crear un espacio más amplio e igualitario para todos conjugando hasta lo inconjugable.

Cada día estoy más convencida de que la memoria toma decisiones por sí sola sin contar con la voluntad de su dueño, el hecho es que esa frase se quedó guardada en la mía, al igual que otra que me compartió mi hermano, también en aquel momento: Tal vez Susana Tamaro -dijo- tuviera un padre déspota a pesar de su izquierdismo. El comentario vino a cuento de que Federico Fellini había apoyado y ponderado mucho a la autora, creo recordar, y que esa postura marcó en cierto modo el etiquetado del contenido político de “Donde el corazón te lleve”, ya que a Fellini siempre se le había identificado con la derecha italiana.

Muchos años más tarde, en un encuentro con otro club de literatura italiano estábamos dilucidando sobre qué títulos y autores podríamos intercambiar: libros italianos traducidos al castellano y libros castellanos traducidos al italiano, y entre muchos otros de los que aporté recordé también los de Susana Tamaro y percibí de nuevo en la respuesta silenciosa la connotación que no terminaba de descifrar, el significado añadido que me colocaba sin saberlo en una u otra orilla.
Si mi memoria atesoró para que no cayeran en el olvido todas estas impresiones está claro que de algún modo sabía que me iban a hacer falta en el futuro.

Una de las riquezas de mi club de lectura, entre las innumerables que obtienes de él, es la de que me sirve para revisar mis ideas al escuchar las de los demás, en ocasiones el club te las reafirma y en otras te las cambia. Y con esa actitud de estreno y de pureza me adentro en cada libro tratando de huir de prejuicios e ideas preconcebidas.

Al entrar en “Respóndeme” de inmediato notas que el trasfondo es altamente religioso y por fin comprendes todas las reticencias de las que hablaba en renglones anteriores debidas al vicio que tenemos de colocar en compartimentos la vida para sentirnos pertenecientes a… y no perdidos. Habría que comprobar siempre que el contenido del envase es el que corresponde a la etiqueta, y que todos entendemos lo mismo por dicho contenido y dicha etiqueta.

Según tengo entendido Susana Tamaro nació en una familia de izquierdas laica y atea. En un análisis simplista podríamos llegar a la conclusión de que su actitud espiritual es una forma de rebeldía, pero eso sería dar muchas cosas por supuestas, también se ha dicho de ella que era comunista, papista, fascista… en fin, antagonismos con los que llegamos a la conclusión de que en realidad Susana Tamaro como persona y como escritora es indefinible e inclasificable, como todo el que sabe que el camino has de trazarlo tú y recorrerlo con tus pies, que los demás no pueden caminar por ti, aunque te orienten en cuanto a las dificultades y los escollos con los que te vas a encontrar. S. Tamaro es inclasificable como todo aquel que intenta analizar la vida huyendo de oráculos y estereotipos. Se puede y yo diría que se debe tener ideología pero no por seguidismo ni sectarismo, sino porque esta se aposente en valores que descubras por ti, si coinciden con los de otros pues miel sobre hojuelas, pero si no coinciden tampoco pierden valor, que algo sea mayoritario o minoritario no añade ni quita valía, en todo caso la mayoría da fuerza para la acción pero no es la razón en sí, dicho de un modo más simple: “coma caca que diez millones de moscas no pueden estar equivocadas.”

Aunque sea una obviedad quiero añadir que se puede ser religioso y de izquierdas, ateo y de derechas… se puede ser santo siendo laico y cruel y perverso siendo practicante de cualquier doctrina, y viceversa. Nunca olvidaré al hombre que un día en los años setenta durante una reunión clandestina me dijo: la revolución hay que hacerla, a mí me da lo mismo que unos la hagan persignándose, y otros no, pero el objetivo común es que hay que llevarla a cabo.

En una entrevista le preguntaron a Susana Tamaro por la fe y respondió que era un don que a veces le era concedido a quien no se lo merecía y que no obtenían sin embargo personas que lo buscaban con denuedo.
En esa misma entrevista la autora dijo que la revolución que todavía teníamos pendiente era la personal, y ahí queda eso tan lleno de contenido. Yo añadiría que además es obligada.

También recuerdo otra frase que Luis Fernando, mi marido, pronunció no hace mucho tiempo, hablábamos de que tal vez se estuvieran vaciando de contenido algunos conceptos sin que nos diéramos cuenta y que por eso yo me sentía un poco desorientada, que desconfiaba de algunas de las cosas que se estaban haciendo en nombre de banderas de izquierda y que tan poca diferencia guardaban con las de derecha a la hora de los resultados: Ten en cuenta Pili –me dijo- que históricamente los conceptos de izquierda y derecha son muy modernos, de lo que se trata y siempre se tratará es de ejercer justicia social, pero es evidente que debe de ser algo muy difícil de lograr cuando alguien siente privilegios de clase tan sólo por el hecho de comprarse un televisor con pantalla de plasma, cuando se establecen políticas en las que se convierte al ciudadano en un cliente que va por la vida diciendo: a ver aquí que me dan, en lugar de a ver que puedo dar yo para que esto mejore o se arregle. Soy un desastre para las citas textuales, pero espero al menos que se haya entendido la esencia porque ese es mi enlace con “Respóndeme”: Creo que ese libro es el ‘Qué puedo aportar yo’ de Susana Tamaro, ella ha escogido denunciar a grito pelado la crueldad que puede esconderse bajo las falsas capas de respetabilidad, y para ello pone en solfa todo lo que se institucionaliza como intocable: política, religión, ideología, partidos, familia… y eso está bien, hay que sacudir de polvo las alfombras, el de todas sin excepción, para que queden limpias y recuperen su color.

Respóndeme” nos propone un reto: el de la responsabilidad. Después admite cualquier discrepancia.

Amo profundamente de mi club a las compañeras creyentes y también a las ateas, las amo por sus biografías personales tan grandes, pero sobre todo por la honradez con la que exponen sus opiniones y por la elegancia que han adquirido a la hora de manejar la controversia. Las amo porque son esenciales, porque desconocen por completo el contenido de la manipulación, y porque jamás serán manipulables, el club es el antídoto.

Os dejo con esta propuesta literaria que a mí me ha removido profundamente y que invita a un debate lleno de matices.
Un fuerte abrazo.
Pili Zori

"PUDOR", de Santiago Roncagliolo

Como de costumbre no voy a hacer sinopsis sobre la novela, porque el “¿de qué va? o ¿de qué trata?” que solemos preguntarnos unos a otros lo encontrareis al instante en la reseña que le hace Alfaguara, su editorial, aquí en Internet, o mejor aún, basta con que miréis la contraportada de la novela en cualquier librería o biblioteca pública para que de inmediato os apetezca adquirir el libro o sacarlo prestado. Así que en vez de arriesgarme a un resumen subjetivo que podría desorientar prefiero compartir con vosotros los efectos que me ha producido, las razones por las que me ha gustado tanto esta historia una vez destilada por mi alambique personal.

Entrar en “Pudor” es entrar en la verdad.

A menudo creemos que tenemos dos capas y que debajo de la primera -la expuesta, la que se muestra de cara a la galería, la de la imagen social que proyectamos- se encuentra la íntima. Y damos por sentado que ése es el orden correcto, y nos olvidamos de que esa primera capa es un completo artificio embadurnado de apariencias, convencionalismos, actitudes gregarias y censuradoras pensadas para adocenarnos, que hacen que confundamos el entretenimiento con el fin, el bienestar con la felicidad, y que acuñemos la idea de que para que todo funcione bien no hay que salirse del redil, –y eso, en el mejor de los casos, porque lo más común es que nos opriman, acoracen y aprisionen. Las grandes sumas de ingresos en antidepresivos tan sólo son un mal menor, no un síntoma de enfermedad social grave- y así se consigue que olvidemos la composición de nuestra esencia y los verdaderos fines que en esta vida hay que perseguir. Ya sé que es una perogrullada pero no por ello menos real.

Santiago Roncagliolo lo que regala a manos llenas en esta novela es autenticidad. Para enfrentarse a la autenticidad uno o una ha de ser valiente y saber que a este mundo venimos con lo puesto y nos vamos de la misma manera. Tenemos familia, amigos, compañeros de trabajo… pero hemos de saber que ellos no constituyen el fin, seguimos siendo soledades, (concepto que nada tiene que ver con estar aislado o sentirse solo), sólo el lenguaje sirve de hilván, es el pespunte que nos une, que nos cose a los otros, un niño que todavía no maneja el lenguaje para coger un objeto empujará a otro niño que se interponga, cuando conozca y sepa usar el lenguaje dirá: por favor aparta un poco que quiero coger lo que se me ha caído.

El autor de esta novela recupera el lenguaje perdido bajo esa capa artificial impuesta y férrea, la rompe y pone palabras a toda la verdad sepultada, y una vez que llama a las cosas por su nombre la verdad que aflora es hermosa y esencial, y sobre todo real que es lo que importa, así que una vez que ha destrozado los estereotipos que la sociedad de turno impone con la corriente de opinión que toque nos la muestra en todo su esplendor y transparencia. Y especifica muy claramente de que sí y de que no hay que avergonzarse.

La novela comienza con la muerte de la abuela en el hospital. El elenco de los personajes de “Pudor” lo compone una familia completa cuyos miembros viven todos juntos en la misma casa.
El abuelo o Papapa, (no había escuchado antes el apelativo cariñoso limeño, imagino que equivaldrá al yayo de aquí), alberga sentimientos que ya nadie le atribuiría, su atracción por Doris aumentará hasta cotas de hondura insospechadas, cuanto más vulnerable es esa mujer es cuando más la ama, -qué rabia me da no poder desvelaros más- porque el autor consigue, con este personaje, sujetarse en una frontera delicadísima, es difícil mantenerse ahí sin traspasarla, porque como acabo de escribir no es fácil moverse entre la ternura, el patetismo, y la heroicidad al mismo tiempo sin perderle la medida a alguna de esas líneas y sin hacer trampa con recursos cómicos, Roncagliolo resuelve de manera magistral sin perder tono.
En la casa de reposo “Mis mejores años” se produce una escena entre Lucy y el Papapa que cuando la leáis estoy casi segura de que os va a conmover profundamente, dice algo así: se produjo un silencio embarazoso durante el cual ambos trataron de recordar si Papapa era padre de Lucy o de Alfredo”. Creo que no se puede expresar con más concisión una frase tan llena de historia afectiva.

Alfredo jefe de departamento, hombre, marido y padre al que le quedan seis meses de vida, va a morir y no halla el hueco ni el modo de comunicar su diagnóstico entre los avatares y los mecanismos de las rutinas cotidianas que se imponen y no dejan el más mínimo resquicio a los imprevistos: vemos, -y digo bien vemos porque la novela es tan visual que no me extraña que se adaptase con facilidad al cine– al Papapa atrincherado en el baño, a los niños de pelea tirándose a la cara cucharadas de puré, a Lucy contestando al teléfono… en fin que no hay manera de que ese hombre pueda encontrar el momento.
También son durísimos sus desencuentros con la secretaria a la que está enviando un mensaje confuso que él conduce mal hasta el final por no desengañarla, y que por fortuna sirve como detonante para que la capa, -falsa coraza que impide la comunicación, de la que he hablado al principio- explote y deje a la luz lo verdadero. Antes de que eso suceda Alfredo llega a marcar al azar el número de teléfono de un desconocido para contarle que tiene cáncer a esa voz “humana” que le toma por chiflado. El cierre de este personaje es magnífico, también lamento no poder decir de dónde surge la frase: “Seis meses… Quizá podamos probar por los próximos seis meses” que le dirige a Lucy, su mujer. Me limitaré a subrayaros toda la página 173, y a remarcar las cinco anteriores por lo bien llevada que está la tensión hasta que desemboca en uno de los enfrentamientos mejor escritos que yo he visto en literatura con toda la conmovedora y purificante desnudez con la que el autor cierra.

Lucy, la mujer, esposa, madre, vendedora de cosméticos que necesita seguir sintiéndose amada, deseada… que “recibe” anónimos pornográficos de los que no voy a desvelar su autoría porque es una clave, además de un elemento sorpresa de los que dejan boquiabierto. En fin, me extendería, pero crearía de ese modo la paradoja de llenar tantas páginas como tiene el libro en el que se ha buscado con vehemencia lo sucinto para lograr la máxima precisión. La novela es como un líquido concentrado al que le multiplicas por cuatro el rendimiento.

No puedo dejarme a los hijos, en esta narración que tan bien tratados tiene los puntos de vista. Mariana, la mayor, debatiéndose entre la pubertad y la adolescencia descubriendo la orientación de sus deseos y sentimientos con toda la brusquedad arrasadora de la naturaleza y causando a su vez los mismos estragos crueles, pasionales pero comprensibles de las fuerzas desatadas de dicha naturaleza.
La escena de Mariana junto a Katy socorriendo al gato después de todo lo que ha ocurrido entre ellas habla mejor en un solo pasaje de la capacidad de asimilar, asumir, recuperarse, y superar, que miles de largos y sesudos tratados al respecto.

Sergio, es el menor, el niño que sabe mirar sin miedo a los fantasmas, también entra en conflicto con su amiga, (no voy a decir amiguita para no faltar al respeto con el diminutivo porque no hay cosa más grande ni más respetable que la mirada que un niño le echa a la vida) hasta que comprende y siente que lo es y que es tener una amiga. Ambos son testigos, sin juicio ni prejuicio, de un mundo en el que un ser humano puede morir completamente sólo y pudrirse durante meses sin que nadie lo reclame.
Sólo la imaginación de un niño puede convertir lo extraño en nave espacial y extraterrestre. Sinceramente, no creo que exista una conclusión más exacta.

Y por último nos queda Rocky, el gato casero cuya búsqueda del amor le cuesta un altísimo precio. Personaje urbano también tratado con el máximo respeto al que el autor le concede el privilegio de echar el cierre al magnífico desenlace de esta novela: Vemos a Rocky contemplar la pantalla apagada del televisor en el que se refleja su familia a la que imagina comportándose como esas otras familias de las series en las que todo es “perfecto” y termina diciendo el narrador refiriéndose a Rocky: En realidad aunque le gustaba, pensaba que era mejor no verla, fingir que no estaba ahí. A fin de cuentas, la pantalla sólo mostraba fantasmas, y no es bueno creer en ellos.

No sé si el autor pretendía o no que yo llegase a esta conclusión, pero su regalo para mí ha sido el de decirme que a menudo lo que más nos avergüenza de nosotros mismos es lo más genuino.

Es posible que lectores asiduos de este blog piensen que siempre me refiero a todos los libros con alabanzas y que tal vez ese detalle denote falta de criterio, confesaré la verdad: valoro tanto el ejercicio tan arduo que supone crear y realizar literatura que sólo traigo hasta aquí lo que me parece bueno porque lo que no lo es ya se delata por sí solo y no necesita de oráculos ni dirigentes orientadores. De meternos el marketin por los ojos ya se ocupan otros, yo me limito a compartir y a contagiar el placer de descubrir por nosotros mismos, en la medida de lo posible, claro está, con la esperanza de lograrlo, porque no hay nada peor que hablar de oídas poniendo tu libre capacidad de pensar y de elegir en manos de otro.

Sólo me queda añadir con admiración, que Santiago Roncagliolo para mí apenas es un muchacho de treinta y tres años y que ese oído y esa mirada de sensibilidad tan agudos que tiene no son corrientes en novelistas de esa edad.
En cualquier concurso al que se hubiera presentado se habría abierto camino, es imposible que una obra así pase inadvertida hasta para el jurado más calloso.
Y hablando de pudor, ya fuera del homónimo, cuando ejerzo como miembro de un jurado o participo en el comité de lectura si que notamos la tecla generacional y llevamos años observando ese factor común a los escritores que intuimos de esta edad, -aunque sólo sean ambientales o iconos culturales, pero ahí está- es el cuidadoso empeño que ponen en huir de lo pretencioso, que no se note la elaboración, es el rebuscar para que su escritura no resulte rebuscada, es en definitiva ese afán por la esencia, ese decir más con lo que se calla, es todo el trabajo que se descubre entre las líneas, eso queridos amigos se llama PUDOR.

Hasta el próximo encuentro.Un abrazo de Pili Zori

"Los niños", de EDITH WHARTON

Escogí este libro para el club con la intención de que nos asomásemos a la obra de esta autora tan adelantada al tiempo en el que le tocó vivir y en el que se sintió tan prisionera: con un padre distante y una madre superficial, al menos tuvo una exquisita educación privada debido a los continuos viajes por Europa que la familia realizó. Mal casada a los 23 años de edad, por conveniencia, con un hombre trece años mayor que ella que no disimulaba las infidelidades con las que durante años la humilló públicamente, sufrió repetidas depresiones.
Escritora de aguijón y enorme trascendencia -gracias a ella hoy podemos estudiar a través de su sagaz mirada aquella sociedad oprimida y opresora que finalmente se asfixió en su propio caldo- hasta ese valor le fue arrebatado: amiga de Henry James todavía hoy se le hace la reseña alegando injustamente y a la ligera que fue su discípula. Me atrevo a decir que esa afirmación sólo se debe al hecho discriminatorio de que era mujer, naturalmente Henry James también escribía sobre la sociedad a la que ambos pertenecían, pero eso es simple coincidencia, resulta lógico por tanto que los dos compartieran una misma línea de pensamiento.
Los anhelos literarios de Edith Wharton tampoco encajaban en el mundo de su marido, tan estrecho de miras y tan carente de imaginación, pero a pesar de las dificultades el talento se abrió paso. No sólo fue una escritora brillante también destacó como paisajista y decoradora de gran innovación.

Lo cierto es que habría preferido llevar al club “La edad de la inocencia” novela por la que recibió el premio Pulitzer y que a mi juicio revela con mayor nitidez la maravillosa sutileza con la que Edith Warthon analizaba, retrataba y ponía en cuestión todas las normas y comportamientos de la aristocracia neoyorquina de principios del siglo XX, (pero no la tenemos en ejemplares múltiples). Me apetecía que presenciáramos , a través de su lectura, la paradoja de que precisamente en ese mundo nuevo y contra todo pronóstico las estrictas reglas victorianas importadas se impusieran allí con mayor virulencia si cabe para preservar así la férrea endogamia. Todas sus constantes también están reflejadas en “Los niños”: la naturalidad espontánea frente al envarado convencionalismo de rebuscadas normas, y el alto precio que se puede llegar a pagar por desconocerlas… Ése es el gran mérito de Edith Wharton: supo sacar a la luz desde debajo de la hipocresía y sin salirse del juego de la sociedad a la que pertenecía el alma y las emociones verdaderas que no estaba permitido mostrar bajo ningún concepto y lo hizo sin que pudieran condenarla a la expulsión del “paraíso” en esa extraordinaria destreza de decir sin que parezca que se ha dicho, limitándose a poner en evidencia.
Edith Wharton colaboró además con la Cruz roja durante la guerra y dedicó gran parte de su vida a crear obra social en favor de la población más desfavorecida y al mecenazgo y apoyo de talentos emergentes.
Como coincidió en miércoles la fiesta del libro y participamos haciendo una lectura en voz alta de un relato de “Las mil y una noches”, apenas pudimos debatirlo durante la primera sesión. Pensé que la novela “Los niños” suscitaría un gran debate con respecto a la educación como derecho inalienable (esta colección de criaturas de distintos matrimonios que van escoltadas por Judith, la hermana mayor y por Escopi, la nany, viajando por el mundo sin tutela, de Hotel Palace en Hotel Palace y con dos objetivos: que no los separen y que puedan recibir una buena educación frente a la indiferencia de sus progenitores que deambulan de fiesta en fiesta creyendo que su dinero los mantiene a salvo) y efectivamente durante la primera sesión el debate se produjo y fue muy interesante ya que mis compañeras buscaron las equivalencias de aquel tiempo extinguido con el nuestro, también supieron encontrar las intenciones y símbolos de esta situación tan poco creíble en el presente llegando a la conclusión de que la autora forzaba con una vuelta de tuerca más para lograr el subrayado (aunque me temo que por increíble que nos parezca hoy este tipo de comportamiento para bien y para mal lo que describe la autora sucedía tal cual nos lo cuenta. Tal vez la falta de credibilidad se deba más a que pertenecemos a culturas distintas y a que no somos conscientes de cómo en apenas un siglo la lucha de clases al menos consiguió acortar las distancias, junto con la revolución industrial, claro está, o eso quiero pensar). Como decía en renglones anteriores con la fiesta del libro ya no pudimos poner en común las conclusiones finales, pero sí tanteé y vi que a algunas compañeras les había parecido una novela plana y costumbrista sin mayor importancia, la observación es atinada porque a pesar de su valor documental, del humor soterrado y de su carácter incisivo coincide con la de otros críticos que la acusan de escasez de acción narrativa. Esas opiniones me decidieron a proyectar, a falta de libro, la película de “La edad de la inocencia”, dirigida por Scorsese con un elenco de actores inolvidable, ya sabéis: Michelle Pfeiffer, Daniel Day-Lewis, Winona Ryder, … en fin una joya en todos los sentidos, rigurosísima con el texto y que nos da un registro nuevo de Scorsese, hasta ese momento más dedicado a reflejar ambientes marginales, de hampa o lumpen, en un cine de sello muy personal que nos ha dejado obras maestras que no hace falta enumerar porque son iconos reconocibles en cuanto se pronuncia su apellido.
Uno de mis directores favoritos, al que le profeso absoluta devoción, es Luchino Visconti. Hasta “La edad de la inocencia” no había encontrado a nadie con quien se pudiera equiparar, pero quiero dejar claro que no estoy hablando de herencias ni de influencias, “La edad de la inocencia” no es viscontiniana, pero sí produce el mismo efecto de inundarte de belleza hasta hacerte rozar el síndrome de Stendhal. Esa caricia parsimoniosa de la cámara recorriendo los rostros, los objetos, las ropas…, el tratamiento del deseo, el lenguaje no verbal, los silencios que el espectador rellena con un nudo de emoción, las encrucijadas…, la autenticidad… en fin no me quiero entusiasmar, que cada uno escoja y haga suyas las escenas que prefiera, pero la de él arrodillándose ante la condesa Olenska, la de su esposa ante él, la asfixia que le obliga a abrir la ventana, la transparencia de pensamiento que consiguen los actores en un trabajo tan contenido y perfecto… qué queréis que os diga, cuando todo eso y más se produce en cine, el orgullo es universal y todos hacemos nuestra la obra.
Tal vez el hecho de que Scorsese en su juventud quisiese ordenarse como sacerdote le haya dado la capacidad de manejar con tanta sensibilidad la culpa y el remordimiento, armas letales del catolicismo, dicho sea con respeto y sin ironía pero con verdad.
El final de la película es uno de los mejores broches que yo he visto en cine y que engloba y resume en una sola frase la desaparición de un tiempo que jamás regresará (por fortuna, dicho sea con alivio): "Dile que soy un anticuado", y la ventana se cierra.

No me quiero despedir sin dar las gracias a todos los visitantes del blog. Me ilusiona enormemente que nuestro club de lectura se prolongue aquí y pueda dar cabida a personas de diferentes lugares del mundo. Será un honor leer y escuchar vuestros comentarios. Un abrazo enorme para los que ya han dejado sus valiosas opiniones.
Hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

"Presentimientos", de CLARA SÁNCHEZ

Acabo de terminar Presentimientos y no sé si podré transformar en frases el tremendo impacto que me ha producido, estoy apabullada. Mis sensaciones son las de haber recibido un regalo bellísimo, completamente nuevo e insólito: un hallazgo.
Clara Sánchez se ha atrevido a trasladar desde el terreno científico a la literatura mundos hasta ahora insondables de los que sólo se ocupa la ciencia, que para poder organizarse siempre selecciona y separa por compartimentos estanco, y en cada uno de esos compartimentos coloca a minuciosos especialistas para que investiguen, desarrollen y extiendan su parcela, pero se olvida después de relacionarlos entre sí, y deja de ese modo que la vida parezca un puzzle de piezas de tela sueltas y descosidas, y las personas seres desmembrados con el hígado por un lado y el alma por otro. La autora sin embargo pespuntea y ensambla nada más y nada menos que el mundo onírico con el de la vigilia y ella sí ha buscado las conexiones buceando a mucha profundidad y las ha encontrado. Tal vez otros lectores no hayan extraído lo mismo que yo tras sumergirse en el universo de Presentimientos, esa es la magia de los libros y también uno de los temas más cruciales que precisamente propone esta novela: el de cómo cada uno de nosotros percibe y construye su realidad a partir de la información recibida. Pero partiendo desde la inevitable subjetividad diré que pocas veces he tenido una certeza tan clara como su nombre: la autora ha creado un orden nuevo y no es la primera vez que se dice que si quieres encontrar la verdad debes buscarla en la literatura antes que en la historia o en la ciencia. Clara Sánchez, como tantos de nosotros, la utiliza para poder entender la vida. De hecho tuvimos el honor hace unos días de verla y escucharla en un encuentro, aquí en Guadalajara, y ella misma nos contaba que en una ocasión estando en la playa se le metió arena en los ojos dejándole durante unos instantes la vista como en neblina y que se dijo: “Así es como veo yo la vida, como cuando la carretera desprende un sofocante calor que ondula el aire y deforma las imágenes que hay detrás, con esa especie de velo. La mayoría del tiempo tengo la sensación de que no entiendo bien las cosas, y por eso escribo: para entenderlas” (cito de memoria con el deseo de no desvirtuar el fondo de sus palabras aunque sin querer las esté cambiando, pero no tergiversando).

Clara Sánchez, con neblina en la vista o sin ella, tiene un oído social potentísimo; cuando al poco tiempo de terminar su novela “Sin noticias del Paraíso” apareció la película “American Beauty”, me llevé una alegría enorme diciéndome “fíjate en qué corriente de pensamiento está…, comprender la sociedad con la perspectiva del tiempo tiene un gran valor, pero descifrar el presente en el momento en el que los acontecimientos se están produciendo, o mejor aún, verlos venir y ofrecer un retrato nítido y un análisis diáfano es un logro mucho mayor. Nadie ha desmenuzado los ingredientes del instinto, se obvian como si estuviésemos hablando de un lugar común, pero son los verdaderos radares de la supervivencia y si algo tiene Clara como narradora es una antena parabólica gigante que siempre la encamina hacia lo esencial eliminándole lo superfluo.

Agradezco profundamente que sus novelas sean tan urbanas. Entrando en ellas me siento mucho menos perdida aunque sólo sea por empatía, por identificación, porque toca teclas y claves comunes que me hacen sentirme a su lado, (no sólo acompañando a sus personajes, también a ella, y después sus libros se quedan conmigo sin que yo se lo pida, igual que otros se van sin que yo los eche).
De “Un millón de Luces” me gustó muchísimo su estructura vertical escogida para explicar la jungla de los ejecutivos y sus despiadadas leyes y conseguida con un recurso tan sencillo como el de colocar a la protagonista de testigo directo: ella comienza su trabajo en la recepción y sin apenas intervalo de tiempo se eleva como un cohete de planta en planta. La autora utiliza el ascensor como hilo conductor de subida hasta lo más alto y de bajada, sirviéndose de él a la vez para obtener las dos lecturas: la real y también la metafórica de “más dura será la caída” aunque en este caso es la protagonista la que elige bajar a velocidad meteórica, para abandonar con gusto esa vampírica torre de cristal, y de ese modo ella nos ha servido de guía para hacer el recorrido de todos los estamentos que componen ese mundo endogámico y caníbal. Siento hablar ya desde lejos del libro aunque conservo intactas las sensaciones, (la memoria de las sensaciones es la que más se agarra, para bien o para mal), y los debates que produjo en el club de literatura, sobre el poder, la cultura del pelotazo, el desprecio a la trayectoria… En fin, aún siento en la piel el calor de su verano, ese que una de las protagonistas conseguía refrescar como en el sur a base de rendijas en persianas, y cortinas que originaban brisas suaves para la siesta. También recuerdo y no sé por qué mi arbitraria memoria elige esos detalles algo que ya es una constante en la literatura de Clara Sánchez y que creo que en el caso de lo que voy a decir sí que se trata de un préstamo personal que ella les hace a los habitantes de sus novelas: utiliza las joyas dándoles siempre uso de talismán, jamás representan elementos de lujo u ostentación, y me enternece esa obsesión: “si se lleva anillo no se lleva collar o pulsera y viceversa” –vuelvo a disculparme por no citar textualmente-, tanto es así que antes de ir al encuentro con su libro en la mano y armada de pluma para que me lo dedicase me planteé suprimir de un conjunto completo algunas piezas, pero en este caso el aderezo me lo regaló mi marido y eso constituía el talismán para mí, aunque me identifico con esas búsquedas de armonía que proyectan nuestros objetos y prendas y que otros pueden considerar manías, de hecho en Presentimientos una de las veces que Julia despierta durante unos instantes volviendo de inmediato al sueño ve a Tito, su niño, a Félix, su esposo, y a Angelita, su madre y lo primero que le extraña es que su hijo va mal conjuntado. Y es que esa es otra de sus constantes en absoluto banal: la ropa prestada emanando los efluvios y las energías de sus dueños, la vestimenta aparece a menudo con carácter protagonista en la escritura de esta mujer que no deja nada al azar y que maneja como nadie los símbolos y los significados que esconden o atesoran los enseres personales y los gestos y ademanes, precisamente hasta los más imperceptibles.

Presentimientos, para mí, es una novela clásica de contenido moderno, muy difícil de escribir para que al lector le resulte muy fácil de leer. Estructurada por días en los que la unidad es impecable, conseguida con elementos tan simples como las horas del día o de la noche para salir y entrar en las escenas, y marcadas en el mundo “real” de la vigilia por el zumo de naranja y las tostadas que prepara Angelita, o por las estrellas que atraviesan la ventana del hospital cuando Félix regresa, o por los biberones, siestas y pañales de Tito.
En la zona onírica también logra crear la atmósfera de forma magistral porque Clara Sánchez construye un orden coherente sin perder jamás el magma surreal propio de los sueños. En todo momento busca el contraste entre los dos mundos y pone en cuestión las leyes que los rigen, haciendo las fronteras móviles y desplazables para que el lector se pregunte ¿dónde está la realidad? y finalmente decida que en ambos mundos paralelos y vitalmente conectados puesto que el uno sin el otro nos llevaría a la muerte. “Soñar para resolver”, “En el problema está la solución”, nos dice la figura del narrador. Por eso también busca a propósito el contraste con los dos protagonistas y sus formas antagónicas de enfrentarse a la realidad: Félix, pragmático investigador de una empresa de seguros, analítico, con una fe ciega en los datos y las evidencias y con desconfianza hacia los seres creativos porque tienden a imaginar. Y Julia instintiva e intuitiva, ambos utilizarán en cada mundo las armas del otro para poder encontrarse.
Pocas veces se ve en literatura expresado el amor tan lejos del arquetipo, y pocas veces ha sido plasmado de forma tan verdadera y hermosa. A partir del momento en el que Félix decide transgredirse a sí mismo y explorar la mochila de Julia, (terreno hasta ese instante inexpugnable y respetado al igual que el veto que él mismo se impuso al enamorarse: jamás la analizaría como a un cliente) la trama trepida. El lector asiste a una de las encrucijadas más duras por las que sin duda tiene que pasar una madre, me refiero a cuando Angelita teme y a la vez comprende que para que su hija vuelva y se salve ha de desvelarle a su yerno el secreto que esconden los números de ese teléfono reflejado tantas veces en el móvil y en los pequeños papeles que ha arrojado el bolso.

Todos dicen, incluso la propia autora, que sus novelas tratan de la soledad, y yo no lo niego, pero si se me permite matizar yo añadiría que la soledad no es mala, lo que enferma es el aislamiento y en ese sentido Clara sí señala en toda su obra a una sociedad con tendencias aislantes en la que se ha instalado el miedo y la desconfianza hacia los extraños, extraños que al final dan lecciones de implicación como Abel, como Sandra… o como las personas desconocidas que generosamente dejan en su apartamento de alquiler utensilios y ropa que sirven para sobrevivir e incluso rejuvenecer. La autora nos habla de perderse por lugares despersonalizados uniformados que desorientan y nos dificultan la vida, de hecho sentí un escalofrío leyendo las primeras páginas porque esa es una de mis pesadillas más recurrentes, me pierdo y me quedo sin dinero e indocumentada porque todo lo que me ata al mundo va en el bolso, también lo reflejo en mi escritura de forma directa o tangencial, consciente o inconsciente, como siempre hacen los miedos cuando ven esos huecos que se forman con los pasajes de la prosa por los que invariablemente siempre intentan escapar. Pero en la novela hay una frase que te sosiega y es la de: “Siempre se puede ayudar, lo que ocurre es que la mayoría de las veces no se sabe como”
Yo la colocaría como centro corazón del libro.

Compartiría todos los subrayados que mi libro tiene, pero sé que otros lectores, y también escritores, van a estudiar esta novela desde otros enfoques más coincidentes entre sí, por eso yo quería ofrecer una visión más íntima y personal que es la de cómo me ha afectado a mí. Clara ha jugado todo el tiempo a destruir las apariencias, los estereotipos, y por eso ha creado un personaje masculino inolvidable, frente a Marcus al que ha desenmascarado como prototipo del espejismo y del encoñe obnubilado nos presenta a Félix contenido, carente de exhibición, lleno de ternura masculina y verdadera hombría, confieso que he llorado en la página 328 (…)“El agua frente a él tenía un gris azulado de una belleza amarga, y pensó con toda la fuerza de que era capaz: Julia” y esto lo siente y lo dice cuando ya sabe.
Y en la 332 (…) “Abel le clavó las falanges en el hombro.
-Venga, hijo, vamos a tomar un café.
……………………………………..
Felix se dejó hacer. Hacía tanto tiempo que nadie se ocupaba de él”.
(Fuera de contexto no dice nada pero quienes ya lo hayan leído entenderán por que no pude sujetar las lágrimas).
También me ha gustado el mensaje que el libro envía, nunca hay nada seguro, no debemos olvidar que también para Félix podría haber mujeres como Sandra.

Sólo me queda destacar que los enlaces escogidos para el rescate son magníficos: el llanto de Tito, las palabras de Abel, el anillo luminoso, el pañuelo blanco y negro de seda, la tarta de chocolate y menta… y lo bien colocados que están los elementos sorpresa, los rastros que deja… como va desenlazando y cerrando cosa por cosa (digo cosa no por empobrecer el lenguaje sino por no desvelar, como se decía en el Un Dos Tres, hasta aquí puedo leer)
Preciosa, perfecta en la forma, en el texto y en el subtexto, no sólo por el caudal de su río sino también por todos los afluentes.



P.D. Ha pasado algún tiempo desde que compartí con vosotros mis impresiones sobre "Presentimientos" en el blog, pero en el club de literatura Armonía de la biblioteca pública de Guadalajara terminamos la novela este pasado miércoles 28 de mayo de 2008, y este comentario quedaría cojo si yo no intentara al menos transcribir alguna de las magníficas opiniones y aportaciones que hicieron mis compañeras, lamentando como siempre no reseñalas todas, porque somos 38. Así que escojo al azar, jamás por preferencia.
De entrada os diré que la lectura de esta novela creó en cada sesión un clima íntimo muy especial. Una de nuestras compañeras a la que normalmente le gusta más escuchar que ser escuchada comenzó así: hoy quiero hablar yo la primera. He leído esta historia sufriendo mucho, pero buscando en ella una respuesta muy importante para mí. Cuando mi marido entró en coma mis hijos y yo le llevabamos grabadas sus canciones favoritas, partidos de futbol, le hablábamos... pero él, aunque a veces abría los ojos, nunca dijo nada, -la voz de mi querida compañera se quebró desde la primera frase, pero continuó hablando con el cuerpo erguido y sin bajar el tono para subrayar que quería regalarnos la experiencia. Lloraba-. Me habría gustado saber si escuchó todo lo que le dije.
La envolvimos en una ovación cerrada que la abrazase. El marido de mi amiga ya era ex, antes del accidente, todas supimos lo importantísimas que debieron ser las frases de nuestra compañera en aquellos días.
Otra de nosotras dijo que la autora quería transmitirnos la idea de que era fundamental soñar en este mundo de tanta corrupción e incumplimiento de acuerdos para lo humano, que sólo soñando podemos transformarlo. Ella lo expresó muchísimo mejor.
Anduvimos también distendidas compartiendo nuestros extraños sueños y fantasías en los que se reiteraban las sensaciones de estar perdidas, ir a la casa y que no te abra la llave y que esa no sea tu casa, caminar en ropa interior por la calle... soñar con un señor que no te gusta como si te gustase... También se habló mucho del personaje de la madre, Angelita, algunas compañeras opinaron que el modo de desvelarle a su yerno el secreto de Julia les parecía brutal, otras alegaron que era necesaria esa actitud para salvarla.
Se planteó con mucha brillantez el dilema de perdonar o no las infidelidades alegando, como siempre, que es fácil hablar cuando no te has visto en la situación, o cuando no lo sabes... También tratamos la desconfianza hacia los desconocidos tan instaurada en la vida urbana de hoy... Otras compañeras se detuvieron en las distintas realidades que la novela ofrecía diciendo que cada personaje representaba una. Y por último, añadiré la intervención de otra porque me enterneció mucho (siento reiterar tanto la palabra compañera, pero considero necesario preservar la intimidad del club), como casi todas andamos cuidando de padres o madres en edad avanzada o en estados próximos al de Julia, esta amiga nos dijo: el libro es mi vida, exactamente igual, yo todos los días hago lo mismo, me ocupo de mi casa y su intendencia, me arreglo y me voy a ver a mi madre, al día siguiente vuelta a empezar sólo que no son ocho como en la novela, lo mio es siempre.
A veces me gustaría llevar una grabadora para que quedasen como un legado las sesiones de mi club, así todo el mundo podría crecer tanto y tan deprisa como yo crezco cada miércoles.
Un abrazo
Pili Zori

"La velocidad de la luz", JAVIER CERCAS

He leído “La velocidad de la luz” de Javier Cercas dos veces. La primera lectura la he hecho de un tirón y la segunda con mayor detenimiento, en ambas he sido incapaz de analizarla, sólo la he sentido con fuerza.
Es difícil distanciarse para mirar esta extraordinaria novela desde más lejos, al menos yo no he podido, y si lo haces, me refiero a buscar esa distancia, corres el peligro de quedarte en la superficie mirando desde la barrera y aquí no vale eso porque el autor lo que nos propone no es mirar sino experimentar, y lo que nos muestra es el abismo, no para que te asomes sino para que te tires, te lances, (y no precisamente al vacío sino a esos pozos oscuros y hondos repletos de todos los seres que habitan dentro de nosotros mismos y que son capaces de lo mejor y lo peor, pozos a los que sólo la literatura consigue llevarte). Nunca hay que olvidar que cuando creas literatura lo que haces en gran medida es rescatar aquel juego tan serio al que jugábamos en la infancia cuando decíamos:
“-¿Vale que yo era el soldado?
-Pues yo me pido el escritor
-Entonces yo hago de la mujer…”
Ese es el pacto: no interpretar sino ser. Y a eso es a lo que juegas desde que entras por la puerta del universo que te abre el escritor para recorrer ese mundo y la peripecia que te propone.
Considero que “La velocidad de la luz” no ha sido planteada para decir o compartir con el lector sino para preguntarle: ¿y tú?, ¿qué sentirías si te vieras en la misma circunstancia?, ¿qué harías? La novela tiene una intención interrogante y no de respuesta, al menos para mí.
He navegado con interés por las opiniones de otros lectores aquí en Internet, y no he podido evitar sentir tristeza por algunas, naturalmente no las descalifico, el lector es soberano y ejerce su derecho a opinar lo que le dé la gana y ser, por supuesto, tan subjetivo como lo voy a ser yo, precisamente por ello siempre digo que sólo a partir de la suma de las subjetividades puedes acercarte a la objetividad.
A Javier Cercas se le ha criticado que aluda dentro de “La velocidad de la luz” a su novela anterior “Soldados de Salamina”. Entendería que la queja fuera en el sentido de que tal vez esa elección podría sacar al lector de la “fábula” cuando más inmerso está por introducir en ella elementos intrusos y externos que provienen de la “realidad”, pero dichas quejas no van por ese camino, en realidad le acusan velada o abiertamente de vanidad o egolatría y ahí no me queda más remedio que discrepar: a mí, dicha alusión, me parece un acto de generosidad tan simple como el que hacemos cuando decimos: para no acusar, para no hablar de otros me pongo yo el primero, y eso es lo que hace: prestar al personaje experiencias y sentimientos propios sin dejar por ello de inventar sin apartarse en ningún momento de la “ficción”. También he visto que se ha considerado descabellada la comparación entre los destrozos que produce una guerra y los que produce el éxito, y vuelvo a pensar con lástima que la novela y las intenciones del autor no han sido del todo comprendidas: “La velocidad de la luz” habla de cuando el alma de la persona se corrompe y el hecho de que el conflicto bélico que describe el libro tenga un nombre y apellido tan grandes como Guerra de Vietnam no debe despistarnos ni desviarnos de que lo que verdaderamente importa no es el dato ni el espacio biográficos que Javier Cercas ha escogido para desarrollar su historia, porque sólo son detalles aleatorios, ambos están al servicio de la narración y ésta podría estar situada en cualquier otro lugar geográfico con otra cronología y seguiría significando lo mismo, es más, yo me atrevería a decir que al autor le ha perjudicado elegir precisamente la guerra del Vietnam que para muchos espectadores por desgracia se ha convertido en un icono recurrente y manido del cine.
Y por otro lado, ¿para qué querría investigar J. Cercas sobre otros exteriores más desconocidos pudiendo regalarnos su experiencia en Urbana, esa ciudad que al igual que el protagonista conoció en su vida real? Yo misma cuando escribo utilizo casas y entornos que conozco para no tener que pensar si la ventana o la escalera están a la derecha o a la izquierda, para dar hospitalidad a los protagonistas acogiéndolos en habitaciones cálidas que sé describir… Reitero que no hay que confundir continente con contenido; un escritor, al igual que un director de cine busca los exteriores para ambientar, para crear la atmósfera que necesita, pero siempre, como decía anteriormente, han de estar al servicio de la historia que se va a contar. En este caso los datos biográficos y autobiográficos son secundarios y sólo sirven para reforzar la idea ética y moral que el autor quiere compartir, transmitir y divulgar. ¡Estaría bueno que Javier Cercas no pudiera asomarse al horror de la guerra desde el resquicio que quisiese, desde cualquier ventana que se le abriera!, él nos ayuda a dar el salto al lado oscuro, a experimentar lo que se siente al cruzarlo para convertirte en un asesino desde cualquier detonante, pero en este caso lo hace desde el peor de todos, el más bestial e irracional: desde el miedo.
Para mi la novela también nos dice que la literatura es ese cristal, esa lente con filtro (como el que usamos para contemplar un eclipse de sol) que nos permite mirar la realidad sin que nos dañe o nos ciegue.
Habla de perder el control, la dignidad aunque se disimule, aunque los demás no lo noten, habla de que ojalá pudiéramos viajar a la velocidad de la luz para ver el futuro y desde ahí corregir el pasado, el presente… Imagino que eso es lo que hizo el autor: le bastó con sentir el vértigo de su fulminante éxito para anticiparse y calibrar el peligro que corría renunciando a que su vida se convirtiera en lo que atisbó. Por eso lamento que algunos lectores hayan confundido su generosidad e implicación con autobombo ególatra y complacencia, de hecho ni siquiera el protagonista tiene nombre, todos los demás personajes sí, detalle que a mí me parece buscado a propósito.
Es una novela preciosa de relaciones iniciáticas siempre tan bonitas.
Como en “Soldados de Salamina” el protagonista va en busca de otro y sin embargo se encuentra consigo mismo.
El soldado de “Soldados de Salamina” decide no matar a quien tiene encañonado y toma esa decisión mirando a su adversario desarmado de frente, el soldado de “La velocidad de la luz” cierra los ojos y gritando de terror dispara a todo lo que se mueve. Es bueno que un autor busque distintos enfoques, Oliver Stone lleva haciéndolo años en su cine con minuciosidad obsesiva y concretamente con el tema de la guerra del Vietnam. Sólo cuando has podido mirar un objeto desde todos los ángulos puedes decir que lo has visto.
Me gusta mucho el tratamiento que da a la amistad (la amistad también puede ser apasionada en sus inicios e incluso rayana en lo obsesivo como el amor) es muy logrado por sus componentes de fascinación, amor-odio, rivalidad… por como el germen del amigo enraíza y reposa esperando para poder desarrollarse en el momento propicio, sólo cuando ya se está preparado, por como la amistad se impone sin tener en cuenta la voluntad de sus implicados, porque la amistad es compleja y a menudo es confundida con otros modos de relación social también cariñosos y cercanos y Javier Cercas nos la ha mostrado con todas sus aristas y fisuras valiéndose de dos personajes cruciales: Rodney y Marcos.
A menudo, fuera de las novelas, la amistad se rompe porque el amigo cruza límites creyendo tener licencia para saltárselos o mejor aún, porque creía que no existían. Aquí, dentro del libro, sí se cruzan esos límites (nunca olvidaré la escena que se produce en la recepción del hotel madrileño cerca del amanecer, y lo bien creada que está la atmósfera y la conmoción que produce lo que los dos deciden jugarse), ambos amigos la arriesgan, uno por tomar la decisión de preguntar y el otro por arrancarse de las maltrechas entrañas la respuesta para regalársela. Y entonces es cuando el lector escucha todo lo que no está escrito, y cuando un escritor consigue que el lector complete o lea entre las líneas lo que él con maestría sugiere haciéndole cómplice, hay que descubrirse.
Y yo me descubro señor Cercas ante esta maravillosa novela de espejos que ha sabido asomarse al verdadero remordimiento, al vértigo del suicidio, al sufrimiento concreto oculto y prolongado de quien ha segado vidas, a tres pérdidas, que en la cúspide máxima del dolor el protagonista ilusamente cree que podría sustituir enmendándole la plana al destino, pero las vidas son únicas y no pueden ser intercambiables, sin embargo es otro logro que el autor nos haga caer por un tiempo en el espejismo de la esperanza: el juego que J. Cercas propone cuando Rodney visita en España a la esposa y al hijo del protagonista estando éste ausente tiene mucha potencia: las fotos muestran que el peculiar norteamericano encajaría de maravilla en esa familia como esposo y padre. Después en ese magnífico cierre de círculo J. Cercas invierte el término y nos hace ver que el protagonista también encajaría del mismo modo en la familia de Rodney. Pero como he dicho en renglones anteriores sus vidas no son intercambiables aunque pueda parecerlo ni siquiera cuando la compenetración de fondo es máxima, esa es la desgracia y el pesimismo que supura la novela: no hay arreglo para la guerra, no hay arreglo para la muerte. Y sobre todo creo que el autor nos avisa de que tengamos en cuenta que la vida de los otros no dura siempre, tampoco la nuestra y puede que si no espabilamos no lleguemos a tiempo de decir lo que hay que decir o de hacer lo que hay que hacer, por eso esta novela viaja a la velocidad de la luz y con ella el autor pide perdón de antemano para que quede dicho porque sabe hasta dónde podríamos llegar y conoce el efecto literario de enmendar la realidad, al menos en la literatura se puede rectificar la vida.
Me encantan todos los cierres de círculo tan atrevidos que hace, todos los espejos enfrentados que coloca para facilitarnos los contrastes como el de la camarera a la que Rodney defiende en un bar de Saigón en contraste con el de la camarera que el protagonista no defiende en el cabaret Tabú de Barcelona. Las muertes de los inocentes en Man Key con las de Paula y Gabriel en una curva cercana a Gerona, la perplejidad posterior, el aislamiento, la negación y después la asunción de la responsabilidad, de la culpa. La recuperación del afecto y el perdón de Marcos, y los dos bares, el de Urbana y el de Gerona formando el broche que cerrará el gran circulo final de una novela tan redonda.
Me quedo con la idea que transmite Marcos al final: la de pintar y escribir por el placer de hacerlo, y con unas palabras del propio autor dichas en una entrevista: “Tanto el éxito como el fracaso son espejismos”.
Gracias por la humildad SEÑOR CERCAS y por escribir a entraña abierta.

Un abrazo
Pili Zori