"LAS ACACIAS", Película de Pablo Giorgelli

Esta tarde he contemplado embelesada la película argentina “Las Acacias” del cineasta Pablo Giornelli. Y digo bien la palabra contemplar porque esa es la forma de verla: mirando hacia fuera y también hacia dentro -tal y como lo haces- cuando vas de viaje; además tiene el ritmo exacto de la road movie que te permite absorber el paisaje en movimiento mientras tú vas quieto y meditas, o te adormeces con el ronroneo acunado del vehículo que te adentra -al igual que  a los personajes- en la confianza del inevitable sueño. Ese es otro de los grandes temas que propone esta obra: cómo se genera y desarrolla la confianza entre extraños.
Si transcribiese aquí los premios que el largometraje recibió os aseguro que ocuparían más espacio que el propio film, así que no os abrumo; resumiré diciendo que en todos los bordes del mapa y también en las tierras interiores fue comprendido en su lenguaje universal, y galardonado en los festivales de cine más importantes del mundo desde Cannes a el Film Fra Sør de Oslo, pasando por los de Londres, Bombay, San Sebastián, Bratislava, Kiev, La Habana, Asunción de Paraguay…
Los primeros fotogramas que aparecen en pantalla son bellísimos: un racimo de haces de luz cenital, casi sobrenatural, se filtra desde el cielo entretejiéndose por las ramas de un bosque de altas y robustas acacias. El espectador ve una especie de humo que se adentra por la esquina de la pantalla y un ruido difuso que va en aumento y que aún no sabe descifrar; pronto verá caer un majestuoso tronco de árbol, el sonido provenía de la sierra eléctrica, y la humareda era el polvillo de la madera; la sensación es de muerte. Y desde esa metáfora parte la película, enseguida trasladaremos la imagen al estado de ánimo del protagonista, así se siente: como un tronco derribado y muerto dentro de ese bosque cerrado en sí mismo; aunque el público desde su butaca de la sala de cine ignora aún si el personaje es consciente o no de ese sentir que quizá confunde con vida, con su modo de estar en ella.
La preciosa y -en apariencia- sencilla filmación trata de un camionero, Rubén (interpretado de forma magistral por German da Silva) y su pasajera. Rubén es un hombre solitario que desde hace años transporta madera de acacia en la ruta entre Asunción y Buenos Aires. “Un amigo” le pide al transportista que lleve a una joven mujer hasta Buenos Aires, después sabremos que el amigo es el jefe de Rubén, y que la madre de la joven es la empleada doméstica del patrón, detalle vinculante que nos explica el status social y subalterno de ambos protagonistas. Jacinta (Hebe Duarte) llega tarde y además lleva en brazos a su hija Anahí (Nayra Calle Mamani) una bebé de cinco meses de la que no le habían hablado al conductor y como añadido sendos bolsos que hacen que parezca un perchero. Todo indica un mal comienzo de viaje, (mensaje y señales que el espectador recibe a través de los gestos y movimientos hostiles del camionero que no hace amago de ayudarla), y la actitud cohibida de Jacinta. Más tarde la escucharemos decir resuelta ante los guardias de la frontera que la niña no tiene padre, y que va con ella a Buenos Aires a visitar a una prima; la cámara captura en ese instante uno de los primeros sentimientos encontrados y contrapuestos de Rubén, más adelante se agregarán otros al oír como Jacinta llora cuando cree que  está dormido, al verla reír mientras cambia de pañal y de ropa a la niña en los puntos de descanso sin saber que está siendo observada; comprobaremos como se encela cuando ella charla amigablemente con un compatriota, escucharemos todo el bullicio interior del transportista y cómo él se pregunta sin palabras qué le está ocurriendo… Rubén empieza a romper el escudo, y sin temor a exagerar aseguro que oímos el deslizar de la cremallera, escuchamos como se abre la grieta. Para entonces los espectadores hemos hecho especulaciones, algunas incluso preocupadas, ya que de forma sutil en una escena anterior hemos comprendido la mirada que él baja hasta su propia entrepierna. Pero poco a poco y con un buen uso del gotero de las sorpresas el director a través de sus intérpretes nos va desvelando más detalles: ella va a buscar trabajo. Algo le ha pasado con su madre a juzgar por los ademanes que hace al hablar por teléfono. ¿Se fue sin despedirse?, ¿salió huyendo?, ¿es con ella con quien habla en realidad?... Rubén tiene un hijo al que no ve desde hace ocho años –de nuevo los sentimientos de paternidad vistos desde las dos partes, desde ambas versiones- Jacinta no quiere saber nada del progenitor y la madre del hijo de Rubén se fue con el niño y otro hombre a los Estados Unidos, en un instante en el que él baja del camión para fumar y serenarse Jacinta descubre en la guantera un pequeño álbum de fotos en el que aparece el hijo junto a él y la bicicleta que le obsequió, la cámara confirma así que la confidencia compartida es real, pero pronto sabremos que conocer esas respuestas no es lo importante.
Aunque caiga en tópicos manidos es curioso que el largometraje muestre a personas tan silenciosas, con la fama de incontinentes verbales que tienen los argentinos, y en general los latinoamericanos, pero lo cierto es que estamos ante una pequeña gran pieza de puro cine, ya que son las imágenes y los elocuentes silencios los que se explican por sí mismos, y el tema principal trata de lo que no se sabe expresar, comunicar, exteriorizar... Es como si al director y a su coguionista (Salvador Roselli) les hubiesen pedido que usaran las palabras exactas, sin derrocharlas, guardándolas para que sean bien usadas en el momento preciso, en el instante oportuno, las justas, ni una más ni una menos, y que con esa escasez de recursos se las arreglaran para construir una pequeña y delicada pieza de orfebrería. Serán las miradas tímidas y alternas, las reacciones, las actitudes, los cambios de luz, la colocación de los personajes en escena al aproximarse o alejarse con movimientos leves en ese cubículo inevitablemente cercano los que irán desgranando y exprimiendo el jugo de cada una de las semillas dulces, sensuales y carnosas de dicha granada ocultos tras la dura y protectora piel.

Como era de esperar, (aunque no por ello la película es previsible ya que en esa pequeña cabina de camión se respira una atmósfera inquietante), la relación poco a poco se va suavizando y el espectador asiste con placer al resquebrajamiento final de la armadura del hombre; y entonces comienza a fluir toda esa ternura masculina que un día quedó encerrada en el interior hermético de ese cuerpo con cicatriz que vemos cuando se asea en los baños de las gasolineras en las que paran para mostrarnos su desnudez física y anímica en ese momento de intimidad.
La historia no nos resulta desconocida, es tan antigua como el mundo: se trata de alguien que se encerró en sí mismo a causa del dolor. A menudo esas personas nunca vuelven a abrirse, pero él mirándose en el espejo de ella y tomando en brazos a la pequeña –encantadora excusa para la catarsis- vuelve a sentir, a reencontrarse a sí mismo y no le queda más remedio que buscar las palabras que le vulneran en ese largo y doloroso viaje que va desde el corazón a la boca, y finalmente las pronuncia. Son tan simples y sencillas como pedir una cita pero el universo entero cabe en ellas porque reviven, redimen, resucitan… aunque den miedo, el final es conmovedor y todo el público se libera con una sonrisa enorme.
Fue difícil desarrollar el rodaje en el diminuto espacio de la cabina, los actores lo sostuvieron sin más recursos que la fuerza de los gestos fundamentalmente en primeros planos y medios, las paradas del gran vehículo unidas a los paisajes distendieron. Pero la filmación tuvo el agravante de que los ritmos -como es lógico- los marcaba la pequeña con sus horarios de biberones, higiene y sueño. Impresiona ver cómo la actriz parece su madre real y cómo la nena también la mira como hija propia, una beba -como dicen ellos- bonita y expresiva hasta extremos con los que seguramente no contaban, un regalo que produjo una corriente de afectividad que se salió de la pantalla.
La película es bellísima, rezuma respeto, y sobre todo verdad.
Una vez más queda demostrado que no son necesarios disparos, persecuciones entre malvados ni grandilocuencias épicas para provocar el interés, la conexión del público y de la crítica; la vida cotidiana suscita el mejor suspense y está llena de historias de héroes anónimos con la difícil misión de resurgir de las cenizas para enamorarse por primera vez, o de nuevo, corriendo todos los riesgos.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

En el Ensanche de Vallecas hay más niños que escuelas

El Ensanche de Vallecas, visto por unos ojos forasteros, huele a vida y a futuro, notas esos aromas al aproximarte porque cada uno de los edificios es distinto al colindante, por tamaño, silueta o color… ningún anciano podría perderse en toda la zona ya que el tono verde hierba de una de las construcciones es un faro de orientación sobre el asfalto, al igual que otro naranja… tampoco los niños se extraviarían.
No hace falta ser entendido en arquitectura para comprender que el diseño fue pensado por y para el bienestar y la convivencia (os remito a una interesante película titulada “El arquitecto” en la que ocurría todo lo contrario dado que la construcción creaba infelicidad, hasta ese punto es responsable el constructor de moradas que sólo se implica en la estética).
El inmueble que mejor conozco para mí tiene forma de gran crucero, con sus ojos de buey señalando camarotes, en realidad pequeñas viviendas o grandes apartamentos, según se mire; el enorme barco anclado, o varado -como más os guste- tiene su alberca en el medio y un alrededor en forma de plaza, con columpios, bancos, baños comunes, soportales, una especie de local social -con gran mesa y sillas- que previo aviso -para no solapar- permite la celebración de cumpleaños o eventos… De modo que resulta inevitable que en ese rodeo interior diario flanqueado por los pisos terminen conociéndose todos los vecinos.
El primer sentido que se activa es el oído y el sonido de los niños, con pelotas, carritos de bebé, motos y bicis sin pedales… lo llena. En otros barrios más antiguos ya sólo escuchas el eco del recuerdo, salvo por la llegada de nietos irrumpiendo en el aire para hacerle agujeros con los gritillos agudos y desinhibidos en lengua de trapo. Pero lo más sorprendente son los retazos de conversaciones que atrapas al vuelo: “No cojas el cubito de Javi, debes pedirle permiso primero”. Los juguetes yacen libres y seguros por todas las zonas de arena y columpios o descansan sobre la hierba, como mucho se teme que los nenes extravíen alguno porque luego lo echarán de menos convirtiendo la cena y el baño en una serenata, pero ninguno se lleva los que no son suyos aunque sí los comparten.
Sus padres son jóvenes, altamente cualificados con independencia de que hayan podido ejercer o no sus profesiones. La mayoría trabaja hasta la extenuación -en lo que puede- por sueldos precarios, y con los dos salarios apenas consiguen lo que antaño se consideraba una paga digna.
Compraron su hogar cuando más caro estaba, pensando que los empleos serían estables y ubicados en el mismo lugar de por vida, y así quedaron atrapados por la hipoteca, ella se comerá los viajes de juventud a los que sin duda tenían legítimo derecho, cenas de aniversario que no obstante celebrarán dentro de casa -como es natural no hablo de todos, pero sí de muchos-. Cultivarán la amistad y las relaciones por wasapp porque entre pañales, biberones, papillas, y transiciones, metros, autobuses y trenes ¿dónde queda el hueco si no?, y encima los que andamos a ritmo cómodo tendremos la desfachatez de tildar de adicción el tecleo.
Cerca de la casa un generoso trozo de campo, que inmensamente compasivo cubre de amarillo y malva lo que iba a ser jardín, les da la bienvenida al salir de la boca metropolitana. Pero aunque lo del parterre fue otra promesa que no se ha cumplido, no importa porque las flores silvestres siempre son muy celebradas en Madrid.
El problema viene ahora. tras este bucólico canto habréis notado un olvido: ¡El colegio!
No es un descuido, había dejado la puñalada trapera para colocarla en el centro de esta historia, pequeña e irrelevante para otros, de suma importancia para ellos:
Frente al edificio con forma de crucero hay un flamante colegio público diminuto que paradójicamente los vecinos han visto construir hasta hace relativamente poco tiempo, y lo mismo ocurre con los demás, escasos y atascados en lo que ya constituye una ciudad: -El ensanche es una gran urbe dentro de otra- incluso los concertados rebosan niños casi superpuestos. Aproximadamente mil criaturas necesitan escolarización, chiquillos y chiquillas que figuran en el censo, ¿por qué no se ha previsto  ni asociado a las plazas de colegio dicha lista de padrón?, no lo sé, pero han tenido tiempo de sobra para añadir o ampliar incluso sobre la marcha.
Los nacidos en el 2014 son pequeñetes, algunos cumplirán los tres años a punto de entrar en el cole; y ¿qué van a hacer con ellos esos padres, hipotecados, teletransportados, y extremamente atareados, por decirlo de forma eufemistica? Hablamos de Madrid y salirse del área a la que se tiene derecho y prioridad supone levantar a los hijos de madrugada, cuando bastaría con cruzar la calle. No se trata sólo de habilitar un viejo inmueble, ya he dicho en renglones anteriores que son padres altamente cualificados, no “aparcaniños” como a veces tienen que oír; y saben lo que quieren y lo que sus hijos necesitan; los trabajos les han llevado hasta allí, y no todos los abuelos viven en la misma ciudad, tampoco los sueldos dan para nurse… y por ello desean a priori conocer el sistema educativo, la hora del comedor...  para saber a qué atenerse -todos tenemos la certeza, a estas alturas, de que la conciliación familiar es una milonga- algunos tendrán que reducirse el horario de sus jornadas laborales y aun así llegarán a la salida de la escuela echando el bofe.
Tengo la sensación de que ante las reivindicaciones o reclamación de los derechos, o simplemente del sentido común, los estamentos o instituciones interpelados de inmediato se ponen a la defensiva y se acorazan como un bunker sordo que se limita a amontonarlas frente a la puerta en burocráticos paquetes y por orden de caída, y cuando se llama a dicho portal para ver cómo va el asunto, la respuesta suele ir revestida de orgullo o de soberbia como si la legítima demanda constituyera en sí misma una afrenta. Y es que no escuchan: ¡¡¡¡Símplemente en El Ensanche de Vallecas hay más niños que escuelas, y hay que solucionarlo sí o sí !!!!
Yo puedo aportar poco, por ello me limitaré a invitar a quien corresponda, a que se aleje del despacho y sus inquinas y le daré un empujoncillo cantando por Gabriel Celaya “¡A la calle que ya es hora de pasearnos a cuerpo!” y le pediré que vaya en metro desde el centro para comprobar cuanto se tarda, y que al apearse, por fin, vea el atardecer de El Ensanche que sin duda es único e inigualable, y que en cualquiera de sus placitas o patios interiores, pregunte, escuche, anote, o simplemente transcriba -porque el trabajo sin duda se lo darán elaborado- que vea esos rostros tan jóvenes y tan angustiados, heroicos y con tanta ausencia de vanidad, mientras los nenes juegan, y que extienda la cinta métrica para seguir ensanchando El Ensanche con la enseñanza y los buenos enseñantes y entonces la satisfacción por lo bien hecho estará garantizada. Sólo añado que no busque colores concretos porque allí están todos, hasta dentro de las familias los hay distintos. Y que trabaje para la gente, para toda la gente unida por el cordón de las mismas ilusiones y las mismas penas. Porque no se merecen el miedo y la incertidumbre que están pasando en una población que tanto y tan bien huele a futuro.

Pili Zori

RECTIFY, serie de TV

Nunca creí que pudiera decir algo tan categórico: ¡Es lo mejor que he visto en mi vida! Y os puedo asegurar que ya llevo un gran trecho vital llenándome de buen cine.
Rectify es una serie, pero creo que desde que hicieron su primera aparición Los Soprano para continuar con Mad Men, En terapia, A dos metros bajo tierra…, todo el mundo tiene claro que los films se volvieron más largos y que se consumen por entregas en toda clase de pantallas caseras, la mía es grande para no traicionar demasiado a la liturgia, ya sabéis: acicalarte para salir de casa y dirigirte hacia la taquilla a comprar la entrada, introducirte en una de las salas y acomodarte en la butaca compartiendo la oscuridad en comunión con los demás espectadores para crear esa energía especial subjetiva y potente junto a la suma de todas las intimidades que allí se respiran.
Aunque es justo decir que el ritual también tiene sus inconvenientes: palomitas, toses, ruidos, cabezas que tapan… e ir y volver por la película es una ventaja enorme, parar si es necesario para tomar nota de un diálogo, de una frase, de alguna reflexión… mejor todavía. Así que Rectify la estoy viendo en casa, concretamente en la sección de vídeo gratuita de Ono Vodafone, tres temporadas completas y parte de la cuarta y última que disfruto a cuentagotas muriéndome de impaciencia. La emite el canal SundanceTV.
Voy al meollo, que tengo la mala costumbre de “preambular” en exceso, se ve que me cuesta decidirme a efectuar el abordaje, os pido disculpas por ello.
Daniel Holden (Aden Young), fue condenado por violar y asesinar a su novia de dieciséis años, él tenía 18, y en el corredor de la muerte pasa dos décadas preparándose para morir en la silla eléctrica. Recluido en una celda blanca y aséptica, de la que no sale nunca, sobrevive gracias a la lectura de libros y al amigo que escucha a través de la rejilla, de quien sólo conoce la voz. La literatura siempre salva. El lenguaje de Daniel inevitablemente es literario, no por rebuscado sino por hondo, como es lógico no ha podido adquirir el coloquial, el de las bromas y lugares comunes que refleja el paso del tiempo, la jerga generacional. En otra de las celdas también está el compañero antagónico, “el malvado” -en apariencia- para hacer contrapunto, el buen y el mal ladrón como en la imagen cristiana de la crucifixión. Pero Ray McKinnon, creador de la serie, encuentra siempre el resquicio para redimir, y es que todos somos capaces de lo peor y lo mejor, la diferencia está en las decisiones que tomamos, aunque hay que considerar que no siempre tenemos la posibilidad de decidir.
A veces experimentaremos junto al protagonista sensaciones de pérdida de la realidad por falta de referencias espaciales que hasta nos harán preguntarnos si el amigo será de verdad o imaginario. El autor redefine el concepto de soledad, de verdadero aislamiento. Y entretanto a aguantar las terribles, humillantes e impunes violaciones de rigor y en grupo infligidas por sus carceleros, ese es el único contacto físico con otro ser humano que Daniel Holden obtiene, no se puede crear mayor confusión en el alma de un muchacho que apenas comenzaba a vivir, a despegar de la adolescencia cuando le recluyeron.
En esos 20 años ha comido solo, no ha visto los cambios de estaciones, ni el del día o la noche, ni la luna o el sol. Y nosotros los espectadores entendemos al fin una realidad nunca antes contada, algo que jamás hemos padecido, con lo que antes no podríamos empatizar, y sentimos que nuestro pequeño mundo se agranda, que la sensibilidad se expande hacia un conocimiento nuevo, que Ray McKinnon ha extendido un puente para salvar esa brecha de incomprensión.
Un buen día, en el exterior, comienza a aplicarse la prueba del ADN y se descubre que el de Daniel Holden no estaba en el cuerpo de Hanna.
¿Qué fue lo que pasó en realidad?, ¿por qué se declaró culpable entonces?, ¿cómo se llevó la investigación por parte del senador, del juez, del sheriff y de las autoridades de aquel tiempo?, ¿cuántas horas duró el interrogatorio?, ¿se trataba de atribuirse méritos?, ¿de presentar un escabroso caso resuelto con rapidez y pericia?, ¿o de descubrir la verdad?
Contado así podría parecer una serie más de género carcelario, pero nada que ver, ni nada más lejos. La mirada sutil de Ray McKinnon retrata la ciudad de Paulie (Georgia) al igual que a los personajes; y lo hace sin prejuicios ni inclinaciones, pero con nitidez, e intenta comprender, como cuando perdonamos y amamos a nuestros seres queridos, a nuestro lugar de nacimiento, de crianza, a nuestro país… pero sin dejar por ello de ser justos a pesar del dolor, de la presión, de los intereses, de la tendencia a la cobardía. Pero precisamente de la cobardía nace la valentía, porque queramos o no, tarde o temprano no nos queda otra que enfrentar la vida y los errores cometidos, y en este caso McKinnon nos coge la barbilla para que no miremos hacia otro lado.
Al espectador no le importa si Daniel Holden fue culpable o no, aunque haya dudas razonables, y no le importa porque los delitos prescriben, hasta los más abyectos, y la penitencia justa o injusta está de sobra pagada con la muerte en vida que es la peor. Y no hay vuelta atrás que pueda cambiar los hechos ni recuperar los años de clausura. Por ello la historia se centra en la dificultosa inserción, Daniel ya no encaja como una pieza más del puzle, el espacio en el que debería haber evolucionado lo pasó en su celda, y al principio estorba en todas partes se admita o no, y su presencia es inquietante. Tampoco, aunque lo intente, puede subir al desván para partir desde donde lo dejó, desde el radio cassette, o los videojuegos. Tiene 38 años, fue del instituto a la cárcel, nunca ha trabajado... No es difícil acostumbrarse al funcionamiento de un cajero automático, a llevar teléfono móvil, a conducir, a guardar horarios, no, eso se aprende. Lo duro es recuperar el sentido de pertenencia, mirar desde el exterior la cárcel sin sentirte parte de ella sin querer volver a tu celda porque lo de fuera es peor: tomar decisiones, convivir con todo lo que para él es imprevisible; soportar el dolor que la circunstancia infligió a su familia, sentir, palpar el estigma que todos los suyos llevan… Por tanto su vuelta es una catarsis obligada para todos. Amantha, su hermana, a quien le debe la salida gracias a su denodada lucha tras conseguir para él cinco apelaciones, tampoco sabe qué hacer ahora sin su cruzada. Sentimientos de Caín y Abel embargan a Teddy (Claine Crawford) el hermanastro que con su llegada siente que le han usurpado el territorio familiar y laboral con su mujer incluida, puesto que la delicadeza del cuñado la deslumbra y crea en su existencia un punto de inflexión. Más tarde veremos la potencia de esa pareja, sin referencias maternas, formada por Tawney (Adelaide Clemens) y Teddy.
Daniel, sin pretenderlo, es la criba para que todos ellos dejen lo esencial y eliminen lo superfluo. Sufriremos con Teddy el dolor de la renuncia, la búsqueda de la propia identidad, de los verdaderos objetivos, sin refugios ni escondites. Creíamos conocerle, le habíamos juzgado como conservador y reaccionario, como fiel representante de los prejuicios sureños, pero nos encontraremos llorando con él y por él, ya que todos y cada uno de los personajes sin excepción son hermosos y  profundos, porque hasta con los puramente dañinos como el senador, McKinnon sabe utilizar la justicia poética.
Daniel es la piedra de toque que obliga a distinguir la plata y el oro de otros minerales desechables. En todos y cada uno de los miembros de su familia se va a producir un balance necesario, una mirada hacia el interior que ponga en orden, y dé cuentas del pasado de lo vivido, para que la purificación permita un futuro emocional honesto.
Pero el autor no se conforma con dejarnos mirar desde la barrera, así que también nos incluye y busca el tiempo, el ritmo y los tonos para ajustarlos a los nuestros, para dejarnos respirar, y así nos vemos dentro de las pausas escuchando los pensamientos, reaccionando a la vez, pensando lo mismo, siendo ellos, soportando lo que sienten en el tiempo exacto que necesitaríamos para hacerlo. Y desde el principio somos parte ya que a cada uno de los personajes les reserva espacios propios, compartimentos estanco, para que nos dé tiempo a visitarlos, a estar a su lado.
Pero por mucho que intente explicar, no sirven las palabras.Esta historia hay que verla. Desde que me he sentado a escribir y compartir mis impresiones tengo la desagradable sensación de que la desvirtúo. Así que me limitaré a hablar con pinceladas de los detalles técnicos, diré que los encuadres con los personajes al lado de ventanas, de puertas…, están ofreciendo los paralelismos del encarcelamiento. Que la serie contiene todas las pautas para la purificación, que nos habla de la complejidad de lo simple… Que la iluminación y la banda sonora crean la atmósfera melancólica de lo que podría haber sido la vida, años irrecuperables, pero sobre todo diré que Rectify también habla de redención, de dejar volar aunque duela el despegue, de que a todos los componentes de esa familia les queda mucha vida que no se contabiliza en tiempo sino en claridad. Han de aceptar humildemente quienes son sin las capas, con todo el desgarro que el esfuerzo conlleva. Sólo así llegará finalmente la esperanza y el esplendor deslizándose con tal suavidad por la pantalla que hasta el mismo espectador se dará cuenta de repente de que está mirando el mar, que ya hace rato que el nuevo día le baña e ilumina junto a ellos.
Hay imágenes imborrables como la de Daniel y su madre sentados frente al océano, es la primera vez que él lo ve.
Por afinidad, Janet (J. Smith-Cameron), en su papel contenido de madre y también de mujer con todo su tumulto interior me remueve enormemente, ya en la escena en la que van a esperar a Daniel a la salida de la cárcel y ella permanece expectante como si tuviera que pedirle permiso para abrazarle nos dice todo sobre la culpa indefinida que sufre, y ese es uno de los silencios más elocuentes que he visto en cine. Otra de sus escenas clave se desarrolla cuando recupera los cachivaches que su hijo pródigo ha tirado a la basura intentando desprenderse de un pasado que ya no le sirve; posteriormente se producirá la contraria: cuando ella misma decide vender a través de internet -ayudada por Jarret (Jake Austin Walker), el hijo menor- su bicicleta, y otros enseres antiguos. Hay muchos estados de ánimo que se trasladan a los objetos: Daniel adquiere una cocina de gas para regalársela a su madre sin captar que hace tiempo que sólo usan electricidad. Es Ted, el padrastro, quien comparte y comprende el valor de la cocina en sí -no todo lo moderno es mejor, tampoco le gusta el microondas- y quien también entiende el gesto de Daniel que intenta colaborar, tener algo que hacer por su familia aunque sus referencias se hayan quedado anticuadas.
Pasajes como el del baile con Cloe (Caitlin FitzGerald) son tan hermosos, que aún a riesgo de reiterarme no me cansaré de decir que la verdadera belleza no es sólo estética.
En fin, la han dirigido 18 directores, nunca saldré de mi asombro por cómo consiguen ensamblarse tantos artistas con voces distintas jugando a favor de una historia, dándole unidad, respetando el estilo que el autor desea y conseguir la magia.
La labor de los actores es imponente, no hay papeles secundarios, ni menores por poco tiempo que dure su presencia en escena, es una coral que se mueve con precisión por un perfecto engranaje, y el espectador sabe, con certeza, que cuando no los ve siguen estando, viviendo ahí, y hasta se preguntas que harán cuando la cámara pasa por delante de sus casas.
El sheriff Carl Daggett (J.D. Evermore) por ejemplo, tiene un papel de apariciones cortas pero de enorme importancia que sin embargo es el pespunte que va cosiendo la trama, con esa capacidad para transparentar en silencio, o con su laconismo, todo lo que lleva latente con el caso que hereda y que está lleno de irregularidades en un lugar en el que todos los vecinos se conocen… A nadie le gustan los enfrentamientos, pero poco a poco con cada pequeño descubrimiento vemos cómo se mantiene con prudencia en segundo plano, pero recabando información y cómo no ya el sentido del deber sino su propia ética, su propia humanidad le inclinan a abominar de la maloliente injusticia.
El papel de Amantha (Abigail Spencer) que luchó por su hermano pero se olvidó de sí misma, tampoco para ella es tarde, su interpretación es superlativa.
La fuerza de Tawny convirtiendo su vulnerabilidad en fortaleza, dificilísima interpretación llena de ambivalencias.
Ted, el padrastro (Bruce McKinnon): la contención, la bondad…
Y como es natural el trabajo de más peso: Daniel Holden (Aden Young). Se me va a desencajar la mandíbula con tanto asombro, tiene tantísimos registros en ese bellísimo rostro… y de todos ellos salen brillos porque es tan facetado como un zafiro.
Rectify posee muchas connotaciones espirituales que aunque probablemente se nutren de la religión en cuanto al imaginario colectivo nada tienen que ver con ella.

Concluyo, cuando la veáis comprenderéis que cada capítulo da para un fórum trepidante y lleno de epílogos subjetivos que unidos agrandan más, si cabe, esta obra de arte enorme a la que le estoy tan agradecida.