"El mar, el mar", de IRIS MURDOCH

Lo prometido es deuda. Aún no he compartido con mis compañeras la última sesión de club en la que como otras veces he dicho hacemos una rueda de conclusiones finales. Dadas las fechas y el número de páginas es posible que tengamos que esperar hasta después de las vacaciones de navidad para ponerlas en común, pero me apetecía asomarme por aquí, sentiros y expresar ante vosotros las mías.

Cogí el libro a ciegas por la recomendación de una amiga con gusto literario y cinematográfico exquisitos que acude y pertenece a otro club. Me dijo que en el suyo había funcionado muy bien y me regaló uno de los párrafos que había escogido y que atesoro con especial cariño.


29 – Julio -2010
“El pasado entierra al pasado y debe terminar en silencio, pero puede ser un silencio consciente, que permanece con los ojos abiertos”. (El mar, el mar. Iris Murdoch.)
Para ti Pilar, por tu cariño y atención hacia la “troupe”.
P.F.

El protagonista de "El mar, el mar",  Charles Arrowby, un famoso y encumbrado dramaturgo que ha ejercido todas las facetas del teatro -encima de las tablas como actor, delante de ellas como director, y detrás como escritor- tras una larga trayectoria laboral salpicada de amores infructuosos decide abandonar las bambalinas y retirarse a un apartado y hermoso rincón de la costa londinense con la intención de escribir sus memorias y tal vez de purificarse. El oleaje del mar se encargará de poner la música de fondo a su auto-psicoanálisis devolviéndole con la marea su vieja mochila con todos los fantasmas del pasado y horadando con su sal en las heridas mal curadas.

Dicho así podría parecer que la novela se limita a hacer balance de su vida de una forma ordenada y cronológica, pero nada más lejos.
En la primera sesión, muchas de mis compañeras se quejaron.

-¡Cien páginas sin que ocurra nada, limitándonos a ver casi en tiempo real, lo que compra lo que cocina…!

Preocupada les dije que no habría problema en cambiar de libro, que le dieran de margen otra semana y que si con doscientas páginas seguían experimentando el mismo tedio lo devolvíamos y no pasaba nada.
Me dedico a la animación a la lectura y con una novela de 730 páginas hay que sopesar en la balanza los riesgos de deserción, y como siempre queda la posibilidad de leer el mismo título de forma individual la novela seguiría estando disponible para quienes quisieran continuarla en solitario.
Suelo hacer mucho caso a las primeras impresiones del club, mis compañeras son lectoras avezadas y tienen mucho ojo para los desequilibrios tanto de trama, como de ritmo, prosa, composición, credibilidad… En ese momento llevábamos el mismo ritmo de lectura, como coordinadora suelo tener el libro leído de antemano, pero en esta época y desde hace algunos años también cumplo con otro compromiso literario, así que no había tenido tiempo de adelantarme y me faltaba la idea global tras la lectura completa.

Durante el resto de la semana me quedé pensando que por mucho que nos ofrezcan como oro molido una obra artística si la despojamos de los contaminantes buenos, como son los del currículo, que ya enumeré sobre la autora en la entrada anterior al hacer el comentario sobre la película Iris (su relevancia intelectual como filósofa; su valentía vital, social y política alimentada desde la infancia en escuelas progresistas; los manantiales artísticos y científicos de los que había bebido -como los grandes maestros rusos, su pasión por Sakespeare, su interés por Freud- y que el Reino Unido le debe gracias a sus traducciones el haber podido conocer la obra de Jean Paul Sartré), lo que queda es la novela en sí, sin más añadidos que el paso del tiempo, y el lector es soberano a la hora de apreciar lo que tiene entre las manos y dueño absoluto de su criterio sin que ningún oráculo tenga que conducirlo o convencerlo. Así que si el club le veía fallos tal vez “El mar, el mar” no fuera oro molido.

A la semana siguiente la sorpresa fue que a muchas de las que no les había gustado la primera sesión ahora les encantaba la segunda, nunca nos había ocurrido algo así, lo achaqué a que quizá en un libro tan extenso también la división de las partes comprendería más páginas para obtener el equilibrio y la simetría buscados y que por ello el arranque había sido largo. Era cierto que el comienzo estaba lleno de preámbulos, tal vez porque el protagonista se demoraba en abordar el inicio de sus memorias, le daba miedo enfrentarse a sí mismo, pero en justicia diré que precisamente esas reiteraciones, esos rodeos, ese afán por entretenerse con la intendencia para no afrontar su problema principal creaban la atmósfera y subrayaban su estado de ánimo: Charles no sabía por dónde empezar. Pero nosotras, sin darnos cuenta, estábamos asistiendo en ese vaivén de recuerdos desordenados en apariencia no sólo a los hechos de su pasado que llegaban hasta la orilla sino a cómo estos le afectaban, nos estaba concediendo el honor de escucharle tras el diván, por tanto ¡sí! estaban ocurriendo cosas en esa aparente calma chicha aunque no lo estuviéramos percibiendo de forma consciente. En ese proceso de escarbado estábamos teniendo el privilegio de ver lo que sucedía a su alrededor al mismo tiempo que él intentaba escribir, y hacer eso en literatura es muy difícil. Por decirlo de un modo sencillo: es algo así como manejarse en varios planos a la vez sin cortar escenas, ni salirse de ellas.
Poco a poco iban apareciendo los distintos personajes que perturbarían el aislamiento escogido por el protagonista, todos ellos, como en el teatro, se presentaban por orden de intervención y con aparatosa grandilocuencia histriónica. Una de mis compañeras dijo:

-Lo que en realidad escribió Iris Murdoch no fueron las memorias de este señor sino una obra de teatro.
A lo que otra añadió:
-Exactamente, pero con personas reales. Charles Arrowy es un director, déspota, manipulador y ególatra, que se está montando su película tal y como a él le gustaría que fuese su vida y quiere que en ella todos bailen a su son y ejecuten el papel que a él se le antoja.

Y en esas deliberaciones especulativas estábamos cuando de pronto en el reparto apareció su antiguo amor de juventud para convertirse en el eje del conflicto emocional que iba a marcar el punto de inflexión, aunque ya antes nos había sido presentada a través de sus recuerdos. Hartley abandonó a Charles sin darle explicaciones antes de que él se marchase a la universidad, más adelante veremos si en realidad se las dio y si él supo escucharlas o no. Hartley está casada tiene un hijo adoptivo y vive desde hace años precisamente en ese pequeño lugar que él ha escogido para retirarse. Tras espiar bajo su ventana una discusión de Hartley con el marido decide que ella no es feliz y se dispone a secuestrarla. Para entonces en el club ya se había suscitado un debate apasionante sobre las conjeturas, en el cual nosotras también conjeturábamos.

La autora con mano maestra nos cuenta la historia tal y como el protagonista la ve y cuando ya hemos dado por ciertas las sospechas y hemos hecho el juicio sumarísimo gira la tuerca y nos hace comprender que él protagonista estaba equivocado y que nos habíamos basado en sus subjetivas hipótesis e imaginaciones, a partir de ahí el lector mira y escucha con cautela, por creíble que parezca lo que lee se empieza a preguntar ¿será verdad? y aguarda y agudiza todos los sentidos hasta obtener más datos.
Algunas de nosotras coincidíamos en que la novela tan pronto parecía un vodevil con puertas que se abren y se cierran sin parar, como un culebrón con lenguaje de calidad…, o nos remitía a toda clase de novelas ya leídas, sesudas unas, ligeras otras… sin que termináramos de pillarle la clave de suspense, de comedia, de drama o de tragedia.
Fue ese desconcierto tan saludable el que me hizo pensar que estábamos ante algo nuevo e insólito y que tal vez por ello nos sentíamos desorientadas y de ahí el afán de buscarle a la novela el género para sentirnos más cómodas y poder aferrarnos a lo conocido.

Lo cierto es que aunque la novela maneja todas las herramientas abocadas al entretenimiento superficial el libro no pierde un ápice de su profundidad ni de su planteamiento existencial ni filosófico. Como tampoco le faltan elementos humorísticos, góticos… Puede que “El mar, el mar” sea la mezcla de todos los géneros y que tras pasar por el matraz se destile en una nueva esencia con envase decimonónico con contenido moderno de novela por entregas.
En ella salen a la palestra las relaciones de poder con todos sus matices como por ejemplo los elementos sadomasoquistas que todos llevamos dentro en mayor o menor medida, ambos extremos son armas de dominio que manipulan y encarcelan.

“Qué interesante, es revelador lo fácil que resulta asustar a la gente, desconcertar a alguien, perseguirlo y aterrorizarlo hasta hacerle perder la cabeza y convertir su vida en una pesadilla. No es de extrañar que florezcan los dictadores.” Nos dice uno de los personajes en la página 95.

El mar, el mar” también toca a la pareja y sus infiernos y estudia su variedad. Para ilustrarlo están Pamela y Perry en la escena del escupitajo o Lizzie y Gilbert, homosexual con el que Lizzie encuentra un modo de vida amorosa, tranquila y amable.

Habla de la venganza, de la hipocresía, de los celos soterrados. El lector se pregunta por la increíble y sospechosa amistad que Charles y Perry conservan a pesar de que Rossina, la primera mujer de Perry se fuera con Charles para que en poco tiempo éste cambiase de capricho y la dejara tirada en la cuneta, y ese “civismo” en el que Perry manifiesta “En realidad me quitaste un peso de encima”, lo atribuye a la tan manida flema británica. Más adelante saldrá de su error, hasta ahí puedo contar.
La novela también contiene un buen análisis sobre la verdad o la mentira del teatro; sobre Irlanda; sobre si dicha verdad se encuentra en el arte; sobre si el poder espiritual lo otorgamos o existe en sí mismo…

En resumen la alta burguesía y sus líneas de pensamiento son llevadas a examen, sobre todo desde su vértice aparentemente más bohemio. En el desenlace cada personaje ocupa su verdadero lugar. Rosina sin ir más lejos, entra en política diciéndonos que con los buenos discursos se convence y se dirige fácilmente a las personas y nadie mejor que una actriz para hacerlo y Murdoch se nos transparenta entre las líneas y podemos escuchar con nitidez su voz susurrada desde el patio de butacas que nos murmura al oído con sorna:
-No te engañes querido lector la camaleónica clase dirigente siempre reconoce a los suyos, hasta entre los contestatarios que les sirven para la pátina de progresía y les divierten, cuando dejan de hacerlo pues a rey muerto rey puesto.

“Teatro, la vida es puro teatro.” Cantaba en bolero Olga Guillot, creo.
O “Vanidad de vanidades, todo es vanidad.” Parece decirnos con su estribillo el Eclesiastés.

La novela no salva a nadie, ni siquiera a “los sencillos”, los apartados del mundanal ruido en su chalecito de Shurff end como el matrimonio de Ben y Hartley de quienes ni siquiera llegamos a saber si les afecta la muerte de su hijo, el té y las pastas de las cinco vuelven a marcar el orden establecido, tampoco podemos concluir si el matrimonio, como el protagonista piensa, anda sumido en la retroalimentación de su amor dependiente y abyecto, para emitir este juicio nos faltan datos. La novela en su fondo va por ahí, ahora lo explico.
Haciendo el libro mío compartiré con vosotros mis conclusiones:
Seré compasiva con el protagonista de gigantesco ego al que hemos podido mirar por dentro, la autora nos concede esa ventaja, no dudéis de que si a cada uno de nosotros se le viera el interior, ninguno saldríamos indemnes. Creo que Charles -aunque sea al final- busca algo verdadero lejos del desengaño de los oropeles del triunfo.
Él Intenta separar lo público de lo privado, al principio con desesperación, como si perdiera el último tren y a pesar de su imperdonable manipulación y de que debe cargar con las consecuencias de la vida que ha llevado -a lo hecho pecho- y que su egoísmo da como resultado la soledad y el vacío, diré en su defensa que tan sólo pretende conseguir una familia a última hora del único modo en que sabe hacerlo: dirigiendo la función. Tampoco los demás como ya he dicho son dechados de virtudes, aquí no queda títere con cabeza.

Tal vez lo que Murdoch esté poniendo en solfa sea la decadencia de occidente. El tímido asomo de esperanza se lo lleva James con su orientalismo pero sin demasiada fé.
Quiero ser positiva y también veo que al final Charles sí consigue los arrestos necesarios para mirar hacia atrás sin temor a volverse de sal, y evalúa lo bueno y lo malo de frente y en su totalidad.
La novela gira en torno a la responsabilidad y la culpa abarcando un amplio espectro.
Y entre las muchas lecturas que provoca escogeré la que nos viene a decir que no hay diferencia entre el daño que se inflige a los demás o hacia uno mismo en el ámbito de lo real o en el de lo imaginario porque el sufrimiento es el mismo. En la cabeza se nos pueden meter muchas invenciones de las que van a depender palabras y actos. Iris Murdoch nos grita ¡No juzgues!, que te puedes estar basando en una falsa premisa.

Con este libro he aprendido que cuando alguien te muestra sus sentimientos, su intimidad, su interior… lo que importa es que está compartiendo contigo SU realidad tal y como él o ella la perciben, su enfoque personal. No importa si lleva o no razón, lo que importa es que tiene SUS razones y en todo caso tú estás a su lado para ayudar a que vea con claridad SU propia realidad interna y externa si es que esa aproximación es posible. Durante muchos de nuestros encuentros vengo repitiendo que estamos condenados a ser subjetivos y que sólo con la suma de las subjetividades conseguimos aproximarnos a la objetividad. Me alegro de que esta preocupación no sea sólo mía, y me disculpo por la reiteración obsesiva de la coletilla, pero es que todo lo que se relaciona con la percepción de la realidad es muy importante. En la página 329 uno de los personajes del libro nos dice “Eso es lo que hacen los locos, ver todas las cosas como pruebas de lo que ellos quieren creer”.

Una de mis compañeras tras hacer un inteligente y exhaustivo análisis compartió que le habría gustado poder preguntar a Iris Murdoch sobre lo que había querido decir exactamente con este libro. Aclaro que no lo dijo porque no lo entendiera, a pesar de su sagacidad es muy humilde y no podía evitar tener la sensación de que algo importante se le escapaba, sensación compartida por mí y por muchas de nosotras, sin duda. “El mar el mar” hay que leerlo primero deprisa y todo seguido para eliminar la ansiedad y después con placentera parsimonia, yendo y viniendo como sus olas. Es importante encontrarle el ritmo a la vida.
Creo que Iris Murdoch dejó escritas dentro de las páginas las respuestas que buscaba mi amiga. Trasladaré aquí algunas porque me parece que al ser un libro que trata de la conjetura admitirá de buen grado las nuestras.

Los juicios sobre las personas no son jamás decisivos, surgen de resúmenes que inmediatamente hacen pensar en la necesidad de una reconsideración”. Pág 696.

Naturalmente este diario de chismes es una fachada, el equivalente literario del cotidiano rostro sonriente tras el cual se ocultan los íntimos estragos de los celos, el remordimiento, el miedo y la conciencia de un irredimible fracaso moral y sin embargo tales ficciones no sólo consuelan sino que pueden llegar a producir un cierto sustitutivo del coraje". Pág. 704

Si viviera Iris Murdoch me gustaría decirle que la moral que nos dejó en sus libros es valiosa y no necesita redimirse, que la Literatura es el coraje en sí misma y que sus lectores saben mirar por detrás de la fachada.
Para ir cerrando diré que dentro de la realidad de esta ficción yo sí que creo que existe un afecto verdadero que está presente desde las primeras páginas, desde siempre, -si es una historia de amor o de amistad que el lector decida. Esa cábala la señora Murdoch nos la deja a nosotros. Pero es a James a quien desde niño Charles le dedica sus triunfos, a quien quiere demostrar su valía, porque por debajo de su aparente envidia y de los sentimientos ambivalentes reside la fascinación.

Después de tantas palabras la verdadera historia que contiene esta novela se explica sin ellas: Charles, en la casa que James le deja en herencia, acaricia en silencio la piedra que le regaló y que su primo James conservó.
Como veis cerramos en círculo volviendo al principio para repetir la frase que me regaló mi amiga:

El pasado entierra al pasado y debe terminar en silencio, pero puede ser un silencio consciente que permanece con los ojos abiertos”.

Felices vacaciones, hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"Llanto por un sultán", PILAR ZORI

Cuando se publicó “Llanto por un sultán" en el 2003 aún no existía este blog. Tuve muchos encuentros con lectores, pero en este rincón no había dejado comentario. Como dije en la entrada de “Hija de…” soy pudorosa para dejar “mis cosas aquí” pero de nuevo un club de literatura de la biblioteca pública ha escogido “Llanto por un sultán” y me ha invitado para que charlemos sobre ella y en ese caso la novela ya no es sólo mía ya les pertenece y me debo a ellos no sólo como escritora sino como compañera, -tanto Arantxa como yo somos coordinadoras y nos dedicamos a la animación por la lectura-. Me siento muy agradecida por terminar el año con este broche y lo considero un precioso regalo, porque a las novelas como a las personas les gusta airearse y aman la caricia de los dedos y los ojos del lector. El club es matinal y su coordinadora me dijo que alguno de sus compañeros no podrá asistir. Por esa razón me animo a encontrarme con los ausentes aquí ya que han tenido la deferencia de leer uno de mis trabajos y me siento en deuda.

Es más que probable que alguna de mis reflexiones o explicaciones se repitan, las novelas son distintas, pero no quien las escribe y cada autor tiene sus constantes que forman parte de su voz personal y de su estilo. Así que mil disculpas de antemano si sucede.

En el fondo todos los lectores tenemos incrustado en el inconsciente el tipo de novela que queremos leer aunque no lo confesemos y siempre responde al formado de héroe que vence al malo y se queda con la chica, heroína que gana a la mala y consigue al chico, o chico que vence al malo se queda con el chico o ídem con las chicas, historias de amor al fin y al cabo. Y como es natural esperamos que todos esos ingredientes nos sean entregados con prosa poética y contenido de altísima calidad a ser posible, añadiéndoles además compromiso y nuevas aportaciones, no sólo literarias, también sociales. Y es lícito desearlo así porque la vida ya es bastante ambigua e inconclusa y preferimos enmendarle la plana en la ficción. Tal vez sea un poco simple exponerlo de este modo pero el ejemplo me sirve para lo que quiero expresar:

En "Llanto por un sultán" el lector pasa por un proceso distinto, aunque el formato se parezca al que acabo de escribir y haya creado dicha expectativa. En esta novela no hay “malos y buenos” por separado, todos los personajes albergan dentro de sí mismos grandeza y perversión, porque son complejos, porque son humanos, porque están en proceso evolutivo y sometidos a transformaciones, las mismas que sufrimos nosotros según nos va salpicando e impregnando el transcurso de la vida, la vida mancha. Sólo dos excepciones, Piri Pasá y Mahidevran, van a representar la dignidad, la conducta y el espíritu incontaminados, me estoy refiriendo a dos de los personajes principales, porque entre los secundarios también a Mustafá y al general Sokolli se les puede atribuir el mismo rasgo. A los demás protagonistas los amaremos y odiaremos a ratos y nos defraudarán y volverán a conquistarnos también a ratos. Sin embargo la novela no engaña, ya en la introducción nos encontraremos con un Solimán gastado que confiesa sus crímenes y rechaza el perdón.

La novela está escrita en clave de tragedia de principio a fin y ese es su tono.

Mi intención nunca fue la de juzgar, y no siempre me resultó fácil mantenerme en esa posición frente a los personajes. Los historiadores ya se habían ocupado de mirar a Solimán desde fuera, de destacar sus hazañas bélicas y hallazgos urbanísticos, sociales y políticos. Era muy tentador emularlos, pero yo no quería más de lo mismo. Estaba empeñada en mirar al sultán por dentro, buscaba comprenderle… y para ello tuve que tomar una decisión drástica: Toda la novela se desarrollaría en la intimidad, la acción se iba a producir en el interior de los personajes, por tanto los escenarios estarían dispuestos para la distancia corta, para el cara a cara, y la función de todos ellos sin excepción iba a ser la de subrayar dicha intimidad en alcobas, pequeños despachos, en la tienda real de campaña, en el invernadero… Sólo así despojando a los personajes de arropamiento, podrían ser conocidos y comprendidos en esencia. De hecho, para remarcar el desnudo anímico y la proximidad también los desnudé físicamente en casi todas las escenas cumbre, incluida la de Hafsa y Nailé en el hamman. Tal vez resulte paradójico en un ámbito lleno de lujos y paisajes exóticos cuya descripción sin duda adornaría y enriquecería la narración, que yo escogiera la sobriedad. Pero se trataba de ser coherente y honesta, y a mí me parecía más importante lograr la atmósfera, plasmar la época, la espiritualidad otomana y la sensualidad oriental sin recurrir a herramientas fáciles.

Con los conflictos políticos me sucedió lo mismo, las intrigas de esa índole son atractivas y muy lucidas y suculentas, de hecho me deshice con pesar de material mío ya escrito y definitivamente pulido sobre una Europa de grandes cambios de pensamiento y revueltas religiosas, pero tanto la prosa como la trama deben estar al servicio de la historia que quieres contar, y esta lleva su composición, su música y su simetría. Así que decidí que ese punto de inflexión habría aportado muy poco puesto que ya se habían ocupado sendos historiadores de detallarlo y yo quería hacer entrega de mi enfoque, por ello sólo escogí tres batallas de las cuales la primera en Hungría es como si estuviera dividida por la mitad y una parte correspondiera al principio de la novela y la otra al final para cerrar el círculo. Pero los puntos álgidos fueron Rodas Al comienzo de su “reinado” y Malta en el declive. Yo quería mostrar a un Solimán joven al inicio de su gobierno como emperador y enfrentarlo con otro guerrero, L’Isle Adam que ya se encontraba en el último tramo de su recorrido vital para que se viera la pérdida de la inocencia, la gloria amarga, para colocar dos espejos enfrentados que al final de la historia se invertirían, dos caras de una misma moneda: Victoria de Solimán en Rodas y derrota en Malta ante el sucesor de L’Isle Adam, Juan Parrisot de la Vallete.

Decidí resolver en forma de balance el resumen de todos los años transcurridos hasta el encuentro de Nailé con Solimán y continuando en la línea que llevaba me dispuse a transmitirlos en forma de conversación durante una larga y mágica noche como las que Scherazada le dedicaba a su sultán, y de paso pude realizar mi humilde homenaje a ese gran monumento literario:”Las mil y una noches” atreviéndome a dar un toque transgresor: en esta ocasión sería el sultán el que mantendría despierta a la interlocutora con su relato hasta el amanecer. Sé que habría resultado más agradecido y brillante para el lector que hubiese pasado a la acción todos esos episodios, pero también más fácil. Así que tuve que hacer un gran esfuerzo de síntesis y me mantuve firme en la idea de sencillez recordándome con fuerza que no estaba escribiendo una novela épica, y situé a ambos protagonistas en el dormitorio del emperador para crear un ambiente confidencial y psicoanalítico similar al que se produciría hoy en el diván de un psicoterapeuta.

Tras esta puesta en común de vivencias y experiencias quedaba pendiente describir el contexto en el que se encontraba sumido Solimán cuando él y Nailé optaron por unir sus destinos. Esos hechos ya no eran pasado, por tanto no pertenecían al balance anterior, y lo apropiado en ese caso era utilizar en exclusiva la herramienta del narrador omnisciente, (el diosecillo que todo lo ve). Y así fue como se resumió la etapa más trágica y decadente del reinado de Solimán: la guerra fratricida entre sus hijos Selim y Bayaceto, por la sucesión del trono, saldada con la ejecución del segundo, la muerte de Dhianjir el amado hijo jiboso, y la pérdida de su yerno y gran visir Rüstem que dejó a su esposa, la hija de Solimán Mihirimah sumida en el desconcierto.

A pesar de la potencia de los hechos, estos no podían adquirir mayor protagonismo, sólo debían servir como apoyo para juzgar el triste estado de Solimán, apodado paradójicamente el magnífico, mientras bajo sus pies se derrumbaban los endebles cimientos en los que se había sustentado su familia.

Me gustan las relaciones iniciáticas de joven con mayor, de hecho en Llanto por un sultán abundan. Las figuras paterna y materna sostiene a los personajes principales, Hafsa y el bostancibasi protegen a Nailé en la juventud, Hafsa y Piri a Solimán, y en el final del camino otro personaje de gran talla y dignidad, Mohamed Sokolli el último gran visir y general de los ejércitos del imperio de Solimán, él cuidará de los dos, del sultán y de Nailé en ese insólito ‘viaje de novios’ en el que de nuevo, flechas, minas e incendios, milagrosamente no traspasan la tela de la tienda real respetando ese reducto, ese pequeño habitáculo de intimidad.

Quise llevar a Nailé a la guerra cumpliendo así su viejo deseo, para dejar sentado que el personaje no se creó para ser el reposo del guerrero. Nailé es una trabajadora de altísima cualificación, sucede al jardinero real y hereda su saber que va más allá del ornamento y la botánica, Nailé ejerce la medicina natural en colaboración con el médico del emperador. Por estas razones quise reservar para el desenlace su merecida apoteosis final, concediéndole el honor máximo de depositar la espada en el féretro del sultán despojándola al fin de su impostura de hombre para gritar al viento su identidad. De pie, no de rodillas, mirando de frente a los ojos del sucesor y pronunciando las mismas palabras del comienzo “Yo soy Nailé, la jenízara” bajo la mirada respetuosa de todos sus compañeros.

Sé que la novela y los personajes están abiertos y que el lector les añade su propio epílogo que es tan lícito como el mío. Esos eran mis objetivos, abrir debate y reflexiones sobre el amor y el desprecio (y en ese amor y en ese desprecio incluyo la amistad que no se excluye de ser apasionada, ya que a menudo compruebo que las heridas de amigo cicatrizan peor que las de los amores), sobre la poligamia y los celos que de ella se derivan, sobre los poderes masculino y femenino, paralelos, pero no enfrentados…

La novela va dejando pistas, claves y rastros, pongamos como ejemplo la escena en la que Solimán le entrega a su hijo Mustafá el ajedrez como regalo y vemos caer la figura de la reina y a Mahidevrán apresurándose a levantarla, en ese instante ya se nos anticipa que la favorita del Emperador va a ser destronada, después, camino del exilio el niño llevará en su puño la figura del rey.

En "Llanto por un sultán" hay muchos gestos que simbolizan y trasladan a los objetos los estados de ánimo para que estos los expliquen, así vemos como Hafsa remueve las brasas del tandur en un momento en que la conversación quema, o corta abruptamente el hilo de su labor con la tijera como actitud que zanja un tema. El juego de los chorros de monedas vertidos sobre el cuerpo de Khurrem nos anuncia un rasgo de su carácter. El bastión que se convierte en una inmensa columna de fuego sirve para anunciar la muerte del sultán transformándola en luz…

Pero los personajes de mis novelas bien pueden ser como yo los interpreto o diferentes a como los veo, es cuestión de punto de vista de enfoque y ambos punto de vista y enfoque dependen del ángulo desde el que el objeto es observado. Por ello en estos encuentros aprendo, vosotros con vuestras opiniones y epílogos añadís más facetas, más aristas… y a ellos a los personajes les alargáis la vida.

Gracias por compartirlo.
Pili Zori