"El mar, el mar", de IRIS MURDOCH

Lo prometido es deuda. Aún no he compartido con mis compañeras la última sesión de club en la que como otras veces he dicho hacemos una rueda de conclusiones finales. Dadas las fechas y el número de páginas es posible que tengamos que esperar hasta después de las vacaciones de navidad para ponerlas en común, pero me apetecía asomarme por aquí, sentiros y expresar ante vosotros las mías.

Cogí el libro a ciegas por la recomendación de una amiga con gusto literario y cinematográfico exquisitos que acude y pertenece a otro club. Me dijo que en el suyo había funcionado muy bien y me regaló uno de los párrafos que había escogido y que atesoro con especial cariño.


29 – Julio -2010
“El pasado entierra al pasado y debe terminar en silencio, pero puede ser un silencio consciente, que permanece con los ojos abiertos”. (El mar, el mar. Iris Murdoch.)
Para ti Pilar, por tu cariño y atención hacia la “troupe”.
P.F.

El protagonista de "El mar, el mar",  Charles Arrowby, un famoso y encumbrado dramaturgo que ha ejercido todas las facetas del teatro -encima de las tablas como actor, delante de ellas como director, y detrás como escritor- tras una larga trayectoria laboral salpicada de amores infructuosos decide abandonar las bambalinas y retirarse a un apartado y hermoso rincón de la costa londinense con la intención de escribir sus memorias y tal vez de purificarse. El oleaje del mar se encargará de poner la música de fondo a su auto-psicoanálisis devolviéndole con la marea su vieja mochila con todos los fantasmas del pasado y horadando con su sal en las heridas mal curadas.

Dicho así podría parecer que la novela se limita a hacer balance de su vida de una forma ordenada y cronológica, pero nada más lejos.
En la primera sesión, muchas de mis compañeras se quejaron.

-¡Cien páginas sin que ocurra nada, limitándonos a ver casi en tiempo real, lo que compra lo que cocina…!

Preocupada les dije que no habría problema en cambiar de libro, que le dieran de margen otra semana y que si con doscientas páginas seguían experimentando el mismo tedio lo devolvíamos y no pasaba nada.
Me dedico a la animación a la lectura y con una novela de 730 páginas hay que sopesar en la balanza los riesgos de deserción, y como siempre queda la posibilidad de leer el mismo título de forma individual la novela seguiría estando disponible para quienes quisieran continuarla en solitario.
Suelo hacer mucho caso a las primeras impresiones del club, mis compañeras son lectoras avezadas y tienen mucho ojo para los desequilibrios tanto de trama, como de ritmo, prosa, composición, credibilidad… En ese momento llevábamos el mismo ritmo de lectura, como coordinadora suelo tener el libro leído de antemano, pero en esta época y desde hace algunos años también cumplo con otro compromiso literario, así que no había tenido tiempo de adelantarme y me faltaba la idea global tras la lectura completa.

Durante el resto de la semana me quedé pensando que por mucho que nos ofrezcan como oro molido una obra artística si la despojamos de los contaminantes buenos, como son los del currículo, que ya enumeré sobre la autora en la entrada anterior al hacer el comentario sobre la película Iris (su relevancia intelectual como filósofa; su valentía vital, social y política alimentada desde la infancia en escuelas progresistas; los manantiales artísticos y científicos de los que había bebido -como los grandes maestros rusos, su pasión por Sakespeare, su interés por Freud- y que el Reino Unido le debe gracias a sus traducciones el haber podido conocer la obra de Jean Paul Sartré), lo que queda es la novela en sí, sin más añadidos que el paso del tiempo, y el lector es soberano a la hora de apreciar lo que tiene entre las manos y dueño absoluto de su criterio sin que ningún oráculo tenga que conducirlo o convencerlo. Así que si el club le veía fallos tal vez “El mar, el mar” no fuera oro molido.

A la semana siguiente la sorpresa fue que a muchas de las que no les había gustado la primera sesión ahora les encantaba la segunda, nunca nos había ocurrido algo así, lo achaqué a que quizá en un libro tan extenso también la división de las partes comprendería más páginas para obtener el equilibrio y la simetría buscados y que por ello el arranque había sido largo. Era cierto que el comienzo estaba lleno de preámbulos, tal vez porque el protagonista se demoraba en abordar el inicio de sus memorias, le daba miedo enfrentarse a sí mismo, pero en justicia diré que precisamente esas reiteraciones, esos rodeos, ese afán por entretenerse con la intendencia para no afrontar su problema principal creaban la atmósfera y subrayaban su estado de ánimo: Charles no sabía por dónde empezar. Pero nosotras, sin darnos cuenta, estábamos asistiendo en ese vaivén de recuerdos desordenados en apariencia no sólo a los hechos de su pasado que llegaban hasta la orilla sino a cómo estos le afectaban, nos estaba concediendo el honor de escucharle tras el diván, por tanto ¡sí! estaban ocurriendo cosas en esa aparente calma chicha aunque no lo estuviéramos percibiendo de forma consciente. En ese proceso de escarbado estábamos teniendo el privilegio de ver lo que sucedía a su alrededor al mismo tiempo que él intentaba escribir, y hacer eso en literatura es muy difícil. Por decirlo de un modo sencillo: es algo así como manejarse en varios planos a la vez sin cortar escenas, ni salirse de ellas.
Poco a poco iban apareciendo los distintos personajes que perturbarían el aislamiento escogido por el protagonista, todos ellos, como en el teatro, se presentaban por orden de intervención y con aparatosa grandilocuencia histriónica. Una de mis compañeras dijo:

-Lo que en realidad escribió Iris Murdoch no fueron las memorias de este señor sino una obra de teatro.
A lo que otra añadió:
-Exactamente, pero con personas reales. Charles Arrowy es un director, déspota, manipulador y ególatra, que se está montando su película tal y como a él le gustaría que fuese su vida y quiere que en ella todos bailen a su son y ejecuten el papel que a él se le antoja.

Y en esas deliberaciones especulativas estábamos cuando de pronto en el reparto apareció su antiguo amor de juventud para convertirse en el eje del conflicto emocional que iba a marcar el punto de inflexión, aunque ya antes nos había sido presentada a través de sus recuerdos. Hartley abandonó a Charles sin darle explicaciones antes de que él se marchase a la universidad, más adelante veremos si en realidad se las dio y si él supo escucharlas o no. Hartley está casada tiene un hijo adoptivo y vive desde hace años precisamente en ese pequeño lugar que él ha escogido para retirarse. Tras espiar bajo su ventana una discusión de Hartley con el marido decide que ella no es feliz y se dispone a secuestrarla. Para entonces en el club ya se había suscitado un debate apasionante sobre las conjeturas, en el cual nosotras también conjeturábamos.

La autora con mano maestra nos cuenta la historia tal y como el protagonista la ve y cuando ya hemos dado por ciertas las sospechas y hemos hecho el juicio sumarísimo gira la tuerca y nos hace comprender que él protagonista estaba equivocado y que nos habíamos basado en sus subjetivas hipótesis e imaginaciones, a partir de ahí el lector mira y escucha con cautela, por creíble que parezca lo que lee se empieza a preguntar ¿será verdad? y aguarda y agudiza todos los sentidos hasta obtener más datos.
Algunas de nosotras coincidíamos en que la novela tan pronto parecía un vodevil con puertas que se abren y se cierran sin parar, como un culebrón con lenguaje de calidad…, o nos remitía a toda clase de novelas ya leídas, sesudas unas, ligeras otras… sin que termináramos de pillarle la clave de suspense, de comedia, de drama o de tragedia.
Fue ese desconcierto tan saludable el que me hizo pensar que estábamos ante algo nuevo e insólito y que tal vez por ello nos sentíamos desorientadas y de ahí el afán de buscarle a la novela el género para sentirnos más cómodas y poder aferrarnos a lo conocido.

Lo cierto es que aunque la novela maneja todas las herramientas abocadas al entretenimiento superficial el libro no pierde un ápice de su profundidad ni de su planteamiento existencial ni filosófico. Como tampoco le faltan elementos humorísticos, góticos… Puede que “El mar, el mar” sea la mezcla de todos los géneros y que tras pasar por el matraz se destile en una nueva esencia con envase decimonónico con contenido moderno de novela por entregas.
En ella salen a la palestra las relaciones de poder con todos sus matices como por ejemplo los elementos sadomasoquistas que todos llevamos dentro en mayor o menor medida, ambos extremos son armas de dominio que manipulan y encarcelan.

“Qué interesante, es revelador lo fácil que resulta asustar a la gente, desconcertar a alguien, perseguirlo y aterrorizarlo hasta hacerle perder la cabeza y convertir su vida en una pesadilla. No es de extrañar que florezcan los dictadores.” Nos dice uno de los personajes en la página 95.

El mar, el mar” también toca a la pareja y sus infiernos y estudia su variedad. Para ilustrarlo están Pamela y Perry en la escena del escupitajo o Lizzie y Gilbert, homosexual con el que Lizzie encuentra un modo de vida amorosa, tranquila y amable.

Habla de la venganza, de la hipocresía, de los celos soterrados. El lector se pregunta por la increíble y sospechosa amistad que Charles y Perry conservan a pesar de que Rossina, la primera mujer de Perry se fuera con Charles para que en poco tiempo éste cambiase de capricho y la dejara tirada en la cuneta, y ese “civismo” en el que Perry manifiesta “En realidad me quitaste un peso de encima”, lo atribuye a la tan manida flema británica. Más adelante saldrá de su error, hasta ahí puedo contar.
La novela también contiene un buen análisis sobre la verdad o la mentira del teatro; sobre Irlanda; sobre si dicha verdad se encuentra en el arte; sobre si el poder espiritual lo otorgamos o existe en sí mismo…

En resumen la alta burguesía y sus líneas de pensamiento son llevadas a examen, sobre todo desde su vértice aparentemente más bohemio. En el desenlace cada personaje ocupa su verdadero lugar. Rosina sin ir más lejos, entra en política diciéndonos que con los buenos discursos se convence y se dirige fácilmente a las personas y nadie mejor que una actriz para hacerlo y Murdoch se nos transparenta entre las líneas y podemos escuchar con nitidez su voz susurrada desde el patio de butacas que nos murmura al oído con sorna:
-No te engañes querido lector la camaleónica clase dirigente siempre reconoce a los suyos, hasta entre los contestatarios que les sirven para la pátina de progresía y les divierten, cuando dejan de hacerlo pues a rey muerto rey puesto.

“Teatro, la vida es puro teatro.” Cantaba en bolero Olga Guillot, creo.
O “Vanidad de vanidades, todo es vanidad.” Parece decirnos con su estribillo el Eclesiastés.

La novela no salva a nadie, ni siquiera a “los sencillos”, los apartados del mundanal ruido en su chalecito de Shurff end como el matrimonio de Ben y Hartley de quienes ni siquiera llegamos a saber si les afecta la muerte de su hijo, el té y las pastas de las cinco vuelven a marcar el orden establecido, tampoco podemos concluir si el matrimonio, como el protagonista piensa, anda sumido en la retroalimentación de su amor dependiente y abyecto, para emitir este juicio nos faltan datos. La novela en su fondo va por ahí, ahora lo explico.
Haciendo el libro mío compartiré con vosotros mis conclusiones:
Seré compasiva con el protagonista de gigantesco ego al que hemos podido mirar por dentro, la autora nos concede esa ventaja, no dudéis de que si a cada uno de nosotros se le viera el interior, ninguno saldríamos indemnes. Creo que Charles -aunque sea al final- busca algo verdadero lejos del desengaño de los oropeles del triunfo.
Él Intenta separar lo público de lo privado, al principio con desesperación, como si perdiera el último tren y a pesar de su imperdonable manipulación y de que debe cargar con las consecuencias de la vida que ha llevado -a lo hecho pecho- y que su egoísmo da como resultado la soledad y el vacío, diré en su defensa que tan sólo pretende conseguir una familia a última hora del único modo en que sabe hacerlo: dirigiendo la función. Tampoco los demás como ya he dicho son dechados de virtudes, aquí no queda títere con cabeza.

Tal vez lo que Murdoch esté poniendo en solfa sea la decadencia de occidente. El tímido asomo de esperanza se lo lleva James con su orientalismo pero sin demasiada fé.
Quiero ser positiva y también veo que al final Charles sí consigue los arrestos necesarios para mirar hacia atrás sin temor a volverse de sal, y evalúa lo bueno y lo malo de frente y en su totalidad.
La novela gira en torno a la responsabilidad y la culpa abarcando un amplio espectro.
Y entre las muchas lecturas que provoca escogeré la que nos viene a decir que no hay diferencia entre el daño que se inflige a los demás o hacia uno mismo en el ámbito de lo real o en el de lo imaginario porque el sufrimiento es el mismo. En la cabeza se nos pueden meter muchas invenciones de las que van a depender palabras y actos. Iris Murdoch nos grita ¡No juzgues!, que te puedes estar basando en una falsa premisa.

Con este libro he aprendido que cuando alguien te muestra sus sentimientos, su intimidad, su interior… lo que importa es que está compartiendo contigo SU realidad tal y como él o ella la perciben, su enfoque personal. No importa si lleva o no razón, lo que importa es que tiene SUS razones y en todo caso tú estás a su lado para ayudar a que vea con claridad SU propia realidad interna y externa si es que esa aproximación es posible. Durante muchos de nuestros encuentros vengo repitiendo que estamos condenados a ser subjetivos y que sólo con la suma de las subjetividades conseguimos aproximarnos a la objetividad. Me alegro de que esta preocupación no sea sólo mía, y me disculpo por la reiteración obsesiva de la coletilla, pero es que todo lo que se relaciona con la percepción de la realidad es muy importante. En la página 329 uno de los personajes del libro nos dice “Eso es lo que hacen los locos, ver todas las cosas como pruebas de lo que ellos quieren creer”.

Una de mis compañeras tras hacer un inteligente y exhaustivo análisis compartió que le habría gustado poder preguntar a Iris Murdoch sobre lo que había querido decir exactamente con este libro. Aclaro que no lo dijo porque no lo entendiera, a pesar de su sagacidad es muy humilde y no podía evitar tener la sensación de que algo importante se le escapaba, sensación compartida por mí y por muchas de nosotras, sin duda. “El mar el mar” hay que leerlo primero deprisa y todo seguido para eliminar la ansiedad y después con placentera parsimonia, yendo y viniendo como sus olas. Es importante encontrarle el ritmo a la vida.
Creo que Iris Murdoch dejó escritas dentro de las páginas las respuestas que buscaba mi amiga. Trasladaré aquí algunas porque me parece que al ser un libro que trata de la conjetura admitirá de buen grado las nuestras.

Los juicios sobre las personas no son jamás decisivos, surgen de resúmenes que inmediatamente hacen pensar en la necesidad de una reconsideración”. Pág 696.

Naturalmente este diario de chismes es una fachada, el equivalente literario del cotidiano rostro sonriente tras el cual se ocultan los íntimos estragos de los celos, el remordimiento, el miedo y la conciencia de un irredimible fracaso moral y sin embargo tales ficciones no sólo consuelan sino que pueden llegar a producir un cierto sustitutivo del coraje". Pág. 704

Si viviera Iris Murdoch me gustaría decirle que la moral que nos dejó en sus libros es valiosa y no necesita redimirse, que la Literatura es el coraje en sí misma y que sus lectores saben mirar por detrás de la fachada.
Para ir cerrando diré que dentro de la realidad de esta ficción yo sí que creo que existe un afecto verdadero que está presente desde las primeras páginas, desde siempre, -si es una historia de amor o de amistad que el lector decida. Esa cábala la señora Murdoch nos la deja a nosotros. Pero es a James a quien desde niño Charles le dedica sus triunfos, a quien quiere demostrar su valía, porque por debajo de su aparente envidia y de los sentimientos ambivalentes reside la fascinación.

Después de tantas palabras la verdadera historia que contiene esta novela se explica sin ellas: Charles, en la casa que James le deja en herencia, acaricia en silencio la piedra que le regaló y que su primo James conservó.
Como veis cerramos en círculo volviendo al principio para repetir la frase que me regaló mi amiga:

El pasado entierra al pasado y debe terminar en silencio, pero puede ser un silencio consciente que permanece con los ojos abiertos”.

Felices vacaciones, hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"Llanto por un sultán", PILAR ZORI

Cuando se publicó “Llanto por un sultán" en el 2003 aún no existía este blog. Tuve muchos encuentros con lectores, pero en este rincón no había dejado comentario. Como dije en la entrada de “Hija de…” soy pudorosa para dejar “mis cosas aquí” pero de nuevo un club de literatura de la biblioteca pública ha escogido “Llanto por un sultán” y me ha invitado para que charlemos sobre ella y en ese caso la novela ya no es sólo mía ya les pertenece y me debo a ellos no sólo como escritora sino como compañera, -tanto Arantxa como yo somos coordinadoras y nos dedicamos a la animación por la lectura-. Me siento muy agradecida por terminar el año con este broche y lo considero un precioso regalo, porque a las novelas como a las personas les gusta airearse y aman la caricia de los dedos y los ojos del lector. El club es matinal y su coordinadora me dijo que alguno de sus compañeros no podrá asistir. Por esa razón me animo a encontrarme con los ausentes aquí ya que han tenido la deferencia de leer uno de mis trabajos y me siento en deuda.

Es más que probable que alguna de mis reflexiones o explicaciones se repitan, las novelas son distintas, pero no quien las escribe y cada autor tiene sus constantes que forman parte de su voz personal y de su estilo. Así que mil disculpas de antemano si sucede.

En el fondo todos los lectores tenemos incrustado en el inconsciente el tipo de novela que queremos leer aunque no lo confesemos y siempre responde al formado de héroe que vence al malo y se queda con la chica, heroína que gana a la mala y consigue al chico, o chico que vence al malo se queda con el chico o ídem con las chicas, historias de amor al fin y al cabo. Y como es natural esperamos que todos esos ingredientes nos sean entregados con prosa poética y contenido de altísima calidad a ser posible, añadiéndoles además compromiso y nuevas aportaciones, no sólo literarias, también sociales. Y es lícito desearlo así porque la vida ya es bastante ambigua e inconclusa y preferimos enmendarle la plana en la ficción. Tal vez sea un poco simple exponerlo de este modo pero el ejemplo me sirve para lo que quiero expresar:

En "Llanto por un sultán" el lector pasa por un proceso distinto, aunque el formato se parezca al que acabo de escribir y haya creado dicha expectativa. En esta novela no hay “malos y buenos” por separado, todos los personajes albergan dentro de sí mismos grandeza y perversión, porque son complejos, porque son humanos, porque están en proceso evolutivo y sometidos a transformaciones, las mismas que sufrimos nosotros según nos va salpicando e impregnando el transcurso de la vida, la vida mancha. Sólo dos excepciones, Piri Pasá y Mahidevran, van a representar la dignidad, la conducta y el espíritu incontaminados, me estoy refiriendo a dos de los personajes principales, porque entre los secundarios también a Mustafá y al general Sokolli se les puede atribuir el mismo rasgo. A los demás protagonistas los amaremos y odiaremos a ratos y nos defraudarán y volverán a conquistarnos también a ratos. Sin embargo la novela no engaña, ya en la introducción nos encontraremos con un Solimán gastado que confiesa sus crímenes y rechaza el perdón.

La novela está escrita en clave de tragedia de principio a fin y ese es su tono.

Mi intención nunca fue la de juzgar, y no siempre me resultó fácil mantenerme en esa posición frente a los personajes. Los historiadores ya se habían ocupado de mirar a Solimán desde fuera, de destacar sus hazañas bélicas y hallazgos urbanísticos, sociales y políticos. Era muy tentador emularlos, pero yo no quería más de lo mismo. Estaba empeñada en mirar al sultán por dentro, buscaba comprenderle… y para ello tuve que tomar una decisión drástica: Toda la novela se desarrollaría en la intimidad, la acción se iba a producir en el interior de los personajes, por tanto los escenarios estarían dispuestos para la distancia corta, para el cara a cara, y la función de todos ellos sin excepción iba a ser la de subrayar dicha intimidad en alcobas, pequeños despachos, en la tienda real de campaña, en el invernadero… Sólo así despojando a los personajes de arropamiento, podrían ser conocidos y comprendidos en esencia. De hecho, para remarcar el desnudo anímico y la proximidad también los desnudé físicamente en casi todas las escenas cumbre, incluida la de Hafsa y Nailé en el hamman. Tal vez resulte paradójico en un ámbito lleno de lujos y paisajes exóticos cuya descripción sin duda adornaría y enriquecería la narración, que yo escogiera la sobriedad. Pero se trataba de ser coherente y honesta, y a mí me parecía más importante lograr la atmósfera, plasmar la época, la espiritualidad otomana y la sensualidad oriental sin recurrir a herramientas fáciles.

Con los conflictos políticos me sucedió lo mismo, las intrigas de esa índole son atractivas y muy lucidas y suculentas, de hecho me deshice con pesar de material mío ya escrito y definitivamente pulido sobre una Europa de grandes cambios de pensamiento y revueltas religiosas, pero tanto la prosa como la trama deben estar al servicio de la historia que quieres contar, y esta lleva su composición, su música y su simetría. Así que decidí que ese punto de inflexión habría aportado muy poco puesto que ya se habían ocupado sendos historiadores de detallarlo y yo quería hacer entrega de mi enfoque, por ello sólo escogí tres batallas de las cuales la primera en Hungría es como si estuviera dividida por la mitad y una parte correspondiera al principio de la novela y la otra al final para cerrar el círculo. Pero los puntos álgidos fueron Rodas Al comienzo de su “reinado” y Malta en el declive. Yo quería mostrar a un Solimán joven al inicio de su gobierno como emperador y enfrentarlo con otro guerrero, L’Isle Adam que ya se encontraba en el último tramo de su recorrido vital para que se viera la pérdida de la inocencia, la gloria amarga, para colocar dos espejos enfrentados que al final de la historia se invertirían, dos caras de una misma moneda: Victoria de Solimán en Rodas y derrota en Malta ante el sucesor de L’Isle Adam, Juan Parrisot de la Vallete.

Decidí resolver en forma de balance el resumen de todos los años transcurridos hasta el encuentro de Nailé con Solimán y continuando en la línea que llevaba me dispuse a transmitirlos en forma de conversación durante una larga y mágica noche como las que Scherazada le dedicaba a su sultán, y de paso pude realizar mi humilde homenaje a ese gran monumento literario:”Las mil y una noches” atreviéndome a dar un toque transgresor: en esta ocasión sería el sultán el que mantendría despierta a la interlocutora con su relato hasta el amanecer. Sé que habría resultado más agradecido y brillante para el lector que hubiese pasado a la acción todos esos episodios, pero también más fácil. Así que tuve que hacer un gran esfuerzo de síntesis y me mantuve firme en la idea de sencillez recordándome con fuerza que no estaba escribiendo una novela épica, y situé a ambos protagonistas en el dormitorio del emperador para crear un ambiente confidencial y psicoanalítico similar al que se produciría hoy en el diván de un psicoterapeuta.

Tras esta puesta en común de vivencias y experiencias quedaba pendiente describir el contexto en el que se encontraba sumido Solimán cuando él y Nailé optaron por unir sus destinos. Esos hechos ya no eran pasado, por tanto no pertenecían al balance anterior, y lo apropiado en ese caso era utilizar en exclusiva la herramienta del narrador omnisciente, (el diosecillo que todo lo ve). Y así fue como se resumió la etapa más trágica y decadente del reinado de Solimán: la guerra fratricida entre sus hijos Selim y Bayaceto, por la sucesión del trono, saldada con la ejecución del segundo, la muerte de Dhianjir el amado hijo jiboso, y la pérdida de su yerno y gran visir Rüstem que dejó a su esposa, la hija de Solimán Mihirimah sumida en el desconcierto.

A pesar de la potencia de los hechos, estos no podían adquirir mayor protagonismo, sólo debían servir como apoyo para juzgar el triste estado de Solimán, apodado paradójicamente el magnífico, mientras bajo sus pies se derrumbaban los endebles cimientos en los que se había sustentado su familia.

Me gustan las relaciones iniciáticas de joven con mayor, de hecho en Llanto por un sultán abundan. Las figuras paterna y materna sostiene a los personajes principales, Hafsa y el bostancibasi protegen a Nailé en la juventud, Hafsa y Piri a Solimán, y en el final del camino otro personaje de gran talla y dignidad, Mohamed Sokolli el último gran visir y general de los ejércitos del imperio de Solimán, él cuidará de los dos, del sultán y de Nailé en ese insólito ‘viaje de novios’ en el que de nuevo, flechas, minas e incendios, milagrosamente no traspasan la tela de la tienda real respetando ese reducto, ese pequeño habitáculo de intimidad.

Quise llevar a Nailé a la guerra cumpliendo así su viejo deseo, para dejar sentado que el personaje no se creó para ser el reposo del guerrero. Nailé es una trabajadora de altísima cualificación, sucede al jardinero real y hereda su saber que va más allá del ornamento y la botánica, Nailé ejerce la medicina natural en colaboración con el médico del emperador. Por estas razones quise reservar para el desenlace su merecida apoteosis final, concediéndole el honor máximo de depositar la espada en el féretro del sultán despojándola al fin de su impostura de hombre para gritar al viento su identidad. De pie, no de rodillas, mirando de frente a los ojos del sucesor y pronunciando las mismas palabras del comienzo “Yo soy Nailé, la jenízara” bajo la mirada respetuosa de todos sus compañeros.

Sé que la novela y los personajes están abiertos y que el lector les añade su propio epílogo que es tan lícito como el mío. Esos eran mis objetivos, abrir debate y reflexiones sobre el amor y el desprecio (y en ese amor y en ese desprecio incluyo la amistad que no se excluye de ser apasionada, ya que a menudo compruebo que las heridas de amigo cicatrizan peor que las de los amores), sobre la poligamia y los celos que de ella se derivan, sobre los poderes masculino y femenino, paralelos, pero no enfrentados…

La novela va dejando pistas, claves y rastros, pongamos como ejemplo la escena en la que Solimán le entrega a su hijo Mustafá el ajedrez como regalo y vemos caer la figura de la reina y a Mahidevrán apresurándose a levantarla, en ese instante ya se nos anticipa que la favorita del Emperador va a ser destronada, después, camino del exilio el niño llevará en su puño la figura del rey.

En "Llanto por un sultán" hay muchos gestos que simbolizan y trasladan a los objetos los estados de ánimo para que estos los expliquen, así vemos como Hafsa remueve las brasas del tandur en un momento en que la conversación quema, o corta abruptamente el hilo de su labor con la tijera como actitud que zanja un tema. El juego de los chorros de monedas vertidos sobre el cuerpo de Khurrem nos anuncia un rasgo de su carácter. El bastión que se convierte en una inmensa columna de fuego sirve para anunciar la muerte del sultán transformándola en luz…

Pero los personajes de mis novelas bien pueden ser como yo los interpreto o diferentes a como los veo, es cuestión de punto de vista de enfoque y ambos punto de vista y enfoque dependen del ángulo desde el que el objeto es observado. Por ello en estos encuentros aprendo, vosotros con vuestras opiniones y epílogos añadís más facetas, más aristas… y a ellos a los personajes les alargáis la vida.

Gracias por compartirlo.
Pili Zori

Una película: IRIS, dirigida por Richard Eyre

El pasado miércoles pude ver junto a mis compañeras del club de literatura la película “Iris” basada en la biografía de la gran escritora de origen irlandés  Iris Murdoch.
El director de cine Richard Eyre y el guionista Charles Wood  crearon esta hermosísima y elegante composición sirviéndose de los recuerdos que el esposo de  la autora, John Bayley –también escritor profesor y crítico de literatura- dejó plasmados en su libro “Elegía a Iris”.
Con ella, esta brillantísima intelectual que contribuyó a crear nuevas líneas de pensamiento, que renovó la forma de la literatura con su voz distinta habiendo bebido de los grandes maestros rusos, de la eternidad de los clásicos griegos, de su idolatrado Shakespeare, que llevó a sus personajes hacia el mundo de la introspección poniendo luz en el interior de todos ellos  al entrar por la puerta del psicoanálisis que había abierto Freud,  que tradujo a Jean Paul Sartré para darlo a conocer en el Reino Unido, que supo diseccionar a la alta burguesía inglesa en un tiempo de profundo cambio recién nacido que  como tantos osados de su generación estrenó sin miedo, que probó el bien y el mal con libertad y avidez de búsquedas… Con ella, con esta singular mujer a la que según creo no se le erigió estatua en Irlanda para honrar su memoria, John Bayley  compartió algo más de cuatro décadas, y cuando a ella se le borraron las palabras, cuando dejó de saber transbordarlas,  él le prestó las suyas para levantar con ellas el monumento literario tan merecido.

Durante siete sesiones estaremos acompañadas por “El mar, el mar” una de las novelas más ambiciosas de la autora. Os emplazo a leerla junto a nosotras para después compartir las impresiones en este mismo rincón. Pero mientras esperamos las conclusiones os hablaré del film.
Me pareció que proyectar la película de Richard Eyre en la sala multimedia de nuestra biblioteca, supondría un prólogo interesante que complementaría nuestra lectura compartida, ninguna de nosotras la había visto.
Pero fue mucho más que un complemento.
Es sabida mi admiración por los actores, esa gente tan generosa y llena de misterio que es capaz de vaciarse para ser poseída por otros seres.  Gente especial que milagrosamente no se rompe tras experimentar en plural tantas vidas, tantas muertes, tantos odios, tanto amor…, y más llamativo aún es que ese gremio lo haga con las mismas herramientas que los demás, pobres mortales, usamos en singular.
 Dice Jaume Plensa, el famoso escultor, que el cuerpo nos crece hasta un momento determinado y luego se para, pero que el alma sigue desarrollándose siempre, por eso él tenía planeado hacerle una oquedad a una de sus esculturas con forma humana para que de ahí saliera un árbol y se expandiera con todas sus ramas. Creo que si nos fijamos bien no nos costará trabajo ver las sombras que  a los actores  les proyectan sus cipreses, basta con encender el foco para comprender que son  alargadas.
Pronunciar nombres como el de Judi Dench, Kate Winslet, Jim Broadbent, Hugh Bonneville, Eleanor Bron y Angela Morant invita a ponerse en pie. Ese es el espectacular elenco de Iris.

Hace algunos días leí una crítica que me dejó preocupada y pensativa, quien la escribía refiriéndose al libro de Bayley -el esposo de Iris Murdoch-, venía a decir que reflejar la última etapa de la autora atrapada por el alzheimer estaba feo, que en ese acto de plasmar sin permiso pormenores del declive subyacía en cierto modo la venganza. Imagino que daba a entender con sus palabras que a Bayley pudo molestarle la “promiscuidad” bisexual de Iris durante su juventud, -que yo sepa en los cuarenta y cinco años siguientes le dedicó a su esposo su amor y su vida-, en cualquier caso los compromisos abiertos o cerrados que adquieran las parejas deben importarnos poco puesto que a esa intimidad por más que especulemos no llegamos. Tal vez quien suscribía estas impresiones atribuía dicha venganza  a que Iris Murdoch alcanzó más fama que su marido, no sé, a mí me parece que llegados a ese punto, el del implacable alzheimer,  esas rivalidades tan superficiales y pequeñas importan bastante poco.
Sólo los que hemos tenido a nuestro lado a personas queridas en ese estado, -lo mismo da que el apellido sea alzheimer, ictus, trombo, senilidad… - podemos comprender el inmenso amor, la enorme pena, los momentos desesperados, las risas, que también las hay, las alegrías…  y por encima de todo el aprendizaje de una nueva forma de comunicación. Sólo nosotros sabemos cómo a esas personas amadas se les bajan las compuertas del pasado y el presente y las de la imaginación, los sueños y la realidad dejando todos esos territorios sin aduanas ni fronteras  y sólo nosotros vemos como ellos, al igual que Alicia en el país de las maravillas, van y vienen campando por sus respetos saltando de dimensión en dimensión con completa libertad y con todas las puertas abiertas de par en par.

Cuando dimos la luz, muchas de mis compañeras se secaban las lágrimas, la que más y la que menos conocía y comprendía perfectamente la situación. Les hablé de esta crítica que os he referido y les pregunté que qué les parecía la película en ese sentido. Casi fue un clamor la respuesta, una exclamación unísona.
-¡Esta película es un homenaje enorme!
-¡Un gran acto de amor!
-¡Esta película debería verla todo el mundo!
Como siempre y sin saberlo, mis compañeras me dejaron muy tranquila. En ese espejo que John Bayley con la ayuda de Richard Eyre me puso delante no solamente estaba viendo mis experiencias, también pude escuchar las frases que literalmente y al igual que él yo había escrito, palabra por palabra, y me gustó esa comunión con él, y la comprensión y el equilibrio que me proporcionan  mis amigas, siempre me aseguran a la tierra con sus sapientísimos criterios.

Para terminar destacaré dos escenas de este film tan delicado:
Frente al mar, Iris no sabe cómo usar el bolígrafo que le proporcionan, de pronto comienza a arrancar una hoja de su cuaderno y le coloca encima una piedra, y luego otra a la que también sujeta con otra piedra y así sucesivamente las va colocando seguidas, los demás no entienden lo que hace. Iris Murdoch está escribiendo y coloca las páginas en perfecto orden una detrás de otra.
La siguiente escena a la que me refiero  es la de cuando van a buscarla para llevarla a la residencia, ella está ensimismada, sentada en el suelo y el hombre grande fuerte y tierno  le dice algo así:
-Vamos guapa, levántate. ¿Cómo te llamas, preciosa? – Ella vuelve el hermoso rostro y dice:
-Iris.
–Ven, acompáñame.
Y ella le sigue rodeada por su brazo.
Creo que sobra definir la dignidad en el trato. En esas frases cortas está escrito un  futuro deseable, a falta  de que lo sellen con lacre y  por decreto. Sólo así los que tenemos tantas papeletas perderemos el miedo.
Hasta el próximo encuentro en el que hablaremos de “El mar, el mar”.
 A partir de esta novela cuando al cobijo de una cala escondida, al igual que Iris, nos bañemos desnudas estaremos dándole un beso.

Un abrazo

Pili Zori  

"La balada de Iza", de MAGDA SZABÓ

Tras la muerte de su padre, Iza decide hacerse cargo de su madre. Resuelta a evitarle sufrimientos, toma las riendas de la situación y se encarga de todas las cuestiones prácticas: organiza el entierro, vacía la casa familiar, se deshace de todo lo viejo y le ofrece una nueva vida junto a ella en Budapest. Sin embargo la anciana que en un principio se muestra profundamente agradecida, es incapaz de adaptarse a las comodidades de la vida moderna y a la falta de responsabilidades en el universo perfectamente organizado de su hija. En un ambiente cargado de buenas intenciones y pequeñas vejaciones, la incomprensión y la irritación se apoderan de su relación, hasta el día en que la madre decide volver al pueblo, una decisión que tendrá fatales consecuencias.
La ‘Balada de Iza’, la nueva novela de la autora de ‘La puerta’, reflexiona sobre los silencios que sofocan la vida doméstica y sobre la dificultad de amar y de comprender al otro
”.

(Resumen extraído de la contraportada de la novela perteneciente a la editorial Mondadori
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La balada de Iza” debería titularse “Balada sobre Iza” o “La balada que se refiere a Iza” porque no es ella quien la ha compuesto ni quien la canta. De lo que siente Iza sabemos poco, de ella hablan los demás personajes que nos cuentan como les afecta o infecta el espartano carácter de la amable, eficiente y prestigiosa doctora especializada en reumatología. En realidad "La balada de Iza", (además de hablarnos sobre la incomunicación, sobre la inadaptación, sobre la ruptura generacional y el antagonismo entre el mundo rural y el urbano, además de denunciar los inconvenientes de deshumanización que proponen y producen los tiempos modernos llenos de falsas comodidades a las que sirves tú y no ellas a ti), es un juicio sumarísimo contra Iza. Y el diagnóstico en este caso, ya que andamos entre médicos -puesto que Antal, el ex esposo de Iza también ejerce la medicina- es el de egoísmo.

Como soy tan amiga de las causas imposibles, he tomado la actitud de quien, tras haber escuchado a todos, menos a Iza, les pregunta: ¿Y vosotros?, ¿estáis libres de pecado?, ¿podéis tirar la primera piedra?
Para no despistar aclaro que voy a desordenar la novela empezando por las conclusiones finales a las que van llegando los personajes, pero no olvidéis que la relación principal es la de madre e hija durante ese delicado y difícil periodo de tiempo en el que los hijos ya nos tenemos que hacer cargo de nuestros padres cuando estos empiezan a ser dependientes y los roles, por fuerza mayor, han de quedar invertidos. Es una etapa complicada y desgarradora en la que surgen conflictos de intereses, en la que hay que señalar límites y liderazgos para conciliar la convivencia, y en la que se ponen en cuestión las prioridades, pero demonizar sólo al miembro familiar que ha de tomar las decisiones es muy fácil, y cargar sobre él culpas y responsabilidades dejando que la sociedad y el estado se vayan de rositas es paradójico. La familia no está licenciada en geriatría y hace lo que puede y lo que sabe, no puede trasladar el entorno entero del anciano para que no extrañe, qué más querría, y el día tiene 24 horas, y además de cuidar a ese ser tan querido hay que trabajar dentro y fuera del domicilio. Nadie puede dar clases de vitrocerámica y monomandos a personas de una edad en la que ya no se aprende, no se fija ni se sujeta lo nuevo, en la que es casi imposible eliminar hábitos y costumbres de otro tiempo que se han incrustado en los genes, que forman parte de tu vida. Todos envejeceremos y al igual que Etelka tampoco comprenderemos las nuevas formas de relación, ni las novedosas tecnologías aplicadas a los hogares y a la calle. La esclavitud no se ha erradicado, tan sólo están mejor decoradas las jaulas, y los trabajos son muy absorbentes, por eso es una realidad y no una disculpa que no se pueda prestar la atención debida ni la demostración de amor deseada a nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros amigos…

Lo mejor de esta novela precisamente es ese dedo metido en esa llaga: cómo vamos a resolver la longevidad y las enfermedades sin haber creado los espacios apropiados, ni las profesiones que nos ayuden a todos a entenderla y sobrellevarla, -en la casa y fuera de ella-, cómo vamos a conseguir que los políticos y empresarios tengan en cuenta en sus programas los sentimientos de las personas. Sí, lo he dicho bien, los sentimientos son el motor individual y colectivo que pone en marcha el mundo, son los que te llevan a las urnas, los que te hacen fundar un hogar o construir una escuela, un hospital… Las ideas y los principios se sustentan en ellos y ellos son los que las difunden; obviarlos o considerarlos de segunda es un craso error, al igual que la ciencia sin la palabra no puede expresarse, y la palabra necesita el vehículo de la ciencia para extenderse, (cómo si no se fabrica un libro, cómo si no se explica una ecuación), el hombre y la mujer se hacen humanos porque sienten. Se acabó el tiempo de separar por compartimentos, la vida es una interrelación en la que ningún cometido es más importante que otro, y cuando vamos a trabajar vamos con todo lo que somos, no nos volvemos máquinas de repente.
Es cierto que como Iza, hay muchas personas con una imagen pública muy generosa que sin embargo están secas por dentro, que son incapaces de darse a sí mismas o incluso de recibir, casi siempre son criaturas consagradas al trabajo, que, repito, no saben darse a sí mismas, pero sí entregan a cambio toda su sabiduría y su capacidad profesional a los demás. Reprocharles su carencia es como criticar a un manco por haber nacido sin brazo, como con gran acierto nos dice Lidia, la enfermera, refiriéndose a Iza cuando finalmente consigue mirarla por dentro.
Como no pretendo hacer un análisis literario sino compartir con vosotros los efectos que me ha producido la lectura de esta balada de Magda Szabó, daré rienda suelta a mi subjetividad y ésta me dice que la novela esconde una enorme injusticia: nadie le comunica a Iza lo que hace mal, simplemente se alejan de ella dándola por imposible. Probablemente tengan razón y ellos sepan mejor que yo que Iza no tiene arreglo y que permanecer a su lado les destruye, pero todos tenemos derecho a que nos echen una buena bronca, sólo después de haberla recibido estamos en igualdad, si el otro no reacciona entonces sí nos podemos ir, pero las cartas han de quedar boca arriba. Lo que ocurre es que a menudo escondemos la cobardía tras las buenas formas, detrás de una bronca puede haber distanciamiento o ruptura, pero hay que tener generosidad y estar dispuesto a apechugar con ello. Antal abandona a Iza sin decirle nada, y encima se va silbando, leemos sus pensamientos, pero ella no sabe por qué se marcha. No pretendo ser tendenciosa, pero hay un pasaje en el que Lidia, el nuevo amor de Antal, observa que en la clínica éste siempre le estrecha la mano a Iza como si fuera un hombre, me he asomado por ese resquicio e insisto, no quisiera ser sesgada, pero la novela se publicó en 1963 y tal vez la autora, Magda Szabó, aún siendo progresista y sin darse cuenta todavía se encontrara imbuida en una soterrada desigualdad y por eso su personaje Antal como muchos hombres de la época no estaba listo para tener al lado esposa y colega al mismo tiempo. A menudo se confunde el amor verdadero y los cuidados sinceros con que te quieran preparar la cena, disculpadme la ironía, y si tienes un concepto laboral con escalafones verticales de superioridad e inferioridad tal vez busques a quien te pueda admirar y sin embargo huyas de quien pueda competir contigo o incluso destacar sobre ti, pero esto no es más que una hipótesis maliciosa mía, el libro ni siquiera la plantea, Antal era el que hacía la cena y además se queja, seguramente con razón, de la frialdad de su esposa y de no ser correspondido en el amor, pero para no meterme en un jardín prefiero que le escuchéis a él y así podréis opinar por vuestra cuenta:

La contemplo mientras dormía. Su rostro volvía a ser el de la joven Iza, la chica pálida, agotada de tanto estudiar, dócil, triste y sufrida. La hermosa frente, las cejas, los ojos de Vince, y la nariz chata, los labios aniñados y la barbilla suave de la anciana, todo en un mismo marco”.
“Te amaba –pensó Antal-, te amaba como nunca he querido ni querré a nadie, te amaba sin condiciones, sin reproche alguno. Yo siempre fui tuyo y tú nunca fuiste mía, estabas lejos de mí incluso cuando te tenía entre mis brazos. Por las noches a veces me entraban ganas de sacudirte para que despertaras, gritarte para que me dijeras la palabra que te hiciera ser tu misma, que te salvara, y que me indicaras la dirección por donde ir para poder encontrarte. Cuando comprendí que simplemente eras egoísta y que a cada uno le dabas un trozo de ti misma para que no te molestara e interfiriera en tu trabajo, rompí a llorar. No me oíste, y si me oíste pensaste que sería un sueño, porque sentías amor y respeto por mi y, según tú, un hombre nunca debe llorar”.
“Sabía que debía dejarte antes de que me infectaras con el tremendo rigor y disciplina con que te defiendes a ti misma y a la tranquilidad de tu trabajo, antes de fundirme en ti y empezar a ver las cosas a través de tus ojos, y llegar a pensar yo también que Dorozs no es más que agua, un balneario de vidrio y hormigón, una fuente de divisas, y no una desesperada necesidad de justificar la existencia del antiguo manantial, el anhelo infinito de compensar todos los sufrimientos del pasado y hacer por fin justicia”.
“No podía seguir viviendo contigo”.
“Cuando te conocí eras como un pequeño soldado que marchaba con aire resuelto a la guerra. Estabas junto a tu padre, el mendigo más magnánimo de todos los tiempos, y pensé que tu también eras como él, que tu también te entregabas a los demás como hicieron aquellos dos seres inocentes que vivían a tu lado, nunca he conocido a nadie más avara que tú la generosa, ni tampoco más cobarde
”.

Cuando leáis la novela comprenderéis lo que significa el balneario para Antal.
Es cierto que hay personas con dureza de corazón, pero me parece excesivo lo mal parada que sale Iza y tal vez por ello he querido entrever, aunque la novela no lo diga, que a Iza le deja una marca muy dolorosa la humillación que le infligen al padre al arrebatarle arbitrariamente su trabajo y su título. Ante esas circunstancias cada hijo puede reaccionar de diversas maneras, puede sentir incluso inconfesable vergüenza, rabia por la pobreza impuesta…, a cualquier chica joven le molesta presentarse en la universidad con ropa anticuada aunque en privado admire a su madre por la creatividad de los remiendos. Tal vez ella quiso demostrar que era intachable y de forma vengativa aunque inconsciente llegar lejos para resarcir así a la familia de ese estigma inmerecido y tapar la boca de muchos de los que le dieron la espalda a su padre, esa conducta requiere una gran dosis de orgullo y de voluntad férreos, y puede crear una coraza infranqueable. El menosprecio causa estragos, el corazón no se vuelve duro de repente y no la estoy exculpando, cada cual que aguante su vela, de hecho ante las mismas circunstancias adversas las personas se convierten en malas o buenas, unas se abren y otras se cierran, y perdón por la simpleza. Pero hay un detalle revelador que apoya mis especulaciones: cuando Iza va por primera vez a la universidad se muestra autosuficiente, altiva y distante con Antal hasta que éste le dice que conoce y admira a su padre. Os muestro el pasaje:

“-Conozco a su padre –dijo Antal"
"El rostro inexpresivo de Iza se volvió hacia él, mirándolo de frente. La soldado era capaz de sonreír como una chica normal."
"-Durante años fue él quien me compró los libros por navidad, ¿lo sabía?"
"La chica negó con la cabeza. Se llevó la mano izquierda a la garganta, como si no confiara en sí misma y tuviera miedo de soltar algo que sería mejor callar."
"-Todos los años donaba doce pengós a la escuela. Desde que tenía dieciséis años el director me los entregaba a mí. ¿No se lo había dicho su padre?"
"La chica volvió a negar, esta vez con la mirada."
"-Una vez llegué a verlo cuando trajo el dinero. Entonces se le veía joven, más ágil. Caminaba a paso rápido entre los montones de nieve de la plaza Donator, no fuera a ser que alguien lo parara para agradecérselo. ¿Tampoco ahora piensa dirigirme la palabra?"
"Las facciones de la joven soldado se suavizaron, y sus rasgos adquirieron un aire infantil."
"-Mamá le daba tres pengós al mes para gastos –dijo la hija de Vince Szócs, a mí me entregaba uno; con otro algunos domingos se compraba un periódico, le gustaba mucho leer la prensa. No sé qué hacía con el tercero. Entonces, ¿lo guardaba para ti?"
"Ya le tuteaba, le tuteaba con la misma naturalidad que a un hermano.”


La infancia pobre de Antal fue de otro tipo, él no tuvo un descenso social como Iza, siempre fue pobre, su padre era aguador, transportaba el líquido hirviente del manantial termal y lo llevaba a las casas. El hombre para el que trabajaba disponía de una flota de 150 carros cisterna, algunos tenían las cubas en muy mal estado, y un mal día yendo por un mal camino reventó una de ellas abrasando a su padre mientras intentaba ajustar bien el grifo tras el traqueteo. Murió en el hospital al poco tiempo de ser ingresado. Antal no conoció a su madre, sólo supo, a través de su abuela, que se había tenido que ir a la ciudad. Más tarde comprendería las connotaciones de la explicación en sordina. A los abuelos les indemnizaron para encubrir el trágico accidente, y en el escalafón más bajo de los aguadores emplearon al hombre y al nieto, así que Antal se crió entre barro sin permiso para adentrarse en las casas de los ricos, -la pobreza es muy amenazante-, un golpe de suerte haría que el caso del desafortunado accidente años más tarde volviera a salir a la luz y de nuevo el responsable se ocupara de enmarañar los datos a su favor. Para lavar su imagen sacaría del barro al niño y se ocuparía de sus estudios, así fue como Antal entró en el internado. También él, al igual que Iza, sacaría el orgullo para renunciar a la falsa caridad y ganarse el sustento por sí mismo. El muchacho desarrolló un sexto sentido para distinguir a los seres honrados de los que no lo eran, por eso admiraba a Vincen, el padre de Iza. Y cuando se casó con ella y vivió con sus suegros, que lo amaron como a un hijo, por primera vez pudo experimentar la felicidad de pertenecer a una familia con principios. Por eso adquiere la casa, a pesar de estar divorciado, cuando su ex suegra se va a vivir con su hija a Budapest, para remozarla, pero también para conservarle en secreto a la anciana los enseres tan queridos y proponerle, si las cosas no van bien como supone, que viva con él y con Lídia, su nueva mujer.

Como veis tanto Antal como Iza nos muestran sus carencias y el modo en el que intentan compensarlas. Y es precisamente en este punto donde me atrevo a rizar el rizo para preguntar ¿qué entiende cada cual por egoísmo?
En cuanto a la madre, protagonista principal de esta historia, diré que nadie es malo del todo ni bueno del todo, es cierto que Etelka nos parece un ser entrañable y desvalido, pero de algún modo la novela nos dice que mientras tengamos facultades mentales debemos tener capacidad de decisión y valentía para saber expresarnos, y ella no tiene ninguna de las dos, por eso la novela, aunque se incline a su favor, también es un alegato contra la torpeza, los bloqueos y el miedo. Claro que hay personas fuertes y dominantes que subyugan, tal vez no pueden evitarlo, pero por mucho que te ‘vampiricen’ o alienen, queriendo o sin querer, también tenemos la obligación de salvar esa barrera, cada cual con sus medios. No toda la comunicación ha de ser verbal, pero para que el otro se entere de algún modo hay que saber explicar, saber decir lo que te afecta o te duele.

El club terminó el miércoles pasado y me propuse adelantar lecturas durante el verano para tenerlas preparadas en la temporada que viene que como cada año comenzará en octubre, casi todas mis compañeras, incluyéndome, estamos pasando o hemos pasado ya por esa etapa de cuidar a nuestros padres, la mayoría en peores condiciones que Etelka la madre de Iza. Sé que la lectura del libro será muy delicada, porque podemos identificarnos con las dos protagonistas y sufrir por ello doblemente ya que por edad estamos justo en el medio. Pero si me quedé leyendo hasta el amanecer es porque el libro importa. Durante su lectura no sabía si el efecto que me estaba haciendo era contraproducente o beneficioso, pero el caso es que no podía parar de leer, hace muy poco que he perdido a mi madre y a veces me parecían reproches suyos los de Etelka. Sé que tenemos un radar que lo capta todo aunque no siempre sepamos descifrar lo que recibe, y no me da miedo que la vida se exprese en pasado, en presente y en futuro al mismo tiempo y que las herramientas que escoja para hablar parezcan o sean sobrenaturales, estar sobre lo natural tampoco es para tanto, sólo es estar encima, un poco más arriba. Sé con certeza que el mensaje de mi madre jamás sería negativo, así que resulta evidente que la enseñanza del libro no se refería al pasado, sino al futuro que hay que preparar en el presente, así es que al menos por esta vez sí que supe descifrar la información del radar: el libro tiene dos puntos de vista y dos enfoques, el del cuidador y el de el cuidado, y yo me quedo con el segundo, que tanto si la autora lo pretendía como si no, de forma consciente o inconsciente nos viene a decir que hay que saber envejecer, asumir la soledad sin miedo y mirar con realismo tu estado físico, anímico y mental para poder solicitar un buen lugar de acogida que a ser posible no se coma como un buitre el pequeño legado de tus herederos y realizar el trámite a tiempo. Si no te queda más remedio que pedir ayuda y ponerte en manos de los hijos, parcial o totalmente, es importantísimo haber desarrollado la capacidad de adaptación y pedir que te expliquen con claridad cuál es el plan y después rogar al cielo para que te dé lucidez hasta la muerte.
Hay que estar preparado y mirar de frente. Mi madre lo estaba hasta que le llegó el Alzheimer.
Creo que nuestra generación está siendo superficial, ñoña e irresponsable y que hay que asumir los cambios y no quedarnos ahí a verlas venir pinchándonos botox y llenando gimnasios como si el paralizante líquido y los músculos reactivados fuesen a retrasar algo, en la cabeza no hay bíceps ni abdominales ni tríceps. Hay que buscar soluciones que nos involucren a todos sin que el planteamiento sea deprimente sino ilusionador, para que hacerse viejo no aterrorice. Parece mentira que Magda Szabó que murió en el 2007 nos lo esté avisando desde 1963 con este prodigioso libro.

Un fuerte abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"El regreso", de BERNHARD SCHLINK

Peter Debauer, de niño pasaba las vacaciones de verano en Suiza en casa de sus abuelos ya jubilados que para aumentar un poquito la pensión se dedicaban a editar una colección de novelas populares. En los años 50 recién acabada la segunda guerra mundial el papel está muy caro y los abuelos le regalan a Peter algunos pliegos de las pruebas que corrigen para que aproveche el dorso y le prohíben expresamente leer el anverso, pero un buen día Peter decide desobedecer el mandato de sus abuelos y lee el texto escrito en las hojas: son los fragmentos de la odisea de un soldado alemán que regresa a casa tras su cautiverio en Siberia para reencontrarse con su mujer. Cuando llega a su ciudad y ella le abre la puerta lleva a un niño en brazos y a su lado hay un desconocido. Peter se quedará sin saber como acaba la historia del soldado porque desgraciadamente ya ha usado las hojas finales para tomar sus apuntes de clase y las ha tirado. Años después Peter tropezará de nuevo con esa historia y sentirá curiosidad por conocer el final. Y esa indagación se convertirá en la búsqueda del autor de dicha novela, un hombre que ha dedicado toda su vida a borrar su rastro, que ha vivido bajo distintas identidades, que ha conseguido éxitos y que sobretodo ha establecido una relación muy particular con los horrores del siglo XX. Al mismo tiempo Peter se encontrará a sí mismo, y sus investigaciones le llevarán a vivir su propia odisea: la búsqueda de sus orígenes de la mujer amada y finalmente su propio regreso”. (Resumen extraído de la contraportada de la novela. Editorial Anagrama)

Advertencia para quienes todavía no hayan leído esta novela: voy a desvelar el final.

Desde hace ya algunos años en el club hemos ido compartiendo la literatura de Bernhard Schlink. Leímos juntas “El lector” que nos causó un gran impacto y nos dejó una huella imperecedera, y después “La justicia de Selb” de la que en este mismo blog dejé comentario. Así que esta vez cogí a ciegas el libro por el aval del escritor, (aclaro el detalle porque si seguís el blog veréis como durante este año una especie de magia o pegamento invisible nos ha hecho elegir al azar varias novelas prácticamente seguidas con el tema común de la segunda guerra mundial y el nazismo, eso sí, bajo prismas y épocas distintas). “El regreso” es una novela difícil de escribir, ahora explico por qué.
He sentido muy cerca el dolor del protagonista y en esta ocasión sí me he atrevido a especular con los préstamos biográficos del autor, mirando entre los renglones, y digo me he atrevido porque una de las cosas que más molesta a un novelista es que le pregunten que si el contenido de sus novelas es autobiográfico, el escritor desea que lo valoren por la creatividad y por la capacidad de imaginar, porque aunque el magma deposite sedimentos personales nunca deja de ser ficción, puesto que se escoge lo que se quiere decir y también lo que se omite, camufla, o disfraza. La literatura no es un retrato hiperrealista de la parte externa de la vida, aún admitiendo que fuese sólo realidad lo que refleja, también, como ya he dicho otras veces, estaría fotografiando el pensamiento, el sentimiento, lo imaginado, lo soñado, lo intuido…, en una palabra, lo de dentro, factores que sin duda también forman parte de la realidad, ¿objetiva?, ¿subjetiva?, qué más da, propia en cualquier caso. Si con esta novela he especulado, como decía anteriormente, con la idea de que lo que Bernhard Schlink cuenta pudiera ser autobiográfico ha sido por conmiseración ante el impacto, por nada del mundo querría que le hubiese ocurrido lo que relata, porque a ver cómo te arrancas, cómo vomitas un sufrimiento así y siendo juez encima.

Durante la segunda sesión –es decir, en el tramo que va de la página 100 a la 200 una compañera expuso: “A mí me parece que cuando va a decir lo importante corta.” Esta frase se me quedó prendida, porque fue la clave que me dio la definición exacta de mis sensaciones: la novela es un merodeo constante porque la “verdad” a la que tiene que enfrentarse es muy dura y puede dejarte ciego y destruirte si la miras de golpe y de frente y sin preparación previa, por eso la frase de mi amiga fue muy acertada, ella tal vez quiso decir que la forma de narrar sonaba como cuando alguien va a soltarte una confidencia y a medio camino se arrepiente o no termina de atreverse a ponerla en voz alta, pasa un tiempo y vuelve a intentarlo con los mismos resultados, pero sin embargo algo va cambiando porque en cada nuevo intento ha dejado un pequeño goteo, un ligero reguero de información que ha ido allanando el terreno.

A menudo las novelas nos ordenan la vida, -ya que esta es tan caótica e inconclusa, al menos en apariencia-, porque nos la van separando por compartimentos, porque colocan todo en su lugar y se expresan por partes, pero en la vida ocurre todo junto: al mismo tiempo que puedes arrastrar asuntos traumáticos o temas sin resolver, te puedes estar enamorando, has de estudiar, trabajar, relacionarte, soñar, desarrollarte, crecer, sentir tristeza, alegría…
Pero en este caso yo diría que la novela ha sido escrita como la vida se escribe a sí misma, con todas sus irrupciones e interrupciones en los proyectos que te has propuesto, por ejemplo: Max, el hijo de su ex novia Verónika, al que Peter ama como propio, es aparcado en su casa sin previo aviso, porque Verónika se va de viaje, y es precisamente en ese periodo cuando al protagonista la vida se le coloca por sí sola mostrándole el ambiente hogareño que en realidad desea, el cuidado del pequeño le indica las prioridades, le marca camino. Otro ejemplo es el de Bárbara y el regreso inesperado del esposo, justo en el momento en el que la relación comenzaba a afianzarse, la vida le da otro vuelco…, pero en el fondo no son más que pequeños desvíos que siempre te devuelven al camino central.

En esta novela de búsqueda, al igual que Ulises, el autor B. Schlink escoge cuatro odiseas que se contienen entre sí como si de muñecas rusas se tratase, literatura dentro de la literatura:
-Una es la atribuida a Homero.
-La segunda es la novela que Peter comienza a leer de niño a la que le faltan las páginas finales y también las del principio, razón por la que desconoce la identidad del escritor. (Sobra decir que el recurso del manuscrito encontrado es uno de los logros de Schlink, que para este ejercicio maneja con maestría varios registros de lenguaje diferentes: la novela encontrada que el protagonista lee por trozos tiene un estilo y voz distintos, luego está el epistolar con diversos remitentes, su padre, el amigo de juventud de su padre… y el de los trabajos de ensayo también de su padre, si es que podemos denominar así los aberrantes delirios psicopáticos de este señor).
-La tercera se refiere a la propia odisea de dicho escritor desconocido, (aunque ya os haya desvelado yo que es su padre). Seguir su rastro es complicado, porque a lo largo de su vida adopta varias identidades.
-Y la cuarta y más importante es la de nuestro protagonista que yendo en busca del autor desconocido se encuentra a sí mismo.

Otra compañera expresó también durante la 2ª sesión lo siguiente: “Yo creo, y hablo del autor, de Bernhard Schlink, no del protagonista, que nunca va a encontrar lo que está buscando”. Lo dijo con un poso de tristeza muy hondo, y quise leer en su rostro que a pesar de las reivindicaciones sobre las memorias históricas hay verdades que sólo se dan en circunstancias anómalas y que nos son vetadas porque tienen que ver con el horror.
Cuando los lectores vamos descubriendo, a la vez que el protagonista, que el escritor de ese manuscrito encontrado es su padre, y la cursiva de sus cartas nos araña los ojos, se nos coloca todo de repente, a cada uno con sus matices, y los míos me hicieron volver al comienzo: a la parte del abuelo y su afán por mostrarle al chico que de errores judiciales han salido grandes avances, algo así como el refrán nuestro “No hay mal que por bien no venga” y entonces dije No, de forma rotunda, entonces empecé a vislumbrar que tal vez el abuelo, consciente o inconscientemente, intentaba justificar algunos hechos representando a una generación que no sabe qué hacer con la culpa, la suya propia o la de sus vástagos, y que busca desesperadamente visos que mitiguen el agravio. Pero no vale, comprender no es justificar y hay que definirse y tomar posición.

En “El regreso” no se desvela si los abuelos conocían la identidad del autor del libro que le entregan al niño para que escriba por el dorso con la prohibición de leerlo, esa nube no se retira, como tampoco si la muerte de los ancianos fue o no accidental, a los dos les atropella un coche y fallecen en el acto. Meses antes se fueron deshaciendo de sus enseres como si lo intuyeran y le pidieron al nieto que escogiese su herencia, muebles que llevará consigo toda la vida cualquiera que sea su morada y que representarán sus raíces, su origen. Tanto si creyeron la mentira de que el hijo había sido asesinado a tiros, como si fueron conocedores desde el principio o posteriormente de sus refugios e imposturas, el daño es atroz, pero la novela ni siquiera lo insinúa, es algo con lo que he especulado yo y con esa licencia y haciendo el libro mío me permití el deseo de proteger a aquel niño sembrado de dudas por las historias que el abuelo le relataba. Finalmente, siendo ya un joven, reacciona cogiendo rechazo a las palabras y a los malabarismos seductores que podemos hacer con ellas. Así que no he podido evitar, mientras leía, la sospecha de que tal vez los abuelos le entregaron al nieto a sabiendas una novela escrita por su padre.
Puede que Pandora, tanto en la vida como en la literatura, se confabule con los astros para levantarle la tapa al cofre y dejar que los secretos se expliquen a voces.
Pero aunque Schlink no me aclare la duda dejad que me pregunte ¿por qué envía un hombre culto una novela a una editorial pequeña de publicaciones populares y entretenidas si no es porque conoce la identidad de los correctores de estilo?, ¿acaso padres e hijo compartían el secreto?, ¿o es Pandora la que enreda para que los males campen por sus respetos? Schlink no nos lo dice, porque en realidad importa poco el cabo suelto y alguien tiene que salvarse en un mundo con tanto presunto implicado. Así que ahí dejo la interrogación.

Hay una constante en la literatura de B. Schlink, y es el esfuerzo que realiza en todos sus libros por diferenciar la justicia de la ley y también de la venganza. Pero para no confundir, he de dejar claro, aunque reitere, que estos pensamientos que he manifestado en voz alta no son más que una vuelta de tuerca mía, una osada discrepancia, una impresión personal.
Los abuelos en la novela están dibujados como seres extraordinarios que lo llenaron de amor, con los que Peter podía ser él mismo, y el lector les ama tanto como el protagonista.
Al abuelo le gustaba contarle errores judiciales para que él extrajera su moraleja, para enseñarle a pensar; a la abuela sin embargo esas historias le agradaban más por la parte artística y de leyenda que encerraban, siempre decía que consideraba un juego de inmadurez masculina la guerra, no en vano fue sufragista y siguió siendo pacifista.
Cuando mueren sus abuelos, Peter se encuentra en un punto importante de inflexión con su vida, tanto sentimental como de objetivos profesionales, perdido en los patrones legales y en los déjàvu que cada caso crea. No encuentra la justicia concreta a aplicar en los nuevos casos sin que la contaminación de los esquemas los etiquete y adocene, no es eso lo que quiere, y por ello renuncia a su plaza de asistente y decide poner tierra en medio, abandonando, tras la tesis doctoral, la habilitación que le estaba preparando para ser catedrático de derecho.

En el paraíso californiano se dedica a los masajes y al lenguaje sincero de la piel y de los cuerpos, se da esa tregua al menos hasta que encuentre su discurso propio, su propia línea de pensamiento.
Los clásicos griegos ya escribieron todo a grandes rasgos, La Ilíada, La odisea, Edipo Rey, Antígona, Electra.... Nosotros tan sólo damos vueltas alrededor de sus pautas y nos limitamos a tratar de entenderlas.
Al igual que en la vida, -en la que lo que leemos nos afecta y se sale de las páginas para formar parte de nuestra propia experiencia-, al protagonista en la ficción le ocurre lo mismo, por eso encuentra todos los equivalentes de La Odisea de Homero en su camino: A través de la búsqueda del autor desconocido (que más tarde y por desgracia descubrirá que es su padre como vengo repitiendo) aparece Bárbara, su Penélope. En la novela que leyó de niño se queda sin saber a quién escoge la mujer ¿al soldado que regresa y que ella daba por muerto? o ¿al hombre que ahora tiene? En su vida el esposo de Bárbara vuelve, es corresponsal de guerra, y ella se queda con él, o al menos eso piensa Peter al retirarse sin considerar que Ulises sí luchó por Penélope. Pero la vida reserva oportunidades, y en una de sus idas y vueltas él se reencontrará con Bárbara en un avión. El viaje siempre está presente, desde que el libro comienza: trenes, camiones, barco en la infancia y aviones en la madurez.
Tanto para el lector como para el protagonista es muy duro ir descubriendo a cuentagotas primero a un ideólogo nazi, y después que éste sea su padre; es muy duro tener que leer las barbaridades psicopáticas con las que ese ser abyecto justificaba hasta el hecho de matar y cómo esta seductora oratoria puede captar hoy igual que captó entonces.

En el club otra compañera recalcó que no hay que irse a una época determinada ni situar el nazismo en la Alemania de los cuarenta, los neonazis se extienden como las setas por todo el mundo y no necesitan holocaustos para abonarse, están al acecho y a la espera de “su Reich particular de los mil años” como dice el “elemento” este. No en vano el padre del protagonista, por llamarle algo porque de padre no ejerce, saltó a Argentina desde España, -triste refugio de muchos de ellos, aquí se movieron a sus anchas bajo la protección de Franco-, y de Argentina a Estados Unidos donde gozaba de predicamento y prestigio. Este “ser” peligrosísimo -con una capacidad camaleónica de adaptación a los tiempos que provoca escalofríos- daba clases a estudiantes, el mejor campo de cultivo.
En el club nos remitimos al recuerdo de películas tan necesarias como “La caja de música”, “American history X” o a otras más recientes como “La ola”, “Los edukadores”, o “La cinta blanca”, esta última aún no la he visto. Y aquí, os hago hincapié en que leáis con mucha atención los inteligentísimos y embaucadores fragmentos de los escritos de este buen señor (de nuevo me refiero al padre en la ficción) que aparecen en las páginas 163 a 168 y 184 a 186. Los escalofríos dan porque muchas de sus falsas premisas las estamos oyendo hoy en la calle, quienes tengan el valor y la inteligencia para reconocerlas deberían decir: “Disculpa, seguramente tu no lo sabes, y lo dices sin maldad, pero eso que estás profiriendo es un argumento nazi”.
No sé si el autor ha hecho un exorcismo personal, me da igual, prescindo de lo morboso, en cualquier caso como decía el título de aquella maravillosa obra de teatro de mi querido Arthur Miller: “Todos eran mis hijos”.

Me gusta muchísimo el desenlace de “El regreso”. Antes de llegar a él, Peter hace ya muchas páginas que ha dejado de llamarle padre en su interior, tampoco le desvela que es su hijo, ha necesitado agotar hasta el último cartucho de esperanza para comprender en toda su dimensión quién es, y como es el monstruo moderno que lo concibió, y aunque el mensaje sea que Peter nos entrega el testigo a los lectores (porque es consciente de que su acto pasará inadvertido y su Nuremberg particular ocupará durante un tiempo efímero unas páginas en los periódicos -que el inculpado sabrá rentabilizar a su favor con la astucia de su arma letal: su maleable oratoria-), la denuncia está hecha, y Bernhard Schlink nos la deja en sus libros no sin antes habernos aclarado con detalle lo que diferencia a un líder de un embaucador dañino, no sin antes habernos advertido de lo manipulables que somos, del peligro que puede encerrar nuestro comportamiento en grupo, y de la fragilidad que ello supone en personas que se preparan para jueces, como él, o para cometidos que pueden dirimir nuestros destinos. Conocernos a fondo nos permite elegir, no que nos elijan. Y siempre, siempre hay elección. Casi nunca estamos en peligro de muerte como para justificar las barbaridades que cualquier desalmado borracho de poder puede infligirnos, o valerse de nosotros para aumentar dicho poder.
Ha sido muy bonito comprender los dos Berlín reunificados a través de esa comparación de pareja separada que hace Peter. Nos habla de que al no conocer lo que les ocurre mientras están lejos el uno del otro tienden a pensar que, o las cosas son como quedaron o son como la transformación que cada uno de ellos ha hecho por separado. Hay que volver a conocerse, insisto.

Otro hermoso pasaje de autoafirmación, aunque no cito literalmente, es el que se produce, cuando el protagonista y su madre están frente al lago arrojando migas de pan a los patos, -al igual que de niño lo hacía con su abuelo-, y Peter intenta ser equitativo.
-“¿Quieres enseñarle a los patos lo que es la justicia?” Le increpa su madre, y él se queda pensando y como respuesta comparte con ella lo que opinaba el abuelo:
-“Decía que así era la naturaleza, que los fuertes consiguen más que los débiles, los rápidos más que los lentos, pero yo no soy la naturaleza
”.

También me gusta mucho la conversación que mantiene con el periodista americano en la que le dice “La única razón por la que Ulises al regresar a su hogar mató a los pretendientes y ahorcó a las criadas que habían mantenido relaciones con ellos es que él no se quedó allí. Siguió su camino. Si uno desea quedarse es preciso que todos se pongan de acuerdo evitando las venganzas. ¿No es cierto que en América no hubo venganzas después de la guerra civil? La razón es que, después de la secesión, América volvió a casa para quedarse. Si Alemania vuelve a casa, también será para quedarse”.
A mí escritores como Schlink, o el húngaro Sándor Márai me hacen interesarme por Europa y amarla en su conjunto.
Como Peter también estoy convencida de que la estela sigue al barco. Y con esta imagen hermosa me despido.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"El esplendor", de ALVARO OTERO

Un conmovedor y justo homenaje a aquella edad de oro del sindicalismo español.
El lector entra en el universo de “El esplendor” por la puerta del invierno de 1961 y a partir de ahí recorrerá, junto a los protagonistas, cuatro décadas.
Extraordinaria novela de principio a fin, honrada, valiente y de elecciones difíciles: Álvaro Otero escoge para su exploración y buceo dos mundos: el obrero y el de la “aristocracia industrial” y los contrapone. ¿Mundos antagónicos?, ¿disociados?, ¿enfrentados?... el lector decidirá, pero sobre todo asistirá a la gran evolución que se produjo en ese periodo tan importante de nuestra historia reciente y conocerá de cerca y con detalle a los personajes anónimos que la protagonizaron. Casi nadie recuerda ya los riesgos altruistas que corrieron, que corrimos, tampoco las renuncias, las pérdidas y la persecución que sufrimos cada uno de nosotros en mayor o menor medida.
El autor nos muestra esta intensa etapa de cambios sociales a través de la amistad que surge entre dos muchachos: el heredero del imperio Andrade, flamante empresa de astilleros navales, y el hijo de un albañil que sufre un largo periodo de escasez laboral. Es posible que en ese tiempo previo de inmovilismo, en el que todo parecía estar en su sitio, sus dos mundos jamás se hubiesen cruzado, pero una tragedia ocurrida en la adolescencia les unirá para siempre.

Decía al principio que Álvaro Otero había tomado decisiones difíciles a la hora de escribir este libro, como la de situar a los protagonistas en el final de la adolescencia, a punto de traspasar el umbral que conduce hacia el mundo adulto, -ese intenso pero corto espacio en el que cualquier porvenir soñado parece posible-, lo que ambos jóvenes desconocen es que su futuro se ha diseñado sin contar con ellos. El conflicto está servido. Ni Julián Andrade ni su amigo han tenido libertad para escoger, pero a los dos se les va a brindar una oportunidad irrepetible: la de asomarse a la vida del otro, y ante esa visión, el deseo de cambio y rebeldía germinará en sus almas como una enredadera.
Durante una de las escenas clave del nudo, la del marcaje territorial que se desarrolla en la humilde cocina del chico “pobre”, se producirá la compraventa de un ser humano con las mismas artes que utilizaría un tratante de ganado experto. En ella vemos a los dos patriarcas, ambos, retratos fidedignos de los productos que creó el franquismo: uno el del patrón paternalista ejerciendo de “magnánimo” desde su elevada atalaya de privilegios, y otro el del obrero adepto al régimen de Franco, un estómago agradecido y conformista como se decía entonces. Entre el pequeño espacio que hay entre la mesa de cocina que los separa se respira el acuerdo tácito que revalida la frase Amigos sí, pero cada uno en su lugar y el borrico en la linde. La esposa del obrero guarda silencio, el mismo silencio sumiso con el que a los dos hombres les flanquean los hijos. Al padre, albañil en paro, no se le muestran todas las cartas desde el principio; primero, tras la envoltura de un inteligente y astuto circunloquio, se le hace una oferta de trabajo a la que no podrá renunciar, ese es el señuelo, y tras sellarla, habiendo desplegado todas las armas de seducción y los certeros golpes de efecto que el poderoso domina con soltura, viene el cobro: a cambio el gran magnate se ocupará de pagar los estudios del hijo, satisfaciendo así el capricho de asegurarle un amigo a su heredero, naturalmente el recién “desclasado” deberá olvidarse de sus sueños literarios “porque esas son carreras para entretener a las mujeres” –añadió- “te harás abogado”.

Como decía, pocas veces he visto en literatura escenas que alcancen una tensión tan elevada donde los sentimientos encontrados (el orgullo y la vergüenza, juntos; la humillación sutil y la compraventa de la dignidad -asumida de antemano-) estén tan bien explicados. El lector sujeta la respiración, y el nudo que se le pone en la garganta es muy amargo.
A partir de ese punto el escritor conduce a sus jóvenes protagonistas hasta la universidad en donde aparece la toma de conciencia, la autodefinición, y como resultado la toma de postura. Desde la universidad los eleva a la “cima” laboral, y ahí ya establece definitivamente y con claridad la bifurcación ideológica.
Al colocar el objetivo de la cámara -si se me permite el símil- a esa altura, Otero consigue de un plumazo la perspectiva perfecta para que el lector pueda ver al mismo tiempo a estudiantes, patrones, mandos intermedios y obreros.
Insisto en que las decisiones del escritor son muy difíciles porque mientras ese enorme entramado social se remueve y se vulnera, la amistad apasionada y profunda de los protagonistas prevalece por encima de todas las dificultades y divergencias a pesar de los sentimientos de traición, de la contabilidad de los favores… Esa forma de relacionarse tan entrañada, tan estrecha y vinculante hoy apenas se comprende. Yo sí recuerdo sin embargo enfrentamientos más desgarradores aún que los de la amistad. En aquel tiempo abundaron los de hijos contra padres, o de padres contra hijos, pobres progenitores perplejos que no acertaban a comprender por qué la policía iba hasta sus hogares para llevarse a sus vástagos como si de delincuentes se tratase alegando que participaban en manifestaciones ilegales. Padres desconcertados por la secreta y desconocida dicotomía de sus hijos. Cómo iban a imaginar a sus retoños envueltos en actividades clandestinas que hoy nos harían sonreír por sus limpios e ingenuos propósitos. Y es que no hay que olvidar que nos tocó un tiempo no sólo de ruptura generacional, también social, en la que el mundo giró a más revoluciones, -nunca mejor dicho-, porque se produjeron en plural.
Por desgracia, el sistema, con el tiempo encuentra los mecanismos, y engulle cualquier rebeldía convirtiéndola en slogan y beneficio. Aunque esa es otra historia -no me hagáis mucho caso con el pesimismo, me estoy haciendo mayor.
Por fortuna “El esplendor” no se olvida de que hubo cárcel y muertes para quienes lucharon por asuntos tan legítimos como la igualdad salarial entre hombres y mujeres, la reducción de jornada, la mejora de la seguridad en el trabajo… Tampoco se olvida de que hacíamos cajas de resistencia para que a las familias en huelga nos les faltase.

La noche anterior a la matanza de Atocha, -que entre otras, la novela cita-, Juan Carlos, un abogado laboralista de 26 años llamaba, desde Guadalajara, al despacho de sus compañeros de Atocha en Madrid para ver a qué hora se iba a hacer la reunión, le dijeron que no era necesario que asistiera y tras una agotadora jornada de asesoría gratuita, se marchó a descansar que buena falta le hacía. La llamada la hizo delante de mí y de otros rezagados que pululábamos por allí, habría sido otro más.
En la película de “Siete días de enero” se ve como levanta el féretro de uno de sus compañeros.
Me gustaban las asambleas de la construcción, aprendía mucho y me iba allí a escucharles, celebraban sus reuniones en otra estancia de aquel improvisado bufete de abogados laboralistas, yo trabajaba en esa época en el corredor del Henares, en las oficinas de una de sus mastodónticas fábricas, así que entiendo de maravilla lo que siente el personaje sin nombre que nos cuenta “El esplendor” cada vez que tiene que ratificarse ante sus propios compañeros de lucha. Los administrativos siempre estábamos cubiertos de sospechas.
A mí los enigmas del mundo se me aclaraban mejor con la militancia sindical que con la política, aunque todo formase parte de lo mismo, pero mis rasgos pragmáticos me hacen buscar la utilidad de mis actos y aquel era por antonomasia el terreno de lo concreto. Yo en aquella etapa tenía la edad de Laura, el personaje femenino que redime a Julián, y ha sido hermoso y a la vez extraño verme ahí, en las páginas de un libro que no he escrito yo. No estoy haciendo un alarde de ombligo al referir todo lo anterior, es más, si no fuera porque necesito expresarlo para lo que a continuación quiero decir prescindiría de mostrarme en un aspecto que siempre evito porque resultó muy doloroso para mí, por circunstancias que no vienen al caso hubo un antes y un después de aquella fábrica, pero la valentía de Otero me ha empujado a implicarme: a nivel personal estoy impresionada, soy once años mayor que Álvaro Otero. Cuando yo cumplía los 18 él tenía siete, por tanto aquel tiempo no lo vivió en persona, y en ese detalle radica mi asombro: la documentación que ha necesitado para esta novela le ha sido relatada por otros, pero él la ha trascendido, no sólo como si fuese un testigo directo, la ha vivido. Es mejor que de uno mismo hablen los otros, porque los otros no tienen que cargar con las contaminaciones de la decepción, los resentimientos y la tristeza. Los jirones de piel siempre dejan escozores, aunque se siga sintiendo lo mismo, si lo particular no fuera secundario jamás podríamos anteponer lo colectivo. Por eso es mejor que esta historia la escriba Otero, porque su mirada es tan limpia y tan ecuánime que lo que provoca es un profundo agradecimiento.

Pero sí quiero recordar que hubo un partido que fue en cabeza a recibir los golpes, que allanó el terreno para todos, que hizo una reconciliación nacional, que fue insultado como revisionista y moderado, que rompió con la Unión soviética, que sacrificó a su líder...
Siento que hay una gran deuda histórica con muchos hombres y mujeres que hicieron el trabajo duro, otros también, pero están a la vista y disfrutan de los resultados y sobre todo, del reconocimiento. Entiendo que el pueblo es soberano, comprendo que buscase una imagen fresca de dirigentes sin implicación en la guerra civil, nadie se queja, pero los olvidos de personas justas, valientes y bondadosas, duelen, y dicho olvido no se debe a que el trabajo posterior fuera malo, simplemente no hacían bonito en la nueva etapa. Soy de izquierdas y eso significa que cualquier daño que reciba el partido socialista también me afecta, pero resultaría más interesante y rico que este país no fuera sólo bipartidista, hay voces que hacen mucha falta sin necesidad de ser absorbidas aunque sólo sea para que nadie olvide que se gobierna para un país, ya sé que mis palabras responden más a un sentimiento que a un argumento y que acepto de buen grado lo que las urnas dicen, pero me apetecía el lamento. Adoro la pluralidad. Me encanta lo diverso.

Pero volviendo a “El esplendor” tras este inciso, diré que contiene una prosa apabullante de puro hermosa y que se asoma a todas las caras ocultas del alma humana. Jamás voy a olvidar la forma de querer de ese muchacho sin nombre que un día decide colocarse detrás de Andrade con el compromiso de ser su protectora sombra; le querré siempre porque le dieron una vida prestada de esclavo con escalafón alto de la que supo salirse; porque parasitó las mieles pero sufrió las hieles.
Y del mismo modo amaré a Julián Andrade, ese último emperador, marcado por el declive, al que me habría gustado agarrar para salvarle del imán del agua y de su vértigo atrayente; le amaré por llevarle en descapotable a su amigo todo su reino para ponerlo a sus pies de la única forma despótica en que sabía hacerlo, y sobre todo por entregarle lo más oscuro y recóndito de sí mismo, romper esa cáscara es muy complicado.
Sentiré en lo más profundo la invisibilidad de Moira y la de la madre del muchacho sin nombre, ellas son las grandes perdedoras de ese tiempo y de esta historia, porque hasta en el hecho de perder hay diferencias, los hombres son vencidos ante el mundo, las mujeres frente a la oscuridad.
“El esplendor” es una novela que muestra y descubre sin recodos la ternura masculina, normalmente oculta bajo mil capas. Pero sobre todo “El esplendor” es una tragedia impecable que abarca toda la dimensión de la palabra y en ella el agua tiene Verdugo por nombre.
A nuestra ciudad, plagada de lectores, se acercan a menudo escritores de renombrado prestigio. Resulta curioso que cuando les preguntamos por sus libros favoritos nunca mencionen los escritos por españoles de ahora mismo. Es muy triste. En otros gremios no ocurre, el viernes pasado sin ir más lejos veíamos al mejor intérprete y compositor de armónica del mundo acompañando discretamente a Patxi Andión. La primera vez que mi marido y yo escuchamos la música de Antonio Serrano fue en la Taberna del Blues, un bar chiquitito de Viñuelas, -el dueño también extrae maravillosas melodías de sus armónicas-, y él había recorrido kilómetros para estar allí. Pasado algún tiempo vimos de nuevo a Antonio Serrano dando un concierto en televisión, cuando le toca ser solista lo es, y si hay que hacer equipo lo hace, los músicos son otra cosa.

Cuando “El esplendor” ganó el primer lugar en el concurso literario de Guadalajara todos los escritores de aquí nos alegramos, también los foráneos que formaban parte del jurado junto al equipo que previamente desbroza y selecciona. Porque al igual que Antonio Serrano cuando nos toca ser solistas lo somos y cuando nos toca acompañar acompañamos. Porque lo único que de verdad importa es que la música suene.
Para mí es un orgullo que el premiado dé prestigio al premio, así como el premio al premiado, y un honor conocer a los escritores españoles de mi tiempo, y que ellos me conozcan a mí, al fin y al cabo la vida es una enorme jam session y la literatura una música en fuga a la que se le van añadiendo cada vez más instrumentos.
La composición de una fuga consiste en el uso de la polifonía vertebrada por el contrapunto entre varias voces o líneas instrumentales de igual importancia”.
Así que no sé a qué viene jugar tanto a los ninguneos.

El viernes día 14 tendremos un encuentro con el gran escritor gallego Álvaro Otero en el San José.

Un abrazo muy cariñoso de Pili Zori