LA ENTREVISTA



LA ENTREVISTA
(Primer premio de prosa XVI Certamen Ciudad del Doncel 1995. Entregado el 27 IV 96)


La plataforma del plató parecía una isla amenazada. Alrededor de ella, el galimatías de cables semejaba una jauría de serpientes locas. Los operadores parecían marcianos desconectados del mundo, recibiendo órdenes de fuera, ensordecidos por auriculares de antenas que rascaban el aire. La jirafa, como un gran dios cibernético, amenazaba con desplomarse.
Clara disimulaba su asombro; nunca había estado en televisión, echó de menos las paredes, se sintió expuesta. “¡Qué diferente de la radio tan uterina, confidencial y acogedora!”.
El público se colocaba en los asientos, desorientado. Todo tenía un aire amenazador y hostil. Un batallón de mujeres y hombres iban y venían en un corre-corre frenético, el joven de la esquina braceaba sujetando a la vez un fajo de folios, como si fuera a soltar panfletos al aire.
“Será el regidor o algo así”, -supuso Clara.
-Un, dos, tres, cuatro… Entramos. –Pinchó el aire con el dedo índice en gesto imperativo.
Por un momento creyó estar en la NASA, y que la plataforma iba a despegar como un cohete. El silencio y la parálisis se hicieron instantáneos.
El entrevistador comenzó con una efemérides, rápida, de la década que dio paso de inmediato a la presentación de los libros y sus autores.
El otro escritor, conocido y veterano, la saludó despectivo y distante. Había llegado más tarde que ella, con aires de amo, caminando bajo palio, seguido de una corte de peluqueras y maquilladores serviles que le daban los últimos y precipitados retoques. Saludó con ostentación al presentador, mostrando con voz engolada que era más propietario de su amistad que Clara.
Se sintió desvalida. El prócer le había dejado muy claro, en segundos, cuál era su sitio y que ella no pertenecía a ese gremio.
No le había caído nunca bien, pero en ese instante se le derrumbaron todas las buenas intenciones previstas… “Tal vez  conociéndole en persona…”, había pensado minutos antes.
Atufaba a esa colonia, a ese perfume de hombre de líquido transparente que ya no se vendía; el aroma la estaba mareando.
“Pero ¿qué pinto aquí?”. Aún sentía el bochorno de haber tropezado con los cables. “¿Cómo me he metido en este lío?”.
El entrevistador seguía dando pie al peroratas. “Mira que le tengo asco al cubo de datos este, me está poniendo mala” -se decía observando la cara astuta del novelista- “el erudito, con esos ojos de zorro y tanta desfachatez”.
Las frases del escritor se escuchaban huecas y rimbombantes; ya se había acostumbrado al olor de su colonia.
Clara continuaba con su monólogo interior; era tan extrovertida que hasta para pensar dialogaba. “Parecemos prostitutos vendiendo la mercancía. A que hago que me mareo y me tienen que sacar de aquí. Anda anda, no seas irresponsable.” -Se reprendió.
El otro proseguía plúmbeo relatando sus viajes por todo lo largo y ancho de este mundo. Le iba a tocar el turno a ella. “Ya no aguanto más los nervios; a que me salen con la consabida preguntita ¿Qué opinas sobre la generación X? y la H y la V, no te fastidia. Como me encasqueten alguna de conflictos bélicos o situaciones geográficas me da un peterre, si no sé ni dónde leches está Sarajevo, lo mío y el mapa mundi… Saldré del paso, seguro” –se animó- “Vamos Clara, tira millas, ya va”.
El pilotito rojo de la cámara 2 casi la hipnotizó, el objetivo parecía imantado.
“Debo tener una cara de imbécil… y las ojeras, seguro que parezco Drácula, pero por qué habré dejado que me maquille la borrica esa, casi me rompe el coxis al tirarme al sillón. ¡Joer qué mala leche tengo!, pobrecilla no daba abasto, voy a controlarme, estoy asustada, y cuando me asusto me vuelvo una borde. En el fondo es puñetera envidia, ¿dónde voy al lado de él?, intentaré ser positiva”. –Respiró hondo.
“Con la ilusión que me hacía ver un plató… todo es una mentira, que no me vuelven a mangonear, que no… mañana se entera, –se refirió a su agente-. “Me tira aquí, a los leones y se queda tan pancha cobrando los dividendos… qué injusta soy. ¿No querías darte a conocer?, pues toma, este es el precio… promoción, promoción de la novela. No miro al oráculo de Delfos éste, que me corto”.
Ahora hablaba del karma.
“Claro que tiene un culturón el tío…”
Se sintió intrusa, como una advenediza. “¿Qué hace…?”
Casi dio un respingo al ver al cámara agachado. “A que llevo una carrera en las medias. No faltaba más que eso. Atenta, -se apremió- ya me toca”.
La voz del entrevistador estaba terminando de perfilar su currículum.
-… Clara Bandrés nos ha deleitado con su ópera prima Tintes esquizoides, sorprendente relato… Bla, bla bla…
“Deleitado” eso le gustó, y los ojos protectores del presentador, siempre le había maravillado su rostro lleno de historia y esas arrugas de arado. Tenía en la cara raíces de campo, ascendencia de pobre, y el barniz de hombre de mundo de vuelta de todo, pero sin pérdida de entusiasmo, todavía con capacidad de asombro. Se la metió en un bolsillo y creó la atmósfera adecuada, ese ambiente cómplice que le decía: No tengas miedo, sé lo que te pasa.
Lo que más apreciaba Clara era el instinto, el lenguaje de los fluidos corporales y el aura.
“Si supiera que una vez le envié una carta” ¡Qué hombre tan genial! En la carta le decía al concluir: … Di algo sin pronunciar mi nombre, para que sepa que la has recibido. Y así lo hizo. En el sobre había escrito como título del programa por confusión, una frase que él pronunciaba a diario al comenzar y que ella había confundido con el encabezamiento El SOL SALE PARA TODOS. Tres o cuatro días después asomó el rostro a la pantalla y espetó: He recibido una carta entrañable e insólita; en la dirección se lee Javier Heredia. Torre España. Programa El sol sale para todos. Gracias amiga, gracias. No pensaba recordárselo. 
Era un momento en el que él estaba muy denostado, imitado por los cómicos hasta la saciedad… y aguantaba el tirón estoico, y ella le apreció para siempre jamás, con esa incondicional ternura que le daba la certeza de que las fronteras las rompe siempre el afecto. Tenía debilidad por los honestos; ese instinto nunca le fallaba. Entendía mal la vida, la mitad de las veces los árboles no le dejaban ver el bosque, pero los caballeros y las damas no se le despintaban, y este era Caballero sin espada, de los que te defienden cuando nadie da un céntimo por ti.
Adoptó la postura felina, inconsciente: mirada fija, cogote tenso, frente al ataque, brazo izquierdo apuntando al suelo, mano derecha en el mentón, frunce en el ceño, respiración rápida y corta.
-… su novela nos transporta a un mundo ficticio –enlazó el presentador-. ¿Por qué Tintes esquizoides? No parece estar relacionada con el trastorno.
-Por favor no me llames de usted, no me apaño.
¡Zas! Conseguido, todos los presentes en distensión, menos Branco, que asomaba las fauces para saborear a priori el gustazo que se iba a dar machacando a la pardilla en el coloquio de después. “No me apaño” -pensó altivo- se la iba a merendar. Ni una sonrisa le había dirigido la niñata, ¡a él!, tan acostumbrado a la pleitesía.
No sabía el retóricas con quien se la estaba jugando, Clara podía ser imprevisible si se sentía atacada.
Jaime Heredia tenía el cuerpo adelantado. El lenguaje no verbal funcionaba.
“Eso es, distancia corta, ahí me muevo bien.” –Se dio aliento ella.
-Es su privilegio, –sonrió Heredia divertido al mostrar la palma de la mano en ademán de reverencia.
Ella le siguió el juego.
-Pues te concedo el honor de tutearme, –y continuó con la respuesta-. Dicho de un modo sencillo, trata de un viaje a través de la mente en contraste con la vida real que de por sí es bastante caótica e inconclusa.
Las preguntas y respuestas fluían, el entrevistador estaba sinceramente interesado por los personajes y sus significados. La escudriñaba más allá de las palabras, la leía en los gestos, la estudiaba.
-¿Por qué en la ciudad de Remotum siempre es de noche?
-No tiene explicación más allá, me gusta la luz de neón, me encanta la noche, las noches de mi novela son luminosas, y la protagonista, Sauce, es una mujer llena de luz, clarividente y equilibrada. En Remotum se despoja de esclavitudes, no hay nada oscuro, espero.
Jaime Heredia se mantuvo callado, ella rellenó el silencio.
-…en Remotum el personaje se asume y se asimila; se encuentra y se enfrenta a sí misma, desciende a los instintos, se despoja de atavismos, de cultura y de intelecto para recuperar su esencia y volver de nuevo a Laberinto, ciudad donde siempre es de día. Laberinto representa la vida real, por decirlo de forma simple, aunque no se sabe con exactitud cuál de las dos ciudades es más cierta. La novela trata del eterno conflicto entre el consciente y el subconsciente, Sauce busca el equilibrio entre las dos ciudades, sabe que si una domina a la otra la balanza dará como resultado la locura, por ello debe permanecer durante tiempos exactos en ambas. Laberinto es la censura, la obligación social, los límites; Remotum es el arte, la libertad absoluta, la ausencia de prejuicios, la creatividad. Resulta un equilibrio delicado en el que la protagonista sufre, pero fundamental para su supervivencia. Roza también el mundo onírico. El título se debe a que lleva dos vidas; de ahí lo de Tintes esquizoides, me pareció una buena síntesis. Espero que no conduzca a equívocos.
-¿Podemos interpretar que se desarrolla en un tiempo futuro?
Heredia reforzó la pregunta dibujando hacia adelante una espiral en el aire con la mano.
-No, en un mundo aparte sería más exacto.
Al fin pasaron al coloquio. Ella tomó aire y se removió en el sillón, Branco se dispuso para el careo, abrigando en secreto el deseo de acaparar protagonismo y situarse por encima exhibiendo el oficio. Eso era lo que poseía, más oficio. Reconoció el chispazo de talento que tenía la muchacha “otra con pinta de best-seller.” Era injusto; él llevaba una vida entera y su obra aún no había sido traducida, todos estos novísimos con la cultura del cine, venían arrasando, desplazando como kamikazes sin modales... ¡Malos tiempos para perpetuarse!, –se lamentó-. Él era un monstruo sagrado, se merecía el reconocimiento; estaba cansado de alumnos y columnas para sobrevivir, y resultaba vergonzante en el mundillo presentarse a los certámenes apalabrados para poner el cazo. “Seguro que tiene hasta defectos ortográficos, pero ahí está, insolente y erótica; introducirá cuarenta tacos en las próximas novelas y le cogerá el puntillo exacto al sexo; venderá como rosquillas sin conocer a los clásicos. Me hago viejo…”
“Dentro de diez años te lo diré”, pensaba Clara al unísono …”cuando me aprenda los trucos listillo, y sepa hacer bolos repitiendo el mismo sermón”. Reconocía que aún estaba sin pulir, y temía el descalabro, pero el esfuerzo por creer en sí misma merecía la pena, y el proyecto de futuro como novelista ya era un hecho. Estaba saltando sin red, y el vacío le venía muy grande y daba vértigo.
Branco se dispuso al ataque, usurpando el papel de entrevistador a Jaime Heredia. Había leído la novela, quedaba claro, y se había preparado a fondo para el combate. La sedujo un poco con preguntas laterales, pero ella no tragaba; tenía esa mirada ladeada de la desconfianza, y él empezaba a arrepentirse de no haberla saludado con más efusión.
Atacó directamente con postas, nada de salvas, al grano.
-¿No crees que ese juego freudiano queda un poco simple y precario en tu novela?
“A que me cago en su madre”.
-Esa era la intención. No pretendo hacer ensayos. Creo en los símbolos del bien y del mal, y por supuesto me gusta el psicoanálisis, da un gran juego literario. –Trató de no resultar seca ni cortante. Jaime Heredia pasó a un segundo plano con gusto. Ante todo era periodista y ahí había carnaza y audiencia; el duelo a muerte había comenzado y la chica se defendía bien.
-Me pregunto, -persistió Branco sarcástico- si has dibujado a Sauce hipócrita a propósito, porque una mujer que en Laberinto acata las normas, no lucha, no transgrede, y en Remotum se desmelena es una cobarde, no traspasa la fantasía y de luchadora y comprometida tiene poquito.
“¡Será cabrón!, se le está olvidando hasta lucirse. Va a matar. Pero ¿qué le he hecho a este tío? Tranquila Clara, no le des caña, eso es lo que quiere el iluminao este. Déjale que se ponga al descubierto, que la cámara le cace la mala intención, la mala baba, hazte la ingenua”.
-Puede que tengas razón en parte. Sauce no es una heroína, por ello es más creíble, aunque estarás de acuerdo conmigo en que las revoluciones personales son interiores, bastante lentas y tardan en repercutir socialmente. Pero si me permites te diré que para nada es hipócrita, ni es necesario que elija entre los dos mundos porque en realidad forman parte del mismo. Te reitero que es un viaje interior.
-Sí, pero termina en los brazos de Telémaco. Delega en él para que le saque las castañas de fuego. No es muy feminista el discurso ¿no crees?
Clara estaba visiblemente dolida. No quería caer en contradicciones, así que se dispuso a sincerarse y que saliera el sol por Antequera. Con lo que iba a decir ya estaba pillada, la tildaría de cursi y femenina en el sentido más peyorativo de la palabra, pero no cabía otra respuesta.
-Creo en el amor, igual que Sauce. Es un acto de fe, siento no poder argumentarte otra cosa. Y respeto profundamente el feminismo; gracias a él estoy aquí sin tener que disfrazarme de hombre como Concepción Arenal, y sin pseudónimo masculino para escribir. Creo que el movimiento feminista entre otros muchos valores y logros tiene ese: el de ser el vehículo que hace que yo tenga la oportunidad de expresarme, aún a riesgo de parecer machista, no es un club excluyente ni elitista, pero vamos… en mi opinión, acusar a Sauce de machismo porque se enamora, resulta un poco absurdo, y digo se e-na-mo-ra, no se somete que es muy distinto.
Asombrada, descubrió en los ojos de Branco la sorpresa. La siguiente pregunta discurrió por otros derroteros en un último intento de hundirla.
-El nombre de Telémaco ¿simboliza algo? -Arremetió de nuevo, se iba a cargar uno por uno todos los pilares de la novela.
“Ya salió el grecorromano de las narices. Mírale, está en su salsa. No puedo más, no lo soporto. Me levanto y le meto un bofetón que lo estampo”.
-No, -respondió chula-. Simplemente me gusta el nombre, como Pedro, Miguel o Luis. Confieso que no suelo recurrir a las fuentes de la mitología o de la historia, eso lo hace mucho mejor un experto como tú. Sé que te gusta documentarte –dijo con sorna- yo escribo con prisa, a vuelapluma, corrijo poco y consulto poco. Cuando esté en periodos de sequía recurriré a los clásicos o a las guías de viajes. “Encaja esa, mierdero.” No obstante, llevas razón, el periplo hasta Itaca de Telémaco, la búsqueda del padre, Ulises, y la compañía de Minerva, son símbolos extraordinarios para incluir en una novela, pero ya lo hizo Fenelón muy bien y soy humilde a la hora de hacer citas.
“¡Buff!, menos mal que B.U.P. lo hice por letras, como siga por ahí me hunde, ni siquiera sé si he dicho bien lo de Fenelón. Y mi corta o vasta cultura no se avala con los títulos de los que don pedante presume”.
El escenario estaba caldeado. Jaime Heredia metía alguna cuña conciliadora, pero disfrutaba como espectador con el fragor de la batalla. Nunca antes había visto descolocarse a Branco, siempre despectivo e impertérrito. El cabreo sordo le hacía parecer más humano, no le quedaba ni un asomo de su cinismo habitual, ¿qué estaba proyectando?, se preguntó el presentador con preocupación intrigada.
La gran vaca sagrada no se esperaba el ataque frontal, ni la capacidad de respuesta. Con razón dicen cuidado con la loba herida, había encajado mal y le delataban los dientes apretados y la estrechez de los ojos. 
No hay enemigo menor, la había subestimado. Esa pequeña muestra de crueldad que ella le había lanzado le tenía confuso, excitado; era la punta del iceberg.
Mientras nacía en él un amor dañino y esclavo, en ella crecía la enemistad. Y sin embargo en ese mismo instante Adolfo Branco le habría entregado su vida. Aumentaba en él un deseo perverso, morboso; la imaginó con tacones de aguja envuelta en cuero, con aires de Sade… pobre viejo corrompido. Anheló ser su Pigmalión y el Fausto de Goethe al mismo tiempo. Quiso conquistarla a dentelladas, en una turbulenta y oscura pasión destructiva y después matarla, estrangularla para revivirla mil veces sumisa y postrada a sus pies. Sólo deseó... deseó… el candor joven de la muchacha era más fuerte ¡Pobre niña! Incapaz de imaginar la dolorosa y placentera "aberración", ser puro y limpio y con talento, talento, talento… la palabra le martilleó en el cerebro como un eco antiguo, él ya no lo tenía, vivía de las rentas, con carácter retroactivo, no le gustaban sus últimas obras, variantes tramposas sobre lo mismo, espirales de ida y vuelta por mucho que las defendiera como sus constantes vitales, como los leit motiv que le definían, y de pronto se sintió agotado, exprimido, exhausto. Ni siquiera el litro de J B que se iba a echar al coleto lograría atontarlo, serenarlo. “Ella es el ángel de la muerte que viene a pedirme el relevo. Estoy acabado, cansado, terriblemente cansado…”
Jaime Heredia confirmó su primer pálpito: esa chica se tragaba la cámara. Ocurría pocas veces de ese modo tan virgen, llenaba la pantalla, la traspasaba con una pericia singular, que probablemente perdería con el tiempo y lo hacía de forma natural, sin ser consciente, comprobó el monitor, había que aprovecharlo.
-Primer plano de los ojos, aguántalo ahí, -susurró el realizador, en control ya hacía rato que lo ejecutaban junto al de las visibles y aceleradas palpitaciones en el cuello, ella y el lenguaje de su cuerpo daban las órdenes.
-Tiene madera la chavala, agitadora y peleona… Ni en los mejores duelos políticos tú, -comentaba el mezclador. Al menos durante un buen trecho se divirtieron con David y Goliat.
Branco se decidía ya a poner el broche, le iba a soltar el colofón de: “…Las mujeres suelen autocompadecerse y no son capaces de crear algo que no sea autobiográfico y sentimental…” pero un puntazo de honradez se lo impidió. Fue ella quien cerró el debate.
-Te agradezco mucho el apasionamiento. No creí que mi novela resultara tan polémica, y viniendo de ti es un enorme cumplido. Prometo que en la próxima tendré en cuenta tus sugerencias. “En la próxima te meto como personaje y te pateo las tripas, ¡por la madre que me parió, cerdo! Que te hubieran hecho este destrozo a ti con tu primera novela”.
Aguantó como pudo hasta las despedidas. No le dio la mano, se excusó y salió despavorida alegando tener prisa.
Berta la esperaba en el coche.
-¡Has estado magnífica!, exclamó jubilosa. Pero ¿qué te pasa?, ¿por qué lloras?
-Porque no hay derecho, iba a por mí sin compasión. Ha sido una encerrona, Berta. No te lo perdono. ¡Menudo estreno! Y encima en directo.
Berta le puso la mano en el hombro, condescendiente.
-Son gajes del oficio. Tú eres fuerte. Estoy contigo, no te preocupes. -Se aferró al volante y evitó mirarla-. ¿Vas a ver a Enrique?
-No, llévame a casa por favor. Me diría que tengo manía persecutoria y pagaría los vidrios rotos, no he querido que me acompañara, precisamente para que no me atribuyeran lo que ese sinvergüenza ha querido insinuar y además le tengo harto. Dice que no sabe si se acuesta conmigo o con mis fantasmas. No sé… me huele a despedida. Lo triste es que tampoco me importa demasiado; últimamente no hace más que desconcentrarme llamándome a todas horas. Creo que tiene miedo de la fama, o de lo que sea esto, y yo también, no sé de qué va el olimpo de endogámicos sobrados Berta, tan sólo quiero escribir, entregarte el manuscrito y que me dejen en paz, no valgo para esta feria.


Fueron pasando los años y el duelo duró indefinidamente. Branco depositaba claves en sus novelas que sólo ella entendía. Clara respondía en las suyas en una especie de código extraño y maléfico. La intuición de los libreros hacía que las obras de ambos aparecieran juntas en los escaparates; del mismo modo los editores se ponían tácitamente de acuerdo para lanzar las publicaciones a la vez. Branco llegó a guardar turno en la caseta para que ella le firmase, arrepintiéndose antes de ser localizado por su mirada. Desgastaba el vídeo de la entrevista. Le seguía la trayectoria como un detective enajenado. Se hizo el encontradizo en innumerables ocasiones; llegó a suplicar en las redacciones de los periódicos en los que ella colaboraba, hasta se hizo un lifting para aparecer en un coloquio que Clara vería seguro, gastó fortunas en diseñadores y sastres que le cosían a medida y arriesgó la salud hasta el infarto dando una imagen patética de viejo chocho y excéntrico al levantar pesas en el gimnasio.
Los críticos les apodaban Ditirambo y Rocabruno, para citar la película de Gonzalo Suarez. Al igual que los personajes del film, ninguno de los dos podía escribir sin el otro. Corrieron habladurías sobre su amor loco y platónico durante años.
La evolución de Clara, como se auguraba, fue meteórica. Ajena a la obsesión que le crecía achacaba sus rarezas a su manía compulsiva de escribir. Se decía: “necesito todo el tiempo para mí”. Satisfacía esporádicamente sus necesidades físicas con cuerpos provisionales, y con crueldad de mantis tiraba a los hombres a la papelera como si fueran folios inservibles. No hubo muchos después de Enrique. Los compañeros la llamaban monja a sus espaldas, la célibe. Mira que es rara esta mujer.
Sin apenas advertirlo compraba los libros de Branco casi a escondidas y como un bebedor solitario buscaba las noches para beberse los párrafos justificándose a sí misma, oculta tras su orgullo se decía: “lo hago para estar al día, para que no me pillen infraganti en las entrevistas con esta manía que tienen de relacionarnos. Lo cierto es que se estaba convirtiendo en una adicción mortal. Curioseaba las revistas para ver sus últimas andanzas, buscaba las adquisiciones que él traía de sus viajes y se quedaba alelada, ensimismada, ante las pastas de sus libros, temiendo abrirlos y, a la vez, anticipándose al placer de la sorpresa. Se desazonaba, sin comprender por qué, cuando descubría a alguien burlándose de él, después de reírle la gracia se sentía traidora. Él era su enemigo, todas las afrentas eran pocas, todos los rencores pequeños. Trataba de hacer acopio de odio, pero cada vez le costaba más conseguirlo, “síndrome de Estocolmo”, se justificaba, engañaba, reprimía...
Pero detrás de su orgullo crecía ese tumor voraz que la vinculaba con él. No reconocía los celos cuando sarcástica y mezquina escudriñaba sus compañías para gruñir: “siempre hay un roto para un descosido, cada cual tiene lo que se merece”. Todas le parecían barbies insulsas y anodinas. Lo que ella no sabía es que Branco se hastiaba de buscarla en otras sin reconocerla en ninguna.
A medida que avanzaban las publicaciones y los años, ambos se volvían más anacoretas. A lo largo del tiempo se encontraron varias veces para terminar, en cuestión de segundos más peleados y perplejos que antes. Siempre brillantes en los ataques, alimentando el morbo de periodistas, pero sin que Clara entendiera los golpetazos del corazón en las paredes de su pecho, ni la gelatina caliente de su vientre, “es la aversión que le tengo, que me enciende” –se esforzaba por creer, imponiéndose la embustera certeza.
No se sentía malgastada, ni siquiera pensaba en ello. Su nueva casa con piscina cubierta y pantalla de televisor gigante le parecía ajena. Seguía escribiendo en la cocina; en realidad dos estancias constituían su mundo: la cocina y el dormitorio. Lo demás eran tributos, ostentación necesaria de cara a la galería, era imprescindible –aseguraba su agente- recibir de vez en cuando a algún que otro ramillete de fabuladores y bardos y Clara cumplía como si pagase el impuesto revolucionario. Se había propuesto con disciplina alemana, publicar libro por año y, así iban ya quince, a costa de mala salud, de tabaquismo exacerbado, de alteraciones de sueño y desorden de comidas.
Berta la quería en silencio. Nunca pronunció la frase: búscate a alguien que te cuide, te haces mayor. Esquivaba sus enfados. Clara era leal y no quiso cambiar de representante. A esas alturas ya no era necesaria profesionalmente, pero Berta atesoraba orgullosa su amistad. Los demás escritores habituales de la editorial eran selectos, pero Clara era otra cosa, la manager veía en ella el estigma esclavizador del genio. Seguía igual que entonces, con canas sí, con la piel más colgante pero igual de desorientada, zozobrante y joven.
Para Berta verla escribir era un privilegio, a menudo se acompañaban en el despacho cada una en un escritorio y en riguroso sileencio, no se le podían meter correcciones, seguía componiendo de oído y sólo admitía el apunte de: eso no suena, no suena bien. Y es que Clara -para su editora- tenía música en las manos, si se le sugería algo podía adaptarlo a su sinfonía interior, pero jamás como Berta lo proponía, ella dirigía el baile y nunca se dejaba llevar. Al principio le hacía daño, era indómita y soberbia, pero la sonrisa pueril cuando Berta sentenciaba después de la larga espera y del devoro de uñas: “Ahora sí suena, Clara, ya lo creo que suena, es heavy total”, compensaba su carácter impulsivo.
-Te invito.
-No me hagas chantaje Clara.
-Venga que sí, que te invito.
-De verdad que no puedo, he de ir a casa, no he visto en todo el día a los chicos y Diego estará harto de aguantarlos.
-Es una joya de hombre.
-Pues búscate uno así, que merodeadores no te faltan.
-A mí no hay quien me aguante, amiga mía.
-¿Dónde piensas ir de vacaciones?
-A Bali.
-¿Cómo Branco? –Se le torció el gesto. Su agente lamentó el descuido.
-Ni que sólo pudiera ir el Marco Polo ese.
Pero sí. Iba a ir a Bali para verlo a través de los ojos del escritor, para calzarse sus mocasines, para meterse en su piel y recorrer sus paraísos. Iba a ir por él, pero no lo confesaba, no lo sabía.



Aquel viernes no había tenido ni la radio ni el televisor encendidos. El último magazine le vomitó a la cara la noticia, les faltó tiempo para hacer leña del árbol caído:

Adolfo Branco ha fallecido víctima de un coma etílico. Era conocida su adicción al alcohol y su afición indiscriminada a los fármacos. Ha sido hallado frente al televisor en su domicilio. Contemplaba una vieja entrevista dirigida por el maestro Jaime Heredia, en la que se daba a conocer por vez primera a la novelista Clara Bandrés. Desconocemos la relación entre ambas circunstancias. Su defunción está rodeada de fatalidad y misterio. La muerte es siempre devastadora; tras ella se nos ha marchado un genio.

Se ahogó histérica en una desesperación desenfrenada. Pasó al cuarto de baño hurgó en el último cajón. Corrió hacia el tanatorio, salió del taxi y voló con el abrigo encima del pijama. Entró en la sala como un torbellino dejando a la prensa y a los curiosos estupefactos, apartó a la última conquista sedienta de focos. Se abalanzó sobre el féretro y le asestó dos puñetazos en el pecho, y entre sollozos entrecortados todo el país la oyó exclamar:
-¡Maldito! ¡Maldito seas! ¡Yo sólo quería que fueras mi amigo… mi amigo!
Se recompuso y el gentío quedó sorprendido al ver que sacaba del bolsillo del abrigo un peine y un frasco de perfume antiguo, Lin Abart, ya no se fabricaba, pero aquel primer día, ella había seguido la estela. Extrañamente ese era el recuerdo más vivo, más pertinaz que tenía de él. Dos días después de la fatídica entrevista, compró, llevada por un impulso irresistible que no acertaba a comprender, cuatro frascos del elixir. Ahora sí entendía por qué a veces se echaba unas gotas; ahora sabía que le añoraba, que durante todos esos años le había echado de menos, que le necesitaba. En un ritual idólatra le besó la mano con reverencia. Le pasó el peine y le ungió el cabello con el perfume. Depositó tres gotas más en el cuello sin latido con las puntas de los dedos y se volvió hacia la gente.
-Le faltaba esto –dijo mostrando el frasco-. Era su perfume favorito, su aroma. 
Tenía la voz ausente y los ojos perdidos. Se marchó y un respetuoso silencio la acompañó. Nadie filmó más. Abrieron un pasillo que Clara atravesó con porte regio.
Al día siguiente Jaime Heredia, retirado hacía tiempo de las cámaras, especulaba -siendo él esta vez el interrogado- sobre el amor platónico y fuera de época que ambos se profesaron, del que ella nunca tuvo conocimiento. 
Tal vez como a Sauce se le había instalado en el subconsciente su Branco, su Telémaco. Tal vez él tuvo razón aquel día. Sauce fue cobarde y sólo supo rozar la fantasía.
Se encontraron a destiempo.
Cuando ella iba él ya venía.
Cuando ella vivía, él ya moría.
“Te esperaré en Remotum, Branco.
Esta vez sí que me atrevo,
y me enseñarás cuánto sabes.
Ya llego Branco ya llego.
Ya estoy contigo”.

La botella de J B cayó al suelo, y de la mano derecha se escurrieron las tres últimas cápsulas.
  
“Y escribiremos juntos, Branco.
Y no seré hipócrita,
Ya nunca más estaré ciega,
Ahora te entiendo.
Ya estoy en Remotum, Branco
Te quiero”.



Pilar Zori

SESIÓN MATINAL

SESIÓN MATINAL
(Primer premio Nueva Alcarria, 1995)


El conductor arranca transmitiendo su estado de ánimo a la palanca de cambios. Hoy tiene mal pisto, conduce como un kamikaze y el autobús se queja dando tropezones y levantando el trasero; casi vomita a los pasajeros en el revoltijo de tripas. María choca con la muchacha de al lado, la pestilencia a cebollas que emana de las axilas anónimas espesa la atmósfera haciéndola irrespirable. Las asas de la bolsa se le clavan en la palma de la mano; siente los tendones taladrados “¡Vaya ocurrencia comprar las patatas!” Advierte que el pescado gotea y siente apuro. Por fin llega a su destino. El autobús la eructa hacia la calle. “¡Uf, qué alivio!”, sacude la melena oscura para eliminar el olor caliente y condensado, el rostro se le ilumina: la enorme carátula la está esperando, el pulso golpea nervioso en el hueco de sus clavículas. ¡Qué guapo! –exclama para sí mientras contempla al actor-. Pero la pintura no le hace justicia.
-Hola Raquel –saluda con la respiración agitada- ¿No te asfixias ahí metida?
-Tengo un ventilador.
La taquillera luce los dientes blancos, pequeños y alineados en una sonrisa ancha. María le llena las mañanas, es tan entusiasta, rezuma tanto optimismo.
-¿Ha empezado? –pregunta con angustia.
-¿Pero es que la vas a ver otra vez? –Raquel desorbita los ojos.
-¡Toma, pues claro!
-Estás como una auténtica chota, –subraya meneando la cabeza-. Aún faltan cinco minutos.
-¡Menos mal, -María relaja los brazos con gesto exagerado-. ¿Me guardas la compra?, el pescado chorrea, perdona, ten cuidado. Anoche hice cocido y me dejé a casa resoplada, así que hasta la una que sale del colegio Eduardo soy libre para impregnarme con polvo de estrellas. –Suelta la frase fatigada y sin resuello y la termina con un gesto teatral recorriéndose el cuerpo.
-¡Anda cacho guarra!...
-¡Ay Raquel, qué bruta eres!, el polvo de estrellas se refiere al mundo del cine, que no te enteras. Tengo yo este trabajo que tienes tú y soy el ser más feliz de la tierra; ver todas las películas que me dé la gana y encima gratis, si es que Dios da mocos a quien no se los sabe limpiar –le pellizca cariñosa la nariz-. Dame la entrada.
-Anda passsa que invita la cassssa. –La taquillera arrastra las palabras con tonillo cheli y chasquea los dedos para reforzarlas.
-¿DE VERDAD? –Grita con júbilo al precipitarse por la minúscula ventanilla para abrazarla-. ¡Es que te comía!, ¡eres un sol! ¿No entras conmigo? –la apremia mientras aprieta el papelillo como si fuera un tesoro.
-Luego si acaso, aún puede venir algún rezagado, aunque lo dudo, con los nuevos multicines y el olor a palomitas haciendo de flautista de Hamelín... Anda ve. –Empuja el aire con la mano hacia la escalinata.
Siempre le da pena que se la rasguen, las guarda en una caja con reseñas emotivas y escribe críticas apasionadas que guarda con meticuloso orden.
Aspira el delicioso aroma de la sala que contrasta con el hedor concentrado del autobús. Se arrellana en el sillón y acaricia la tapicería roja. El patio de butacas está descuidado pero aún conserva el aspecto de coqueta bombonera. Seis personas salpican la sala. “Qué pena” –Piensa- “cómo agoniza”.
Comienza la música que acompaña los títulos de crédito y María ya tiene el nudo en la garganta. Se burla de sí misma, “ésto mío raya con la perversión; si es que hasta me anticipo y me pongo a llorar antes de tiempo. Menos mal que nadie me ve, pero a cualquiera que se le diga…”
Se deleita con la imagen gigantesca: “Cómo no se van a multiplicar los sentimientos si se le pueden contar las pestañas. ¡Todo es tan grande…! ¡Qué ojos!”.
María no sabe la sorpresa que le espera. El mismo rostro que asoma a la pantalla aparece por el ventanuco de la cabina. Juan Laguna, el protagonista, se ha acercado hoy al cine para ver a su amigo Antonio, el operador. Observa desde allí y le choca el movimiento de cabeza y hombros que convulsiona a María. Agudiza la vista aprovechando el plano luminoso y comprueba cómo se seca la nariz con el pañuelo; se envanece conmovido, eso es lo que le gusta comprobar: las emociones reales del público; eso es lo que necesita, y no los estrenos repletos de parafernalia. Antonio se asoma curioso.
-En esa escena estás sublime.
Le busca los ojos y comprueba que no mira a la pantalla. Localiza a la chica en el punto de mira de Juan.
-¡Hombre!, ahí está María. –Dice mientras deposita un rollo sobre la mesa-. Ya ha visto tu peli tres veces. –Laguna se da la vuelta intrigado.
-¿La conoces?
-Sí, es una joven muy maja, viene a menudo; entiende mucho de cine, se ve que le has impresionado. Como siga así se monta una tesis sobre el film, muchas mañanas la observo, apunta en su cuadernillo notas rápidas a pesar de la oscuridad de la sala.
-¿Se dedica a la crítica o algo de eso?
-¡No!, qué va, lo de la tesis es broma. Trabaja en el hospital, siempre en el turno de tarde; tiene un crío de ocho años, se quedó embarazada a los dieciséis, y ya sabes… el chaval tomó las de Villadiego, no se ha vuelto a emparejar, éste es el único lujo que se permite. Pero… ¿a dónde vas?
-Chssss. –Murmura Juan con el índice sobre los labios- Me bajo a la sala. –Antonio guarda silencio perplejo.
-¿Quieres que os presente?, seguro que le da un desmayo.
-No, no, –se apresura a responder de nuevo entre murmullos-. Me interesa ver sus reacciones sin que ella lo sepa. Es un privilegio que no disfruto a menudo.
Atraviesa casi de puntillas la moqueta y busca el ángulo perfecto. La contempla desde allí y queda atónito al comprobar que María remeda palabra por palabra lo que él dice en la escena cumbre. Un vértigo desconocido se apodera de Juan y el impulso involuntario le hace aproximarse. Se sienta junto a ella y le musita al oído, como un doblador, las mismas palabras. Las frases se oyen estéreas sin que ella se percate toavía:

QUIERO SER LO QUE TÚ ERES, QUIERO VER LO QUE
Quiero     ser    lo   que   tú  eres   , quiero      ver   lo   que

TÚ MIRAS, SENTIR LO QUE TÚ SIENTES, BEBERTE.
tú    miras  , sentir      lo   que   tú  sientes    , beberte.

VUELVE A MÍ, LUCÍA.
Vuelve    a  mí  María.

En la pantalla se escucha el apoteósico final, la sustitución del nombre penetra en el inconsciente de María que se vuelve sin asimilar aún. Su cerebro se bloquea ante lo insólito. Las lágrimas enturbian la imagen engañosa. El fogonazo de luz que desprende la pantalla se agarra a ese rostro que está a su lado; los pensamientos se agolpan a velocidad vertiginosa. “¡Es él!”, “¿me habré vuelto majara?”, los ojos van de la pantalla al muchacho que sonríe divertido. Por fin las luces se encienden.
-¡Ay Dios mío! –María se lleva la mano a la boca. Tarda unos segundos en poder articular palabras. Juan se adelanta.
-Estabas tan absorta… ¿Te he asustado?
María niega con la cabeza, una sonrisa bobalicona juguetea entre sus labios pugnando por transformarse en risa histérica.
-Que no he saltado de la pantalla, mujer. –Le dice abanicando el aire con la mano por delante de sus ojos- perdona la broma.
-Por un momento he pensado que me estaba ocurriendo lo mismo que en La rosa púrpura del Cairo. –Acierta a decir María arrepintiéndose de inmediato. “Vaya imbecilidad que acabo de soltar”.
Tras las aclaraciones y las risas ambos salen juntos del cine ante el asombro de Antonio y Raquel. El suelo ha desaparecido… María vuela… Al grito de la taquillera aterriza con estrépito.
-¡EH!, QUE TE DEJAS LA COMPRA.
“¡Qué vergüenza!”… -Ah, sí, qué tonta –dice azorada mientras esconde los ojos-. Bueno pues… encantada. –Se limpia el sudor de la mano con disimulo en el vaquero y se la extiende dando por finalizado el encuentro.
-Si quieres te acompaño, hoy no tengo nada que hacer.
Juan se apresura a cogerle las dos bolsas. Los ojos de María son como dos fuentes ovales saliéndose de las cuencas.
-Vale. “Madre mía, ¡qué corte!, con el pescado…” Agradece el doble papel con el que Raquel reforzó el hatillo. Caminan y a María se le antoja que las calles son horribles; faltan alfombras de rosas extendidas a sus pies. Él lo eclipsa todo. Para Juan, María es un obsequio. Si conociera la esclavitud de los rodajes… Recuerda las veinte tomas del miércoles, sólo tenía que decir adiós en la escena; en una al director no le gustaba el mechón que le caía por la frente; en otra pasó un avión y se fastidió el siglo XV; otra más para eliminar las arrugas de la camisa; después el dichoso bote de cerveza que apareció entre la hierba, y eso que en teoría habían peinado el recinto… precisamente hoy andaba melancólico buscando el rumbo; vuelve al cine del barrio siempre que puede para recuperar el origen, para recordar cuándo y por qué deseó estar al otro lado. Ella es la respuesta.
Al fin se despiden tras intercambiar teléfonos y llevar consigo una felicidad condensada.
María no percibe el olor del autobús; ha subido los dos peldaños en volandas. Tiene incrustado en la piel el aroma. “Huelo a cine de estreno” –se dice pletórica, y mirando su propia imagen en la ventana, evoca los pasajes de aquella vieja película Breve encuentro. Imagina los títulos en el cartel y sustituye mentalmente los nombres de los protagonistas:

MARÍA                                        JUAN
LOZANO…………Y……………LAGUNA

EN
BREVE ENCUENTRO
Dirigida por:
DAVID LEAN


Pilar Zori

LA CANCIÓN DE NAVIDAD DE MARTA

Hace muchos años, no quiero pensar en cuantos, un semanario de mi ciudad me pidió que escribiese un relato o cuento navideño, y así fue como surgió “La canción de navidad de Marta”.
Fuera de estas fechas, seguramente yo misma lo consideraría moña y blandorro, pero no viene mal que -con la excusa de las fiestas- nos demos permiso para la alegría ingenua, y para aparcar esfuerzos intelectuales y preocupaciones sociales, al fin y al cabo el paréntesis de la distracción es pequeño. De modo que aquí lo dejo para quien tenga tiempo de leerlo aunque sea a ratos y a trozos.

***

LA CANCIÓN DE NAVIDAD DE MARTA

Marta descendió las escaleras con sigilo, acostumbrada a fantasmear insomne por la casa iba comprobando, como un sereno, que sus blandos pasos no alteraban el ritmo de ninguna respiración en los dormitorios, todos llenos; uno de ellos en concreto, paradójicamente el más pequeño, se había convertido de nuevo en tálamo nupcial atascado de maletas grafitteadas con palabros extranjeros que olían a niebla y lluvia lejanas. Ni esa alcoba ni Marta terminaban de asumir que la princesa mayor había crecido del todo aunque durante años lo expresaran a gritos las fotos del chico haciéndose hueco entre peluches y muñecos; también “el chico” había aumentado de talla entre ellos durante casi una…  ¿década?, ¡qué barbaridad! En fin, se dijo en la trastienda de su cerebro, “habrá que dejar de mirar al muchacho como a un ladrón de doncellas durmientes y convertirlo en príncipe encantado, el caso es que se parece al de Saint-Exupéry, largo, rubio y con rizos, será para subrayármelo por si aún no lo pillo.” Deslizó la mano abandonando el picaporte con los dedos empapados de nostalgia inconsciente, ya no se podía abrir así, a media noche para dar un beso insonoro y experto en no rozar el interruptor del sueño.
En la habitación contigua se colaba por las rendijas del estor de lamas la luz blanca de la farola como la de una rival engañosa que quisiera crear el espejismo de la plata derramada por la luna delatando al instante su impostura por la rotundidad y rectitud de su haz, el destello selénico es más difuso y neblinoso. La abuela dormía con los cabellos eléctricos e indómitos, eso sí abrillantados por el sonoro título del tinte Castaño claro dorado, coquetería que Marta se afanaba en encontrar cada medio mes antes de que apareciese la diadema de níveas canas con pertinaz reclamo. De pronto se le puso en marcha el resorte y la yaya se elevó con agilidad inusitada.
-¿Qué?, hija, ¿que vamos al médico?
-No, mamá, quería ver si estabas arropada. Vaya pelos, otra vez los rulos mañana –se agobió- con todo lo que tengo que hacer.
Contempló con nitidez la imagen: los langostinos, la lombarda, el dichoso cordero, a ver este año cómo me sale. Media hora en cada puesto con todas las expertas dando lecciones culinarias, ¡qué tostón! Como la impresentable del año pasado, yo con la lombarda en la mano y ella en voz bien alta bramando:
-Pues yo no como esas porquerías, mucho arreglo y mucha importancia y luego se zampan las mierdas.
Al principio no me di por aludida, lógico, nunca me doy importancia, hombre, tampoco es que salga a comprar en bata, me acicalo un poco pero… hasta que comprobé que con todo el descaro nos miraba a la lombarda y a mí.
-A mi marido le gusta, señora, -le clavé los ojos- y es una guarnición típica de esta tierra, se hace con cebolla rehogada, manzana en cuadritos –evitó decir brunoise porque entonces le habría dado la razón confirmando que importancioseaba- jamón picado y piñones y se coloca dentro de un arito -aunque inevitablemente el tono ya comenzaba a alargase en una onda más chulesca que defensiva- el marisco va delante con los canapés y los vol au vent, y el cordero con patatas rellenas y la lombardita al lado, retintineó.
Qué bochorno cuando salí, ahí dando explicaciones a esa gorda, porque esa tía sí era gorda, a mí me sobrarán kilos, pero no soy gorda, las crueles sí que lo son, y esa era un cachalote de malicia sin sentido. Ya no voy a la tienda, la dueña no tiene la culpa, pero yo iba como amiga y le rio la gracia, se lo noté y no me da la gana considerarlo como una mera opinión; además iban varias ocasiones en las que me endiñaba los culos del embutido –pensó sin convicción- soy una resentida, lo que pasa es que ahora me da cosa volver después de tanto tiempo.
-Ya hija, doy tantas vueltas. –La abuela se mesó la cabeza en un vano intento de aplastar su abundancia.–. Pues ¿dónde vas?, ¿a la compra?
-Qué intuitiva –se asombró de la conexión mental- No mamá, cómo voy a ir a comprar a estas horas, vamos… tápate.
-No, me pongo con el ganchillo.
-Pero si es de noche. –Marta bajó la voz arrastrando con ella la condescendencia- perdona por haberte despertado.
-Voy al baño, no me acompañes, hija, no hace falta.
-Cómo no, toma el bastón, te tengo que ayudar con el protector. La hija sujetó la paciencia al mismo tiempo que el brazo blando y tembloroso.
-No cariño, si no me mancho. –Se escuchó el crujido de la rodilla derecha. Marta tiró de la axila anticipándose a la caída, el estómago se le anudó, y el sobresalto aceleró la sangre, la misma en ambos recipientes, ahora más líquida en el de su madre por el Sintrom.
-¿No ves que con la artrosis no puedes agacharte bien? Y… el protector se dobla y… como los paraguas con toda la lluvia escurriendo y luego a pisar charcos, a ver… el baño lo usamos todos.
La pena de su madre se le clavó en el hueco de la maldad y de la culpa. Al ayudar a levantarla camufló el abrazo arrepentido.
-No te pongas triste, mamá, no pretendía recriminarte, es que hoy estoy cansada y eso me pone irritable– dijo compungida y arrodillada mientras tiraba del adhesivo y lo aseguraba con un imperdible por si acaso… le acarició el muslo sin necesidad como si prolongase el planchado del pañal y azotó suave la nalga añosa, carantoña de sonido plástico, mientras su mente evocaba la voz de Neruda: Cuerpo de mujer, muslos blancos.
-Qué guapo el muchacho éste. –La abuela señaló en la foto al novio de su nieta menor, la otra princesa- Qué lástima, no lo conozco.
-Claro que le conoces, ¿no recuerdas que te dio un beso antes de ayer? Le has visto muchas veces. Conoces a los dos, al de la pequeña y al de la mayor desde hace mucho. La abuela asiente pero Marta ve con claridad el agujerillo por donde huye el recuerdo, otro que sale corriendo –afirma de nuevo arrepentida de la pregunta cruel- ninguno de los acontecimientos actuales se quiere quedar, ya no hay memoria reciente, esto va deprisa. Maldita enfermedad del olvido, o bendita amnesia que convierte cada día en un estreno. Cuál será la navidad que guarde mi madre en ese limbo redentor. Ahuecó la ropa de la cama formando un túnel hasta que el forcejeo cesó.
-Más… baja otro poco…, así, que si no te das con la cabeza. La hija se sentó un momento en el borde de la cama sin apagar la luz, y contempló la convivencia del tiempo en las paredes. Desde las fotos de ese cristal gigante –el cóctel de años que eligió Dafne para reseñar- la miran sus niñas disfrazadas de gatos, en otra navidad con árbol; también la decoración marca la fecha, espumillón de colorines, años más tarde vendrían los collares rojos y dorados hasta llegar a la sofisticación monocroma.
–El caso es comprar –ironizó Marta subiendo un grado más el termómetro del agobio- el redondeo de los euros no tuvo nombre, pero me quedaban bonitos los árboles, rellenos por delante, por detrás, pegados al esquinazo daba lo mismo, y cuando poníamos el de la calle ¡Qué pasada! –sonrió con orgullo-. ¿En esa otra foto…? –se sujetó la barbilla y dividió con el índice los labios entreabiertos-. ¡Ah sí! Aquella navidad en la que el rey vino con guantes de goma y la mayor dijo: Tenía las cejas como papá. Con aquella barba tan blanca y tan perfecta… y sin embargo las cejas… -sonrió en silencio- ya ves… doña fisonomista.
La navidad es para los niños -piensa remetiendo los labios con pesar- ellas mismas lo dicen: después, en cuanto crecen un poco, las vacaciones se asocian a la amenaza de los exámenes y pierden toda la gracia.
-¿Quién es ese chico tan majo de la foto?
-El novio de la pequeña mamá.
-¿Y no le conozco? Dile que lo traiga porque ya soy más vieja que el tabaco.
-Claro que lo conoces, antes de ayer te dio dos besos. Hala, duérmete que mañana es nochebuena y vas a estar muy cansada si no.
Marta salió de la habitación de la exiliada. Pobre Dafne, siempre cediendo su espacio, la idea surgió de ella misma:
-No seas tonta mamá, mi cuarto es el más apropiado para la yaya, yo me desplazo mejor y la casa es de todos, sigue siendo mi cuarto, al fin y al cabo sólo es dormir para qué vas a armar un tinglado en el salón. Marta subió a la buhardilla, los gatos se enroscaban sobre la cintura y el muslo de Dafne, los espantó con cuidado y la hija estiró las piernas, los pies le quedaron colgando, La que no iba a crecer si no bebía leche. Tuvo la sensación de que había abierto un juego de matrioskas.
Bajó las escaleras con cuidado
-Que te lo pases bien, ¿vas a salir a andar ¿no?
-Sssssh. No mamá, habla bajo que es de noche. ¿no te duermes?
El fregadero vociferó su queja, la montaña de cacharros pringosos le asfixiaba, miró el recipiente de la tarta, los restos del sofrito de la salsa, el bol en el que había preparado el picadillo del salpicón y el mango de la batidora rezumando mahonesa junto al vaso vacío de la salsa de pepinillos y alcaparras para el salmón. Y esta otra, ¿por qué la llamarán salsa rosa si no queda rosa? Será que no la hago como es. Horas de preparativos. La pila parecía una boca mordiente vomitando alienígenas, el desorden era excepcional, había preferido mirarles y escucharles con avidez de adicta. Deseó salir corriendo, pero si no se lo ventilaba no se podría desayunar con ese desolador paisaje, qué más da madrugar que acostarse tarde –se animó- bien cara ha salido la sobremesa de la cena tras empalmarla con toda la tarde de cacharreo, ahora reseco.
Marta era yonqui del cacao y en las noches de insomnio solía desayunar más veces, se preparó uno mirando el fregadero con aversión. ¡Al diablo!
Se le cerraban los párpados, la cuchara sonaba a eñe al rascar el fondo de la taza, se sujetó la mandíbula con la otra mano mientras miraba con cansancio el mostrador, el paquete de harina estaba abierto y en la vitro permanecía la sartén. Ñiiiiu, ñiiiiu, arañaba la cuchara en el tazón, Vuelveeee, ññññiu, ññiiiuu a casa vuelve… qué mierda de anuncio y de canción, siempre te trae a la cabeza a quienes no volverán, me imagino a una viuda estampando el cenicero contra el televisor y la pantalla diciendo por navidadddddzzzzffff. O a un hijo sin madre, o… guardó la sonrisa de su padre como un secreto y no le pronunció. Aunque da igual, para mí no se han ido ni se irán.
La cabeza se ladeó invertebrada, la mano apretó la oreja como una plancha caliente. Quehhh suehhh---ño. Por navidadddzzzzz.
Zzzzz.

Vuelve a mirar el fregadero, ahí siguen los cacharros inclinados, hace recuento de su dolor de espalda, le duele toda sin discriminación para ninguna vértebra. Sorbe por la nariz, sacude la lágrima de un manotazo y sube de nuevo a su habitación, su marido se remueve. Le gusta verlo extendido sobre el lecho, huele a refugio cálido, por un momento duda, pero se calza en silencio las deportivas.
Las cuatro de la mañana, la sensación transgresora burbujea por sus venas, se sonríe. Hay que ver mi madre, cómo sabía… se anticipa a mis pensamientos, vas a salir a andar, qué mujer. Antes de que se produzca la información ella ya la ha recibido, será por la vuelta a lo primario, digo yo.
Camina por el parque, ve la lumbre a lo lejos y frena en seco, el corazón galopa frenético, le palpita en el paladar, pero no retrocede ¡Vamos! Con todas las consecuencias –se da fuerza- si no… es como si fuera un simulacro, hay que arriesgar. Libertad a su precio, total si me pasa algo, ya son mayores, no soy negligente ni irresponsable, toda la vida haciendo lo que debo, así que esta pizca de aventura es lo que quiero, total, si en cuanto llegue al cruce me vuelvo, este ha sido siempre mi gran deseo secreto: salir sola de noche sin miedo. Mi sensación más enorme de libertad, con él no es lo mismo, ya sé que es una idiotez si ahora vuelven todas las chicas de noche y hay más transito que de día, y muchas van a trabajar a estas horas, pero como lo he pospuesto tanto, el concepto anticuado de riesgo y misterio todavía me vale. Y además por el parque, que no es igual.
La lumbre cada vez está más cerca, atrae su chisporroteo hipnótico, siempre le ha fascinado el fuego. Le dan ganas de pararse ante las llamas, pero eso sí que sería una temeridad.
       Claro que un tío haciendo una hoguera contradice de plano la sospecha. Al fin y al cabo es una diana en medio de la oscuridad. –Mira de soslayo y acelera un poco el paso. Parece estar a salvo pero…
-Oiga, chssst, por favor.
El hombre sigue sentado con las manos a la vista, se las está calentando, Marta se vuelve con un velo de pánico sobre la cara.
-No tema. –La voz es persuasiva-. ¿Tiene un cigarro?
Queda frente a él. Como ahora los mendigos tienen esa pinta de alternativos, lo mismo es un pijo, vete a saber… que el look desarrapao cuesta una pasta, y estoy tan fuera de onda… las señales externas me comunican poco, me manejo mejor en la distancia corta.
La mirada del hombre detrás de las llamas tranquiliza, tiene unos ojos transparentes, hermosos.
-No fumo, lo siento.
-Hace frío, si no tuvieras tanta prisa podrías quedarte y contarme cómo has dejado de fumar, estoy asando patatas, ¿quieres una?
-¿Cómo sabe que lo he dejado? –Se aproxima a pasos cortos con inercia inevitable.
-Sé muchas cosas de ti. –Ella inicia la retirada, el hombre sonríe, Marta advierte un destello en la pupila y otro en el diente y escucha un sonido similar al zureo de paloma que aviva como un abanico la hoguera desde la espalda masculina. Decide creer que son dos chispas de fuego reflejadas, dos pequeños brillos y una ráfaga suave de viento, y aunque descarta sobrenaturalidades, sin saber por qué, piensa en el demonio dentro de esa parte pequeña del cerebro en la que el razonamiento todavía es un instinto que aún no se ha convertido en palabra.
-No, no soy Lucifer, además ¿no dices que no existe?
El calambrazo del escalofrío asustado elimina de golpe el dolor de espalda.
-Ibas a recoger tu cocina y has dicho: ¡Al diablo!, –sacude la mano hacia atrás como si arrojase una colilla-, y te has venido hasta aquí.
Marta desorbita los ojos mientras contempla la diversión contenida del hombre.
-¿Y si no eres el diablo, quién eres?
-Alguien muy parecido. Cada vez que le nombran a él me envían a mí, él será el caído, pero yo soy el pringao, el andaavernovayaaserque.
-¿Un ángel, quieres decir?
-Sí, hija sí, no pongas esa mueca de risa torcida, para colmo me tocan siempre los descreídos, aunque eso me da lo mismo. A ver, vale ya de dispersión, vamos a concretar, que hace mucho frío y he salido escopetao de otro sitio más calentito. -Se ha puesto en pie y se frota los brazos, es muy alto-. A ti la navidad, cuando eras cría ¿por qué te gustaba? –Marta abre los ojos elevando las cejas.
-Por las películas que ponían en la tele durante las vacaciones, supongo. –Responde mecánicamente sin perder el gesto de extrañeza-. Sesión de tarde, sesión de noche y todo eso…
-Dime la primera película que se te viene a la cabeza. –Dibuja dos círculos rápidos con las manos hacia el interior de su pecho para apremiarla.
-El bazar de las sorpresas, –asiente acelerada.
-No, esa no, di otra.
-Sucedió una noche, Caballero sin espada… -el hombre resopla impaciente y da pasos cortos hacia ambos lados.
-¿Qué bello es vivir? –eleva las cejas y deja la boca abierta expectante.
-¡Ahí! ¡Eeesa! –Embiste mientras dibuja con la mano una ese tumbada.
-¿Eres Clarence?
-Si tú quieres… -eleva los hombros y abre las manos- pero sin ánimo de presumir diría que estoy mejor. Pinta un pase torero recorriendo su flanco derecho. Marta enrojece por motivos diferentes: por seguir ese juego absurdo y porque es evidente que el ángel -o lo que sea ese lunático- está que cruje, y le molesta que se le note, así que cierra la boca como si de súbito se hubiese visto desde fuera con esa careta de boba que cree que se le superpone cuando un hombre le parece atrayente.
-Pues ya me dirás para qué te necesito si lo que quería, precisamente, era echar una valentía al aire, sin ángel que me guarde, ni su dulce compañía y me lo has chafado, de todas maneras iba a regresar a mi casa antes de que despertasen y con tiempo de dormir aún, que estoy que me caigo, como ves no es más que una osadía light aburguesadilla, soy una gata doméstica, paso mucho tiempo en casa y cuando me doy cuenta de que no he tomado el aire es muy tarde, pero bueno me servía eso de salir de noche como una incauta, y para una vez que me atrevo… va y me sale el ángel de la guarda, lo que te digo, no me dejes sola de noche ni de día, no me desampares que me perdería. Sin embargo, cuando me has hecho falta… ¿pero qué estoy diciendo?, –cavila unos instantes para asir la cordura-. Aquí jugando a las películas y discutiendo con una regadera que no sé por qué curiosa percepción sensorial sabe que he dejado de fumar. A ver si va a ser verdad que no se me puede dejar sola, que enseguida me enrollo con cualquiera, en especial con los zumbaos.
-No estoy zumbado. –Marta respinga, esta vez con castañeteo de dientes incluido-. Me necesitas para tener una navidad que te guste realmente, y que sea para ti sola, tal y como tú la concibas. Te la mereces, estabas muy preocupada por los preparativos y las tareas pendientes y de ahí a deprimirte no hay más que un paso.
-No estaba deprimida.
-Claro que lo estabas, no seas orgullosa. Y como lo realmente tuyo son las películas, tú dirás. No te muerdas las uñas, y cuidado con lo que piensas que ya ves que lo leo, que lo oigo. –Marta se rinde y se entrega sin reservas.
-Ya veo, ya. En… una española, un brujo, o un ángel, eso no se aclaraba, montado en un caballo blanco, tan pronto era hombre como mujer, me refiero al ángel, no al caballo, se llevaba a una pareja más bien… pobre, a un hotel maravilloso y allí en un precioso comedor lleno de elegantes se ponían morados de ostras por cinco pesetas, compraban comida y ropa por cincuenta céntimos, bailaban en el salón… en fin… cosas así, hacía milagros pequeños. En ese caso en concreto, los trasladó en el tiempo sin que ellos lo supieran y por esa razón todo resultaba tan barato, algo parecido a las magias de Embrujada, la serie aquella ¿recuerdas?, asequibles, que no ponían en evidencia ni cambiaban el tipo de vida, pero se la hacían más fácil a la protagonista sin comprometerla. Porque… me imagino que si te pido un trabajo fabuloso para mis hijas y una casa para cada una no me lo vas a conceder, ¿no es así?
-Buen intento, pero en efecto tu deseo ha de ser más sencillo.
-Pues entonces como los de Embrujada. La casa reluciente, que me salgan las comidas de todas las fiestas maravillosas, tiempo para ir a los puestos y comprarme un sombrero negro de ala ancha ¿puede ser? ¿Y dinero extra, solo un poquito, para adquirir muchos regalos en las tiendas de siempre y que todos ellos sean lo que más deseaban recibir, aunque no lo tuvieran pensado? –El ángel sonríe para sí- seguro que me ves superficial, poco imaginativa y egoísta, pero es que me has dicho “algo para ti” y doy por hecho que te ocupas de lo gordo en otra parte. Pero no me importa cambiarlo, ya sabes, puedo pedirte que elimines las injusticias, los conflictos, las guerras, el hambre… Te dejo escoger si es que tienes que limitarlo, estrújate la cabeza para que en un solo deseo quepan todos.
-Anda ven.
La rodeó desde la espalda por debajo de los senos con un brazo y oprimió su cintura con el otro, el tacto de las manos grandes era dulce. Marta apenas fue consciente del despegue, él cruzó los pies por delante de los de ella para sujetárselos y en horizontal surcaron los vientos sorteando nubes. El suave batir de alas caldeaba misteriosamente el gélido aire de diciembre, la ciudad se achicó engalanada por multitud de collares refulgentes, la carretera nacional era una gargantilla de diseño clásico y simétrico con perlas de farola cultivada y poco tránsito en ese tramo, y de los pueblos de ambos lados colgaban los pendientes de corte irregular con estilo más abstracto, y en el centro: la ciudad con un maravilloso escote de asfalto pulido. Las ciudades siempre son femeninas aunque se llamen León, a ver quién es capaz de imaginarse Sevilla con el rostro de un varón.
La caricia de las brisas sobre el cuerpo de la mujer suspendida bajo el hombre, le hacía extender los brazos en voluptuosa dejadez.
-¿Dónde vamos?
Él la giró, (poderosas sensaciones) y los alientos se entrelazaron, ya que el deseo iba de cine, la escena de Superman en vertical cuadraba a la perfección en el descenso.
-¿Qué quieres cenar? –A él el traje oscuro le sentaba bien, y la camisa nacarada despedía brillos que le barnizaban esos ojos de cine y esos labios de anuncio.
-¿Puede ser todo postres?
El pulido camarero, años cuarenta, parecía encelar con su sonrisa al custodio, que clavaba sus dardos verdes en la extensa reverencia. A Marta le gustó, claro que también podría formar parte de “cumplir con el deseo” –recapacitó- y que el cortejo estuviera incluido en el lote, y así no era lo mismo, de ser deseada por gusto a serlo por obligación va un abismo. Pero si así fuera no mentía mal -se dijo- apagando al pepito grillo del pensamiento para dejarse llevar.
Bailaron en flotación sobre la pista del Hotel Palace. El etéreo vestido de color verde manzana grany frufreaba ligero. Pues era un blues, no era un vals y qué bien se acunaba en la armónica.
¿?
-¿Quién empuja?
-Mamá, Mamá… -zarandeó un poco más fuerte.
-¿Ehh…?
-Pero, ¿Qué haces ahí con la baba colgando encima del tazón? –susurró.
Marta miraba a Julia sin verla ¿Todavía no te has acostado? Son las cinco de la mañana. La primogénita echó un vistazo a la pantalla.
-Todos los años igual: Qué bello es vivir, de Capra y siempre a estas horas. A ti te gustaba mucho esta peli, es un poco moña.
Marta, con los ojos secos y atónita, escuchó a Clarence lamentarse, en el televisor, por su incapacidad para adquirir las alas, mientras Julia abría el frigorífico para buscar los comprimidos contra el ardor.
Miró temerosa hacia el fregadero, y se le paralizó la respiración: ¡como si hubiese pasado Don Limpio!, y la vitro como un espejo.
-¡Hala!, ya lo has hecho todo, si te dijimos que mañana, bueno hoy, nos íbamos a repartir el trabajo. Hmmm arroz con leche, natillas, flan, ¿cuándo has comprado los bizcochos borrachos si ayer…? Carabineros qué ricos…
Julia se sentó al lado de su madre para tomarse un colacao añadiendo la cucharada de sobredosis, esa sin darle vueltas para comerse las pompitas del polvillo dulce antes de que el calor las licuase transformándolas en el oscuro marrón, el año de té e infusiones no le había descompuesto su paladar juguetón.
-¿No te molestaba el estómago?
-Bah, que le den, es navidad.
Disfrutó de su hija durante unos instantes, y de sus gestos antiguos que asomaban por el pijama español para recuperar de inmediato la cara de susto.
-Mamá estás catatónica, completamente frita.
Marta asintió como un pájaro carpintero atacado de parkinson.
-Sí, –logró articular el lenguaje- me parece que me voy a ir a la cama porque empiezo a pensar que me he vuelto sonámbula, estoy mayor, estaba soñan...
Volvió a mirar con repelús el fregadero, ¿había sido un sueño o no? pero al cuarto peldaño sonrió para sí.
El sombrerito negro descansaba en el borde de la cama.
-Gracias Clarence, o como quiera que sea tu nombre, –rozó con el índice y el corazón el suave tacto de su ala para despedirse y aún lo encajó en la frente con las dos manos ladeándolo hacia el ojo con un mohín coqueto y satisfecho aprovechando en el espejo la suave luz de la ventana que comenzaba a rasgar el centro de la penumbra. Abrió con sigilo una de las hojas del empotrado y retrocedió de un salto llevándose la mano a la boca para sujetar el sopetón: el altillo estaba atascado de paquetes. ¡Tanto no!, que a ver cómo lo explico. Y se palpó por instinto bajo el pecho que era el lugar en el que ella albergaba el alma.
-Porque no te la he vendido, a ver si te la vas a llevar a cambio. Y cerró la puerta con aprensión hasta Reyes.
Pili Zori.