LOS AURICULARES

Cada medio día y aproximadamente a la misma hora Alma recorría el parque con forma de largo pasillo que -entre las viviendas y la carretera general del Este- creaba una pequeña arteria oxigenada por dos paredes laterales de árboles altos cuyas hojas plateaban el aire al mostrar sus dos caras cuando la brisa o el viento las mecía, los macizos con adelfas, rosas y aloes vivían sin rigor geométrico entre parterres.
Uno de los bancos, siempre el mismo, se hallaba ocupado por un hombre. Alma notaba cada día su presencia de soslayo, le oía hablar y gesticular -tanto en invierno como en verano- pero por no ser indiscreta mantenía el rostro de frente sin girarlo para mirarle al pasar por su lado; sólo las largas piernas acabadas en unas deportivas -las mismas para las cuatro estaciones- se reflejaban en los ojos de la mujer durante los seis pasos que duraba el asiento público de tres plazas o unas cuantas más si los chicos del instituto cercano compartían el respaldo. Aquel día sin embargo sí lo hizo, comenzó a contemplarle desde lejos y calculó, por el aspecto, que su edad rondaría la treintena, y que un delgado cable salía del bolsillo de la camiseta del joven para esconderse como un catéter en el oído. Sintió envidia de que tuviera uno o varios interlocutores tan constantes.
Desconocía la razón de por qué desde hacía algún tiempo hablaba sola, a la ida y a la vuelta de ese camino arbóreo cilíndrico y uterino, pero lo peor de todo es que era consciente de ello y que no lo evitaba; una especie de adicción, de incontinencia verbal, de secreto vicio se apoderaba de sus labios y abría la espita. Cuando le ocurría recordaba a aquel director de su empresa que discutía con el aire al transitar desde una nave a otra custodiado por los altos hornos.
Era viejo –se dijo- pero de inmediato una sacudida de su corazón avergonzado le reveló que ella también lo era, más, incluso, que aquel alto mando de entonces. ¿Por qué lo haría él?, ¿por qué había comenzado a hacerlo ella?
Al salir de sí misma para detenerse un instante en la imagen del pasado, notó que cuando veía hablar solo al señor Azcuénaga ella bajaba la cabeza para no abochornarle, y esa vergüenza ajena regresó desde sus veinte años para encenderle la cara esta vez por sí misma. Intentó sublimar la sensación acudiendo de inmediato al poema de Machado:
“Converso con el hombre que siempre va conmigo. Quien habla solo, espera hablar con Dios un día”.
Pero estaba segura de que todo aquel que la mirase desconocería los versos y los pensamientos del poeta, y el sonrojo  no se disipó. Aunque era cierto que ella ya no esperaba para hablar con Dios algún día, porque se dirigía directamente a Él desde hacía tiempo, y por alguna extraña razón a Él parecía gustarle ese túnel de floresta con camino para bicis. A ese Dios vestido de agnosticismo y cubierto con manto de oleaje de dudoso vaivén que bullía en su cabeza, era a quien dedicaba sus cabreos y tristezas, también a sus muertos, para qué llamarlos de otro modo aunque siguieran vivos en su interior.
Recordó que a Unamuno le dio por Dios al final de su vida, y al padre de Alma por leer a Don Miguel pocos años antes de entrar en las brumas de la enfermedad del olvido. Espantó la aprensión y el escalofrío.
Miró hacia allí, cada vez más cerca. Carraspeó y cerró los puños clavándose las uñas. El mal ya estaba hecho: esta vez había mirado al chico, y los ojos de él se reflejaron en los suyos, y se dijo que el contacto, el conocimiento del otro iba a impedir que continuase hablando consigo misma, ¿cómo iba a inhibirse de la libertad tan gaseosa que experimentaba al hacerlo? No deseaba público para su peculiar intimidad, y sólo en ese camino, en ese espacio propio, ejercía lo que consideraba un derecho, le catalogó como  intruso.
Transcurrieron varios días y Alma comprobó que con molesto afán territorial de garita el joven seguía custodiando el banco. ¿Con quién hablaría tanto? ¡Qué suerte! ¿Y por qué necesitaba “el manos libres” para gesticular de ese modo tan apasionado con los dedos? Pero esta vez sí observó que al verla llegar él guardó silencio y que sin dejar de mirarla, en el rostro se le dibujó un gesto congelado de ansiedad.
Fue al tercer día cuando el muchacho, Unax -ese era su nombre, aunque Alma aún no lo sabía- se levantó del banco para subirse la cinturilla del pantalón, se estiró la camiseta y se secó las palmas en la tela que circundaba los muslos como un aspirante nervioso que se prepara para estrechar la mano de su examinador. El cuerpo de Alma palpitó al intuir el inminente abordaje.
-Disculpe.
Menos mal que no ha dicho señora –pensó ella en silencio- aunque sintió con fuerza el empujón generacional. Alma le recorrió con la vista de arriba abajo, el odioso tratamiento de usted le había concedido la bula del descaro; aparte del pecho masculino endurecido no advirtió en el bolsillo de la ceñida camiseta rectángulo alguno: No había teléfono móvil –dedujo- pero el cable, sin embargo, sí emergía de él. El gesto interrogante no pasó inadvertido. A modo de respuesta el joven usó las dos manos para ahuecar el otro bolsillo del vaquero, y de él extrajo una pequeña bolsa de plástico que transparentaba unos auriculares amarillos como los que suelen entregar en los transportes turísticos; extendió el brazo hacia Alma y movió la bolsita dos veces para que la recibiera; el pulso tembloroso hizo amago de retroceso ante la estupefacción de la mujer -fingida a medias- porque antes de que el razonamiento llegase a la cabeza esa parte de su cuerpo o de su ser que siempre se anticipaba comenzó a comprender.
Él se sintió obligado a explicar; la voz, escuchada de cerca fue bonita.
-Como le gusta hablar consigo misma, he pensado que… –no dijo: “Como habla sola”, o “como habla en voz alta”- Manifestó: “como le gusta hablar consigo misma…”, y la frase indicó intención de hacerlo, no chaladura involuntaria. Se miraron y las defensas cayeron al suelo como un velo transparente.
Alma recogió el regalo y tras sujetarle los ojos -eran azul claro bajo las cejas espesas- se aproximó al banco para depositar las bolsas entre la curva del asiento y del respaldo. Él la siguió envuelto en el suspense.
Volvieron a estudiarse, el chico tenía el pelo rizado, pajizo y brillante, ella teñido, castaño, como su mirada; dos vistazos hermosos transmitiendo el halo del reconocimiento mutuo. Se animó a proseguir.
-Al principio yo también pasaba apuro si me cruzaba con alguien, y el hilo se cortaba, si te sientes observado no funciona. –Hizo una pausa innecesaria para comprobar que ella entendía-. Cuando creen que hablas por teléfono no te miran con miedo o con burla y puedes explayarte –aclaró con la voz entrecortada- incluso te vuelves invisible. A nadie le gustan ahora las conversaciones largas, y yo… las necesito; la gente se atropella con las palabras, se interrumpe, las pierde, se caen de los oídos por soltarlas deprisa… y no quieren retomar al día siguiente o más adelante, dan por zanjado y a otra cosa, y si tú vuelves a lo que consideras una conversación inacabada, te juzgan como resentido u obseso… -buscó en el aire más argumentos- te recomiendan que no des vueltas a lo mismo y hacen que te sientas fuera de lugar, y para poder hablar igual que ellos después, sin perder su atención, para usar las mismas reglas telegráficas del juego, llevar el mismo ritmo… antes necesito extenderme, corregir, quitar y poner frases que construyan las imágenes que quiero compartir… ejercitar la síntesis para la que por lo visto soy tan torpe. Necesito enfadarme e ir calmándome poco a poco sin hacerlo delante de los demás, sin necesidad de improvisar sobre la marcha, sin aceleración, sin correr el riesgo de desbocarme… en resumen: lo que ellos llaman contar hasta cien, sólo si ensayo puedo estar listo, y para estar listo pensar en silencio no sirve. Por eso simulo que hablo por el móvil.
Tragó saliva y sonrió entremetiendo los labios, y el incipiente rubor por la confidencia trepó por las mejillas tersas; ella correspondió a la sonrisa y asintió con lentitud y en silencio varias veces.
-Como dice la canción “No estamos locos y sabemos lo que queremos”. –Se atrevió a vincularla una vez distendido.
-“Vive la vida igual que si fuera un sueño” -remató Alma.
Ambos rieron ya abiertamente, y como si Unax adivinara el interior de la mujer añadió:
-Como ve no es una cuestión de edad, ni de soledad, sino de minoría, además yo estudiaba en voz alta cuando era niño.
-Yo también. Y en mi infancia la gente iba cantando por la calle aunque caminara sola. No resultaba raro.
Ella rehusó la mano y en su lugar depositó dos besos en ese rostro bruñido, pero no se despidió aún; abrió el bolso, sacó el teléfono, extrajo los auriculares de la bolsita recién obsequiada e introdujo el final del cable, no llevaba bolsillos en el vestido rojo de vuelo con estampado de pequeñas flores, a continuación se los acomodó en los oídos, ya no podían dejar de sonreírse mutuamente con secreta complicidad. Ella tragó saliva.
-Si tú quieres, me encantaría escucharte, a esta hora estaría bien, traería de casa un tentempié. Él permaneció pensativo durante unos segundos.
-Sí, estaría bien. Pero no supliría el soliloquio, antes y después de hablar contigo continuaría con lo mío.
-Sí. Yo también. ¿Tienes familia?
-Claro. ¿Y tú?
-Por supuesto.
-¿Y lo saben?
-No.
-¿Mañana entonces?

Él asintió.

Pili Zori

ECHEMOS MANO DE LA PSICOLOGÍA

No quiero manosear más el dolor de las familias de los asesinados en la matanza de Barcelona -una de las ciudades más cosmopolitas del mundo- su silencio por las pérdidas infunde respeto y nos da la inconmensurable dimensión de lo que sienten; ni siquiera me atrevo a imaginar cómo sería mi muerte en vida si a uno de los míos me lo mataran. Pero sí tengo la certeza de mis obligaciones mientras ellos se sumen en su luto, y veo y leo en las redes que con mayor o menor acierto o torpeza una gran mayoría de nosotros quiere arreglar la aberración para que no vuelva a producirse; contemplo como intentamos llegar al origen para comprender y poner los remedios, y me hace sentir bien, útil aunque sea de forma infinitesimal.
De momento echar el freno a los sentimientos malignos que brotan por la rabia es muy importante.
A menudo las personas le damos legitimidad a lo que sentimos precisamente por eso: porque nos decimos interiormente que si lo sentimos por algo será, pero se nos olvida que no hay que confundir sentimientos con bajos instintos, y que frases como “Yo te digo a la cara lo que pienso” no son exactamente válidas porque quizá lo que piensas y sientes no es sano y has de revisar los componentes de tu sinceridad. Sentir no es soltar ventosidades, la boca no es una metralleta para disparar en un momento palabras que dañan durante toda una vida. De nuevo repito que no me excluyo y que en más de una ocasión he pensado, he sentido y he soltado alguna perla absurda, ignorante y dañina con respecto a algún "extranjero" de la que no me siento orgullosa. Alcanzar la sabiduría y la bondad no son objetivos fáciles, pero sí metas a las que hay que intentar llegar aunque tengas que volver a la casilla de salida más de cien veces y terminen tus días sin que las hayas alcanzado.

A menudo me tildan de ingenua, de utópica, y sonrío con ternura, porque quien lo hace no percibe que hoy experimenta y disfruta situaciones y estados que en otro tiempo, no muy lejano, también fueron considerados utopías. La frase “Sé realista, pide lo imposible” no es artística, sólo es obligatoria; puede que durante el tiempo que cada uno de nosotros estemos en la existencia no se consigan los objetivos, pero al menos nos iremos con la tranquilidad de haber contribuido a que más adelante se logren, al fin y al cabo no creo que tengamos nada mejor que hacer.
Estoy convencida de que las personas que han muerto eran pacifistas, estaban contra el racismo y la xenofobia y no despreciaban a otros seres humanos porque se sentían pertenecientes al planeta en el que habían nacido y hermanados con todos sus habitantes, -como dice Amín Maalouf, no nacemos en un país sino en un planeta- por esa razón muchos de ellos viajaron hasta aquí para conocernos y que les conociéramos, y morir a manos de quienes has defendido parece una paradoja, pero no lo es porque ellos hicieron lo que es debido tras su paso por la vida y lo mejor que sabían hacer.
Entiendo que esperar los resultados de la educación en las escuelas, institutos, universidades… impacienta porque parecen programarse a largo plazo, pero sé, al igual que Einstein, que el tiempo es relativo y que la unión hace la fuerza, aunque suene a frase manida; en muy pocos años hemos comprendido necesidades de amor como el divorcio, hemos recuperado o hecho de nuevo el hueco que se les arrebató a homosexuales y transexuales, hemos equiparado a mujeres y hombres -aunque sigamos en ello, mejorando, puliendo- hemos cambiado lenguajes para hacerlos integradores, ya nadie es “subnormal”, “inválido” o “un renglón torcido”. Pero se me ocurre que de entre todas las herramientas eficaces que hemos usado para conseguirlo ha faltado una: La psicología.
Los psicólogos no sólo enseñan a arreglar problemas y conflictos en la intimidad de la consulta, estos profesionales podrían orientar en los medios de comunicación, en los colegios, institutos, universidades, centros laborales… podrían mostrarnos las distintas formas de gestionar la ira, la frustración, el resentimiento, el deseo de venganza, el ojo por ojo... podrían indicarnos qué hacer cuando te tratan con desprecio o desigualdad, te arrinconan o te aíslan; estoy segura de que las cadenas televisivas o radiofónicas obtendrían enorme audiencia, los periódicos y revistas mayor tirada gracias a ellos, y de ese modo dichos medios recuperarían su verdadera labor de servicio público.
A menudo repito la frase que Louis Pauwells y Jacques Bergier pronunciaron dentro de las páginas de su libro científico “El retorno de los brujos”, porque hasta el momento no he encontrado otra que me identifique mejor:
“Cuanto más comprendo más amo porque todo lo comprendido es bueno”.
Y es que no hay nada que nos una más, que comprender y sentirnos comprendidos.

Un abrazo. Pili Zori

En la puerta del supermercado

En la puerta del supermercado en el que compro se coloca un joven africano para –no me gusta la palabra, pero es lo que hace-: mendigar; mejor lo cambio: pedir para su sustento. Tiene las manos ásperas como de trabajador de campo y los ojos y la sonrisa luminosos, ignoro quién le ha colocado ahí para sustituir a Dorothy, otra preciosa nigeriana con nombre de personaje de película mágica, -"El mago de  Oz" aunque en estado de Of, no de Oz, ya ves qué paradoja, (faltaría una efe, off, la pongo para jugar con el sentido de ambas palabras, la magia por desgracia está apagada, para ella y para todos. Nos hemos vuelto de hojalata y hemos de seguir buscando el corazón).
Dorothy lleva rastas, de esas bonitas que parecen de lana, y en su piel joven dos surcos que le nacen desde cada uno de sus ojos felinos, como si un inexistente maquillaje hubiese sido borrado por un llanto constante, no lo he imaginado, me fijé muy bien, supongo que es una curiosidad dermatológica, pero también dicen que la piel chiva o delata las penas que transcurren en nuestro interior. Dorothy tiene dos hijas, lo supe después de un ramillete de frases lanzadas al viento en invierno. “Pasa dentro, muchacha, que te vas a helar”, lo supe después de los saludos y las despedidas tras tocarle los dedos al cerrárselos con pudor para que durara poco el momento de depositar la moneda o monedillas en el cuenco de su mano donde se dibuja el mapa de su vida, más tarde lo cambiamos por alguna bandeja de pollo, o algún que otro sobre al vacío con pan; me gusta dar de comer, pero me contuve con los tuppers para no parecer la loca del nido vacío. Lo supe al ver cómo se impacientaba en el semáforo tras acabar su jornada para luego correr hacia un "hogar" invisible.
No sé qué habrá sido de ella, también Dorothy había sustituido a Elvis, Elvis ayudaba a colocar la compra en el carrito, o en las bolsas, avisaba si te dejabas algo en la pequeña rampa dividida por una tabla móvil que las cajeras -con acento de allende los mares- mueven como si de las manillas de un reloj se tratara -a y diez, a menos diez- para que no haya paradas en las compras de dos clientes, mientras uno guarda en su bolsa y el otro coloca en la cinta, y aunque alguna anciana asustadiza le lanzase hacia atrás con su negativa para ser ayudada y su desprecio, Elvis seguía sonriendo siempre, con una sociabilidad incombustible pero tristemente desperdiciada.
Me habría gustado conocer sus historias, las de los tres, cómo llegaron aquí, qué mafia los coloca temporalmente en las esquinas como si fuera una ETT, si padecen esclavitud de trata, abierta o encubierta… porque ahí están a la vista de todos… pero no me atreví a entablar conversación más allá de la ráfaga de saludos de rigor y frases hechas, por si quien tenía control sobre ellos nos veía y se enfadaba; o eso me dije con hipocresía desde mi cómoda y sencilla vida de confortables muebles, frigorífico lleno, y nórdicos para el invierno que nunca tendré que dejar atrás abandonada para viajar en patera y cruzar el Mediterráneo después de pagar el abusivo precio que tendría un billete de avión a la China, o a las Malvinas tan sólo por atravesar el estrecho.
No, no estoy contando esto para alardear de nada, vergüenza me daría, tampoco soy desinteresada, ni siquiera siento lo mismo por los demás, los que se colocan en otros centros comerciales, es una mirada territorial la mía, mi posesivo para el supermercado casi de barrio que más frecuento; las cajeras y reponedoras también desaparecen pasado algún tiempo, tampoco sé la duración de sus contratos, nunca mejor aplicada la palabra indefinidos, definir el trabajo de hoy cuesta "trabajo", aunque a veces me encuentro con alguna de dichas muchachas en otra sucursal y a ambas nos da alegría; pasado el mediodía intuyo que están sin jefes o encargados, porque durante un generoso intervalo se quedan sin clientes y entonces se escucha su música, un poquillo alta, temas que cantan juntas recuperando así sus países, sus estados, y observarlas es mi mejor modo de concretar y comprender la ONU, un modo pequeño, doméstico, de plano corto que sin embargo se abre hasta lo universal, ¿y qué diantre es lo universal? Siempre se ha dicho que sólo puede entenderse desde lo local, así que eso es lo que intento: comprender los entresijos de mi planeta desde el pequeño rincón en el que vivo.. Y recuerdo aquel anuncio inquietante de perfume que decía: “Hay otros mundos pero están en éste.” Lo cierto es que entiendo muy poco ese conjunto de mundos que habitan en éste sin tocarse, sin verse, aunque intuyo que no somos tan distintos.
No comprendo por qué en nuestro país ya sólo se contrata a través de ETT; para escurrir el bulto de la responsabilidad y de la conciencia supongo. Se paga la bula y que el marrón de la injusticia se lo coman los otros, el “esquirolaje” institucionalizado en forma de empresa, no necesito explicar que no me refiero a la mano de obra, sino a los buscadores de jornaleros, de los chicos y chicas para todo: teclado, oficina, teléfono, almacén, carga y descarga… que para eso somos un país de trae y lleva sin industria.
No comprendo por qué los educadores y psicólogos infantiles se matan a inculcar que las acciones tienen consecuencias, cuando demasiados políticos -que se supone que deberían tener el mayor rango de responsabilidad e impecabilidad- no las asumen y se defienden como gato panza arriba para librarse de ellas.
No comprendo que se siga a alguien con fe ciega, que se repita como un eco lo escuchado en la radio, lo visto en el televisor, lo leído en la prensa sin ponerlo en cuestión, cada uno con su bando, como si no fuéramos seres pensantes sino sectarios, partidarios, seguidores… como si la deontología hubiese desaparecido de colegios, institutos, universidades, empresas profesiones....
Siento vergüenza al escuchar que se habla -con altanería, afán de superioridad y sin escrúpulos- sobre los pobres de un país que está al otro lado del Atlántico, como si aquí no los hubiera; no necesito salir de mi calle para ver cómo hombres aseados cuelgan medio cuerpo en los contenedores. Pero sí sé sin embargo que las preguntas de rigor siguen siendo ¿A quién le conviene?, ¿a quién beneficia?, ¿a quién le interesa?
Mi olfato histórico me dice que hay un tufillo de entreguerras, pero no lo pronuncio porque soy supersticiosa y tengo miedo, no por mí que para los dos telediarios que le quedan a mi generación doy gracias a la vida… sino porque como decía Arthur Miller: “Todos eran mis hijos”.
Cuando se vota a alguien para que se tome la revancha, o se vengue por ti, por delegación cobarde, mal asunto para el futuro, y en Estados Unidos han colocado a un insensato y ahora ¿quién va a quitarlo de ahí?
¿A quién le conviene?, ¿a quién beneficia?, ¿a quién le interesa?
Yo pensaba que todos los políticos estaban obligados a ser cultos y preparados para entender cualquiera de las actividades que representaran, que sabrían preguntar al menos y de principio a fin ¿qué pasa antes de que un ser humano se suba a una patera?, ¿qué hay que hacer después con él, en el país de "acogida"si ha conseguido salvarse en el trayecto?, ¿qué ocurre en una casa cuando en ella entra el paro?, ¿qué se siente al volcarse sobre la boca de un contenedor llevando corbata…?
¡Oh! ¡Europa, Europa! ¿Quién te pide cuentas a ti, raposa infiel, por no cumplir con tu responsabilidad, con tu deber, con tu trabajo?
Pero lo que más me indigna es por qué a demasiados políticos no se les cae la cara por su desvergüenza si se acuerdan de sus padres. ¿Quién les ha consentido para que hoy sean avarientos, mentirosos, endogámicos, soberbios, vanidosos, ladrones, encubridores, cobardes, y egoístas embrutecidos y sin piedad? Qué decepción. Vaya legado.
No suelo meterme en camisas de once varas porque en mi caso la política es más un sentimiento que un argumento y dejo que hablen los que se supone que están especializados, pero ya estoy más que harta de ignominias. Sí, ignominia quiere decir acción deshonrosa, lo que mi madre quería expresar cuando exclamaba ¡Esto no tiene nombre!
Sólo pido que al menos se haga la labor de campo, que es bien sencilla, para realizarla no hace falta ir a Harvard: tan sólo se trata de preguntar -bajando las escaleras del castillo, y al pie del camino- a todo el que pase: ¿y esto por qué piensa usted que ocurre?, ¿a qué cree se debe?, ¿qué opina sobre cómo podríamos arreglarlo? Y entonces, al menos, parte del sueldo estaría ganado, y medio trabajo se lo darían hecho. Eso sí, vigilando incluso a quién vigila, comprobando, cotejando...

Somos un país de susceptibles e inseguros, nos importa más la obediencia y la sumisión que el trabajo en igualdad bien hecho, todas las partes del equipo son necesarias, horizontales, el mundo no es vertical ni escalafonado por mucho que nos empeñemos; nos altera que nos lleven la contraria, y que conste que no me excluyo, por ello no aprendemos y tampoco prosperamos, y no os imagináis cuánto me duele decirlo.

Perdonad si mi escrito os parece un revoltijo, prometo que está bien pespunteado con las puntadas de la repercusión, porque todos nuestros actos afectan y van y vienen de vuelta como un woomerang, y ninguno de sus párrafos es casual, porque sí que hay ganancia de pescadores en el río revuelto, y a mi modo eso es lo que quería, relacionar, reflejar.

P.D. horas después de que yo escribiera este artículo, se producía el atentado en las ramblas de Barcelona. Cuánto dolor.

"LAS ACACIAS", Película de Pablo Giorgelli

Esta tarde he contemplado embelesada la película argentina “Las Acacias” del cineasta Pablo Giornelli. Y digo bien la palabra contemplar porque esa es la forma de verla: mirando hacia fuera y también hacia dentro -tal y como lo haces- cuando vas de viaje; además tiene el ritmo exacto de la road movie que te permite absorber el paisaje en movimiento mientras tú vas quieto y meditas, o te adormeces con el ronroneo acunado del vehículo que te adentra -al igual que  a los personajes- en la confianza del inevitable sueño. Ese es otro de los grandes temas que propone esta obra: cómo se genera y desarrolla la confianza entre extraños.
Si transcribiese aquí los premios que el largometraje recibió os aseguro que ocuparían más espacio que el propio film, así que no os abrumo; resumiré diciendo que en todos los bordes del mapa y también en las tierras interiores fue comprendido en su lenguaje universal, y galardonado en los festivales de cine más importantes del mundo desde Cannes a el Film Fra Sør de Oslo, pasando por los de Londres, Bombay, San Sebastián, Bratislava, Kiev, La Habana, Asunción de Paraguay…
Los primeros fotogramas que aparecen en pantalla son bellísimos: un racimo de haces de luz cenital, casi sobrenatural, se filtra desde el cielo entretejiéndose por las ramas de un bosque de altas y robustas acacias. El espectador ve una especie de humo que se adentra por la esquina de la pantalla y un ruido difuso que va en aumento y que aún no sabe descifrar; pronto verá caer un majestuoso tronco de árbol, el sonido provenía de la sierra eléctrica, y la humareda era el polvillo de la madera; la sensación es de muerte. Y desde esa metáfora parte la película, enseguida trasladaremos la imagen al estado de ánimo del protagonista, así se siente: como un tronco derribado y muerto dentro de ese bosque cerrado en sí mismo; aunque el público desde su butaca de la sala de cine ignora aún si el personaje es consciente o no de ese sentir que quizá confunde con vida, con su modo de estar en ella.
La preciosa y -en apariencia- sencilla filmación trata de un camionero, Rubén (interpretado de forma magistral por German da Silva) y su pasajera. Rubén es un hombre solitario que desde hace años transporta madera de acacia en la ruta entre Asunción y Buenos Aires. “Un amigo” le pide al transportista que lleve a una joven mujer hasta Buenos Aires, después sabremos que el amigo es el jefe de Rubén, y que la madre de la joven es la empleada doméstica del patrón, detalle vinculante que nos explica el status social y subalterno de ambos protagonistas. Jacinta (Hebe Duarte) llega tarde y además lleva en brazos a su hija Anahí (Nayra Calle Mamani) una bebé de cinco meses de la que no le habían hablado al conductor y como añadido sendos bolsos que hacen que parezca un perchero. Todo indica un mal comienzo de viaje, (mensaje y señales que el espectador recibe a través de los gestos y movimientos hostiles del camionero que no hace amago de ayudarla), y la actitud cohibida de Jacinta. Más tarde la escucharemos decir resuelta ante los guardias de la frontera que la niña no tiene padre, y que va con ella a Buenos Aires a visitar a una prima; la cámara captura en ese instante uno de los primeros sentimientos encontrados y contrapuestos de Rubén, más adelante se agregarán otros al oír como Jacinta llora cuando cree que  está dormido, al verla reír mientras cambia de pañal y de ropa a la niña en los puntos de descanso sin saber que está siendo observada; comprobaremos como se encela cuando ella charla amigablemente con un compatriota, escucharemos todo el bullicio interior del transportista y cómo él se pregunta sin palabras qué le está ocurriendo… Rubén empieza a romper el escudo, y sin temor a exagerar aseguro que oímos el deslizar de la cremallera, escuchamos como se abre la grieta. Para entonces los espectadores hemos hecho especulaciones, algunas incluso preocupadas, ya que de forma sutil en una escena anterior hemos comprendido la mirada que él baja hasta su propia entrepierna. Pero poco a poco y con un buen uso del gotero de las sorpresas el director a través de sus intérpretes nos va desvelando más detalles: ella va a buscar trabajo. Algo le ha pasado con su madre a juzgar por los ademanes que hace al hablar por teléfono. ¿Se fue sin despedirse?, ¿salió huyendo?, ¿es con ella con quien habla en realidad?... Rubén tiene un hijo al que no ve desde hace ocho años –de nuevo los sentimientos de paternidad vistos desde las dos partes, desde ambas versiones- Jacinta no quiere saber nada del progenitor y la madre del hijo de Rubén se fue con el niño y otro hombre a los Estados Unidos, en un instante en el que él baja del camión para fumar y serenarse Jacinta descubre en la guantera un pequeño álbum de fotos en el que aparece el hijo junto a él y la bicicleta que le obsequió, la cámara confirma así que la confidencia compartida es real, pero pronto sabremos que conocer esas respuestas no es lo importante.
Aunque caiga en tópicos manidos es curioso que el largometraje muestre a personas tan silenciosas, con la fama de incontinentes verbales que tienen los argentinos, y en general los latinoamericanos, pero lo cierto es que estamos ante una pequeña gran pieza de puro cine, ya que son las imágenes y los elocuentes silencios los que se explican por sí mismos, y el tema principal trata de lo que no se sabe expresar, comunicar, exteriorizar... Es como si al director y a su coguionista (Salvador Roselli) les hubiesen pedido que usaran las palabras exactas, sin derrocharlas, guardándolas para que sean bien usadas en el momento preciso, en el instante oportuno, las justas, ni una más ni una menos, y que con esa escasez de recursos se las arreglaran para construir una pequeña y delicada pieza de orfebrería. Serán las miradas tímidas y alternas, las reacciones, las actitudes, los cambios de luz, la colocación de los personajes en escena al aproximarse o alejarse con movimientos leves en ese cubículo inevitablemente cercano los que irán desgranando y exprimiendo el jugo de cada una de las semillas dulces, sensuales y carnosas de dicha granada ocultos tras la dura y protectora piel.

Como era de esperar, (aunque no por ello la película es previsible ya que en esa pequeña cabina de camión se respira una atmósfera inquietante), la relación poco a poco se va suavizando y el espectador asiste con placer al resquebrajamiento final de la armadura del hombre; y entonces comienza a fluir toda esa ternura masculina que un día quedó encerrada en el interior hermético de ese cuerpo con cicatriz que vemos cuando se asea en los baños de las gasolineras en las que paran para mostrarnos su desnudez física y anímica en ese momento de intimidad.
La historia no nos resulta desconocida, es tan antigua como el mundo: se trata de alguien que se encerró en sí mismo a causa del dolor. A menudo esas personas nunca vuelven a abrirse, pero él mirándose en el espejo de ella y tomando en brazos a la pequeña –encantadora excusa para la catarsis- vuelve a sentir, a reencontrarse a sí mismo y no le queda más remedio que buscar las palabras que le vulneran en ese largo y doloroso viaje que va desde el corazón a la boca, y finalmente las pronuncia. Son tan simples y sencillas como pedir una cita pero el universo entero cabe en ellas porque reviven, redimen, resucitan… aunque den miedo, el final es conmovedor y todo el público se libera con una sonrisa enorme.
Fue difícil desarrollar el rodaje en el diminuto espacio de la cabina, los actores lo sostuvieron sin más recursos que la fuerza de los gestos fundamentalmente en primeros planos y medios, las paradas del gran vehículo unidas a los paisajes distendieron. Pero la filmación tuvo el agravante de que los ritmos -como es lógico- los marcaba la pequeña con sus horarios de biberones, higiene y sueño. Impresiona ver cómo la actriz parece su madre real y cómo la nena también la mira como hija propia, una beba -como dicen ellos- bonita y expresiva hasta extremos con los que seguramente no contaban, un regalo que produjo una corriente de afectividad que se salió de la pantalla.
La película es bellísima, rezuma respeto, y sobre todo verdad.
Una vez más queda demostrado que no son necesarios disparos, persecuciones entre malvados ni grandilocuencias épicas para provocar el interés, la conexión del público y de la crítica; la vida cotidiana suscita el mejor suspense y está llena de historias de héroes anónimos con la difícil misión de resurgir de las cenizas para enamorarse por primera vez, o de nuevo, corriendo todos los riesgos.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

En el Ensanche de Vallecas hay más niños que escuelas

El Ensanche de Vallecas, visto por unos ojos forasteros, huele a vida y a futuro, notas esos aromas al aproximarte porque cada uno de los edificios es distinto al colindante, por tamaño, silueta o color… ningún anciano podría perderse en toda la zona ya que el tono verde hierba de una de las construcciones es un faro de orientación sobre el asfalto, al igual que otro naranja… tampoco los niños se extraviarían.
No hace falta ser entendido en arquitectura para comprender que el diseño fue pensado por y para el bienestar y la convivencia (os remito a una interesante película titulada “El arquitecto” en la que ocurría todo lo contrario dado que la construcción creaba infelicidad, hasta ese punto es responsable el constructor de moradas que sólo se implica en la estética).
El inmueble que mejor conozco para mí tiene forma de gran crucero, con sus ojos de buey señalando camarotes, en realidad pequeñas viviendas o grandes apartamentos, según se mire; el enorme barco anclado, o varado -como más os guste- tiene su alberca en el medio y un alrededor en forma de plaza, con columpios, bancos, baños comunes, soportales, una especie de local social -con gran mesa y sillas- que previo aviso -para no solapar- permite la celebración de cumpleaños o eventos… De modo que resulta inevitable que en ese rodeo interior diario flanqueado por los pisos terminen conociéndose todos los vecinos.
El primer sentido que se activa es el oído y el sonido de los niños, con pelotas, carritos de bebé, motos y bicis sin pedales… lo llena. En otros barrios más antiguos ya sólo escuchas el eco del recuerdo, salvo por la llegada de nietos irrumpiendo en el aire para hacerle agujeros con los gritillos agudos y desinhibidos en lengua de trapo. Pero lo más sorprendente son los retazos de conversaciones que atrapas al vuelo: “No cojas el cubito de Javi, debes pedirle permiso primero”. Los juguetes yacen libres y seguros por todas las zonas de arena y columpios o descansan sobre la hierba, como mucho se teme que los nenes extravíen alguno porque luego lo echarán de menos convirtiendo la cena y el baño en una serenata, pero ninguno se lleva los que no son suyos aunque sí los comparten.
Sus padres son jóvenes, altamente cualificados con independencia de que hayan podido ejercer o no sus profesiones. La mayoría trabaja hasta la extenuación -en lo que puede- por sueldos precarios, y con los dos salarios apenas consiguen lo que antaño se consideraba una paga digna.
Compraron su hogar cuando más caro estaba, pensando que los empleos serían estables y ubicados en el mismo lugar de por vida, y así quedaron atrapados por la hipoteca, ella se comerá los viajes de juventud a los que sin duda tenían legítimo derecho, cenas de aniversario que no obstante celebrarán dentro de casa -como es natural no hablo de todos, pero sí de muchos-. Cultivarán la amistad y las relaciones por wasapp porque entre pañales, biberones, papillas, y transiciones, metros, autobuses y trenes ¿dónde queda el hueco si no?, y encima los que andamos a ritmo cómodo tendremos la desfachatez de tildar de adicción el tecleo.
Cerca de la casa un generoso trozo de campo, que inmensamente compasivo cubre de amarillo y malva lo que iba a ser jardín, les da la bienvenida al salir de la boca metropolitana. Pero aunque lo del parterre fue otra promesa que no se ha cumplido, no importa porque las flores silvestres siempre son muy celebradas en Madrid.
El problema viene ahora. tras este bucólico canto habréis notado un olvido: ¡El colegio!
No es un descuido, había dejado la puñalada trapera para colocarla en el centro de esta historia, pequeña e irrelevante para otros, de suma importancia para ellos:
Frente al edificio con forma de crucero hay un flamante colegio público diminuto que paradójicamente los vecinos han visto construir hasta hace relativamente poco tiempo, y lo mismo ocurre con los demás, escasos y atascados en lo que ya constituye una ciudad: -El ensanche es una gran urbe dentro de otra- incluso los concertados rebosan niños casi superpuestos. Aproximadamente mil criaturas necesitan escolarización, chiquillos y chiquillas que figuran en el censo, ¿por qué no se ha previsto  ni asociado a las plazas de colegio dicha lista de padrón?, no lo sé, pero han tenido tiempo de sobra para añadir o ampliar incluso sobre la marcha.
Los nacidos en el 2014 son pequeñetes, algunos cumplirán los tres años a punto de entrar en el cole; y ¿qué van a hacer con ellos esos padres, hipotecados, teletransportados, y extremamente atareados, por decirlo de forma eufemistica? Hablamos de Madrid y salirse del área a la que se tiene derecho y prioridad supone levantar a los hijos de madrugada, cuando bastaría con cruzar la calle. No se trata sólo de habilitar un viejo inmueble, ya he dicho en renglones anteriores que son padres altamente cualificados, no “aparcaniños” como a veces tienen que oír; y saben lo que quieren y lo que sus hijos necesitan; los trabajos les han llevado hasta allí, y no todos los abuelos viven en la misma ciudad, tampoco los sueldos dan para nurse… y por ello desean a priori conocer el sistema educativo, la hora del comedor...  para saber a qué atenerse -todos tenemos la certeza, a estas alturas, de que la conciliación familiar es una milonga- algunos tendrán que reducirse el horario de sus jornadas laborales y aun así llegarán a la salida de la escuela echando el bofe.
Tengo la sensación de que ante las reivindicaciones o reclamación de los derechos, o simplemente del sentido común, los estamentos o instituciones interpelados de inmediato se ponen a la defensiva y se acorazan como un bunker sordo que se limita a amontonarlas frente a la puerta en burocráticos paquetes y por orden de caída, y cuando se llama a dicho portal para ver cómo va el asunto, la respuesta suele ir revestida de orgullo o de soberbia como si la legítima demanda constituyera en sí misma una afrenta. Y es que no escuchan: ¡¡¡¡Símplemente en El Ensanche de Vallecas hay más niños que escuelas, y hay que solucionarlo sí o sí !!!!
Yo puedo aportar poco, por ello me limitaré a invitar a quien corresponda, a que se aleje del despacho y sus inquinas y le daré un empujoncillo cantando por Gabriel Celaya “¡A la calle que ya es hora de pasearnos a cuerpo!” y le pediré que vaya en metro desde el centro para comprobar cuanto se tarda, y que al apearse, por fin, vea el atardecer de El Ensanche que sin duda es único e inigualable, y que en cualquiera de sus placitas o patios interiores, pregunte, escuche, anote, o simplemente transcriba -porque el trabajo sin duda se lo darán elaborado- que vea esos rostros tan jóvenes y tan angustiados, heroicos y con tanta ausencia de vanidad, mientras los nenes juegan, y que extienda la cinta métrica para seguir ensanchando El Ensanche con la enseñanza y los buenos enseñantes y entonces la satisfacción por lo bien hecho estará garantizada. Sólo añado que no busque colores concretos porque allí están todos, hasta dentro de las familias los hay distintos. Y que trabaje para la gente, para toda la gente unida por el cordón de las mismas ilusiones y las mismas penas. Porque no se merecen el miedo y la incertidumbre que están pasando en una población que tanto y tan bien huele a futuro.

Pili Zori

RECTIFY, serie de TV

Nunca creí que pudiera decir algo tan categórico: ¡Es lo mejor que he visto en mi vida! Y os puedo asegurar que ya llevo un gran trecho vital llenándome de buen cine.
Rectify es una serie, pero creo que desde que hicieron su primera aparición Los Soprano para continuar con Mad Men, En terapia, A dos metros bajo tierra…, todo el mundo tiene claro que los films se volvieron más largos y que se consumen por entregas en toda clase de pantallas caseras, la mía es grande para no traicionar demasiado a la liturgia, ya sabéis: acicalarte para salir de casa y dirigirte hacia la taquilla a comprar la entrada, introducirte en una de las salas y acomodarte en la butaca compartiendo la oscuridad en comunión con los demás espectadores para crear esa energía especial subjetiva y potente junto a la suma de todas las intimidades que allí se respiran.
Aunque es justo decir que el ritual también tiene sus inconvenientes: palomitas, toses, ruidos, cabezas que tapan… e ir y volver por la película es una ventaja enorme, parar si es necesario para tomar nota de un diálogo, de una frase, de alguna reflexión… mejor todavía. Así que Rectify la estoy viendo en casa, concretamente en la sección de vídeo gratuita de Ono Vodafone, tres temporadas completas y parte de la cuarta y última que disfruto a cuentagotas muriéndome de impaciencia. La emite el canal SundanceTV.
Voy al meollo, que tengo la mala costumbre de “preambular” en exceso, se ve que me cuesta decidirme a efectuar el abordaje, os pido disculpas por ello.
Daniel Holden (Aden Young), fue condenado por violar y asesinar a su novia de dieciséis años, él tenía 18, y en el corredor de la muerte pasa dos décadas preparándose para morir en la silla eléctrica. Recluido en una celda blanca y aséptica, de la que no sale nunca, sobrevive gracias a la lectura de libros y al amigo que escucha a través de la rejilla, de quien sólo conoce la voz. La literatura siempre salva. El lenguaje de Daniel inevitablemente es literario, no por rebuscado sino por hondo, como es lógico no ha podido adquirir el coloquial, el de las bromas y lugares comunes que refleja el paso del tiempo, la jerga generacional. En otra de las celdas también está el compañero antagónico, “el malvado” -en apariencia- para hacer contrapunto, el buen y el mal ladrón como en la imagen cristiana de la crucifixión. Pero Ray McKinnon, creador de la serie, encuentra siempre el resquicio para redimir, y es que todos somos capaces de lo peor y lo mejor, la diferencia está en las decisiones que tomamos, aunque hay que considerar que no siempre tenemos la posibilidad de decidir.
A veces experimentaremos junto al protagonista sensaciones de pérdida de la realidad por falta de referencias espaciales que hasta nos harán preguntarnos si el amigo será de verdad o imaginario. El autor redefine el concepto de soledad, de verdadero aislamiento. Y entretanto a aguantar las terribles, humillantes e impunes violaciones de rigor y en grupo infligidas por sus carceleros, ese es el único contacto físico con otro ser humano que Daniel Holden obtiene, no se puede crear mayor confusión en el alma de un muchacho que apenas comenzaba a vivir, a despegar de la adolescencia cuando le recluyeron.
En esos 20 años ha comido solo, no ha visto los cambios de estaciones, ni el del día o la noche, ni la luna o el sol. Y nosotros los espectadores entendemos al fin una realidad nunca antes contada, algo que jamás hemos padecido, con lo que antes no podríamos empatizar, y sentimos que nuestro pequeño mundo se agranda, que la sensibilidad se expande hacia un conocimiento nuevo, que Ray McKinnon ha extendido un puente para salvar esa brecha de incomprensión.
Un buen día, en el exterior, comienza a aplicarse la prueba del ADN y se descubre que el de Daniel Holden no estaba en el cuerpo de Hanna.
¿Qué fue lo que pasó en realidad?, ¿por qué se declaró culpable entonces?, ¿cómo se llevó la investigación por parte del senador, del juez, del sheriff y de las autoridades de aquel tiempo?, ¿cuántas horas duró el interrogatorio?, ¿se trataba de atribuirse méritos?, ¿de presentar un escabroso caso resuelto con rapidez y pericia?, ¿o de descubrir la verdad?
Contado así podría parecer una serie más de género carcelario, pero nada que ver, ni nada más lejos. La mirada sutil de Ray McKinnon retrata la ciudad de Paulie (Georgia) al igual que a los personajes; y lo hace sin prejuicios ni inclinaciones, pero con nitidez, e intenta comprender, como cuando perdonamos y amamos a nuestros seres queridos, a nuestro lugar de nacimiento, de crianza, a nuestro país… pero sin dejar por ello de ser justos a pesar del dolor, de la presión, de los intereses, de la tendencia a la cobardía. Pero precisamente de la cobardía nace la valentía, porque queramos o no, tarde o temprano no nos queda otra que enfrentar la vida y los errores cometidos, y en este caso McKinnon nos coge la barbilla para que no miremos hacia otro lado.
Al espectador no le importa si Daniel Holden fue culpable o no, aunque haya dudas razonables, y no le importa porque los delitos prescriben, hasta los más abyectos, y la penitencia justa o injusta está de sobra pagada con la muerte en vida que es la peor. Y no hay vuelta atrás que pueda cambiar los hechos ni recuperar los años de clausura. Por ello la historia se centra en la dificultosa inserción, Daniel ya no encaja como una pieza más del puzle, el espacio en el que debería haber evolucionado lo pasó en su celda, y al principio estorba en todas partes se admita o no, y su presencia es inquietante. Tampoco, aunque lo intente, puede subir al desván para partir desde donde lo dejó, desde el radio cassette, o los videojuegos. Tiene 38 años, fue del instituto a la cárcel, nunca ha trabajado... No es difícil acostumbrarse al funcionamiento de un cajero automático, a llevar teléfono móvil, a conducir, a guardar horarios, no, eso se aprende. Lo duro es recuperar el sentido de pertenencia, mirar desde el exterior la cárcel sin sentirte parte de ella sin querer volver a tu celda porque lo de fuera es peor: tomar decisiones, convivir con todo lo que para él es imprevisible; soportar el dolor que la circunstancia infligió a su familia, sentir, palpar el estigma que todos los suyos llevan… Por tanto su vuelta es una catarsis obligada para todos. Amantha, su hermana, a quien le debe la salida gracias a su denodada lucha tras conseguir para él cinco apelaciones, tampoco sabe qué hacer ahora sin su cruzada. Sentimientos de Caín y Abel embargan a Teddy (Claine Crawford) el hermanastro que con su llegada siente que le han usurpado el territorio familiar y laboral con su mujer incluida, puesto que la delicadeza del cuñado la deslumbra y crea en su existencia un punto de inflexión. Más tarde veremos la potencia de esa pareja, sin referencias maternas, formada por Tawney (Adelaide Clemens) y Teddy.
Daniel, sin pretenderlo, es la criba para que todos ellos dejen lo esencial y eliminen lo superfluo. Sufriremos con Teddy el dolor de la renuncia, la búsqueda de la propia identidad, de los verdaderos objetivos, sin refugios ni escondites. Creíamos conocerle, le habíamos juzgado como conservador y reaccionario, como fiel representante de los prejuicios sureños, pero nos encontraremos llorando con él y por él, ya que todos y cada uno de los personajes sin excepción son hermosos y  profundos, porque hasta con los puramente dañinos como el senador, McKinnon sabe utilizar la justicia poética.
Daniel es la piedra de toque que obliga a distinguir la plata y el oro de otros minerales desechables. En todos y cada uno de los miembros de su familia se va a producir un balance necesario, una mirada hacia el interior que ponga en orden, y dé cuentas del pasado de lo vivido, para que la purificación permita un futuro emocional honesto.
Pero el autor no se conforma con dejarnos mirar desde la barrera, así que también nos incluye y busca el tiempo, el ritmo y los tonos para ajustarlos a los nuestros, para dejarnos respirar, y así nos vemos dentro de las pausas escuchando los pensamientos, reaccionando a la vez, pensando lo mismo, siendo ellos, soportando lo que sienten en el tiempo exacto que necesitaríamos para hacerlo. Y desde el principio somos parte ya que a cada uno de los personajes les reserva espacios propios, compartimentos estanco, para que nos dé tiempo a visitarlos, a estar a su lado.
Pero por mucho que intente explicar, no sirven las palabras.Esta historia hay que verla. Desde que me he sentado a escribir y compartir mis impresiones tengo la desagradable sensación de que la desvirtúo. Así que me limitaré a hablar con pinceladas de los detalles técnicos, diré que los encuadres con los personajes al lado de ventanas, de puertas…, están ofreciendo los paralelismos del encarcelamiento. Que la serie contiene todas las pautas para la purificación, que nos habla de la complejidad de lo simple… Que la iluminación y la banda sonora crean la atmósfera melancólica de lo que podría haber sido la vida, años irrecuperables, pero sobre todo diré que Rectify también habla de redención, de dejar volar aunque duela el despegue, de que a todos los componentes de esa familia les queda mucha vida que no se contabiliza en tiempo sino en claridad. Han de aceptar humildemente quienes son sin las capas, con todo el desgarro que el esfuerzo conlleva. Sólo así llegará finalmente la esperanza y el esplendor deslizándose con tal suavidad por la pantalla que hasta el mismo espectador se dará cuenta de repente de que está mirando el mar, que ya hace rato que el nuevo día le baña e ilumina junto a ellos.
Hay imágenes imborrables como la de Daniel y su madre sentados frente al océano, es la primera vez que él lo ve.
Por afinidad, Janet (J. Smith-Cameron), en su papel contenido de madre y también de mujer con todo su tumulto interior me remueve enormemente, ya en la escena en la que van a esperar a Daniel a la salida de la cárcel y ella permanece expectante como si tuviera que pedirle permiso para abrazarle nos dice todo sobre la culpa indefinida que sufre, y ese es uno de los silencios más elocuentes que he visto en cine. Otra de sus escenas clave se desarrolla cuando recupera los cachivaches que su hijo pródigo ha tirado a la basura intentando desprenderse de un pasado que ya no le sirve; posteriormente se producirá la contraria: cuando ella misma decide vender a través de internet -ayudada por Jarret (Jake Austin Walker), el hijo menor- su bicicleta, y otros enseres antiguos. Hay muchos estados de ánimo que se trasladan a los objetos: Daniel adquiere una cocina de gas para regalársela a su madre sin captar que hace tiempo que sólo usan electricidad. Es Ted, el padrastro, quien comparte y comprende el valor de la cocina en sí -no todo lo moderno es mejor, tampoco le gusta el microondas- y quien también entiende el gesto de Daniel que intenta colaborar, tener algo que hacer por su familia aunque sus referencias se hayan quedado anticuadas.
Pasajes como el del baile con Cloe (Caitlin FitzGerald) son tan hermosos, que aún a riesgo de reiterarme no me cansaré de decir que la verdadera belleza no es sólo estética.
En fin, la han dirigido 18 directores, nunca saldré de mi asombro por cómo consiguen ensamblarse tantos artistas con voces distintas jugando a favor de una historia, dándole unidad, respetando el estilo que el autor desea y conseguir la magia.
La labor de los actores es imponente, no hay papeles secundarios, ni menores por poco tiempo que dure su presencia en escena, es una coral que se mueve con precisión por un perfecto engranaje, y el espectador sabe, con certeza, que cuando no los ve siguen estando, viviendo ahí, y hasta se preguntas que harán cuando la cámara pasa por delante de sus casas.
El sheriff Carl Daggett (J.D. Evermore) por ejemplo, tiene un papel de apariciones cortas pero de enorme importancia que sin embargo es el pespunte que va cosiendo la trama, con esa capacidad para transparentar en silencio, o con su laconismo, todo lo que lleva latente con el caso que hereda y que está lleno de irregularidades en un lugar en el que todos los vecinos se conocen… A nadie le gustan los enfrentamientos, pero poco a poco con cada pequeño descubrimiento vemos cómo se mantiene con prudencia en segundo plano, pero recabando información y cómo no ya el sentido del deber sino su propia ética, su propia humanidad le inclinan a abominar de la maloliente injusticia.
El papel de Amantha (Abigail Spencer) que luchó por su hermano pero se olvidó de sí misma, tampoco para ella es tarde, su interpretación es superlativa.
La fuerza de Tawny convirtiendo su vulnerabilidad en fortaleza, dificilísima interpretación llena de ambivalencias.
Ted, el padrastro (Bruce McKinnon): la contención, la bondad…
Y como es natural el trabajo de más peso: Daniel Holden (Aden Young). Se me va a desencajar la mandíbula con tanto asombro, tiene tantísimos registros en ese bellísimo rostro… y de todos ellos salen brillos porque es tan facetado como un zafiro.
Rectify posee muchas connotaciones espirituales que aunque probablemente se nutren de la religión en cuanto al imaginario colectivo nada tienen que ver con ella.

Concluyo, cuando la veáis comprenderéis que cada capítulo da para un fórum trepidante y lleno de epílogos subjetivos que unidos agrandan más, si cabe, esta obra de arte enorme a la que le estoy tan agradecida.

"La carne", de ROSA MONTERO

Aquí os dejo mi peculiar y subjetivo análisis sobre esta magnífica novela en la que ni una sola palabra está elegida al azar y hasta los nombres de los protagonistas resumen y explican por condensación su espíritu. Cada lector hará suya la obra añadiéndole su interpretación y por tanto su propio epílogo.
Mario, el amor clandestino de Soledad, decide finalmente abandonarla para volver con su joven mujer embarazada. La protagonista, obcecada por el dolor, contrata a un chico de compañía con físico espectacular para lucirse junto a él en la función de Tristán e Isolda, sabe que su ex amante acudirá a la ópera esa noche y desea que la pequeña venganza resarza su maltrecho orgullo de mujer relegada. Con ese gesto parece pregonar: mira lo que te has perdido, otro mejor que tú prefiere, ama y cuida lo que no has querido.
La fingida relación sentimental con Adam -el bello scort ruso- habría acabado al finalizar la representación. Pero un violento incidente dará un giro inesperado a los planes que la mujer creía tener bajo control. Ella ha cumplido sesenta años, el gigoló treinta y dos.
Así comienza esta historia de amor poderoso y pleno que parte de umbrales y perspectivas distintos en ese cruce de trenes vitales que se detienen en la misma parada durante un breve intervalo de la existencia.
El joven busca un comienzo con futuro, ella se asoma al abismo de la vejez, y al miedo a la muerte. Y el lamento por haber temido también a la vida se escucha por las vías cuyos travesaños de oportunidades nuevas se pierden en la lejanía mientras la locomotora las va engullendo. Sin embargo en esa aparente disparidad se encierran coincidencias: Soledad y Adam sufrieron orfandades y abandonos parecidos. El scort vio como adoptaban a su gemelo mientras él era rechazado, y Soledad y Dolores permanecieron en el carrusel de un parque de atracciones contemplando como el padre desaparecía para no volver. Resultó que la sorpresa del huevo kínder no era dulce. Al hacerlos geminados metafórica y realmente, ya que los dos compartieron en el útero a su doble, a su particular Dorian Grey, la autora consigue que el lector se pregunte: ¿Cuáles son los ingredientes psicológicos de la atracción?, ¿es necesario reconocerse en el otro?, ¿las similitudes son espejismos?, ¿o imanes?, ¿qué es y en qué consiste el amor verdadero?, ¿los protagonistas de esta novela se encuentran a destiempo?
Antes de Pablo Lizcano, cada vez que leía un libro de Rosa Montero no podía evitar imaginarla sentada en el suelo con infantil concentración intentando abrirle las tripas al juguete para así poder ver en qué consiste el mecanismo que lo hace funcionar. Pero el amor viene sin garantía y por mucho que te fijes, el de los demás no tiene por qué servir para ti. Naturalmente pido perdón por la osadía y por caer en contradicción ya que si a mí no me gusta que me atribuyan las andanzas y cuitas de los personajes que creo, no debería hacerlo yo. Lo autobiográfico en una narración es la forma de mirar y de pensar, todo lo demás es sueño y vuelo.
En cualquier caso, y volviendo a Adam y a Soledad, diré que la desconfianza juega malas pasadas, pero entre la carne y el alma se diluye la edad que no atiende a convencionalismos y tampoco los entiende.
¿Es una relación desigual? -vuelve a preguntarse el lector- ¿se trata de dos poderes que no conjugan?, ¿el de la carne?, ¿el del dinero?, ¿quién es el débil?, ¿quién es el fuerte?, ¿hay alternancia?, ¿acaso el amor está por encima de dominios y sumisiones?... La escritora sólo propone, tú decides.
De nuevo veremos en las páginas de esta novela las constantes de Rosa Montero, su escáner siempre busca los elementos que podrían desencadenar la locura, también se pregunta cuál es la relación entre locura y arte, ¿qué alberga el inconsciente de un escritor?, ¿la literatura salva?, ¿sana?
Vuelve a aparecer la decisión de no ser madre ¿libre o impuesta por relojes biológicos y laborales?, ¿arrepentimiento posterior?
¿Soledad siente como arma arrojadiza y estigmatizadora la maternidad de las demás? ¿O simplemente se queja de que su decisión no sea comprendida y se juzgue como una carencia? En esta ocasión no se cuelan enanos literales en las páginas para camuflar la zozobra. Insisto en que me limito a dar mis subjetivas opiniones.
En la página de los agradecimientos, la autora pide a los lectores que no desvelen detalles clave para el desenlace ya que destrozarían la estructura, el tono, el ritmo, la composición y por tanto el suspense que tan delicadamente elaboró para obtener el resultado que buscaba. Así que me morderé la lengua sin desvelar el núcleo y hablaré de la escritora y de lo que provoca en mí.
En mi caso no era necesaria la advertencia ya que la prosa de Rosa Montero siempre me parece vibrante e hipnótica me cuente lo que me cuente. Es una extraordinaria creadora de atmósferas, se maneja como nadie en los terrenos ambiguos y asoma a sus personajes a los bordes de los precipicios emocionales mostrándonos lo fácil que es traspasar la fina línea de la mal llamada “normalidad” esa que tanto veneramos y que a veces sólo se compone de disimulo y toscas normas para que entremos por el aro vestidos con el impermeable resbaladizo que tan a menudo carcome lo que cubre dejando chasis vacíos, apariencias sin contenido, fachadas sin habitaciones
A veces pienso que el monstruo lo llevamos por fuera y no por dentro y que es colectivo e impuesto, quizá demos más importancia al continente que al contenido como ya he dicho en otras ocasiones, porque lo que a mi juicio resulta anormal es el hecho de invertir tanto tiempo en acorazarse cuando lo natural es la sinceridad diáfana de los niños.
La vida es un paseo corto, y por esa razón, me suele molestar, aunque me lo digan por mi bien y para que no sufra, que me insten a que no dé tanta importancia a las cosas, a que no les dé vueltas, y en mi interior me pregunto y ¿qué tiene de malo dar vueltas a los asuntos de cada uno?, estaríamos aún en las cavernas si a nuestro espíritu investigador y curioso le hubiese dado por dormirse, seguiríamos en la esclavitud si ninguno de nosotros nos hubiéramos tomado la molestia de preocuparnos, no habría cambios ni movimientos, ni escritores si las cabezas de algunos no estuvieran llenas de espirales… Y además es mentira. Todo el mundo rumia. Unos llevamos la fama y otros cardan la lana. Con frecuencia me asombro de lo que guarda y emponzoña la gente, pequeñeces criando esporas en arcones de rencor sin sentido que pesan lo suyo. Sonrisas que parecen sarcasmos en mueca permanente… y todo por no afrontar, por no llamar por su nombre a las cobardías y andar siempre rodeando. Y que conste que no hablo de usar las palabras como envenenados dardos porque buscando las adecuadas se vuelven bálsamo.
Tal vez los Escritores (me incluyo, y a mucha honra, porque ser escritor es algo inevitable que nada tiene que ver con la suerte de ser divulgado en mayor o menor medida) seamos los únicos que vamos por la vida con lo de dentro por fuera transparentándonos como el Rey de Rosa Montero, inadaptados, y ateridos por la falta del susodicho impermeable normativo… Es posible que esa sea la cuota que tengamos que pagar para pertenecer a la colmena, y que sólo cuando nos conceden el derecho a la celdilla de la publicación nuestras almas errabundas dejen de vagar, y entonces, una vez encajados en el sitio que nos asignan ¡oh paradoja!, seremos investidos y aceptados como oráculos por las mismas razones por las que antes fuimos rechazados por raros en la cinta de los productos iguales.
“-Ser maldito es saber que tu discurso no puede tener eco, porque no hay oídos que lleguen a entenderte. En esto se parece a la locura –soltó de repente Soledad-. Ser maldito es no coincidir con tu tiempo, con tu clase, con tu entorno, con tu lengua, con la cultura a la que se supone que perteneces. Ser maldito es desear ser como los demás pero no poder. Y querer que te quieran pero sólo producir miedo. O quizá risa. Ser maldito es no soportar  la vida y sobre todo no soportarte a ti mismo.
Todo el mundo estaba de pie, en silencio, mirándola. Seguramente estaban pensando: a qué viene ahora todo esto. Eso también era propio de los malditos. Provocar incomodidad con su mera presencia”. (Pág. 24)
En renglones anteriores he comenzado la palabra Escritor con mayúscula a propósito porque dicha versal es sinónimo de honradez y no de juego malabar con el lenguaje. Hago la distinción porque sin duda hay autores que llenan las páginas de fuegos artificiales o de explosivos golpes de efecto, otros que con minuciosos corta y pega consiguen collages dignos de Man Ray… pero esos van en minúscula.  Con la mayúscula me refiero a quienes poseen la capacidad de transformar, y de esos existen pocos porque como desde tiempo inmemorial se ha dicho: Ni están todos los que son ni son todos los que están.
Rosa Montero sí está y sí es.
Ella abre la cremallera de la intimidad mental y anímica de sus personajes y de paso nos obliga a deslizar las nuestras, y nos lleva de la mano hasta la mismísima orilla del abismo para que sintamos el vértigo de lo que podríamos llegar a hacer y una vez que hemos experimentado la inclinación hacia el precipicio tira de nosotros para que no caigamos, así nos demuestra que el despeñadero asusta y atrae al mismo tiempo provocando inercia, y nos lo recalca por si acaso aún nos quedaban ganas de juzgar a quienes por él han caído.
La protagonista es licenciada en historia del arte y comisaria de exposiciones. En el momento en el que conoce a Adam se dispone a realizar una de escritores malditos. El entretejido entre las biografías reales -a excepción de una inventada por la autora- y la ficción es como un perfecto jersey de lana hecho a mano, letra a letra, palabra a palabra, frase a frase, párrafo a párrafo, pasaje a pasaje… En él los ochos realizados con punto del derecho dan paso a las columnas con punto del revés formando una armoniosa unidad poblada de simetrías.
Rosa Montero ha estado en mi vida desde su primer libro y aunque me faltan por leer algunas piezas de su obra puedo decir con certeza que la conozco, que siento que la comprendo y que ese detalle me importa por ella y no por mí. A menudo nos rodean afectos que desconocemos pero que no por ello dejan de ejercer sobre nosotros su beneficiosa influencia.
Cuando escribió “La hija del caníbal” vino a mi ciudad, a la biblioteca pública situada en aquel tiempo en el Palacio del Infantado, Blanca Calvo era la directora entonces y tras una buena sincronización había conseguido que con el sistema de ejemplares múltiples para clubes, más los prestados por Anabad, muchas personas pudiésemos leer y debatir a la vez el mismo libro. Jorge Gómez González, el director actual, también lo hace a través del sistema interbibliotecario de nuestra comunidad.  El salón de actos rebosaba de gente, todas las butacas estaban ocupadas además de los suelos de los pasillos. Juraría sin temor a equivocarme que lo poblaron más de trescientas personas, Rosa al ver la estancia recibió un impacto que le dejó las manos temblorosas, supongo que también las corvas al tener que acercarse hasta la tarima sorteando piernas para sentarse tras el cobijador parapeto de la mesa. Recuerdo que se tocó varias veces el rostro y en una de ellas se dio cuenta de que a la pluma con la que escribía y firmaba se le había salido la tinta y con espontánea preocupación preguntó mirándose los dedos, “No me habré manchado la cara y estoy aquí…” No se la había manchado pero la vulnerabilidad creó una agradable corriente de distensión y de ternura.
Se produjeron muchas intervenciones, que como es lógico no viene a cuento reseñar, entre ellas la mía, ninguna se me ha ido de la memoria. Repasamos toda su trayectoria literaria y periodística incluida aquella entrevista que le hizo a Harrison Ford mientras interpretaba a Indiana durante uno de los rodajes y Rosa tomaba contacto con esos ojos verde uva que tan encandilada la tenían. Pero ya entonces y tras los elogios sinceros le puse como objeción que sus personajes soltasen de vez en cuando perlas como “gordo infame” y a renglón seguido le dije que la belleza cabe en varias tallas y también en varias edades. Sigo pensando igual y no lo digo por conformismo. Yo ya empezaba a estar llenita. En la firma además de uno de sus libros le puse delante un cartoncillo amarillento que mi marido había tenido colgado en la pared desde hacía años, en él estaba pegado un artículo sobre un corte de agua, es curioso cómo se cierran los círculos, recientemente Rosa Montero ha escrito otro que versa sobre lo mismo. Exclamó contenta y asombrada que cómo Luis había guardado algo tan del jurásico, palabra que le robé impunemente y que siempre hace que la evoque cuando la pronuncio. “Pues es de un gordo infame” -afirmé con la sonrisa de oreja a oreja, en aquel entonces Luis era robusto-. Aquella tarde no pudo entregárselo él mismo porque trabajaba. Ella también sonrió y supongo que para compensar algunos de los exabruptos de sus personajes, en la dedicatoria del libro incluyó el adjetivo guapa con su letra grande. Eso sí, pidiendo previamente un bolígrafo tipo pilot, rotring en aquella época- que sustituyera su pluma, pero le dieron un bic.

Sus personajes siguen igual de rezongones con el tema físico, y continúo discutiendo con ellos y aquí es donde quería llegar: este preámbulo me da pie para decirle a Soledad que un hombre te tiene que gustar con independencia del canon y que estar flaca no es necesariamente sinónimo de estar buena, como tampoco lo es al contrario, el atractivo lo compone un conjunto de rasgos. Que la felicidad es un término sobrevalorado en el que no creo, un cajón de sastre en el que se mezclan y confunden conceptos tan distintos como el bienestar, la seguridad o la amistad con sexo. Allá cada cual con sus necesidades. Sin embargo sí creo en el amor porque es un sentimiento concreto, uno siempre sabe a quién quiere y a quien no y cuánto quiere. Y enamorarse es algo todavía más profundo que nada tiene que ver con el encoñe aunque éste sea una de sus expresiones, y ahí sí que no entran ni cálculos ni conveniencias ni garantías ni obsolescencias. Es lo que hay.
Después de Rosa Montero, llegó Almudena Grandes y más tarde conocí la obra de Clara Sánchez. Es posible que ellas no se relacionen entre sí, incluso que no se traguen, pero en mi vida sí están juntas.
Que Rosa busque los excesos en la psique, que los personajes de Almudena como contrapunto den cortes a algunas flacas “infames”, que en casi todas sus novelas haya alguien “discapacitado” y que algunos personajes de Clara piensen que en la armonía de un cuerpo bello siempre hay alguna desproporción, ojos excesivamente grandes, piernas demasiado largas, culos prominentes… son focos de atención en los que cada una de ellas se detiene y que de algún modo establecen un vínculo significativo entre las tres que completa la composición de la sinfonía.
Tal vez la literatura sea un único libro al que cada uno le añadimos nuestras páginas, y esa mezcla de humildad y orgullo al mismo tiempo por ser uno entre los demás puede que nos coloque en nuestro sitio.
La novela me ha impresionado, es esperanzadora y hermosa, y viene a decir que hasta el final del camino el deseo y las ilusiones se abren paso y que en la carne y en la memoria de la piel no hay rencor posible si se ha gozado. Y que si el nombre de Soledad puede transformarse en Sol la vida es y será siempre la celebración del esplendor.
Y ya por último me gustaría poner la única pega que le he visto a la novela:
Rosa Montero entra en las páginas y tuve la sensación de que lo hacía para recalcar que Soledad no era ella, y me habría gustado decirle que las explicaciones sólo se las debe a sí misma y que los hombres escritores no las dan. Pero también pensé que como homenaje a Pablo le apetecería decir que ella sí conoció y vivió el amor junto a él y que fue duradero y aún lo sería si la cínica e incomprensible muerte no se lo hubiera llevado. Pero estos son los flecos de mi imaginación que a menudo se desboca. Por qué quiso entrar para ser descrita por Soledad como antagónica es asunto suyo, pero a mí me ha sacado bruscamente de ese universo en el que me había metido. También hay un detalle hacia la periodista joven que gana un premio literario: Soledad le sugiere que ponga como título “Crónica del desamor”. Me pareció una visita que la autora se hace a sí misma yendo hasta su propio pasado, otro guiño que tampoco aclara. Después me dije que a lo mejor cuando escribió La carne necesitaba entrar y salir desde la realidad de la ficción a la realidad de su vida para no perderse. Y así cerramos por hoy.

Se ve que el destino está juguetón, porque la novela me la regalaron mis amigas Paloma y Rosa, sin haberla leído. Paloma es licenciada en historia del arte al igual que la protagonista, y además de ejercer su trabajo como Jefe de Sección de archivos, Biblioteca y Centro de Fotografía también es Comisaria de exposiciones de la Diputación. Y Rosa a su vez Técnico de Archivos y Responsable de la Biblioteca de Investigadores, aunque Rosa es el encanto mayor del reino y en nada se parece a Marita. La casualidad me ha emocionado. Y ahora tras haber terminado la novela me parece el precioso broche que cierra el círculo de tantos años leyendo originales juntas. Muchas gracias a las dos.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

P.D. Cuando escribí este artículo sobre la magnífica novela de Rosa Montero busqué su contacto y le dí un tímido aviso desde mi e-mail por si quería asomarse a este humilde y discreto rinconcillo mío para leerlo. La sorpresa me produjo un escalofrío de profunda gratitud ya que respondió de inmediato. Como me escribió a vuelta de correo en mi e-mail y no lo hizo dentro del blog en la zona de comentarios, deduje que su carta era íntima y privada; de modo que la atesoré con cariño pero a la vez con la lástima de no poderla compartir. 
Anoche estaba leyendo uno de sus últimos artículos y me dije ¿por qué no? Volví a ponerme en contacto para pedirle permiso y de nuevo respondió al momento para concedérmelo. 
Como comprenderéis no sólo me alegra por la vanidad -que también- de poder presumir de su cercanía, ahora además deseo que se sepa porque el doble gesto muestra su enorme grado de confianza en las personas, y eso la convierte en una rara avis dentro de este mundillo literario tan endogámico y desconfiado a veces, en el que muchos de los miembros del "olimpo literario" enseguida piensan que les vas a pedir o quitar algo, sin recordar que todo escritor que se precie no busca favor sino reconocimiento y quiere -por encima de todo- ganárselo sin ayuda. 
Gracias Rosa. Bellísima persona llena de bondad. Artista impresionante.  
Pili Zori