"LA CORDILLERA", película de Santiago Mitre

“La cordillera” me produjo sensaciones ambivalentes. Por un lado me pareció la magnífica síntesis de una narración que sin embargo –a mi juicio, subjetivo naturalmente- requiere mayor desarrollo, me resultó esquemática y pensé que por ello el film habría necesitado romper la frontera de la hora y cincuenta y cuatro minutos que dura, porque desde el primer fotograma se aprecia que la composición, el ritmo y el tono precisan más espacio, mayor metraje; actualmente el talento cinematográfico se está yendo al formato de serie, y en él “La cordillera” podría tomar el tamaño que necesitase, de “novela” por ejemplo, (si se me permite el traslado de un arte a otro para que se entienda mejor lo que intento expresar, al fin y al cabo la cinematografía los aglutina a todos, literatura, pintura, música, teatro…) Tuve la sensación de que asistía a un primer capítulo piloto que trataba del comienzo de la corrupción de un político aparentemente sencillo, cercano, poco carismático hasta ese momento -al menos en contraste con el mandatario de Brasil.
Hernán Blanco (Ricardo Darín, magistral, como de costumbre) hasta ese encuentro pasaba inadvertido; era el dignatario que, por recién llegado, otros presidentes con mayor experiencia consideraban maleable; el hombre común que desde una zona humilde de Argentina alcanzó la máxima responsabilidad de dicho país.
Pero –y ya entramos en el presente de la película- ¿Hernán es en realidad un hombre corriente?, u ¿oscuro en contraste con su apellido Blanco?
El color blanco juega un gran papel: con las distintas lecturas que sugiere el frío gélido de la “cumbre”, de la nevada cordillera de Los Andes cuyos picos los personajes miran de igual a igual, porque están a la misma altura.
Desde su butaca el espectador se pregunta: ¿el autor nos habla de la sutil pero planificada entrada en el mal?, ¿nos dice que el centro de operaciones de los jefes del infierno es la política?, ¿nos muestra las diferentes formas de vender el alma? Y en ese caso, ¿quién es más culpable?, ¿quién la compra?, ¿quién la vende? Si es que el presidente Blanco alguna vez tuvo alma, o ¿acaso Hernán Blanco aparentemente inofensivo siempre fue el mal en sí mismo?
Un juego onírico y telúrico de símbolos jugará en esa frontera de duda y sospecha que el público tendrá que discernir.
Vemos los interiores de las estancias, casi siempre en penumbra, claustrofóbicos y cerrados como los interiores anímicos, en contraste con la blancura exterior.
Desde el principio de la película el espectador sabe que  una amenaza latente, que se concreta en el yerno del presidente argentino, sobrevuela por encima de todo su gabinete: el ex-marido de su hija le puede acusar de corrupción poniendo en peligro su actual rango. El presidente Blanco reclama a María (Dolores Fonzi, como siempre una intérprete espectacular trabaje a las órdenes de quien trabaje fuera o dentro de su país) –heredera sin buscarlo de las consecuencias que conlleva ser hija de…- ella atraviesa un momento psíquico delicado, con antecedentes de otras crisis psicóticas, y su padre hace que la traigan a su lado ¿para protegerla?, ¿para protegerse?, ¿para controlar ese fleco suelto y tirar de la rienda? El público decidirá. A partir de dicho momento, comienzan las conjeturas y el espectador no está seguro de si la chica sufre un atentado en la habitación del hotel, o por el contrario es ella misma quien lo inflige, sólo ve como estalla la ventana, Santiago Mitre -el director y  Mariano Llinás, su coguionista- se mueven bien en esa ambigüedad-. Tras el estruendo de los cristales rotos María Blanco entra en un estado de shock que la enmudece, sólo la hipnosis la sacará del silencio, y con ese recurso el público desde el patio de butacas podrá ensamblar la oscuridad con la luz y unir vida privada con pública. La hija del presidente narra un episodio visto en su niñez que tiene relación con un caballo y un hecho delictivo del padre. Lo sorprendente es que Blanco niega el suceso y que ella haya podido presenciar algo así porque no había nacido. El escalofrío está servido. De nuevo el director nos deja con la incógnita para entrar quizá en los territorios morales, rayanos incluso en la espiritualidad, la religión...
¿Acaso los oscuros secretos del pasado nos delatan aún siendo desconocidos por todos los demás?, ¿es la hija el espejo de la conciencia del padre?, ¿hay verdades que se saben sin que hayan sido pronunciadas, presenciadas? El espectador decide.
Las figuras ¿surrealistas? como los caballos que aparecen no sólo en la mente de María, sino también en la propia cumbre, y las imágenes de las carreteras en forma de ocho que tal vez nos indiquen los recovecos del poder, supongo que serán elementos metafóricos del propio autor, de su universo particular sin las connotaciones simbólicas del imaginario colectivo que todos podemos comprender, no sé si los caballos representan la libertad, la delación o la conciencia, porque la mirada entre ambos -animal y hombre- es frontal y retadora, en mi opinión las alegorías no quedan claras, y lamenté que me hicieran perder la conexión sacándome fuera de la historia, las vi como piezas valiosas pero descosidas de la trama principal, sueltas.
El largometraje está muy cuidado, según tengo entendido utilizaron el avión real del Presidente de Argentina, y rodaron de noche en los espacios verdaderos de La Casa Rosada; el vestuario fue costoso puesto que los políticos visten trajes a medida, usan coches de alta gama y se hospedan en hoteles exclusivos y era necesario respirar todo lo que forma parte de su ambiente.
Me resultó interesante comprender las diferencias entre los países latinoamericanos; a menudo desde la distancia englobamos y atribuimos características comunes para todos y como es lógico ellos entre sí, al igual que los europeos entre nosotros, se parecen y nos parecemos tan poco como un huevo a una castaña.
Intuyo que el autor tiene como leit motiv el estudio del poder enfocándolo desde un ajuste de cuentas generacional y de forma freudiana: la rebelión contra el padre; ya lo hizo en su película Paulina (La patota), y por debajo de esa dura reclamación que siempre pone en un brete al progenitor con oficio político, asoma la queja de hijo desatendido que exige ser elegido, “o tu trabajo o yo” Juzga duramente al intachable en lo público porque le conoce en lo privado, y coloca en una encrucijada al padre  sabiendo que al obligarle a que escoja uno de los dos se destruye, en ambos largometrajes la hija se auto-inmola para llamar la atención del padre, sin darse cuenta de que victimizándose también obtiene poder y lo usa para el chantaje emocional. Naturalmente esta especulación mía que he creído ver entre las líneas de estas dos piezas y que no tengo derecho a hacer no invalida el profundo análisis que el director realiza en el mismísimo núcleo de la política o poniendo a prueba la ética y los entrecomillados pilares en los que se sustentan los oficios de los que dependen la justicia y el bienestar social. Me temo que los ama y desprecia al mismo tiempo y con la misma intensidad porque su discurso es pesimista. Creo que el autor está explorando, por ello fragmenta sin cerrar distintos enfoques de un mismo tema. La película muy a mi pesar me pareció una pieza incompleta.
Hasta el próximo encuentro.

Pili Zori.

CATALUNYA

Somos intensos y efervescentes los españoles, reaccionamos y después reflexionamos, y muy capaces de condensar en una semana lo que requeriría un proceso de varios meses.
He estado silenciosa oyendo a todos, bajo los gritos, y también a través de los susurros, y por qué no decirlo, a pesar de los ladridos. No soy de las personas que preguntan “¿quién lo dice?”, primero escucho, después si quien habla coincide con mi criterio, con mi ideología –si es que este último término sigue significando lo que entiendo por él- me alegro, y si no, pues busco el modo de comprender -con aproximación o sin ella- sus razones. Ojalá los demás hicieran lo mismo conmigo, pero mirar bajo la etiqueta para ver el contenido da trabajo en este tiempo de prisas, y todo el mundo prefiere ser fan antes que analítico. Naturalmente comprender no es justificar, pero el esfuerzo contra la cerrazón y la condena a priori de quienes piensan de forma distinta a una es bastante más fructífero. De modo que en este tiempo de silencio mío, he ido desmenuzando y aquí os dejo el proceso, sin duda inacabado.
No soy partidaria de independentismos ni de nacionalismos, creo que las personas debemos aportar algo más que haber nacido en una tierra determinada para mostrar nuestra identidad, es muy pobre y triste no poder ofrecer más que eso: “quien no es nadie al menos presume de ser de algún sitio y de pertenecer a su terruño.” Recuerdo aquella canción que en una de sus estrofas decía: "Entre tu pueblo y mi pueblo hay un punto y una raya, con tantas rayas y puntos el mapa es un telegrama" Como he dicho otras veces, somos género humano y hemos nacido y caído en este planeta que dentro del universo es un grano de arroz. Así que sólo respeto la bandera blanca de la paz, la única que no es excluyente y lamento mucho que a alguna tertuliana televisiva esta frase le parezca un lugar común y simplón del estilo de las que dicen las miss universo de turno, a mí me nace de verdad ese sentimiento, no es una expresión manida; mi padre pasó cuatro años en el campo de concentración de Larache por defender la bandera republicana, que también era la constitucional, la legal, pero no quiero aprovecharme de él, para refrendarme. Lo cierto es que me ondeaba el estandarte blanco en la cabeza cuando hace unos días leí un artículo de la cineasta Isabel Coixet en el que ella hacía mención a dicha bandera blanca tras haber sido insultada; de ¡fascista! se atrevieron a calificarla, ya ves lo gritona que es la ignorancia, a buen sitio fueron a poner la era; a continuación se sumó Rosa Montero a su tristeza y fue bonito sentirme en conexión con las dos mientras la estrofa de Miguel Ríos envolvía nuestro cuarteto: “No estás sola, alguien clama en la ciudad…”
Como he dicho otras veces, para comprender las cuestiones políticas suelo preguntarme ¿a quién beneficia? Y me respondí que a ambos gobiernos les convenía la cortina de humo para tapar sus vergüenzas corruptas, apelar al sentimiento patriótico siempre funciona y arropar lo heterogéneo y cobijarlo con la caricia suave de la bandera produce un sentimiento de unidad incomparable. 
Mientras todo este movimiento y clamor sucedía en Catalunya escuchaba aquí y allá voces queridas de familia y de amigos que exclamaban: "Ya se podían haber producido esta unión y estas manifestaciones con la misma fuerza frente a los recortes, los sueldos precarios, el paro…” o “El malestar social ha terminado explotando como un globo allí, en alguna parte tenía que producirse el reventón”. 
Más tarde me tranquilicé pensando que la gente no es tonta ni tan manipulable como algunos poderosos creen y que tras la exaltación emotiva sabría colocar sus deseos, pensamientos, ideologías e intereses legítimos en su lugar.
Me pregunté por el origen, siempre he creído que los sentimientos de las personas de a pie nos conducen a las urnas, y a tomar nuestras decisiones vitales, por ello me consta que el menosprecio genera un resquemor duradero; los catalanes habían reformado y construido de nuevo su Estatut y el Tribunal Constitucional les desbarató un montón de artículos. Aclaro que no estoy entrando en legalidades ni ateniéndome a la letra sino a su espíritu. Tampoco voy a establecer la diferencia entre nación cultural y nación política. Pienso que debido a aquel hecho -que tomaron como una falta de sensibilidad- el catalanismo de todos se confundió con el independentismo de unos pocos que supieron canalizarlo, y de aquellos barros surgieron estos lodos.
Durante todo este proceso intensivo se me pasaron muchas conjeturas por la mente -algunas de ellas maldades dada la atmósfera-: tales como que este lío era una excusa para encubrir que lo que en realidad buscaban era reclamar privilegios y dinero, que quizá escondía el sentimiento insolidario de “primero yo, luego yo y después yo", y el tópico de "La pela es la pela", pero que no lo iban a declarar abiertamente. Catalunya siempre ha sido la llave para completar votos y por llamar a su puerta ha recibido compensaciones a cambio, y me decía que lo honesto cuando tienes más, es contribuir de forma proporcional con las comunidades que tienen menos a través de los impuestos, puesto que nadie es superior a nadie ni la prosperidad es mérito exclusivo, dado que tanto el norte como el este de nuestro país tuvieron enorme apoyo industrial, que por supuesto supieron desarrollar, esa eficacia nadie la discute, pero nosotros sin ir más lejos, trabajadores honrados y eficientes como cualquier catalán, por no tener no tenemos ni agua puesto que la poca que nos queda la trasvasan, y resulta paradójico que muchos de nuestros pueblos la tengan que comprar envasada para apaciguar la sed. Por tener, eso sí, poseemos centrales nucleares que a su alrededor no generan puestos de trabajo y por tanto desertizan, pero sí muchos cánceres raros.
En cuanto a que los catalanes votasen en su ilegal referéndum la verdad es que tampoco puse el grito en el cielo por ello, no es la primera vez que el pueblo se salta leyes que considera injustas para poder transformarlas, no se trata de que nos parezca bien o mal a conveniencia, aunque a mí los referéndum tampoco es que me hagan mucha gracia porque reducir todo a los antagónicos "Sí" o "No" cuando la vida y la convivencia están llenas de matices me parece que es reducir parcelas importantes a los test psicotécnicos que también odio. De manera que creí ver en esta "improvisada" consulta un alarde testimonial, aunque luego no resultase vinculante y que lo que deseaban era expresarse, y en ningún momento me lo tomé como una afrenta personal. Y aunque nada tiene que ver el ejemplo porque el resto de España no es ni padre ni madre de Catalunya, me dije que los hijos también se independizan, y que llegado el caso como un mal menor pues que hay países pequeños que funcionan bien, ya sé que es un disparate que no tienen el apoyo internacional y que hoy por hoy sus habitantes caerían en el aislamiento y la ruina, pero se sobreentiende que me movía la buena intención, siempre lo intento. Hasta ahí perfecto.
 Lo malo fue contemplar entre lágrimas las cargas policiales, no entendía a qué venía esa exhibición de poder, y que conste que mi llanto también englobaba a los agentes de las fuerzas del orden que recibieron lanzamientos de sillas y de barreras metálicas; en esta manía mía de no generalizar, debajo de cualquier uniforme veo personas, con niños y carritos de la compra, con casas pequeñas, sueldos bajos y legítimo deseo de reconocimiento a su trabajo… y sé que algunos descerebrados se sobrepasan en sus funciones sacudiendo yesca a diestro y siniestro y olvidando que arremeten contra gente desarmada y que ellos van protegidos y armados hasta los ojos, al igual que soy consciente de que entre los manifestantes también se encuentran algunos de sus homónimos cerriles. Pero peor todavía es ver cómo ciertos políticos, sin problemas para cambiar su domicilio y su peculio a otra ciudad se esconden tras unos u otros, y ahí se las entiendan los demás -que no pueden ni quieren trasladarse- con los demonios que han dejado sueltos estos “próceres” insensatos que le han levantado la tapa a la caja de los truenos.
Es triste mandar a gente cualificada a dar palos a los ciudadanos cuando su preparación resuelve atentados y casos de enorme complejidad y riesgo, aunque todo hay que decirlo: también entre sus mandos queda todavía mucho casposo nostálgico sin reciclar.
Pero fue viendo la entrevista que Jordi Évole le hizo a Puigdemont cuando me caí del guindo y me asusté: mirando al político a los ojos -gracias al generoso primer plano- vi claramente que ese hombre en su interior jamás iba a dar su brazo a torcer, ni a conceder ningún arreglo a no ser que las circunstancias le obligasen, y en ese caso seguiría posponiendo su objetivo pero lo mantendría intacto. No vi en su mirada, deseo de privilegios o de dinero, tan sólo contemplé la determinación de su anhelo de independencia con el apoyo del pueblo o sin él y a cualquier precio, y no pude sentir empatía porque para ese sentimiento no tengo neuronas espejo ya que jamás lo he experimentado, me resulta completamente desconocido, y me dio vértigo.
De vez en cuando mi imaginación se me "cortocircuita" y en una de esas ocasiones en las que me entra la “neura” de la teoría de la conspiración, se me ocurrió que todo podía estar orquestado, apalabrado de antemano con meticulosos y bien medidos golpes de efecto; lo sentí cuando vi a Soraya Sáenz de Santamaría hablar con un aplomo que no era impostado y que no se tiene si no estás advertido, y al escuchar sus palabras con olor a consigna acordada, puesto que si ahora mismo hubiese elecciones ambos “bandos” crecerían obteniendo más votos y por tanto ganarían, llegué a pensar que habían intuido de antemano cómo iban a reaccionar intelectuales y artistas, cuyas opiniones los dirigentes políticos se las suelen pasar por el arco del triunfo con la prepotencia que desgraciadamente caracteriza a los gobernantes embriagados de poder, no estaría mal que colocasen un alcoholímetro en el parlamento y en sus sedes, al  igual que un medidor para controlar los picos de soberbia, potente, eso sí para que no estalle, porque sobrados hay muchos; pero volví a soldar mis cables dando votos de confianza por doquier a toda la humanidad. Lo necesito, soy así, qué se le va a hacer.
Aunque ahora comienza a hablar el dinero, y ése, como dicen, no tiene compañero.
Para finalizar, aunque el lío sigue, me pregunto qué parte considero que es la buena, qué elemento positivo se puede extraer de todo este ciclón, si es que algo es salvable, y me respondo que nos hemos mirado sin máscaras, y nos hemos escuchado incluso entre bramidos, y que hemos tenido que desechar las apariencias de “A ver con quienes te alineas, no vayas a parecer un rojo infame, o un facha recalcitrante”, porque esto tan gordo no trataba ni trata de "seguidismos". 
Ahora, como decía al principio, toca reflexionar, al igual que los críos cuando después de una pelea hacen las paces. Es triste pero a veces los españoles necesitamos la bronca para poder exteriorizar lo que anda enconado por debajo de nuestra piel, y ya que hemos hecho la catarsis confío en que empiece a despejarse el aire que tantos años lleva enrarecido. Y que el sentimiento de decepción entre nosotros mismos, los de la calle, se diluya, se nos pase.
Perdonad la extensión, pero podéis leer el artículo por entregas, como hacíamos los que ya somos del jurásico con las cartas de papel: las íbamos leyendo a trozos y a ratitos.
Un abrazo

Pili Zori.

LOS AURICULARES

Cada medio día y aproximadamente a la misma hora Alma recorría el parque con forma de largo pasillo que -entre las viviendas y la carretera general del Este- creaba una pequeña arteria oxigenada por dos paredes laterales de árboles altos cuyas hojas plateaban el aire al mostrar sus dos caras cuando la brisa o el viento las mecía, los macizos con adelfas, rosas y aloes vivían sin rigor geométrico entre parterres.
Uno de los bancos, siempre el mismo, se hallaba ocupado por un hombre. Alma notaba cada día su presencia de soslayo, le oía hablar y gesticular -tanto en invierno como en verano- pero por no ser indiscreta mantenía el rostro de frente sin girarlo para mirarle al pasar por su lado; sólo las largas piernas acabadas en unas deportivas -las mismas para las cuatro estaciones- se reflejaban en los ojos de la mujer durante los seis pasos que duraba el asiento público de tres plazas o unas cuantas más si los chicos del instituto cercano compartían el respaldo. Aquel día sin embargo sí lo hizo, comenzó a contemplarle desde lejos y calculó, por el aspecto, que su edad rondaría la treintena, y que un delgado cable salía del bolsillo de la camiseta del joven para esconderse como un catéter en el oído. Sintió envidia de que tuviera uno o varios interlocutores tan constantes.
Desconocía la razón de por qué desde hacía algún tiempo hablaba sola, a la ida y a la vuelta de ese camino arbóreo cilíndrico y uterino, pero lo peor de todo es que era consciente de ello y que no lo evitaba; una especie de adicción, de incontinencia verbal, de secreto vicio se apoderaba de sus labios y abría la espita. Cuando le ocurría recordaba a aquel director de su empresa que discutía con el aire al transitar desde una nave a otra custodiado por los altos hornos.
Era viejo –se dijo- pero de inmediato una sacudida de su corazón avergonzado le reveló que ella también lo era, más, incluso, que aquel alto mando de entonces. ¿Por qué lo haría él?, ¿por qué había comenzado a hacerlo ella?
Al salir de sí misma para detenerse un instante en la imagen del pasado, notó que cuando veía hablar solo al señor Azcuénaga ella bajaba la cabeza para no abochornarle, y esa vergüenza ajena regresó desde sus veinte años para encenderle la cara esta vez por sí misma. Intentó sublimar la sensación acudiendo de inmediato al poema de Machado:
“Converso con el hombre que siempre va conmigo. Quien habla solo, espera hablar con Dios un día”.
Pero estaba segura de que todo aquel que la mirase desconocería los versos y los pensamientos del poeta, y el sonrojo  no se disipó. Aunque era cierto que ella ya no esperaba para hablar con Dios algún día, porque se dirigía directamente a Él desde hacía tiempo, y por alguna extraña razón a Él parecía gustarle ese túnel de floresta con camino para bicis. A ese Dios vestido de agnosticismo y cubierto con manto de oleaje de dudoso vaivén que bullía en su cabeza, era a quien dedicaba sus cabreos y tristezas, también a sus muertos, para qué llamarlos de otro modo aunque siguieran vivos en su interior.
Recordó que a Unamuno le dio por Dios al final de su vida, y al padre de Alma por leer a Don Miguel pocos años antes de entrar en las brumas de la enfermedad del olvido. Espantó la aprensión y el escalofrío.
Miró hacia allí, cada vez más cerca. Carraspeó y cerró los puños clavándose las uñas. El mal ya estaba hecho: esta vez había mirado al chico, y los ojos de él se reflejaron en los suyos, y se dijo que el contacto, el conocimiento del otro iba a impedir que continuase hablando consigo misma, ¿cómo iba a inhibirse de la libertad tan gaseosa que experimentaba al hacerlo? No deseaba público para su peculiar intimidad, y sólo en ese camino, en ese espacio propio, ejercía lo que consideraba un derecho, le catalogó como  intruso.
Transcurrieron varios días y Alma comprobó que con molesto afán territorial de garita el joven seguía custodiando el banco. ¿Con quién hablaría tanto? ¡Qué suerte! ¿Y por qué necesitaba “el manos libres” para gesticular de ese modo tan apasionado con los dedos? Pero esta vez sí observó que al verla llegar él guardó silencio y que sin dejar de mirarla, en el rostro se le dibujó un gesto congelado de ansiedad.
Fue al tercer día cuando el muchacho, Unax -ese era su nombre, aunque Alma aún no lo sabía- se levantó del banco para subirse la cinturilla del pantalón, se estiró la camiseta y se secó las palmas en la tela que circundaba los muslos como un aspirante nervioso que se prepara para estrechar la mano de su examinador. El cuerpo de Alma palpitó al intuir el inminente abordaje.
-Disculpe.
Menos mal que no ha dicho señora –pensó ella en silencio- aunque sintió con fuerza el empujón generacional. Alma le recorrió con la vista de arriba abajo, el odioso tratamiento de usted le había concedido la bula del descaro; aparte del pecho masculino endurecido no advirtió en el bolsillo de la ceñida camiseta rectángulo alguno: No había teléfono móvil –dedujo- pero el cable, sin embargo, sí emergía de él. El gesto interrogante no pasó inadvertido. A modo de respuesta el joven usó las dos manos para ahuecar el otro bolsillo del vaquero, y de él extrajo una pequeña bolsa de plástico que transparentaba unos auriculares amarillos como los que suelen entregar en los transportes turísticos; extendió el brazo hacia Alma y movió la bolsita dos veces para que la recibiera; el pulso tembloroso hizo amago de retroceso ante la estupefacción de la mujer -fingida a medias- porque antes de que el razonamiento llegase a la cabeza esa parte de su cuerpo o de su ser que siempre se anticipaba comenzó a comprender.
Él se sintió obligado a explicar; la voz, escuchada de cerca fue bonita.
-Como le gusta hablar consigo misma, he pensado que… –no dijo: “Como habla sola”, o “como habla en voz alta”- Manifestó: “como le gusta hablar consigo misma…”, y la frase indicó intención de hacerlo, no chaladura involuntaria. Se miraron y las defensas cayeron al suelo como un velo transparente.
Alma recogió el regalo y tras sujetarle los ojos -eran azul claro bajo las cejas espesas- se aproximó al banco para depositar las bolsas entre la curva del asiento y del respaldo. Él la siguió envuelto en el suspense.
Volvieron a estudiarse, el chico tenía el pelo rizado, pajizo y brillante, ella teñido, castaño, como su mirada; dos vistazos hermosos transmitiendo el halo del reconocimiento mutuo. Se animó a proseguir.
-Al principio yo también pasaba apuro si me cruzaba con alguien, y el hilo se cortaba, si te sientes observado no funciona. –Hizo una pausa innecesaria para comprobar que ella entendía-. Cuando creen que hablas por teléfono no te miran con miedo o con burla y puedes explayarte –aclaró con la voz entrecortada- incluso te vuelves invisible. A nadie le gustan ahora las conversaciones largas, y yo… las necesito; la gente se atropella con las palabras, se interrumpe, las pierde, se caen de los oídos por soltarlas deprisa… y no quieren retomar al día siguiente o más adelante, dan por zanjado y a otra cosa, y si tú vuelves a lo que consideras una conversación inacabada, te juzgan como resentido u obseso… -buscó en el aire más argumentos- te recomiendan que no des vueltas a lo mismo y hacen que te sientas fuera de lugar, y para poder hablar igual que ellos después, sin perder su atención, para usar las mismas reglas telegráficas del juego, llevar el mismo ritmo… antes necesito extenderme, corregir, quitar y poner frases que construyan las imágenes que quiero compartir… ejercitar la síntesis para la que por lo visto soy tan torpe. Necesito enfadarme e ir calmándome poco a poco sin hacerlo delante de los demás, sin necesidad de improvisar sobre la marcha, sin aceleración, sin correr el riesgo de desbocarme… en resumen: lo que ellos llaman contar hasta cien, sólo si ensayo puedo estar listo, y para estar listo pensar en silencio no sirve. Por eso simulo que hablo por el móvil.
Tragó saliva y sonrió entremetiendo los labios, y el incipiente rubor por la confidencia trepó por las mejillas tersas; ella correspondió a la sonrisa y asintió con lentitud y en silencio varias veces.
-Como dice la canción “No estamos locos y sabemos lo que queremos”. –Se atrevió a vincularla una vez distendido.
-“Vive la vida igual que si fuera un sueño” -remató Alma.
Ambos rieron ya abiertamente, y como si Unax adivinara el interior de la mujer añadió:
-Como ve no es una cuestión de edad, ni de soledad, sino de minoría, además yo estudiaba en voz alta cuando era niño.
-Yo también. Y en mi infancia la gente iba cantando por la calle aunque caminara sola. No resultaba raro.
Ella rehusó la mano y en su lugar depositó dos besos en ese rostro bruñido, pero no se despidió aún; abrió el bolso, sacó el teléfono, extrajo los auriculares de la bolsita recién obsequiada e introdujo el final del cable, no llevaba bolsillos en el vestido rojo de vuelo con estampado de pequeñas flores, a continuación se los acomodó en los oídos, ya no podían dejar de sonreírse mutuamente con secreta complicidad. Ella tragó saliva.
-Si tú quieres, me encantaría escucharte, a esta hora estaría bien, traería de casa un tentempié. Él permaneció pensativo durante unos segundos.
-Sí, estaría bien. Pero no supliría el soliloquio, antes y después de hablar contigo continuaría con lo mío.
-Sí. Yo también. ¿Tienes familia?
-Claro. ¿Y tú?
-Por supuesto.
-¿Y lo saben?
-No.
-¿Mañana entonces?

Él asintió.

Pili Zori

ECHEMOS MANO DE LA PSICOLOGÍA

No quiero manosear más el dolor de las familias de los asesinados en la matanza de Barcelona -una de las ciudades más cosmopolitas del mundo- su silencio por las pérdidas infunde respeto y nos da la inconmensurable dimensión de lo que sienten; ni siquiera me atrevo a imaginar cómo sería mi muerte en vida si a uno de los míos me lo mataran. Pero sí tengo la certeza de mis obligaciones mientras ellos se sumen en su luto, y veo y leo en las redes que con mayor o menor acierto o torpeza una gran mayoría de nosotros quiere arreglar la aberración para que no vuelva a producirse; contemplo como intentamos llegar al origen para comprender y poner los remedios, y me hace sentir bien, útil aunque sea de forma infinitesimal.
De momento echar el freno a los sentimientos malignos que brotan por la rabia es muy importante.
A menudo las personas le damos legitimidad a lo que sentimos precisamente por eso: porque nos decimos interiormente que si lo sentimos por algo será, pero se nos olvida que no hay que confundir sentimientos con bajos instintos, y que frases como “Yo te digo a la cara lo que pienso” no son exactamente válidas porque quizá lo que piensas y sientes no es sano y has de revisar los componentes de tu sinceridad. Sentir no es soltar ventosidades, la boca no es una metralleta para disparar en un momento palabras que dañan durante toda una vida. De nuevo repito que no me excluyo y que en más de una ocasión he pensado, he sentido y he soltado alguna perla absurda, ignorante y dañina con respecto a algún "extranjero" de la que no me siento orgullosa. Alcanzar la sabiduría y la bondad no son objetivos fáciles, pero sí metas a las que hay que intentar llegar aunque tengas que volver a la casilla de salida más de cien veces y terminen tus días sin que las hayas alcanzado.

A menudo me tildan de ingenua, de utópica, y sonrío con ternura, porque quien lo hace no percibe que hoy experimenta y disfruta situaciones y estados que en otro tiempo, no muy lejano, también fueron considerados utopías. La frase “Sé realista, pide lo imposible” no es artística, sólo es obligatoria; puede que durante el tiempo que cada uno de nosotros estemos en la existencia no se consigan los objetivos, pero al menos nos iremos con la tranquilidad de haber contribuido a que más adelante se logren, al fin y al cabo no creo que tengamos nada mejor que hacer.
Estoy convencida de que las personas que han muerto eran pacifistas, estaban contra el racismo y la xenofobia y no despreciaban a otros seres humanos porque se sentían pertenecientes al planeta en el que habían nacido y hermanados con todos sus habitantes, -como dice Amín Maalouf, no nacemos en un país sino en un planeta- por esa razón muchos de ellos viajaron hasta aquí para conocernos y que les conociéramos, y morir a manos de quienes has defendido parece una paradoja, pero no lo es porque ellos hicieron lo que es debido tras su paso por la vida y lo mejor que sabían hacer.
Entiendo que esperar los resultados de la educación en las escuelas, institutos, universidades… impacienta porque parecen programarse a largo plazo, pero sé, al igual que Einstein, que el tiempo es relativo y que la unión hace la fuerza, aunque suene a frase manida; en muy pocos años hemos comprendido necesidades de amor como el divorcio, hemos recuperado o hecho de nuevo el hueco que se les arrebató a homosexuales y transexuales, hemos equiparado a mujeres y hombres -aunque sigamos en ello, mejorando, puliendo- hemos cambiado lenguajes para hacerlos integradores, ya nadie es “subnormal”, “inválido” o “un renglón torcido”. Pero se me ocurre que de entre todas las herramientas eficaces que hemos usado para conseguirlo ha faltado una: La psicología.
Los psicólogos no sólo enseñan a arreglar problemas y conflictos en la intimidad de la consulta, estos profesionales podrían orientar en los medios de comunicación, en los colegios, institutos, universidades, centros laborales… podrían mostrarnos las distintas formas de gestionar la ira, la frustración, el resentimiento, el deseo de venganza, el ojo por ojo... podrían indicarnos qué hacer cuando te tratan con desprecio o desigualdad, te arrinconan o te aíslan; estoy segura de que las cadenas televisivas o radiofónicas obtendrían enorme audiencia, los periódicos y revistas mayor tirada gracias a ellos, y de ese modo dichos medios recuperarían su verdadera labor de servicio público.
A menudo repito la frase que Louis Pauwells y Jacques Bergier pronunciaron dentro de las páginas de su libro científico “El retorno de los brujos”, porque hasta el momento no he encontrado otra que me identifique mejor:
“Cuanto más comprendo más amo porque todo lo comprendido es bueno”.
Y es que no hay nada que nos una más, que comprender y sentirnos comprendidos.

Un abrazo. Pili Zori

En la puerta del supermercado

En la puerta del supermercado en el que compro se coloca un joven africano para –no me gusta la palabra, pero es lo que hace-: mendigar; mejor lo cambio: pedir para su sustento. Tiene las manos ásperas como de trabajador de campo y los ojos y la sonrisa luminosos, ignoro quién le ha colocado ahí para sustituir a Dorothy, otra preciosa nigeriana con nombre de personaje de película mágica, -"El mago de  Oz" aunque en estado de Of, no de Oz, ya ves qué paradoja, (faltaría una efe, off, la pongo para jugar con el sentido de ambas palabras, la magia por desgracia está apagada, para ella y para todos. Nos hemos vuelto de hojalata y hemos de seguir buscando el corazón).
Dorothy lleva rastas, de esas bonitas que parecen de lana, y en su piel joven dos surcos que le nacen desde cada uno de sus ojos felinos, como si un inexistente maquillaje hubiese sido borrado por un llanto constante, no lo he imaginado, me fijé muy bien, supongo que es una curiosidad dermatológica, pero también dicen que la piel chiva o delata las penas que transcurren en nuestro interior. Dorothy tiene dos hijas, lo supe después de un ramillete de frases lanzadas al viento en invierno. “Pasa dentro, muchacha, que te vas a helar”, lo supe después de los saludos y las despedidas tras tocarle los dedos al cerrárselos con pudor para que durara poco el momento de depositar la moneda o monedillas en el cuenco de su mano donde se dibuja el mapa de su vida, más tarde lo cambiamos por alguna bandeja de pollo, o algún que otro sobre al vacío con pan; me gusta dar de comer, pero me contuve con los tuppers para no parecer la loca del nido vacío. Lo supe al ver cómo se impacientaba en el semáforo tras acabar su jornada para luego correr hacia un "hogar" invisible.
No sé qué habrá sido de ella, también Dorothy había sustituido a Elvis, Elvis ayudaba a colocar la compra en el carrito, o en las bolsas, avisaba si te dejabas algo en la pequeña rampa dividida por una tabla móvil que las cajeras -con acento de allende los mares- mueven como si de las manillas de un reloj se tratara -a y diez, a menos diez- para que no haya paradas en las compras de dos clientes, mientras uno guarda en su bolsa y el otro coloca en la cinta, y aunque alguna anciana asustadiza le lanzase hacia atrás con su negativa para ser ayudada y su desprecio, Elvis seguía sonriendo siempre, con una sociabilidad incombustible pero tristemente desperdiciada.
Me habría gustado conocer sus historias, las de los tres, cómo llegaron aquí, qué mafia los coloca temporalmente en las esquinas como si fuera una ETT, si padecen esclavitud de trata, abierta o encubierta… porque ahí están a la vista de todos… pero no me atreví a entablar conversación más allá de la ráfaga de saludos de rigor y frases hechas, por si quien tenía control sobre ellos nos veía y se enfadaba; o eso me dije con hipocresía desde mi cómoda y sencilla vida de confortables muebles, frigorífico lleno, y nórdicos para el invierno que nunca tendré que dejar atrás abandonada para viajar en patera y cruzar el Mediterráneo después de pagar el abusivo precio que tendría un billete de avión a la China, o a las Malvinas tan sólo por atravesar el estrecho.
No, no estoy contando esto para alardear de nada, vergüenza me daría, tampoco soy desinteresada, ni siquiera siento lo mismo por los demás, los que se colocan en otros centros comerciales, es una mirada territorial la mía, mi posesivo para el supermercado casi de barrio que más frecuento; las cajeras y reponedoras también desaparecen pasado algún tiempo, tampoco sé la duración de sus contratos, nunca mejor aplicada la palabra indefinidos, definir el trabajo de hoy cuesta "trabajo", aunque a veces me encuentro con alguna de dichas muchachas en otra sucursal y a ambas nos da alegría; pasado el mediodía intuyo que están sin jefes o encargados, porque durante un generoso intervalo se quedan sin clientes y entonces se escucha su música, un poquillo alta, temas que cantan juntas recuperando así sus países, sus estados, y observarlas es mi mejor modo de concretar y comprender la ONU, un modo pequeño, doméstico, de plano corto que sin embargo se abre hasta lo universal, ¿y qué diantre es lo universal? Siempre se ha dicho que sólo puede entenderse desde lo local, así que eso es lo que intento: comprender los entresijos de mi planeta desde el pequeño rincón en el que vivo.. Y recuerdo aquel anuncio inquietante de perfume que decía: “Hay otros mundos pero están en éste.” Lo cierto es que entiendo muy poco ese conjunto de mundos que habitan en éste sin tocarse, sin verse, aunque intuyo que no somos tan distintos.
No comprendo por qué en nuestro país ya sólo se contrata a través de ETT; para escurrir el bulto de la responsabilidad y de la conciencia supongo. Se paga la bula y que el marrón de la injusticia se lo coman los otros, el “esquirolaje” institucionalizado en forma de empresa, no necesito explicar que no me refiero a la mano de obra, sino a los buscadores de jornaleros, de los chicos y chicas para todo: teclado, oficina, teléfono, almacén, carga y descarga… que para eso somos un país de trae y lleva sin industria.
No comprendo por qué los educadores y psicólogos infantiles se matan a inculcar que las acciones tienen consecuencias, cuando demasiados políticos -que se supone que deberían tener el mayor rango de responsabilidad e impecabilidad- no las asumen y se defienden como gato panza arriba para librarse de ellas.
No comprendo que se siga a alguien con fe ciega, que se repita como un eco lo escuchado en la radio, lo visto en el televisor, lo leído en la prensa sin ponerlo en cuestión, cada uno con su bando, como si no fuéramos seres pensantes sino sectarios, partidarios, seguidores… como si la deontología hubiese desaparecido de colegios, institutos, universidades, empresas profesiones....
Siento vergüenza al escuchar que se habla -con altanería, afán de superioridad y sin escrúpulos- sobre los pobres de un país que está al otro lado del Atlántico, como si aquí no los hubiera; no necesito salir de mi calle para ver cómo hombres aseados cuelgan medio cuerpo en los contenedores. Pero sí sé sin embargo que las preguntas de rigor siguen siendo ¿A quién le conviene?, ¿a quién beneficia?, ¿a quién le interesa?
Mi olfato histórico me dice que hay un tufillo de entreguerras, pero no lo pronuncio porque soy supersticiosa y tengo miedo, no por mí que para los dos telediarios que le quedan a mi generación doy gracias a la vida… sino porque como decía Arthur Miller: “Todos eran mis hijos”.
Cuando se vota a alguien para que se tome la revancha, o se vengue por ti, por delegación cobarde, mal asunto para el futuro, y en Estados Unidos han colocado a un insensato y ahora ¿quién va a quitarlo de ahí?
¿A quién le conviene?, ¿a quién beneficia?, ¿a quién le interesa?
Yo pensaba que todos los políticos estaban obligados a ser cultos y preparados para entender cualquiera de las actividades que representaran, que sabrían preguntar al menos y de principio a fin ¿qué pasa antes de que un ser humano se suba a una patera?, ¿qué hay que hacer después con él, en el país de "acogida"si ha conseguido salvarse en el trayecto?, ¿qué ocurre en una casa cuando en ella entra el paro?, ¿qué se siente al volcarse sobre la boca de un contenedor llevando corbata…?
¡Oh! ¡Europa, Europa! ¿Quién te pide cuentas a ti, raposa infiel, por no cumplir con tu responsabilidad, con tu deber, con tu trabajo?
Pero lo que más me indigna es por qué a demasiados políticos no se les cae la cara por su desvergüenza si se acuerdan de sus padres. ¿Quién les ha consentido para que hoy sean avarientos, mentirosos, endogámicos, soberbios, vanidosos, ladrones, encubridores, cobardes, y egoístas embrutecidos y sin piedad? Qué decepción. Vaya legado.
No suelo meterme en camisas de once varas porque en mi caso la política es más un sentimiento que un argumento y dejo que hablen los que se supone que están especializados, pero ya estoy más que harta de ignominias. Sí, ignominia quiere decir acción deshonrosa, lo que mi madre quería expresar cuando exclamaba ¡Esto no tiene nombre!
Sólo pido que al menos se haga la labor de campo, que es bien sencilla, para realizarla no hace falta ir a Harvard: tan sólo se trata de preguntar -bajando las escaleras del castillo, y al pie del camino- a todo el que pase: ¿y esto por qué piensa usted que ocurre?, ¿a qué cree se debe?, ¿qué opina sobre cómo podríamos arreglarlo? Y entonces, al menos, parte del sueldo estaría ganado, y medio trabajo se lo darían hecho. Eso sí, vigilando incluso a quién vigila, comprobando, cotejando...

Somos un país de susceptibles e inseguros, nos importa más la obediencia y la sumisión que el trabajo en igualdad bien hecho, todas las partes del equipo son necesarias, horizontales, el mundo no es vertical ni escalafonado por mucho que nos empeñemos; nos altera que nos lleven la contraria, y que conste que no me excluyo, por ello no aprendemos y tampoco prosperamos, y no os imagináis cuánto me duele decirlo.

Perdonad si mi escrito os parece un revoltijo, prometo que está bien pespunteado con las puntadas de la repercusión, porque todos nuestros actos afectan y van y vienen de vuelta como un woomerang, y ninguno de sus párrafos es casual, porque sí que hay ganancia de pescadores en el río revuelto, y a mi modo eso es lo que quería, relacionar, reflejar.

P.D. horas después de que yo escribiera este artículo, se producía el atentado en las ramblas de Barcelona. Cuánto dolor.

"LAS ACACIAS", Película de Pablo Giorgelli

Esta tarde he contemplado embelesada la película argentina “Las Acacias” del cineasta Pablo Giornelli. Y digo bien la palabra contemplar porque esa es la forma de verla: mirando hacia fuera y también hacia dentro -tal y como lo haces- cuando vas de viaje; además tiene el ritmo exacto de la road movie que te permite absorber el paisaje en movimiento mientras tú vas quieto y meditas, o te adormeces con el ronroneo acunado del vehículo que te adentra -al igual que  a los personajes- en la confianza del inevitable sueño. Ese es otro de los grandes temas que propone esta obra: cómo se genera y desarrolla la confianza entre extraños.
Si transcribiese aquí los premios que el largometraje recibió os aseguro que ocuparían más espacio que el propio film, así que no os abrumo; resumiré diciendo que en todos los bordes del mapa y también en las tierras interiores fue comprendido en su lenguaje universal, y galardonado en los festivales de cine más importantes del mundo desde Cannes a el Film Fra Sør de Oslo, pasando por los de Londres, Bombay, San Sebastián, Bratislava, Kiev, La Habana, Asunción de Paraguay…
Los primeros fotogramas que aparecen en pantalla son bellísimos: un racimo de haces de luz cenital, casi sobrenatural, se filtra desde el cielo entretejiéndose por las ramas de un bosque de altas y robustas acacias. El espectador ve una especie de humo que se adentra por la esquina de la pantalla y un ruido difuso que va en aumento y que aún no sabe descifrar; pronto verá caer un majestuoso tronco de árbol, el sonido provenía de la sierra eléctrica, y la humareda era el polvillo de la madera; la sensación es de muerte. Y desde esa metáfora parte la película, enseguida trasladaremos la imagen al estado de ánimo del protagonista, así se siente: como un tronco derribado y muerto dentro de ese bosque cerrado en sí mismo; aunque el público desde su butaca de la sala de cine ignora aún si el personaje es consciente o no de ese sentir que quizá confunde con vida, con su modo de estar en ella.
La preciosa y -en apariencia- sencilla filmación trata de un camionero, Rubén (interpretado de forma magistral por German da Silva) y su pasajera. Rubén es un hombre solitario que desde hace años transporta madera de acacia en la ruta entre Asunción y Buenos Aires. “Un amigo” le pide al transportista que lleve a una joven mujer hasta Buenos Aires, después sabremos que el amigo es el jefe de Rubén, y que la madre de la joven es la empleada doméstica del patrón, detalle vinculante que nos explica el status social y subalterno de ambos protagonistas. Jacinta (Hebe Duarte) llega tarde y además lleva en brazos a su hija Anahí (Nayra Calle Mamani) una bebé de cinco meses de la que no le habían hablado al conductor y como añadido sendos bolsos que hacen que parezca un perchero. Todo indica un mal comienzo de viaje, (mensaje y señales que el espectador recibe a través de los gestos y movimientos hostiles del camionero que no hace amago de ayudarla), y la actitud cohibida de Jacinta. Más tarde la escucharemos decir resuelta ante los guardias de la frontera que la niña no tiene padre, y que va con ella a Buenos Aires a visitar a una prima; la cámara captura en ese instante uno de los primeros sentimientos encontrados y contrapuestos de Rubén, más adelante se agregarán otros al oír como Jacinta llora cuando cree que  está dormido, al verla reír mientras cambia de pañal y de ropa a la niña en los puntos de descanso sin saber que está siendo observada; comprobaremos como se encela cuando ella charla amigablemente con un compatriota, escucharemos todo el bullicio interior del transportista y cómo él se pregunta sin palabras qué le está ocurriendo… Rubén empieza a romper el escudo, y sin temor a exagerar aseguro que oímos el deslizar de la cremallera, escuchamos como se abre la grieta. Para entonces los espectadores hemos hecho especulaciones, algunas incluso preocupadas, ya que de forma sutil en una escena anterior hemos comprendido la mirada que él baja hasta su propia entrepierna. Pero poco a poco y con un buen uso del gotero de las sorpresas el director a través de sus intérpretes nos va desvelando más detalles: ella va a buscar trabajo. Algo le ha pasado con su madre a juzgar por los ademanes que hace al hablar por teléfono. ¿Se fue sin despedirse?, ¿salió huyendo?, ¿es con ella con quien habla en realidad?... Rubén tiene un hijo al que no ve desde hace ocho años –de nuevo los sentimientos de paternidad vistos desde las dos partes, desde ambas versiones- Jacinta no quiere saber nada del progenitor y la madre del hijo de Rubén se fue con el niño y otro hombre a los Estados Unidos, en un instante en el que él baja del camión para fumar y serenarse Jacinta descubre en la guantera un pequeño álbum de fotos en el que aparece el hijo junto a él y la bicicleta que le obsequió, la cámara confirma así que la confidencia compartida es real, pero pronto sabremos que conocer esas respuestas no es lo importante.
Aunque caiga en tópicos manidos es curioso que el largometraje muestre a personas tan silenciosas, con la fama de incontinentes verbales que tienen los argentinos, y en general los latinoamericanos, pero lo cierto es que estamos ante una pequeña gran pieza de puro cine, ya que son las imágenes y los elocuentes silencios los que se explican por sí mismos, y el tema principal trata de lo que no se sabe expresar, comunicar, exteriorizar... Es como si al director y a su coguionista (Salvador Roselli) les hubiesen pedido que usaran las palabras exactas, sin derrocharlas, guardándolas para que sean bien usadas en el momento preciso, en el instante oportuno, las justas, ni una más ni una menos, y que con esa escasez de recursos se las arreglaran para construir una pequeña y delicada pieza de orfebrería. Serán las miradas tímidas y alternas, las reacciones, las actitudes, los cambios de luz, la colocación de los personajes en escena al aproximarse o alejarse con movimientos leves en ese cubículo inevitablemente cercano los que irán desgranando y exprimiendo el jugo de cada una de las semillas dulces, sensuales y carnosas de dicha granada ocultos tras la dura y protectora piel.

Como era de esperar, (aunque no por ello la película es previsible ya que en esa pequeña cabina de camión se respira una atmósfera inquietante), la relación poco a poco se va suavizando y el espectador asiste con placer al resquebrajamiento final de la armadura del hombre; y entonces comienza a fluir toda esa ternura masculina que un día quedó encerrada en el interior hermético de ese cuerpo con cicatriz que vemos cuando se asea en los baños de las gasolineras en las que paran para mostrarnos su desnudez física y anímica en ese momento de intimidad.
La historia no nos resulta desconocida, es tan antigua como el mundo: se trata de alguien que se encerró en sí mismo a causa del dolor. A menudo esas personas nunca vuelven a abrirse, pero él mirándose en el espejo de ella y tomando en brazos a la pequeña –encantadora excusa para la catarsis- vuelve a sentir, a reencontrarse a sí mismo y no le queda más remedio que buscar las palabras que le vulneran en ese largo y doloroso viaje que va desde el corazón a la boca, y finalmente las pronuncia. Son tan simples y sencillas como pedir una cita pero el universo entero cabe en ellas porque reviven, redimen, resucitan… aunque den miedo, el final es conmovedor y todo el público se libera con una sonrisa enorme.
Fue difícil desarrollar el rodaje en el diminuto espacio de la cabina, los actores lo sostuvieron sin más recursos que la fuerza de los gestos fundamentalmente en primeros planos y medios, las paradas del gran vehículo unidas a los paisajes distendieron. Pero la filmación tuvo el agravante de que los ritmos -como es lógico- los marcaba la pequeña con sus horarios de biberones, higiene y sueño. Impresiona ver cómo la actriz parece su madre real y cómo la nena también la mira como hija propia, una beba -como dicen ellos- bonita y expresiva hasta extremos con los que seguramente no contaban, un regalo que produjo una corriente de afectividad que se salió de la pantalla.
La película es bellísima, rezuma respeto, y sobre todo verdad.
Una vez más queda demostrado que no son necesarios disparos, persecuciones entre malvados ni grandilocuencias épicas para provocar el interés, la conexión del público y de la crítica; la vida cotidiana suscita el mejor suspense y está llena de historias de héroes anónimos con la difícil misión de resurgir de las cenizas para enamorarse por primera vez, o de nuevo, corriendo todos los riesgos.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

En el Ensanche de Vallecas hay más niños que escuelas

El Ensanche de Vallecas, visto por unos ojos forasteros, huele a vida y a futuro, notas esos aromas al aproximarte porque cada uno de los edificios es distinto al colindante, por tamaño, silueta o color… ningún anciano podría perderse en toda la zona ya que el tono verde hierba de una de las construcciones es un faro de orientación sobre el asfalto, al igual que otro naranja… tampoco los niños se extraviarían.
No hace falta ser entendido en arquitectura para comprender que el diseño fue pensado por y para el bienestar y la convivencia (os remito a una interesante película titulada “El arquitecto” en la que ocurría todo lo contrario dado que la construcción creaba infelicidad, hasta ese punto es responsable el constructor de moradas que sólo se implica en la estética).
El inmueble que mejor conozco para mí tiene forma de gran crucero, con sus ojos de buey señalando camarotes, en realidad pequeñas viviendas o grandes apartamentos, según se mire; el enorme barco anclado, o varado -como más os guste- tiene su alberca en el medio y un alrededor en forma de plaza, con columpios, bancos, baños comunes, soportales, una especie de local social -con gran mesa y sillas- que previo aviso -para no solapar- permite la celebración de cumpleaños o eventos… De modo que resulta inevitable que en ese rodeo interior diario flanqueado por los pisos terminen conociéndose todos los vecinos.
El primer sentido que se activa es el oído y el sonido de los niños, con pelotas, carritos de bebé, motos y bicis sin pedales… lo llena. En otros barrios más antiguos ya sólo escuchas el eco del recuerdo, salvo por la llegada de nietos irrumpiendo en el aire para hacerle agujeros con los gritillos agudos y desinhibidos en lengua de trapo. Pero lo más sorprendente son los retazos de conversaciones que atrapas al vuelo: “No cojas el cubito de Javi, debes pedirle permiso primero”. Los juguetes yacen libres y seguros por todas las zonas de arena y columpios o descansan sobre la hierba, como mucho se teme que los nenes extravíen alguno porque luego lo echarán de menos convirtiendo la cena y el baño en una serenata, pero ninguno se lleva los que no son suyos aunque sí los comparten.
Sus padres son jóvenes, altamente cualificados con independencia de que hayan podido ejercer o no sus profesiones. La mayoría trabaja hasta la extenuación -en lo que puede- por sueldos precarios, y con los dos salarios apenas consiguen lo que antaño se consideraba una paga digna.
Compraron su hogar cuando más caro estaba, pensando que los empleos serían estables y ubicados en el mismo lugar de por vida, y así quedaron atrapados por la hipoteca, ella se comerá los viajes de juventud a los que sin duda tenían legítimo derecho, cenas de aniversario que no obstante celebrarán dentro de casa -como es natural no hablo de todos, pero sí de muchos-. Cultivarán la amistad y las relaciones por wasapp porque entre pañales, biberones, papillas, y transiciones, metros, autobuses y trenes ¿dónde queda el hueco si no?, y encima los que andamos a ritmo cómodo tendremos la desfachatez de tildar de adicción el tecleo.
Cerca de la casa un generoso trozo de campo, que inmensamente compasivo cubre de amarillo y malva lo que iba a ser jardín, les da la bienvenida al salir de la boca metropolitana. Pero aunque lo del parterre fue otra promesa que no se ha cumplido, no importa porque las flores silvestres siempre son muy celebradas en Madrid.
El problema viene ahora. tras este bucólico canto habréis notado un olvido: ¡El colegio!
No es un descuido, había dejado la puñalada trapera para colocarla en el centro de esta historia, pequeña e irrelevante para otros, de suma importancia para ellos:
Frente al edificio con forma de crucero hay un flamante colegio público diminuto que paradójicamente los vecinos han visto construir hasta hace relativamente poco tiempo, y lo mismo ocurre con los demás, escasos y atascados en lo que ya constituye una ciudad: -El ensanche es una gran urbe dentro de otra- incluso los concertados rebosan niños casi superpuestos. Aproximadamente mil criaturas necesitan escolarización, chiquillos y chiquillas que figuran en el censo, ¿por qué no se ha previsto  ni asociado a las plazas de colegio dicha lista de padrón?, no lo sé, pero han tenido tiempo de sobra para añadir o ampliar incluso sobre la marcha.
Los nacidos en el 2014 son pequeñetes, algunos cumplirán los tres años a punto de entrar en el cole; y ¿qué van a hacer con ellos esos padres, hipotecados, teletransportados, y extremamente atareados, por decirlo de forma eufemistica? Hablamos de Madrid y salirse del área a la que se tiene derecho y prioridad supone levantar a los hijos de madrugada, cuando bastaría con cruzar la calle. No se trata sólo de habilitar un viejo inmueble, ya he dicho en renglones anteriores que son padres altamente cualificados, no “aparcaniños” como a veces tienen que oír; y saben lo que quieren y lo que sus hijos necesitan; los trabajos les han llevado hasta allí, y no todos los abuelos viven en la misma ciudad, tampoco los sueldos dan para nurse… y por ello desean a priori conocer el sistema educativo, la hora del comedor...  para saber a qué atenerse -todos tenemos la certeza, a estas alturas, de que la conciliación familiar es una milonga- algunos tendrán que reducirse el horario de sus jornadas laborales y aun así llegarán a la salida de la escuela echando el bofe.
Tengo la sensación de que ante las reivindicaciones o reclamación de los derechos, o simplemente del sentido común, los estamentos o instituciones interpelados de inmediato se ponen a la defensiva y se acorazan como un bunker sordo que se limita a amontonarlas frente a la puerta en burocráticos paquetes y por orden de caída, y cuando se llama a dicho portal para ver cómo va el asunto, la respuesta suele ir revestida de orgullo o de soberbia como si la legítima demanda constituyera en sí misma una afrenta. Y es que no escuchan: ¡¡¡¡Símplemente en El Ensanche de Vallecas hay más niños que escuelas, y hay que solucionarlo sí o sí !!!!
Yo puedo aportar poco, por ello me limitaré a invitar a quien corresponda, a que se aleje del despacho y sus inquinas y le daré un empujoncillo cantando por Gabriel Celaya “¡A la calle que ya es hora de pasearnos a cuerpo!” y le pediré que vaya en metro desde el centro para comprobar cuanto se tarda, y que al apearse, por fin, vea el atardecer de El Ensanche que sin duda es único e inigualable, y que en cualquiera de sus placitas o patios interiores, pregunte, escuche, anote, o simplemente transcriba -porque el trabajo sin duda se lo darán elaborado- que vea esos rostros tan jóvenes y tan angustiados, heroicos y con tanta ausencia de vanidad, mientras los nenes juegan, y que extienda la cinta métrica para seguir ensanchando El Ensanche con la enseñanza y los buenos enseñantes y entonces la satisfacción por lo bien hecho estará garantizada. Sólo añado que no busque colores concretos porque allí están todos, hasta dentro de las familias los hay distintos. Y que trabaje para la gente, para toda la gente unida por el cordón de las mismas ilusiones y las mismas penas. Porque no se merecen el miedo y la incertidumbre que están pasando en una población que tanto y tan bien huele a futuro.

Pili Zori