"El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes", de TATIANA TÎBULEAC

       Impresionante.

      La ternura bajo la ira, como la rosa de la esperanza que queda cuando se abre la tinaja de Pandora y escapan de su prisión todos los males, todas las furias.

    El arranque es brutal aparentemente, pero también paradójico, y suena terrible si te quedas sólo en la forma, en la superficie de los malos modos, pero si te dispones a escuchar bajo el ruido te darás cuenta de que es el pensamiento de un adolescente cargado de enorme inquina lo que oímos, y en esa parcela en la que se desarrolla el monólogo interior no hay censura y comprendes que su desaforado resentimiento en realidad es una demanda de amor a gritos, una declaración, una queja, un lamento en esta relación entre madre e hijo.

   Traspasado el primer puñetazo en el estómago que el lector recibe comienzan a desmenuzarse las razones de desamor de ambos protagonistas y la novela se convierte en un canto a la reconciliación, a la capacidad de hacer las paces que tenemos incluso después de la muerte de un ser querido.


     La novela mira de frente, y se despoja de lo superfluo para demostrar que la belleza reside en todas partes, también en la tristeza.

       El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es alta costura, una obra de arte ya que consigue que el lector vea el elogio escondido en las críticas del hijo, la bondad dentro de la propia ira, la llamada de socorro dentro de la agresividad. Y saber escuchar lo soterrado, lo que hay debajo de los golpes en ese ring de reconciliación es algo que nos beneficia porque sana.

    La composición de un lirismo supremo con contundentes prefacios que condensan el resumen de lo que a continuación se va a desarrollar, las huellas y rastros que el cuentagotas va depositando con precisión -para que después se abrochen en el cierre de cada círculo- y los hermosos golpes de asombro sin forzar -forma y fondo van unidos en rigurosa verdad- dan como resultado un derroche de talento inconmensurable que Tatiana Tîbuleac domina y sabe contener en toda su inmensidad controlando lo que quiere decir en cada momento y cómo lo va a repartir, y al acabar su escultura perfectamente definida parece exclamar señalando con las palmas de las manos en poderosa ofrenda: ¡Señores! ¡Esto es el barroco!, ahí tienen el colosal dolor retorcido, el sinuoso amor en plenitud de recovecos y curvas, la vida naciendo de la muerte.

El lector comprende al fin lo que intuía, y el legado que la autora anunciaba desde la primera página con sutilezas casi inadvertidas se extiende ahora explícito a sus pies  en maravilloso inventario de mercadillo. 

La herencia, la estrella real que no era metáfora, el secreto de los azules ojos, el delfín que ahuyenta a la parca y que más tarde, partido en dos sonríe a la muerte, la barca de Caronte encallada en un tronco hasta que ni un sólo rincón quede sin limpiar, sin ser purificado, "desodiado", la fachada de los postigos verdes, esos ojos de ventanal de la casa iguales que los de la madre. Un lugar indefinido en la tierra frente a un campo de girasoles que también pierden el pelo como la progenitora sin nombre que al fin dice el tan ansiado "ven, ven conmigo" que vincula, la punta del vestido blanco que se desliza como un pañuelo flotante que indica el ánimo alegre y etéreo de esa mujer que se despide, "Te doy vida en la muerte que me dan y no tomo" diría Miguel Hernández. Porque no importa el tiempo de existencia de la mariposa, primero gusano, después crisálida y más tarde alas, lo que cuenta es el vuelo y dejar como legado un final redentor.

    
 
Así es como yo he visto esta novela, así es como la he hecho mía.

    Se agradece que la enfermedad de Aleksy tampoco tenga nombre de estigma y sí de desamor, porque "Cuando tienen mucho dinero, a los enfermos psiquiátricos se les llama excéntricos" nos dice el protagonista.

    Un trabajo extraordinario de la traductora Marian Ochoa de Eribe, y una acertadísima apuesta de la Editorial Impedimenta.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.       

Pili Zori

"Corazón que ríe, corazón que llora", de MARYSE CONDÉ

    Una novela autobiográfica, y subrayo novela porque lo es, ya que ni las biografías ni las autobiografías se escapan de sus partes de ficción dado que la memoria es caprichosa y selectiva y quienes escriben sobre existencias reales inevitablemente omiten episodios o subrayan otros con mayor énfasis, también incluyen los que les han sido referidos, como en el caso de Corazón que ríe, corazón que llora puesto que en las primeras páginas aparece el relato de los acontecimientos del día en el que Maryse Condé vino al mundo y como es natural la autora no puede recordarlos.

    La maestría, a mi juicio, siempre radica en la composición, en la forma de ensartar el lenguaje, en el ritmo y en el tono elegidos, es decir, en el modo de narrar, en el estilo… esos son los ingredientes que cuentan para mí, porque la verdad a menudo es relativa, ¿qué es para cada uno de nosotros? Hay una parte absolutamente verdadera en alguien que nos engaña o se miente a sí mismo porque no importa su embuste sino la razón por la que miente y ahí es donde se esconde la sinceridad que no muestra, la literatura indaga en esos pliegues y a menudo hay más realidad en la ficción.

    Tras leer Corazón que ríe, corazón que llora, y la continuación La vida sin maquillaje, intuyo que Maryse Condé se escarba hasta sangrar para entregarnos honradez, para no quedarse con nada que ella considere que no le corresponde, para desmitificarse, y en ese afán creo que es dura en exceso consigo misma, puesto que la admiración que le profesan el gremio y sus lectores es un obsequio basado en su currículo real, y los regalos no se desprecian aunque consideres que no te los mereces. Ella parece decirnos: vale, fui profesora en algunas ciudades de distintos países africanos y también en Harvard y en la Universidad de Columbia en Nueva York, pero en África a veces apenas vinieron alumnos; en ese afán de modestia parece indicarnos: tampoco supe amar como es debido, y como madre dejé mucho que desear, pero el lector sabe cotejar y entiende la heroicidad que ella no se reconoce cuando recién estrenada la juventud concibe a Denis, su primer hijo de los cuatro que tuvo, y es abandonada, cuando su padre le retira sin miramientos la asignación para a renglón seguido olvidarla, cuando se queda sin madre con apenas veinte años tras haber salido a los 16 del archipiélago de Guadalupe que hasta entonces consideraba su patria.


    Siempre he dicho que comprender no es justificar y ella, la autora, realiza ese desgarro con sus padres, negros supremacistas e inflamados de elitismo que creen que han prosperado gracias a la cultura occidental, concretamente la francesa, teniendo orígenes muy humildes -la madre de Maryse fue la primera profesora de su familia y el padre un prestigioso financiero.

    En la casa de Maryse Condé no se hablaba ni se bailaba ni se comía en criollo, más adelante en su accidentado periplo por África la autora iría almacenando lo que veía y escuchaba, tomaría conciencia de que el suelo que había pisado durante su infancia fue poblado por negreros y que a esa cadena estaba atada la diáspora con sus ancestros, comprendería el significado y contenido del colonialismo y lucharía por la independencia de su tierra guadalupeña y francófona.

    Pero no quiso idealizar su evolución, ya que se topó con intelectuales cuya cultura no les limpiaba ni eliminaba los prejuicios, sufrió abusos para los que no tenía enseñanzas de rechazo y aislamiento por ser y proceder de otro país, por no hablar idiomas africanos nada más llegar, por no vestirse de forma mimética para ampararse en el bulto, para ser una más del grupo, padeció exilio... de modo que no es extraño que tras haber conocido tanto mundo viendo y viviendo en persona los pros y contras hoy se declare nómada, apátrida, y asegure que la identidad suele ser un traje impuesto que o bien te está grande o te resulta pequeño. No obstante África se introdujo en su corazón por el sufrimiento de los niños, por las desigualdades, por la falta de oportunidades y por sus enormes posibilidades.

    Después de varios intentos de amor fallido, (uno de ellos con su primer esposo el actor Mamadou Condé con separación física y geográfica pero sin divorcio durante dos décadas, ambos tuvieron otras relaciones, una importante para Maryse a pesar de la insatisfacción, en la que finalmente el amado se descolgó con que la quería sin hijos), encontró al fin su felicidad con el segundo. De Mamadou conserva el apellido, no por homenaje a él sino porque para ella dicho apellido -que se convirtió en apelativo por el que fue conocida y nombrada- representa el tiempo que pasó en el continente africano. 
   A día de hoy casada con Richard Philcox “su blanco”, puede afirmar que con él encontró la plenitud y la autoestima, lo nombra así bromeando con ironía en recuerdo de aquella pequeña Maryse que descubrió que era negra cuando otra niña blanca jugando a criadas y señoras la maltrató, y entonces la ingenua e infantil Maryse, la última hija de los Boucolon que vivía rodeada de servicio le pregunto ¿por qué me pegas? La niña blanca respondió creyéndose cargada de razón: Te lo mereces porque eres negra.
    He contemplado fotos que hablan de ese amor por sí solas, por cómo están juntos, por cómo se miran. Además de ser el marido de Maryse, ejerce como traductor de su obra al idioma inglés, sin duda ese cometido genera una simbiosis perfecta ya que lo más genuino de un autor es su escritura, y ella ahora se la dicta a él dado que a causa de la enfermedad degenerativa que padece no puede escribir. Se intuye que harán pausas para explicar las razones de lo que va creando y bulle en su interior.

    

La autora declara que en este momento y a su edad se dedica a ella misma y a las demandas de su salud, confiesa que no ha encontrado respuestas pero que lo importante es buscarlas y que se arrepiente de no haber hecho más por su gente antillana, y eso lo dice nada menos que la mujer negra que consiguió con su trabajo la ley francesa que hoy reconoce la esclavitud como un crimen contra la humanidad, la madre que en soledad crio a cuatro hijos en África trasladándolos consigo mientras daba clases en distintos países, la que en determinadas etapas no pudo llenar la nevera para su familia, la mujer que escribió más de treinta libros de literatura, ensayo y teatro, obras que se han caracterizado por interrogarse sobre la Identidad, la memoria, el ideal femenino, la diáspora negra y el colonialismo. La escritora que creó el premio literario de Las Américas Insulares y Guyana y que recibió a su vez sendos y prestigiosos galardones en Francia como el Nacional de literatura sobre la mujer y el Anais-Ségalas de La Academia Francesa, fue la primera mujer que obtuvo el premio Putterbaugh otorgado por EE UU a autores francófonos. La profesora que terminó amando la docencia.

    Y por último recibió con gratitud el premio Nobel Alternativo porque en 2018, por escándalo sexual y filtración de datos, la Academia Sueca tuvo que suspenderlo. En cualquier caso, aunque no sea el oficial, es tal vez hoy más prestigioso ya que lo entregan intelectuales con enorme predicamento valorando las causas que transforman el mundo para mejorarlo. 

Si a todo lo anteriormente dicho le añadimos que ella equipara el arte culinario con la literatura pues ya me enternece y me gana por completo, no puedo estar más de acuerdo.

    Es de agradecer que la editorial Impedimenta conceda un lugar visible a los traductores: Martha Asunción Alonso ha realizado un trabajo brillante, no en vano su tesis doctoral versó sobre la vida y la obra de Maryse Condé, también vivió en Guadalupe en donde impartió clases como profesora y tuvo entrañables encuentros con la escritora en Francia, país en el que actualmente viven ambas. Gracias a Martha y a Impedimenta hemos conocido a esta magnífica y honesta escritora que tomándonos de la barbilla nos ha obligado a mirar hacia mundos no tan remotos pero injustamente desconocidos.


    Un abrazo y hasta el próximo encuentro con el cine o con los libros.
    Pili Zori

"Feliz final", de ISAAC ROSA

 

Comenzar por el final, una ruptura de pareja, para llegar hasta el principio -cuando se conocieron y enamoraron- es la original herramienta narrativa que elige el autor para recorrer en este sincero flash back los escollos con los que se ha ido tropezando el amor de Ángela y Antonio a lo largo de trece años. ¿Habrían sido salvables? El lector decide.

La composición y la estructura cobran cuerpo físico en sí mismas. La novela comienza por el epílogo, y un poema de Eugénio de Andrade, que habla sobre el fin de un amor, nos abre la puerta del capítulo siete, que en realidad es el último.

Acompañaremos a los protagonistas dentro de las páginas, a veces a Antonio y otras a Ángela -y queriendo o sin querer tomaremos partido a su vez alternativamente por ella o por él- (logro que consigue Isaac Rosa dado que sabe construir y dar voz y verdad tanto a un hombre como a una mujer) y en otras ocasiones comprenderemos con equidad a ambos para terminar apreciándolos como pareja y también por separado.

Al “finalizar” llegaremos al principio, al capítulo uno, situado en la última página, y nos volverá a abrir la puerta -esta vez la del prólogo- otro poema de Eugénio de Andrade que habla del instante preciso en el que comienza un amor.

El íntimo encuentro con Antonio y Ángela habrá concluido y tras él abandonaremos la novela habiendo realizado nuestro propio balance.

Durante el terapéutico trayecto ella se expresará en cursiva, él en letra de libro. A veces monologará primero él y a continuación ella, y según vayamos acercándonos al comienzo de esta sincera retrospectiva, habrá momentos en los que hablarán sobre el mismo asunto uno frente al otro, o al lado, y entonces cursiva y letra mecanográfica se irán entremezclando en el diálogo. Más adelante los dos se explicarán a la vez, el autor lo resolvió visualmente mediante columnas -no en vano Antonio en la ficción e Isaac fuera de las páginas son periodistas.

Como dice Juan Mari Arzak: “Este plato es sencillo de hacer, pero se te tiene que ocurrir”. En eso consiste el talento de la renovación formal.

En cualquier caso, la novela retrata de forma fidedigna, y avisa sobre los síntomas, pone palabras donde antes no las había y suscita el interés sobre esa parte desconocida que se resume en “Nos hemos separado” o en el más habitual “Me he separado” ya sin el nosotros.

Sobre los detalles del proceso nadie pregunta por respeto y ese es precisamente el tramo que Isaac Rosa nos explica de forma pormenorizada. La historia que cuenta se sitúa en el contexto de la generación a la que él pertenece.


La novela nos hace un sinfín de planteamientos e interrogantes:

¿En esta época en la que impera el corto plazo, el amor romántico es inculcado y aprendido a través del cine, las series o la publicidad?

¿O sólo lo creen así quienes nunca se han enamorado realmente?

¿Hay un interés comercial en mostrar sucedáneos del deseo, para provocarlo, frustrarlo y garantizar de esa manera el bucle de repetición en el espejismo del consumo?

¿Acaso el deseo sólo funciona a largo plazo si va unido al amor? ¿O en la rapidez del corto plazo de nuestro tiempo se confunde con lo quiero, lo pido, lo obtengo y me lo trae de inmediato a la puerta de mi casa un repartidor de la multinacional?

Ironías aparte, con el símil me refería a la infidelidad que no repara en las consecuencias.

¿Existe el enamoramiento? ¿O, como muchos descreídos piensan, enamorarse es el resultado químico de un estado físico ancestral destinado a la procreación?

¿Puede recuperarse tras un periodo de desamor el amor hacia la misma persona?, ¿son necesarias las crisis para sacudir la alfombra?

Hay ejemplos para todo, hasta divorciados que tras darse un garbeo por el exterior vuelven con los sentimientos más claros. El riesgo, como es lógico es que la otra persona ya no le espere.

¿Hasta dónde se puede tensar la cuerda? ¿Al amor lo matan los caracteres y temperamentos feos? ¿Nos falta educación sentimental?, ¿es necesaria o por el contrario el corazón sabe de sobra hacia dónde tiene que ir?

¿Se entienden bien las señales del semáforo para saber distinguir la recuperación de la conformidad?

No todo es achacable a la independencia económica, conozco personas dependientes que sin embargo ganan mucho dinero, a parejas atadas y con falta de libertad -al menos la de alguno de sus miembros- sin que tengan problemas crematísticos, y también sé de matrimonios que deciden divorciarse a pesar de las dificultades aparentemente insalvables. Por tanto habría que profundizar antes de sentenciar y de echar balones fuera ya que con los mismos ingredientes se elaboran comidas distintas.

¿Tal vez las personas de la edad del escritor –salvo honrosas excepciones- pequen de juvenilismo y por ello teman la llegada a la madurez y como consecuencia generen ese extraño síndrome de Peter Pan y busquen con ahínco la repetición de la intensidad de los primeros años amorosos con otras u otros?

Es sabido que algunos se emparejan porque toca, y tienen hijos por la misma razón, mal asunto si después de dicha elección se dan cuenta de que están con alguien equivocado, también existe la amistad con sexo, o el deseo de espantar la soledad y múltiples variantes de conveniencia que pueden funcionar, pero el amor es un misterio imperfecto al que tenemos derecho, con hijos, sin hijos, con dinero, sin dinero... y sería bueno que en caso de divorcio ambos tuvieran techo y facilidades para volver a ser felices en otra compañía o en soledad y que los hijos no tuvieran que pagar ningún plato roto.

El debate está servido.

La disección, el escáner, la autopsia de Feliz final, vale como espejo en formato y diseño de inventario para todos, pero Isaac Rosa, como ya he dicho en renglones anteriores, refleja fundamentalmente en el azogue a su generación –o a un gran sector de ella- nacida en democracia y con todas las expectativas de alegría y progreso que la nueva era prometía y que finalmente no se cumplieron.

Estar en paro es malo, pero en el mundo laboral de hoy las normas en su mayoría no son precisamente democráticas sino más bien de edad media.

La duración de los trabajos suele ser inestable, los sueldos no equivalen a las necesidades básicas y dichas parejas las cubren con dificultad aunque tengan empleos muy titulados.

La precariedad no sólo es aplicable a la pobreza, tener tiempo para trabajar y no para vivir nos vuelve frágiles en todos los aspectos: dificulta la crianza de los hijos, complica tener techo, comida, educación, odontólogos, oftalmólogos… el tiempo es necesario para escuchar, comunicar, amar, crear… para tener espacios comunes y no jaulas –como el protagonista nos dice- en las que se comparten cansancio y soledades, en las que no se hace el amor sino un cuerpo a cuerpo de masturbaciones mutuas con las caricias del otro.

Quizá los protagonistas pertenecen a “la generación más sobradamente preparada de la historia de España”, y haber sido educados para el triunfo tal vez elimine la capacidad de lucha, de resistencia, de encajar la frustración, el fracaso.

En el coloquio de nuestro club de literatura, también se habló de los daños colaterales que en la novela apenas se tocan: los que padecen los hijos de padres separados, del egoísmo a la hora de repartir bienes o deudas... Imagino que en los próximos encuentros surgirán muchos epílogos enriquecedores añadidos por nosotros, todavía estamos reflexionando sobre las primeras cien páginas, aunque me di licencia para leer la novela completa y hace días que la terminé, nunca hago spoiler.

Una vez expuestos todos los elogios anteriormente dichos añadiré alguna pega:


Hay una escena que me molesta especialmente, en ella los protagonistas que en ese momento viajan en el metro, se sienten superiores a una pareja mayor que ellos, mal avenida en ese instante, seguramente por un enfado momentáneo o arrastrado, no se sabe. Antonio y Ángela piensan con aversión que ese hombre y esa mujer son el reflejo de un futuro al que por nada del mundo quieren llegar, también critican a sus padres por la misma razón.

La altivez joven, la necesidad de destacar, de sentirse especiales y naturalmente de juzgar es un pecado de juventud, como cuando alguien exclama para sobresalir y diferenciarse “¡Uy, a mí eso no me pasa!”, de inmediato me dan ganas de apostillar: “Pero te pasan otras cosas, ¿de qué vas?”, o de añadir “las discusiones se oyen, los besos no, y enfadado nadie resulta guapo ¡tú qué sabrás!, puede que si ahondas salgas perdiendo en la comparación”.

No estamos en el interior de las personas y habitualmente conocemos los hechos in media res, sin lo de delante ni lo de detrás.

En Feliz final hay un hilo conductor: la referencia a la película que ambos protagonistas vieron por separado cada uno en su habitación de hotel cuando se conocieron, es una atinadísima elección “Te querré siempre” así la titularon en nuestro país, o “Viaggio in Italia” que fue la designación original. Aquel filme dio paso en su día a una moderna forma de narrar muy ponderada por Cahiers du cinema.

El largometraje trata el mismo tema que hoy y en esta novela nos ocupa, fue protagonizado por Ingrid Bergman y George Sanders y dirigido por el esposo de la actriz, Roberto Rossellini, e ilustra un proceso similar (el matrimonio Rossellini tuvo muchas dificultades y rechazo social en aquel Hollywood de 1954, otro día si os parece tocaremos esa historia).

Como veis, la novela suscita reflexiones e invita a compartir experiencias, pero lo mejor es que nos muestra los sentimientos, alegrías y dificultades de una generación sumida en un mundo en el que la solidaridad y la ayuda mutua fuera de la familia brillan poco. Un mundo del que todos formamos parte a cualquier edad, una existencia a la que le deberíamos arrancar el blindaje porque cada una de nuestras actitudes repercute en los demás y no sirve mirar hacia otro lado ya que afrontar y no evadirse es lo que nos convierte en humanidad.

Al amor hay que arroparlo entre todos, crearle una buena atmósfera, darle facilidades para caminar y desarrollarse y no al contrario, y si se convierte en desamor con mayor motivo hay que protegerlo porque el derecho a equivocarse es inalienable como el de recibir reinserciones y nuevas oportunidades.

Buscar víctimas o culpables es un craso error. Se tiene derecho a dejar de amar a alguien, lo fácil es preferir ser el abandonado y no quien abandona, pero es una falsa premisa, y una vez pasado el duelo el sol vuelve a salir para todos.

El arranque metafórico de Feliz final es precioso, un sofá cojo desde que ángela y Antonio lo compraron, la porquería que se sedimenta detrás de los muebles y que queda a la vista en una mudanza, el orden cronológico de las fotos, los recuerdos… y la frase clave “Nosotros íbamos a envejecer juntos”. Ese era el plan común.

Isaac Rosa tiene una enorme destreza y potencia con el lenguaje, tanta que el lector olvida lo bien que escribe imbuido en las imágenes tan difíciles de crear sin que haya apenas escenarios. La novela me remitió a la magnífica serie “En terapia” dirigida por Rodrigo García, en ella una habitación con sofá y sillón para paciente y terapeuta sujetando los primeros planos con apabullante honradez y entrega bastaron para descubrir los desnudos anímicos de mayor hondura que he tenido la suerte de presenciar.

Feliz final no es un libro de evasión sino introspectivo y por tanto de lectura atenta.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro con el cine o con los libros.

Pili Zori

LA CABEZA ALTA, película de Emmanuelle Bercot




    Me gusta saber que hay personas que infatigablemente recogen la toalla donde otros la tiraríamos. 
    Sé que en Francia se produce mucho cine que trata de analizar las razones del "fracaso" en el sistema de educación y también en el familiar que tanto afecta a niños y a adolescentes. Muchos críticos españoles atribuyen ese interés a la herencia que dejó el cineasta François Truffaut -orgullo nacional profundamente implicado con la infancia- pero en mi opinión no es tan simple ni se reduce sólo a una especie de cine de género. 
    No digo que aquel director mítico de la Nouvelle Vague no marcase una pauta, que no trazase un camino, pero pienso que además de emularle para rendirle homenaje y de mantener viva la llama de la luminosa antorcha en la carrera de relevos que él comenzó, la preocupación por la infancia y por el sistema educativo y judicial son reales y honestos en este largometraje. 
    El recurso es más que digno para tirar de la manta y hacer autocrítica social en busca de remedios y soluciones que logren una reinserción real, no sólo de cara a la galería o para cubrir el expediente, y esa inquietud en el cine de autores franceses, aunque sea reiterativa, no me estorba. 
    Más reiteración -si a eso vamos- tiene el cine de Hollywood que lleva décadas utilizando un patrón tipo con distintas pinceladas envueltas en ruidosos disparos, y persecuciones de coches para rellenar -no sé cómo no tienen tendinitis todos los actores americanos de tanto estirar los brazos para sostener sus pistolas. 
    De modo que como contraste agradezco la poliédrica mirada que los directores galos consiguen entre todos sobre un mismo tema, el que nos ocupa. 
    A veces tengo la sensación de que hay un recelo mutuo entre España y Francia en cuanto a las cinematografías de ambos países, pero pienso que dichas rivalidades son creadas artificialmente por los críticos, sobre todo por los de festivales. El cine es una patria en sí mismo y por suerte su lenguaje es universal. Después podemos valorar la mayor o menor calidad artística. Personalmente me conmueven y me calan mucho más las piezas pequeñas en apariencia, menores para algunos, pero humanas y por lo tanto cercanas y de gran hondura. 
    La interpretación del joven protagonista, Rod Paradot es magnífica, también creo que a Catherine Deneuve le favorece el papel por la ternura ya que tiene fama de estirada, y que su presencia proporciona empaque al filme. 
    Como espectadora no me ha sobrado ni faltado ninguna escena, todas me han parecido bien medidas para conseguir la evolución del personaje principal. Y el elenco de actores me ha resultado igual de importante y destacable, las apariciones pueden ser más cortas pero no por ello menos valiosas, no hay secundarios en esta pieza coral en la que todos han jugado a favor de obra. 
    No he encontrado ninguna trampa en la transparencia de la película, no pasa nada porque la vida a veces sea melodramática -dicho sea en el mejor aspecto de la expresión-, y más a menudo de lo que parece gente anónima se da la vuelta como un calcetín para cambiar de vida en el mejor y más heroico de los sentidos, muchachos anónimos que contra todo pronóstico y con las peores cartas finalmente ganan la partida. 
    Como he dicho en otras ocasiones, las artes como las escuelas que las imparten pueden ser aplicadas y didácticas, la intención no está reñida con la grandeza de la creación y tal vez precisamente debido a la sencillez consiga ser más sublime. 
    Emmanuelle Bercot, la directora además es actriz y esa capacidad para estar en ambos lados, delante y detrás de la cámara siempre es un plus. 
    Si podéis verla deseo que os agrade y emocione tanto como a mí. 
    Un abrazo 
Pili Zori

MA MA, película de Julio Medem


Bellísima.
Interpretación magistral de Penélope Cruz, muy bien acompañada por Luis Tosar en un papel masculino hermoso que demuestra una vez más su grandeza como actor, mira que es polifacético y jamás ha hecho una interpretación que se pueda considerar menor, es imponente a la hora de dar vida a sus protagonistas.
Asier Etxeandía, como Julián, el médico, un regalo para un actor, personaje inolvidable que se salta la estereotipada distancia que a veces daña o imposibilita la relación entre médico y paciente y por tanto se convierte en la reivindicación más deseable para un oncólogo de hospital público que sabe compartir con igualdad sus propias necesidades de amigo en un trance que genera vínculos irrompibles, en esas circunstancias la vida se expresa en toda su verdad y también en todo su esplendor.
Alex Brendemühl, el ex, con un cierre redentor que se desarrolla en una escena clave y crucial ante la presencia de Arturo (Luis Tosar) que en ese momento sabe ocupar un segundo plano.
Y la breve, pero estelar, aparición de Silvia Abascal, pasaje en el que la enfermera trata a la paciente como ella misma querría ser cuidada, y para expresarlo le basta con ese mirar oceánico y su sonrisa a caballo entre la dulzura, la comprensión y la alegría contenida y agridulce, todos sabemos que tuvo un grave percance de salud por fortuna superado. No hace falta conocer los detalles personales de las vidas de los actores y actrices del elenco y la del propio director para saber que prestaron generosamente a los personajes vivencias propias.
Julio Medem, el autor, licenciado además en medicina y cirugía, sabe llegar hasta esa parte en la que el corazón habita, en este caso la imagen es literal: vemos el interior de Magda palpitando en varias ocasiones y la manita que lo toca y acaricia sin dañarlo. Medem es experto en manejar el inconsciente e incorporar -a su cine, a su lenguaje- las imágenes de esa inmensa cavidad que es la psique sin separarlas del transcurso de la vida cotidiana, sus símbolos, oníricos quizá, los tiene como todos nosotros sin necesidad de que nos aparezcan durante el sueño, y ese lirismo real caracteriza su delicada poesía.
Por ponerle alguna pega, intuitiva por mi parte ya que no tengo fundamento en el que basarme, diría que el desenlace tal vez se prolonga en exceso y por ello pierde el ritmo de la bella composición. En mi opinión subjetiva, el karaoke sobra, (y no precisamente por la voz de Asier Etxeandía que es prodigiosa y llena de matices, y merece lucirse, y la canción en fuga de infinitivos -una versión que mejora la original de Nino Bravo- no puede ser más bonita pero tal vez redunde ya que se va a repetir en el cierre), la nana final no, cantada en susurro a tres voces masculinas, la de Arturo, Julián, y el hijo es la desembocadura perfecta en un guion-río que te lleva hasta ese mar.
Supongo que alguna variante en el texto le fue concedida a Penélope dado que produjo junto a Julio Medem. La admira como actriz y es muy flexible con los actores, pero el oficio de cada cual debe estar parcelado para que toda la maquinaria funcione y el director es él y muy brillante, por cierto. Vaya por delante que mi observación es una pequeñez sin importancia.
Me encantó el contraste de las casas, la primera hablaba de que era más el hogar de su ex marido que el de Magda, la que comparte con Arturo después es el fiel reflejo de ella.
Si me pidieran que eligiese como favorita una escena, escogería la de la celebración de los goles, cuando ella está completamente sola y se asoma por el balcón para compartir la alegría, resulta de una ternura irrepetible gracias a esos matices que sólo tienen las actrices y actores muy grandes.
Las imágenes del frío de los "desiertos" helados -una constante en su cine- con los que Medem representa la soledad y el desamor me parecen fascinadoras.
Ma ma es una película optimista que marca un camino posible, al fin y al cabo, La Vida, para serlo con mayúsculas, no depende de su duración, así que no entiendo por qué está más valorado el peso del pesimismo cuando lo difícil es tener una actitud valerosa y marcharte habiendo creado el rastro, la estela, el camino que te trasciende.

Un abrazo
Pili Zori

VIVIR SIN PARAR, película de Kilian Riedhof


Extraordinaria película alemana que suscita un debate ineludible y lo hace con el celofán que la comedia otorga a las verdades duras, y con la intención de que no torzamos el rostro para mirar hacia otro lado.
Vaya por delante que el largometraje es precioso, emotivo y agradabilísimo de ver.
Imagino que para algunos críticos la película resultará algo edulcorada, aunque me temo que la actitud de rechazo también esconderá ese afán de soslayar lo que de forma inmadura no queremos mirar de frente, pero todos envejeceremos y con esconder la cabeza como el avestruz no vamos a solucionar el inexorable paso del tiempo esperando que como maravilloso maná caiga del cielo el arsenal de lucidez y salud que haga que nos vayamos con dignísima dulzura como si hubiésemos apretado el botón de off.
El filme al menos se esfuerza por subrayar lo que sí y lo que no es apropiado, y lo hace con una didáctica tan sencilla como la de Epi y Blas en Barrio Sésamo. Como decían los antiguos "hasta el rabo todo es toro" y el respeto debe estar garantizado, ayudar no da derecho a mangonear ni familiar ni institucionalmente, los ritmos y los tiempos de comprensión varían con la edad y ya sabemos que la paciencia es la madre de la ciencia.
Tal y como se ha concebido el mundo de hoy es inevitable el doloroso conflicto de intereses generacionales entre "jóvenes productivos" y "ancianos invisibles" pero con el sentimiento de culpa y el subrayador amarillo que señale injustamente el egoísmo familiar, cuando en realidad la ingratitud es social no arreglamos nada, al menos la película va señalando en qué puntos se hallan los errores, ni la cabezonería del mayor creyendo que no lo es, ni el adocenamiento institucional que se permite pensar por ti sin preguntarte sin observarte, sin escuchar.

La pandemia ha sacado a la luz muchas carencias y hay que ponerse a hablar para solucionarlas entre todos, y en primer lugar -y mucho antes que la intendencia sanitaria, alimenticia e higiénica- yo colocaría los sentimientos porque como he dicho otras veces son los que guían, ellos nos llevan a las urnas, a elegir amor, estudios, a tomar decisiones... La gente tenga la edad que tenga, se enamora, necesita en cualquier lugar tener sentido de pertenencia, mantiene aspiraciones, sueños que no son delirios ni chaladuras, desea dejar logros de su paso por la tierra -considerarlos grandes o pequeños, naturalmente es subjetivo, pero lo que sí es objetivo es que en esa etapa de la existencia ya hemos hecho senda y aunque sólo seamos telón de fondo a esas alturas formamos parte de la historia-. Y sí, tan sólo en esta fase de la vida voy a admitir como apropiada la frase de "Usted no sabe quién soy yo".
Lo que no merecemos las personas en ese último tramo es tener incertidumbres y miedos apenas expresados para nosotros mismos con la silenciosa exclamación -para no molestar- de "¡Qué va a ser de mí!". Tenemos derecho a saber en todos los supuestos preventivos qué va a ser de nosotros y eso es prioritario porque nos va a tocar a todos.
Es un gustazo ver correr a este actor tan mayor y sobrehumano.
No pongo la ficha técnica porque ya la veréis en los títulos de crédito, no sé alemán y me cuesta un deletreo insufrible escribir los nombres.
Deseo que os guste, es muy bonita. La emite Amazón Prime.
Un abrazo
Pili Zori

CUADERNO DE NOTAS: El odio


Pienso en las personas que tiran la piedra y también se ponen la venda, y me hastío, y si acaso estoy entre ellas sin ser consciente pues también me harto de mí.
Unos dicen que el odio proviene de los otros y los otros de los unos. Y ahí me tenéis con el desbroce para arbitrar en soledad utilizando las pocas neuronas que todavía no me patinan con tanto bufido y desgaste de armas arrojadizas, porque el ruido es agobiante y aturdidor.
A ver, -me pregunto- ¿se ha perdido la pieza que nos servía para distinguir en el examen de conciencia cuándo tenemos o no razón?, o ese examen ya no se hace y no me he enterado. No sé si continúa siendo importante conocer el detalle de quién o quiénes comienzan la pelea, porque si todos alegan que se defienden ¿dónde está quien ataca?, sin duda alguien miente, y la balanza para medir el peso del daño ¿quién la tiene? porque los agravios no están siendo equivalentes, y que el sol no se puede tapar con un dedo queda claro, no es lo mismo matar a un mosquito a cañonazos que una lucha entre dos rinocerontes (perdón por utilizar tanto lugar común).
Aquéllos están con la pataleta y el mal perder, pero si todavía faltan años para unas nuevas elecciones, no sé a qué ton ni a que son viene un ensayo tan anticipado ¿o es que sólo saben hacer eso y confían en la reiteración venga y dale, venga y dale, hasta que caiga el árbol? Y los otros con tanta lupa bajo los rayos del sol llenitos de ampollas y así no se puede, también hay diferencia entre pecas y lunares y todos sabemos verla ¿o nos hemos vuelto lelos de repente?
De modo que como los conflictos sólo se resuelven bien en las películas y no estoy hecha para argumentos con trampa ni para los malabares verbales, seguiré dando la razón a quien creo que la tiene porque en mi derecho de opinar en una urna estoy aunque sea subjetivamente, y como no me gustan las pandas de abusones ni el "A por ellos oé", ni el cuerpo a cuerpo, ni los campos de batalla, ni las cóleras contenidas o explotadas, ni las soberbias ni las iras, ni las filias ni las fobias a ultranza pues fuera auriculares porque a palabras necias oídos sordos, no creo que porque me aparte de la bulla las tertulias cambien, ni mejoren el nivel o se llenen de intelectuales pero...
Me voy a dedicar a leer el Boletín Oficial del Estado y ya sacaré mis conclusiones, y hasta aquí, porque estoy hasta las narices y eso que las llevo tapadas, y no me merezco estar así.
Os dejo como regalo un fragmento del poema Odios de Mario Benedetti:

Ya no nos queda tiempo para el odio
ni para la tirria o el desdén
los odiantes se roen a sí mismos
y mueren de metástasis de odios
es natural que los odiantes
se transformen a veces en odiosos
sin embargo no es aconsejable
odiar a los odiosos ex odiantes
ya que aquel pobre que desciende a odiar
nunca saldrá del pozo de los odios.

Un abrazo.