"Chesil Beach", de IAN McEWAN

Tengo muchos deseos de compartir con vosotros y con mi Club de Lectura las impresiones que me ha suscitado esta bellísima y arriesgada novela.
Tras el clamoroso éxito de Expiación, (extraordinaria epopeya, del mismo autor, que fue adaptada al cine con fidelidad minuciosa y obtuvo muy buena acogida por la crítica y los espectadores y que ya comenté en otra entrada de este blog), McEwan cambia por completo de registro y se atreve a condensarse en un pequeño espacio de intimidad para el que, hasta esta novela, no se habían encontrado las palabras.
Florence y Edward, dos jóvenes de apenas 20 años se conocen en una manifestación en contra de las armas nucleares. Ambos provienen de mundos distintos: ella, urbana y perteneciente a una familia acomodada de clase media alta, con padre de gran éxito en los negocios y madre de prestigiosa docencia en la facultad. Y él, rural y de clase media baja. Su padre es maestro y su madre, tras un inesperado accidente vive sumida en su pequeña nube de creatividad caótica.
En casa de Florence se desayuna yogourt y se degustan comidas exóticas, en la de Edward rara vez se hacen las camas o se limpian los baños.
Ambos mundos confluyen en la universidad, espejismo de territorio igualador. Violinista ella y estudiante de historia él.
Vírgenes e inocentes llegan al matrimonio tras un razonable cortejo de pequeños escarceos amorosos que nunca han culminado en una relación sexual completa.
Estamos en la Inglaterra de 1962. Y de ahí parte la novela.

Todos los segundos, minutos y largas horas que contiene una sola noche, la noche de bodas; toda la tensión, toda la zozobra, transcurren en la habitación de un hotel situado en la playa de Chesil Beach, ése es el escenario. Todo un mundo invisible se concentra para destilarse en un acto fallido.
Lo que allí sucede dibuja la frontera entre un tiempo de reminiscencias todavía victorianas que se acaba frente al nuevo y rompedor que necesariamente adviene.
Como el libro nos anuncia en su contraportada aún no había aparecido el primer LP de los Beatles y “El amante de Lady Chatterley” todavía estaba prohibido.

Decía en renglones anteriores que es un libro muy audaz porque la profundidad a la que bucea para extraer los pensamientos y palabras secretos de un tiempo en el que hablar de intimidad y sexualidad era impensable, choca con la incontinencia verbal, en algunos casos, de hoy; de hecho enseguida se pone de manifiesto la edad de los lectores, y es muy significativo lo lejos que les queda esta historia a los nacidos en los años setenta y ochenta del siglo xx.
El autor es valiente porque hay que tomarle la medida exacta al tono para no caer por la pendiente de comicidad con la que en aquellos años se paliaba en España, sin ir más lejos, el desconocimiento, la inexperiencia y falta de comunicación que aterrorizaron a más de una novia, que por decreto ley y en una sola noche había de pasar de casta y pura a tener licencia para todo lo que anteriormente se le había vendido como indecencia. Pero en todos esos chistes gruesos y anecdóticos se mencionaban los hechos, pero nunca los sentimientos, pensamientos y consecuencias futuras de esas parejas de cuerpos sin confianza.
Al igual que en Expiación en Chesil Beach hay constantes alrededor de las que giran nubes oscuras: como la madre ausente por las migrañas y al mismo tiempo tan presente, o como la insinuación de abuso que como una sombra se cierne en ambas novelas para dar atisbos de explicación: esos “quizá” que el autor le deja al lector por si quiere recogerlos, pero que nunca suponen una salida clara y justificadora. Así la frigidez puntual de Florence, no tiene por qué ser necesariamente atribuible a una patología basada en el trauma. Sería una solución sencilla que el autor no quiere, por eso lo deja en velada añadidura, y ya se ocupa muy bien McEwan de abrirnos el abanico de complejidad con todos sus ingredientes, y le da la palabra a Edward para que sea él, el propio protagonista, pasados los años el que nos diga con sus pensamientos que habría sido fácil resolver de haber sabido:
Ahora, por supuesto, veía que la propuesta retraída de Florence era totalmente intrascendente. Lo único que ella había necesitado era la certeza de que él la amaba y la tranquilidad de que él le hubiera dicho que no había prisa porque tenían toda la vida por delante. Con amor y paciencia -ojalá hubiera él tenido las dos cosas a un tiempo- sin duda los dos habrían salido adelante”.

La novela está escrita con una maestría inusitada en clave de contrapunto, con todas las evocaciones que en forma de melodía nos van dando cuenta de las vidas de los protagonistas y de sus leit motiv, dejándonos un regusto de ternura y conmiseración por ellos y por tantos amores truncados por cadenas invisibles, por falta de pericia, por cerrazón impuesta… que más adelante mirarían con envidia la apertura de candados de la generación posterior.
Esperemos que el mal uso de la libertad conquistada no dé como resultado el efecto contrario: que bajo el sexo libre se enmascare el miedo al compromiso y que los cuerpos técnicamente experimentados no se conviertan en un muro infranqueable que no deje paso hacia el alma.
Y es que como el autor nos indica, nunca fue fácil mostrar la intimidad.
Tengo muchas ganas de ver a mis compañeros para que me regalen sus opiniones.
Comenzamos la temporada con Chesil Beach, de Ian McEwan, seguiremos con El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda, y ya con los motores calientes nos adentraremos en Nasmiya, de Adelaida García Morales para explorar cómo afronta los celos y la poligamia una occidental convertida en musulmana.
Si te animas… la propuesta es atractiva.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro

Pili Zori

"No siempre ganan los buenos", de NACHO GUIRADO

En literatura es arriesgado clasificar por géneros, porque en esta vida de prisas y etiquetas se puede ahuyentar al lector, excluyéndole de unos lugares o embaucándole para que elija otros, y en esta aventura, que tanto tiene de descubrimiento, es contraproducente que al lector se le quiera marcar el paso.
Como en alguna otra ocasión ya he dicho en este mismo blog, definir a las novelas como históricas, románticas, policiacas…, sólo es una forma de colocar el producto en los anaqueles para facilitar la labor de editores, libreros y bibliotecarios. Pero la buena literatura es eso: buena literatura. Y “No siempre ganan los buenos” lo es con mayúsculas.
Una vez hecha la aclaración os diré que podéis encontrarla en el sector de novela negra, junto a las de otros grandes como Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Chester Himes, Jim Thompson, Ross McDonald, Patricia Highsmith, Georgio Scerbanenco, Juan Madrid
La estantería que alberga novelas negras siempre es un espacio de respeto, respeto ganado a pulso por método y por intención. Así que ahora sí, ahora ya podemos decir “género de novela negra” sabiendo lo que decimos y descubriéndonos al hacerlo.
Este género es valiente y un espejo en el que no nos gusta mirarnos porque fotografía las enfermedades sociales y nos pide cuentas.
Más que un género yo diría que es una especialidad que requiere tener preparados antes de comenzar planes, pautas y mucha documentación, porque tan importante es el contenido como el continente.
La novela negra siempre ha sido un tirón de manta que llegó a poner nerviosos a los gobernantes y a los poderes fácticos estadounidenses de las primeras décadas del siglo XX. Bajo la manta se esconde la podredumbre y el autor que emprende un ejercicio de estas características sabe que la va a levantar.
Este tipo de novela, a diferencia de otros tiene que estar sometido a normas precisas, tan exactas como un mecanismo de relojería y Nacho Guirado las cumple a la perfección, pero podría darse el caso de que Guirado fuera impecable con el método pero mediocre con el arte, nada más lejos.
Este joven escritor tiene una voz muy personal e inconfundible que sella su estilo. Su extraordinaria prosa y su riquísimo lenguaje caminan siempre al servicio de la historia, frase corta y contundente, adjetivo exacto, ritmo fluido…, no hace alardes, ni es pretencioso, -rasgo que no hay que confundir con la simplicidad-, que un libro sea fácil de leer significa que ha sido muy difícil de escribir porque el autor ha cribado hasta dejar sólo lo valioso y brillante y después ha probado a engarzar esas magníficas pepitas de diversas maneras hasta hallar la composición más hermosa que encaje y armonice con el tipo de historia que quiere contar.
La fuerza visual de la novela es cinematográfica, sin que ello signifique que el autor abandone en ningún momento el lenguaje literario, hay permiso para la contaminación, pero no es el caso. Los personajes están muy bien construidos, con las pinceladas exactas: el arte de decir lo máximo en lo mínimo. La mirada que el autor vierte sobre ellos es dura y pesimista, no salva a nadie. Porque Villalba es honesto en su trabajo, pero no en su vida privada.
El aislamiento y la incomunicación son la música de fondo de esta truculenta historia.
La banalidad, la avaricia y los bajos instintos crean monstruos y Amparo es la consecuencia.
Entre las líneas se adivina la preocupación del autor, y la valentía de su mirada frontal está sostenida por la conmiseración.
No siempre ganan los buenos” es un grito de advertencia.

La novela gustó mucho, y a pesar de su crudeza todos los compañeros del club recordaron que la realidad supera con creces a la ficción y que Amparo es un resultado similar a los de las noticias y sucesos que sufrimos a diario, al menos este libro indaga en los motivos y completa la información que nos falta.
El club se va de vacaciones hasta octubre, pero yo seguiré dejando cosillas por aquí. Adoro vuestra compañía.

Pili Zori

"El enigma", de JOSEFINA ALDECOA

Josefina Rodríguez Álvarez, ése es el verdadero nombre de esta escritora que formó parte de la generación literaria de los 50 del siglo XX y que al enviudar quiso imprimir para siempre el apellido de su esposo, el escritor Ignacio Aldecoa, en su obra, tal vez para eternizar así el vínculo y la compañía durante todo su periplo literario y vital. Así fue como Álvarez se sustituyó por Aldecoa en la firma y rúbrica de Josefina. Cuando él murió la autora dejó de escribir durante diez años.
En El enigma, novela contemporánea de contenido amoroso, nos plantea, una vez más, cómo nos marca la educación, -en nuestro país hace muy pocos años que chicos y chicas estudian juntos desde la infancia-, y para la autora la coeducación es importante, no en vano ha sido y será por siempre su compromiso: Josefina proviene de familia de maestros, su abuela y su madre lo fueron, y ella creó y dirigió el colegio Estilo, un extraordinario experimento humanista basado en las teorías krausistas que nutrieron la Institución Libre de Enseñanza en España, de hecho, Josefina se doctoró en pedagogía con la tesis “El arte y el niño” que se publicaría en 1960.
La novela El enigma es una historia de amor, y es precisamente ahí donde Josefina Aldecoa hace mayor hincapié con respecto a la educación recibida: como en un juego de muñecas rusas, la autora emprende la novela para someter a estudio a la pareja, y a su vez, Teresa, la protagonista, está trabajando en un ensayo sobre las relaciones entre hombres y mujeres.
Daniel Rivera vive atrapado en un matrimonio sin amor: relación convencional, como tantas, sumida en el engaño y la costumbre. El “caprichoso” destino hará que un contrato temporal, para dar clases en una universidad de los EE UU, le conduzca hasta Teresa.
Daniel se crió y desarrolló en España durante el franquismo, Teresa, hija de exiliados, creció en los Estados Unidos, el contraste está servido.
A Berta, la esposa la conocemos a través de las llamadas telefónicas.

Entramos en el debate:
Uno de los compañeros del club, hizo una drástica crítica en su primera intervención, “La buena, el cobarde y la mala” –exclamó-, “no me gusta el planteamiento tan maniqueo y tan de vodevil.”
Observé a través de las opiniones que había elementos dentro del libro que suscitaban rechazo, eso siempre es buena señal porque indica que sus páginas no te dejan fuera, trascienden y nos remueven.
Otras compañeras intentaron defender y justificar, con bastante pasión, parcelas del personaje de Berta… A todos les pedí, incluyéndome, naturalmente, que intentásemos no proyectarnos, estábamos viendo enfoques diferentes al de costumbre en literatura: el de el personaje que forma el vértice triangular, en este caso “la de fuera”, “la que se mete en medio”, y el del “infiel”. Lo explico con cierto tono de sorna autocrítico, porque es la expresión de alerta que nos hace sacar y afilar las uñas del instinto conservador, ya que en el club abundan las parejas de larga duración, y entre los muchos temas importantes que plantea el libro también se encuentra el mensaje subliminal de que no hay que tumbarse a la bartola, que la alfombra del amor hay que sacudirla de vez en cuando para quitarle las pelusas, que los sentimientos evolucionan.
A partir de ahí otra compañera matizó: “Pero ¿Berta quiere a Daniel? Es que ese es el quid”. Llevaba razón: No se trata estar jugando a las casitas y a ver quién la tiene más grande y lujosa para ganar en la exhibición, está bien y es lícito luchar por un patrimonio en común y hasta enorgullecerse de ello, pero sin olvidar que no es el fin sino una de sus consecuencias.
Proseguimos y estuvimos debatiendo durante un buen rato sobre qué era estar enamorado, y puntualizamos acerca de la diferencia que se establecía entre amar a alguien en concreto, o a la vida que nos proporciona.

Exploramos en las razones que hacen que una pareja sin amor se mantenga, hubo testimonios al respecto muy generosos de compañeros separados y divorciados. También invertimos bastante tiempo en calibrar quién sufría más ¿el que abandona, o el abandonado?, ahí el club subió de temperatura porque el argumento de la compañera que hablaba tenía el añadido doloroso de que se estaba refiriendo a su hijo, y ya se sabe que esos daños los hijos los superan, pero a los padres se les queda una herida de impotente resentimiento, agradecimos el valioso y confidencial regalo.
En cuanto a si era necesaria la afinidad cultural e intelectual para emparejarse y quererse se llegó a la rotunda conclusión de que no, ya que si fuera así también estaríamos hablando de búsqueda de conveniencias tan peyorativas y prosaicas como las económicas, y de algo todavía peor: el pretencioso elitismo y el barniz social malentendido como prestigio, y ninguno de esos ingredientes sirve para darle cuerda al amor que pertenece al terreno de lo íntimo y de lo íntegro.
En la novela se reitera la expresión “superior” refiriéndose a personas, y aunque la autora, en alguna entrevista, aclara que la superioridad de la que habla se dirige a la categoría humana y por lo tanto a su dignidad, en el club no gustó. Nadie es superior a nadie, ni siquiera por el equipaje cultural. La educación y la cultura sirven para comprender mejor la vida no para situarte por encima de los demás.

En otro apartado, tratamos de no confundir llevarse bien con amarse, e intentamos averiguar hasta dónde las discusiones son comunicación, malas formas, o maltrato, ya que los temperamentos y escalas de valores son variados, y las fronteras difíciles de establecer.
También le dimos vueltas a la dignidad, tan presente en todas las páginas como música de fondo, y a cómo no hay que perderla aunque se ame mucho, pero nada de lo humano nos es ajeno y todos comprendíamos el patetismo al que se puede llegar en un periodo de transición hasta que se asume que lo que no tiene arreglo no lo tiene y que no se retiene al ser amado a la fuerza, ni se debe usar el chantaje emocional ni ninguna otra forma de presión ya sea burda o sutil.
Concluimos que seguía siendo un enigma el por qué unas parejas funcionaban y otras no. “Quizá porque hay un yo interior genuino y sincero que sí se conoce hasta el último fondo y sabe con certeza lo que siente y lo que quiere, pero ese yo no se comparte.” Ese fue el broche con el que cerró la última sesión una de las compañeras más reflexivas de nuestro club.

No sé qué le parecería a la autora esta prolongación en forma de epílogo que un sector de sus lectores hicimos, también es un enigma la literatura como herramienta. En cualquier caso creo que le resultaría grato el uso que le hemos dado a su hermoso trabajo.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que habremos leído “No siempre ganan los buenos”, de Nacho Guirado el ganador del Premio de literatura de Guadalajara del 2005.

Pili Zori

"Espejo roto", de Mercè Rodoreda

A veces sucede en el club que el libro que acabamos de leer, en nuestro interior no se cierra, y entonces el nuevo queda bajo su estela. Con algunas novelas necesitaríamos un tiempo de reposo para el sedimento anímico, y eso es lo que me sucedió tras leer con mis compañeros y por segunda vez Tokio Blues.
Desde hace ya algún tiempo me resulta imposible realizar una lectura previa, solicito a la Biblioteca Pública de Guadalajara unos cuantos títulos del depósito de ejemplares múltiples -ya que hay muchos clubes y puede dar la casualidad de que el que pido esté prestado- y comienzo a leerlo a la vez que mis compañeros. En otras épocas probaba y adelantaba lecturas durante el verano.
Espejo roto, una vez leído, ha gustado mucho, aunque como ya sabéis cada semana ponemos en común cien páginas, y en las dos primeras sesiones hubo diversidad de criterios: excesivamente descriptivo- decían unos- otros se quejaron de sus compartimentos y de la sensación de novela por entregas heredada del XIX…, pero una vez que llegamos al final en el debate de la última sesión y con la visión global de la lectura completa sintieron su unidad y como encajaban todas las piezas.
Los debates como siempre fueron apasionados, los hechos iban y venían trasladándose desde el universo de la novela al de la “realidad”, mis compañeros buscaban equivalencias y también diferencias. Les gustó el retrato fidedigno de ese tiempo que comienza a principios del siglo XX y que llega hasta la guerra civil española, y se analizó en profundidad la forma de vida de la alta burguesía barcelonesa de entonces, clase dominante que imponía sus valores y encubría bajo insondables capas de hipocresía sus “deslices” anteponiendo el status a los sentimientos. De inmediato enlazamos con otras novelas leídas en club, que quedaron reseñadas en este blog y que podéis buscar si os apetece, como Los niños, de Edith Warton, y La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Comparamos a Teresa Goday, de Espejo roto, con Onofre Bouvila, de La ciudad de los prodigios, por la similitud de sus conductas arribistas -ambos son escaladores sociales natos sin muchos escrúpulos- y quisimos subrayar la semejanza para no caer en la tentación de dar un tratamiento distinto a Teresa por ser mujer, alegando la supervivencia como eximente.
Las novelas de Mercè Rodoreda siempre son narradas en torno a un personaje femenino de forma autobiográfica, como el de Colometa en La plaza del diamante. Para Espejo roto –libro escrito por la autora en la madurez- cambió de estilo y construyó un relato coral que está contado bajo puntos de vista muy distintos, y optó por los compartimentos para que el lector encontrase, dentro del mismo universo, los distintos mundos que habitan en él, así vemos el “arriba y abajo” de señores y criados, y el complejo y singular espacio de los niños en el que confluirán sin remedio y de forma trágica las consecuencias y resultados de las decisiones adultas.
La potencia de la novela para mí se encuentra en la inquietante atmósfera que la autora logra crear: durante la primera parte nos va presentando a los personajes en el exterior, desde las deslumbrantes luces y los oropeles de la superficie social -los conocemos por fuera y observamos como son vistos en su contexto- en la segunda, cuando los Valldaura adquieren la mansión, la luz se va oscureciendo en forma de embudo hasta llegar a la penumbra. Contemplamos durante unos instantes la imagen estática del matrimonio frente al porche con columnas de mármol rosa y junto a ellos nos adentramos en la casa para conocer los entresijos de sus almas y los de su endogámico mundo: la casa es un ser vivo que la autora utiliza para que de forma simbólica y a través de sus transformaciones entendamos el ‘esplendor’ y el declive de toda una clase social con su escala de valores incluida.
No en vano Mercè Rodoreda fue comparada con Virginia Woolf por su capacidad descriptiva y por el simbolismo, así vemos cómo una rata anuncia el fin; cómo una tórtola de garganta pintada se coloca en el alfeizar de la ventana portando el mal agüero de la tragedia; cómo la perla que rueda nos indica la muerte... Si además añadimos la multitud de poderosas imágenes que traslada a los objetos el significado de los sentimientos, para que estos los expliquen -la plata enterrada bajo las basuras; la biblioteca descendiendo al sótano; las joyas cosidas en la ropa interior para que huyan junto a su dueña; la criada enseñoreándose con los suntuosos vestidos de Sofía durante su larga ausencia; el cheque arrugado en el bolsillo del hijo a cambio del amor no recibido…- nos encontramos con una magnífica simbiosis en la que objetos personas y ambiente nos envían y conducen hacia un mismo mensaje.
La novela, a mi juicio, es una novela ideológica y de intenciones, en la que nadie se salva porque lo que se pone en cuestión es una forma de vida ociosa e improductiva y por lo tanto parásita. En ese punto muchos compañeros discreparon, ellos sí redimían a Armanda, el personaje al que Rodoreda le encarga el desenlace: la fiel ama de llaves intenta en vano salvar los restos del naufragio, no para ella sino para sus señores. Creo que es una imagen de servidumbre continuista que se explica por sí misma.
En los coloquios repasamos personaje a personaje, como hacemos siempre, y es lógico que Armanda obtenga el cariño del lector, porque su ausencia de resentimiento y su nobleza comparados con los rasgos egoístas y mezquinos de los otros la hacen más salvable, pero sinceramente pienso que la escritora no deja títere con cabeza y arrasa con todo en un intento de demostrar la caducidad de lo superfluo.
No suelo poner al principio de estas entradas la sinopsis del libro porque lo que quiero entregar no es un atajo, sino la prolongación de los debates del club tras la lectura de las novelas, el contagio. Pero conociendo un poco la biografía de la autora podemos escarbar en su magma para descubrir todo lo que consciente o inconscientemente ha prestado de sí misma a la novela. Mercè Rodoreda fue hija única, su infancia estuvo marcada por la fascinación que sentía hacia su abuelo materno, él fue quien le inculcó el ferviente catalanismo del que siempre hizo gala, con su muerte también murieron las expectativas culturales de la nieta, Mercè tuvo que ponerse a coser para la calle, como se decía entonces. A los 13 años fue prometida a un tío suyo que se había enriquecido en Argentina y la pidió a cambio del apoyo económico a la familia. Para que su enlace fuera posible se solicitó la dispensa al Papa, y a los 20 años Mercè Rodoreda contraía matrimonio con un hombre mayor al que no amaba, con él tuvo un único hijo que más adelante padecería una grave enfermedad mental.
A diferencia de sus personajes, en 1937 Mercè rompe abiertamente su matrimonio y se separa de su marido, pero al igual que las protagonistas de sus novelas, tuvo que sortear muchos prejuicios e imposiciones sociales, porque más adelante se enamoraría de un hombre casado, Armand Obiols, un crítico literario más conocido por el sobrenombre de Joan Prat.
Rodoreda es un ejemplo de superación: a pesar de todas las dificultades y durante ellas, incluido el tiempo en el que estuvo con su marido, estudia hasta llegar a colaborar en diversas publicaciones, y crea sendas novelas que después destruiría por considerarlas trabajos de principiante. De esa época de su vida sólo salva Aloma aunque la reescribirá de punta a cabo. En el inicio de la guerra civil trabaja para el comisariado de propaganda de la Generalitat. Creyendo que el exilio duraría poco deja a su hijo con el padre, pero en París tiene que volver a huir por la llegada del nazismo así que desde Burdeos se traslada a Ginebra y ahí se instala con su compañero sentimental. En esa estancia nace La plaza del diamante.

Tras expresar lo anteriormente escrito, van a resultar extrañas mis objeciones finales, pero os puedo asegurar que no entran en contradicción.
Si consideramos que todas las novelas que el equipo de dirección de la Biblioteca Pública de Guadalajara escoge para los clubes ya llevan garantizado un sello de calidad literaria, daremos por hecho que ninguna va a ser descalificada, pero sí diremos que hay diferentes gustos, sensibilidades y niveles de exigencia. Y en el derecho de hacer mía la experiencia diré que Espejo roto no me ha llenado del todo, y siempre me siento mal cuando me sucede con autores tan estudiados como Mercè Rodoreda, de tanto prestigio personal y literario. Pero la traducción deja mucho que desear, aunque aclaro que no conozco el original, y vuelvo a repetir como en otras ocasiones ya he hecho, que un traductor debería ser escritor, o como mínimo un lector avezado, no hace falta ir a Harvard para evitar soniquetes y repeticiones que el autor jamás pondría en un mismo renglón, como: tenía ganas de beber una bebida -y a continuación- y se bebió el champán, (es un ejemplo aproximado porque no tengo el libro delante, pero hay bastantes frases parecidas), y sé que va a sonar a barbaridad lo que voy a exponer, pero mucha gente confunde las faltas de ortografía con lo que estoy diciendo, una falta de ortografía es absolutamente perdonable, se le pasa el corrector y listo, todas las personas que escriben muchísimo las tienen, son lapsus debidos a la cantidad de veces que transformas o pules una frase, pensando a la vez en la palabra 'desechar' o en la de 'deshacer' se te puede trastocar la h y quedarse tan ancha en 'deshechar' -tal vez sea un poco exagerado, pero así se entiende mejor lo que intento decir- y eso ocurre aunque se conozcan las reglas ortográficas a la perfección, precisamente porque dejas en piloto automático la lectura. Cuando creas, oyes y ves, no lees, eso viene luego. Lo que es imperdonable sin embargo es que con el rico lenguaje que tenemos un traductor le destroce la musicalidad y el ritmo a un relato.
Pero con independencia de la traducción, la novela me ha parecido superficial, un buen documento, eso sí, pero a mí me ha sonado más a los ecos de sociedad de cualquier época con chismorreo incluido que a literatura en sí. Además le faltan huellas y rastros que indiquen lo que va a venir, a veces resuelve de pronto sin haber anunciado, como cuando Sofía le dice a su hijo Ramón que ha estado buscándolo y el lector se pregunta cuándo y cómo. El lenguaje coloquial está bien para los diálogos y la forma de hablar de cada personaje, pero el del narrador omnisciente ha de ser impecable, (ya sabéis que el narrador omnisciente es una herramienta, una entidad dentro de la historia, diferente del escritor –persona física y real- que le crea). E impecable no significa rebuscado ni está reñido con elegir un lenguaje sencillo. En fin, como ya he dicho lo paso mal, pero el club de lectura se creó para el desarrollo personal y literario y está bien que de vez en cuando pasemos la criba aún a riesgo de caer en manías personales y subjetivas. Pero al igual que en música no es lo mismo Mozart que otros, o Eric Clapton que otros, en literatura también ocurre.

Hasta el próximo encuentro en el que habremos leído El enigma, de Josefina Aldecoa. A ver qué tal.

Un abrazo

Pili Zori.

Una de cine: "GRAN TORINO", de Clint Eastwood

AVISO: no sigáis leyendo si aún no habéis visto la película porque desvelaré el desenlace, pero me alegrará mucho que volváis aquí después, gracias.

PEQUEÑA SINOPSIS
Una familia de inmigrantes de origen coreano se muda a la casa que linda con la de Walt Kowalski , un veterano de la guerra de Corea, la paradoja ya está servida, con su llegada afloran los viejos prejuicios, Walt considera bárbaros a todos los orientales y ya no entiende su mundo ni su descuidado barrio lleno de pandilleros. Un día sorprende a su vecino adolescente robando su máximo orgullo, el Gran Torino del 72, lo que no sabe es bajo qué presión y amenaza estaba siendo obligado el muchacho a cometer el robo que iba a servir como bautizo iniciático. El rifle de Walt, siempre limpio y dispuesto, espanta a los delincuentes. La familia de Thao, en agradecimiento, le colmará de agasajos haciendo caso omiso a su rechazo, y obligará al hijo a compensarle pidiéndole que realice trabajos caseros para él, a partir de ese momento Walt Kowalski se empeñará en reformar al chico, mientras sus propios hijos, superficiales e inmaduros, intentan llevarle a un asilo.

GRAN TORINO es el legado más hermoso y rotundo de Clint Eastwood: La vida corrigiéndose a sí misma.
Me limitaré a hablar del final.
Y es que el sorprendente final de esta obra de arte añade un nuevo giro de perfección a la tragedia griega porque Eastwood consigue, con el elemento redentor y expiatorio, la trascendencia.
Vemos como Walt Kowalski, el protagonista, termina de leer los informes médicos, escena que enlazaremos con la del confesionario. El veterano de guerra se confiesa como si cumpliera con un trámite tras toda una vida sin frecuentar la iglesia, -aunque recientemente haya compartido disertaciones morales y éticas con el joven sacerdote, el padre Janovich, a raíz de la muerte de su esposa. Ella sí acudía al templo y honraba al religioso con su amistad-, pero Walt, a Janovich, no le habla de Corea.
Esa confesión la reserva para Thao Lor, su querido adolescente que sediento de venganza, por el daño que ha recibido su hermana en su lugar y por su causa, le pregunta envuelto en lágrimas que qué se siente al matar. Es a él, a ese joven que está a punto de cruzar al mundo adulto, al que Kowalski sí responde, (no citaré textualmente, en la sala de cine no se pueden tomar notas, así que perdonadme, porque la película es una poesía construida con música, imágenes y palabras escogidas al milímetro que mi mala memoria va a destrozar, soy de las que opinan que junto a la entrada deberían ofertarnos el guión editado, yo desde luego los coleccionaría al igual que los libros de teatro), en esencia dice así:
-“¿Que qué se siente cuando muerto de miedo te das cuenta de que acabas de asesinar a un niño indefenso y encima te condecoran por ello?

A ese muchacho, Walt le dará su corazón y su medalla para que el mundo se ponga en orden, y con ellos la última entrega de su legado, su lección más poderosa: la de presentarse ante los delincuentes de la banda desarmado, para obtener así su merecida eutanasia y conseguir de paso que la ley los lleve a la cárcel dejándole claro, de ese modo, a Thao su mensaje de paz, ya que podría haberse tomado la justicia por su mano pero no ha querido hacerlo. Después, para resarcirle le deja en su testamento el precioso coche, el Gran Torino, por el que en su lugar pagó tan alto y cobarde precio Sue Lor, su maravillosa hermana, que actúa desde el principio como enlace intercultural lleno de ternura socarrona y comprensión para con los defectos xenófobos de ambos mundos. Ella representa el nuevo. Eastwood construye personajes inolvidables, desde dentro hacia fuera.
Nos dice que el máximo aprendizaje puede llegar en el último tramo de la vida que según él siempre está dispuesta a regalar oportunidades que te permitan arreglar tus asuntos y cerrar los círculos. Entre los fotogramas se intuye el poso de su obra y de su vida en una fusión perfecta sin que se delate la biografía.
El film se sostiene sobre una declaración de principios, como el del valor de la educación, por ejemplo, que nada tiene que ver con los modales, es algo más profundo que queda perfectamente reflejado en el trato con sus dos amigos, el barbero y el del taller mecánico. Nos habla del aprecio por el trabajo bien hecho. Nos muestra el verdadero afecto bajo la aparente hosquedad. Eastwood elige la economía en las palabras para decir las justas, las estrictamente necesarias, y cómo no, sitúa a la persona por encima de banderas y creencias. Y eleva el canto al nuevo mundo mestizo, pero no sin ley.
Se puede decir más alto, pero no mejor.
Y pensar que cuando era más joven, me refiero a Clint Eastwood, aunque corregiré con el plural, cuando los dos éramos más jóvenes, no le podía ni ver: con ese gesto arrugado y maloliente como si llevase bajo la nariz un excremento, me parecía chulo, machista, facha… no era capaz de comprender la fascinación que ejercía sobre el mundo masculino aunque me la explicaba por lo fácil: un refrendo de sus privilegios y preponderancia.
Ahora coleccionaría todas sus películas a partir de Los Puentes de Madison. Me conmueve tanto su ética y su estética, lo valiente y valeroso que es, su prisa por dejarlo todo dicho, su honradez… que me pondría todos los sombreros que tengo para rendirle pleitesía una y otra vez.
Muchas gracias Señor Eastwood porque con usted el cine alcanza su sentido.

Hasta el próximo encuentro. En el club estamos leyendo Tokio Blues de Haruki Murakami. Como abrí este blog con un comentario sobre la novela no añadiré nada en esta ocasión para no duplicar entradas, sólo os comentaré que está causando furor, es una novela magnífica y los debates están siendo extraordinarios.
Un abrazo

Pili Zori

"Barrio de Maravillas", de Rosa Chacel

Hemos presentado en el club a Rosa Chacel , -a través de su literatura, se sobreentiende ya que Rosa Chacel murió en 1994-, y nos hemos adentrado en el “Barrio de Maravillas” para acompañar y ver crecer a Elena e Isabel, y ahí estamos mirando a través de sus ojos de estreno la vida de ese tiempo y como lo que en ella acontece impacta en sus conciencias. El próximo miércoles saldremos de la novela por la contraportada y la cerraremos con llave.
La experiencia está siendo plural, con gran variedad de sensaciones y opiniones, algunas incluso antagónicas: a muchos compañeros les está entusiasmando y sin embargo a otros tantos les irrita hasta la exasperación. Pero, como siempre, el encuentro nos ha dado pie a debates cargados de sabiduría y brillantez. Llevamos un cerro de años juntos y sin embargo espero cada miércoles con la ansiosa anticipación de un vampiro sediento porque sé de antemano que al terminar la sesión me iré a casa cargada de sorpresas.

De entrada me apetecía llevar a esta autora al club por su interesante biografía, (aquí en internet hay abundancia de páginas que con rigor y detalle os hablarán de su vida. Pero en este rincón, si me lo permitís, prefiero aprovechar el espacio para transmitir y prolongar las reflexiones que produce la lectura de su obra).
Aunque procuro separar la calidad literaria de los rasgos heroicos de un tiempo de guerra y exilio, cuesta trabajo porque es una aureola hermosa y merecida para toda aquella generación de escritores y artistas de otros gremios que tuvieron que exiliarse, a la que todavía no se le ha pedido perdón y tampoco se le ha dado las gracias, -como nos decía el protagonista de Soldados de Salamina, la magnífica novela de Javier Cercás, aunque en este caso se refería a gente más anónima -. Pero aunque los dolorosos hechos que tuvieron que vivir impregnen de emoción y hondura sus escritos, esculturas, pinturas…, lo justo es que su obra sea valorada sin ese añadido, con la misma escala que se aplica a los autores de tiempo de paz porque con la heroicidad no se puede competir.
Entre dichos artistas se encontraba Timoteo Pérez Rubio, el pintor al que le debemos el lujo de poder contemplar en el Museo del Prado los cuadros de Goya, Velázquez… Pérez Rubio fue el encargado de evacuarlos jugándose la vida. Sin una perra gorda en el bolsillo emprendió el viaje y sin un franco acabó la expedición, mientras su joven esposa huía sola con su hijo de tren en tren y de frontera en frontera esperando el reencuentro. Aquella muchacha que cambió cinceles, martillos y barrenas por palilleros, papel y plumín era Rosa Chacel. Tiempos altruistas en los que siempre había una cama griega, suiza, argentina, mejicana o brasileña dispuesta para albergar a los artistas españoles cuya carrera emergente truncó la guerra civil.

Ultraísta como muchos de los escritores de su generación, Rosa Chacel defendió a ultranza, -perdonad el guiño- una nueva concepción de la novela. Influida por las teorías de Sigmund Freud, coincidente en las intenciones literarias con Marcel Proust y seguidora de las ideas de Ortega y Gasset intentó abrir un camino nuevo apartándose de la novela realista para mostrarnos la conciencia del personaje, y para conseguirlo restó importancia a las descripciones físicas y sentimentales porque su trabajo era de introspección, búsqueda y exploración. Ella pretende la biografía de las ideas a través de la memoria, que nada tiene que ver con la nostalgia, trabaja con los recuerdos y la confesión, de ese modo el pasado y el presente se unen en un solo tiempo interior y los detalles descriptivos se sustituyen por las impresiones. La novela se sigue a través de los pensamientos no de los hechos, es el lector el que añade o mejor dicho deduce lo que falta, el que dibuja los lugares, hila los acontecimientos y se coloca en el tiempo cronológico. Creo que era la primera vez que esta disciplina se aplicaba a la novela, en un tiempo en el que se creía que todo era factible de cambio y transformación a través de las ideas, tiempo de fe en los precursores.
Aun a riesgo de pegar un enorme e inculto patinazo me choca no verla en las listas de autores de la generación del 27, nació en el 98, por tanto… Siempre me duelen los ‘ninguneos’ sobre todo cuando para más inri se hacen sin intención, pero desde la indiferencia y el privilegio masculino más absolutos, ahí tenéis a Maria Teresa León que a pesar de su amplísima obra no es recordada por sí misma sino como la mujer de Alberti, en fin… Me imagino a Rosa Chacel en el Ateneo de Madrid o en el café Granja del Henar junto a otros intelectuales de la época siendo respetada y valorada como uno más, intelectuales hombres que ahora soy yo la que ninguneo a propósito porque sería paradójico que al leer sus nombres se produjera el efecto contrario al que pretendo y la dejara como un satélite que para brillar necesita la luz de los astros. No sé quien tiene la culpa, esa culpa abstracta que nunca se puede concretar porque se diluye en colectivo, pero ella tuvo luz propia tan reluciente como la que descubre Isabel, la pequeña protagonista de “Barrio de Maravillas” al entrar por vez primera en el Museo del Prado y comprender que la luz es la que da forma y volumen a la vida.

Todas las alabanzas anteriormente escritas fueron consideradas en el club y recibieron el valor que tienen en su justa medida: un valor enorme pero externo al de la novela en sí. Recalco externo para que se entienda que no voy a entrar en contradicción si digo que me encuentro entre los compañeros a los que el libro no les está gustando. Cuando eso sucede en el club se sufre, porque se hace más costoso el compromiso de acabarla y durante un mes, más o menos, -ya sabéis que depende de las páginas, leemos cien semanales-, no se disfruta con la lectura en solitario aunque sí se haga en los coloquios. Lo cierto es que los que no estábamos a gusto leyéndola buscábamos con avidez las opiniones positivas para obtener el contagio, y fue providencial la aportación de Sole cuando dijo: He leído en algunos prólogos que la autora estructuró la novela a través de los sentidos, de ahí la música para el oído, la pintura para los ojos, las agujas de ganchillo lamidas para el gusto, la coleta y otros detalles para el tacto, el olor a miedo para el olfato… Hasta su intervención, el club se había llenado de quejas: No sabemos quién habla… Si la narración va o viene. Tampoco es relevante lo que ocurre. El lenguaje es rebuscado. No hay que confundir simpleza con sencillez. No es que busquemos lo simple, es que por difícil y compleja que sea una historia se puede y se debe contar con sencillez…
Otras voces generosas se fueron agarrando a los párrafos o pasajes más filosóficos para sacarles rendimiento. Compartieron subrayados… hasta que finalmente algunos compañeros hicieron su declaración de principios como lectores avezados y se concedieron el derecho de devolver el libro sin terminarlo, otros como es natural opinaron lo contrario. Llegados a este punto me pareció adecuado encajar la pregunta que surge del libro y que la propia autora nos plantea: ¿Qué buscamos en el arte? ¿para qué creéis que nos sirve, tanto a artistas como a espectadores?, ¿qué completamos, perfeccionamos o conseguimos con él? Un compañero nos remitió de nuevo a la novela y desde el Museo del Prado el personaje nos dio la respuesta:

”Todo esto se ha hecho por amor.”

No importa si conseguimos o no la empatía con todas las novelas que abrimos, lo que importa es, que todas ellos son regalos.
Hasta el próximo encuentro queridos amigos.Pili Zori

Sobre los certámenes literarios

Nunca me decido a expresar mi opinión sobre los concursos literarios nacionales por temor a que esta pueda ser juzgada como un ataque de resentimiento, pero hoy lo voy a hacer porque sé que mi pataleta le da voz a muchos escritores desconocidos que también callan por el mismo pudor y las mismas razones. Naturalmente no me refiero a los honrados certámenes que convocan las Diputaciones de muchas de nuestras provincias, sino a los que te sacan del anonimato y te consolidan en el oficio además de proporcionarte un buen espaldarazo económico que te haga olvidar el gasto de tóner y el destrozo arbóreo que se produce con el millón de fotocopias y encuadernaciones en espiral que te piden, cinco ejemplares, hala… multiplica por 250 páginas, sin contar con los gastos de correo. No sé yo si las hermanas Bronté podrían publicar en nuestro informatizadísimo 2009, eran muy pobres, las pobres.

Resulta como mínimo curioso que durante dos largas décadas no se haya producido el relevo y que se siga considerando generación joven a escritores que rondan la cincuentena. ¿Cuál es la apuesta? Literaria no, desde luego. No estaría de más reflexionar sobre ello.
Como se suele decir, el periodismo es el arte de lo concreto, y la literatura el de lo ambiguo, salvo raras y maravillosas excepciones no es corriente que en una misma persona se den ambos registros. Entonces ¿por qué es tan frecuente que los premios literarios los acaparen periodistas?, ¿qué criterios siguen los que tendrían en su mano el mecenazgo y el orgullo de dar a conocer la literatura de su tiempo?, ¿cuál va a ser su legado?, ¿a quién habrá que pedir responsabilidades de lo que quede?

Al lector apasionado le importan poco los oráculos semanales de las columnas periodísticas, y mucho menos el ranking en metros cuadrados de las grandes superficies, al lector apasionado le gusta más indagar por sí mismo, rescatar, descubrir… y sólo presta oído a otros lectores tras la consumación compartida de de su mismo “vicio”. Al lector apasionado se la repampinfla estar en la onda para darse el barniz porque sabe que la cultura es un caudal al que te puedes incorporar por el principio, por el medio o por el final, en el que puedes nadar a lo ancho o a lo largo, deslizarte en la superficie o bucear, porque el lector apasionado sabe que el caudaloso río siempre, siempre terminará desembocando en el mar, así que sobran métodos, cánones, élites o populismos. Un libro es lo más democrático del mundo, lo puede leer un rey pero también un mendigo.

El lector apasionado en su lista de la compra tachará el solomillo, se comerá un bocata y arrasará con lo que sobra en la Cuesta de Moyano o similares para sentarse en el banco de enfrente y zamparse cien páginas mientras el resto del mundo sestea abducido por su televisor. ¿Puede alguien explicarme entonces qué relación tiene ser visto en la pequeña pantalla con la creación literaria?¿acaso salen todos los televidentes corriendo bajo efecto hipnótico a comprarse el libro de las Quintanas o las Campos del mundo de la comunicación audiovisual. La industria haría bien en preguntar a los profesionales de las bibliotecas públicas qué libros se les quedan muertos de risa en los estantes y cuáles son los más demandados. El lector avezado busca al mismo novelista cuando ya ha leído algo suyo, por tanto le acaba de conocer. ¿Podría seguir aclarándome alguien en qué se fundamenta el miedo del editor al desconocido? Preséntaselo a los lectores y verás como él solito se lanza. Además le pese a quien le pese el lector suele recordar la novela que le ha gustado siempre, le cuesta algún tiempo asociarla con su autor y eso sí que lo digo con conocimiento de causa, no en vano coordino un club de lectura, es la primera lección de humildad que un escritor ha de aprender: que está al servicio de su obra y no al revés. Mal asunto amigo editor si le impones tus criterios al cliente.

Claro que lloro por la herida, ¿y qué…? Por una herida doble: como lectora empedernida y como escritora desconocida que no tiene acceso a las agentes literarias que en su marasmo idólatra confunden a sus pupilos con las estrellas del rock y se dedican a contabilizar bolos como posesas despreciando lectores, -pero ya se sabe que los actos en bibliotecas públicas son gratis y se devalúa el caché.
No, hoy no me callo porque aún no me he recuperado del último tufo, casualmente la periodista ganadora de la novela histórica hace algún tiempo salía en la tele, el feminismo me impide tildarla de “señora de”, ella no tiene la culpa de que los que han escogido su novela consideren ingrediente imprescindible de la estructura a su partenaire y por supuesto, cómo no se iba a considerar el relevante detalle de que ella haya nacido en la comunidad de la editorial que patrocina el premio aunque el dinero provenga del sur, - que el chauvinismo está por encima de la vocación de estilo, de la renovación formal, del compromiso histórico y cultural y sobre todo de la deontología, faltaría más-. Un amigo mío dice que si no eres nadie es que eres de algún sitio.

- ¿Deonqué?

Leeré tu novela, claro que sí, y puede que sea buena, ¿por qué no vas a ser tú una de esas escasas artistas que maneja el arte de lo ambiguo que es la literatura y también el de lo concreto que es el periodismo?, pero lo haré cuando se pase la vaharada de hedor connivente que han anillado a su alrededor porque al final siempre quedará la obra y no el autor, que como ya he escrito antes no hay que confundir los protagonismos.

Con respecto a la novela histórica me gustaría decir que el novelista no ha de ser valorado por su erudición, para eso están los historiadores de los que se nutre, a mi parecer la novela histórica no existe porque o ninguna lo es o todas lo son, lo que hablamos hoy mañana será historia, otra cosa es que los libros haya que clasificarlos de algún modo para facilitar el camino al usuario o comprador, pero ese detalle es asunto de la editorial, de la librería o de la biblioteca. Lo que intento decir es que al autor ha de valorársele por la creatividad, por levantar un mundo en la ficción, da igual si lo coloca en el siglo XIII o en el XXIII, - necesitará saber, eso sí, lo que en la época se comía, como se vestía, la corriente o corrientes de pensamiento que había , su política, su economía…,- pero el conocimiento de esos datos sólo le sirve para ambientar, para crear la atmósfera…, al lector le importa un bledo si el escritor posee dichos conocimientos o ha necesitado buscarlos, lo que quiere es entrar en la novela y creérsela aunque los elefantes vuelen, y ese edificio no se construye con currículo, por mucho que te hayas doctorado en la Sorbona, sino con lenguaje, con ritmo, con música interna, con sus espejos, sus simetrías, enfoques, intenciones… Ese edificio se levanta dando vida a personas que no existen, dibujándoles los rasgos físicos y anímicos, concediéndoles personalidad, conducta, reacciones, evolución, involución… Incluso cuando usamos biografía (seres humanos que existieron o existen en la realidad) estamos convirtiéndolos en personajes porque nadie estuvo o está en su interior para saber lo que sienten o sentían.

¿Que por qué especifico todo esto? Pues porque estamos hablando de arte, y no todo lo que lleva tapas y formato de libro lo es. Igual que unos nacen con los ojos negros, marrones, azules o verdes, con capacidad para las matemáticas, los negocios o la arquitectura… otros tenemos en nuestra estructura interna esa parte imaginativa que te hace saber a qué huelen los personajes que inventas, de qué colores son los paisajes por donde los pones a caminar y lo que siente el protagonista al clavarle un puñal al antagónico entre las costillas y el diafragma. Seguramente es lo único que sabemos hacer y lo único que tenemos para ofrecer. Pues vamos a solicitar, a dejar un espacio libre al menos, para poder exponer y exponernos, tal vez sea tan sólo una cuestión de sillas, no quiero tildar de advenedizo a nadie, –y utilizo la palabra en su estricto sentido: advenedizo es el que ocupa un lugar que no le corresponde-, porque hay sitio para todos, pero por favor, que el responsable de emitir el dictamen sienta la trascendencia de su cometido y entregue su reputación en ello.

Tan sólo me lamento del cierre de puertas y de oportunidades, porque los concursos literarios deberían reservarse en exclusiva para los sin nombre, los que ya lo tienen gozan de su cómodo lugar en las editoriales y optan a premios de prestigio sin necesidad de presentarse porque ya son llamados y también son escogidos.

La literatura no entiende de élites, pero tampoco de populismos. A la literatura te acercas tú, no ella a ti, no rebaja planteamientos para ser cercana, ni tampoco los eleva para estimularte, la literatura tan sólo es arte.
Ahora comprendo por qué el coordinador del premio literario que concede la Diputación de Guadalajara hace tanto hincapié en la honestidad del mismo, pero claro la dotación es ínfima comparada con la del certamen del que he hablado y no he nombrado. Al menos aquí nos queda la honra y el disfrute de descubrir a nuevos talentos nacionales y extranjeros, y doy fe de que lo hacemos cada año.

Pili Zori