EL SUEÑO

El psicoterapeuta reprimió el asombro para que no asomase a los ojos delatándole frente a su paciente. No la detuvo al escuchar el nombre propio que acababa de pronunciar y dejó que prosiguiera.
-Fue tan real, doctor, bailamos y sentí la piel de su espalda, no bajo la camisa, toqué su carne y la oprimí sin necesidad de que se la quitara, de que se despojara de la ropa, y el lado derecho de mi rostro -adherido a su pecho- también recogía su agradable temperatura, como si no hubiera tela, mientras danzábamos lentamente sin que en el sueño se escuchase música. El recuerdo al despertarme resultó turbador como un secreto, demasiado… excitante”.
Adolfo Arán se removió en el sillón, ella a su vez se arrimó más al brazo derecho del sofá, por un instante ambos habrían preferido el cinematográfico diván para evitar el contacto visual.
La estancia rezumaba una comodidad suave y neutra con el estilo evocador de los años cincuenta, el sofá verde oliva sobre una alfombra de color marrón claro parecía absorber el sonido dando sensación de confidencia, en aquel espacio tan recogido los únicos focos de color brillante eran los distintos pacientes que llegaban a la consulta y proyectaban su luz o su sombra sobre ese dúo de confesionario laico.
-¿Podría decirme a qué hora aproximada se produjo la… ensoñación… placentera?, ¿poco antes de despertar? -buscó las palabras con tacto- ¿le habría gustado permanecer dormida para poder continuarla y... culminarla, o por el contrario abrió los ojos a causa de un arranque de autocensura? 
Le incomodaba sentir pudor después de tantos años de ejercicio e intentó camuflarlo a duras penas, estaban demasiado cerca, se sentía al descubierto y el eco de las frases iguales ya escuchadas aceleró el latido delator en el cuello.  
La curiosidad científica es poderosa –se dijo para justificarse ante sí mismo y poder tirar por la pendiente-. ¿Científica?, murmuró su pensamiento con reprobación e ironía, pero se dejó llevar sin atender a la alarma.
-¿Tiene alguna relevancia el detalle, doctor?
- No. Claro que no. Le pido disculpas si la he desconcertado y desconcentrado a la vez, siento haberle cortado el hilo -se llevó los dedos a la nuca-. Es un inciso, un interés estadístico para mis investigaciones internas -carraspeó con la mano en los labios para ocultar una verdad a medias- perdone el egoísmo, ha sido una espontaneidad inconsciente. –Ella retiró el aire y negó con la cabeza para quitar importancia.
-Sobre las cuatro de la mañana, del día siete, lo recuerdo porque fui al baño, duermo con el reloj de pulsera puesto, y no, cuando volví a la cama no retomé el sueño, no ocurrió nada más, sólo bailamos. –La mujer esperó unos instantes- ¿No… va a interpretarlo? –el hombre tragó saliva.
-Creo que no hace falta, usted misma lo puede desentrañar.
Al ver que la paciente quedaba en suspenso y a la espera, el psicoterapeuta elevó el hombro, e inclinó la cabeza para asentir con una sonrisa. No sabía oponer resistencia a la ansiedad digna que asomaba a los ojos de María, por más que ella se empeñase en doblegarla y disimular la vulnerabilidad y extendió la mano, como si dibujase un pequeño abanico invisible que se abría en el aire, para hacerle la concesión y comenzó a explicar con la amable, pero innecesaria condescendencia que se utiliza para hablar con los niños.
-Por la forma en la que transcurrió la conversación que mantuvo con él -evitó pronunciar el nombre- aquella mañana y que ha compartido conmigo hoy, deduzco que usted se sintió deseable y agradecida por ello, sin más, y que le habría gustado abrazarle, y por tanto realizó lo inacabado durante el sueño; es algo muy habitual, la necesidad de ternura también conduce a veces a la excitación, pero no creo, aunque sin asegurarlo de forma categórica, claro está, que el deseo partiera de usted hacia él; de modo que no se inquiete, no es una infidelidad, y mucho menos una traición -sonrió tras recalcar la última frase- tampoco una revelación como ha ocurrido con otros sueños que ha tenido y que hemos tratado en sesiones anteriores para propiciar la catarsis; en este caso tan sólo se trata de las atracciones naturales y diurnas que todos sentimos incluso hacia personas desconocidas que apenas vemos durante unos instantes, no revisten mayor interés; fue una forma nocturna de corresponderle, que usted no se permitió de día por no enviarle una señal que pudiera dar lugar a equívocos, ya ve que utilizo sus propias palabras María, ambos pertenecemos a una generación anticuada que durante la infancia vio como sus adultos le daban excesiva importancia a que las mujeres guardaran las “formas”, recalcó con el el gesto de la comillas, y ese modo de actuar, sigue atrapado en el inconsciente de muchas personas avanzadas, progresistas y en apariencia desinhibidas. Es el típico: “a ver si va a pensar…”
-“Que soy una cualquiera.” -Terminó ella la frase y rieron al unísono con franqueza. 
María era una mujer cultivada y reivindicativa que se había construido a sí misma, a base de machetazos y amputaciones a la selva retrógrada y machista del pasado para hacer camino nuevo. Comprensiva con todos los demás, pero montada en el caballo de las contradicciones, propias de quien tuvo que romper ideológicamente, pero encorsetada y llena de miedos inoculados en la niñez, temores que sabía reconocer pero no vencer y que nadie, fuera de la consulta, habría imaginado. Tenía 19 años cuando acabó la dictadura y con ella la educación represiva, cuartelera y gazmoña de todo el país.
Cambiaron de asunto para tratar zozobras de mayor hincapié y como siempre el tiempo se les hizo corto.
La acompañó hasta el vestíbulo posando con suavidad delincuente la palma de la mano en la cintura femenina que los tacones hacían cimbrar, era la primera vez que la tocaba.

Todos queremos ser deseables, se diría a sí mismo al cerrar la puerta mientras analizaba su propia actitud, quizá rijosa al verla desde fuera, en la comunicación no verbal.
¿Se trata de un conato de celos ante otro posible macho alfa trasnochado y madurito como yo? ¿Privilegio de la especie? -se burló resignado sintiéndose mayor-. Está visto que nunca se acaba la necesidad de ser aprobado por una mujer aunque no pretendas enamorarla, pero para que te correspondan en esta etapa hay que tener el físico y la planta de Pierce Brosnan, o de Bruce Willis, no sólo el espíritu, se rastrilló el pelo con las uñas, aún permanecía oscuro, pero con menor espesura, dio dos palmaditas a su estómago, no era una tabla de lavar precisamente y esta vez para sentirse menos achicado rió con fuerza exorcizando a la vejez, la carcajada la empujó un par de décadas en la fila, aún no le había tocado el turno, todavía no era un decrépito.
A continuación el frunce de ceño engulló el gesto amplio y distendido para de inmediato transformarlo en el sesudo que tanto le caracterizaba, se permitía pocos recreos. Concentrado tras la mesa los dedos de las dos manos formaron un triángulo que finalizaba a su vez en el que dibujaban los codos apuntalados en los brazos de la butaca, percutió con los índices la nariz en varios golpecitos y después abrió con ímpetu el cajón del archivador para sacar el historial de Manuel Miranda, como si hubiese necesiatado darse valor, también él se sentaba en ese mismo rincón del sofá que acababa de abandonar ella. Algunos pacientes al principio preferían el butacón para sentirse en igualdad con el psicoterapeuta, más entronizados, aunque a las pocas sesiones optaban por el asiento largo, y al adquirir confianza, subían alguna pierna, usaban los cojines de parapeto o los retiraban para hacer suyo el espacio, y entonces el trozo sobrante de la horizontal mullida y tapizada hacía que se sintieran más libres. Adolfo sabía que la búsqueda de la verticalidad en las relaciones era una creación artificial, una fuente de conflictos de la que sólo emanaban problemas sociales. Por ello cuando alguien señalaba un asiento pronunciando el ruego de “por favor siéntese” se sobreentendía que buscaba la igualdad, y por el contrario,la respuesta negativa “prefiero estar de pie” anunciaba una transgresora hostilidad.
Ella desconocía que ambos eran pacientes del doctor Arán en días alternos y con distinto horario; Manuel acudía los martes por la mañana, en la hora de descanso del trabajo. María los jueves por la tarde. Arán tendría que haber avisado cuando ella le nombró, ya no tenía remedio.
El pulso del terapeuta se aceleró y la carpeta aleteó temblorosa durante unos instantes.
¡En efecto! ¡Confirmado! ¡Allí estaba! Adolfo Arán desorbitó los ojos ya sin testigos como un niño al encontrar una deslumbrante sorpresa tras abrir una puerta:
El mismo sueño parpadeaba en las anotaciones. Confiaba en el papel, porque si se caía al suelo no se iba a romper como el último disco duro externo, al ordenador y a los pendrive les podía suceder cualquier misterio y estaba harto de arritmias tras cada susto, de modo que duplicaba los historiales, como si tuviera que rendir cuentas, la letra manuscrita continuaba siendo una prolongación hacia el exterior, un tacto vivo de pulsos y ritmos, y ¡sí!, ¡ahí estaba! entre los renglones que ahora tamborileaba, a la misma hora de la madrugada y en el mismo día, el siete; escudriñó los detalles: el baile sin música, el deseo inacabado, la sensación del contacto de la piel a pesar de la ropa, y algunas variantes más explícitas de Manuel y más toscas, el ritual seguía siendo el de siempre, entre hombres había que eludir los eufemismos y un empalme sin descarga era un doloroso empalme, aunque la sinceridad de Manuel gozaba de delicadeza y también de elegancia al compartir inseguridades y entregas, sus palabras brotaban de una raíz limpia. 
-Vaya, vaya, Sigmund, este hallazgo no lo descubriste. ¡Soñaron lo mismo! ¡Estuvieron juntos!
Se recreó al imaginarlos danzando lentamente, la mejilla de María sobre el pecho de Manuel, y se entretuvo unos segundos para observar en el recuerdo que ella parecía más alta, de manera que el rostro habría encajado más arriba, entre la mejilla y el cuello de él, en la estatura física real –corrigió- pero tal vez la onírica era la que María deseaba tener a su lado, para escucharle el latido.
-Quizá -en algunos casos de privilegiada hipersensibilidad- los protagonistas y también los personajes secundarios sueñen a dúo o en grupo las mismas historias cada noche o cada siesta o cabezada sin saberlo –especuló en voz alta haciendo el hallazgo extensivo- y por ello resulte tan real lo que se experimenta tras los párpados cerrados, porque en verdad lo está siendo.
Estaba contento y reía dentro del diálogo imaginario de su soliloquio.
-Ni a usted ni a mí, Señor Freud, nos dio por comprobar algo tan simple: nuestros pacientes no suelen estar vinculados entre sí, oh, maravillosa coincidencia la mía…
La alegría creciente de quien posee información privilegiada burbujeó por sus venas.
-Puede que soñar sea la fórmula de escape para enmendarle la plana a la autocensura diurna, para ejercer al fin la libertad sin riesgos.
Se mantuvo ensimismado e indeciso durante interminables instantes sin perder la sonrisa que le jugueteaba nerviosa entre los dientes.
-Soñar, soñar… -volvió a susurrar ensimismado.
Al fin cerró el archivador, lo colgó en el cajón, en la M de Miranda, muy lejos de la I de María Infante y dejó un hueco entre las carpetas sin dilucidar por qué lo hacía. ¿Quería o no que se aproximaran?
-¿Serán los sueños mundos paralelos sin tabiques temporales? -volvió a dirigirse a Freud.
Cerró el cajón con llave y decidió que había pillado infraganti al destino, y que como un caballero medieval simularía no haberlo visto a través de la rejilla del yelmo.
Pero lo que nadie le iba a quitar, ni siquiera en nombre de la Diosa Ética, era el placer de asistir a la evolución de ambos pacientes; no iba a derivar a otro colega a ninguno de los dos; aunque sabía que era lo correcto, como también lo apropiado habría sido frenar a tiempo para decirle a María que el hombre del sueño a quien ella mencionaba con nombre y apellido también era su paciente; tampoco desvelaría lo descubierto ni intervendría. Esa tentación, incluso sin juramento hipocrático, no estaba permitida.
Un eco llegado de dos tiempos, la antigüedad griega y su juventud, se escuchó suavemente en su cabeza.
“…Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por razón de mi ejercicio y que no sea indispensable divulgar, corresponda o no al dominio de mi profesión; consideraré como un deber el ser discreto en tales casos.
Si observo con fidelidad este juramento séame concedido gozar felizmente de mi vida y de mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto, y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria”.
Tal vez no volviera a producirse el hallazgo de un sueño común. Quizá Manuel y María jamás llegarían a ser pareja en la vida despierta, o sí. En cualquiera de los casos él estaría presente durante el proceso para propiciarles, juntos o por separado, fortaleza emocional y herramientas, pero lo que sí suponía una certeza indiscutible era que ambos le habían regalado un secreto de dioses y ahora él habitaba en el olimpo y podía estudiar los entresijos de las buenas y malas voluntades que rodeaban a Eros y a Psique.

La paciente de las ocho había llamado para cancelar la cita.

El esfuerzo anímico le había cansado. Los párpados comenzaron a pesarle como si Hipnos hubiese posado en ellos los labios; reclinó la butaca, y enseguida escuchó el batir de alas, de inmediato supo que Morfeo le llevaría hasta ella, hasta aquella muchacha de la facultad a la que renunció de antemano antes de intentar “conquistarla”, ya entonces y en su gremio, aunque todavía fuera de estudiantes, había palabras que no se pronunciaban tales como conquistar, conceptos imperdonables de desigualdad que maniataban pero que sin embargo se sentían por dentro en todo su contenido; maldijo la mala suerte de haberse criado entre dos aguas, en un tiempo de transición intransitable debido a los escollos sentimentales que no acababan de caducar por mucho que se denostasen, pero no le dio la gana cambiar el vocablo, porque en su interior esa palabra no era agresiva, ni conllevaba ingredientes de dominio ni de sumisión, definía una emoción íntima y legítima de orgullo y triunfo; quería ponerle la luna a los pies, tras ayudar a que bajase de un coche de caballos, y después le depositaría en los brazos su mundo, y que hiciera lo que quisiera con él, en eso consistía su idea de conquista, de seducción, de persuasión, de la entrega de sus llaves de Breda, ¿y qué? Era la alumna más sobresaliente del aula, la más hermosa para él; amaba los pensamientos que salían por su boca, los movimientos de las manos grandes al desmenuzar las inquietudes, los dedos de Josune parecían el cobijo del sol, aunque sólo una vez se atrevió a pedirle los apuntes, para acariciar en braille su letra clara e inclinada, esa fue la aproximación máxima que logró alcanzar, pero soñaba con ella cada noche, y en aquellos sueños no sólo sentía la piel intocada, como les ocurrió a María y a Manuel los pacientes que ahora emulaba invirtiendo los términos. Él entraba en Josune por las puertas de sus ojos marinos, por sus poros, por la triangular abertura de los muslos con olor a sirena, por las axilas sin el vello que otras exhibían, por los pechos altos que intuía duros y pequeños y era entonces, al erizarlos, cuando volaban a caballo dando vueltas por los cielos nocturnos de Van Gogh. ¿Cursi? pues bueno. 
Estaba completamente enamorado ¿y qué? Y harto de desvirtuarle la magia a las frases y al deseo. Jamás se escondía tras la jerga médica, tal vez por ello Adolfo Arán llegaba más lejos que otros colegas: los pacientes le sentían como a uno de los suyos. Siempre la había querido, entre esos espacios sin traición que sólo a él le pertenecían, entre novias y ex esposas, la había deseado como un derecho en los trozos de tiempo que ya no eran de nadie entre la noche y el día.

-Llévame con ella –murmuró adormecido- y si es posible haz que por una vez estemos juntos los dos sin nadie más al acecho de su hermosura, y prolonga el sueño como si fuese una vida. La respiración sonó profunda y el oleaje comenzó a mecer los cielos marinos del pintor porque los dioses habían hablado por la boca de sus pacientes para mostrarle el camino, y por primera vez los enemigos de psique y eros se volvieron compasivos. 
Pili Zori

EL AUTOR, película de Manuel Martín Cuenca

Como de costumbre hago la advertencia de que este blog fue concebido para hablar de libros y de cine una vez leídas las novelas y vistas las películas, y aunque procuro no desvelar tramas prefiero que volváis a este rincón cuando hayáis visto “El autor” sólo así podremos coincidir o discrepar tan a gusto.
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Tenía muchas ganas de ver la nueva película del cineasta español Manuel Martín Cuenca, y me ha encantado desde la presentación hasta el último fotograma. El enfoque elegido es difícil ya que a los espectadores nos gusta inconscientemente estar de parte del protagonista, o salvarlo por algún resquicio y en este caso Manuel Martín Cuenca, al igual que Javier Cercas –el autor de la novela “El móvil”, en la que se inspira el largometraje cuyo guion han adaptado el director y Alejandro Hernández-, no dejan títere con cabeza, el público sabe casi desde el principio que Álvaro (Javier Gutiérrez) es un manipulador que va a poner en cuestión todos los límites de la ética lanzando desde la pantalla la pregunta de si ¿la pasión por escribir admite y permite que el fin justifique los medios? De forma subjetiva ya adelanto que para mí Álvaro es la antítesis de un escritor.
En el aire que sobrevuela las cabezas de la sala de butacas quedan muchos más interrogantes tales como: ¿qué es y en qué consiste exactamente el talento?, ¿quién dictamina si alguien lo posee o no?, ¿cómo se distingue?, ¿cuál es la diferencia entre fama y prestigio?, ¿quiénes deciden el éxito?… naturalmente un escritor puede y debe nutrirse de la realidad, documentarse, pero con los ingredientes de esa arcilla después ha de crear, darle el soplo de la vida a espacios y personas que antes no existían, o recrearlos si es que viven o vivieron fuera de las páginas o de las pantallas. La realidad puede transformarse dentro de la ficción, pero no podemos convertir en ficción la realidad, ya nos gustaría esa magia, aunque una y otra se influyan.

Álvaro –incapaz de imaginar- con técnicas que bien podría usar si fuera un creador, se dedica, como un correveidile, a trastornar la vida de los vecinos aprovechándose de sus sombras, y hablando de sombras y de sus distintas lecturas ya entro en la innovadora belleza de la película, el aspirante a literato, siguiendo las imperativas pautas que le ha marcado el profesor del taller (Antonio de la Torre) cuando le grita: “¡observa!, ¡mira!, ¡siente!, ¡vive!, ¡que la realidad te nutra!”; malinterpreta dichas frases (disculpad una vez más que no cite textualmente, en el cine no tomo notas, ni tengo el mando para parar, siempre insisto en que deberían ofrecer los guiones en las taquillas junto a las entradas para quien los quisiera comprar, o en las librerías, no pienso que sea descabellado, las bandas sonoras se venden y Martín Cuenca creó Lagartos Editores precisamente para publicar guiones y textos cinematográficos…) perdón por el inciso, prosigo: Álvaro malinterpreta las frases del profesor del taller de escritura y decide espiar a sus vecinos mejicanos desde la ventana de su cuarto de baño que colinda con la cocina de la pareja, y como en un teatro de sombras chinescas las figuras del matrimonio se proyectan sobre la pared de enfrente, Martín Cuenca consigue con sus crecientes siluetas, no sólo la metáfora perfecta sobre el lado oscuro, sino mucha más potencia hipnótica que si les viéramos en la luz además de escuchar sus voces; involuntario o no en esas escenas se vierte un condensado homenaje al cine, sobre todo al de Hitchkock. El film también me remitió a “Rojo”, la hermosa película de Krzysztof Kieslowski, en la que un juez jubilado pincha los teléfonos de algunos de sus vecinos para saber si conociendo toda la información las sentencias que impartió fueron justas.
Sólo hay un instante en el que Álvaro parece arrepentirse de las canalladas que ocasiona, y entonces el espectador respira, el momento se produce proyectado en una nueva pantalla imaginaria en la que vemos como sus buenos deseos para la pareja se vuelven visibles y en color, ahí podría haber enganchado el hilo de la ficción y también el de la realidad dando un giro que enmendase el mal infligido, pero la creatividad y el arrepentimiento le duran poco, y el público ve como los mejicanos se diluyen emborronándose hasta desaparecer, la historia no va a discurrir por ahí.
El desnudo anímico necesario para escribir que el candidato a autor de nuevo toma al pie de la letra convirtiéndolo en físico, también es una extraordinaria metáfora marcada tal vez con trazo grueso, pero es que al protagonista no se le dan muy bien las sutilezas, y si le dicen que ponga los huevos encima de la mesa los pone, y si le piden que se quede en pelotas ante el acto de escribir se queda. Ese punto de inflexión distiende en el momento justo y provoca la carcajada en un instante que debería ser trágico pero que sirve para indicar -en su nueva vida llena de luz- que el “autor” se ha despojado de todo, ya sea importante o superfluo y que lo único que le interesa es entrar en trance. Pero con trampas… la inspiración no llega, y esperar a que los personajes decidan, a mi juicio, tampoco vale.
El gran logro del film, -al menos para mí-, es que en cada uno de los miembros del elenco conviven la mentira y la verdad fundidas, porque son ciertas las palabras que la mujer de Álvaro (María León) una escritora de éxito popular y “betsellera” le dice, él sí tiene envidia y celos de lo que ella escribe, pero no es menos cierta la fulminante crítica que le hace él a sus novelas, y no es fácil introducir en nuestro modo de pensar tan maniqueo la idea de que conceptos opuestos se puedan producir al mismo tiempo y que estén envasados en un mismo recipiente. También son atinados los humillantes defectos que el profesor del taller de escritura le dispara a Álvaro con colérico énfasis de ametralladora, pero a su vez ese tirano es un vulgar tripero frustrado que se siente mediocre, como muchas personas que dan clase de escritura sin haber sido capaces de construir una novela en su vida, (no es el caso del director que también fue profesor de cinematografía e interpretación en escuelas de España y Cuba). Sin embargo, en esos encuentros con pantagruélicas comidas, que por supuesto paga el alumno, vuelve a estar servido el contraste ético sobre la usurpación de la intimidad dado que, tras haber denostado a la exitosa mujer de Álvaro, el profesor, arrimándose al sol que más calienta, entabla amistad con ella, y le traspasa los escritos del alumno sin pedirle permiso a él. De nuevo el cazador es cazado, y el manipulador manipulado y así prueba su propia medicina, y es que la risa va por barrios.
La mediocridad es otro de los temas sobre los que indaga la película, tal vez la respuesta rotunda nos la da la portera al afirmar que ella no es mediocre (Adelfa Calvo), atentos al guion y a los diálogos, quizá la clave del éxito resida en hacer bien lo que te traes entre manos, si es poner ladrillos, pues colocarlos con perfección, o si es vender ropa o tocar el acordeón, lo mismo… cada oficio doma un hueso y tiene su arte y su ley, y si no lo consigues pues a otra cosa, si es que puedes elegir. Lo importante es que tú honradamente tengas la certeza de que sabes hacerlo con independencia de la divulgación o el reconocimiento posteriores. No sé si el director o Javier Cercás van por ahí.
Manuel Martín Cuenca
El retrato que de cada uno de los personajes del inmueble hace M. Martín Cuenca es devastador: el jefe de la notaría y su ambigüedad cobarde, escondido mientras Álvaro le increpa a gritos para que le aclare su situación laboral; el vecino militar jubilado y fascista y su derroche de ideología para que no nos quede la menor duda de en qué consiste ser un facha redomado, (tal vez para algunos espectadores quede forzada la facilidad con la que Álvaro se lo lleva al huerto, pero es que la gente manipuladora es así: hábil para ganarse la confianza de las personas aprovechándose de los puntos flacos de los demás, el público posee toda la información pero los personajes no y ante alguien con la capacidad de controlar o dirigir las opiniones o la voluntad de otros sin que lo adviertan cualquiera de nosotros también caería como una mosca en la miel); la mentalidad racista y xenófoba de la portera tiene usía y el subrayado es muy didáctico y el posterior resentimiento cuando se siente rechazada muestra que de generosidad ninguno anda sobrado... ya he dicho anteriormente que no se salva ni un sólo miembro de la coral.
Creo que el director se maneja de maravilla en ese juego de espejos en el que a veces nos reconocemos sin que nos guste lo que vemos, de su matraz destila esa mezcla perfecta y bien medida de ternura y patetismo, de sarcasmo y de tristeza tan difícil de conjugar porque intuyo que él mismo se incluye, y que mirando desde muy cerca y sin dejar de comprender sin embargo no justifica, pero ama porque todos somos de los suyos y él uno de los nuestros, y a los nuestros hay que quererlos con cualidades y con defectos aunque les señalemos los fallos sin situarnos por encima y el afecto no nos convierta en encubridores ni impida que tengan, o tengamos, que rendir cuentas por sus hechos, por nuestros actos, por nuestros modos de pensar.
Para mí, “El autor” (interpretado magistralmente por Javier Gutierrez) no vende su alma al diablo, es que es el mismísimo diablo que a veces se disfraza o encarna bajo la apariencia de un pusilánime hombre gris. El desenlace es sorprendente y cualquier atisbo de esperanza se diluye en la sonora y sarcástica risotada.
Manuel Martín Cuenca es un gran director de actores, dicho por ellos mismos, los magníficos resultados están a la vista, y un gran creador de atmósferas, en este caso se respira el espíritu del sur y no siempre para bien, pero él es de allí y puede y tiene derecho a reflejarlo. En sus películas aparentemente pequeñas cabe toda la grandeza.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

LA LIBRERÍA, película de Isabel Coixet

¡Qué belleza!
Esta vez no sólo es identificación, sino un autorretrato -sin duda inconsciente- de la propia cineasta: el coraje, la determinación, la elegancia de las formas, la dignidad, la aparente vulnerabilidad y sobre todo la potente forma de amar de los tímidos, la pasión silenciosa, la honradez y la valentía son los rasgos de la protagonista aplicables por completo a Isabel Coixet. Así
es como yo la veo desde su primer film, y me alegro de que éste lleve más que ninguno su firma, porque será su legado, su declaración de intenciones, su mirada al mundo, la entrega que engloba a todas las demás películas que ha realizado, el balance vital inseparable del artístico, su centro, el eje en el que pasado, presente y futuro girarán. Por suerte es joven, Luchino Visconti ya no lo era cuando hizo “Confidencias” y también en esa pieza de su filmografía se hallaba su latido, el resumen, la herencia que nos dejaba.
Al igual que a su protagonista Florence Green (Emily Mortimer) a Isabel Coixet le apasionan los libros y también las librerías, dirigió en teatro “84 Charing Cross Road”, seguramente porque fue llevada al cine por el director David Hugh Jones en 1987. De no haberle cogido la delantera apuesto a que el largometraje sería suyo.
Su inteligente timidez no es un secreto, sus buenas maneras similares a las de Florence no le impiden el coraje para alcanzar sus sueños que son también sus objetivos, en su vulnerabilidad reside su fortaleza y no es una contradicción porque la bondad es un chaleco antibalas; es mujer de empresa que se mueve bien entre los lobos del mundo de la publicidad y lo consigue sin coraza saliendo ilesa, y es que la timidez es muy variada y no está reñida con la capacidad de decisión, ni con el atrevimiento.
No es la primera vez que digo que bajo su dirección los actores masculinos se vuelven más atrayentes y bellos que nunca, ella sabe escarbar para extraer lo que ni ellos mismos saben que tienen para dar a una mujer; estoy convencida de que después de trabajar con ella crecen, se descubren.
Para muestra el Señor Brundish, (Bill Nighy) -qué guapo le vuelve el deseo- y su beso indeciso posado en la mano femenina, más poderoso que si se hubiera depositado en la boca, esa alternancia de intensas miradas cuando aprovechas que el otro no tiene en los tuyos sus ojos, volar juntos con las alas de las hojas de los libros puestas, salir del encierro, de la clausura voluntaria sólo para defender a la amada con la vida, la poética muerte anunciada por el cielo ennegrecido, por la alfombra otoñal de hojarasca y el sombrero que yace en el suelo, y ni un verso más ni un fotograma más para evidenciar a la parca.
Isabel Coixet crea belleza y aún a riesgo de repetirme hablo de una belleza que nada tiene que ver con el adorno o la estética, aunque cada detalle del vestuario, de los interiores sea exquisito y proyecte y explique lo que la cineasta desea transmitir: los dorados destellos del vestido de Violet Gamart (Patricia Clarkson), los oropeles de sus artificiales y artificiosas fiestas...
Además hay otras pasiones: el incondicional e incendiario amor infantil que distingue los nítidos trazos de la maldad bajo el envoltorio, el dañino miedo del poder -representado en Violet- a que le hagan sombra, a que le resten protagonismo en su pequeño, estrecho y mentecato reino, en definitiva el pánico ante la pérdida de control sobre el otro, porque los libros siempre son la conquista de la libertad, la independencia y la autonomía interiores que influyen en el exterior, el refugio seguro, y ese territorio es inexpugnable, por ello las librerías han sido atacadas tantas veces, en la película no aparecen por casualidad obras como "Fahrenheit 451, bajo el precioso ritual de desenvolver los paquetes recogiendo la caricia de quien los envolvió.
         A menudo los libros me devuelven partes de mi propia vida ya olvidada, y en el camino de vuelta lo hacen sin los fragmentos del indispensable dolor.
La única conexión nítida, limpia y sincera con la humanidad me la dan los libros y los niños, más allá de ellos los perfiles son borrosos.

Un abrazo. Hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

ARTURO PÉREZ REVERTE

Creo que en alguna ocasión anterior en el blog ya dije que sólo conozco a Arturo Pérez Reverte en su faceta de novelista, y es en ella en donde siento que él se destila, y la esencia resultante me gusta y me conmueve, especialmente cuando la encuentro en obras como “El pintor de batallas” o en “Territorio comanche” piezas a las que sin duda prestó más elementos de intimidad personal. No tengo twiter, espacio en el que por lo visto no deja títere con cabeza y lo hace a grito pelado, a pleno pulmón; tampoco le he seguido en prensa y no estuve al tanto de aquella acusación por plagio imposible de creer puesto que ha demostrado con creces maestría, ingenio, estilo y sello personales reconocibles al instante e inimitables. Si cometió dicha falta tan grave y de enorme desprestigio lo lamento profundamente e imagino que esa piedra pesará sobre su conciencia y en el pecado irá incluida la penitencia.
A menudo me pregunto si es necesario –para apreciar o amar a alguien- conocer toda su historia, la pública y la privada, la anímica y la exterior… y no sé qué responderme. Todo el mundo tiene derecho a cometer errores, incluso puedo llegar a comprender sin que ello implique justificar hasta algunas razones para la deshonestidad, -nunca me excluyo- por algo dijo Concepción Arenal: “Odia el delito, pero compadece al delincuente.” El caso es que tampoco tengo una respuesta –traducible a palabras- ante la pregunta de por qué le estimo a él además de a su obra, tal vez sea porque valoro el corte de mangas que le hizo a TVE cuando después de volver de una de las guerras más cruentas que se han generado en el mundo quisieron arrinconarle por oscuras vendettas en un programa indigno, admiro su coraje, y por esa razón -tras imaginarle con una mano delante y otra detrás- disfruté de su triunfo cuando comenzó su éxito arrollador en cuarenta países. Quizá me llega su voz porque dice honduras como: “Lo que diferencia a los seres humanos es que unos saben y aceptan que van a morir y otros no”, ahí queda la condensada frase con todo lo que conlleva, porque sé que después de todo cuanto ha visto puede caer en errores, pero no en mezquindades.

Sin embargo hay algunas ligerezas de él que sí me estorban y que le salen de dentro de forma inconsciente: a menudo habla de quienes provienen de “buenas familias”, la connotación me chirría porque todos conocemos los ingredientes retrógrados y altivos que contiene la linajuda expresión ¿qué es una buena familia?, no quiero pecar de obrerista pero…, o expresa –al igual que Javier Marías- que el personaje calzaba “zapatos de calidad”, los zapatos pueden ser de piel o de plástico, caros o económicos… las colonias pueden tener aromas  a flores, frutas o esencias del Kilimanjaro pero “olía a perfume barato”, también sabemos todos lo que implica, creo que se entiende de sobra lo que intento explicar. La precisión en el lenguaje es importante, por ello tampoco me gusta que un escritor no comprenda que el esfuerzo por especificar el género femenino y el masculino es necesario ya que las palabras crean imágenes y si sólo dices “ellos” las fisonomías que se dibujan en la mente de quien escucha son de hombres, si añades y “ellas” agregas e incluyes las de las mujeres, aunque “personas” y “quienes” también sirve.
En cuanto a la defensa que A. P. Reverte hace de las élites me gustaría manifestar que doy enorme valor a las personas destacables, relevantes, sobresalientes en cualquier campo, que reivindico la necesaria figura del intelectual, pero cuando la cultura se utiliza como arma arrojadiza y de forma despectiva en actitud de superioridad toda la brillantez desaparece. Sé que ni Arturo Pérez Reverte, ni Javier Marías se sitúan por encima y por ello me apetecía subrayar los matices para que sean cuidadosos.
Arturo Pérez Reverte considera que los dos defectos españoles que generan los conflictos más peligrosos son la envidia y la ira. La advertencia me deja pensativa, dado que ambos son bajos instintos y quien los padece no suele distinguirlos, por ello tampoco sabe frenarlos.
No espero que Arturo Pérez Reverte y Javier Marías se asomen a este rinconcillo mío, pero ahí les dejo mis cartas por si acaso.
Un abrazo
Pili Zori

"BIG LITTLE LIES", serie de TV

¡Stop! Como siempre aviso: revelaré claves, desvelaré sus enigmas… Detesto la palabra spoiler.
Mi blog fue concebido para compartir después de haber visto o leído los libros, películas o series de los que hablo, de modo que si lo deseáis podéis volver a este rinconcillo tras haber visto Big Little Lies, y así no corréis el riesgo de que os destroce el suspense y la tensión ya que es un thriller.
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Me bebí los siete capítulos seguidos, me dieron las seis de la mañana. Supongo que sirve como cumplido, la calificación es de matrícula de honor.
Es magnífica, puro cine. Como cine fue concebida y como tal fue filmada.

Creador: David E. Kelley
Guionista: David E. Kelley
Novela: Liane Moriarty
Música: Susan Jacobs
Fotografía: Yves Bélanger.
Reparto: Reese Witherspoon, Nicole Kidman, Shailene Woodley, Alexander Skarsgård, Laura Dern, Zöe Kravitz, Adam Scott, James Tupper, Iain Armitage, Hong Chau.

La película –así prefiero llamarla- comienza con un interrogatorio policial, por el que van pasando vecinos y todos los miembros de una lujosa y pequeña comunidad de Monterrey en el norte de California cuyas mansiones miran hacia el océano. Se investiga una muerte, pero el espectador no sabe aún quien ha sido la víctima. Con las respuestas de los interpelados ya vemos cómo la malicia de los rumores es en sí misma una poderosa protagonista, el arma de presión social a la que todos rinden pleitesía, esa necesidad de pertenencia, el terrible temor al “Qué dirán” –que al parecer sólo padecemos las mujeres-, a no estar a la altura, ¿de quién? ¿Quién establece el comportamiento admisible?, ¿qué deidad abstracta o concreta lo impone?, se pregunta el espectador. El análisis ya ha comenzado; a partir de dichos interrogantes el público sabe que debatirá lo que está viendo y que también se debatirá interiormente, su participación no va a ser pasiva.
El “¿crimen?” sucede en la fiesta de disfraces que realiza el colegio de primaria para recaudar fondos, y en flashbacks -perfectamente colocados como pequeños círculos- iremos desgranando y engarzando los secretos y la intimidad, no sólo de las cinco mujeres protagonistas, además ahondaremos en los verdaderos motivos emocionales que se ocultan bajo las apariencias, en los egos masculinos heridos, en los complejos de inferioridad, en los deseos de aprobación que -como ya he dicho- necesitan mujeres como Renata, triunfadora ejecutiva de rompe y rasga en el terreno laboral, que sin embargo se siente excluida del afecto de las otras madres. La serie nos habla de soledades e incomprensiones, de peleas verbales de gallos en las que quizá la esposa sólo importa como trofeo, y cómo no, de soterrado machismo anidado incluso en los que parecen tan majos y enamorados hasta que las cosas no salen como ellos quieren. 
No deseo dar una impresión maniquea de la serie, precisamente su gran valor reside en la humanidad que se desprende de todos los personajes, pero en esta ocasión la voz es para ellas, se les da la palabra para que oigamos lo que nunca se escucha, sin escatimar los errores que también cometen; Big little lies refleja además otras inquietudes que tienen que ver con las frustraciones de lo que no se pudo realizar, con las renuncias, con lo que da y también quita la maternidad, con lo que desaparece cuando los hijos crecen, con la falta de estudios, o con la sobra… Los capítulos hablan de mirarse a través de los ojos de los otros y no de los tuyos, de vivir en el deseo de los demás y no en el propio, hablan de lo que se espera de ti, y no de lo que tú esperas o esperabas para ti.
He de confesar que cuando conocí el tema eje en torno al que gira el film me eché ligeramente hacia atrás, pero después me alegré de haberla visto: acoso escolar, malos tratos, abusos de poder, infierno doméstico en un ambiente impensable, culto, familiar… ese subrayado es importante ya que a veces llamamos desestructurada y marginal a la pobreza y metemos ahí todo lo que parece que no va, que no pega con la riqueza admitiendo, como excepción, que si sucede en esferas más altas es porque hay alcohol o drogas por medio, y no, los componentes son otros que nada tienen que ver con el status, y ya era hora de que se mirasen de frente para al menos intentar solventarlos desde la raíz, comprenderlos para poder extirparlos, no sólo condenarlos, el juicio lo único que hace es estigmatizar, avergonzar, de ahí la negación, el sentimiento de fracaso, la miopía voluntaria para no distinguir las señales, para encubrir, para creer que se está en tablas compartiendo la culpa, (lo explico porque una de las protagonistas se defiende físicamente y no por ello deja de ser maltratada, el matiz es aclarador), para la complicidad tóxica.
Por suerte en la serie aparecen dos psicólogas fundamentales -una para niños y otra para adultos- que dan pautas a seguir, que quitan vendas, que proporcionan soluciones.
La película recalca que la agresividad no es genética, como mucho aprendida, la señal de alarma salta con los hijos y la reacción de las madres me dejó maravillada, porque hay que cuidar y enseñar tanto al acosado como al acosador puesto que son niños. “Tienes que contarme lo que has estado haciendo”, dice una de las protagonistas mientras abraza a su hijo que rompe a llorar liberado, “todos hacemos cosas malas”, continúa, y esa es otra de las claves para hallar la solución, porque no se trata sólo de censurar, regañar y condenar sino de remediar desde la dolorosa sinceridad del problema.
No deseaba que me pusieran delante de las narices una agresividad que no tuviera arreglo, pero como ya he dicho en renglones anteriores y habréis intuido, enseguida comprobé que nada más lejos de ese temor: la delicadeza de Jean Marc Valleé al alejar la cámara haciendo que los episodios de mayor dureza se vieran en pequeños flashes en forma de recuerdos o de imágenes secretas e interiores adquiere la máxima eficacia, el espectador no tiene que retirar los ojos y por tanto comprende, aprende.
Hasta esta obra sólo consideraba superlativo y valiente el trabajo de Iziar Bollaín en “Te doy mis ojos” pero ahora sitúo “Big Little Lies” en el mismo rango de excelencia, ambas comparten las mejores intenciones.
Hay una pregunta importante que hace una policía cuando percibe que las protagonistas se han puesto de acuerdo para declarar: “¿Por qué mienten?” –disculpad que no cite con exactitud, no tomé nota y hablo de memoria- “Si ninguna de ellas sería condenada, y tan sólo le caerían unos meses de trabajo comunitario”. ¿Por qué?, ese es el quid, que reclama una reflexión social profunda. ¿Qué tienen que ganar o perder las mujeres si hablan?
La escena final es bellísima, todas ellas unidas, en la playa jugando con sus hijos, demostrando el inmenso poder que tendrían si lo usasen para el mal, pero prefieren estar juntas sin tener nada que ocultar.
Y el océano, el protagonista principal que las ha acompañado y envuelto para ser el espejo de su ánimo, al que durante los siete capítulos cada una de ellas ha mirado y escuchado desde distintas alturas, ahora, todas lo contemplan al mismo nivel.
La serie es preciosa, inteligente, y bucea a mucha profundidad, pero no le faltan los toques de humor. La implicación de todo el equipo ha sido enorme, incluso a nivel económico -ya que las propias actrices han participado en la producción- y trasciende la pantalla, el papel de Alexander Skarsgård arriesgadísimo, como en su día lo fue el de Luis Tosar, puesto que ambos podrían haber quedado estigmatizados por sus personajes. A Zöe Kravitz le dieron la misión de desenlazar y entonces comprendimos por qué en capítulos anteriores había pronunciado una frase que casi pasó inadvertida: “Todos tenemos pasado”.
Fuera de la ficción y dentro de ella se produjo el mismo canto a la amistad que siempre requiere esfuerzo y desnudez.
Deseo que coseche todos los reconocimientos que se merece.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

"LA CORDILLERA", película de Santiago Mitre

“La cordillera” me produjo sensaciones ambivalentes. Por un lado me pareció la magnífica síntesis de una narración que sin embargo –a mi juicio, subjetivo naturalmente- requiere mayor desarrollo, me resultó esquemática y pensé que por ello el film habría necesitado romper la frontera de la hora y cincuenta y cuatro minutos que dura, porque desde el primer fotograma se aprecia que la composición, el ritmo y el tono precisan más espacio, mayor metraje; actualmente el talento cinematográfico se está yendo al formato de serie, y en él “La cordillera” podría tomar el tamaño que necesitase, de “novela” por ejemplo, (si se me permite el traslado de un arte a otro para que se entienda mejor lo que intento expresar, al fin y al cabo la cinematografía los aglutina a todos, literatura, pintura, música, teatro…) Tuve la sensación de que asistía a un primer capítulo piloto que trataba del comienzo de la corrupción de un político aparentemente sencillo, cercano, poco carismático hasta ese momento -al menos en contraste con el mandatario de Brasil.
Hernán Blanco (Ricardo Darín, magistral, como de costumbre) hasta ese encuentro pasaba inadvertido; era el dignatario que, por recién llegado, otros presidentes con mayor experiencia consideraban maleable; el hombre común que desde una zona humilde de Argentina alcanzó la máxima responsabilidad de dicho país.
Pero –y ya entramos en el presente de la película- ¿Hernán es en realidad un hombre corriente?, u ¿oscuro en contraste con su apellido Blanco?
El color blanco juega un gran papel: con las distintas lecturas que sugiere el frío gélido de la “cumbre”, de la nevada cordillera de Los Andes cuyos picos los personajes miran de igual a igual, porque están a la misma altura.
Desde su butaca el espectador se pregunta: ¿el autor nos habla de la sutil pero planificada entrada en el mal?, ¿nos dice que el centro de operaciones de los jefes del infierno es la política?, ¿nos muestra las diferentes formas de vender el alma? Y en ese caso, ¿quién es más culpable?, ¿quién la compra?, ¿quién la vende? Si es que el presidente Blanco alguna vez tuvo alma, o ¿acaso Hernán Blanco aparentemente inofensivo siempre fue el mal en sí mismo?
Un juego onírico y telúrico de símbolos jugará en esa frontera de duda y sospecha que el público tendrá que discernir.
Vemos los interiores de las estancias, casi siempre en penumbra, claustrofóbicos y cerrados como los interiores anímicos, en contraste con la blancura exterior.
Desde el principio de la película el espectador sabe que  una amenaza latente, que se concreta en el yerno del presidente argentino, sobrevuela por encima de todo su gabinete: el ex-marido de su hija le puede acusar de corrupción poniendo en peligro su actual rango. El presidente Blanco reclama a María (Dolores Fonzi, como siempre una intérprete espectacular trabaje a las órdenes de quien trabaje fuera o dentro de su país) –heredera sin buscarlo de las consecuencias que conlleva ser hija de…- ella atraviesa un momento psíquico delicado, con antecedentes de otras crisis psicóticas, y su padre hace que la traigan a su lado ¿para protegerla?, ¿para protegerse?, ¿para controlar ese fleco suelto y tirar de la rienda? El público decidirá. A partir de dicho momento, comienzan las conjeturas y el espectador no está seguro de si la chica sufre un atentado en la habitación del hotel, o por el contrario es ella misma quien lo inflige, sólo ve como estalla la ventana, Santiago Mitre -el director y  Mariano Llinás, su coguionista- se mueven bien en esa ambigüedad-. Tras el estruendo de los cristales rotos María Blanco entra en un estado de shock que la enmudece, sólo la hipnosis la sacará del silencio, y con ese recurso el público desde el patio de butacas podrá ensamblar la oscuridad con la luz y unir vida privada con pública. La hija del presidente narra un episodio visto en su niñez que tiene relación con un caballo y un hecho delictivo del padre. Lo sorprendente es que Blanco niega el suceso y que ella haya podido presenciar algo así porque no había nacido. El escalofrío está servido. De nuevo el director nos deja con la incógnita para entrar quizá en los territorios morales, rayanos incluso en la espiritualidad, la religión...
¿Acaso los oscuros secretos del pasado nos delatan aún siendo desconocidos por todos los demás?, ¿es la hija el espejo de la conciencia del padre?, ¿hay verdades que se saben sin que hayan sido pronunciadas, presenciadas? El espectador decide.
Las figuras ¿surrealistas? como los caballos que aparecen no sólo en la mente de María, sino también en la propia cumbre, y las imágenes de las carreteras en forma de ocho que tal vez nos indiquen los recovecos del poder, supongo que serán elementos metafóricos del propio autor, de su universo particular sin las connotaciones simbólicas del imaginario colectivo que todos podemos comprender, no sé si los caballos representan la libertad, la delación o la conciencia, porque la mirada entre ambos -animal y hombre- es frontal y retadora, en mi opinión las alegorías no quedan claras, y lamenté que me hicieran perder la conexión sacándome fuera de la historia, las vi como piezas valiosas pero descosidas de la trama principal, sueltas.
El largometraje está muy cuidado, según tengo entendido utilizaron el avión real del Presidente de Argentina, y rodaron de noche en los espacios verdaderos de La Casa Rosada; el vestuario fue costoso puesto que los políticos visten trajes a medida, usan coches de alta gama y se hospedan en hoteles exclusivos y era necesario respirar todo lo que forma parte de su ambiente.
Me resultó interesante comprender las diferencias entre los países latinoamericanos; a menudo desde la distancia englobamos y atribuimos características comunes para todos y como es lógico ellos entre sí, al igual que los europeos entre nosotros, se parecen y nos parecemos tan poco como un huevo a una castaña.
Intuyo que el autor tiene como leit motiv el estudio del poder enfocándolo desde un ajuste de cuentas generacional y de forma freudiana: la rebelión contra el padre; ya lo hizo en su película Paulina (La patota), y por debajo de esa dura reclamación que siempre pone en un brete al progenitor con oficio político, asoma la queja de hijo desatendido que exige ser elegido, “o tu trabajo o yo” Juzga duramente al intachable en lo público porque le conoce en lo privado, y coloca en una encrucijada al padre  sabiendo que al obligarle a que escoja uno de los dos se destruye, en ambos largometrajes la hija se auto-inmola para llamar la atención del padre, sin darse cuenta de que victimizándose también obtiene poder y lo usa para el chantaje emocional. Naturalmente esta especulación mía que he creído ver entre las líneas de estas dos piezas y que no tengo derecho a hacer no invalida el profundo análisis que el director realiza en el mismísimo núcleo de la política o poniendo a prueba la ética y los entrecomillados pilares en los que se sustentan los oficios de los que dependen la justicia y el bienestar social. Me temo que los ama y desprecia al mismo tiempo y con la misma intensidad porque su discurso es pesimista. Creo que el autor está explorando, por ello fragmenta sin cerrar distintos enfoques de un mismo tema. La película muy a mi pesar me pareció una pieza incompleta.
Hasta el próximo encuentro.

Pili Zori.

CATALUNYA

Somos intensos y efervescentes los españoles, reaccionamos y después reflexionamos, y muy capaces de condensar en una semana lo que requeriría un proceso de varios meses.
He estado silenciosa oyendo a todos, bajo los gritos, y también a través de los susurros, y por qué no decirlo, a pesar de los ladridos. No soy de las personas que preguntan “¿quién lo dice?”, primero escucho, después si quien habla coincide con mi criterio, con mi ideología –si es que este último término sigue significando lo que entiendo por él- me alegro, y si no, pues busco el modo de comprender -con aproximación o sin ella- sus razones. Ojalá los demás hicieran lo mismo conmigo, pero mirar bajo la etiqueta para ver el contenido da trabajo en este tiempo de prisas, y todo el mundo prefiere ser fan antes que analítico. Naturalmente comprender no es justificar, pero el esfuerzo contra la cerrazón y la condena a priori de quienes piensan de forma distinta a una es bastante más fructífero. De modo que en este tiempo de silencio mío, he ido desmenuzando y aquí os dejo el proceso, sin duda inacabado.
No soy partidaria de independentismos ni de nacionalismos, creo que las personas debemos aportar algo más que haber nacido en una tierra determinada para mostrar nuestra identidad, es muy pobre y triste no poder ofrecer más que eso: “quien no es nadie al menos presume de ser de algún sitio y de pertenecer a su terruño.” Recuerdo aquella canción que en una de sus estrofas decía: "Entre tu pueblo y mi pueblo hay un punto y una raya, con tantas rayas y puntos el mapa es un telegrama" Como he dicho otras veces, somos género humano y hemos nacido y caído en este planeta que dentro del universo es un grano de arroz. Así que sólo respeto la bandera blanca de la paz, la única que no es excluyente y lamento mucho que a alguna tertuliana televisiva esta frase le parezca un lugar común y simplón del estilo de las que dicen las miss universo de turno, a mí me nace de verdad ese sentimiento, no es una expresión manida; mi padre pasó cuatro años en el campo de concentración de Larache por defender la bandera republicana, que también era la constitucional, la legal, pero no quiero aprovecharme de él, para refrendarme. Lo cierto es que me ondeaba el estandarte blanco en la cabeza cuando hace unos días leí un artículo de la cineasta Isabel Coixet en el que ella hacía mención a dicha bandera blanca tras haber sido insultada; de ¡fascista! se atrevieron a calificarla, ya ves lo gritona que es la ignorancia, a buen sitio fueron a poner la era; a continuación se sumó Rosa Montero a su tristeza y fue bonito sentirme en conexión con las dos mientras la estrofa de Miguel Ríos envolvía nuestro cuarteto: “No estás sola, alguien clama en la ciudad…”
Como he dicho otras veces, para comprender las cuestiones políticas suelo preguntarme ¿a quién beneficia? Y me respondí que a ambos gobiernos les convenía la cortina de humo para tapar sus vergüenzas corruptas, apelar al sentimiento patriótico siempre funciona y arropar lo heterogéneo y cobijarlo con la caricia suave de la bandera produce un sentimiento de unidad incomparable. 
Mientras todo este movimiento y clamor sucedía en Catalunya escuchaba aquí y allá voces queridas de familia y de amigos que exclamaban: "Ya se podían haber producido esta unión y estas manifestaciones con la misma fuerza frente a los recortes, los sueldos precarios, el paro…” o “El malestar social ha terminado explotando como un globo allí, en alguna parte tenía que producirse el reventón”. 
Más tarde me tranquilicé pensando que la gente no es tonta ni tan manipulable como algunos poderosos creen y que tras la exaltación emotiva sabría colocar sus deseos, pensamientos, ideologías e intereses legítimos en su lugar.
Me pregunté por el origen, siempre he creído que los sentimientos de las personas de a pie nos conducen a las urnas, y a tomar nuestras decisiones vitales, por ello me consta que el menosprecio genera un resquemor duradero; los catalanes habían reformado y construido de nuevo su Estatut y el Tribunal Constitucional les desbarató un montón de artículos. Aclaro que no estoy entrando en legalidades ni ateniéndome a la letra sino a su espíritu. Tampoco voy a establecer la diferencia entre nación cultural y nación política. Pienso que debido a aquel hecho -que tomaron como una falta de sensibilidad- el catalanismo de todos se confundió con el independentismo de unos pocos que supieron canalizarlo, y de aquellos barros surgieron estos lodos.
Durante todo este proceso intensivo se me pasaron muchas conjeturas por la mente -algunas de ellas maldades dada la atmósfera-: tales como que este lío era una excusa para encubrir que lo que en realidad buscaban era reclamar privilegios y dinero, que quizá escondía el sentimiento insolidario de “primero yo, luego yo y después yo", y el tópico de "La pela es la pela", pero que no lo iban a declarar abiertamente. Catalunya siempre ha sido la llave para completar votos y por llamar a su puerta ha recibido compensaciones a cambio, y me decía que lo honesto cuando tienes más, es contribuir de forma proporcional con las comunidades que tienen menos a través de los impuestos, ya que nadie es superior a nadie ni la prosperidad es mérito exclusivo, porque tanto el norte como el este de nuestro país tuvieron enorme apoyo industrial, que por supuesto supieron desarrollar, esa eficacia nadie la discute, pero nosotros sin ir más lejos, trabajadores honrados y eficientes como cualquier catalán, por no tener no tenemos ni agua debido a que la poca que nos queda la trasvasan, y resulta paradójico que muchos de nuestros pueblos la tengan que comprar envasada para apaciguar la sed. Por tener, eso sí, poseemos centrales nucleares que a su alrededor no generan puestos de trabajo y por tanto desertizan, pero sí muchos cánceres raros.
En cuanto a que los catalanes votasen en su ilegal referéndum la verdad es que tampoco puse el grito en el cielo por ello, no es la primera vez que el pueblo se salta leyes que considera injustas para poder transformarlas, no se trata de que nos parezca bien o mal a conveniencia, aunque a mí los referéndum tampoco es que me hagan mucha gracia porque reducir todo a los antagónicos "Sí" o "No" cuando la vida y la convivencia están llenas de matices me parece que es reducir parcelas importantes a los test psicotécnicos que también odio. De manera que creí ver en esta "improvisada" consulta un alarde testimonial, aunque luego no resultase vinculante y que lo que deseaban era expresarse, y en ningún momento me lo tomé como una afrenta personal. Y aunque nada tiene que ver el ejemplo porque el resto de España no es ni padre ni madre de Catalunya, me dije que los hijos también se independizan, y que llegado el caso como un mal menor pues que hay países pequeños que funcionan bien, ya sé que es un disparate que no tienen el apoyo internacional y que hoy por hoy sus habitantes caerían en el aislamiento y la ruina, pero se sobreentiende que me movía la buena intención, siempre lo intento. Hasta ahí perfecto.
 Lo malo fue contemplar entre lágrimas las cargas policiales, no entendía a qué venía esa exhibición de poder, y que conste que mi llanto también englobaba a los agentes de las fuerzas del orden que recibieron lanzamientos de sillas y de barreras metálicas; en esta manía mía de no generalizar, debajo de cualquier uniforme veo personas, con niños y carritos de la compra, con casas pequeñas, sueldos bajos y legítimo deseo de reconocimiento a su trabajo… y sé que algunos descerebrados se sobrepasan en sus funciones sacudiendo yesca a diestro y siniestro y olvidando que arremeten contra gente desarmada y que ellos van protegidos y armados hasta los ojos, al igual que soy consciente de que entre los manifestantes también se encuentran algunos de sus homónimos cerriles. Pero peor todavía es ver cómo ciertos políticos, sin problemas para cambiar su domicilio y su peculio a otra ciudad se esconden tras unos u otros, y ahí se las entiendan los demás -que no pueden ni quieren trasladarse- con los demonios que han dejado sueltos estos “próceres” insensatos que le han levantado la tapa a la caja de los truenos.
Es triste mandar a gente cualificada a dar palos a los ciudadanos cuando su preparación resuelve atentados y casos de enorme complejidad y riesgo, aunque todo hay que decirlo: también entre sus mandos queda todavía mucho casposo nostálgico sin reciclar.
Pero fue viendo la entrevista que Jordi Évole le hizo a Puigdemont cuando me caí del guindo y me asusté: mirando al político a los ojos -gracias al generoso primer plano- vi claramente que ese hombre en su interior jamás iba a dar su brazo a torcer, ni a conceder ningún arreglo a no ser que las circunstancias le obligasen, y en ese caso seguiría posponiendo su objetivo pero lo mantendría intacto. No vi en su mirada, deseo de privilegios o de dinero, tan sólo contemplé la determinación de su anhelo de independencia con el apoyo del pueblo o sin él y a cualquier precio, y no pude sentir empatía porque para ese sentimiento no tengo neuronas espejo ya que jamás lo he experimentado, me resulta completamente desconocido, y me dio vértigo.
De vez en cuando mi imaginación se me "cortocircuita" y en una de esas ocasiones en las que me entra la “neura” de la teoría de la conspiración, se me ocurrió que todo podía estar orquestado, apalabrado de antemano con meticulosos y bien medidos golpes de efecto; lo sentí cuando vi a Soraya Sáenz de Santamaría hablar con un aplomo que no era impostado y que no se tiene si no estás advertido, y al escuchar sus palabras con olor a consigna acordada, puesto que si ahora mismo hubiese elecciones ambos “bandos” crecerían obteniendo más votos y por tanto ganarían, llegué a pensar que habían intuido de antemano cómo iban a reaccionar intelectuales y artistas, cuyas opiniones los dirigentes políticos se las suelen pasar por el arco del triunfo con la prepotencia que desgraciadamente caracteriza a los gobernantes embriagados de poder, no estaría mal que colocasen un alcoholímetro en el parlamento y en sus sedes, al  igual que un medidor para controlar los picos de soberbia, potente, eso sí para que no estalle, porque sobrados hay muchos; pero volví a soldar mis cables dando votos de confianza por doquier a toda la humanidad. Lo necesito, soy así, qué se le va a hacer.
Aunque ahora comienza a hablar el dinero, y ése, como dicen, no tiene compañero.
Para finalizar, aunque el lío sigue, me pregunto qué parte considero que es la buena, qué elemento positivo se puede extraer de todo este ciclón, si es que algo es salvable, y me respondo que nos hemos mirado sin máscaras, y nos hemos escuchado incluso entre bramidos, y que hemos tenido que desechar las apariencias de “A ver con quienes te alineas, no vayas a parecer un rojo infame, o un facha recalcitrante”, porque esto tan gordo no trataba ni trata de "seguidismos". 
Ahora, como decía al principio, toca reflexionar, al igual que los críos cuando después de una pelea hacen las paces. Es triste pero a veces los españoles necesitamos la bronca para poder exteriorizar lo que anda enconado por debajo de nuestra piel, y ya que hemos hecho la catarsis confío en que empiece a despejarse el aire que tantos años lleva enrarecido. Y que el sentimiento de decepción entre nosotros mismos, los de la calle, se diluya, se nos pase.
Perdonad la extensión, pero podéis leer el artículo por entregas, como hacíamos los que ya somos del jurásico con las cartas de papel: las íbamos leyendo a trozos y a ratitos.
Un abrazo

Pili Zori.