SUEGRAS


Días antes de que nos invadiesen con el desencuentro familiar entre reinas, desde todas las cadenas de televisión, me habían llamado la atención dos anuncios publicitarios que asaltaron –casi seguidos- la pantalla del televisor de mi cocina. Uno de agua que viene a decir que la sed es como la suegra que aunque no la notes está, y el segundo en el que aparece otra odiosa madre política que obliga a su nuera a tomar una copiosa comida picante; a la acorralada nuera no le quedará más remedio que tomarse el antiácido después.
Me arriesgaré a que me tilden de que carezco de sentido del humor y diré que igual que poco a poco vamos consiguiendo que desaparezca la gordofobia y demás manías discriminantes pues también terminaremos con esta suegrafobia tan chistosa y recurrente (al parecer, los suegros –varones- gozan de mayor privilegio, y los mismos hechos risibles, si son protagonizados por ellos despiertan mayor ternura y comprensión).
Aclararé -como decían las antiguas- que “madre te haces tú, pero que suegra y abuela te hacen”, y que no sé dónde está escrita la bula de “Hala, vamos a darle un bofetón sin mano a la suegra que parece que lo aguanta”. Sobra aclarar que tengo dos yernos que son dos soles y ninguna queja y sí mucho orgullo por ellos.
No tengo problema en reírme de mí misma y de algunas ingeniosas ocurrencias, pero se trata de reírme contigo no de ti, y es que hay un tufillo generalizado de malicia popular despectiva, consentida y de lugar común que empieza a cansarme.
Ante todo y por encima de todo somos personas intentando aprender a relacionarnos desde la igualdad y los afectos, lo demás son apellidos o subtítulos de las tareas o roles que hemos de desempeñar en privado y en público. Estoy hastiada de otros poderes y de sus abusos, laborales, políticos, sociales… al menos intentaremos que no entren en el entorno familiar y que no se convierta en rol lo que debe ser un vínculo, por eso me ha gustado la igualada, que Leticia se baje de los tacones y que Sofía se coloque a su lado; que hay mar de fondo, ya imagino que sí, como en todas las familias, pero todos los familiares han de tener lima para pulir asperezas, quienes la componen y quienes la amplían, de eso va el asunto. Sin embargo, enseñar hipocresías a los nietos, sean Reales o reales, es más feo, para eso es preferible discutir y expresar lo verdadero.
No soy monárquica, habrían de ser los Borbones los seres más ejemplares, bondadosos y brillantes del mundo, como lo fueron y lo son en muchas ocasiones de enorme valor público, diplomático y representativo -nadie lo niega, como tampoco negamos las vergüenzas que han protagonizado- y seguiría diciendo que no han sido elegidos sino impuestos y que en este tiempo de democracia –aunque el contenido de la nuestra sea tan flojo- hay más opciones, de modo que si se quieren presentar a las elecciones tampoco tengo inconveniente. Pero me salgo del inciso y retomo. Como he dicho en renglones anteriores primero somos personas, y la familia Borbón tampoco está excluida del concepto. Y como soy realista, que no Realista, pues asumo que seguirán en el trono por mucho tiempo, y como hay tanto que hacer pues que echen una mano que todas nos vienen bien en vez de perder el tiempo con colocaciones fotográficas y protocolos obsoletos. Pero sobre todo lo que quiero destacar es que tengamos en cuenta que casi todos llegaremos a ser suegros y eso significará que estamos vivos y que es motivo de contento, así que a ver cuándo contemplo por la tele a una suegra y a una nuera compartiendo la botella de agua mientras juntas, dan un paseo, y a una suegra y a una nuera preparando la comida con picantes o sin ellos, y para rizar el rizo invierto: a ver cuándo salen en pantalla las suegras con los yernos y  las nueras con los suegros haciendo lo mismo y subrayo que digo en la tele porque en la vida ya lo veo.

Pili Zori.

"Los pacientes del Doctor García", de ALMUDENA GRANDES (Acto de presentación y análisis)


Hasta este momento no he podido sentarme de nuevo frente a la pantalla del ordenador, pero aún me acompaña la buena sensación de haber estado junto a Almudena Grandes, autora que siempre crea una corriente de afecto a su alrededor además de ser un poderoso generador de luz.
Agradezco a Blanca Calvo que pensase en mí para acompañar en el encuentro a esta extraordinaria escritora cuyos libros tanto aprecio, a la Librería Lua por confiar en su propuesta, y al Centro Cultural de Ibercaja por dar cobijo en su acogedor espacio.
Sería bonito poder entregar la grabación de todo el acto porque como siempre Almudena Grandes estuvo sublime, pero no la hubo, de modo que compartiré en este pequeño rincón las palabras que le dediqué; como dice el refrán: quien da lo que tiene no está obligado a dar más. Y a continuación haré un comentario sobre su nueva entrega de Los episodios de una guerra interminable “Los pacientes del Doctor García”.

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Almudena Grandes en Guadalajara. Vino con su nuevo libro bajo el brazo: "Los pacientes del Doctor García".

Almudena Grandes no necesita presentadores, su nombre es aval en sí mismo porque su honestidad, prestigio y valentía son tan grandes como su apellido; sé que caigo en un lugar común, pero no por ello menos cierto, los apellidos también cuentan peculiaridades e historias de carácter familiar además de hazañas en algunos casos.

Es un lujo poder seguir la evolución y trayectoria de la obra de una artista a la vez que éstas se van produciendo. Medir el paso del tiempo con el calendario de la literatura de la autora es impagable porque desde perspectivas pretéritas, tal vez resulte más sencillo analizar la historia puesto que los hechos ya están ahí en la luz o en la sombra, enterrados o a la vista y el escritor tiene un soporte para analizarla, para interpretarla, para corregirla o para hacer justicia con ella. Pero Almudena Grandes –aún siendo historiadora- comenzó al revés: la vivió y buceó en ella escribiéndola mientras ésta sucedía, y tras haberla mirado desde todos los enfoques y puntos de vista llegó a la conclusión de que necesitaba completarla -al fin y al cabo nacemos in media res en el guion de la vida- y fue entonces cuando sintió que a su obra no le faltaba, sino que le hacía falta la primera parte, entonces dio media vuelta y enfocó la mirada hacia sus abuelos: el origen, y como consecuencia la derivó hacia sus padres, la generación que quedó dividida entre vencedores y vencidos; unos tuvieron voz pero ella eligió, y quiso escuchar la de los amordazados, la de los resistentes –rasgo al que la autora le concede la máxima heroicidad… 
La transición, como ella misma subraya no había llegado por generación espontánea, era el resultado de una lucha muy larga. 
Y ese fue el justo lugar donde colocó el eje: “El corazón helado” se convirtió en el centro de sus obras completas -que aún está completando-. Y allí se encontró a sí misma. Las partes silenciosas, al fin, se habían rellenado.
Pero volvamos al inicio. A. Grandes empezó a publicar al comienzo de la transición, y podemos constatar que desde ese punto de partida estudió a la mujer en todos los ángulos y roles posibles: como madre, como hija, en el trabajo, recordemos “Atlas de geografía humana”; en el traslado de los sueños desde lo rural a lo urbano, como vimos a través del precioso personaje de “Te llamaré viernes”; pero sobre todo la enfocó desde el amor, y para ello tuvo que destrozar estereotipos impuestos, y por la grieta abierta hizo que emergiera la verdad y puso palabras donde antes no las había; y contó lo que ni siquiera las mujeres compartían entre sí. Rompió esquemas en “Modelos de mujer” para demostrar que la belleza no tiene necesariamente que ver con la estética y que cabe en todas las tallas y en todas las edades, y que nace desde el deseo que es lo más personal e instintivo que tenemos y que no está sometida a ningún canon.
Trató a fondo el triángulo amoroso en “Castillos de cartón”. Exorcizó en “Malena es un nombre de tango” la maldición infligida a la sexualidad femenina para convertirla en un derecho, en una reivindicación; y ahora que lo vemos tan natural se nos olvida que Almudena Grandes fue precursora en muchos avances; hasta el momento en el que ella escribe “Las edades de Lulú” las mujeres hablábamos de la liberación sexual de forma muy técnica y eufemística y aunque intentábamos ser brutalmente descriptivas ese era paradójicamente el escondrijo.

Necesitábamos con urgencia ponerle nombre a lo que sentíamos, ya que éramos una generación a caballo de muchas contradicciones y ella encontró el lenguaje sincero y preciso, y tengo la impresión de que nunca se lo agradeceremos bastante.
Valoro a los autores que sirven de puente entre dos culturas y que por ello pueden explicar en ambos extremos de la pasarela los por qué de cada una; Almudena Grandes también es una escritora puente, pero en su caso entre dos ideologías. Narradora de intenciones y compromiso, bien definida en cuanto a su adscripción, que comparto, no es por casualidad que tenga lectores de tendencias políticas antagónicas y que sin embargo en ambos lados la adoren ya que ella se crió dentro de una familia con miembros de los dos bandos y aprendió a posicionarse sin dejar de amarlos, quizá por ello sabe explicarlos con ese sentido de humanidad que nos engloba y aglutina. Almudena Grandes mira con amorosa hondura a todo el mundo, aunque sabe de sobra que comprender no es justificar. Y tal vez por dicha consanguinidad y por su sentido de la justicia es la persona y artista idónea para hacer un viaje en el tiempo y colocarse en medio del combate; ahora es el momento, y ella la mejor voz para hacerlo.
En cuanto a su prosa, afirmo con rotundidad que es apabullante y que está repleta de lirismo, tiene la fuerza de los maestros rusos, es clásica pero de contenido moderno al mismo tiempo… La estructura de “Los aires difíciles” fue un hallazgo, una prodigiosa novela fuertemente sostenida por distintos vientos, sus brisas o huracanes separaban las partes, como veis el edificio no puede ser más poético. Si además al valioso equipaje le añadimos que esta escritora también goza del registro periodístico (que aunque ella lo niegue con modestia para especificar que sólo es columnista, puedo asegurar que lo tiene y que es una magnífica cronista, y analista de su tiempo) pues sólo queda descubrirse.
Aunque, si se me permite escoger, opino que la literatura con mayúsculas -que es la que ella realiza- tiene mayor profundidad porque añade la mirada interior, la introspección, y porque cuenta la historia desde las emociones, desde la psique, desde los pensamientos que no se pronuncian o no se escuchan.
Antes de que me propusieran el honor de presentarla, yo estaba recopilando en el estante de la G de mi biblioteca todos los libros que constituyen la serie de los episodios, con la idea de leerlos seguidos cuando pudiera para notar así el pespunte y las puntadas comunes que los unen, (aunque tuve que hacer una excepción en mis planes ya que leímos en el club de literatura “Inés y la alegría” y ahora, durante estos días previos a nuestro encuentro me he adentrado en solitario en las páginas de “Los pacientes del doctor García.” No sé si ella, tan amante de las buenas estructuras, estará de acuerdo con mi colocación de su obra, ya que en mi anaquel lucirá así cuando reúna todas las piezas: Los episodios por orden de aparición, en la zona izquierda, “El corazón helado” en el centro, y el pasado más reciente en la segunda parte a la derecha, comenzando por “Las edades de Lulú”, y para cerrar “Los besos en el pan”, como un espejo elevado en el que se reflejará la primera parte, ya que en su azogue se puede ver con absoluta claridad esta guerra fría en la que también hemos perdido las batallas, y se pueden observar con nitidez y repetidos los mismos ingredientes de los defectos y cualidades de nuestro país: la soberbia y la ira, pero también la generosidad y la unión, porque la gente de a pie siempre sabe distinguir qué es lo importante.
Hace muchos años en un encuentro con clubes de literatura le dije que no tenía nada que envidiar a Faulkner, escritor al que tanto admira, y aunque se burló un poco de mi pomposa afirmación hoy sigo pensando lo mismo y que Almudena Grandes es un orgullo vivo para la comunidad literaria y para nuestro país.
En mi novela inédita “Sin dioses que nos miren” aparece entre los agradecimientos uno que dice así: “A todos los personajes de los libros de Almudena Grandes, tan reales para mí”.
Y en nombre de mi padre y de sus compañeros del campo de concentración de Larache te doy las gracias por ser su voz.
Pili Zori.

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“Los pacientes del doctor García”, novela de Almudena Grandes.

Como de costumbre, aviso de que en este espacio hablo de libros, largometrajes y series una vez que los hemos leído o visto, y aunque mis análisis tienen que ver más con lo artístico tendré cuidado por si acaso hago spoiler. Por favor volved aquí cuando hayáis terminado de leer la novela.


“Los pacientes del doctor García” tiene la grandeza de una ópera por su composición, así son su tono y su ritmo. Una epopeya en prosa.
La narración te lleva, te conduce hasta alcanzar la catarsis del majestuoso final, en el que se van cerrando círculos entrelazados con engarces de perfecta orfebrería, y describo bien al expresar majestuoso porque la entrega de la carpeta azul, es como el traspaso de deberes y poderes, ¿fallidos en este caso? –el lector decidirá-  de Manuel a Guillermo, dos personas de absoluta dignidad. He de decir que tuve una sensación invertida ante el pasaje: sentí que la carpeta, el valioso legado de la verdad se la entregaban los propios personajes a Almudena y que ella nos la traspasaba a nosotros, así de reales son ambos protagonistas para el lector habiendo sido creados por la propia autora. La carpeta para mí representó un precioso ajuste de relevos generacionales. De manera que, si alguna vez se había dudado de la realidad de la literatura y de la misión de un buen escritor, en esta magnífica y transformadora narración se halla la respuesta. No hay mejor herramienta para enmendarle la plana a la historia que la que esculpe letra a letra el arte de la ficción.
Los clímax en este libro ocupan el lugar exacto e irán aumentando de tamaño durante el desarrollo; por señalar alguno, citaré el fusilamiento situado casi en el centro de la novela, en ese punto es en el que surge el dilema ético y moral de Adrián y vemos cómo intenta dar la vuelta a su conciencia para poder aceptarse. En mi opinión en esas páginas está el latido de la novela con toda su controversia, y desde sus renglones nos lanza las preguntas clave: ¿Cuándo y por qué dejas de ser humano?, ¿qué resortes usas para dejar de ver a los otros como personas?
En las páginas 298, 299 y 300 comenzamos a escuchar el bombeo del corazón al que aludo, es muy difícil sujetar las lágrimas en dichos pasajes, yo no pude, y eso que las estaba derramando por alguien indefendible, el debate interno que la escritora provoca en el lector es un logro. Y a partir de esas escenas llegué al final teniendo que limpiar mis gafas a cada minuto.
Pero las pequeñas pinceladas que proporcionan volumen y brillos –como cuando terminas de pintar un árbol en un lienzo y salpicas con diminutos toques de blanco para rematar- también son importantes y me impactaron y conmovieron con igual fuerza. Hay muchas, a lo largo de la novela, colocadas con buen uso de gotero en los lugares precisos, elegiré sólo dos como muestra:
Con la primera me refiero a cuando Guillermo se deja bigote para mimetizarse porque se va a infiltrar como espía en la red Stauffer. Pienso que fuera del libro también les ocurrió lo mismo a todos los represaliados: camuflaron la derrota para adaptarse al medio, y lo hicieron incluso con su aspecto. Caminaban como quien esconde un secreto, como quien tiene que vivir dos vidas para que una no engulla a la otra, para que la nueva no se coma la identidad de la que fue legal, legítima; una oculta y otra pública, la secreta y reprimida que sin embargo antes del golpe de estado que causó la guerra civil fue luminosa y libre. Menos a sus parejas, los vencidos ocultaban incluso a los hijos su modo de pensar, de sentir… y la terrible paradoja fue que muchos de sus vástagos al ser adoctrinados por la dictadura llegaron a poner a sus padres en cuestión sin conocerles y sin que ellos les desmintieran debido a esa generosa entrega que es la renuncia del derecho a defenderse con la que creían evitar el sufrimiento de sus herederos. El país fue acuartelado, adocenado y encauzado en una sola dirección, y el miedo se extendió como un gas paralizante hasta el interior de los hogares, en los que quienes vivían vigilados y fichados y como en un toque de queda se sintieron derrotados y cobardes por haber sobrevivido y las lagunas opacas con las que fueron cubiertas sus historias son imperdonables.
La segunda también me afectó en sus dos lecturas, la real y la metafórica: me refiero a las escenas del viejo trenecito que Amparo y Guillermo pintaron a mano. Subir a tiempo a los trenes, bajarse a tiempo de ellos, o perderlos mientras ves como se alejan –al menos en cine- siempre simboliza las oportunidades desaprovechadas o viceversa, y Guillermo tiene que renunciar a ver crecer a su hijo, pierde su casa y le impiden ejercer su profesión condenándole a la clandestinidad, fuera de la novela también ocurrió, los estudios y títulos académicos no sirvieron ni pudieron convalidarse en el salvaje barrido del borrón y cuenta nueva, y ese trenecito recoge el vacío… pero por fortuna será un tren de ida y vuelta que a su regreso transportará la verdad, una verdad inesperada, imprevisible y feliz que dejará al lector con la boca abierta, un pasaje de libertad que paradójicamente se produce en la cárcel.
Prosigo en esa línea y añado que los trazos maestros me han impresionado: un médico para salvar vidas. De hecho, la palabra “resucitado” cuando Guillermo trasfunde sangre a sus pacientes recalca lo que intento expresar puesto que les devuelve la vida.
Después tenemos a un diplomático para representar la mediación, la convivencia, que no se dio, a un boxeador que simboliza la lucha exterior, pero también la interior, el combate contra sí mismos que sin duda tuvieron que dirimir muchos al sentirse equivocados, injustos y asesinos. Y finalmente el ajedrez para recordar que la contienda sigue. Es precioso contemplar el modo en el que Guillermo transmite las reglas del juego limpio a su primer hijo y el jaque mate que a su padre le hace Rita, hay nuevos participantes, la lucha continúa.
Almudena al mostrarnos las trastiendas de las dos vidas consigue redefinir con mayor exactitud conceptos manidos como traidor, tramposo, y héroe.
Todo el libro es subrayable, pero para no desvelar más –aunque creo que he sido cuidadosa- a quienes aún no lo han leído y se han saltado el aviso de posibles spoilers me conformaré con compartir sólo éstos:
“¿Qué hemos hecho nosotros para que nos vaya peor que a los nazis?, ¿por qué no valemos nada?, ¿por qué nunca le importamos a nadie?”.

“El mundo no cambia cuando se vive bajo una dictadura”.

“Los crímenes de guerra no han sido suficientes ¿no?, millones de muertos inocentes, centenares de asesinos impunes paseándose por el mundo como si fuera su casa gracias a la protección del asesino del Pardo y a la hospitalidad de Perón. Total, ¿qué significa eso?, nada, un pequeño inconveniente de la historia, un accidente…”

La novela da todas las respuestas a por qué los demás países aliados abandonaron al nuestro prefiriendo al dictador. Un extenso mapa de naciones que hoy se permiten mirarnos con altivez agacharía la cabeza si conociera la responsabilidad que tuvieron sus mayores al mirar con egoísmo insolidario para otro lado.
Almudena Grandes en esta ocasión ha dividido las partes con tabiques construidos con noticias reales, para que el lector pueda aceptar la ignominia de hechos increíbles que sin embargo fueron verdad. Esto sí que es un máster, o una extraordinaria tesis doctoral además de purísima y bella literatura.
Durante toda la lectura estuve recordando tres novelas de Bernhard Schlink “La justicia de Selb”, “El regreso” y “El lector”. Tres extraordinarios ejercicios de autocrítica.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

8 DE MARZO DE 2018


Se ha dicho tanto y tan bien durante esta semana que no siento la necesidad de añadir redundancias, pero sí deseo compartir que estuve.
En mi ciudad, tan poco proclive a echarse a la calle, no se veía el trazo de una baldosa en el paseo, ni una pizca de acera o calzada, sólo zapatos sosteniendo cuerpos de mujer, también de hombres que se sentían cómodos, felices en ese otro modo distinto de estar que tenemos las mujeres, de solicitar, de reclamar, de hacernos ver, oír... con esa manera de ocupar el espacio dejando hueco, sin avasallar, sin empujar, tocando hombros para abrazar.
Bajé al encuentro por la mañana, tímidamente, como todos, pensando: a ver cuántas somos, a duras penas disimulé la sorpresa ante el llenazo, porque como siempre se ha dicho la duda ofende; de nuevo la ilusión y mi murmullo interior que decía “Esta vez sí, las cosas van a cambiar, sólo cuando las mujeres se mueven juntas las sociedades se transforman de verdad, al fin hemos encontrado el pespunte. A lo mejor no me muero sin verlo, no todo van a ser pérdidas”.
Por la tarde no pude incorporarme a la manifestación, pero después vi en las redes la riada y acompañé mentalmente -y con los ojos empañados de emoción antigua- las imágenes con el canto de Celaya “¡A la calle que ya es hora de pasearnos a cuerpo y mostrar que pues vivimos anunciamos algo nuevo¡”.
Al vernos ahí a todas unidas, con distintas adscripciones, status, pertenencias, procedencias, circunstancias... sentí que no importa cuántas veces nos salgan ramalazos machistas o retrógrados, mi generación tuvo que vivir en medio de muchas contradicciones, y aun así rompió moldes, y recuerda las conquistas que ampliaron ADN para todas y éste corre por las venas femeninas de las hornadas siguientes, y eso puede permanecer latente o asustado pero nunca retrocede; la diferencia radica en darse cuenta, en no justificar o encubrir los fallos que se nos escaparán muchas más veces, equivocarse es humano, reside en que aunque incurras en errores ahora sepas, admitas que lo son, sin engañarnos, sin que te engañen, porque ya hemos trazado los mapas, tenemos los argumentos, la transmisión de los conocimientos, el establecimiento de ayuda… porque ya sabemos desenmascarar los eufemismos llamando a las cosas por su nombre: egoísmos, crueldades en mayor o menor medida, abusos de poder… ahora ya distinguimos que las mujeres cuando hablan de “poder” se refieren a “poder hacer” no a inflar globos de vanagloria, y aunque el reparto de tareas es muy importante hemos aprendido también que la palabra feminismo no se reduce al fregado de los platos por turnos, que esa es sólo la punta del iceberg, que no es una guerra de sexos, que su significado nunca lo fue, y en esas aguas profundas hay que adentrarse con todos los estamentos, para ver cuántas terapias de choque o de largo recorrido aplicamos, como se suele decir: nos queda mucha plancha todavía, y también mucho que barrer.
Hace tiempo que comprendí que la lucha nunca se abandona aunque no llegues a conocer los resultados durante el periodo de tu existencia porque la historia es más valiosa que tu corta vida, y ahora sí conozco humildemente la medida de mi pequeña pero no menos importante labor: el camino está trazado, y ya van siglos de dureza y adoquines que las anteriores repusieron, colocaron...gracias a ellas hoy tan sólo he de limitarme a cortar la maleza de los bordes en el trocito que me toca para que el sendero no se borre, para que ninguna mujer se pierda.
Esta semana he recordado a AIMA, Asociación Independiente de Mujeres Alcarreñas, hay expresiones que no se olvidan, y las de aquellos ojos convencidos de que era posible, en aquel diminuto piso de la calle del Amparo fueron los más convincentes para mí en su día, y mi corazón, tan poco dado a la nostalgia por si acaso al lado de un buen recuerdo se me adosan las espinas de los malos, se ha llenado de ternura y gratitud, qué poca vanidad había y cuánto logro sin embargo.
Un gran abrazo para todas.
Pili Zori

LA FORMA DEL AGUA, película de Guillermo del Toro


Aviso: si aún no la habéis visto, volved aquí después porque desvelo claves. (No me gusta la palabra ESPOILER, pero como el efecto de stop al verla es más eficaz, la usaré; me rindo).

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Preciosa de principio a fin, dos zafiros gemelares tallados por un orfebre de singularísima creatividad y meticuloso pulido: aguamarina uno, rubí el otro; enseguida explico el símil que no es adorno ni floritura sino definición precisa: Del Toro realmente consigue los destellos y aristas diamantinos engarzados en oro o plata dependiendo del ámbito en el que nos encontremos dentro del filme: dos pisos adosados que se ubican encima de una vetusta sala de cine que proyecta películas clásicas a las que apenas acude público –no podría situarse mejor el homenaje- las bandas sonoras en sordina de los largometrajes que se oyen desde abajo acompaña las vidas de los dos inquilinos.
Ambas casas comparten un ventanal continuo, una la habita Eliza Esposito, (aquí, llevaría acento, pero creo que en inglés no lo tiene el apellido adaptado), para quitarse el sombrero la actuación de Sally Hawkins, -mujer joven y muda, aunque no sorda, el matiz es importante porque ella sí escucha a quienes ni advierten que existe-, a lo largo de los fotogramas descubriremos por qué tiene suaves cicatrices a ambos lados de la garganta. Eliza trabaja como limpiadora en un laboratorio científico de Baltimore, y los colores que la envuelven e impregnan son todos los azules nocturnos del agua, salvo cuando surgen el amor, el deseo y las ilusiones, entonces aparece el rojo y el brillo de esa tonalidad deslumbra en los zapatos de una cenicienta adulta que no reniega de su erotismo porque sabe que los cuerpos están hechos para funcionar solos o en compañía, y que su alegre naturalidad dentro de la intimidad de su bañera cada mañana es lícita. La casa de Eliza la vemos con luz matinal, de ahí mi comparación con los dos zafiros porque la casa de su vecino Giles parece detenerse en la luz nocturna aunque sea de día, ya que sus horas al igual que su trabajo transcurren en encierro y los colores son más ambarinos y de rubí. 
En el otro apartamento vive Giles (Richard Jenkins) un magnífico pintor gay, ya maduro y sin mucha suerte con los encargos pictóricos que le hacen. La “persona” que le pide dichos encargos -un jefe o compañero desalmado- intuimos que mantuvo una relación clandestina con Giles y que después le pidió que abandonase el trabajo en una agencia de publicidad como quien arroja al cubo de la basura un pañuelo de papel usado, ahora le solicita, para humillarlo, carteles que rechaza de antemano. “Han dicho que pintes la tarta en rojo”, y cuando Giles hace la entrega tras largas horas de creatividad y esfuerzo, el hombrecillo le espeta: “han decidido que la prefieren en verde”, el pintor realiza otro cuadro con el pastel en color verde y sin apenas mirar la transformación el hombre vuelve a escupir otra excusa: “quieren que la familia parezca más feliz…” y al espectador le basta con esa pequeña explicación para ser consciente de las falsas apariencias del sueño americano que se quiso vender en aquel tiempo.
Giles, a pesar de estar recluido, adora el cine musical -tabla de salvación- y las trepidantes e ingeniosas coreografías se deslizan dentro de su televisor mientras Eliza y él desayunan juntos; la selección de escenas y pasajes con Fred Astaire y la poderosa Cyd Charisse, Gene Kelly, Ginger Rogers… añaden a la veneración las preferencias de Guillermo del Toro, que declara así el inmenso amor que siente por el cine de domingo que veía en su infancia. El dúo de claqué que Eliza y Giles ejecutan sentados es imborrable.  En la actualidad no sería necesario especificar, al menos en Estados Unidos sí parece territorio conquistado, pero en este caso, y dada la época, sí hace falta aludir a la condición homosexual de Giles por lo que en escenas posteriores le va a suceder con un apuesto camarero en una cafetería de aquella década,1960; a menudo asociamos la bondad con la belleza estética y paradójicamente en numerosas ocasiones la monstruosidad se esconde tras esa máscara de porcelana fina, hay que saber mirar sin que los falsos oropeles del deslumbramiento te cieguen, el director nos deja clara la observación en dos pinceladas. Pero insisto, no sería necesario el subrayado si no nos encontrásemos en plena guerra fría dado que, como he anunciado, la trama se desarrolla en 1962, con los últimos coletazos del macartismo y su paranoica caza de brujas, el racismo en pleno apogeo, el bloqueo a Cuba… y aunque esos detalles de la efemérides no se narran, en mi opinión, están sin embargo muy presentes en el subliminal.
Guillermo del Toro me ha rescatado para el cine fantástico con esta pieza tan hermosa de su obra, después de pasar el mal trago de ver El exorcista hace un cerro de años, le dije adiós muy buenas al género, aunque no me gusta clasificar porque las obras de arte son eso: arte, que éste se presente en cualquiera de sus expresiones: literatura, escultura, pintura… que sea hiperrealista, impresionista, surrealista, abstracto… que haga su aparición como drama, melodrama, comedia, suspense, terror, fantástico, negro y demás... a mi juicio es secundario.
En esta película se hallan todos los símbolos que nos definen, y de algún modo sutil o directo el cineasta nos transmite que no hay que dar la espalda a los monstruos que nos rodean, la madurez consiste en mirarlos de frente y pactar para convivir con ellos o vencerlos con valentía, porque no hay refugio posible; el director señala la diferencia mostrando quienes son los verdaderos monstruos y qué acciones, sentimientos, pensamientos, bajos instintos e intereses nos vuelven inhumanos, y ahí, en esa disyuntiva que tarde o temprano nos presenta la vida es donde hay que tomar la decisión y el obligado e ineludible compromiso, sin fisuras, sin matices, porque no los hay, toca decidir, y tomar partido, porque eres responsable de tus actos u omisiones y de las consecuencias que estos acarreen. El diálogo que mantiene Eliza con Giles en el que le obliga a repetir en voz alta las palabras que ella emite por señas, para que las sienta al pronunciarlas haciéndolas suyas, es fundamental.
La escena en la que la compañera de trabajo de Eliza, Zelda, –afroamericana- (Octavia Spe) responde que desconoce el aspecto que tiene Dios (ante la observación maliciosa del villano Richard Strickland (Michael Shannon) sobre si estamos hechos a imagen y semejanza de Él, es toda una declaración de principios, como también lo es que Guillermo del Toro haya elegido el punto de vista de los invisibles, de los humildes, de quienes limpian y barren el mundo para que estemos cómodos en él y el engranaje siga funcionando.

Hay que prestar mucha atención a los reproches que hace Zelda sobre el egoísmo y la falta de consideración de los desagradecidos, no en vano Del Toro decidió que la protagonista careciese de voz al igual que la criatura que capturaron del agua en un país de Latinoamérica, tal vez otro guiño intencionado que refleja lo que el abusivo “primer” mundo hace con los demás.
Hablaría sin parar de cada fotograma, del profundo contenido de iceberg que la película tiene, de cómo éste cala a mucha profundidad, de las bellísimas imágenes como la del hombre anfibio (Doug Jones) dentro de la gran sala de cine vacía mirando hacia la pantalla en esa redundancia preciosista; me explayaría con la emoción de que finalmente sea un dios al que maltratan y apalean… me extendería con las magníficas interpretaciones de todo el lujoso elenco tan bien seleccionado, en especial con la de Sally Hawkins; añadiría que hasta los nombres y apellidos de los personajes están escogidos por el autor para que transmitan un significado concreto; agregaría que nada está dentro del filme por azar, pero todo eso lo haría por el puro placer de prolongar, de seguir dentro acompañando la historia, la obra se explica por sí misma y no me necesita… Pero sí deseo destacar que -en mi intuición- lo que se destila en la pantalla trascendiéndola es la purísima esencia de Guillermo del Toro, un superdotado de gran envase para que le quepa en ese cuerpo tanta cultura y tanta pasión como transmite. En cualquier entrevista que le hagan embelesa escucharle.
Y para ir acabando me permito el inciso de asociar el percance de salud que tuvo el propio autor con las terribles descargas eléctricas que el anfibio recibe en el corazón, el actor las interpreta magistralmente como dolorosísimos infartos que los espectadores sienten en los suyos.
Creo que el cine fantástico explora mejor que otros la psique humana, y que a Sigmund Freud y a Carl Gustav Jung entre otros, les habría parecido el máximo hallazgo.
No os la perdáis, nos hace mucha falta todo el amor que proviene de esta realidad contada como si fuese fantasía.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS, película de Martin McDonagh


Aviso: No me gusta la palabra spoiler pero debo advertir que desvelaré claves importantes de la trama. Venid, si os apetece, a este rinconcito para compartir o discrepar después de ver el filme.


Maravillosa de principio a fin. El prestigioso cineasta en mi opinión ha consagrado definitivamente a los tres protagonistas ante los espectadores, y aunque el trío ya tenía largas y fulgurantes carreras por las que es de inmediato reconocible, faltaba la catapulta: al igual que a Gregory Peck se le reconocería y asociaría para siempre en la pantalla y fuera de ella tras encarnar con maestría al carismático abogado Atticus Finch en la película “Matar a un ruiseñor”, Martin McDonagh les ha regalado tres papeles inolvidables por los que el gran público podrá exclamar ¡es ella! -refiriéndose a la oscarizada Frances McDormand- ¡la protagonista de “Tres anuncios a las afueras”!, o ¡son ellos!, señalando a Woody Harrelson con el cariño que provoca un personaje tan digno de afecto, y a Sam Rockwell, en un papel evolutivo con un dificilísimo giro completamente imprevisto para alguien que los espectadores creíamos insalvable. Y no perdamos de vista a los “secundarios”, ya que -como reitero a menudo- no hay papeles pequeños y en este engranaje perfecto McDonagh ha sabido darle a cada uno de los intérpretes del elenco exclusividad en su espacio; el hijo con el cuchillo en el pescuezo del padre, ex de la madre; la jovencísima nueva compañera del progenitor, cuya ingenuidad y bondadoso carácter natural se gana hasta el respeto de la ex; el chaval responsable de la oficina de publicidad; la detestable madre del policía Dixon; la breve pero fudamental aparición de la hija asesinada; las intervenciones de los distintos representantes de los estamentos… En definitiva: el fidedigno retrato del Medio Oeste actual situado en la ciudad de Ebbing, Missouri.
McDonagh se aparta por completo de los estereotipos, de juicios y prejuicios, de correcciones e incorrecciones para mirar a las personas desde la intimidad sin falsas apariencias, y en su lugar parte de seres humanos con sus sombras y sus fantasmas y demonios a cuestas, y ahí coloca la redención, justo en lo aparentemente irredimible.
El largometraje habla de la composición interior y exterior del dolor, de las consecuencias -para cada miembro de la familia y de la comunidad- de una pérdida brutal y sin resolver; el filme expresa el resentimiento y el odio -aparentemente legítimos- que se generan cuando ocurre una desgracia de esa dimensión; pero el cineasta no se queda ahí, da una vuelta de tuerca y extrae desde lo patético la dignidad; otra más y nos muestra los remordimientos que habitan en el corazón de una madre cuya hija ha sido asesinada y violada mientras moría -así reza uno de los carteles- pero ese día habían discutido y lo vaticinado se produjo. El director lleva a la protagonista hasta el último extremo para que la frase de la joven que convive ahora con su ex cobre sentido: “la ira engendra ira”, y esos cócteles molotov caseros lanzados contra una comisaría, que la madre coraje y sola frente a todos, creía deshabitada, también representan -en mi opinión- el sentido del lema cristiano “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. El logro de McDonagh es enseñar el peligro de hasta dónde podríamos llegar, y al mismo tiempo nos dice que desde ahí, y aunque parezca imposible, también podemos perdonar y alcanzar al mismo tiempo nuestra propia indulgencia.
El cambio de actitud y sentimientos lo propician las tres cartas del jefe de policía William Willoughby. De algún modo, al igual que los libros hablan entre sí, también lo hacen las películas porque el cine y la literatura hoy forman un todo, por ello a mí ambas obras, “Gran Torino” y “Tres anuncios a las afueras”, me parece que tienen una conexión, por las bellas eutanasias del jefe Willoughby y la de Walt Kovalski, por toda su incorrecta corrección, y saco la puntada para que también el mismo hilo me lleve a coser estos dos largometrajes con las dos novelas de Jonathan Franzen: “Las correcciones” y “Libertad”. Y no uno dichas novelas y películas sólo por el enclave geográfico -Gran Torino se desarrolla en Michigan- sino por ciertas sinceridades comunes sobre la América profunda que anidan en las cuatro obras.

Las tres cartas de despedida del jefe de policía definen la generosidad y lo duro que puede resultar ser un hombre bueno, ya que la bondad requiere valentía y fortaleza enormes, y sobre todo ecuanimidad para no dejarse llevar cuando es tan difícil no hacerlo. Los cierres de círculo del filme son auténticos engarces de alta joyería. Nunca olvidaré la escena en la que vemos a la madre, agachada frente a la la cervatilla que aparece de repente con su sobrenatural aspecto de reencarnación, los tres carteles rojos a la espalda de Mildred y las flores que coloca a los pies de la inexistente lápida en el luminoso entorno verde y azul que crea así el sepelio más bello, y que envuelve el amoroso monólogo que Mildred pronuncia mientras mira a la misma altura los ojos del animal deseando que sean los de su hija, el pasaje conmueve a mucha profundidad porque en él se hallan todos y cada uno de los colores de la verdadera belleza: Ben Davis, el director de fotografía, despertará la envidia y el mal de ojo porque la escena es sublime.
Tampoco se puede olvidar el cierre de círculo de confianza que el jefe de policía dibuja con muñecos de peluche alrededor de las niñas y al lado del lago donde las deja a solas para consumar la preciosa despedida que le ha preparado a su esposa sin que ella sepa que será la última vez que le verá vivo. Ni el reencuentro del chico de la agencia publicitaria con Dixon, el policía racista, corrupto y embrutecido que le propinó una paliza y le arrojó por una ventana, y ese zumo de naranja entre los dos que sorpresivamente une lo irreconciliable en la misma habitación de hospital, y es que el Karma es un poeta. Y por último el guiño que despista: cuando el público de la sala de cine ya está pensando que ¡Qué casualidad! que el violador se vaya de la lengua en el asiento contiguo al de Dixon, que ¡vaya forma chapucera de resolver el caso por lo fácil!, cuando ve que no tiene por qué ser el mismo que asesinó a la hija de Mildred, de hecho el A D N demuestra que no fue él.
La película termina con Dixon y la madre huerfana de hija en el coche, Mildred confiesa que fue la causante del incendio de la comisaría y él sin sorprenderse sonríe con las quemaduras aún visibles en el rostro, y le responde “Quien iba a ser si no” y continúan en el automóvil mientras el camino hacia el futuro se abre paso reconciliado con la vida.
Es un peliculón, o peliculaza, como prefiráis, para que el superlativo no discrimine. Y por fin parece que el cine se propone analizar el origen de la violencia para ver qué solución le damos y no se limita a regodearse en ella.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

LA ENTREVISTA



LA ENTREVISTA
(Primer premio de prosa XVI Certamen Ciudad del Doncel 1995. Entregado el 27 IV 96)


La plataforma del plató parecía una isla amenazada. Alrededor de ella, el galimatías de cables semejaba una jauría de serpientes locas. Los operadores parecían marcianos desconectados del mundo, recibiendo órdenes de fuera, ensordecidos por auriculares de antenas que rascaban el aire. La jirafa, como un gran dios cibernético, amenazaba con desplomarse.
Clara disimulaba su asombro; nunca había estado en televisión, echó de menos las paredes, se sintió expuesta. “¡Qué diferente de la radio tan uterina, confidencial y acogedora!”.
El público se colocaba en los asientos, desorientado. Todo tenía un aire amenazador y hostil. Un batallón de mujeres y hombres iban y venían en un corre-corre frenético, el joven de la esquina braceaba sujetando a la vez un fajo de folios, como si fuera a soltar panfletos al aire.
“Será el regidor o algo así”, -supuso Clara.
-Un, dos, tres, cuatro… Entramos. –Pinchó el aire con el dedo índice en gesto imperativo.
Por un momento creyó estar en la NASA, y que la plataforma iba a despegar como un cohete. El silencio y la parálisis se hicieron instantáneos.
El entrevistador comenzó con una efemérides, rápida, de la década que dio paso de inmediato a la presentación de los libros y sus autores.
El otro escritor, conocido y veterano, la saludó despectivo y distante. Había llegado más tarde que ella, con aires de amo, caminando bajo palio, seguido de una corte de peluqueras y maquilladores serviles que le daban los últimos y precipitados retoques. Saludó con ostentación al presentador, mostrando con voz engolada que era más propietario de su amistad que Clara.
Se sintió desvalida. El prócer le había dejado muy claro, en segundos, cuál era su sitio y que ella no pertenecía a ese gremio.
No le había caído nunca bien, pero en ese instante se le derrumbaron todas las buenas intenciones previstas… “Tal vez  conociéndole en persona…”, había pensado minutos antes.
Atufaba a esa colonia, a ese perfume de hombre de líquido transparente que ya no se vendía; el aroma la estaba mareando.
“Pero ¿qué pinto aquí?”. Aún sentía el bochorno de haber tropezado con los cables. “¿Cómo me he metido en este lío?”.
El entrevistador seguía dando pie al peroratas. “Mira que le tengo asco al cubo de datos este, me está poniendo mala” -se decía observando la cara astuta del novelista- “el erudito, con esos ojos de zorro y tanta desfachatez”.
Las frases del escritor se escuchaban huecas y rimbombantes; ya se había acostumbrado al olor de su colonia.
Clara continuaba con su monólogo interior; era tan extrovertida que hasta para pensar dialogaba. “Parecemos prostitutos vendiendo la mercancía. A que hago que me mareo y me tienen que sacar de aquí. Anda anda, no seas irresponsable.” -Se reprendió.
El otro proseguía plúmbeo relatando sus viajes por todo lo largo y ancho de este mundo. Le iba a tocar el turno a ella. “Ya no aguanto más los nervios; a que me salen con la consabida preguntita ¿Qué opinas sobre la generación X? y la H y la V, no te fastidia. Como me encasqueten alguna de conflictos bélicos o situaciones geográficas me da un peterre, si no sé ni dónde leches está Sarajevo, lo mío y el mapa mundi… Saldré del paso, seguro” –se animó- “Vamos Clara, tira millas, ya va”.
El pilotito rojo de la cámara 2 casi la hipnotizó, el objetivo parecía imantado.
“Debo tener una cara de imbécil… y las ojeras, seguro que parezco Drácula, pero por qué habré dejado que me maquille la borrica esa, casi me rompe el coxis al tirarme al sillón. ¡Joer qué mala leche tengo!, pobrecilla no daba abasto, voy a controlarme, estoy asustada, y cuando me asusto me vuelvo una borde. En el fondo es puñetera envidia, ¿dónde voy al lado de él?, intentaré ser positiva”. –Respiró hondo.
“Con la ilusión que me hacía ver un plató… todo es una mentira, que no me vuelven a mangonear, que no… mañana se entera, –se refirió a su agente-. “Me tira aquí, a los leones y se queda tan pancha cobrando los dividendos… qué injusta soy. ¿No querías darte a conocer?, pues toma, este es el precio… promoción, promoción de la novela. No miro al oráculo de Delfos éste, que me corto”.
Ahora hablaba del karma.
“Claro que tiene un culturón el tío…”
Se sintió intrusa, como una advenediza. “¿Qué hace…?”
Casi dio un respingo al ver al cámara agachado. “A que llevo una carrera en las medias. No faltaba más que eso. Atenta, -se apremió- ya me toca”.
La voz del entrevistador estaba terminando de perfilar su currículum.
-… Clara Bandrés nos ha deleitado con su ópera prima Tintes esquizoides, sorprendente relato… Bla, bla bla…
“Deleitado” eso le gustó, y los ojos protectores del presentador, siempre le había maravillado su rostro lleno de historia y esas arrugas de arado. Tenía en la cara raíces de campo, ascendencia de pobre, y el barniz de hombre de mundo de vuelta de todo, pero sin pérdida de entusiasmo, todavía con capacidad de asombro. Se la metió en un bolsillo y creó la atmósfera adecuada, ese ambiente cómplice que le decía: No tengas miedo, sé lo que te pasa.
Lo que más apreciaba Clara era el instinto, el lenguaje de los fluidos corporales y el aura.
“Si supiera que una vez le envié una carta” ¡Qué hombre tan genial! En la carta le decía al concluir: … Di algo sin pronunciar mi nombre, para que sepa que la has recibido. Y así lo hizo. En el sobre había escrito como título del programa por confusión, una frase que él pronunciaba a diario al comenzar y que ella había confundido con el encabezamiento El SOL SALE PARA TODOS. Tres o cuatro días después asomó el rostro a la pantalla y espetó: He recibido una carta entrañable e insólita; en la dirección se lee Javier Heredia. Torre España. Programa El sol sale para todos. Gracias amiga, gracias. No pensaba recordárselo. 
Era un momento en el que él estaba muy denostado, imitado por los cómicos hasta la saciedad… y aguantaba el tirón estoico, y ella le apreció para siempre jamás, con esa incondicional ternura que le daba la certeza de que las fronteras las rompe siempre el afecto. Tenía debilidad por los honestos; ese instinto nunca le fallaba. Entendía mal la vida, la mitad de las veces los árboles no le dejaban ver el bosque, pero los caballeros y las damas no se le despintaban, y este era Caballero sin espada, de los que te defienden cuando nadie da un céntimo por ti.
Adoptó la postura felina, inconsciente: mirada fija, cogote tenso, frente al ataque, brazo izquierdo apuntando al suelo, mano derecha en el mentón, frunce en el ceño, respiración rápida y corta.
-… su novela nos transporta a un mundo ficticio –enlazó el presentador-. ¿Por qué Tintes esquizoides? No parece estar relacionada con el trastorno.
-Por favor no me llames de usted, no me apaño.
¡Zas! Conseguido, todos los presentes en distensión, menos Branco, que asomaba las fauces para saborear a priori el gustazo que se iba a dar machacando a la pardilla en el coloquio de después. “No me apaño” -pensó altivo- se la iba a merendar. Ni una sonrisa le había dirigido la niñata, ¡a él!, tan acostumbrado a la pleitesía.
No sabía el retóricas con quien se la estaba jugando, Clara podía ser imprevisible si se sentía atacada.
Jaime Heredia tenía el cuerpo adelantado. El lenguaje no verbal funcionaba.
“Eso es, distancia corta, ahí me muevo bien.” –Se dio aliento ella.
-Es su privilegio, –sonrió Heredia divertido al mostrar la palma de la mano en ademán de reverencia.
Ella le siguió el juego.
-Pues te concedo el honor de tutearme, –y continuó con la respuesta-. Dicho de un modo sencillo, trata de un viaje a través de la mente en contraste con la vida real que de por sí es bastante caótica e inconclusa.
Las preguntas y respuestas fluían, el entrevistador estaba sinceramente interesado por los personajes y sus significados. La escudriñaba más allá de las palabras, la leía en los gestos, la estudiaba.
-¿Por qué en la ciudad de Remotum siempre es de noche?
-No tiene explicación más allá, me gusta la luz de neón, me encanta la noche, las noches de mi novela son luminosas, y la protagonista, Sauce, es una mujer llena de luz, clarividente y equilibrada. En Remotum se despoja de esclavitudes, no hay nada oscuro, espero.
Jaime Heredia se mantuvo callado, ella rellenó el silencio.
-…en Remotum el personaje se asume y se asimila; se encuentra y se enfrenta a sí misma, desciende a los instintos, se despoja de atavismos, de cultura y de intelecto para recuperar su esencia y volver de nuevo a Laberinto, ciudad donde siempre es de día. Laberinto representa la vida real, por decirlo de forma simple, aunque no se sabe con exactitud cuál de las dos ciudades es más cierta. La novela trata del eterno conflicto entre el consciente y el subconsciente, Sauce busca el equilibrio entre las dos ciudades, sabe que si una domina a la otra la balanza dará como resultado la locura, por ello debe permanecer durante tiempos exactos en ambas. Laberinto es la censura, la obligación social, los límites; Remotum es el arte, la libertad absoluta, la ausencia de prejuicios, la creatividad. Resulta un equilibrio delicado en el que la protagonista sufre, pero fundamental para su supervivencia. Roza también el mundo onírico. El título se debe a que lleva dos vidas; de ahí lo de Tintes esquizoides, me pareció una buena síntesis. Espero que no conduzca a equívocos.
-¿Podemos interpretar que se desarrolla en un tiempo futuro?
Heredia reforzó la pregunta dibujando hacia adelante una espiral en el aire con la mano.
-No, en un mundo aparte sería más exacto.
Al fin pasaron al coloquio. Ella tomó aire y se removió en el sillón, Branco se dispuso para el careo, abrigando en secreto el deseo de acaparar protagonismo y situarse por encima exhibiendo el oficio. Eso era lo que poseía, más oficio. Reconoció el chispazo de talento que tenía la muchacha “otra con pinta de best-seller.” Era injusto; él llevaba una vida entera y su obra aún no había sido traducida, todos estos novísimos con la cultura del cine, venían arrasando, desplazando como kamikazes sin modales... ¡Malos tiempos para perpetuarse!, –se lamentó-. Él era un monstruo sagrado, se merecía el reconocimiento; estaba cansado de alumnos y columnas para sobrevivir, y resultaba vergonzante en el mundillo presentarse a los certámenes apalabrados para poner el cazo. “Seguro que tiene hasta defectos ortográficos, pero ahí está, insolente y erótica; introducirá cuarenta tacos en las próximas novelas y le cogerá el puntillo exacto al sexo; venderá como rosquillas sin conocer a los clásicos. Me hago viejo…”
“Dentro de diez años te lo diré”, pensaba Clara al unísono …”cuando me aprenda los trucos listillo, y sepa hacer bolos repitiendo el mismo sermón”. Reconocía que aún estaba sin pulir, y temía el descalabro, pero el esfuerzo por creer en sí misma merecía la pena, y el proyecto de futuro como novelista ya era un hecho. Estaba saltando sin red, y el vacío le venía muy grande y daba vértigo.
Branco se dispuso al ataque, usurpando el papel de entrevistador a Jaime Heredia. Había leído la novela, quedaba claro, y se había preparado a fondo para el combate. La sedujo un poco con preguntas laterales, pero ella no tragaba; tenía esa mirada ladeada de la desconfianza, y él empezaba a arrepentirse de no haberla saludado con más efusión.
Atacó directamente con postas, nada de salvas, al grano.
-¿No crees que ese juego freudiano queda un poco simple y precario en tu novela?
“A que me cago en su madre”.
-Esa era la intención. No pretendo hacer ensayos. Creo en los símbolos del bien y del mal, y por supuesto me gusta el psicoanálisis, da un gran juego literario. –Trató de no resultar seca ni cortante. Jaime Heredia pasó a un segundo plano con gusto. Ante todo era periodista y ahí había carnaza y audiencia; el duelo a muerte había comenzado y la chica se defendía bien.
-Me pregunto, -persistió Branco sarcástico- si has dibujado a Sauce hipócrita a propósito, porque una mujer que en Laberinto acata las normas, no lucha, no transgrede, y en Remotum se desmelena es una cobarde, no traspasa la fantasía y de luchadora y comprometida tiene poquito.
“¡Será cabrón!, se le está olvidando hasta lucirse. Va a matar. Pero ¿qué le he hecho a este tío? Tranquila Clara, no le des caña, eso es lo que quiere el iluminao este. Déjale que se ponga al descubierto, que la cámara le cace la mala intención, la mala baba, hazte la ingenua”.
-Puede que tengas razón en parte. Sauce no es una heroína, por ello es más creíble, aunque estarás de acuerdo conmigo en que las revoluciones personales son interiores, bastante lentas y tardan en repercutir socialmente. Pero si me permites te diré que para nada es hipócrita, ni es necesario que elija entre los dos mundos porque en realidad forman parte del mismo. Te reitero que es un viaje interior.
-Sí, pero termina en los brazos de Telémaco. Delega en él para que le saque las castañas de fuego. No es muy feminista el discurso ¿no crees?
Clara estaba visiblemente dolida. No quería caer en contradicciones, así que se dispuso a sincerarse y que saliera el sol por Antequera. Con lo que iba a decir ya estaba pillada, la tildaría de cursi y femenina en el sentido más peyorativo de la palabra, pero no cabía otra respuesta.
-Creo en el amor, igual que Sauce. Es un acto de fe, siento no poder argumentarte otra cosa. Y respeto profundamente el feminismo; gracias a él estoy aquí sin tener que disfrazarme de hombre como Concepción Arenal, y sin pseudónimo masculino para escribir. Creo que el movimiento feminista entre otros muchos valores y logros tiene ese: el de ser el vehículo que hace que yo tenga la oportunidad de expresarme, aún a riesgo de parecer machista, no es un club excluyente ni elitista, pero vamos… en mi opinión, acusar a Sauce de machismo porque se enamora, resulta un poco absurdo, y digo se e-na-mo-ra, no se somete que es muy distinto.
Asombrada, descubrió en los ojos de Branco la sorpresa. La siguiente pregunta discurrió por otros derroteros en un último intento de hundirla.
-El nombre de Telémaco ¿simboliza algo? -Arremetió de nuevo, se iba a cargar uno por uno todos los pilares de la novela.
“Ya salió el grecorromano de las narices. Mírale, está en su salsa. No puedo más, no lo soporto. Me levanto y le meto un bofetón que lo estampo”.
-No, -respondió chula-. Simplemente me gusta el nombre, como Pedro, Miguel o Luis. Confieso que no suelo recurrir a las fuentes de la mitología o de la historia, eso lo hace mucho mejor un experto como tú. Sé que te gusta documentarte –dijo con sorna- yo escribo con prisa, a vuelapluma, corrijo poco y consulto poco. Cuando esté en periodos de sequía recurriré a los clásicos o a las guías de viajes. “Encaja esa, mierdero.” No obstante, llevas razón, el periplo hasta Itaca de Telémaco, la búsqueda del padre, Ulises, y la compañía de Minerva, son símbolos extraordinarios para incluir en una novela, pero ya lo hizo Fenelón muy bien y soy humilde a la hora de hacer citas.
“¡Buff!, menos mal que B.U.P. lo hice por letras, como siga por ahí me hunde, ni siquiera sé si he dicho bien lo de Fenelón. Y mi corta o vasta cultura no se avala con los títulos de los que don pedante presume”.
El escenario estaba caldeado. Jaime Heredia metía alguna cuña conciliadora, pero disfrutaba como espectador con el fragor de la batalla. Nunca antes había visto descolocarse a Branco, siempre despectivo e impertérrito. El cabreo sordo le hacía parecer más humano, no le quedaba ni un asomo de su cinismo habitual, ¿qué estaba proyectando?, se preguntó el presentador con preocupación intrigada.
La gran vaca sagrada no se esperaba el ataque frontal, ni la capacidad de respuesta. Con razón dicen cuidado con la loba herida, había encajado mal y le delataban los dientes apretados y la estrechez de los ojos. 
No hay enemigo menor, la había subestimado. Esa pequeña muestra de crueldad que ella le había lanzado le tenía confuso, excitado; era la punta del iceberg.
Mientras nacía en él un amor dañino y esclavo, en ella crecía la enemistad. Y sin embargo en ese mismo instante Adolfo Branco le habría entregado su vida. Aumentaba en él un deseo perverso, morboso; la imaginó con tacones de aguja envuelta en cuero, con aires de Sade… pobre viejo corrompido. Anheló ser su Pigmalión y el Fausto de Goethe al mismo tiempo. Quiso conquistarla a dentelladas, en una turbulenta y oscura pasión destructiva y después matarla, estrangularla para revivirla mil veces sumisa y postrada a sus pies. Sólo deseó... deseó… el candor joven de la muchacha era más fuerte ¡Pobre niña! Incapaz de imaginar la dolorosa y placentera "aberración", ser puro y limpio y con talento, talento, talento… la palabra le martilleó en el cerebro como un eco antiguo, él ya no lo tenía, vivía de las rentas, con carácter retroactivo, no le gustaban sus últimas obras, variantes tramposas sobre lo mismo, espirales de ida y vuelta por mucho que las defendiera como sus constantes vitales, como los leit motiv que le definían, y de pronto se sintió agotado, exprimido, exhausto. Ni siquiera el litro de J B que se iba a echar al coleto lograría atontarlo, serenarlo. “Ella es el ángel de la muerte que viene a pedirme el relevo. Estoy acabado, cansado, terriblemente cansado…”
Jaime Heredia confirmó su primer pálpito: esa chica se tragaba la cámara. Ocurría pocas veces de ese modo tan virgen, llenaba la pantalla, la traspasaba con una pericia singular, que probablemente perdería con el tiempo y lo hacía de forma natural, sin ser consciente, comprobó el monitor, había que aprovecharlo.
-Primer plano de los ojos, aguántalo ahí, -susurró el realizador, en control ya hacía rato que lo ejecutaban junto al de las visibles y aceleradas palpitaciones en el cuello, ella y el lenguaje de su cuerpo daban las órdenes.
-Tiene madera la chavala, agitadora y peleona… Ni en los mejores duelos políticos tú, -comentaba el mezclador. Al menos durante un buen trecho se divirtieron con David y Goliat.
Branco se decidía ya a poner el broche, le iba a soltar el colofón de: “…Las mujeres suelen autocompadecerse y no son capaces de crear algo que no sea autobiográfico y sentimental…” pero un puntazo de honradez se lo impidió. Fue ella quien cerró el debate.
-Te agradezco mucho el apasionamiento. No creí que mi novela resultara tan polémica, y viniendo de ti es un enorme cumplido. Prometo que en la próxima tendré en cuenta tus sugerencias. “En la próxima te meto como personaje y te pateo las tripas, ¡por la madre que me parió, cerdo! Que te hubieran hecho este destrozo a ti con tu primera novela”.
Aguantó como pudo hasta las despedidas. No le dio la mano, se excusó y salió despavorida alegando tener prisa.
Berta la esperaba en el coche.
-¡Has estado magnífica!, exclamó jubilosa. Pero ¿qué te pasa?, ¿por qué lloras?
-Porque no hay derecho, iba a por mí sin compasión. Ha sido una encerrona, Berta. No te lo perdono. ¡Menudo estreno! Y encima en directo.
Berta le puso la mano en el hombro, condescendiente.
-Son gajes del oficio. Tú eres fuerte. Estoy contigo, no te preocupes. -Se aferró al volante y evitó mirarla-. ¿Vas a ver a Enrique?
-No, llévame a casa por favor. Me diría que tengo manía persecutoria y pagaría los vidrios rotos, no he querido que me acompañara, precisamente para que no me atribuyeran lo que ese sinvergüenza ha querido insinuar y además le tengo harto. Dice que no sabe si se acuesta conmigo o con mis fantasmas. No sé… me huele a despedida. Lo triste es que tampoco me importa demasiado; últimamente no hace más que desconcentrarme llamándome a todas horas. Creo que tiene miedo de la fama, o de lo que sea esto, y yo también, no sé de qué va el olimpo de endogámicos sobrados Berta, tan sólo quiero escribir, entregarte el manuscrito y que me dejen en paz, no valgo para esta feria.


Fueron pasando los años y el duelo duró indefinidamente. Branco depositaba claves en sus novelas que sólo ella entendía. Clara respondía en las suyas en una especie de código extraño y maléfico. La intuición de los libreros hacía que las obras de ambos aparecieran juntas en los escaparates; del mismo modo los editores se ponían tácitamente de acuerdo para lanzar las publicaciones a la vez. Branco llegó a guardar turno en la caseta para que ella le firmase, arrepintiéndose antes de ser localizado por su mirada. Desgastaba el vídeo de la entrevista. Le seguía la trayectoria como un detective enajenado. Se hizo el encontradizo en innumerables ocasiones; llegó a suplicar en las redacciones de los periódicos en los que ella colaboraba, hasta se hizo un lifting para aparecer en un coloquio que Clara vería seguro, gastó fortunas en diseñadores y sastres que le cosían a medida y arriesgó la salud hasta el infarto dando una imagen patética de viejo chocho y excéntrico al levantar pesas en el gimnasio.
Los críticos les apodaban Ditirambo y Rocabruno, para citar la película de Gonzalo Suarez. Al igual que los personajes del film, ninguno de los dos podía escribir sin el otro. Corrieron habladurías sobre su amor loco y platónico durante años.
La evolución de Clara, como se auguraba, fue meteórica. Ajena a la obsesión que le crecía achacaba sus rarezas a su manía compulsiva de escribir. Se decía: “necesito todo el tiempo para mí”. Satisfacía esporádicamente sus necesidades físicas con cuerpos provisionales, y con crueldad de mantis tiraba a los hombres a la papelera como si fueran folios inservibles. No hubo muchos después de Enrique. Los compañeros la llamaban monja a sus espaldas, la célibe. Mira que es rara esta mujer.
Sin apenas advertirlo compraba los libros de Branco casi a escondidas y como un bebedor solitario buscaba las noches para beberse los párrafos justificándose a sí misma, oculta tras su orgullo se decía: “lo hago para estar al día, para que no me pillen infraganti en las entrevistas con esta manía que tienen de relacionarnos. Lo cierto es que se estaba convirtiendo en una adicción mortal. Curioseaba las revistas para ver sus últimas andanzas, buscaba las adquisiciones que él traía de sus viajes y se quedaba alelada, ensimismada, ante las pastas de sus libros, temiendo abrirlos y, a la vez, anticipándose al placer de la sorpresa. Se desazonaba, sin comprender por qué, cuando descubría a alguien burlándose de él, después de reírle la gracia se sentía traidora. Él era su enemigo, todas las afrentas eran pocas, todos los rencores pequeños. Trataba de hacer acopio de odio, pero cada vez le costaba más conseguirlo, “síndrome de Estocolmo”, se justificaba, engañaba, reprimía...
Pero detrás de su orgullo crecía ese tumor voraz que la vinculaba con él. No reconocía los celos cuando sarcástica y mezquina escudriñaba sus compañías para gruñir: “siempre hay un roto para un descosido, cada cual tiene lo que se merece”. Todas le parecían barbies insulsas y anodinas. Lo que ella no sabía es que Branco se hastiaba de buscarla en otras sin reconocerla en ninguna.
A medida que avanzaban las publicaciones y los años, ambos se volvían más anacoretas. A lo largo del tiempo se encontraron varias veces para terminar, en cuestión de segundos más peleados y perplejos que antes. Siempre brillantes en los ataques, alimentando el morbo de periodistas, pero sin que Clara entendiera los golpetazos del corazón en las paredes de su pecho, ni la gelatina caliente de su vientre, “es la aversión que le tengo, que me enciende” –se esforzaba por creer, imponiéndose la embustera certeza.
No se sentía malgastada, ni siquiera pensaba en ello. Su nueva casa con piscina cubierta y pantalla de televisor gigante le parecía ajena. Seguía escribiendo en la cocina; en realidad dos estancias constituían su mundo: la cocina y el dormitorio. Lo demás eran tributos, ostentación necesaria de cara a la galería, era imprescindible –aseguraba su agente- recibir de vez en cuando a algún que otro ramillete de fabuladores y bardos y Clara cumplía como si pagase el impuesto revolucionario. Se había propuesto con disciplina alemana, publicar libro por año y, así iban ya quince, a costa de mala salud, de tabaquismo exacerbado, de alteraciones de sueño y desorden de comidas.
Berta la quería en silencio. Nunca pronunció la frase: búscate a alguien que te cuide, te haces mayor. Esquivaba sus enfados. Clara era leal y no quiso cambiar de representante. A esas alturas ya no era necesaria profesionalmente, pero Berta atesoraba orgullosa su amistad. Los demás escritores habituales de la editorial eran selectos, pero Clara era otra cosa, la manager veía en ella el estigma esclavizador del genio. Seguía igual que entonces, con canas sí, con la piel más colgante pero igual de desorientada, zozobrante y joven.
Para Berta verla escribir era un privilegio, a menudo se acompañaban en el despacho cada una en un escritorio y en riguroso sileencio, no se le podían meter correcciones, seguía componiendo de oído y sólo admitía el apunte de: eso no suena, no suena bien. Y es que Clara -para su editora- tenía música en las manos, si se le sugería algo podía adaptarlo a su sinfonía interior, pero jamás como Berta lo proponía, ella dirigía el baile y nunca se dejaba llevar. Al principio le hacía daño, era indómita y soberbia, pero la sonrisa pueril cuando Berta sentenciaba después de la larga espera y del devoro de uñas: “Ahora sí suena, Clara, ya lo creo que suena, es heavy total”, compensaba su carácter impulsivo.
-Te invito.
-No me hagas chantaje Clara.
-Venga que sí, que te invito.
-De verdad que no puedo, he de ir a casa, no he visto en todo el día a los chicos y Diego estará harto de aguantarlos.
-Es una joya de hombre.
-Pues búscate uno así, que merodeadores no te faltan.
-A mí no hay quien me aguante, amiga mía.
-¿Dónde piensas ir de vacaciones?
-A Bali.
-¿Cómo Branco? –Se le torció el gesto. Su agente lamentó el descuido.
-Ni que sólo pudiera ir el Marco Polo ese.
Pero sí. Iba a ir a Bali para verlo a través de los ojos del escritor, para calzarse sus mocasines, para meterse en su piel y recorrer sus paraísos. Iba a ir por él, pero no lo confesaba, no lo sabía.



Aquel viernes no había tenido ni la radio ni el televisor encendidos. El último magazine le vomitó a la cara la noticia, les faltó tiempo para hacer leña del árbol caído:

Adolfo Branco ha fallecido víctima de un coma etílico. Era conocida su adicción al alcohol y su afición indiscriminada a los fármacos. Ha sido hallado frente al televisor en su domicilio. Contemplaba una vieja entrevista dirigida por el maestro Jaime Heredia, en la que se daba a conocer por vez primera a la novelista Clara Bandrés. Desconocemos la relación entre ambas circunstancias. Su defunción está rodeada de fatalidad y misterio. La muerte es siempre devastadora; tras ella se nos ha marchado un genio.

Se ahogó histérica en una desesperación desenfrenada. Pasó al cuarto de baño hurgó en el último cajón. Corrió hacia el tanatorio, salió del taxi y voló con el abrigo encima del pijama. Entró en la sala como un torbellino dejando a la prensa y a los curiosos estupefactos, apartó a la última conquista sedienta de focos. Se abalanzó sobre el féretro y le asestó dos puñetazos en el pecho, y entre sollozos entrecortados todo el país la oyó exclamar:
-¡Maldito! ¡Maldito seas! ¡Yo sólo quería que fueras mi amigo… mi amigo!
Se recompuso y el gentío quedó sorprendido al ver que sacaba del bolsillo del abrigo un peine y un frasco de perfume antiguo, Lin Abart, ya no se fabricaba, pero aquel primer día, ella había seguido la estela. Extrañamente ese era el recuerdo más vivo, más pertinaz que tenía de él. Dos días después de la fatídica entrevista, compró, llevada por un impulso irresistible que no acertaba a comprender, cuatro frascos del elixir. Ahora sí entendía por qué a veces se echaba unas gotas; ahora sabía que le añoraba, que durante todos esos años le había echado de menos, que le necesitaba. En un ritual idólatra le besó la mano con reverencia. Le pasó el peine y le ungió el cabello con el perfume. Depositó tres gotas más en el cuello sin latido con las puntas de los dedos y se volvió hacia la gente.
-Le faltaba esto –dijo mostrando el frasco-. Era su perfume favorito, su aroma. 
Tenía la voz ausente y los ojos perdidos. Se marchó y un respetuoso silencio la acompañó. Nadie filmó más. Abrieron un pasillo que Clara atravesó con porte regio.
Al día siguiente Jaime Heredia, retirado hacía tiempo de las cámaras, especulaba -siendo él esta vez el interrogado- sobre el amor platónico y fuera de época que ambos se profesaron, del que ella nunca tuvo conocimiento. 
Tal vez como a Sauce se le había instalado en el subconsciente su Branco, su Telémaco. Tal vez él tuvo razón aquel día. Sauce fue cobarde y sólo supo rozar la fantasía.
Se encontraron a destiempo.
Cuando ella iba él ya venía.
Cuando ella vivía, él ya moría.
“Te esperaré en Remotum, Branco.
Esta vez sí que me atrevo,
y me enseñarás cuánto sabes.
Ya llego Branco ya llego.
Ya estoy contigo”.

La botella de J B cayó al suelo, y de la mano derecha se escurrieron las tres últimas cápsulas.
  
“Y escribiremos juntos, Branco.
Y no seré hipócrita,
Ya nunca más estaré ciega,
Ahora te entiendo.
Ya estoy en Remotum, Branco
Te quiero”.



Pilar Zori