"La elegancia del erizo", de MURIEL BARBERY


Mi experiencia con esta novela es curiosa, la primera vez la dejé a medias, tuve una sensación extraña de trampa. Me pareció que la autora caía en los mismos defectos elitistas y despectivos que criticaba con la única diferencia de que los cambiaba de clase social, queriendo decir algo así como “son ricos pero incultos” y de nuevo ante mí se presentaba el afán de sobresalir de algún modo y el uso de la cultura como arma arrojadiza, otra vez los deseos verticales: si luchas por odio al patrón en vez de por amor a la libertad, si lo haces por envidia y por deseo de ocupar su sitio de privilegio, cuando ganes el combate el poder sólo habrá cambiado de manos y todo seguirá igual como veíamos en Desgracia de Coetzee, y sentencié de un plumazo superficial e injusto que el argumento trataba de una cenicienta madurita rescatada por un moderno príncipe oriental adineradísimo. ¿Por qué no?, me  pregunté. Habría admitido el formato y el argumento de buen grado si no se camuflase en una pretenciosa y aleccionadora actitud moral con ingredientes sociológicos, hondura filosófica, introspección psicológica etc, etc. Pero no me encontraba a gusto con esa reacción de pataleta mía desabrida y maleducada sabiendo además que había dejado al libro con la palabra en la boca.
En esta segunda oportunidad he sido más comprensiva y he conseguido el ritmo y el tono justos para comprenderla mejor. La autora ha querido reflejar a la sociedad francesa actual en la que la diferencia entre clases sociales es notoria, una fractura, según sus propias palabras, el elitismo de pose es fuerte allí y la integración intercultural y física con inmigrantes no se ha logrado. Por ello que Muriel Barbery situara en el mismo inmueble a la alta burguesía (ya sea de derechas o de izquierdas, clase dirigente al fin y al cabo, “la gauche du caviar” como nombran peyorativamente a ciertos grupos de socialistas franceses desde la década de los 80 del s. XX) fue un acierto, con el ascensor de subida y bajada para subrayar la estructura escalonada. Otro logro fue que eligiera tres puntos de vista, uno externo, el de René, (la portera que limpia y recoge las “basuras” de todos los vecinos cuya verdadera esencia permanece camuflada y escondida en el tópico de inculta, fisgona y adocenada que de ella se espera, porque quienes clasifican nunca huelen el frasco, se fían de la etiqueta que ellos mismos pegan en él). Otro interno, el de Paloma, la hija menor de los Josse, criatura superdotada en plena pubertad y por tanto en tierra de nadie, y el tercero, el de Kakuro Ozu una mirada oriental y por ello externa a la que la escritora concede, en mi opinión, un valor excesivamente idealizado porque el sistema japonés también tiene sus escalafones que sin duda antepone al ser humano, al individuo, y espacios en los que abandona y desprotege a sus semejantes con mendicidad incluida… En fin, que la injusticia y los desfavorecidos alcanzan a todo el planeta. Imagino que ahora que Muriel Barbery ha realizado el sueño de irse a vivir a Japón junto a su esposo también verá esas distancias. Pero agradezco el análisis de la autora y su deseo de explorar en otras culturas que coloquen en primer lugar a la persona y sepan mirarla sin el rótulo de alfa, beta o épsilon que ya vaticinaba Aldoux Huxley en su “feliz mundo.” Todos observamos a otros países para ver si en ellos se convive mejor, si hay un reparto más equitativo de los bienes, y si el desarrollo personal y colectivo va a la par y no están reñidos. Pero nos ha tocado la decadencia y de momento que yo sepa no hay atisbos de solución.
La novela finalmente me ha parecido muy hermosa, los personajes protagonistas se ocupan de colocar lo importante en su sitio y lo sustancial sin duda es la elegancia de corazón y no las apariencias, la lástima es que haya que criar púas y escondites para defenderla.
La escena en la que René va bellamente vestida y peinada junto a Kakuro para celebrar el cumpleaños de él y los vecinos no la reconocen se explica por sí sola aunque en la página 136 nos lo refuerce con frases de Ana Karenina:cuán rápido sacamos conclusiones por la apariencia y la posición sobre la inteligencia de los seres”; pero antes, en la página 133 durante una conversación con el clochard Gegene, -el mendigo con el que René charla a menudo y responsable del altruista desenlace final-, vemos como tampoco ella se libra de sacar conclusiones equivocadas, aunque sean para bien, porque a veces hasta la buena intención crea prejuicios de los antiprejuicios, si se me permite el juego de palabras. En esa escena René le cuenta a Gegene que uno de los vecinos, el señor Arthens ha muerto y de inmediato queda sorprendida por las alabanzas que el mendigo hace sobre él cuando el encopetado gastrónomo jamás se había dignado a mirarle. “Nunca creí que los pobres tuvieran grandeza de alma por el simple hecho de ser pobres y por las injusticias de la vida, pero al menos sí los creía unidos en el odio por los grandes propietarios, Gegene me saca de mi error y me enseña lo siguiente: Si hay algo que los pobres detestan es a los otros pobres”, ¡ahí queda eso! ya os advertía que en la novela, Barbery no excluye a nadie de su ración de rapapolvo y que escarba para romper estereotipos, y nos enseña a mirar a los demás sin ideas preconcebidas, tampoco por ser pobre eres mejor.
La elegancia del erizo” es un libro valiente creado por una francesa con todo el derecho a señalar dónde tiene las heridas su país, y qué órganos se le enferman. Páginas llenas de intenciones inmejorables, sarcástico–tiernas, pero nada complacientes, no deja títere con cabeza. Los personajes son inolvidables, por ello me gusta que sea una comedia romántica con final triste, se trata de que el lector no salga satisfecho de sus páginas porque a pesar de los bellos momentos que toda vida alberga siguen quedando los problemas que tenemos obligación de intentar resolver, cada uno de nosotros aportando lo que pueda.
Al menos, le pese a quien le pese, la cultura es accesible y como ya he dicho otras veces está al alcance de cualquiera sea portera o sea rey. Esta portera que lee a Tolstoy, escucha a Mozart y al rapero Eminem, que ama el cine japonés de Ozu, que lee filosofía… en cualquier momento de su vida podría haber avalado con títulos los conocimientos que tiene, pero elige seguir siendo conserje. A ver si de una puñetera vez y “gracias a la crisis” entendemos que no eres más por cinco años de carrera, a ver si al fin comprendemos que tener cultura es independiente del oficio. Asunto distinto es la especialización que también puede adquirirse por diferentes caminos de aprendizaje. Intento decir que sin excluir la universidad que no tiene culpa, la pobre, de los atontados que le confieren pedigrí -qué palabra tan ridícula y odiosa- es que sería interesante abrirse a los demás sin menospreciar de antemano su inteligencia, sin que las condiciones sociales nos separasen ni dificultaran nuestra capacidad para entablar relaciones, que supiéramos ver la belleza de quienes nos rodean para que nadie tuviera que criar púas de erizo para defenderse.
En cuanto a Paloma, el pegamento de unión, es extraordinario que de vez en cuando nos recuerden la seriedad y el respeto con el que veíamos el mundo a los trece años, y lo difícil que nos resultaba estar en él. Es precioso que buscando un referente ella de adulta quiera ser portera como René, porque los demás ejemplos en los que tanto se fija no le han servido.
Es un libro de subrayado constante que también a mí me ha eliminado prejuicios, entre ellos el que tenía contra él y su clamoroso éxito.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que hablaremos de cine, “Cinema paradiso” de Giuseppe Tornatore  o de libros “El gran Gatsby” de F. Scott Fitgerald.

"EL DIABLO SE VISTE DE PRADA", película de David Frankel


A menudo consideramos con ligereza a las comedias ligeras. “El diablo se viste de Prada” en mi opinión no lo es. Que lleve el azúcar glass que espolvoreamos sobre una naranja ácida para poder comerla no le quita ni jugo ni peso. Escogí esta dulcísima sátira para que la viéramos en el club de cine por razones estéticas pero también éticas, comenzaré por las últimas sin olvidarme de las artísticas que con sumo gusto detallaré después.
La película refleja las nuevas tiranías laborales, a las jerarquías empresariales a menudo encabezadas por caprichosos y sádicos directivos que no saben controlar la melopea de poder absoluto. Al menos sobre los políticos tenemos un mínimo control con la urna y el voto, pero sobre los voraces nuevos patrones y sus séquitos -que transitan hoy por un desierto sindical cada vez más extenso- no, y la rienda suelta de sus antojos nos pone en peligro de llegar a creer que esa clase de dictadura representa el orden natural de las relaciones de trabajo, y me apetece subrayar ese rasgo que sugiere la película en primer lugar porque el espectador sin darse cuenta podría olvidar el mensaje que contiene al contemplar las texturas y colores de las suntuosas telas y la maravillosa arquitectura que se puede hacer con ellas sobre un cuerpo humano; podría deslumbrarse ante todas las artes aplicadas en peluquería, maquillaje, zapatería, cinturones, bolsos, joyería y complementos y seguramente se quedará boquiabierto al comprobar hasta qué punto todos esos talentos conjugados pueden transformar el aspecto de una persona y mover a la vez una de las industrias más poderosas desde que abandonamos las pieles y el taparrabos.
Al público –que se siente invitado en primera fila a esa pasarela exclusiva, a ese desfile de glamour y lujo- podría pasarle inadvertido -aunque lo diga el título del film- que Miranda Priestly (Meril Streep) es el mismísimo Lucifer tentando con toda su artillería a Andy Sachs (Anne Hathaway) la novata que no la conocía ni tenía interés especial por el mundo de la moda y sus sacerdotisas, la chica que soñaba con ser redactora del New Yorker y consideraba un mal menor resistir un año en Runway como asistente personal de la pedigüeña de lunas imposibles.
-Todo esto será tuyo si ante mí te postras- Susurra el demonio. Y la seducción es muy fuerte y obnubila.
Metáforas aparte, el diablo ya no hace falta, nos las arreglamos muy bien solitos para la compra y venta de almas y para caldear el averno echando leña sin parar.
            Pero el rodaje lejos de ser un infierno logró encontrar el tono perfecto para hacer justicia y mostrar respeto por el mundo de la moda y sus grandes profesionales y artistas sin dejar de señalar que la esclavitud no va incluida en el contrato, ni pasar hambre poniendo en peligro la salud por alcanzar una talla 36 por mucho que presionen. La película nos dice que es necesario conciliar trabajo con vida personal y que siempre te puedes bajar del taxi como hizo Andrea Sachs. Yo añadiría además que el trabajador tiene que volver a ganarse el respeto como persona y no como mercancía o vehículo disponible a cualquier hora, creo que las tareas estarían mejor repartidas, naturalmente doy por hecho que en horario laboral el empleado debería entregarse al cien por cien, pero fuera de ese horario le espera la vida y ese tiempo es privado y sólo le pertenece a él.
El director David Frankel y su guionista Aline Bros McKenna, buscaron en todo momento el equilibrio huyendo de la polémica. La película se inspiró en la novela de Lauren Weisberger, no la he leído, al parecer la autora reflejó en las páginas a Anna Wintour la directora de la revista Vogue en los Estados Unidos, muchos modistos no quisieron salir en el largometraje por si la ofendían, el cineasta no tenía intención de personalizar y sí de centrarse sin embargo en el mundo de las revistas especializadas que gracias al gran material que proporcionó la novela de Lauren Weisberger pudieron recrear.
Patricia Field, la famosa diseñadora de moda considerada en el mundillo como una visionaria de lo que a la gente le gustará llevar se ocupó del vestuario del film, -el que se ve en las perchas y el que visten actores y actrices-; su amistad con grandes de la alta costura como ella, le abrió las puertas al cineasta que gracias a Field pudo filmar un desfile de Valentino en París, el encuentro entre el creador y la gran actriz Meryl Streep resultó un gran hallazgo para ambos que se sale del guión en la escena en la que son presentados: a los dos se les nota en la mirada la devoción.
El vuelo de la ropa sobre la pasarela es irrepetible, no hace falta conocer que a Frankel le gusta ese mundo y que sabe cómo ha de mirarse: con el embeleso de quien contempla una obra de arte etéreo, no en vano dirigió varios capítulos de “Sexo en Nueva Cork” (Sex and the city), serie en la que la vestimenta elegida expresa a quien la lleva.
La amistad entre Sarah Jessica Parker y la diseñadora Patricia Field nació en 1992 durante el rodaje de “Miami Rhapsody” (Rapsodia en Miami) película que la actriz co-protagonizó con Antonio Banderas, largometraje dirigido también por David Frankel. A Sarah le gustó tanto la ropa que realizó la diseñadora que desde entonces comenzó a pedirle vestidos exclusivos para ella, mucho antes de protagonizar la serie ”Sexo en Nueva York”.
En los comentarios que añaden los extras del dvd podemos escuchar a  Patricia Field diciendo que no sólo diseñó para las actrices de “El diablo se viste de Prada” también buscó las marcas que en la película se nombran, muchos colegas prestaron ropa para el film con el vestuario más caro de la historia del cine, las joyas que luce Meryl Streep son autenticas, usaron vintage para que Miranda no fuera en todo momento un cartel de firmas sino alguien que sabe adaptar la moda a su cuerpo con criterio y personalidad.
Los interioristas supieron darle a la redacción de Runway el cosmético aspecto de una “polvera”, -cito sus propias palabras-. Escuchar el sonido de los tacones es una característica de curiosa imagen corporativa; debido al soniquete las empleadas recibieron el apodo de clakers, por los clak, clak, clak de sus apresurados pasitos, el apelativo forma un juego de palabras con la empresa: la compañía editorial de Elías Clark a la que pertenece la revista.
Todo lo que aparece en la película rezuma autenticidad, hay un canto constante a Nueva York, los actores la transitan y el espectador nota que conocen la ciudad de día, que viven allí y van a gusto por el recorrido de sus calles y rincones sin necesidad de comprobar, y que la aman cuando iluminada se muestra como una joya de brillantes en la noche. La gran manzana se ve tras los cristales de las oficinas, de los restaurantes… en sus calles se escucha el bullir de su particular sonido rebotando entre paredes como si jugase en patios interiores; quienes han paseado por Nueva York alguna vez conocen la sensación de hallarse en el interior de un inmueble sin techo, la verticalidad acristalada de sus muros protege, me aventuro a decir que los neoyorkinos tienen la impresión de hacer vida de barrio, y a la vez un sentimiento de orgullo cosmopolita y un espíritu de diversidad que sin embargo unifica, nada que ver con Los Ángeles… Los artistas de todos los tiempos afincados en esa ciudad o que lo estuvieron la adoraron y la adoran, es algo que rezuma en sus obras, escuchamos a Woody Allen, lo leemos en la literatura de Paul Auster, en la de Arthur Miller... Pero tal vez David Frankel sea el cineasta que más puertas nos ha abierto para entrar en sus acotados ambientes, sería una ingenua si obviara a los desfavorecidos, en esta ocasión el director no los retrata, pero veremos películas de otros autores también neoyorkinos que sí lo hacen. Hay una transición casi al final que me gusta mucho y es la que refleja a gente corriente con vestimentas normales cruzando la calle, de algún modo David Frankel nos indica que Nueva York es de todos y a todos pertenece.
La forma de filmar en vertical desde los zapatos hasta la cabeza y viceversa también le confiere identidad al largometraje. Me encantó el modo en el que establece la cronología con los abrigos, chaquetas y bolsos que despectivamente tira Miranda Priestly sobre las mesas de sus dos asistentes Emily y Andrea, para que se los recojan, así podemos ver de forma sutil el paso del tiempo, cómo van transcurriendo los meses, las prendas van cayendo como si de hojas de calendario se tratase. Utilizar a alguien de perchero es un detalle muy significativo de altivez humilladora que he observado personalmente fuera de la película y no me refiero a cuando alguien te pide con amabilidad que le sostengas algo, quienes trabajan en el comercio de ropa saben de lo que hablo. También el recorrido de la directora desde la calle hasta las oficinas es una maravillosa excusa para presentar a los espectadores despachos y tareas en ese paroxismo desenfrenado del ¡Todos a sus puestos, que viene!
A Miranda Priestley la salva de las sombras ese discurso que dirige a Andrea cuando ésta se ríe tontamente por el dilema de la elección entre dos cinturones en apariencia iguales, el rapapolvo también lo recibe el espectador que desde su butaca comprende en qué consiste la diferencia. Andrea termina por captar la importancia y se pone en manos de Nigel (Stanley Tucci), el resultado de la transformación habla por sí solo. Tucci es uno de los actores que más admiro porque se convierte en cada uno de los personajes que interpreta y jamás se transparenta bajo ellos, tal vez por eso no obtiene, en mi opinión, el reconocimiento que se merece porque no se le “reconoce”, se diluye humildemente en el papel, os invito a que rastreéis su filmografía, con que le veáis en “Shall we dance” (¿Bailamos?) película del director Peter Chelsom, comprenderéis a qué clase de versatilidad me refiero.
David Frankel
En cuanto a las actitudes y comportamientos hay un mensaje de madurez y buen encaje muy positivo: a pesar de los menosprecios que Andrea sufre no se viene abajo y rentabiliza las críticas a su favor convirtiéndolas en un reto que consigue vencer.
Creo que tener un temperamento feo y atemorizante debería avergonzar, no es síntoma de poder, reitero, sino de tiranía y arbitrariedad, pero sobre todo es una muestra de flaqueza de carácter: la debilidad de quienes se dejan llevar por la ira -desatada o contenida, da igual, hablamos de mala leche al fin y al cabo-. Las rabietas, el resentimiento y el empeño por salirte con la tuya nada tienen que ver con las cualidades de un buen jefe. La verdadera potestad, el respeto y el liderazgo te los otorgan los demás. Cuando tienes autoridad no necesitas imponerla. Las relaciones sadomasoquistas no son sanas y por lo tanto no deberían institucionalizarse. Las personas de trato desagradable no son más fuertes y tampoco honorables, creo que la costumbre de acatar está enturbiando los conceptos.
Pero Meryl Streep es tan grande y está tan llena de matices que hasta haciendo de déspota la adoras, le basta con un levantamiento de ceja para definir todo lo que a su personaje se le está pasando por la cabeza y el director no podía condenarla, todo el mundo tiene yin y yan, y las pinceladas certeras y redentoras que le regala son las justas y con ellas logra humanizarla, lo que viene a demostrarnos que la comedia como decía al principio de ligera no tiene nada. Cuando comenzaron a ofrecerle papeles de registro cómico comprendimos el gran peso de esta actriz y hasta donde podía llegar en su ya larga carrera con su talento. Desde “La decisión de Sophie (Sophie’s choice, del director Alan J Pakula) no deja de sorprenderme y ya ha llovido.
Os dejo la ficha técnica:
El diablo se viste de Prada, año 2006. Dr.: David Frankel, Guión: Aline Bros McKenna, basado en la novela homónima de Lauren Weisberger, música: Theodore Shapiro, fotografía: Florian Ballhaus. Reparto: anne Hathaway, Meryl Streep, Stanley Tucci, Simón Baker, Emily Blunt, Alexie Gilmore, Adrian Grenier, Rebecca Mader, Tracie Thoms, Heidi Klum, Rich Sommer, Daniel Sunjata, Gisele Bündchen, Jimena Hoyos.
No sé por qué derroteros para el debate nos llevará la película en nuestro club de cine. ¿Moda como expresión?, ¿como signo de ostentación?, ¿necesidad real o impuesta?, ¿esclavitud?, ¿libertad?... Tengo muchas ganas de escuchar a mis compañeros.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que hablaremos de cine o de libros.
Pili Zori.

"EL PRECIO DE LA VERDAD", película de Billy Ray


Elegí esta película para el Club de Cine porque el debate que suscita si siempre ha sido interesante, en el momento actual todavía lo es mucho más por necesario. Trata de la defensa de la verdad en el periodismo, en este caso el largometraje se centra en la prensa escrita, aunque el discurso se puede extender a los demás medios de información. Billy Ray logra recuperar el código deontológico de este oficio. Y lo hace con las herramientas del cineasta pero poniéndose totalmente al servicio de la historia que narra, y como si fuera un periodista cuenta los hechos con la asepsia, la objetividad y la distancia necesarias. No nos muestra al personaje ni como víctima ni como culpable porque el planteamiento ético no se va a centrar en Stephen Glass como individuo sino en el medio informativo que es el verdadero protagonista -en este caso la redacción del semanal New Republic, actualmente su publicación es quincenal- y para hacerlo se basa en un hecho real acaecido en la década de los 90 del siglo XX, el reto aún es más delicado puesto que el autor de aquel enorme fraude está vivo, y el escándalo fue tan notorio en los Estados Unidos que para cuando Billy Ray estrenó “El precio de la verdad” el público que acudió a ver la proyección seguramente ya habría conjeturado y sacado múltiples conclusiones sobre “por qué” Stepehen Glass se inventó prácticamente todos los artículos o crónicas que escribió y una vez descubierto se empecinó en encubrir y mantener como verdad su impostura. Pero ese “por qué” es lo único que Billy Ray no nos entrega: hacerlo supondría entrar precisamente en lo especulativo y habría caído en la paradoja de la subjetividad;  como es lógico eligió la distancia exacta para la búsqueda de la objetividad y para crear con ella la atmósfera adecuada a lo que quería contar y cómo deseaba transmitirlo.
El director va a mostrarnos la lucha de egos, la rivalidad, la premura por la entrega, las comprobaciones o la falta de ellas… Nos hará ver la diferencia entre información y opinión, pero sobre todo entre literatura y periodismo. No me canso de repetir en muchas de las entradas de este blog que son artes distintas, y que meter una en otra es advenedizo porque ambas merecen su espacio adecuado, corresponden a registros distintos, y aprovecharse de una para camuflarla en la otra no está bien, la cualidad de un novelista es la invención, la de un periodista la veracidad, y ambos pueden ejercer los dos oficios si tienen talento para ellos, pero cuando lo hagan han de saber que están utilizando mecanismos distintos, una novela no es un artículo extenso, ni un reportaje… por la misma razón una novela tampoco es un estudio periodístico aunque los personajes que la habiten ejerzan dicho oficio (para hacer una colada usamos la lavadora y para planchar, la plancha, son tareas diferentes aunque en ambos casos estemos hablando de ropa, pues con la escritura ocurre igual, aunque nos valgamos de las mismas palabras sus funciones son distintas, perdonad el ejemplo tan peregrino).
Para volver a colocar en su sitio los principios del periodismo, Ray nos habla de la falta de escrúpulos, de quien los tiene y quien no, de la irresponsabilidad y de sus consecuencias… y lo hace valiéndose de un elenco de actores magnífico y joven, como era la plantilla de New Republic en aquel tiempo cuya media de edad no alcanzaba los 30 años. Hayden Christensen interpreta a Stephen Glass, el actor arriesgó mucho porque el personaje cuando es descubierto no es querible y por tanto resulta poco carismático y sin embargo un buen intérprete corre el riesgo de quedar estigmatizado por él en el inconsciente del espectador porque el personaje tiene mucha fuerza: el agradable aspecto de un Urdangarín cualquiera de apariencia fiable, angelical, aplicado, pulcro, informal y a la vez protocolario, detallista, caballero, adulador en la medida justa, vestimenta conservadora, pijo-clásica, anfitrión ameno, divertido, con sentido de equipo, bien integrado…
Tuvo que ser muy difícil para este joven actor decidirse por el papel y prestarse como envase siendo tan antagónico, por lo visto Christensen no soporta la mentira y al final del rodaje tenía muchas ganas de desprenderse de Glass porque esa lucha interior le dejaba exhausto. Como espectadores tendemos a valorar mejor las actuaciones de rasgos heroicos aunque provengan de “perdedores”, nos gusta redimir, perdonar, buscar las justificaciones, o por el contrario condenar al villano si es que no tiene aristas ni fisuras, pero buscamos que sea un malo que fascine, un antagónico a la altura, es decir alguien con dignidad aunque sea equivocada y se manifieste fuera de la ley, pero que tenga sus particulares códigos de honor intactos, por ello no nos duelen prendas al sentir afecto por Toni Soprano, o incluso por Aníbal Lecter a pesar de su depravación, sin embargo volvemos la cara ante los comportamientos patéticos y sentimos vergüenza ajena por quien los exhibe, un desagrado enorme frente a la decepción de quienes creíamos admirables, porque en nuestro interior nos culpamos de haber dejado que nos estafen, y puede que al mismo tiempo estemos más cerca que nunca de ser conscientes de que podríamos caer en lo que cayó Glass y no soportamos la idea del aparatoso ridículo, de que en el fondo nos dolería el deterioro de imagen, el haber sido pillados en falta y no la falta en sí, por ello debemos pararnos un instante a apreciar la dificultad añadida que tiene para un actor esa entrega, la generosidad enorme de ir a favor de todo el conjunto, de la historia que se cuenta aunque el personaje no favorezca porque produce rechazo en el público, sólo entonces comprenderemos el lucimiento del intérprete. El director lo ha usado como espejo para que nos miremos en él y ese es el dedo que Billy Ray nos introduce en la llaga, sólo si comprendemos nuestras debilidades sabremos acotarlas y estaremos libres de caer en tentaciones y crearemos códigos deontológicos para todos los oficios, pautas de comportamiento e incluso leyes que nos sepan defender hasta de nosotros mismos y una vez aplicado lo que acabo de decir tanto a periodistas como a usuarios llegaremos a la conclusión de que lo que nos recuerda esta película es que:
“Hay que respetar la VERDAD y la libertad de prensa, condenar la falsificación de documentos, hay que usar métodos justos para conseguir noticias...”
“El periodista está obligado a rectificar y desmentir la información que resulte falsa y actuar en consecuencia, también debe recordar que existe el derecho al honor y a la intimidad. El redactor y su periódico o su empresa de información han de recoger y difundir la noticia con veracidad y exactitud evitando la difusión de falsos rumores. Los informadores investigarán desde el interés público movidos por el bien común de la sociedad, defenderán los derechos personales y colectivos y asimismo cumplirán con sus deberes y mirarán con independencia a los poderes del estado, del mercado y de la sociedad civil”.
De nuevo os pido disculpas por no citar textualmente, he parafraseado los artículos emitidos por la Federación Internacional de Periodistas, espero, al menos, haberme ceñido al espíritu de la letra, creo sinceramente que aunque no estoy obligada a conocerlos porque el periodismo no es mi oficio, los periodistas sí que deberían tener sin embargo como libros de cabecera “El informe Hutchins” por ejemplo, o todo lo que la OIP recogió en 1971 sobre “Deberes y derechos del periodista”, “El código mundial de 1983 sobre principios internacionales de ética profesional del periodismo”… y leerse varios renglones cada día antes de salir de casa porque está visto que lo del cuarto poder embriaga y se olvidan del lugar que ocupan para convertirse en estrellas que se anteponen a la noticia o al entrevistado convirtiéndole en excusa para brillar o en un recortable.
Rosario Dawson, una de las actrices de esta película, en una entrevista dijo algo como que a los políticos los escogemos con el voto pero que a los periodistas no. No sé si mis comentarios están sonando a animadversión contra los trabajadores de este oficio, porque si es así nada más lejos de mi intención, realizan una labor que venero y actualmente a pesar de los sensacionalismos, las pedradas de cadena a cadena, los dardos envenenados y toda la invasión amarillista, hay profesionales como la copa de un pino y ante ellos me descubro, pero a cada cual lo suyo -como diría Leonardo Sciascia-, y Stephen Glass hizo lo que hizo y su grave falta o se consintió o pasó inadvertida, y por omisión también se peca.
Peter Sarsgaard, al igual que Hayden Christensen, está magistral en el papel de Chuk Lane el nuevo director del semanal, el duelo es perfecto, y ambos actores en su dueto han sido capaces de mostrar ambivalencia y una gama de registros amplia e impecable; en mi opinión los dos merecían el Globo de Oro que sólo recibió Sarsgaard, es posible que por las razones que comentaba anteriormente: los miembros de un jurado no dejan de ser espectadores a la vez y puede que no lograran abstraerse de la empatía por “el bueno” aunque sólo es una sensación que se vuelve acusación infundada por mi parte y al fin y al cabo ellos son los entendidos y doy por supuesto que echarían en la balanza todos los ingredientes hasta alcanzar la valoración más justa.
El precio de la verdad” en mi opinión es como esos muebles de líneas limpias conseguidas de un solo trazo, de corte recto y de una sola pieza, elaborados con materiales nobles, brillantes, transparentes y diáfanos que invaden con una impresión de sencillez al cliente que es profano, pero al avezado le hablan de la precisión, de la dificultad de su perfecto acabado, y le producen el mismo orgullo que al artista que por primera vez curvó la madera. Intento decir, aunque sea con torpeza, que este largometraje no tiene trampas ni adornos superpuestos, no va por trozos ni piezas ensambladas o cosidas que mejoran con el montaje, es tan simple como la línea del horizonte en el mar mientras el sol comienza a ocultarse, tan simple y a la vez tan inmenso: una raya y un punto, pero la raya y el punto de un único atardecer irrepetible. Ray es fiel a la historia que cuenta, el tono elegido no es grandilocuente ni pretencioso y todo el conjunto guarda el mismo estilo conciso y por esa perfecta armonía en la que no sobra ni falta un fotograma “El precio de la verdad” es una obra de arte contemporáneo.
Como ya he dicho otras veces cuando un director es guionista se nota, y Billy Ray ha escrito y trabajado para muchos cineastas, saber captar las líneas maestras de cada uno de ellos con sus diferentes enfoques y estilos dice mucho sobre la capacidad de adaptación y la solvencia para manejar lenguajes diversos sin perder la voz propia ni el sello personal, prueba de ello son guiones como “La sombra del poder”, “Los juegos del hambre”, “Plan de vuelo: desaparecida”, “Sospechoso”, “La guerra de Hart”, “Desafío final” y “El color de la noche”. Como director además de “El precio de la verdad” ha realizado “El espía”. A juzgar por la poca información que hay sobre él también se deduce que se dedica a trabajar y que la parafernalia de alrededor le seduce poco.
Me encantó que huyera de los estereotipos, no se ven redactores corriendo de acá para allá como posesos, el ritmo es el de una redacción real como la de cualquiera de nuestras ciudades, con sus momentos monótonos y sus vacíos, y el dilema se dirime en la intimidad de los despachos. Me gusta que la película sea tajante y didáctica en cuanto a mostrar de forma contundente y sin ambages lo que es correcto y lo que no lo es. Viéndola he aprendido mucho sobre la humildad de la vocación, si es verdadera va por delante de ti.
Podríamos desgranar más, pero prefiero que la veáis porque “El precio de la verdad” da para muchas reflexiones e invita a interesantes coloquios.
Me gustaría terminar con unas palabras de Riszard Kapuscinski, periodista, historiador, escritor, ensayista y poeta que entre otros de sus muchos y prestigiosos galardones cuenta con el Príncipe de Asturias en comunicación y humanidades otorgado en el año 2003:
“Los periodistas deben ser personas abiertas a otros semejantes, a otras razones, a otras culturas, tolerantes y humanitarios. No debería haber sitio en los medios para seres que los utilizan para sembrar el odio y la hostilidad y para hacer propaganda. El problema de nuestra profesión es ético”.
Un abrazo y hasta que volvamos a encontrarnos para hablar de cine o de libros.
Pili Zori

"La voz de los extraños", de BEATRIZ OLIVENZA


¡Al fin! Tenemos entre las manos este tesoro de Beatriz Olivenza, el Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa 2010, con una preciosa envoltura, además, que resume por sí misma toda la esencia de la novela: la fotografía en blanco y negro del perfil de una niña cuya mirada de inteligente asombro absorbe el mundo, es la de la propia autora en su afán de entregarse por completo ya desde la portada. Habría dado lo mismo que no fuera un retrato suyo porque la puerta de entrada a este libro es la infancia. Pero lo que no da igual -y eso sí hay que reseñarlo- es que la foto la realizó su padre, Luis Olivenza, y de dos figuras paternas en simbiosis o en traslado de karma trata este singular libro –en mi opinión subjetiva naturalmente, cada lector llegará a sus conclusiones personales con la novela- además de otras muchas esencias vitales que después intentaré desmenuzar sin destruir el misterio ni la magia universal e imperecedera de sus páginas. Así que el homenaje simbólico a su padre está abrazado y protegido entre el paréntesis de ambas fotos, la del comienzo como niña y la de la contraportada como mujer, una Beatriz Olivenza en ciernes y otra en plenitud, y en medio las líneas de estas 182 páginas que habría querido que los ojos de su padre leyeran pues entre ellas se esconde toda una vida de amor para él. Sus libros anteriores también son cofres de bellas tapas, pero intuyo que éste es más objeto de deseo que los demás por su vocación de ofrenda.
Que “La voz de los extraños” fuera descubierto aquí supone un orgullo para nuestra ciudad, de nuevo el premio da prestigio a la premiada y la premiada al premio. Así que tenerlo entre los dedos proporciona sensación de talismán.
Estoy impaciente por escuchar las experiencias de mis compañeras del club de lectura con la novela, pero antes y en solitario compartiré la mía aquí. El libro contiene las constantes de la escritora: la fascinación por la pintura y sus efectos en quienes la contemplan, el deseo de crear un espacio para los viajeros en tránsito, es decir, los “muertos”, los seres queridos que ya ¿no están?, los desvanes como lugares representativos del inconsciente, los juguetes como nexo entre el mundo de la infancia y el adulto y su enorme respeto por los niños y sus delicadas mentes.
En ningún otro libro he visto la ternura masculina tan bien tratada y descrita, el sentimiento paternal como un instinto tan potente como el materno. Intuyo que a la autora le gusta adentrarse en terrenos inexplorados para describirlos en su verdadera realidad arrancando la maleza de los tópicos: Nicolás, el soltero que respeta a su hermana como si fuera su esposa; que derrocha dulzura en el club de carretera y nunca escoge a las pálidas y delicadas bellezas del Este para no herir a las otras y olvidando que paga se deja elegir; el director de una funeraria que no lo parece porque la escritora despoja de morbosidades esos ambientes naturales que en realidad forman parte de la vida y de la muerte.
La novela es tan visual que de inmediato reconocería el cuadro inacabado que hay en la torre, el de las tres Alicias y lo más curioso es que me encanta y conmueve mirarlo porque lo tengo ante mis retinas ya para siempre, he visto todas sus veladuras, transparencias y colores, a la pequeña Ali camuflada entre el pelo de la madre o de la abuela –en esa multiplicación o desdoble- como si de un Dalí se tratase.
Pero lo que con más fuerza he sentido es la semejanza de su Alicia con la de Lewis Carroll y estoy segura de que a la autora ni se le ocurrió pensar en el paralelismo y es natural que lo haya  porque, como anunciaba en renglones anteriores, para mí tanto “La voz de los extraños” como “Alicia en el país de las maravillas” tiene mucho de viaje al inconsciente, de entrada y salida entre ambas realidades. Las dos Alicias atraviesan, una el espejo, y la otra recorre un laberinto interior de esa casa tan orgánica como un ser vivo en la que la torre bien podría representar la psique.
Ese tótum revolútum que se produce en el interior de Nicolás para que busque y encuentre, bajo la represión de su carácter contenido, su verdadera esencia, la pasión por crear, es una imagen extraordinaria tanto como la entrada en el país de las maravillas en el que casi todo va al revés, en el que el regreso a la infancia es lo correcto porque en ella se forjaron las aspiraciones verdaderas y los genuinos deseos, por ello que la niña sea la llave que abre esa compuerta es muy significativo como viaje purificador y terapéutico. Los niños siempre son recordatorios de lo que fuimos, de lo que quisimos ser y detonantes de lo que reprimimos y en esa explosión que nos provocan extraen de nosotros lo mejor que tenemos. Como ya dije en este mismo blog en el artículo que escribí sobre su libro “Los muertos los vivos” Beatriz Olivenza es profesora de lenguaje y literatura, Imagino que para ella es extraordinario tratar con la primera hornada, -la de los chiquillos que llegan desde el colegio al instituto- y estoy convencida de que lo hace con la generosidad y ese otro cariño que da la docencia y que no es ni materno ni paterno ni de abuela o abuelo sino el vínculo ancestral y poderoso que crea la transmisión del conocimiento.
Me alegro querida Beatriz de que esa loca de la casa que es la inspiración ande siempre poniendo patas arriba la torre de tu privilegiada e imaginativa cabeza. Será un honor volver a estar contigo el 4 de diciembre a las 7 de la tarde en la Sala Multiusos del Centro San José.

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P.D. Ayer miércoles comentamos juntas en el club “La voz de los extraños”, mis compañeras me produjeron una enorme sorpresa por la variedad de sus impresiones y no he podido resistirme a compartirlas aquí. Me alegró mucho que una de ellas también remitiera la novela a Alicia, la de Lewis Carrol, sin que lo hubiéramos hablado previamente y que lo hiciera con los mismos planteamientos oníricos y psicológicos y con la misma seriedad que requiere el tratamiento del trasfondo de los cuentos que siempre ponen de manifiesto bajo su fantasía nuestros anhelos y miedos. Otras criticaron a Nicolás, le consideraron un desaprensivo y le responsabilizaron del final de Alicia, hubo opiniones contrarias al respecto que valoraron su dulzura y el peso de su soledad: causa del vacío anímico que propició el encuentro justo en ese punto en el que la niña está comenzando el camino vital -con su mirada llena de preguntas y la acuciante necesidad de respuestas- y él ya se adentra en el tramo de la última etapa. También se señaló la orfandad de ambos.
El descubrimiento del retrato y de quien lo protagonizaba hizo especular sobre la relación entre abuela y yerno, de nuevo “lo que esconde el cuadro”, ese juego de Olivenza que es como un iceberg porque siempre alberga oculto bajo sus palabras algún secreto, como ella misma dice: “los cuadros cuentan historias” y está claro que le gustan mucho los enigmas que encierran. Otra de nosotras nos contó que había llamado por teléfono a un familiar que tiene una funeraria, para preguntarle por si ellos también se encontraban objetos en los féretros, le prestará el libro. Pasamos un rato agradable con las anécdotas de unas y otras a causa de las cosas que sus familiares quisieron llevarse consigo. En cualquier caso, basta con ir a un museo arqueológico para enumerar la cantidad de objetos con los que enterraban a sus muertos nuestros antepasados y comprender así la importancia que le damos al equipaje de partida. También se reflexionó mucho, sobre la manera correcta de comunicar a los niños una pérdida porque durante la infancia somos absolutamente literales y se puso en cuestión el mundo adulto y su injerencia en el mundillo infantil tan vulnerable por su fe incondicional en la palabra de sus mayores. Comentamos sobre la posible entrada del protagonista en la locura, hubo discrepancias al respecto… y así pasamos la tarde desgranando cada página y quedándonos con la intriga y a la espera de lo que la autora nos cuente.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro con el cine o con los libros.
Pili Zori

"LA JOVEN DE LA PERLA", película de Peter Webber


Elegí esta película para proyectarla en el club de cine porque me pareció que suscitaría un interesante debate sobre la esclavitud del talento cuando éste ha de verse sometido a los caprichos arbitrarios de un coleccionista patrón y no de un mecenas -al menos así quiso ver Tracy Chevalier en su novela “La joven de la perla” a Van Ruijven, el hombre que junto a su esposa llegó a poseer veinte cuadros del gran pintor del barroco holandés Johannes Wermer-. Si tenemos en cuenta que Wermer sólo dio vida a 36 cuadros, de inmediato deduciremos que la relación de dependencia o por el contrario de amistad o generoso patrocinio fue larga y grande con Ruijven. Pero estamos hablando en clave de ficción aunque ésta se ambiente con rigor extraordinario en una atmósfera real. El director Peter Webber decidió ser fiel a la novela y junto a la guionista Olivia Hetreed consiguió dar vida a lo soñado por Tracy Chevalier. Aunque el debate sobre la esclavitud del arte sólo fue una de mis razones para escoger este largometraje que en realidad cuenta como ningún otro la pasión por la pintura, la luz, el color, el aire… también me interesaba que hablásemos sobre el talento que no puede desarrollarse si anida en una criada con sensibilidad y capacidad para comprender y compartir dicha pasión. En un tiempo de lucha de clases y colisión de religiones las circunstancias colocan entre dos mundos a Griet. Entre el pintor y Griet se establece una compenetración que trasciende y ahonda más allá del deseo físico aunque se expresa con toda la potencia erótica de un torrente contenido, se tocan la piel del alma y la del pensamiento con la mirada, la respiración… llenan los silencios de elocuencia desbordada y ese lenguaje anímico se expande sin que ellos puedan contenerlo despertando en el olfato los celos de la esposa desbancada más allá del cuerpo –su infalible arma hasta entonces-. La hija alertada por instinto comienza a marcar el territorio y a considerarla una amenaza. Es impresionante el trabajo de Colin Firth y el de Scarlett Johansson: para mí  las escenas de deseo con ese difícil toque de contención a punto de explotar son un termómetro infalible, la prueba irrefutable y definitiva para que un actor sea grande o no, y me suele bastar con una escena, así que si añadimos que en este caso la tensión del enamoramiento oculto  e inconfesado ocupa toda la película, pues me descubro y si además consideramos que Scarlett Johansson apenas tenía diecisiete años y que permanece siempre en pantalla y llevando el peso durante todo el largometraje pues poco queda por añadir. Firth y Johansson hicieron simbiosis, eliminaron la diferencia de años, creo sinceramente que se produjo un milagro contagioso porque el resto del elenco giró bajo la luz que ellos desprendieron. La sensualidad silenciosa ardía latente: Wermer acariciando con el índice el círculo del objetivo de la cámara oscura, el calambre de las pieles de sus manos al rozarse como nubes en tormenta, la desnudez del cabello de cobre al desprenderse de la cofia, el traslado simbólico de la pérdida de la virginidad a ese lóbulo de marfil traspasado por el pendiente y sobre todo el deseo de entregarle el conocimiento, de hacerla aprendiz de su mundo.
Essie Davis, la actriz que encarnó a Catherin Bolnes, la esposa, bordó su papel de celosa posesiva y enardecida. Judi Parfitt estuvo superior en su interpretación de María Tin -la suegra de Wermeer, que valiéndose de que el matrimonio vivía en su casa no cedió ni un ápice de su  preponderancia-. Tom Wilkinson impecable en su papel del rijoso Ruijven, casi no le reconoces en su magnífica y camaleónica capacidad de transformación. La actuación de Alakina Mann, la hija que se enfrenta a Griet fue sorprendente, apabulla la fuerza que tuvo esa criatura frente al objetivo de la cámara, cómo supo transformar su rostro angelical en perverso con esa mirada fija y poderosa sin necesidad de mover una pestaña. Más que digna de mención Joanna Scanlan, la carnal y chismosa criada que pone al tanto de las costumbres de la casa a Griet con ese buen toque picaresco y rustico que quien no la haya visto en otros trabajos le aplica como propio. Cillyan Murphy  a pesar de que su papel es menor –en extensión, no en relevancia- está perfecto con esa mirada azul, siempre limpia sincera y convincente. Gabrielle Reidy y Chris McHallem como padres de Griet… en fin, todo el elenco tiene detrás mucha escuela y muchas tablas, incluso los más jóvenes pisan así de fuerte porque desde críos -que es cuando más esponjoso eres- fueron nutridos por los mejores. Para ilustrarlo basta con retroceder a 1998 y ver en “El hombre que susurraba a los caballos” a aquella cría que se comía la pantalla: Scarlett Johanson dirigida por Robert Redford. No se le puede pedir más al casting, ni a la dirección de actores ni a la artística ni a las ropas ni a la decoración de interiores, la recreación de exteriores… ni a la exhaustiva labor documental.
Peter Webber
Pero la razón de más peso por la que quise que viéramos juntos esta película es por cuatro de las artes principales que conjuga: pintura, literatura, cine y fotografía.
La fotografía nunca pasa inadvertida pero en esta ocasión se podría decir que en manos de Eduardo Serra adquiere el máximo protagonismo porque además Serra se licenció en la Sorbona en historia del arte y ese poso probablemente enriqueció mucho más su mirada. La película es un Wermeer en sí misma y como una matrioska contiene todos los cuadros que el artista pintó, ¡si Wermeer pudiera ver sus lienzos en movimiento! Porque eso es lo que hizo Eduardo Serra: sacarlos de la quietud, ya veis que no digo darles el soplo de la vida porque ya la tenían.
En cuanto a Peeter Webber, el director de esta belleza, decir que “La joven de la perla” fue su debut en el largometraje que nos haría abrir la boca y llenarla de exclamaciones, pero a menudo las operas primas se sustentan en un largo y arduo trabajo. Peter Webber se licenció en la universidad como productor de cine, ya entonces realizó un cortometraje muy destacable titulado “El hombre Zebra”; a este le siguieron documentales y series de gran prestigio en el Reino Unido tales como “Wagner de la A a la Z” para la BBC, “La tentación de Franz Schubert”, “Underground”, “Sólo hombres”, “Las mujeres de Stretford”…  Una primera película a menudo no es más que el resultado de haber alcanzado el poder adquisitivo y la libertad para financiar el tiempo que requiere un rodaje y el equipo que necesita. Por ello insisto en que este film sólo es la punta del volcán, en el magma interior se encuentran capas y capas de sedimentos como ese pentimento de la silla que Griet retira de la escena, expertos de la actualidad han podido comprobar con rayos equis el cambio de idea del pintor, la silla de ese cuadro existió en un principio.
Wermeer retrató mujeres hermosas desempeñando tareas cotidianas, pintó paisajes urbanos probablemente por encargo ya que estaban mejor pagados, se sirvió de la cámara oscura para obtener mejores perspectivas desde lo alto, y elaboró también alguna obra religiosa de gran tamaño. Sabemos poco de su vida, de quienes fueron sus tutores, se especula sobre ellos, tenemos el dato de que era protestante y se casó con una católica, pero no se conoce a ciencia cierta si se convirtió al catolicismo para desposarse en un tiempo conflictivo entre religiones, hemos leído que la familia de su esposa era más adinerada que la suya, que Wermeer engendró 14 hijos, algunos no superaron la infancia, que perteneció al gremio de San Lucas dato que nos desvela su maestría porque para acceder se requerían como mínimo seis años de aprendizaje con un pintor de prestigio, lo que hoy entenderíamos por licenciarse en una carrera, han escrito que después fue decano en dicho gremio, cargo de gran predicamento y deducimos que sin duda compaginó su oficio con otros, como experto en arte o como ayudante del negocio de su madre en el mercado porque, por muy cotizada que estuviera su pintura, 36 cuadros no dan para vivir ni para alimentar tantas bocas, dicen que murió arruinado por causa de la guerra, y que su esposa malvendió sus cuadros y renunció a su herencia que fue absorbida por las arcas de sus acreedores, pero de todo ello os dará sendas explicaciones el propio y generoso internet, de lo que no os hablará es de que vivió en la época barroca, pero no creó como un barroco y su pintura fue intemporal e intimista y supo atrapar el interior de las personas, quien contempla su obra escucha lo que piensa el retratado, nadie te puede explicar lo que cada cual experimenta al adentrarse en el cuadro de La joven de la perla cuando nos observa desde ese fondo oscuro y caravaggiano, el enigma de la mirada de la Mona Lisa holandesa, de la Gioconda del norte seguirá inspirando a poetas, cineastas y artistas de toda época por los siglos de los siglos amén, porque las musas nunca mueren.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"LA BODA DEL MONZÓN", película de Mira Nair


El martes pasado proyectamos en el club de cine “La boda del monzón” de la cineasta Mira Nair; quería que viésemos esta película porque me parece un lujo impagable que los propios artistas que pertenecen a dos culturas nos sirvan de guía y nos extiendan un puente para entenderlas, ellos mejor que nadie y con más derecho pueden mostrarnos su idiosincrasia haciendo que la comprendamos porque además conocen la nuestra. Expresarlo así tal vez resulte generalizar demasiado, puesto que el mapamundi por fortuna está lleno de matices, pero como dijo una compañera en el coloquio los sentimientos esenciales son los mismos aunque las costumbres sean distintas.
Mira Nair comenzó a estudiar en Nueva Delhi sociología e interpretación al mismo tiempo, -como intérprete fue una actriz comprometida con el teatro de calle al que le dedicó tres años- pero se licenció más tarde como socióloga en la Universidad de Harvard tras haber obtenido una beca y además se graduó en Imagen y sonido y más adelante compaginó su profesión de cineasta con la docencia en la Universidad de Columbia en Nueva York, -como veis ha hecho un buen uso del tiempo que le fue regalado para su vida-. Parte del dinero obtenido con sus primeros premios cinematográficos lo usó para crear en India centros que protegen a los niños de la calle. Actualmente vive en Sudáfrica y allí también ha propiciado una fundación que potencia a nuevos talentos del cine.
Su padre ejercía como funcionario público en Delhi y su madre como trabajadora social, en esta ocasión sí destaco estos detalles porque la película está dedicada a su familia y no es difícil comprender hasta qué punto el proyecto de este largometraje era un legado importante para ella. Cuidó con sumo esmero lo que quería decir con las imágenes y también con los diálogos no sólo sobre su gente sino sobre sí misma entre su gente aunque hoy su mirada y los suyos abarquen entornos más amplios e internacionales, hablo de su lugar de origen, de su crianza, de su infancia que según dicen siempre es la patria del corazón, los cimientos de los que partimos para bien o para mal… y hago hincapié en ello porque algún crítico español tildó a la película de folklórica y colorista sin más. Entiendo que un crítico pueda dar su opinión y manifestar sus primeras impresiones, pero eso ya lo hacemos los espectadores, de ellos, de los profesionales del análisis, se espera que rasquen un poco más. También se dijo en su día que “La boda del monzón” era un producto realizado para que gustase en occidente, una especie de postal turística. No sé, en cualquier caso creo que es bueno mostrar de forma hermosa y presentable tu mundo al visitante, al forastero, al amigo de otro país… sin omitir por ello cualidades o defectos pero haciéndolo con el cariño y la sinceridad propios de quien ama a los suyos, al fin y al cabo estás dando lo que tienes. Tanto quiso entregarnos Mira Nair en el breve espacio de una película que un compañero del club hasta lo consideró trepidante y condensado en exceso. Dicha condensación yo la vi como una mesa repleta de manjares preparados para ver cuál acierta con tus gustos sin perder por ello la armonía de conjunto, y  agradecí el agasajo.
Nosotros nos sentimos invitados a esa boda, tuvimos la sensación de haber viajado hasta Delhi para asistir, con el privilegio añadido de que la directora nos permitiera compartir la intimidad de los protagonistas y de todas las historias que en ella se entrecruzaron, la pena fue que no pudimos probar los bonitos alimentos que se sirvieron y lo digo porque no eran de atrezzo precisamente: Mira Nair prefirió utilizar el presupuesto para pagar a los actores y al equipo -no me entretuve en contarlos pero al parecer rondaron los sesenta- así que el catering y las delicias que aparecen en la película los cocinó la madre de Mira Nair según tengo entendido, y todos los familiares de la cineasta aportaron además, muebles, ajuares, saris… llenando la pantalla de autenticidad y belleza, pocas películas he visto en las que mujeres de toda edad estén tan preciosas.
Para una socióloga que además hace cine, que de algún modo ha encontrado en él la herramienta para canalizar y aplicar su aprendizaje y para darle utilidad, una boda es una excusa perfecta para explicar al espectador todos los estamentos, los distintos status sociales representados por los familiares, el sentimiento de clan a pesar de la diáspora (como en muchos países hoy emergentes los talentos nacidos en India tuvieron que emigrar para poder desarrollarse fuera, pero mantuvieron el corazón en el lugar de origen y de algún modo albergaron la necesidad solidaria de revertir, de devolver a su tierra los conocimientos adquiridos en el “extranjero” -aunque ya se sientan pertenecientes y formen parte del nuevo país de acogida- y una vez creado el puente del que hablaba al principio también es lógico que quieran entregar los obsequios de ambos lados en ese camino de ida y vuelta). Creo que el mundo es mejor si alguien nos lo presenta, nos ayuda a conocernos para poder entablar relaciones, y si lo hace un artista el enriquecimiento es mayor. Así que para mí esta embajada de Mira Nair ha sido tan eficaz que ha conseguido llegar hasta nuestra pequeña sala de cine compartido en el centro social de Ibercaja de mi ciudad.
La película de una manera fluida y sutil nos muestra las jerarquías de trabajo a través de P.K. Dubai, el encargado de eventos, y sus empleados y no omite algún que otro detalle picaresco envuelto en hipocresía. Sólo con las imágenes el espectador comprende que hay una convivencia de religiones –Alice, la empleada del hogar, lleva un crucifijo colgado del cuello- uno de los invitados critica la ostentación de los punjabi, la interlocutora le devuelve como réplica la vanidad de los suyos… Ya en el comienzo vemos en un plató de televisión un debate que subraya el contraste entre oriente y occidente y a su vez observamos cómo se conjugan tradiciones y modernidad (entendiendo quizá peligrosamente por modernidad lo occidental, resultado de la ya inevitable colonización cultural, sin pararnos a pensar que un país se podría modernizar por sí mismo partiendo de sus propias características). Pero Mira Nair nos lo explica mejor con el lenguaje visual: contemplamos a Ria y a Aditi  dormidas; en el lecho de Ria descansa un libro de Tagore, en el de Aditi un ejemplar de la revista Cosmopolitan. La madre, Pimmi Verma, fuma en el baño; Aditi toma café en vez de té… La boda es costosa y el espectador ve como a pesar de que los Verma son acomodados, Lalit, el padre, ha de pedir prestado a sus amigos del golf para financiarla mientras disputan una partida... y así, fotograma a fotograma, Mira Nair nos va mostrando una trama en la que la atmósfera y ambientación adquieren tanta relevancia como los hechos que van aconteciendo, porque toda esa tela de fondo nos entrega información fundamental y a menudo no se distingue lo que en verdad está en primer plano, y el público se pregunta entonces si serán los propios actores la excusa para mostrar y sostener a la verdadera protagonista: la forma de vida de la India y sus contrastes.
A pesar de que es una boda concertada, los novios tendrán que salvar el escollo de sus pasados anteriores: hasta el mismo día del compromiso Aditi estará citándose con su amante, un hombre casado sin intención de divorciarse; el modo que los jóvenes tienen de resolverlo es muy interesante si no nos olvidamos de que la película se ciñe a las bases de una comedia romántica en la que los conflictos siempre se resuelven con final feliz, lo cual no quiere decir que los planteamientos que contiene dicha comedia no alcancen toda la profundidad dramática requerida.
En esta película la directora ha concedido un gran peso a las mujeres, observamos cómo Pimmi Verma, la madre de la novia, concilia, sujeta, lleva la iniciativa en la cama, consuela y conjuga su rol en la familia con sus necesidades individuales. Ria, el personaje de más peso, la que guarda el secreto latente que mantiene la intriga del film, desea desarrollar su vocación de escritora en América. Aditi a pesar de las ventajas que tendría al silenciar a su vez su propio secreto -sus relaciones clandestinas que sólo comparte con Ria-  prefiere sin embargo comenzar de cero con su prometido confesándole abiertamente su pasado sin omitir detalle, en esas escenas se establece la diferencia generacional con respecto a cómo habrían reaccionado sus padres ante una circunstancia parecida, porque él, una vez asimilado el malestar y mostrada la comprensión,  le pide que sea ella quien decida si van a seguir adelante. De nuevo tenemos una adaptación que conjuga actualidad con tradiciones y un traspaso de batuta a la mujer.
Alice, la criada, y P.K. Dubey, el empresario de eventos, son los personajes que aportan la ternura y la distensión; algún crítico cinematográfico dijo que parecían extraídos del cine mudo. Tuve la misma impresión en su sentido más elogioso, a pesar de que el personaje de P.K. Dubey, en mi opinión, quizá se muestre algo histriónico para favorecer la comicidad, pero el resultado fue bueno. Cuando compartes cine, la sala a oscuras se convierte en un termómetro; las sonrisas, risas, exclamaciones, murmullos, movimientos y roces en el sillón son buenos indicadores de cómo está funcionando y la declaración de amor de P.K. Dubey, rodillas en tierra con el corazón de caléndulas entre las manos e iluminado por las velas frente a la cocina, conmovió, al igual que su boda paralela tras la petición, que resultó entrañable aunque rozase una inocencia casi pueril, y la integración final en el baile con toda la familia también fue muy celebrada en el patio de butacas, si esa escena no fuera reflejo de una realidad india al menos sí es un deseo real que la directora sugiere como posible empalideciendo así las reminiscencias y lastres del sentimiento de casta que aún pueda estar arraigado a pesar de que su constitución prohíbe desde hace tiempo esa forma de clasificar a los seres humanos y a sus familias.
Y llegamos a la parte álgida: en medio de los preparativos y a punto de celebrarse el enlace hace explosión el secreto de Ría que involucra a Tej Puri -el cabeza del clan, el máximo protector de la familia- y pone todo el acontecimiento y la estructura jerárquica patas arriba.
De ahí partió nuestro debate en el club de cine: de nuevo optar por lo correcto aún en las circunstancias más adversas, desenmascarar y no encubrir, aún sintiéndote en deuda, aún poniendo en cuestión el prestigio, aún con toda la presión social del momento. La película muestra que se puede hacer lo justo, lo apropiado incluso en la India y en cualquier parte si antepones lo que importa, para que no sólo en el cine ganen los que han de ganar, los inocentes, los abusados, las víctimas. La escena del desprendimiento del turbante y la humillación que conlleva impacta tanto como la imagen equivalente y occidental de un arranque de galones o condecoraciones inmerecidas. La intención de la directora estaba servida. Confieso que por un momento el conflicto de la película, el meollo del argumento, me pareció una elección fácil, manida, muy americana, -en las series se usa en exceso para dramatizar- pero enseguida llegué a la conclusión de que es precisamente en esta película y en su planteamiento donde mejor encaja el detonante, la directora supo tratarlo con la delicadeza y equilibrio suficientes para que fuese el núcleo pero no enturbiase todo lo demás que también quiso decir. El rostro de Ria cuando al fin es liberado de sus sombras y zozobras se convierte en una fuente de luz y de alegría. El trabajo contenido de esta actriz es extraordinario.
Es una película hermosa, llena de majestuosos ropajes, de contagiosa música. Creo que realizarla con aspecto de documental fue un gran acierto, los recorridos por Dheli, las bulliciosas calles con sus puestos y sus tiendas variopintas, la luz natural reflejando el día o la noche, la vista panorámica desde la terraza de la casa de P.K. Dubei… todo el retrato, todas las imágenes son impagables. La cámara al hombro incrementa la sensación de verdad y subraya la atmósfera caótica en apariencia de la India tan superpoblada y a la vez tan tolerante. La sensación purificadora de la lluvia nos empapó a todos.
La boda del monzón” obtuvo el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia, el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa y fue nominada a los Bafta: me parecen avales suficientes para no tildarla de folklore barato.
Sus protagonistas fueron: Naseeruddin Shah, Lillete Dubey, Shefali Shetty, Vijay Raaz, Tilotama Shome, Vasundara Das, Parvin Davas, Kulbhushan Kharbanda, Kamini Khanna, Rajat Kapoor, Nea Dubey, Kemaya Kidwai…; guión de Sabrina Dhawan, música de Michael Danna y Sukhnindewr Singn, fotografía de Declan Quinn.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"Las ciegas hormigas", de RAMIRO PINILLA


En el club de literatura hemos terminado “Las ciegas hormigas” de Ramiro Pinilla. Ha gustado muchísimo con excepción de dos compañeras y yo misma. No tengo por costumbre hacer reseñas negativas ya que siento un gran respeto por el oficio de escribir y por sus autores, lo que me gusta lo reseño y lo que no, pues no lo reflejo, al fin y al cabo no me dedico a la crítica literaria, sólo expreso en este rincón mis impresiones enriquecidas a menudo por las de mi familia y mis amigas del club de literatura, comparto una pasión sin más, pero en este caso haré una excepción amparándome en que mi mala experiencia con el libro jamás podría dañar el prestigio que como maestro de las letras españolas tiene Ramiro Pinilla. Imagino que todo cuanto voy a decir es más sentimiento que argumento y que probablemente haya proyectado en la novela cosas que nada tienen que ver con ella. Así que os haré partícipes de mis pensamientos en voz alta de forma honesta, dando pie a vuestra discrepancia conmigo, o provocando las ganas de leerla para que coincidáis o me llevéis la contraria con razones de peso tan interesantes como las que opusieron a las mías en el club.
De entrada no pude abstraerme de que la voz del narrador omnisciente estuviera metida en primera persona en las demás voces, pensé que o bien debería haber utilizado la tercera en toda la novela o bien la de Ismael que habla ya desde la distancia en el tiempo recordando y en pasado y en ese caso sí tiene sentido que su lenguaje haya evolucionado. Con respecto a los demás personajes, si estamos escuchando sus pensamientos, estos tendrían que pertenecer a sus formas personales de expresarlos y parecer pensamientos o monólogos interiores y no las explicaciones en voz alta -parecidas a las que se le hacían al espectador en un aparte en las esquinas del escenario de un teatro- recurso anacrónico incluso en el tiempo en el que este libro fue escrito. Si piensas para ti el lector sobreentiende, no te explicas a ti mismo lo que ya sabes sólo para que lo oiga el lector y si el autor quería dar voz a cada uno de los personajes pues tendrían que expresarse ellos con sus propias palabras y haciendo que todos hablen de la misma manera no lo consigue, así que no pude abstraerme de esa rara sensación de estar oyendo la maravillosa voz de un cantante metida dentro de otra melodía también extraordinaria, de otra canción distinta, y esa distorsión me ha desafinado por completo la magnífica sinfonía.
Por otra parte una vez leída, me desconcertó que la novela tuviese una dedicatoria con intención de homenaje porque en todo momento yo la estaba interpretando como un retrato familiar y social bastante lejano a la alabanza; es más, creí que el propósito del autor era mostrar las luces y las sombras de los personajes que la habitan, representantes de un tiempo de nuestra historia bastante oscuro por cierto, tanto como la ceguera, el carbón o el caparazón de esas hormigas cuyo destino es el trabajo como fin en sí mismo: soportar y llevar la carga, transportarla, vivir permanentemente en acción, trabajar hasta el agotamiento para no pensar, porque si paras, si tienes tiempo de reflexionar, tendrás consciencia de tu miseria, de tus desgracias. Me pareció que el pesimismo de la mirada del autor hacia el mundo había sido buscado a propósito, que Ramiro Pinilla había despojado de toda esperanza de rebelión a los personajes, aunque estos encontrasen su parcela de libertad en el hecho de hacer el trabajo, lo que se consigue con las propias manos, ese espacio acotado en el que tienes un mínimo de elección en tu modo de desarrollar dicha labor. Te rebelas si crees que puedes cambiar algo, si no lo crees aceptas el destino que te ha tocado pero no que hasta el fruto de esa aceptación quieran arrebatártelo.
Bien, hasta ahí pensé que era la denuncia de una época, el canto de quien puede dar voz a los que no la tuvieron porque emplearon toda su vida en sobrevivir y su única dignidad era el trabajo. El carbón desparramado por la colisión de un barco no es de nadie, por tanto no hay que devolverlo ni la ley tiene derecho a quitártelo si lo has recuperado para ti cuando ya estaba perdido y para hacerlo te has buscado los medios necesarios sin hacer daño a los demás, ese podría ser un atisbo de rebeldía y de respeto hacia las leyes naturales que se contraponen a las opresivas e impuestas por el Estado. En la novela finalmente no hay nada a lo que aferrarse, hasta la fe de Josefa se tambalea y esa pérdida además de la del hijo la sitúa al borde de la clase de locura que surge tras la desesperación, tras las preguntas de ¿entonces?, ¿para qué y por qué? Poner en duda la existencia de Dios o aceptar sus designios interpretándolos como enfado, como castigo, sin comprender su falta de apoyo finalmente la trastorna porque la confesión que suplica ni le devuelve al hijo ni la redime de esa culpa indefinida por permitir, por no haber protegido. No hay ilusiones a las que agarrarse dentro de esas páginas, desde el principio sabes en qué va a acabar la “epopeya” del carbón en esa noche aciaga.
Es cierto que es inherente al ser humano seguir adelante incluso en las peores circunstancias y puede que en ello radique cierta clase de heroicidad aunque le reste fuerza que no hay otra opción. Es cierto que la novela es impresionante en la hondura que alcanzan sus reflexiones, en las descripciones, tan visibles, -no me extraña que la llevaran al cine- en toda su trama que mantiene la intriga hasta el final, puedes ver con perfecta nitidez la noche que parece eterna porque nunca se acaba, te empapas con ellos, hueles la lana mojada. Hay escenas que incluso te hacen girar la cara para no mirar, las más brutales para mí son la del hijo muerto recibiendo en el rostro los golpes de las rocas al ser izado y escondido entre el carbón, sepultado bajo él; otra la de los bueyes anclados en el fango sin poder tirar de la avarienta carga, la de la niña dando el pecho a los gatos, la de Berta y su necesidad obsesiva y primigenia de concebir aunque sea abusando de un muchacho limitado. Pedro y su destrucción alcohólica, esa debilidad que desencadena la desgracia… Ramiro Pinilla en mi opinión no salva a nadie, el carbón se come el deseo enamorado al que se tiene derecho, el carbón engulle la escopeta, el único lujo de la casa convertido en trueque para salvar lo insalvable, la ternura de una niña ignorada que no entiende la muerte ni el hecho de matar y ha de asumir ambos conceptos comparando sus actos con los de los adultos ella dará con su llanto y con sus gritos por la gata por, su hermano y por las crías la dimensión exacta a lo que ha ocurrido…
Y ahora viene mi parte y el debate interior que me ha traído de cabeza. Vale, es la descripción de una familia concreta, pero no todas las familias de ese tiempo y en esas mismas circunstancias eran así, y no se trata de que yo no haya pasado calamidades, tampoco quienes defienden ciertas actitudes de los personajes de la novela las han pasado, pero sí sé que en peores momentos incluso de hambre -y el hambre te puede volver fiera- ha habido gente que ha actuado de otra manera.
A mí, Sabas, me cae como un tiro, y si fuera vasca no querría ser representada por él, no creo que haya que confundir determinación con tozudez, imprudencia con liderazgo, imposición con criterio, que le ponga el ojo a Josefa encima y a partir de ahí decida su destino sin contar con ella me enerva, y no me vale escuchar que eran otros tiempos porque en todo tiempo ha habido gente afectuosa sin dejar de ser por ello rústica y bragada aún teniendo poco que llevarse a la boca. ¿Y ella…?, Josefa, siguiéndole como si fuera una condenada, tampoco la entiendo, la hembra sumisa con el macho alfa, y no estoy hablando de sentimentalismos, que Sabas compre la vaca para ofrecerle un futuro me parece más bello que un ramo de rosas, pero que se lo diga a ver qué le parece y que escuche lo que ella opina sobre esa vida de dos que se multiplicará después para hacer una familia en la que ambos intervienen, y sí tengo derecho a decir y a comparar porque todos hemos tenido abuelos con sus historias de amor que contar y también con sus hambres y sus solidaridades, no es lo mismo compartir tortilla de patatas hoy que entonces.
A menudo se confunde la virilidad con otras cosas como el ordeno y mando, y se tiende a pensar que si no hay personas como Sabas el mundo deja de girar, y no es cierto, la fortaleza no siempre se genera en los testículos; yo abomino de aquel tiempo pero no por cobarde ni por pija acomodada, una cosa es comprender la época y su efecto en las personas y otra muy distinta justificarla. Un hijo muerto es un hijo muerto y se te desgarran las entrañas con su pérdida y no hay carbón que lo anteponga, y si ese mensaje no me lo entregan como embrutecimiento pues me hago un lío. Y entre pasar miseria o ser miserable también hay diferencia, la misma que entre ser ahorrador o ser roñoso.
Me gusta coincidir con mis compañeras, también ese rasgo es inherente al ser humano: la necesidad de pertenencia, sus argumentos fueron contundentes inteligentes y más sosegados que los míos, pero en esta ocasión no hemos concordado, tampoco me gusta que se me salga el temperamento como si fuera una ventosidad y a veces no sé poner distancia entre las lecturas y yo, y la vehemencia me nubla la vista, pero por alguna razón este libro me ha removido, ha resultado un revulsivo y desearía que esa hubiera sido la intención del autor: provocar en mí esa reacción, desearía haberle entendido y haber estado en sintonía con él porque para empezar me encantó que compartiera en el prólogo su mala experiencia editorial, y que lo gritara a los cuatro vientos, una experiencia que no le impidió seguir creyendo en la literatura y seguir luchando por ella, la propia y la de los demás jóvenes escritores que han recibido su impagable apoyo, y sobre todo desearía estar equivocada en lo que expuse anteriormente sobre las voces narrativas y que él me corrigiera diciéndome: quise hacer una renovación formal que no has captado.
En cualquier caso bienvenida sea siempre la controversia que suscita un libro porque de esa clase de conflictos nace la luz.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro con el cine o con los libros.
Pili Zori

"EN EL ESTANQUE DORADO", película de Mark Rydell


Hace algunos años me preguntaron mis hijas, al azar que en qué lugar del mundo me gustaría vivir si pudiera, y sin vacilación les respondí: “En el estanque dorado.” Me compraron el dvd para que viajase hasta allí siempre que quisiera, naturalmente no hablo del lago Squam de New Hampshire, el maravilloso paraje en el que fue rodada, hablo de entrar y salir de la película, algo parecido a lo que hacían los personajes de la “Rosa púrpura del Cairo” de Woody Allen, pero en otra clave.
El cine para mí, entre otras muchas cosas de las que luego hablaré, siempre ha sido cruzar al otro lado del espejo, algo así como manejarte en la cuarta o la quinta dimensión, qué feliz sería Lewis Carroll sabiendo que lo vaticinó y que hoy podemos ver a su Alicia detrás del cristal y en alta definición.
Sólo en esa dimensión, al otro lado del espejo pudieron hacer las paces Henry Fonda y su hija Jane, suplantados por sus personajes Norman Thayer y Chelsea, con la ayuda del mejor intermediario: el cineasta Mark Rydell a quien probablemente dio voz -en este caso y ocupando su lugar- la sublime Ethel, (Kathharine Hepburn) perfecta y ecuánime mediadora con quien a cualquier hombre le gustaría llegar hasta el final de sus días y sus noches.
Esa extraordinaria dualidad en la que el espectador contempla cómo ambas realidades entran y salen constantemente de la pantalla es algo absolutamente inusual que sólo se produjo en aquella ocasión multiplicando la potencia del film. Pocos meses después de su estreno moría Henry Fonda dejando al mundo como testigo de ese abrazo que padre e hija se dieron, el abrazo era de fuera aunque lo viéramos dentro. Quizá se trate de eso, de llegar al final sin dejar asuntos pendientes.
Lo que más admiro de Mark Rydell, este director que comenzó como actor, es la humildad de no situarse en medio, de diluirse como si no estuviese presente, no le notas… entregaría mi reino por ver como daba las pautas, sin manipular, dejando fluir a este poderoso cuarteto, imagino que lo hizo como un eficiente, afectuoso, elegante y discreto psicoterapeuta.
En la escena en la que Chelsea se aferra a Ethel, escondiendo la cabeza en su pecho y cogiéndole la ropa entre los puños para que no se aparte, hay algo tan desgarrador y hondo que aunque el espectador desconozca la raíz intuye que trasciende de la mera interpretación porque lo que está viendo es la desesperada necesidad real de que Katharine Hepburn-Ethel sea su madre y que siga siendo su madre a ambos lados de la pantalla.
Los Fonda tuvieron siempre muchas terapias pendientes, la esposa de Henry, madre de Jane y Peter Fonda se suicidó. Para suavizar la desgracia Henry les dijo a sus hijos que había muerto de un infarto, más adelante al enterarse de la verdad ambos hermanos la encajarían de forma traumática. Peter Fonda, el hermano de Jane –actor a su vez y padre de la actriz Bridget Fonda- también intentó quitarse la vida. Jane arrastró una bulimia perniciosa durante décadas, de ahí que el detalle de que en la película Norman llame gordita a Chelsea como cuando era niña adquiera un valor distinto. Aunque fuera del ambiente familiar -en la película- sea una mujer cuyos valores son reconocidos, alguien que pisa fuerte, sin embargo vive pendiente del pasado y de la aprobación del padre, con la sensación de que haga lo que haga nunca estará a la altura de sus expectativas. A causa de ese sentimiento no ha terminado de hacerse, de desarrollarse, de tener criterio propio para pensar por sí misma. La madre le insta a que camine del lado de la existencia y hacia el futuro y se olvide de responsabilizar al pasado y a su padre de sus inseguridades, le exige que tome sus riendas.
Imagino que ser hijo de actores tan estelares, produce un eclipse contra el que hay que luchar con uñas y dientes si quieres seguir la misma carrera. A Henry Fonda se le apodaba el actor de la toma única, porque a la primera se escuchaba al director exclamar ¡Buena!. Con más de 120 películas en su haber en cierta ocasión durante una entrevista le preguntaron a John Ford que qué era el cine para él, respondió de inmediato con otra pregunta: “¿Usted ha visto caminar a Henry Fonda?” pues eso es el cine. Peter Bogdanovich manifestó: “Cuando Henry Fonda dice algo lo crees”. Y yo añado, es cierto, tanto que los jurados populares todavía hoy tienen la tentación de emularle con la duda razonable tras haber visto su interpretación en “12 hombres sin piedad”.
En Hollywood tuvo gran predicamento. Si su imagen privada fue distinta, es una intimidad que le pertenece a la familia. El escritor John Steinbeck dijo que su rostro era un cuadro de opuestos en conflicto y el propio Henry Fonda afirmó: “Actuar, para mí, es como ponerme una máscara y cuando no interpreto mi mayor tragedia es no tener una máscara tras la que ocultarme”. También esa frase tiene enjundia, y de algún modo refleja un enorme sufrimiento almacenado y contenido.
No es mi intención poner como eje principal a Henry Fonda porque la película la sostiene el trío, el chiquillo de 13 años, (Doug Mackeon) hijo del dentista, -el nuevo amor de Chelsea- a quien dejan con Norman y Ethel durante un tiempo mientras la pareja realiza un viaje por Europa. Chelsea tanto en ausencia como en presencia compone el contrafuerte de sujeción que explica pasado y presente.
Esa relación iniciática de joven con mayor, de Billy con Norman y con Ethel nos da la clave de que hay puntos de encuentro entre todas las generaciones, al fin y al cabo caminamos juntos en el mismo espacio y en el mismo tiempo, y la vejez al igual que la adolescencia son umbrales en los que todo el mundo anda desorientado, se trata de hallar el respeto mutuo en la relación, que tiene que ver con la actitud y no con guardar las formas.
La película fue primero una obra de teatro que el propio autor Ernest Thomson adaptó para el cine; obtuvo un oscar por el trabajo, un honor si tenemos en cuenta que fue unido a otros dos: el de mejor actriz para Katharine Hepbrurn, la única de la historia del cine que consiguió cuatro y el de mejor actor para Henry Fonda, que ya había recibido el honorífico por toda una vida.
Marck Rydell nació en Nueva York en 1934, tiene una larga carrera que os invito investigar; entre su extensa e impecable filmografía se encuentran largometrajes como “La zorra”, “Permiso para amar hasta media noche”, “Harry y Walter van a Nueva York”, “La rosa” (otra de mis favoritas, en ella Bette Midler recrea la vida y muerte de la cantante de rock y blues Janis Joplin; fue nominada a los oscar por su impresionante actuación como actriz y cantante), “Cuando el río crece”, “Ayer hoy y siempre”, “Entre dos mujeres”… Todas sus películas son apuestas fuertes que indagan en los vericuetos y espirales interiores del alma y en todas ellas los actores brillan bajo la luz de su mirada. Rydell sabe iluminar la parte digna de la zona oscura extrayendo las grandezas que también hay en ella, por esa razón recalcaba al principio que este director comenzó como actor y obtuvo un gran reconocimiento en papeles como el del violento mafioso Marty Augustine en el largometraje de Robert Altman, o en “Hollywood Ending” película en la que hacía de agente del hipocondriaco Woody Allen, papel interpretado por el propio Allen… Tal vez por haber estado bajo las órdenes de otros cineastas y delante de la cámara sea un gran director de actores y es a ellos a quienes les da la prioridad.
Mark Rydell
Decía al comienzo que iba a hablar de lo que busco en el cine, creo que hay dos clases de películas: las que te sacan de ti mismo para evadirte, en ellas por empatía puedes realizar aventuras que jamás emprenderías… suelen estar muy bien realizadas, te distraen, te seducen, te atrapan, están bien documentadas, y sin duda podemos estar hablando de arte con mayúsculas en cuanto a imaginación, ingenio y espectacularidad, pero curiosamente no suelen dejar en mí ninguna huella. Y luego están las otras, las que van hacia dentro. No te proponen viajes fáciles, a menudo las pérdidas y la muerte están presentes, los dilemas, las encrucijadas, la toma de posiciones, las decisiones difíciles, los conflictos interpersonales, la soledad, las obsesiones y los miedos, también la superación de los mismos, la esperanza, el amor y la búsqueda de soluciones, de nuevas vías y salidas. Este tipo de cine suele sacudirte, te remueve y vapulea las entrañas, los principios… te pone el espejo en las narices para que te veas los granos de las pieles interiores, te provoca la catarsis y te trasforma. Esos son los largometrajes que me importan, los que me llenan, los que sí dejan huella en mí, los aplicables a la vida. En esas películas encuentro consuelo, no porque cubran una carencia, sino porque me consuela la certeza de saber que estoy conectando con otra intimidad que me explica lo que me ocurre, o lo que me podría pasar, y me regala la experiencia y me permite ensayarla y tenerla aprendida para cuando se presente y a su vez me abre hacia los otros y me enseña a comprenderles y a saber qué necesitan de mí y si soy capaz de dárselo en el momento oportuno y apropiado.
Cuando comencé el club de cine y proyectamos la película de Isabel CoixetMi vida sin mí”, una señora se salió de la sala, alegando que no podía verla porque su hijo había muerto hacía poco, me quedé muy compungida y, quizá por mi expresión, otra se apresuró a decir: “la película tiene más vida que muerte”, y otra expresó que le habría gustado verla antes de que muriera su marido porque habría tenido otra actitud ya que no pudo evitar llorar ante él a veces y añadió que había comprendido el punto de vista de él a través de la protagonista, que le había gustado mucho verla y que le había proporcionado sosiego. Creo que a Isabel Coixet le habría agradado escucharlo. Sobra explicar que no siempre encuentro lo que me remueve en el drama, muy a menudo lo que aprendo proviene de la comedia. No menosprecio el cine que entendemos por “comercial”, por “entretenido”, si es de calidad, si entrega arte: importa el envase, pero también el contenido.
Lo que sí sé es que la ciencia no lo explica todo, la historia tampoco ni la filosofía, ni la sociología… sin embargo el arte sí, porque se ocupa de la estructura emocional e indaga en los misterios y sobre todo bucea y saca afuera lo que atesora el interior y crea la mejor forma de exponerlo. El arte es un rastreador imparable de nuevos caminos y en ese afán termina encontrando las conexiones que le dan unidad al mundo y a los mecanismos que lo mueven.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro con el cine o con los libros.
Pili Zori