"ENTRE LOBOS", película de Gerardo Olivares

"Entre lobos" de Gerardo Olivares. Año 2010
Guión y dirección: Gerardo Olivares
Fotografía: Oscar Durán
Música: Klaus Badelt
Unidad de naturaleza: Joaquín Gutierrez Hacha

Actores:                               Personajes:
Manuel Camacho:_______Marcos con 7 años.
Juanjo Ballesta:_________Marcos con 19 años.
Sancho Gracia:_________Atanasio, el cabrero.
Juan Bardem:__________Ceferino, el capataz de D. Honesto.
Luisa Martín:___________Madrastra de Marcos.
Vicente Romero:________Padre de Marcos.
Alex Brendemühl:_______El Balilla.
José Manuel Soto:_______D. Honesto.
José Chaves:__________Padre de Pizquilla.
Dafne Fernandez:_______Pizquilla.
Eduardo Gómez:________Cara Gorda.

No tengo en mis manos la película, y siento no poder dar el nombre del niño que interpretó el papel de hermano de Marquitos –nadie pondría en duda que realmente eran hermanos, como he dicho en otras ocasiones los niños no actúan, se convierten directamente en el personaje- tampoco sé el de la niña que actuó como Pizquilla durante unos instantes en los que le dijo con gestos a Marcos que tenía hambre y él desató un saco de trigo que dejó caer desde el caballo con disimulo para que Ceferino, el capataz, no lo advirtiera. Acciones valientes, los críos siempre lo son, valerosos y comprometidos, años más tarde la joven devolverá el favor y es que la vida se mueve en círculos.
Siendo un niño de siete años a Marcos lo vendió su padre instigado por su segunda mujer para pagar una deuda con D. Honesto, el latifundista a quien servía –curiosa la paradoja del nombre- arrancándole de los brazos de su hermano tres años mayor que él.
El largometraje es un canto a la infancia y el hermoso y justo resarcimiento para un hombre que tan sólo disfrutó de doce años plenamente felices en su existencia: el intenso paréntesis anacoreta en el que vivió junto a una familia de lobos y se integró como uno más entre todos los animales del valle del silencio, alejado de los hombres. El latido de Sierra Morena marcó para siempre el biorritmo de su alma superviviente.
Todo ser humano necesita que su verdad sea respetada. Gracias a Gabriel Janer, el antropólogo que escribió la historia de Marcos, y a Gerardo Olivares, Marcos Rodríguez Pantoja  siente hoy reparada su credibilidad porque ahora todos saben que su historia es real. A este eterno chaval sexagenario metido en su irrompible envase de adulto, el precioso regalo reparador se lo ha otorgado el director de cine al que conmueven las infancias diferentes. La empatía es lógica porque este autor no es más que otro chaval grandote de seductor acento cordobés que no tiene inconveniente en tirarse por el suelo para tranquilizar al pequeño Manolete Camacho antes de que lobito tenga que lamerle las manos; la diferencia entre ambos, el salvaje y el ilustrado, sirve de puente, porque la sensibilidad de Olivares que fue bien criado en sociedad no marca distancia, la cultura sirve para aproximar y nunca reviste sino que desnuda, lo otro, lo que se usa como arma arrojadiza no es más que erudición, capas de pátina para camuflar el desprecio y la vanidad.

Según he leído sintió un pellizco en el corazón al comprender que uno de los pocos niños salvajes y supervivientes de la historia del mundo se había criado entre lobos en la amada Córdoba a la que su padre el arquitecto Gerardo Olivares James tanto embelleció. Aún no ha perdido la capacidad de asombro ni el impulso tenaz que le llevó a contratar a un detective para encontrar a Marcos. A este chico aventurero que ha hecho de su pasión su profesión la inmensidad del mundo le ha proporcionado una coraza irrompible contra la amargura.
Cuando a los 20 años la guardia civil dejó a Marcos en medio del asfalto sin que familiar alguno se hiciese cargo de él no entendía los abrumadores ruidos urbanos ni el vértigo de los coches ni que comer en un bar sin dinero le supusiera tantas vejaciones. Tras muchos tumbos, un cura le enseñó a usar los cubiertos y después las monjas del Hospital de Convalecientes de la Fundación Vallejo lo cuidaron; andaba encorvado y le pusieron un aparato para que pudiera enderezar la columna, curaron sus encallecidos pies y le ayudaron a integrarse, aunque él cuando adquirió más lenguaje –apenas conservaba el de niño que en aquella docena de años no volvió a necesitar- no cesaba de repetir “yo con mucho gusto y si a ustedes no les importa volvería allí”, -disculpad si no cito literalmente, pero sí reflejo el deseo y la educada actitud con que lo solicitaba-. Cumplió con el servicio militar, sin adaptarse a las normas tan extrañas e incomprensibles para él, ya que sólo respetaba las leyes naturales. Después ayudó a cabreros y pastores por un tiempo, y hasta fue lavaplatos en un hotel de Palma de Mallorca… pero en todas partes resultó engañado hasta que Manuel, un policía retirado que había perdido a su esposa recientemente, le invitó a vivir en su casa de Rante, una pequeña aldea de la provincia de Orense, para que se ocupase del huerto y de los animales en su finca. Más de una vez se arrepintió de haberle hecho esa oferta: Marcos desaparecía sin dar explicaciones para adentrarse durante días y noches en el monte. Ahora es feliz allí, se siente útil y a gusto con los habitantes.
El obsequio que Gerardo le hizo dejándole para la posteridad dentro de su película puesto que aparece al final -y no en un epílogo aparte ilustrando los títulos de crédito sino como broche de oro en el desenlace- da fe de su historia y es mucho más que un homenaje. La escena del lobo lamiéndole la cara habla por sí sola, tengo entendido que toda la plantilla de rodaje quedó sobrecogida.
Entre lobos” es una hermosa balada a la naturaleza. Cuando la escuchas con respeto ella se expresa y te responde para entregarte con creces su protección y sus bienes.
Marcos Rodríguez Pantoja, habiendo sido tan injustamente maltratado por su propia familia durante sus primeros ocho años de vida, y por la sociedad en los que transcurrieron después de que fuera capturado cuando cumplía los 20, sin embargo mantuvo intacta la bondad de su inquebrantable corazón: los animales y los niños salvajes que con ellos se crían no entienden ni conocen el rencor.
Con elegantísima delicadeza el cineasta muestra de forma sugerida el maltrato que ambos niños recibían, basta con una escena para que el espectador comprenda la dimensión del daño: Ambos niños se disponen a bañarse en el río y cuando el mayor se quita la camisilla para sumergirse contemplamos la espalda llena de oscuros verdugones. Con la misma dignidad el director cubrirá una muerte aparentemente indigna rodeándola de buitres, en ambos casos lo hará sin necesidad de recrear morbosamente lo obvio. En mi opinión son las dos escenas más duras en las que otro director se habría enfangado, sin embargo él las resuelve con la finura propia de la caballerosidad.
Tras el espectacular y anticipado vuelo del búho real se despide de la vida Atanasio cuya enfermedad comienza cuando escucha el disparo que quizá haya alcanzado al Balilla, su razón de vivir. El presente que nos entregó Sancho Gracia no pudo ser más generoso, nos dejaba dos años más tarde fuera de la pantalla, pero lo hacía con las botas de celuloide puestas tras haber dado vida a este cabrero en el papel más hondo, tierno y bello de su larga carrera. Al rodaje de “Entre lobos” acudía mientras recibía el tratamiento de quimioterapia. Sierra Morena le subió a la cumbre como Curro Jiménez en sus años jóvenes y también lo entregó a la gloria como Atanasio en el ocaso de sus días, cenit profesional y vital fundidos en el punto más alto de ese valle donde mejor se escucha el aullido del lobo.
Gerardo Olivares
Todos los actores del elenco estuvieron impecables y fundidos con aquella atmósfera que parte de 1953, unidos por el mismo hilván. Con consciencia o sin ella Gerardo Olivares eligió a Juan José Ballesta sabiendo que el poso de “El Bola” establecía un factor común no sólo con Marcos también con Achero Mañas tan sensibilizado como el autor que nos ocupa con la infancia heroica que sabe superar y remontar la maldad y el abuso infligidos sobre la inocencia.
Es impresionante ver las dificultades del rodaje, esos equipos enormes y pesados, tan costosos, trasladados por mulas en angostos y empinados caminos. El caprichoso clima cambiante del parque natural de Cardeña-Montoro que impedía continuar las escenas, él es quien manda y como a veces lo olvidamos, nos lo subraya con relámpagos y nos lo grita con truenos: tras el radiante sol la lluvia, y un equipo de titanes pasionales a la espera, porque hacer películas tan grandes en un país con industria tan pequeña es para descubrirse. Asistir al cuidadoso camuflaje de las cámaras para seguir a Minero, el cariñoso hurón, contemplar a todos los entrenadores en suspenso hasta exclamar ¡Ahora! Y sentir de pronto la fuerza del viento que el búho real nos arroja desde la pantalla con el abanico de sus poderosas alas, ver en sus ojos de dorado ámbar, reflejada la llama de la antorcha en movimiento que sostiene Marcos… es un lujo impagable. Dirigir en una película a niños y a animales sabiendo mostrar lo que piensan y haciendo fluir la esencia de la comunicación no verbal nos habla de la calidad humana de este cineasta y documentalista que convirtió pasión en profesión, su primer viaje lo hizo en la vespa de su hermano, en 1987. Rebañando entre los familiares logró reunir 300.000 pesetas y se presentó en Laponia donde realizó su primer reportaje sobre los nómadas que habitan más allá del círculo polar; a partir de ese momento la adicción se hizo incurable y para satisfacer sus inapelables demandas le valdría cualquier medio de locomoción: En Seat Panda, todo terreno o camión circunvalaría África, se presentaría en la tierra del fuego tras buscar todas las ciudades del mundo con el nombre de Córdoba, recorrería la columna vertebral del continente americano y emprendería la ruta de Samarkanda. Por fortuna no necesita ir a vender sus reportajes, a aquel muchacho que comenzó a dar la vuelta al mundo mientras estudiaba ciencias de la información en la Complutense, la televisión va a buscarle para que entregue sus trabajos, el contagioso entusiasmo los convierte de inmediato en programas líderes de audiencia.
Gerardo Olivares muestra la parte más hermosa de esta historia: el escaso tiempo feliz que el niño comparte con Atanasio, después, como ya he dicho, preferirá la compañía de los lobos a la de los hombres.
Viendo el esplendor de este film en el que un niño creativo e inteligente sobrevivió porque supo gozar de la esencia de la vida comprendiendo que el núcleo de la verdadera alegría se encuentra allí, entre el valle y el cielo, espero que las conmovidas lágrimas de esta urbanita que atufa a asfalto sean consideradas como el máximo elogio a la generosidad de Gerardo Olivares, un artista enorme que nos enseña a encontrar la verdadera belleza -que nada tiene que ver con hacer postales- y nos lleva hasta donde ésta reside.
Ojalá el hombre sí fuera un lobo para el hombre. (Al menos Marcos sí consiguió llevarle la contraria a Plauto y a Hobbes)
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

"Impaciencia del corazón", de STEFAN ZWEIG

Una de las novelas que más me impactó en la pubertad. Estaba en casa y la puso en mis manos mi padre. Ese gesto de transmisión del conocimiento me emocionaba (cuando se trataba de novelas naturalmente, por desgracia de los artículos del periódico que me leía en voz alta huía como un gato escaldado, cuánto me arrepiento ahora) y por alguna extraña razón cada vez que se producía una de esas entregas de inmediato asociaba la imagen al fresco de “La creación de Adán” en la capilla Sixtina: esos dos dedos a punto de rozarse para que el primer hombre recibiese la vida. En nuestro caso la imagen fue la misma pero con un libro en medio.
La edición del Círculo de Lectores, por cortesía del editor Luis Caralt, es la de 1957  –la novela fue escrita en 1939-. En aquella ocasión tradujo Alfredo Calm. La actual, que ya lleva el artículo delante: “La impaciencia del corazón” (me gustaba más sin dicho artículo), la tradujo Joan Fontcuberta.
El libro de mi padre tiene unas pastas enteladas preciosas, y en la portada la estética de entonces: un gorro militar, pero pintado de verde hierba que en lateral luce un corazón rojo tirando a rosado. Las letras rotuladas y la cenefa floral también tienen el estilo de aquellos años. Nací en 1956 y esa puesta de largo literaria me la otorgó él -harto de ver como devoraba fotonovelas- cuando tuve doce o trece años. Comenzó a entregarme ediciones como la citada o “La Busca” de Pío Baroja, o “Gran hotel” de Vicki Baum, “Perros perdidos sin collar” de Gilbert Cesbron… Sobra decir lo importante y mayor que me sentí al no tener que hojear a escondidas las novedades que iban llegando. He prestado el libro a menudo pero no había vuelto a leerlo desde entonces y al abrir sus amarillentas páginas, tras tantos años, me he encontrado con subrayados a lápiz que no hice. Imagino que son obra de alguna de mis hijas o de un amigo muy lector y me he quedado con la intriga, por ello desde aquí solicito que los subrayados íntimos se firmen con fecha, porque es extraordinario compartirlos con quien hizo el graffiti y especular sobre la evolución literaria y personal que ha experimentado cuando pasados los años volvemos a retomar los libros que de algún modo nos impactaron.
Una de mis novelas, “Hija de…”, abre la puerta de la segunda parte con este pasaje de "Impaciencia del corazón" que enseguida reflejaré; la primera se la dejé a Plutarco y a sus “Vidas paralelas”, siempre busco minuciosamente citas que anuncien y sinteticen lo que a continuación va a ocurrir, son hermosos talismanes que me acompañan y me dan apoyo durante todo el trayecto, y para esa novela, “Hija de…”, tan difícil en todos los sentidos, necesite bastantes: Fernando Borlán, Mario Benedetti… Ellos iban introduciendo las llaves en las puertas principales y también en las de cada habitación señalándolas por dentro y por fuera para que no me perdiese en el oscuro laberinto. Fue entonces, al llegar al eje, al centro, al lugar por el que la novela palpitaba, cuando recordé la cita de Zweig. Uno de mis protagonistas necesitaba una compasión más que comprometida ya que andaba sumergido en toda clase de adicciones tóxicas, tanto físicas como anímicas y Gabriel, un ex alcohólico, fue el encargado de custodiarle y así, de la mano de Stefan fue presentado este personaje crucial con alma de arcángel:
 “Existen dos clases de compasión. Una cobarde y sentimental que, en verdad, no es más que la impaciencia del corazón por librarse lo antes posible de la emoción molesta que causa la desgracia ajena, aquella compasión que no es compasión verdadera, sino una forma instintiva de ahuyentar la pena extraña del alma propia. La otra, la única que importa, es la compasión no sentimental pero productiva, la que sabe lo que quiere y está dispuesta a compartir un sufrimiento hasta el límite de sus fuerzas y aún más allá de ese límite”.
Es más que posible que aquella novela que me entregó mi padre, cuya portada hoy parece un regalo vintage, me convirtiera en escritora.

***

Sinopsis.
El joven teniente Anton Hoffmiller se compromete por compasión con una acaudalada muchacha cuya enfermedad la ha postrado en una silla. Promesa que el oficial finalmente no cumplirá.
Todo el conflicto comienza con el intento de subsanar lo que él considera una irremediable y grave falta de tacto: Habiendo sido convidado a una fiesta en el gran castillo de la familia Kekesfalva, de pronto cae en la cuenta de que aún no ha hecho el honor de bailar con la anfitriona, a quien apenas ha visto el rostro durante unos segundos porque estaba rodeada de gente, y hallándola sentada y sin conocer los detalles de su inmovilidad la invita a danzar. A partir de ese momento Anton se desvivirá porque su falta sea perdonada y sobre todo porque su imagen en la pequeña ciudad y en el cuartel no quede maltrecha.

Stefan Zweig, nos hace bucear en ese sentimiento conflictivo para que exploremos en las zonas engañosas de manipulación emocional y de prejuicio que contiene, para que sopesemos las consecuencias, para que nos planteemos si el sentimiento de piedad debería ser erradicado y sustituido por el  deseo de integración al que por suerte poco a poco vamos llegando.
La novela nos habla de la verdad, tan necesaria para todos, de la crueldad del lenguaje, fiel reflejo de la aceptación o del rechazo, del sentimiento de superioridad o inferioridad frente a otro ser humano –todos tenemos limitaciones, la diferencia reside en que unas están a la vista y otras no- nos hace profundizar en la hipocresía de algunos eufemismos tras los que parapetamos precisamente dicha impaciencia. La novela expresa la necesidad de saber recibir ayuda, pero también la de aprender a darla ya que todo ser humano desea ser útil a los demás tanto si está en una silla de ruedas como si va caminando. El autor nos impele a manejar adecuadamente la verdad, hace que reflexionemos sobre como dosificarla y nos pide que la consideremos un derecho. Consigue que meditemos sobre la comunicación sincera entre médico y paciente, entre padres e hijos, entre amigos… para que la persona limitada no abuse en sus demandas considerando que el resto del mundo está en deuda con ella y ha de compensar lo que le falta, también pide que quienes pueden y deben ayudar no se desentiendan. Zweig nos enseña a tomar decisiones con seriedad y a que antes de actuar nos preguntemos qué sabemos entregar, y hasta dónde estamos dispuestos a hacerlo para no marcharnos de repente dejando empantanado a quien le dimos a entender que podía contar con nosotros. Es imprescindible definir y conocer los límites que uno tiene.
La novela se desarrolla en el interior de los protagonistas, en el núcleo de los sentimientos encontrados –es humano ser contradictorio, las emociones no nacen ni anidan ya diseccionadas ni están perfectamente ordenadas en los cajones adecuados- tal vez habría que preguntar al otro qué necesita, qué busca, qué siente, qué piensa… y no presuponerlo, y esperar que quien responda diga exactamente como quiere ser tratado para que poco a poco nos vayamos orientando porque como bien dice una amiga, “sociedad somos todos y todos votamos”, otra añade que “somos maestros y alumnos a la par”, por tanto igual de válidos o inválidos si deciden discriminarnos. Pero hablamos de una evolución en las relaciones sobre la que hemos tomado conciencia desde hace muy pocos años. Es bonito ver como en nuestro club de literatura chirría y hace daño la palabra “tullida”.
Resulta comprensible que el joven teniente Hoffmiller de origen humilde y a la edad de 25 años quedara deslumbrado por la riqueza y los oropeles de la familia Kekesfalva, el contraste con su sobrio mundo castrense de enorme presión social y tan proclive a la maledicencia le deja dividido y confuso, poco a poco en su interior van germinando sentimientos cuyos límites no sabe diferenciar. Lajos von Kekesfalva, el abnegado padre que a partir de que su hija contrajera la enfermedad se ha dedicado a gastar su fortuna en médicos que pudieran brindarle una esperanza de curación y a mimarla concediéndole todos los caprichos, se aferra al aturdimiento del muchacho. Podría parecer que en todo momento intenta comprarle, pero sólo le apremia cuando deduce que Edith se ha enamorado de él y no tiene inconveniente en humillarse hasta caer de rodillas para conseguir que su hija sea feliz, a cambio coloca toda su fortuna a los pies del oficial.

El lector discutirá con los personajes durante toda la lectura comprendiendo y al mismo tiempo criticando muchas de sus conductas, pero no podrá dejar de amarlos ni de ponerse en su piel en innumerables momentos. Son reacciones lógicas frente a un narrador que manejaba con maestría la exploración psicoanalítica, los ingredientes de las pasiones cuando las personas se hallan en crisis o encrucijada, controlaba como nadie el goteo de sorpresas en cada una de las páginas creando un suspense insólito que mantiene al lector atrapado tan sólo con las tensiones que suceden en el interior del personaje, esa es toda la acción: el proceso mental y la maraña sentimental que como una enredadera les va atenazando, y sin embargo trepida. Eliminaba toda descripción innecesaria en favor del ritmo y la intriga, tenía un radar de alta precisión para descifrar los entresijos de cualquier alma. El desenlace produce una enorme impresión y lo curioso del caso es que estaba anunciado, el buen escritor deja huellas y rastros pero sin que sean previsibles, sin que los veas venir, pero no se saca de la chistera de repente algo que no haya dejado entrever durante el camino.
Zweig en el prólogo nos hará creer que la historia es referida para marcar así la distancia necesaria entre el autor y sus personajes de ficción –se trata de un recurso parecido al del manuscrito encontrado que permite al escritor quedarse fuera y salvaguardarse en el caso de estar haciendo préstamos personales sin que se note porque quien habla es otro –el propio Hofmiller pasados los años- y lo hace antes del comienzo de la novela. Partiendo de ese espejismo creará la atmósfera adecuada de quien recibe una confesión en el reservado de un tranquilo café vienés. Sabe que al lector le gusta el toque biográfico y sentir que se asoma a una historia real –si por realidad entendemos algo que se produce fuera de la ficción-. En dicho prólogo se condensa toda la esencia de la novela, pero fundamentalmente lo que trasluce es la declaración de principios de este autor, el hombre que consagró su vida al pacifismo y por ello él y su obra sufrieron persecución y exilio. En estas primeras páginas ya hay una desmitificación de la heroicidad, un acto heroico no es tal si no hay un testigo que lo refrende, por la misma razón en tiempo de guerra muchos actos abyectos pasan inadvertidos. Anton Hofmiller vuelve de la contienda a la que fue a esconderse intentando librar sin éxito su propia batalla interior. Buscaba sin miedo una bala perdida, sin embargo regresa condecorado pero con la misma negrura en el alma y sin permitirse la redención. Esa es su verdad, la que le cuenta a Stefan Zweig en el café para que como penitencia el mundo conozca "su culpa" reflejada en esas páginas en las que se pondrá en cuestión de forma sutil si son o no necesarios los ejércitos. El escritor despoja de aureola y relevancia el uniforme tras el que se parapetan toda clase de hombres de distintos estratos sociales y que sin esa indumentaria dejan de tener importancia, gentes que encuentran identidad en el reglamento para llenar otras carencias, pero no se le olvida valorarlos como personas. El individuo diluido en la colectividad provista de órdenes y normas que te eximen de decidir o de pensar. El sentido de pertenencia a cambio de arriesgar la vida en periodos bélicos. ¿Qué es o debería ser el honor? ¿Qué y a quienes debería defender?
En la novela también se analizan las grandes fortunas adquiridas con usura y oportunismo pero no con delincuencia. Zweig se limita a despegar la pátina de las apariencias, lo más hermoso de la novela es la verdadera compasión que el escritor muestra hacia la parte humana de todos sus personajes sin eliminarles el patetismo y sin eximirles del pago de las consecuencias de sus actos. Los protagonistas de “Impaciencia del corazón” pueden tener conductas equivocadas, pero de ningún modo malvadas. Incluso Cóndor, el médico, aún siendo el personaje conciencia y quien puntualiza y coloca en su sitio a los demás, tiene debilidades, se permite disfrutar con deleite las suculentas comidas y los cigarros puros que Kekesfalva le ofrece, pero no por ello abusa ni miente en su propio beneficio ni deja de dar prioridad a las personas más desfavorecidas, su interés es curar y buscar las herramientas para hacerlo y mantener la esperanza en los avances científicos. Edith está malcriada y se deja llevar por las pataletas, podría parecer que con ellas intenta forzar a los demás para conseguir lo que quiere, pero lo que hace en realidad con sus fuertes reacciones es sondear para verificar la verdad de los sentimientos de Antón. Ella no puede evitar quererle y desde un principio avisa con claridad que no soporta que permanezcan con ella por compasión, llegados a este punto nos plantearíamos la buena gestión de las frustraciones, pero ella tiene 17 años y ni el que ama debe sentirse menospreciado por la falta de correspondencia ni el amado defenderse como si hubiese sido agredido por una declaración de amor que no le comprometía a nada ya que en mi opinión Edith es valiente para afrontar la negativa, pero le están enviando señales equívocas, aunque decirlo es fácil, lo complicado es hallar las palabras que cada situación requiere y es evidente que existen y que sólo hay que buscarlas, pero vuelvo a reiterar que los protagonistas de esta historia tienen 17 y 25 años. A mi juicio –subjetivo, naturalmente- todos los personajes de algún modo salvaguardan la dignidad siendo como son, o mejor dicho se salvan por esa parte tan noble que tiene que ver con la honradez.

Stefan Zweig se quitó la vida en 1942 junto a su segunda esposa en Petrópolis, ciudad situada en el estado de Rio de Janeiro, su última residencia y posiblemente la más amada ya que su nostalgia la dedicaba a una Europa que había dejado de existir. Convencido de que el nazismo se extendería por toda la tierra dejó escrita esta nota:
“Cada día he aprendido a amar más este país y quisiera no haber tenido que reconstruir mi vida en otro lugar después de que el mundo de mi propia lengua se hundió y se perdió para mí, y mi patria espiritual, Europa, se destruyó a sí misma.
“Pero para empezar todo de nuevo un hombre de 60 años necesita poderes especiales y mi propio poder se ha desgastado después de años de vagar sin asiento. Por eso prefiero terminar mi vida en el momento adecuado, justo, como un hombre para quien su trabajo cultural fue siempre la más pura de sus alegrías y también su libertad personal —la más preciosa de las posesiones en este mundo.
“Dejo saludos para todos mis amigos: quizá ellos vivan para ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, más impaciente, me voy antes que ellos”.

Stefan Zweig era de origen judío aunque no practicaba la religión. El suicidio suele dejar un sabor a fracaso en los demás. Al igual que en el caso de André Gorz y su esposa, me pregunto por qué hasta en ese viaje final ellos les hacen eclipse a ellas. Desearía saber qué pensó Lotte, 25 años más joven que él, en esos momentos.
En Brasil se le despidió con honores de Jefe de Estado.
Calan muy hondo en mi interior los escritores de entreguerras, creo que lo he dicho en este mismo blog cuando hablé de Scott Fitzgerald, Sándor Márai… porque me entregan un legado de prioridades que me despejan todas las incógnitas vitales, se atrevieron a anunciar la decadencia, a acertar o equivocarse y lo hicieron expuestos frente al mundo, a amar, a sufrir, a vivir, a arriesgar… y tuvieron la grandeza de compartirlo.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

"BUENAS NOCHES Y BUENA SUERTE", película de George Clooney

Dirigida por George Clooney no solo es una declaración de principios sobre la honesta función informativa que deben tener el periodismo y los medios de comunicación, -recordatorio necesario y vigente en todo tiempo-, además es un merecidísimo homenaje de resarcimiento a todos los intelectuales, artistas… -ciudadanos, en definitiva- que sufrieron la paranoica persecución de aquel “cruzado”, el senador Joseph McCarthy en su particular caza de brujas inquisitorial, de cuya efemérides hablé en este mismo blog al hacer la reseña del extraordinario film del cineasta Todd HaynesLejos del cielo.” A menudo el cine se queja por dicha herida y no será la última vez que veamos aquellos persecutorios años cincuenta como telón de fondo ya que dejaron un doloroso estigma. Pues bien, hoy sacamos la aguja del pespunte del largometraje de Haynes porque, como en otras ocasiones he dicho, los libros y también las películas hablan entre sí puesto que están vinculados y por ello nunca desenhebro, así que constataremos de nuevo que aquel senador alcohólico y trastornado aprovechando el latente temor a la guerra fría, los rescoldos de la de Corea y la rivalidad con la Unión Soviética, la otra potencia, se erigió en adalid para mostrar el camino del “enemigo” aduciendo que el comunismo y el espionaje se extenderían como la pólvora si no se tomaban medidas exhaustivas. En honor a la verdad hay que decir que la implantación del terror de estado y del abuso de poder no la realizó solo. Durante un lustro envió a la cárcel sin juicio a centenares de ciudadanos, arruinó carreras brillantes, provocó el auto-destierro de intelectuales y artistas y consiguió extraer lo más abyecto y también lo más glorioso de los seres humanos. En su megalomanía creyó poder servirse de los grandes estudios de Hollywood y de la televisión –todos los poderosos ansían su control-. No voy a citar aquí la larga lista de delatores que se sometieron a sus abusos y señalaron con el dedo a compañeros, actores, guionistas, escritores, vecinos, amigos de otros amigos que habían visto en compañía de… argumentando su adscripción o proximidad al partido comunista porque en el pecado ya llevaron la penitencia. En ese sentido el guión de George Clooney y Grant Heslow no puede ser más preciso: el equipo de redacción dirigido por Edward R. Murrow (David Strathairn) no defendía la no pertenencia al partido comunista sino los derechos civiles, la libertad de pensamiento y de expresión y la armoniosa convivencia entre personas, valoraba la pluralidad de criterios incluido el marxista. La película tampoco apoya la neutralidad a ultranza, porque ante la injusticia no se puede contemporizar y lo correcto es tomar posiciones.

“Buenas noches y buena suerte” comienza con la fiesta de la Asociación de directores de radio y noticias de televisión de 1958, el paseo de la cámara por cada grupo de invitados, cada rostro, por la ropa, los complementos... es de una elegancia viscontiniana, no hay sensación de extras obviando la cámara, simplemente no la están viendo y la velada no puede resultar más real.  El senador McCarthy ya había muerto en 1957 alcoholizado y desprestigiado. El declive empezó a partir del programa en el que se encaró a Murrow. Frente a las cámaras quedó patente su actitud torticera, soberbia y demagógica. Si algún valor tiene el poderoso medio televisivo es el de que a la lente del objetivo no se le puede engañar, como tampoco en radio se puede mentir al micrófono porque hay una información añadida de gestos, expresiones y tonos en el lenguaje no verbal incluso en las pausas que no permite escapar.
El recurso de la ceremonia es perfecto para que el director (Clooney) reúna a toda la plana periodística y así los espectadores podamos conocer al equipo de redacción al completo. En la presentación vemos a uno de los productores Sig Mickelson (interpretado por Jeff Daniels). Mickelson va enumerando los diversos episodios de la trayectoria de Murrow, ese currículo de hombre valeroso que luchó en el frente, que se implicó en contra del apartheid, que defendió los derechos de los inmigrantes… ya resume en sí mismo la categoría humana de quien a continuación va a aparecer ante nosotros y lo más esperanzador es que ese hombre y muchos otros como él existieron fuera de la pantalla.
Quién le iba a decir a Jeff Daniels que años más tarde sería el protagonista (Will McAvoy) de la magnífica serie The Newsroom escrita y dirigida por Aaron Sorkin. Esta película de larga duración -eso son para mí las nuevas series de cadenas tan prestigiosas como la HBO- de algún modo mantiene la misma estructura y el mismo espíritu de aquellos hombres, de aquel equipo liderado por Murrow. Jamás olvidaré el elocuente silencio en la escena en la que se va la luz en el estudio y luego vuelve. La conmovida mirada de Will hacia McKenzie (Emily Mortimer), a quien se le acaba de frustrar la renovada ilusión de recuperar el periodismo de calle sin más herramienta que una cámara y un micrófono, da para llenar páginas. Ella es el espejo en el que él ya no se refleja, y la mirada que él le dirige es una de las declaraciones de amor silenciosas más bonitas que he visto en una pantalla aunque la depositaria no se entere, y una manifestación de principios todavía mejor que la que el propio Will McAvoy pronuncia en el arranque de la serie y que me hizo llorar copiosamente. Y es que aquel equipo de periodistas de la CBS en la década de los cincuenta del s. XX siempre será una referencia de dignidad y elegancia de corazón o código deontológico -como prefiráis- y una fuente de inspiración para las generaciones de hoy y las venideras, aunque éstas no indiquen la autoría porque ya la llevan incrustada en los genes coaxiales.
Buenas noches y buena suerte” de algún modo también nos remite a “El precio de la verdad” de Billy Ray film del que hablé en este rinconcillo… En fin… no voy a seguir con “Ausencia de malicia” de Sidney Pollack, o con “Todos los hombres del presidente” de Allan J. Pakula para no dar la impresión de que me disperso, pero en este caso sí me apetecía relacionar porque siendo obras de arte únicas e incomparables sin embargo tienen el factor común de la búsqueda de la verdad.
 “Buenas noches…” se desarrolla en el interior del edificio de la cadena CBS, imagino que el efecto de encierro fue buscado a propósito para reforzar las palabras del discurso de Murrow en el que nos habla de que la televisión jamás se debe convertir en escapismo, mero entretenimiento y evasión porque entonces solo será una caja vacía llena de cables; él sostenía que también debe educar e informar, todo lo contrario a adocenar. Como tantas otras veces he dicho deberían vender los guiones para que pudiéramos deleitarnos con la palabra escrita, en cualquier caso os invito a utilizar el mando a distancia cuantas veces sea necesario para parar y capturar cada una de las frases, porque la exposición de aquel prestigioso periodista es un lujo al que no le sobra una coma.
Resulta un privilegio impagable poder contemplar cómo eran los estudios, los despachos en los que se reunían los redactores, la música en directo para los cortes interpretada por Diane Reeves en el papel de Jazz Singers… los grandes y redondos relojes de pared marcando distintas horas, el modo de trabajar que hoy nos parece rudimentario pero que tenía muy clara la prioridad humana...
El espectador está constantemente dentro de la escena viendo a los protagonistas desde detrás de la cámara. Es una película compuesta por detalles, como esas obras de arte a las que no puedes echar un solo vistazo porque te quedarías sin verlas del todo, sin comprenderlas si no te acercas a las pequeñas figurillas talladas que le dan contenido y forma a la vez. Que el humo del cigarrillo de Murrow se exhale tembloroso por los labios antes de que él salga a escena nos dice que a pesar de tantos años en los medios sigue sintiendo responsabilidad y respeto por la gente, en este caso por un público de colegas que puede juzgar su trabajo con más elementos que los de los espectadores, pero sobre todo nos habla de la interiorización de un actor magnífico, la inquietud y la tensión expresadas tan sólo con el silencioso repiqueteo de la punta de su zapato, un pequeño parpadeo, un leve ensimismamiento, el desplazamiento de la comisura de los labios ocupando la pantalla… La forma asustadiza de responder cuando a cualquiera de los miembros del grupo le convocan a un despacho dice más sobre la instalación del miedo y el peso de lo que arriesgan que todas las frases del mundo. La heroicidad de estos hombres queda lejos de los estereotipados y lucidísimos alegatos a los que el cine americano nos acostumbra. Se arriesgaba el puesto de trabajo, el tuyo y el de tu equipo, se podía hundir la carrera de cualquiera de ellos, y caer en la cárcel, no lo olvidemos, por tanto hay momentos de preocupación y duda en los que se tragan sapos. Prueba de ese terror de estado es el suicidio de Don Hollenbeck, el director de informativos cuyo programa se emitía a continuación del de Murrow. La actuación de Ray Wise es insuperable, en cuatro pinceladas marca la evolución de su pánico silencioso, la desesperación… Claro que fueron héroes con familia dispuestos a pagar la publicidad que retiraban los patrocinadores, para conservar el espacio aun en detrimento de los bienes familiares, pero la verdadera heroicidad no es espectáculo.
Antes de que el público vea desde el patio de butacas que Josehp Wersba (Robert Downey Jr.) y Shirley (Patricia Clarkson) son marido y mujer ya nota que en su relación subyace una confianza y costumbre de largo recorrido, pero eso hay que conseguirlo en una interpretación a dos muy bien medida y el nivel de compenetración ha de ser grande. En la CBS estaba prohibido que se produjeran matrimonios entre los compañeros aunque finalmente nos enteramos de que el de los Wersba era un secreto a voces, pero esos matices de ocultación y evidencia al mismo tiempo tuvieron que encontrarlos los actores y lo hicieron maravillosamente a dúo. No es coincidencia encontrar a la gran actriz P. Clarkson dentro de los mejores proyectos, de hecho estará para siempre en “Lejos del cielo”, en la magnífica serie “A dos metros bajo tierra”, en “La seguridad de los objetos” dirigida por Rose Troche…  Nunca sabremos qué o quiénes eligen a quién pero lo cierto es que los buenos siempre encuentran su propia voz y su propio espacio.
Fred Friendly el coproductor (interpretado por George Clooney) marca perfectamente el funcionamiento del escalafón laboral en esos pequeños toques sumisos cuando el jefazo William Paley (Frank Langella) le hace callar.
Si repasas la decoración comprendes que también habla, el aparato de radio que reposa en el aparador del despacho de Fred expresa la nostalgia de un pasado o bien la interconexión entre ambos medios que nunca se ha roto aunque en aquel tiempo se vaticinase lo contrario.
Mi sensación al ver la película no fue la de haber asistido a un film en clave de documental, como se ha dicho, sino la de que me dejaron entrar en su trabajo, en la vida cotidiana de la redacción de un programa televisivo y se agradece que los personajes no se volvieran para explicarme lo que hacían como sucede en otras películas, por eso hablan in media res, y el espectador va cogiendo el hilo, lo mismo ocurriría si asistieras a una operación en un quirófano, ellos están a lo que tienen que estar y la atmósfera se resentiría si se hicieran concesiones al espectador que en la vida real no se harían porque en el mundo laboral hay comportamientos sobre la marcha y multitud de códigos comunes que se dan por sobreentendidos, cada gremio tiene su jerga.
La película podría haber sido realizada en color dejando los documentos en blanco y negro puesto que los personajes fueron reales y vivían al otro lado de la pantalla, pero intuyo que Clooney quiso el doble juego para que las piezas que faltaron entonces se ensamblasen con McCarthy al que no habrían podido colorear ya que el mundo lo conoció a través de una pantalla en blanco y negro, de ese modo y poniendo a todos los demás al servicio del máximo protagonista que sin duda fue él, es como el director consiguió unificar y paradójicamente logró la veracidad. Pero hay algo que subyace en esta película y que para mí es el cimiento que la sostiene y convierte en especial: Me he atrevido a imaginar que George quiso hacer un homenaje a sus padres (Nick Clooney periodista televisivo en Cincinnati y comprometido demócrata, y Nina Sento Warren también política), no en cuanto a la biografía familiar sino a la forma de sentir y pensar de una generación a la que sus progenitores pertenecen y que pasó por grandes vuelcos y vicisitudes vitales que le han hecho ahondar y cribar para quedarse con lo verdaderamente importante, y llevando más lejos aún mi osadía pensé que eligió dirigir la película, pero no dirigirse a sí mismo como protagonista y que escogió precisamente un papel secundario de perspectiva parecida a la que tendría cuando era un crío que pululaba discretamente por el estudio de su padre, entre piernas y cables. En “Buenas noches y buena suerte” anda siempre agachado para avisar a Murrow de cuando ha de entrar, ese es el enfoque que tendría en aquel tiempo, de hecho hay un comportamiento de hijo frente a Murrow: “Siempre que me vas a mentir me enciendes un cigarro”, a la vez que se entrevé un lazo irrompible entre ellos que va más allá de la amistad, acuden juntos a las reuniones, pero si lo hacen por separado el uno espera hasta que el otro sale y ese respetuoso segundo plano también se parece al de un hijo cuando es joven y admira a su padre. Si la ofrenda es consciente o inconsciente al menos yo he creído verla entre líneas o mejor dicho entre fotogramas. La belleza que transmite George Clooney tiene que ver con un esplendor que le emana de dentro y que ningún kilo de más o de menos es capaz de arrancarle.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

"LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA", película de Julián Schnabel

Una excepcional película que deja boquiabiertos tanto a espectadores como a cineastas por la originalidad necesaria, y subrayo la palabra “necesaria” porque Julian Schnabel, el director del film no busca sólo la innovación formal y estética, en este caso el formato no es simple ornamento porque resulta imprescindible para explicar el contenido.
La película está basada en el libro del mismo título que el propio Jean Dominique Bauby escribió (interpretado magistralmente por Mathieu Almaric) y cuenta el último tramo de su existencia. El 8 de Diciembre de 1995 el prestigioso redactor jefe de la revista Elle sufrió un infarto masivo que le paralizó por completo. Cuando despertó a los veinte días sólo podía parpadear con el ojo izquierdo, el cerebro y su capacidad de razonar no sufrieron daños.
Julian Schnabel antes de dedicarse al cine fue un reconocido pintor y escultor, creo que saber este dato es importante porque sin la destreza de dichas disciplinas la película no habría podido llevarse a cabo ya que está planteada desde el interior de Bauby, a través de su mirada subjetiva, por tanto veremos del exterior sólo lo que él puede contemplar a través de su ojo.

El director nos introduce dentro del protagonista y nunca antes un espectador había podido experimentar tan literalmente el “ponte en mi lugar.” Cuando Bauby cierra el párpado dejamos de ver lo de fuera y escuchamos sus pensamientos y nos adentramos en su imaginación, en su creatividad y en sus recuerdos, esas son las cuatro alas de la mariposa emprendiendo su alto vuelo, y la escafandra el síndrome de cautiverio. El cuerpo inmóvil de Jean Dominique es la  prisión, pero la llave para que la mariposa pueda entrar y salir de la cárcel, con el leve aleteo de ese párpado, es el lenguaje.
Gracias a un alfabeto con las letras más usuales y la paciencia de él y la de los interlocutores llegará a comunicarse acoplando ritmos y consiguiendo un nivel de compenetración máximo, pero el hallazgo más insólito es que logrará escribir un libro a golpe de pestañeo que le permitirá decir todo lo que no les había expresado a la madre de sus hijos,  a sus tres pequeños, a su nueva pareja, al padre, a los amigos...
La dificultad interpretativa fue máxima. Cada uno de los actores tuvo que hablar pegado al objetivo de la cámara contando tan sólo con los matices de su rostro en primer plano, sin la ayuda del cuerpo, a plena sinceridad y sin un resquicio que les permitiera utilizar recursos interpretativos. El trabajo de Enmanuelle Seigner, en el papel de Céline Desmoulins, la ex pareja de Jean Dominic Bauby, es digno de admiración, al igual que el de las doctoras Henriette Durand (Maríe Josée Croze), Claude (Anne Consigny) la ayudante y transcriptora del libro, como principales, y el de todo el elenco de secundarios: Patrick Chesnais, interpretando al doctor Lepage, Niels Arestrup, en el papel de Roussin el hombre secuestrado que ocupó su lugar en el avión y que le aconseja que se agarre a lo humano que lleva dentro, Olatz López Garmendía, en el de Maríe López, la sensual logopeda, Marina Hands, la antigua novia que le llevó a Lourdes, con la que Bauby rompe bajo las intermitentes luces de la Virgen bendecida, Isaach de Bankolé el amigo que le lee libros y le compra un gorro
Nunca antes se había explicado de manera tan humanizada el encuadre y el fuera de campo; Bauby no puede ver lo que se sale del pequeño rectángulo de su visión inamovible, así que cuando su interlocutor se levanta, nosotros, colocados tras su pupila al igual que él, vemos un trozo de cintura, o una mano… Tan sólo en escasas ocasiones Schnabel concede a los espectadores el alivio de sacarlos de la escafandra para que miren la escena desde fuera. Ese cambio de la primera persona narrativa por la del narrador omnisciente es un regalo para que podamos ver lo que ocurre desde lejos con el entorno completo. Un detalle de honradez que agradecí fue que Schnabel se pusiera al servicio de la historia desde el comienzo sin intentar enganchar al espectador complaciéndole o allanándole el terreno, digo esto porque el arranque es difícil: al principio no sabemos si en la pantalla hay un desenfoque hasta que a Bauby le sellan el párpado derecho para proteger su córnea, sólo entonces comprendemos que la visión binocular no conjuntaba y que por eso veíamos doble y borroso, el director podría haberlo advertido a través de la explicación de algún personaje, pero no lo hace a propósito, la molestia unida a la claustrofobia a la que nos somete consiguen el efecto buscado: que experimentemos todos los miedos de Jean Dominique Bauby, sus limitaciones y sufrimientos, sólo así tomaremos conciencia de lo importante que es el respeto a la autonomía, a que no decidan por ti sin consultarte. No es casual, aunque lo parezca, que el protagonista escoja finalmente la Y para decir yo. A partir de esa reafirmación, de esa pequeña letra con aspecto de tirachinas de lanzamiento comenzará un canto a la vida, el más hermoso quizá que he escuchado, y la mariposa volará poquito a poquito hasta llegar a la editorial.
Julián Schnabel
Hay escenas inolvidables como la que vemos a través del recuerdo del protagonista en el que afeita a su padre, (ante Max Von Sydow siempre hay que descubrirse) en el espejo de la cómoda: el progenitor tiene incrustadas en el marco fotos del hijo, el rostro de Max queda al lado del de Jean Dominique, y el actor compone de tal manera el gesto, al mirarse para comprobar el rasurado, que el parecido que consigue es consanguíneo, el logro de interpretación es pasmoso y  sin embargo apenas dura unos segundos. Más tarde en esos maravillosos cierres de círculo que estructuran la película lloraremos con él al ver y escuchar cómo le explica a su hijo a través del teléfono el paralelismo de sus cautiverios: él no puede salir de su habitación y la impotencia que le impide ver a Jean Dominique le parte el alma, así que repito: bendita la hora en la que Ingmar Bergman nos presentó a este sueco grande de rostro tan versátil al que le falta pantalla cada vez que sale de tanto como la llena.
Toda la película es táctil, piel con piel: el rehabilitador en la piscina con él protagonista en brazos y la cuidadosa delicadeza de quien sabe que sostiene una vida que depende por completo de su responsabilidad para no ahogarse, la cercanía de las doctoras, la compenetración de su ayudante que termina respondiendo a sus pensamientos sin necesidad de usar el alfabeto, cabeza con cabeza. Las manos tocan constantemente y los rostros entran en el aura del otro rompiendo su burbuja… (a pesar de que al principio y por contraste la falta de empatía hacia él de los médicos parecía marcar distancias insalvables, uno de ellos se permite hablarle de su vacaciones en una estación de sky mientras le suelta a bocajarro que le va a ocluir un ojo, aunque el film resulta tan positivo que Bauby es esponjoso y termina esquiando en su imaginación y diciendo: “ese soy yo”), el largometraje hace hincapié en los besos de sus hijos a los que no puede corresponder… en el movimiento de las bocas, de las sonrisas, de los dedos, de todo lo que él no puede mover, siempre mostrado en detalle… Sería extraordinario que cuando hiciera falta supiéramos aproximarnos hasta ese nivel casi microscópico que nos permitiera volcarnos en el otro.
Cada vez que llora la pantalla se empaña y dejamos de ver.
La música de Paul Cantelón nos orienta al cortarse abruptamente cuando al protagonista le sacan de su ensoñación moviendo la silla de ruedas, o le giran para cambiarle…
Los enlaces son perfectos como en el pasaje en el que le ponen el suero alimenticio y de inmediato imagina un festín para compensar que no degusta, que no mastica, come con gula suculentos bocados junto a Claude, la mujer más próxima a su alma ya que la transcribe.
Es tan impactante la imagen del acantilado de hielo que se derrumba asociada a cuando él al fin se abre y asistimos a toda la dificultad y el esfuerzo ímprobo y triunfal de la mariposa que rompe la crisálida, que ante nuestros ojos se abre una gran esperanza de futuro contra el desamparo.
La película enseña tanto sobre cómo querríamos ser tratados en una situación similar, da tantas pautas sobre las infinitas posibilidades de avanzar en la recuperación -si se ponen los medios al alcance- o al menos en el bienestar… Gracias a ella sabemos que es fundamental conocer la importancia que cobra cualquier pequeño gesto de consideración o consulta si estás viendo por ejemplo el televisor a la espera de un gol y un enfermero te lo apaga… que te lleven a la iglesia o a Lourdes si no quieres ir, si no crees en ello, o al contrario, que no lo hagan si lo deseas… en definitiva el film subraya el valor de la comunicación, su necesidad perentoria.
La película finalmente es un hermoso réquiem, una bellísima despedida de alguien que aún no quería marcharse, pero al que le dio tiempo de legar su corazón diseccionado en páginas con su propio escáner y la batuta de sus pestañas.
No he tenido la suerte de leer el libro, pero agradezco mucho que Schnabel quisiera hacer su homenaje personal junto a su equipo y compartirlo con nosotros, y es de recibo aplaudir al gran guionista Ronald Haewood, (creador de “El pianista”, entre otras), al director de fotografía Janusz Kaminski, colaborador habitual de Spielberg, y a la montadora Juliette Welfling que si siempre es valiosísima la labor de montaje, en este caso cobra importancia capital.
Pocos premios son tan merecidos como los que consiguió esta obra de arte, original, innovadora y útil por su belleza aplicable.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

"Tal vez la noche me redima", de JUANA PINÉS MAESO

Por fin tenemos recién sacada del horno la magnífica novela “Tal vez la noche me redima” el Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa que en el año 2011 otorgó La Diputación.
La preciosa portada resume visualmente, como un verso, el significado del título en una cuidada edición del Taller de Editores del Henares. En tiempos de e-book la crema de su papel huele a delicatessen y hacer nido con las manos para ella, escuchando el trémulo y rumoroso aleteo de sus páginas, comienza a parecer un privilegio.
Juana Pinés Maeso, poeta estudiada en antologías españolas e Iberoamericanas, no tiene inconveniente en acortar el conjunto de galardones recibidos a lo largo de su carrera literaria porque en las solapas de los libros no caben tantos premios de poesía de carácter nacional e internacional como acumula en su haber ya que sobrepasan los doscientos.  Por ello me limitaré a reseñar a renglón seguido sus poemarios publicados:
A golpes de silencio” (1980), “Descubriendo el alba” (1994), “Ese tiempo de pájaros dormidos” (1997), “Huele a mayo recién amanecido” (1998), “…Y en el corazón palomas” (1999), “Interior con luz” (2000), “Este vivir difícil y gozoso” (2001), “Manual de los miedos” (2002), “Regreso” (2003), “Perfil de la inocencia” (2004), “El silencio de Dios” (2004), “El bosque de los ausentes” (2013). Y en prosa: “Cuéntame cosas como si fueran ciertas” (relatos publicados en 2006 por la Diputación de Ciudad Real).

Su poesía reposa con voz propia y estilo personal en los sedimentos de Miguel Hernández, de Blas de Otero, de León Felipe… haciendo que la torre crezca, porque al igual que ellos es una grande por la que siento un enorme orgullo como artista y como persona ya que su vida y su obra tienen la misma coherencia de valentía, compromiso y honradez con su tiempo.
Fue directora durante ocho años del grupo literario Guadiana y de la revista de creación literaria Manxa (que se edita desde 1975).
En este mismo blog comenté la primera impresión que recibí de la novela hablando desde la distancia de un año, detalle que señala el gran poso que me dejó en el corazón y en la memoria; ya han pasado dos y no solamente ratifico cuanto dije entonces, además añado que entrar en la prosa de esta autora es como meter las manos en un cofre lleno de piedras preciosas porque sientes en el tacto la perfección y el lujo del tallado de las facetas,  del bruñido de la composición; en el oído el clasicismo de su música, la elegancia del tono, y en los ojos el buen rematado de los engarces entre el pasado y el presente… Pinés Maeso trae a colación todas las piezas generacionales para coserlas justo en los puntos coincidentes o en los antagónicos, para crear los espejos, los paralelismos, los homenajes… y lo hace sin soltar en ningún momento el hilo de Ariadna.
En “Tal vez la noche me redima” no se puede subrayar porque cada línea es destacable; la autora, acostumbrada a la poesía, busca la precisión y no permite palabras holgazanas y huecas, todas ellas sirven, tienen su función y no son sustituibles por otras.
A veces, al enjuiciar un texto narrativo se tiene más en cuenta la trama que el lenguaje y cuando eso ocurre me llevan los demonios. Es evidente que una novela ha de conjuntar como un jersey de punto –perdón por el ejemplo tan sencillo, busco el lugar común porque creo que se entiende mejor que el significado de la palabra estructura-. Para confeccionar dicho jersey, previamente se ha escogido el color, la hechura, se ha decidido si va a ser larga o corta, ancha o ajustada, de diseño clásico o moderno… en fin, creo que no hace falta detallar más, en ambos conceptos -clásico o moderno- ya englobo la idea común de los diferentes estilos que por fortuna son muchos. Si el escritor es bueno su literatura será inconfundible y aunque al lector le pueda gustar más o menos nunca podrá poner en cuestión la capacidad artística que como es natural se le presupone. Cada punto perforado por la aguja es indispensable para la confección, tanto los que se hacen del derecho como los que se cogen del revés, los que se cruzan, los que se añaden y los que se menguan. El escritor no es industrial, ni crea en serie, por esta razón “Tal vez la noche me redima” es una novela que, aparentando sencillez, sin embargo es muy difícil de tejer, puesto que construye un universo completo partiendo del monólogo interior de una mujer que un mal o buen día –eso queda a criterio del lector- recibe una llamada en la que le comunican que su marido acaba de sufrir un accidente de tráfico que le ha sumido en coma. No iba sólo, y su joven acompañante ha resultado ilesa.
A partir de ese preciso instante, la autora abre en canal la cremallera de la protagonista para que el lector se asome a su intimidad y escuche sus pensamientos y zozobras en cada una de sus vísceras. La esposa que recibe la terrible noticia es dueña de una floristería y madre de un adolescente. La tienda tendrá en sí misma un papel fundamental por el lenguaje de las flores cortadas, pero también por el de las plantas en crecimiento, entregadas como obsequio, o como réquiem... En ese vergel urbano e imantado se producirán los sucesivos encuentros con Ernesto, el lector contemplará el nacimiento del amor tras un mal presagio escrito con primorosos ramos destinados a otras, escuchará el canto a la amistad sin reservas ni resquicios, la muerte dará paso a la vida que Begoña, la joven empleada, gestará -sin clasismos ni prejuicios- lejos de sus intolerantes padres, y el lector comprenderá la declaración de principios y un modo de entender la vida y sus compromisos porque la protagonista sin grandes alharacas “da posada al peregrino y viste al desnudo”.
La acogedora mujer sin nombre propio que regenta ese centro neurálgico, uterino y purificador, bien podría representar a muchas otras mujeres por su rol de madre de familia cuya individualidad llega a hacerse invisible porque padre e hijo dan por hecho que ella siempre va a estar para ellos y que su función es inamovible. Sin embargo nosotros tendremos el privilegio de que nos muestre su caja de los truenos, insonoros para los demás. En ese cofre de hermosa y calmada apariencia ella acumula humillaciones, mentiras y agravios de su marido infiel -él sí tiene nombre e identidad.
Juana Pinés Maeso entra con catéter a ese silencioso, avergonzado y amordazado interior femenino; la autora le confiere protagonismo, voz e individualidad a esta mujer y convierte la novela en un GPS orientador para lectores masculinos, porque la comprensión de las mujeres ya la tiene. Página a página disecciona con honestidad y hondura las consecuencias y secuelas de la infidelidad. Nos habla de sentimientos ambivalentes, de amar y odiar al mismo tiempo, nos remite a la universalidad de “Cinco horas con Mario” de Miguel Delibes, a “La piedra de la paciencia” de Atiq Rahimi, a “Los aires difíciles” de Almudena Grandes, a “La crónica del desamor” de Rosa Montero… y lo digo haciendo un ejercicio de literatura comparada por la conexión que hay entre esas novelas, no por el parecido sino por la coincidencia ya que todas las obras que he mencionado tratan o parten de un mismo fenómeno cultural o situación similar aunque no pertenezcan al mismo tiempo histórico ni estén situadas en el mismo mapa, naturalmente el estilo y el modo de desarrollar y de resolver el conflicto son diferentes.
La novela recalca la importancia de lo cotidiano, es un canto a la maternidad, a la mujer como origen, y lo hace a tres voces y en tres generaciones, madre, hija y nieta no consanguínea.
También hay tres hombres fundamentales en sus páginas y en el mismo orden generacional, el padre de la protagonista, honorable, culto, ejemplar, contrasta con el marido, veleidoso, voluble, desconsiderado y egocéntrico, y el hijo, un delicado proyecto de futuro entre ambos.
El libro habla de los hijos como epicentro y del doloroso despegue del nido aunque permanezcan en él o vuelvan tras el vuelo cada vez más alto y más prolongado: “Los hijos poco a poco se van desprendiendo de la madre, en cambio todavía no conozco a ninguna madre que haya conseguido desprenderse de los hijos”, nos dice la protagonista en la página 69.
Habla del miedo a la vejez, de las nostalgias, de aferrarse a asideros del pasado que ya no han de volver, de cuando las casas se vacían tras la partida de la otra persona, de la abrupta amputación del tándem que formaban en pareja. De la viudedad.
Habla del rencor y de cómo destruye la alegría, la esperanza, las ilusiones; habla de la hipocresía y de cómo tragamos con ella; de Elisa, la egoísta hermana de Ernesto, viva representación de florero decorativo actual con actitudes de mantenida aunque trabaje, arquetipo de niña-mujer que sin embargo muchos hombres prefieren, las razones profundas del por qué de esa elección suscitan un debate interesante.
En definitiva “Tal vez la noche me redima” es un balance vital que transcurre por la evolución de las distintas etapas de las relaciones familiares, pero sobre todo es un exorcismo, un sano ajuste de cuentas y un legado de dignidad aunque sea a título póstumo porque hay muchas formas de plantar cara: la conversación que la protagonista mantiene con el médico no se instala en la lástima ni en la autocompasión y si no es políticamente correcta al menos muestra una verdad que ella mira de frente y que al fin exterioriza, una verdad de la que partir para obtener con ella la auto-redención que le hará recuperar la singularidad e identidad propias y sobre todo su voz.
Ese es el enfoque de esta novela, en otras el infiel explica sus razones. El eterno debate de quién sufre más si el que abandona o el abandonado difícilmente se resolverá porque cada persona es un mundo y a esa pregunta se le suma otra en esta vuelta de tuerca que por la deformación de pertenecer a un club de literatura estoy dando: en caso de ruptura ¿quién prefieres ser?, ¿el que abandona o el abandonado? En cualquier caso lo que queda claro tras la destilación es que explorar en el territorio de la pareja siempre produce una catarsis saludable.

Tal vez la noche me redima” es una novela hermosa que exige de quien lee una respuesta y un bautizo. Antes de salir de las páginas el lector se dirige a la protagonista para decirle: Sí, te redimiste en el momento exacto en el que por teléfono le dijiste a la última amante de Ernesto que tú también lo sentías y en esa ausencia de especificación estaba incluido todo, lo sentías por ella, por ti, por Adrián, por el amor malgastado… y por esa reconciliación contigo yo te llamaría Gloria, porque te la mereces toda, o quizá Fénix si para mujer sirviese ese nombre, y nunca Esperanza que es como seguramente te llamabas antes, ese apelativo dañino lo dejaría aparcado en el ambiguo “tal vez…” para siempre. Y con este epílogo añadido el lector cerrará el libro entre sus manos como si acabase una plegaria para decir ego te absolvo.

Entrevista a la autora JUANA PINÉS MAESO

Pregunta: ¿Qué recibes de la literatura? y ¿qué le entregas tú a ella?
Respuesta: La literatura me proporciona el íntimo convencimiento de SER y de ESTAR, que es  mucho más que el simple hecho de transcurrir por la vida. Me deja la dulce esperanza de que, con mi pequeño grano de arena, estoy contribuyendo a embellecer un poco la existencia de los que me rodean. No pretendo arreglar el mundo a base de palabras, eso sería absurdo. Y utópico. Pero si pongo unas briznas  de belleza en los ojos o en el corazón de alguien, me doy por satisfecha.
¿Que qué le entrego yo a la literatura? Le entrego muchas de las horas que deberían ser de sueño y de sosiego, le entrego mis ratos de ocio, y toda la pasión y la emoción que soy capaz de sentir.

P. ¿Escoges los temas sobre los que escribes o ellos te eligen a ti?
R. Cuando escribo prosa (cuentos, relatos, novelas) elijo yo el tema. Imagino una historia y desde ese momento voy creando personajes, perfiles psicológicos, situaciones, diálogos, como piezas de un puzle que deben encajar cada una en su sitio hasta formar un todo armónico. Pero es que ahí escribo “desde fuera”, escribo de cosas y de personas que me son ajenas, no estoy implicada emocionalmente porque es pura ficción.
Cuando escribo poesía, sin embargo, es ella quien me elige a mí. Porque es algo mucho más íntimo que me nace de dentro y que me empuja de un modo inevitable. Siempre sé cómo empiezo, pero casi nunca sé cómo ni cuándo voy a acabar. Es como si la propia poesía me llevara de la mano y fuera ella quien me dirige y marca las pautas.   

P. ¿Te resulta difícil cambiar de registro, pasar de poesía a prosa?
R. No, no me resulta difícil en absoluto. Ten en cuenta que cuando hago un poemario pongo tanta carga vivencial en él y una visceralidad tan extenuante que al acabar me quedo desfondada. Entonces me dedico a escribir cuentecillos o cosas más ligeras, porque la prosa me sirve de relajación para recargar las baterías. Indudablemente una novela es un proyecto mucho más ambicioso que esos relatos que utilizo para despejarme. Pero puedo pasar de un género a otro sin dificultad.

P. He tenido la suerte de leer otras de tus novelas en clave más cómica y he podido disfrutar de tu ingenio, aunque en todos tus registros siempre hay una constante: la preocupación por los desfavorecidos.
¿Qué elementos confluyen para inclinarte por el tono dramático o el humorístico?  
R. Depende del momento. Casi siempre escribo de temas serios y muy reflexivos, pero hay que tener en cuenta que también soy una persona alegre y con un gran sentido del humor. Lo cortés no quita lo valiente. Y de vez en cuando me apetece escribir de una forma lúdica y casi como un divertimento temas humorísticos. Y lo cierto es que cuando lo hago disfruto muchísimo. 

P. A menudo a las escritoras se les atribuye como biográfico lo que aparece en sus libros, y  de algún modo intuyes que la observación es peyorativa como si no se les concediese la capacidad de crear, a continuación la autora ha de perder el tiempo en dar explicaciones sobre la diferencia que hay entre los préstamos personales que les haces a los personajes y la biografía, aclarar que la ficción puede nutrirse de las experiencias vividas o referidas, que estas pueden servirle de inspiración pero que su escritura no deja por ello de ser ficción… Sin embargo cuando se trata de escritores ni siquiera se plantea, a nadie se le ocurre pensar que José Luis Sampedro tal vez fuera “un amante lesbiano” o que el hecho de que Philip Roth nos cuente el último tramo de la vida de su padre en su novela “Patrimonio” se deba a la carencia de imaginación.
¿Cómo sobrellevas que confundan tu persona con el personaje, si es que ocurre?
R. Ocurre, sí. Ocurre a menudo. Y ya ni me molesto en sacarlos de su error. Pero entiendo que llevo muchísimos años escribiendo poesía, en tanto que la novela me pilla casi de nuevas. Entonces las personas que me leen o que me siguen están acostumbradas a “verme y a saberme” entre las líneas. Porque pese a la opinión de Pessoa, que manifiesta que todo poeta es un gran fingidor, yo escribo siempre mi poesía “del natural”. No finjo emociones, desgarros o soledades inexistentes, ni creo situaciones de cartón piedra. En mi poesía me despojo de todo y muestro impúdicamente en cueros el corazón. Por eso las personas que me leen a menudo creen seguirme viendo en los personajes de mis novelas, y ven en esos personajes rasgos con los que, inconscientemente, me identifican. No llegan a entender que en la poesía yo soy yo, pero en la novela mis personajes me son ajenos. Pese a que puntualmente les haga algún pequeño préstamo, a veces inevitable.  
Pili Zori y Juana Pinés

P.  “Tal vez la noche me redima” además de tratar grandes temas de balance vital gira en torno a la infidelidad  ¿qué núcleo crees que destruye dicha traición aparte del de la confianza?
R. Todos. La estabilidad emocional, la autoestima, la dignidad, el amor propio. Creo que no hay nada más humillante que saberse víctima de una infidelidad. Todo tu equipaje vital se tambalea y tu existencia se convierte en arena movediza.

P. ¿Es difícil liberarse del rencor que la infidelidad produce? Más de una y dos veces hemos escuchado la expresión sexista de que el rencor es cosa de mujeres ¿qué opinas sobre la paradoja habiendo tanta violencia de género?
R. “Olvida y perdona” se dice siempre. ¡Qué conveniente y qué cómodo, pero qué difícil de llevar a la práctica! Porque puedes intentar reconstruirte el corazón, pero las cicatrices y los costurones no te los quita nadie. Arroja al suelo una hermosa pieza de porcelana. Coge luego los fragmentos y trata de pegarlos. Y ahora dime qué resulta, y si se notan las roturas. Tal vez alguien con una grandeza de alma infinita o con un amor a prueba de cualquier cosa sea capaz de perdonar. Pero ¿podrá volver a vivir sin recelos, sin miedo, sin sospechas que enturbien su vida?
Me parece absurdo pensar que el rencor es un sentimiento privativo del género femenino. Cuando estamos viendo venganzas, crímenes, guerras y cientos de mujeres atormentadas o muertas a causa del rencor y del odio…

P. ¿En qué nuevo proyecto estás trabajando?
R. Acabo de terminar una nueva novela que empecé en junio. Me ha tenido ilusionada y enganchada todos estos meses, y he puesto en ella mis cinco sentidos. Ojalá que el esfuerzo haya valido la pena. Ahora aprovecharé las fiestas navideñas para vaguear un poco, y luego retomaré un libro de poemas que tengo empezado y que dejé a medias para dedicarme de lleno a esa novela. Le he dado vacaciones a las Musas, a ver si luego regresan con ganas de trabajar.

P ¿Cómo ves el panorama editorial?
R. Creo que no lo veo. De tan oscuro como está. Antes de las acometidas de la crisis ya era algo impensable para los escritores que no tenemos un nombre consolidado. Ahora es prácticamente imposible. Todo se ha vuelto “coediciones” o hágaselo usted mismo. O págueselo, sería mejor decir. Las editoriales gigantescas sólo apuestan por escritores consagrados y firmas de prestigio. Y las pequeñas te hacen ofrecimientos llamativos de edición, siempre y cuando tú corras con los gastos, o al menos con buena parte de ellos. De todos modos es un mundo que tengo inexplorado. Hasta el momento sólo he curioseado un poco sin llamar a ninguna puerta. Me voy valiendo de los premios literarios para ver mi obra editada. Una vez que recibo los pocos libros que el premio estipula ya pierdo la pista y desconozco las vías de distribución que se generan para esas obras, y dónde van a parar, y quien las lee. A veces veo en Internet puntos de venta donde se anuncian libros míos, y de momento me voy conformando con eso. Que ya se sabe que el que no se consuela es porque no quiere.    

P. Y por último ¿qué pregunta que nunca te hacen desearías contestar?
R. ¡Oh, vaya pregunta que me haces! Me temo que si respondo de forma espontánea lo primero que me viene a la cabeza voy a parecer un poco tonta. De todos modos, y aún a riesgo de parecerlo, lo voy a hacer…
Me hubiera encantado que alguien me preguntara: “¿Te ha gustado mi carta de amor?” Y me hubiera encantado responder que sí, que era muy hermosa. Porque eso significaría que alguna vez alguien me había escrito una…

"TRIAGE", película de Danis Tanovic

Triage: palabra francesa que significa atención de urgencia según gravedad. Comenzó a utilizarse para clasificar a los pacientes heridos de guerra o por situaciones de catástrofe cuando los recursos médicos disponibles se volvían insuficientes debido a la avalancha.
Mark (Collin Farrell) y David (Jamie Sitves) son reporteros de guerra irlandeses que están fotografiando el conflicto bélico de Kurdistan (1988). La esposa de David, Diane (Kelly Reilly) espera un bebé y él quiere regresar junto a ella para estar presente cuando llegue su hijo. Mark intenta convencerle de que se quede durante dos días más a la espera de la inminente ofensiva para así conseguir la foto del año.

Aviso para quienes no hayáis visto la película: voy a revelar sus claves y en este caso sí importa. Es preferible que regreséis a este rinconcillo tras haber llegado al final del film.

Cuando un largometraje envía al espectador reflexiones tan importantes e invita a un arduo y difícil debate, no seré yo quien busque en él posibles fallos técnicos. En alguna ocasión y en este mismo blog he dicho que la crítica española a menudo en vez de crítica es criticona y nada orientativa, no sé si se deberá a algo tan simple como el propio vocablo y sus distintas acepciones o a un rasgo muy nuestro que considera más sagaz e inteligente la actitud de colocar lupa y buscar defectos, creo que se necesitan las mismas herramientas e invertir el mismo trabajo para encontrar las cualidades, pero por alguna razón que no termino de comprender ser peyorativo está más valorado.
Triage”, a mi juicio, es perfecta tanto en las intenciones como en la forma de plantearlas. A caballo entre el aspecto documental y el drama personal, Danis Tanovic crea la atmósfera requerida, el aire que hemos de respirar quienes jamás hemos estado en una guerra y desde este otro lado juzgamos cómodamente con baremos que allí no son aplicables. Lo que se rompe por dentro en esas situaciones tan traumáticas convierte a la persona en una dualidad difícil de volver a unificar, hay una parte anímica que se amputa, que ya no regresa y que se pierde para siempre.
El núcleo, el corazón de la película, en mi opinión, se sitúa en la llegada del abuelo de Elena (Paz Vega) y en lo que éste (Christopher Lee) con valentía desmonta y rebela. Él no habla de eliminar culpas sino de enfrentarte a ellas, de confesarlas, de asumirlas, y de convivir con lo imperdonable.
Cuando quienes nunca hemos estado en conflictos bélicos, o en campos de concentración, hablamos de clemencia, de reconciliaciones nacionales o con el pasado, en realidad, si somos sinceros, hemos de reconocer que no nos estamos refiriendo a ese perdón con mayúsculas que incluye a verdugos. Y no hace falta irse a Auschwitz, muchos olvidan que en nuestro país también había campos de concentración en los que Franco hacinó a multitud de jóvenes durante cuatro o más años, jóvenes que dada su edad no habían participado en la guerra, y lo hizo por pura pataleta, porque no pudo alcanzar a los altos cargos republicanos que consiguieron el exilio. Campos como el de Larache, por ejemplo, en el que a muchos de aquellos chicos la disentería les disecaba los intestinos mientras en días claros vislumbraban el peñón y los afilados bordes del sur del mapa de su país.
Que conste que no hablo de exonerar responsabilidades. Cuando salen a relucir estos temas hay que distinguir muy bien entre deseo de justicia o de venganza, uno puede perdonar o no, está en su derecho, pero la venganza solicitada por delegación es la más cobarde.
Imagino que al igual que el doctor Morales (Christopher Lee) muchos psiquiatras de entonces tuvieron que recomponer por igual a víctimas y a criminales, a torturadores institucionalizados y amparados en el régimen, y ése es precisamente un enfoque que yo jamás había visto tratado y que tampoco me había querido plantear nunca. No he leído la novela de Scott Anderson en la que la película está basada, pero prometo hacerlo en cuanto pueda.
Creo que desde niña he tenido claro que la patria en realidad son las personas a las que volvemos; Mark regresa a su mujer y es el amor de su esposa el que le cura, porque ese amor rompe barreras y baja defensas para buscar al único sanador que puede hacerlo. Elena ha de comerse el orgullo y reconsiderar la decisión que tomó en su día de mantener la enemistad declarada de por vida a su abuelo y escuchar por primera vez frases y razones para las que nunca ponemos oído.
Los contrastes están muy bien servidos: el médico que dispara a moribundos por piedad, y Mark que ha de soltar a David, su amigo, su hermano, para no morir, que ha de elegir, decidir su triage personal y después volver para enfrentarse con el rostro de la mujer que dará a luz a un hijo al que la pareja había decidido bautizar con su nombre, Mark.
Hasta ese momento la cámara fotográfica le había servido de parapeto, le mantenía a distancia, desgraciadamente sólo cuando tocan a los “nuestros” tomamos conciencia del verdadero dolor, del enorme sufrimiento. Tal vez Tanovic intentó pedirnos a gritos la empatía y que de una vez por todas tomásemos conciencia de que no existen compartimentos y que uno de los nuestros es cualquier semejante. Hay un momento en el que Mark dice algo así como “estamos con ellos” y David, su compañero y amigo –el fotógrafo cuyos retratos sí se pueden poner en una pared porque rescatan y reflejan la esperanza- le increpa “¿pero qué estás diciendo?”. Y yo pregunto, ¿dónde y con quién está un reportero de guerra?, ¿quién le cuida?, ¿quién le protege?

El estilo narrativo está al servicio de la historia y los protagonistas en tierra de nadie, y no estoy haciendo un guiño ni un enlace al film anterior de este director, el más premiado en toda la historia del cine, (“En tierra de nadie” (2001) recibió 42 galardones incluido el oscar a la mejor película de habla no inglesa). Era inevitable que “Triage” me condujera directamente a las novelas “El pintor de batallas” y “Territorio comanche” de Arturo Pérez Reverte, -de esta última también hizo película Gerardo Herrero- ambas, como ya comenté aquí en su día, me marcaron, las dos hablan de las fotos de prensa o de las imágenes televisivas ante las que retiramos la vista mientras tomamos el postre, las fotos de un freelance que en el frívolo mercado se igualan y comparan a las del paparazzi cazador de “ninis” participantes de reality. Tampoco quiero olvidarme de “Guerreros” largometraje de Daniel Calparsoro que avisa, al igual que Joseph Conrad, de la inestabilidad moral del ser humano y de cómo incluso en una misión humanitaria puedes introducirte en el mismísimo corazón de las tinieblas.
Danis Tanovic es bosnio, nació en 1969, estudió piano en la universidad de Sarajevo, después se matriculó en la academia de artes escénicas, pero debido al asedio que sufrió su ciudad en 1992 se vio obligado a abandonar los estudios y se unió a un equipo de filmación que siguió al ejército de Bosnia-Herzegovina; su material ha sido utilizado en numerosos telediarios, reportajes y películas a los que ha servido como fondo histórico. A finales de 1994 dejó el equipo y reanudó sus estudios en Bruselas, posee doble ciudadanía bosnia y belga.
Dedicó el oscar por “En tierra de nadie” a su país, y su grado de compromiso le llevó a crear un partido. El hombre que dice que la única manera de luchar contra la injusticia es visualizándola ha removido las conciencias en la Berlinale de este año con su último trabajo “Un episodio en la vida de un chatarrero”. Ha trabajado con los protagonistas de la noticia en la vida real: se negaron a atenderles en un hospital porque eran gitanos. Tanovic hoy prefiere proyectos de poco dinero pero con capacidad de llegada a los grandes de antaño en los que se invirtieron millones de dólares sin que apenas obtuvieran espectadores.
Siento un gran respeto por este director que se atrevió con “El infierno” de Kieslowski, la trilogía que Krzysztof estaba preparando cuando murió, y es que ya se sabe: “Dios los cría y ellos se juntan”; cada vez creo más en las energías y en los imanes, los torrentes de talento  encuentran los canales a medida para llegar hasta el mar sin desbordarse. No me parece pretencioso ni me importa en absoluto que los artistas de mi tiempo con las cartas boca arriba ejerzan de intelectuales, al contrario, los busco y los prefiero porque me canso de leer o de ver lo que me reafirma, lo que me identifica y me complace y estoy harta de placebos y adormideras. Tengo ganas de que muchas cosas cambien, o mejoren, pero no siempre encuentro el camino o las respuestas, ni sé cómo hacerlo, así que si como en este caso me hago eco del eco pues me doy por contenta, es mi forma de barrer mi pequeño trozo de acera.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori