Una historia familiar contada de forma magistral, con apenas herramientas, que se desarrolla en escenarios interiores para crear la estructura hecha con conversaciones telefónicas alternas durante tan sólo seis vertiginosos días que sin embargo entregan al lector las vidas completas de tres hermanos partiendo desde la infancia, como el nacimiento de cualquier río –en ocasiones principal si hablan los padres, y en otras afluente si, como en este caso, el relato lo proporciona cada uno de los hijos-, pero que con sus remansos, saltos y sobresaltos, curvas, cascadas, remolinos y meandros, desembocarán en un mismo mar mezclándose.
Todo comienza con Gabriel, el hijo varón que sin encomendarse a sus hermanas -Sonia, la mayor y Andrea la mediana-, y sin escuchar las recomendaciones de su mujer Aurora, se empeña en celebrar el ochenta cumpleaños de la madre con la intención de que gracias al encuentro se limen asperezas, pues años atrás en una navidad terminaron de muy mala manera.
Tras la proposición, el teléfono de Aurora, suena sin parar con las apremiantes llamadas de Andrea y Sonia, que de ningún modo desean hacerle un homenaje de cumpleaños a su madre.
La ponzoña se va inflamando con los “irrefutables” motivos que ambas hermanas alegan, cada una por separado, desahogándose con Aurora -elegida como confidente o público-, que escucha con paciencia y sin juzgar. Las dos arrastran reproches que -segun ellas- han marcado su existencia.
Los lectores leemos los mismos hechos y resentimientos contados desde el recuerdo y la caprichosa memoria y vistos de diferente modo por cada personaje, con distintos énfasis, enfoques y perspectivas dependiendo de quién se descargue al otro lado de la línea telefónica.
Quienes transitamos por las páginas asistimos, al igual que Aurora -la esposa, cuñada y nuera-, a un poliedro familiar que se va completando con cada una de las piezas del puzzle que aparecen..
El goteo de los elementos sorpresa está dosificado con precisión de reloj suizo, para mantener la intriga y el suspense in crescendo, y el autor consigue que los lectores crean que llegan por sí mismos a las conclusiones totales con la suma de todas las subjetividades y que es su intuición -y no el rastro de las pistas que Luis Landero deja- la que se anticipa para adivinar.
Me encantan los autores que saben narrar entre líneas y que navegan con maestría por la insinuación -confío en ser una de ellos-. Como he reiterado en otras ocasiones, me maravilla porque la elocuencia de los silencios también hay que escribirla para que quienes leen tengan la sensación de que están rellenando los huecos con su complicidad.
La novela abre debates profundos como el daño que puede hacer la predilección por un hijo, aunque sea producto del machismo de la época, y el dolor que provoca no ser elegida y crecer sin oportunidades o con ellas truncadas, al menos así lo sienten las hermanas de Gabriel a quien consideran el privilegiado “niño bonito” que sí pudo estudiar. A veces también la prerrogativa genera mucha presión, que en la novela hay zascas para todos y nadie se va de rositas.
¿Podrían haber tomado ellas y él otras decisiones, otras rebeldías para no aceptar el destino impuesto por la madre? ¿Instalarse en la queja es una excusa? Los lectores deciden.
La novela nos habla de lo que sucede si alguien diseña el futuro de una mujer a una edad temprana buscando su bienestar económico, a través del casamiento, para que disfrute de una vida acomodada sin tener en cuenta los sentimientos y deseos de ella, los de los hijos, sin considerar que sus carencias no pueden suplirlas los vástagos que viven tiempos distintos, y es que no funciona proyectar en los descendientes los sueños que los progenitores no han cumplido.
Se sobreentiende que la madre busca un buen partido para su hija a través de la boda, seguramente con la mejor intención, pero manipula y no pregunta ni respeta.
Quienes leen las paginas reflexionan sobre los matices de la inmadurez:
¿Sonia y Andrea podrían haber tomado las riendas de sus propias vidas, o ya estaban irremediablemente marcadas por la determinación de la madre: viuda de carácter duro -como su apretado moño tras el hierático rostro-, e injusta en el trato y en el reparto de afecto?
Luis Landero maneja bien la ambivalencia, y nos va llevando por los derroteros de la especulación puesto que en ningún momento sabemos cuál es la verdad de cada uno de los protagonistas, y aunque los personajes busquen tener la razón tan sólo tienen razones, las suyas, probablemente distorsionadas por el recuerdo.
El autor muestra, expone sin generar veredicto y quien lee sí nota como se les asoma el plumero a cada uno de los protagonistas por debajo de las palabras:
¿la envidia?, ¿desear lo que tiene la hermana para arrebatárselo?, ¿Gabriel disimulando la vagancia, el aburrimiento, la falta de compromiso en el cuidado de su hija mientras pretende venderle a su mujer que sigue siendo un hombre de éxito?, aquel que creó para ella cuando se conocieron, cuando le prometió que la protegería y los dos se adentrarían en el camino de la felicidad que construiría el futuro mutuo.
¿Se deja llevar Aurora? De nuevo el debate se suscita.
Contemplamos cómo se puede rozar el ridículo tratando de dar una imagen de triunfo…
Aurora escucha sin juzgar, como si el teléfono y su dulce y sosegado carácter fueran un diván de consulta psicológica. Es el desagüe al que acuden marido, cuñadas y suegra.
Los cuatro se vacían en ella como si fuera un cubo de evacuación, con egoísmo feroz, sin plantearse la reciprocidad, el quid pro quo. Nadie la escucha, nadie le pregunta por sus sentimientos, parece como si le hubieran dado permiso para estar en la familia y que su papel es el de correa de transmisión para Gabriel, ninguno considera de qué modo le afecta lo que oye, le empaquetan el rol y esa lluvia fina de quejas va calando la piel de su alma.
La verdad de las mentiras.
Aurora acumula toda la información, hasta que se le caen los pilares que la sostenían frente a lo que como pareja creían ser y aparece lo que en realidad son.
Con todas las piezas reunidas quienes transitamos por las páginas somos testigos de las ilusiones perdidas, de la imagen exterior desenmascarada por la interior, del afán por dar buena impresión, de las decepciones, de lo que iba a ser y no fue. Pero ¿Quién decide qué es el fracaso y en qué consiste?
Asistimos a las hipocresías sociales, observamos con pudor y vergüenza ajena algunas miserias y perversiones escondidas bajo techo, dentro de la impunidad íntima del domicilio de ciertos señores “bien” como Horacio con su voz melíflua y aspecto clerical con doble vida.
Lluvia fina nos hace reflexionar sobre cómo nos ven y como somos al completo, sobre la necesidad de admiración que enturbia la verdad incluso a los propios ojos.
Tal vez a la vida haya que amarla con luces, y sombras, con sus tragicomedias rayanas en el ridículo por afán de impostura y disimulo, quizá debamos aceptar grandezas y miserias, noblezas y mezquindades, siempre y cuando no sean delitos, claro está.
Creo que es dificilísimo escribir desde ese lugar casi patético que sin embargo el autor hace digno además de muy humano.
A ratos amas a los personajes y otros los detestas. Y es que cuando la familia sale a la palestra quiera Dios que haya comprensión y amor para abrazar los defectos mirando hacia el futuro.
Fuerza y discernimiento para cambiar lo que sí se puede redimir, y aceptación para lo que no es posible arreglar.
No sé si se puede hacer borrón y cuenta nueva, pero todos lo merecemos en mayor o menor medida ya que los delitos prescriben.
Tampoco sé si hay personas más frustradas que otras por propia naturaleza, y seres felices por la misma razón.
Me gustaría que esta familia pudiera hacer el homenaje a la madre en su ochenta y un cumpleaños una vez expulsados los sapos y las culebras. Pero hay situaciones que una vez desatadas ya no tienen vuelta atrás.
Con consciencia o sin ella los protagonistas eligen chivo expiatorio, y las palabras no se las lleva el viento y tampoco caen en saco roto, pero quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.
No conozco toda la obra de Luis Landero, al parecer esta novela es más ácida que otras en las que supo y quiso extraer la ternura de cualquier idealización quijotesca.
"Todos los soñadores peleamos contra molinos de viento". le he escuchado decir. Así es, lo confirmo.
Luis Landero tiene un sentido del humor contagioso que sublima cualquier error garrafal de sus personajes.
He tenido la suerte de verle y escucharle en entrevistas guardadas por Youtube, y ha sido un honor recibir su enorme cultura, la vasta erudición envuelta en humildad didáctica, y su cercanía, el talento ya está conservado en los cofres de sus Libros.
No sé cuánto hay en Lluvia fina de préstamo personal, de confesión, ni hasta qué punto será ético si es así. Como todos Luis Landero tiene derecho a su memoria, y yo ninguno a ser morbosa puesto que la obra vale por sí misma y no necesita el añadido autobiográfico si él lo ha querido encubrir o no con la ficción.
Desconozco si las páginas de Lluvia fina tienen partes de exorcismo o si en cierto modo la novela es un ajuste de cuentas personal, pero el aviso está dado:
las palabras pueden ser mortíferas, y no siempre es buena la incontinencia verbal, ni se sale ileso de ella.
El homenaje a Aurora me parece precioso, único ser de luz salvable en esta historia de protagonistas estancados en las aguas turbulentas y soterradas de su infancia, la pena es que sea el chivo expiatorio.
He aprendido mucho mirándome en el espejo de sus páginas.
En otra ocasión haré un monográfico de este admirable escritor que desde su primera novela se convirtió en un clásico contemporáneo merecedor de todos los premios que le fueron otorgados y que sigue recibiendo.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro, deseo que estéis muy bien, gracias por las visitas y por regalarme vuestro valioso tiempo.
Os quiero.
Pili Zori

