Matar un Ruiseñor, de HARPER LEE

Boo Radley ha salido de su encierro para acompañarnos en el último tramo hasta la puerta de esta extraordinaria novela, su poderosa presencia protectora nos ha acompañado desde la sombra durante toda nuestra estancia en Maycomb. La palidez de su hermoso semblante ha recibido la luz del exterior por vez primera y la calidez del trémulo brazo que ahora nos presta acaba de salvar las vidas de Scout y Jem los hijos del íntegro abogado Atticus Finch.
En este imaginario pueblo sureño del estado de Alabama en el que la escritora Nelle Harper Lee recrea desde el recuerdo su pueblo natal, Monroeville, en el tiempo concreto de la gran depresión cuando ella cumplía 10 años, se desarrolla uno de los alegatos más bellos y eficientes contra el racismo y las desigualdades que haya dado nunca la literatura. Fue la única novela publicada por esta autora.

Siendo amiga de Truman Capote desde la escuela primaria -Truman Streckfus Persons entonces- era de esperar que apareciese en esas páginas de tintes biográficos quedando plasmado en el personaje de Dill. Se decía que ambos colaboraban en la obra del otro pero que a diferencia de Harper a Capote sí le gustaba paladear las mieles del éxito. Al parecer su distanciamiento se produjo durante la investigación del crimen que inspiró “A sangre fría.” En opinión de Harper, Capote se valió de malas artes para en su propio beneficio obtener información de uno de los condenados, deseándole secretamente incluso la pena de muerte con el fin de poder contemplar la ejecución y con esa experiencia conseguir la apoteosis de un brillante final. No estábamos dentro del corazón de estos amigos que desgraciadamente dejaron de serlo, pero en cualquier caso, lo que acabo de decir no representa ningún dato de rigor que agrande o menoscabe el talento y la hondura de ambos, lo aporto como intuición de las posibles grandes diferencias que pudieron emerger al convertirse en adultos y que tal vez les separaban incluso a su pesar.

Truman Capote se movía bien entre la aristocracia neoyorquina y las celebrities, su caída en el alcohol y las drogas distorsionó sus relaciones y no sólo perdió a Harper Lee por el camino. La autora de “Matar un ruiseñor” se ha negado siempre a conceder entrevistas –por ello me aventuro a pensar que la aversión quizá se deba a aquella etapa- y sin embargo acude feliz a los encuentros con lectores, especialmente si son estudiantes de institutos en los que se ha considerado su libro una lectura imprescindible para la vida y el desarrollo de la personalidad, de hecho en Alabama se hacen concursos anuales en los que se analizan y recitan de memoria sus pasajes.

Hacia el final de la obra hay una frase que se refiere a Boo Radley que bien podría ser un préstamo personal de lo que ella sentía en aquel tiempo, la pronuncia el sheriff y dice así: “…ponerle con su naturaleza tímida bajo una luz cegadora, para mí es un pecado.” Ella defendió su privacidad con uñas y dientes, y curiosamente a veces se puede producir la paradoja de que un encierro signifique la libertad.

Recibió el Pulitzer en 1961, es el máximo galardón otorgado por los Estados Unidos a periodistas y escritores de habla inglesa, con él premian la excelencia, y así figura en el enunciado de la categoría de Editorial periodística: “Se buscan excelentes textos con sonoridad, estilo clásico, propósitos éticos y morales, y poder de influencia en la opinión pública”. “Matar un ruiseñor” es literatura, pero sin duda bebe de las fuentes mencionadas, no en vano Amasa Coleman Lee, el padre de Harper Lee, fue editor periodístico además de abogado.

La escritora tardó mucho en finalizar su novela, cuentan que de hecho llegó a tirar los abundantes manuscritos por la ventana en una noche de nieve, menos mal que bajó a rescatarlos y a continuación compartió sus agobios con el editor Lippincot que de inmediato se dispuso a ayudarla para qué consiguiera poner en orden los recuerdos y dar cuerpo y estructura literaria a todos sus apuntes, (eso sí que parece ficción, quién pillara a un editor de esas características y encima con conocimientos de escritura, no sólo mercantiles). Durante la creación y en distintas etapas tuvo en mente varios títulos entre ellos “Ponte un vigilante”, más tarde decidió que la novela se llamaría “Atticus”, la autora escogió dicho nombre en honor a Titus Pomponious Atticus, un hombre destacado por su sabiduría, cultura y humanidad y gran amigo, además, del orador romano Cicerón.

El apellido Finch proviene de su madre Frances Cunningham Finch Lee, y quienes ya han leído el libro saben que el de Cunninghan también se lo entregó a otro personaje en la ficción que no por secundario es menos relevante, tanto que protagoniza uno de los puntos de inflexión más decisivos en una escena crucial, la de la cárcel en la que él lidera a un grupo de personas con ánimo de linchamiento. Desistirán ante las palabras instintivas de la pequeña Scout y la valiente escolta pertinaz de su hermano Jem en defensa de su padre, los niños no saben qué ocurre exactamente pero respiran el peligro que Atticus corre.

Finalmente se llamó “Matar un ruiseñor” y al lector le queda el trabajo de atribuir. A mí me parece que en esta historia ruiseñores hay unos cuantos.

“No hacen otra cosa que crear música para nuestro placer” –le explica Atticus a su hija Scout para que comprenda por qué no se puede disparar a un ruiseñor- “No se comen los jardines de la gente, no anidan en sus graneros, sólo cantan con su corazón para todos nosotros”. Esta acertada descripción contiene varias lecturas aplicables, por suerte, a bastantes personajes de la historia empezando por Tom Robinson, el acusado.
Esta preciosa novela iniciática se enfoca desde la mirada de la infancia, justo en ese umbral en el que se pierde la inocencia para contemplar sin vendas el mundo adulto, y el veredicto resultante es un retrato duro y diáfano que no admite componendas.
En muy pocas ocasiones se produce un hallazgo de vigencia que perdure tantísimo tiempo, año tras año, lustro tras lustro, década tras década… y que ha saltado incluso de siglo. ¿Por qué? Tal vez porque despierta y remueve la conciencia de un modo tan claro y tan de sentido común que nadie puede escabullirse.

La composición visual es tan perfecta para servir los contrastes en los momentos álgidos que su prosa poética en este caso vale tanto como sus imágenes:

Basta con mirar a Calpurnia, la empleada negra que ayuda a dirigir la casa y a educar a los hijos de Atticus ejerciendo un impecable papel de madre-maestra en colaboración con el progenitor y en coincidencia y sintonía con las pautas y principios del abogado para comprenderlo. La relación familiar explica sin palabras toda una forma de vida y de creencias.

El camino con ella -Cal, como los niños la nombran- hacia la iglesia de los negros con Jem a un lado y Scout al otro, blancos como la nieve y fregados más que bañados para la ocasión como muestra ante los suyos de su buen trabajo vuelve a subrayarlo.
Y los niños, de nuevo sentados en el apartheid de los negros durante el juicio, en la parte alta de la sala… vuelven a corroborarlo. A veces para cambiar el mundo basta con un gesto que defina una actitud. Atticus conoce por su nombre a cada uno de los vecinos del barrio negro. Se me saltaron las lágrimas al ver las escaleras llenas de los mejores presentes para el hombre que los había defendido aunque perdiera.
No me extraña que el guionista Horton Foote se llevase el oscar al mejor guión adaptado porque el trabajo estaba prácticamente hecho, característica común de los grandes escritores sureños son muy cinematográficos. (Lástima que no hayamos podido ver la película en grupo, la biblioteca pública está a rebosar de actividades todos los días –buena señal- y no queda ningún espacio libre para la proyección, y dadas las condiciones de nuestro punto de reunión no se puede, la sala de juntas, a la que la directora llama de usos múltiples, en la que nos congregamos alrededor de una gran mesa es magnífica para propiciar el coloquio, pero dificultosa para ver cine porque como somos tantas en círculo nos impediríamos la visión unas a otras, hay poco espacio entre las sillas y los muebles y si alguna se retrasara obligaría a remover, por esa razón decidí finalmente suspenderla a pesar de que los trabajadores de la biblioteca se habían esmerado en los preparativos, nunca será suficiente nuestro agradecimiento ya que aguantan con infinita paciencia que les tomemos al asalto las estancias y también a ellos. La película está libre, de todos modos, para sacarla prestada y verla en casa.
Perdonad el inciso, me gusta que imaginéis el entorno. Continúo. Decía que no hay un modo mejor de discernir sobre lo que es justicia y lo que no que presentándolo en forma de juicio para que el lector, el espectador… pueda ver y discernir con claridad los argumentos a favor y los que están en contra. Tal vez por ello gustan tanto los libros y películas de juicios. Intentar comprender la vida desde todos los ángulos, con todos los puntos de vista posibles es un ejercicio obligado, algo así como lo que entendemos por caminar un largo trecho con los zapatos de otro. Cada vez es más importante la lucha interior por no adocenarse por no dar nada por hecho sin haberlo tamizado antes por nuestra reflexión, sólo así se tiene derecho a opinar, de lo contrario estaremos repitiendo consignas, lo escuchado en los medios… y nunca podremos adquirir nuestro propio criterio. Hacerse preguntas es más duro que seguir directrices, pero sólo así se pueden ir creando leyes más pormenorizadas y justas y por supuesto revisables.
Robert Mulligan dirigió la película en 1962 y fue otro bombazo (ocho nominaciones y 3 oscar: mejor actor, mejor dirección artística y mejor guión adaptado). El film a la par que la novela se mantiene en el tiempo, las miradas de estos dos grandes artistas, Harper Lee y Mulligan, contribuyeron a crear un modelo paterno de rectitud y honestidad en un medio hostil que todos los hombres de cualquier tiempo querrían emular, ambas, novela y película, colocan en su sitio y especifican lo que es la verdadera valentía, que nada tiene que ver con la vanidad del alarde, y sí con la dignidad y la necesidad de luchar aún a sabiendas de que la batalla está perdida. Una de las enormes cualidades de libro está en los matices, en esa forma de distinguir lo individual de lo colectivo, en ese afán por no englobar y justificarse al amparo de actitudes gregarias.
En nuestro club intentamos como siempre verle las tripas a esos bajos instintos o sentimientos que llevan a las personas a sentirse superiores a otro ser humano y con derecho a despreciar, tal vez necesitemos espantar los miedos indefinidos que nos atenazan y necesitemos inventarnos un enemigo común, el de turno, para que pague el pato, haciéndonos la ilusión de que así nos ponemos a salvo.
También, como de costumbre en el club, se hicieron análisis históricos, artísticos, psicológicos y sociales sobre esta novela tan pedagógica con los que llegamos a la conclusión de que no sirve de nada que alguien tire todos los palos del sombrajo si no tiene preparados otros nuevos para guarecerse, la libertad es como la tierra de cultivo, primero hay que abonarla para que germine después. No te pueden soltar en medio del desierto para decirte: Hala, ya eres libre, ejerce.
Hasta llegar a que en los Estados Unidos haya un presidente negro han tenido que ocurrir muchos acontecimientos que E. V., una de mis compañeras, tuvo la gentileza de ilustrar. Tal vez, al menos eso espero, estén próximos los tiempos en los que las personas nos miremos a los ojos sin plantearnos de qué color somos -salvo para sentirnos atraídos por la belleza de la variedad- y por debajo no quede ningún lastre latente pudriendo nuestro corazón. Tampoco olvidemos que aquí pastoreamos serios problemas de convivencia con las personas que nos llegan de otros territorios, y aunque comprendemos de maravilla el problema de la segregación que se produjo en Estados Unidos porque está lejos lo que ocurre aquí es exactamente lo mismo.
Había una canción bellísima que cantaba Rosa León, -no conozco el nombre de quien la compuso, perdonad- espero que os guste como regalo:


EL PUNTO Y LA RAYA

Entre tu pueblo y mi pueblo
hay un punto y una raya.
La raya dice no hay paso
el punto vía cerrada.

Y así entre todos los pueblos
raya y punto, punto y raya.
Con tantas rayas y puntos
el mapa es un telegrama.

Caminando por la vida
se ven ríos y montañas
se ven selvas y desiertos
pero ni puntos ni rayas.

Porque estas cosas no existen
sino que fueron trazadas.
Para que mi hambre y la tuya
estén siempre separadas.
Es bonita ¿verdad?

Y ya para terminar, aunque el libro da un de sí enorme, es necesario dar cuenta también de algunas objeciones, poquitas pero las hubo. No se nos escapó que el paso del tiempo sí se notaba en una parcela: la de revolución pendiente que en aquellas fechas aún tenía que hacer la mujer, creo que algunos comentarios la propia autora hoy los cambiaría.

A mi compañera J. A. le parecieron forzadas y poco creíbles algunas escenas como la de que a los niños se les permitiera estar presentes en un juicio por violación, y tampoco creía que el lenguaje de Scout correspondiera a su edad. Llegamos a la conclusión de que aunque algunos pasajes estuviesen forzados sí eran necesarios para mantener el punto de enfoque que la autora había escogido, en todo momento es el de los niños y en esa decisión tenía que mantenerse, por ello Jem y Scout están siempre presentes, bien escuchando a escondidas o bien participando activamente. J.A. añadió que le hubiese gustado que Atticus no fuera tan perfecto para podérselo creer mejor: “Yo quiero mucho a mi madre” -expresó- “pero también le veo defectos”. Dilucidamos sobre si la novela estaría hecha con intención de homenaje a la memoria de su padre en cuyo caso la autora habría querido destacar su rectitud obviando lo demás, a lo que L. S. apostilló que por fortuna sí hay personas así y que su madre era una de ellas.
En un tiempo de tanta corrupción viene bien recuperar el verdadero sentido de una profesión casi sagrada como es la abogacía.
C.O. recalcó que Atticus no estaba defendiendo en particular al hombre negro sino a la justicia que nos engloba a todos y que el tema principal no era el personaje sino la idea que transmitía.
Se vertieron opiniones extraordinariamente enriquecedoras, no puedo reseñarlas todas pero cerraré con una de las más bonitas, la pronunció M.J.: “A mí leer este libro me hace sonreír por las ocurrencias de los críos y por su forma de mirar el mundo, me deja feliz”.
Teniendo en cuenta que refleja una época de crisis similar en muchos aspectos a la actual es esperanzador que nos recuerden que hay otros aspectos además de los materiales y que nos las podemos arreglar sin acobardarnos y sin dejar por ello de señalar las injusticias.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que habremos leído “Desgracia” del Premio Nobel John Maxwell Coetzee.
Pili Zori

8 de Marzo DÍA DE LA MUJER



Hice este pequeño homenaje en el acto organizado por la Fundación Siglo Futuro, y ahora lo comparto con vosotros.




En este mismo instante una música al unísono rodea y circunda nuestro planeta como un abrazo cálido. La melodía tiene clave y voz femeninas, y es posible que su rumor, con suerte, esté llegando hasta lugares en los que las voces de las mujeres son amordazadas; hasta países en los que el oído femenino ha sido ensordecido por muros y paredes; hasta las damas de ojos encarcelados en las finas rejas de tela: barrotes cosidos por ellas mismas en puntada de paradoja.

Sí, sé que en este mismo momento el estribillo coral y políglota se está colando por todas las rendijas de oriente y occidente. Pero nada más lejos de mi intención que pretender irme lejos, porque lo que les pasa a ellas nos pasa, y su triste circunstancia no ha de servirnos para sobresalir en la cruel comparación de “nosotras estamos mejor, hemos conseguido más”, porque todas somos nosotras y no existe un mundo libre y otro preso y mucho menos un primero, segundo o tercer mundo. La tierra es una unidad y no un queso que se pueda dividir en porciones, (aunque si así fuera y lo hiciéramos nosotras es más que posible que estuviera mejor repartido por aquello de la costumbre).

Cuando Juan Garrido, el presidente de la Fundación Siglo Futuro me pidió que dijera unas palabras de homenaje en este día, mi preocupación no fue la de utilizar mejor o peor el lenguaje sino la de usarlo con honradez intentando ahondar un poco en los “por qué” de lo no conseguido, porque de los logros dan fe hoy en este mismo salón valiosas mujeres que deciden y dirigen.

Es cierto que en la parte pública se han conquistado parcelas y creado infraestructuras que ayudan, protegen y permiten el desarrollo de la mujer en pie de igualdad con el hombre; es cierto que los cimientos que las sostienen llevan escritos nombres propios tan valerosos como el de Flora Tristán, Alexandra Kollontai, Concepción Arenal… y también otros anónimos con rúbrica de sangre y fuego como el de las mujeres que murieron en el incendio de la fábrica textil neoyorquina que hoy tanto se habrá recordado.

Esos logros son visibles y pertenecen al exterior y nos enorgullecen, pero me preocupa que hayan ido por delante y que aún nos quede pendiente la revolución individual. Me inquietan los retrocesos, las involuciones interiores; lo que está en nuestras cabezas; lo que ocurre en lo privado, en el recinto de lo doméstico.

Tal vez hayamos creado buenos recipientes, pero puede que nos falte todavía elaborar y pulir el contenido, ¿cómo explicamos si no la misoginia, o mejor dicho el odio?, ¿qué respuesta damos a la esclavitud sexual, a las relaciones de poder…? Sólo alguien que considera inferior a la mujer se atreve a lastimarla. ¿Cómo permitimos entonces sin considerarlo enfermedad que ese sentimiento germine y se desarrolle como una venenosa enredadera? Las muertas, las asesinadas no pertenecen al ámbito privado e impune sino al social. Las cifras ya hace tiempo que dan titular de genocidio. Al menos hasta que sepamos prevenir vamos a hacer el duelo en colectivo.Es común todavía que al entrar en un despacho y ver a una mujer tras la mesa creamos que es la secretaria o la ayudante de un hombre. Esa percepción de que la mujer es siempre subalterna en lo público y satélite en el amor aún impregna el aire que respiramos y eso hay que cambiarlo, y para hacerlo el análisis ha de comenzar por nosotras mismas: debemos examinar las actitudes que nos hacen preferir las distintas variantes de la sumisión por comodidad por cobardía…; hemos de estudiar lo que nos lleva a colocar en el lugar equivocado el triunfo o el fracaso; lo que nos conduce a vivir en el deseo de los otros; a preferir las pautas del rol a ser persona; a elegir el pensamiento ajeno en vez del propio; a dejar que decidan por ti.

Me gustaría recordar a las mujeres y a los hombres que están en política que no han optado a un puesto de trabajo que les proporcione un sueldo y un status al que aferrarse, sino a una misión encomendada. Un gobernante es un administrador de justicia y sirve a, no se sirve de. Creo también que un político debe indagar en los sentimientos de las personas y tenerlos muy en cuenta y saber de qué están hechos, porque son los que nos conducen a las urnas; los que nos empujan a elegir estudios y profesiones que parten primero de un sueño; los que nos inducen a la rabia o a matar tras sentirnos fracasados, despreciados, marginales…

Una sociedad sana ha de vertebrar y enlazar todo cuanto sirve para el desarrollo de la persona al completo y arrancar la mala hierba que nos empuje a las relaciones desiguales. Y como decía Benedetti una sociedad sana tiene que defender la alegría.

Me gustaría acabar cerrando en círculo repitiendo de nuevo la hermosa frase del escritor afgano Khaled Hosseini pronunciada por uno de sus personajes, Babi en “Mil soles espléndidos”:

"Porque una sociedad no tiene la menor posibilidad de éxito si sus mujeres no reciben educación, Laila, ninguna posibilidad”.

Pili Zori


"La niebla y la doncella", de LORENZO SILVA

Aviso: voy a desvelar detalles importantes de la trama y su desenlace, quienes siguen este blog ya saben que el encuentro se produce tras haber leído la novela, si aún no lo has hecho puedes volver aquí después de haber salido por la contraportada cuando se haya evaporado la niebla de los hermosos parajes de la Gomera y del complejo y sutil universo de Lorenzo Silva, el gran renovador de la “serie” negra.
Pero antes y aunque no haga falta la aclaración recordaré que la literatura de crimen y bajos fondos comenzó a publicarse en la revista norteamericana Black Mask y en la colección Série noire de la editorial francesa Gallimard y de ahí le viene el nombre.
Enseguida os explico por qué considero un renovador a Silva que sin embargo no se aparta ni un ápice del espíritu clásico de la serie negra. En la buena novela de este “género” resolver el caso no es lo más importante, aunque al final siempre se resuelva. Tampoco prima encontrar al malo porque en este tipo de literatura abundan las luces y las sombras en ambos bandos y las fronteras entre lo lícito y lo ilícito, lo legítimo y lo ilegítimo, lo moral o lo inmoral se diluyen. Pero lo que sí constituye una constante es la búsqueda de la verdad.
Antes de continuar con los logros del autor me gustaría hacer un inciso. En otras entradas de este mismo blog ya he explicado que no me agrada la clasificación por “géneros”, por eso he entrecomillado la palabra. Para mí sólo existe la buena literatura aunque comprendo que de algún modo el editor, el bibliotecario o el librero tienen que colocarla y apellidarla en sus estanterías para que el lector encuentre con facilidad lo que necesita en las secciones que anuncian: “Novela histórica”, “romántica”, “policíaca o negra”… en caso de que busque por tema y no por autor. Lo paradójico es que cuando una novela es arte en ella se encuentra, sin parcelar y todo junto, lo que acabo de especificar: amor, pasión, aventura, ciencia, crimen… al fin y al cabo hay muchas clases de crímenes -algunos hasta sin cuerpo del delito- y múltiples formas de matar y de morir sin llegar al asesinato físico. Así que o todas las novelas son históricas, puesto que se desarrollan en un tiempo concreto que mañana será historia, o ninguna lo es; o todas son de amor o ninguna lo es y así sucesivamente.
Decía que Lorenzo Silva es innovador entre otras razones porque escoge nuestro propio espejo para reflejar la realidad social española de hoy, y en nuestro país, quienes persiguen los delitos y hacen las investigaciones son los miembros de la guardia civil. Detectives hay, pero andan enredados en otros asuntos que pagan los particulares. El autor es hijo de su generación, -por suerte para él no recordará la dictadura, en 1975 cumplió nueve años- y la guardia civil, al igual que todo el país, ha ido evolucionando desde entonces pasando por la transición hasta llegar a la democracia. Creo que a Lorenzo Silva le importa mucho matizar sobre ese espacio generacional que a él le toca y dejar claro que han cambiado muchas cosas y que es hora de mirarnos a la cara sin prejuicios: que en otro tiempo y dentro del cuerpo de la Benemérita hubo torturadores, es un hecho y una verdad innegables, y miembros corruptos que abusaron de su poder, lo pusieron al servicio de la tiranía y se olvidaron de defender a la sociedad indivisible convirtiéndose en perseguidores de la mitad de sus compatriotas. Pero también habría guardias civiles que no podrían rechistar o que andaban buscando el modo de poder hacerlo teniendo en cuenta que arriesgaban más, para muestra el 23 F y sus facciones.
Me atrevo a asegurar que Lorenzo Silva con sus novelas hace una delicadísima labor de criba para poder marcar la línea que delimite las responsabilidades individuales dentro de ese Cuerpo y también las colectivas, pero al tiempo que nos presenta a través de sus personajes a la guardia civil de hoy por dentro, también ayuda a los lectores a saber mirar a sus miembros sin abstracciones, poniéndoles rostro, sentimientos, fuerzas, flaquezas… humanidad en definitiva. El autor escoge así el difícil papel de mediador que tanta falta nos hace y creo que siempre elige en su literatura y en su vida balanzas de ecuanimidad complicadas, “La flaqueza del Bolchevique” se podría haber escurrido por el tobogán de Nabokov y su “Lolita”, sin embargo consiguió una de las relaciones de joven con mayor más hermosas que se hayan escrito o visto en cine –él mismo adaptó el guión- por ello en esta ocasión al sargento Ruben Vila y a la cabo Virginia Chamorro les entrega la misión de retirar la niebla para que salga a la luz del sol la corrupción interna de compañeros a los que comprenden y aprecian pero no pueden dejar de condenar, y lo hace tras haber embarcado al lector en los mismos afectos, finalmente dicho lector aunque comprende y se muestra compasivo también aprende a no justificar ni defender lo indefendible.
Casi desde el principio deduje que Ruth Anglada era sospechosa, y no lo digo por presunción ni por desbaratar el elemento sorpresa ya que no es previsible y está perfectamente colocado en su sitio -me consta que a otros lectores les dejó con la boca abierta descubrirlo- sino por subrayar que esa sospecha fue para mí el máximo aliciente. Que el autor me fuera insinuando los indicios a través del comportamiento de la cabo Anglada me pareció magistral, los rastros y claves que deja están ocurriendo de forma latente mientras lees, como la lava que fluye bajo esas tierras en las que la novela se sitúa: a Ruth le gusta la velocidad de forma endiablada, un escritor nunca da puntada sin hilo, sobre todo si es de novela negra o policíaca, otra cosa es que el hilván sea largo y tarde un buen rato en aparecer la puntada, pero el hilo se extiende por debajo, alguien que va sin freno ya nos indica muchos rasgos de su interior, no sólo temerarios también trágicos y tristes, más adelante escucharemos de sus propios labios -cuando Vila le pregunta por sus objetivos- que no sabe a dónde quiere ir, que llegará hasta donde haya que llegar –perdonad que no cite textualmente.
Las primeras conversaciones que Vila mantiene durante la cena con el equipo de la Gomera, especialmente con Nava, son fundamentales, Vila lo describe con cuatro pinceladas certeras, nos dice que ronda los cuarenta, que posee un buen físico, un buen reloj de acero y unas gafas dignas del guaperas del anuncio de Martini; que vive con su segunda pareja, diez años menor que él, y un bebé. Con esos datos nos está indicando una serie de necesidades o deseos materiales frustrados, no resulta fácil con un sueldo pequeño mantener a dos familias. El tanteo al que es sometido el sargento de Madrid para ver por dónde respira también nos deja a la vista esa punta de iceberg. De paso y con sabia maestría el autor consigue de golpe las dos lecturas para que quien esté leyendo las quejas conozca a la vez las presiones y tentaciones a las que un guardia civil se puede ver sometido, los pocos estímulos que recibe por su trabajo y todos los marrones que se come por las arbitrariedades y frenos de los políticos. Pero en ese rifirrafe que la conversación proporciona, en esa especie de partido de tenis también el lector atisba o intuye dos posturas muy distintas. Lorenzo Silva acaba de presentarnos a dos antagónicos que sin embargo no parece que lo sean, lo que les diferencia es algo aparentemente tenue: una decisión, la de corromperse o no. Ser incorruptible no es un rasgo de carácter sino de principios.
En este punto de la narración tal vez el lector crea que aún no se ha enterado de por dónde pueden ir los tiros, o la navaja o cuchillo en este caso, pero al igual que el protagonista, lleva el radar encendido y acaba de archivar los datos aunque todavía no los haya procesado. Durante esa cena el alcohol ha corrido con premeditado exceso y a Rubén Vila no se le escapa que ni su colega Nava ni él están tan bebidos como alegan. Esa misma noche Anglada se insinúa al sargento Vila de manera demasiado directa e incomprensible para el lector que ya comienza a advertir algo raro en esa conducta impaciente que sólo puede deberse a una tosca estratagema de distracción que extienda una cortina de humo que permita a la cabo ganar tiempo estando en primera fila para recibir los datos: esa niebla metafórica y siempre presente que tanto embellece la trama, la prosa y las imágenes. Más tarde al lector le cuadrará todo, que Ruth se haya levantado dos horas antes que él y le conteste por el móvil desde la playa… su avidez por controlar los detalles descubiertos si ha estado ausente… y comprenderá por qué los interrogatorios a confidentes y presuntos implicados parecían secundarios salvo por algunas notas como la de chica rubia que Desirée vio acompañando a Iván en la moto por última vez.
Cuando ya sabes que fue Ruth quien asesinó a Iván y que lo hizo degollándole, -forma de matar que requiere fuerza física, frialdad y certeza-, la escena de cama con Rubén Vila y la conversación posterior cobran una fuerza inusitada.
Es posible que la mía sea una impresión subjetiva, pero es lo que dicha escena me transmitió: en esa relación sí ha habido entrega, y aunque ella ya sepa que está completamente perdida y cuál va a ser su fin, al menos le gustaría llevarse consigo esa brizna de verdad. Ella no es tonta y sabe interpretar el parecido de Chamorro con Verónica Lake, y descubrírselo con elegancia a Rubén diciendo sin decir. En mi opinión Rubén Vila no está a la altura porque nunca se le dice a una mujer que ha sido un buen revolcón, aunque lo haya sido, sobraba la aclaración y la advertencia, y por esa razón me gustaría que la doncella fuese Ruth a pesar de su paradójico lado oscuro porque creo que por dentro lo es e intuyo que puso a los pies de Nava el sacrificio del cordero como muestra de su lealtad, el autor nos deja ver que en Galicia lo pasó mal con un “superior”. También me sobran los cortes innecesarios que el sargento Vila les mete a cada paso tanto a Ruth como a Virginia para refrendar su autoridad, supongo que es un recurso del escritor para que a quien lee no se le olvide que es un trabajo militar y como tal requiere que se respete el sistema de jerarquías aunque haya confianza, pero precisamente porque está establecida la confianza entre ellos y también quien es el jefe me resulta forzada tanta necesidad de parar los pies. Pero no importa, tal vez Rubén sea de carácter inseguro aunque su método de trabajo resulte muy eficaz y Lorenzo Silva haya querido dibujarle con sus más y con sus menos que no siempre van a ser entrañables y tiernos y desee recalcar que para ser un buen profesional no hace falta ser un dechado de virtudes. Para crear la tensión sexual y ocultar que está secretamente enamorado de Virginia, tiene que encubrirlo con lo laboral y esos ingredientes de poderes y sumisiones, de protección y concesiones son muy humanos y también muy masculinos, por eso ha de explicarse a sí mismo que en realidad no ha faltado a esa fidelidad que se ha impuesto, que a Ruth se la ha tirado pero que a Chamorro la ama y por eso a una se la lleva a la cama y a la otra a ver las estrellas, y con el revestimiento científico se envuelve lo romántico y la ilusión de haberle concedido un capricho. Regalar forma parte del cortejo y andar entre dos mujeres resulta muy halagador, intentar provocar celos tienta pero es injusto para quien es utilizada sin saberlo. Aunque aquí haya quid pro quo por distinta razón.
El personaje de Ruth tiene toda la carga y la fascinación que emana de las mujeres fatales y ese poso de tristeza que aparece en sus ojos durante los elocuentes silencios que el autor maneja tan bien la redime.
Creo que construir personajes con evolución en el tiempo es otro logro enorme, tengo entendido que Lorenzo Silva cuando los retoma hace que hayan transcurrido los mismos años que ha tardado en volver a verlos, e imagina todo lo que les ha sucedido durante ese tiempo, y eso aparece entre las líneas. De hecho Virginia Chamorro comienza siendo guardia y termina en el último libro de la serie con los roles invertidos, ahora ella es la sargento a cuyas órdenes está un joven guardia.


Es evidente que hay personas si no superdotadas, -y es más que probable que Lorenzo Silva lo sea-, más dotadas que otras para el desarrollo del talento y del trabajo. Con la edad que tiene y más de treinta libros escritos a su espalda resulta sencillo echar la cuenta de que sale a más de uno y más de dos proyectos por año. Si a eso le añades que es un hombre generoso y altruista a la hora de encontrarse con sus lectores en cualquier lugar del mapa, sin importarle ponerse en carretera, (a Guadalajara ha venido varias veces, invitado por la Biblioteca Pública y por la Fundación Siglo Futuro), pues no te explicas qué hace para sacarle tanto rendimiento al tiempo y si a todo lo anterior hay que añadir que es un comunicador extraordinario, porque no hay por qué dar por hecho como condición sine qua non que alguien que escribe bien tenga necesariamente que hablar bien, son registros y lenguajes distintos y no siempre se valora la dualidad y él la tiene, además de una fluidez pasmosa, y para colmo atiende su blog asiduamente y está al tanto de todos los avances de internet. pues qué queréis que os diga: me rindo de rabiosa envidia y me flagelo por mi ostensible vagancia.
Dicho esto, como su libro está vivo y se sale de las páginas, era normal que los recientes acontecimientos de Valencia dieran lugar a acalorados debates de los que tampoco se libró el club, aunque no llegó la sangre al río, el sentimiento de grupo y el afecto puede más.
Pero he de hacerle una pequeña objeción, señor Silva, con todo mi pesar.
Encontrar el sitio que a cada uno nos corresponde y saber estar en él no es fácil y creo que en estos días ha habido mucha desorientación, desde la de llamar “enemigo” al manifestante hasta las intoxicaciones de los medios que parecían, desde sus atalayas, incendiarios de esos que a usted tan poco le gustan, y admirándole como le admiro y después de haber leído –creo que son palabras suyas- el magnífico interrogante de si “las fuerzas del orden están para defender a la sociedad o a la propiedad privada” lamento discrepar sin embargo con el comentario que hizo en una de las últimas entradas de su blog “Los trabajos y los días.”
En él dijo: “Tampoco es de recibo que los adolescentes españoles se hayan acostumbrado a utilizar ‘hijoputa’ o ‘asesino’ como forma de saludo a los antidisturbios” hasta ahí completamente de acuerdo con usted. Continúo con sus palabras “sobre todo porque aquí hay un estado de derecho ante el que responden esos policías que callan y que cuando se calientan de tanto oír mentar a sus madres golpean y a veces yerran”. Aquí ya no comparto con usted, señor Silva. Los psiquiatras escuchan barbaridades y no les clavan un bisturí en el cuello a sus pacientes desarmados, las enfermeras de los geriátricos se llevan tortazos y hasta patadas y aunque estemos en un estado de derecho no se las devuelven, los futbolistas no se lían a balonazos con los espectadores y perdone la comparación. Claro que tenemos que saber lo que decimos y a quien se lo decimos, puedo jurarle que jamás me he dirigido en una concentración en esos términos a nadie, ni reventé ni boicoteé asambleas sindicales –cuando trabajaba-, ni utilicé malas artes en huelgas… me limito a expresar mi verdad o lo que creo o he creído que lo era sin dejar de escuchar jamás al de enfrente, pero esa actitud no la tenía sólo yo, sino la gran mayoría, los energúmenos hacen más ruido pero no son más. Y si alguna vez me he mostrado intolerante en las palabras o en el tono le aseguro que lo he lamentado después amargamente. Tampoco todos los adolescentes que se han manifestado secundan esa clase de insultos, pero a nuestros jóvenes se les está robando el porvenir y eso es mucho más gordo, preferirían que dichos antidisturbios, -jóvenes como ellos- fueran enviados a investigar y perseguir a los ladrones que se han llevado el dinero de los trabajadores a paraísos fiscales y no lo devuelven, a los responsables de que nuestro precioso país se esté quedando como un solar sin recursos… para qué seguir, pocos agravios verbales son comparables a no tener para comer, o para pagar la letra del piso, la papilla o los pañales…
Cobrar cuatrocientos o seiscientos euros no tiene nombre y vea que evito mencionar licenciaturas porque todos los trabajos son dignos y requieren aprendizaje, pero que un país te prepare para luego no pagarte ni rentabilizar contigo lo que has aprendido… Por lo visto es mejor dar rienda suelta a empresarios voraces y aclaro que tampoco en esto generalizo, pero el empresario honrado, viendo lo que ve, termina sintiéndose imbécil. Se nos van a ir fuera todos los hijos que ya han renunciado a darnos nietos y nos vamos a quedar aquí cuatro haciéndonos viejos. Qué gran orgullo para un país que sus golosinas se las coman otros, tiene narices.
Claro que tenemos que saber que las fuerzas de seguridad de nuestro país deben ser cuerpos de élite, trabajos vocacionales compuestos por personas cabales que se hayan sometido a mil pruebas físicas y psicológicas que hayan dado como resultado mentes extraordinariamente amuebladas, personas a quienes debemos manifestarles nuestro apoyo por defendernos y nuestro afecto, pero cuando ves a alguno -como ve subrayo las acciones individuales- ensañándose a palo limpio contra personas desarmadas no puedes dejar de preguntarte ¿cómo es que ese “disturbador subversivo maligno y descerebrado” pertenece a las fuerzas del orden?, porque lo que no quiero pensar bajo ningún concepto es que la orden recibida sea la de “Id a machacar”.
Como sé que es usted un gran cinéfilo le recuerdo aquella escena del Acorazado Potemkin en la que los soldados están apuntando al pueblo y finalmente retiran las armas para volverse contra quienes les han mandado reprimir. A veces hay que plantearse la desobediencia si quien te manda no es digno.
Por desgracia hay demasiada gente que va al trabajo en taxi y que nunca se adentra en la boca del metro, demasiada gente que en su fuero interno cree que la frase “Porque me lo puedo permitir” le diferencia y destaca sin pararse a pensar que la calidad de la educación pública o privada no es una cuestión económica, demasiada gente que cree que sobresalir tiene que ver con el dinero.
Los muchachos han salido a la calle sabiendo que podían correr el riesgo de recibir algún golpe y aún así lo han hecho, si consiguen ser escuchados y que se produzca algún cambio por pequeño que este sea todos nos beneficiaremos de ello, sólo por eso tienen mi respeto.
Un abrazo Señor Silva, también usted y su obra gozan de todo mi respeto, espero no haberle molestado con mi desahogo que me consta que también comparte.
Hasta el próximo encuentro en el que habremos leído “Matar un ruiseñor” de la escritora Harper Lee.
Pili Zori

"CREMATORIO", serie de TV española

No creo necesario esperar a los dos últimos capítulos que el próximo lunes emitirá la Sexta para comentar esta magnífica serie que a diferencia de otras españolas me produce un gran orgullo. Con muchos menos medios que las americanas de la prestigiosa cadena HBO, pero con la misma vocación de estilo y con firmas absolutamente personales y de aquí, nuestra serie consigue lo que le hace hermanarse con las estadounidenses: la autenticidad. Si “Los Soprano” retrata a las mafias neoyorquinas actuales, y con esa excusa tira de la manta social, “Crematorio” habla de las nuestras y lo hace con herramientas autóctonas y sin necesidad de mimetizar. No puede haber un resumen mejor explicado ni un examen más exhaustivo de la corrupción que en los últimos años estamos padeciendo, porque a lo que nos contaban en los medios le faltaba la proyección humana que “Crematorio” añade: los móviles, los motivos, los sentimientos, los instintos, las filias y las fobias; en definitiva los cielos y los infiernos.

Hasta la composición de la carátula, de la portada anticipa el impecable tono de tragedia que abandera el bello rostro de José Sancho en un papel que le sume en el estrellato, (aunque él siempre fue y es lo que yo entiendo por estrella: actor que emite luz propia y duradera sin necesitar el haz añadido del foco). Todo el elenco de actores está perfecto en sus papeles contenidos y de introspección, a ninguno le sobra o le falta una frase, un gesto… El lenguaje es cinematográfico al cien por cien: la imagen va delante de la palabra y la palabra apoya con fuerza a esa imagen. En este caso el cimiento –y nunca mejor dicho puesto que de inmobiliarias y cementos va el asunto- es un guión de enorme calado para el que han trabajado Jorge Sánchez Cabezudo, el director al que no me cansaría de felicitar, Laura Sarmiento Pallarés y Alberto Sánchez Cabezudo. No he tenido la suerte de leer la novela del escritor Rafael Chirbes en la que dicho guión está basado, pero ya me la he apuntado como tarea pendiente.

La ambientación está cuidada al máximo, si en un despacho de abogados tras un registro policial cae un libro éste es sin duda un Aranzadi, (no hará falta que el espectador lo sepa si no ha estudiado derecho, pero sí olerá la veracidad). El avaricioso inventario de obras de arte acumulado en la casa del concejal y en la fundación de la hija, Silvia Bertomeu, -papel que borda la actriz Alicia Borrachero- se nota que está minuciosamente escogido y avalado por expertos. El vestuario, que sin necesidad de ostentar marcas indica el precio, es otro logro insonoro. El interiorismo evidencia que la decoración ha sido encargada a firmas de prestigio que dejan estampadas sus reconocibles rúbricas en el mobiliario y los complementos, nada es de atrezzo. Los estilistas se han superado con los, casi inadvertidos, cambios que indican el paso del tiempo en los flashback más cercanos, - porque no es lo mismo recrear que han transcurrido cinco años o diez que veinte-, pero el inconsciente del espectador sí registra menos o más canas en cabello y barba, más o menos tersura en el rostro… son diferencias que el espectador apreciaría sorprendido en sus propias fotos de hace un lustro o una década, pero que si no mira el álbum en mucho tiempo en el día a día no las advierte. Esas pequeñas diferencias en las que apenas nos fijamos las marcan ligeros cambios de moda en el vestuario, en el maquillaje o en los peinados cuya sutileza sí captan los atentos documentalistas y con ellas datan… En fin, que a excepción de las peleas (que esas siempre me parecen peor coreografiadas y menos creíbles que las americanas, inexperiencia que por otro lado no me resulta del todo mala puesto que indica que en nuestro cine se trabaja poco ese tipo de violencia), la película en su conjunto roza la perfección y no me equivoco al referirme a ella como cine, porque como ya expliqué en entradas de este mismo blog con respecto a otras series, las buenas son cine más largo que por fortuna ha roto la barrera de las dos horas trasladándose a la gran pantalla casera y dando lugar a que grandes obras de la literatura contemporánea puedan ser adaptadas y filmadas sin tener que dejarlas en un mero esquema de tanto eliminarle capítulos y pasajes para que quepan en la ceñida faja de las consabidas dos horas, todavía me apena la síntesis que hicieron con “El nombre de la rosa”, aunque Sean Connery supliera lo que faltaba con su presencia.

Me gustaría destacar el trabajo de cada actor uno por uno, pero nos llevaría mucho espacio y todos realizan un trabajo magnífico, tanto que no podría llamarlos secundarios a no ser por la duración de las escenas, por eso me limitaré a escoger algunas, como por ejemplo la de Teresa, madre de Rubén interpretada por Monserrat Carulla, en la que vemos a Gloria su cuidadora, interpretada por Pepa López cuando la está ayudando a subir por la escalera y la anciana no para de hacer alarde de soberbia hasta que Gloria la deja sentada en un escalón durante unos segundos, después vuelve. Esos segundos de impotencia son los más aprovechados por una actriz que yo he visto en cine, en esos pocos instantes trascurre el genio y la figura de toda una vida, el poderío tirano de una matriarca orgullosa, la dureza de temperamento y finalmente la asunción de la humildad, y todo ese recorrido se produce en silencio y en el pequeño rostro de esa actriz enorme, y por alguna magia oculta de compenetración el espectador ve exactamente los mismos rasgos de carácter en el hijo, Rubén Bertomeu y en la nieta Silvia Bertomeu. La biznieta, Miriam, interpretada por Aura Garrido -ya en “La pecera de Eva” podíamos contemplar su extraordinaria madera- es el resultado de los tres y de un padre débil. Miriam representa la fragilidad y el sufrimiento del vástago malcriado con dinero y en soledad mientras asiste a la suma de aislamientos que conviven bajo el mismo techo familiar. Hay otra escena magnífica en la que Bertomeu está junto a Traian el mafioso ruso interpretado por Vlad Ivanov, -todo un descubrimiento-, y dentro de su dureza el espectador ve cómo busca el aprecio de Rubén sin encontrarlo, cómo se quiere medir con un igual sin conseguirlo y cómo siente un profundo y humillante dolor por ser tratado como un esbirro y no como un capo, situación que no va a cambiar, también es una escena corta muy potente y dificilísima en la que el actor logra transparentar el interior de su personaje al mismo tiempo que lo oculta. De verdad que me da rabia no destacarlos uno por uno, pero cuando la veáis, si aún no habéis podido hacerlo, comprenderéis lo que digo, el abogado, los sicarios, los políticos, el amante… todos están estupendos y ensamblados en equipo. Y naturalmente me gustaría destacar la del principio en la que vemos a Bertomeu frente al mar con esa luz alicantina que tanto conozco y tanto amo en la que le escuchamos decir: “Los ricos nunca pueden ser demasiados. Si muchos tienen mucho dinero el dinero pierde valor y ya no es útil, es así de sencillo”. Hay muchas más como la que protagoniza Sonia Almarcha en el hospital cuando habla con Silvia –Almarcha otra actriz imponente, ya nos demostró su talento en “La soledad”, y cada vez que aparece en una serie se hace la luz-. Otra escena a destacar es la de Silvia cuando vuelve a ver la fotografía de Nueva York y recuerda cómo en su primera exposición, cuando era joven y rebelde, su padre le subrayó irónicamente que la ciudad de los rascacielos se hizo con el cemento y el hormigón que ella tanto denostaba, y con esos dos o tres gestos Silvia nos muestra que admite, pasados los años, cuánto tiene ella de su padre y por tanto cuánto cemento y hormigón corren también por su sangre. Alicia Borrachero transmite con contundencia su historia de fascinación, de cuelgue, de amor-odio por su progenitor posesivo, hasta el punto de que transforma el rostro por completo confiriendo a sus dulces rasgos la textura pétrea del mármol para convertirse por completo en la Silvia Bertomeu que jamás sonríe. Juana Acosta la novia de Rubén B. lo borda, es el personaje que más te conmueve a pesar de que no le disculpes ni una sola de sus faltas, pero su desvalimiento, los desprecios que recibe intentando ocupar su sitio, su lealtad casi abyecta se redimen en la escena con la “criada” en la que dice “el reloj se queda y tú te vas”, esa parte nos produce un sentimiento encontrado porque despedir a la “criada” por muy estirada que ésta sea no deja de ser otro alarde injusto de abuso de poderío ya que con la hija de su novio no puede cuando en realidad es a quien querría expulsar de su vida u obligarla a que la acepte, pero no podemos evitar identificarnos con ella porque todo el mundo ha sido despreciado alguna vez. En fin, como veis la serie tiene un montón de subrayados. Admiro profundamente a los actores y a su capacidad de entrega para vaciarse como un recipiente y prestar mente, alma y cuerpo para ser poseídos por otros.

En cuanto al contenido de la serie no voy a abundar en lo que expertos ya han analizado mejor que yo, el tema de la corrupción inmobiliaria goza de estudios periodísticos profundos, me conformaré con aportar una visión que probablemente pueda ser juzgada como ingenua, pero a veces la ingenuidad es prima hermana del sentido común: viendo a todos los personajes tan infelices y tan metidos en su vicioso círculo concluyes que la avaricia es una adicción tan poderosa como la que producen otras sustancias y puede que como tal haya que tratarla. Cuando la ambición legítima pasa a ser codicia es que ya has saltado la raya, has dejado de dosificar, no sabes frenar, necesitas más cada vez y sin embargo obtienes un placer menor, te sientes atrapado, te mueves en el filo cortante de la adrenalina desbordada, ya no sabes saborear el peligro, pasas directamente a estar viviendo en el peligro, y te mueves en la rueda de un hámster entre borracheras y resacas sin alcoholes ni químicas; no encuentras la salida… Es un comportamiento de libro. Con ello no quiero convertir la maldad en enfermedad -la maldad existe- tampoco es mi intención decir que las consecuencias de dicho mal no haya que pagarlas ante la sociedad y ante uno mismo, de ellas no te exime la ignorancia de haber participado en el delito, pero no estaría demás prevenir y también tratar, aunque fuera dentro de la cárcel esos comportamientos como una rama más de las adicciones. Creo que la frase de Rubén Bertomeu que se eligió para promocionar la serie me da la razón en lo anteriormente dicho y se explica por sí sola: “Cuando eres poderoso dejas de ser todo lo demás”, si cambiamos poderoso por toxicómano sirve igual.

Si por Toni Soprano el espectador siente empatía en algunos momentos, por Rubén y por muchos de los que le rodean también, y está bien que nos identifiquemos aunque el sentimiento ambivalente nos sorprenda, porque te hace ver que estás hecho de la misma pasta y que podrías delinquir igual que ellos, que el mundo no es maniqueo ni está dividido en buenos y malos, lo que nos diferencia a unos de otros son las decisiones que tomamos y que Bertomeu sea un espejo en el que no nos guste mirarnos nos conviene para que sepamos ver hasta donde podríamos llegar si eligiéramos su camino. Y es que ¡ya basta de admirar a esta gente equivocada, a esta clase de especímenes prepotentes valorando sólo lo que tienen sin preguntarnos cómo lo consiguen!, ¡ya es hora de que ese arquetipo empiece a ruborizarnos!, hay que experimentar vergüenza ajena no por los desfavorecidos sino por estos desalmados vestidos de Armani y hay que volver a darle su verdadero significado a la palabra prestigio que nada tiene que ver con la acumulación de riquezas. Por ello repito que una vez que estableces la empatía de la que hablaba con los protagonistas de la serie y participas de sus códigos de honor erróneos puedes comprender, y comprender siempre te lleva a buscar soluciones a los problemas, así que la aproximación a ese abismo no es mala y el director te empina y te asoma hasta que sientes el vértigo.

¿Acaso son mejores que Rubén Bertomeu los chupópteros que le rodean empezando por su propia familia?, ¿los que no preguntan de dónde sale su “bienestar”?, ¿los que aceptan que haya una cuenta en Gibraltar sin pedir explicaciones? A veces pienso que todos pecamos de omisión y me siento muy cobarde en mi burbuja, y la desconfianza en la política, en las instituciones, en la justicia, en los medios de información y sobre todo en mí misma, me inmoviliza y me siento manchada por permitirlo y sin derecho a cambiar las cosas y eso que no he hecho nunca nada de lo que en la serie aparece, pero sí conozco a gente así y no se lo afeo ni se lo reprocho.

En cuanto a José Sancho, me voy a meter donde nadie me llama, pero si estuviera en mi mano hablar con él le sugeriría un cambio de actitud, porque la que tiene algunas veces en mi opinión le perjudica, él es un gran actor, y en su mundo debería reordenar las prioridades, el público va en primer lugar y ése siempre ha sido el respetable, y ante él brilla, lo demás es trastienda, que unos le contraten y otros no, son temas crematísticos que al espectador no le importan y sin embargo le hacen sentirse excluido de la conversación. Creo que Pepe Sancho debería sentirse más seguro de sí mismo y no buscar la aprobación de quien no quiere o no puede dársela, lo único que consigue al mostrar en la entrega de un premio sus resquemores, es parecer desagradecido, muchos actores querrían llorar por sus ojos, llegar donde él ha llegado y no se quejan, no es bueno para el oficio echarse encima fama de gruñón. Creo que José Sancho tiene un equipaje tan importante y tan mantenido que se ha ganado con creces el título de gran maestro haciendo los papeles más difíciles, y debería mostrarse más asertivo. Es un actor con un abanico de matices infinito, con una mirada que se come la pantalla y con una voz que puede llegar hasta las zonas más recónditas del alma del espectador. Soy consciente de que durante un tiempo su vida privada fue pasto de los devastadores, pero supo renacer como el Fénix y ahora goza de una felicidad que traspasa las rendijas de su respetada privacidad. También durante otro tiempo estuvo de contertulio en sendos programas de la tarde manifestando a troche y moche creencias y opiniones personales, naturalmente tiene derecho a hacerlo, pero en su caso tal vez con la urna bastase, yo le aprecio por su trabajo aunque con la forma de pensar que manifestaba entonces discrepase, pero no confundo a la obra con su autor, o al actor con su personaje, sin embargo me consta que otros espectadores sí. He recalcado que tiene un montón de registros y ya es hora de que le den papeles más entrañables que también se los merece en los que pueda amar, reírse a brazo partido y enternecerse. Ha dado muchísimo a las tablas españolas, al cine, a la televisión y al doblaje, es un hombre culto y se ha entregado por completo en cada trabajo. Creo que los actores si escuchasen más al público y menos a los colegas serían más felices. Un abrazo señor Sancho y muchas gracias por tantos años de buen hacer.

Pili Zori

CARTA DE AMOR A LA BIBLIOTECA

El miércoles pasado antes de entrar al club, me crucé con Blanca Calvo, la directora de nuestra Biblioteca, -la Biblioteca pública de Guadalajara-, caminaba como siempre con sus veloces zapatos bajos, y su ropa vaporosa campaneando sedosamente en todas las direcciones. En los brazos portaba, también como siempre, un desequilibrado montón de papeles y libros que casi ocultaban la menuda y delgada arquitectura de su cuerpo. Al mismo tiempo, junto a otros miembros del jurado iba escogiendo, de la exposición que rodeaba la galería de la última planta, la primera selección de los magníficos carteles que este año, otro más después de muchos, concursaban para anunciar el Maratón de Cuentos, la más grande cita internacional de narradores orales, me dijo que pasaría al club, obviamente después no pudo pues el tiempo no es de chicle; como yo si sé que no es elástico le pregunté por las propuestas que seguramente nos iba a hacer, ya concretaríamos más adelante los pormenores, entre varias de las proposiciones compartió la más importante, suelo tener buen oído para la inflexión de su voz cuando hace subrayados, y con esa me quedé: Deseaba que le escribiéramos a la Biblioteca una carta individual de amor, cuantas más personas mejor y en los clubes hay muchas, viveros como a ella le gusta decir, dichas cartas compondrían el homenaje de este año en la fiesta del libro. Me pareció una idea preciosa, no desde el principio, claro, es una característica evidente que siempre en los principios me acobardo, el proyecto me atrapó y fue más tarde, en el reposo, cuando intuí en profundidad su dimensión.

El jueves me dispuse a escribirla, soy así: aquí te pillo y aquí te mato, me producen ansiedad las tareas pendientes, y se la envié por e-mail, me contestó de inmediato a vuelta de correo diciendo que le había conmovido. Y quedé muy contenta como siempre que capto la idea y puedo contribuir. Por esa razón me atrevo a invitaros desde aquí, sería hermoso que llegara una avalancha de maravillosas cartas no sólo a nuestra biblioteca sino a todas las del mundo, e internet, otro de mis grandes amores, es como una cadena humana infinita, el mejor vehículo para trasladar antorchas, para ayudar en las carreras de relevos.

¿Que cómo podéis redactarla?, ¿que no sabéis qué decir?..., es muy sencillo, basta con sentir, con imaginar a vuestra biblioteca como a un ser humano, así veían los edificios personas tan grandes como Gaudí o Lluis Domenech i Montaner, igual que a seres orgánicos repletos de vida, y después pensad o buscad en el recuerdo que albergáis en el cajón de lo íntimo lo que le queréis agradecer, lo que os dio y os sigue dando, y decídselo.

Aquí os dejo la mía, que probablemente no es nada del otro jueves, pero sí muy sentida, personal e intransferible.







CARTA DE AMOR A LA BIBLIOTECA.



La primera vez que te vi estabas en el instituto que hoy llaman liceo, te cuidaba un señor con guardapolvo y aunque el cuartito era pequeño ya me pareciste muy alta, derramabas desde arriba la misma luz acariciante que aún viertes. El señor del guardapolvo era muy serio y para hacerme la mayor le pedí un libro de Freud, -echaban en la tele por entonces un ciclo de Hitchcock, y Gregory Peck en “Recuerda” me tenía enamorada-, sé que te hizo gracia mi prematura afición psicoanalítica porque esa luz tuya tan cenital se extendió hacia los lados curvándose en izado paréntesis, pero a tu guardián no. “¿Te dejan tus padres leer esto?” era un tiempo de reproches dirigidos a los progenitores sospechosos de practicar el vicio, y él, dejaba claro que no era un amoroso librero sino un bedel gruñón que hacía eso: guardar el polvo.

Cuando te fuiste a vivir al palacio tardé un poco en ir a visitarte, me dabas impresión, pero al fin me atreví, había jugado en tus ruinas y por la ley del equilibrio merecía verte engalanada, qué alegría que no todo fuera nuevo: los objetos sin estrenar me dan temor al castigo porque suelo estropearlos, pero lo tuviste en cuenta y me gustaron todos los sillones que colocabas a mi paso, su vetusta comodidad mullida -nada que ver con la ergonomía espartana de ahora que deja el sacro como una brazada de astillas- a mí me encantaban las bruñidas e indelebles manchas de tus sillones verdes, me complacía que fueran bajitos frente a las enormes ventanas en las que me acurrucaba en hornacina para quedarme como estatua con libro recibiendo el triangular sol del invierno que el esbelto cristal calentaba.

Y entonces llegó ella, tu nueva cuidadora, la nueva y moderna guardiana. Y abrió tus recovecos, tus pasadizos secretos, tu laberinto de magias, y te llenó de visitas, de textos cosmopolitas y te hizo feliz.

Venía de lejos, desde los bordes del mapa y de allí traía ocurrencias, novedosos vientos y osadías, y buscó gente, “gente guapa” para atender tus cuidados, y como buena interiorista de centros neurálgicos trasladó el corazón de la ciudad a ti, y fue entonces cuando decidí pertenecerte.

Pero no te comprendí del todo hasta el siguiente traslado al que acudí enfurruñada: nadie me había preguntado si quería cambiar de casa. Ahora ya no podía detenerme a hablar con los muchachos del préstamo como lo hacía antes, en un tiempo de tabaco en el que los cigarrillos eran relojes de humo que marcaban las horas de entrada, todo y todos estaban en otros lugares o sitios en donde ya no sabía buscarlos. Era la casa de ellos pero ya no era mi casa. ¿Y mis compañeras de tertulia?, ¿cómo iba a acomodarlas?

Y fue aquel preciso momento de tristeza y exclusión el que elegiste para manifestarte ante mí en toda tu plenitud. Justo ahí, en tu nuevo y central patio de madera lustrada, -ese lugar descarado de interior, con piano y sin paredes protectoras ni ventanas para tímidos- ese fue el sitio en el que volví a ver la conocida sonrisa. Elevé los ojos y los raudales de cálida luz cenital se derramaron por mi cuerpo desde la cabeza a los pies. Sólo entonces y a través de esa luz caliente y triangular que descendía de las claraboyas pude ver tu vestido, parecía un espectacular diseño de Klimt: el vuelo de la falda daba la vuelta a mi alrededor con su colorido tableado de trozos de patchwork sin aguja, sólo entonces supe contemplar el perfecto plisado de paleta de pintor que todos los días y a todas las horas el eficaz equipo de la guardiana se ocupaba de encajar, desde la cintura hasta el zapato: cada tablita un color, y buenas regañinas a quien lo deteriorase, puedo dar fe con mi rubor, ni un graffiti en las páginas, cualquier roto o descosido de inmediato a restauración. Al fin el recorrido de mis torpes ojos entendió el enclave: allí estaba tu salón de baile, y todo el vestido se desplegó para invitarme a danzar. Sí. Eras la misma que me dio el título de narradora por vez primera en el palacio; la misma que volvería a refrendarlo en ese nuevo salón lleno de sillas acogiendo a todos los míos en su redondo abrazo; la misma que deja cada miércoles a nuestro pequeño enjambre libar el néctar de sus axilas para después hacer miel; la misma que tras la puerta borra el apellido de Extraño a quien entra por ella; la misma que apacienta paciente pero ufana a tantos como aguantan hasta el último segundo sin dejarla irse a dormir,



Mi biblioteca, mi sultana, mi reina, mi amor.



Gracias por el vuelo, gracias por los sueños, por la identidad, por la ilusión, por buscarme a los amigos, por acariciar mi corazón.

Tú me has dado el mundo grande, el de las letras, el del conocimiento, yo hoy dejo a tus pies el mío tan pequeño por si a tu falda de primoroso plisado al estilo de Klimt le viniera bien esta pequeña pieza de rudimentario sentimiento y artesana pasión.


Pili Zori

"Gabriela, clavo y canela", de JORGE AMADO

No habíamos leído en el club literatura brasileña, la experiencia ha sido interesante a pesar de que la novela no ha entusiasmado, enseguida explico por qué, llevamos tanto tiempo de andadura entre libros que a mis compañeras no les cuesta ningún trabajo establecer las separaciones: por un lado la parte artística y por otro el debate que la lectura suscita, dichos coloquios siempre son sugestivos con independencia de que el libro guste más o guste menos. En el caso de “Gabriela clavo y canela” el exceso de personajes a muchas las confundía y eso que sobreentendían que la verdadera protagonista es la ciudad de Ilhéus en su proceso de desarrollo económico y social y que dentro del multitudinario elenco en realidad los personajes principales que componen el entramado son pocos: “las autoridades”, o personas “relevantes”, es decir lo que se ha definido siempre como “fuerzas vivas” (los coroneles, el ingeniero, el médico, el maestro, el juez, el librero…) y también daban por hecho que los demás personajes que van apareciendo en las páginas sólo sirven de apoyo para crear la atmósfera y la ambientación; que el punto de encuentro en el que todo confluye es el bar restaurante de Nacib, el brasileño de origen sirio, lugar neutral que a todos da cabida situado justo en el centro de la urbe y que el amor entre Gabriela y el sirio es el eje sobre el que la novela gira. Pero aún así a mis amigas les faltaba la imagen de algunos, y es una crítica digna de tener en cuenta porque el autor ve a los personajes en su imaginación pero ha de dar las pinceladas suficientes para que el lector los reconozca cada vez que aparezcan, con el nombre no basta aunque sean secundarios o simples figurantes, todas recordamos como Irene Nemirovsky llevaba un éxodo de gran cantidad de personas en “Suite francesa” sin crear ninguna confusión en el lector.

La novela de Jorge Amado les pareció además reiterativa en muchas páginas. Y a pesar de que supimos asomarnos a ella como quien va de visita a una ciudad y tiene el privilegio de que un ilustre guía autóctono le vaya mostrando paisajes, casas, habitantes y narrando los acontecimientos más llamativos e importantes de su historia reciente no enganchó sin que ello signifique que no le diéramos un valor enorme al hecho de poder ver con detalle cómo se va civilizando una ciudad que se configuró a tiros y a golpe de imposición por la fuerza; cómo se van puliendo y matizando las formas de pensar, las leyes…; cómo se gesta la corrupción, cómo la prosperidad requiere paz y cómo ésta se instaura aunque al principio se base en intereses más que en solidaridad. Una de nosotras le concedió al autor un mérito enorme por levantar una ciudad y meter en ella a tantos personajes, darles vida y saber llevar el orden de aparición de cada uno de ellos en el momento apropiado.

El autor dibuja con mano maestra a los personajes femeninos para que veamos las pocas opciones de libertad y desarrollo personal y laboral que tenían en el tiempo que nos refleja, -o eran esposas o eran mancebas, y en un escalafón descendente prostitutas, no había otra salida-, Jorge Amado nos sirve un contraste entre las leyes naturales y las sociales a través de Gabriela a quien representa como espíritu libre e incontaminado por intereses materiales, ella es la reivindicación de la alegría y la naturalidad instintivas, es un regalo precioso, atrevido y valiente que el autor nos hace para demostrar que se puede vivir fuera de las presiones e imposiciones sociales, la solución que el escritor busca puede compartirla o no el lector, pero lo que no puede negar es que fue un adelantado que nos dijo que la convivencia en pareja se puede vivir de muchas formas sin necesidad de hipocresía y que los compromisos que ambos adquieran sólo a ellos les competen. Gabriela no es flor para un jarrón, ni ave para jaula, Amado supo hurgar en el corazón femenino para poder explicar cómo se mutila la alegría de una mujer, cómo se le apaga el fuego: con críticas y control, con moldes en los que no cabe. El ave de paso si se queda es porque quiere.

Confieso que durante muchas páginas me impacienté muy mosqueada preguntándome si la novela iba a transcurrir todo el tiempo por la exaltación de la belleza femenina juvenil, por lo de ganarse al hombre por el estómago, -Gabriela es una cocinera extraordinaria-, por lo del reposo del guerrero, -Gabriela es fogosa, complaciente y entregada-, por lo de darle valor, a la mujer que permanece al lado de un hombre, sólo cuando su “posesión” le interesa a otros, es decir por el aguijón de los celos… En fin, que si el masculino discurso iba a ser el habitual de las bromas, macheríos y fanfarronadas de bar de algunos tíos pues yo me apeaba del barco, me reproché la falta de sentido del humor e incluso alguna animadversión envidiosa por mi juventud perdida y así anduve por los renglones despotricando hasta que llegué a Malvina y el pasaje de la brutal y humillante paliza que le propina su padre y vi cómo a pesar de todo ella no se doblega y decide que no necesita a un hombre para desarrollar la vida que desea, entonces entendí al fin el retrato que el autor estaba haciendo con las luces y las sombras y le agradecí esa mirada irónica pero tierna propia de quien ve los defectos de sus seres queridos con equidad pero no por ello deja de amarlos, vi cómo plasmaba con sus pinceles un tiempo y comprendí hacia donde estaba inclinando la balanza: siempre hacia los desfavorecidos y las mujeres lo eran en Ilhéus y desgraciadamente en muchos casos y lugares lo siguen siendo, no hay más que recorrer el mapa para comprobarlo. Amado no pone por casualidad a los transeúntes del Sertao llegando a Ilhéus, como tampoco dice por casualidad que se les llamaba esclavos, con ellos ensambla los dos mundos y Gabriela es el broche, también Clemente sueña con adquirir un terreno para tener algún día su plantación de cacao, pero todos sabemos que eso no es posible.

Una de mis compañeras refiriéndose a Malvina se preguntó con pesar por qué la rebeldía, la revolución siempre comenzaba en las clases altas, era una pregunta retórica, ella misma se respondió que porque dichas clases poseían la información.

No sólo se requieren los medios de producción también se necesita el acceso a la cultura y dicho acceso para bien o para mal pertenece a la burguesía, no obstante las mujeres de distintos estratos que salen en la novela son valerosas, Gabriela es analfabeta pero cuando ha de tomar posición asume el riesgo y tiene muy claras sus lealtades, ese detalle nos llevó a pensar con alegría que tal vez el sentido de la justicia sea innato, otra compañera subrayó que Gloria, la manceba, a su modo también se reivindica saliendo al balcón para mirar y dejarse ver frente a una sociedad que de noche la consiente y en público la repudia, y por último la madre de Malvina levantando la voz para gritarle a su marido “No mates a MI hija” también demarca el límite.

Jorge Amado fue el político más votado de Brasil, más tarde sufrió persecución y exilio por sus ideas, primero fue asilado en Argentina, después se refugió en París y finalmente fue acogido en Praga, sus libros fueron quemados, -a los represores siempre les da por la piromanía inquisitoria-, por eso es un gozo saber que hoy el aeropuerto del paraíso que es Ilhéus lleva su nombre y que podemos comer en los dos restaurantes que aparecen en la novela, sé que de algún modo Gabriela inspirará los platos que en el 2012 sirven en el Vesubio, y en él sentiremos la presencia de Nacib que tanto se parece a Jorge Amado.

Es muy hermoso el final en el que el sirio como al principio vuelve a comprar un broche para Gabriela, el pequeño adorno es una sirena, creo que ninguna imagen podría definirla mejor, pero yo quiero agregaros la mía: durante toda la lectura Gabriela me recordaba la preciosa canción de Joan Manuel Serrat “Como un gorrión”. Creo que le va como anillo al dedo, (no me refiero al de matrimonio que nunca se quiso poner sino a cualquiera de los otros que Nacib le regalaba sólo por el placer de obsequiarla para que sonriera feliz). Aquí os la dejo como regalo.


Es menuda como un soplo
y tiene el pelo marrón
y un aire entre tierno y triste
como un gorrión.

Le gusta andar por las ramas
ir de balcón en balcón
sin que nadie le eche mano
como un gorrión.

Nació libre como el viento,
no tiene amo ni patrón
y se mueve por instinto
como un gorrión.

Pajarillo pardo...
En la Carrera de San Bernardo,
quedó tu nido seco y vacío
quizá algún niño ya lo robó.

Pajarillo errante
que bebe el agua de los estanques
y de mi mano jamás comió.

Y no le vende al alpiste
su calor ni su canción
por ahí busca su lechuga
como un gorrión.

Y le da pena el canario
pero no envidia a un halcón.
Le gusta volar bajito
como un gorrión.

Y tutearse con las nubes
y dormir en el rincón
donde no llegan los gatos
como un gorrión.



Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que habremos leído “La niebla y la doncella” de Lorenzo Silva.

Pili Zori

Una de cine: "Más allá de la vida" (Clint Eastwood)

Me ha sorprendido leer en internet malas críticas sobre esta película, me han producido tristeza, naturalmente respeto las opiniones e impresiones de cada cual, como veis he dicho opiniones e impresiones –personales y subjetivas- porque no sé si quienes emitían dichos juicios son profesionales que manejan evaluaciones estilísticas, que conocen el lenguaje cinematográfico, el esquema argumental, la forma de situar los planos, de mover la cámara de utilizar el sonido, la dirección de actores, la actuación de los protagonistas…
Hace tiempo que me ronda por la cabeza hacer una matización que debería ser innecesaria, así que disculpad el perogrullo, en nuestro idioma utilizamos la palabra “crítica” para referirnos a un análisis, un estudio más o menos extenso, más o menos somero, más o menos académico de un “producto” artístico. Crítica viene de discernimiento, de criterio, pero me temo que el uso más extendido de esta palabra es el que le da significado de objeción, y creo que de forma inconsciente se confunde ser crítico con ser criticón, y por alguna razón siniestra el criticón cree que sus descalificaciones le confieren un barniz que le hace brillar y sobresalir elevándolo sobre una nube de vapores elitistas.


En nuestro país venimos de una educación en la que prevalece la crítica negativa por encima de la constructiva. La crítica negativa señala a la persona y no al error diciéndole que es mala, no que a veces hace cosas equivocadas, que es muy distinto. En una palabra: culpabiliza. La crítica constructiva sin embargo señala el fallo, “te has confundido de papel, o de tuerca o de tornillo…” es positiva hace que aprendas de dicho fallo para el futuro, la negativa mira hacia el pasado, “siempre estás igual, eres un desastre…” Aunque parezca una simpleza lo que acabo de exponer no lo es, porque se trata de una actitud trasladable a todos los ámbitos de nuestra vida, pareja, familia, amigos, trabajo… y el efecto dominó cambia el mundo dependiendo de cual de las dos conductas elijas: hacer trabajo de equipo a base de estimulación eficaz y asertiva o diseminar la humillación por todas partes en relaciones de poder.

Aunque no quisiera confundir, no estoy enviando el mensaje de que todo valga, soy consciente de que en el caso del cine al igual que en el de la literatura se filma y se edita mucho, pero tras la criba quedan muy pocas películas y novelas rotundas que merezcan la pena.
El trabajo de Clint Eastwood, especialmente el de los últimos años, a partir de “Los puentes de Madison” es para descubrirse una y otra vez, otro asunto es que el espectador tenga sus preferencias dentro de toda la obra de este cineasta enorme, pero sabiendo que parte de una calidad artística de gran profundidad.

Le tengo un gran respeto a la palabra escrita y me duele que a menudo muchos internautas la usen con ligereza, y no hablo de expresarse mejor o peor sino de hacerlo honestamente desde el corazón, desde la reflexión incluso cuando se escriba en clave cómica, no hay nada más serio que la comedia. Como espectadores tenemos el derecho soberano de sentir, opinar, analizar… como nos salga de las narices, ¡faltaría más!, pero también debemos escarbarnos para ver si nuestro análisis responde a unas expectativas que el cineasta no nos ha propuesto. A menudo tendemos a buscar lo conocido si nos ha sido grato, esperamos los mismos sabores que nos gustaron en las comidas y los comparamos en lugar de paladear los ingredientes nuevos, en una palabra nos desconcertamos ante lo desconocido. Pero cada evento requiere una vestimenta. “Más allá de la vida” es un encuentro íntimo, y lo apropiado es acercarse a él con ropa cómoda y sencilla, Eastwood nos invita a una velada de confidencia, de interior.
Más allá…” es una apuesta fuerte y puede que el espectador esperara un “Entre fantasmas” que aguardara las respuestas de un intelectual de gran predicamento y en su lugar haya recibido preguntas, las mismas que él se hace, que todos nos hacemos, pero insisto en que el desafío es fuerte porque Clint Eastwood explora un territorio lleno de prejuicios y engañifas y por ello se empeña en clarificarlo diferenciando la espiritualidad de la superchería, nos muestra y define el contraste entre los cantamañanas -que hacen lecturas espiritistas colectivas valiéndose de las artimañas del pícaro- y George (Matt Damon) que vive su “don” como una desgracia que le aísla y le produce sufrimiento, (no sé si el hecho de que haya escogido a uno de los protagonistas de la serie “Entre fantasmas” como hermano de George será un guiño crítico o un enlace, porque a su modo también dicha serie intenta normalizar ese espacio de viajeros en tránsito en el que tantas culturas y religiones creen).

Puede que el tsunami que aparece al principio en la película también creara expectativas de gran film efectista de género de catástrofe, pero el error sería nuestro, del espectador, porque para mí queda claro que a Eastwood no le importa mostrar la magnitud de la ola sino la de los segundos que te pueden cambiar la vida y nos recalca la fragilidad a través de una mujer de éxito, prestigio y estabilidad vital frente a un imponderable, Marie Lelay la incisiva periodista política francesa no volverá a ser la misma, el desprestigio, la extrañeza y la mirada de aversión y lástima de sus colegas deja a la vista lo que decía en renglones anteriores: no vale que seas tú, has de ser siempre lo que se espera de ti. A pesar de que ella avala su libro y su experiencia con gran documentación médica y científica el compartimento al que es enviada es al de los chiflados con la consiguiente bajada de todos los escalafones y el arranque de las vallas publicitarias cual si fueran galones, estrellas o medallas de pronto inmerecidas. Tampoco sé si Peter Morgan, el guionista, junto a Clint Eastwood, envían una recriminación, velada o abierta, a la “vieja Europa cínica y descreída”, también los americanos, incluidos los ilustres, tienen sus prejuicios además de sus lagunas y ‘ninguneos’; para ellos Europa la forman Francia, Italia y Alemania, los demás no existimos, y no es que se me haya olvidado el Reino Unido. No. Es que los británicos son considerados “de los suyos”. Bueno, pero esta dispersión es una maldad mía anticuada y también prejuiciosa, pido perdón por este arrebato patriota que no viene a cuento, siempre hay honrosas excepciones, Arthur Miller, Woody Allen, Paul Auster y el propio Obama sí saben dónde estamos y además vienen a vernos. Retomo: la cuestión es que la editorial de Marie Lelay que tanto se ha nutrido de su talento, para la publicación de este libro le recomienda otro mercado como el americano o el inglés, ahí quería llegar con este largo inciso, como si bucear -y en este caso nunca mejor dicho lo del buceo- en esa zona frágil y fronteriza entre la vida y la muerte supusiera entrar en un terreno casposo de mediums y adivinos que la deja fuera del Olimpo de los oráculos mediáticos a los que hablar de los chismes y amoríos de un presidente francés en cambio sí les parece información de altura.

Me gusta muchísimo cómo el director hace que las tres historias desemboquen en el mismo sitio buscando un vértice en cuya punta confluyen la paz y la esperanza además del amor, me encanta que sea en un entorno con libros, cómo se reconocen, cómo la soledad y el aislamiento desaparecen cuando se establece entre ellos el mismo lenguaje porque ambos han estado en el mismo lugar. Me parece precioso que sea el niño quien les enlace. Me maravilla cómo ha captado las atmósferas, francesa e inglesa, con sus modos de vida respectivos, dando apenas cuatro pinceladas certeras, como distribuye los silencios, como economiza palabras y gestos para dejar los justos, para lograr la precisión, el equilibrio, la armonía condensando así el halo de poesía que junto a la envolvente música compuesta por él rodean como un abrazo toda la narración. No siempre la apoteosis ha de ir unida a los zambombazos, a veces un silencio es más poderoso y sonoro que cualquier explosión, las dos miradas entre Marie y George, el pequeño roce de los dedos al entregar el libro para que ella lo firme y la certeza del sentimiento de amor mutuo se producen en silencio y sin embargo dicho silencio inunda con la fuerza de un tsunami tu interior.


He leído que el equilibrio era desigual entre las tres historias. No puedo estar más en desacuerdo, casi se pueden medir con un metro las tres partes, la interpretación es igual de potente en los tres personajes, unidas por el mismo ensimismamiento, la misma tristeza e igual incomprensión, a alguien que escribe y piensa en música jamás se le escapa la simetría, incluso aunque elija un diseño aparentemente asimétrico habrá piezas que marquen la unidad, que hagan juego que formen el conjunto. Pero lo que más me maravilla es su mirada fija y valiente, no podemos olvidarnos de la edad que Clint Eastwood tiene, ¡ójalá que todos sepamos mirar de frente con la entereza, la sabiduría y la bondad con la que él mira!

Estaría toda la noche señalando y desmenuzando cada uno de los logros que la película contiene, pero me conformaré y cerraré con el broche del enorme respeto que Clint Eastwood siente por los niños que están en el umbral de la adolescencia, y también por los jóvenes, ya daba buena cuenta de ello en “Gran Torino”, fronteras poco comprendidas y tratadas a menudo con estereotipos manipuladores y manidos, la relación entre los hermanos gemelos con su madre es tan hermosa y aleccionadora que te deja sin palabras: el coraje de hacer lo que hay que hacer, la entrega absoluta sin considerar la dificultad de las circunstancias, Clint Eastwood nos muestra lo que es esencial en la vida: amar y ser amado y nos recuerda que hay un solo comportamiento adecuado: la honradez.

Un abrazo
Pili Zori