"Tal vez la noche me redima", de JUANA PINÉS MAESO


Juana Pinés Maeso, gran poeta y novelista, hija y nieta de escritores, cuenta en su haber con más de 120 premios de poesía a los que podéis hacer un seguimiento en el generoso internet. Sus logros parpadean entre las exclamaciones de numerosas páginas encabezadas con su nombre y ha obtenido además sendos galardones en narrativa, el último lo consiguió en 2011 en Guadalajara (España) con su extraordinaria novela “Tal vez la noche me redima”. Le fue otorgado por la Diputación provincial.
La espera de su publicación me impacienta y por ello he decidido hoy entregaros un pequeño bocado de la escritura tan potente y honesta de esta autora, así calmamos un poco el hambre anímica hasta que podamos tener el libro en el cuenco de los dedos para saciarnos.
Ante su poesía me limitaré a prosternarme y a compartir con vosotros cualquiera de sus poemas cuya estela de luz ilumina el camino del lector. Frente al estilo abstruso y pedregoso, a la oscuridad deliberada detrás de la que se esconden muchos “bardos snobs” actuales, cuya poesía es un parapeto tras el que realizan sus exorcismos asomándose pero sin entregarse, ella, mujer de puertas abiertas tanto en lo público como en lo privado nos permite entrar hasta la herida aceptando que hurguemos y  horademos en ella a pesar del dolor. Ese es el riesgo de ser poeta, la exposición a la que te sometes al compartir de verdad tu verdad. Pero no quisiera confundir, no estoy hablando de clasicismos u ortodoxias, sólo trato de esclarecer que la vanguardia es otra cosa que no está reñida con ser esencial y por tanto universal ni con hacerse entender. Hablo de autenticidad en cualquiera de las vocaciones de estilo.
Como novelista Juana Pinés es un prodigio que se maneja bien en diferentes registros: el humorístico -que nada tiene que ver con la comicidad- desde el que te conduce a la carcajada y una vez allí, en la altura de ese clímax, te arranca las lágrimas. El del drama en el que mira de frente y con valentía llamando a los sentimientos por su nombre y poniendo palabras donde otros las esquivan. El policiaco o de suspense con el que alcanza ese toque hipnótico e inquietante que a veces remite a Narciso Ibáñez Serrador, con la risa aterradora incluida que el lector escucha por encima o por debajo de las páginas... y el infantil en el que controla a la perfección las franjas de las distintas edades y sabe dirigirse a los niños con absoluto respeto y total ausencia de ñoñería condescendiente.
Su ojo crítico es penetrante, ama la realidad tal y como es, y sin necesidad de adornarla sabe encontrar en ella la belleza que le otorga el simple hecho de existir. Lo milagroso es que ante la valentía de su mirada que sabe adentrarse en los altos y los bajos fondos aún le quede intacta la ternura con la que reviste de auténtica compasión al mundo.
Lamento la osadía de hablar de “Tal vez la noche me redima” desde la distancia de casi un año. Sólo pude leerla esa vez en la que en competición con otras se abrió paso hasta alcanzar el primer puesto, cuando aún no se sabía si era hombre o mujer quien la escribía. Sus páginas me acompañan desde entonces y sé que la retomaré con detalle en cuanto se publique y pueda subrayarla y recorrer sus renglones cuantas veces se me antoje, de momento pondré aquí el pequeño poso que me dejó esa historia familiar o de interiores por cuyas ventanas abiertas se asoma el lector desde fuera hacia dentro. La escritora le conduce hasta la introspección más profunda y abismal dándole la mano para que no sienta vértigo y una vez que le ha dejado tocar fondo, bajar hasta el núcleo del desamor, le enseña cómo el ave fénix ha de remontar el vuelo, para que desde las nubes consiga la perspectiva exacta que le haga comprender que todos los infiernos son relativos.
La historia que cuenta Juana Pinés Maeso es sencilla en apariencia, nos habla de amor, desamor y muerte, y de cómo la protagonista asume, afronta y finalmente aprende a volar sin necesidad de salir de sus cuatro paredes, habla del ajuste de cuentas que en su propio balance la vida nos da, y deja un regusto a venganza blanca y buena que el lector sin duda agradece.
En cuanto a su prosa -nutriéndose como se nutre de su poesía- sólo queda por decir que es majestuosa por la disciplina del ritmo, la precisión y la armonía. “Tal vez la noche me redima” es una novela construida con cimientos fuertes y rematada con buenos materiales, duraderos y consistentes. Muy bien estructurada y perfectamente medida y compensada en sus tres partes.  
Esta mujer de corazón elegante, que abre sus puertas de par en par hasta casi provocar el abuso, tiene otro don: el del cultivo de la amistad verdadera. Con su actitud hacia los demás establece un canon de confianza que se convierte en la muestra o el decálogo de cómo hay que comportarse para conservar a los otros cerca de ti. No en vano dirige el grupo literario Guadiana en el que ha formado a jóvenes poetas y recibe constantemente en su casa a todo el que quiere llamar aún en detrimento de su horario de trabajo, como veis quedan claras sus prioridades ya le robará horas al sueño para poder escribir o sacará algún hueco entre lavadora y puchero.
Viuda desde hace ocho años ha conseguido convertir su vulnerabilidad en fortaleza, sus tres hijos le hacen un obsequio el día del padre y otro en el de la madre, el elenco familiar lo completan dos preciosos perros y otros dos gatos que de vez en cuando le conceden el regalo de otras vidas a cuyo nacimiento asiste, porque según ella misma dice, “quienes conviven con gatos necesitan dar afecto y quienes lo hacen con perros necesitan recibirlo, yo tengo de los dos”.
Ninguna otra frase la definiría mejor.
Y como broche para finalizar, aquí os dejo un poema extraído de su libro “Manual de los miedos”.

En los dientes del hambre
tu saciedad pernocta,
y yo pordioseando entre tanto una hogaza
de ese calor voluble
que me das y me niegas.
Estoy atrincherada bajo oscuros dinteles
en esas noches lúgubres
de insondables vigilias,
esperando el retorno de un amor quebrantado,
mientras sangro tu ausencia
y presiento tu boca de otras hambres cautiva.
Cuando llegas, acaso
por hastío o por lástima,
a asaltar mis murallas desconchadas de herrumbre,
del corazón las puertas
encuentras sin pestillo,
y es cuando, vengativa de esas horas sin fondo,
quiero besarte el alma a través de los labios.
Pero huele tu aliento
A miel de otras colmenas,
Y tus voraces dedos dibujan en el aire
Un hueco de cinturas
Que no son mi cintura.


Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

Va por ti, Concha


Llevo muchos meses sin asomarme por aquí. Es como si sintiera una especie de pudor irracional e impreciso, como si de pronto me pareciera frívolo tener tiempo para hablar de cine, de series o libros. Con la que está cayendo, -me digo-, pero entonces se me mete en el oído la preciosa voz de Mercedes Sosa y escucho:
Si se calla el cantor calla la vida, porque la vida misma es todo un canto…
Y aún a riesgo de parecer pretenciosa por atribuirme capacidades de juglar que no poseo, descubro que lo que me ocurre es eso: que tengo atravesada una espina en la garganta que no me deja cantar ni siquiera escribiendo, y no quiero callarme, pero lo que me amedrenta es precisamente no saber qué decir, no encontrar lo que puedo hacer para arreglar este desaguisado en el que han convertido a mi país.
Aún así y con toda la torpeza intentaré describir los sentimientos que me tienen acribillado el estómago.
Hace unos días escuché a un experto en economía, que refiriéndose al aumento del paro y a los sangrantes recortes, dijo: “Lo que está sucediendo empieza a tener visos de crimen contra la humanidad.” La frase definió con precisión lo que yo sentía. Porque es un crimen que a la gente se le quite el sagrado derecho al trabajo, a poder ocuparse de su familia. Es un crimen que tiene consecuencias gravísimas, que se traducen en depresión y ruina. Y se me vinieron a la cabeza varias frases de Bertolt Brecht:
Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime”.
“Cuando la verdad sea demasiado débil para defenderse tendrá que pasar al ataque”.
“Cuando el delito se multiplica nadie quiere verlo”.
Soy persona de paz, así que no estoy llamando a las barricadas, como comprenderéis, sólo aviso de que las situaciones insostenibles se desatan, nada más. Los recortes no están solicitando a los ciudadanos que saquen las huchas y entreguen algo de sus ahorrillos para que entre todos salgamos del paso, no. Los recortes están destruyendo puestos de trabajo y el trabajo lo realizan personas dejándose la piel, eficientes y sobradamente preparadas, con hijos pequeños que comen y visten a diario y con techo que pagar. Personas que no están siendo absorbidas en otros lugares, despachos o tajos a los que se adaptarían de buen grado y en donde volverían a dejar el pabellón muy alto con su buen hacer. No. Se van a la calle y en la calle no hay trabajo.
En la Biblioteca Pública de Guadalajara había una mujer hermosa, lo expreso así porque quiero ponerle el rostro para comprobar si mirándola a la cara se sostiene la injusticia,  quiero coger de la barbilla a los responsables para que la contemplen y observen en concreto y no en abstracto, y lo haré sin ni siquiera nombrarlos para no herir las susceptibilidades de nadie, pero ser político no es más que eso: estar al tanto de cómo funciona el sector social y laboral que te ha sido encomendado, conocer el making of desde el primer peldaño hasta el último. Esa joven mujer trabajadora, esposa y madre, de pelo negro ondulado, de ojos muy penetrantes por el hábito de estar atentos, de agradable sonrisa y cuerpo esbelto y ligero por recorrerse al día 90 veces los tres pisos de la biblioteca, es quien recibía a los colegios, preparaba los eventos, se ocupaba de los encuentros con autores,  hacía malabares imposibles para proyectar una película que tenía que ver con lo que estábamos leyendo, disponía espacios para que los niños pudieran recibir clases… controlaba los horarios con la precisión de un reloj suizo, y sincronizaba todo lo que a la vez se estaba produciendo con batuta de directora de orquesta, y milagrosamente conseguía darle unidad al caos.
Esa mujer conocía uno por uno a todos los miembros de los clubes, que son dos centenares, trataba a cada coordinador voluntario como si fuéramos estrellas, y en su tiempo “libre”, que rara vez lo tenía, preparaba el suyo, también era coordinadora de un club de literatura que enriquecía con equipaje cultural brillante, característica común a todo el equipo de esta biblioteca que durante años estuvo en el ranking como la segunda mejor de España. Comprenderá usted, señor político, que la distinción no se debía sólo al número de libros que se sacan prestados, el ranking lo tenía por la diversidad de sus actividades.
Naturalmente Concha, así se llama, recogió el testigo de otras compañeras también eficaces que como ella fueron la cara amable de esta empresa pública, el rostro que te da la bienvenida junto a los compañeros de los mostradores, la jefa o responsable, como usted quiera, de actividades de la biblioteca. Además y fuera de horario controlaba el protocolo de todas las autoridades que venían invitadas, es posible que a usted, en alguna ocasión le haya preparado la silla en el lugar apropiado para que se sintiera cómodo. En fin… Concha es alguien por cuyos servicios se darían tortas en otros ámbitos, si no fuéramos un país desconsiderado que no defiende los cimientos, los pilares que lo sostienen, y deja en último lugar a sus ciudadanos.
Conozco a alguien que ha trabajado cuatro meses en una tienda sin cobrar, los estimados señores de la franquicia se dedican felices -desde su sede en otra comunidad remota y sin dar la cara- a contratar muchachas cada trimestre a las que pagan doscientos euros alegando después que no hay más y a la calle. En el escaparate reza un rutilante cartel, “liquidación hasta fin de existencias”, en el cristal no pone por cierre de negocio, ni por ERE ni por quiebra. No hace falta estudiar derecho en Harvard para saber que dicho delito se llama estafa y que debería ser juzgado por lo penal, pero a esa clase de bandidos nadie les persigue, nadie les echa cuentas, y añado, aunque no haga falta porque ya se sobreentiende, que son los nuevos tratantes de esclavos, agrego que en este país con tanto agujero legal se cuelan los capos de nuevo cuño y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid excavan por debajo y con su labor de zapa hacen trizas la carpintería de tantos años de construcción de un estado de deberes y derechos. Esa muchacha de la que hablo, además de estar sobradísimamente preparada como Concha, con estudios superiores y talentos que ahora no valen nada, se ha matado a cuidar la tienda con horarios leoninos, a limpiarla, a abrirla y a cerrarla, a descargar camiones, a colocar la entrega, a ver todo lo que se vende, todo lo que sale, todo lo que entra, a llenar la caja todos los días repleta… y a esperar esmerándose para que por ella no quede, pues a la calle y no rechistes que el mundo tiene dos bandos, los que llaman y los que salen a abrir, los que piden y los que dan trabajo… tras los puntos suspensivos espero que se trasluzca la larga hilera de personas de bien, cada una con su rostro con su mente con sus brazos y sus piernas bien dispuestos para laborar, con su historia de amor, de alegría, de sueños y esperanzas de futuro que no quieren ver truncados… Esa procesión que cada día acoge a nuevos miembros, que cada vez es más larga, se está desesperando y es el momento de declamar el poema que todos atribuíamos a Bertolt Brech, pero que en realidad era el texto de un sermón que el pastor luterano Friedich Gustav Emil Martin NieMöller  pronunció en 1946 dirigiéndose a sus feligreses:       
“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a buscar a los judíos, no protesté porque yo no era judío.
Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar.”
Lloré mucho el otro día cuando vi a los antidisturbios quitarse el casco y guardar respeto frente a los manifestantes, y no me importa que la razón haya sido porque ellos también son funcionarios y ya se les empieza a tocar. Tengo el defecto de la empatía que me impide ser drástica y leo en el interior de muchos policías -o intuyo, para ser más exacta- y puedo escuchar con nitidez sus preguntas y lamentos tales como: “¿A quién defendemos?, ¿a quién protegemos?, ¿para quién trabajamos?... Tal vez ellos, muchachos sobradamente preparados también, se estén preguntando ¿es esto lo que nos piden?, ¿que nos convirtamos en apedreadores de gentes que defienden sus puestos de trabajo, de personas que sin culpa se han quedado sin él?
¿Qué orgullo vamos a sentir por un país que se somete a la dictadura económica de invisibles poderosos que están rebajándole el precio a nuestro mapa para someterlo a subasta y repartirse los trozos? ¿Para esto teníamos que estar en la Unión? ¡Qué unión ni qué narices!, si no nos tratamos, si no nos conocemos, si esto como siempre es el dominio de los señores del norte sobre los pueblos del sur, si se mastica el desprecio.
Esto es mi país: Un coladero de mafias, en el que patriotas evasores se exhiben en la tele, lo mismo da una tonadillera que el yerno del Rey, un lavadero en el que se enseñorean las blanquísimas mansiones deshabitadas de los dueños de los paraísos fiscales que además también salen en pantalla, (se muestran las viviendas sin inquilinos, no los dueños, esos señores encubiertos ya se ocupan de que nadie las okupe, no vaya a ser que por dentro descubran el zulo) para que pasmados exclamemos al unísono al contemplarlas en el televisor ¡Vaya casas! Sí, así de estúpidos somos, sobre todo yo que se me hace la boca agua con la decoración y los interiores, el que quiera que se salga. Casas construidas con ladrillos de droga y de armamento, con el semen, las babas, el sudor y las lágrimas de bellas mujeres engañadas. Para ellos las alfombras, pegadas al suelo con la crema de untar.
Y mientras tanto la plebe tratada a latigazos, esquilmada en sus sencillos enseres para que esos señores invisibles del poder tácito que entienden tanto de números y de primas peligrosas sigan alimentando su hambre insaciable.
Sé que lo de antes no sirve, aquellos sueños por los que luchamos, las herramientas que utilizábamos para lograr un país más digno... Sé que el 15M está bien, y que recuperar el movimiento asambleario y vecinal siempre es muy bueno y luchar contra los desahucios, pero tengo miedo de que se quede en una ristra de slogans, de que se convierta en una romería periódica a ojos de los gobernantes que al parecer tienen el arte de pasárselo todo por el arco del triunfo, y un oído selectivo. Sé que hay un espacio entre las dos espaldas –la del gobierno y la de los ciudadanos-, que no sé cómo coser ni cómo llenar y me encuentro en ese pasillo. Y no hay cosa que más odie que no conocer a dónde voy o en qué dirección me quieren llevar.
Estoy harta de soberbios, a los que me gustaría decir que quiénes se han creído que son, que por qué se les olvida que juraron o prometieron como servidores. “¿Te gusta el aeropuerto del abuelo?”… ese es el señor Fabra. “Que se jodan”… y esa su consentidísima vástago. Mal asunto si van al trabajo en taxi, si viven en compartimentos estanco, en guetos que nunca se mezclan.
Estoy harta de borrachos que en su lujuria de poder se creen faraones. No sé si tendremos que volver al campo, no sé como reencontrar nuestra idiosincrasia, no sé cómo nos las podríamos apañar entre nosotros, ni siquiera sé manejarme en trueque, si aún no he aprendido a pensar en euros. Sólo sé que el miedo se ha instalado y que los trabajos son campos de minas en los que los empleados piensan que le va a tocar a otro ser despedido, olvidando que cuando tocan a otro siempre te están mutilando a ti porque todo salpica, somos seres sociales y el efecto dominó en la colmena es fulminante. Y tengo mucha tristeza y sólo se me ocurre cantar y cantar por dentro aunque no tenga dotes de juglar como decía antes y lo haga con las palabras de otro, porque a mí se me han descompuesto el tono y el ritmo y ya no me sale esta poesía tan fea y tan dura y la emborrono con llanto:

España camisa blanca de mi esperanza
reseca historia que nos abraza
por acercarse sólo a mirarla.
Paloma buscando cielos más estrellados
donde entendernos sin destrozarnos
donde sentarnos y conversar.

España camisa blanca de mi esperanza
la negra pena nos amenaza
la pena deja plomo en las alas.
Quisiera poner el hombro y pongo palabras
que casi siempre acaban en nada
cuando se enfrentan al ancho mar.

España camisa blanca de mi esperanza
a veces madre y siempre madastra;
navaja, barro, clavel, espada.
Nos haces siempre a tu imagen y semejanza
lo bueno y malo que hay en tu estampa
de peregrina a ningún lugar.

España camisa blanca de mi esperanza
de fuera a adentro, dulce o amarga
de olor a incienso, de cal y caña.
Quién puso el desasosiego en nuestras entrañas
nos hizo libres pero sin alas
nos dejo el hambre y se llevó el pan.

España camisa blanca de mi esperanza
aquí me tienes nadie me manda
quererte tanto me cuesta nada.
Nos haces siempre a tu imagen y semejanza
lo bueno y malo que hay en tu estampa
de peregrina a ningún lugar

(Blas de Otero)

Aquí me tienes, claro que sí, nadie me manda, quererte tanto me cuesta nada.
Al menos en la biblioteca hay gentes valientes, empezando por la dirección, que levantan su voz indignada cuando otros consideran que pueden quitarle un peón.
Pues no se olviden señores de que también los peones dan jaque mate y tienen mucha importancia.
Al menos ahí, en ese maravilloso entorno lleno de libros, en esa meca, en ese punto de encuentro va para Concha una enorme corriente de afectividad a la que me sumo. Y todo el amor y el apoyo para los otros, todos los “sin trabajo” a los que se han atrevido a insultar diciendo que se espabilen para encontrarlo. Se me ocurre que estaría bien llenar muros y paredes con las fotos de todos los parados, retratos que se puedan despegar cuando aparezca un contrato, es bueno plantarle cara a los problemas, y llevarla muy alta junto a todos los demás.
No soy una persona ofensiva, pero me están pisando el rabo y en mi propia casa, como tantas familias también tengo hijos en paro, pero no quería parecer interesada, porque dentro o fuera y a mi modo siempre he peleado.
Para terminar con el deseo de que esta entrada no desvirtúe el objetivo literario de este blog usaré de nuevo las frases de Bertolt Brecht, si es que lo son, en cualquier caso siempre es un ejercicio de humildad saber que la importancia reside en la obra y no en el autor:
“Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que estos olvidan que tales métodos se aplican también en sus propios países.

El arte no es un espejo para reflejar la realidad sino un martillo para darle forma.

La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer.

Un abrazo, queridos amigos, Hasta el próximo encuentro.
Pili Zori 

"Desgracia", de J.M. COETZEE

Leer “Desgracia” de John Maxwel Coetzee ha supuesto una batalla campal conmigo misma, de hecho he necesitado una segunda lectura, volver a empezar el libro porque en la primera las vísceras no me dejaban reflexionar, experimentaba una devastadora reacción en cadena de filias, fobias, rechazos, prejuicios… Me ha puesto patas arriba muchos de mis esquemas preconcebidos así que creo haber sufrido una catarsis que junto al protagonista me ha liberado de la hibrys, -no os asustéis, no utilizo la palabra por pedantería, ahora os explico por qué la uso-, considero que el autor ha escrito con rigor una tragedia de contenido moderno, pero tragedia griega de punta a “Cabo” –lo de las comillas es un guiño por el lugar en el que se desarrolla, Ciudad del Cabo-, en ellas sus autores siempre se referían a la caída de un personaje importante que había ejercido un desprecio temerario hacia el espacio ajeno,  que no sabía controlar los sentimientos inspirados por las pasiones desmedidas, la furia o el orgullo, eso es la hibrys según los diccionarios y creo que cuadra a la perfección con el planteamiento de la novela. Y digo planteamiento porque también creo que “Desgracia” plantea, pero no tiene intención de cerrar, de resolver, el libro se publica en 1999, y me atrevo a pensar que en ese momento para J.M. Coetzee, Sudáfrica no tenía solución. La mirada es desalentadora, pesimista y necesaria.
Creo que al igual que la ópera que escribe el profesor Lurie sobre Byron y su exilio en Italia tras el escándalo, “Desgracia” es una balada llena de tristeza, un canto muy amargo por su país, al que deduzco que ama profundamente. Coetzee actualmente vive en Australia, desconozco las razones de su doble nacionalidad y el desdoblamiento que tuvo que producirle, no eligió los Estados Unidos donde estudió y ejerció durante mucho tiempo, tampoco Inglaterra donde también vivió. Escogió Australia y me gustaría saber por qué.
De entrada el título admite varias interpretaciones, tengo entendido que en inglés Disgrace también tendría que ver con deshonra, deshonor, con la reputación perdida, de hecho el propio protagonista se lamenta de que el idioma inglés tal vez no sirva para explicar Sudáfrica. “Cada vez está más convencido de que el inglés es un medio inadecuado para plasmar la verdad de Sudáfrica.” Cuando leímos en el club “Historia de mi hijo” de Nadine Gordimer, nos ocurrió lo mismo, el título bien podía referirse a la historia que habla sobre mi hijo, o bien a la historia que ha escrito mi hijo… en fin, si te mueves con las palabras, buscas el respeto de la precisión y no siempre es fácil en nuestra torre de babel en la que hay que agradecer los puentes que los buenos traductores nos extienden. Pero toda la novela es así. A “Desgracia” le caben muchísimos matices, y puedes entrar a ella por varias puertas, todas ellas te llevarán a la misma conclusión final y lo pequeño abrirá plano para que se vea lo grande, los personajes en este caso no son los protagonistas sino el transporte de la alegoría que el autor nos quiere transmitir. En la linde de ese diminuto huerto estará representada Sudáfrica. Y en la perrera que también se ha escogido como parábola el enfrentamiento con la vejez y la extinción de una generación y de un tiempo: David Lurie es un profesor de universidad especializado en los poetas románticos.
He intentado imaginar el abordaje que tuvo que hacer Coetzee como autor para escribir esta novela, ¡vaya decisión dura!, y me he permitido la osadía de especular con la idea de que para transmitir lo que quería expresar se preguntara ¿qué sentiría yo si dañaran a mi hija, a la carne de mi carne de la peor de las maneras? Así debieron sentirse los negros de este país durante siglos y décadas. ¿Cómo puedo aproximarme, cómo puedo bucear en ese germen soterrado? Pues experimentándolo, detentando mi parte de poder, como hombre, como blanco, como figura de autoridad cultural, un profesor, un intelectual con predicamento. Pero no quiero una inmolación racial, deseo decir algo tan fuerte y tan simple como que la humanidad gira en torno a una cuestión: el abuso de poder en todas sus variantes y dicho poder se comporta del mismo modo cuando cambia de manos, que sean blancas o negras, da igual.
Soy sudafricano y tengo derecho a señalar los defectos de mi país con todas las personas que tiene dentro. Eso supuse que pensó. Y seguí imaginando: esa sería la ubicación de la novela, su entorno, sus intenciones, pero a Coetzee no le servía sólo la mirada externa y documental, él iba a hablar de lo colectivo desde lo individual, se metería en la piel, y le prestaría a su novela, a sus personajes, terrenos personales y laborales conocidos, sólo así podría ser juez y parte.
El lector iba a ver el punto de inflexión, contemplaría con el quiebro cómo al protagonista le cambia la vida y sabría lo que siente y piensa durante el proceso, mientras está sucediendo. David Lurie es quien enfoca, quien tiene el punto de vista desde el que se narra, aunque la novela no esté escrita en primera persona y el narrador omnisciente pudiera mostrar, desvelar lo que piensan y sienten los demás personajes, no lo hace.
El lector espera que le expliquen las partes que faltan, pero se queda con las ganas de saber qué ha dicho Melanie, la alumna, en esa especie de denuncia, en ese juicio sumarísimo en el que se le acusa de haber atentado contra las formas y no contra el fondo, aunque se aleguen otras razones de índole moral. El lector quiere conocer qué siente, qué piensa ella, de qué le acusa… qué le llevó a tomar somníferos si es que así fue. Pero Coetzee no quiere dárselo. Al igual que en la vida quien lee tendrá que ejercer de jurado con las pruebas que le muestran.
Veremos reaccionar a su hija pero tampoco escucharemos su interior, tendremos que deducir las razones que la empujan a elegir, si es que tiene elección, las decisiones que toma. Creo que ese es otro de los ingredientes importantes que contiene la novela: Lurie se relaciona con las mujeres sin comunicación, sin reciprocidad, invade la vida privada de Soraya, la prostituta de alto standing, contratando a un detective, David Lurie marca el paso sin preguntar. Y con su alumna abusa de su privilegio para favorecer su examen y encubrir sus faltas de asistencia. No escucha, no capta las señales de desagrado, cosifica, decide por los demás. Hasta que la vida da un giro inhumano y cruel que derrumba sus pilares.
Y ahora doy comienzo a mis discusiones con el libro, y como estas iban evolucionando a la vez que la historia del protagonista también se transformaba.
La novela nos muestra los contrastes: el mundo urbano y de cultura, frente al rural y primitivo, mis preguntas eran ¿por qué han de ser antagónicos?, ¿qué ha pasado para que eso suceda?, ¿dónde está la ruptura?, ¿cuál es la grieta?
Nos pone como ejemplo la naturaleza instintiva de un perro en celo, y lo indigno que resulta que sus dueños a base de palos hagan que vaya en contra de su propia esencia, de manera que al final cuando veía a una perra huía con el rabo entre las patas y me dije: vale, tiene razón, pero aún trasladándolo a los humanos como metáfora y admitiendo que no hay que crear sociedades puritanas, represivas o castradoras, en mi opinión el deseo ha de conllevar una franja de consentimiento mutuo a todos los niveles que no tiene por qué restarle su parte salvaje ni su alegría, pero el respeto a la hora de la transacción aunque sea implícita es lo que nos diferencia, hasta en los animales hay cortejo y elección aunque sea para los machos y hembras alfa, algo es algo, (aunque a veces pienso que la naturaleza es un poco nazi, con sus escogidos y sus selecciones, se supone que nosotros aunque formemos parte de ella trabajamos para evolucionar). Perdonad la tontería, intentaba distender pero no me alejo del libro aunque lo parezca, el protagonista ama la poesía de Wordsworth, y Wordsworth está considerado el poeta de la naturaleza que introdujo en su poesía el lenguaje popular, y a personajes marginales, como locos y mendigos, creando un escándalo para la época, pero logró que la arcaica sociedad británica se interesase por las desigualdades. Wordsworth tiene un libro titulado “Poemas de Lucy”, como veis en esta novela nada está traído por azar, el nombre de la hija de David Lurie es Lucy. Pero sigamos hablando del instinto y la fidelidad hacia la propia naturaleza: El profesor le pide a Melanie que pase la noche con él:
-¿Por qué? -pregunta la joven.
 -Porque la belleza de una mujer no le pertenece sólo a ella. Es parte de la riqueza que trae consigo al mundo y su deber es compartirla”.
            -¿Y si ya la compartiera?
            -Entonces deberías compartirla más aún”.
Ese sentimiento masculino, que el profesor Lurie tiene antes de caer en desgracia, sobre  adueñarse de la belleza física a través del sexo me hizo preguntarme ¿para qué?, es una falacia, la belleza física no se vampiriza que yo sepa y tampoco es de transmisión sexual, lo que hace la belleza física es atraer y cada uno se siente atraído de forma distinta si es que sabe mirar y no se deja dirigir la vista con cánones impuestos. Es una pena no saber ver la belleza fuera de la juventud, me dije, aunque suene resentido por mi edad, pero doy fe con las compañeras de mi club, con mis hijas y con amigas muy  jóvenes, que las mujeres miramos distinto. Este tipo de situaciones como la anteriormente descrita se da mucho entre profesores de letras, será porque siempre están con gente joven, así es fácil ser una figura de autoridad, no trabajas bajo las órdenes de nadie, siempre las das, puede que el entorno produzca algo de inmadurez, hay mucho docente rijoso, salvando a quien se salve naturalmente que por suerte son más.
Como os decía, estos eran los sentimientos que yo albergaba hacia el protagonista, que al principio me atacaba los nervios, un tío pijo que arruga la nariz ante la hospitalidad de quien le ofrece su casa porque el sofá huele a gato, que menosprecia a las mujeres que descuidan su atractivo, según él, que va por ahí con la báscula y el metro como si alguien le hubiera otorgado el privilegiado papel de puntuar y aprobar o suspender fuera de clase como si la vida fuera su aula o su facultad… y ahí estaba yo soltándole improperios: ¡habrá que verte a ti, quién te habrás creído que eres! Pero en esos arrebatos de furia míos comprendí que el personaje estaba construido a la perfección porque ese era el efecto buscado, sin concesiones, tenía que partir de la prepotencia para alcanzar la humildad. Más adelante le querría profundamente por su desorientación, por su crisis de identidad, por la búsqueda de sí mismo, por el trato injusto que recibe, por su autoinmolación.
En la página 118 le escucharemos pensar “Ha de haber un hueco en el sistema, un hueco para las mujeres y lo que les sucede”. Y en la 128 leeremos “Por vez primera prueba a que sabe el hecho de ser un viejo, estar cansado hasta los huesos, no tener esperanzas, carecer de deseos, ser indiferente al futuro”. Igualmente tuve que bajar mis humos para aprender junto a David Lurie que también es una falacia que demos por hecho cómo reaccionaríamos ante lo que les ocurre a él y a su hija. Ese esquema nos lo rompe poniéndonos delante de la nariz la indefensión. Él como yo, como cualquiera, habría querido protegerla más que a nadie en este mundo, habría querido pronunciar las palabras apropiadas después, y evitar la insoportable vergüenza infligida para ambos. ¿Cómo abordar esa terrible conversación para un padre, para una hija?, ¿cómo soportar que no has podido defenderla, que mientras estabas tan campante en la urbe ella corría peligro?
Tal vez Coetzee decidió encerrar al padre en el baño porque ni siquiera por escrito se podría soportar la ignominia de esa visión.
¿Por qué se somete Lucy después?, esa es una de las preguntas, ¿por qué se sometían los negros siendo mayoría sin rechistar durante el apartheid?
Hay muchas formas de violar, os emplazo a que leáis las leyes que hasta 1992 prohibían a los negros tener casa en zonas destinadas a los blancos obligándoles a emigrar, leyes que permitían autobuses segregados, playas y hasta bancos de la calle, escuelas y hospitales para negros con inferioridad de recursos… os aseguro que no podréis terminar la lectura sin llorar de rabia. Pero es necesario que nos pongan el ejemplo tan gráfico de una mujer forzada por varios para que nuestra cerrazón desarrolle la capacidad de empatía, de indignación.
Esa pregunta sobre el sometimiento ni la historia ni la política saben responderla; al menos la literatura trata de ahondar y escarbar en los motivos y los sentimientos soterrados. Las leyes se pueden cambiar pero el corazón de las personas ha de estar preparado para dicho cambio, sin ser un albergue ocupado por los rencores. El corazón y la memoria de las personas deben estar dispuestos a perdonar una vez admitido el daño. Dicha amnistía es el esfuerzo y el regalo más heroico que se le puede hacer al futuro, pero la clemencia de la que estamos hablando incluye indultar salvajadas como la que les ocurre a Lucy y a su padre, y no es fácil. Lucy no puede evitar sentirse chivo expiatorio, justa por pecador, cabeza de turco, y lo asume. Tampoco es fácil resarcir ni diferenciar la justicia de la venganza, como ya he dicho en otras ocasiones en este mismo blog. Juntos, blancos y negros, habrían llegado lejos y no sólo Sudáfrica sería otra cosa, todo el continente sería distinto, un ejemplo de prosperidad, pero el legítimo resentimiento es pegajoso y se barre mal. Ahora han cambiado las tornas y esa frase suena horrible, pero para muchos por debajo late.
En este trozo de campo manda Petrus y ¿qué desea?: ser propietario, hectárea a hectárea, del continente y del contenido, ahora Lucy también le pertenece. En la ciudad te defiendes con tus armas, pero en el campo no te sirven por muy naturalista que sea Wordsworth. Si no sabes trabajar la tierra, si no has hecho simbiosis y en su lugar has creado dos bandos, mal asunto. “Si el campo puede emitir su veredicto sobre la ciudad también la ciudad puede enjuiciar al campo”, nos dice en la página 149.
En el viaje a Ciudad del Cabo, cuando va a postrarse de rodillas ante la madre de Melodie para ofrecerle su arrepentimiento sincero que nada tiene que ver con la humillación pública que el tribunal académico le exigía, vemos: “El campo va llegando a las puertas de la ciudad, pronto habrá ganado paciendo otra vez por el parque de Rondebosch, pronto la historia habrá trazado otra vez un círculo completo.”
Y antes refiriéndose al robo con violación leemos: “No es un robo normal y corriente, más bien fruto de un grupo organizado que entra limpia la casa y se retira cargado de bolsas, cajas, maletas. Botín de guerra, reparaciones. Un incidente más en la gran campaña de redistribución. ¿Quién llevará puestos en estos momentos sus zapatos?”.
Estos dos potentísimos pasajes son para mí el latido de la novela, y contienen todo el dolor y el quejido poético de lo que el gran premio nobel quiso decir.
He intentado caminar con sus zapatos por todas las páginas y me he hecho daño con los escollos y las piedras pero creo haber conseguido con ellos que Sudáfrica no me quede tan lejos y que todo el continente africano no me resulte tan difícil de entender, voy poco a poco y doy las gracias al Sr. Coetzee por el desgarrón y por toda la piel de las entrañas que se ha dejado para que mi duro oído se entere.
Un abrazo queridísimos amigos y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"Juntos, nada más", de ANNA GAVALDA

Quinientas cuarenta y tres páginas de dos atacadas nocturnas. No pude parar de leer, creo que es el máximo elogio que se le puede hacer a un escritor. Me da lo mismo en qué categoría para la venta se coloque a esta autora, al parecer en su país, Francia, la sitúan en novela romántica –género a menudo menospreciado-. El desprecio como es muy altivo y se basta a sí mismo nunca se ha dignado a explicarme por qué el apartado romántico, de entrada, conlleva un significado mediocre ¿acaso lo es “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez? Que yo sepa Don Gabriel nada más recibir su nobel dijo: “…ahora me voy a encerrar para escribir una novela de amor”, curiosamente la más querida por él. En nuestro país “Juntos nada más” la publicó Seix Barral, sobra destacar su prestigio como editorial y la ausencia de etiquetaje. Intentaré interpretar la explicación del señor desprecio aunque no se haya molestado nunca en dármela, creo que proviene del prejuicio y quiere decir cuando desdeña con la mano, levanta la ceja y cierra los ojos, displicente: “Ah, una novela para mujeres”.
Ya he comentado en este mismo blog otras veces que se trata de que la literatura sea de calidad, luego si en ella te cuentan la lista de la compra pero te la narran bien, y por forma y contenido te alcanzan los pliegues del alma, los más recónditos y resguardados, por algo será. Creo que la literatura funciona si se escribe sin trampas, si se tiene voz propia y estilo personal. Sí, porque una lista de la compra dice mucho: no es lo mismo echar en el carro garbanzos que angulas, aunque tengo entendido que combinan bien, y si la recomendación la hace un chef de renombre “por supuesto que combinan” dirá enfáticamente el “Señor Desprecio” y se comerá las angulas con garbanzos (no, no me equivoco de orden, lo he escrito así a propósito: angulas con garbanzos, no garbanzos con angulas, porque tampoco es lo mismo decir arroz con bogavante que bogavante con arroz, la semántica es lo que tiene, disculpad la ironía), pero a lo que iba, el “señor desprecio” se los zampará emitiendo grandes superlativos orgásmicos porque lo ha dicho el renombrado chef. Pues así es la vida. Si “El amor en los tiempos del cólera” hubiera sido publicada en la editorial Arlequín ¿qué?

Juntos nada más” es una novela preciosa con la que te ríes de pena y lloras de alegría, con cuyos personajes discutes porque son de verdad.
Cuando surgen fenómenos de estas características que saltan fronteras lo que hay que preguntarse es por qué, cuál es el resorte que han tocado. La ayuda entre “perdedores” que necesitan una salida, o al menos un cabo de cuerda o un flotador para intentar salvarse del naufragio justo cuando están a punto de rendirse y dejar de nadar está de actualidad, sí, de rabiosa actualidad. Y lo de que la unión hace la fuerza no es una frase manida, es real, y a veces esa fuerza se desencadena con una simple frase, “Quería invitarlo un día de estos a cenar al calor de la chimenea.” Sí. Una invitación a Philibert Marquet, el joven y anacrónico aristócrata venido a menos, despreciado por su linajuda familia, que vende postales en un museo conociendo la historia de todas ellas de primera mano, que tartamudea y por ello no se presenta al examen oral que le proporcionaría la licenciatura, que duda y se disculpa a cada instante, que no recuerda el código para entrar al portal de su casa y que sale en pijama para llevarle croquetas a un gato que oye pero que nunca ha visto. La autora le nombra caballero y le encomienda la misión de salvar de una muerte segura a la dama de la torre congelada que trasladada a nuestro tiempo es la buhardilla. Pero eso sucederá después de que Camille le invite a cenar frente a su nueva y flamante chimenea. Camille, la muchacha que lleva un jersey de cachemir bajo un andrajoso pijama, para anunciar y recordarse que tuvo un pasado en el que no fue feliz, la chica de 26 años que se explica a sí misma y expresa lo que ve y cómo lo ve a través del dibujo, su parapeto. La joven que sobrevive en quince metros cuadrados, que apenas come y que limpia oficinas de noche compra por flechazo una chimenea artificial que le cuesta el sueldo entero y desea inaugurarla y celebrarlo, pero cuando echa cuentas de a quién quiere invitar nadie es adecuado para entenderlo salvo ese descolocado vecino.
Philibert es el casero de Franck Lestafier, que trabaja como cocinero en un buen restaurante, tiene horarios durísimos y un solo día libre, el domingo. Ambos comparten desde hace tiempo un piso enorme y antiguo en el centro de París, decorado en el estilo art nouveau, del que pueden ser desalojados. Siendo antagónicos, en apariencia, han aprendido a convivir y a estimarse. Franck, mujeriego y supuestamente simple, irritable y algo hortera, e introvertido como un bote hermético, deslumbrado y acomplejado por la cultura y el espíritu libre de sus compañeros de piso, se bebe a las chicas de un sorbo como si fueran copas antes de irse a dormir y vive literalmente al galope, subido en su moto, para visitar a su abuela Paulette, lo único que le queda en el mundo. No ha tenido más remedio que llevarla a una residencia geriátrica y sufre en secreto infinitamente por ello.
Paulette que ocultaba los moratones de sus frecuentes caídas, que salía a su jardín cada día para arreglar su huerta y sus flores, para cuidar de su gato y esperar la visita de su nieto y la de la vecina, ahora vive sin salir de su cuarto y rumiando un remordimiento antiguo.
Es cierto que de inmediato sabemos que Camille y Franck van a enamorarse, pero no porque la autora lo haga previsible sino deseable que es muy distinto, su llegada a la casa va a marcar un nuevo punto de partida para todos ellos, incluida Paulette y ella misma. El lector lo que quiere ver es como caen las corazas de esos dos personajes y como sueltan el doloroso lastre que tan bien camuflado llevan desde la infancia, y como recuperan la confianza tan pisoteada y aprenden a convivir habiendo utilizado tantos recursos para aislarse.
No tenemos por qué ser espejos, compartirse no es identificarse, no es buscar necesariamente el parecido, a veces intentar hallar la similitud no es más que querer encontrar la prolongación de uno mismo, la semejanza está en otra parte más honda. Las mismas tendencias, los mismos gustos no tienen por qué hacerte afín. Hay una escena preciosa en la que Camille dibuja a Franck y con su talento logra como siempre plasmarlo no sólo por fuera. Franck le corresponde marcando un punto dentro de una espiral para retratarla, ella se ofende ante la elemental imagen del caracol, pero la exactitud es aplastante, más adelante a ese mismo garabato el cocinero le añadirá dos tímidos cuernecillos que intentan asomarse. Ambos se han tocado el corazón, quién ha dicho que no duela.
En mi opinión una persona se enamora cuando contempla y comprende el mundo del otro, cómo se proyecta hacia el exterior y cómo el exterior se introduce en ella, ahí es donde se ubica la ternura que es lo más serio que tenemos y nada tiene que ver con la gazmoñería, cuando eso ocurre se sabe, lo demás, lo que queda por hacer es ir venciendo miedos. Las horas de espera de Franck mirando el cuaderno de dibujos de Camille y la jornada entera que ella pasa en la cocina del restaurante para echar una mano son dos situaciones conmovedoras en las que la autora cuenta con la complicidad del lector para que ponga todo lo que se sugiere entre las líneas. Un buen escritor debe buscar las palabras que no dice con la misma precisión con que escoge las que sí pronuncia, con todas ellas creará las imágenes necesarias para que el lector vea y viva lo que ocurre ahí dentro.

Y ahora sí, me voy a poner a discutir con los personajes como dije al principio, con la escritora no me atrevo porque no sé cuantos préstamos personales les ha hecho.
La anorexia es un trastorno muy serio que no siempre se puede tratar con elegancia o desde el eufemismo, hay muchos lectores que la padecen y hay que decirles, alto y claro, que si no se apean de ese tren pidiendo ayuda pueden morirse. Es cierto que está presente en toda la novela y bien descrita desde el principio: Camille visita al médico y éste le pregunta “¿cuándo fue la última vez que tuvo la regla?”, pero lo está de forma latente, frases como “el placer de no comer”, “…de tanto escupirle al váter” -perdonad que no cite textualmente- “otra vez estás bebiendo”, o el olor agrio en el cuello cuando Philibert sube a rescatarla casi de la muerte, (así lo da a entender otro médico distinto al que el aparentemente estrambótico vecino llama en su auxilio), su frío constante, sus disimulos en la mesa, -los mariscos le encantan porque entre pelar, partir cortar o preparar para otros, pasa inadvertida…- sus picoteos en la habitación, galletas, caprichos…
Puedes explicar la anorexia como la protagonista lo hace situando el comienzo casi en la infancia y diciéndole al lector por qué pierde el apetito, pero también es obligado decir que muchas personas padecen los mismos problemas y no caen en esa actitud que se convierte en obsesión adictiva. No vale escudarse. Es evidente que hay anoréxicos manipuladores con ataques de ombligo y llenos de maldad, pero en contraposición también los hay profundamente buenos y generosos como Camille, tantos y tan variados como personas caminan por la vida con compulsiones o sin ellas. Es justo decir que la autora da las claves para la recuperación, Camille le pide ayuda a Franck aunque no nombre ni apellide lo que le ocurre ya que en todo momento se habla de delgadez.
La novela afirma en todas sus páginas que el cariño y el interés por los demás te saca de ese encierro, pero es necesario decir que ese trastorno distorsiona, ensimisma, enmascara y hace que se perciba mal la realidad, por ello, en esa maravillosa escena en la que la protagonista está lavando en la bañera a Paulette y la anciana se avergüenza de su cuerpo arrugado y la joven se desnuda frente a ella para igualarse y se produce no sólo el desnudo físico sino el anímico, he de poner una objeción: La abuela de Franck le dice “No estás delgada, eres fina.” Vamos a detenernos ahí, no quiero pasar por alto esa frase, la delgadez constitucional no tiene nada que ver con la delgadez anoréxica. Camille no es fina, tiene un problema y aunque se merezca el cumplido, la verdad es más beneficiosa.
Sé que el lector no es tonto y se da cuenta, y comprendo de sobra que a la protagonista lo que le conviene son los cuidados y no echarle el sermón, pero por si acaso alguien se despista lo subrayo aún a riesgo de etiquetar y de confundir porque la novela no va de eso aunque lo incluya. Estoy convencida de que Anna Gavalda, con mucha inteligencia huyó de estigmatizar, y queda bien reflejado en el siguiente inquilino que Camille recoge para que se recupere en la buhardilla de la que ella fue rescatada, si es toxicómano o tiene sida da igual, no es relevante pasa por un mal momento y alguien le extiende una mano. De eso es de lo que va.
Las pinceladas de los secundarios son tan eficaces como las que da Camille en sus cuadernos atrapando su visión de la existencia; con apenas unos trazos personajes como Ivonne -la vecina de Paulette-, la portera, el anciano del restaurante, las compañeras de trabajo… compone una exposición tan llena de luz que es digna del mismísimo Sorolla.
La segunda objeción tiene que ver con la confesión que Paulette le hace a la joven. Que se comprenda por qué no asistió a su marido en el infarto, y que éste se lo mereciera no significa que la negación de ayuda quede redimida. Pero bueno, echar de casa a una hija disparándole con una escopeta, al menos en literatura tiene sus consecuencias.
En cuanto a las madres, en este libro como en tantos otros, parece que son el contenedor de todos los males, y el trato casi siempre es desigual, la figura materna nunca es perdonada por los mismos abandonos, exactamente los mismos que hace la paterna, por alguna razón inconsciente o vete a saber si por complejos de Electra los hombres suelen ser redimidos. El padre de la protagonista parece tener bula a sus ojos y eso que se suicida, de la madre cuenta irónicamente, “mi mamá come pastillas” refiriéndose a varios intentos fallidos y reprochándole que le diga que si se ha quedado es por ella. Es verdad que tanto la madre de Camille como la de Franck son un desastre pero a lo mejor les habría hecho falta un poco de la misma ayuda que ellos reciben, y que conste que no me excluyo, en una de mis novelas aparece una huérfana que adora a su padre suicidado y echa pestes de la madre evadida. En cualquier caso los personajes tienen derecho a su memoria y a no negar lo que sienten, y el desvalido por supuesto siempre es el niño.
Perdonad el rizamiento de rizo, es deformación por la costumbre de buscar pautas para el debate en el club de lectura, al fin y al cabo los puntos de vista escogidos son los de los protagonistas principales, ya exploraremos en otros trabajos los de los otros personajes, a lo mejor a Anna Gavalda y a mí nos apetece.
El final es feliz, muy feliz de los de comieron perdices, y no cae del cielo, todos han luchado hasta la extenuación para obtenerlo, para reorientarse y trazar un camino nuevo y en él ocupar su lugar en el mundo. Me ha alegrado mucho conocer parte de la literatura de esta escritora que crea personajes tan entrañables que no olvidaré y que se afana por volver a colocar en su sitio la dignidad y por señalar con rotulador quiénes son y cómo son los desfavorecidos de este tiempo. Pero lo que más me ha estremecido es su forma de querer.
Un abrazo, hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

Matar un Ruiseñor, de HARPER LEE

Boo Radley ha salido de su encierro para acompañarnos en el último tramo hasta la puerta de esta extraordinaria novela, su poderosa presencia protectora nos ha acompañado desde la sombra durante toda nuestra estancia en Maycomb. La palidez de su hermoso semblante ha recibido la luz del exterior por vez primera y la calidez del trémulo brazo que ahora nos presta acaba de salvar las vidas de Scout y Jem los hijos del íntegro abogado Atticus Finch.
En este imaginario pueblo sureño del estado de Alabama en el que la escritora Nelle Harper Lee recrea desde el recuerdo su pueblo natal, Monroeville, en el tiempo concreto de la gran depresión cuando ella cumplía 10 años, se desarrolla uno de los alegatos más bellos y eficientes contra el racismo y las desigualdades que haya dado nunca la literatura. Fue la única novela publicada por esta autora.

Siendo amiga de Truman Capote desde la escuela primaria -Truman Streckfus Persons entonces- era de esperar que apareciese en esas páginas de tintes biográficos quedando plasmado en el personaje de Dill. Se decía que ambos colaboraban en la obra del otro pero que a diferencia de Harper a Capote sí le gustaba paladear las mieles del éxito. Al parecer su distanciamiento se produjo durante la investigación del crimen que inspiró “A sangre fría.” En opinión de Harper, Capote se valió de malas artes para en su propio beneficio obtener información de uno de los condenados, deseándole secretamente incluso la pena de muerte con el fin de poder contemplar la ejecución y con esa experiencia conseguir la apoteosis de un brillante final. No estábamos dentro del corazón de estos amigos que desgraciadamente dejaron de serlo, pero en cualquier caso, lo que acabo de decir no representa ningún dato de rigor que agrande o menoscabe el talento y la hondura de ambos, lo aporto como intuición de las posibles grandes diferencias que pudieron emerger al convertirse en adultos y que tal vez les separaban incluso a su pesar.

Truman Capote se movía bien entre la aristocracia neoyorquina y las celebrities, su caída en el alcohol y las drogas distorsionó sus relaciones y no sólo perdió a Harper Lee por el camino. La autora de “Matar un ruiseñor” se ha negado siempre a conceder entrevistas –por ello me aventuro a pensar que la aversión quizá se deba a aquella etapa- y sin embargo acude feliz a los encuentros con lectores, especialmente si son estudiantes de institutos en los que se ha considerado su libro una lectura imprescindible para la vida y el desarrollo de la personalidad, de hecho en Alabama se hacen concursos anuales en los que se analizan y recitan de memoria sus pasajes.

Hacia el final de la obra hay una frase que se refiere a Boo Radley que bien podría ser un préstamo personal de lo que ella sentía en aquel tiempo, la pronuncia el sheriff y dice así: “…ponerle con su naturaleza tímida bajo una luz cegadora, para mí es un pecado.” Ella defendió su privacidad con uñas y dientes, y curiosamente a veces se puede producir la paradoja de que un encierro signifique la libertad.

Recibió el Pulitzer en 1961, es el máximo galardón otorgado por los Estados Unidos a periodistas y escritores de habla inglesa, con él premian la excelencia, y así figura en el enunciado de la categoría de Editorial periodística: “Se buscan excelentes textos con sonoridad, estilo clásico, propósitos éticos y morales, y poder de influencia en la opinión pública”. “Matar un ruiseñor” es literatura, pero sin duda bebe de las fuentes mencionadas, no en vano Amasa Coleman Lee, el padre de Harper Lee, fue editor periodístico además de abogado.

La escritora tardó mucho en finalizar su novela, cuentan que de hecho llegó a tirar los abundantes manuscritos por la ventana en una noche de nieve, menos mal que bajó a rescatarlos y a continuación compartió sus agobios con el editor Lippincot que de inmediato se dispuso a ayudarla para qué consiguiera poner en orden los recuerdos y dar cuerpo y estructura literaria a todos sus apuntes, (eso sí que parece ficción, quién pillara a un editor de esas características y encima con conocimientos de escritura, no sólo mercantiles). Durante la creación y en distintas etapas tuvo en mente varios títulos entre ellos “Ponte un vigilante”, más tarde decidió que la novela se llamaría “Atticus”, la autora escogió dicho nombre en honor a Titus Pomponious Atticus, un hombre destacado por su sabiduría, cultura y humanidad y gran amigo, además, del orador romano Cicerón.

El apellido Finch proviene de su madre Frances Cunningham Finch Lee, y quienes ya han leído el libro saben que el de Cunninghan también se lo entregó a otro personaje en la ficción que no por secundario es menos relevante, tanto que protagoniza uno de los puntos de inflexión más decisivos en una escena crucial, la de la cárcel en la que él lidera a un grupo de personas con ánimo de linchamiento. Desistirán ante las palabras instintivas de la pequeña Scout y la valiente escolta pertinaz de su hermano Jem en defensa de su padre, los niños no saben qué ocurre exactamente pero respiran el peligro que Atticus corre.

Finalmente se llamó “Matar un ruiseñor” y al lector le queda el trabajo de atribuir. A mí me parece que en esta historia ruiseñores hay unos cuantos.

“No hacen otra cosa que crear música para nuestro placer” –le explica Atticus a su hija Scout para que comprenda por qué no se puede disparar a un ruiseñor- “No se comen los jardines de la gente, no anidan en sus graneros, sólo cantan con su corazón para todos nosotros”. Esta acertada descripción contiene varias lecturas aplicables, por suerte, a bastantes personajes de la historia empezando por Tom Robinson, el acusado.
Esta preciosa novela iniciática se enfoca desde la mirada de la infancia, justo en ese umbral en el que se pierde la inocencia para contemplar sin vendas el mundo adulto, y el veredicto resultante es un retrato duro y diáfano que no admite componendas.
En muy pocas ocasiones se produce un hallazgo de vigencia que perdure tantísimo tiempo, año tras año, lustro tras lustro, década tras década… y que ha saltado incluso de siglo. ¿Por qué? Tal vez porque despierta y remueve la conciencia de un modo tan claro y tan de sentido común que nadie puede escabullirse.

La composición visual es tan perfecta para servir los contrastes en los momentos álgidos que su prosa poética en este caso vale tanto como sus imágenes:

Basta con mirar a Calpurnia, la empleada negra que ayuda a dirigir la casa y a educar a los hijos de Atticus ejerciendo un impecable papel de madre-maestra en colaboración con el progenitor y en coincidencia y sintonía con las pautas y principios del abogado para comprenderlo. La relación familiar explica sin palabras toda una forma de vida y de creencias.

El camino con ella -Cal, como los niños la nombran- hacia la iglesia de los negros con Jem a un lado y Scout al otro, blancos como la nieve y fregados más que bañados para la ocasión como muestra ante los suyos de su buen trabajo vuelve a subrayarlo.
Y los niños, de nuevo sentados en el apartheid de los negros durante el juicio, en la parte alta de la sala… vuelven a corroborarlo. A veces para cambiar el mundo basta con un gesto que defina una actitud. Atticus conoce por su nombre a cada uno de los vecinos del barrio negro. Se me saltaron las lágrimas al ver las escaleras llenas de los mejores presentes para el hombre que los había defendido aunque perdiera.
No me extraña que el guionista Horton Foote se llevase el oscar al mejor guión adaptado porque el trabajo estaba prácticamente hecho, característica común de los grandes escritores sureños son muy cinematográficos. (Lástima que no hayamos podido ver la película en grupo, la biblioteca pública está a rebosar de actividades todos los días –buena señal- y no queda ningún espacio libre para la proyección, y dadas las condiciones de nuestro punto de reunión no se puede, la sala de juntas, a la que la directora llama de usos múltiples, en la que nos congregamos alrededor de una gran mesa es magnífica para propiciar el coloquio, pero dificultosa para ver cine porque como somos tantas en círculo nos impediríamos la visión unas a otras, hay poco espacio entre las sillas y los muebles y si alguna se retrasara obligaría a remover, por esa razón decidí finalmente suspenderla a pesar de que los trabajadores de la biblioteca se habían esmerado en los preparativos, nunca será suficiente nuestro agradecimiento ya que aguantan con infinita paciencia que les tomemos al asalto las estancias y también a ellos. La película está libre, de todos modos, para sacarla prestada y verla en casa.
Perdonad el inciso, me gusta que imaginéis el entorno. Continúo. Decía que no hay un modo mejor de discernir sobre lo que es justicia y lo que no que presentándolo en forma de juicio para que el lector, el espectador… pueda ver y discernir con claridad los argumentos a favor y los que están en contra. Tal vez por ello gustan tanto los libros y películas de juicios. Intentar comprender la vida desde todos los ángulos, con todos los puntos de vista posibles es un ejercicio obligado, algo así como lo que entendemos por caminar un largo trecho con los zapatos de otro. Cada vez es más importante la lucha interior por no adocenarse por no dar nada por hecho sin haberlo tamizado antes por nuestra reflexión, sólo así se tiene derecho a opinar, de lo contrario estaremos repitiendo consignas, lo escuchado en los medios… y nunca podremos adquirir nuestro propio criterio. Hacerse preguntas es más duro que seguir directrices, pero sólo así se pueden ir creando leyes más pormenorizadas y justas y por supuesto revisables.
Robert Mulligan dirigió la película en 1962 y fue otro bombazo (ocho nominaciones y 3 oscar: mejor actor, mejor dirección artística y mejor guión adaptado). El film a la par que la novela se mantiene en el tiempo, las miradas de estos dos grandes artistas, Harper Lee y Mulligan, contribuyeron a crear un modelo paterno de rectitud y honestidad en un medio hostil que todos los hombres de cualquier tiempo querrían emular, ambas, novela y película, colocan en su sitio y especifican lo que es la verdadera valentía, que nada tiene que ver con la vanidad del alarde, y sí con la dignidad y la necesidad de luchar aún a sabiendas de que la batalla está perdida. Una de las enormes cualidades de libro está en los matices, en esa forma de distinguir lo individual de lo colectivo, en ese afán por no englobar y justificarse al amparo de actitudes gregarias.
En nuestro club intentamos como siempre verle las tripas a esos bajos instintos o sentimientos que llevan a las personas a sentirse superiores a otro ser humano y con derecho a despreciar, tal vez necesitemos espantar los miedos indefinidos que nos atenazan y necesitemos inventarnos un enemigo común, el de turno, para que pague el pato, haciéndonos la ilusión de que así nos ponemos a salvo.
También, como de costumbre en el club, se hicieron análisis históricos, artísticos, psicológicos y sociales sobre esta novela tan pedagógica con los que llegamos a la conclusión de que no sirve de nada que alguien tire todos los palos del sombrajo si no tiene preparados otros nuevos para guarecerse, la libertad es como la tierra de cultivo, primero hay que abonarla para que germine después. No te pueden soltar en medio del desierto para decirte: Hala, ya eres libre, ejerce.
Hasta llegar a que en los Estados Unidos haya un presidente negro han tenido que ocurrir muchos acontecimientos que E. V., una de mis compañeras, tuvo la gentileza de ilustrar. Tal vez, al menos eso espero, estén próximos los tiempos en los que las personas nos miremos a los ojos sin plantearnos de qué color somos -salvo para sentirnos atraídos por la belleza de la variedad- y por debajo no quede ningún lastre latente pudriendo nuestro corazón. Tampoco olvidemos que aquí pastoreamos serios problemas de convivencia con las personas que nos llegan de otros territorios, y aunque comprendemos de maravilla el problema de la segregación que se produjo en Estados Unidos porque está lejos lo que ocurre aquí es exactamente lo mismo.
Había una canción bellísima que cantaba Rosa León, -no conozco el nombre de quien la compuso, perdonad- espero que os guste como regalo:


EL PUNTO Y LA RAYA

Entre tu pueblo y mi pueblo
hay un punto y una raya.
La raya dice no hay paso
el punto vía cerrada.

Y así entre todos los pueblos
raya y punto, punto y raya.
Con tantas rayas y puntos
el mapa es un telegrama.

Caminando por la vida
se ven ríos y montañas
se ven selvas y desiertos
pero ni puntos ni rayas.

Porque estas cosas no existen
sino que fueron trazadas.
Para que mi hambre y la tuya
estén siempre separadas.
Es bonita ¿verdad?

Y ya para terminar, aunque el libro da un de sí enorme, es necesario dar cuenta también de algunas objeciones, poquitas pero las hubo. No se nos escapó que el paso del tiempo sí se notaba en una parcela: la de revolución pendiente que en aquellas fechas aún tenía que hacer la mujer, creo que algunos comentarios la propia autora hoy los cambiaría.

A mi compañera J. A. le parecieron forzadas y poco creíbles algunas escenas como la de que a los niños se les permitiera estar presentes en un juicio por violación, y tampoco creía que el lenguaje de Scout correspondiera a su edad. Llegamos a la conclusión de que aunque algunos pasajes estuviesen forzados sí eran necesarios para mantener el punto de enfoque que la autora había escogido, en todo momento es el de los niños y en esa decisión tenía que mantenerse, por ello Jem y Scout están siempre presentes, bien escuchando a escondidas o bien participando activamente. J.A. añadió que le hubiese gustado que Atticus no fuera tan perfecto para podérselo creer mejor: “Yo quiero mucho a mi madre” -expresó- “pero también le veo defectos”. Dilucidamos sobre si la novela estaría hecha con intención de homenaje a la memoria de su padre en cuyo caso la autora habría querido destacar su rectitud obviando lo demás, a lo que L. S. apostilló que por fortuna sí hay personas así y que su madre era una de ellas.
En un tiempo de tanta corrupción viene bien recuperar el verdadero sentido de una profesión casi sagrada como es la abogacía.
C.O. recalcó que Atticus no estaba defendiendo en particular al hombre negro sino a la justicia que nos engloba a todos y que el tema principal no era el personaje sino la idea que transmitía.
Se vertieron opiniones extraordinariamente enriquecedoras, no puedo reseñarlas todas pero cerraré con una de las más bonitas, la pronunció M.J.: “A mí leer este libro me hace sonreír por las ocurrencias de los críos y por su forma de mirar el mundo, me deja feliz”.
Teniendo en cuenta que refleja una época de crisis similar en muchos aspectos a la actual es esperanzador que nos recuerden que hay otros aspectos además de los materiales y que nos las podemos arreglar sin acobardarnos y sin dejar por ello de señalar las injusticias.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro en el que habremos leído “Desgracia” del Premio Nobel John Maxwell Coetzee.
Pili Zori