"La balada de Iza", de MAGDA SZABÓ

Tras la muerte de su padre, Iza decide hacerse cargo de su madre. Resuelta a evitarle sufrimientos, toma las riendas de la situación y se encarga de todas las cuestiones prácticas: organiza el entierro, vacía la casa familiar, se deshace de todo lo viejo y le ofrece una nueva vida junto a ella en Budapest. Sin embargo la anciana que en un principio se muestra profundamente agradecida, es incapaz de adaptarse a las comodidades de la vida moderna y a la falta de responsabilidades en el universo perfectamente organizado de su hija. En un ambiente cargado de buenas intenciones y pequeñas vejaciones, la incomprensión y la irritación se apoderan de su relación, hasta el día en que la madre decide volver al pueblo, una decisión que tendrá fatales consecuencias.
La ‘Balada de Iza’, la nueva novela de la autora de ‘La puerta’, reflexiona sobre los silencios que sofocan la vida doméstica y sobre la dificultad de amar y de comprender al otro
”.

(Resumen extraído de la contraportada de la novela perteneciente a la editorial Mondadori
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La balada de Iza” debería titularse “Balada sobre Iza” o “La balada que se refiere a Iza” porque no es ella quien la ha compuesto ni quien la canta. De lo que siente Iza sabemos poco, de ella hablan los demás personajes que nos cuentan como les afecta o infecta el espartano carácter de la amable, eficiente y prestigiosa doctora especializada en reumatología. En realidad "La balada de Iza", (además de hablarnos sobre la incomunicación, sobre la inadaptación, sobre la ruptura generacional y el antagonismo entre el mundo rural y el urbano, además de denunciar los inconvenientes de deshumanización que proponen y producen los tiempos modernos llenos de falsas comodidades a las que sirves tú y no ellas a ti), es un juicio sumarísimo contra Iza. Y el diagnóstico en este caso, ya que andamos entre médicos -puesto que Antal, el ex esposo de Iza también ejerce la medicina- es el de egoísmo.

Como soy tan amiga de las causas imposibles, he tomado la actitud de quien, tras haber escuchado a todos, menos a Iza, les pregunta: ¿Y vosotros?, ¿estáis libres de pecado?, ¿podéis tirar la primera piedra?
Para no despistar aclaro que voy a desordenar la novela empezando por las conclusiones finales a las que van llegando los personajes, pero no olvidéis que la relación principal es la de madre e hija durante ese delicado y difícil periodo de tiempo en el que los hijos ya nos tenemos que hacer cargo de nuestros padres cuando estos empiezan a ser dependientes y los roles, por fuerza mayor, han de quedar invertidos. Es una etapa complicada y desgarradora en la que surgen conflictos de intereses, en la que hay que señalar límites y liderazgos para conciliar la convivencia, y en la que se ponen en cuestión las prioridades, pero demonizar sólo al miembro familiar que ha de tomar las decisiones es muy fácil, y cargar sobre él culpas y responsabilidades dejando que la sociedad y el estado se vayan de rositas es paradójico. La familia no está licenciada en geriatría y hace lo que puede y lo que sabe, no puede trasladar el entorno entero del anciano para que no extrañe, qué más querría, y el día tiene 24 horas, y además de cuidar a ese ser tan querido hay que trabajar dentro y fuera del domicilio. Nadie puede dar clases de vitrocerámica y monomandos a personas de una edad en la que ya no se aprende, no se fija ni se sujeta lo nuevo, en la que es casi imposible eliminar hábitos y costumbres de otro tiempo que se han incrustado en los genes, que forman parte de tu vida. Todos envejeceremos y al igual que Etelka tampoco comprenderemos las nuevas formas de relación, ni las novedosas tecnologías aplicadas a los hogares y a la calle. La esclavitud no se ha erradicado, tan sólo están mejor decoradas las jaulas, y los trabajos son muy absorbentes, por eso es una realidad y no una disculpa que no se pueda prestar la atención debida ni la demostración de amor deseada a nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros amigos…

Lo mejor de esta novela precisamente es ese dedo metido en esa llaga: cómo vamos a resolver la longevidad y las enfermedades sin haber creado los espacios apropiados, ni las profesiones que nos ayuden a todos a entenderla y sobrellevarla, -en la casa y fuera de ella-, cómo vamos a conseguir que los políticos y empresarios tengan en cuenta en sus programas los sentimientos de las personas. Sí, lo he dicho bien, los sentimientos son el motor individual y colectivo que pone en marcha el mundo, son los que te llevan a las urnas, los que te hacen fundar un hogar o construir una escuela, un hospital… Las ideas y los principios se sustentan en ellos y ellos son los que las difunden; obviarlos o considerarlos de segunda es un craso error, al igual que la ciencia sin la palabra no puede expresarse, y la palabra necesita el vehículo de la ciencia para extenderse, (cómo si no se fabrica un libro, cómo si no se explica una ecuación), el hombre y la mujer se hacen humanos porque sienten. Se acabó el tiempo de separar por compartimentos, la vida es una interrelación en la que ningún cometido es más importante que otro, y cuando vamos a trabajar vamos con todo lo que somos, no nos volvemos máquinas de repente.
Es cierto que como Iza, hay muchas personas con una imagen pública muy generosa que sin embargo están secas por dentro, que son incapaces de darse a sí mismas o incluso de recibir, casi siempre son criaturas consagradas al trabajo, que, repito, no saben darse a sí mismas, pero sí entregan a cambio toda su sabiduría y su capacidad profesional a los demás. Reprocharles su carencia es como criticar a un manco por haber nacido sin brazo, como con gran acierto nos dice Lidia, la enfermera, refiriéndose a Iza cuando finalmente consigue mirarla por dentro.
Como no pretendo hacer un análisis literario sino compartir con vosotros los efectos que me ha producido la lectura de esta balada de Magda Szabó, daré rienda suelta a mi subjetividad y ésta me dice que la novela esconde una enorme injusticia: nadie le comunica a Iza lo que hace mal, simplemente se alejan de ella dándola por imposible. Probablemente tengan razón y ellos sepan mejor que yo que Iza no tiene arreglo y que permanecer a su lado les destruye, pero todos tenemos derecho a que nos echen una buena bronca, sólo después de haberla recibido estamos en igualdad, si el otro no reacciona entonces sí nos podemos ir, pero las cartas han de quedar boca arriba. Lo que ocurre es que a menudo escondemos la cobardía tras las buenas formas, detrás de una bronca puede haber distanciamiento o ruptura, pero hay que tener generosidad y estar dispuesto a apechugar con ello. Antal abandona a Iza sin decirle nada, y encima se va silbando, leemos sus pensamientos, pero ella no sabe por qué se marcha. No pretendo ser tendenciosa, pero hay un pasaje en el que Lidia, el nuevo amor de Antal, observa que en la clínica éste siempre le estrecha la mano a Iza como si fuera un hombre, me he asomado por ese resquicio e insisto, no quisiera ser sesgada, pero la novela se publicó en 1963 y tal vez la autora, Magda Szabó, aún siendo progresista y sin darse cuenta todavía se encontrara imbuida en una soterrada desigualdad y por eso su personaje Antal como muchos hombres de la época no estaba listo para tener al lado esposa y colega al mismo tiempo. A menudo se confunde el amor verdadero y los cuidados sinceros con que te quieran preparar la cena, disculpadme la ironía, y si tienes un concepto laboral con escalafones verticales de superioridad e inferioridad tal vez busques a quien te pueda admirar y sin embargo huyas de quien pueda competir contigo o incluso destacar sobre ti, pero esto no es más que una hipótesis maliciosa mía, el libro ni siquiera la plantea, Antal era el que hacía la cena y además se queja, seguramente con razón, de la frialdad de su esposa y de no ser correspondido en el amor, pero para no meterme en un jardín prefiero que le escuchéis a él y así podréis opinar por vuestra cuenta:

La contemplo mientras dormía. Su rostro volvía a ser el de la joven Iza, la chica pálida, agotada de tanto estudiar, dócil, triste y sufrida. La hermosa frente, las cejas, los ojos de Vince, y la nariz chata, los labios aniñados y la barbilla suave de la anciana, todo en un mismo marco”.
“Te amaba –pensó Antal-, te amaba como nunca he querido ni querré a nadie, te amaba sin condiciones, sin reproche alguno. Yo siempre fui tuyo y tú nunca fuiste mía, estabas lejos de mí incluso cuando te tenía entre mis brazos. Por las noches a veces me entraban ganas de sacudirte para que despertaras, gritarte para que me dijeras la palabra que te hiciera ser tu misma, que te salvara, y que me indicaras la dirección por donde ir para poder encontrarte. Cuando comprendí que simplemente eras egoísta y que a cada uno le dabas un trozo de ti misma para que no te molestara e interfiriera en tu trabajo, rompí a llorar. No me oíste, y si me oíste pensaste que sería un sueño, porque sentías amor y respeto por mi y, según tú, un hombre nunca debe llorar”.
“Sabía que debía dejarte antes de que me infectaras con el tremendo rigor y disciplina con que te defiendes a ti misma y a la tranquilidad de tu trabajo, antes de fundirme en ti y empezar a ver las cosas a través de tus ojos, y llegar a pensar yo también que Dorozs no es más que agua, un balneario de vidrio y hormigón, una fuente de divisas, y no una desesperada necesidad de justificar la existencia del antiguo manantial, el anhelo infinito de compensar todos los sufrimientos del pasado y hacer por fin justicia”.
“No podía seguir viviendo contigo”.
“Cuando te conocí eras como un pequeño soldado que marchaba con aire resuelto a la guerra. Estabas junto a tu padre, el mendigo más magnánimo de todos los tiempos, y pensé que tu también eras como él, que tu también te entregabas a los demás como hicieron aquellos dos seres inocentes que vivían a tu lado, nunca he conocido a nadie más avara que tú la generosa, ni tampoco más cobarde
”.

Cuando leáis la novela comprenderéis lo que significa el balneario para Antal.
Es cierto que hay personas con dureza de corazón, pero me parece excesivo lo mal parada que sale Iza y tal vez por ello he querido entrever, aunque la novela no lo diga, que a Iza le deja una marca muy dolorosa la humillación que le infligen al padre al arrebatarle arbitrariamente su trabajo y su título. Ante esas circunstancias cada hijo puede reaccionar de diversas maneras, puede sentir incluso inconfesable vergüenza, rabia por la pobreza impuesta…, a cualquier chica joven le molesta presentarse en la universidad con ropa anticuada aunque en privado admire a su madre por la creatividad de los remiendos. Tal vez ella quiso demostrar que era intachable y de forma vengativa aunque inconsciente llegar lejos para resarcir así a la familia de ese estigma inmerecido y tapar la boca de muchos de los que le dieron la espalda a su padre, esa conducta requiere una gran dosis de orgullo y de voluntad férreos, y puede crear una coraza infranqueable. El menosprecio causa estragos, el corazón no se vuelve duro de repente y no la estoy exculpando, cada cual que aguante su vela, de hecho ante las mismas circunstancias adversas las personas se convierten en malas o buenas, unas se abren y otras se cierran, y perdón por la simpleza. Pero hay un detalle revelador que apoya mis especulaciones: cuando Iza va por primera vez a la universidad se muestra autosuficiente, altiva y distante con Antal hasta que éste le dice que conoce y admira a su padre. Os muestro el pasaje:

“-Conozco a su padre –dijo Antal"
"El rostro inexpresivo de Iza se volvió hacia él, mirándolo de frente. La soldado era capaz de sonreír como una chica normal."
"-Durante años fue él quien me compró los libros por navidad, ¿lo sabía?"
"La chica negó con la cabeza. Se llevó la mano izquierda a la garganta, como si no confiara en sí misma y tuviera miedo de soltar algo que sería mejor callar."
"-Todos los años donaba doce pengós a la escuela. Desde que tenía dieciséis años el director me los entregaba a mí. ¿No se lo había dicho su padre?"
"La chica volvió a negar, esta vez con la mirada."
"-Una vez llegué a verlo cuando trajo el dinero. Entonces se le veía joven, más ágil. Caminaba a paso rápido entre los montones de nieve de la plaza Donator, no fuera a ser que alguien lo parara para agradecérselo. ¿Tampoco ahora piensa dirigirme la palabra?"
"Las facciones de la joven soldado se suavizaron, y sus rasgos adquirieron un aire infantil."
"-Mamá le daba tres pengós al mes para gastos –dijo la hija de Vince Szócs, a mí me entregaba uno; con otro algunos domingos se compraba un periódico, le gustaba mucho leer la prensa. No sé qué hacía con el tercero. Entonces, ¿lo guardaba para ti?"
"Ya le tuteaba, le tuteaba con la misma naturalidad que a un hermano.”


La infancia pobre de Antal fue de otro tipo, él no tuvo un descenso social como Iza, siempre fue pobre, su padre era aguador, transportaba el líquido hirviente del manantial termal y lo llevaba a las casas. El hombre para el que trabajaba disponía de una flota de 150 carros cisterna, algunos tenían las cubas en muy mal estado, y un mal día yendo por un mal camino reventó una de ellas abrasando a su padre mientras intentaba ajustar bien el grifo tras el traqueteo. Murió en el hospital al poco tiempo de ser ingresado. Antal no conoció a su madre, sólo supo, a través de su abuela, que se había tenido que ir a la ciudad. Más tarde comprendería las connotaciones de la explicación en sordina. A los abuelos les indemnizaron para encubrir el trágico accidente, y en el escalafón más bajo de los aguadores emplearon al hombre y al nieto, así que Antal se crió entre barro sin permiso para adentrarse en las casas de los ricos, -la pobreza es muy amenazante-, un golpe de suerte haría que el caso del desafortunado accidente años más tarde volviera a salir a la luz y de nuevo el responsable se ocupara de enmarañar los datos a su favor. Para lavar su imagen sacaría del barro al niño y se ocuparía de sus estudios, así fue como Antal entró en el internado. También él, al igual que Iza, sacaría el orgullo para renunciar a la falsa caridad y ganarse el sustento por sí mismo. El muchacho desarrolló un sexto sentido para distinguir a los seres honrados de los que no lo eran, por eso admiraba a Vincen, el padre de Iza. Y cuando se casó con ella y vivió con sus suegros, que lo amaron como a un hijo, por primera vez pudo experimentar la felicidad de pertenecer a una familia con principios. Por eso adquiere la casa, a pesar de estar divorciado, cuando su ex suegra se va a vivir con su hija a Budapest, para remozarla, pero también para conservarle en secreto a la anciana los enseres tan queridos y proponerle, si las cosas no van bien como supone, que viva con él y con Lídia, su nueva mujer.

Como veis tanto Antal como Iza nos muestran sus carencias y el modo en el que intentan compensarlas. Y es precisamente en este punto donde me atrevo a rizar el rizo para preguntar ¿qué entiende cada cual por egoísmo?
En cuanto a la madre, protagonista principal de esta historia, diré que nadie es malo del todo ni bueno del todo, es cierto que Etelka nos parece un ser entrañable y desvalido, pero de algún modo la novela nos dice que mientras tengamos facultades mentales debemos tener capacidad de decisión y valentía para saber expresarnos, y ella no tiene ninguna de las dos, por eso la novela, aunque se incline a su favor, también es un alegato contra la torpeza, los bloqueos y el miedo. Claro que hay personas fuertes y dominantes que subyugan, tal vez no pueden evitarlo, pero por mucho que te ‘vampiricen’ o alienen, queriendo o sin querer, también tenemos la obligación de salvar esa barrera, cada cual con sus medios. No toda la comunicación ha de ser verbal, pero para que el otro se entere de algún modo hay que saber explicar, saber decir lo que te afecta o te duele.

El club terminó el miércoles pasado y me propuse adelantar lecturas durante el verano para tenerlas preparadas en la temporada que viene que como cada año comenzará en octubre, casi todas mis compañeras, incluyéndome, estamos pasando o hemos pasado ya por esa etapa de cuidar a nuestros padres, la mayoría en peores condiciones que Etelka la madre de Iza. Sé que la lectura del libro será muy delicada, porque podemos identificarnos con las dos protagonistas y sufrir por ello doblemente ya que por edad estamos justo en el medio. Pero si me quedé leyendo hasta el amanecer es porque el libro importa. Durante su lectura no sabía si el efecto que me estaba haciendo era contraproducente o beneficioso, pero el caso es que no podía parar de leer, hace muy poco que he perdido a mi madre y a veces me parecían reproches suyos los de Etelka. Sé que tenemos un radar que lo capta todo aunque no siempre sepamos descifrar lo que recibe, y no me da miedo que la vida se exprese en pasado, en presente y en futuro al mismo tiempo y que las herramientas que escoja para hablar parezcan o sean sobrenaturales, estar sobre lo natural tampoco es para tanto, sólo es estar encima, un poco más arriba. Sé con certeza que el mensaje de mi madre jamás sería negativo, así que resulta evidente que la enseñanza del libro no se refería al pasado, sino al futuro que hay que preparar en el presente, así es que al menos por esta vez sí que supe descifrar la información del radar: el libro tiene dos puntos de vista y dos enfoques, el del cuidador y el de el cuidado, y yo me quedo con el segundo, que tanto si la autora lo pretendía como si no, de forma consciente o inconsciente nos viene a decir que hay que saber envejecer, asumir la soledad sin miedo y mirar con realismo tu estado físico, anímico y mental para poder solicitar un buen lugar de acogida que a ser posible no se coma como un buitre el pequeño legado de tus herederos y realizar el trámite a tiempo. Si no te queda más remedio que pedir ayuda y ponerte en manos de los hijos, parcial o totalmente, es importantísimo haber desarrollado la capacidad de adaptación y pedir que te expliquen con claridad cuál es el plan y después rogar al cielo para que te dé lucidez hasta la muerte.
Hay que estar preparado y mirar de frente. Mi madre lo estaba hasta que le llegó el Alzheimer.
Creo que nuestra generación está siendo superficial, ñoña e irresponsable y que hay que asumir los cambios y no quedarnos ahí a verlas venir pinchándonos botox y llenando gimnasios como si el paralizante líquido y los músculos reactivados fuesen a retrasar algo, en la cabeza no hay bíceps ni abdominales ni tríceps. Hay que buscar soluciones que nos involucren a todos sin que el planteamiento sea deprimente sino ilusionador, para que hacerse viejo no aterrorice. Parece mentira que Magda Szabó que murió en el 2007 nos lo esté avisando desde 1963 con este prodigioso libro.

Un fuerte abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"El regreso", de BERNHARD SCHLINK

Peter Debauer, de niño pasaba las vacaciones de verano en Suiza en casa de sus abuelos ya jubilados que para aumentar un poquito la pensión se dedicaban a editar una colección de novelas populares. En los años 50 recién acabada la segunda guerra mundial el papel está muy caro y los abuelos le regalan a Peter algunos pliegos de las pruebas que corrigen para que aproveche el dorso y le prohíben expresamente leer el anverso, pero un buen día Peter decide desobedecer el mandato de sus abuelos y lee el texto escrito en las hojas: son los fragmentos de la odisea de un soldado alemán que regresa a casa tras su cautiverio en Siberia para reencontrarse con su mujer. Cuando llega a su ciudad y ella le abre la puerta lleva a un niño en brazos y a su lado hay un desconocido. Peter se quedará sin saber como acaba la historia del soldado porque desgraciadamente ya ha usado las hojas finales para tomar sus apuntes de clase y las ha tirado. Años después Peter tropezará de nuevo con esa historia y sentirá curiosidad por conocer el final. Y esa indagación se convertirá en la búsqueda del autor de dicha novela, un hombre que ha dedicado toda su vida a borrar su rastro, que ha vivido bajo distintas identidades, que ha conseguido éxitos y que sobretodo ha establecido una relación muy particular con los horrores del siglo XX. Al mismo tiempo Peter se encontrará a sí mismo, y sus investigaciones le llevarán a vivir su propia odisea: la búsqueda de sus orígenes de la mujer amada y finalmente su propio regreso”. (Resumen extraído de la contraportada de la novela. Editorial Anagrama)

Advertencia para quienes todavía no hayan leído esta novela: voy a desvelar el final.
Desde hace ya algunos años en el club hemos ido compartiendo la literatura de Bernhard Schlink. Leímos juntas “El lector” que nos causó un gran impacto y nos dejó una huella imperecedera, y después “La justicia de Selb” de la que en este mismo blog dejé comentario. Así que esta vez cogí a ciegas el libro por el aval del escritor, (aclaro el detalle porque si seguís el blog veréis como durante este año una especie de magia o pegamento invisible nos ha hecho elegir al azar varias novelas prácticamente seguidas con el tema común de la segunda guerra mundial y el nazismo, eso sí, bajo prismas y épocas distintas). “El regreso” es una novela difícil de escribir, ahora explico por qué.
He sentido muy cerca el dolor del protagonista y en esta ocasión sí me he atrevido a especular con los préstamos biográficos del autor, mirando entre los renglones, y digo me he atrevido porque una de las cosas que más molesta a un novelista es que le pregunten que si el contenido de sus novelas es autobiográfico, el escritor desea que lo valoren por la creatividad y por la capacidad de imaginar, porque aunque el magma deposite sedimentos personales nunca deja de ser ficción, puesto que se escoge lo que se quiere decir y también lo que se omite, camufla, o disfraza. La literatura no es un retrato hiperrealista de la parte externa de la vida, aún admitiendo que fuese sólo realidad lo que refleja, también, como ya he dicho otras veces, estaría fotografiando el pensamiento, el sentimiento, lo imaginado, lo soñado, lo intuido…, en una palabra, lo de dentro, factores que sin duda también forman parte de la realidad, ¿objetiva?, ¿subjetiva?, qué más da, propia en cualquier caso. Si con esta novela he especulado, como decía anteriormente, con la idea de que lo que Bernhard Schlink cuenta pudiera ser autobiográfico ha sido por conmiseración ante el impacto, por nada del mundo querría que le hubiese ocurrido lo que relata, porque a ver cómo te arrancas, cómo vomitas un sufrimiento así y siendo juez encima.

Durante la segunda sesión –es decir, en el tramo que va de la página 100 a la 200 una compañera expuso: “A mí me parece que cuando va a decir lo importante corta.” Esta frase se me quedó prendida, porque fue la clave que me dio la definición exacta de mis sensaciones: la novela es un merodeo constante porque la “verdad” a la que tiene que enfrentarse es muy dura y puede dejarte ciego y destruirte si la miras de golpe y de frente y sin preparación previa, por eso la frase de mi amiga fue muy acertada, ella tal vez quiso decir que la forma de narrar sonaba como cuando alguien va a soltarte una confidencia y a medio camino se arrepiente o no termina de atreverse a ponerla en voz alta, pasa un tiempo y vuelve a intentarlo con los mismos resultados, pero sin embargo algo va cambiando porque en cada nuevo intento ha dejado un pequeño goteo, un ligero reguero de información que ha ido allanando el terreno.

A menudo las novelas nos ordenan la vida, -ya que esta es tan caótica e inconclusa, al menos en apariencia-, porque nos la van separando por compartimentos, porque colocan todo en su lugar y se expresan por partes, pero en la vida ocurre todo junto: al mismo tiempo que puedes arrastrar asuntos traumáticos o temas sin resolver, te puedes estar enamorando, has de estudiar, trabajar, relacionarte, soñar, desarrollarte, crecer, sentir tristeza, alegría…
Pero en este caso yo diría que la novela ha sido escrita como la vida se escribe a sí misma, con todas sus irrupciones e interrupciones en los proyectos que te has propuesto, por ejemplo: Max, el hijo de su ex novia Verónika, al que Peter ama como propio, es aparcado en su casa sin previo aviso, porque Verónika se va de viaje, y es precisamente en ese periodo cuando al protagonista la vida se le coloca por sí sola mostrándole el ambiente hogareño que en realidad desea, el cuidado del pequeño le indica las prioridades, le marca camino. Otro ejemplo es el de Bárbara y el regreso inesperado del esposo, justo en el momento en el que la relación comenzaba a afianzarse, la vida le da otro vuelco…, pero en el fondo no son más que pequeños desvíos que siempre te devuelven al camino central.

En esta novela de búsqueda, al igual que Ulises, el autor B. Schlink escoge cuatro odiseas que se contienen entre sí como si de muñecas rusas se tratase, literatura dentro de la literatura:
-Una es la atribuida a Homero.
-La segunda es la novela que Peter comienza a leer de niño a la que le faltan las páginas finales y también las del principio, razón por la que desconoce la identidad del escritor. (Sobra decir que el recurso del manuscrito encontrado es uno de los logros de Schlink, que para este ejercicio maneja con maestría varios registros de lenguaje diferentes: la novela encontrada que el protagonista lee por trozos tiene un estilo y voz distintos, luego está el epistolar con diversos remitentes, su padre, el amigo de juventud de su padre… y el de los trabajos de ensayo también de su padre, si es que podemos denominar así los aberrantes delirios psicopáticos de este señor).
-La tercera se refiere a la propia odisea de dicho escritor desconocido, (aunque ya os haya desvelado yo que es su padre). Seguir su rastro es complicado, porque a lo largo de su vida adopta varias identidades.
-Y la cuarta y más importante es la de nuestro protagonista que yendo en busca del autor desconocido se encuentra a sí mismo.

Otra compañera expresó también durante la 2ª sesión lo siguiente: “Yo creo, y hablo del autor, de Bernhard Schlink, no del protagonista, que nunca va a encontrar lo que está buscando”. Lo dijo con un poso de tristeza muy hondo, y quise leer en su rostro que a pesar de las reivindicaciones sobre las memorias históricas hay verdades que sólo se dan en circunstancias anómalas y que nos son vetadas porque tienen que ver con el horror.
Cuando los lectores vamos descubriendo, a la vez que el protagonista, que el escritor de ese manuscrito encontrado es su padre, y la cursiva de sus cartas nos araña los ojos, se nos coloca todo de repente, a cada uno con sus matices, y los míos me hicieron volver al comienzo: a la parte del abuelo y su afán por mostrarle al chico que de errores judiciales han salido grandes avances, algo así como el refrán nuestro “No hay mal que por bien no venga” y entonces dije No, de forma rotunda, y empecé a vislumbrar que tal vez el abuelo, consciente o inconscientemente, intentaba justificar algunos hechos representando a una generación que no sabe qué hacer con la culpa, la suya propia o la de sus vástagos, y que busca desesperadamente visos que mitiguen el agravio. Pero no vale, comprender no es justificar y hay que definirse y tomar posición.

En “El regreso” no se desvela si los abuelos conocían la identidad del autor del libro que le entregan al niño para que escriba por el dorso con la prohibición de leerlo, esa nube no se retira, como tampoco si la muerte de los ancianos fue o no accidental, a los dos les atropella un coche y fallecen en el acto. Meses antes se fueron deshaciendo de sus enseres como si lo intuyeran y le pidieron al nieto que escogiese su herencia, muebles que llevará consigo toda la vida cualquiera que sea su morada y que representarán sus raíces, su origen. Tanto si creyeron la mentira de que el hijo había sido asesinado a tiros, como si fueron conocedores desde el principio o posteriormente de sus refugios e imposturas, el daño es atroz, pero la novela ni siquiera lo insinúa, es algo con lo que he especulado yo y con esa licencia y haciendo el libro mío me permití el deseo de proteger a aquel niño sembrado de dudas por las historias que el abuelo le relataba. Finalmente, siendo ya un joven, reacciona cogiendo rechazo a las palabras y a los malabarismos seductores que podemos hacer con ellas. Así que no he podido evitar, mientras leía, la sospecha de que tal vez los abuelos le entregaron al nieto a sabiendas una novela escrita por su padre.
Puede que Pandora, tanto en la vida como en la literatura, se confabule con los astros para levantarle la tapa al cofre y dejar que los secretos se expliquen a voces.
Pero aunque Schlink no me aclare la duda dejad que me pregunte ¿por qué envía un hombre culto una novela a una editorial pequeña de publicaciones populares y entretenidas si no es porque conoce la identidad de los correctores de estilo?, ¿acaso padres e hijo compartían el secreto?, ¿o es Pandora la que enreda para que los males campen por sus respetos? Schlink no nos lo dice, porque en realidad importa poco el cabo suelto y alguien tiene que salvarse en un mundo con tanto presunto implicado. Así que ahí dejo la interrogación.

Hay una constante en la literatura de B. Schlink, y es el esfuerzo que realiza en todos sus libros por diferenciar la justicia de la ley y también de la venganza. Pero para no confundir, he de dejar claro, aunque reitere, que estos pensamientos que he manifestado en voz alta no son más que una vuelta de tuerca mía, una osada discrepancia, una impresión personal.
Los abuelos en la novela están dibujados como seres extraordinarios que lo llenaron de amor, con los que Peter podía ser él mismo, y el lector les ama tanto como el protagonista.
Al abuelo le gustaba contarle errores judiciales para que él extrajera su moraleja, para enseñarle a pensar; a la abuela sin embargo esas historias le agradaban más por la parte artística y de leyenda que encerraban, siempre decía que consideraba un juego de inmadurez masculina la guerra, no en vano fue sufragista y siguió siendo pacifista.
Cuando mueren sus abuelos, Peter se encuentra en un punto importante de inflexión con su vida, tanto sentimental como de objetivos profesionales, perdido en los patrones legales y en los déjàvu que cada caso crea. No encuentra la justicia concreta a aplicar en los nuevos casos sin que la contaminación de los esquemas los etiquete y adocene, no es eso lo que quiere, y por ello renuncia a su plaza de asistente y decide poner tierra en medio, abandonando, tras la tesis doctoral, la habilitación que le estaba preparando para ser catedrático de derecho.

En el paraíso californiano se dedica a los masajes y al lenguaje sincero de la piel y de los cuerpos, se da esa tregua al menos hasta que encuentre su discurso propio, su propia línea de pensamiento.
Los clásicos griegos ya escribieron todo a grandes rasgos, La Ilíada, La odisea, Edipo Rey, Antígona, Electra.... Nosotros tan sólo damos vueltas alrededor de sus pautas y nos limitamos a tratar de entenderlas.
Al igual que en la vida, -en la que lo que leemos nos afecta y se sale de las páginas para formar parte de nuestra propia experiencia-, al protagonista en la ficción le ocurre lo mismo, por eso encuentra todos los equivalentes de La Odisea de Homero en su camino: A través de la búsqueda del autor desconocido (que más tarde y por desgracia descubrirá que es su padre como vengo repitiendo) aparece Bárbara, su Penélope. En la novela que leyó de niño se queda sin saber a quién escoge la mujer ¿al soldado que regresa y que ella daba por muerto? o ¿al hombre que ahora tiene? En su vida el esposo de Bárbara vuelve, es corresponsal de guerra, y ella se queda con él, o al menos eso piensa Peter al retirarse sin considerar que Ulises sí luchó por Penélope. Pero la vida reserva oportunidades, y en una de sus idas y vueltas él se reencontrará con Bárbara en un avión. El viaje siempre está presente, desde que el libro comienza: trenes, camiones, barco en la infancia y aviones en la madurez.
Tanto para el lector como para el protagonista es muy duro ir descubriendo a cuentagotas primero a un ideólogo nazi, y después que éste sea su padre; es muy duro tener que leer las barbaridades psicopáticas con las que ese ser abyecto justificaba hasta el hecho de matar y cómo esta seductora oratoria puede captar hoy igual que captó entonces.

En el club otra compañera recalcó que no hay que irse a una época determinada ni situar el nazismo en la Alemania de los cuarenta, los neonazis se extienden como las setas por todo el mundo y no necesitan holocaustos para abonarse, están al acecho y a la espera de “su Reich particular de los mil años” como dice el “elemento” este. No en vano el padre del protagonista, por llamarle algo porque de padre no ejerce, saltó a Argentina desde España, -triste refugio de muchos de ellos, aquí se movieron a sus anchas bajo la protección de Franco-, y de Argentina a Estados Unidos donde gozaba de predicamento y prestigio. Este “ser” peligrosísimo -con una capacidad camaleónica de adaptación a los tiempos que provoca escalofríos- daba clases a estudiantes, el mejor campo de cultivo.
En el club nos remitimos al recuerdo de películas tan necesarias como “La caja de música”, “American history X” o a otras más recientes como “La ola”, “Los edukadores”, o “La cinta blanca”, esta última aún no la he visto. Y aquí, os hago hincapié en que leáis con mucha atención los inteligentísimos y embaucadores fragmentos de los escritos de este buen señor (de nuevo me refiero al padre en la ficción) que aparecen en las páginas 163 a 168 y 184 a 186. Los escalofríos dan porque muchas de sus falsas premisas las estamos oyendo hoy en la calle, quienes tengan el valor y la inteligencia para reconocerlas deberían decir: “Disculpa, seguramente tu no lo sabes, y lo dices sin maldad, pero eso que estás profiriendo es un argumento nazi”.
No sé si el autor ha hecho un exorcismo personal, me da igual, prescindo de lo morboso, en cualquier caso como decía el título de aquella maravillosa obra de teatro de mi querido Arthur Miller: “Todos eran mis hijos”.

Me gusta muchísimo el desenlace de “El regreso”. Antes de llegar a él, Peter hace ya muchas páginas que ha dejado de llamarle padre en su interior, tampoco le desvela que es su hijo, ha necesitado agotar hasta el último cartucho de esperanza para comprender en toda su dimensión quién es, y como es el monstruo moderno que lo concibió, y aunque el mensaje sea que Peter nos entrega el testigo a los lectores (porque es consciente de que su acto pasará inadvertido y su Nuremberg particular ocupará durante un tiempo efímero unas páginas en los periódicos -que el inculpado sabrá rentabilizar a su favor con la astucia de su arma letal: su maleable oratoria-), la denuncia está hecha, y Bernhard Schlink nos la deja en sus libros no sin antes habernos aclarado con detalle lo que diferencia a un líder de un embaucador dañino, no sin antes habernos advertido de lo manipulables que somos, del peligro que puede encerrar nuestro comportamiento en grupo, y de la fragilidad que ello supone en personas que se preparan para jueces, como él, o para cometidos que pueden dirimir nuestros destinos. Conocernos a fondo nos permite elegir, no que nos elijan. Y siempre, siempre hay elección. Casi nunca estamos en peligro de muerte como para justificar las barbaridades que cualquier desalmado borracho de poder puede infligirnos, o valerse de nosotros para aumentar dicho poder.
Ha sido muy bonito comprender los dos Berlín reunificados a través de esa comparación de pareja separada que hace Peter. Nos habla de que al no conocer lo que les ocurre mientras están lejos el uno del otro tienden a pensar que, o las cosas son como quedaron o son como la transformación que cada uno de ellos ha hecho por separado. Hay que volver a conocerse, insisto.

Otro hermoso pasaje de autoafirmación, aunque no cito literalmente, es el que se produce, cuando el protagonista y su madre están frente al lago arrojando migas de pan a los patos, -al igual que de niño lo hacía con su abuelo-, y Peter intenta ser equitativo.
-“¿Quieres enseñarle a los patos lo que es la justicia?” Le increpa su madre, y él se queda pensando y como respuesta comparte con ella lo que opinaba el abuelo:
-“Decía que así era la naturaleza, que los fuertes consiguen más que los débiles, los rápidos más que los lentos, pero yo no soy la naturaleza
”.

También me gusta mucho la conversación que mantiene con el periodista americano en la que le dice “La única razón por la que Ulises al regresar a su hogar mató a los pretendientes y ahorcó a las criadas que habían mantenido relaciones con ellos es que él no se quedó allí. Siguió su camino. Si uno desea quedarse es preciso que todos se pongan de acuerdo evitando las venganzas. ¿No es cierto que en América no hubo venganzas después de la guerra civil? La razón es que, después de la secesión, América volvió a casa para quedarse. Si Alemania vuelve a casa, también será para quedarse”.
A mí escritores como Schlink, o el húngaro Sándor Márai me hacen interesarme por Europa y amarla en su conjunto.
Como Peter también estoy convencida de que la estela sigue al barco. Y con esta imagen hermosa me despido.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"El esplendor", de ALVARO OTERO

Un conmovedor y justo homenaje a aquella edad de oro del sindicalismo español.
El lector entra en el universo de “El esplendor” por la puerta del invierno de 1961 y a partir de ahí recorrerá, junto a los protagonistas, cuatro décadas.
Extraordinaria novela de principio a fin, honrada, valiente y de elecciones difíciles: Álvaro Otero escoge para su exploración y buceo dos mundos: el obrero y el de la “aristocracia industrial” y los contrapone. ¿Mundos antagónicos?, ¿disociados?, ¿enfrentados?... el lector decidirá, pero sobre todo asistirá a la gran evolución que se produjo en ese periodo tan importante de nuestra historia reciente y conocerá de cerca y con detalle a los personajes anónimos que la protagonizaron. Casi nadie recuerda ya los riesgos altruistas que corrieron, que corrimos, tampoco las renuncias, las pérdidas y la persecución que sufrimos cada uno de nosotros en mayor o menor medida.
El autor nos muestra esta intensa etapa de cambios sociales a través de la amistad que surge entre dos muchachos: el heredero del imperio Andrade, flamante empresa de astilleros navales, y el hijo de un albañil que sufre un largo periodo de escasez laboral. Es posible que en ese tiempo previo de inmovilismo, en el que todo parecía estar en su sitio, sus dos mundos jamás se hubiesen cruzado, pero una tragedia ocurrida en la adolescencia les unirá para siempre.

Decía al principio que Álvaro Otero había tomado decisiones difíciles a la hora de escribir este libro, como la de situar a los protagonistas en el final de la adolescencia, a punto de traspasar el umbral que conduce hacia el mundo adulto, -ese intenso pero corto espacio en el que cualquier porvenir soñado parece posible-, lo que ambos jóvenes desconocen es que su futuro se ha diseñado sin contar con ellos. El conflicto está servido. Ni Julián Andrade ni su amigo han tenido libertad para escoger, pero a los dos se les va a brindar una oportunidad irrepetible: la de asomarse a la vida del otro, y ante esa visión, el deseo de cambio y rebeldía germinará en sus almas como una enredadera.
Durante una de las escenas clave del nudo, la del marcaje territorial que se desarrolla en la humilde cocina del chico “pobre”, se producirá la compraventa de un ser humano con las mismas artes que utilizaría un tratante de ganado experto. En ella vemos a los dos patriarcas, ambos, retratos fidedignos de los productos que creó el franquismo: uno el del patrón paternalista ejerciendo de “magnánimo” desde su elevada atalaya de privilegios, y otro el del obrero adepto al régimen de Franco, un estómago agradecido y conformista como se decía entonces. Entre el pequeño espacio que hay entre la mesa de cocina que los separa se respira el acuerdo tácito que revalida la frase Amigos sí, pero cada uno en su lugar y el borrico en la linde. La esposa del obrero guarda silencio, el mismo silencio sumiso con el que a los dos hombres les flanquean los hijos. Al padre, albañil en paro, no se le muestran todas las cartas desde el principio; primero, tras la envoltura de un inteligente y astuto circunloquio, se le hace una oferta de trabajo a la que no podrá renunciar, ese es el señuelo, y tras sellarla, habiendo desplegado todas las armas de seducción y los certeros golpes de efecto que el poderoso domina con soltura, viene el cobro: a cambio el gran magnate se ocupará de pagar los estudios del hijo, satisfaciendo así el capricho de asegurarle un amigo a su heredero, naturalmente el recién “desclasado” deberá olvidarse de sus sueños literarios “porque esas son carreras para entretener a las mujeres” –añadió- “te harás abogado”.

Como decía, pocas veces he visto en literatura escenas que alcancen una tensión tan elevada donde los sentimientos encontrados (el orgullo y la vergüenza, juntos; la humillación sutil y la compraventa de la dignidad -asumida de antemano-) estén tan bien explicados. El lector sujeta la respiración, y el nudo que se le pone en la garganta es muy amargo.
A partir de ese punto el escritor conduce a sus jóvenes protagonistas hasta la universidad en donde aparece la toma de conciencia, la autodefinición, y como resultado la toma de postura. Desde la universidad los eleva a la “cima” laboral, y ahí ya establece definitivamente y con claridad la bifurcación ideológica.
Al colocar el objetivo de la cámara -si se me permite el símil- a esa altura, Otero consigue de un plumazo la perspectiva perfecta para que el lector pueda ver al mismo tiempo a estudiantes, patrones, mandos intermedios y obreros.
Insisto en que las decisiones del escritor son muy difíciles porque mientras ese enorme entramado social se remueve y se vulnera, la amistad apasionada y profunda de los protagonistas prevalece por encima de todas las dificultades y divergencias a pesar de los sentimientos de traición, de la contabilidad de los favores… Esa forma de relacionarse tan entrañada, tan estrecha y vinculante hoy apenas se comprende. Yo sí recuerdo sin embargo enfrentamientos más desgarradores aún que los de la amistad. En aquel tiempo abundaron los de hijos contra padres, o de padres contra hijos, pobres progenitores perplejos que no acertaban a comprender por qué la policía iba hasta sus hogares para llevarse a sus vástagos como si de delincuentes se tratase alegando que participaban en manifestaciones ilegales. Padres desconcertados por la secreta y desconocida dicotomía de sus hijos. Cómo iban a imaginar a sus retoños envueltos en actividades clandestinas que hoy nos harían sonreír por sus limpios e ingenuos propósitos. Y es que no hay que olvidar que nos tocó un tiempo no sólo de ruptura generacional, también social, en la que el mundo giró a más revoluciones, -nunca mejor dicho-, porque se produjeron en plural.
Por desgracia, el sistema, con el tiempo encuentra los mecanismos, y engulle cualquier rebeldía convirtiéndola en slogan y beneficio. Aunque esa es otra historia -no me hagáis mucho caso con el pesimismo, me estoy haciendo mayor.
Por fortuna “El esplendor” no se olvida de que hubo cárcel y muertes para quienes lucharon por asuntos tan legítimos como la igualdad salarial entre hombres y mujeres, la reducción de jornada, la mejora de la seguridad en el trabajo… Tampoco se olvida de que hacíamos cajas de resistencia para que a las familias en huelga nos les faltase.

La noche anterior a la matanza de Atocha, -que entre otras, la novela cita-, Juan Carlos, un abogado laboralista de 26 años llamaba, desde Guadalajara, al despacho de sus compañeros de Atocha en Madrid para ver a qué hora se iba a hacer la reunión, le dijeron que no era necesario que asistiera y tras una agotadora jornada de asesoría gratuita, se marchó a descansar que buena falta le hacía. La llamada la hizo delante de mí y de otros rezagados que pululábamos por allí, habría sido otro más.
En la película de “Siete días de enero” se ve como levanta el féretro de uno de sus compañeros.
Me gustaban las asambleas de la construcción, aprendía mucho y me iba allí a escucharles, celebraban sus reuniones en otra estancia de aquel improvisado bufete de abogados laboralistas, yo trabajaba en esa época en el corredor del Henares, en las oficinas de una de sus mastodónticas fábricas, así que entiendo de maravilla lo que siente el personaje sin nombre que nos cuenta “El esplendor” cada vez que tiene que ratificarse ante sus propios compañeros de lucha. Los administrativos siempre estábamos cubiertos de sospechas.
A mí los enigmas del mundo se me aclaraban mejor con la militancia sindical que con la política, aunque todo formase parte de lo mismo, pero mis rasgos pragmáticos me hacen buscar la utilidad de mis actos y aquel era por antonomasia el terreno de lo concreto. Yo en aquella etapa tenía la edad de Laura, el personaje femenino que redime a Julián, y ha sido hermoso y a la vez extraño verme ahí, en las páginas de un libro que no he escrito yo. No estoy haciendo un alarde de ombligo al referir todo lo anterior, es más, si no fuera porque necesito expresarlo para lo que a continuación quiero decir prescindiría de mostrarme en un aspecto que siempre evito porque resultó muy doloroso para mí, por circunstancias que no vienen al caso hubo un antes y un después de aquella fábrica, pero la valentía de Otero me ha empujado a implicarme: a nivel personal estoy impresionada, soy once años mayor que Álvaro Otero. Cuando yo cumplía los 18 él tenía siete, por tanto aquel tiempo no lo vivió en persona, y en ese detalle radica mi asombro: la documentación que ha necesitado para esta novela le ha sido relatada por otros, pero él la ha trascendido, no sólo como si fuese un testigo directo, la ha vivido. Es mejor que de uno mismo hablen los otros, porque los otros no tienen que cargar con las contaminaciones de la decepción, los resentimientos y la tristeza. Los jirones de piel siempre dejan escozores, aunque se siga sintiendo lo mismo, si lo particular no fuera secundario jamás podríamos anteponer lo colectivo. Por eso es mejor que esta historia la escriba Otero, porque su mirada es tan limpia y tan ecuánime que lo que provoca es un profundo agradecimiento.

Pero sí quiero recordar que hubo un partido que fue en cabeza a recibir los golpes, que allanó el terreno para todos, que hizo una reconciliación nacional, que fue insultado como revisionista y moderado, que rompió con la Unión soviética, que sacrificó a su líder...
Siento que hay una gran deuda histórica con muchos hombres y mujeres que hicieron el trabajo duro, otros también, pero están a la vista y disfrutan de los resultados y sobre todo, del reconocimiento. Entiendo que el pueblo es soberano, comprendo que buscase una imagen fresca de dirigentes sin implicación en la guerra civil, nadie se queja, pero los olvidos de personas justas, valientes y bondadosas, duelen, y dicho olvido no se debe a que el trabajo posterior fuera malo, simplemente no hacían bonito en la nueva etapa. Soy de izquierdas y eso significa que cualquier daño que reciba el partido socialista también me afecta, pero resultaría más interesante y rico que este país no fuera sólo bipartidista, hay voces que hacen mucha falta sin necesidad de ser absorbidas aunque sólo sea para que nadie olvide que se gobierna para un país, ya sé que mis palabras responden más a un sentimiento que a un argumento y que acepto de buen grado lo que las urnas dicen, pero me apetecía el lamento. Adoro la pluralidad. Me encanta lo diverso.

Pero volviendo a “El esplendor” tras este inciso, diré que contiene una prosa apabullante de puro hermosa y que se asoma a todas las caras ocultas del alma humana. Jamás voy a olvidar la forma de querer de ese muchacho sin nombre que un día decide colocarse detrás de Andrade con el compromiso de ser su protectora sombra; le querré siempre porque le dieron una vida prestada de esclavo con escalafón alto de la que supo salirse; porque parasitó las mieles pero sufrió las hieles.
Y del mismo modo amaré a Julián Andrade, ese último emperador, marcado por el declive, al que me habría gustado agarrar para salvarle del imán del agua y de su vértigo atrayente; le amaré por llevarle en descapotable a su amigo todo su reino para ponerlo a sus pies de la única forma despótica en que sabía hacerlo, y sobre todo por entregarle lo más oscuro y recóndito de sí mismo, romper esa cáscara es muy complicado.
Sentiré en lo más profundo la invisibilidad de Moira y la de la madre del muchacho sin nombre, ellas son las grandes perdedoras de ese tiempo y de esta historia, porque hasta en el hecho de perder hay diferencias, los hombres son vencidos ante el mundo, las mujeres frente a la oscuridad.
“El esplendor” es una novela que muestra y descubre sin recodos la ternura masculina, normalmente oculta bajo mil capas. Pero sobre todo “El esplendor” es una tragedia impecable que abarca toda la dimensión de la palabra y en ella el agua tiene Verdugo por nombre.
A nuestra ciudad, plagada de lectores, se acercan a menudo escritores de renombrado prestigio. Resulta curioso que cuando les preguntamos por sus libros favoritos nunca mencionen los escritos por españoles de ahora mismo. Es muy triste. En otros gremios no ocurre, el viernes pasado sin ir más lejos veíamos al mejor intérprete y compositor de armónica del mundo acompañando discretamente a Patxi Andión. La primera vez que mi marido y yo escuchamos la música de Antonio Serrano fue en la Taberna del Blues, un bar chiquitito de Viñuelas, -el dueño también extrae maravillosas melodías de sus armónicas-, y él había recorrido kilómetros para estar allí. Pasado algún tiempo vimos de nuevo a Antonio Serrano dando un concierto en televisión, cuando le toca ser solista lo es, y si hay que hacer equipo lo hace, los músicos son otra cosa.

Cuando “El esplendor” ganó el primer lugar en el concurso literario de Guadalajara todos los escritores de aquí nos alegramos, también los foráneos que formaban parte del jurado junto al equipo que previamente desbroza y selecciona. Porque al igual que Antonio Serrano cuando nos toca ser solistas lo somos y cuando nos toca acompañar acompañamos. Porque lo único que de verdad importa es que la música suene.
Para mí es un orgullo que el premiado dé prestigio al premio, así como el premio al premiado, y un honor conocer a los escritores españoles de mi tiempo, y que ellos me conozcan a mí, al fin y al cabo la vida es una enorme jam session y la literatura una música en fuga a la que se le van añadiendo cada vez más instrumentos.
La composición de una fuga consiste en el uso de la polifonía vertebrada por el contrapunto entre varias voces o líneas instrumentales de igual importancia”.
Así que no sé a qué viene jugar tanto a los ninguneos.

El viernes día 14 tendremos un encuentro con el gran escritor gallego Álvaro Otero en el San José.

Un abrazo muy cariñoso de Pili Zori

"Suite francesa", de Irène Némirovsky

Me he planteado diferentes maneras de afrontar esta novela, desearía separar toda la carga emocional y el peso que conlleva el trágico fin de la escritora, la potencia de su biografía y el tiempo histórico en el que le tocó vivir y morir, para que no influyan en el análisis, pero es difícil sustraerse.
De entrada he pensado que debería leer alguna obra anterior de Irène Némirovsky puesto que “Suite francesa” no pudo acabarla, pero después me he dicho que para comentar los libros de otros escritores no he sentido la necesidad de conocer sus narraciones precedentes, así que aunque todo se me mezcle en este caso, intentaré matizar con el ánimo de ser justa y no parecer ambigua ni contradictoria, y confío en que vosotros me ayudéis a colocar las piezas para que todo quede en su lugar.
Esta vez sí que es verdadero, y no recurso literario, el hallazgo del manuscrito encontrado. Gracias a Julie Dumot podemos leer esta novela. Dumot fue la extraordinaria mujer que puso a salvo de la persecución nazi a Denise y Babe, -las hijas de Irène Némirovski y Michel Epstein-, y conservó el grueso cuaderno que años más tarde Denise, la mayor, mecanografiaría con ayuda de una lupa porque su madre tuvo que escribir su borrador con letra diminuta para ahorrar papel y tinta por razones obvias de escasez y dificultades-. Tras la transcripción, Denise donó el trabajo de Irène al Instituto de la memoria de la edición contemporánea. Por suerte, el ordenador lo rescata, y en 2004 ve la luz “Suite francesa”, la novela que iba a constar de cinco partes, si su malograda autora hubiese sobrevivido.


Tanto el prólogo de Myriam Anissimov, como el epílogo resultan escalofriantes. El epílogo lo forman las anotaciones de Irène, y un epistolario. Es un privilegio poder leer sus métodos, su forma de componer, de estructurar…, el ritmo y el tono que buscaba, el trasfondo de lo que quería transmitir, todo lo que tenía pensado para sus personajes protagonistas… el magma de grandes autores rusos, maestros bajo su piel. Y después viene el conjunto de cartas con las desesperadas súplicas que Michel Epstein, el esposo de Irène, lanzaba a amigos y personas influyentes para que le ayudasen a encontrar a su mujer, sin saber que había sido enviada a Auschwitz. Es tan doloroso leer y ver en esas misivas cómo Michel Epstein se siente obligado a justificar que su familia se convirtiera al catolicismo, como explica, sin tener por qué, que Irène tuvo que huir con los suyos tras la revolución bolchevique dejando atrás bienes y fortuna; es tan duro ver cómo indica que se pongan en contacto con una amiga que es probadamente aria para que dé referencias; tan penoso mirar como escarba en retrospectiva la obra de su mujer, una escritora de enorme prestigio, para buscar posibles párrafos que pudieran parecer sospechosos de adhesión bolchevique; es tan triste su desesperación por salvarle la vida, por intercambiarse por ella… sabiendo como hoy sabemos que el enemigo ni siquiera iba a reparar en el examen de sus trayectorias y que le bastaba con que los perseguidos fuesen de origen judío para amontonarlos sin escalafones ni categorías; es tan horrible contemplar su autovejación sabiendo como sabemos desde el prólogo que tres meses más tarde también él sería asesinado, que el respeto me bloquea y en cierto modo me silencia y me amordaza. Pero debo remontarlo y dicho respeto no puede impedirme expresar mi opinión sobre el libro hoy, con toda la perspectiva que me da el tiempo, aun a riesgo de pecar de insensibilidad y ligereza.


Al parecer, Irène era muy crítica no sólo con la clase social a la que pertenecía, -la alta burguesía ilustrada-. Acotando con otros datos de su biografía vemos que dentro de dicha clase era todavía más afilada con los judíos europeos, “los suyos” como ella misma los nombraba, pero entre la autocrítica y el desprecio hay un espacio grande, además de antagónico. Así que prefiero pensar que las observaciones de Irène Nemirovsky tenían que ver más con la autocrítica constructiva que con un incipiente antisemitismo, porque tendría narices el asunto, y la trágica paradoja estaría servida.
En este punto conviene recalcar que nosotros sabemos lo que ocurrió después, pero ellos, los invadidos, desconocían las atrocidades que se iban a producir, así que no es extraño que nos asombremos si captamos entre líneas atmósferas y actitudes favorables hacia aquel taimado enemigo, tomar partido a posteriori es más sencillo. Y no estoy justificando, sólo explico, puesto que hubo resistencia francesa, y aunque no fue tanta como la historia nos cuenta, la poca o mucha merece su lugar de honor. Pero sí confieso, aunque sea políticamente incorrecta, y que ella me perdone, que he leído la novela poniendo a la autora bajo sospecha en muchos tramos. Todavía nos queda como asignatura pendiente entender por qué tantas personas se dejaron subyugar por una moral y una estética que creyeron superiores a las suyas y no escarbaron debajo.


Estamos acostumbrados a los iconos del cine, y a que nos cuenten la segunda guerra mundial casi a vista de pájaro, en global, y la autora hace todo lo contrario: detalla y baja la mirada hasta colocar la lente en el hormiguero social y escoge, -en la primera parte titulada “Tempestad en junio”-, el éxodo de tres familias de la alta burguesía parisina, con la de los Pericand, compuesta por la madre, sus cinco hijos y el abuelo, nos muestra como la señora Pericand practica “la caridad”, aunque en el transcurso del periplo irémos viendo la parte endeble de sus convicciones. También están los Michaud, padres de Jean Maríe el muchacho que lucha en el frente. El Sr. Michaud sale de París con su mujer porque ha de abandonar el puesto de trabajo que tenía en el banco. Y después viene la pareja formada por Corte y Florence, Corte es un escritor ególatra y trasnochado que vive de las reminiscencias de sus éxitos pasados, a la autora le dará mucho juego para establecer el contraste entre un mundo que se acaba, con su corriente de pensamiento y otro que comienza. Así es como la escritora va creando masas compactas de estratos sociales para unificarlos, y las coloca en un mismo camino para poder compararlos, ricos y pobres en definitiva, de ese modo nos hace entrega de la crónica, detallada a pincel fino, de sus luces y sus sombras, de sus grandezas, pocas, y sus miserias mucho más abundantes. En este tramo el enemigo es una presencia latente que todavía no ha aparecido en escena.
En la segunda parte, “Dolche”, ya vemos como los Laboire, Las Angellier, Lucille y su suegra, los Benoît, los vizcondes… conviven y alojan, por obligación, en sus casas a soldados y oficiales alemanes, que son presentados como gente amable y refinada de la que es lógico enamorarse, la única resistencia la opone Benoît y más por celos y rencilla personal que por ideas, qué casualidad que el único personaje que mata a un enemigo sea alguien con pasado político de izquierdas, y qué casualidad también que la suegra de Lucille sea presentada como una mujer rencorosa y cerrada, parece, y lo digo irónicamente, que el detalle de tener a su hijo preso se mitiga con el de que éste le era infiel a Lucille, y digo yo, ¿qué tendrán que ver las churras con las merinas? De verdad que me esfuerzo por ser justa, pero reitero de nuevo, sabiendo lo que hoy sabemos, es lógico, que a veces la novela me parezca tendenciosa, y que sin poderlo evitar me ponga en la postura de esa madre preocupada por su hijo que ve como su nuera tontea con el ocupa alemán delante de sus narices y en su propia casaen su propia casa, como si de un romance de verano se tratase, mientras su hijo podría estar pudriéndose en un campo de exterminio. Naturalmente entiendo que en esa parte en concreto la novela está contada bajo el punto de vista de Lucille, la esposa desengañada que sabe que su marido antes de que fuera apresado tenía amante fija en otra ciudad, y por tanto puedo comprender a esos dos personajes femeninos en todos sus roles: a la señora Angellier como mujer, madre y suegra, y a Lucille también como mujer, en primer lugar, como nuera despechada y despreciada, y como esposa con derecho a ser amada. Sin embargo, y sin querer entrar en contradicciones como os decía al principio, en otros momentos de mi debate interno con el libro, elimino reservas y suspicacias y pienso que la autora símplemente se limitaba a plasmar la atmósfera real que se respiraba sin tomar partido y entonces he de recordarme otra vez con fuerza que ella aún no sabía que existían lugares como Auschwitz ni las barbaridades que allí se cometían, y que su intención fue la de mirar a seres humanos frente a otros seres humanos obviando la guerra.

Los verdugos que acabaron con la vida de Irène nunca leyeron sus obras, ni pusieron lupa como ella sobre el hormiguero social para particularizar, se limitaron a crear el suyo buscando judíos para pegarles estrellas sin distintivo y a así poder reunirlos, meterlos en el agujero y aplastarlos con certero pisotón. De poco sirvieron entonces adaptaciones y colaboracionismos.
Me temo que la resistencia francesa no fue tanta como nos han querido contar, Se produjeron denuncias con nombres y apellidos sin que quienes delataban tuvieran la vida en peligro, y sin que nadie les hubiese invitado a cantar.
La novela nos relata los comportamientos concretos de una clase social en una situación transgredida para que veamos en qué trasfondo hipócrita se sostenían sus débiles principios morales, pero desenfoca, olvidándose de quien era el verdadero enemigo, nosotros con la perspectiva del tiempo y con el conocimiento de las crueldades e ignominias que luego acontecieron apuntamos bien. ¿Fue la confianza natural de las personas?, ¿la ingenuidad?, ¿la falta de interés por el debate social y político? No lo sé, cómo iba nadie a suponer… Pero esa es precisamente la advertencia que debemos recalcar: “Siempre hay que mirar debajo” como decíamos en la novela anterior “Lo que esconde tu nombre” de Clara Sánchez, y la alusión me sirve para que una vez más volvamos a confirmar que los libros se hablan entre sí, y sé que no es casualidad que ambos libros hayan caído en nuestras manos y en ese orden, primero el presente y después el pasado.
El gran valor testimonial de “Suite francesa” es el de que quien la escribía lo hacía en tiempo real y siendo testigo directo, y por muy buen oído social que se tenga nadie es adivino, y ese es mi escalofrío al leerla, porque en el soterrado de sus páginas se nota lo embaucados que estaban.

En el club debatimos mucho sobre el límite de la patria: ¿dónde está?, ¿cuál es su frontera? Reflexionamos sobre el peligro del fanatismo, y por encima de todo hicimos hincapié en el riesgo que conlleva dejar que otros piensen por ti. Los tiempos de crisis son caldo de cultivo para que se anhelen oráculos, (una compañera recordó que si vamos a la fuentes que nos narran la historia veremos los ciclos de repetición y cómo estos se nutren de situaciones y motivos similares). También tratamos de establecer la diferencia entre líderes, dirigentes, seguidores… matizando al máximo los significados de dichos conceptos; nos prometimos que no nos dejaríamos acuartelar ni adocenar, y que pasaríamos sistemáticamente todo lo que se nos ofreciera en el debate político y social por el tamiz de nuestra evaluación y nuestro propio criterio.
A la salida otra compañera me recordó la canción de Víctor Manuel que decía en una de sus estrofas: “…O aquí cabemos todos o no cabe ni Dios”. Su elección fue muy acertada.
Haber sobrevivido a un holocausto tampoco da bula para los abusos, y nadie debe convertirse en intocable por haber sufrido si después su conducta es abusiva con otros semejantes, pero esta es la otra historia que vino después, y ni estoy ni me siento cualificada para hablar del conflicto entre israelitas y palestinos, así que perdón por el inciso. Pero como si de un estribillo machacón se tratase me gustaría repetir hasta la saciedad “O aquí cabemos todos o no cabe ni Dios”, y así iría recorriendo las guerras de una en una con ese grito.

Irène y su esposo se convirtieron al catolicismo, ignoro las razones de por que lo hicieron, no sé si abrazaron dicha religión por fe o por conveniencia, en cualquier caso no seré yo quien entre a juzgar, en un tiempo tan convulso, la cobardía o la valentía bajo presión.
Sé que es difícil lo que intento expresar. Pero compartirlo aquí me ayuda a comprender. A menudo la vida me parece un submarino del que yo sólo veo el periscopio, el periscopio contempla la superficie del mar, sólo la superficie, pero el mar es muy hondo.
Suite francesa”, en mi opinión, y también en la de otros, tiene poca agilidad narrativa, no crea tensión, y le falta ritmo, no creo que mejorara si la novela estuviese acabada como la autora quería, su gran valor reside en la magnífica construcción de personajes, en la potencia de la prosa, en la visualidad cinematográfica y en la fuerza descriptiva, pero en este caso, ¿a quién le importan esas nimiedades cuando la novela ha trascendido haciéndonos viajar en el túnel del tiempo a la velocidad de la luz hasta el 17 de agosto de 1942, el año en el que fue asesinada Irène en el sórdido Auschwitz y con ella su voz. A veces se nos olvida que los libros se escriben con una misión, y esta está cumplida: es bueno que de vez en cuando hagamos un viaje de retroceso para poder avanzar. La pena es que la portadora del mensaje tuvo que pagar la entrega con su vida.
A mis compañeras la novela les ha encantado, la han considerado una obra de arte, y han quedado asombradas ante un trabajo que estando todavía sin pulir por la escritora es tan magnífico, muchas de ellas van a buscar otros títulos para conocerla mejor.
Está siendo un año extraordinario, no hay miércoles que no me vuelva a casa admirada de las sesiones de club y de el nivelazo que alcanzan, mi única pena es que mis compañeras no aprovechen este espacio para plasmar en él sus comentarios, qué le vamos a hacer, no todo el mundo sabe utilizar el ordenador, pero sería bonito que quienes se hayan quedado con las ganas de opinar o añadir algo más pudieran hacerlo aquí y de paso compartirlo con vosotros.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.


Pili Zori

"Piedras preciosas" y "Lo que esconde tu nombre", de CLARA SANCHEZ

Para Pilar Zori esta historia de sueños reales y realidad incierta
Con un beso muy grande, Clara Sánchez
.”

Así me dedicó “Presentimientos” esta magnífica autora, tras haber mantenido un rifirrafe de preguntas y respuestas en un interesantísimo encuentro, y con esas palabras dejó plasmada una de las constantes de su obra: la preocupación por como percibimos la realidad, y otro de sus rasgos: Clara conserva la seriedad de los niños a la hora de escoger las frases para lograr con ellas expresar la exactitud: “con un beso muy grande” y ahí está ese beso resguardado tras la portada luciendo sincero y enorme.
Ha sido extraordinario tener entre las manos su primera novela “Piedras preciosas” y a continuación la última “Lo que esconde tu nombre” –naturalmente, última, está mal expresado porque a Clara le queda mucho por escribir, pero para lo que quiero explicar sirve la imprecisión-.

Me habría gustado tener el cuádruple de tiempo antes de que nos encontremos con ella el día 13; con sus libros siempre me apetece rebobinar por puro deleite, por acallar la sensación de que me pierdo detalles de trama, belleza o emoción, en el consciente, claro, porque en el inconsciente todos esos detalles que creo perder entran a saco sin que se escape ni uno y se quedan para siempre.
A lo largo de estos años y sin seguir un orden cronológico cayeron en mis manos otras novelas de la autora que deberían de haber estado entremedias: “Ultimas noticias del paraíso”, “Un millón de luces”… Y cuando ya se ha leído gran parte de la obra de un escritor, al lector le gusta fantasear con la idea de que empieza a tener una estrecha relación con él y que de algún modo conoce, comprende y comparte algunas de sus inquietudes, también reconoce muchas de sus peculiaridades, como por ejemplo la de resolver los problemas o descubrir la verdad durante el sueño como le ocurre a Natalia en "Piedras preciosas": “Sólo recordaba que había visto a Raúl y a Matilde juntos en el centro de una pesadilla”. En el fondo sabe, el inconsciente avisa aunque no queramos admitirlo, y ahí ya está el germen que Clara Sánchez desarrollará más adelante en Presentimientos, (en este mismo blog hay una entrada en la que podéis ver las impresiones que nos produjo su lectura)



Continuaré con este juego, si me lo permitís a pesar de que si algo recalcan los personajes de las novelas de Clara es que nadie es lo que parece, que la mente es engañosa, que te puedes hacer ilusiones infundadas, como le ocurre a Natalia, que es difícil mirar y ver lo que hay debajo de una sonrisa, y que estamos limitados por la subjetividad, y por ello, con toda mi subjetividad osaré decir que también aparecen en varias de sus novelas, como un guiño lateral que comunica a sus libros entre sí, la alusión a padres, -me refiero a la figura del padre y a la de la madre- enzarzados en discusiones y peleas verbales constantes, dichas peleas, -también lo sabemos por alusión, no porque aparezcan en escena-, marcan invariablemente a alguno de los protagonistas concediéndole una base de infancia que ha predeterminado algunas de sus actitudes o conductas, sin que por ello se ponga en cuestión el profundo cariño que padres e hijos se profesan, el lector sobreentiende que es mal de forma, pero no de fondo, y en cualquier caso el modo en el que ellos se comunican. La autora le da este tipo de padres a Félix en "Presentimientos", creo recordar, y también se los pone a Sandra en "Lo que esconde tu nombre". Curiosidades, ya digo.
Otro elemento muy presente son las joyas, utilizadas como trueque de libertad o de salvación: el anillo de "Presentimientos", los diamantes de "Piedras preciosas"…, la caja de Karin con las alhajas robadas a los presos del campo de concentración; los talismanes, como el saquito de arena de "Lo que esconde tu nombre"…, el pañuelo de seda de "Presentimientos"… Otra de sus constantes es el efecto que la ropa de los desconocidos produce en los protagonistas: “Olía a ella, a su perfume, lo que me produjo una sensación ligeramente desagradable porque no era como cuando me ponía un jersey de mi madre.” Este pasaje aparece en "Lo que esconde tu nombre".

Julia había traído sábanas desde Madrid para la cama del niño, quería evitarle el contacto con ropa usada por otras personas aunque estuviese limpia.” Y este otro pertenece a "Presentimientos".

Si tenéis un poco de paciencia os aclararé enseguida por qué me entretengo en estas pequeñas observaciones, en apariencia irrelevantes porque ni le quitan ni le añaden a la trama ni al argumento, no se trata de un juego frívolo, ni de un alarde de sagacidad, -ya he dicho que a menudo tengo que leer varias veces para fijar-, se debe a que creo que la obra completa de un autor necesita llevar algunos pespuntes que le vayan dando unidad y la eslabonen como si fuera un collar, y ello no significa que el tema se repita, o el escritor se reitere, precisamente si por algo se distingue Clara Sánchez es porque en cada novela que emprende cambia por completo de trama y de ejercicio y nada tienen que ver sus libros entre sí. La cuestión es que buscado a propósito o no el pespunte está, y a todos los autores que te gustan se lo descubres como un hilo conductor que continúa y se sale de la contraportada para coserse a la portada siguiente. Por ejemplo, cuando lees la obra de Paul Auster también descubres la costura o los engarces, como lo queramos nombrar, los suyos son las muertes repentinas a causa de accidentes, casi siempre de coche, la obsesión por mirarle las tripas al azar para ver de qué ingredientes está compuesto… Almudena Grandes, sin ir más lejos, introduce madres castradoras, personajes con síndrome de Dawm, parálisis… A Rosa Montero le acompañan en las páginas enanos, o seres pequeños, y Buero Vallejo creaba personajes ciegos, daltónicos, o dañados con cualquier otro estigma físico para que sirvieran como conciencia viendo más adentro y mirando más allá. En fin, no hace falta seguir porque cualquier autor que se precie plasmará determinados leitmotiv, salpicados por todos sus libros. Los de Clara hablan de manipulación, de hipocresía, de ser un blanco fácil para el grupo, hablan de la pérdida de la inocencia y también de la redención, de los verdaderos códigos de honor aunque pertenezcan al lumpen, de los ángeles caídos…

Los protagonistas de Clara, siempre urbanos, suelen estar dentro del círculo de la alta burguesía, como testigos muy próximos, pero sin pertenecer a él, la mirada de la autora es dura y pesimista, hay quien dice que más bien irónica, pero yo discrepo, la ironía es subterfugio y Clara es directa y se limita a subrayar las paradojas, como la de que Constantino prefiera que su mujer esté loca a preguntarse qué le ocurre realmente, que esté loca no le desbarata su mundo aunque ella muera de soledad y caiga en manos de desaprensivos por falta de amor, el de su marido en concreto.
A veces, viendo los grupos a los que la autora retrata me permito divagar especulando un poco: siempre se dice que los escritores vivimos en un mundo aparte aunque tengamos buen oído social, y si ya hablamos de los que tienen éxito y prestigio como es el caso de Clara podemos llegar a la conclusión de que inevitablemente terminan relacionándose con personas de elevado status que tienen que ver con el mundo editorial, los medios de comunicación, con los estamentos culturales apoyados por políticos, entes financieros… en definitiva, los mecenazgos de hoy, pero ellos, los escritores, han llegado hasta ese espacio a menudo elitista y excluyente por la vía del talento y yo no sé cómo se las arreglarán para adaptarse sin atraparse, y aclaro que hablo del sentido de pertenencia, porque independientemente de la cuna en la que se nazca el escritor ante todo es escritor y su vía de reconocimiento es como ya he dicho el talento, y la economía no te lo da, tampoco los títulos académicos. Las oportunidades que tenga para darse a conocer son otro asunto, ahí sí puede influir “el con quién andas.” Pero dejando atrás el inciso y la divagación lo que quiero decir es que aunque no sean préstamos personales de Clara Sánchez, sí que ella retrata en primer plano y con nitidez los infiernos que se esconden tras las geométricas y floreadas urbanizaciones de chalets de lujo, o tras las ventanas de los modernos rascacielos habitados por los flamantes ejecutivos que cortan el bacalao manejando los contratos y ceses a golpe de caprichos de poder, y entre todos los temas esenciales que la autora toca, tales como el Bien y el Mal con mayúsculas, el aislamiento y la inadaptación también son constantes principales de su literatura, deseo que ella los denuncie, pero espero que no los padezca.
En cuanto a su estilo, prescindiré de tecnicismos porque cuando te encuentras con vanguardia todavía no están los estudios hechos, como decía el slogan “marcando estilo”, y Clara lo marca. Es una escritora moderna, que a veces puede desconcertar, has de recurrir al poso que te deja para comprender lo que ha hecho contigo.

Hace unos días una compañera hablaba en el club de por qué agradan tanto los libros de corte clásico aunque el contenido sea actual “porque son muy descriptivos y eso gusta” nos decía. La conversación salió comparando el peso de "Suite Francesa" de Irène Némirovsky con "Piedras preciosas", (estábamos leyendo las primeras cien páginas de "Suite Francesa" cuando supimos que La Biblioteca había invitado a Clara, así que pospusimos la lectura durante una sesión para darle paso a un libro de ella que no hubiésemos leído juntas, y escogimos entre todas "Piedras preciosas" y nos lo compramos para hacerle el honor a la autora y de paso celebrar la fiesta del día del libro, Lo que esconde tu nombre ya está rotando por los clubes así que había que esperar turno). No solemos hacer comparaciones, porque si un escritor es bueno no se parece a nadie, pero es lícito que en el club se manifiesten las preferencias de todo tipo y a alguna compañera le pareció mejor "Suite Francesa", y así lo expresó. Y entonces me dio pié para explicar sin imponer por qué a mi juicio "Piedras preciosas", una novela aparentemente más sencilla también tenía mucho peso y comencé con el extraordinario arranque:
Ya en la primera página el lector ve lo que la autora le deja añadir habiendo buscado a propósito las palabras no expresadas, observamos como a Natalia la coge por el hombro su marido, Constantino, y como ella se siente conmovida. Ahí ya nos muestra que no es habitual el gesto, Natalia mira las baldosas pulidas y brillantes del aeropuerto y comprendemos que lleva una actitud recogida, ensimismada, no mira al frente. Despiden a sus hijas adolescentes que se van a estudiar a Inglaterra… el narrador omnisciente o la propia Natalia si hablase en primera persona podrían haber dicho que hacía tiempo que su marido no la cogía por el hombro y que se conmovió, pero eso sería contar el hecho sin más, la forma que la autora escoge además de ser más artística crea emoción y empatía en el lector, el lector se involucra y por lo tanto experimenta, está dentro.
En la segunda página leemos otro estado de ánimo sugerido por las actitudes, el lector observa la conducta de la protagonista y deduce, pero para que deduzca la escritora ha tenido que llevarle y escoger el lenguaje que le conduzca hasta ahí.
Todos estos sonidos más el crepitar del fuego en la chimenea y ligeros estremecimientos de los cristales y de los muebles estallaron dentro de Natalia como un llanto y sintió lágrimas en su rostro.
Este contacto le hizo pensar en ella misma en sus manos en cada parte de su cuerpo en la urgente necesidad que tenía de ir a la peluquería y a la manicura

Nos entrega la imagen, no nos dice que de pronto es consciente de su edad, de su descuidado aspecto, de su nido vacío, nos hace comprenderlo y prosigue: “Observó la chimenea, las ventanas, los muebles, las fotografías encima de la repisa. La única sombra humana de la sala era la suya. Estaba sola.” Y lo subraya con contundencia, entre dos puntos. Estaba sola. No físicamente, sino sola.
Subió a las habitaciones superiores con un llanto rítmico que le ayudaba a superar los escalones con rapidez. No quiso contener las lágrimas: dejó que la acompañaran en su detenido paseo entre los muebles de las habitaciones.” Cuando nadie te ve el llanto es distinto, más abierto y desbordado. “Dejó que la contemplación de objetos queridos la hiciera descender a lo más profundo de su sentimiento de abandono, incluso abrió el trastero para ver las cunas de las niñas y el cajón de los juguetes. El llanto fluía ya incontrolable y desesperado. Bajó la escalera de manera desigual y tropezó con los muebles hasta caer en la otomana situada junto al ventanal, frente al fuego que le enviaba chispas encendidas, soñó que unos labios se posaban sobre los suyos. Fue un contacto cálido y estremecedor que deseaba ardientemente recuperar” Qué forma tan suya, tan artística de definir el encierro, la soledad y el aislamiento con la precisión visual del story book del cine. ¡Chapeau!
Para recuperarlo tenía a Constantino, que regresaría por la noche, y lo esperó impaciente. Cuando lo tuvo ante ella cerró los ojos y buscó su boca, pero no fue beso, sólo la presión de la boca de Constantino contra la suya”. Qué bien definido un beso indiferente, cotidiano, de costumbre, que ha perdido el sentido de la voluntad de dar.
Como ya hemos dicho otras veces, que una novela sea fácil de leer no significa que resulte fácil de escribir, la aparente sencillez en literatura a veces se usa para lograr complejidad y mayor impacto.

"Piedras preciosas" se publica en 1989, han pasado 21 años, Clara Sánchez era una muchacha, como nosotras lo éramos entonces, y no podemos olvidar qué nos preocupaba e interesaba a esa edad y qué nos preocupa e interesa ahora. Intento expresar que no debemos confundir calidad literaria con lo que nos hace identificarnos con un libro. Estoy segura de que "Piedras preciosas" sigue vigente para cualquier lector, pero en especial para una mujer de treinta y tantos, está claro que lo que deslumbra y embauca a los treinta o cuarenta años no es lo mismo que a los cincuenta y tres o a los sesenta.
En cualquier caso es una novela de vidas cruzadas muy bien construida, y de una belleza extraordinaria, intuyo que le gusta mucho a Clara el cruce de caminos, o el punto en el que dos trenes con direcciones opuestas paran para hacer un alto y se encuentran.
Como tengo todo el libro subrayado, para sufrimiento de los que lo leen tras de mí, os escojo otro ejemplo que me sirve para lo que intento decir: “Buscó la navaja de afeitar por encima de la cómoda entre las botellas vacías.” ¿Veis qué modo tan sutil de mostrarnos sin decir que el policía Buendía es alcohólico?
Cuando se casaron no poseían casi nada. Constantino trabajaba día y noche en P.P. y a su regreso a casa dejaba resbalar un beso por las mejillas tersas y brillantes de Natalia que planchaba de pie ante la mesa de la cocina. Años duros que a los dos les gustaba recordar en las frías tardes de invierno mientras contemplaban todo lo que ahora les rodeaba. Poco a poco consiguió ser alguien. Invitaban a los jefazos de P.P., y Natalia comenzó a fumar. Constantino recordó con rencor este dato.” En realidad nos dice que Natalia comenzó a dejar de ser feliz. En ambos párrafos conviene leer los renglones anteriores, pero he troceado para buscar la síntesis.
Pondría muchos más de los subrayados que mi libro tiene, pero creo que con esta pequeña muestra se comprende en qué sentido estoy valorando su prosa, su composición y todo su contenido.

Por hoy lo dejamos para no saturar. Deseo que os haya gustado el bocado. En otro encuentro hablaremos en exclusiva de "Lo que esconde tu nombre", porque se merece espacio propio. Ya os anticipo que aparte de lo interesante de la trama por el tema escogido: los nazis que se refugiaron en la costa de Levante y que hoy son ancianos aparentemente inofensivos hay una preciosa relación, de joven con mayor, viaje iniciático en cuyo cruce de caminos –de nuevo el cruce- la joven pierde la inocencia y gana la valentía de la madurez y el compromiso, y el vínculo de ambos redime a la venganza, y el círculo vital se cierra.
Tal vez la novela crea en el lector expectativas que, finalmente y por fortuna, no se producen, porque lo que el lector esperaba quedaría encerrado en el libro sin más, viviendo en el mundo de la ficción y formando los manidos iconos a los que estamos tan acostumbrados, por el contrario lo que en ella sucede la trasciende y sale fuera.
Al principio sólo pensaba en la venganza, ahora pienso en el futuro de gente como Sandra” Nos dice Julián en la página 396.
“¿Habría vuelto a matar alguno de ellos después de la guerra o se habrían saciado para siempre?, ¿sería capaz alguno de ellos de matar con su propia mano o tenían que estar organizados?” Esta reflexión de Julián que a mí me parece el corazón de la novela, su núcleo, aparece en páginas anteriores, concretamente en la 168.
Y no me importaba lo que pensaran de mí sino lo que pensaba yo de la vida.” Esta autoafirmación la hace Sandra en la página 420, y el lector al fin respira hondo y satisfecho porque ha asistido a la profunda transformación de la protagonista. En realidad, como en todos los viajes introspectivos la acción y toda la turbulencia se producen en el interior de la persona.
Esta frase de Sandra es el regalo con el que yo me quedo junto con la bellísima imagen, casi litúrgica que para mí sintetiza y resume toda la novela: las tres piedras tras el banco en el que Julián y Sandra se encontraban parecen decir: Mira siempre lo que hay debajo. Y el mar y el faro al frente como luz de guía en la oscuridad.
También en las novelas de Clara Sánchez hay que mirar siempre lo que hay debajo por el poderoso contenido subliminal.

La música de "Lo que esconde tu nombre" es un blues, y eso lo he dicho de muy pocos libros, de hecho podría subtitularse crossroad con el diablo incluido como la leyenda reza. Y la melodía de ese cruce de caminos del que tanto estoy hablando, encrucijada de la que ambos protagonistas salen transformados sin haber vendido el alma, me gustaría que se cantase y escuchase por todos los confines del mundo.
Nunca voy a olvidar la ternura de Julián preocupado por su imagen íntima frente a Sandra de “tío meón, sin lentillas, con gafas de culo de vaso, un arsenal de medicamentos y delgadez extrema” cuando tuvieron que compartir habitación. Es curioso, pero esa escena que aparentemente no es álgida fue sin embargo la que más me conmovió. Lloré. Y lo hice por el magnífico contrapunto que busca Clara, por el contraste: si tenemos en cuenta que en el campo de concentración Julián vivió compartiendo el olor de los orines de los otros, y su desnudez…, la escena cobra un valor de dignidad muy importante. Clara sabe colocar muy bien esos espejos.
Y el cierre de la novela es perfecto: el niño, la vida abriéndose paso, se llama Julián, “Cuando nos miraba parecía que buscaba la verdad dentro de nosotros o que sabía que detrás de cualquier cosa había algo más”. Rotundo

Mi padre también estuvo cuatro años en un campo de concentración de los de Franco, en Larache, y como Julián hace con su hija nos contó muy poco a mi hermano y a mí, sólo bajó la guardia una noche, cuando ya empezaba a estar muy enfermo, en el hospital de Alicante, para decirme ¡Qué malos fueron, hija! ¡Qué malos! Diecinueve años tenía cuando se lo llevaron, desde allí en días claros veía el perfil de su país.
Me habría gustado ayudarle como Sandra hace con Julián, al menos cuando los malos recuerdos del pasado le rondaban con mayor virulencia. Pero aunque ya lo intuía, a través del libro de Clara he confirmado que quiso sentirse normal frente a nosotros, sin estar estigmatizado, pero a pesar de las tiritas, como las que se pone Julián en el tatuaje de su número, los estigmas “invisibles” siempre se le trasparentaron.
Espero que el mundo esté lleno de los buenos pensamientos de mi madre, como Julián deseaba: “Raquel tenía el don de hacer lo malo bueno, y me tomé como otro castigo el que ella muriese antes que yo, y que sus buenos pensamientos desapareciesen del mundo.” Los de mi madre Juana (Magdalena) Campos Guadalajara tampoco desaparecerán.

P. D. Y ya para despedirme después de todo el elogio sólo añadiré una pequeña objeción: Me gustó muchísimo lo bien que guardaste el elemento sorpresa, querida Clara, con respecto a Alberto, la anguila, de hecho lo sentí como un pescozón en la cabeza dirigido expresamente al lector que venía a decir así: ¿No te he explicado ya que no hay que juzgar ni fiarse de las apariencias? Pues entonces ¿por qué has dado por hecho? Pero no comparto que Julián no le desvele a Sandra en la carta la verdadera identidad de Alberto, aunque comprenda sus razones, porque si toda la novela en sí misma es una rebeldía contra la manipulación creo que Sandra tenía derecho a saber la verdad, y Alberto a ser reivindicado en la novela, la sobreprotección es otra cara de la misma moneda.
Tengo muchas ganas de volver a leer Lo que esconde tu nombre con mis compañeras.


Hasta el próximo encuentro. Un fuerte abrazo.

Pili Zori

“La letra de los ríos”, de MANUEL LEGUINECHE, FRANCISCO GARCIA MARQUINA, ANTONIO PEREZ HENARES y PEDRO AGUILAR

Leímos, durante las vacaciones de navidad, “La letra de los ríos”, un precioso obsequio del Servicio de Cultura de la Diputación de Guadalajara, magnífica edición de insólito contenido escrito a cuatro voces.
Por circunstancias familiares muy tristes, no había vuelto a asomarme por aquí, pero a pesar de que ha pasado más tiempo del acostumbrado me parecería injusto no reflejar, aunque sea muy someramente, la grata experiencia que con su lectura vivió el club.

Cuando recibí “La letra de los ríos”, mantuve el libro con incertidumbre en el cuenco de mis manos durante un buen rato, hojeaba, leía un poquito en transversal, hacia delante, hacia atrás, me detenía en las fotos… No sabía cómo iba a funcionar, -el club está acostumbrado a la literatura-, y pensé que tal vez un libro de viaje… Pero de inmediato corregí el vicio de la clasificación que tanto critico en otros porque nada más comenzar con la lectura comprendí la obviedad: que los cuatro autores se desenvolvían de maravilla, por arte y por oficio, en varios registros de comunicación, pero también, y especialmente, como novelistas. El que alguno de ellos haya sido viajero de riesgo además, para esta novela en concreto era un valor de añadidura, pero no el principal.

A priori podría parecer que lo apropiado sería hablar y destacar a los autores de uno en uno, por separado. Medité sobre ello, pero, al menos para mi, colocar ese involuntario podium de extensos y destacables curriculums sería como cometer un sacrilegio contra el espíritu del libro, porque si algo rezuma desde sus páginas es esa envidiable simbiosis de amistad que desde fuera se respira, –tan difícil de encontrar en este solitario oficio-, esa amistad que el lector intuye con fuerza unifica toda la obra como un pegamento indeleble e intemporal. Quien lee no se pregunta por la fecha en la que fue escrita cada narración.

Antes del abordaje de la lectura yo tenía otro hándicap secreto, aunque no inconfesable: la que escribe es una urbanita irremediable que ha viajado hasta recónditas ciudades remotas, pero que sin embargo, por tenerlos tan a mano, desconoce los bellísimos parajes de su provincia, una vergüenza, ya digo. Tal es la paradoja, que un buen día se encontró, (la que escribe, vuelvo a repetir, porque así en tercera persona me da menos apuro admitirlo), en un palacio de Guimaraes cinco réplicas, únicas, de tapices elaborados y expuestos en Pastrana. Como veis la penitencia ya va en el pecado.
Por tanto, dado mi desconocimiento, supe que por mucho que me documentara la impostura iba a ser evidente, así que decidí con humildad colocarme un paso atrás para escuchar y aprender de mis compañeras, y la sorpresa fue que el libro satisfizo por completo tanto a las amantes del viaje y de la historia como a las de la literatura, y tanto a las nacidas y criadas aquí como a las que provenían de otros lugares del país.

Todas supieron captar los matices de las cuatro voces, hasta el punto de descubrir bajo la vocación de estilo de cada uno de los autores también los rasgos de su personalidad.
Conozco a mis amigas de club desde hace 14 o 15 años, y como en otras ocasiones he dicho en este mismo blog, en cada sesión vampirizo lo mejor de ellas: sus opiniones. Pero en ésta recibí otro regalo más entrañable aún si cabe: el de sus raíces. Casi todas, como ya he anunciado en renglones anteriores, nacieron en pueblos de Guadalajara de los que se sienten profundamente orgullosas.
Gracias a este libro cada una habló de su lugar de origen; reconocieron, emocionadas, a muchos de los personajes citados, tan allegados que algunos resultaron ser familia, tíos, primos…
Hicieron la novela suya ampliando información, y crearon un pormenorizado epílogo que la crecía en detalles y precisiones.

Las que siempre tienen la mochila preparada propusieron con entusiasmo recorrer juntas esos caminos. Guante que desde aquí le lanzo a María Antonia Pérez León, Presidenta de la Diputación de Guadalajara, que dispuso amablemente el Castillo de Torija para el encuentro con los escritores. No estaría mal propiciar visitas de un día, o medio, según las distancias, a los distintos lugares y monumentos que describe el libro. Perdón por la osadía, pero por solicitar que no quede.

Como os contaba al principio no pude asistir, pero Plácido, Paloma y Rosa, los responsables del Departamento de Cultura se volcaron con mis chicas, como ellos las nombran, además de con los otros tres clubes invitados que también acudieron a la cita en sendos autobuses. Era una experiencia piloto en la que los tres pusieron enorme ilusión cuidando con celo los detalles, (cuando acudimos a eventos culturales tanto de la Biblioteca Pública, como del Ayuntamiento, Fundación Siglo Futuro, Diputación… a menudo se nos olvida la gran labor en sombra de los anfitriones), -no resulta fácil hacer coincidir a cuatro escritores el mismo día-, sobre todo si además andas con los dedos cruzados y mirando a un cielo plomizo que en esas fechas no paraba de escupir hielo. Ni adelantarse a los caprichos de la megafonía. Para que Manu Leguineche pudiera estar cómodo se cambió de sala y se eliminó la tarima, finalmente muy a su pesar no pudo acudir.
Por todos los esfuerzos, gracias.

Imagino que el club transmitiría a los autores que nos parecieron preciosas imágenes como la del río corriendo paralelo al tren. Esa líquida eternidad frente a la efímera y mortal sucesión de acontecimientos y personas a lo largo de su lecho y de la historia.
La fluidez de la prosa de todo el libro deslizándose como seda sobre agua. La enorme recopilación de poesía sobre “Su majestad el Tajo” (el título se lo otorgo yo con vuestro permiso).
La forma tan hermosa, en la que los cuatro describen la personalidad de cada río, sus edades e incluso su sexo…
El descubrimiento de la fábrica de chocolate que nació en un tiempo de fascinación por el progreso, las máquinas y la magia de los inventos.
En fin, seguiría enumerando las virtudes de este extraordinario escáner anímico que cada uno de los escritores con su particular interpretación y enfoque le hace a la provincia. Pero me limitaré a decir que el recorrido de catéter por sus venas de agua merece muchísimo la pena.
Con razón Mary Paz, una antigua compañera que tuvo que trasladarse a otra ciudad, siempre decía “leer es viajar gratis”.

Pero no quisiera terminar este encuentro sin decir que los cuatro escritores fueron muy valientes a la hora de elevar su personal y particular canto a esta provincia si tenemos en cuenta que “El viaje a la Alcarria” de Cela aquí pesa mucho, y aún a riesgo de que me excomulguen, lo de “pesa” lo digo en sus dos acepciones, no hay cosa peor que una lectura obligada en la infancia para que un niño se desapasione, lo siento mucho pero a mí y a esa edad no me gustaba la imagen que el posteriormente nóbel daba de nosotros, lo de valorar la prosa llegaría más tarde, pero el tufillo elitista de la trama me desagradaba. Subjetivo o no, es mi recuerdo.
No sé si alguno de los cuatro escritores buscaba la emulación o por el contrario enmendarle la plana a Cela. En cualquier caso me alegro por contraste de estas miradas nuevas, de la frescura de este viaje que ha conseguido impregnarnos de la atmósfera, los olores, la sensualidad, el cansancio, los mosquitos… y sobre todo me alegro del contagio del profundo amor por nuestro sitio, incluyendo la ironía, esa clase de autocrítica que sólo se admite si proviene de alguien de la familia, de uno de los nuestros, por sangre o por adopción, pero de nadie más y perdón por el chauvinismo, como suele decirse, de mi hijo o de mi hermana hablo mal yo, pero tú no.

Esta bellísima provincia tan invisible y a menudo tan olvidada ya tiene sus cantores, y por si alguna vez ellos se ponen tristes por la falta de reconocimiento a sus batallas hoy quiero regalarles este himno de Mercedes Sosa y Horacio Guarany para que no olviden nunca que su oficio tiene enorme importancia.


”Si se calla el cantor calla la vida
Porque la vida misma es todo un canto
Si se calla el cantor mueren de espanto
la esperanza la luz y la alegría
Si se calla el cantor se quedan solos
los humildes gorriones de los diarios
Los obreros del pueblo se persignan
Quién habrá de luchar por sus salarios
Qué ha de ser la vida si el que canta
no levanta su voz en las tribunas
Por el que sufre,
Por el que no hay ninguna razón que lo condene
a andar sin manta
Si se calla el cantor muere la rosa,
De qué sirve la rosa sin el canto
Debe el canto ser sobre los campos
Iluminando siempre a los de abajo
Que no calle el cantor porque el silencio
cobarde apaña la maldad que oprime
No saben los cantores de agachadas
No callarán jamás de frente al crimen
Que se levanten todas las banderas
cuando el cantor se plante con su grito
Que mil guitarras desgranen en la noche
una inmortal canción al infinito
Si se calla el cantor…
Calla la vida




Y ahora que terminen ellos este encuentro con sus propias palabras, hay muchos pasajes hermosos y llenos de significado para escoger, que cada lector subraye los que quiera hacer suyos, aquí dejo esta pequeña muestra:

Comen lo que se come allí por donde pasan, se guarecen de la lluvia bajo árboles copudos. Escuchan el latido de la naturaleza”.
Manuel Leguineche

Voy paseando hasta la estación, que aparece recortada y limpia al fondo de la ancha calle. Limpia, eso sí, pero también pintada a medias de color mortadela y de color panzaburra muy poco agradable. En esto del diseño, a veces te sale un creativo desahogado que te arruina un paisaje”.
Francisco García Marquina

Cada vez que desde La Alcarria miro hacia la Sierra y mi vista alcanza el Ocejón, este año tan cuajado de nieves, siento la misma y renovada emoción de pertenencia. Esa es mi tierra y mi horizonte. Pero no porque la sienta mía, sino porque yo me siento suyo, parte de su ser de su esencia, de su paisaje y de su raíz. Yo soy su hijo".
Antonio Pérez Henares.

Según baja el Jarama de la sierra va horadando el paisaje. Su látigo azul y blanco parte la tersa y negra pizarra en multitud de fragmentos que se esparcen por las laderas de los viejos picos de la sierra de Ayllón”.
Pedro Aguilar

Gracias
Hasta el próximo encuentro

Pili Zori