"El regreso", de BERNHARD SCHLINK

Peter Debauer, de niño pasaba las vacaciones de verano en Suiza en casa de sus abuelos ya jubilados que para aumentar un poquito la pensión se dedicaban a editar una colección de novelas populares. En los años 50 recién acabada la segunda guerra mundial el papel está muy caro y los abuelos le regalan a Peter algunos pliegos de las pruebas que corrigen para que aproveche el dorso y le prohíben expresamente leer el anverso, pero un buen día Peter decide desobedecer el mandato de sus abuelos y lee el texto escrito en las hojas: son los fragmentos de la odisea de un soldado alemán que regresa a casa tras su cautiverio en Siberia para reencontrarse con su mujer. Cuando llega a su ciudad y ella le abre la puerta lleva a un niño en brazos y a su lado hay un desconocido. Peter se quedará sin saber como acaba la historia del soldado porque desgraciadamente ya ha usado las hojas finales para tomar sus apuntes de clase y las ha tirado. Años después Peter tropezará de nuevo con esa historia y sentirá curiosidad por conocer el final. Y esa indagación se convertirá en la búsqueda del autor de dicha novela, un hombre que ha dedicado toda su vida a borrar su rastro, que ha vivido bajo distintas identidades, que ha conseguido éxitos y que sobretodo ha establecido una relación muy particular con los horrores del siglo XX. Al mismo tiempo Peter se encontrará a sí mismo, y sus investigaciones le llevarán a vivir su propia odisea: la búsqueda de sus orígenes de la mujer amada y finalmente su propio regreso”. (Resumen extraído de la contraportada de la novela. Editorial Anagrama)

Advertencia para quienes todavía no hayan leído esta novela: voy a desvelar el final.

Desde hace ya algunos años en el club hemos ido compartiendo la literatura de Bernhard Schlink. Leímos juntas “El lector” que nos causó un gran impacto y nos dejó una huella imperecedera, y después “La justicia de Selb” de la que en este mismo blog dejé comentario. Así que esta vez cogí a ciegas el libro por el aval del escritor, (aclaro el detalle porque si seguís el blog veréis como durante este año una especie de magia o pegamento invisible nos ha hecho elegir al azar varias novelas prácticamente seguidas con el tema común de la segunda guerra mundial y el nazismo, eso sí, bajo prismas y épocas distintas). “El regreso” es una novela difícil de escribir, ahora explico por qué.
He sentido muy cerca el dolor del protagonista y en esta ocasión sí me he atrevido a especular con los préstamos biográficos del autor, mirando entre los renglones, y digo me he atrevido porque una de las cosas que más molesta a un novelista es que le pregunten que si el contenido de sus novelas es autobiográfico, el escritor desea que lo valoren por la creatividad y por la capacidad de imaginar, porque aunque el magma deposite sedimentos personales nunca deja de ser ficción, puesto que se escoge lo que se quiere decir y también lo que se omite, camufla, o disfraza. La literatura no es un retrato hiperrealista de la parte externa de la vida, aún admitiendo que fuese sólo realidad lo que refleja, también, como ya he dicho otras veces, estaría fotografiando el pensamiento, el sentimiento, lo imaginado, lo soñado, lo intuido…, en una palabra, lo de dentro, factores que sin duda también forman parte de la realidad, ¿objetiva?, ¿subjetiva?, qué más da, propia en cualquier caso. Si con esta novela he especulado, como decía anteriormente, con la idea de que lo que Bernhard Schlink cuenta pudiera ser autobiográfico ha sido por conmiseración ante el impacto, por nada del mundo querría que le hubiese ocurrido lo que relata, porque a ver cómo te arrancas, cómo vomitas un sufrimiento así y siendo juez encima.

Durante la segunda sesión –es decir, en el tramo que va de la página 100 a la 200 una compañera expuso: “A mí me parece que cuando va a decir lo importante corta.” Esta frase se me quedó prendida, porque fue la clave que me dio la definición exacta de mis sensaciones: la novela es un merodeo constante porque la “verdad” a la que tiene que enfrentarse es muy dura y puede dejarte ciego y destruirte si la miras de golpe y de frente y sin preparación previa, por eso la frase de mi amiga fue muy acertada, ella tal vez quiso decir que la forma de narrar sonaba como cuando alguien va a soltarte una confidencia y a medio camino se arrepiente o no termina de atreverse a ponerla en voz alta, pasa un tiempo y vuelve a intentarlo con los mismos resultados, pero sin embargo algo va cambiando porque en cada nuevo intento ha dejado un pequeño goteo, un ligero reguero de información que ha ido allanando el terreno.

A menudo las novelas nos ordenan la vida, -ya que esta es tan caótica e inconclusa, al menos en apariencia-, porque nos la van separando por compartimentos, porque colocan todo en su lugar y se expresan por partes, pero en la vida ocurre todo junto: al mismo tiempo que puedes arrastrar asuntos traumáticos o temas sin resolver, te puedes estar enamorando, has de estudiar, trabajar, relacionarte, soñar, desarrollarte, crecer, sentir tristeza, alegría…
Pero en este caso yo diría que la novela ha sido escrita como la vida se escribe a sí misma, con todas sus irrupciones e interrupciones en los proyectos que te has propuesto, por ejemplo: Max, el hijo de su ex novia Verónika, al que Peter ama como propio, es aparcado en su casa sin previo aviso, porque Verónika se va de viaje, y es precisamente en ese periodo cuando al protagonista la vida se le coloca por sí sola mostrándole el ambiente hogareño que en realidad desea, el cuidado del pequeño le indica las prioridades, le marca camino. Otro ejemplo es el de Bárbara y el regreso inesperado del esposo, justo en el momento en el que la relación comenzaba a afianzarse, la vida le da otro vuelco…, pero en el fondo no son más que pequeños desvíos que siempre te devuelven al camino central.

En esta novela de búsqueda, al igual que Ulises, el autor B. Schlink escoge cuatro odiseas que se contienen entre sí como si de muñecas rusas se tratase, literatura dentro de la literatura:
-Una es la atribuida a Homero.
-La segunda es la novela que Peter comienza a leer de niño a la que le faltan las páginas finales y también las del principio, razón por la que desconoce la identidad del escritor. (Sobra decir que el recurso del manuscrito encontrado es uno de los logros de Schlink, que para este ejercicio maneja con maestría varios registros de lenguaje diferentes: la novela encontrada que el protagonista lee por trozos tiene un estilo y voz distintos, luego está el epistolar con diversos remitentes, su padre, el amigo de juventud de su padre… y el de los trabajos de ensayo también de su padre, si es que podemos denominar así los aberrantes delirios psicopáticos de este señor).
-La tercera se refiere a la propia odisea de dicho escritor desconocido, (aunque ya os haya desvelado yo que es su padre). Seguir su rastro es complicado, porque a lo largo de su vida adopta varias identidades.
-Y la cuarta y más importante es la de nuestro protagonista que yendo en busca del autor desconocido se encuentra a sí mismo.

Otra compañera expresó también durante la 2ª sesión lo siguiente: “Yo creo, y hablo del autor, de Bernhard Schlink, no del protagonista, que nunca va a encontrar lo que está buscando”. Lo dijo con un poso de tristeza muy hondo, y quise leer en su rostro que a pesar de las reivindicaciones sobre las memorias históricas hay verdades que sólo se dan en circunstancias anómalas y que nos son vetadas porque tienen que ver con el horror.
Cuando los lectores vamos descubriendo, a la vez que el protagonista, que el escritor de ese manuscrito encontrado es su padre, y la cursiva de sus cartas nos araña los ojos, se nos coloca todo de repente, a cada uno con sus matices, y los míos me hicieron volver al comienzo: a la parte del abuelo y su afán por mostrarle al chico que de errores judiciales han salido grandes avances, algo así como el refrán nuestro “No hay mal que por bien no venga” y entonces dije No, de forma rotunda, entonces empecé a vislumbrar que tal vez el abuelo, consciente o inconscientemente, intentaba justificar algunos hechos representando a una generación que no sabe qué hacer con la culpa, la suya propia o la de sus vástagos, y que busca desesperadamente visos que mitiguen el agravio. Pero no vale, comprender no es justificar y hay que definirse y tomar posición.

En “El regreso” no se desvela si los abuelos conocían la identidad del autor del libro que le entregan al niño para que escriba por el dorso con la prohibición de leerlo, esa nube no se retira, como tampoco si la muerte de los ancianos fue o no accidental, a los dos les atropella un coche y fallecen en el acto. Meses antes se fueron deshaciendo de sus enseres como si lo intuyeran y le pidieron al nieto que escogiese su herencia, muebles que llevará consigo toda la vida cualquiera que sea su morada y que representarán sus raíces, su origen. Tanto si creyeron la mentira de que el hijo había sido asesinado a tiros, como si fueron conocedores desde el principio o posteriormente de sus refugios e imposturas, el daño es atroz, pero la novela ni siquiera lo insinúa, es algo con lo que he especulado yo y con esa licencia y haciendo el libro mío me permití el deseo de proteger a aquel niño sembrado de dudas por las historias que el abuelo le relataba. Finalmente, siendo ya un joven, reacciona cogiendo rechazo a las palabras y a los malabarismos seductores que podemos hacer con ellas. Así que no he podido evitar, mientras leía, la sospecha de que tal vez los abuelos le entregaron al nieto a sabiendas una novela escrita por su padre.
Puede que Pandora, tanto en la vida como en la literatura, se confabule con los astros para levantarle la tapa al cofre y dejar que los secretos se expliquen a voces.
Pero aunque Schlink no me aclare la duda dejad que me pregunte ¿por qué envía un hombre culto una novela a una editorial pequeña de publicaciones populares y entretenidas si no es porque conoce la identidad de los correctores de estilo?, ¿acaso padres e hijo compartían el secreto?, ¿o es Pandora la que enreda para que los males campen por sus respetos? Schlink no nos lo dice, porque en realidad importa poco el cabo suelto y alguien tiene que salvarse en un mundo con tanto presunto implicado. Así que ahí dejo la interrogación.

Hay una constante en la literatura de B. Schlink, y es el esfuerzo que realiza en todos sus libros por diferenciar la justicia de la ley y también de la venganza. Pero para no confundir, he de dejar claro, aunque reitere, que estos pensamientos que he manifestado en voz alta no son más que una vuelta de tuerca mía, una osada discrepancia, una impresión personal.
Los abuelos en la novela están dibujados como seres extraordinarios que lo llenaron de amor, con los que Peter podía ser él mismo, y el lector les ama tanto como el protagonista.
Al abuelo le gustaba contarle errores judiciales para que él extrajera su moraleja, para enseñarle a pensar; a la abuela sin embargo esas historias le agradaban más por la parte artística y de leyenda que encerraban, siempre decía que consideraba un juego de inmadurez masculina la guerra, no en vano fue sufragista y siguió siendo pacifista.
Cuando mueren sus abuelos, Peter se encuentra en un punto importante de inflexión con su vida, tanto sentimental como de objetivos profesionales, perdido en los patrones legales y en los déjàvu que cada caso crea. No encuentra la justicia concreta a aplicar en los nuevos casos sin que la contaminación de los esquemas los etiquete y adocene, no es eso lo que quiere, y por ello renuncia a su plaza de asistente y decide poner tierra en medio, abandonando, tras la tesis doctoral, la habilitación que le estaba preparando para ser catedrático de derecho.

En el paraíso californiano se dedica a los masajes y al lenguaje sincero de la piel y de los cuerpos, se da esa tregua al menos hasta que encuentre su discurso propio, su propia línea de pensamiento.
Los clásicos griegos ya escribieron todo a grandes rasgos, La Ilíada, La odisea, Edipo Rey, Antígona, Electra.... Nosotros tan sólo damos vueltas alrededor de sus pautas y nos limitamos a tratar de entenderlas.
Al igual que en la vida, -en la que lo que leemos nos afecta y se sale de las páginas para formar parte de nuestra propia experiencia-, al protagonista en la ficción le ocurre lo mismo, por eso encuentra todos los equivalentes de La Odisea de Homero en su camino: A través de la búsqueda del autor desconocido (que más tarde y por desgracia descubrirá que es su padre como vengo repitiendo) aparece Bárbara, su Penélope. En la novela que leyó de niño se queda sin saber a quién escoge la mujer ¿al soldado que regresa y que ella daba por muerto? o ¿al hombre que ahora tiene? En su vida el esposo de Bárbara vuelve, es corresponsal de guerra, y ella se queda con él, o al menos eso piensa Peter al retirarse sin considerar que Ulises sí luchó por Penélope. Pero la vida reserva oportunidades, y en una de sus idas y vueltas él se reencontrará con Bárbara en un avión. El viaje siempre está presente, desde que el libro comienza: trenes, camiones, barco en la infancia y aviones en la madurez.
Tanto para el lector como para el protagonista es muy duro ir descubriendo a cuentagotas primero a un ideólogo nazi, y después que éste sea su padre; es muy duro tener que leer las barbaridades psicopáticas con las que ese ser abyecto justificaba hasta el hecho de matar y cómo esta seductora oratoria puede captar hoy igual que captó entonces.

En el club otra compañera recalcó que no hay que irse a una época determinada ni situar el nazismo en la Alemania de los cuarenta, los neonazis se extienden como las setas por todo el mundo y no necesitan holocaustos para abonarse, están al acecho y a la espera de “su Reich particular de los mil años” como dice el “elemento” este. No en vano el padre del protagonista, por llamarle algo porque de padre no ejerce, saltó a Argentina desde España, -triste refugio de muchos de ellos, aquí se movieron a sus anchas bajo la protección de Franco-, y de Argentina a Estados Unidos donde gozaba de predicamento y prestigio. Este “ser” peligrosísimo -con una capacidad camaleónica de adaptación a los tiempos que provoca escalofríos- daba clases a estudiantes, el mejor campo de cultivo.
En el club nos remitimos al recuerdo de películas tan necesarias como “La caja de música”, “American history X” o a otras más recientes como “La ola”, “Los edukadores”, o “La cinta blanca”, esta última aún no la he visto. Y aquí, os hago hincapié en que leáis con mucha atención los inteligentísimos y embaucadores fragmentos de los escritos de este buen señor (de nuevo me refiero al padre en la ficción) que aparecen en las páginas 163 a 168 y 184 a 186. Los escalofríos dan porque muchas de sus falsas premisas las estamos oyendo hoy en la calle, quienes tengan el valor y la inteligencia para reconocerlas deberían decir: “Disculpa, seguramente tu no lo sabes, y lo dices sin maldad, pero eso que estás profiriendo es un argumento nazi”.
No sé si el autor ha hecho un exorcismo personal, me da igual, prescindo de lo morboso, en cualquier caso como decía el título de aquella maravillosa obra de teatro de mi querido Arthur Miller: “Todos eran mis hijos”.

Me gusta muchísimo el desenlace de “El regreso”. Antes de llegar a él, Peter hace ya muchas páginas que ha dejado de llamarle padre en su interior, tampoco le desvela que es su hijo, ha necesitado agotar hasta el último cartucho de esperanza para comprender en toda su dimensión quién es, y como es el monstruo moderno que lo concibió, y aunque el mensaje sea que Peter nos entrega el testigo a los lectores (porque es consciente de que su acto pasará inadvertido y su Nuremberg particular ocupará durante un tiempo efímero unas páginas en los periódicos -que el inculpado sabrá rentabilizar a su favor con la astucia de su arma letal: su maleable oratoria-), la denuncia está hecha, y Bernhard Schlink nos la deja en sus libros no sin antes habernos aclarado con detalle lo que diferencia a un líder de un embaucador dañino, no sin antes habernos advertido de lo manipulables que somos, del peligro que puede encerrar nuestro comportamiento en grupo, y de la fragilidad que ello supone en personas que se preparan para jueces, como él, o para cometidos que pueden dirimir nuestros destinos. Conocernos a fondo nos permite elegir, no que nos elijan. Y siempre, siempre hay elección. Casi nunca estamos en peligro de muerte como para justificar las barbaridades que cualquier desalmado borracho de poder puede infligirnos, o valerse de nosotros para aumentar dicho poder.
Ha sido muy bonito comprender los dos Berlín reunificados a través de esa comparación de pareja separada que hace Peter. Nos habla de que al no conocer lo que les ocurre mientras están lejos el uno del otro tienden a pensar que, o las cosas son como quedaron o son como la transformación que cada uno de ellos ha hecho por separado. Hay que volver a conocerse, insisto.

Otro hermoso pasaje de autoafirmación, aunque no cito literalmente, es el que se produce, cuando el protagonista y su madre están frente al lago arrojando migas de pan a los patos, -al igual que de niño lo hacía con su abuelo-, y Peter intenta ser equitativo.
-“¿Quieres enseñarle a los patos lo que es la justicia?” Le increpa su madre, y él se queda pensando y como respuesta comparte con ella lo que opinaba el abuelo:
-“Decía que así era la naturaleza, que los fuertes consiguen más que los débiles, los rápidos más que los lentos, pero yo no soy la naturaleza
”.

También me gusta mucho la conversación que mantiene con el periodista americano en la que le dice “La única razón por la que Ulises al regresar a su hogar mató a los pretendientes y ahorcó a las criadas que habían mantenido relaciones con ellos es que él no se quedó allí. Siguió su camino. Si uno desea quedarse es preciso que todos se pongan de acuerdo evitando las venganzas. ¿No es cierto que en América no hubo venganzas después de la guerra civil? La razón es que, después de la secesión, América volvió a casa para quedarse. Si Alemania vuelve a casa, también será para quedarse”.
A mí escritores como Schlink, o el húngaro Sándor Márai me hacen interesarme por Europa y amarla en su conjunto.
Como Peter también estoy convencida de que la estela sigue al barco. Y con esta imagen hermosa me despido.

Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

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