MI PEQUEÑO TALLER RUDIMENTARIO


A menudo, cuando tengo un libro entre las manos, presentado como novela, murmuro en mi interior: Esto no es literatura. No pongo en duda que probablemente su contenido resulte incluso mejor para el lector, pero pienso que encajaría más adecuadamente en una crónica, en un artículo largo, en un reportaje… Continúo con la lectura, y mientras recorro las páginas tengo la sensación de quedarme fuera, porque escucho a alguien que me cuenta pero no me introduce, dichas páginas no tienen creada la atmósfera por la que poder deambular, falta el espacio para acompañar a los personajes, sólo describen, no consigues experimentar la acción, no sientes lo que sienten, lo que piensan, lo que les aqueja, lo que les ocurre; esas hojas no te introducen en su interior anímico, eso sí, te dicen qué sucede como lo haría un magnífico guía turístico ameno y seductor. Y decido que la novela que me pesa entre las manos es una transcripción de todo lo investigado, el trabajo de campo que se supone que ha de realizar el autor o la autora antes de disponerse a escribir, en realidad -me digo cuando ya salgo por la última página- ahora es cuando debería comenzar la narración, he paseado los ojos por un “corta y pega”, por un collage de piezas colocadas con más o menos gracia, pero no por una creación. Este malestar me sobreviene, paradójicamente, con libros de autores de gran tirada y adorados por el gran público, y llegado a este punto, mi pensamiento, como es solitario y ninguna persona lo está escuchando, se permite soltar una maldad: ¿por qué tantos lectores piensan que aprenden más con estos libros, creen que reciben un barniz erudito y con la literatura no notan el crecimiento? Y me parece injusto y me “reboto” como si tuviera derecho y me fuera la vida en ello, con la impresión de que con esa actitud relegan a la literatura a un lugar inferior; y me ocurre lo mismo cuando veo que se aprecia más la lectura si lo relatado se considera real, y veo que se exclama con admiración: “¡Es biográfico, le pasó de verdad al autor!”, como si hacer literatura saliese de algún lugar tramposo que proviniese de la mentira.
Un arquitecto imagina un edificio que no existe y después lo levanta, no se parece a ningún otro anterior y para crearlo ha utilizado herramientas y métodos que antes no se habían visto, ¿entonces?, ¿cuándo comenzó a ser real el proyecto si nació dentro de la imaginación de un artista? ¿Qué es más importante?, ¿levantar una catedral o que te la describan?
En fin, queda claro que este amor mío por las novelas y los novelistas es un poco obsesivo y algo tóxico, aunque no es ningún secreto que soy pasional para todo, y así de marimandona sueno, qué se le va a hacer.
A veces comparto el pensamiento en voz alta con mis compañeros del club, (avezados, sagaces y con buen criterio literario), pero lo hago con el horrible temor de parecer pedante, sobrada, snob… y nada más lejos, Dios me libre, porque nadie es quien para pontificar y yo menos que nadie; si algo respeto es el gusto personal de cada lector, y doy por supuesto que la relación que éste mantiene con el libro elegido es cosa suya, al fin y al cabo es uno de los pocos actos completamente libres que tiene el ser humano, o casi -dentro de las posibilidades que hay para escoger en una biblioteca o librería, que no son pocas.
Mi manía de ordenar mi cabeza –puede que sin ser consciente- al estilo Marie Kondo, -un cajón para cada tema- es posible que se deba a una extraña necesidad de defender lo que a mi juicio –completamente subjetivo- es la literatura, que si lo piensas detenidamente pues me puedes decir: y a ti qué más te da, lee lo que te salga de las narices, ponle la etiqueta que quieras, móntate tu canon personal y punto. Pero lo cierto es que no trato de imponer mi punto de vista, sino compartir lo que siento. Nunca pongo ejemplos que aclararían mejor lo que intento expresar y hoy voy a hacerlo, aunque sea con alguna ocurrencia traída por los pelos. Procuraré mostrar una misma escena escrita de dos maneras distintas, después la analizaremos, un poquillo de taller rudimentario y de paso nos entretenemos:

1. María subió con prisa al caballo sin montura, de color marrón canela; el camisón se elevó sobre los muslos desnudos debido a la horcajada, galopó, el viento hizo vaivén en la melena suelta y oscura, los cascos de los perseguidores se escucharon a lo lejos. Las luces de las antorchas anunciaron la ciudad a la que quería llegar para ponerse a salvo, no iba a desfallecer teniéndola tan cerca.
Análisis:
En este primer pasaje describo una huida en la que el lector no participa de forma activa puesto que le doy todos los detalles masticados, tan sólo tiene que mirar.

2. Los pequeños guijarros rebotaban con furia contra los flancos desde los ávidos cascos, la piel del alazán se adhirió a los muslos de María, el viento curvaba ahora la horizontal de la seda del camisón que la subida a horcajadas había elevado hasta las caderas, los dedos se crisparon anillados a las crines, el largo cabello castaño rebanaba el aire en cada giro del cuello ante el mandato brusco del rostro femenino vuelto hacia la espalda, los latidos sonoros resquebrajaban las paredes del pecho sin aire; entre los golpes del corazón que martilleaban sus oídos pudo escuchar aterrorizada los relinchos cada vez más cercanos. Las luces de las antorchas perfilaron la ciudad que como una frontera la mantendría a salvo si lograba alcanzarla, clavó los talones  en su leal caballo que en ese instante se fundía con ella en la misma zozobra.
Análisis:
El segundo pasaje es el mismo pero contado de distinta manera. Dejo que el lector vaya descubriendo lo que ocurre, le permito entrar en la acción, no digo que María monta en su caballo, hago que quien lee lo deduzca, jinete y animal van al galope, quien lee lo sabe porque las pequeñas piedras del suelo rebotan contra el abdomen del alazán, tampoco explico que huye semidesnuda y descalza porque ha salido abruptamente de la cama, el lector llega a la conclusión, consigo que sienta el estado de ánimo de la protagonista -asustado y nervioso- para lograr la empatía y que se pregunte ¿de qué huye?, ¿de quién? y ¿por qué? Por las antorchas comprende que María se encuentra en una época anterior a la actual. A partir de ese momento sí querrá seguir leyendo.

Crear la atmósfera no es sencillo, pero sí imprescindible para hacer literatura, hay que saber insinuar, pedirle al lector que intuya, que lea entre las líneas… Escribes con lo que se dice, pero también con las palabras no pronunciadas, las que decides no decir pero que están, el lenguaje es el cargamento de ladrillos que necesitas para la construcción del edificio, pero en las paredes hay que dejar huecos para las ventanas por donde quieres que quien lee se asome para ver más allá, y ese más allá tienes que tenerlo pensado para que el ventanal lo enmarque. Éstas y otras muchas son las reglas del juego, si no las sabes usar la lectura se aplana, se vuelve previsible, no hay gotero para distribuir las sorpresas, los golpes de efecto… Antes de comenzar a narrar debo crear primero el esqueleto, los planos, la estructura, el continente… y éste bien puede tener un estilo nuevo o uno clásico, pertenecer a un género determinado o a otro, después el contenido puede ser de mayor o menor calidad -porque como repito a menudo, con las mismas perlas se engarzan collares distintos- ahondar o quedarse en la superficie, ser intimista, introspectivo, o de mirada únicamente exterior, de carácter social… o todo junto, pero he de quedarme a la sombra incluso cuando hablo de mí para que el lector sienta que interactúa y decida que la novela ya es suya. La precisión la pone el verbo, la belleza el adjetivo; el tono, el ritmo y la composición forman parte del misterio hasta para quienes escribimos. Las novelas han de ser hipnóticas e inquietantes, aunque nos hablen de la lista de la compra si en ella se incluye el cianuro.
Un abrazo.
Pili Zori

"Ordesa", de MANUEL VILAS


He pasado el fin de semana junto a él, el autor, Manuel Vilas, los dos sentados, él en un cómodo sillón frente a mí y yo en el sofá con la manta sobre las piernas estiradas, escuchando su bonita y sosegada voz grave, me refiero a la exterior y pública, la que he usurpado de los vídeos que generosamente proporciona YouTube –como veis no hablo de una imagen literal, no le conozco en persona- y la he superpuesto a la íntima e interior que emerge de las páginas, y la sensación ha sido dulce; me ha gustado escucharle atentamente, sentir la conexión, quizá se trate de ese vínculo que te hace exclamar ¡es uno de los nuestros!, ¡y no reniega!; porque en el endogámico mundo de los escritores, el origen humilde crea una artificiosa aureola de leyenda debido al cambio de estatus que se produce gracias al mérito de la rutilante prosa que al parecer les rebautiza y eleva a ese olimpo de dioses con trato y jerga propia, pero Vilas no se inviste con esa corona, el chico de Barbastro va por libre y en su hermosa composición de fragmentos espirales y engarzados como una bella joya (hablo de la cíclica y megalítica espiral de la vida: nacimiento, muerte, renacimiento… la línea que se aleja del punto del centro para regresar a él, el dibujo que la naturaleza repite con insistencia en millones de criaturas y galaxias infinitas queriéndonos decir lo que sólo pocos pueden captar, que no hay origen ni final sino la reiteración constante de la energía) pues bien, en ese collar de arabescos destella el lirismo de lo cotidiano y su orfebre cuenta en el labrado que ha de mirar los precios, que el dinero sí tiene importancia, que compra en Día, que limpia y ordena su casa de alquiler -la que tuvo que contratar con bastante sacrificio económico tras su divorcio- que cocina para sus hijos cuando le visitan parapetados en los cascos y en el móvil, la vida cotidiana de clase media que contempla en el escaparate prohibitivo a quienes viven mejor y se pregunta por qué… Pero la novela no va sólo de eso, aunque me apetecía introducir el prolegómeno para explicar por qué he celebrado la valentía y sinceridad de un escritor que aún se siente de provincias aunque viva en Iowa gran parte del año, mientras otros se sacuden el olor de la dehesa como si fuera una caspa inmunda carente de pedigrí. Tal vez como justicia poética por dicha lealtad, la vida le ha regalado dieciséis ediciones sin más promoción que el boca a oreja.
Ordesa habla de la pérdida, del luto anímico, de la orfandad adulta, de la culpa, de la necesidad de amor, habla de tropiezos y caídas sin eufemismos, de abusos en la infancia, de infidelidades, de alcohol, de dolorosos desapegos, pero también de volver a ponerse en pie. Es una catarsis, una terapia, pero a la vez es omisión porque evita con elegancia y por respeto a quienes posiblemente no les guste estar en las páginas; intuyo su dilema, tiene derecho a su memoria aunque roce la de los otros y por ello hay varios atisbos en neblina -por los que asoma lo impronunciable- que dejan constancia al buen entendedor. Pero he de confesar que mientras el autor me lo contaba a través de su libro y yo le escuchaba conmovida me preocupé por las consecuencias que su exorcismo pudiese acarrearle con sus hijos, deseo que en la actualidad le hayan arropado con una capa de admiración y cariño porque aunque rima con armiño abriga más que dicha piel, y Manuel Vilas se merece ese calor dado que cualquier penitencia ya va incluida en esta confesión.
Tal vez Ordesa sea el afán imposible de reconstruir -con todas las piezas que faltan- las vidas de nuestros padres con su árbol completo, con las ramas y con cada una de las hojas para así poder sentir el fluido y la suma de esa savia consanguínea que al circular por los comunicantes vasos ¿nos da la identidad? ¿o nos entrega la vida?
La dolorosa perplejidad sobreviene cuando comprobamos que desconocemos muchos de los motivos que movían, que empujaban los actos, los hechos de nuestros progenitores, que ignoramos multitud de detalles, los de antes de que nosotros fuéramos concebidos, y también los de durante junto a ellos, y los de después cuando la célula se divide y cada mochuelo se va a su olivo para anidar, no sabemos lo que sentían, nos damos cuenta de repente de que el retrato es incompleto y esa certeza nos impulsa a precipitarnos al vacío, pero quizá no se trate de conocer pormenorizadamente a la persona querida sino de sentirla y vivirla en esencia, de respetar su misterio y de amar su compañía.
Los árboles se podan, algunas ramas se pierden y no importa porque regeneran y dan nuevos frutos.
Hay que aceptar que no podemos rellenar los huecos ni los silencios, que no podemos especular con la información que no poseemos, que no conocemos el final en el guion de la existencia en el que toda la humanidad participa y que tampoco sabemos si nuestro papel en el libreto es protagonista o secundario, pero sobre todo hay que admitir que cuando hacemos un réquiem en el fondo hablamos de nosotros mismos y no de los muertos, así de duro es el hueso que tenemos que roer: el ego, por tanto reconozcamos que dicho homenaje tan subjetivo también incluye el "ego te absolvo" hacia ellos y la demanda de su absolución para nosotros, asumir el reproche -sea merecido o no- garantiza el amor. Hijos y padres somos espejos, y hay que contar con que a veces sus reflejos no nos devolverán nuestro mejor aspecto, pero sí el cariño profundo e incondicional. Como ejemplos sirven Héctor Abad Faciolince con su novela "El olvido que seremos", "Carta al padre" de Franz Kafka, "Patrimonio" de Philip Roth, "La invención de la soledad" de Paul Auster... y así podríamos seguir con el bondadoso ajuste de cuentas que también dichos autores se hicieron a sí mismos cuando murieron sus padres. 
Sé que Ordesa no gustará a quienes no han pasado por el trance, a quienes todavía no han tenido que hacer el duelo, que la verán deprimente, y sin embargo es el canto primigenio al sol, a la esencia destilada en el matraz de la vida.

He echado de menos en la novela la reproducción de las conversaciones del protagonista con sus padres, juntos o por separado, aunque constata que las había, esa ausencia hace que en ocasiones los trazos sueltos resulten anecdóticos o excéntricos, que el relato peque de incomunicación, pero es una opinión personal naturalmente, porque la autobiografía es un desnudo anímico al que el autor debe ser fiel, y transmite el modo en el que el protagonista rumia sus zozobras en soledad.
Escribí una novela que todavía es inédita “Sin dioses que nos miren” que se hermanaría con la de Manuel y entonces sí que mantendríamos una conversación completa. De momento me conformaré con compartir algunas de las condensadas, sinceras, y vividas frases que contiene Ordesa, destilar belleza es el trabajo más desgarrado y difícil de un escritor, Vilas la alcanza incluso rasgándose vivo con zarpazos contra sí mismo.

"La pobreza te acaba envenenando con el sueño de la riqueza".
"El dolor no es en absoluto un impedimento para la alegría".
"De la amabilidad y la cortesía nace siempre la elegancia".
"Cuando más miedo tienes más sobrevives".
"Todos somos vulgares"·
"Te desvaneces con paz si dejas todo resuelto a los hijos".
"Hablar con mi madre muerta ¿es lo mismo?".
"Mi madre sí está porque yo soy ella".
"Me di cuenta de que valía la pena vivir aunque sólo fuese para estar en silencio".
"Mi padre no vio la casa de mi soledad".
"Mi madre no entendía el tiempo".
Y por último una frase fuera de la novela que le escuché: "Busca que lo recordado sea verdad".

Ha sido un placer conocerle a través de su escritura, Señor Vilas.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori.

"En la orilla", de RAFAEL CHIRBES


Rafael Chirbes murió en 2015: cáncer de pulmón; de manera que me resulta imposible no imaginar que cuando escribió esta descarnada novela ya era conocedor del diagnóstico, deduzco que no reveló la noticia a juzgar por la sorpresa que su fallecimiento suscitó en el gremio, en la prensa y en los medios. Durante toda su vida permaneció soltero y solitario pero no por ello carente de amigos, entre ellos el señor Herralde, su prestigioso editor; y me conmueve profundamente que tomase la decisión de dejar En la orilla como su última entrega, su legado, su declaración de principios, al menos esa es mi sensación ya que entre las líneas y en pequeñas salpicaduras irónicas se trasparenta la preocupación sobre cómo sería su marcha, su despedida. Un legado que me remite a Steinbeck y una intención que me lleva hasta Gabriel Celaya y su poema “La poesía es un arma cargada de futuro” y que de algún modo suscribe la novela verso a verso:

Cuando ya nada se espera
personalmente exaltante
mas se palpita y se sigue
más allá de la conciencia
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas.
Cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros
De la muerte,
Se dicen las verdades:
Las bárbaras, terribles, amorosas crueldades…

Continuadla vosotros si lo deseáis porque es monumental y hermosa.
“En la orilla” es una novela valiente de forma superlativa, necesariamente dura, desgarradora y atroz; Chirbes no le hizo concesiones al lector para que la comprendiera con más facilidad, decisión difícil como todas las que tomó al crearla y que finalmente agradecemos. El autor se mantuvo fiel a la herramienta que escogió y que fue la de introducir a quien la leyera dentro de la cabeza de los protagonistas y así, siguiendo el hilo de los pensamientos sin apenas descripciones físicas o de espacios, salvo los estrictamente necesarios como el pantano porque también se ensamblan y relacionan con los personajes, y comparten igual protagonismo), consigue que habitemos en su interior y que experimentemos, sintamos, y desentrañemos -como si fuéramos ellos- no sólo los motivos de la crisis y la burbuja inmobiliaria que la produjo, eso sería reducirla a una crónica de nuestro tiempo sin más, sino el desmoronamiento de los sueños, de las aspiraciones y de una época –la de la transición y la que sobrevino después- en la que se confundió la idea de prosperidad con la de ganar dinero, y el deseo de construir sociedades más felices fue destruido por arribistas horteras y políticos corruptos. Rafael Chirbes tuvo bronca para todos sin excluirse, y aunque a muchos lectores la novela les parezca desesperanzada pienso sin embargo que el pesimismo real es el de quienes consideran que las situaciones no tienen arreglo, no el de los que dan un grito para exclamar ¡Esto es lo que está ocurriendo! ¿Acaso no vamos a hacer nada para resolverlo? Bajo ese bramido sin duda se agazapa la esperanza posible.
La novela no deja títere con cabeza dado que -precisamente por ser introspectiva y hacernos partícipes- asistimos a la intimidad mental en la que conviven por igual grandeza y miseria, pensamientos ambivalentes, contradictorios, encontrados… amor y odio, envidia y admiración, crueldad y ternura y todas las zozobras. En la orilla rezuma la nostalgia de lo que quisimos ser, pero nos muestra lo que somos, y el repaso y rapapolvo se lo lleva mi generación; también analiza la condición humana cuando llega la adversidad, R. Chirbes no juzga en particular, bien es cierto que visto desde fuera el protagonista es víctima y verdugo al mismo tiempo, pero a Esteban lo engañaron como a tantos otros pequeños y medianos empresarios que creyeron en la bonanza derivada de la construcción a destajo, y carpinterías como la suya aceptaron proyectos más ambiciosos (ofrecidos por estafadores sin escrúpulos que dejaron a su paso ficción y solares desiertos, o inmuebles inacabados, o avaricias que hacían estallar los sacos) creyeron en la seriedad de quienes proponían y promovían y en la garantía del poder de ayuntamientos, juntas, comunidades… Recuerdo aquellos tiempos y el recorrido que hacíamos en coche hasta Alicante para ver a mis padres que tras la jubilación pasaban allí gran parte del año, y cómo a ambos lados de la carretera se alineaban empresas de muebles y de todo lo necesario para vestir una casa, después contemplé como se iban desmantelando y más adelante como desaparecieron.
"En la orilla" es una novela de escombros en la que la turbia y opaca laguna con sus sedimentos va contando las distintas etapas de nuestro país porque dentro de sus aguas se encuentran cadáveres de maquis, telas asfálticas, las armas de los capos de la mafia y finalmente los desechos y cascotes del pelotazo.

Atrás queda el amor por el trabajo bien hecho con las maderas nobles sustituidas por la rapidez del aglomerado en esa tierra de ebanistas magistrales que llenaron Hollywood y su cine de precioso mobiliario que también deslumbró a los rusos ricos y turbios como esas aguas estancadas tras quedar patas arriba la Unión Soviética.
En su trabajo anterior “Crematorio” Chirbes colocaba el objetivo de la cámara en las construcciones de primera línea de playa mientras enfocaba a una familia enriquecida por el ladrillo, en esta entrega, “En la orilla”, quiso ver la trastienda y las consecuencias que como ocurre habitualmente arrasan con los más desprotegidos, trabajadores españoles e inmigrantes. El punto de vista siempre es muy importante, no es lo mismo que la historia te la cuenten los ejecutivos de un edificio que quienes lo limpian, las puertas por las que entran y los horarios son distintos. Naturalmente en ambas novelas se salvan de la quema en los paraísos fiscales el dinero y quienes lo poseen y ahí se las arreglen los parias de la tierra. Pero como decía en renglones anteriores, este escritor que detestaba el poder por aquello de que corrompe, que se marchó a sus cuarteles de invierno al ver como muchos de los que consideraba afines treparon en política para forrarse, que desconfiaba de los intelectuales sin excluirse porque el poder los requiere y engatusa para ponerlos a su servicio por sus envolventes capacidades de manipulación tiene zascas para todos, a Liliana, la joven que le ayuda con el cuidado de su padre aquejado de enfermedad terminal, le hace ver que de su Colombia añorada, que tanto idealiza en comparación con España, la desterró la pobreza. Al heroico padre le reprocha veladamente que fuera tan despegado, tan poco cariñoso con su hijo, a la madre que se limitase a llorar, a los hermanos las mezquindades económicas, a Leonor que se fuera con el sol que más calentaba, a Esteban su indefinición y su falta de empuje, y sin embargo al mismo tiempo que les señala los fallos consigue con maestría dotarles de lo contrario: de nobleza y renuncia, de heroicidad y también de cobardía porque el yin y el yang conviven dentro de nosotros que somos capaces de lo peor y de lo mejor, los resultados dependen de las decisiones que tomamos.
No era un escritor maniqueo, los personajes que pueblan la novela tienen claroscuros y para el lector no es fácil tomar partido, porque cada uno de ellos alberga motivos y razones para ser como es y el elenco completo compone el espejo en el que nos reflejamos aunque a veces no nos guste mirarnos en él. Tal vez la novela recalque y subraye nuestros defectos, pero la decisión del autor no constituye un desequilibrio sino una llamada de atención; es cierto que para el protagonista la vida ha sido una acumulación de decepciones, pero la vida se compone de aciertos y errores y sólo es decepcionante a ratos, en el caso que nos ocupa Chirbes quiso destacar las lacras. Fue un artista con un oído social imponente y con una capacidad de escucha profundísima.
Hay en la novela un guiño que me hace gracia, Rafael Chirbes fue además de escritor un extraordinario crítico gastronómico y le prestó al personaje de Francisco dichos conocimientos y se burló de él y de la parafernalia que rodea ese mundo como si se estuviera riendo de sí mismo. También vivió durante unos años en Marruecos, allí daba clases de castellano, por ello tuvo sobrada autoridad para hablar de quienes vienen desde ese país al nuestro y dejó muy claro quiénes son fundamentalistas y quienes no en un brillante diálogo que establece el contraste entre ellos.
En mi opinión la novela refleja ese sentimiento de desorientación que padecemos actualmente, cuando fuimos jóvenes resultó más sencilla la lucha aunque fuera peligrosa: acabar con una dictadura, alcanzar la democracia y defender a los trabajadores, ahora el capitalismo financiero se mueve sin que veamos los rostros de quienes lo manejan con primas de riesgo y toboganes de sube y baja en las bolsas... Aún no sabemos cómo se ensamblan los movimientos de calle como el feminismo, el de los pensionistas, el de los desahucios, la inmigración, el cuidado del planeta… de momento parece que caminan por separado, todavía están sin coser. Hemos perdido la identidad que nos daba el trabajo bien hecho porque tan sólo una minoría ejerce su vocación, los demás se las arreglan como pueden por las logísticas y a salto de mata en lo que sale a tiro y así poco a poco se va perdiendo la especialización, y nadie está a salvo porque incluso los vocacionales se ven obligados a salir a la calle para luchar en contra de los recortes que impiden atender a pacientes o clientes en las mejores condiciones, todo salpica con su efecto dominó.
He sentido infinitamente que Rafael Chirbes haya muerto, tenía tantas cosas que decir todavía…
Confieso que mi fuerte no es entender los vericuetos de la economía ni de la política, creo además que se me nota la falta de pericia en dichas lides, cuando intento seguir programas, prensa, noticias… se me ensombrece el entendimiento porque las voces de sus amos se transparentan y me pierdo en el laberinto de sus intereses creados; sin embargo la literatura me explica la vida, y en esta ocasión tengo un enorme agradecimiento por esta novela que no es panfletaria y que por primera vez incluye las razones emocionales de lo que nos ha pasado como sociedad, y lo hace sin juicios ni prejuicios, y analiza al milímetro tanto lo público como lo privado.
En cuanto a la parte artística, Chirbes creó una nueva forma de narrar y eso siempre es un hallazgo.

P. D. Una persona allegada al escritor tuvo la gentileza de decirme por escrito en el apartado de comentarios de este blog que Rafael Chirbes no tuvo conocimiento de la enfermedad que padecía hasta poco antes de un mes de su marcha, de su fallecimiento. Agradecí muchísimo que corrigiera mi conjetura, y me reconfortó la noticia porque -aún siendo una pérdida enorme- al menos el Señor Chirbes no tuvo que sufrir además la preocupación.
 Pensé en cambiar el texto de mi entrada, pero decidí que las pinceladas de zozobra que el autor había prestado al protagonista me seguían pareciendo reales, y me dije que yo las había interpretado bien dado que tanto a la edad del personaje, como a la del escritor y como a la mía a veces todos pensamos en la muerte, y en cómo se producirá nuestra despedida, y en mi experiencia subjetiva con la novela eso fue lo que sentí hasta con el título: que Rafael Chirbes nos había situado en la orilla, en el borde de un importante balance vital individual y colectivo. 
Deseo que mi humilde aportación pueda ser considerada como un Requiem, un homenaje.   
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori.

"DIETLAND", serie de TV


Hace apenas unos días, conmovida ante la enésima noticia de mujer asesinada por su pareja, me desahogué expresando en Facebook lo que a continuación volveré a reiterar:
“¡Qué impotencia! Tendremos que analizar de una vez por todas la ira desde cada uno de los frentes: psiquiatría, sociedad, escuela, familia… habrá que intentar erradicarla, conseguir que quienes la “padecen” aprendan a desecharla, que todos sepamos distinguirla a título personal cuando nos sube por la nuca como un hormiguero que huye de un fuego enloquecido buscando la salida; será necesario estudiar en profundidad el origen del peor de los males además de castigarlo con la cárcel porque está claro que el temor a ser apresado no disuade.
La verdad es que no se me ocurre ninguna solución frente a tantos asesinos, frente a una crueldad tan abyecta, no hay palabras que midan su magnitud. No comprendo qué ingredientes psicológicos, neurológicos, emocionales… generan este odio tan feroz hacia las mujeres, no lo entiendo.”
Así me quedé, en suspenso, sin conclusiones, y respirando la zozobra que espesaba el aire como tantas otras veces, hasta que este sábado, antes de la comida familiar, escuché a mis hijas comentar con énfasis en la cocina la serie Dietland, me la resumieron salpicándola con sus maravillosas reflexiones que tanto echo de menos, (las series y el cine en casa cuando aún vivíamos juntos parecían transcurrir a tropezones ya que las deteníamos con el mando cada dos por tres para opinar y debatir), ambas tienen un don para provocar con su entusiasmo el deseo de verlas ya que visualizo cuanto me dicen, y tras exclamar alarmada al hilo de lo que describían ¡Por lo que estoy escuchando tengo la impresión de que esa serie es una advertencia!, ¡un aviso!, las dos asintieron y comprendí que también mi preocupación por la búsqueda de respuestas estaba en la atmósfera y que el arte como siempre se había anticipado para encontrar el camino, para capturar las ondas de toda la inquietud colectiva que está en el ambiente, sobre todo femenina.
La historia que Dietland cuenta comienza suave para terminar siendo un rugido y una amenaza que anuncia: estos serán los resultados si no ponemos remedio a tiempo, y es que no se puede humillar, violar, apalear… sin que tarde o temprano se produzcan reacciones y consecuencias que paguemos todos, justos por pecadores, y el resultado sea el peor imaginable: que las mujeres dañadas se unan para tomarse la justicia por su mano. Que tanto dolor y tanta afrenta genere el caldo de cultivo para que sean reclutables y el terrorismo esté servido.
Una sucesión de crímenes firmados por Jennifer empezará a desestabilizar la aparente tranquilidad ciudadana, al comienzo el espectador cree que se trata de una trama paralela, pronto contemplará como se atan todos los cabos para desembocar en el mismo mar. Pero no quiero adelantarme.
Alicia Plum Kettle (Joy Nash) es una muchacha grande -su peso es de 135 kilos- que responde desde su casa o desde la cafetería de un amigo las cartas que envían mujeres, en su mayoría adolescentes, a la revista femenina Daisy Chain; se supone que dicho correo lo contesta Kitty Montgomery (Julianna Margulies), esclava de la delgadez y de la imagen, trepa que ha malentendido que para convertirse en clase dirigente, para estar en la cúpula hay que ser depredadora al igual que lo fueron con ella en su camino ascendente, en definitiva víctima y verdugo al mismo tiempo porque ella es el producto, el horroroso resultado de un sistema de poder malsano y corrompido.
En el conjunto de esos e-mails está dibujada la radiografía de todos los males que aquejan a un país, chicas que se cortan, anorexias, bulimias, abusos… 
El sueño de la joven Plum es ganar el dinero necesario para pasar por el quirófano y que le practiquen una reducción de estómago, anhelo inducido, inculcado, inoculado por una sociedad despectiva cuyos poderes buscan la frustración estrechando cada vez más los moldes en los que nadie cabe de forma natural para así poder atiborrar a la gente con productos de belleza, cirugías y dietas insatisfactorias pero lucrativas que finalmente conducen a la infelicidad; ya en los títulos de crédito vemos el dibujo animado de una mujer obesa que escala por una empinada rampa llena de tentadores alimentos sin probar ninguno para llegar a la cúspide, al objetivo, con la talla deseada pero convertida en un cadáver.
En principio Plum piensa que la operación solucionará todos sus problemas, el espectador pronto descubre que eso sólo es la punta del iceberg. La chica gótica que a menudo aparece como una ensoñación es una especie de personaje conciencia, de alter ego, de dualidad que centra a Plum, la madre un asidero de amor incondicional.
Dietland establece muy bien los contrastes, vemos como Plum pasa primero por el martirio de la terapia para adelgazar lo suficiente para que le puedan practicar la intervención puesto que la operación sólo es posible realizarla a partir de un número determinado de kilos, más tarde y después de haberlo meditado se someterá a lo contrario en la casa Calliope dirigida por Verena Baptist, (Robin Weigert). Verena es la hija rebotada de una nutricionista famosa cuyas dietas fueron un fracaso, V. Baptist en la actualidad se dedica a dar cobijo a mujeres maltratadas y a hacer que éstas se amen a sí mismas tal como son, su feminismo es pacifista pero más adelante veremos alguna de sus sombras y nos preguntaremos si sus intereses son realmente limpios o entran en conflicto con su ego, esa parte abre un debate serio ya que divide el activismo en dos, lucha armada o lucha política, ¿os suena? Naturalmente con independencia de si sus motivos son buenos o no ella hace lo correcto y denuncia. Lo dejamos ahí.
La serie ha sido catalogada de muchas formas, como comedia negra, sarcástica… en mi opinión -subjetiva por supuesto- creo que se trata de una expresión nueva y que por ello no se puede encuadrar en ningún género conocido dado que los contiene todos, está llena de símbolos oníricos, surrealistas, de denuncia social, de drama y de tragedia… a mi juicio de comedia tiene poco, su composición es poética.
Me encantó que la protagonista fuese una belleza grande, Joy Nash es una mujer dulce, preciosa y adorable, que estando segura de sí misma en la vida real sin embargo dentro de la pantalla ha logrado crear un personaje en evolución lleno de inseguridades y matices que transmiten ternura, ha conseguido contar la dureza sin que necesitemos quitar los ojos de la pantalla, la vulnerabilidad interior que muestra es hipnótica.
La serie basada en la novela de Sarai Walker me ha parecido un paso más en la evolución de las mujeres, es necesario que seamos escuchadas, pero escudriñadas y descritas por nosotras mismas, habrá quienes se pongan a la defensiva, quienes quieran denostarla, darse por aludidos, pero ese es su problema, Dietland recalca que la violencia genera violencia. No tiene que ver con la venganza sino con defenderse y reivindicarse, otra cuestión es el camino que elijas para hacerlo y si el fin justifica los medios.
Hay en ella frases importantes que te dejan meditando durante mucho tiempo, tales como “Las mujeres temen que las maten y los hombres que se rían de ellos” Intuyo que tal vez en dicha frase se encuentre el quid en el que hay que trabajar, la barrera de desconfianza invisible que hay que derribar.
Otra es “No quería ser una heroína, quería seguir siendo la novia del héroe”. En fin, podría continuar porque el guion es magnífico pero prefiero que os parezca interesante adentraros en ella.
Las mujeres jóvenes como mis hijas tienen un sentimiento pesimista porque desearían que los cambios definitivos se produjeran durante su existencia, yo a mi edad ya sé sin embargo que el tiempo de la historia es más largo y que la siembra está hecha y me conformo porque soy consciente de que más adelante habrá fruto, aunque yo no lo vea, y esa certeza me alegra. Ahora sólo me queda dar las gracias a la creadora de las diez entregas Marti Noxon.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"BOHEMIAN RHAPSODY", película de Bryan Singer


Siempre es un riesgo intentar llevar a cabo la biografía de una estrella, que además es una leyenda cuya vida le arrebató una enfermedad fulminante y estigmatizada en aquellos años.
En este caso la película no sólo rinde homenaje a Freddie Mercury, la dedicatoria va dirigida a la banda al completo -¡estamos hablando nada menos que de Queen!- pero suele ocurrir que al recibir un retrato, el retratado desee verse idealizado y no quede satisfecho, en cambio otras veces sucede lo contrario, que a la persona plasmada en el lienzo o en el papel le satisfaga el resultado y se vea en él como si estuviera mirándose en  un espejo y sin embargo a sus seres queridos no les guste, pues bien, en este caso multiplicad por millones a dichos seres queridos; los admiradores nunca vamos a estar contentos del todo con la semblanza, nos va a parecer que el actor es de menor estatura y corpulencia, que la prótesis dental caricaturiza un gesto tan personal atractivo y sugerente como el de los labios en pico de Freddie, que a las pelucas les vendría bien movimiento natural, que faltan datos, o que sobran, que algunos son innecesarios y que los guionistas podrían haber añadido otros como el incomparable broche de su despedida con Montserrat Caballé… pero sucede que esas sensaciones de contrariedad se deben a que lo que en el fondo deseamos es imposible, y es que Mercury esté eternamente vivo y que su corazón y su mente nos los abra él y no un intérprete, y al mismo tiempo en algún rincón recóndito y en sombra de nuestro interior preferimos que Freddie permanezca con ese halo de gloria porque pensamos que tal vez si siguiera vivo se habría desmitificado; es evidente que se necesitan algunos ídolos y tal vez dicha necesidad sea imposible de complacer porque aunque parezcan dioses son mortales y por tanto vulnerables y el precio que pagan excesivo.
Una vez expulsado el desahogo de mis peros e inconvenientes comenzaré a valorar los logros que son muchos y lo cierto es que la película es un In memoriam para Freddie delicado y precioso y un reconocimiento para sus compañeros vivos igual de elegante; en el largometraje queda todo dicho con el buen pulso y la medida adecuados para mostrar las luces y sugerir algunas sombras sin el regodeo de acercarlas a las miserias; lamento que las adicciones y los excesos vayan tan unidos a los músicos, esa mala compañía tan vampírica y devastadora es una tristeza que me gustaría poder analizar, comprender para erradicarla sin juzgar, porque la obra queda pero ellos se destrozan.
Es admirable el elenco de actores: Rami Malek, Joseph Mazzello, Lucy Boynton, Aidan Guillen, Tom Hollander, Gwilym Lee, Ben Hardy… porque consiguen ser ellos, exactos a los miembros de la banda, incluso la actriz que encarna a la primera novia y gran amiga de Freddie -durante toda la vida- tiene un enorme parecido con la real, la caracterización es extraordinaria y cuando no hay primeros planos les ves como si hubieses viajado en el tiempo e impacta, y conseguir a actores capaces de mimetizarse tanto física como anímicamente que usen y calquen el lenguaje de los gestos, que se acoplen a la música que están tocando y que no sólo parezca que saben hacerlo sino que sea creíble que suenen como ellos, que sean Queen pues es para descubrirse.

Así que aquí dejo mi felicitación para el director Bryan Singer, para los guionistas Anthony McCarten y Peter Morgan, para Brian May y Roger Taylor por ocuparse de la música, su música, y para todo el engranaje que ha sido capaz de construir el filme porque ha funcionado como un mecanismo de relojería suiza.
La película no pretende ser un documental sino un abrazo que revive la llama de recuerdos que nunca morirán.
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P.D. Cuando se publicó Bohemian Rhapsody de inmediato me remitió a la Opera Tommy de los Who, detalle que no le resta originalidad, la década de los setenta a menudo pasa inadvertida pero fue gloriosa y valiente y aportó al Rock -con la suma de todos los grandes grupos de la época- nuevas y valiosísimas sinfonías contemporáneas; y aunque no soy entendida comprendo que al igual que lo que llamamos literatura comparada, (que nada tiene que ver con la comparación sino con la literatura que se escribe al mismo tiempo en las distintas ciudades, regiones, comunidades o localidades de un país o en las del mundo), lo mismo ocurre con la música: hay un fondo compartido, una misma línea de pensamiento, acontecimientos comunes que como es lógico nutren las creaciones, por dicha razón “Innuendo”, mi álbum favorito de Queen, siempre me conducirá hacia atrás hasta “El muro” de Pink Floyd y es que al igual que los libros hablan entre sí, también la música lo hace sin que por ello cada pieza deje de ser única y genuina cuando las firma el arte. No hay nada más bello que el mestizaje porque siempre da a luz algo nuevo.
Freddy Mercury fue un artista completo, que vivíó a mitad de camino entre la tierra y el cielo por eso el escenario era su sitio y su suelo, fuera de él no sabía volar.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

"LA BUENA ESPOSA", película de Björn Runge


Aviso: aunque no hay spoiler se pueden deducir algunas claves y no es mi intención destripar los elementos sorpresa. Quienes siguen el blog ya saben que es más interesante adentrarse en él después de ver las películas que comento o de haber leído las novelas de las que hablo.

Interpretación sublime como todas las de Glenn Close, nadie mejor para transparentar tras el disimulo, y por debajo de la contención y del control, los verdaderos y volcánicos sentimientos reprimidos, y el logro es que consigue transmitirlo con una milésima de pestañeo, o elevando apenas dos milímetros una comisura de los labios, y ahí está el director Bjön Runge para captarlo con la boca abierta y sin respiración al igual que el espectador; pero el resto de actores y actrices del elenco no se quedan a la zaga. Annie Starke hija de John Starke y de Glenn Close en el papel de Joan Castleman –la esposa cuando era joven- está perfecta; no sé si resultó ventaja o inconveniente ser madre e hija fuera de la ficción, al fin y al cabo son papeles que posiblemente nada tengan que ver con ellas en la vida real ni con su vínculo, pero ambas consiguieron la magia de la simbiosis para fundirse en una misma persona, en una misma mujer, ya que cada vez que tras una evocación aparece el flashback el espectador no siente que se rompa la fluidez, ni se sale de la protagonista madura para introducirse en la joven, no tiene duda de que está ante la misma mujer, el público ni siquiera nota el cambio de tiempo porque en esos momentos lo que la pantalla refleja en línea recta y directa es el origen del que parten los sentimientos de Joan en la madurez, en el presente, y la costura de esas idas y venidas va uniendo las piezas  que dan como resultado la estructu­ra del filme, y es la primera vez que contemplo esa forma de construir dado que los flashbacks en cine suelen ser incisos, ayudas para la comprensión del pasado pero no conforman el edificio en sí mismo, un inmueble sustentado en los recuerdos, y  también es la primera vez que observo que dichas invocaciones son el hilo conductor, por ello las idas y venidas hacia atrás y hacia delante en este caso no suponen un recurso.
El papel de David Castleman lo crea Max Irons, hijo de Jeremy Irons y supongo que de algún modo los sedimentos de un actor que es hijo de otro artista del mismo gremio nutren al personaje ya que bien podría ser un “hijo de…” eclipsado por la estrella, como ocurre dentro de la película, aunque dicha afirmación es una osadía por mi parte puesto que cuando eres un gran actor o una gran actriz te conviertes en el personaje que interpretas y si toca que te has enamorado del señor que tienes enfrente aunque en la vida real sea tu padre pues en la ficción no lo es, o si toca que tengas que asesinarle no es necesario que fuera de la pantalla le detestes, (sólo son ejemplos escogidos al azar que nada tienen que ver con la historia que se narra en La buena esposa, los pongo para que se sobreentienda que un actor puede interpretar cualquier papel sin que le influya su vida personal). A saber de qué magmas se nutren los actores, escritores… artistas en general, yo misma no lo sé, y perdón por la inmodestia de incluirme en el gremio, pero es lo que hay, es lo que soy en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en el fracaso y en el éxito, hasta que la muerte nos separe, porque la necesidad de escribir no se puede remediar, y aprovecho esta injerencia para enlazar y decir de paso que en la película la literatura es un veneno irrenunciable y que nadie tiene derecho a amordazar el talento.

El largometraje comienza cuando el matrimonio Castleman recibe la noticia de que a Joe (Jonathan Pryce) le han concedido el Premio Nobel y vemos en el rostro de Joan todos los sentimientos ambivalentes, agridulces y contradictorios que resumen una vida entera. Una vida que hoy con la perspectiva  del tiempo nos podemos permitir el lujo de poner en cuestión -el filme contiene un misterio y el gotero de las sorpresas va dejando los rastros de lo que finalmente es un secreto a voces- pero no hay que olvidar que cuando Joe y Joan se conocen transcurren los años cincuenta del siglo XX y en aquel tiempo todo absolutamente todo en todas y cada una de las sociedades occidentales se confabulaba para crear una línea de pensamiento en la que lo “lógico” era que las mujeres fuesen satélites del hombre y girasen alrededor de su astro, si queréis comprobarlo visitad de nuevo películas y series de aquella época y veréis como Doris Day recibía a su marido con una copa de cóctel en una mano y las zapatillas en la otra preparadas para que descansara el guerrero al llegar al hogar, eso sí, hecha un brazo de mar, la casa impoluta y los niños acostados para que el papá no fuese molestado y les depositase tan sólo el cálido beso de buenas noches. Que muchas mujeres lucharon por cambiar ese orden, totalmente cierto, ahí está por suerte la historia para contarlo, pero también es cierto que tantas otras ni siquiera tuvieron la lucidez de pensar que pudiera existir una forma de vida distinta; en un ambiente en el que estaba institucionalizada la idea de que los talentos eran potestad de los hombres pues tampoco todas ellas tenían madera de heroínas para contrariarla, mujeres premio nobel de literatura que yo sepa en los cincuenta…  Selma Laguerlof lo recibió en 1909, Gabriela Mistral en 1945, Nadine Gordimer en 1991, Toni Morrison en 1993, Doris Lessing en 2007, Herta Müller en 2009, Alice Munro en 2013 y Svetlana Alexievich en 2015… como veis no hace falta ser una lumbrera para calcular los años entre una concesión y otra y observar a partir de qué fechas comienzan a recibirlo mujeres, ¿qué pasa que no había magníficas escritoras durante esos huecos enormes, y en cada uno de los 194 países que componen nuestro mundo? ¿Asoman ahora de repente como las setas después de la lluvia? Lo que intento decir es que es fácilmente deducible el modo de pensar preponderante, por eso la protagonista de “La buena esposa” va evolucionando al paso de la vida y junto a las demás, pero para cuando toma conciencia, ella y su talento son prisioneros y la cadena y la sombra son perpetuos.
La película, basada en la novela de Meg Wollitzer, cuyo guion adaptó magistralmente Jane Anderson, suscita muchos debates en cuanto al análisis de las conductas femeninas y su orden de prioridades, amor, familia y desarrollo personal, hace que pienses en los componentes que conducen a la sumisión  elegida en apariencia… pero está bien que se desmenucen los ingredientes y nos los pongan frente a los ojos porque lo fácil es juzgar. Las mujeres no tenían sueños propios, salvo si los realizaban en el hueco que quedase después de atender las necesidades de los otros.
Jonathan Pryce está genial en un papel poco querible que sin embargo su pericia conduce a la comprensión e incluso a la compasión, también él es hijo de aquel tiempo en el que se produce la impostura, un tiempo en el que quien estaba subido en el burro de los privilegios no se iba a apear, sin embargo queda atrapado igualmente en la dependencia cuando se apagan los oropeles, el matrimonio ha formado un tandem a la inversa.
Y Christian Slater interpretando al periodista Nathaniel Bone representa el puente, la transición hacia la verdad y el deseo de que florezca, pero ella, Joan, siente que sólo le debe explicaciones a sus hijos y decide que éstas se queden para siempre en el territorio interior de lo doméstico. Salvará así la memoria de su esposo y a David de la inútil y humillante búsqueda de aprobación del padre.
El espectador tendrá que dilucidar sobre cuánta verdad y cuánta mentira alberga la impostura, reflexionará sobre si es necesario el reconocimiento o si basta con saber en la sombra que eres capaz, aunque el mérito se lo lleve otro, se preguntará hasta qué punto se mide la injusticia si renunciando a tu nombre te has beneficiado de lo crematístico… entre otros de los muchos interrogantes que la película plantea.
La buena esposa demuestra que no hacen falta las grandes superproducciones para conseguir joyas. Es verdad que no hay nada nuevo bajo el sol y que todo está escrito, pero con las mismas perlas se pueden hacer muchos collares distintos, en eso consiste el arte.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.
Pili Zori

Sin brújula por los másteres del universo

CUADERNO DE NOTAS
PILI  ZORI

Me temo que hemos perdido la brújula. El asunto es NO hacer trampas, es No beneficiarse de una posición de poder… no los másters, las tesis doctorales o las carreras universitarias en sí. Creo que lo he dicho en ocasiones anteriores, pero lo repetiré una vez más: una carrera universitaria ocupa cinco años en la vida de una persona joven –casi siempre- si ha tenido el privilegio y el mérito de poder acceder a la facultad en el espacio cronológico natural de sus días, un pequeño lustro que no le otorga el lustre para toda su existencia ni la buena fama para echarse a dormir; terminarla no es un final sino un comienzo, el inicio de la vida laboral compuesta de muchos más quinquenios, y si hay suerte podrá ejercer lo aprendido en el Oficio para el que se preparó, y si no, pues como decía mi padre “El saber no ocupa lugar” (Pedro Zori era ordenanza y ayudaba a sus compañeras y compañeros para que aprobasen exámenes de mayor rango que el suyo, se supone). Y subrayo que digo Oficio a propósito y con mayúscula, no porque quiera referirme sólo a los trabajos que requieren habilidad manual, sino a la acepción que significa dominio de la actividad que se ejerce o ejecuta. Para tener dominio o conocimiento de una labor se necesita experiencia que es el “Conjunto de conocimientos que se adquieren en la vida o en un periodo determinado de ésta”, según define el diccionario. Nadie elige a una abogada o abogado por el título que rutila prendido a la pared de su despacho, sino por la cantidad de casos ganados; por la misma razón un politólogo no tiene por qué ser un buen político aunque la erudición ayude, por ello no es paradójico que en una entidad, empresa o centro de trabajo, entre un licenciado y le tenga que preparar alguien que no lo es; el mundo está lleno de gente que no avala sus conocimientos con títulos académicos pero sí con toda una vida de estudio e investigación especializados, nadie se pregunta si Eric Clapton es músico de oído o de solfeo, grandes de la literatura o de la pintura no ingresaron en Bellas Artes o en Filología y sin embargo son estudiados en dichas facultades. Que se lo digan a Juan Marsé, maestro de maestros, o a Maruja Torres, que por no tener ni siquiera poseía estudios primarios, detalle que no impidió que fuera corresponsal de guerra en el Líbano, en Panamá, Israel... ¿Alguien se atreve a poner en duda su currículo?, sólo podría hacerlo algún ignorante que no haya leído su poderosa literatura respaldada por su inigualable veteranía, eso para mí señoras y señores define el prestigio.
Lo que intento decir, aunque parezca que me he metido en un jardín del que ya me salgo, es que el origen del descubrimiento periodístico de toda esta marabunta de méritos falsificados, engordados o adornados no es una caza de brujas sino la búsqueda de la honradez. Pero incluso de esa supuesta buena intención estoy aburrida, a mí me trae al fresco que los políticos tiren a degüello para destruirse entre sí agarrándose a cualquier clavo ardiente, si me molesta el tostón es porque me pregunto, pero ¿cuándo trabajan? Si están más tiempo de promoción que las estrellas del rock o del cine dentro de su beligerante pompa egocéntrica y jabonosa que el día que explote hará que nos resbalemos por todas las cuestas y pendientes de nuestro país, o por las cuentas pendientes y sin resolver que para el caso es lo mismo, ¿y qué hago como una idiota pagándoles las peleas? y no puedo evitar que se me venga a la cabeza la imagen de Saturno devorando a su hijo por temor a ser destronado por él, la pintura que más miedo me ha dado en esta vida. Y a la corte de tertulianos o cortesanos ya ni la nombro por la vergüenza ajena que paso, naturalmente se sobreentiende que salvo las honrosas excepciones.
Por contraste valoro a Manuela Carmena que se dedica a trabajar y no a hacer bolos y las cuentas le salen bien y hablan por sí solas, o miro hacia el oeste con alegría respirando los aires y fados del hermoso país contiguo que se está arreglando a su tran-tran, aunque el éxito no salga en los telediarios.
Eso es ganarse el pan honradamente como político, con título o sin él: trabajando “en la gestión, administración y buen reparto de los bienes y recursos públicos”.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro, os recuerdo en todo momento que la discrepancia no me molesta, en cualquier caso me enriquece, así que no os privéis.
Pili Zori