"La velocidad de la luz", JAVIER CERCAS

He leído “La velocidad de la luz” de Javier Cercas dos veces. La primera lectura la he hecho de un tirón y la segunda con mayor detenimiento, en ambas he sido incapaz de analizarla, sólo la he sentido con fuerza.
Es difícil distanciarse para mirar esta extraordinaria novela desde más lejos, al menos yo no he podido, y si lo haces, me refiero a buscar esa distancia, corres el peligro de quedarte en la superficie mirando desde la barrera y aquí no vale eso porque el autor lo que nos propone no es mirar sino experimentar, y lo que nos muestra es el abismo, no para que te asomes sino para que te tires, te lances, (y no precisamente al vacío sino a esos pozos oscuros y hondos repletos de todos los seres que habitan dentro de nosotros mismos y que son capaces de lo mejor y lo peor, pozos a los que sólo la literatura consigue llevarte). Nunca hay que olvidar que cuando creas literatura lo que haces en gran medida es rescatar aquel juego tan serio al que jugábamos en la infancia cuando decíamos:
“-¿Vale que yo era el soldado?
-Pues yo me pido el escritor
-Entonces yo hago de la mujer…”
Ese es el pacto: no interpretar sino ser. Y a eso es a lo que juegas desde que entras por la puerta del universo que te abre el escritor para recorrer ese mundo y la peripecia que te propone.
Considero que “La velocidad de la luz” no ha sido planteada para decir o compartir con el lector sino para preguntarle: ¿y tú?, ¿qué sentirías si te vieras en la misma circunstancia?, ¿qué harías? La novela tiene una intención interrogante y no de respuesta, al menos para mí.
He navegado con interés por las opiniones de otros lectores aquí en Internet, y no he podido evitar sentir tristeza por algunas, naturalmente no las descalifico, el lector es soberano y ejerce su derecho a opinar lo que le dé la gana y ser, por supuesto, tan subjetivo como lo voy a ser yo, precisamente por ello siempre digo que sólo a partir de la suma de las subjetividades puedes acercarte a la objetividad.
A Javier Cercas se le ha criticado que aluda dentro de “La velocidad de la luz” a su novela anterior “Soldados de Salamina”. Entendería que la queja fuera en el sentido de que tal vez esa elección podría sacar al lector de la “fábula” cuando más inmerso está por introducir en ella elementos intrusos y externos que provienen de la “realidad”, pero dichas quejas no van por ese camino, en realidad le acusan velada o abiertamente de vanidad o egolatría y ahí no me queda más remedio que discrepar: a mí, dicha alusión, me parece un acto de generosidad tan simple como el que hacemos cuando decimos: para no acusar, para no hablar de otros me pongo yo el primero, y eso es lo que hace: prestar al personaje experiencias y sentimientos propios sin dejar por ello de inventar sin apartarse en ningún momento de la “ficción”. También he visto que se ha considerado descabellada la comparación entre los destrozos que produce una guerra y los que produce el éxito, y vuelvo a pensar con lástima que la novela y las intenciones del autor no han sido del todo comprendidas: “La velocidad de la luz” habla de cuando el alma de la persona se corrompe y el hecho de que el conflicto bélico que describe el libro tenga un nombre y apellido tan grandes como Guerra de Vietnam no debe despistarnos ni desviarnos de que lo que verdaderamente importa no es el dato ni el espacio biográficos que Javier Cercas ha escogido para desarrollar su historia, porque sólo son detalles aleatorios, ambos están al servicio de la narración y ésta podría estar situada en cualquier otro lugar geográfico con otra cronología y seguiría significando lo mismo, es más, yo me atrevería a decir que al autor le ha perjudicado elegir precisamente la guerra del Vietnam que para muchos espectadores por desgracia se ha convertido en un icono recurrente y manido del cine.
Y por otro lado, ¿para qué querría investigar J. Cercas sobre otros exteriores más desconocidos pudiendo regalarnos su experiencia en Urbana, esa ciudad que al igual que el protagonista conoció en su vida real? Yo misma cuando escribo utilizo casas y entornos que conozco para no tener que pensar si la ventana o la escalera están a la derecha o a la izquierda, para dar hospitalidad a los protagonistas acogiéndolos en habitaciones cálidas que sé describir… Reitero que no hay que confundir continente con contenido; un escritor, al igual que un director de cine busca los exteriores para ambientar, para crear la atmósfera que necesita, pero siempre, como decía anteriormente, han de estar al servicio de la historia que se va a contar. En este caso los datos biográficos y autobiográficos son secundarios y sólo sirven para reforzar la idea ética y moral que el autor quiere compartir, transmitir y divulgar. ¡Estaría bueno que Javier Cercas no pudiera asomarse al horror de la guerra desde el resquicio que quisiese, desde cualquier ventana que se le abriera!, él nos ayuda a dar el salto al lado oscuro, a experimentar lo que se siente al cruzarlo para convertirte en un asesino desde cualquier detonante, pero en este caso lo hace desde el peor de todos, el más bestial e irracional: desde el miedo.
Para mi la novela también nos dice que la literatura es ese cristal, esa lente con filtro (como el que usamos para contemplar un eclipse de sol) que nos permite mirar la realidad sin que nos dañe o nos ciegue.
Habla de perder el control, la dignidad aunque se disimule, aunque los demás no lo noten, habla de que ojalá pudiéramos viajar a la velocidad de la luz para ver el futuro y desde ahí corregir el pasado, el presente… Imagino que eso es lo que hizo el autor: le bastó con sentir el vértigo de su fulminante éxito para anticiparse y calibrar el peligro que corría renunciando a que su vida se convirtiera en lo que atisbó. Por eso lamento que algunos lectores hayan confundido su generosidad e implicación con autobombo ególatra y complacencia, de hecho ni siquiera el protagonista tiene nombre, todos los demás personajes sí, detalle que a mí me parece buscado a propósito.
Es una novela preciosa de relaciones iniciáticas siempre tan bonitas.
Como en “Soldados de Salamina” el protagonista va en busca de otro y sin embargo se encuentra consigo mismo.
El soldado de “Soldados de Salamina” decide no matar a quien tiene encañonado y toma esa decisión mirando a su adversario desarmado de frente, el soldado de “La velocidad de la luz” cierra los ojos y gritando de terror dispara a todo lo que se mueve. Es bueno que un autor busque distintos enfoques, Oliver Stone lleva haciéndolo años en su cine con minuciosidad obsesiva y concretamente con el tema de la guerra del Vietnam. Sólo cuando has podido mirar un objeto desde todos los ángulos puedes decir que lo has visto.
Me gusta mucho el tratamiento que da a la amistad (la amistad también puede ser apasionada en sus inicios e incluso rayana en lo obsesivo como el amor) es muy logrado por sus componentes de fascinación, amor-odio, rivalidad… por como el germen del amigo enraíza y reposa esperando para poder desarrollarse en el momento propicio, sólo cuando ya se está preparado, por como la amistad se impone sin tener en cuenta la voluntad de sus implicados, porque la amistad es compleja y a menudo es confundida con otros modos de relación social también cariñosos y cercanos y Javier Cercas nos la ha mostrado con todas sus aristas y fisuras valiéndose de dos personajes cruciales: Rodney y Marcos.
A menudo, fuera de las novelas, la amistad se rompe porque el amigo cruza límites creyendo tener licencia para saltárselos o mejor aún, porque creía que no existían. Aquí, dentro del libro, sí se cruzan esos límites (nunca olvidaré la escena que se produce en la recepción del hotel madrileño cerca del amanecer, y lo bien creada que está la atmósfera y la conmoción que produce lo que los dos deciden jugarse), ambos amigos la arriesgan, uno por tomar la decisión de preguntar y el otro por arrancarse de las maltrechas entrañas la respuesta para regalársela. Y entonces es cuando el lector escucha todo lo que no está escrito, y cuando un escritor consigue que el lector complete o lea entre las líneas lo que él con maestría sugiere haciéndole cómplice, hay que descubrirse.
Y yo me descubro señor Cercas ante esta maravillosa novela de espejos que ha sabido asomarse al verdadero remordimiento, al vértigo del suicidio, al sufrimiento concreto oculto y prolongado de quien ha segado vidas, a tres pérdidas, que en la cúspide máxima del dolor el protagonista ilusamente cree que podría sustituir enmendándole la plana al destino, pero las vidas son únicas y no pueden ser intercambiables, sin embargo es otro logro que el autor nos haga caer por un tiempo en el espejismo de la esperanza: el juego que J. Cercas propone cuando Rodney visita en España a la esposa y al hijo del protagonista estando éste ausente tiene mucha potencia: las fotos muestran que el peculiar norteamericano encajaría de maravilla en esa familia como esposo y padre. Después en ese magnífico cierre de círculo J. Cercas invierte el término y nos hace ver que el protagonista también encajaría del mismo modo en la familia de Rodney. Pero como he dicho en renglones anteriores sus vidas no son intercambiables aunque pueda parecerlo ni siquiera cuando la compenetración de fondo es máxima, esa es la desgracia y el pesimismo que supura la novela: no hay arreglo para la guerra, no hay arreglo para la muerte. Y sobre todo creo que el autor nos avisa de que tengamos en cuenta que la vida de los otros no dura siempre, tampoco la nuestra y puede que si no espabilamos no lleguemos a tiempo de decir lo que hay que decir o de hacer lo que hay que hacer, por eso esta novela viaja a la velocidad de la luz y con ella el autor pide perdón de antemano para que quede dicho porque sabe hasta dónde podríamos llegar y conoce el efecto literario de enmendar la realidad, al menos en la literatura se puede rectificar la vida.
Me encantan todos los cierres de círculo tan atrevidos que hace, todos los espejos enfrentados que coloca para facilitarnos los contrastes como el de la camarera a la que Rodney defiende en un bar de Saigón en contraste con el de la camarera que el protagonista no defiende en el cabaret Tabú de Barcelona. Las muertes de los inocentes en Man Key con las de Paula y Gabriel en una curva cercana a Gerona, la perplejidad posterior, el aislamiento, la negación y después la asunción de la responsabilidad, de la culpa. La recuperación del afecto y el perdón de Marcos, y los dos bares, el de Urbana y el de Gerona formando el broche que cerrará el gran circulo final de una novela tan redonda.
Me quedo con la idea que transmite Marcos al final: la de pintar y escribir por el placer de hacerlo, y con unas palabras del propio autor dichas en una entrevista: “Tanto el éxito como el fracaso son espejismos”.
Gracias por la humildad SEÑOR CERCAS y por escribir a entraña abierta.

Un abrazo
Pili Zori

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