"Saber perder", de DAVID TRUEBA

    Lo inquietante e hipnótico de la novela “Saber perder” es el río subterráneo y desbocado que corre por debajo del orden cotidiano de la gente “corriente”.

    Asusta el desequilibrio que subyace en el interior de los personajes y seguramente de todos nosotros.

    ¿Qué fuerzas, inercias y frenos son entonces los que nos mantienen fuera de peligro, los que nos vuelven sensatos?

    ¿Qué conductas nos producen sensación de seguridad y qué resortes consiguen que ignoremos las fragilidades vergonzosas que también forman, o podrían formar parte de nuestras esencias?

    ¿Qué es ganar? ¿Qué es perder? ¿Acaso son premisas falsas que nos impiden por dentro vivir y que conducen sin remedio al veneno de la frustración en la sangre, al sentimiento de fracaso galopando por las venas del pensamiento como una leucemia autodestructiva? ¿En qué consiste triunfar? ¿De qué está compuesto el fracaso? ¿Quiénes inoculan el pandémico decálogo que todos seguimos con orejeras?, y ¿de qué manera y con qué fin se utilizan dichos mandamientos hasta que el sujeto enferma de pestilente amargura? ¿A quién beneficia? ¿A quién conviene? Esos interrogantes y muchos más son los que me ha suscitado la novela. Los miedos no dejan vivir, ese es el problema, que el temor a fracasar, a defraudar o a sentirse decepcionado, pringa la vida.

    Tal vez la respuesta sea que todos somos number one de nuestras propias existencias, seres únicos en el mundo y a esa lealtad nos debamos, o al menos a saber usar nuestro tamiz para discernir y no el de otros con sus varas de medir, de adocenar...

    David Trueba afirma que no hay nada nuevo bajo el sol, que todo está escrito, pero lo que sí añade como inédito es que tu camino aún no está hecho o acabado y en el trayecto aportas tu forma singular de mirarlo, de estrenarlo, por ello puedes coincidir, pero nunca imitar.

    En esta narración de vidas cruzadas aparece un asesinato deseado, pero no buscado: ¿fortuito?, habría que preguntar al inconsciente del personaje.

    La trama no persigue la solución externa y policiaca, es otro tipo de novela negra, ni se pregunta si hay entre nosotros -fuera de las páginas- crímenes sin resolver porque se han considerado accidentales, o atribuidos a otros, más bien señala la espada de Damocles pendiendo del hilo de crin, y se pregunta sobre el falso derecho a matar ya que decidir si alguien merece o no la muerte es un anhelo oscuro subjetivo, y no somos quién, ni siquiera dioses o jueces pueden arrogarse dicha facultad, aunque en los libros sí esté permitida la justicia poética.

    El desasosiego nos lo produce precisamente saber que un ser bondadoso e injustamente tratado pueda asesinar y seguir con su día a día cotidianos, al menos en apariencia. La idea de que somos capaces de lo peor y también de lo mejor -como reitero a menudo- rompe nuestra línea de flotación extendida sobre las certezas que creemos inamovibles y que nunca se tambalearán. Pensamos que hay fronteras que jamás vamos a cruzar y que estamos situados en el lado correcto, pero todo es cuestión de decisiones, con un mismo bisturí se puede matar y también salvar vidas.

    Paco embaucó a Lorenzo, le traicionó como amigo y como socio, le robó, y le condujo hasta rodar cuesta abajo, Pilar, la mujer de Lorenzo finalmente le abandonó. Bastan pocas pinceladas para que el lector cale el tipo de impresentable que es Paco, y cuantos especímenes como él nos rodean y la corte de aduladores que consiguen, David Trueba las pinta, plasma y define en este retrato impresionista de forma certera y contundente.

    Sylvia es la hija de Lorenzo y decide seguir viviendo con su padre tal vez para guardar un equilibrio ecuánime en la balanza sin dejar por ello de querer a su madre.

    El día que Sylvia cumple dieciséis años se encuentra en el umbral que ha de dar paso al mundo adulto, periodo que conlleva inseguridades y toma de decisiones sobre las líneas maestras que has de trazar para el futuro, y en esa zozobra, súbitamente, sufre un atropello que le parte una pierna, -la interpretación puede ser real y metafórica al mismo tiempo- y así es como entra de forma abrupta en la madurez. Su existencia se cruza con la de Ariel recién llegado de Argentina como joven promesa del fútbol, se espera todo de su pie izquierdo.

    De nuevo el autor nos asomará a la trastienda de compra y venta de mercancía humana que a la mínima lesión queda inservible y por tanto desechable, un mundo desconocido para el espectador que idealiza la parte pública y visible, pero ignora que detrás de la idolatría hacia sus héroes y semidioses paganos a menudo las relaciones rozan el trato de mafia. Gente muy joven dirigida hacia las turbulencias por las que después son denostados: putiferio vistoso, adicción al dinero... eso sí, los maleados decrépitos sin embargo se van de rositas tras pervertir. “El poder consiste en que antes que tu cabeza siempre haya otras que cortar, así es el fútbol.” -Expresa el personaje.

    La paradoja es que al amor auténtico y libre no le queda otro remedio que ser clandestino.

    David Trueba se detiene en el análisis para no dejar títere con cabeza, y el veredicto tampoco excluye al público.

    La autenticidad de Sylvia, su honradez y valentía para saber que la entrega es desigual y afrontarlo, para no forzar y para renunciar si es necesario, nos sirven el contraste. La elegancia de corazón nada tiene que ver con la edad cronológica. Ella y su abuela Aurora son los personajes más limpios del elenco.

    Por suerte los caminos de Ariel y Sylvia no están cerrados, como tampoco lo están otras posibilidades, a quien lee le queda el deseo y el privilegio de poner el broche de cierre a su gusto, porque lo importante no es cómo empieza o acaba el amor sino cómo se desarrolla y aún queda trecho para ambos, juntos o por separado, en cualquier caso el destino les ha regalado un inolvidable trozo de ambrosía.

    Leandro es el padre de Lorenzo y el abuelo de Sylvia, un prestigioso profesor de piano. A su mujer, Aurora, se le rompe la cadera en el baño y ese preliminar anuncia una grave enfermedad.

    ¿Por qué se desenfrena alguien cuya vida es feliz y de súbito comienza a frecuentar un burdel de lujo mientras su esposa está en el hospital? ¿A qué obedece la obsesión por Osembe, una prostituta nigeriana con la que se ciega sin escuchar las señales, sin reparar en que está descendiendo a los infiernos de la ruina económica? ¿Negarse a ser viejo? -“Nadie nos enseña a envejecer”, leemos en un pasaje- ¿Miedo a la muerte? ¿Desquite sucedáneo de lo no conseguido? ¿Por qué se autodestruye la gente dejándose llevar por las iras, el juego, la avaricia, el sexo…? El quid no reside en el hecho sino en la búsqueda de la respuesta.

    Joaquín, su amigo sí logró ser un gran concertista de piano con reconocido talento. En la página 376, (magistral para mí y tal vez la esencia, el latido de la novela, la explicación profunda, el balance…) comprendemos el trasfondo del resentimiento, ese síndrome Salieri-Amadeus, las dos Españas con sus desigualdades arrastradas.

    La entrevista que le solicita un reportero para que Leandro hable de Joaquín es impresionante, y de nuevo la generosidad del supuesto “triunfador” es aleccionadora, -aunque no me gusta la palabra en este caso no admite sustitución-. Tener que agachar la cabeza, meter el rabo entre las piernas y aceptar las consecuencias que has desatado es una de las peores experiencias. Confieso que de los protagonistas quien más nerviosa me ponía era Leandro. 

    Daniela es la vecina ecuatoriana por la que Lorenzo se siente
atraído, de nuevo la falta de oído ante las señales, en esta novela las mujeres siempre saben lo que en verdad buscan y necesitan ellos, ellos sin embargo resultan bastante más egocéntricos. Las cicatrices que Daniela tiene en la espalda hablan a gritos de su pasado, "mi padre tomaba mucho", -nos dice-, la reiteración sobre lo sucio y la necesidad excesiva de iglesia dejan en evidencia para cualquiera que escuche que sufrió abusos y que busca denodadamente purificarse -síndrome injusto de la víctima sin culpa alguna-, pero Lorenzo se limita a considerarla loca cuando en la cama precisamente ella le ofrece lo aprendido, la ecuatoriana tenía razón.

    Saber perder conjuga en su fidedigno retrato tres generaciones desenvolviéndose al mismo tiempo con sus dificultades, incertidumbres y falta de garantías, la vida exige valentía, y debajo no hay red; Mai y Sylvia viajan a países extranjeros sin que sus padres lo sepan, de nuevo la ceguera tranquilona que nos acuna en las confiadas certezas, pero la vida es un riesgo que hay que correr, y la de los hijos es de ellos, no nuestra.

    David Trueba nos muestra -como decía aquel anuncio que citaba a Paul Éluard- que “hay otros mundos, pero están en éste” y los analiza desde muchas ópticas: Los sin papeles, las prostitutas, el fútbol, el periodismo voraz y sin escrúpulos, los hospitales… y sobre todo subraya nuestra vulnerabilidad. Somos como ríos, estamos hechos de agua limpia y cristalina, pero también de fangos piedras y barros sedimentados en el surco, hemos de saber que cualquier corriente puede alborotarlos y enmarañar así todo lo que albergan en las orillas de su cauce.

    Saber perder” se asoma a las partes sórdidas de las vidas sin edulcorarlas, ni pulirlas, ni limarlas, y dos de los grandes logros del autor son que las arrostra extrayendo la ternura del lote completo, y el de amar sin juzgar.

    Como he dicho en otras ocasiones comprender no es justificar, ni exime de pagar el precio.

    Son cuatro protagonistas en apariencia, pero en este mecanismo de alta precisión que representa entre muchos aspectos el tiempo urbano actual brilla la polifonía de todos sus componentes, no hay secundarios, aunque sí espacio para los solos, me vale la doble acepción.

    No me extraña que le dieran a esta novela el Premio Nacional de la Crítica, seguramente el más difícil de conseguir.

    Si la comparamos con una prenda de vestir vemos que la hechura es perfecta y los remates interiores y exteriores de cada pieza confirman el lujo artístico hecho a mano que jamás se podría reproducir en serie. Obra única, aunque el lector pueda usarla como un genuino y cómodo prêt-à porter. Cada final de capítulo es rotundo, y nos deja con la miel en los labios, la intriga y las tensiones están muy bien dosificadas y las historias de los protagonistas gozan del mismo peso y comparten la misma fuerza, la sinfonía es perfecta.

    Después vienen los materiales elegidos, las calidades, en este caso abandonamos el símil porque el hilo, las puntadas y la simétrica combinación de telas fueron unidas con costuras de palabras, de lenguaje… de literatura, en definitiva, y la diferencia reside en cómo las engarza y coloca cada escritor.

    Tras las herramientas elegidas vienen el estilo, el ritmo, el tono y el contenido, ahí manda el lector, y el momento por el que esté pasando para leerlo influye, Saber perder no es complaciente y despierta filias y fobias durante el camino, el aviso queda hecho, pero como los libros una vez adquiridos no se destruyen ni se desgastan en realidad nunca son abandonados y en cualquier momento se puede retomar su lectura. Hago esta aclaración probablemente innecesaria porque no estamos frente a una novela de evasión, su música interna suena con el desgarro y la delicadeza de las paradójicas baladas de un grupo de rock duro, o de un triste pero hermoso blues.

    La novela que tratamos no es previsible y contiene muchas trasgresiones necesarias.

    No voy a insistir en el currículo de David Trueba, Internet os dará buena cuenta sobre este periodista, cineasta y escritor de cine y de literatura con mayúsculas, galardonado con sendos premios, entre ellos varios Goya… pero sí destacaré que da gusto escuchar al menor de ocho hermanos, -el tercero Premio Oscar- y añadiré que ha gozado de la ventaja de almacenar las experiencias de todos, pero también ha tenido que conquistar su lugar en el mundo con nombre propio y sin ser comparado. Se agradece su cercanía entre tantos divos y divas, hay mucho estirado absurdo de cualquier tendencia, en eso nadie tiene la exclusiva, incluso dentro la gauche divine, y mira que me duele admitirlo.


    Hace pocos días la escritora Beatriz Olivenza me regalaba una cita de nuestro admirado Paul Auster, hoy la dejo a vuestros pies como un delicado obsequio de los Reyes Magos:

    “Creo que la novela es el lugar del planeta donde los verdaderos extraños se pueden encontrar en términos de absoluta intimidad”. (Paul Auster).

    Un abrazo, hasta el próximo encuentro.

    
Pili Zori

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