"Los pacientes del Doctor García", de ALMUDENA GRANDES (Acto de presentación y análisis)


Hasta este momento no he podido sentarme de nuevo frente a la pantalla del ordenador, pero aún me acompaña la buena sensación de haber estado junto a Almudena Grandes, autora que siempre crea una corriente de afecto a su alrededor además de ser un poderoso generador de luz.
Agradezco a Blanca Calvo que pensase en mí para acompañar en el encuentro a esta extraordinaria escritora cuyos libros tanto aprecio, a la Librería Lua por confiar en su propuesta, y al Centro Cultural de Ibercaja por dar cobijo en su acogedor espacio.
Sería bonito poder entregar la grabación de todo el acto porque como siempre Almudena Grandes estuvo sublime, pero no la hubo, de modo que compartiré en este pequeño rincón las palabras que le dediqué; como dice el refrán: quien da lo que tiene no está obligado a dar más. Y a continuación haré un comentario sobre su nueva entrega de Los episodios de una guerra interminable “Los pacientes del Doctor García”.

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Almudena Grandes en Guadalajara. Vino con su nuevo libro bajo el brazo: "Los pacientes del Doctor García".

Almudena Grandes no necesita presentadores, su nombre es aval en sí mismo porque su honestidad, prestigio y valentía son tan grandes como su apellido; sé que caigo en un lugar común, pero no por ello menos cierto, los apellidos también cuentan peculiaridades e historias de carácter familiar además de hazañas en algunos casos.

Es un lujo poder seguir la evolución y trayectoria de la obra de una artista a la vez que éstas se van produciendo. Medir el paso del tiempo con el calendario de la literatura de la autora es impagable porque desde perspectivas pretéritas, tal vez resulte más sencillo analizar la historia puesto que los hechos ya están ahí en la luz o en la sombra, enterrados o a la vista y el escritor tiene un soporte para analizarla, para interpretarla, para corregirla o para hacer justicia con ella. Pero Almudena Grandes –aún siendo historiadora- comenzó al revés: la vivió y buceó en ella escribiéndola mientras ésta sucedía, y tras haberla mirado desde todos los enfoques y puntos de vista llegó a la conclusión de que necesitaba completarla -al fin y al cabo nacemos in media res en el guion de la vida- y fue entonces cuando sintió que a su obra no le faltaba, sino que le hacía falta la primera parte, entonces dio media vuelta y enfocó la mirada hacia sus abuelos: el origen, y como consecuencia la derivó hacia sus padres, la generación que quedó dividida entre vencedores y vencidos; unos tuvieron voz pero ella eligió, y quiso escuchar la de los amordazados, la de los resistentes –rasgo al que la autora le concede la máxima heroicidad… 
La transición, como ella misma subraya no había llegado por generación espontánea, era el resultado de una lucha muy larga. 
Y ese fue el justo lugar donde colocó el eje: “El corazón helado” se convirtió en el centro de sus obras completas -que aún está completando-. Y allí se encontró a sí misma. Las partes silenciosas, al fin, se habían rellenado.
Pero volvamos al inicio. A. Grandes empezó a publicar al comienzo de la transición, y podemos constatar que desde ese punto de partida estudió a la mujer en todos los ángulos y roles posibles: como madre, como hija, en el trabajo, recordemos “Atlas de geografía humana”; en el traslado de los sueños desde lo rural a lo urbano, como vimos a través del precioso personaje de “Te llamaré viernes”; pero sobre todo la enfocó desde el amor, y para ello tuvo que destrozar estereotipos impuestos, y por la grieta abierta hizo que emergiera la verdad y puso palabras donde antes no las había; y contó lo que ni siquiera las mujeres compartían entre sí. Rompió esquemas en “Modelos de mujer” para demostrar que la belleza no tiene necesariamente que ver con la estética y que cabe en todas las tallas y en todas las edades, y que nace desde el deseo que es lo más personal e instintivo que tenemos y que no está sometida a ningún canon.
Trató a fondo el triángulo amoroso en “Castillos de cartón”. Exorcizó en “Malena es un nombre de tango” la maldición infligida a la sexualidad femenina para convertirla en un derecho, en una reivindicación; y ahora que lo vemos tan natural se nos olvida que Almudena Grandes fue precursora en muchos avances; hasta el momento en el que ella escribe “Las edades de Lulú” las mujeres hablábamos de la liberación sexual de forma muy técnica y eufemística y aunque intentábamos ser brutalmente descriptivas ese era paradójicamente el escondrijo.

Necesitábamos con urgencia ponerle nombre a lo que sentíamos, ya que éramos una generación a caballo de muchas contradicciones y ella encontró el lenguaje sincero y preciso, y tengo la impresión de que nunca se lo agradeceremos bastante.
Valoro a los autores que sirven de puente entre dos culturas y que por ello pueden explicar en ambos extremos de la pasarela los por qué de cada una; Almudena Grandes también es una escritora puente, pero en su caso entre dos ideologías. Narradora de intenciones y compromiso, bien definida en cuanto a su adscripción, que comparto, no es por casualidad que tenga lectores de tendencias políticas antagónicas y que sin embargo en ambos lados la adoren ya que ella se crió dentro de una familia con miembros de los dos bandos y aprendió a posicionarse sin dejar de amarlos, quizá por ello sabe explicarlos con ese sentido de humanidad que nos engloba y aglutina. Almudena Grandes mira con amorosa hondura a todo el mundo, aunque sabe de sobra que comprender no es justificar. Y tal vez por dicha consanguinidad y por su sentido de la justicia es la persona y artista idónea para hacer un viaje en el tiempo y colocarse en medio del combate; ahora es el momento, y ella la mejor voz para hacerlo.
En cuanto a su prosa, afirmo con rotundidad que es apabullante y que está repleta de lirismo, tiene la fuerza de los maestros rusos, es clásica pero de contenido moderno al mismo tiempo… La estructura de “Los aires difíciles” fue un hallazgo, una prodigiosa novela fuertemente sostenida por distintos vientos, sus brisas o huracanes separaban las partes, como veis el edificio no puede ser más poético. Si además al valioso equipaje le añadimos que esta escritora también goza del registro periodístico (que aunque ella lo niegue con modestia para especificar que sólo es columnista, puedo asegurar que lo tiene y que es una magnífica cronista, y analista de su tiempo) pues sólo queda descubrirse.
Aunque, si se me permite escoger, opino que la literatura con mayúsculas -que es la que ella realiza- tiene mayor profundidad porque añade la mirada interior, la introspección, y porque cuenta la historia desde las emociones, desde la psique, desde los pensamientos que no se pronuncian o no se escuchan.
Antes de que me propusieran el honor de presentarla, yo estaba recopilando en el estante de la G de mi biblioteca todos los libros que constituyen la serie de los episodios, con la idea de leerlos seguidos cuando pudiera para notar así el pespunte y las puntadas comunes que los unen, (aunque tuve que hacer una excepción en mis planes ya que leímos en el club de literatura “Inés y la alegría” y ahora, durante estos días previos a nuestro encuentro me he adentrado en solitario en las páginas de “Los pacientes del doctor García.” No sé si ella, tan amante de las buenas estructuras, estará de acuerdo con mi colocación de su obra, ya que en mi anaquel lucirá así cuando reúna todas las piezas: Los episodios por orden de aparición, en la zona izquierda, “El corazón helado” en el centro, y el pasado más reciente en la segunda parte a la derecha, comenzando por “Las edades de Lulú”, y para cerrar “Los besos en el pan”, como un espejo elevado en el que se reflejará la primera parte, ya que en su azogue se puede ver con absoluta claridad esta guerra fría en la que también hemos perdido las batallas, y se pueden observar con nitidez y repetidos los mismos ingredientes de los defectos y cualidades de nuestro país: la soberbia y la ira, pero también la generosidad y la unión, porque la gente de a pie siempre sabe distinguir qué es lo importante.
Hace muchos años en un encuentro con clubes de literatura le dije que no tenía nada que envidiar a Faulkner, escritor al que tanto admira, y aunque se burló un poco de mi pomposa afirmación hoy sigo pensando lo mismo y que Almudena Grandes es un orgullo vivo para la comunidad literaria y para nuestro país.
En mi novela inédita “Sin dioses que nos miren” aparece entre los agradecimientos uno que dice así: “A todos los personajes de los libros de Almudena Grandes, tan reales para mí”.
Y en nombre de mi padre y de sus compañeros del campo de concentración de Larache te doy las gracias por ser su voz.
Pili Zori.

P.D. Gran parte de este texto se repite en el análisis que hice sobre los Besos en el pan, deseaba compartir de forma oral y en su presencia -a un palmo de los atentos oídos de Almudena- muchas de las frases y reflexiones  exactas que dejé en este pequeño rincón. Pido disculpas de antemano por reiterarlo. 

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“Los pacientes del doctor García”, novela de Almudena Grandes.

Como de costumbre, aviso de que en este espacio hablo de libros, largometrajes y series una vez que los hemos leído o visto, y aunque mis análisis tienen que ver más con lo artístico tendré cuidado por si acaso hago spoiler. Por favor volved aquí cuando hayáis terminado de leer la novela.


“Los pacientes del doctor García” tiene la grandeza de una ópera por su composición, así son su tono y su ritmo. Una epopeya en prosa.
La narración te lleva, te conduce hasta alcanzar la catarsis del majestuoso final, en el que se van cerrando círculos entrelazados con engarces de perfecta orfebrería, y describo bien al expresar majestuoso porque la entrega de la carpeta azul, es como el traspaso de deberes y poderes, ¿fallidos en este caso? –el lector decidirá-  de Manuel a Guillermo, dos personas de absoluta dignidad. He de decir que tuve una sensación invertida ante el pasaje: sentí que la carpeta, el valioso legado de la verdad se la entregaban los propios personajes a Almudena y que ella nos la traspasaba a nosotros, así de reales son ambos protagonistas para el lector habiendo sido creados por la propia autora. La carpeta para mí representó un precioso ajuste de relevos generacionales. De manera que, si alguna vez se había dudado de la realidad de la literatura y de la misión de un buen escritor, en esta magnífica y transformadora narración se halla la respuesta. No hay mejor herramienta para enmendarle la plana a la historia que la que esculpe letra a letra el arte de la ficción.
Los clímax en este libro ocupan el lugar exacto e irán aumentando de tamaño durante el desarrollo; por señalar alguno, citaré el fusilamiento situado casi en el centro de la novela, en ese punto es en el que surge el dilema ético y moral de Adrián y vemos cómo intenta dar la vuelta a su conciencia para poder aceptarse. En mi opinión en esas páginas está el latido de la novela con toda su controversia, y desde sus renglones nos lanza las preguntas clave: ¿Cuándo y por qué dejas de ser humano?, ¿qué resortes usas para dejar de ver a los otros como personas?
En las páginas 298, 299 y 300 comenzamos a escuchar el bombeo del corazón al que aludo, es muy difícil sujetar las lágrimas en dichos pasajes, yo no pude, y eso que las estaba derramando por alguien indefendible, el debate interno que la escritora provoca en el lector es un logro. Y a partir de esas escenas llegué al final teniendo que limpiar mis gafas a cada minuto.
Pero las pequeñas pinceladas que proporcionan volumen y brillos –como cuando terminas de pintar un árbol en un lienzo y salpicas con diminutos toques de blanco para rematar- también son importantes y me impactaron y conmovieron con igual fuerza. Hay muchas, a lo largo de la novela, colocadas con buen uso de gotero en los lugares precisos, elegiré sólo dos como muestra:
Con la primera me refiero a cuando Guillermo se deja bigote para mimetizarse porque se va a infiltrar como espía en la red Stauffer. Pienso que fuera del libro también les ocurrió lo mismo a todos los represaliados: camuflaron la derrota para adaptarse al medio, y lo hicieron incluso con su aspecto. Caminaban como quien esconde un secreto, como quien tiene que vivir dos vidas para que una no engulla a la otra, para que la nueva no se coma la identidad de la que fue legal, legítima; una oculta y otra pública, la secreta y reprimida que sin embargo antes del golpe de estado que causó la guerra civil fue luminosa y libre. Menos a sus parejas, los vencidos ocultaban incluso a los hijos su modo de pensar, de sentir… y la terrible paradoja fue que muchos de sus vástagos al ser adoctrinados por la dictadura llegaron a poner a sus padres en cuestión sin conocerles y sin que ellos les desmintieran debido a esa generosa entrega que es la renuncia del derecho a defenderse con la que creían evitar el sufrimiento de sus herederos. El país fue acuartelado, adocenado y encauzado en una sola dirección, y el miedo se extendió como un gas paralizante hasta el interior de los hogares, en los que quienes vivían vigilados y fichados y como en un toque de queda se sintieron derrotados y cobardes por haber sobrevivido y las lagunas opacas con las que fueron cubiertas sus historias son imperdonables.
La segunda también me afectó en sus dos lecturas, la real y la metafórica: me refiero a las escenas del viejo trenecito que Amparo y Guillermo pintaron a mano. Subir a tiempo a los trenes, bajarse a tiempo de ellos, o perderlos mientras ves como se alejan –al menos en cine- siempre simboliza las oportunidades desaprovechadas o viceversa, y Guillermo tiene que renunciar a ver crecer a su hijo, pierde su casa y le impiden ejercer su profesión condenándole a la clandestinidad, fuera de la novela también ocurrió, los estudios y títulos académicos no sirvieron ni pudieron convalidarse en el salvaje barrido del borrón y cuenta nueva, y ese trenecito recoge el vacío… pero por fortuna será un tren de ida y vuelta que a su regreso transportará la verdad, una verdad inesperada, imprevisible y feliz que dejará al lector con la boca abierta, un pasaje de libertad que paradójicamente se produce en la cárcel.
Prosigo en esa línea y añado que los trazos maestros me han impresionado: un médico para salvar vidas. De hecho, la palabra “resucitado” cuando Guillermo trasfunde sangre a sus pacientes recalca lo que intento expresar puesto que les devuelve la vida.
Después tenemos a un diplomático para representar la mediación, la convivencia, que no se dio, a un boxeador que simboliza la lucha exterior, pero también la interior, el combate contra sí mismos que sin duda tuvieron que dirimir muchos al sentirse equivocados, injustos y asesinos. Y finalmente el ajedrez para recordar que la contienda sigue. Es precioso contemplar el modo en el que Guillermo transmite las reglas del juego limpio a su primer hijo y el jaque mate que a su padre le hace Rita, hay nuevos participantes, la lucha continúa.
Almudena al mostrarnos las trastiendas de las dos vidas consigue redefinir con mayor exactitud conceptos manidos como traidor, tramposo, y héroe.
Todo el libro es subrayable, pero para no desvelar más –aunque creo que he sido cuidadosa- a quienes aún no lo han leído y se han saltado el aviso de posibles spoilers me conformaré con compartir sólo éstos:
“¿Qué hemos hecho nosotros para que nos vaya peor que a los nazis?, ¿por qué no valemos nada?, ¿por qué nunca le importamos a nadie?”.

“El mundo no cambia cuando se vive bajo una dictadura”.

“Los crímenes de guerra no han sido suficientes ¿no?, millones de muertos inocentes, centenares de asesinos impunes paseándose por el mundo como si fuera su casa gracias a la protección del asesino del Pardo y a la hospitalidad de Perón. Total, ¿qué significa eso?, nada, un pequeño inconveniente de la historia, un accidente…”

La novela da todas las respuestas a por qué los demás países aliados abandonaron al nuestro prefiriendo al dictador. Un extenso mapa de naciones que hoy se permiten mirarnos con altivez agacharía la cabeza si conociera la responsabilidad que tuvieron sus mayores al mirar con egoísmo insolidario para otro lado.
Almudena Grandes en esta ocasión ha dividido las partes con tabiques construidos con noticias reales, para que el lector pueda aceptar la ignominia de hechos increíbles que sin embargo fueron verdad. Esto sí que es un máster, o una extraordinaria tesis doctoral además de purísima y bella literatura.
Durante toda la lectura estuve recordando tres novelas de Bernhard Schlink “La justicia de Selb”, “El regreso” y “El lector”. Tres extraordinarios ejercicios de autocrítica.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

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