EL AUTOR, película de Manuel Martín Cuenca

Como de costumbre hago la advertencia de que este blog fue concebido para hablar de libros y de cine una vez leídas las novelas y vistas las películas, y aunque procuro no desvelar tramas prefiero que volváis a este rincón cuando hayáis visto “El autor” sólo así podremos coincidir o discrepar tan a gusto.
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Tenía muchas ganas de ver la nueva película del cineasta español Manuel Martín Cuenca, y me ha encantado desde la presentación hasta el último fotograma. El enfoque elegido es difícil ya que a los espectadores nos gusta inconscientemente estar de parte del protagonista, o salvarlo por algún resquicio y en este caso Manuel Martín Cuenca, al igual que Javier Cercas –el autor de la novela “El móvil”, en la que se inspira el largometraje cuyo guion han adaptado el director y Alejandro Hernández-, no dejan títere con cabeza, el público sabe casi desde el principio que Álvaro (Javier Gutiérrez) es un manipulador que va a poner en cuestión todos los límites de la ética lanzando desde la pantalla la pregunta de si ¿la pasión por escribir admite y permite que el fin justifique los medios? De forma subjetiva ya adelanto que para mí Álvaro es la antítesis de un escritor.
En el aire que sobrevuela las cabezas de la sala de butacas quedan muchos más interrogantes tales como: ¿qué es y en qué consiste exactamente el talento?, ¿quién dictamina si alguien lo posee o no?, ¿cómo se distingue?, ¿cuál es la diferencia entre fama y prestigio?, ¿quiénes deciden el éxito?… naturalmente un escritor puede y debe nutrirse de la realidad, documentarse, pero con los ingredientes de esa arcilla después ha de crear, darle el soplo de la vida a espacios y personas que antes no existían, o recrearlos si es que viven o vivieron fuera de las páginas o de las pantallas. La realidad puede transformarse dentro de la ficción, pero no podemos convertir en ficción la realidad, ya nos gustaría esa magia, aunque una y otra se influyan.

Álvaro –incapaz de imaginar- con técnicas que bien podría usar si fuera un creador, se dedica, como un correveidile, a trastornar la vida de los vecinos aprovechándose de sus sombras, y hablando de sombras y de sus distintas lecturas ya entro en la innovadora belleza de la película, el aspirante a literato, siguiendo las imperativas pautas que le ha marcado el profesor del taller (Antonio de la Torre) cuando le grita: “¡observa!, ¡mira!, ¡siente!, ¡vive!, ¡que la realidad te nutra!”; malinterpreta dichas frases (disculpad una vez más que no cite textualmente, en el cine no tomo notas, ni tengo el mando para parar, siempre insisto en que deberían ofrecer los guiones en las taquillas junto a las entradas para quien los quisiera comprar, o en las librerías, no pienso que sea descabellado, las bandas sonoras se venden y Martín Cuenca creó Lagartos Editores precisamente para publicar guiones y textos cinematográficos…) perdón por el inciso, prosigo: Álvaro malinterpreta las frases del profesor del taller de escritura y decide espiar a sus vecinos mejicanos desde la ventana de su cuarto de baño que colinda con la cocina de la pareja, y como en un teatro de sombras chinescas las figuras del matrimonio se proyectan sobre la pared de enfrente, Martín Cuenca consigue con sus crecientes siluetas, no sólo la metáfora perfecta sobre el lado oscuro, sino mucha más potencia hipnótica que si les viéramos en la luz además de escuchar sus voces; involuntario o no en esas escenas se vierte un condensado homenaje al cine, sobre todo al de Hitchkock. El film también me remitió a “Rojo”, la hermosa película de Krzysztof Kieslowski, en la que un juez jubilado pincha los teléfonos de algunos de sus vecinos para saber si conociendo toda la información las sentencias que impartió fueron justas.
Sólo hay un instante en el que Álvaro parece arrepentirse de las canalladas que ocasiona, y entonces el espectador respira, el momento se produce proyectado en una nueva pantalla imaginaria en la que vemos como sus buenos deseos para la pareja se vuelven visibles y en color, ahí podría haber enganchado el hilo de la ficción y también el de la realidad dando un giro que enmendase el mal infligido, pero la creatividad y el arrepentimiento le duran poco, y el público ve como los mejicanos se diluyen emborronándose hasta desaparecer, la historia no va a discurrir por ahí.
El desnudo anímico necesario para escribir que el candidato a autor de nuevo toma al pie de la letra convirtiéndolo en físico, también es una extraordinaria metáfora marcada tal vez con trazo grueso, pero es que al protagonista no se le dan muy bien las sutilezas, y si le dicen que ponga los huevos encima de la mesa los pone, y si le piden que se quede en pelotas ante el acto de escribir se queda. Ese punto de inflexión distiende en el momento justo y provoca la carcajada en un instante que debería ser trágico pero que sirve para indicar -en su nueva vida llena de luz- que el “autor” se ha despojado de todo, ya sea importante o superfluo y que lo único que le interesa es entrar en trance. Pero con trampas… la inspiración no llega, y esperar a que los personajes decidan, a mi juicio, tampoco vale.
El gran logro del film, -al menos para mí-, es que en cada uno de los miembros del elenco conviven la mentira y la verdad fundidas, porque son ciertas las palabras que la mujer de Álvaro (María León) una escritora de éxito popular y “betsellera” le dice, él sí tiene envidia y celos de lo que ella escribe, pero no es menos cierta la fulminante crítica que le hace él a sus novelas, y no es fácil introducir en nuestro modo de pensar tan maniqueo la idea de que conceptos opuestos se puedan producir al mismo tiempo y que estén envasados en un mismo recipiente. También son atinados los humillantes defectos que el profesor del taller de escritura le dispara a Álvaro con colérico énfasis de ametralladora, pero a su vez ese tirano es un vulgar tripero frustrado que se siente mediocre, como muchas personas que dan clase de escritura sin haber sido capaces de construir una novela en su vida, (no es el caso del director que también fue profesor de cinematografía e interpretación en escuelas de España y Cuba). Sin embargo, en esos encuentros con pantagruélicas comidas, que por supuesto paga el alumno, vuelve a estar servido el contraste ético sobre la usurpación de la intimidad dado que, tras haber denostado a la exitosa mujer de Álvaro, el profesor, arrimándose al sol que más calienta, entabla amistad con ella, y le traspasa los escritos del alumno sin pedirle permiso a él. De nuevo el cazador es cazado, y el manipulador manipulado y así prueba su propia medicina, y es que la risa va por barrios.
La mediocridad es otro de los temas sobre los que indaga la película, tal vez la respuesta rotunda nos la da la portera al afirmar que ella no es mediocre (Adelfa Calvo), atentos al guion y a los diálogos, quizá la clave del éxito resida en hacer bien lo que te traes entre manos, si es poner ladrillos, pues colocarlos con perfección, o si es vender ropa o tocar el acordeón, lo mismo… cada oficio doma un hueso y tiene su arte y su ley, y si no lo consigues pues a otra cosa, si es que puedes elegir. Lo importante es que tú honradamente tengas la certeza de que sabes hacerlo con independencia de la divulgación o el reconocimiento posteriores. No sé si el director o Javier Cercás van por ahí.
Manuel Martín Cuenca
El retrato que de cada uno de los personajes del inmueble hace M. Martín Cuenca es devastador: el jefe de la notaría y su ambigüedad cobarde, escondido mientras Álvaro le increpa a gritos para que le aclare su situación laboral; el vecino militar jubilado y fascista y su derroche de ideología para que no nos quede la menor duda de en qué consiste ser un facha redomado, (tal vez para algunos espectadores quede forzada la facilidad con la que Álvaro se lo lleva al huerto, pero es que la gente manipuladora es así: hábil para ganarse la confianza de las personas aprovechándose de los puntos flacos de los demás, el público posee toda la información pero los personajes no y ante alguien con la capacidad de controlar o dirigir las opiniones o la voluntad de otros sin que lo adviertan cualquiera de nosotros también caería como una mosca en la miel); la mentalidad racista y xenófoba de la portera tiene usía y el subrayado es muy didáctico y el posterior resentimiento cuando se siente rechazada muestra que de generosidad ninguno anda sobrado... ya he dicho anteriormente que no se salva ni un sólo miembro de la coral.
Creo que el director se maneja de maravilla en ese juego de espejos en el que a veces nos reconocemos sin que nos guste lo que vemos, de su matraz destila esa mezcla perfecta y bien medida de ternura y patetismo, de sarcasmo y de tristeza tan difícil de conjugar porque intuyo que él mismo se incluye, y que mirando desde muy cerca y sin dejar de comprender sin embargo no justifica, pero ama porque todos somos de los suyos y él uno de los nuestros, y a los nuestros hay que quererlos con cualidades y con defectos aunque les señalemos los fallos sin situarnos por encima y el afecto no nos convierta en encubridores ni impida que tengan, o tengamos, que rendir cuentas por sus hechos, por nuestros actos, por nuestros modos de pensar.
Para mí, “El autor” (interpretado magistralmente por Javier Gutierrez) no vende su alma al diablo, es que es el mismísimo diablo que a veces se disfraza o encarna bajo la apariencia de un pusilánime hombre gris. El desenlace es sorprendente y cualquier atisbo de esperanza se diluye en la sonora y sarcástica risotada.
Manuel Martín Cuenca es un gran director de actores, dicho por ellos mismos, los magníficos resultados están a la vista, y un gran creador de atmósferas, en este caso se respira el espíritu del sur y no siempre para bien, pero él es de allí y puede y tiene derecho a reflejarlo. En sus películas aparentemente pequeñas cabe toda la grandeza.
Un abrazo y hasta el próximo encuentro.

Pili Zori

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