LOS AURICULARES

Cada medio día y aproximadamente a la misma hora Alma recorría el parque con forma de largo pasillo que -entre las viviendas y la carretera general del Este- creaba una pequeña arteria oxigenada por dos paredes laterales de árboles altos cuyas hojas plateaban el aire al mostrar sus dos caras cuando la brisa o el viento las mecía, los macizos con adelfas, rosas y aloes vivían sin rigor geométrico entre parterres.
Uno de los bancos, siempre el mismo, se hallaba ocupado por un hombre. Alma notaba cada día su presencia de soslayo, le oía hablar y gesticular -tanto en invierno como en verano- pero por no ser indiscreta mantenía el rostro de frente sin girarlo para mirarle al pasar por su lado; sólo las largas piernas acabadas en unas deportivas -las mismas para las cuatro estaciones- se reflejaban en los ojos de la mujer durante los seis pasos que duraba el asiento público de tres plazas o unas cuantas más si los chicos del instituto cercano compartían el respaldo. Aquel día sin embargo sí lo hizo, comenzó a contemplarle desde lejos y calculó, por el aspecto, que su edad rondaría la treintena, y que un delgado cable salía del bolsillo de la camiseta del joven para esconderse como un catéter en el oído. Sintió envidia de que tuviera uno o varios interlocutores tan constantes.
Desconocía la razón de por qué desde hacía algún tiempo hablaba sola, a la ida y a la vuelta de ese camino arbóreo cilíndrico y uterino, pero lo peor de todo es que era consciente de ello y que no lo evitaba; una especie de adicción, de incontinencia verbal, de secreto vicio se apoderaba de sus labios y abría la espita. Cuando le ocurría recordaba a aquel director de su empresa que discutía con el aire al transitar desde una nave a otra custodiado por los altos hornos.
Era viejo –se dijo- pero de inmediato una sacudida de su corazón avergonzado le reveló que ella también lo era, más, incluso, que aquel alto mando de entonces. ¿Por qué lo haría él?, ¿por qué había comenzado a hacerlo ella?
Al salir de sí misma para detenerse un instante en la imagen del pasado, notó que cuando veía hablar solo al señor Azcuénaga ella bajaba la cabeza para no abochornarle, y esa vergüenza ajena regresó desde sus veinte años para encenderle la cara esta vez por sí misma. Intentó sublimar la sensación acudiendo de inmediato al poema de Machado:
“Converso con el hombre que siempre va conmigo. Quien habla solo, espera hablar con Dios un día”.
Pero estaba segura de que todo aquel que la mirase desconocería los versos y los pensamientos del poeta, y el sonrojo  no se disipó. Aunque era cierto que ella ya no esperaba para hablar con Dios algún día, porque se dirigía directamente a Él desde hacía tiempo, y por alguna extraña razón a Él parecía gustarle ese túnel de floresta con camino para bicis. A ese Dios vestido de agnosticismo y cubierto con manto de oleaje de dudoso vaivén que bullía en su cabeza, era a quien dedicaba sus cabreos y tristezas, también a sus muertos, para qué llamarlos de otro modo aunque siguieran vivos en su interior.
Recordó que a Unamuno le dio por Dios al final de su vida, y al padre de Alma por leer a Don Miguel pocos años antes de entrar en las brumas de la enfermedad del olvido. Espantó la aprensión y el escalofrío.
Miró hacia allí, cada vez más cerca. Carraspeó y cerró los puños clavándose las uñas. El mal ya estaba hecho: esta vez había mirado al chico, y los ojos de él se reflejaron en los suyos, y se dijo que el contacto, el conocimiento del otro iba a impedir que continuase hablando consigo misma, ¿cómo iba a inhibirse de la libertad tan gaseosa que experimentaba al hacerlo? No deseaba público para su peculiar intimidad, y sólo en ese camino, en ese espacio propio, ejercía lo que consideraba un derecho, le catalogó como  intruso.
Transcurrieron varios días y Alma comprobó que con molesto afán territorial de garita el joven seguía custodiando el banco. ¿Con quién hablaría tanto? ¡Qué suerte! ¿Y por qué necesitaba “el manos libres” para gesticular de ese modo tan apasionado con los dedos? Pero esta vez sí observó que al verla llegar él guardó silencio y que sin dejar de mirarla, en el rostro se le dibujó un gesto congelado de ansiedad.
Fue al tercer día cuando el muchacho, Unax -ese era su nombre, aunque Alma aún no lo sabía- se levantó del banco para subirse la cinturilla del pantalón, se estiró la camiseta y se secó las palmas en la tela que circundaba los muslos como un aspirante nervioso que se prepara para estrechar la mano de su examinador. El cuerpo de Alma palpitó al intuir el inminente abordaje.
-Disculpe.
Menos mal que no ha dicho señora –pensó ella en silencio- aunque sintió con fuerza el empujón generacional. Alma le recorrió con la vista de arriba abajo, el odioso tratamiento de usted le había concedido la bula del descaro; aparte del pecho masculino endurecido no advirtió en el bolsillo de la ceñida camiseta rectángulo alguno: No había teléfono móvil –dedujo- pero el cable, sin embargo, sí emergía de él. El gesto interrogante no pasó inadvertido. A modo de respuesta el joven usó las dos manos para ahuecar el otro bolsillo del vaquero, y de él extrajo una pequeña bolsa de plástico que transparentaba unos auriculares amarillos como los que suelen entregar en los transportes turísticos; extendió el brazo hacia Alma y movió la bolsita dos veces para que la recibiera; el pulso tembloroso hizo amago de retroceso ante la estupefacción de la mujer -fingida a medias- porque antes de que el razonamiento llegase a la cabeza esa parte de su cuerpo o de su ser que siempre se anticipaba comenzó a comprender.
Él se sintió obligado a explicar; la voz, escuchada de cerca fue bonita.
-Como le gusta hablar consigo misma, he pensado que… –no dijo: “Como habla sola”, o “como habla en voz alta”- Manifestó: “como le gusta hablar consigo misma…”, y la frase indicó intención de hacerlo, no chaladura involuntaria. Se miraron y las defensas cayeron al suelo como un velo transparente.
Alma recogió el regalo y tras sujetarle los ojos -eran azul claro bajo las cejas espesas- se aproximó al banco para depositar las bolsas entre la curva del asiento y del respaldo. Él la siguió envuelto en el suspense.
Volvieron a estudiarse, el chico tenía el pelo rizado, pajizo y brillante, ella teñido, castaño, como su mirada; dos vistazos hermosos transmitiendo el halo del reconocimiento mutuo. Se animó a proseguir.
-Al principio yo también pasaba apuro si me cruzaba con alguien, y el hilo se cortaba, si te sientes observado no funciona. –Hizo una pausa innecesaria para comprobar que ella entendía-. Cuando creen que hablas por teléfono no te miran con miedo o con burla y puedes explayarte –aclaró con la voz entrecortada- incluso te vuelves invisible. A nadie le gustan ahora las conversaciones largas, y yo… las necesito; la gente se atropella con las palabras, se interrumpe, las pierde, se caen de los oídos por soltarlas deprisa… y no quieren retomar al día siguiente o más adelante, dan por zanjado y a otra cosa, y si tú vuelves a lo que consideras una conversación inacabada, te juzgan como resentido u obseso… -buscó en el aire más argumentos- te recomiendan que no des vueltas a lo mismo y hacen que te sientas fuera de lugar, y para poder hablar igual que ellos después, sin perder su atención, para usar las mismas reglas telegráficas del juego, llevar el mismo ritmo… antes necesito extenderme, corregir, quitar y poner frases que construyan las imágenes que quiero compartir… ejercitar la síntesis para la que por lo visto soy tan torpe. Necesito enfadarme e ir calmándome poco a poco sin hacerlo delante de los demás, sin necesidad de improvisar sobre la marcha, sin aceleración, sin correr el riesgo de desbocarme… en resumen: lo que ellos llaman contar hasta cien, sólo si ensayo puedo estar listo, y para estar listo pensar en silencio no sirve. Por eso simulo que hablo por el móvil.
Tragó saliva y sonrió entremetiendo los labios, y el incipiente rubor por la confidencia trepó por las mejillas tersas; ella correspondió a la sonrisa y asintió con lentitud y en silencio varias veces.
-Como dice la canción “No estamos locos y sabemos lo que queremos”. –Se atrevió a vincularla una vez distendido.
-“Vive la vida igual que si fuera un sueño” -remató Alma.
Ambos rieron ya abiertamente, y como si Unax adivinara el interior de la mujer añadió:
-Como ve no es una cuestión de edad, ni de soledad, sino de minoría, además yo estudiaba en voz alta cuando era niño.
-Yo también. Y en mi infancia la gente iba cantando por la calle aunque caminara sola. No resultaba raro.
Ella rehusó la mano y en su lugar depositó dos besos en ese rostro bruñido, pero no se despidió aún; abrió el bolso, sacó el teléfono, extrajo los auriculares de la bolsita recién obsequiada e introdujo el final del cable, no llevaba bolsillos en el vestido rojo de vuelo con estampado de pequeñas flores, a continuación se los acomodó en los oídos, ya no podían dejar de sonreírse mutuamente con secreta complicidad. Ella tragó saliva.
-Si tú quieres, me encantaría escucharte, a esta hora estaría bien, traería de casa un tentempié. Él permaneció pensativo durante unos segundos.
-Sí, estaría bien. Pero no supliría el soliloquio, antes y después de hablar contigo continuaría con lo mío.
-Sí. Yo también. ¿Tienes familia?
-Claro. ¿Y tú?
-Por supuesto.
-¿Y lo saben?
-No.
-¿Mañana entonces?

Él asintió.

Pili Zori

No hay comentarios:

Publicar un comentario